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No recomendado para menores de 7 años Curro Jiménez - La promesa - ver ahora
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Tambor. -¡Fuera!

Jaleo.

Disparos.

Relinchos.

Disparos.

Disparos y relinchos.

Disparos y relinchos.

Gritos y disparos.

¡Al caballo!

Disparos.

Relinchos y disparos.

Griterío.

Disparos.

Relincho.

¡Vámonos!

Griterío.

¡Usted!

-No te asustes.

No me he convertido en un bandido en estos últimos años.

Pasa.

Es la primera vez en mi vida que me cubro el rostro.

No, no es cierto.

-¿Ah? ¿Recuerda aquella visita

que le hicimos al ministro de Pepe Botella?

-¡Ah! Estuvieron a punto de darnos caza por culpa

de aquella doncella gritona.

Pero nos llevamos el informe secreto.

-¡En las pantuflas del ministro! (RÍEN)

-¿Un jerez? Sí.

-Buenos tiempos aquellos.

Y dime, ¿quién pensaste que era?

No las tenía todas conmigo,

no estaba seguro de haber sido salvado o secuestrado.

-¿Quién querría secuestrar a un bandolero?

Siempre puede haber alguien que quiera algo de nosotros.

A los bandoleros se nos persigue por dos razones:

para exterminarnos... o para utilizarnos.

-Sí, como lo fuiste en la guerra, quieres decir.

Todo este tiempo estuve preocupado por la amargura que sentirías...

Pensar que luchaste con aquel coraje,

con aquella astucia.

Me halaga usted demasiado.

Pero luché, usted lo sabe,

y todavía el último soldado francés no había abandonado Andalucía

cuando volví a ser un forajido con la cabeza puesta precio.

Todo lo que hice por mi tierra se olvidó

y yo también tuve que olvidarme.

-Siéntate, Curro.

Te usamos y volvimos a arrojarte fuera de la sociedad

cuando dejaste de servirnos.

Pero no todos tenemos tan mala memoria.

Usted, por ejemplo. -No seas tan receloso,

no quiero nada de ti,

solo supe que iban a ahorcarte una semana antes

de la fecha prevista para evitar que tus hombres

intervinieran y, entonces, sentí la necesidad de salvarte.

Usted sabe que vivo del pillaje,

que mis manos no están limpias de sangre.

-También sé que eres mejor

que muchos de los que en este momento

estarían escupiendo sobre tu cadáver.

Tengo muchos más años que tú

y conozco bien a los hombres...

Demasiado.

Podría contarte cosas muy tristes, gentes que lo tuvieron todo

para ser honradas y por codicia o cobardía

se vendieron a los franceses...

mientras tú luchabas contra ellos.

Preferiría tener menos memoria.

Y hablando de memoria, ¿recuerdas esto?

La escarapela de los franceses.

-Exacto. La escarapela francesa

que tú prendiste sobre mi pecho cuando estaba herido

y aquel maldito capitán nos iba rematando uno a uno.

Lo hiciste con riesgo de tu vida

puesto que habías conseguido escapar.

Nunca se fue del todo la mancha de sangre...

Es eterna...

como mi gratitud.

Bellísimo lugar, ¿verdad?

Te estoy hablando. Perdone.

(RÍE) -Digo que es un bellísimo lugar.

Es muy bello, sí, pero pensaba en otra cosa.

Un sitio insuperable para pasar contrabando.

¿Qué quiere usted?

Las cosas se ven según el oficio de cada uno.

Un mar calmo, una pequeña bahía,

cerrada, oculta...

Maravilloso.

-Oye, ¿no estarás proponiéndome disimuladamente asociarnos?

Descuide.

Ahora el receloso es usted.

(RÍE) Pero qué lástima de lugar.

-¿De verdad no quieres que te acompañe

alguno de mis hombres?

No, gracias. Solo me escabullo mejor.

Es mi oficio.

-Curro, que Dios te acompañe.

Don Rafael...

A veces, a pesar de todo,

a los bandoleros nos gusta ser útiles.

Si algún día me necesita, llámeme.

Quisiera pagarle...

Bueno, devolverle lo que ha hecho por mí.

-Gracias.

Espero que la vida no me obligue a llamarte.

Relinchos.

Relinchos.

(ESCRIBE) Amigo Curro,

han pasado cinco años

desde la última vez que nos vimos...

Me dijiste al despedirnos

que contara contigo si alguna vez

llegaba a necesitarlo...

Leonel...

-¡Padrino!

-Está amaneciendo o, al menos, así lo parece.

Vístete enseguida, coge un caballo y ve al Arahal,

allí le entregas este pliego al boticario del pueblo

y le dices esto: "Para Curro Jiménez".

No puedo darte más explicaciones, a tu regreso ya hablaremos.

Vamos, vístete enseguida.

No tengo nadie más en quien confiar.

-¿Solo en Curro Jiménez?

-Y en ti, pequeño. -No soy tan pequeño.

-Pues demuéstramelo.

-Buenos días.

¿Puede usted indicarme el camino al Arahal?

-¿Al Arahal?

-¿Dónde te diriges, muchacho?

-Quiere ir al Arahal, al Arahal. -Tengo allí unos tíos

y voy a visitarlos. -Es muy simple, mira.

Sigues ese camino y cuando llegues al pico

de la montaña doblas a tu izquierda,

al llegar... -Yo también tengo unos tíos

en el Arahal, es decir, tenía, porque murieron

el año de la epidemia. -Calla, viejo.

-¡No me callo nada! Todos los años iba a visitarlos,

hasta el año de la epidemia. -Vas a confundir al muchacho.

Al llegar al alto coges a tu izquierda,

unas dos horas de camino,

en la segunda rambla que encuentres...

-Hace 47 años el pueblo estaba allí, no lo habrán cambiado

de lugar, digo yo, con aquello de la epidemia.

-¿Quieres un chato? ¿Un poco de agua?

-No, no, gracias.

¿Quiere que salude a alguien de su parte?

-Había allí una moza muy guapa que se llamaba...

¡Diantres, ¿cómo se llamaba?!

Campanadas.

Disparo. -¡Ah!

-¡Papá!

-¿Qué ocurre? -Está herido.

-Vamos a sentarle, ayúdame.

Está perdiendo mucha sangre.

(HABLA CON DIFICULTAD) -Para Curro Jiménez.

-Túmbale.

-¡Papá, se ha desmayado!

Ocúpate de él, se muere.

-No te preocupes, hija,

prepárame todo para limpiar esa herida.

(LEE) "Recuerdo aquella frase con que te despedí

y me avergüenzo de mi arrogancia,

nunca sabemos en qué trance nos puede poner la vida.

Y aquí estoy,

Relincho. viejo y asustado,

temiendo por mi vida y por mi hacienda,

con los enemigos dentro de mi propia casa.

Y no temo solo por mí, Curro...

Y no temo solo por mí, Curro,

mi mujer, Amanda,

la bendición y la dulzura de mis últimos años,

también corre peligro

y si a mí me ocurre algo quedará indefensa.

Por eso te escribo,

solo puedo recurrir a ti.

Ven cuanto antes".

Es solo una pregunta.

-No, no podrá contestar, está semiinconsciente.

Le veo muy mal

pero como es joven y fuerte

seguramente se salvará.

Si pudiera hablar un momento con él.

¿Cómo está?

-Sigue igual.

A veces delira.

-Es demasiada sangre la que ha perdido.

-Por si te interesa, lo único que le preocupa

en su delirio es la vida de don Rafael,

su padrino, no deja de nombrarle.

La última vez que abrió los ojos, me apretó la mano y dijo:

"Ellos le van a matar".

No, Curro... -Silvia tiene razón,

está demasiado débil.

Está bien. Está bien, no entraré.

Pero ¿ha dicho algo que indique quiénes son ellos, los enemigos?

-No.

Papá, ¿si se queja, puedo volver a darle un poco de láudano?

-Sí, hija.

¿En qué piensas?

En algo que me dijo don Rafael la última vez que nos vimos.

Tenía una gran amargura.

Pero no es momento de perderse en recuerdos.

Buenos días, ventero.

Sácanos vino.

Oye, ¿tienes pan y chorizo?

-Claro. Anda, hombre, tráenos un poco.

-Una vez vi una jugada igual, era un tipo de Marchena

que se guardó una sota y...

(RÍE) Menuda jugada.

¡Ventero!

¿Puedes indicarnos el camino del cortijo de don Rafael Alonso?

Oye, mi amigo te ha hecho una pregunta.

¿Dónde está el cortijo de Rafael Alonso?

-No soy de estas tierras, hace poco que he comprado

la venta y no conozco a la gente de la comarca.

-¿Dice usted don Rafael Alonso?

¿No es aquel que peleó contra los gabachos junto

a ese bandolero que se llama...?

¿Cómo se llama ese bandolero, Diantres? ¡Qué memoria!

¡Aquel, hombre, que su padre era barquero en Cantillana!

De todos modos, aquello ocurrió hace mucho tiempo,

¿puede darnos las señas del cortijo o no?

-Muchacho, ¡no me vengas con prisas!

La memoria de los viejos va y viene...

Viene y va...

Ese Alonso tenía una hija, ¿no?

¡Ah, sí!

El cortijo está por ese camino de allí, a unas tres leguas.

¡Por Dios, qué impaciencia!

Ni siquiera conversar...

¿Para qué sirve la vida si no?

Parece abandonado.

-¡Alto!

No deis un paso más.

Quietos.

-¿Qué buscáis aquí?

Quiero hablar con tu amo.

-¿Quién es mi amo?

¿Y tú no lo sabes?

Don Rafael Alonso.

-¿Él te ha mandado llamar?

Como centinela eres demasiado preguntón.

Esta es mi tarjeta.

-No os mováis de aquí.

Esto parece desierto.

Las trampas suelen estarlo.

¿Qué quieres decir?

(SUSPIRA)

-¡Oye!

Puedes pasar.

Tú solo.

¿Y nosotros?

Quedaros aquí. Tú me los vigilas.

(RESOPLA)

-Le estuvimos esperando.

He llegado tarde, ¿verdad?

Don Rafael...

-Sí.

¿También mataron a Leonel?

No, vive.

Le hirieron gravemente

pero llevó la carta a su destino.

Aunque no haya servido de nada.

No supe llegar a tiempo.

-Para Rafael hubiera sido un consuelo saber

que usted iba a correr a su llamada.

Rafael no se equivocaba con la gente.

Sabía en quién confiar.

Pero ahora ya ve usted.

(SOLLOZA) Por favor, se lo ruego...

Márchese. Por su carta,

más que su propia suerte,

a don Rafael le inquietaba la suya, señora.

No puede quedarse sola sin protección.

-No lo estoy...

La persona que les ha recibido es mi hermano.

También llegó tarde.

Señora,

necesito saber una cosa,

don Rafael en su carta decía: "ellos me quieren matar",

¿quiénes son ellos?

-Nadie...

¿De qué sirve hablar de ello?

Es tan terrible.

¿Hay o no hay culpables de la muerte de su marido?

-No lo sé. No me atrevo a asegurarlo

ni a creerlo yo misma.

Hace unos días apareció muerto.

Me despertó el frío de su cuerpo en la cama.

¡Nadie le apuñaló, nadie le disparó un tiro!

Hay muchas maneras de matar a un hombre.

-Y ninguna de revivirlo.

¡Me abracé a él durante una hora!

No piense más en eso. (LLORANDO) -¿Cómo olvidarlo?

Por favor, márchese ya,

¡le matarán a usted también!

Yo he venido aquí para algo.

Llegué tarde para salvar la vida de don Rafael, pero no la suya.

¡Cuidado!

¡Gitano, síguele!

-Me ha salvado usted la vida. ¡Pero, por favor...

váyase!

No quiero que vuelva a ocurrirle nada por mi culpa.

¿Ha visto pasar a un jinete? -No, no he visto a nadie.

-No hubo forma de tranquilizarla, le he dado un calmante.

Yo necesito hablar con ella.

-¿Está seguro de que yo no puedo responder a sus preguntas?

Don Rafael tuvo una desgracia en su vida, con nombre de mujer:

Julia, su única hija;

a los 18 años se hizo amante de un general francés y espía.

¿De los españoles? -De los españoles.

Se aprovechó de la posición de D. Rafael, ¿qué cree que conocí?,

para acceder a documentos secretos de estado

¿No le extraña que no haya un solo retrato de ella en esta casa?

Era guapísima, según creo.

Ahora entiendo su tristeza. Siempre me decía:

"Arrojaremos de España a los franceses, Curro,

pero nunca la vergüenza de mi corazón".

-La muchacha escapó a París, desapareció.

Don Rafael pensaba que nunca más volvería a saber de ella.

-¿Me dejas a mí terminar la historia?

-Perdóname, pero no se le puede dejar en la ignorancia

-Rafael era mucho mayor que yo; cuando nos casamos,

él me obligó a ir al notario y escuchar el testamento

en el que desheredaba a Julia y me dejaba todo esto a mí.

Allí me enteré de la historia,

era muy dolorosa, pero parecía antigua y terminada.

Hace unos meses, Rafael enfermó gravemente.

Fue cuando apareció Julia

acompañada por su amante y por otros dos hombres siniestros.

Se fueron apoderando poco a poco del cortijo;

despidieron a los hombres que eran fieles a mi marido

Sólo toleraron a Leonel, porque era un niño inofensivo.

¿No me engaña usted, verdad? ¿Vive? Palabra.

¿Pero por qué permitió usted todo eso?

-Rafael estaba grave

y a mí lo único que me preocupaba era estar a su lado.

Pero cuando él pudo levantarse,

encontró la casa y la tierra tomadas.

¿Y qué hizo entonces, él no era hombre de quedarse quieto?

-Ya no era el hombre que usted conoció.

Se sentía demasiado débil para hacerles frente.

Fue entonces cuando decidió escribirle.

Ellos deben de haberlo sospechado.

-De algún modo, se enteraron del contenido de la carta

y precipitaron las cosas. ¿Cómo?

-Mi hermana piensa que le envenenaron.

-¿Qué puedo hacer ahora, esperar que vuelvan

y maten a mi hermano y acaben de una vez conmigo?

¡Quiero irme de aquí, quiero dejarlo todo!

-Pero eso sería hacerles el juego, ¿no?

Usted no se mueve de aquí,

usted será la dueña de todo esto como quiso don Rafael.

Deje en mis manos vengar su muerte, las suyas son demasiado finas.

Y las de su hermano demasiado inexpertas.

Esta noche tenemos todos trabajo.

Gitano, tú vigilarás la entrada principal.

Estudiante, tú no pierdas de vista a la viuda y a su hermano.

Y tú, Algarrobo, te quedas aquí en las cuadras.

Yo me ocuparé del camino de la playa.

¿Fue allí donde perdiste a ese hombre, verdad, Gitano?

Sí.

No me esperéis en todo el día. ¿Vas tan lejos?

Al Arahal. Ese muchacho ya se habrá repuesto

un poco y podrá responderme a unas preguntas.

-¿No sería mejor que ellos le acompañaran?

No.

No se preocupe por mí, yo sé cuidarme.

Aquí hacen más falta.

Grillos.

¿Duerme todavía?

-Silvia le administró una droga. Ya.

Tu hija está empeñada en que yo no hable con él.

-De haber sabido que venías, no lo hubiera hecho.

Pero me da mucha pena verle sufrir.

¡El pobre tiene unos dolores terribles!

Bien. Subo a verle; esperaré a que se despierte,

tengo que hablar con ese muchacho.

¿Cómo han podido saber que el muchacho vivía?

Lo que no veo claro es qué interés tienen en matarle.

-Es un testigo.

No estaba allí cuando murió don Rafael.

Es añadir un asesinato inútil. -Pues yo creo que insistirán.

Tú quieres hacerle hablar y ellos quieren matarle antes de que hable.

Perdóneme, me voy con él.

-Ahora es peligroso que te quedes aquí.

Debes irte, Curro.

¿Qué puede decirme a mí Leonel que ellos no quieren que yo sepa?

-¡Ahí va...!

-¡Has perdido por echar esa carta, tonto, en vez de la sota de bastos!

Recuerdo que una vez jugábamos en la taberna de Pepe Cuestas

y pasó lo mismo que te acaba de pasar a ti por jugar esa carta.

Ventero.

Llévame a la trastienda.

¿Has tenido tiempo de hacer amistades en la comarca?

Refresca tu memoria.

¿No te dice nada el nombre de don Rafael Alonso?

No...

¿Quién te trae este género?

¿Desde cuándo pasan contrabando por el cortijo de don Rafael?

No te voy a denunciar. No soy de esos,

pero me lo vas a contar todo.

(JADEA)

Una puerta se abre.

Perdón. -¿Cómo se atreve?

Veo que ni el cariño de su hermano es suficiente para tranquilizarla.

-Está bien, dile quién eres.

Estoy sola en el mundo. ¿No se lo dijo Rafael en la carta?

No tengo ningún hermano.

Andrés y yo fuimos novios antes de que Rafael me conociese.

Entonces lo dejé.

Don Rafael era viejo y no viviría muchos años, ¿verdad?

Y después podrían ustedes vivir ricos y tranquilos.

Un buen cálculo. -¿Qué está usted diciendo?

Y supongo que no dejaron de verse a hurtadillas durante estos 3 años.

-Dile que miente.

-¿Para qué? No lo creería.

-No tenía a quién recurrir cuando mataron a Rafael.

Ya. Ni otros brazos en quien buscar consuelo.

Bien, las circunstancias han cambiado:

don Rafael está muerto y usted no es la mujer que él creía

y que yo creía.

Pero aún puedo ofrecerles mi ayuda; a cambio de algo, claro.

Al fin y al cabo soy un bandolero.

-¿Qué propone?

Desembarazarla de sus enemigos, si es que aparecen,

a cambio de... a cambio de un 30% en el negocio del contrabando.

La verdad es que la idea se me ocurrió a mí hace cinco años

y se la comuniqué a don Rafael.

Se conoce que le gustó; tengo, pues, ciertos derechos.

-Pero esa muchacha parece que está dispuesta a impugnar el testamento.

-Si ella pierde las tierras, adiós negocio.

Ya me cuidaré yo de esos personajes molestos.

-El tiempo apremia. Lo sé, lo sé.

Me alejaré con mis hombres pero no demasiado.

Lo bastante para que crean que me he marchado del todo.

Entonces vendrán seguramente.

Reciba a su hijastra,

muéstrese dispuesta a pactar con ella, entreténgala.

Yo llegaré a tiempo para liquidar el asunto.

-Es arriesgado. Claro.

Pero mientras mis hombres y yo estemos aquí, no se arriesgarán.

Y yo no puedo seguir perdiendo el tiempo,

ni siquiera por ese 30%. -¿Cuándo se marcha?

Mañana. -¿Con sus hombres?

Por supuesto. Y con usted.

El suyo será un viaje muy breve.

Cualquiera de mis hombres podrá acompañarla de vuelta.

-¿Pero adónde debo ir?

Leonel se ha enterado de la muerte de don Rafael y está loco de dolor.

Tiene la obsesión de que él también va a morir.

Y quiere verla de todos modos. -¿A mí?

No puede usted negárselo, quizá sea el último deseo de ese infeliz.

Y si no se siente propensa a cumplir con esa obra,

piense que, de todos modos, hay que guardar las apariencias.

Es el ahijado de don Rafael.

-Aún no me repuse de la horrible impresión de aquella mañana:

el cuerpo frío de mi marido.

¿Quiere que Leonel también se muera en mis brazos?

Está bien. Su reputación

de dama piadosa es un asunto exclusivamente suyo.

No nos vamos a pelear por eso.

En lo demás estamos de acuerdo, ¿verdad?

¿El 30%? -El 30%.

Pero usted se compromete a no dejarnos solos muchas horas.

No se preocupe. Siempre llego a tiempo.

-Se han ido. Hay que arreglar las cosas antes de que vuelvan,

¡de cualquier manera! -¿Qué quieres decir?

-De cualquier manera. Espero que te muestres convincente.

De otro modo, no va a haber más remedio que...

-Tú mandas.

Supongo que lo habrás pensado mejor.

No tienes más que echar una firma.

No me mires así, no es tu sentencia de muerte.

Es una escritura de venta a nombre de Andrés

para facilitar las cosas.

Te daremos dinero para que puedas marcharte a Portugal

y vivir decentemente con ella.

¡Por última vez,

hazlo por ella!

Está bien. Tú lo has querido.

-¡Quieto!

-¡Viejo empecinado!

¡O firmas el papel o acabo con ella!

-Está bien. Firmaré.

¡Déjala! -Cuando haya firmado.

-Sí.

¡Quieto, tira el arma!

Suéltala.

-Déjame salir o, de lo contrario, la mataré.

Ocupaos de estos.

-¡Ah!

¿Cuándo te diste cuenta que era la hija y no la mujer?

No quería encontrarse con Leonel y trataron de quitarlo de en medio.

El muchacho era el único que podía identificarla.

Entonces comprendí que don Rafael vivía.

Una hija desheredada no mata a su padre.

Pero, como le dije a ella, hay muchas formas de matar a un hombre.

Si alguna otra vez me necesita, llámeme.

-Ya lo sé. No me equivoqué al confiar en ti.

Pero ya no esperes una carta de socorro para venir a visitarme.

Lo tendré en cuenta. Ya sabe usted que me gusta mucho su playa.

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Curro Jiménez - La promesa

16 ago 2016

Un hacendado, viejo amigo de Curro, le escribe pidiéndole socorro. Cuando Curro llega al cortijo se encuentra con que aquel ha muerto y su joven viuda está acosada por misteriosos enemigos. Curro decide descubrir a los asesinos, con riesgo de su propia vida, por lealtad a su amigo.

Histórico de emisiones:
02/08/2013

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