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Curro Jiménez - El prisionero de Arcos - ver ahora reproducir video 59.11 min
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¡Vamos, bonito!

Relinchos. ¡Venga, caballo!

¡Vamos! ¡Venga, caballo!

¡Venga, caballo!

-¡Eh, vosotros! Venid a echar una mano.

-¡Eah, caballo!

Vamos a ello.

Vamos.

(ARREA AL CABALLO)

Ese camino está mal. -Venga, ayudad.

No se puede pasar. -Vamos. vamos, deprisa.

¡Venga!

Coja por fuerte, más fuerte. -¡Ah!

Relinchos. ¡Quietos!

-¡Ah!

-¡Ah!

Disparo. ¡Quietos!

-Camila...

Camila... ¿Duermes, Camila?

-Que más quisiera.

(SUSPIRA) -Abre bien los ojos.

Mira esas montañas, esos árboles, esos pueblecitos blancos.

-Dionisio, estoy cansada.

-Yo, en cambio, desde que entramos en Andalucía

siento un cosquilleo en el alma.

Es como si todos mis sentidos despertaran de un viejo letargo

y mi espíritu se echase a volar.

Castilla tan austera, tan triste...

(SUSPIRA) Tengo muchas esperanzas, Camila, de que en estas tierras

mejore nuestra situación.

-Yo también lo espero, querido. -Miro este paisaje,

respiro este aire y sé que aquí seré otro hombre.

-Ojalá, querido. -Y podré, al fin, escribir

esa gran novela que proyecto desde hace tanto tiempo.

-¿Qué estás diciendo? -Será una novela que contenga...

-¡La novela! Y para eso nos estuvimos

arrastrando dos años en la corte

y fastidiando a mi tío por tu nombramiento.

-Supongo que no habrás pensado que me iba a resignar

a ser solo un funcionario. -Nunca lo creí del todo

pero quise hacerme esa ilusión. -Y menos en una tierra tan llena

de misterio, de aventuras... -¡Dios mío, tu novela!

¡Tus fantasías! ¡Otra vez la ruina!

¿Qué ha pasado en Valladolid? ¿Qué ha pasado en Toledo?

Por Dios, Dionisio, prométeme... ¿No me estás escuchando?

-Ten confianza en mí, Camila, estoy seguro de que nos van

a ocurrir cosas extraordinarias.

(SUSPIRA) -Yo también.

Bufido.

(RÍEN)

Bien, ahora cada uno por su lado, nos veremos mañana en la venta.

¡Suerte!

-¡Ventero!

-Señor...

-Dime, quiero hacerte una pregunta.

-¿Ese hombre aquí? No, señor, nunca le he visto.

No tengo ni idea de su aspecto.

Podría ser usted mismo el... Curro Jiménez disfrazado

de capitán y yo no conocerlo. (RÍEN)

-¡Cómo te atreves a hacer semejante insinuación!

-Señor... -Ese maldito bandido acaba

de robarnos 1500 onzas de oro. -¡Oh!

-¡1500 onzas de oro de las recaudaciones

del marqués de Toro Manso!

Y a mí me degradarán si no las recupero.

-Claro. -Debo capturar a ese Curro Jiménez

antes de que el señor recaudador se reponga de su ataque de nervios.

-Sí, señor.

Risas.

Risas.

-Pare, cochero. -¡So!

-Mira, Camila, qué hermoso nombre.

El mismísimo Cervantes pudo pernoctar aquí.

Me parece un buen augurio. -Necesito una buena cama,

no un buen augurio. -Claro.

Por favor, capitán, ¿es aceptable la posada?

-Maravillosa, caballero.

-Muchas gracias.

Cochero, nos quedamos. -¡Mozo!

-Camila.

(PIENSA) "Le he dicho a ese caballero que la venta

es maravillosa y la verdad es que no lo sé.

Pero me distraje...

¿Por qué?

¿Dónde he visto yo esa cara?".

(RÍEN) -¡Qué golpe!

-¡Qué gracioso! (RÍE) -Un segundo año...

Jaleo. (RÍEN)

(HABLAN A LA VEZ) -¿Qué pasa?

-¡Fijaos! (TODOS SE CALLAN)

-¡Fijaos quién acaba de llegar!

Murmullo. Caballero...

-Buenas. -Queremos una habitación

para descansar del viaje agua, un cepillo...

¿Podríamos cenar? -Por supuesto, señora.

Suba, suba, por la escalera, por la escalera.

¡Chis! (SUSURRA) Hay dos buitres

volando bajo en las cercanías, se posaron en el alero

y luego emprendieron de nuevo el vuelo.

-¡Oh!

-¿Qué te ha dicho?

-Un enigma.

Debe ser una forma andaluza de hospitalidad.

-¿Y eso, también es una forma de hospitalidad?

(EL VENTERO RÍE)

Murmullo.

-Bravo se va a poner el toro manso, no hay que provocarle demasiado.

-Este ventero es un poeta, un filósofo o un mago.

-¿No será sencillamente un loco?

(EN VOZ BAJA) -Bravo se va a poner el toro manso...

(SUSPIRA)

Voy a dar un paseo. -Ajá.

(RÍE)

Murmullo.

-¿Quién es esa palomita que viene contigo?

-Eh... -Yo te esperaba solo...

para celebrar tu hazaña, eres un traidor.

-¿Yo?

-Anda, dame un beso al menos.

-¡Dionisio!

-Pe... Pero, señora, usted y yo no nos conocemos...

Y...

-¿Te has propasado con esa mujer?

-¿Yo?

-Qué aproveche.

(SUSPIRA) -No puedes medir todo con la misma vara, Camila,

estamos en Andalucía y aquí la cultura árabe

ha dejado una huella muy profunda.

Eso explica que el ventero se exprese de esa forma tan...

misteriosa y poética.

-¿Y que esa mujer te siga mirando con esa mirada tan descarada?

¿También la criada?

-¿Y qué le voy a hacer, Camila?

Mi físico debe responder a algún arquetipo

de estas tierras.

¿Quién puede ser?

¿Boabdil? Sí, Boabdil.

El último de los abencerrajes.

¿O quizás el propio Mahoma?

A decir verdad, siempre pensé que por parte materna

debo tener algún antepasado moro.

-No desvaríes.

-Pero ¿qué tengo esta noche, Camila?

-Pájaros en la cabeza.

Trino de los pájaros.

-Es él...

¡Es él! ¡Estoy seguro!

Yo sabía que había visto esa cara.

¡Vamos, apronta los caballos!

Tenemos que volver a la venta de las Maravillas.

El hombre que llegó en ese coche no es otro que...

¡Curro Jiménez!

¡Pero cómo es posible que no me haya dado cuenta!

-¿Qué escribes?

-¿Ah?

Mi diario de viaje.

Quiero atesorar cada minuto de esta singular experiencia;

será un material precioso para mi novela, precioso.

-¿Y para eso hemos hecho este horroroso viaje?

¡Polvo en el camino y me imagino que pulgas en la cama!

-No ves más que el lado feo de las cosas,

cuando la poesía y el misterio nos abren las puertas.

-Quizás yo las viera más abiertas si tú cerraras este cuaderno.

-Imposible.

Mañana puedo haber olvidado los detalles.

-¡Dionisio, te odio, te odio!

Te odio.

-¿Qué dices, querida?

(CAMILA RESOPLA)

-Si no puedes articular mejor tus pensamientos,

te ruego que no me interrumpas cuando trabajo.

(CAMILA SE QUEJA)

Llaman a la puerta.

Hola, Gregorio. -Ho...

Quiero lavarme y dormir.

¿Qué cuarto hay desocupado? -Pero ¿cómo...? ¿Qué...?

¿Tienes o no tienes?

-Sí, claro que tengo, uno del rellano pero ¿qué...?

Prepáramelo.

-Me desperté con el frío, ¿podría tomar algo caliente?

-Sí, claro, enseguida.

(RÍE)

(EN VOZ BAJA) ¿Pero qué les ocurrirá a estos dos?

¿Qué pasa?

(RÍE) ¿Habéis reñido tú y la dama?

¿De qué me hablas?

-Ella con frío y tú hecho una calamidad.

¿Te ha tirado por la ventana?

No estoy para acertijos.

¿Ha llegado alguno de mis hombres? -Solo has llegado tú.

No me llaméis hasta el medio día.

(BOSTEZA)

-No podía conciliar el sueño.

He pasado muy mala noche.

Procuré no despertarte.

¿Me perdonas?

¿No me perdonas?

Claro que te perdono.

-Amor mío...

Debo estar soñando.

-Vamos a acostarnos. ¿Qué?

(RÍE)

Estoy soñando. -No empieces con tus fantasías

y vámonos para la cama, dentro de pocas horas

estaremos en Alcalá. Vamos.

Perdóname, me voy a la cama pero solo.

Estoy muy cansado. -¿Qué dices?

No te ofendas, pero por si esto no es un sueño

y ya que los dos vamos a Alcalá, ¿qué te parece

si nos encontramos allí mañana, al anochecer, en las ruinas?

-¡No se puede contigo!

Todo lo conviertes en una novela. Verás cómo no.

Ahora déjame dormir, hasta mañana. -Dionisio, ¡no me dejes sola!

¿Dionisio? -Te lo advierto,

esta vez no te lo perdonaré.

Al anochecer... En las ruinas.

-¿Sigue usted queriendo desayunar?

-Sí.

¿Duermes?

¿Duermes de veras?

-¿Qué pasa?

-¿Eres un hombre o un muñeco de cuerda?

-¿Y para preguntarme eso me despiertas? Estaba soñando.

-No empieces de nuevo, bésame.

¡No, así no, como antes!

-¿Pero qué te pasa?

(SUSPIRA)

¿Cómo está, abuela?

Una puerta se abre.

-Perdón, querida, las gafas. Se me habían olvidado las gafas.

Adelante, cochero. -¡Hia! ¡Eh!

(DIONISIO) ¡Pare, cochero! -¡So!

-Oiga usted, buen hombre, vamos hacia Alcalá de la Sierra,

¿puede usted decirme si estamos en la ruta?

A media hora de viaje, caballero. -Gracias.

¿Va usted muy lejos? A la venta de Las Maravillas,

tengo una cita allí. -¡Oh! Excelente lugar,

excelente lugar, de allí venimos.

Pero váyase, no le entretengo más y gracias, gracias.

¡En marcha! -¡Hia, caballo!

-¿Por qué le has guiñado un ojo? Te he visto.

-Todos lo hacen, supongo que uno también debe hacerlo.

-También a mí me guiñaste un ojo anoche.

-¿A ti?

-No he olvidado nada, Dionisio. No he olvidado nada.

Pero ¿qué demonios me estás diciendo?

Déjate de historias y dime dónde has puesto el oro.

Curro, no me gastes esas bromas que me vas a volver loco.

Primero apareces disfrazado, sin avisar, y luego te vas

con el oro en el coche de esa mujer, no sé...

Porque te habrá gustado o lo que sea.

Espera, espera... Ya.

Empecemos de nuevo. ¡Pero cómo...!

Chis, calla, calla. -Curro.

¿Qué? -Tienes que perdonarme

por lo de anoche.

Fue un ataque de celos, te vi con esa, con sus aires de gran dama

y pensé que te habías marchado con ella.

¿En su coche, verdad?

-Sí, os vi cuando le entregaste el maletín.

Supongo que allí iba el oro, ¿no es así?

¿No estarás enfadado conmigo? No.

Me vais a volver loco. (GRITA) ¡Gregorio!

-¿Tú aquí? Yo aquí.

-¿No te habías ido? No, no me he ido.

-Ya veo que encontraste la pistola y la navaja.

Sí. -Yo no me atreví a dártelas

cuando te ibas con la dama porque es que...

¿La dama?

¿Pero qué dama?

Relinchos.

-Ah, mira, Camila, nos dan la bienvenida.

-Parece más un asalto.

-Soy el alcalde de Alcalá de la Sierra,

no intenten resistirse, los escoltaremos hasta el pueblo.

-¡Qué amables!

¡Oh! Buenos días, señor capitán, ya nos conocemos, ¿verdad?

-¡Estese quieto!

Y no baje del coche.

-¿Cómo? No llevamos nada de valor pero si quieren ustedes

custodiarnos... -Coja ese maletín

y llévelo a su coche. -Pero ¡son mis libros!

-Nunca se sabe.

-Son...

Son amables aunque un poco bruscos, ¿no?

-Dionisio, esto no es una bienvenida, es un arresto.

-¡Ay, Camila, Camila!

Tú siempre viendo el lado feo de las cosas.

-¡En marcha! -¡Hia!

Relinchos.

-¿Es costumbre andaluza dar así la bienvenida

a un funcionario delegado de la corte?

-Dionisio Quiroga y Huertas, ¿eh?

-Sí, señor. -Enhorabuena.

Los papeles están en regla. -Luego ha recibido todas las cartas

del señor ministro.

-Por supuesto. Por supuesto, todas.

Las recomendaciones no pueden ser más elocuentes...

-¿Entonces? -Entonces, señora mía,

la impostura sería perfecta si...

-Nicolás...

-Mire esto, alcalde.

-¿Impostura? (EN VOZ BAJA) -Todo esto

es muy misterioso. -Que nos traten

como a delincuentes.

¿Y tus libros? -No sé, como alguno de ellos

no esté prohibido por los curas y yo no lo sepa...

-Ya sabía que nos traerían algún problema.

-¿No viaja usted con demasiado dinero, don Dionisio?

-¡Oh, no! Señor Alcalde, ojalá fuera así

A penas el viático que el señor ministro,

tío de mi esposa... -Viático, ¿eh?

-Asombroso.

Camila, ¿de dónde ha salido tanto dinero?

-¡Del cofre del recaudador del marqués Toro Manso,

Curro Jiménez!

-¿Curro Jiménez? No comprendo, me suena ese nombre.

¿Quién es? ¿El propio marqués, el recaudador...?

¿Quién es Curro Jiménez? -¡Usted!

-¿Yo?

-Pero ¿qué dice? -Deja...

Qué aventura.

-¿Qué vas a hacer con ese hombre?

(RESOPLA)

Lo primero, devolverle los libros.

¡Hia!

-Lo que no consiguió el corregidor

en Sevilla, lo ha conseguido Nicolás en Alcalá de la Sierra.

(TODOS HABLAN A LA VEZ) -¡Un maletín lleno de oro!

-¿Un maletín? ¡Todo el equipaje! -¿Qué dices?

-Las ruedas del coche, ¡oro puro! -Sí, las he visto en el patio

de la alcaldía. -Se defendió como un tigre...

-Fijaros hasta qué punto tuvieron que dominarle

entre seis hombres. -¿Entre seis?

-Sí, sí. -¡Y ella atacó a ese capitán

con un alfiler de sombrero!

-¡Atravesó el pecho de un general con un estilete!

-No sé lo que harán conmigo

pero a ti te llevarán custodiado a la cárcel, es terrible.

-Lo único terrible de todo esto es que he extraviado mis libros.

Mi Virgilio, mi Góngora, mi Cervantes, mi Shakespeare...

¿Qué habrá sido de ellos?

-Te confunden con ese Curro Jiménez...

y he empezado a sospechar, piensa bien lo que voy

a preguntarte...

Anoche, en la venta, ¿no te levantaste y anduviste

paseándote medio desnudo? -¿Medio desnudo?

¿Yo? No, no... -Bueno...

-Camila, creo que tú también empiezas a impregnarte

de la fantasía de estas gentes.

Reconoce, al menos, que son originales;

y llega un pobre funcionario y lo confunden con un personaje

de novela, con un bandolero.

-Dionisio, esto es muy serio, puedes terminar en la horca.

(RÍE) -Tengo que buscar una forma

de salvarte. -No, no intervengas, cariño,

deja que el destino juegue su partida.

Es la aventura que estuve esperando toda mi vida mientras me aburría

entre jueces y notarios leyendo expedientes.

-Si pudiera hablar con ese hombre.

-¿Quién? -Curro Jiménez.

-Ese hombre no existe, Camila.

Es un personaje de leyenda, un mito, creado por la imaginación

de las gentes, no es de carne y hueso.

-¿Me juras que anoche no saliste de tu cuarto en la venta?

La puerta se abre. -Ajá.

-Ya nos ocuparemos de usted.

-¿Es muy peligroso?

-¿El qué? -¿Vivir con un bandolero?

Gritos. -¡Daros prisa, ahí viene!

¡Ya lo traen! -La llaman "la niña del estilete".

-¡Lo van a colgar de la torre de la Giralda!

Griterío. -¡Viva Curro Jiménez!

-¡Es un forajido! -¡Es un amigo del pueblo!

-¡Que lo maten! -¡Que lo cuelguen!

Griterío. -Deberían colgarle...

-¡El marqués...! -¡Hay que quemarle vivo!

-¡Eso, quemarle vivo! -¡Viva!

Gritos.

Jaleo. -¡Cuélgale!

Bullicio y gritos.

-Hace 10 minutos, cuando se lo llevaron,

me susurró al oído una amenaza.

Me ha tenido aterrorizada. -¡Qué fiera!

Y con esos ademanes tan gentiles, tan elegantes.

-Dejó a mi pobre Dionisio desnudo, atado a un árbol,

y luego me obligó a entregarle las credenciales

y a mentir haciéndome pasar por su esposa,

so pena de volver al monte y matar a Dionisio.

-¡Ah! Dios mío, pobrecilla, ¿qué iba usted a hacer

si no secundar su infame juego?

-Figúrese, pero ahora que está en manos de la justicia y yo estoy

fuera de su alcance, puedo decir toda la verdad.

-Claro. Se siente usted liberada.

Se lo contaremos todo a Nicolás.

-¿Tardará mucho en volver? Quiero ir a buscar a Dionisio.

-Pobrecillo, estará muriéndose de frío bajo ese odioso árbol.

-Y yo aquí, sin poder hacer nada.

-Se lo contaremos todo a Nicolás.

Su marido es muy distinto de ese forajido, ¿verdad?

-Figúrese. El polo opuesto.

-Pero ¿igual de guapo?

-Bueno, quizás.

-Dígame usted, querida,

¿este Curro... intentó abusar de usted?

Téngame confianza.

Ya se sabe, esos bandoleros...

Esto no se lo contaremos a Nicolás, ¿eh?

-Quizás me haga bien hablar de ello.

Ha sido tremendo... -¿Tremendo?

-Pero así no puedo contárselo, él también me ató.

-¡Ah! Virgen santísima, qué tormento.

-Córteme usted las ligaduras

y podré explicárselo mejor. -Sí, sí, sí, sí.

¡Qué fuerte está esto! Maldita soga.

Empiece... Empiece usted a desahogarse,

querida. -¡Corte, corte!

-Sí, pero usted no pare de hablar, cuente.

Trino de los pájaros.

Luego no eras un sueño.

-Luego no era usted el hombre que yo creí.

No...

-¡Suélteme, por Dios!

¿Tanto nos parecemos? -En nada.

Mi marido es un hombre cultivado y cortés, incapaz de abusar

del engaño de una mujer, un hombre de bien.

Aunque espero que usted también lo sea.

Por lo menos al punto de no permitir que otro hombre

muera por usted. ¿Qué muera?

Solo lo han encarcelado.

-Hablan de juzgarlo, de ahorcarlo.

No es tan fácil ahorcar a Curro Jiménez.

-Pero él, desgraciadamente, no es Curro Jiménez.

¿Lo lamentas? -Quiero decir que no sabrá

cómo escapar, no tiene amigos que lo rescaten.

Pero sí una mujer dispuesta a hacerlo.

¿Dónde está el oro? -¿El oro?

Ajá...

Tú me ayudas a conseguir el oro...

y yo te devuelvo a tu marido.

-¿Tengo que convertirme en la cómplice de un bandolero?

Tampoco es mi oficio rescatar a los maridos

de las mujeres que me gustan.

-Hablemos del oro.

Supongo que estará en la alcaldía.

-Por su ascenso, señor capitán. -Por el suyo, señor alcalde.

-¿Qué estáis celebrando?

-Cuénteselo.

-El recaudador me ha dado a entender

que el marqués de Toro Manso está muy satisfecho

con su marido... (RÍE)

-Y que elevará un informe al corregidor.

-Nicolás, viviremos en la corte.

-Y el capitán será ascendido.

-Enhorabuena, capitán. ¿O debo llamarle ya general?

(RÍE) ¿No deberíamos invitar a cenar al señor recaudador?

-Me parece un poco prematuro, no se ha repuesto todavía.

Pero vendrá mañana a saludarle

y a retirar el oro.

A propósito,

¿no convendría montar guardia en la habitación?

-Tendrían que llevarse la caja fuerte.

Solo yo conozco el código

y con Curro Jiménez a buen recaudo...

-Ah, doña Camila.

-He venido a tranquilizarlos, encontré a Dionisio.

¿Su marido está enfadado conmigo? -No, lo comprendió todo.

-¿En qué estado se encontraba él? -Figúrese usted,

lo he dejado descansando en la posada.

Aún estoy muy asustada.

Dionisio espera presentar sus credenciales ante usted mañana,

señor alcalde. -Tendrás una mañana muy agitada,

Nicolás, el recaudador, don Dionisio...

-Y los soldados que vendrán de Sevilla para custodiar

hasta Madrid el oro.

Ese oro que usted llevó tan alegremente

en su portaequipajes. -¿Alegremente?

Imagina usted, señor capitán, mi sufrimiento, viéndome convertida

de la noche a la mañana en la cómplice de un bandolero.

¿Sería demasiado atrevimiento, señor alcalde, pedirle

que me devolviera usted ese viejo y querido maletín

regalo de mi tío el ministro? Lamentaría mucho perderlo.

-¡Pero eso no puede ser!

-Descuide usted, querida, yo se lo devolveré.

-¡Remedios!

-¿No te figurarás, querido, que a lo largo de mi vida

no he aprendido... a abrir la caja?

-Es usted un imprudente.

-Lo siento, siempre hace lo que quiere.

(SUSPIRA) -Aquí está el maletín. ¿Dónde ponemos el oro, Nicolás?

-Capitán.

(ENFADADO) -Traeré las arcas.

No será necesario.

Señora, el maletín, por favor.

-Ah... Aquí tiene.

Tenga... Tenga usted.

Gracias, muchas gracias. Ha sido un placer.

Les aconsejo que no me sigan.

Disparo. (GRITA) -¡Guardia! ¡Guardia!

-¡Camila! ¡Doña Camila!

¡Doña Camila!

(CAMILA) ¡Ah!

-Contésteme, por favor.

-Ha desaparecido.

Y esa mujer ha sido su cómplice.

-Pobrecilla, seguramente volvió a amenazarla.

-Tendrá usted que dar razón de esto al recaudador.

-No comprendo cómo pudo escaparse de la cárcel.

-¿Quiere usted decir que ese hombre era Curro Jiménez?

-Pero ¿no lo reconoce usted?

(NERVIOSO) -No sé, no sé... Me pareció un rostro familiar

pero no lo he visto bien.

-Vamos a la cárcel.

-Gracias a Dios.

-¿Qué ha pasado? -Que ese hombre...

Ese demonio se ha llevado todo el oro.

-¿Y el maletín? -También.

(SUSPIRA) -¡Ah! -¡Por Dios,

no se desmaye usted de nuevo!

Cuénteme, querida, ¿volvió a amenazarla?

¿Y... volvió a abusar de usted?

(SUSPIRA) ¡Qué desgracia tan grande!

-¡Imposible! Le llevé la comida hace cinco minutos.

-Este hombre miente. -Nicolás, tú me conoces.

-Ese hombre acaba de estar en la alcaldía.

-Mire, capitán, ahí lo tiene.

-¿Qué hace?

-Enfrentándome con mi destino, señor alcalde.

-¿Dónde escondió usted el oro?

-Como los libros se trocaron en oro,

el oro también puede trocarse en libros.

Estoy escribiendo una novela. -¡Y aún se burla!

-Creo que está loco.

-¡Se finge! -¿Loco?

¡No!

También llamaron locos a Góngora, Quevedo, Cervantes...

-¿De quién habla? -De otros bandoleros, quizás.

-Puede ser que el ladrón no fuera Curro Jiménez...

sino otro de sus bandoleros disfrazado para comprometernos.

¡Ordene y disponga la ejecución, hay que hacer un escarmiento!

¡Exhibirlo y colgarlo en la plaza a primera hora de la mañana!

Tenemos que presentarle la cabeza al recaudador

antes de decirle que se ha evaporado el oro.

-Y con él nuestros ascensos.

Chirrido de grillo.

¿Qué haces aquí?

Es una imprudencia, pueden haberte seguido.

¿Qué vienes a buscar...?

¿Esto?

Puedes llevártelo.

-Yo cumplí mi parte del pacto, ahora debe usted cumplir la suya.

por eso he venido, no por el maletín.

Todo a su tiempo, mis hombres están reconociendo el terreno,

lo rescataremos cuando menos lo esperen.

¿Te lo llevas o no te lo llevas?

-Sí, sí, me lo llevo.

No vale gran cosa pero uno se encariña con...

Ya, claro...

¿Y ahora qué pasa?

-Es que tenía usted razón, es muy peligroso.

¿Podría dormir aquí?

¿No tienes miedo de soñar?

-Estoy tan cansada como usted lo estaba la otra noche.

Dormiré profundamente.

No dormirás...

Y en tu sueño... llamarás a uno de los dos.

-¿Usted cree? Estoy seguro.

-¿A Curro o a Dionisio?

Da igual...

De todas formas nunca sabrás con cuál de los dos soñaste.

Gritos de niños.

Griterío.

¿Adónde vais? -A la puerta de la cárcel.

Gritos de los niños.

Gritos. -¡Liberad a Curro!

-¡Asesinos!

Griterío.

(ABUCHEAN)

(DIONISIO SUSPIRA)

Griterío. -¡Fuera!

-¡Cobardes! -¡Fuera!

Gritos.

Gritos y abucheos.

-¡Asesino!

(GRITA) ¡Curro! ¡Curro!

Curro...

¿Eres tú, no?

¿Quién quieres que sea?

Te acabamos de ver, ¿verdad? Te llevaban como a un loco.

Ese no soy yo. ¿Quién podría decirlo?

¡¿Quién podría decirlo?! Son cosas del diablo.

¿Y quién me asegura a mí que tú no eres Dionisio

y que el que acabo de ver en la plaza del pueblo no es Curro?

-Este es Curro Jiménez.

¿Estás segura? -Segurísima.

¿Cree usted que no distingo a mi marido de otro hombre?

¿Qué hace Dionisio en la plaza?

Van a ahorcarle. ¿Que lo van a ahorcar?

Sí, están preparando el patíbulo. ¿Por qué no lo dijiste antes,

bruto? ¿Pero no habías dicho

que no es a ti sino al otro? ¡Esto no hay quien lo entienda!

Vámonos de aquí que nos van a volver locos.

-Pero eso no puede ser.

¿Ah, no?

Vaya usted a la cárcel y compruébelo.

No puedo estar en dos lugares al mismo tiempo.

Vamos, corra, no hay tiempo que perder.

-Pero... Vaya, vaya usted.

Entretanto yo le haré compañía a su esposa.

-No, note asustes, Remedios. -¿Quién iba a decirme que estaría

en mi cama con Curro Jiménez?

Los caminos de la Providencia son infinitos, señora.

Pero si quiere yo paso al sillón. -No, por favor, esté cómodo.

(SUSPIRA) ¿Y qué tal, ¿cómo marchan las cosas por la sierra?

-Un lamentable equívoco, don Dionisio.

Tendrá usted que explicárselo al señor ministro.

-¿De qué está usted hablando, infeliz?

Deje que la historia siga su curso.

Márchese.

¿No me ha oído?

¡Márchese!

¿Pensó usted en algún momento que yo iba a entregarme?

Habrá comprobado por sí mismo que van a matar a un inocente.

-A un loco. O a un loco, a mí tanto me da.

Yo he venido aquí para que lo comprobaran,

ahora me marcho.

Écheme usted un galgo.

Señora, ha sido un placer.

-Que se repita.

(AMBOS SONRÍEN)

-Nos hemos quedado sin el oro,

no podemos quedarnos también sin Curro.

Si este se va, ahorcaremos al otro.

Será la única forma de calmar al recaudador, al marqués,

al rey... Al mundo entero. Es cuestión de ganar tiempo.

Ya sabe usted que en España suele haber cambios políticos.

-¡Corre, corre! -¡Espera, que no puedo!

-¡Date prisa!

Toques de tambor.

Toques de tambor.

Murmullo.

Toques de tambor.

Murmullo.

Toques de tambor.

-¿Adónde van? -A la plaza.

Murmullo.

Toques de tambor.

Murmullo.

Toques de tambor.

(GRITA) -¡Ah!

Gritos. -¡Curro!

Griterío.

¡Pero agárrese fuerte!

-¡Que no escape!

-¡Malditos! -¡Disparad a matar!

Griterío. -Anda.

-Sí, mi capitán. -Ha desaparecido, mi capitán.

-¿Dónde está? ¡Salta!

-¿Ahí? Está muy alto.

Gritos. -¡Que no se escapen!

¡Os mandaré fusilar a todos, estúpidos!

Griterío.

(SUSPIRA ADMIRADO)

(RÍE) Extraordinario, lo reconozco.

-Maravilloso.

Esto no es un azar, señor Jiménez, es el destino que nos liga

para siempre.

Espero que no.

Usted se vuelve a Madrid a escribir su novela...

Andalucía es una tierra demasiado peligrosa para usted

y... para su esposa.

-Ah, me decepciona usted.

¿Qué mejor que el peligro?

He pasado las 48 horas más interesantes de mi existencia.

¿A mi costa? -Aprovechemos los dos

esta maravillosa circunstancia; yo puedo suplantarle.

Y yo a usted. -Permitirle estar en dos partes

al mismo tiempo, proporcionarle formidables

coartadas, mover los hilos de una intriga fantástica

y de esta forma en mi cuadernillo se iría anotando

un nuevo "Quijote".

Ya... Y yo terminaría por no estar seguro

de quién soy ni dónde estoy. -No...

No, gracias. Además, no las tendría todas conmigo.

Tiene usted tanta imaginación

que bien podría ocurrírsele un día suplantarme de veras

y terminar conmigo. -No.

Y no quiero que rece en mi tumba:

"Aquí yace Dionisio Quiroga y Huertas, escritor fracasado".

-Eso es una impertinencia.

¿Lo ve usted?

No podemos ser amigos.

(ENFADADO) -¡Escritor fracasado!

Pero ¿cómo se atreve ese pequeño bandolero a...?

-No le llames pequeño,

¿acaso no va a ser el héroe de tu novela?

-No lo sé.

Estoy madurando otra idea.

-Tenías razón,

Andalucía es una tierra de maravillas

donde ocurren verdaderos prodigios.

-¿Verdad, querida?

(RÍE) -Como que tú, por ejemplo, te hayas convertido

por una noche en el mejor amante del mundo.

-Perdón, ¿cómo decías, querida? -Nada, Dionisio, nada...

Cosas de novela.

(SUSPIRA)

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Curro Jiménez - El prisionero de Arcos

17 ago 2016

Dionisio, un distinguido funcionario de la Corte, llega a Andalucía con su joven esposa para hacerse cargo de su nuevo empleo, con la cabeza llena de fantasías y aventuras. Sus sueños se cumplirán debido a su gran parecido con Curro Jiménez.

Histórico de emisiones:
10/08/2012
06/08/2013

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