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Para todos los públicos En Portada - Esclavas del Dáesh - Ver ahora
Transcripción completa

El DAESH nos ha robado la luz de nuestras vidas.

Desde entonces, en todo este tiempo, vivimos en la oscuridad,

no vemos la luz.

Nadia Murad ha sufrido más de lo que un ser humano debería soportar.

A sus 19 años,

soñaba con ser profesora de Historia...

Pero en las vacaciones de verano,

el grupo terrorista Estado Islámico truncó sus sueños...

El Daesh la capturó y la convirtió en esclava sexual.

Nadia tiene el valor de contarnos su historia,

aunque le duelan las palabras.

Es el dolor de la barbarie;

su historia, la de miles de mujeres y niñas,

la de un pueblo al que han intentado aniquilar.

Ella lleva el nombre del suyo, Kocho, cerca del corazón...

Nos fueron repartiendo,

nos forzaron a convertirnos al islam,

nos obligaban a leer el Corán.

En cualquier momento, cuando les apetecía,

a nosotras nos violaban, nos vendían, nos intercambiaban entre ellos

y nos entregaban a milicianos del Daesh.

Miles de personas varadas en la montaña durante días,

sin nada con que subsistir, al borde de la inanición,

sin cobijo ni refugio...

Desesperados rescates como este...

Estas dramáticas imágenes hacían presagiar una tragedia aún mayor,

que apenas se ha contado y que continúa hoy día...

Hasta entonces, pocos habían oído hablar del pueblo yazidí,

una minoría religiosa de etnia kurda que agonizaba en el norte de Irak.

Aquella noche, oíamos los disparos...

Venían de cerca, del pueblo de Sibae y alrededor.

Los yazidíes se enfrentaban a ellos.

No sabían que se trataba del Daesh.

Se defendían con las pocas armas que tenían.

Agosto de 2014.

El Daesh lanza una ofensiva en el norte de Irak...

Intenta trazar a sangre y fuego un nuevo mapa,

imponer un califato entre Siria e Irak.

Concentra sus ataques en el Kurdistán iraquí

y en la provincia de Nínive,

donde la comunidad yazidí lleva miles de años asentada.

La zona de Sinjar, fronteriza con Siria,

resulta estratégica.

El rápido avance de los yihadistas obliga

a decenas de miles de civiles a huir,

especialmente, a las minorías religiosas...

Muchos hombres llamaron por teléfono a todo el mundo

para que alguien viniera a rescatarnos.

El escarpado Monte Sinjar se convierte

en la única tabla de salvación.

Todo a su alrededor queda en las garras del Daesh,

sumido en la oscuridad más absoluta...

Una pesadilla que atrapa a miles de personas.

Pocas reúnen la fuerza necesaria para contárnosla...

A nosotros, a los que estábamos lejos del Monte Sinjar,

el Daesh nos capturó muy deprisa, antes de que pudiéramos huir.

El Daesh llegó el 3 de agosto de 2014.

Era domingo.

Los Peshmerga nos abandonaron, por eso huimos todos.

Escapamos Khalida y yo...

El Daesh controlaba ya el centro de la ciudad de Sinjar.

Toda la ciudad estaba bajo su control.

Fui a casa para salvar a mi familia, pero no lo conseguí...

Quien me capturó era un vecino árabe

que vivía a dos o tres casas de la mía.

Nuestros vecinos musulmanes nos dijeron que no nos harían daño.

Y les creímos.

Pero cuando el Daesh entró en Hardaan,

llamaron a un maestro de Mosul que enseñaba en nuestra escuela

y se alió con ellos.

Les dijo a los alumnos que fuéramos todos a la escuela.

Había quien no podía ni andar,

pero nos obligaron a todos a acudir a la escuela.

Cuando llegamos, el colegio tenía dos plantas:

nos mandaron a las mujeres y a los niños al piso de arriba,

y a los hombres, al de abajo.

Desde el primer momento, cogieron a las mujeres y a las niñas,

y las separaron de nosotros.

Se llevaron a las que, para ellos, estaban en edad de casarse.

Todas las víctimas narran una separación sistemática,

forzosa y desgarrada, como la de este vídeo,

grabado con un móvil y que circula en las redes sociales.

Después de robárnoslo todo, gritaron:

"¡Quien quiera convertirse al islam, que lo diga!"

Pero nadie dijo nada.

Vino un líder religioso y nos dijo: "Tenéis que convertiros al islam;

así podréis ser nuestros hermanos y no os mataremos".

Y añadió: "Si no os convertís, os matarán a todos".

Si te negabas, te mataban al instante.

Ali tuvo que convertirse al islam para salvar su vida...

y la de su familia, en manos de los yihadistas.

Ali es periodista.

A sus 21 años, era el director adjunto

de la emisora pública Radio Kurdistán Sinjar.

Antes de forzarlo a convertirse,

él y los demás cautivos pasaron ocho días sin comida en una prisión.

A los que no se hicieron musulmanes, entre los que estaban allí conmigo,

vi cómo se los llevaron.

Pensaban que si no querían convertirse, les dejarían.

Se los llevaron...

y los mataron a todos, hasta a los niños.

Los decapitaron.

A los niños, los miraban bajo el brazo,

comprobaban si tenían vello en las axilas;

y a todos los que tenían, se los llevaban.

Se llevaron a todos los hombres en camiones,

los subían en la parte trasera.

Nosotras no sabíamos qué iban a hacer con ellos

cuando se los llevaron.

Empezamos a oír disparos por todas partes.

Las mujeres y los niños corrieron a mirar por las ventanas

y vieron cómo dividieron a los hombres en pequeños grupos

y los ejecutaron.

Entre ellos... estaban mis hermanos.

Mataron a mis seis hermanos mayores;

sólo tres sobrevivieron a la masacre.

Nadia calcula que de los 700 hombres que vivían en su pueblo,

sólo sobrevivieron algunas decenas.

Esa misma noche, la del 15 de agosto,

me llevaron con otras 150 chicas.

Entre ellas, había tres niñas de mi familia,

mis sobrinas,

y chicas menores que yo.

Se llevaron a los niños y dejaron a las niñas con nosotras.

A las mujeres mayores, incluida mi madre, las mataron.

No sabíamos qué es lo que iban a hacer con nosotras,

pero cuando nos transportaban a Mosul,

empezaron a abusar de nosotras, a manosear nuestros pechos.

Y cuando llegamos por la noche,

nos dijeron que todas las mujeres yazidíes íbamos a ser sus “sabaias”,

sus esclavas.

En el centro en el que yo estaba,

donde nos llevaron y nos distribuyeron,

un hombre vino y me pidió que me levantara.

Todos eran del Daesh, todos eran feos, con barba,

todos llevaban armas...

Aquel hombre era enorme...

Era tan grande y yo estaba tan asustada

que le rogué a otro que me llevara con él.

También era del Daesh, era uno de sus jefes militares.

Me fui con él.

Él fue el primer hombre que me violó.

Lo hizo aquella noche.

Y antes de mí, había capturado a otras tres chicas:

las violó y, después, las vendió.

Todo lo que me pasó... no lo podía ni imaginar,

porque era muy joven.

Estuve cautiva 9 meses.

Me separaron de mi madre, me pegaron,

me compraron y vendieron muchas veces,

como una mercancía.

Me violaron y me quedé embarazada.

Nos pide que la llamemos Shirin.

Tenía sólo 17 años cuando el Daesh la capturó.

La tradición yazidí exige

que la mujer llegue virgen al matrimonio.

De un zarpazo, le arrebataron su inocencia y su pureza.

Su primera experiencia con un hombre fue una violación...

La vendieron hasta siete veces.

Lo peor que viví fue

cuando aquel hombre que se metió en mi habitación

y me violó,

se sentó en mi pecho y metió su sexo en mi boca...

No lo olvidaré mientras viva...

(Llora)

Shirin relata su calvario en un libro:

“Sigo siendo la hija de la luz”.

Esta catarsis le ha permitido

enfrentarse a la oscuridad de su esclavitud.

Lo ha escrito con su psicólogo.

El profesor Kizilhan es experto en tratar traumas agudos

y en las minorías religiosas de Oriente Medio.

Ha escuchado a 1.400 víctimas del Daesh.

Nos confiesa que sus testimonios han marcado en él

un antes y un después.

Las niñas más jóvenes que he examinado...,

tienes que imaginar que la menor tiene ocho años de edad.

La raptó un hombre de 60 años, que podría ser su tatarabuelo,

y la violaba cada día.

Después la vendieron a otro tipo que también la violaba.

Y la vendieron cinco o seis veces en ocho meses.

¡Niñas de ocho años!

A mí también me vendieron, como a las demás.

Después de varios días,

cuando él había tenido bastante, todo lo que quiso, día y noche,

me vendió a otro hombre,

como hizo con las demás chicas.

En este vídeo grabado por uno de ellos,

los milicianos acuden a un mercado de esclavas.

El Daesh hace apología de la violencia sexual,

incluso indica en un manual cómo ejercerla.

Considera a las jóvenes yazidíes un botín de guerra,

un reclamo para captar nuevos guerreros a su “yihad”.

Es una esclavización medieval en pleno siglo XXI.

También las exhiben como mercancía en Internet,

en salones o en tribunales islámicos...

con fotos en las que escriben en árabe la palabra “sabaia”,

esclava,

y les asignan un número.

A las madres, las venden con sus hijos.

Vi cómo las empujaban, les pegaban

y las metían por la fuerza en el coche...

Las trataban como a animales.

Estabas en contacto con las chicas que secuestraron...

Sí, estuve en contacto con cientos de chicas,

con el grupo entero.

En el grupo de crisis de Sinjar,

estábamos en contacto con cientos de chicas,

mientras el Daesh se las llevaba.

A unas las teníamos localizadas en ese lugar,

pero a otras se las llevaron lejos.

Desde Estados Unidos, Murad formó un grupo de crisis

y siguió en contacto con cientos de cautivas.

Estaban en Tel Afar,

a 14 kilómetros de la zona de seguridad,

pero nadie intervino para rescatarlas.

En marzo de 2015 les perdieron la pista.

El Estado Islámico secuestra, sobre todo, a mujeres y niños.

Pero a los pocos hombres yazidíes que deja con vida

también los esclaviza.

Ali lo recuerda como siete meses y 27 días de penumbra.

Además de trabajar, me obligaban a rezar cinco veces al día.

Tenía que hacerlo, aunque no quisiera...

Realmente, mi vida no era más que trabajar y trabajar en granjas,

porque nos amenazaban.

O hacías lo que querían o te mataban.

Éramos sus esclavos.

Hoy en día, a los niños yazidíes de cinco años les están enseñando

cómo decapitar y asesinar a gente.

Los entrenan en sus bases en Mosul o cerca de Raqqa, en Siria.

Les enseñan a decapitar a personas, a leer el Corán, los radicalizan.

La crueldad y la brutalidad son señas de identidad del Daesh.

Pero ¿por qué los terroristas se han ensañado

con la comunidad yazidí,

sin dejarle más opción que la muerte o la esclavitud?

A ojos del Estado Islámico,

los yazidíes, los cristianos y otras minorías no son humanos.

Y si uno no es humano, es como un pollo,

como una cosa...,

entonces puedes matarlo.

El Templo Lalish, en el corazón del Kurdistán iraquí,

es el lugar más sagrado para los yazidíes,

casi un millón de almas.

El Estado Islámico los considera infieles;

pero el yazidismo es

una de las religiones más antiguas de Oriente Medio.

Su nombre significa pueblo de Dios.

Creen en los ángeles y veneran a uno de ellos,

que representan como un pavo real.

Es Melek Taus, en árabe, “Shaytan”.

El Daesh los llama erróneamente “adoradores de Satán”,

a pesar de que no creen en el diablo.

No podían enseñar ni los ojos.

A cualquier mujer que saliera a la calle sola

o con la cara descubierta, la mataban.

En el autoproclamado Estado Islámico,

las mujeres están sometidas a una vigilancia tan rígida

que resultan prácticamente invisibles.

Las azotan por mostrar sus ojos

o si los ropajes negros insinúan sus curvas.

Los yihadistas confiscan propiedades

y exprimen a la población con impuestos,

hasta por cada animal que se cría.

Ésta es su principal fuente de financiación,

con ocho millones de personas bajo su yugo.

Controlan, a golpe de arma, cada vida...

aun en las escenas más cotidianas.

Sus esclavos ni siquiera pisan la calle.

No hay vida bajo el Daesh.

Su principal idea es violar, matar, destruir y deshonrar a los demás.

Esa es la ideología del Daesh.

Un miembro del Estado Islámico tiene familia, tiene hijos...

tiene sentimientos, por supuesto,

soy psicólogo.

Pero la cuestión es cómo una persona puede,

después de su desayuno con su familia,

tener un día agradable,

y, luego, fuera, en Raqqa,

su trabajo consiste en decapitar a gente cada día.

Con vídeos de factura esmerada y un poderoso aparato de propaganda,

el Daesh alardea de su potencial militar.

Quienes han sufrido su dentellada se preguntan

cómo este grupo yihadista ha acaparado tanto poder

en tan poco tiempo.

Vimos a gente de todo el mundo, de Egipto, Turquía

y muchos otros países.

Los llaman combatientes, muyahidines.

Hay gente de Alemania, de Estados Unidos...

Llegan de muchos países europeos.

No sé de dónde viene el apoyo, pero son fuertes.

Un fuerte sistema represivo del que resulta muy difícil escapar...

No lo podía soportar más.

Y aquella noche decidí escapar.

Pero antes de salir del edificio, me capturaron.

Según las leyes del Daesh,

cuando una chica intentaba escapar, la llevaban a aquel centro...

y la violaban tantos hombres del Daesh

como hubiera en aquel momento.

Aquella noche, cuando me capturaron,

me metieron entre sus guardias,

ese fue el castigo por intentar escapar.

No me mataron, porque no mataban a las chicas,

pero...

me hicieron lo mismo.

Tras varias violaciones seguidas, Nadia se desmayó...

Ali compró su libertad y la de su familia.

Pagaron 350.000 dólares.

A Shirin la ayudó a escapar el último hombre que la compró.

Él decidió desertar del Daesh.

Después de tres meses de infierno, Nadia sacó coraje del dolor.

Logré escapar del último hombre que me compró.

Era de noche y me metí en una casa.

Pocas familias en Mosul se atreven a ayudarnos,

pero, gracias a Dios,

aquella familia lo hizo.

Una chica de 16 años que estuvo en manos del Estado Islámico,

cuando huyó y volvió a los campos de desplazados en Irak,

tenía tanto miedo que dijo:

"Tengo que hacer algo que me haga parecer fea",

porque pensaba: "si me ven fea, no me violarán otra vez".

Cogió una garrafa de gasolina y se quemó.

Porque veía al Daesh y estaba aterrorizada.

Los tenía siempre en mi mente,

los oía y los veía por todas partes,

tenía alucinaciones.

Tenía tanto miedo de que me atraparan otra vez

y me sentía tan mal que decidí prenderme fuego.

Samira prefiere ocultar su nombre real... y su rostro.

Sabe que impresiona...

Tiene el 80 por ciento de su cuerpo quemado.

Lleva una decena de operaciones y le quedan varias más.

Cuando habla, le cuesta respirar...

El Daesh la capturó con sólo 16 años.

Todos sabéis lo que nos hicieron. No quiero contarlo.

Su cautiverio duró una semana...

pero recordarlo le duele demasiado.

Este es mi amigo Shahi,

me lo trajeron cuando me operaron por primera vez

y ha estado conmigo en todas las operaciones.

Su mirada brilla cuando nos presenta a sus peluches.

Sin apenas contacto con el exterior,

Samira se refugia en un mundo de suavidad y ternura

que la traslada a su infancia,

a aquella vida feliz

que el terror del Daesh convirtió en desesperación

y truncó para siempre.

Cuando me liberé del monstruo...

pensé muchas veces en suicidarme...

pero no lo hice por amor a mi padre, a mis hermanos y a mi madre,

que sigue secuestrada.

Por las mañanas, cogía tres bloques de hormigón

y los cargaba, para forzar un aborto.

No me importaba morir, pero, al menos, el bebé moriría.

Shirin cargó los pesados bloques hasta que perdió el feto.

Era el fruto de una violación de un hombre de 60 años.

Cuando voy al colegio, aún está oscuro

y creo que alguien del Daesh me persigue.

Me giro y miro alrededor.

El miedo y las pesadillas se apoderan de mi mente.

Muchas veces veo a miembros de mi familia en sueños,

a mis hermanos, los veo.

También veo a mi madre...

Aquellos hombres que vi cuando me capturaron...,

al principio tenía pesadillas con ellos...

Ahora ya no.

(LLORA)

Las cautivas que logran escapar del Daesh

arrastran su dolor a campos de desplazados.

Sus profundas heridas abiertas se enfrentan

a condiciones precarias, a veces infrahumanas...

El terror del autodenominado Estado Islámico ha generado

dos millones de refugiados y desplazados sólo en Irak;

la mayoría se concentra en el Kurdistán.

Contactamos con el campo de Sharia, en Dahuk,

con el doctor Mirza Dinnayi,

que visita a las víctimas y trabaja para sacarlas de allí.

(Teléfono)Perdieron a 25 miembros de su familia.

Sólo han quedado dos supervivientes, Delal y su madre: sólo ellas dos.

La madre estuvo más de 8 meses secuestrada por el Estado Islámico

y la hija también estuvo unos 10 meses en cautividad.

No sólo tienen problemas psicológicos y están traumatizadas;

también tienen problemas económicos, porque nadie las ayuda.

En uno de estos campos sigue varada una hermana de Nadia.

Adki evita hablar de su esclavitud.

Pero a Nadia se le han quedado grabadas sus palabras.

Me decía: "Quiero raparme toda la cabeza,

para que cuando el pelo crezca,

sepa que tengo algo que el Daesh no ha tocado".

Necesitan ayuda a largo plazo, especializada,

con médicos expertos en psicotraumatología,

y esto en el Kurdistán, en Irak, aún no es posible.

Esa es una razón por la que decidimos

traer a las niñas y mujeres más vulnerables a Alemania.

Nuestra vida ahora es más complicada, sin mis hermanos, sin mi madre.

Y lo hemos perdido todo...

Aquí estamos ahora nosotras solas, sin familia...

Es muy difícil vivir así.

Nadia y su hermana comparten un piso de acogida

con otras dos refugiadas yazidíes,

en una ciudad alemana que no revelamos por su seguridad.

También reciben tratamiento médico y psicológico,

cursos de alemán y formación.

Lo costea el estado federado de Baden-Württemberg,

en el suroeste de Alemania.

Es el único Gobierno del mundo que acoge a estas víctimas.

El programa ofrece un entorno seguro a mil cien mujeres y niños

víctimas del Daesh;

en su gran mayoría, yazidíes, aunque también hay cristianos.

Les conceden un permiso de residencia de dos años.

Después, podrán quedarse en Alemania o volver a Irak.

No... no quiero volver a Irak.

Aquí siento que he vuelto a nacer.

Estoy aprendiendo alemán,

iré al colegio y haré otras cosas.

Samira quiere ser traductora,

para ayudar a otras víctimas yazidíes...

Pero, sobre todo, sueña con ser como antes...

Pasear por la calle, confundirse con la gente,

entrar a un café y sentarse a comer un helado...

como cualquier chica de 18 años.

Si hace sol, me quedo fuera de casa al sol hasta que anochece,

en Alemania.

Shirin extraña el sol,

mucho más que un símbolo para los yazidíes.

Quiere ser abogada,

pero no es capaz de imaginar su futuro.

Sí, tienen hechos traumáticos, nunca los olvidarán en toda su vida,

pero en psicoterapia pueden aprender a manejarlos.

Los traumas deberían ser sólo una parte de su vida,

no su vida entera.

Ali no recibe terapia:

está en un campo de refugiados de Alemania.

Aún no se atreve a salir solo y lo atormentan las pesadillas.

Pero no renuncia a su vocación: el periodismo.

Creo que en Europa puedo tener un futuro,

porque aquí, en Europa, hay derechos

y puedo contar la verdad.

Lo que estoy haciendo y lo que he decidido hacer,

contárselo a la gente,

es por la injusticia que hemos sufrido.

Nadia llega temprano a este aeropuerto de Frankfurt...

Viene de Londres con Murad...

En Alemania vive la mayor comunidad de yazidíes en la diáspora,

unos 50.000.

Difícil encontrar un hueco en la agenda de Nadia.

En los últimos meses,

pasa más tiempo entre aeropuertos y hoteles que en su nueva casa.

Murad dejó su empleo para acompañarla.

Pusieron en marcha su misión en diciembre de 2015...

cuando Nadia desnudó su alma

ante el Consejo de Seguridad de la ONU.

Os imploro: acabad con el Daesh de una vez por todas.

He sufrido todo el dolor que me causaron.

Vi su maldad.

A todos los que cometen crímenes de trata y genocidio

hay que llevarlos ante la justicia,

para que las mujeres y los niños puedan vivir en paz, en Irak, Siria,

Nigeria, Somalia y en cualquier lugar del mundo.

Estos crímenes contra las mujeres y su libertad

deben llegar hoy a su fin.

Muchas gracias.

Desde entonces, Nadia ha recorrido medio mundo...

Se reúne con líderes de distintos países...

Habla ante los Parlamentos que se dignan a escucharla...

Y cada vez, en cada lugar, narra su dolorosa historia...

para que la tragedia del pueblo yazidí

entre en la agenda internacional.

El Estado Islámico vino a la zona con una intención:

destruir la identidad yazidí.

El Daesh vino a borrar a los yazidíes de su tierra natal

y lo declararon públicamente.

Las víctimas no pueden regresar a su hogar...

Las fuerzas kurdas recuperaron la ciudad de Sinjar

en noviembre de 2015;

pero el Estado Islámico ha arrasado toda la zona.

Tampoco pueden enterrar a sus muertos...

Se han descubierto unas 30 fosas comunes.

El Daesh mató, al menos, a 3.000 civiles yazidíes

y secuestró a más de 5.000 .

Se sentaron juntos e hicieron un plan:

cómo ir a los pueblos yazidíes,

cómo dividirlos en diferentes tipos de grupos,

cómo matar a los hombres,

cómo llevarse a las mujeres a otros lugares...

Lo hicieron muy sistemáticamente.

Esto, en mi opinión, no es otra cosa que un genocidio.

Que se reconozca

que se ha cometido un genocidio contra el pueblo yazidí...

Para que creamos en la vida y no perdamos nuestra fe.

Tantas chicas bellas, preciosas, todas se han perdido.

A los yazidíes que siguen en poder del Daesh, es muy,

muy urgente liberarlos.

Nadia no parará hasta que se haga justicia.

Sólo el Consejo de Seguridad de la ONU puede llevar el caso

ante el Tribunal Penal Internacional.

Estados Unidos y la Unión Europea ya han reconocido el genocidio.

Pero la barbarie continúa...

Y vosotros, el mundo entero, vosotros sabéis cómo detener esto.

Y os pido que lo paréis y podéis hacerlo.

Y a cualquiera que pueda oírme,

os ruego que se lo contéis a todos y cada uno, y que lo paréis.

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En Portada - Esclavas del Dáesh

05 may 2016

En la actualidad, unas 3.000 mujeres y niñas yazidíes siguen siendo esclavas del Dáesh. En diciembre de 2015, Nadia Murad intervino en el Consejo de Seguridad de la ONU y pidió al mundo que pusiera fin a la barbarie. 

Ahí arrancó su misión humanitaria: desde entonces, se reúne con líderes políticos y recorre numerosos países para que la comunidad internacional reconozca el supuesto genocidio y ayude a las víctimas como ella.

En su ofensiva en el norte de Irak, el autoproclamado Estado Islámico, llevó a cabo numerosos ataques sistemáticos contra la comunidad yazidí, una minoría religiosa de etnia kurda. El Dáesh ejecutó a miles de hombres y secuestró a más de 5.000 mujeres y niñas yazidíes, para convertirlas en esclavas sexuales.

Una de las protagonistas de este reportaje, Nadia Murad, ha narrado ante las cámaras de 'En Portada' el horror que sufrió a manos de los yihadistas.

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