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El documental - Las mujeres de Cervantes - ver ahora
Transcripción completa

Con las ansias de la muerte,

Gran Señor, ésta te escribo.

Es el martes 19 de abril de 1616.

Miguel de Cervantes Saavedra, a sus sesenta y ocho años,

sabedor de que su vida se extingue,

escribe la dedicatoria de su obra

“Los trabajos de Persiles y Sigismunda”,

escrita según el patrón de la novela griega.

Una dedicatoria para Don Pedro Fernández de Castro,

conde de Lemos, su protector,

virrey de Nápoles desde hace seis años,

y a cuyo séquito quiso unirse Miguel cuando este partió hacia Italia.

Ayer me dieron la extremaunción

y hoy escribo ésta:

el tiempo es breve,

las ansias crecen,

las esperanzas menguan,

y, con todo esto,

pienso en las ganas que tengo de vivir.

Ha decidido que se le entierre

en el vecino convento de las Trinitarias,

según la regla de la Orden Tercera de San Francisco

en la que había ingresado dos años antes,

más siguiendo una costumbre de la época que por su fervor espiritual.

Vestirá el sayal de esta Orden y, como es preceptivo,

será inhumado con el rostro y una parte de la pierna derecha

al descubierto.

Se detiene agotado y pide agua.

Agua, Catalina...

La sed le asalta de continuo.

Miguel lleva varios días sin poder salir de su casa,

en la madrileña calle del León.

¿Es una severa diabetes su dolencia?

¿Una hidropesía?

¿Un problema renal?

Lo cierto es que retiene líquidos en el vientre

y carece de fuerzas y ánimo para cualquier cosa.

Catalina es Catalina de Salazar,

su fiel esposa desde hace algo más de 31 años.

Quiere hacer uno un viaje largo

y, si es prudente,

antes de ponerse en camino

busca alguna compañía segura y apacible con quien acompañarse.

Son palabras de Don Quijote a Sancho Panza.

Pues, ¿por qué no hará lo mismo

el que ha de caminar toda la vida,

hasta el paradero de la muerte,

y más si la compañía le ha de acompañar en la cama,

en la mesa y en todas partes, como es la de la mujer con su marido

La propia mujer no es mercadería

que una vez comprada se vuelve, se trueca o se cambia,

porque es accidente inseparable, que dura lo que dura la vida.

Es un lazo que si una vez le echáis al cuello,

se vuelve en el nudo gordiano,

que si no le corta la guadaña de la muerte, no hay como desatarle.

Catalina, Catalina...

¿Qué pendencia traéis, buena gente?

No puedo sufrir sus impertinencias,

ni estar de continuo atenta a curar todas sus enfermedades,

que son sin número;

y no me criaron a mí mis padres para ser hospitalera ni enfermera...

Quien así habla es esa mujer de nombre Mariana,

que en el entremés de “El juez de los divorcios”

reclama deshacer el vínculo que la ata a su viejo marido.

Muy buena dote llevé al poder de esta espuerta de huesos,

que me tiene consumidos los días de la vida;

cuando entré en su poder, me relumbraba la cara como un espejo

y ahora la tengo como una vara de frisa encima.

Vuesa merced, señor juez, me descase,

si no quiere que me ahorque; mire, mire

los surcos que tengo por este rostro

de las lágrimas que derramo cada día, por verme casada con esta anatomía.

No lloréis, señora; bajad la voz y enjugad las lágrimas,

que yo os haré justicia.

Déjeme vuesa merced llorar, que con esto descanso.

En los reinos y repúblicas bien ordenadas,

había de ser limitado el tiempo de los matrimonios,

y de tres en tres años se habían de deshacer, confirmarse de nuevo,

como cosas de arrendamiento,

y no que hayan de durar toda la vida,

con perpetuo dolor de entrambas partes.

¿Y quién hará justicia a Leonor Fernández de Torreblanca,

la abuela paterna de Miguel?

¿Cuántos años tenía Cervantes cuando ella falleció,

después de haber ayudado en todo lo que pudo a su familia?

Solo diez.

Y, sin embargo, aquella mujer de tanto carácter y entereza

seguro que dejó su huella en nuestro protagonista.

No lloréis, señora;

bajad la voz y enjugad las lágrimas,

que yo os haré justicia.

Déjeme vuesa merced llorar,

que con esto descanso.

En los reinos y repúblicas bien ordenadas,

había de ser limitado el tiempo de los matrimonios,

y de tres en tres años se habían de deshacer, o confirmarse de nuevo,

como cosas de arrendamiento,

y no que hayan de durar toda la vida,

con perpetuo dolor de entrambas partes.

Leonor, hija de un médico cordobés,

se casó con el licenciado Juan de Cervantes,

hombre de leyes con demasiadas ambiciones y menguados escrúpulos

dado a cometer abusos de autoridad,

que le llevaron a conocer la cárcel,

y del que vivió separada durante los últimos veinte años de su existencia

en compañía de sus hijos, en Alcalá, mientras él, tras muchos tumbos,

disfrutaba en Córdoba de una holgada posición,

con esclavos, y criados, y criadas,

una de las cuales al parecer era su amante.

La que a tus pies está arrodillada es la sin ventura,

hasta que tú quieras, y desdichada Dorotea.

Yo soy aquella labradora humilde a quien tú,

por tu bondad o por tu gusto,

quisiste levantar a la alteza de poder llamarse tuya.

María que fuera amante

de un hijo natural del III Duque del Infantado,

Don Diego Hurtado de Mendoza:

Martín de Mendoza, alias El Gitano, en alusión a su madre, una bailaora,

María Cabrera, y alque su progenitor había concedido

los grandes privilegios eclesiásticos

de ser el archidiácono de Guadalajara

y de Talavera de la Reina, o el abad de Santillana, entre otros.

Una relación consentida por el padre de la joven,

el ya mencionado y calculador Juan de Cervantes,

criado delduque,

que dejaba incluso a la pareja dormir en su casa en la misma cama

Y de la que fue fruto una niña, Martina,

que tenía dieciocho años

cuando vino al mundo nuestro Miguel en Alcalá de Henares,

con el que no parece que tuviera apenas trato.

Una relación sembrada de joyas, vestidos, dineros y enseres varios,

que terminó cuando El Gitano, al morir el duque,

vio que mejoraba su suerte

y rompió su promesa de contraer matrimonio con María,

lo que desembocó en un pleito

del que ella obtendría una sustanciosa indemnización:

seiscientos milmaravedíes.

María de Cervantes,

esa tía de Miguel que se hacía llamar María de Mendoza.

Soy la que, encerrada en los límites de la honestidad,

vivió vida contenta

hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer,

justos y amorosos sentimientos,

abrió las puertas de su recato y te entregó las llaves de su libertad,

dádiva de ti tan mal agradecida...

Dorotea, la bella labradora del Quijote que,

huida de su casa tras ser burlada por el caballero don Fernando,

expresa así todo su dolor.

Tú solicitaste mi descuido; Tú rogaste mi entereza

tú no ignoraste mi calidad;

tú sabes bien de la manera que me entregué a toda tu voluntad:

no te queda lugar ni acogida de llamarte a engaño;

y si esto es así, como lo es,

y tú eres tan cristiano como caballero...

¿Por qué mediante tantos rodeos

dilatas el hacerme venturosa en los fines,

como me hiciste en los comienzos?

Y si te parece que has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la mía,

considera que pocas o ninguna nobleza hay en el mundo

que no haya transcurrido por este camino,

y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso

en las ilustres descendencias

sino que la verdadera nobleza consiste en la virtud,

y si ésta a ti te falta negándome lo que tan justamente me debes

yo quedaré con más ventajas de noble que las que tú tienes.

Bebe, hijo... Bebe,

pero con moderación.

Es otra Leonor.

Leonor de Cortinas, su madre, muerta hace años.

Leonor de Cortinas es hija de un rico hacendado de Arganda,

y se casópor amor con aquel Rodrigo de Cervantes,

cirujano, que no médico, de poca monta

y con severos problemas de sordera desde su nacimiento.

Un matrimonio mal visto por sus progenitores,

que le negaron a ella la dote que le correspondía.

Leonor tuvo siete hijos:

Andrés, Andrea, Luisa, Miguel, Rodrigo, Magdalena y Juan.

La casa natal de Cervantes en Alcalá era originalmente más pequeña

y tenía la entrada por la calle de la Imagen vez de por la calle Mayor.

Leonor siguió a su marido desde Alcalá a Valladolid

y desde Valladolid de nuevo hasta Alcalá

en busca de una fortuna que se le resistía

(solo en Castilla había cerca de tres mil cirujanos)

y que le empujaba a contraer continuamente deudas

que desembocaban en embargos o encarcelamientos.

Un marido que se marchó un día a Andalucía

en pos de esa suerte huidiza,

acompañado de su hija Andrea,

y, según algunos, aunque no está demostrado,

también por su hijo Miguel y otros miembros de la familia.

Una familia que terminó reuniéndose en Madrid,

cuando nuestro Miguel tenía unos dieciocho años,

y que conoció un pequeño golpe en su destino

cuando falleció doña Elvira,

la madre de Leonor y ésta pudo heredar una buena suma de dinero.

Leonor: la mujer que calla,

la mujer firme e incansable a pasar de su apariencia frágil,

la mujer que porfía.

¿Quién de amor venturas halla?

El que calla.

¿Quién murmura de su aspereza?

La firmeza.

¿Quién da alcance a su alegría?

La porfía.

De ese modo, bien podría

esperar dichosa palma

si en esta empresa mi alma

calla, está firme y porfía.

Son las coplas que entona el huésped de “La ilustre fregona”,

esa novela ejemplar que cuenta la historia de un joven

que, enamorado de Constanza,

la criada de la posada toledana del Sevillano,

próxima al Arco de la Sangre,

se queda a trabajar como mancebo de cuadra para estar cerca de ella.

¿Quién de amor venturas halla?

El que calla.

¿Con quién se sustenta amor?

Con favor.

¿Y con quién mengua su furia?

Con la injuria.

Antes, ¿con desdenes crece?

Desfallece.

Claro en esto se parece

Que mi amor será inmortal,

pues la causa de mi mal

ni injuria ni favorece.

Descubrire mi pasión,

en ocasión

y si jamás se me da,

si hará.

Quien desespera, ¿qué espera?

Muerte entera.

Pues, ¿qué muerte el mal remedia?

La que es media.

Luego, ¿bien será morir?

Mejor sufrir.

Porque se suele decir,

Y esta verdad se reciba,

Que tras la tormenta esquiva suele la calma venir.

El estado de Miguel sigue empeorando.

En su delirio cree recibir la visita de sus tres hermanas.

Dos mayores que él: Andrea y Luisa.

La tercera, Magdalena, más pequeña.

Aunque apenas si se da cuenta de su presencia,

asaltado por las visiones de sus años más agitados,

los pasados fuera de España,

cuando ya había comenzado su carrera como poeta

en el entorno del famoso gramático Juan López de Hoyos.

Doce largos años a los que no sabemos con certeza

si le empujaron su huída de la justicia,

tras haber dado muerte en duelo al caballero Antonio Sigura

¿Era realmente aquel Miguel de Cervantes,

condenado por ese hecho a que se le cortara la mano derecha

y se le desterrara, nuestro Miguel de Cervantes?,

O simplemente fue su lógico deseo de abrirse camino.

Recuerda sus días en Roma,

como camarero del cardenal Giulio Acquaviva,

por poco tiempo.

Pero sobre todo recuerda sus años en los tercios,

en los que sentó plaza en Nápoles,

con aquella presencia en la histórica batalla naval de Lepanto,

un 7 de octubre de 1571.

Testimonio de aquel acontecimiento

es Nuestra Señora de la Victoria de Lepanto,

que se venera en Villarejo de Salvanés, cerca de Madrid,

tras ser traída el Vive general de la armada cristiana,

Don Luis de Requesens.

En aquel cruento enfrentamiento

Cervantes recibió dos arcabuzazos en el pecho

y uno en ese brazo izquierdo que quedó inservible de por vida.

Unas heridas que no le impidieron seguir participando varios años más

en la vida soldadesca,

una vez recuperado en el hospital de Mesina.

Y cuando daba por terminada Miguel esa etapa

llegan sus cinco años de cautiverio en Argel,

después de que unos piratas berberiscos le capturasen a él

y a su hermano Rodrigo, también soldado en los tercios

mientras regresaban a España,

Miguel en la galera El Sol, Rodrigo en una fragata.

Este que aquí veis,

de rostro aguileño,

de cabello castaño,

frente lisa y desembarazada,

de alegres ojos

y de nariz corva, aunque bien proporcionada.

Así es. Esta es la única descripción fidedigna que de él poseemos,

más allá de esos retratos de ficción a los que generalmente le asociamos.

Un retrato de palabra, inserto al principio de sus Novelas Ejemplares.

Las barbas de plata,

que no ha veinte años que fueron de oro,

los bigotes grandes,

la boca pequeña,

los dientes ni menudos ni crecidos,

porque no tiene sino seis,

y esos mal acondicionados y peor puestos,

porque no tienen correspondencia los unos con los otros.

El cuerpo entre dos extremos,

ni grande ni pequeño,

la color viva, antes blanca que morena,

algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies...

Éste digo

que perdió en la batalla de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo,

herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa...

...por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión

que vieron los pasados siglos, ni esperan ver lo venideros.

Militando bajo las vencedoras banderas

del hijo del rey de la guerra, Carlos V, de feliz memoria.

Nunca olvidará Miguel aquella batalla de Lepanto,

donde luchó aquejado de calentura,

sirviendo a las órdenes de don Juan de Austria

en la galera Marquesa,

al frente de la cual estaba Andrea Doria.

Una batalla descomunal en la que,

entre muertos y heridos, durante las seis horas que duró,

hubo más de 61.000 víctimas.

Vi el formado escuadrón roto y deshecho

y de bárbara gente y de cristiana

rojo en mil partes de Neptuno el lecho.

La muerte airada con su furia insana

aquí y allí con prisa discurriendo

mostrándose a quién tarda, a quién temprana.

El son confuso, el espantable estruendo,

los gestos de los tristes miserables

que entre el fuego y el agua iban muriendo.

Los profundos suspiros lamentables

que los heridos pechos despedían

maldiciendo sus hados detestables.

Helóseles la sangre que tenían

cuando en el son de la trompeta nuestra

su daño y nuestra gloría conocían.

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda.

La paciencia todo lo alcanza;

Quien a Dios tiene

nada le falta:

Solo Dios basta.

Es la conocida oración de Santa Teresa.

Su hermana Luisa ingresó con diecinueve años

en el convento carmelita de la Concepción de Alcalá,

fundado por Santa Teresa,

y situado precisamente junto a la casa familiar,

donde adoptó el nombre de Sor Luisa de Belén.

Luisa permaneció en aquel lugar,

del que fue superiora en dos ocasiones y priora en otras dos,

el resto de su vida.

Encomendémoslo todo a Dios; que el es sabedor de las cosas

que han de suceder en este valle de lágrimas.

Luisa habla ahora con palabras de Sancho.

En este mal mundo que tenemos,

donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste

y bellaquería.

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda.

Confianza y fe viva mantenga el alma,

Que quien cree y espera, todo lo alcanza.

Del infierno acosado aunque se viere,

burlará sus furores quien a Dios tiene.

Vénganle desamparos, cruces, desgracias;

Siendo Dios tu tesoro nada te falta.

Id, pues, bienes del mundo;

Id dichas vanas;

Aunque todo lo pierda solo Dios basta.

Y aquí se hallan de nuevo junto a él,

superando la barrera de la muerte en esta ensoñación,

esos dos vendavales de vida: sus hermanas Andrea y Magdalena.

Andrea, que, a los veinte años, estando con su padre en Sevilla,

mantuvo relaciones con el noble Nicolás de Ovando,

que llegó a hacerle promesas de matrimonio,

y del que engendró una hija, Constanza,

nacida poco antes de que Miguel abandonara España.

Andrea, que, como su tía María,

obtuvo regalos y dineros de aquella relación

y, mediante el consabido pleito,

unas generosas compensaciones económicas.

Y que poco después encontró otro protector, Francesco Locadelo,

un comerciante genovés relacionado con su padre,

del que recibió una generosa donación

antes de que éste regresara a Italia

como agradecimiento a los muchos cuidados

que ella le había dispensado.

Andrea: una mujer que dio pruebas de su entereza

impugnando la decisión judicial

de embargar a su padre en uno de sus pleitos,

aduciendo que los bienes de los que querían privarles los alguaciles

eran suyos.

Andrea: una mujer libre en su relación con los hombres,

a los que la vemos tratar como iguales.

Andrea: que fingiría un día

ser viuda de un tal general Álvaro Mendaño.

Y que fallecería, siete años antes que Miguel,

como supuesta viuda de un florentino llamado Sante Ambrosio.

¿Quién dejará del verde prado umbroso

las frescas yerbas y las frescas fuentes?

¿Quién, con el son amigo y sonoroso,

no detendrá las aves inocentes?

¿Quién, en las horas de la siesta ardientes,

no buscará en las selvas el reposo,

por seguir los incendios, los temores,

los celos, iras, rabias, muertes, penas

del falso amor, que tanto aflige al mundo.

Del campo son y han sido mis amores;

Rosas son y jazmines mis cadenas;

Libre nascí, y en libertad me fundo.

Es Gelasia, la pastora de “La Galatea”.

Esa Gelasia, que reclama su libertad.

Una libertad de la que hacía también gala Andrea de Cervantes,

la hermana de nuestro escritor.

Del campo son y han sido mis amores;

Rosas son y jazmines mis cadenas;

Libre nascí, y en libertad me fundo.

Libre nascí, y en libertad me fundo.

Yo nací libre,

y para poder ser libre escogí la soledad de los campos;

los árboles de estas montañas son mi compañía,

las claras aguas de estos arroyos mis espejos;

con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos

y hermosura.

Fuego soy apartado, y espada puesta lejos.

Esta es la bella pastora Marcela de El Quijote.

Aquella a la que los pastores culpan

del suicidio del pastor estudiante Crisóstomo,

preso de amores no correspondidos.

A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras;

y si los deseos se sustentan con esperanzas,

no habiendo yo dado alguna a Crisóstomo, ni a otro alguno,

el fin de ninguno de ellos, bien se puede decir que no es obra mía,

que antes le mató su porfía que mi crueldad.

Y si me hace cargo que eran honestos sus pensamientos,

y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos,

digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura

me descubrió su intención...

Cuando me descubrió su intención

le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad.

Y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento

y los despojos de mi hermosura...

Y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento

y los despojos de mi hermosura.

Magdalena, tan similar en comportamiento a su hermana Andrea,

y que se haría llamar Magdalena Pimentel de Sotomayor,

fallecida seis años antes que Miguel.

Ambas hermanas estuvieron relacionadas en un momento dado

con dos hermanos, Alonso y Pedro Portocarrero,

hijos de uno de los ayudantes de don Juan de Austria,

el primero de ellos casado,

y al que Andrea demandó, pues su relación fue duradera,

en dos ocasiones.

Y luego otros nombres en el haber de Magdalena:

Fernando de Lodeña, el hidalgo vasco Juan Pérez de Alcega

(escribano de la reina Ana de Austria).

Regalos, dineros, compensaciones por promesas incumplidas...

Esta parecía ser la rutina de las mujeres de la familia de Cervantes,

que a menudo le acompañaban

y a las que la gente acabó bautizando como las Cervantas.

Y si él con todo ese desengaño

quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento,

¿qué mucho que se anegase en mitad del golfo de su desatino?

Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara,

hiciera contra mi mejor intención y presupuesto.

Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido:

mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa.

Las Cervantas, mujeres libres.

Las hermanas de un hombre

que ha luchado por liberar a la Cristiandad del turco.

Las hermanas de un hombre

que ha tratado de escapar de su cautiverio en Argel,

esa ciudad con casi treinta mil esclavos cristianos,

hasta en cuatro ocasiones arriesgando su vida.

Y que, sin embargo, consigue siempre salir bien parado de esos intentos,

que se castigan severamente (con el empalamiento, por ejemplo)

y de los que él asume toda la responsabilidad.

¿Por qué se salva continuamente del castigo?

¿Porque mantiene una relación de sodomía con sus amos,

amén de haber apostatado, como divulga su enemigo en Argel,

el dominico Fray Juan Blanco de Paz?

¿Por ser elamante de la hija del famoso berberisco, Hajji Murad,

la joven Zahara.

¿Porque los piratas creen que es un personaje importante

que vale más vivo que muerto, como dicen otros?

¿Porque es algo más que un cautivo,

un preso de confianza de aquel tiempo.

¿Incluso una suerte de transportista clandestino

de cautivos hasta tierras cristianas,

compinchado en este negocio con sus amos, como aseguran otros?

¡Triste y miserable estado!

¡Triste esclavitud amarga,

donde es la pena tan larga

cuan corto el bien y abreviado!

Así comienza Cervantes su obra dramática "El trato de Argel".

¡Oh, purgatorio en la vida, infierno puesto en el mundo,

mal que no tiene segundo,

estrecho do no hay salida!

¡Cifra de cuanto dolor

se reparte en los dolores,

daño que entre los mayores

se ha de tener por mayor!

¡Necesidad increíble,

muerte creíble y palpable,

trato mísero intratable,

mal visible e invisible!

Son Andrea y Magdalena, precisamente las dos hermanas

que se desvivirán por reunir el dinero del rescate

que solicitan los berberiscos por sus hermanos.

Trescientos escudos por Rodrigo,

al que liberarán los trinitarios a los dos años,

y quinientos escudos de oro por Miguel,

que llegarán a ser mil en algún momento,

un precio tan alto fijado por las sospechas

de su importancia tras haberle descubierto,

al ser apresado, las comprometedoras cartas oficiales que portaba,

entre ellas una recomendación

para conseguir una patente de capitán de los tercios

y su consiguiente sueldo.

Las dos hermanas se desprendieron de buena parte de los bienes acumulados

gracias a sus relaciones sentimentales.

Entre tanto la madre, Leonor,

se dirigía a diversos organismos oficiales

solicitando escudos para el rescate

o licencia para un negocio de comercio entre Valencia y Argel,

fingiéndose viuda ante esas instancias para inspirar más lástima

Toda una familia volcada en la empresa de ver libre a Miguel;

y por la que, rescatado al fin por los trinitarios en 1579,

quedarían aún diversas deudas pendientes: unos dos mil reales.

La libertad, Sancho,

es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos.

Con ella

no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra

ni el mar encubre.

Por la libertad, así como por la honra,

se puede y debe aventurar la vida,

y, por el contrario,

el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

Hay amores de Levante, que entre huéspedes se tratan,

que llegan presto al Poniente, porque en el partir se acaban.

Es aquel romance que, acompañado de una vihuela,

cantó el mismo Don Quijote para los duques y la bella Altisidora.

El amor recién venido,

Que hoy llegó y se va mañana,

las imágenes no deja bien impresas en el alma.

Aquí está ahora Ana Villafranca o Ana Franca de Rojas,

aquella tabernera de unos dieciocho años que Miguel conoció en Madrid

poco después de su regreso de Argel,

mientras no cesaba de solicitar algún cargo en las Indias.

Ana Franca, la tabernera,

casada con Alonso Rodríguez,

del que ya tenía una hija en aquellos días: Ana, como su madre.

Ana Franca, hija de un comerciante de lanas

que dio en casar con aquel comerciante asturiano

con el que regentaba un mesón en la calle Tudescos

frecuentado por escritores.

Y con la que Cervantes tendrá una hija, Isabel,

a cuya manutención contribuirá

y a la que, cuando fallezca su madre,

teniendo la chiquilla quince años,

Miguel pondrá al servicio de su hermana Magdalena.

Suelen las fuerzas de amor

sacar de quicio a las almas.

Pintura sobre pintura

ni se muestra, ni señala.

Y do hay primera belleza,

la segunda no hace baza.

Pero la mujer de la vida de Miguel es, sin embargo,

Catalina de Salazar.

O Catalina de Palacios Salazar.

Catalina tenía solo diecinueve años cuando Miguel,

de treinta y siete, la conoció en el pueblo toledano de Esquivias.

Su hija Isabel, fruto de sus amoríos con la tabernera,

acababa de nacer cuando Miguel se trasladó a esa localidad

para interesarse por los manuscritos

que pudiera haber dejado el fallecido poeta Pedro Laínez,

su amigo y maestro, y al que conociera en su juventud en Madrid,

cuando éste era ayuda de cámara del Príncipe don Carlos.

La viuda de Laínez, Juana Gaitán,

se había vuelto a casar con un hombre más joven que ella,

Diego de Hondaro.

Cuando en el mes de septiembre Miguel llega a Esquivias,

repara enseguida en la joven Catalina,

que acaba de perder a su padre y vive bajo la tutela de su madre

y la de su tío materno, párroco del pueblo.

Catalina, como sucediera con la madre de Miguel,

es también una joven acomodada.

Y tan solo dos meses después de conocerse se casan.

Concretamente, un 12 de diciembre de 1584,

como consta en la partida de matrimonio

que se conserva en la iglesia.

Dulcinea del Toboso

del alma en la tabla rasa

te llevo pintada de modo

que es imposible borrarla.

Y sin embargo, al poco tiempo de convivencia,

Miguel abandona su hogar para buscar fortuna en Andalucía,

tras ser nombrado comisario real

para la provisión de las galeras reales de la Armada Invencible,

y empieza su peregrinaje por esos pueblos del sur

cobrando impuestos, primero, y siendo luego juez ejecutor.

Diecisiete años en los que, igual que sucediera con su padre,

Miguel ve únicamente a su mujer de cuando en cuando.

Diecisiete años en los que se encuentra envuelto

en resistencias al pago de los proveedores

a veces eclesiásticos,

y en una acusación de malversación de caudales,

de la que fue luego declarado inocente,

que le suponen la excomunión y la cárcel en dos ocasiones,

en la localidad cordobesa de Castro del Río, la primera,

y en Sevilla, la segunda, donde,

precisamente empezará a pergeñar El Quijote.

Diecisiete años en los que ha perdido sucesivamente a su padre

a su suegra, a su madre, y a su hermano Rodrigo,

que fallece en los tercios de Flandes

durante la batalla de Nieuport o de las Dunas.

Diecisiete años en los que Catalina ve su amor sometido

a una dura prueba.

La firmeza en los amantes es la parte más preciada,

por quien hace amor milagros, y a sí mismo los levanta.

Pero no faltan los que han querido entrever una historia sentimental

de Miguel con una bizcochera sevillana, Magdalena Enríquez,

en la que delegaba para cobrar su salario

cuando él estaba fuera de la capital del Guadalquivir,

y quien hizo alguna vez de avalista de nuestro escritor.

Aunque no parece que hubiera entre ellos

más que una mera relación de conveniencia.

Y luego, tres años después de su regreso definitivo a Esquivias,

donde redacta El Quijote,

Miguel y Catalina, que tienen problemas con la Hacienda,

se trasladan a Valladolid en 1604,

el año en que se imprime la primera parte de su gran obra.

En Valladolid se instalan en una casa del Rastro de los Carneros,

junto al Matadero, donde Miguel vive rodeado de mujeres:

su esposa, Catalina; sus hermanas, Andrea y Magdalena;

su sobrina, Constanza; y su hija, Isabel.

Y, como vecinas, algunas mujeres más llegadas también de Esquivias,

como Juana Gaitán, la que fuese mujer de su amigo Pedro Laínez,

que recientemente ha vuelto a enviudar por segunda vez.

Es la casa de las que llaman “las Cervantas”,

en la que hay demasiado entrar y salir de caballeros a deshoras,

por lo que el calificativo cobra tintes peyorativos.

Es de vidrio la mujer,

pero no se ha de probar si se puede o no quebrar,

porque todo podría ser.

Esto es lo que un prudente viejo le explica a otro en la Novela Ejemplar

“El curioso impertinente”.

Y es más fácil el quebrarse,

y no es cordura ponerse en peligro de romperse

lo que no puede soldarse.

Junto a esa casa vallisoletana,

entonces en los márgenes del río Esgüeva,

más tarde desviado, una noche de junio de 1605 un caballero,

don Gaspar de Ezpeleta, es herido de muerte a raíz de un duelo.

Miguel y todas sus mujeres salen a auxiliarle

y le entran al piso de Luisa de Montoya,

donde Magdalena de Cervantes

se afana en curarle durante los dos días que tarda en fallecer.

Y en esta opinión estén todos

y en razón la fundo;

Que si hay Dánaes en el mundo, hay lluvia de oro también.

Miguel, sus hermanas, su sobrina Constanza y su hija Isabel

(que, siguiendo los pasos de sus tías,

tiene, a sus veintiún años, un protector,

el portugués Simón Méndez),

y otras vecinas, entre ellas Juana Gaitán,

dan con sus huesos en el calabozo

durante unos días en tanto se aclara el suceso.

Catalina, la mujer de Cervantes, está ausente en aquellos momentos,

según algunos porque recientemente se había enterado

de que Isabel era hija de su esposo.

Y eso había provocado un distanciamiento temporal entre ellos

Una hipótesis dudosa porque en los papeles del contrato

por el que ella entraba al servicio de Magdalena de Cervantes,

se la cita continuamente como Isabel de Saavedra

y se menciona a Juan de Cervantes como su abuelo.

Todo aquella peripecia con la Justicia queda finalmente en nada,

pero los interrogatorios y las declaraciones de los testigos

no hacen sino alimentar las habladurías

sobre todas esas Cervantas,

que oficialmente viven, lo que no deja de ser también cierto,

de sus habilidades para los trabajos de costura.

Ven, muerte, tan escondida,

que no te sienta venir,

porque el placer de morir

no me torne a dar la vida.

Pronto se cumplirán diez años desde que Cervantes vive en Madrid,

siempre en casas de la zona de Huertas.

En Madrid ha escrito sus “Novelas ejemplares”,

su “Viaje al Parnaso”, la segunda parte del Quijote,

y sus “Ocho comedias y ocho entremeses”

(lástima que sus ansias de dramaturgo se hayan visto arruinadas

se hayan visto arruinadas por la mala fortuna

de ser contemporáneo de Lope de Vega).

Y hoy Miguel se dispone a exhalar su último suspiro

en esta vivienda de la calle del León esquina a la calle de Francos,

donde vivió Lope de Vega,

y que será rebautizada como calle Cervantes en 1834,

un año después de que la especulación inmobiliaria

derribara ese inmueble entre la indiferencia general.

La casa original tenía la entrada por León

y no por donde está ahora la placa que lo recuerda.

Una de las personas que le atienden,

y que no es fruto de sus alucinaciones,

es hija de Andrea, su sobrina Constanza de Ovando,

y que fallecerá seis años después que el escritor.

Otra Cervanta,

que seha visto enredada a lo largo de su existencia,

como sus tías,

en relaciones amorosas

de las que ha obtenido jugosas indemnizaciones,

con caballeros como don Pedro de Lanuza,

hermano del justicia de Aragón,

que hubo de compensarla con mil cuatrocientos ducados,

o don Francisco Leal,

que se vio obligado a abonarle mil cien reales.

A mí ni me mueven promesas, ni me desmoronan dádivas,

ni me inclinan sumisiones, ni me espantan finezas enamoradas;

Son palabras de Preciosa,

la protagonista de la novela ejemplar “La Gitanilla”.

Y aunque de quince años, que, según la cuenta de mi abuela,

para este San Miguel los haré,

soy ya vieja en los pensamientos

y alcanzo más de aquello que mi edad promete

más por mi buen natural que por la experiencia.

Esa Preciosa, La Gitanilla,

que con su ingenio y su belleza enamora a un joven de familia noble.

Yo, señor caballero, aunque soy gitana pobre, y humildemente nacida,

tengo un cierto espiritillo fantástico acá dentro,

que a grandes cosas me lleva.

Una Gitanilla que impone a su enamorado

la condición de que viva un largo tiempo como gitano

mientras se conocen y comprueba si es verdadero su amor,

antes de decidir si le otorga o no su virginidad como esposa.

Y aquí está Isabel, esa otra Cervanta,

hija de Miguel, tan libre e independiente desde muy joven

como Preciosa, La Gitanilla.

Los juramentos y promesas que hace el cautivo

porque le den libertad pocas veces se cumplen con ella;

y así son, según pienso,

los del amante; que, por conseguir su deseo,

prometerá las alas de Mercurio y los rayos de Júpiter,

como me prometió a mí un cierto poeta,

y juraba por la laguna Estigia.

Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo,

pero no mi alma, que es libre y nació libre,

y ha de ser libre cuanto yo quisiere”.

Isabel, que, tras una serie de relaciones con caballeros de altura,

como aquel negociante portugués con el que andaba

cuando tuvo lugar el escabroso asunto de Valladolid,

se casó en Madrid con Diego Sanz del Águila,

del que enviudó dos años después.

Un matrimonio de conveniencia,

como lo sería el que inmediatamente contrajo con Luis de Molina,

para ocultar su verdadera condición:

la de protegida de don Juan de Urbina,

secretario del duque de Saboya y próspero negociante,

un hombre casado y con nietos,

muy bien relacionado en la Corte,

y cuya familia había partido a Italia

tras el traslado de la corte de Valladolid a Madrid.

Cabecita, cabecita, tente en ti, no te resbales,

y apareja dos puntales de la paciencia bendita.

Miguel tuvo una nieta, llamada Isabel como su madre,

fruto de la relación adúltera de ésta con don Juan de Urbina,

que era quien había pagado, y no Cervantes,

la dote de diez mil ducados de sus segundas nupcias.

Una nieta, en cuyo temprano fallecimiento,

a la edadde tres años, piensa ahora que se acerca su óbito.

El poderoso amante de Isabel consiguió para ambas,

madre e hija, una casa en la calle Montera,

que puso a nombre de la pequeña, oficialmente Isabel Sanz,

no sin antes acordar en unas capitulaciones con Cervantes

que si la niña fallecía,

la propiedad pasaría a manos del escritor

quien, mediante una cláusula secreta,

se la devolvería a su verdadero propietario.

Cuando lamentablemente aquello sucedió,

Miguel, en contra del parecer de su hija, respetó el acuerdo,

lo que se tradujo

en que ella estuviera a punto de emprender contra él

acciones judiciales,

y lo que supuso la ruptura definitiva entre ambos.

Solicita la bonita confiancita;

No te inclines a pensamientos ruines;

Verás cosas que toquen en milagrosas,

Dios delante

y San Cristóbal gigante.

Por esa razón, Isabel no está hoy en esta estancia,

ahora que su padre se despide de la vida.

Quienes están aquí, de verdad, son su sobrina Constanza

y el matrimonio dueño de la casa con uno de sus hijos,

capellán en la iglesia de San Bartolomé

y en el convento de las Trinitarias Descalzas,

donde Miguel recibirá sepultura.

Y están también varios hermanos

de la Venerable Orden Tercera de San Francisco,

a la que, como él,

también pertenecieron al final de sus días

las hermanas de Miguel, Andrea y Magdalena,

y a la que pertenece su mujer, Catalina,

quien tampoco esta ausente en este instante,

y que fallecerá cuatro años más tarde.

Catalina,

en cuyo testamento, otorgado en 1610,

dejaba a su marido el ajuar y todos los demás bienes muebles.

Y todos los demás bienes que yo tuviere,

excepto lo que mando al dicho mi hermano.

Esto sin que se le pida cuenta al dicho mi marido,

por el mucho amor y buena compañía que ambos hemos tenido.

¡Oh Dulcinea del Toboso,

día de mi noche,

gloria de mi pena,

norte de mis caminos,

estrella de mi ventura,

así el cielo te la dé todo

en cuanto acertares a pedirle.

Bástame a mi pensar y creer que es hermosa y honesta

y yo me hago cuenta

que es la más alta princesa del mundo.

Y píntola en mi imaginación como la deseo,

así en la belleza como en la principalidad,

y ni la llega Elena,

ni otra alguna de las famosas mujeres de edades pretéritas.

¿Quién hay en el mundo que se pueda alabar

que ha penetrado

y sabido el confuso pensamiento

y condición mutable de una mujer.

Es el joven Cardenio,

al que El Quijote y Sancho encontraron en Sierra Morena,

a donde había huido pensando que su amada Luscinda

le había traicionado.

Ninguno, por cierto.

“Adiós”, dije a la humilde choza mía;

adiós, Madrid;

adiós tu Prado y fuentes,

que manan néctar,

llueven ambrosía;

adiós,

conversaciones suficientes

Un Madrid, que hoy, 23 de abril,

está más pendiente

de la procesión de su Santísima Vírgen de Atocha,

que ha sacado a pasear

para pedir una lluvia que no cae sobre la ciudad en los últimos meses

que del fallecimiento de uno de sus más preclaros habitantes.

Adiós,

teatros públicos,

honrados por la ignorancia

que ensalzada veo en cien mil disparates recitados.

Adiós,

de San Felipe el gran paseo,

donde si baja el turco o sube el galgo,

como en gaceta de Venecia leo.

Adiós,

hambre sutil de algún hidalgo,

que por no verme a vuestras puertas muerto,

hoy de mi patria y de mí mismo salgo.

El documental - Las mujeres de Cervantes

01:01:13 05 jun 2016

Documental sobre las mujeres que han formado parte de la vida del autor de "El Quijote", y que tanta influencia tuvieron en su obra literaria. Leonor de Torreblanca, abuela de Cervantes, su tía María de Cervantes, su madre Leonor de Cortinas, sus hermanas Luisa, Andrea y Magdalena, su esposa Catalina de Salazar y su hija Isabel son algunas de las mujeres de su entorno familiar y amoroso que aparecerán en este trabajo. Además de los personajes literarios de Mariana, Dorotea y Dulcinea.
Un estudio en Coslada, la Casa de Cervantes en Esquivias, el Palacio del Infantado de Guadalajara, La Puebla de Montalbán, Colmenar de Oreja y Chinchón son algunos de los lugares que el equipo de realización ha utilizado para grabar este documental con mezcla de ficción.

Contenido disponible hasta el 14 de mayo de 2066

Documental sobre las mujeres que han formado parte de la vida del autor de "El Quijote", y que tanta influencia tuvieron en su obra literaria. Leonor de Torreblanca, abuela de Cervantes, su tía María de Cervantes, su madre Leonor de Cortinas, sus hermanas Luisa, Andrea y Magdalena, su esposa Catalina de Salazar y su hija Isabel son algunas de las mujeres de su entorno familiar y amoroso que aparecerán en este trabajo. Además de los personajes literarios de Mariana, Dorotea y Dulcinea.
Un estudio en Coslada, la Casa de Cervantes en Esquivias, el Palacio del Infantado de Guadalajara, La Puebla de Montalbán, Colmenar de Oreja y Chinchón son algunos de los lugares que el equipo de realización ha utilizado para grabar este documental con mezcla de ficción.

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