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3703105
Curro Jiménez - En la sierra mando yo - ver ahora reproducir video 53.43 min
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Graznido.

Graznido.

Graznido.

No parecen campesinos.

¿Quiénes serán? De la ciudad; liberales, sin duda.

Cada día hay más redadas.

¡Es lamentable que haya vuelto el país al absolutismo!

¿Quién dices que ha vuelto? ¡Tu tía del pueblo!

Siempre estáis hablando de esas cosas raras.

¿Qué hacemos?

¿Tú qué crees?

Disparo.

Disparos.

Relinchos.

Gritos.

Desatadles.

-Eh, venid pa acá.

Soy Curro Jiménez. -Lloret,

diputado por Valencia en las Cortes de Cádiz.

-¡Era lo que nos faltaba,

que ahora los bandoleros se dediquen a proteger liberales!

¡Claro que, no es de extrañar,

al fin y al cabo todo son gentuza de la misma calaña!

¿Puede saberse, señor corregidor,

para qué sirven vuestras flamantes compañías de escopeteros?

¿Paraqué estamos pagando a precio de oro a unos inútiles

que no pueden acabar con un bandolero de mala muerte?

-Señor gobernador, ¿vuecencia no ignora

que ese bandolero lleva años actuando en otras provincias

sin que hayan podido capturarle? No es de extrañar que...

-¡No me importa lo que pase en otras provincias,

yo soy el gobernador de Córdoba! ¡Y aquí en Córdoba mando yo!

Que ese bandolero asalte a los caminantes,

siempre que estos no sean nobles, me afecta hasta cierto punto.

Pero que libere a un grupo de negros, de conspiradores

contra Su Majestad, el rey de España, ¡no lo he de tolerar!

¡Hasta ahí podríamos llegar, esto tiene que acabar!

Y para ello, he pedido a Madrid que se me envíe a un especialista.

-¿Un especialista, en qué?

-Está demostrado que ni migueletes

ni compañías de escopeteros sirven para nada.

Para terminar con Curro Jiménez,

necesitamos un verdadero policía, un experto;

uno tan sólo pero que, con astucia y conocimiento de su profesión,

logrará más que esa partida de palurdos que forman

las fuerzas del orden de esta provincia.

-Permítame, vuecencia, que dude. -¡No lo permito que dude,

la decisión está tomada!

La semana que viene llegará a Córdoba quien será capaz

de atrapar a Curro Jiménez

y de llevar con habilidad los interrogatorios

de esos perros liberales que aún tenemos en prisión.

¡Hay que terminar de una vez con el bandolerismo

y con la conjura liberal!

-¿Y vuecencia cree que Curro Jiménez dejará llegar

a ese especialista? (RÍE)

-Están tomadas todas las medidas.

La persona que espero es más astuta que ese hombre.

Aunque detenga a todas las diligencias que se acerquen,

nuestro hombre sabrá burlarle y llegará hasta aquí.

Quiero que, de una vez para siempre,

Curro Jiménez se entere de que en Córdoba mando yo.

(RÍE A CARCAJADAS)

De acuerdo, de acuerdo.

Él mandará en Córdoba, pero en la sierra mando yo.

-Lo sé. Pero aun así, debes tener cuidado, Curro.

El haber liberado a estos hombres puede desatar una reacción

de las autoridades de la corte. Ah...

Gracias por tu aviso, pero eso no me preocupa.

Oye, Gastón, lo que realmente nos preocupa es otra cosa.

Hace ya tiempo que tú nos ayudaste.

Entonces había franceses en España

y no era extraño que un español se uniera a otros para combatirlos.

Pero ahora, después de esa carrera tan brillante

¿qué te inclina hacia nosotros? (RÍE)

-Siempre fuiste desconfiado, Estudiante.

Y eso en tu oficio no está mal, no te lo reprocho.

Soy español, sí. Y liberal de corazón.

Se está preparando un levantamiento para acabar

con este absolutismo y esta reacción intransigente.

Contra los franceses, me uní a vosotros;

terminada la guerra, seguisteis con vuestras correrías,

cosa que a mí no me iba. Y ahora, por la razón que sea,

habéis liberado a estos patriotas. Y yo vuelvo con vosotros.

-Yo garantizo la fe liberal de don Gastón;

la única esperanza que teníamos en prisión

y que aún les queda a los que permanecen allí

proviene de él.

En teoría, a los bandoleros poco debería importarles la política.

Al menos eso creía yo cuando empecé.

Pero los años me han hecho ver muchas cosas

y el Estudiante me ha aclarado otras muchas.

El absolutismo es injusto,

oprime a los débiles, calla la voz del pueblo;

sólo favorece a los nobles y a los caciques, ¡no me gusta!

Si se trama algo para derribarlo, contad conmigo.

-Gracias.

Esta situación no se puede aguantar más tiempo.

¡La represión ha sido terrible! ¡Cientos de hombres ejecutados!

Calatrava, Argüelles, Muñoz Torrero, Martínez de la Rosa,

¡encarcelados! Los militares igual:

Porlier, Richard, Lacy...

Todos han pagado con la vida sus ideas liberales.

Ahora, aprovechando la acumulación de tropas que van a América,

se prepara la sublevación.

Contábamos con el general O'Donnell pero se ha acobardado

y ha entregado a prisión a Evaristo San Miguel y al coronel Quiroga.

¡Sabemos que Riego no fallará!

y que su 2” batallón de Asturias se alzará por la Constitución!

Pero necesitamos que, al tiempo, Quiroga levante la isla de León.

¡Y Quiroga está en Córdoba preso!

Quiroga estará en la isla de León cuando haga falta.

Ven, cuéntame más detalles de ese especialista que viene.

Esto me gusta. Asaltar diligencias y cortijos empezaba a aburrirme.

Pues a mí no me aburre.

No entiendo lo que decís ni lo que vamos a hacer.

-Luchar por una causa justa. ¿Que no está bien

aligerar a esos ricachos que van en diligencia

y que explotan a esa gente que trabaja las tierras?

No hace falta que lo entiendas. Vamos a liberar a Quiroga.

¿Así que llegará en diligencia en los tres próximos días?

-Sí, pero no será fácil detenerle.

Desconozco el sistema que van a seguir,

pero recuerdo las palabras del gobernador:

"Aunque detengan todas las diligencias que se acerquen,

nuestro hombre conseguirá burlarles

y llegará hasta aquí". Ya.

Silbido.

(EL COCHERO JALEA A LOS CABALLOS)

-¡So! ¡Alto, arriba las manos!

¡Tirad las armas! -¡Quietos!

¡Abajo todo el mundo! ¡Vamos, id saliendo!

Ya lo has oído, ¡quieto!

Deprisa.

-Por favor, no nos haga nada,

llévese lo que quiera pero no nos haga nada.

Graznido.

Adelante.

Perdone, señora, si en verdad lo es.

-¿Cómo que si lo soy? ¡Naturalmente, faltaría más!

¡Ay, eso no! ¡Guarro! ¿Por qué no le tocas a tu madre?

¡Que me suelte esta bestia y verás lo que es bueno!

Voy a probar a esta. No, no es necesario.

Ten en cuenta que... Déjala te digo.

-¡Sinvergüenzas...! ¡Está bien, todos al coche!

¡Ya han oído, suban! -¡Qué gentuza...!

Esta vez los informes de Gastón han fallado.

Quizá no vengan diligencias. -¿Podemos irnos ya?

(RECUERDA LAS PALABRAS DE GASTÓN)

-Aunque detengan todas las diligencias que se acerquen,

nuestro hombre conseguirá burlarles y llegará hasta aquí.

Baja.

Regístrale.

Es él.

Parece que el especialista no es tan listo como decían.

Desnudadle y a aquellos también.

Mira, Algarrobo, hoy tomamos Córdoba.

Quien diga algo de lo que ha pasado le corto el gaznate.

¡Bajen, bajen!

Señora, en el camino se los toqué,

pero si habla se los arranco a mordiscos. ¡Silencio!

-Descuide que no diré nada. Bien.

Ahora que si usted quiere hacerlo menos violentamente,

vivo en la Calle Mayor, 10.

(RIENDO) ¡Vaya conquista!

¿Por qué no vas tú, gracioso? ¿No te fastidia?

-Todo está en regla. Bienvenido, señor,

el gobernador le espera. Puede retirarse.

Ustedes vuelvan a sus cuarteles. Gracias por su escolta.

Informaré a su superior. Gracias, Curro...

Gracias, señor.

-Bien, bien, bien.

Esta vez Curro Jiménez ha sido burlado.

¿Ve usted, señor secretario, como un auténtico profesional

dará siempre cien vueltas a un vulgar bandolero?

-Claro, excelencia. No ha sido nada.

He pasado en mi vida por momentos más difíciles.

Cuando nos detuvo ese bandolero, estaba seguro que no sospecharía

y que seguiríamos con bien nuestro camino.

-Afortunadamente así ha sido. Veremos si es verdad es eso de que:

lo que bien empieza, bien acaba.

Yo le aseguro, excelencia, que antes de lo que usted piensa

tendrá delante a Curro Jiménez.

Así lo espero de vuestra eficiencia.

-Perdón, no sabía que estabas ocupado.

-Oh, pasa. Quiero presentarte

al hombre que nos envía el señor ministro

para acabar con toda la gentuza de la provincia.

El coronel del servicio secreto, don Luis Garcés.

Mi esposa, la marquesa de Campobañado.

-Señor.

Señora.

-Si no estáis demasiado cansado, coronel,

me encantaría presentaros a algunas amigas.

Esta tarde a las cinco doy un té. ¿Querríais hacerme el honor?

(RÍE) -No podrá usted negarse, coronel.

No tiene idea de lo insistente que se pone con sus tés

cuando quiere enseñar alguna novedad a sus amigas.

Dado que esta vez la novedad soy yo,

cómo no aceptar el ruego de tan gentil dama.

Aprovecharé para que me cuente

lo que sepa acerca de ese detenido liberal,

¿cómo, cómo se llama? -Quiroga.

Coronel Quiroga.

Quiroga. -No, amigo mío,

he soportado muchos de esos tés de señoras y petimetres.

Ya hace mucho tiempo que renuncié a ellos,

vaya. Vaya usted y diviértase.

En cuanto a ese liberal traidor,

se enterará mejor leyendo su expediente.

Interróguele cuanto antes, a ver si llegamos al ovillo

de toda esta conspiración.

Llegaremos, no lo dude.

Y ahora, si me permiten vuecencias,

iré a asearme un poco y a despojarme de estas vestiduras.

-A las cinco, no lo olvidéis.

Música de clave.

-¡Qué buena interpretación! -Es una maravilla.

-¿Qué te parece? -Es encantadora,

Margarita tiene unas manos increíbles, ¿verdad?

-Desde luego. -¿Quién será?

-El coronel don Luis Garcés.

-Es muy guapo, tiene buena planta.

-Coronel, temí que ya no vinieseis.

A tan gentil invitación hubiera sido horrible faltar.

Buenas tardes.

Buenas tardes.

-Señoras, el coronel Garcés,

el valiente que la corte nos envía para tranquilidad de la provincia.

-Ya era hora de que tuviésemos aquí a alguien contra cruel bandido.

Ah y que sea capaz de vencerle. Eso espero.

Pero, por favor, no se interrumpan con mi presencia, sigan charlando.

Murmullo.

-¿Por qué no tocas otra pieza? Ha sido muy bonito lo de antes.

-¡No sabe lo feliz que me hace su presencia!

¿Puedo saber por qué, señora?

-La novedad, ¡todo lo de aquí está tan visto, es tan provinciano...!

¿Añoráis la corte? -Terriblemente.

Jamás salí hasta que mi marido fue nombrado gobernador de Córdoba.

Hasta pronto, coronel.

-Quiroga ya sabe que estás aquí y agradece tu ayuda.

¿Cuándo vas a verle? Mañana estaré con él.

-¡A sus órdenes!

Carcelero, acompañe al coronel a la celda número tres.

Retírese hasta que le llamemos.

Coronel Quiroga,

soy Curro Jiménez.

(RÍE)

-¡Demencial país el nuestro!

Tras una vida dedicada al servicio honrado de las armas,

seis años de lucha contra el francés,

otros seis dedicado a la Constitución y bien del pueblo;

persecuciones, malos tratos, prisión...

¿Y todo lo que me ofrece España en ayuda es un bandolero?

Coronel. A usted, hombre de buena cuna y familia acomodada,

la injusticia del absolutismo le persigue

y le llaman traidor, negro y no sé cuántas cosas más;

pero siempre le queda el recurso de sentirse un patriota perseguido.

A nosotros, a los pobres,

cuando la injusticia y el abuso del poder se nos hace insoportable,

no nos queda otro remedio que echarnos al monte.

Y nos llaman bandoleros y asesinos.

¿Pero, en el fondo, dónde está la diferencia?

-Perdonad.

La tristeza y la desesperanza me han hecho portarme tan injusto

como cualquiera de nuestros enemigos.

Pero dejemos eso ahora.

Me ha dicho don Gastón que tenéis un plan para mi fuga.

Así es y espero que salga bien.

Según tengo entendido, sois imprescindible en Cádiz.

(RIENDO) -¡Se exagera!

Es verdad que será difícil levantar la Isla de León si no estoy allí.

Pero quizá Riego solo, en Las Cabezas de San Juan,

logre nuestro propósito.

¡Guardia!

Tranquilo, coronel, Riego no estará solo.

-Deseo, coronel, que en mi corta ausencia,

logréis avanzar en vuestro trabajo. Sin duda.

Espero que os llevéis una grata sorpresa a vuestro regreso.

-No pido tanto. Tan sólo estaré fuera un par de días. Lo suficiente

para cambiar impresiones con el gobernador de Cádiz

y sumar esfuerzos para reprimir la subversión.

¡Querida...!

Siento dejarte, pero el deber me llama.

Además, queda segura entre tan buenos protectores.

Esté seguro de ello, excelencia.

La señora gobernadora puede contar conmigo para lo que desee.

-Gracias, coronel.

¡En marcha!

(SUSPIRANDO) -¡Ay...! (GASTÓN TOSE)

-Si me lo permitís, me retiro. El trabajo me espera.

-El trabajo es sagrado, Gastón. Podéis retiraros.

Don Gastón.

Señora, el dolor por la ausencia de vuestro marido os embellece.

-¿Lo creéis así?

¡Por favor, coronel, moderaos, que pueden vernos!

¡Por favor, caballero, soy mujer y no estatua de piedra!

¡Aquí no!

Necesito verte.

Necesito hablar contigo a solas.

-Consiento, pero tan sólo para hablar, eh.

Esta noche a las diez en mi aposento.

¿Y la guardia y las criadas?

-Estando ausente el gobernador, la guardia no es mucha

y hay una puertecilla trasera sin vigilancia,

que esta noche alguien dejará abierta.

En cuanto a mis criadas, son de plena confianza.

Señora marquesa. -Coronel.

¡Vaya!

¿Cómo os va la vida en la ciudad? ¡Aburrida!

¿Y a ti con el gobernador?

No del todo mal, pero con la gobernadora muy bien.

¿Ah, sí? Y nosotros aquí de campo.

Si a eso te dedicas ahora, me busco ganado.

¡No seas animal! No me estoy divirtiendo.

Si intimo con la marquesa, es para conseguir nuestros fines.

Claro y de paso... Eso es aparte.

Cuando cae una breva, se coge. ¡Pues yo llevo 15 días sin olerlo!

Eh, tú, ¿dónde vas?

A buscar mis brevas. Anda, siéntate y déjate de bromas.

No, si no es una broma. Esta noche actuaremos.

A las diez iréis a palacio.

¿Y los guardias? Habrá que dormirles.

Este es el plan...

Ladrido.

Ladridos.

(LADRA)

(LADRA)

Vamos.

Buenas noches, señora gobernadora. -¿Quiénes son y qué hacen aquí?

¡Salgan inmediatamente! ¿Pero qué significa esto?

Soy Curro Jiménez, señora, y voy a llevármela conmigo.

Campanilla.

-¡Huy! ¿Qué querrá ahora?

-Es raro que llame cuando está acompañada.

-Quizá ya ha terminado y quiera bañarse.

-Pues podía haber esperado la muy...

-¿Qué quieren de mí? Si es dinero, puedo dárselo

Si me llevan para pedir un rescate, se lo daré ahora mismo.

No grite.

-Señora.

¡Oh...! ¡Chis! Vamos ni una sola palabra.

¡Pasad, arreglad a vuestra señora, venga, vestidla!

(SUSURRANDO) Apúntame.

¡Tú, quieto!

Nos llevaremos a la joven, no está nada mal.

Déjate ahora de pensar en eso, aléjate y hazte distraído.

(SILBA)

¡No os la llevaréis,

antes tendréis que pasar por encima de mi cadáver!

¡Oh! -¡No, no lo matéis!

(SUSURRANDO) Dame un puñetazo. Señora, vístase y calle.

¡Vamos! ¿Y si te hago daño?

Es una orden, vamos. Que te haré daño.

¡Vamos, que se van a dar cuenta!

Bueno, tú lo has querido.

-¡Luis!

Vamos, ya despertará él solito. Venga.

Y tú, vístete y acompaña a tu señora.

-¡Carmela, socorre al coronel! -Sí, señora.

Vamos, vamos, señora, vamos, por aquí.

-Don Luis, don Luis, ¡don Luis, por favor!

¡Ah, ah...! ¡Qué bruto!, ¿no?

-Ante todo quiero daros las gracias

por haber peleado por salvar a mi mujer.

Carmela me ha contado que os portasteis como un bravo

Gracias de nuevo.

Pero... ¿podríais explicarme cómo estabais en sus habitaciones?

¡Mi olfato policiaco me llevó a pasear ante palacio

y vi que los guardias dormían!

Naturalmente esto no me gustó; alarmado subí y escuché gritos,

entré como una tromba en las habitaciones de la marquesa

Bueno, lo demás ya lo sabéis. -Así debió ser, excelencia.

Esos terribles bandoleros nos tenían encañonadas a las tres

mientras Rocío vestía a la señora. De pronto apareció el coronel

Llaman a la puerta. y se lanzó contra el más fuerte.

-Adelante.

-Excelencia.

Han enviado un mensaje.

(NERVIOSO) -Retírese.

¡Esos cerdos piden al coronel Quiroga a cambio de mi mujer!

¿No?

¿Y qué pensáis hacer? -¿Y qué queréis que haga?

Como gobernador no podría acceder a tan vil exigencia;

¡como marido y como noble,

no puedo permitir que una marquesa, un título de España

caiga en manos de unos bandoleros! Accederé al canje.

Algarrobo.

-Vi cómo anoche te metías en una choza con ese grandote.

-Me obligó, señora. -Pues nadie lo diría.

Me pareció que ibas de buen grado. -Le aseguro que...

-No te excuses, mujer, ¿para qué?

Ya sabes lo que pienso respecto a eso del amor.

Al fin y al cabo, una es mujer

y frágil a las debilidades de la carne.

¿Qué tal? ¿Bien?

No me extraña. Tu novio es un alfeñique y un cursi.

Y ese bandolero tiene toda la pinta de un hombre.

-¡Ya lo creo! -Pues hazme un favor,

entretenle otro rato. Necesito hablar a solas

con ese Curro Jiménez.

Luego seguiremos hablando, ahora tengo mucho que hacer.

Debe ser muy urgente, ¿verdad? ¡Pues... no lo sabes tú bien!

(SUSPIRA)

¡El amor todo lo puede!, ¿no cree?

A veces.

-No crea que le guardo rencor por haberme raptado.

¿Ah, no?

-No. En la vida, cada uno debe cumplir su cometido.

Cuando Curro Jiménez lo ha hecho, por algo será.

No cabe duda. -Curro, ¿por qué me ha raptado?

Simplemente para canjearla por otro prisionero.

-¡Qué desilusión, yo esperaba algo más romántico!

Es una pena que todo brote de romanticismo

se limite a uno de sus hombres y a mi criada.

Señora, el trabajo es el trabajo y el placer es el placer.

Aunque no veo por qué una cosa debe excluir a la otra.

Claro, usted es una preciosidad.

Podríamos jugar a eso del romanticismo en cuanto quiera.

-No, ahora no.

Aquí no. Me sentiría como forzada al estar en contra de mi voluntad.

Usted también me gusta a mí, Curro.

Cuando sea libre, tal vez.

Si le enviase un papelito para una cita, ¿vendría?

Pruébelo y lo sabrá. -Lo haré.

Ella cree que mi lugarteniente es Curro Jiménez.

-Se está exponiendo usted demasiado por mi causa. Gracias.

No, coronel, no sólo es por su causa,

sino por la causa del pueblo.

Su marido ha sido prudente y ha accedido al canje.

Me alegro por usted, señora. -¿Cumplirá su palabra

y vendrá si le llamo? Me temo que sí.

Soy el coronel Garcés.

Y yo Curro Jiménez.

Aquí tienen al prisionero que pedían.

Y aquí a la señora gobernadora.

-Luis, ¡qué miedo he pasado por ti! Te pudieron matar esos criminales.

Era mi deber de soldado y mi rabia de enamorado.

-Gracias.

-¿Cómo lo ha encajado mi marido, sospecha algo?

No, no. Inventé una excusa para justificar mi presencia

y tu criada lo corroboró. -Siempre fue fiel.

Por devoción a mí y por temor.

Sabe que, si alguna vez, me delata, ¡la despellejo viva!

-¡Ah!

¡Una vez más le doy las gracias

por haber cumplido esta misión tan delicada!

No hay de qué, excelencia, era mi deber.

-Pero lo cierto es que, en cuanto a capturar a Curro Jiménez,

no habéis adelantado nada.

Mi mente no deja de trabajar, simple rutina profesional.

Ya conozco su cara y supongo dónde se esconden esos bandoleros.

Mañana mismo saldré solo para investigar por la zona.

-Tened cuidado, son gente peligrosa.

Sí, excelencia, sí.

-Por el éxito del levantamiento. -Por la Constitución.

Por el pueblo.

Suerte, coronel. -Gracias, Curro.

Nunca olvidaré que el éxito se lo deberé a usted.

Olvídelo. Fue usted quien me dijo en la prisión que si colaboramos,

podríamos salvar a este país. -Gracias.

Adiós, coronel. -Adiós, Curro.

-Adiós. -¡En marcha, compañeros!

Adiós.

Relincho. -¡A Cádiz!

-¡A Cádiz!

(JINETES) ¡Viva la revolución! Buena suerte.

¡Adiós! ¡Buena suerte, amigos!

Relinchos.

Yo también me voy. No conviene

que esté demasiado tiempo fuera de Córdoba.

Gitano, mi caballo.

Pero ahora que está libre Quiroga, qué vas a hacer.

¡Está claro! ¿No lo viste la otra noche bajo las sábanas?

No, no es eso. Bien está que ayudemos a los liberales

contra los absolutistas.

Pero también tenemos que sacar provecho, ¿no?

Oye, pues es cierto, no hay que olvidar nuestra profesión.

A mí me gusta más nuestro trabajo que... que no tanta política.

Adiós, Curro.

Hasta dentro de un par de días.

Graznidos.

-No deberías permitir que hombres de la talla del coronel Garcés

se expongan solos a enfrentarse con bandidos de esa calaña.

-Fue él quien insistió en no llevar compañía.

-Pero tú eres el gobernador, debiste imponerte.

Además que...

-¿Además qué?

-Para capturar a ese bandido, me basto y me sobro yo.

-¿Qué? -Sí,

cuando estuve en su poder, leí en sus ojos una lascivia feroz.

-¿No me irás a decir que...?

-¿Quién crees que soy? ¡No me tocó ni un pelo de la ropa!

¡Antes muerta! Sabes de sobra que mi honestidad

está muy por encima de mi propia vida.

-Lo sé, querida, lo sé.

-Lo que quiero decirte es que estoy segura

que si le hago llegar un mensaje citándole

para una entrevista amorosa seguro que vendrá,

y entonces...

-La idea, en principio, no está mal

pero...

Es peligrosa. -¿Peligrosa?

(ASIENTE)

Un retraso de minutos por nuestra parte y...

Sí, le capturaríamos.

Pero...

¿Qué pasaría en esos minutos?

-Nada.

Ya me cuidaría yo de eso.

-Él es más fuerte, ¿no?

Podría forzarte.

-Hay una solución...

¡No llegar tarde, caramba! -Ah...

-¿Quieres o no quieres capturar a ese bandolero?

¿Te das cuenta que si le capturas

te apuntarás otro tanto

en tu camino hacia el ministerio?

-Tengo la solución.

Sin decírselo a Curro creo que no deberías ir.

Tiene razón, debería saberlo el jefe.

No hay tiempo, me espera en cuatro horas.

Mañana estaré de vuelta.

Puede ser peligroso.

Quizá sea una trampa.

No, no lo creo... Además, que por una señora así

bien vale la pena exponerse un poco, ¿no?

So...

Hasta pronto.

-¡Coronel!

Señores...

(RÍE)

Curro Jiménez ha caído.

¿Qué dice usted?

-Lo que oís, coronel Garcés.

Ayer, estando vos ausente,

recibí una confidencia.

Acudí a cierto lugar con una compañía

de escopeteros y...

Cuando queráis podéis interrogar a ese bandido

que se encuentra ya en prisión. (RÍE)

Comprended, querido amigo, que no se trata

de un fracaso vuestro sino de un éxito mío.

No, claro... -Nadie duda de que, con el tiempo,

hubierais terminado por cazarle pero...

Yo me he adelantado.

Enhorabuena, excelencia. Enhorabuena.

¿Pero estáis seguros de que se trata de Curro Jiménez?

-Absolutamente.

Le ha identificado una persona que le conoce bien.

Oh... Con su permiso quisiera hablar

con ese bandolero, hay ciertas cosas

que yo podría sacarle... -¡Id...!

(RÍE) ¡Id cuando queráis...!

¡Presentadle mi respeto!

(RÍEN A CARCAJADAS)

Eres un perfecto imbécil.

Cuando sólo teníamos que agarrar unos escudo y largarnos

llegas tú, y por un asunto de faldas lo estropeas todo.

¿No será que estás celoso? ¿Quién, yo de ti?

(RÍE A CARCAJADAS)

¿Y por qué estás enfadado? Primero, porque no va a ser

nada fácil sacarte de aquí y segundo, por tener un amigo

que se deja engañar por la primera que llega.

Esa primera que llegó estaba fenomenal.

No cabe duda, pero ese tipo de mujeres van

a lo suyo caiga quien caiga.

Golpes.

Qué gracioso, ya está preparando su juguetito.

Pues tendrá que jugar solo.

Me voy.

Tengo que arreglar tu salida de aquí.

¡Guardia!

Todo ha salido bien pero podría no haber sido así,

además, hasta que llegaron los soldados,

¿qué pasó entre vosotros? -¿Otra vez?

Vas a resultar más celoso que mi marido.

Ya te he dicho que no pasó nada. ¿Estás segura?

Ese bandido ha insinuado que fuiste suya, y con gusto.

-¡Qué mas hubiese querido...! Te juro que no pasó nada.

Te creo pero, para tranquilizar mi honor, quiero que me acompañes

ante ese Curro Jiménez y delante de su misma cara

le digas que es un maldito embustero.

¿Lo harás?

-Claro que lo haré,

cuando quieras.

-¡Atención, el coronel!

-Abra la puerta.

Retírese.

Bienvenida, gentil amante.

-Quiero que le digas a este caballero delante de mí

lo que le has insinuado a mis espaldas.

Díselo.

Yo...

No sé, era...

-Excelencia, me envía el coronel Garcés.

Ha habido un error.

El bandolero detenido es sólo un lugarteniente

de Curro Jiménez, al verdadero lo trae hacia aquí el coronel.

(GIME)

No estás del todo mal pero me gusta más ella.

Toma, y a mí... A mí también.

Dentro de un par de horas vendrá el carcelero con la comida.

(GIME)

Hasta cuando quieras, marquesa.

Ya sabes el camino.

Salga.

Manténgalo incomunicado.

Señora...

Cuidado, señora.

¡Camina con un poco más de garbo, imbécil!

Aquí está esperando el Algarrobo, él te dará un caballo y armas.

Nos veremos dentro de dos horas.

A sus pies, señora.

¡Ahora dentro!

Vaya cliente...

Voy a por ella.

-Sí... -Sí, sí, sí...

Hola... Hola...

¿Me invitas a una copa? (RÍE)

¡Maldita sea!

¿Pero eres tú?

(RÍE) ¿Y quién te creías que era, la emperatriz de Austria?

Curro me dijo que vendrías pero no dijo cómo, y entonces...

Claro, claro... Pues mira, si quieres plan tendrás

que conformarte conmigo. ¡Ah, qué gracioso!

(RÍEN A CARCAJADAS)

-¿Y por qué está usted tan seguro

de que el prisionero no es Curro Jiménez?

En primer lugar porque le conozco,

es un de sus lugartenientes llamado el Estudiante.

En segundo lugar porque Curro Jiménez soy yo.

-Don Gastón... -Ni una palabra.

Llaman a la puerta.

-¿Da su permiso, excelencia?

Conteste.

(NERVIOSO) -A... ¡Adelante!

-Excelencia, ha llegado una carta urgente de Madrid.

-¡Ay!

Léelo.

-Excelentísimo señor gobernador, el segundo batallón de Asturias,

al mando del teniente coronel Riego,

se ha sublevado en Las Cabezas de San Juan.

La guarnición de la Isla de León, con el coronel Quiroga,

secundan a los facciosos.

Se le ordena, con todas la fuerzas a su mando,

acuda rápidamente a sofocar la sublevación.

El ministro.

Átales.

-Traidor...

¿Qué hará usted ahora?

-De momento unirme a Riego,

luego ya veré.

(GIME)

Que conste que esto no es un robo. Había prometido diez mil reales

a quien le trajese ante su presencia a Curro Jiménez.

Pues aquí me tiene.

Los diez mil reales son míos.

Vámonos.

¡Algarrobo!

¡Eh...!

Adiós, Gastón, y gracias por todo.

-Siempre os recordaré. Deja los cumplidos y corre,

ponte en contra al gobernador y... O la gobernadora.

O la gobernadora. ¡Adiós! ¡Vámonos!

(BALBUCEA)

(BALBUCEAN)

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Curro Jiménez - En la sierra mando yo

24 ago 2016

Curro y sus hombres actúan directamente en esta ocasión en Córdoba capital. Allí realizan sus atracos, se ven mezclados en la liberación de unos presos y llevan a cabo conquistas amorosas.

Histórico de emisiones:
28/08/2012
21/08/2013

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