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Curro Jiménez - Los rehenes - ver ahora reproducir video 52.37 min
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(RELINCHA)

(RELINCHA)

-¿Es usted pariente de la condesa? -No.

-¿Su dama de compañía, acaso? -La condesa se ha retirado

en nuestro convento. Está un poco débil

y no debe salir sola. La madre superiora

me ha ordenado acompañarla.

(RELINCHA)

-Bien sabe usted que nada pudimos hacer para suspender la subasta.

La ley es la ley, y una vez puesta en marcha...

-Yo sólo sé que el cortijo ya no es mío

y que tampoco me queda dinero. -Sí, es verdad,

apenas ha bastado para pagar la hipoteca

y los gastos judiciales. -Hipotecas, pleitos...

Nunca he sabido nada de esas cosas.

A veces oía esas palabras en boca de mi padre,

pero ya, desde que no le tengo a él a mi lado...

-Usted prometió ayudarme, don Anselmo.

-Creo que lo hice. Usted necesitaba dinero

y yo se lo presté libremente. -Y se lo ha cobrado.

-Qué remedio. -Doblemente.

He oído en el convento que se ha quedado con el cortijo.

-Bien podrían ocuparse esas monjas de otros asuntos,

pero sí es verdad, yo lo compré. -Por lo que ha pagado

debe haber estado solo en la subasta.

-Reprocha usted al alguacil si no se la anunció debidamente.

Lo lamento por usted, señora condesa.

-Eso no me devuelve el cortijo de mi padre,

la casa en que pasé mi infancia. -No exagere usted la pérdida.

Ni siquiera vivía en ella. -No podía mantenerla.

Tuve que despedir uno por uno a todos los sirvientes.

Hasta a los más antiguos.

¿Por qué cree que me he refugiado en un convento?

-Se dijo que eran razones más piadosas.

Comprendo,

es lo que tuvo que decir a sus amigos, a sus iguales,

pero a un hombre como yo, ¿por qué va a mentirle?

¿Necesita usted más dinero? (LLORA)

-No me interesan las joyas.

-Pero tengo amigas. -Eso era antes,

ya no me ocupo de joyas. -Pero...

-Además, ¿qué pretende usted por esas baratijas?

-¿Baratijas? -Sí, ya sé, todas dicen lo mismo.

Las joyas de sus antepasados. Baratijas.

En cambio, si quisiera usted hipotecar su casa de Córdoba...

-No, nunca. ¿Para que ella también vaya a subasta?

Nunca. Allí nació mi padre.

-La tiene vacía, abandonada.

¿Por qué se aferra usted a esa ruina?

-No tengo otra cosa a que aferrarme.

Nada.

Prefiero quedarme sin una sola de estas alhajas.

(SOLLOZA)

Ni siquiera las ha mirado usted. -No me gusta perder el tiempo

ni hacérselo perder a usted. (LLORA)

-Guárdeselas.

-Ah...

-¡Acuña!

La condesa ha tenido un vahído.

(SOLLOZA)

-Fiorella,

¿qué ha ocurrido?

Quítate esas tocas. Quítatelas.

No quiero estar ni un minuto más en el convento.

Las monjas me quieren quitar el poco dinero que tengo.

¿Dónde estoy? -En mi casa, condesa.

Cálmese usted. -Vamos, hermana Clara.

Ya me encuentro mejor.

No me deje sola, hermana Clara.

-Un momento.

La condesa ha olvidado estas cosas, hermana...

¿Cómo se llama usted? -Clara.

Me pareció que la condesa decía otro nombre,

Fiorella. -La condesa suele desvariar.

No tiene la cabeza muy fuerte.

-Están ahí fuera los hermanos Pacheco con malas noticias.

-¿Qué diablos quieren?

-El resplandor del fuego llegas hasta el pueblo.

-Las casas, las cuadras, todo está ardiendo.

-Dios mío, todo destruido.

Todo. -Cálmese, ya no era suyo.

Ladridos. -Era el cortijo de mi padre.

Ni tú me comprendes. -La suerte se ha ensañado conmigo,

no con usted, condesa. Tiene razón la hermana Clara.

¡Jiá! ¡Ja! -Vamos, madre,

se hace tarde para entrar en el convento.

(RELINCHAN)

-No pararé hasta saber quién diablos ha sido.

¡He sido yo!

Mira si te has sido fácil saberlo.

-¿Quién es usted? Curro Jiménez.

Cuando tiro una piedra no oculto la mano.

Pero no la he tirado por mí,

sino por todos los infelices a los que has desangrado,

Anselmo García. Y no me refiero a los nobles

arruinados ni a los comerciantes en bancarrota,

que me tienen sin cuidado, sino a la gente

a las que has prestado dinero y te has quedado con sus tierras

y sus cosechas. -¿Qué sabe de mí?

Más de lo que te imaginas. Desde que eras espía

de los franceses, les procurabas mujeres

y matabas por el dinero que te pagaban.

Así amasaste una fortuna que te dedicas a prestar con usura.

(RELINCHAN) ¿O no es verdad?

Algarrobo...

-Ah... Eh, eh...

-Ah...

Ah...

-Ah, ah... (RELINCHA)

-Ah, ah...

Ah, ah...

Esta vez has cometido un error, has abusado de alguien

a quien yo mucho quería. Lo has llevado a la miseria

y a la desesperación y se ha quitado la vida.

-No sé de qué está hablando. No me extraña.

Esas cosas deben ocurrir muy a menuda con la gente

que cae en tus manos. -¿Desde cuándo Curro Jiménez

anda por el mundo repartiendo justicia?

Robo y mato como tú, pero no me ensaño

con los desgraciaos. Escucha, este fuego

no es más que el principio, si no dejas tranquila a la gente

de esta comarca asolaré tus tierras y tu hacienda

y diré a todo el mundo quién es el honorable

Anselmo García, descendiente de franceses,

soplón y asesino a sueldo.

Por el momento disfruta del incendio.

El fuego siempre es bonito.

Vámonos.

-¿Cómo lo has sabido?

Las noticias vuelan por la sierra,

aunque tú no hayas querido avisarme.

-¿Para qué? Ya era tarde.

Tu padre era mi amigo y mi compadre.

Me hubiera gustado estar presente.

-El cura se negó a sepultarle en tierra santa.

Es lo corriente con los que terminan así.

-La soga que ahorcó a mi padre la hizo correr Anselmo García.

Ya lo está pagando.

Sí, lo sé, es tarde.

Pero ¿por qué no recurrió tu padre a mí?

-Tenía demasiado orgullo.

La última noche estaba como loco.

Yo me fui a la cama para no verle así.

Cuando me levanté por la mañana

estaba colgado de aquel árbol.

Pablillo...

(LLORA)

¿Te vas? -Sí.

¿Adónde? -No sé.

¿Tampoco tú pensabas recurrir a mí?

¿Tienes orden de desahucio? -El plazo vence

dentro de ocho días, pero yo quiero irme cuanto antes.

¿A mendigar por los caminos?

-Algún trabajo encontraré, soy más fuerte de lo que parezco.

Tú no te vas. -Eh...

Que no te vas.

Y que no se le ocurra a Anselmo García

poner las manos sobre ti.

-Mi fiel Acuña nos dirá lo que pueden valer.

Quiero probarle mi buena voluntad, condesa.

-Nunca la puse en duda.

-Excúseme un momento mientras se hace la tasación.

¿Cuántos años lleva usted en el convento, hermana Clara?

-Cuatro. -¿Y todavía no ha profesado?

En aquel tiempo los franceses andaban por aquí

e hicieron muchas salvajadas en los conventos.

-El nuestro lo respetaron.

-¿Por qué el otro día la condesa le llamó Fiorella?

-Ya le he dicho que a veces desvaría.

-¿Será que la confundió con alguien?

-Será. -Hum...

-¿Y bien? -Los brillantes son muy amarillos,

el rubí tiene una falla. Del broche se puede pagar

su peso en oro. -¿Cuánto vale todo eso?

-Diga usted, Acuña, usted es el perito.

-Como mucho... seis mil reales.

-Yo le daría hasta siete por nuestra viaja amistad.

-Pero con eso yo no puedo... -Acuña, por favor,

déjenos solos.

-Lo he perdido todo. -¿Cómo puede decir semejante cosa?

Tiene usted el bien más precioso. -¿Mi dignidad?

¿Mi título? -Una hija joven y guapísima.

Y, además, debe adorarla, porque no la deja

a sol ni a sombra. -Cállese.

Eso es mentira. -Una mentira con unos ojos

muy bellos que está en la antesala. -Esa es la hermana Clara.

-Ya lo sé, pero también es Fiorella di Alloro,

hija de un conde italiano y de una dama andaluza

de la ilustre familia de los Montañés.

-Cállese. -No voy a gritarlo

a los cuatro vientos Fiorella di Alloro,

se habló mucho de ella hace cuatro años.

Se dijo que había muerto. No puede enterrar viva a su hija

entre los cuatro muros de un convento

porque a un capitán francés se le ocurriera

prendarse de ella. Después de conocerla,

no puedo por menos de comprenderle.

-Aquel canalla...

-Los invasores suelen tomarse ciertas atribuciones.

El poder es una tentación.

Y cuando se puede ejercer sobre un ángel como ese...

-No me haga revivir aquella vergüenza.

-¿Qué culpa tuvo la muchacha?

La gente de su clase suele tener el alma más dura

que muchos usureros. La joven nunca hubiera encontrado

marido después de ser la amante de un francés.

En cambio, yo, por ejemplo, estaría dispuesto a olvidarme

de esa historia para siempre.

-¿Usted?

-Acuña...

He estado examinando estas joyas. ¿Qué le pasa a usted hoy?

¿Está ciego?

No hay falla alguna en este rubí y la gargantilla sola

vale veinte mil reales. -Perdone, quizás no...

-Dejemos las disculpas para otro momento.

Debe entregar treinta mil reales a la condesa

a cuenta de la futura tasación.

Acuña, ordene el coche para la señora condesa

y la hermana Clara. -Pero...

-¿No van ustedes a ir andando hasta el convento?

Perdón, sé que no se besa la mano a las religiosas.

¡Arranca! -¡Jiá!

-¿Qué estás urdiendo, Anselmo? -El plan más ambicioso

de mi vida. Y no vuelvas a llamarme Anselmo.

Los criados pueden oírte. -Está bien, son Anselmo.

Pero si tus planes son los que imagino,

mejor harías en cuidarte que no se supieran las cosas

que ha amenazado contar Curro Jiménez.

-Hay que buscar la forma de hacerle callar.

Averigua quién era ese amigo suyo que se suicidó.

No será difícil, algún familiar tendrá.

Una mujer, un hijo...

-Ah, ah...

¡Ay!

Uh...

Ah... ¡Ah!

Ah, ah...

Ah...

¡Ah!

Vuelve a leer el final.

(LEE) Están decididos a matarme si tú vuelves a aparecer

por las inmediaciones del pueblo o a atacar a los enemigos

que aquí tienes de palabra de hecho.

Dicen que tú comprenderás. Por Dios, padrino,

piensa en mi vida. Pablillo.

Tienen que haberle torturado para obligarle a escribir eso.

No lo ha escrito él, ni siquiera sabe firmar.

¿Y cómo sabemos que no es todo un engaño?

Por esta medalla. Se la regalé yo el día de su bautizo.

(RELINCHA)

Déjame.

-Tú mismo deberías saber, Curro Jiménez,

que las autoridades tenemos muy poca fuerza

en Andalucía. Autoridades de nombre...

Mientras no tengamos armas y hombres bien preparados...

Tú mismo eres la prueba viviente de nuestra impotencia

hasta el punto de que te atreves a presentarte en mi casa.

Se niega usted a proceder. -No te ofendas,

pero la palabra de un forajido...

Acusas a Anselmo García. ¿Qué pruebas tienes? Ninguna.

Suposiciones. Pablo Meneses ha desaparecido.

-Los vecinos dicen que pensaba marcharse desde que su padre

tuvo el fin que tuvo. Por culpa de García.

-García embargó a Meneses de acuerdo con las autoridades.

¿También las autoridades autorizan a secuestrar al hijo?

-No, pero pruebas, tráeme pruebas.

Yo empeño mi palabra en que castigaré al secuestrador

sea quién sea en la medida de mis fuerzas.

Le advierto, señor alguacil, no será la primera vez

que me tome la justicia por mis manos.

-Madre, madre, ¿por qué teme hablar con claridad?

-¿Temerte a ti? Qué ocurrencia. Pero es que estoy confundida.

-La vida no le ha enseñado a usted nada.

-Ese hombre quiere que yo sea su mujer.

-¿Tú la mujer de un prestamista? ¿De un bastardo?

-No se escandalice tanto. Ya fui la mujer

de un capitán francés. -¡Calla! ¡Cállate!

-Los muros del convento son espesos.

Aquella vez fue a la fuerza. Ese tal Anselmo García

va a ofrecerme su nombre, estoy segura.

-Tú eres un Alloro, una Montañés. -Una pobre mujer

que ha tenido que refugiar su vergüenza aquí dentro.

Algo tenemos que agradecer al tal García.

Es una generosidad de su parte que quiera pedir mi mano.

¿Acaso lo hizo alguno de los pretendientes que tenía

antes de Gérard apareciera en Córdoba?

-No le llames Gérard, no lo puedo soportar.

-Viví con él seis meses. -¡Forzada!

-Pero viví. Forzada, sí. Y todos decían saberlo

y compadecerme; pero cuando los franceses

se marcharon, me volvieron la espalda.

Los pretendientes se habían hecho humo

y yo me había convertido en una leprosa.

-Dices cosas tan terribles... -La verdad, nada más.

Lo que usted no quiere ver. Somos dos pobres mujeres.

-Yo soy la condesa de Alloro. -Una mendiga.

Dios mío, si hubiera un espejo en este maldito convento

y usted pudiera verse tan como está...

Harapos, remiendos, estas manos desnudas de anillos...

Y ese olor que le sale del cuerpo y de la ropa.

-¿Te has vuelto loca? -Lo conozco muy bien,

es el olor de los pobres a quienes sirvo la comida

en la cocina del convento. Olor a miseria.

-Dios mío, qué dura eres.

-Si no lo fuera me habría muerto.

Dígale a Anselmo García que estoy dispuesta a ser su mujer.

Usted conservará su casa de Córdoba y sus joyas.

Vivirá decentemente. -¿Y tú?

-Imagínese, madre, otra vez los salones alfombrados,

las copas de cristal, los abanicos de encaje...

-¿Qué será de ti? -¿Yo?

Aprenderé a decir Anselmo en vez de Gérard.

-¿Estás seguro de que esta levita irá bien?

-Es la última moda. -¿Y los botones?

-Ajá. -¿No pueden ser un poco más ricos?

-Si usted lo quiere... Nunca ha prestado usted

tanta atención al vestir.

Siempre me ha parecido que mis desvelos

le preocupaban muy poco. -Esta vez es distinto,

tengo que hacer un viaje. -¿La corte, quizás?

-No te distraigas y piensa en una sola cosa:

tienes que convertirme en un caballero.

-Don Anselmo, por Dios. -Tienes una visita.

-¿Quién es? -El señor Alguacil.

-Que espere. Vete, seguiremos luego.

-Bien.

-Tengo algo urgente que hablar contigo.

-¿Qué ocurre? -Tú me lo contarás.

¿Qué has hecho con Pablo Meneses? -¿Cómo lo has sabido?

-El propio Curro Jiménez ha estado a visitarme.

-¿Eso quiere decir que me acusas del secuestro?

-Ja, un bandolero reclamando justicia...

Puede que se presente ante el propio corregidor

de Sevilla, y eso sería mi ruina.

-De otras ruinas te he salvado yo. Si lo que pretendes es que suelte

al muchacho, quítate la idea de la cabeza.

-Estas cosas terminan por saberse.

¿En qué posición me dejas? -Un poco desairada, no lo niego;

pero hay que hacer sacrificios por los amigos,

como los he hecho yo por ti reponiendo el dinero

del ayuntamiento que pierdes en el juego en cada uno

de tus viajes a Sevilla. Porque tú nunca ganas.

-Esta vez tampoco.

-Escucha, te voy a dar una buena noticia: me caso.

-¿Con quién te casas? -Y me marcho muy lejos.

A Madrid, o quizá a Francia, donde tengo buenos amigos

y algunos familiares. Cuando me vaya quedará libre

el muchacho, Curro conforme y tú aliviado porque no tendrás

que hacerme ningún favor. Claro, que no sé quién

te va a pagar las deudas de juego. -Estás de muy buen talante.

-Hum...

-Desde que vino la condesa esta mañana

pareces haberte olvidado de los peligros que corres.

-¿Cuáles? -Curro Jiménez dispuesto a todo.

-Al contrario, no me he olvidado. Nunca he pensado más

en Curro Jiménez que en estas últimas horas.

Vestido de negro cualquiera te confundiría a lo lejos con...

Pablo Meneses. -Hum...

(RELINCHA)

-¡Jiá, jiá!

¡Ah! (RELINCHA)

Hop, hop...

-Ah, ah...

Ah...

So...

Quieto, vamos. So...

Abajo, venga.

¡Tú, abajo! (RÍE)

Vamos.

(RÍEN)

¡Venga! (RÍE)

Habla.

-Yo mismo rapté a Pablo Meneses, Anselmo García escribió la carta.

¿Acabo con él? No, déjalo.

No se ha dejado coger para que lo matemos.

¿Qué quieres? -Trescientas onzas de oro

y protección hasta la frontera de Portugal.

Relincho. ¿A cambio de qué?

-De devolverte vivo al muchacho.

¿Por qué lo haces? -Por dinero.

Es más de lo que Anselmo García me pagaría por servirle

toda la vida.

Cien onzas de anticipo, el resto cuando tenga al muchacho

conmigo.

¿Dónde está Pablo?

-En las ruinas de los Jerónimos, cerca de Niebla.

Vámonos. Vamos contigo.

-No es prudente.

Si vamos tú y yo solos será más fácil.

Tú me esperas y yo saco al muchacho.

De acuerdo. Gitano, dale un caballo fresco.

-Y una pistola. La pistola te la compras

en Portugal. -Ja...

¿Quién te dice que esto no es una emboscada?

Sé cuando un canalla como este traiciona a su amo por dinero.

-Por aquí.

¡Jiá, jiá! ¡Arre!

Caballo...

-Espera.

Pasados aquellos olivos.

Vamos. ¡Jiá, jiá!

(JADEA)

Ah... (RELINCHA)

Disparo. -¡Ah!

Disparo.

-Ah, ah...

Relincho.

-Ah...

Nos ha dado las señas del escondite, pero tienen orden

de matar al muchacho al primer movimiento sospechoso.

¿Estaría tu amo dispuesto a canjearte por Pablo Meneses?

-No lo creo. Valgo poco para Anselmo.

Y menos ahora, que quiere olvidar su pasado

y marcharse. ¿Qué hacemos contigo?

-Espera, si me respetas la vida puedo decirte a cambio

de quién Anselmo García te entregará a Pablo Meneses.

-Ah, ah...

Ah... No vengo a hacerle daño.

-¿Quién es usted? Eso no importa.

Lo que quiero saber es si está decidida

a casar a su hija con ese canalla de Anselmo García.

-Don Anselmo merece toda mi estimación.

¡Suélteme! Entonces es cierto,

vende usted a su hija. -¿Cómo se atreve?

Porque conociendo a ese hombre me imagino de los medios

que se habrá valido para conseguirlo.

¿Qué fuerza tiene sobre usted? ¿El miedo?

-¿Quién es usted que aparece como un fantasma

y me acusa de esta manera?

Se abre una puerta.

Alguien que está dispuesta a ayudarla.

-Madre, he tomado una decisión. Diga a don Anselmo

que permaneceré en el convento hasta la fecha

que se fije para la boda. -Él... él sólo quiere tratarte

un poco más. -No cambiaré de idea.

No quiero andar por el pueblo, no quiero ver a nadie.

-Serían unos días de libertad. -Perdone, madre,

no estoy acostumbrada a la libertad.

Prefiero ir de cárcel a cárcel, como la otra vez.

¿De qué cárceles habla? -No lo sé.

No entiendo a mi hija.

Es una razón para sacrificarla.

-El señor notario ha extendido el acta en la que se da por nula

y sin efecto la subasta del cortijo,

y yo... cancelo en este instante los documentos del préstamo.

En cuanto a las costas judiciales...

-Por favor, no entiendo de esas cosas.

Me basta con saber que las tierras de mi padre

han vuelto a ser mías? Todo lo demás

no son más que... papeles, palabras...

Y ya sabe usted que las palabras...

-Se las lleva el viento.

Espero que no las suyas ni las de Fiorella,

señora condesa.

-Empiece a llamarme...

madre.

Campana.

-Lamento que la condesa haya tenido esas crisis,

pero es un consuelo que por lo menos haya podido

escribir esta carta con pulso bastante seguro.

Haré avisar a la hermana Clara. ¿Ve algún inconveniente,

madre superiora, en que la joven pueda venir

con nosotros, como es el deseo expreso de la señora condesa?

-Ninguno, la muchacha querrá estar junto al lecho de su madre

cuanto antes. En cuanto a vuestra compañía,

es una inmejorable custodia. Con la ayuda de Dios

suavizaremos en todo lo posible su retorno al mundo.

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Curro Jiménez - Los rehenes

04 ago 2016

El usurero Anselmo García ha echado de su cortijo a la Condesa di Alloro, y se niega a darle dinero por sus joyas, por lo que la Condesa le ofrece a su hija para que se case con ella.

Histórico de emisiones:
13/07/2012
12/07/2013
06/09/2013

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