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El muerto y ser feliz (película) - ver ahora
Transcripción completa

(VOZ EN OFF) Media mañana en esta plaza de Buenos Aires,

que tiene el ambiente de una plaza de Buenos Aires a media mañana.

Alguien acaba de sentarse en un banco.

Un español que ha echado media vida en Argentina.

Tiene 75 años, ojos pequeños y un rostro que no merece

para la vida que ha llevado.

Si pudiéramos verle más cerca,

nos daríamos cuenta de que lleva un pijama debajo de la gabardina

y va en zapatillas de andar por casa.

Se acerca una chica joven y bonita.

Es enfermera y trabaja en un hospital al lado del banco.

Como él la gabardina, ella lleva una campera sobre el uniforme.

Santos y ella se miran sin decir nada.

Santos se levanta.

Ella le da una bolsa.

Está llena de frascos de morfina.

Pero esto no podemos saberlo.

Él saca un sobre y se lo da.

Ella se lo guarda, y se sientan en el banco.

Santos le pregunta cuáles van a ser los síntomas.

¿Cuáles van a ser los síntomas?

(RÍE) Mételos en la nevera. Tienen que estar en frío.

Tendrá mareos... A saber.

Diarrea, vómito...

Temblores.

Mucho cansancio y frío. Te vas a cagar de frío.

Puedes perder la visión.

No sé, Santos, cada caso es distinto.

Él escucha sin decir nada.

Cuando estés mal, deberías ir a un hospital.

Contar lo que te pasa.

Pero no hay unidades especializadas en todos lados.

Llámame cuando tengas los primeros síntomas.

Él asiente.

¿Qué vas a hacer?

Santos hace un gesto que no sabemos si no sabe

o no quiere decirlo.

Entonces, le dice: ¿Por qué no quieres enseñarme las tetas?

¿Por qué no quieres enseñarme las tetas?

(RÍE)

Ella ríe y le dice que no,

que, si quiere, luego le hace una paja,

pero que las tetas no se las enseña.

Ay, Santos, te dije que las tetas no.

Si quieres, te hago una paja, pero las tetas no.

¿Te duele?

Santos dice que no, pero miente.

Y la enfermera joven y bonita, que sabe que miente, le dice:

Loco. Loco.

(Música)

¿Santos? ¿Qué día es hoy?

No lo sé porque no lo sé.

¿Tiene dolor?

Estoy mareado.

Como Santos, aquí todos cuidan sus tumores definitivos.

Se quita la gabardina y se va a acostar.

Santos mira al techo, que, en realidad, es muy aburrido.

(CANTA) "La lechuza,

la lechuza hace... ¡chis!

Todo calladito, como la lechuza, que hace... ¡chis!

La lechuza, la lechuza...".

¿No te sabes "Nostalgia"?

(RÍE)

¿Te duele?

Ahora, con la mano derecha, con la que hace un momento

la enfermera masturbaba a Santos como quien aplica un remedio,

saca un bote de morfina y le inyecta.

(TARAREA)

Santos se pone la gabardina encima del pijama.

Coge la bolsa con los botes de morfina

y se va para no volver.

(TARAREA)

Santos se ha dedicado a ver la ciudad desde la ventanilla.

El taxista ha tratado de entablar conversación.

Buenos Aires parece, hasta ahora, una ciudad abandonada.

Sin esperar el vuelto, Santos se ha bajado en cualquier sitio.

Ha caminado tres cuadras, ha comprado flores

y ha entrado por la puerta de este cabaret,

donde luce un cartel luminoso.

(CANTA) "Yo no quiero flores, dinero o palmas.

Quiero que vean llorar mis pesares.

Y estar a tu vera, cariño del alma.

Bebiéndome el llanto

de tu soleada.

Me due...".

Con el día, Santos se ha preparado una dosis de morfina y se inyecta.

Entonces, descubrimos a otra mujer joven y bonita.

¿Te jode mucho, Santos?

Alejandra se llama.

Anda, tápate.

Alejandra sonríe y se tapa.

Santos la mira, tan linda,

mientras siente cómo la morfina que le vendió la enfermera

corre por su sangre. Alejandra, ¿qué día es hoy?

22 de marzo. Santos y Alejandra mirarle,

y él la mira. El loco.

Sí. Habrá que jugarlo.

Miércoles. No, Santos, hoy es lunes.

Ella es importante para él. Lunes 22 de marzo.

Ella es la hija de alguien con quien Santos

hubiera podido tener una hija como Alejandra.

Y a él le gusta pensarlo.

Quizá hasta sea la hija de Santos, pero esa es otra historia.

Estas galerías, que imitaban las parisinas, pero en pobre,

fueron populares en Buenos Aires.

Hoy, la mayoría son lugares de otro tiempo, como Santos.

Con locales diminutos de no se sabe bien qué.

Santos continúa con el pijama bajo la gabardina

y sus zapatillas de hospital.

Nos preguntamos a qué espera para cambiarse.

Ha subido y bajado escaleras por el laberinto de la galería.

Va a entrar en un despacho en el que un cartel dice:

"Cámara de Caza y Pesca de Buenos Aires.

Fundada en 1998".

Este hombre, con anteojos de muchas dioptrías,

mira en silencio a Santos.

Hablan.

¿Qué sería del árbol que nace si no hubiera lluvia,

si no hubiera sol?

¿De la noche desnuda de estrellas, del silencio si no hubiera amor?

Detrás de las lentes verdes apenas se distinguen dos ojos.

¿Qué sería del barco sin vela, qué sería de mi sin amor?

No, no, no.

¡Espera, Santos!

Fírmame el recibo.

Santos tiene, en pijama y zapatillas,

una dignidad que no tienen muchos ricos con traje y bastón.

Son la cara y el cuerpo de este hombre difíciles de olvidar.

Apoyado en la barra diminuta de un bar de la galería,

Santos ha pedido un fernet con Pepsi Cola.

(TARAREA)

Santos apenas se detiene en su casa.

Hace mucho, fue la casa de alguien con familia.

(TARAREA)

Santos saca de la nevera las dosis de morfina

que le vendió la enfermera joven y bonita,

y las coloca con cuidado en una neverita portátil amarilla.

Mientras, tararea un viejo anuncio de analgésicos

que se tomaban en España cuando él era joven.

(TARAREA)

Es un Falcon Rural Deluxe. Un modelo de los años 70.

Un auto bonito y grande de la época en que los autos

tuvieron nobleza y belleza.

Mientras, escuchan un casete de chistes de un cómico porteño.

Santos ha llegado a Rosario,

cuna de la bandera y famosa por: ¿Cuándo hay carreras?

No lo sé. Pregúntele a Rubén.

Seguro que sabe. -No hay más carreras.

Ya no hay más carreras. Yo pasé hace un rato por allí

y estaban las luces encendidas. Claro...

Lo alquilan para recitales.

Pavadas.

Pero...

esto va para abajo.

¿Le gustan los burros? Mire.

Rubén no deja contestar y continúa con su cuento.

Es que...

el valor de un premio

no alcanza para mantener un caballo.

Rubén anda aburrido sin hacer nada por el hotel República

desde hace treinta años. Carreras cortas...

Ochocientos... Mil metros...

Caballos viejos...

Gordos, débiles...

Cuando aparece uno que pinta más o menos liviano...

Palermo... Esta será una de las pocas cosas

que sabremos de Santos: le gustan los caballos

y tiene poca paciencia. Alguno...

Alquilan dos o tres...

Santos ha sacado la neverita portátil

y se ha inyectado en el brazo izquierdo.

Luego, en la tripa.

Lo ha intentado varias veces.

(JADEA)

Santos es un hombre con mucha paciencia.

El Panamá inmenso.

A esta hora, parece agua sucia de lavar el piso.

(Ladridos)

(Ladridos)

(SILBA)

Camina con esa familiaridad con la que se mueve siempre.

(Música clásica)

A lo lejos, se oye música clásica.

Sin que lo hayamos visto, ha sacado una pistola con silenciador

y apunta a un hombre elegante en calzoncillos.

Aprieta el gatillo.

(Percutor)

Vuelve a apretar el gatillo.

(Percutor)

(RÍE) ¿Sabes qué soñé? Que me tatuaba un caballo acá.

(Música estridente)

La chica se tapa el pecho y...

Qué pena.

Deja caer una botella de vino de San Pedro de Yacochuya.

(Ladridos)

Santos es un asesino a sueldo que no asesina.

(Puerta)

¡Permiso!

Por favor, pasa.

(Pasos)

(Aspiradora)

¿De dónde eres? De Bolivia.

Espera.

Santos le da unos billetes que cobró por un trabajo que no ha hecho.

Gracias, señor.

(Puerta)

Entonces, en ese momento, quiere acordarse y no puede

de cuál es el nombre del primer hombre

que hace años mató por dinero.

Pero no, no puede acordarse.

En este semáforo, acaricia a Camborio,

el nombre que puso a este auto suyo.

Santos reposta en esta estación de servicio al lado de la autopista.

Por la estación, como en todas, rondan perros perdidos sin collar.

Perros sucios, perros flacos,

perros tuertos, perros cojos, sin raza y sin dueño.

Perros que no molestan a nadie y nadie les molesta a ellos.

Sube a auto, y, cuando aún no ha metido la llave,

se abre la puerta y entra una chica que se sienta y dice:

"Arranque, por favor". Arranque, por favor.

Se abre otra vez la puerta y entra un hombre atractivo de edad media

que parece italiano, pero no lo es, y se pone a hablar con la chica.

Santos asiste a una escena más o menos íntima en su auto.

Santos sale del auto. Abre la puerta.

Bájate del coche.

"Permítame solo un momento", dice el hombre de edad media,

que parece italiano, pero no lo es.

¡Que te bajes del coche! Santos saca su mala leche española.

Le dice a la chica que se baje también.

La mira salir.

Es renga: coja.

Como uno de los perros de la estación.

(Radio)

Santos conduce con la chica en el asiento de al lado.

Decimos chica y no lo es exactamente.

Tiene 40 años, no es muy alta y no parece una chica de película.

Después de un rato de silencio y chistes,

Santos le pregunta dónde va.

¿Dónde vas?

Me da igual.

Y el viejo Camborio abandona la autopista.

Y Santos y esta chica, que simula ser renga,

no volverán a ella en todo su viaje.

¿Qué le pasa? Santos llega lleno de pulgas.

Claro, es el pasto. Santos no deja de rascarse.

Conduzco un rato, si quieres.

La chica arranca.

Camborio parece cómodo en otras manos,

y Santos, contento de que le lleven.

Dos cabalgan juntos.

Saca el carné.

"¿Qué carné?", dice la chica.

¿Qué carné? El permiso.

Sí, le dije, pero no lo tengo aquí.

Lo dejé donde el imbécil. Vale. No digas nada, ¿eh?

¿Cómo te llamas? Érika.

¿Qué más? Fernández Mata.

Érika Fernández Mata. ¿Y usted?

Érika baja el vidrio.

¿Documentación?

(MASCULLA)

Ahora, Santos va a imitar la tonada argentina,

que aún no le hemos escuchado, y que, hay que decirlo,

le sale bastante mal, pero con mucha gracia.

Quien maneja tiene que tener documentos.

Escuchame, agente, es mi hija.

Le presté el auto para poder dormir un rato.

Vamos acá, a Córdoba. No es que parezca argentino,

es que ahora es un español imitando a un argentino.

Dígame, agente, ¿es usted policía de la provincia?

Sí.

Bueno, seguro que no le viene mal...

un refuerzo a su sueldo. ¿Qué clase de refuerzo?

Yo trabajé en la policía de pibe.

El policía, viejo y curtido, le mira imperturbable.

¿En qué jurisdicción?

Ministerio del Interior. Conozco bien todo.

Por eso quisiera ayudarle en lo que pueda.

¿Qué clase de ayuda dice?

Ya le digo que plata no tengo, esto seco, pero...

llevo aquí una virgencita... muy milagrosa.

De la que soy muy devoto.

No me importaría dársela.

¿Y para mi compañero?

El compañero... Busca a ver si se le ocurre algo.

El policía señala la cinta del gran cómico porteño.

¿Ese casete de Corona?

(RÍE) Bueno, ¿eh?

Qué gran país.

¿De verdad fuiste policía?

Fui custodio.

¿De quién? ¿Alguien famoso?

Famosos no. Gente importante.

¿De quién?

Son secretos.

¿Fue hace mucho?

¿Por qué dices eso? ¿Tan hecho pelota me ves o qué?

Santos, de vez en cuando, utiliza palabras argentinas.

Y esto da color a su seco castellano de Chinchón.

No, pero... pensé que los custodios debían ser jóvenes.

Eso, en la televisión. En la vida real, no.

Santos es alguien que, por oficio, pero sin maldad,

ha tenido que mentir mucho en su vida.

¿Se gana bien? Sí, pero no hay tiempo para gastar.

Lo dices de retirón. Mira...

El tiempo es la única riqueza que le queda a un seco como yo.

Santos y Érika comen en silencio en este parador de la Ruta 9.

Lleno de gente a esta hora.

Este sitio, que quiso parecer norteamericano

cuando se construyó en los 70, fue un importante lugar de paso

en la última época de esplendor del turismo interior en el país.

Luego llegaron las crisis y la autopista,

y ahora tiene mucho de fantasma de otra Argentina.

Santos solo ha tomado un fernet con Pepsi Cola.

Ha empezado a sentir dolor

y ha ido al baño a inyectarse morfina.

Se quedará un rato ahí escondido.

Porque le ha parecido ver al hombre grande con anteojos

de muchas dioptrías y ojos pequeños que le contrató para un trabajo

que no ha hecho.

El viejo Camborio rueda de nuevo.

Atraviesa un pueblo por esta ruta nacional

en la que no hace falta pagar peaje.

Érika y Santos en el silencio confortable de la ruta,

como si se conocieran desde siempre,

aunque hace solo unas horas que se han encontrado.

Acaba de terminar la temporada y entra el otoño.

Casi todos los hoteles y restaurantes,

que hace un mes estaban llenos, ahora están cerrados,

y las piletas, sin agua.

(Ladridos)

Un recepcionista da cabezadas detrás del mostrador en un despacho.

Pero se incorpora digno y sonríe

cuando ve entrar a estos clientes sorpresa.

Sírvase.

Gracias.

(Ladridos)

Santos no puede dormir.

El dolor, el insomnio

y un grillo que canta se lo impiden.

Tras inyectarse, deja la habitación, saliendo del dolor,

y entrando en un ligero sopor.

(Música estridente)

Le decía si quiere que le prenda la televisión.

No.

Déjelo.

La chica está arriba, la llave no está acá.

¿Quiere que la llame?

¿Le molestan los grillos?

Le dije al dueño: "Si quiere, los mato".

Pero no me deja.

No.

Mejor sacarlos al jardín.

Matarlos trae mala suerte.

Según los chinos. Ah.

Debe ser por eso.

Voy a probar a darles de comer, así me traen buena suerte, ¿no?

En una de estas.

El grillo se ha callado.

Se hace de día en este hotel, y estos viajeros fuera de temporada

desayunan en un bosque junto a un lago.

Llevan tres días dando vueltas por la provincia de Córdoba.

Han llegado a este cruce de la intrincada red nacional.

"¿Por dónde?", dice Érika.

Y Santos no sabe por dónde.

En Argentina, no todas las rutas están en el mapa,

ni existen todos los caminos que los mapas dicen.

Pero ni llevan mapas ni los precisan.

(CANTA) "En un desierto

hay arena, pena...

Pena de mi corazón.

Que me corre por las venas

con la fuerza de un ciclón.

Es lo mismo que un nublado de tinieblas y pedernal.

Es un potro desbocado que no sabe dónde va.

Y es un desierto

de arena, pena...".

Esa noche, en el hotel Triángulo,

Santos pensó en Érika por primera vez como mujer.

Érika conduce con la mirada fija en la ruta.

Santos ve a una chica extranjera caminando por la banquina.

Podía ser que caminara de la mano junto a otra chica

con una mochila y una cara linda.

Santos dice: "Érika, que suban".

Santos baja la ventanilla y dice: ¿Dónde vais?

No sé, a algún lugar. Subid.

¿De dónde sois?

Karlien es de Sudáfrica, de Cape Town.

Yo, de San Nicolás de los Arroyos.

(TARAREA)

De repente, la chica llena de pecas dice: "We want to go to the beach".

"We want to go to the beach".

¿Eh? A la Mar Chiquita.

(HABLA EN INGLÉS) -Sí, enfermo.

"Yes, yes".

(HABLA EN INGLÉS)

(RÍEN)

(Silbido)

La Mar Chiquita, en Miramar, es un antiguo balneario

que quedó anegado por una laguna que nadie sabe de dónde salió,

y que inundó plazas y calles.

Dinamitaron entonces hoteles y casas, piletas y puerto.

Es una extraña mezcla entre el paraíso y el apocalipsis.

(SILBA)

En esta playa, que no es una playa,

Érika verá inyectarse por primera vez a Santos.

(JADEA)

¿Eres diabético?

También.

¿Qué se inyecta?

Morfina.

¿Morfinómano, entonces?

Tengo tres tumores, a saber, intestino, páncreas y cerebro.

Soy una fábrica de tumores, como quien dice.

Un día de estos, estallarán y a ver qué pasa.

El del cerebro está en un sitio que no molesta.

El del páncreas es el peor.

No te preocupes, me moriré con ellos.

¿Te duele mucho?

Érika...

¿Por qué no te das un baño?

(SUSPIRA)

(HABLAN EN INGLÉS)

(RÍE) Muchas gracias.

Fue un día lindo. Gracias a vosotras.

Esto es para usted. ¡Oh, gracias!

¡Suerte! ¡"Good luck"!

¡Suerte!

Nunca más verán a esta pareja de la ruta,

con la que pasaron dos bonitos días

en los que Érika decidió ponerse un vestido.

Érika y Santos están alojados en un hotel en Miramar.

El día comienza luminoso.

Santos sale de su habitación y llama a la de Érika.

¿Sabes poner inyecciones?

No, pero lo que no sepa, que me enseñen. Pase.

En adelante, mientras estén juntos,

será Érika quien inyectará a Santos.

El viejo Camborio rueda por una carretera estrecha y sinuosa.

Y de repente, en el horizonte, montañosa.

Mirando el paisaje puede parecer que han dejado la provincia,

incluso el país, pero no.

(Música alegre)

Santos se ha empeñado en parar en esta ciudad balneario,

a la que vino hace mucho en viaje de boda,

pero eso no se lo dice a ella.

La Cumbrecita es un lugar familiar y extraño,

lleno de casas de reposo y hoteles para la tercera edad.

Fue fundado este pueblo de la nada por alemanes con tenacidad.

Santos, durante dos días, mirará a Érika comer salchichas.

Aquí, Santos, cansado de subir y bajar cuestas,

harto de hacer turismo, se dará cuenta

de que Érika no es la chica renga que conoció en la estación.

Ahora, mientras desayunan,

ven pasar a un elegante anciano junto a una bonita enfermera,

con un uniforme calculadamente pequeño.

Santos ha contado a Érika

que muchos de estos viejos al sol son nazis.

Que esta es una colonia donde viven refugiados desde hace tiempo.

¿Cómo sabe que son nazis?

(Campanadas)

Por los andares.

Y se sorprende Santos porque, coño, cómo es la cabeza,

no consigue acordarse del nombre del primer hombre

al que hace años mató por dinero.

(Campanadas)

Juan Zimmermann.

Rafael Ferrara.

Marina de Benedetto.

Bernardo Carpio.

Carlos Puig.

Henry Laguado. (IMITA UN DISPARO)

Pedro Casares.

Isaac, Matías y Sara Berg.

Mi viejo dice que son máquinas perfectas.

¿Sabes tirar?

Sí, pero no quiero.

(Disparo)

(Disparo)

Los nombres de los muertos reverberan en la sierra inmensa.

(Ladridos)

(Puerta)

¡Santos!

¡Santos! ¡Santos!

Santos está tirado en la bañera,

con el cuerpo blanco lleno de heridas de inyecciones,

delgado y sin fuerzas. ¿Te duele algo?

Sí, todo.

A través de los ojos de Carmen, la dueña amable de la hostería,

sentimos su noble derrota, su vergüenza por necesitar ayuda.

Puedo yo solo.

A partir de ahora, dormirán en la misma habitación

en camas separadas. Érika le vigilará cuando se bañe,

que no es muy a menudo, y le ayudará a vestirse.

(Música estridente)

Me encanta conducir.

Pasé mucho tiempo conduciendo.

Estaba a punto de casarme.

Era abogado, de buena familia, con guita...

Mis papás tienen guita también. Bueno... Ya no, pero lo aparentan.

Él era buen mozo, pero...

No lo amaba porque estaba en otra.

De chica, estaba enamorada de Ronald.

Un primo de mi viejo de la edad de él.

Ronald me trató de una forma distinta desde que era chica.

Nunca supimos separarnos.

Se vino al casamiento y no me sentía demasiado mal.

Por eso seguía las boludeces.

Organizar la fiesta, el vestido, la lista de invitados...

De padrino había elegido a Ronald.

A nadie le sorprendió, como era de la familia...

Para festejar el casamiento, me había invitado a un campo

que le habían prestado, todo en secreto.

Como una noche de bodas antes de la noche de bodas.

Tomamos toda la noche.

El auto no dio bien el ángulo y nos dimos vuelta.

No chocamos con nada.

Todavía seguía riéndome antes de darnos vueltas,

cuando miro a Ronald y le veo cabeza abajo.

Intenté llamarlo, pero... ya estaba muerto.

Salí del auto, cambié los pasos y me caí.

La ambulancia llegó mientras mi casa se llenaba de gente

que se enteraba de que no había boda porque la novia tuvo un accidente.

Lo malo es que mi bombacha estaba en la guantera.

A mi viejo no le afectó la muerte de Ronald.

Vino a comprobar que su primo se cogía a su hija.

No tuve tiempo de sufrir su desprecio.

Pasé mucho tiempo rehabilitándome en el hospital..

Me operaron la espalda y la pierna muchas veces.

Joder. Como Santos no conduce,

puede mirarla sin que ella vea cuánto la mira.

Reconociéndose. Solo escuchaba la radio.

FM todo el tiempo.

Durante ese tiempo, hice planes para cuando saliera.

Planeaba comprar una camioneta y convertirla en casa rodante.

Pensaba las cosas que la iba a poner.

Una luz direccional para leer,

una cocinita, una cama...

Lujos no necesito.

Siempre viví bien, pero... me va con lo que sea.

Salí del hospital curada, aunque renga.

Fui renga mucho tiempo.

Santos le pregunta si compró la camioneta.

Con la camioneta, ¿qué pasó?

Se rompía siempre.

¿Quién era el calvito de la gasolinera?

Uno.

Con un ruido definitivo en medio de ninguna parte.

A lado de este cementerio

en la provincia de Santiago del Estero.

Aquí han vivido desde hace años los argentinos más pobres.

Los más tranquilos.

Tienen los santiagueños una familiar relación con la muerte

y con la hora de la siesta.

(Motor)

Buen día. ¿Puedo ayudar en algo?

El hombre es un amable y tranquilo chacarero,

se acerca ahora al motor sin comprender mucho.

Santos no entiende nada de mecánica ni lo pretende.

Para mí que es el carburador.

(Aplausos, música)

Ha llegado el grupo a una gomería en las afueras de este pueblo.

San Leopoldo dicen que se llamaba.

Estos santiagueños parecen concentrados

y despistados a un tiempo.

Metidos en algo trascendental e inútil a la vez.

Santos está nervioso por la parada y la avería.

Y el mecánico ni siquiera ha abierto el capó.

Santos, ¿sabes que podemos hacer?

"Lo que podemos hacer es buscar un Falcon por aquí",

ha dicho la mujer del chacarero, y le quitamos el carburador.

Y Santos les da 200 pesos

del dinero que cobró por un trabajo que no ha hecho.

En San Leopoldo no hay donde alojarse,

por eso una familia amable les ha alquilado a Érika y a Santos

un cuarto fresco en esta casa de adobe.

Érika.

¿Yo huelo?

No.

No me mientas, yo antes no olía así.

Yo huelo a viejo, ¿no? A nada.

Huele a hombre,

a hombre y a remedio.

A enfermo.

Bueno, no sé, quise ser sincera.

Érika ha paseado sola

recorriendo el pueblito tranquilo como aquella viajera que fue

cuando rodaba por las rutas en su camioneta.

Se la vio por primera vez sin Santos,

para sorpresa de todos.

De la mochila dicen que sacó un periódico

y lo leyó sentada en la vereda.

Luego se la vio entrar en un almacén,

donde se encaprichó de un poncho que no estaba en venta,

contó el almacenero.

(Música)

Dicen que el poncho lo usó Santos hasta el final.

(Música)

Santos escucha la música, pero no se detiene.

Por eso, no puede ver que Érika tiene los ojos brillantes.

Feliz en la tranquilidad de este lugar

donde no había imaginado estar.

(Música)

Tres días después, el carburador sigue sin llegar.

Este bar está lleno de santiagueños amables y tranquilos.

Santos ha pedido un fernet con Pepsi Cola,

pero aquí no hay Pepsi.

Entonces, porque sí, porque en este bar no hay Pepsi,

y porque hace 5 días que espera un carburador,

le entran ganas a Santos de matar a alguien.

Digo que si quieres que te mate, santiagueño.

¿Quiere que le ayude?

(Música)

(Golpes)

(Música)

Santiago, soy Santos.

Nada, que me han roto las gafas.

¿Cómo está la rubia?

Bueno, ya te llamo otro día, adiós.

Y en España, a 12 000 km. de distancia,

una mujer que ayer fue rubia dice: "¿Chi ha trucata questa mattinata?".

"¿Chi ha trucata questa mattinata?".

-Santos.

Le han roto las gafas.

Muy de madrugada, sin quitarse el vestido,

Érika se lava los pies y las axilas en un palangana.

Santos, que está dormido, no puede verla.

Cuando Érika se levante tarde, ya bien entrado el día,

verá la cama de Santos vacía.

"¿Pero este dónde está?", se preguntará.

Santos aguarda muy contento en la gomería

con el viejo Camborio reparado.

Ahora llega Érika, a quien la calma del pueblo empieza a pesarle.

Les alegrará encontrarse y ponerse en movimiento.

(Tren)

Érika agarra la heladeriza portátil amarilla.

A gusto capilla. "¡Qué poca queda!"

piensa Érika mientras abre la neverita.

Alejandro Solís...

Benito de Sosa...

Érika le inyecta el penúltimo frasquito de morfina.

Josefina Goldman, tan guapa ella.

Érika...

"Mañana ya veremos", piensa Érika.

¿Por qué no me enseña las tetas?

¿Por qué me dice eso?

No soy una mina tonta.

Con más razón.

Santos, no voy a mostrarle las tetas.

Además, no le gustarían.

Una.

Antonio Deset, Amarta García,

David de Mendoza,

Clara del Mar, Alfonso Beto,

Ronald Rubistein...

El día estaba por acabarse, caía la tarde.

Érika maneja distraída sin sospechar que de un momento a otro

un perro va a cruzarse debajo de las ruedas del viejo Camborio.

(Ladrido, golpe)

Dos que pasaron en moto vieron a Santos sacar una pistola,

pero ni locos lo dirían.

Con la Policía, cuanto más lejos, mejor.

Y con los matones, también.

(Disparo)

Lo que queda de noche, hasta que encuentren dónde dormir,

lo pasarán en silencio.

Si Érika se hubiera quedado este perro,

lo habría llamado "Nada".

(Ladridos)

Érika ha querido detenerse en Termas de Río Hondo

a darse un baño en sus fuentes de agua caliente

en una pileta llena de niños a esta hora.

Como cuando estuvo aquí con su familia hace años

y cree que fue feliz.

Siempre viví rodeada de perros.

Desde niña.

Mi viejo los cría.

¿Para vender? No.

Bueno, antes sí los vendía.

Pero después se le dio por mejorar los perros de toda la zona,

y empezó a ser selectivo, elegía siempre a los mejores.

De muchas razas, pero siempre perros de caza.

Érika le cuenta entonces que su padre cruza razas distintas

para conseguir una nueva raza de perro, más bella y perfecta.

Y después se le dio por hacer una sola raza.

Mezcla de muchas.

Y ahí es cuando me molestaba... Y Érika le explica a Santos

que cuando se anda tras una raza es así,

hay que sacrificar los animales que no salen como se pretende.

Santos no la escucha nada,

porque ha visto metido en la pileta termal,

al hombre grande con anteojos de muchas dioptrías

y ojos chiquititos que le contrató para un trabajo que no ha hecho.

(Música tensión)

Y en ese instante, Érika se da cuenta

que no se debían haberse detenido aquí,

porque su recuerdo feliz de ayer,

cuando se bañó aquí mismo siendo niña,

hoy le ha defraudado.

Por eso abandonan la provincia de Santiago del Estero rápidamente,

a campo traviesa, como ladrones, huyendo Érika de un recuerdo

y Santos del hombre de ojos chiquititos y muchas dioptrías

que le contrató para un trabajo que no ha hecho.

San Miguel de Tucumán, ya no queda morfina.

Santos viaja apoyado contra la ventanilla del auto,

con cara de animal enfermo.

Érika ha decidido encontrar droga para Santos.

A la entrada de la ciudad hay una multitud de chicos

que por unos pocos pesos te lavan el auto.

"Venid", le dirá un vigo pelirrojo en bicicleta por 20 pesos.

Llegarán así hasta una villa miseria.

Manejará Érika detrás del pelirrojo hasta la casa del Marcelo.

Pero el Marcelo hoy no tendrá nada de nada.

Les dirá que les puede dar la dirección de alguien

que seguro que algo tiene.

Y llegan así a un bonito barrio residencial

a la puerta de la casa de un exconcejal.

Traje paco, es lo que había.

Se han alojado en el primer hotel que han encontrado.

Rápidamente, Santos se ha concentrado

en fumar el paco.

Érika le ve quemar la droga y aspira por una lapicera hace rato.

"¿Ya tomó esto alguna vez?", le ha preguntado.

"Supongo que se fuma, ¿no?", le ha dicho él.

Esperemos que sí.

El paco es una droga barata hecha con los residuos

de la pasta base de la cocaína,

una basura con terribles efectos secundarios,

de mucha intensidad pero de muy breve duración.

Santos ya tiene los ojos colorados.

Muy rápido, el paco surte efecto.

Primero te duerme, luego te estupidiza

y después entras en un terrible delirio.

¿Quiere?

No, gracias.

No abras, no abras, déjalo así. Hay muy poco aire aquí dentro.

Es que hay una vieja gritándome.

Solo hay autos, no hay ninguna vieja.

Sí que la hay, ahora se ha callado porque te ha oído, pero me gritaba.

Y yo no quiero hacerle nada, no voy a matar una vieja.

(Disparos)

Nunca he matado viejos, no voy a empezar ahora.

Ya sé que no mataste.

¿Querés agua?

Una orden es una orden y no se discute.

"Cerrad la ventana, coño".

Usted tome el agua y no se preocupe, la ventana está cerrada.

Se obedece, así, bien, como yo, se obedece.

¿Qué quieres? La mato y listo, los mato.

¿A quién? A la vieja, la mato.

Si me sigue gritando, la mato.

¿A quienes? ¿A mí y a quién más?

Vos me ayudás y las matamos.

Yo no he hecho nada, señora, ¿eh?

Bueno, tome el agua y después hablamos.

Ahora hay que descansar.

La ventana está cerrada, nadie grita, todo está bien.

No, ahora otro mejor que no, trate de dormirse,

mañana si le duele, toma más, yo se lo guardo para mañana.

Mañana no sé si estaré acá.

Estar va a estar, depende de usted cómo.

Sois jodida.

Sos una jodida.

Sí, me enojo fácil, así que no me hable más.

Que fue en Tucumán, seguro.

Que en la calle Gobernación yéndote al Astoria también,

y probable que lo que pasó en la habitación,

después Santos no recordara nada.

Solo Érika y unos pocos han podido contarlo.

Y lo demás son historias.

Fue la práctica de algo que nadie hace.

Me dijeron que este trabajo era especial

y de especial no tenía nada, era muy simple.

Ayudamos a mucha gente.

Para eso hicimos todo, para ayudar a unos y cagar a otros.

Yo con un tiro,

un solo tiro, en la cabeza.

(DROGADO) No voy a repetir todo otra vez, no soy un mono,

ni un loro.

Si vienen, estoy acá.

Los espero a todos aunque no vengan, porque los mato,

los mato con "Lede Techas".

(CANTURREA) "No hay quien te aguante, tú como el gas,

la muerte das en un instante".

Santos acurrucado se deja mecer desde hace dos días

por el movimiento del auto.

Ahora va tapado con el poncho que compró Érika.

Traje cocaína.

El paco le dejó a Santos un mal recuerdo y no quiere tomarlo.

Y en mitad de cuatro calles del casco antiguo de Salta,

junto al convento de San Bernardo, Santos esnifa la cocaína allí mismo.

¿Sabes lo que vamos a hacer?

Vamos a un hotel bueno que yo conozco.

Usted tiene que descansar.

(JADEA)

Amén.

Se levanta Santos del despacho de esta suite presidencial,

agarra el fajo de billetes y sale al balcón.

(Bocinas, gritos)

(Música)

Tira el dinero entonces.

Y es feliz.

(Bocinas, choque)

Ahora Santos entra de nuevo en la suite

y se dirige al baño a orinar.

Y al entrar, descubre a Érika desnuda saliendo de la ducha

y entrando en el dormitorio.

"¡Qué lío de puertas!", piensa.

Érika no se cubre. Santos la contempla.

Mirando sin querer mirar, pero queriendo.

Perdón. No, Santos.

No cierres.

"¡Qué bien!", piensa Santos.

Le mira a la cara,

ahora mira su pecho grande, blanco y bello.

Y en esta cama grande, en la suite del último piso del Gran Hotel Salta

Érika masturbará a Santos primero,

y luego, compartiendo la cocaína, harán el amor.

Dormirán una siesta larga y se despertarán a la vez.

Y se dormirán abrazados a pesar de la cocaína.

Y Santos soñará con caballos, Érika con perros.

Cuando despierten con la mañana le dirá a Santos que es de acá.

Yo soy de acá, Santos.

Mi familia vive a una hora de acá.

¿Y no quieres ir?

Solo si usted me acompaña.

(Música religiosa)

El cuerpo de Cristo...

El cuerpo de Cristo...

El cuerpo de Cristo...

El cuerpo de Cristo...

El cuerpo de Cristo...

El cuerpo de Cristo... -Amén.

-El cuerpo de Cristo...

-¿Y dónde va a dormir Santos?

Santos va a dormir en el cuarto de la abuela.

¿Y vos? En el cuarto de la abuela.

Mario Larsen...

Isaac Panadera...

Jorge Glauserman...

Cuando se acaba la misa se abren las puertas de la pequeña capilla

y todos van hacia la casa atravesando un lindo jardín.

La familia de Érika vive en una auténtica estancia colonial,

con un lujo gastado y cansado, parecida como la habíamos imaginado,

en decadencia ya.

(Música, barullo)

Estoy haciendo una nueva raza de perros.

Acá, en Argentina, hay muy buenos perros,

pero... yo estoy buscando una nueva raza.

Y a vos, ¿te gustan los perros? Sí, Sí.

Entonces me vas a entender.

(RADIO) "Y todos los papás salían a trabajar

porque había trabajo para todos los papás.

Y todos los papás volvían a su casa siempre a la misma hora".

(Música)

(Gruñido)

José Muñoz, María Tonina, Miguel Ángel Cedilla,

Carlos el Trolo, Ronald Rubenstein...

(Barullo)

(VOZ LEJANA) Bueno, pero hay que tener un poco de cultura

en la vida.

Mina Bloom, Antonio Santillana del Mar, Juan...

¡A ver!

¡Silencio!

¡Silencio!

¡Por favor, silencio!

Que vengan... que vengan todos los chicos.

Todos.

(Llanto niño)

(VOZ LEJANA) Calla, pórtate bien.

Hace más de siete años que Érika no está con nosotros.

Yo quiero, Julio, agradecerte profundamente

que la hayas traído, de nuevo, a casa.

No me trajo, papá.

Vine yo con él, pero vine porque quise.

Y cuando él se vaya, me voy yo también.

Está bien, hija. No digo que te vayas a quedar.

Simplemente quiero decirte que estamos muy felices

de que estés con nosotros, aunque sea de visita.

Y quiero que brindemos por eso.

-Bienvenida, hija. -Que sea todo en nombre de Dios.

(TODOS) ¡Salud!

(Silencio)

(Ladridos)

(SUSPIRA)

De repente, Érika entra en el cuarto

contenta como una niña y dice:

Mira lo que encontré en el piso del auto.

(CANTA) "Arrorró mi niño,

arrorró mi sol,

arrorró pedazo...".

(Murmullo)

Es una dosis de morfina.

Érika se sienta a su lado y, con una ternura infinita,

le inyecta.

Luego, Santos cae en un sueño profundo.

De pronto, se escucha un grito

ya la estancia entera se agita.

(Gritos lejanos)

(Ladridos)

(VOZ LEJANA) ¡Vamos, Gutiérrez, vamos!

¡Vamos a cargar esos hijos de puta!

¡Dale, dale! ¡Vamos, vamos!

-¡Tened cuidado!

-¡Las mujeres, adentro!

(RESPIRA PROFUNDAMENTE)

¡Apúrense!

Una cagada, Santos.

Es el Walter.

La última vez, antes de irme de acá,

había un perro ya crecido,

pero tenía "prognativo", que es cuando muerden así.

Sacando la parte de abajo hacia arriba.

Mi padre quería sacrificarlo, como a tantos.

Entonces, yo una noche fui y lo solté a la mierda.

Y el Walter se fue al monte.

El Walter, después de que lo dejara escapar Érika,

se ha quedado por allí y se ha ido cruzando

con otros perros vagabundos de la cañada.

Hace años que su padre los detesta.

Siempre los anda buscando.

(Ladridos)

Atraviesan ahora los varones de la familia,

corriendo caminos arriba y abajo, un huerto enorme en barbecho.

(Ladridos)

Ahora el hijo del capataz y un sobrino de Érika

se han adelantado y hacen señales a los rezagados.

(Gritos)

Los niños señalan algo. Excitados.

Y ven a una perra negra, que acaba de parir,

enroscada alrededor de muchos cachorros.

(VOZ LEJANA) ¡Con tres...! ¡El Walter!

Gritos:

¡Apuren!

El padre de Érika, el tío Fermín,

detrás el cura.

Ándate a la pava.

-Son igualitos al perro ese de mierda.

Llega Érika.

(GRITA) ¡Estás loco! ¡Imbéciles!

¡Papá...! (GRITA) Por favor, Érika,

córrete de acá que bajen.

¡Hijo de puta! Le hacés daño y no le des más.

¡Por favor...!

¡Dale! ¡Con la pala!

¡Loco!

¡Chicos...!

¡Tiren!

(Disparos)

Y es en este momento, cuando Santos recuerda

el nombre del primer hombre que hace años mató por dinero.

¡Don Pablo, don Pablo! ¡Mire!

(Disparos)

¡Ay, carajo!

¡Ay, ay, ay! ¡Ladrón!

¡Puta madre! ¿Quién lo ha enseñado a tirar?

(Gritos)

¡Fue él, abuelo! ¡Fue él!

-¡Andá a buscar el botiquín a casa! ¡Andá a buscar el botiquín!

¡Dale!

(Gruñidos)

(Motor)

Y aunque nadie lo vio, y en esto no han sabido

ponerse de acuerdo, dicen que Santos se fue entonces.

De dónde sacó las fuerzas, si es que las tuvo,

no se sabe.

Del Walter, aquel bello animal,

nunca más se supo.

El camino que Santos tomó a ninguna parte

se termina al pie de la cordillera.

Unos caballos pastan cerca.

Santos detuvo a Camborio bruscamente.

(SUSPIRA)

Y se adentró en la selva.

(Pájaros)

(Voces lejanas)

(Música)

De noche o de día...

En un cuarto de hospital, ¿qué hora es?

Si no fuera obligatorio pensar, poder quedarme en blanco,

volver a la carretera sin pensamientos, sin sueños...

No rezo ni me arrodillo. En mi condición es eterna.

Y llegará la noche.

Y entonces la selva hablará con Santos de otra manera.

(Ruidos nocturnos)

(Música)

Amanece sobre el cuerpo de Santos, encogido como animal herido.

Oyó el tañido de una campana donde no había campanas.

Silba bajito. Mueve los labios como si soñara. Soñó con caballos.

Caballos de las montañas que nunca vieron un hombre.

Una tortuga grande y vieja, sabia, un sapo, a punto de hibernar,

y un caballo blanco miró a Santos, invitándole a permanecer allí.

No sabían nada de Santos ni de su vida, en sus almas, viviría siempre.

Porque Santos muere.

Su cuerpo lo encontrará un pescador mucho tiempo después.

Y nadie podrá identificarlo ni dar con su nombre verdadero

y completo para ponerlo en los libros

cuando lo lleven a la morgue en el hospital de San Pablo,

en la Ciudad de Salta.

O mejor,

Santos se levanta y se arrastra por la selva,

con el cuerpo en contacto con la tierra,

arañándose entre las ramas y los arbustos.

Y desandará el camino hasta Camborio,

que le ha esperado fiel, con la puerta abierta.

(Motor)

Y cabalgan Santos y Camborio para siempre.

Forajidos, libres y valientes.

Sin culpa ni pecado.

Cruzando fuertes y fronteras.

Sumando kilómetros.

Dicen que inmortales.

(Campanas)

(Música animada)

(Motor)

(Pájaros)

(Canción: "Noches árticas")

Hoy de nuevo

cerraremos los ojos

deseando con devoción

una nueva noche ártica

y del negro más puro,

no como el de la oscuridad,

sino como el del ébano.

Así nuestros pulmones

se anegan en un sueño

que envenena y que sana.

Sueños de noches árticas.

Sueños de noches árticas,

que envenenan y que sanan.

Cierra los ojos.

Escucha en la oscuridad

cómo resuenan las cajas de música.

Inténtalas parar.

Cierra los ojos.

Escucha en la oscuridad

cómo resuenan las cajas de música.

Inténtalas parar.

Cierra los ojos.

Escucha en la oscuridad

cómo resuenan las cajas de música.

Inténtalas parar.

Cierra los ojos.

Escucha en la oscuridad

cómo resuenan las cajas de música.

Inténtalas parar.

Cierra los ojos.

Escucha en la oscuridad

cómo resuenan las cajas de música.

Inténtalas parar.

Cierra los ojos.

Escucha en la oscuridad

cómo resuenan las cajas de música.

(Motor)

  • El muerto y ser feliz (película)

El muerto y ser feliz (película)

03 feb 2015

Santos, un español en Argentina atormentado por un cáncer terminal, abandona el hospital cuando consigue que la sexy enfermera le venda dosis suficientes de morfina para calmar el dolor por un tiempo. En una gasolinera conoce a Erika, que será su fiel y callada compañera hasta el final del camino.                         

Histórico de emisiones:

28/10/2014

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  1. paco

    ¿cómo podría ver la peli sin comentarios para invidentes?gracias .

    06 feb 2015