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Para todos los públicos En Portada - Entre muros y santuarios - ver ahora
Transcripción completa

Subtitulado por accesibilidad TVE.

La estación de autobuses de McAllen

es uno de esos lugares donde todo empieza.

Desde McAllen, una ciudad encajonada al sureste de Texas,

solo se mira al frente,

solo se puede descubrir Estados Unidos.

A diario, a eso de las tres y pico de la tarde,

el ritmo monótono de la estación se altera cuando los federales

descargan a un nuevo grupo de inmigrantes centroamericanos.

McAllen es un punto caliente de la inmigración.

Al otro lado de la frontera, en la mexicana Reynosa,

agoniza la Bestia, el tren de mercancías que cruza todo México

preñado de inmigrantes.

De la estación de autobuses

hasta el centro de acogida de la Iglesia del Sagrado Corazón,

apenas hay quinientos metros.

Un trayecto corto pero cargado de tensión.

El final del miedo desenmascara un infinito cansancio.

En las caras se dibuja la incertidumbre.

Para esta nueva vida que hoy empieza,

apenas cuentan con la ropa y los documentos

que caben en una bolsa de plástico.

APLAUSOS

Las sonrisas y los aplausos relajan a los recién llegados.

En este centro de acogida pasarán un puñado de horas.

Las justas para ducharse, comer y renovar vestuario

antes de regresar a la estación y tomar el autocar

que les llevará a un destino provisional en Estados Unidos.

¿Cómo estamos?

¿Cómo estoy? Bendecida por la gracia de Dios.

¿Verdad? Aleluya, como dicen.

¿De qué país viene, señora Blanca? -Guatemala.

Guatemala.

Va a vivir en Long Beach.

Pero lo más cercano a Long Beach viene siendo Los Ángeles.

Por eso es que llega hasta Los Ángeles,

ahí la van a ir a recoger.

¿Y quién la recibe allá? -Henry.

¿Qué es de usted Henry? ―Hermano.

Esta hojita, María, son sus derechos y deberes

que usted tiene en este país.

Es información importante para que usted lo lea.

Todos responden a un mismo patrón.

Hace solo horas, han cruzado el Río Grande en lancha,

previo pago al coyote.

Cincuenta dólares trayecto y persona.

Las patrullas fronterizas, los Border Patrols,

los han interceptado y han comprobado

que no tienen delitos pendientes.

Por eso se les permite vivir en casa de un familiar o un amigo

hasta que un juez decida su destino final,

bien sea en Estados Unidos o de regreso a su país.

Esta hoja blanca dice: “Por favor, ayúdame.

No hablo inglés. ¿Qué autobús tengo que tomar?

Gracias por tu ayuda.” -Bueno.

La puede mostrar a un oficial y le irá mejor en su viaje.

Te la voy a poner aquí grapada.

Manuel se crio en tierra de narcos, en Copán, Honduras.

Allí cultivaba un platanar.

Un día, su vecino le amenazó.

O le entregaba sus tierras o le metía plomo.

Manuel y su hijo se despidieron de la madre y los hermanos

y, nada más cruzar México, se subieron a la Bestia.

¿Y cómo ha sido el viaje en la Bestia?

-Bastante duro.

¿Ibais arriba o entre los vagones?

-Siempre tratamos de ubicarnos adentro, en las góndolas,

que están destapadas. Por él.

Y aguantamos hasta Veracruz y ahí le dimos en autobús.

-Y el resto de la familia, ¿va a venir también?

Pues es la idea pero no sabemos, a ver, por el camino duro.

Pero vamos a hacer la fuerza y depende cómo nos vaya.

-¿Has hablado con tu mamá ya?

-¿Y qué te ha contado, está contenta?

Sí.

-¿Qué te ha dicho?

Que estaba agradecida

por el trayecto hasta acá.

También se llama Manuel y también escapó de Honduras,

de las pandillas, de la impunidad, de la pobreza...

De todo aquello que puede llevar a un chaval de apenas 20 años

a emprender solo, con su bebé, el viaje

más peligroso de su vida.

-¿Qué edad tiene? Ocho Meses.

-¿Cómo se llama? Leyre.

-Imagino que te costó muchísimo decidirte para venir con la niña.

¿Cómo fue que te decidiste?

La situación que vivimos en nuestro país es dura.

Hay mucha mara allá. Es difícil.

Esa fue mi decisión de venir acá.

Claudia estaba harta de las agresiones

del padre de sus hijos.

Y temía por la vida de su chaval mayor.

Mi hijo vio a un compañero cómo lo mataban.

Las pandillas de El Salvador se lo rifaban.

Y eso ofrece dos salidas: si te niegas, te matan al hijo;

si lo entregas, solo te queda esperar su entierro.

Darle ganas y pedirle a Dios que nos bendiga

para que nos den permiso de estar aquí

para que mis hijos estudien y se preparen.

Lo que no hicimos en El Salvador ellos tienen que aprovechar.

Yo ya estoy vieja, pero ellos vienen para arriba.

(TRUMP): "Construiremos un gran, gran muro en nuestra frontera sur".

Desde la ciudad de Brownsville, en Texas, en la que estamos,

hasta San Diego, en California, en la costa del Pacífico,

hay tres mil doscientos kilómetros de frontera,

que dividen el norte, Estados Unidos, del sur, México.

Curiosamente, el muro o la valla

comenzó a construirse en San Diego en mil novecientos noventa y cuatro,

bajo la presidencia de un presidente demócrata, de Bill Clinton.

Y desde entonces hasta ahora

se han construido unos mil cien kilómetros.

Es decir, un tercio del recorrido total que hay desde Brownsville

hasta San Diego.

Uno de los últimos trozos de valla construidos

ha sido con otro demócrata, con Barack Obama,

y es justo eso lo que tenemos a nuestras espaldas.

Al otro lado de esta valla es Estados Unidos.

Digamos que aquí estamos en tierra de nadie

y que, apenas unos metros más allá, está México.

Esta frontera tiene un flujo de personas y comercial descomunal.

Se calcula que,, de un lado a otro,

cruzan en torno a un millón de personas cada día

y trescientos mil vehículos,

de los cuales setenta mil son camiones.

El flujo comercial se estima también

en unos mil cien millones de dólares al día.

Y esta frontera de San Diego a Brownsville

es la que Donald Trump quiere cerrar con un muro o una valla

que termine esos dos mil kilómetros que faltan para separar,

definitivamente, Estados Unidos de México.

El Río Grande es mucho más que una frontera

entre Texas y México.

Es fuente de vida y también de muerte.

A menudo, de entre sus aguas brotan cuerpos de inmigrantes.

El río es, de momento, el último obstáculo al que se enfrentan,

en su huida, salvadoreños, hondureños y guatemaltecos.

Los mexicanos, en cambio, suelen cruzar por la aduana con visado

y quedarse en Estados Unidos una vez vence el permiso.

¿Todo tranquilo? -Sí, aquí sí.

Vigilan cada metro de la frontera.

Para los estadounidenses son los border patrols.

Para los hispanos, simplemente la migra.

Solo en Texas hay nueve mil.

Y el presidente Donald Trump espera que sean muchos más

en los próximos meses.

-¿Alguna vez te ha pasado que, pescando,

has visto inmigrantes?

Sí, muchas veces, pero uno se voltea como no sabiendo nada.

Mejor que vean que no pones atención.

Pero ya hay mucha vigilancia,

hay globos de... ¿Ya los han visto?

-Globos blancos, como un zepelín.

No había aquí pero ya pusieron.

Y eso tuvo que haber ayudado a disminuir un poco.

Durante los últimos años han aumentado las medidas de control

de la frontera.

Además de la vigilancia aérea con zepelines y helicópteros,

entre los arbustos hay cámaras ocultas o sensores.

Para muchos, medidas suficientes que hacen innecesario un muro.

-Don Ruperto, ¿no es eso?

Guardiola. ¿Tu primer nombre es? -José Antonio.

Pues pásenle, Están en su casa.

-Venga, vamos yendo para allá.

-Este terreno ya es suyo.

Mío y de mis primos.

-Y ¿desde hace?

Desde hace... desde el mil setecientos sesenta y siete.

Cuando los españoles... yo no sé si los corrieron de España,

pero vinieron a dar aquí.

Es una milla de ancho, más o menos. -Una milla.

Y como quince de largo.

Y todas pegan al río, para que todos tuvieran agua.

-Claro, claro, el río es el que da riqueza.

Es la vida, es la vida de todos, tú sabes bien, el agua.

Ruperto Escobar pertenece a una larga estirpe

de rancheros texanos.

Su finca da al Río Grande.

De ahí extrae el agua para regar los cultivos

que sirven de comida a sus reses.

Qué bueno que estás aquí porque así no hay quien nos tire del otro lado.

Aquí está limpio, todo, ¿verdad? Qué bueno.

Pues muchas gracias, mano, que le vaya bien, gracias.

-Venga, buen día.

Aquí es intenso el sol.

Ruperto es uno de los centenares de rancheros

afectados por la posible construcción del muro

prometida por el presidente Trump.

Su finca se partiría en dos.

-Es posible que esta entrevista, dentro de un año o dos,

no la podamos hacer aquí.

Es posible. No sabemos dónde va a ir ese muro.

Si la gente de Estados Unidos eligió a ese presidente,

a ese hombre...

La mayoría lo eligió.

Si ellos creen que es necesario tener una seguridad

y esa seguridad se va a llevar a cabo con un muro, que no creo yo,

pero si eso es lo que ellos quieren, que lo hagan.

¿Y quién lo va a parar?

Yo no, yo no tengo los tamaños para parar eso.

Pero que me dejen acceso a mí a poder venir al río,

porque yo vivo del río.

El caso de Ruperto sirve para entender

que la posible construcción del muro,

aún no contemplada en los presupuestos,

podría provocar una cascada de demandas

que lo retrasaría indefinidamente.

Por aquí cruzan los ilegales, los he visto yo cruzar por aquí.

Vienen de allá.

Cuando no tiene tanta agua el río, cruzan por aquí.

Muchos se dan por vencidos.

Y se sientan en la orilla,

hay un camino donde pasa la migra para que los levante.

Mi corazón está con ellos.

Yo haría lo mismo si a mi familia le faltara el pan del día.

Lo buscaría donde fuera, como ellos.

Todas esas personas de esos países que mencionaste, por aquí pasan.

Y algunas veces yo les he dado agua.

Una vez una niña de trece años, me imagino yo,

y un niño pequeño, ella lo llevaba de la mano.

Me paré con ella y le pregunté.

Dijo "es que vamos buscando a mi padre, en Houston".

¿Qué tan lejos está Houston? Más delantito, ¿verdad?

No mi hija, está muy lejos.

Le di veinte dólares para siquiera comprar algo de comer.

Dios que te bendiga, hija.

¿Qué más podía hacer?

-Tenemos una cita con el sheriff.

La seguridad de Laredo depende de Martín Cuéllar.

Es el sheriff del condado por votación directa.

Eso le obliga a ser muy sensible con los problemas

que preocupan a sus vecinos.

Y el muro preocupa mucho.

Eso de ahí ya es México, ¿verdad?

A esta parte de la frontera

no han llegado las nuevas tecnologías

y por eso Martín Cuéllar ha lanzado lo que llama la operación Smart.

Con la ayuda de veteranos de guerra, pretende controlar la frontera

con drones, sensores, cámaras de vigilancia y lanchas fueraborda.

Tecnología en lugar de hormigón.

El plan lo ha presentado ya en Washington.

Fíjese que hablamos con diferentes congresistas

y platicamos de lo que tenemos y les gustó mucho.

En ciertos lugares donde hay desierto

está más bien que pongas un muro.

Pero en lugares como éste,

no creo que un muro se miraría bien,

donde está aquí la población, la gente no quiere,

no quieren un muro en este área.

-Si en poco tiempo usted tuviera que convencerle

para que no pasara el muro por aquí, ¿qué le diría?

Con todo respeto, le digo a Donald Trump:

usted quédese a hacer negocios allá y nosotros vamos a dar seguridad.

Un muro, mira cómo se va a ver.

Aquí está el muro, el río es el muro.

Es muy peligroso para cruzar.

Todos los días encontramos ahogados, muertos por querer cruzar.

Laredo vive de la frontera.

El trasiego de personas es descomunal.

Los centros comerciales

prosperan gracias a las compras de los mexicanos.

En realidad, Laredo y Nuevo Laredo es una sola ciudad

partida por un río y dividida por dos banderas.

Al atardecer, la aduana de Brownsville con Matamoros

se llena de jóvenes que estudian o trabajan en Estados Unidos,

pero viven en México.

Unos porque tienen allí a su familia,

otros porque les resulta más barato a pesar del dólar que deben pagar

cada vez que cruzan el puente.

-¿Es complicado cruzar la frontera?

A veces, sí.

-¿Cuánto se demora?

Depende, hay veces que cruzas en cinco minutos.

Y otras veces en dos o tres horas.

Ellos son los mejores ciudadanos.

Son las personas que violan la ley menos que cualesquier otro grupo.

Son las personas que toman menos asistencia del Gobierno

que cualquier otro grupo.

Y ellos son las personas que, cuando tienen la oportunidad,

son los primeros que van y se meten al militar

para defender a su país.

Gilberto Hinojosa está dolido.

Brownsville, su ciudad, está envuelta por una valla

construida bajo la presidencia del demócrata Barack Obama.

Fue un gesto inútil hacia los republicanos

para que apoyaran la concesión de la ciudadanía

a los doce millones de indocumentados

que hay en Estados Unidos.

Nunca va a pasar eso.

Porque, ¿cómo van los republicanos

a dejar a doce millones de indocumentados,

la gran mayoría mexicanos o de América Central,

hacerse ciudadanos americanos,

cuando todo el mundo sabe que el ochenta por ciento

de los inmigrantes o los hispanos, cuando votan,

lo hacen por candidatos del Partido Demócrata?

Esos doce millones viven meses de tensión,

en muchos casos, de angustia.

Con Trump en la Casa Blanca,

sus opciones de quedarse en Estados Unidos se reducen.

Para identificarlos, Washington pretende que las policías locales,

cada vez que se topen con algún indocumentado,

informen al ICE, a los agentes federales de Inmigración.

O, como se dicen en Estados Unidos, le hablen al ICE.

Hay lugares, como Austin, donde no le hablan al ICE.

Así nacen las ciudades santuario.

Ayuntamientos gobernados por demócratas,

con sheriffs demócratas, que argumentan que la ley

nos les obliga a delatar.

Dicho de otra manera, que plantan cara a Donald Trump.

Y, en el caso de Austin, también al gobernador de Texas,

el ultraconservador Greg Abbot.

Camino de Austin por la Interestatal 35,

la ruta que rasga en dos Estados Unidos,

desde Texas a Minnesota,

rodeamos varios centros de detención para inmigrantes.

En Texas hay veintidós.

Trump planea multiplicar su número.

Austin es una ciudad liberal.

No hay lugar en el mundo con más espectáculos

de música en directo.

Tiene el dinamismo y la pujanza de las ciudades universitarias.

Es la capital del Estado.

Y es, también, ciudad santuario para los inmigrantes indocumentados.

Sí, muchas gracias.

Tienen mucha comunidad ahí y quería saber si ustedes

se consideran un restaurante santuario.

Estefanía Ponce nació en México, tiene veintiún años.

No recuerda otra condición en su vida

que la de inmigrante indocumentada.

-¿Qué es, exactamente, un restaurante santuario?

Un restaurante santuario es, más que nada, un lugar seguro

para la comunidad inmigrante.

Hace como unos meses hubo muchas redadas en la ciudad

y muchas personas que no tienen estatus legal aquí

necesitan un lugar para sentirse protegidos.

-Si, por ejemplo, los de migración quisieran hacer una redada

en un restaurante santuario, ¿qué pasaría?

Ahorita las personas se preparan, crean como un círculo

alrededor de la persona que pueda ser deportada,

como para protegerla.

Nadie conduce con tanta precaución como los inmigrantes indocumentados.

Cualquier infracción, por pequeña que sea,

les puede enfrentar al riesgo de ser deportados.

-¿Cómo se llama? "La Mexicana".

Estefanía es una dreamer.

Se llama así a quienes cruzaron la frontera

siendo menores de edad.

Legalmente, no se les puede acusar de voluntad de infracción alguna.

Realmente, no sabíamos, éramos niños pequeños.

Obama dictó en 2012 una orden ejecutiva

que pretendía normalizar su situación,

aunque nunca llegó a tener rango de ley.

Sin embargo, ya ahorita el presidente Trump

ha amenazado ese programa y ha dicho "lo voy a quitar",

que no lo ha hecho ahorita,

pero ya lo ha mencionado en el pasado.

Entonces nosotros estamos como preparados

para ver si nos lo van a quitar o no.

-¿Qué te consideras, estadounidense o mexicana?

Yo me considero mexicana.

-Si eso, por ejemplo, te lo preguntaran

para poder aplicar la ciudadanía, ¿sería un impedimento?

Legalmente hablando.

No debería de ser.

No creo, puedo tener doble ciudadanía.

-¿Y si, de repente, mañana te dicen que te tienes que ir?

Yo quisiera que no, tengo mi vida aquí.

Pero Estefanía es más que una dreamer.

Lidera el grupo de jóvenes

que lucha por los derechos de los inmigrantes

en un Estado con un Gobierno y un legislativo muy conservadores.

-¿Cómo fue la experiencia?

Hace meses, intervino en una audiencia

para convencer a los senadores texanos de que no aprobaran una ley

muy dura con los indocumentados.

-No deja de ser paradójico que vengas al Capitolio,

pases el control de seguridad en el que hay policías,

que sepan que no tienes documentos y, aún así, puedas testificar

en una audiencia del Senado.

Es un poco absurdo, ¿no?

-Es muy irónico.

Nosotros como estudiantes tenemos algo de voz

y también ayuda que hay ciudadanos que vienen a dar sus testimonios,

porque ellos mismos son los que votan

por los representantes y senadores que están aquí.

-¿Sentiste respeto?

No, sentí respeto, a lo mejor, por tres.

Había como doce presentes porque algunos se fueron temprano.

Una chava que testificó antes que yo les dijo:

"Veo que están en sus teléfonos,

quién sabe si están en aplicaciones de Instagram o redes sociales,

y no ponen atención cuando hay familias frente a ustedes

compartiendo sus vidas y sus historias".

Su intervención sirvió de poco.

Días después de esta entrevista,

Estefanía volvió al Capitolio de Texas,

pero esta vez para liderar la protesta

contra la aprobación de la ley a la que se oponían,

conocida como SB4.

La mayoría republicana ha sacado adelante esa ley antisantuario.

Entre otras cosas, permite llevar a la cárcel

al agente local que no delate a un inmigrante indocumentado.

Es más, autoriza a destituir a cualquier sheriff

que respalde las políticas santuario,

aunque haya sido elegido en las urnas.

Y, finalmente, permite bloquear los fondos estatales

a ayuntamientos o universidades santuario.

Quizá la serenidad y el aplomo del alcalde demócrata de Austin

han dado resultado.

Austin es de las pocas ciudades santuario

que han quedado fuera de la lista negra del Gobierno de Washington.

Su presidente, Donald Trump, se siente desafiado

por las casi doscientas ciudades santuario.

Sí están en esa lista Nueva York, Chicago, Miami

e, incluso, todo el Estado de California.

Adler sí es firme ante la posibilidad

de que sea destituida la sheriff del condado.

"En portada" persiguió el testimonio

de los principales líderes republicanos.

Desde el gobernador Abbot a senadores o representantes.

Nadie ha querido o ha podido hablar.

Al final, accedió el director legislativo

de un congresista hispano.

(Megafonía) Por favor, tengan sus números en la mano.

Número ochenta y cuatro.

Algunos empezaron a peinar canas o disimular arrugas

en Estados Unidos.

Aquí llevan más treinta años viviendo tranquilos

tienen permiso de residencia, pero, por primera vez en años,

se sienten inseguros.

Las declaraciones del presidente Trump les alertan.

Por eso, hoy este polideportivo a las afueras de Austin

está repleto.

¿Y cuánto es la ciudadanía?

Setecientos veinticinco, es lo que cobra el Gobierno.

Paradójicamente, es el Consulado de México

el organizador de este campus en el que asesora a quienes

quieran pedir la ciudadanía estadounidense.

Aunque parezca contraintuitivo,

la mejor manera de mantener el vínculo entre los inmigrantes

que están acá y que han decidido echar raíces,

vivir aquí el resto de sus vidas y tener hijos en este país,

y México, su tierra de origen, es ayudarlos a que se integren

en los Estados Unidos.

Aparte, si te pones a pensar, el último acto de protección

a nuestros nacionales es la adquisición

de nacionalidad estadounidense.

Es la única garantía de que nunca serán deportados,

la garantía de que todos sus derechos serán protegidos y observados.

¿Ha sido deportada? -No.

Y cuando vino por primera vez, ¿fue arrestada en la frontera?

―No. ―Cruzó bien, sin problema.

¿Ha ayudado a alguien a entrar al país ilegalmente?

¿Ha participado en actividades terroristas?

No.

Una legión de abogados voluntarios

ayuda a rellenar los formularios finales.

Si todo está en orden,

en algo más de medio año tendrán pasaporte estadounidense.

Estarán salvados, pero seguirá en peligro

el millón y medio de indocumentados que vive y trabaja en Texas.

Y peligrará también un sistema de crecimiento económico

rápido y barato.

Si estás contra las "ciudades santuario", entre comillas,

¿por qué no estás contra las "empresas santuario"?

Que por veinte años las empresas en Texas

han podido seguir trayendo mano de obra indocumentada

y nadie les hace nada.

No hay un castigo contra ellas.

Ahí está la hipocresía.

Al despertar la tarde, Hilda se acerca a la acera

y abraza a su hijo Iván.

No hay tiempo para conversaciones, vuelven directos.

Hilda e Iván viven en una iglesia santuario,

en la Parroquia Presbiteriana de San Andrés, en Austin.

Crecí viendo maltratos, golpes...

Mi madre murió a causa de los golpes, murió mi mamá,

mi hermana también murió a causa de los golpes.

Casi todas mis hermanas han sido maltratadas,

como tres de mis hermanas han muerto.

No puedes decir ayúdame, me están pegando.

Dices eso y la autoridad lo único que dice es: es tu marido,

tienes que aguantar.

La vida no ha tenido piedad con Hilda.

Vive enclaustrada y atemorizada.

Apenas sale de la iglesia

e, incluso, ha pedido que cerquen el jardín

por temor a la visita de los federales.

La protección a los inmigrantes en iglesias

surgió en los años ochenta.

De ahí se extendió el concepto "santuario" a toda protección,

sea en bares, universidades o ciudades enteras.

Austin dispone de una red de iglesias santuario.

Son, al menos, una docena.

Dan por hecho que los federales nunca entrarán a un templo

a detener a un inmigrante, por eso los acogen en sus instalaciones.

Hilda e Iván también cruzaron el Río Grande en lancha,

a la altura de la mexicana Reynosa.

La lancha pinchó, y llegaron a la orilla de McAllen

justo cuando empezaba a hundirse.

Fue un único golpe de fortuna.

Después de veinte minutos de caminar bajo el sol,

los agarró la migra.

Primero nos llevaron como a una casa grande.

Y allí había cuartos y personas en cada cuarto.

Y allí, en ese cuarto, había mucho frío.

Se llamaba "la hielera".

-¿Pasaste miedo, Iván? -Sí.

-¿Por? -Pensé que nos estaban secuestrando.

¿Cómo os trataron?

Mal, la migración nos gritaba mucho y no nos dejaba dormir.

"La hielera" fue el principio de su segunda huida.

Hoy, después de varios tropiezos en los tribunales,

Hilda disfruta de un permiso de estancia temporal.

Le vence en un par de meses.

No se confía y, por eso, hace casi toda su vida

entre estas cuatro paredes.

De apariencia frágil pero espíritu tenaz, Hilda no baja los brazos.

Primero, porque no piensa volver a la Guatemala

de los maltratos y las amenazas.

Y segundo y vital, porque quiere ver el día

en que su Iván se doctore en Medicina.

Para sanar a los demás y a mi familia.

A los que no tienen dinero para pagar a los doctores

y se sienten muy mal.

Es el sueño ingenuo y puro de un chaval

que ha vivido y vive de la ayuda de los demás.

Un sueño que arrancó en McAllen, el lugar donde todo comienza.

Por lo que veo, tu vida es miedo,

miedo en Guatemala, miedo aquí también, a que te expulsen.

Tengo mucho miedo porque...

Pues porque... el abuelo de mi hijo es malo.

Mató a su esposa, me amenazó.

De todo lo que hemos hablado ahora, Iván ¿qué sabe?

Realmente, no mucho sabe porque, cuando Iván nació,

yo me fui de mi pueblo.

Cuando yo estaba embarazada de Iván me escapé porque tenía miedo.

-¿Cuántos años tiene Iván? -Once.

¿Llevas huyendo once años?

Sí, once años sin tener un hogar estable.

Siempre cambiar, ir a otro lugar, después ir a otro lugar,

después ir a otro lugar. Y así.

Subtitulación realizada por: Virginia Sander.

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En Portada - Entre muros y santuarios

12 jun 2017

En Portada aborda el asunto de la inmigración en Estados Unidos: Desde los centroamericanos que acaban de cruzar la frontera hasta aquellos que llevan allí toda una vida trabajando con permiso de residencia y ahora se han lanzado a tramitar la ciudadanía estadounidense por temor a una expulsión. La historia comienza en McAllen, una ciudad del sur de Texas. Allí llegan a diario decenas de salvadoreños, hondureños y guatemaltecos que cruzan el Río Grande en lanchas fletadas por coyotes. Y desde McAllen, En Portada desarrolla todo el proceso en el que se embarcan los que escapan de sus países en busca de una vida algo mejor. En la inmensa mayoría de los casos, la huida surge de la violencia o la pobreza.

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