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No recomendado para menores de 7 años Curro Jiménez - El tío Pedro - ver ahora
Transcripción completa

Cuando lleguemos al Puente de la Sierra

te separas de nosotros. De acuerdo.

Ululato.

Gritos. (UNA NIÑA) ¡No!

-Vamos, pasa. Pasa, digo. -¡No quiero! No quiero.

-Vamos, pasa, obedéceme, ¡y pasa! -Déjame. Déjame.

-Pasa. Pasa, te digo... -Déjame, no quiero.

-Deja a la chica, ¡no la martirices más!

-Pasa. ¿Te quieres callar? Ya aprenderá.

Todo el que come, tiene que trabajar.

-¿No ha oído que deje a la niña?

-Déjeme, ¿a usted qué le importa? ¿Que qué me importa?

-¡Chicos! ¡Salid!

Ladridos.

Relincho. -¡Ah!

¡Ah!

¡Ah!

Relincho.

Ladridos.

Relincho. -¡Ah!

¿Dónde habéis encontrado a la niña?

-No, ¡no puedo decirlo! Pregúntaselo a él.

Eh, tú, pájaro, arriba.

¡Arriba! Reanímate, ¡reanímate! -¡No lo reanimes tanto

que lo vas a matar!

¿De dónde habéis sacado a la niña?

-De Las Hurdes.

¿De Las Hurdes?

¿Qué haces aquí? -Llévame contigo.

¿Conmigo? No, no puedo.

-Son muy malos y me castigan.

No me dan de comer.

¿Tú sabes dónde están Las Hurdes? Te llevaré.

-No, no lo sé.

Llévame contigo, anda.

No quiero que me peguen más.

Vuelve con ellos, no te pegarán más.

-Por favor, llévame.

¿No me quieres llevar?

Arriba.

-Gracias por llevarme contigo.

¿Ahora? -Sí.

Madre mía.

¡So, so!

¡Eh!

¿Sabes sola?

-Sí.

(SILBA)

-¡Ya está!

¡Aúpa!

-¿Nos vamos? Sí.

Graznidos.

¿Y ahora qué hago contigo?

¿Dónde estarán Las Hurdes?

Graznidos.

¿Otra vez? -Sí, mucho más que antes.

¡So!

(SUSPIRA)

-No quiero más.

Sé buena. Isabel, come.

-No me llamo Isabel.

¿Cómo te llamas?

-¿A ti te gusta Isabel?

Sí.

-Pues Isabel. (RÍE)

-¿Y tú cómo te llamas?

¿Puedo llamarte papá?

Bueno... Papá...

No sé.

No... ¿Qué te parece si me llamas tío?

-No, tío solo no me gusta.

Habrá que pensar tío qué.

Anda, a dormir, que tienes los ojitos de sueño.

Vamos, Isabel, ven.

Anda.

Oye...

¿Y tío Juan, qué dices?

-Tampoco me gusta.

¿Qué nombre te gusta? -Pedro.

También me llamo Pedro.

-¿Tienes muchos nombres, tío Pedro?

Sí, muchos. -¿Muchos, muchos, muchos

como las estrellas?

Bueno, como... -¿Qué son las estrellas?

Pues, verás, las estrellas son unas...

Mira, ahí las están las estrellas. (RÍEN)

-Quiero agua.

¿Por qué no me das?

Porque esto no es agua, es vino.

-Dame.

El vino es malo, ¿sabes?

-Entonces, ¿por qué lo bebes tú?

Pues porque yo también soy malo.

-Pues yo tengo mucha sed.

Está bien, iré a buscarte un poco de agua.

¿Puedes esperarte un poquito? Pronto llegaremos a un pueblo.

-Tengo mucha, mucha, mucha, sed. Bueno...

-¿Y me dejas aquí solita?

No te muevas de ahí y no te pasará nada.

Enseguida volveré.

(SUSPIRA)

Graznidos.

(JADEA)

Agüita...

-Hola. Pero ¿tú qué haces aquí?

-Anda que si tengo que esperar a que me subas el agüita.

Pero, chica, ¡te has podido matar! -Que va,

si he venido por el caminito.

¿A que le vas a decir al tío Pedro dónde está ese caminito?

-Claro.

Anda, ven.

¿No íbamos al pueblo? Aún no, debemos esperar

a que se haga de noche. -¿Por qué?

Pues... Porque es un juego. -¿Qué juego?

El... ¡El de los bandoleros!

¿Nunca has jugado? -No.

Has vuelto a ser malo, no me gusta.

¿Por qué? -Porque has bebido vino.

Pero solo he bebido un poquitín.

-Entonces eres malo un poquitín.

¿Un poquitín así?

-¡A mí no me importa que seas así de malo!

Yo no te tengo miedo.

¡Uy, cómo rascas!

¿Sí?

-¿Tú tienes muchos niños?

No...

No tengo ninguno.

-¿Ni uno solito? Ni uno.

-¿Porque eres malo no los tienes?

A mí no me importa que seas malo,

te quiero mucho.

Dame un beso aquí.

Ahí no tengo barba.

-No.

¿Estás cansada?

-¡Claro que estoy cansada de montar tanto en este caballo!

¡Qué lejos queda ese pueblo!

Ya llegaremos. Ya llegaremos.

-¿Tú vives allí?

No. Voy a ver a unos amigos.

-¿Y dónde vives tú?

Lejos. Muy lejos.

Graznidos. -¿Me vas a llevar contigo?

¿No quieres volver con tus papás?

¿No habéis visto nunca a una niña?

Pues si nunca habéis visto una niña, ¡esto es una niña!

Dile a tu mujer que la lave, le dé de comer y le haga dormir.

¡Vamos, cógela, no muerde!

-No quiero, no quiero, tío Pedro, quédate conmigo.

Volveré, te digo que volveré.

-No, no quiero que te vayas.

¿Es que no somos amigos? -Sí, tío Pedro.

Volveré. Te prometo que volveré.

El tío Pedro no miente nunca, ¿verdad, Tomás?

-No. Nunca.

¿Lo ves?

El tío Pedro dice siempre la verdad.

(RÍE) (GRITA) -¡Déjame! ¡Déjame!

-Si no pasa nada, no llores. -¡Déjame!

-No llores... Isabel... Isabel...

Habíamos quedado que éramos amigos.

¿Sí?

¿Vas a ser buena?

Dame aquí un besito.

-Lorenzo ya trabaja en el cortijo, nos aguarda en el bosque.

¿Le has traído el dinero?

¿Me has escuchado?

Oye, ¿tú sabes dónde están Las Hurdes?

-¿Las qué? (GRITA) ¡Las Hurdes!

-Sí, he oído hablar de ellas.

Eso debe caer por la China.

(BOSTEZA)

¿Ves cómo he vuelto?

Ahora puedes darme un beso, ya no rasco.

¡Una sorpresa!

¡Uh! -¿Es para mí?

Sí, es tuya.

-¡Qué bueno eres, tío Pedro?

¡Uuuh!

¡Ese piececito!

Así, ¡upa! (RÍEN)

Vamos a ver. Vamos a ver...

¡Anda!

-¡Ay, ay, ay, tío Pedro!

Sí... Ya los he visto.

No me los enseñes más,

no había más pequeños.

Anda, ven.

Ven que te pongo esto y no te lo vuelvas a quitar.

Ahora conocerás a otros tíos.

-Tú eres mi tío. Sí.

Entre todos vamos a buscar Las Hurdes

y te llevaremos con tus papás.

-Yo quiero quedarme contigo.

Te quiero mucho.

¿Verdad que me quedaré siempre contigo?

Bueno, vámonos de aquí antes de que nos coja la noche.

¡Gitano!

¿Y Curro? Dentro.

Coge el caballo.

Ladridos.

¡Hombre, el Algarrobo!

Curro. Al fin has vuelto.

¿Le diste eso a Lorenzo? Sí.

Bien. ¿Puedes salir un momento?

¿Qué ocurre?

Quiero que veas una cosa.

Vamos a ver.

¿Pero se puede saber de qué se trata?

Se llama Isabel. ¿Y qué?

Ahora verás. Espera.

Isabel... ¡Isabel!

(ISABEL) ¿Qué?

(GRITA) ¡Estoy aquí!

¿De dónde la has sacado?

La tenían unos titiriteros. ¿Y por qué la has traído?

La maltrataban.

-¡Vamos, tío Pedro!

¡Tío Pedro!

¡Voy, Isabel!

Aúpa.

-Mira, tío Pedro,

un perrito, voy a jugar con él.

Relinchos. ¡Tío Pedro!

(RÍE A CARCAJADAS)

¿Habéis oído? Tío Pedro.

(RÍEN)

(RÍEN) -¡Tío Pedro!

-¡Tío Pedro! (RÍEN)

-¡Tío Pedro!

(RÍEN)

(RÍEN)

-¡Tío Pedro!

(RÍEN)

-¡Tío Pedro!

-Qué guapo eres, perrito. (LADRA)

¡Basta!

Relincho.

Hola, guapa, ¿cómo te llamas, bonita?

-Isabel. Ah.

-La sobrina del tío Pedro.

(RÍEN)

Risas. -Tío Pedro.

Risas. -¡Tío Pedro!

Risas.

¡Tío Pedro, sí! ¿Qué pasa?

Ladridos.

(RÍE)

Ah.

Oye, tengo que preguntarte una cosa.

¿Y la niña? Durmiendo.

¿Tú sabes dónde están Las Hurdes?

¿Las Hurdes? Claro.

Las Hurdes están muy lejos de aquí.

A mí me han dicho que en la China.

(RÍE) ¡En la China!

Que van a estar en la China, están en España

pero están muy lejos. España es muy grande, ¿sabes?

Ya...

Otra cosa...

Escucha, hombre...

¿Qué?

¿Puedes decirme qué son las estrellas?

¿Las estrellas?

Las estrellas son unos astros que...

¿Unos qué? (RÍE)

Esas sí están en la China.

(EN VOZ BAJA) A ver si puedo terminar,

22 y cuatro...

Ven, Isabel... Sé buena.

Mira que si no comes, tendré que ir al pueblo

a buscar otra comidita y te quedarás sola.

Toma.

Muy bien, así me gusta.

¿Y al tío Ramón no vas a darle un beso?

-Sí. (RÍE)

-¡Upalala!

¡A comer!

-El tío Ramón también es bueno.

Bien.

-Ahora voy a comer para él. Una para el tío Ramón.

¡Uy!

¡Qué rico!

Otra para el tío Antonio.

-Ahora yo sola.

Otra por el tío Curro que es muy bueno.

-El tío Curro es un poco malo.

No, el tío Curro no es malo.

El tío Curro está un poco preocupado.

-Bueno, comeré.

-Este es el edificio principal, lo vigilan tres hombres armados,

este es el sendero y esta es la entrada.

Estos son los graneros, también están vigilados

por tres hombres, aquí está el molino

y aquí los dos cobertizos,

en este estaré yo.

Esta parte es bosque, la entrada tendréis que hacerla

por aquí, por el Sur,

es una zona que está casi en ruinas de fácil acceso.

¿Estás seguro que no desconfían?

(RÍE) -¿Desconfiar? No, qué va, en pocos días

me gané la confianza de todos... ¡Chis!

¿Quieres hablar más bajo? Se va a despertar.

-¿Y a mí, qué? Ya se dormirá. ¿Qué...?

¡Suéltale!

-¿Qué pasa? No entiendo nada.

Es que ahora tenemos una sobrinita de cinco años, tío Lorenzo.

Bueno, basta, se lo contáis después.

No nos apartemos ahora del asunto. Vosotros dos os encargaréis

de los tres que vigilan la puerta, tú te ocuparás

de hacerlos entrar, el Algarrobo y yo entraremos por atrás.

-No sé si podréis, también está vigilada.

Cuando se den cuenta estaremos encima de ellos.

¿Habéis entendido?

Cuando se ponga el sol estaremos allí,

ahora es mejor que te marches.

Curro. Dime

No voy a poder ir. ¿Qué dices?

Tengo que quedarme, no puedo dejarla sola.

Muy bien, que se quede el Malos Pelos con ella,

a ti te necesito a mi lado. ¡El Malos Pelos!

¿Qué sabe de niños?

Además, no puede estar sin mí...

Lloraría.

(RÍE) Está bien, tío Pedro.

Cambiaremos el plan.

Ladridos.

Ladridos.

Vamos a tomar la sopa. -No quiero sopa.

Sí, mujer...

Si te tomas la sopa te cuento un cuento.

-¿Qué cuento, tío Pedro?

Pues... un cuento.

-No me gusta la sopa.

Tienes que tomarla. Mira.

¿O no quieres ser tan fuerte y tan grande como el tío Pedro?

-Cuéntame el cuento.

Hum...

-No quiero sopa. Sí, mujer.

Si está muy rica.

(RÍEN) -Anda, tío Pedro, cuéntame.

Ladridos.

Erase una vez una casita...

pintada de blanco...

¡Y tenía una chimenea muy grande por donde se salía el humo!

Y había una niña que vivía allí...

que comía muy bien, muy bien, muy bien...

Y la casita... -Tío, ese cuento no me gusta,

no pasa nada.

Cuéntame otro.

(SUSPIRA)

-Yo como sola.

Había una vez un perrito pequeñito, pequeñito, pequeñito,

el perrito no quería comer

y...

Y los dueños le decían al perrito...

-Venga, sigue.

Vamos a jugar a otra cosa.

-Sí, será mejor.

-Ven.

Y tú y tú, pequeñito, y tú, alto pequeñito...

(GRITA) ¡Aaaah!

(RÍE) ¡Ay, ay!

¡Ay, ay!

-¡Ah!

(RÍE)

(LADRA)

(RÍE)

(RÍE)

Hum... qué rico.

Qué rico.

(GRITA) -¡Aaah!

Unos cristales se rompen. -Por aquí.

-¡Ponte así!

¿Ya? Sí.

-¡Upalala!

(RÍE)

(GRITA) -¡Aaah!

¡Upalala! (RÍE)

Ahora bien tapadita y a dormir.

-¡Tío Pedro!

(RELINCHAN)

-No te vayas, tío Pedro. Cuéntame un cuento.

Duerme...

Duerme...

Había una vez un perro pequeño

que no quería comer.

Aquel perro no crecía nunca

y pasaban los años...

-Tienes que ser buena. ¡Isabel!

¡Isabel, ven!

¡Ven aquí! Acércate.

-No.

¿No quieres venir?

-No.

Mira...

¿Te gusta?

Vamos...

Cógela, te la regalo.

Vamos. Cógela, te la regalo.

-¿Me la regalas de verdad?

Claro que sí.

Relinchos.

¿No me das un beso?

-Hoy sí porque has sido bueno.

Eres muy guapa.

Dime una cosa, ¿te gustaría volver con tus papás?

-Yo no tengo papás.

Ven.

Anda, cuéntame.

¡Isabel!

¡Isabel!

¡Isabel! Venga, vamos a comer.

-¡Mira, tío Pedro, me la ha regalado el tío Curro!

A ver...

Es la medalla de tu madre.

Bueno, me...

Me la pidió y se la regalé.

Está en mejores manos que las mías,

mi madre y la Virgen lo entenderán.

Quiero hablar contigo.

Anda, vete a jugar con el perrito.

Ahora vuelvo y comemos.

-¡Ven conmigo! ¡Vamos a jugar!

No podemos seguir así.

La niña... no puede estar aquí, este no es lugar para ella.

Me han dicho que Las Hurdes... Olvídate,

no tiene padres.

He estado pensando;

tenemos que buscar otra solución y deprisa.

Hay 15 ó 20 familias que nos deben muchos favores,

es gente humilde pero buena.

Ellos podrán hacerse cargo da la niña.

No creo. ¿Cómo que no crees?

Están obligados.

Sí... Están obligados.

Y cuando dejen de estarlo, ¿qué?

Mientras les ayudes se harán cargo de la criatura,

alguna vez acabarán con nosotros...

Y entonces, ¿qué pasará?

¿Crees que la seguirán manteniendo?

Tienes razón, parece ser que el cuidado de esa cría

te ha iluminado la mollera.

Yo también estoy preocupado.

La niña necesita una vida más tranquila,

los cuidados de una mujer.

Quiero que crezca como una señorita.

¡Las monjitas! ¿Qué monjitas?

¿Cuáles van a ser? Las del convento.

Aquello está en ruinas.

Los tejados se llueven.

La niña pasará frío si las monjas la aceptan.

Claro que la aceptarán, y estará mejor que aquí,

esto no es un palacio.

¿Quién la llevará, nosotros así?

(RÍE)

Eso ya es otro problema.

Ya lo arreglaremos.

Creo que has exagerado la ropa, nunca vi a nadie vestido así.

Tú no estuviste nunca en la corte.

Claro, como tú te has criado en ella.

No me gastes bromas, estoy muy nervioso.

Quieto.

-¿Sabes una cosa, tío Pedro?

Que estás muy guapo.

Y tú también, tío Curro.

Ahora al llegar preguntamos por la jefa, ¿no?

La jefa...

Madre superiora pero tú a callar, ya preguntaré yo.

-¡So!

Ponte bien el sombrero.

Así. ¡Aúpa!

Vamos, Isabel. -Estoy mirando los caballos.

Vamos. -¿Vamos a vivir en esta casa?

Chis. Calla.

-Buenas tardes, ¿qué desean?

Buenas tardes, queremos hablar con la madre superiora.

-Muy bien, acompáñenme, por favor. Pase, don Pedro.

(EN VOZ BAJA) Quieto. -Por aquí, por aquí.

Perdonen que pase por delante.

(EN VOZ BAJA) Quieto.

-Mira, tío Pedro, hay gallinitas. Chis, calle.

-¿Has visto, gallinitas?

-Pitas, pitas...

-Como verá está todo en ruinas.

Hemos tenido que improvisar el despacho de la madre superiora

en la antigua cocina.

Da pena verlo todo. Somos tan pobres.

Es posible que muy pronto dejen de serlo.

-La pobreza es un don de Dios, hermano.

Los pobres que yo conozco no piensan así.

-Muchas veces recibimos la gracia de Dios

y no la entendemos.

-Tío Pedro, quiero una gallina. Ahora no puede ser, calla.

-Dile que me dé una gallina.

¿Te gustaría quedarte aquí y jugar con las gallinas?

-¿Y vosotros también os quedáis? No.

Nosotros no podemos. Tenemos trabajo.

-Entonces yo tampoco.

-Esperen aquí, por favor.

Madre. ¡Madre!

-¿Qué quieres, hija?

-Hay dos señores que preguntan por usted.

Uno de ellos es extrañísimo.

Traen una niña o una enana,

no sé muy bien lo que es.

Ya pueden pasar.

Don Pedro. Isabel, anda, vamos.

-Buenas tardes, señores. Buenas tardes.

Venimos a rogarles

que se hagan cargo de la crianza de esta niña.

Es la sobrina huérfana

del señor don Pedro Hinojosa Menéndez y del Rosal.

-Qué horror, cómo la han vestido.

Qué guapa eres.

Don Pedro está dispuesto a hacer una primera entrega

de 10 mil reales. -¡10 mil reales!

Nosotras con ese... -Por Dios, sor María.

-Perdón, madre.

-10 mil reales es mucho dinero. Pues, verá, señora...

Madre, yo... No es mucho dinero para don Pedro

tratándose de su sobrina. Discúlpeme un instante.

Iré yo. Pero, por favor, don Pedro...

Como ven es un hombre muy sencillo.

-Es muy guapa su sobrina. ¿Cómo se llama?

Isabel. -¿Y lleva su mismo apellido?

Sí, el mismo, claro...

El mismo, igual.

Igual que yo, con las mismas letras,

ni una más ni una menos.

-¿Cómo era su apellido, señor?

Es tan complicado. Sí, muy...

Muy complicado.

Complicadísimo.

Hasta algunas veces yo mismo me olvido cómo me llamo.

-Tío Pedro.

¿Lo ven?

Así me tienen que llamar, ¡así me llaman todos!

Tío Pedro por aquí, tío Pedro por allá,

tío Pedro esto, tío Pedro lo otro. ¿Les digo una cosa?

Hasta mi secretario me llama don Pedro cuando estamos solos.

Aquí la primera entrega de don Pedro.

-¿Quiere que le firme un recibo, tío Pedro?

¿Un recibo para qué si no puedo leer?

-¿Cómo? No, que yo nunca...

Nunca se acuerda de traer sus gafas.

No se preocupe por eso, madre, no es un pago,

es un pequeño donativo para esta casa de Dios.

(ISABEL) ¡Me quiero ir con el tío Pedro! ¡Tío Pedro!

¡No, me quiero ir con el tío Pedro!

¡No! ¡Me quiero ir con el tío Pedro!

Se cierra una puerta. ¡Tío Pedro! ¡No!

(EN VOZ BAJA) Algarrobo.

-No se preocupe, tío Pedro,

su sobrinita aprenderá muy pronto a querernos.

Debe hacer mucho frío aquí en invierno.

-Sí, somos muy pobres y lo poco que obtenemos

lo repartimos entre los que son más pobres que nosotras.

A mí me parece que... Hermana...

Haga el favor de hacer una lista de todo lo que se necesita

para que quede en condiciones el convento,

don Pedro se hará cargo de todo. Claro, eso.

Cada vez que abres la boca, metes la pata.

Tendré que venir solo a traer el dinero.

Sí, pero tengo que ver a Isabel.

¿Qué dirá la cría si no me ve?

Tienes razón.

Te verá... pero callado.

-Seis mil reales más, es asombroso.

-Son Pedro debe ser inmensamente rico.

-Y muy generoso.

Si no llevo mal la cuenta, el de hoy es el séptimo donativo.

-Muy generoso, sí.

A pesar de su aspecto.

Parece un facineroso.

-Las apariencias engañan, hermana.

No debe tener malos pensamientos.

Hay que comprar pólvora, balas, comestibles, herrar los caballos.

¡Hay que arreglar el altar y el confesionario!

Eso puede esperar. Ya hemos comprado cristales nuevos

para todas la ventanas, reparado todos los pisos y los techos,

comprado mantas y ropas de abrigo, arreglado la chimenea,

reacondicionado el refectorio... Bueno, basta.

Todos sabemos que ese convento nos cuesta más dinero

que la Giralda pero no importa, nos hemos comprometido.

Isabel es feliz con las monjitas... y el tío Pedro también.

¿Cuánto hará falta para el arreglo del altar y el confesionario?

(MURMURA) Unos ocho mil reales.

Esperemos que mañana venga la diligencia bien provista de dinero.

-¿Ya?

(RÍE) ¡Arre, burro!

¿Qué te pasa, tío Pedro, por qué no hablas?

Tío Pedro está afónico, ha cogido mucho frío.

No le hagas hablar que le hace daño.

-Siempre estamos igual.

-Creo que tío Pedro se debería hacer ver la garganta,

esta afonía le dura demasiado.

Como le decía, hermana,

don Pedro y yo tenemos que hacer un largo viaje.

No creo que podamos volver en mucho tiempo.

Espero que eso alcance hasta nuestro regreso.

-Por favor... Es tanto dinero que mejor

que hablen con la madre superiora, está reunida con el cura párroco

pero igual les atenderá.

(RÍEN)

Don Pedro...

Venga usted.

-Síganme.

-Le aseguro que es un hombre de una bondad sin límites.

La verdad es que no sé qué haré con tanto dinero.

-El dinero siempre es muy útil si se empeña en buenas obras...

y, desgraciadamente, hay donde emplearlo.

Llaman a la puerta. -Adelante.

¡Don Pedro, qué alegría!

Quiero que conozca al cura párroco.

-Tenía muchos deseos de conocerle, señor,

ha hecho usted una gran obra.

Él se lo premiará.

¡Hola, guapa!

Ven aquí, mujer.

Toma, tu caramelo.

¿Y ahora?

-¿Sigue afónico, tío Pedro?

-Oiga, yo conozco una hierbas muy buenas para la afonía,

si quiere, pásese un día por la parroquia

que se las daré muy gustoso. Por desgracia, padre,

esa visita no creo que sea posible.

Antes de explicarle, dígale a sor María

que se lleve a la niña. -Sor María, la niña.

(SUSURRA) -Han traído 30 mil.

-¡30 mil reales!

Don Pedro, esto es una exageración.

Todo ese dinero...

Llega a una gran fortuna lo que nos ha dado usted.

Sería injusto pensar solo en nosotras y en la niña.

-¿Otra vez os vais a marchar?

A mí no me importa, yo estoy muy a gusto aquí.

Cuídemela. -Sí, no se preocupe, tío Pedro.

Vamos, Isabel. -¿Qué quería decirme?

Tenemos que emprender un largo viaje.

Vamos a estar fuera mucho tiempo,

años tal vez, en el extranjero.

-Puede estar seguro que Isabel tendrá todos sus cuidados.

Todas nosotros la queremos mucho

y sor María casi no puede pasarse sin ella...

Que el Señor y la Virgen le acompañen siempre, don Pedro,

y deseo de todo corazón volver a verle pronto.

-¡30 mil reales!

Todavía no sé cómo don Pedro

se atreve a viajar con tanto dinero por estos parajes.

En estos últimos tiempos Curro Jiménez lo ha asaltado todo.

En esta semana ha asaltado nueve diligencias,

tres correos reales, seis cortijos

y yo qué sé cuántas cosas más.

Parece como si estuviera en todas partes.

Antes era un bandolero comedido,

y hasta considerado, si es que esta cualidad cabe

en un hombre de su profesión...

Ahora, en cambio, parece como si una fiebre se hubiera

apoderado de él.

Ayer mismo, sin ir más lejos,

asaltó un correo real.

¿Adivina cuánto se llevó?

30 mil reales. ¿No me diga?

-Sí, hijo, sí.

Los caminos del Señor son inescrutables.

No, no debemos intentar comprender a la Divina Providencia.

¡Qué raro, viene sin escolta!

Mejor para nosotros.

Relinchos.

¡Alto!

-Creo que hoy saldrás con las manos vacías, Curro.

¿Qué sabrás tú?

Relinchos. ¡Abajo to...!

-No asuste a las niñas, por favor,

son huérfanas, las llevo al convento.

Y más adelante llevaré otras.

Cuando vea una diligencia sin escolta...

no la asalte por favor.

Un hombre muy piadoso, al que en el convento llamamos tío Pedro,

es el benefactor de estas niñas.

Gracias a él tendrán una educación

y un hogar,

como lo tiene su sobrinita,

que cada día está más guapa

y no se olvida de él.

Yo tampoco me olvidaré de él jamás.

Se ha ido de viaje, un viaje muy largo

según nos anunció su secretario.

Dijo que volvería...

pero temo que no lo volvamos a ver.

Todas rezaremos por él.

Bufido. (CARRASPEA)

-¿Está usted afónico,

hermano bandolero?

Campanadas.

  • El tío Pedro

Curro Jiménez - El tío Pedro

17 ago 2016

El Algarrobo descubre a una niña que en un campamento de zíngaros es obligada a hacer números acrobáticos. La lleva al campamento de Curro.

Histórico de emisiones:
13/08/2012
07/08/2013

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