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No recomendado para menores de 16 años El final del camino - Capítulo 7 - ver ahora
Transcripción completa

-Conozco todos los pecados de esta ciudad.

Dime tu nombre.

¡¡¡Mi nombre es Abdel Rachid!!!

Esa puerta de la que hablas es una blasfemia.

-No puedo permitir que entres en mi ciudad.

-Que llegue a Toledo.

-Si descubre que todo esto es mentira, te matará.

-¡¡¡Ahhh...!!!

-El hijo que llevo dentro va a necesitar a su padre.

-El día de hoy no lo olvidaremos jamás.

Hemos perdido una gran reina.

-No verás más puertas que las de tu celda.

-En esta ciudad, la ambición puede ser muy útil,

siempre que esté moderada por la prudencia.

-En el vientre de esta mujer crece mi futuro hijo.

Concibe un hijo con Urraca y dame un heredero.

Se llamará Gonzalo.

¡Arriba!

Tú solo. Así me enseñaron a mí.

Olvídate de la espada; mira a los ojos de tu enemigo.

Venga. -De acuerdo.

(GRITA) ¡Va, va, va, va, va, va, va!

Muy bien.

-Te has dejado ganar.

Hola, padre.

-¿Cómo van esas lecciones de espada?

-Bien. Progresa rápido, Majestad.

Hoy me ha ganado.

-Lo lleva en la sangre...

-Padre, ¿estás bien?

-Esto es solo cansancio, hijo. Solo cansancio.

Ven. Acompáñame.

Lo mimas demasiado. Yo solo lo entreno.

La verdad es que aprende más de ti que del Rey.

Y más nos vale que siga siendo así.

Se acerca el día en que tu hijo se va a sentar en el trono.

¿Qué vas a hacer cuando eso ocurra?

Seguir mimándolo como he hecho todos estos años.

Gonzalo, ten cuidado con la forma en que tratas al crío.

La gente habla.

(REZA EN ÁRABE)

(Ruido)

(Música)

-Nos vamos de viaje.

¿A dónde? A Braga.

Tenemos un conflicto con su arzobispo.

Se niega a reconocer nuestra autoridad.

Reúne un grupo de espadas, de tu plena confianza.

¿Qué vamos a hacer exactamente?

No quiero estropearte la sorpresa.

Trae también a un grupo de canteros contigo.

Los necesitaremos.

He oído que estáis molesto conmigo, Señor Arzobispo.

-Vos me habéis dado motivos.

Hablemos claro.

Habéis conspirado para primar Compostela por encima de Braga.

No lo consentiré.

-Hay un apóstol enterrado en Compostela, Señor.

-En Braga tenemos las cabezas de San Fructuoso y San Victorio.

Y los restos de otros tres santos.

Si pretendéis convertir esto en una competición de reliquias,

saldréis perdiendo.

-Lo único que creo, es que Compostela

merece una consideración especial...

-Nunca por encima de mi iglesia.

Me habían contado que erais un joven presuntuoso

y lleno de ambición.

Veo que estaban en lo cierto.

-De vos me dijeron que erais sensato y razonable.

Me informaron mal.

-Tenemos más devotos,

somos más ricos, y tenemos más poder que Compostela.

¿Ha quedado claro?

-Muy claro

¿Puedo al menos haceros una última petición?

Mi séquito...

desea rendir homenaje a los santos de Braga

con una misa en vuestro templo.

-Adelante. Celebrad vuestra misa...

después os quiero fuera de mi ciudad.

-Bajo estas losas,

están las cabezas de los santos San Fructuoso y San Victorio.

Tenéis lo que dura una misa para sacarlas de ahí

y entregármelas.

Que tus hombres vigilen la puerta.

Nadie puede entrar.

¿Ese era vuestro plan? ¿Robar las reliquias?

Con la ayuda de Dios, sí.

Os excomulgarán, y a nosotros nos matarán.

Ten fe, Pedro... ten fe.

Los primeros en llegar a Compostela con las reliquias,

recibirán veinte piezas de plata.

(RAIMUNDO) -Los almorávides se han hecho fuertes en Uclés.

Debemos atacarles antes de que sigan avanzando.

(URRACA) -Su objetivo es recuperar Toledo.

Siempre lo ha sido.

-¿Qué opinas? Estoy con Raimundo.

O los paramos ahora o será demasiado tarde.

-Y dicen que el mismísimo Yusuf Ibn Tasufin está en Uclés.

Eso es imposible. Le dieron por muerto hace dos años.

-¿Y tú te fías de lo que digan estos infieles?

-Su hijo también controla las tropas.

Nuestros espías aseguran que no hace nada

sin consultar a su padre. -¿Le conoces?

-¡Ahhhhhh!

Fue hace mucho tiempo...

-Si conseguimos derrotarle,

los almorávides huirán a África.

Majestad, me gustaría estar en primera línea.

Tú serás uno de mis capitanes, Gonzalo.

-Será la batalla que lo decida todo.

-Y yo no podré estar en ella.

No me quedan fuerzas.

-Han sido demasiadas batallas, mi Señor.

-Sí, pero me hubiera gustado librar una más.

Y la de Uclés...

va a ser de las que no se olviden.

-Pero se recordarán muchas otras de tus victorias, padre.

-Ojalá se me recuerde por eso, Sancho.

Ojalá...

(GARCÍA) -¡Alfonso!

¡Alfonso! (ALFONSO) -Ignóralo.

-¡Alfonso! ¡Es padre!

¡Ha regresado!

-Debéis iros.

-Quiere vernos a los tres.

-¿Para qué? ¿Necesita ayuda?

Hemos venido desde Sevilla para enterrar a San Isidoro.

No creo que necesite nuestra ayuda para hacerlo.

-Ha decidido sobre la sucesión.

-Sancho es el primogénito. Él se lo queda todo.

-No es eso lo que yo he oído.

-¿Y Sancho?

Nunca cambiarás, ¿verdad?

¿Sabéis cuántas piezas me cobré yo?

Ninguna.

Mi brazo ya no es tan rápido, ni tan diestro.

Me hago viejo.

Y antes de morir quiero que conozcáis mi voluntad.

A vuestras hermanas les dejaré Zamora y Toro.

Eso les permitirá vivir de rentas

el resto de sus vidas.

García... Serás Rey de Galicia

y Señor de las taifas de Sevilla y Badajoz.

-Gracias, padre.

-Alfonso...

Rey de León y Señor de la taifa de Toledo.

-Estaréis orgulloso de mi, padre.

-Para ti Sancho, Castilla

y la taifa de Zaragoza.

(DESAFIANTE) -Soy el mayor.

-¿Y?

-Los tres reinos deberían ser para mí.

-No he levantado un imperio para que tú le plantes fuego.

Da las gracias.

(SARCÁSTICO) Gracias... Padre.

-¿León?

¿Qué se me ha perdido a mi en León?

-Pues si no lo quieres, entrégamelo.

-Sancho, tienes Castilla.

¿Qué más necesitas?

-Lo que me corresponde... (AMBICIOSO) ¡Todo!

-Hay cosas más importantes que la tierra y los títulos.

-Pertenece a Alfonso.

-Preparadlo todo.

Enviaré mi ejército a Uclés, presentaremos batalla.

Dejadme a solas con mi hijo.

-Necesito tratar un asunto con vos, Majestad.

Deseo viajar a Compostela.

Me gustaría ver en persona cómo van las obras del templo.

-¿Te acompañará tu esposa?

-No.

-Pero sí me gustaría que me acompañase mi hijo,

si su madre no tiene inconveniente.

-Raimundo... -En absoluto,

que vaya.

-Dejadme con Sancho, por favor.

Ven...

Siéntate.

¡Siéntate!

Dentro de poco serás Rey de Castilla,

Galicia y León.

¿Estás preparado?

-Lo estoy, padre.

Gonzalo me está enseñando bien el manejo de la espada y el...

-Para ser Rey tienes que aprender

a manejar a los hombres mejor que la espada.

-Seré como tú.

-Tienes que ser mejor que yo, hijo.

Debes de serlo.

-Ha hecho que ese mocoso se sentara en el trono.

-Es el heredero.

-Medio palacio sabe que es hijo de Gonzalo,

y el otro medio lo sospecha.

(Llaman a la puerta)

Adelante.

Sea lo que sea que queráis hacer,

no es el momento.

-Salimos hacia Compostela. -¿Tan pronto?

-El camino será largo y el invierno promete ser duro.

-Está bien, de acuerdo.

-Dale un abrazo a tu madre.

-Buen viaje.

-Espérame fuera, hijo.

Urraca.

Si alguna vez...

no he estado a la altura de...

quiero que sepas que no he sabido hacerlo mejor.

Lo siento.

-¿A qué ha venido eso?

-Este viaje le costará caro a vuestro marido.

-Ese es su problema. El mío es Sancho.

El Rey lo considera su sucesor.

Y no lo voy a consentir.

Ese trono me pertenece.

Quiero al mocoso muerto.

-Cuidado, Señora. Si matáis al chico

se revolverán en vuestra contra sus dos padres,

y ambos son peligrosos si se les enfurece.

-Por eso no seré yo quien le mate.

(Martillazos)

-¡¿Os habéis vuelto loco?!

(FURIOSO) -¡Tus calumnias no tienen cabida aquí!

-¡Son el Rey Alfonso y el obispo Peláez!

-Hombres en un recinto sagrado.

¡La tumba del Apóstol! ¿Vas a atacarme?

-¡Basta! ¿Qué está pasando aquí?

-Estas imágenes son un sacrilegio.

-Son los hombres que han levantado este templo.

-Lo sabíais...

-Claro que lo sabía. Yo lo autoricé.

Esteban, retírate.

¿Y las reliquias? -A salvo, Dómine.

-Antes de que os enteréis por otro...

he traído conmigo las reliquias de Braga.

A partir de ahora descansarán en Compostela.

-¿Las reliquias de Braga? ¿Cómo las habéis conseguido?

-Digamos que Dios nos las ha confiado.

-Todo lo que tocáis se convierte en algo

putrefacto y pecaminoso.

Informaré a Roma sobre vos.

-Dadle recuerdos a Su Santidad.

Coge el escudo y ven conmigo.

Hoy aprenderás a defenderte. -Estoy ocupado.

Terminarás más tarde. Vamos.

Te he dicho que estoy ocupado.

Madre, me voy a por otra gallina.

Lleva así desde que volví de Braga.

¿Qué le pasa? No lo sé.

¿Le has convencido tú para que deje el entrenamiento?

No quiero que sea soldado, pero no le pondría en tu contra.

Es tu hijo, Pedro.

No sé lo que le pasa, pero se arreglará.

-No debéis preocuparos, no debéis tener miedo.

Os aseguro que si venís conmigo no os vais a arrepentir.

-¿Lo conoces?

(SIGUE HABLANDO)

-Un noble de tercera.

Se lleva a los nuestros a luchar contra los sarracenos.

-Tomás.

-Llevadme con vos.

-A tu madre no le gustará.

-¿Y a qué madre le gusta que su hijo sea un soldado?

-Partimos esta tarde hacia Toledo.

Prepara tu equipaje.

-Tengo mi espada. No necesito nada más.

-El chico no va a ningún sitio. -¿Sois su padre?

-No. -Tomás, esto es asunto mío.

Voy a ir a luchar contra los infieles.

-¿Y eso por qué? ¿Te han hecho algo?

-Porque el chico es un valiente y tiene sentido del honor.

-Ya... ¿Y a cómo está el honor hoy en día?

-¿Qué haces?

-Puedes quedártela si te largas de mi ciudad ahora mismo.

¿Hay trato?

Ya...

Supongo que no está tan barato como yo pensaba.

-Hay trato.

-Pero, mi Señor... -¡No!

-Tomás, te he dicho que esto es asunto...

-Atiende el negocio, Remo.

Gracias, Tomás.

No lo hago por ti, Pedro.

Yo no olvido quien eres.

Ni que vendiste a tu hermano para robarle a su mujer.

Entiendo que el chico odie a los sarracenos.

De verdad que no lo entiendo. ¿Me quieres decir por qué?

-Da igual. No, no da igual...

Ir a Uclés es ir a morir. Sé luchar.

Conozco a los almorávides. Me crié con ellos.

No estás preparado para una de sus batallas.

Guárdate tus mentiras, moro. ¿Qué?¡Gonzalo!

¡No vuelvas a hablarle así a tu padre nunca más!

Es cierto que estuvo viviendo con los infieles,

pero hijo, fue secuestrado... ¡Es uno de ellos!

Le vi rezar como rezan los infieles.

Mírame.

¡No me mientas!

¡Pregúntaselo a él!

(DESOLADA) Pedro...

Sal de aquí...

-Hazlo. No será la primera vez

que utilizas el destino a tu favor.

-Os habéis convertido en un guerrero temible.

-¿No te han enseñado a llamar? -Disculpad, mi Señor.

-¿Qué quieres?

-No estoy aquí por lo que yo desee,

sino por lo que vos deseáis.

Queréis reinar, ¿no es así?

(SEGURO) -Voy a reinar.

Soy el único hijo varón de mi padre.

-Puede que no sea suficiente.

Está el hijo de Urraca y de Raimundo.

Él también podría ocupar el trono.

-Pero el primogénito del Rey soy yo.

Es mi destino heredar...

-He visto todos vuestros destinos posibles

y en uno de ellos sois el más grande de los reyes.

-¿El más grande? -Un destino de gloria

que comienza cuando lucháis en la batalla de Uclés...

-Mi padre dice que soy demasiado joven para la batalla.

-El más precoz de los guerreros, eso seréis.

Y cuando regreséis victorioso, la corte os aclamará.

Uclés va a decidir el futuro de la cristiandad.

Y el vuestro.

-Uclés...

-Lo he visto.

-Quiero ser uno de los capitanes del reino cristiano

y derrotar a Yusuf en tu nombre.

-¿Pero crees que estás preparado?

-Padre, me dijiste que debía de aprender

a manejar a las personas mejor que la espada.

Si nuestros soldados me ven luchando con ellos,

me respetarán.

-Está bien,

si es lo que deseas, ve.

Serás un gran rey, Sancho.

Un gran rey...

-El ejército ha acampado,

tal y como su hijo ha ordenado.

-Aquí es donde todo termina.

¿Se puede saber qué has hecho?

¡No estás preparado para la guerra!

-Sé luchar, tú me has enseñado.

Vamos.

Los moros no tienen espadas de madera.

Estarás muerto en dos movimientos.

Tú eres mi maestro. Nada más.

Yo soy el hijo del Rey.

Y yo decido si estoy preparado o no.

¿Está claro?

(PREPOTENTE) ¡¿Está claro?!

Está claro,

mi Señor.

Y ahora enséñame.

Quiero aprender ese ataque que me acabas de hacer.

Sujeta la espada con fuerza y ataca.

Abre tu defensa y entra con todo el cuerpo.

Otra vez.

-Dejadnos solos.

Supongo que la prisión te ha hecho olvidar

cómo se saluda a la hija del Rey.

-Mi Señora...

-Podrías haber evitado la condena.

Haberte escondido o haber huido...

-¿Y dejar el reino en manos de los francos...?

Jamás.

-Eres un hombre de principios.

Y eso es lo que necesito ahora.

Puedo sacarte de aquí si aceptas un servicio más al reino.

-¿Qué servicio?

-Evitar que un bastardo ocupe el trono.

-Hijo...

-Padre, os lo ruego, comed algo...

-Come tú, hijo, mi estómago no retiene el alimento.

-Por favor...

-Alfonso, me muero.

Yo lo he aceptado y tú debes aceptarlo también.

Me alegra mucho que estés conmigo en este viaje.

Disfrutemos el tiempo que nos queda...

y demos gracias al Señor.

(AMBAS) -Salud. -Salud. (TOSE)

-¿Qué sois, peregrinos? -Lo somos.

-¿Y de dónde venís? -De Toledo.

-Debéis ser muy pecadores entonces.

Si hacéis tanta penitencia

que sólo el Apóstol os puede perdonar.

-El Apóstol Santiago ya salvó mi vida en una ocasión

allá en mi tierra, la de los francos,

en una batalla contra los nórdicos.

-Los moros son peores. -Shhh... Calla, déjale contar.

-Tenía pocos años más que mi hijo.

Y mi padre me envió con las tropas del Rey a combatirlos.

Les hicimos frente en una playa del norte pero,

nos superaban en número. Fue,

fue una matanza.

Cuando ya nos dábamos por muertos...

recé a Santiago el mayor.

Cerré los ojos y rogué,

rogué con todas mis fuerzas que me dejase vivir un poco más

para poder servir a Dios. -Y él os salvó.

-Nos salvó la tropa de un noble de la zona

que apareció por allí en el momento preciso.

Pero yo quiero pensar que fue el Apóstol quien los envió,

en respuesta a mis oraciones. (TOSE COMPULSIVAMENTE)

-Dómine, ha llegado el cardenal Mateo de Ledesma,

enviado desde Roma por Su Santidad.

-Don Diego Gelmírez... -Ilustrísima.

Nos honra con su presencia. Permítame.

Él es Esteban de Catoira, maestro constructor

de la iglesia de Santiago... y su hermano Pedro,

jefe de la guardia y hombre de mi entera confianza.

Y, por supuesto Odamiro, el abad de Antealtares.

-Odamiro... cuánto tiempo.

-Demasiado, Ilustrísima.

-Vamos, vamos, vamos...

entre amigos no hacen falta ceremonias.

Ha llegado a Roma una acusación muy seria:

que el templo del Apóstol no se está construyendo

de acuerdo al espíritu de la Santa Madre Iglesia.

-Ilustrísima. El templo se...

-Guardad vuestras palabras para los próximos días.

He venido aquí, para celebrar un debate en el que,

acusadores y acusados,

podrán exponer sus argumentos.

(MARAVILLADO) -El templo...

(GRITA) -¡Necesita un médico!

Padre....

-Mi madre puede ayudarlo. -No...

Llevadme al templo... Necesito verlo.

Hijo... -Ayúdame.

-Esteban...

-Gonzalo...

-El sepulcro. Llevadme al sepulcro.

-Tu madre debería ver a este hombre.

-No. Llevadme al sepulcro.

-¿Qué...? Por aquí...

-Es el Conde de Galicia, Raimundo de Borgoña.

Y él es su hijo, Alfonso Raimúndez.

(HUMILDE) -Soy... Esteban,

el maestro constructor del templo.

Para servirle, mi Señor.

-Has construido algo realmente hermoso.

-Aún queda mucho trabajo por hacer.

Sobre todo, en la puerta de los peregrinos;

si queréis...

os puedo enseñar unos dibujos...

-No, ahora no, dejadme solo.

-Borrachos...

-Elvira, este no es sitio para alguien como tú.

Aquí solo hay vino y putas. Nada que te interese.

¿Qué traes ahí? Hiérvelas en leche,

tómalas cada día. Te aliviará el dolor.

A mi no me duele nada, Elvira.

El vino acabará por matarte, Tomás.

Y no será una mala muerte. ¿A qué has venido?

Quería darte las gracias...

por salvar la vida de mi hijo.

Una pérdida de tiempo.

Tarde o temprano, acabará en un campo de batalla,

defendiendo a algún Rey al que sólo le importe

su propia ambición. Lleva la guerra en la sangre.

Como su padre. Y como su tío.

Hay males para los que no hay alivio.

-¿Qué ha pasado?

Elvira lo sabe. ¿Sabe el qué?

Que soy musulmán.

Que lo sepa no importa.

¿Lo contará? No.

Nunca me haría algo así.

Entonces no tienes nada de qué preocuparte.

-Dómine...

Raimundo de Borgoña está en Compostela.

-Mi Señor, Bienvenido.

-Nada de reverencias...

¿Es cierto que has robado las reliquias de Braga?

-Si fueseis San Fructuoso, ¿que mejor lugar

para descansar vuestra cabeza que al lado de un apóstol?

Debisteis avisarme de que veníais.

-Me muero, Diego. Pero antes quería ver el templo.

Ayúdame.

Cuando yo no esté,

quiero que sirvas a mi hijo con la misma lealtad

con la que me has servido a mí.

Edúcalo y mantenlo lejos de su madre.

-Pero, mi Señor, Doña Urraca jamás permitirá...

-Confía en mí. Igual que yo confié en ti

cuando todos me decían que eras una serpiente.

(RAIMUNDO TOSE) -Mi Señor.

-¿Harás lo que te he pedido?

-Lo haré, Señor. Cuidaré de su hijo

y lo mantendré lejos de su madre.

-Debo pedirte otra cosa. -Lo que sea.

-Cuando muera,

quiero que mis restos descansen entre estos muros.

Pero lejos de la cabeza de San Fructuoso, por favor.

-¿Llegó a Compostela?

-Sí, padre. Pudo ver el templo.

-Raimundo...

Fue un hombre leal.

Algo poco habitual en esta corte.

Y un buen marido para ti.

¿La muerte de tu esposo ni siquiera te conmueve?

Está bien saberlo.

Así no esperaré tus lágrimas cuando siga sus pasos...

(RESPIRA FATIGADO)

-¿Sabes lo que pasará ahora...?

Sancho nos atacará.

-No, no se atreverá. -Lo hará, Alfonso.

Prepárate para luchar.

(Gritos de lucha)

(GRITA) -¡Alfonso!

-¡Vamos, vamos... poneos mi ropa!

Id a Toledo, os acogerán. La batalla está perdida...

¡Vamos!

(ALFONSO) -Necesito un lugar donde recuperar fuerzas

y reunir a mis fieles.

Debo volver al campo de batalla.

-Juré lealtad a tu padre y cumpliré mi palabra.

Toledo te acoge.

Necesitas descansar y reponer fuerzas.

Mi esposa te mostrará tus nuevas dependencias.

-Mi Señor...

-Tengo entendido que ya os conocéis.

Sancho es un magnífico guerrero...

pero un gobernante mediocre.

Su victoria no conviene a nadie.

-Aún me quedan aliados.

Seguiré luchando...

-Te derrotará.

Tiene tres hombres por cada uno de los tuyos.

Pero hay otras maneras de vencer.

Hay un mercenario, Bellido Dolfos.

Buen amigo de Toledo, aunque Sancho ha intentado

atraerlo a su causa. Si me das tu consentimiento,

llegaré a un acuerdo con él. Le infiltraré en su ejército.

-Un espía no cambiará el rumbo de la guerra.

-No necesitamos que espié a Sancho...

sino que lo mate.

-Jamás volváis a proponerme algo así.

(INTIMIDADO) ¿Qué queréis?

-Convenceros de que Sancho es vuestro enemigo.

-No puedo matar a mi hermano.

¿Qué clase de hombre sería? -Pero él lo intentó.

-En una batalla hay honor. -¿Honor?

Ha atacado el reino que tu padre te entregó.

-Ganaré a Sancho limpiamente, en el campo de batalla.

Recuperaré León y me haré con Castilla.

Si hago lo que queréis, se hablará de mi como el hombre

que asesinó a su hermano. Si le derroto,

seré recordado como el Rey que unificó

los tres reinos de su padre -¿Y a quién le importa

lo que digan las crónicas? (TAJANTE) -A mi.

-Mi Señor... Ya no queda plata,

ni nobles a los que acudir.

-¿Cuantas derrotas hacen falta...

para que tomes la decisión, Alfonso?

-Dejadnos solos.

Haz lo que tengas que hacer.

-Amigo mío...

(CÍNICA) -Buena suerte, hermano.

-Padre...

Salimos hacia Uclés.

-Sancho.

Haz que me sienta orgulloso de ti.

-Te lo prometo.

-Gonzalo.

Cuidaré de él.

Te espero fuera.

Llévala al campamento almorávide.

Que se la entreguen a Pedro de Catoira.

-Capitán.

Está muy verde.

El problema es que no lo sabe.

(ODAMIRO) -Por si Gelmírez y el maestro Esteban

no hubieran denigrado lo suficiente la tumba del Apóstol...

hoy han ido más lejos aún y han enterrado en el templo

a Raimundo de Borgoña.

¡Un hombre enterrado junto a Santiago!

-Un hombre sin el cual, el sepulcro del Apóstol

estaría rodeado de muros a medio hacer.

-Y además pretenden poner en el templo

las imágenes de Peláez y de Alfonso,

como si fueran santos.

-Ellos mandaron construir el templo.

¿No es justo reconocer su labor? -No debe reconocerse nada más

que la santidad del Apóstol y la gloria de Dios.

Pero vos y el maestro de obras,

lo estáis convirtiendo en un acto de corrupción.

Labran figuras de demonios, animales devorándose entre sí,

bestias paganas...

Todo salido de la conciencia enferma de quien vive en el pecado.

(MATEO) -¿De qué pecado habláis, abad?

-Eso queda entre él y Dios.

Pero no terminan aquí las afrentas a la fe

que vemos en la ciudad. Gelmírez ha robado también

las reliquias de Braga para traerlas a Compostela.

-¿Es eso cierto, Gelmírez?

-Pío latrocinio, Ilustrísima, así es.

Compostela será una ciudad santa....

y en ella deben descansar los santos.

-¿Y vos qué opináis, Simón?

Habéis servido a Peláez y ahora a Gelmírez...

me gustaría conocer vuestra opinión.

-Mi opinión... no es importante.

-Para mí sí.

Hablad.

-Es cierto que se alzan voces contra Gelmírez.

Algunos creen que se equivoca por confiar en Esteban.

Otros se escandalizan por el robo de las reliquias.

Pero...

yo jamás dudaré, de la fe del obispo.

-Explicadme por qué... (ALTERADO) -¡Ya basta!

Nadie tiene que opinar sobre mis actos.

Soy el Señor y obispo de Compostela.

A mí no me juzga nadie sino Dios.

-He oído todo lo que necesitaba oír.

Ahora necesito un tiempo para valorar los testimonios

y tomar mi decisión.

-Hemos perdido.

(FURIOSO) ¡Hemos perdido y ha sido culpa mía!

Pararán las obras.

Buscarán a otro maestro y me enviarán lejos de Compostela.

Lo siento, Esteban.

-Tengo que salir de aquí.

-Y tú, no puedes vivir aquí eternamente.

Pide perdón a tu esposa y arregla las cosas.

Vos conocéis mi secreto. No parece que os importe.

Tener a un moro protegiendo la tumba del Apóstol de Cristo

no es lo más deseable, no.

Pero al fin y al cabo solo eres un pecador.

Como yo. Como todos.

En esta ciudad eres la única persona

en la que confío.

Vete a casa,

y arregla las cosas con tu familia.

¿Elvira?

¿Y tu madre?

-Márchate. Esta es mi casa.

No. Aquí sólo viven cristianos.

Así que márchate o te echo yo.

¿Sabes lo que estás haciendo? (TAJANTE) ¡Fuera!

Como quieras.

Si mi religión te importa más que el vínculo entre tú y yo...

¿Cómo te has podido convertir en uno de ellos?

¡Quieto, escúchame, escúchame! ¡Por favor, por favor!

Me secuestraron, me llevaron a África,

me torturaron; estaba solo.

No pensé que volvería a ver a los míos con vida, jamás.

¡¡¡Pedro!!! ¡¡¡Pedro!!! Entiéndelo.

Gonzalo, hijo... ¿estás bien?

Alá me dio fuerzas para continuar.

Sin mi fe, no lo hubiera conseguido.

Siento no habéroslo dicho. Lo siento.

Elvira.

Está bien.

Pero no esperes que me guste.

¿Y ya está?

Madre, es un infiel... ¡hay que denunciarle!

Gonzalo, mírame. Sigue siendo tu padre.

Gonzalo.

¿Sabes lo que es esto?

Es el único recuerdo que tengo de mi primer marido...

el hermano de tu padre.

Por eso llevas su nombre.

¿Recuerdas cómo murió?

Murió como un buen soldado. Defendiendo Compostela.

Y con tu padre a su lado.

Jugándose la vida por todos nosotros.

Cariño, yo no sé si tu padre es infiel o cristiano.

Pero sé que es un buen hombre.

Y que te quiere.

¿Cómo era él?

¿Quién?

Gonzalo.

Era como tú.

Le hubiera gustado que la tuvieras.

-No está todo perdido...

-Sí que lo está.

El Dómine ha perdido los nervios en el peor momento.

Roma nos echará a los dos.

(Llaman a la puerta)

¡Adelante!

Cardenal.

-Maestro Esteban... me gustaría hablar con vos.

-¿En que puedo ayudaros?

-Me sorprendió que os mantuvieseis al margen del debate.

Me habría gustado conocer vuestra opinión;

al fin y al cabo estamos discutiendo sobre algo,

que vos habéis creado. -No. Yo no lo he creado.

Estas imágenes forman parte de las Santas Escrituras.

Antes eran solo palabras...

ahora pueden verse en piedra.

-¿Y... los demonios?

-Todos tenemos demonios.

Cristo luchó contra los suyos...

-Pero tal vez un templo

no es el lugar más adecuado para ellos.

-Tal vez tenga razón, mi Señor;

yo solo soy un cantero.

Estos dibujos... son el modo de sentir mi fe,

mi manera de alabar a Dios.

(CARDENAL) -Hay demasiados elementos

que me preocupan de este templo.

Uno, es la actitud de su obispo.

Demasiada vanidad...

Demasiada soberbia.

Pero...

los obispos pasan...

y el templo permanece.

Los canteros escriben en piedra la palabra de Dios,

al igual que vuestros monjes, Odamiro,

copian en pergamino los evangelios.

En lo que a Roma se refiere,

el templo se construirá según lo previsto.

No veo en él sacrilegio alguno.

-Pero... Ilustrísima... -Mi decisión está tomada.

-Felicidades, Dómine.

-Un discurso muy hábil el tuyo.

Servía tanto para mi victoria como para mi derrota.

-Yo siempre he estado de vuestro lado, Señor.

-Estoy seguro de que así es.

-No podía dormir.

No conozco a nadie que pudiera dormir

antes de su primera batalla.

(NERVIOSO) ¿Como es? ¿El que?

La batalla.

Gritos de dolor,

de rabia...

Sangre por todas partes,

espadas que vuelan segando la vida de los hombres

que se preguntan por qué están allí.

Están por su Rey. No.

Están por su hogar, por sus tierras,

por sus hijos.

Porque esperan que esa batalla sea la última que deban librar.

Y para muchos, lo es.

Lo va a ser.

Sancho,

lo vas a hacer muy bien.

Sólo quiero que mi padre esté orgulloso de mi.

Cualquier padre lo estaría.

Vamos..

(Temblequeo)

(GRITA) -¡¡¡Un médico!!!

(JIMENA) -La batalla está a punto de empezar.

(Música de suspense)

Será una batalla cruel...

Ninguno de los bandos tendrá piedad...

(Gritos de guerra)

(Gritos de lucha)

(SANCHO GRITA) -¡¡¡Gonzalo!!!

-¿Y Sancho?

¡Levántate!

¡Gonzalo!

Sácalo de aquí.

-Tú debes ser Gonzalo.

Abdel Rachid no está conmigo.

Su nombre es Pedro... Su nombre es Abdel Rachid

y esté donde esté siempre se llamará así.

(ENFURECIDO) ¡¡¡Su nombre...

es...

Pedro!!!

Y seguirá llamándose así,

hasta que lo atraviese con mi espada.

(GRITA) ¡Ayuda! ¡Ayuda!

-Tumbadlo, tumbadlo...

Tranquilo, Sancho, te vas a poner bien, ¿vale?

Sabes quien es.

Más te vale mantenerlo con vida.

(GRITA) ¡¡¡Nooo...!!!

(Gritos de lucha)

-Es un bastardo. No puede reinar.

(GRITA) No, no,

¡Sancho...!

-El destino de Sancho siempre ha estado marcado.

No, no, Sancho, Sancho...

Lo siento, Gonzalo.

(JIMENA OFF) Está hecho.

Seréis Reina, mi Señora.

(MORIBUNDO) -Sé que hemos perdido la batalla.

Pero hay algo que no me cuentan.

Sancho ha muerto.

Alguien soltó al que era vuestro capitán,

para que lo matara.

Y creedme:

cuando descubra quién fue...

le arrancaré la cabeza con mis propias manos.

(ALFONSO OFF) Yo reparto justicia,

seré yo quien vengue a mi hijo.

No era vuestro hijo.

Era el mío.

Mi hijo.

-Todos en la corte sabíamos que era un bastardo.

Y fui yo, padre.

Yo lo mandé matar.

(RESPIRA FATIGADO) -Urraca...

Urraca...

Urraca... ven aquí.

-Ahora sois Rey de Castilla y de León;

y pronto lo seréis de Galicia. García no es rival para vos.

-Que tu gente envíe mensajeros.

Reclamo para mí los tres reinos cristianos.

-Larga vida al Rey.

(Música gloriosa)

(Música de tambores)

Dejo Toledo.

Ya no me queda nada aquí.

Y a ti tampoco.

También deberías irte.

-Lo haré.

Gonzalo.

Pedro no está en Compostela.

Y Esteban tampoco. Lo sé.

Y Elvira está muerta.

Aún así, ¿quieres volver?

Sí.

-Y el hombre nos contó,

que el mismo Apóstol Santiago se le apareció en una batalla

contra los moros. -Eran los nórdicos...

-¡No, eran los moros! -Eran los nórdicos...

-¡Eran los moros!

Y entonces este hombre, un noble de gran fe,

pidió ayuda a Santiago,

que de pronto apareció en el campo de batalla

montado en un caballo blanco... Menuda sarta de idioteces...

-Dómine...

-¿Estás segura de que el caballo era blanco?

-El hombre que lo vio nos lo contó así...

¿verdad? -Sí, sí.

-¿Y quién era ese hombre? -Don Raimundo de Borgoña.

-Cierto. A mí también me lo contó.

¿De verdad Raimundo le contó esa patraña?

¿Santiago a lomos de un caballo blanco...

luchando contra los moros...?

No quedan varones, en vuestra familia.

Sois el siguiente en la línea sucesoria.

-No, mi madre quiere el trono para ella.

-Ya cruzaremos ese puente. De momento,

me he hecho cargo de vuestra educación.

Seré yo quien os tutele. Descansad, Majestad.

Mañana empezaremos a trabajar.

-¿El chico se queda?

-Peláez intentó sentar a un Rey en Compostela y fracasó.

Yo construiré uno a nuestra medida.

Tengo dos encargos para ti. -Lo que ordenéis, Dómine.

-Las reliquias de Braga necesitan iglesias que las alberguen.

Iglesias menores,

nada que haga sombra al templo. Buscad dónde construirlas.

-¿Y el segundo encargo? -Reúne a un grupo de clérigos.

Quiero que escriban un libro sobre el templo del Apóstol.

Que hable sobre los peregrinos, las canciones, las leyendas...

de todo.

Incluye el robo de las reliquias.

-Quedaréis como un ladrón.

-Es que lo soy.

-¿Tengo que creer en lo mismo que tú?

¿En el Dios ese de los moros?

No, claro que no.

Puedes ser lo que quieras ser.

¿Y si quiero ser soldado? Eso es mucho más difícil,

tienes que convencer a tu madre. Ya sabes como es.

Ven aquí, anda...

Todavía no has ordenado la leña.

Te adora.

¿De verdad lo ha aceptado?

Lo está intentando.

Lo estamos intentando.

Júrame que no hay más mentiras.

Te lo juro.

Júrame que no hay nada más que no me hayas contado.

Te lo juro.

Te lo juro.

La ciudad ha crecido.

Aunque sigue apestando igual que siempre

Me gustaría ver mi casa. ¿Para qué?

Seguro que la ha comprado algún comerciante.

Aún así. Me gustaría verla.

(Música de tensión)

-No habéis perdido una sola batalla. Os quiero de mi parte.

-Y a cambio de mis servicios, ¿qué me ofrecéis?

-A cambio... me casaré contigo.

(JIMENA) -Es un perro rabioso, se volverá contra vos.

-¿Y qué quieres que haga? -Echádselo en el vino.

Mañana amanecerá muerto.

-Me ordenan que enviemos al chico de vuelta.

Él es el heredero al trono. Si se lo entrego, lo matarán.

-Si desobedecéis, os matarán a vos.

-He acusado a tu amigo de sodomía. Va a morir, a no ser,

que te comprometas a destruir esas imágenes blasfemas.

-Alfonso de Aragón avanza hacia Compostela.

Paramos este ataque ahora,

o viviremos sometidos a un tirano para siempre.

-El obispo está juntando tropas contra el Rey de Aragón.

-¿Y? -Podemos matar a Gelmírez.

Os mentí a todos, sí.

Porque eso es lo que soy, Esteban...

un mentiroso.

Pedro es ahora el marido de Elvira.

Si lo matas, ella no te lo perdonará.

  • Capítulo 7

El final del camino - Capítulo 7

22 feb 2017

El tiempo pasa en 'El final del camino' y Gonzalo se ha convertido en padre de un hijo al que jamás podrá dar su apellido. En Compostela, Elvira y Pedro se han convertido en padres de un chico al que han puesto de nombre Gonzalo.
Y en la corte, doña Urraca ha dado a luz a un niño con aspiraciones a la Corona, hijo de su marido Raimundo. Han pasado 14 años. En Toledo, Gonzalo se ha convertido en el mentor de Sancho Alfónsez, hijo de Zaida y heredero de Alfonso VI; y se ocupará de educarlo como guerrero y de prepararlo para ser un buen rey.

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