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Curro Jiménez - Los piadosos y los pícaros  - ver ahora reproducir video 53.08 min
Transcripción completa

Hombre, compréndelo, es que yo no soy un torero.

No, no eres un torero.

Eres un indiano enriquecido

y te gusta hacer ostentación de tu riqueza, nada más.

Ya está. Tendremos que reforzarle los botones.

Así no voy a poder hablar.

No, no vas a poder hablar.

¿Y sabes por qué? Porque me aprieta.

Porque eres mudo. ¿Mudo?

Sí, sí, otra vez, completamente mudo.

Es la única forma de que no metas la pata

y aseguremos la boda de tu sobrina.

Levanta.

Ya está.

¡Aaaah!

¡Me ha pinchado!

Mudo.

Elegante, riquísimo, pero mudo.

Tu secretario hablará por ti.

Así se la ponen a Fernando VII.

(RÍE)

Me vas a romper el brazo.

Levanta.

(RÍE)

Oye, al paso, al paso.

Si no vamos al paso el polvo del camino nos pondrá perdidos.

Me estoy acordando de aquel mexicano...

Cállate. Pero...

Que te calles.

¿Aquel mexicano al que desvalijaste el día del Corpus Christi?

Le atamos con estos arreos. Que te calles.

Te acuerdas, parecía un espantapájaros.

¿Te quieres callar?

¡Está bien, hombre, está bien, me callo!

No, no está bien, está muy mal.

Un mudo tiene que ser siempre mudo.

Bueno.

(RÍE)

So, so.

-¡Permatevi, permatevi! -So.

-Signore, per favore, ¿mi podriamo decire

si siamo en el buono camino per andare al santuario?

Lo siento, señora, pero no somos de aquí.

-¿Il suo amico tampoco lo sabrá?

No, es que mi amigo...

es mudo.

-Oh, pobre.

Bene, si no sabe el camino del santuario, addio, signore.

¡Avanti, cochero! ¡Ciao!

Gracias.

(TOSE)

-Perdón, señor.

Tú ocúpate de estos señores y yo atenderé a la señora duquesa.

-Enseguida.

Si la señora duquesa quiere seguir camino hasta el convento

no se preocupe, hay un hombre en la cuadras que puede encargarse.

-Primero manjo, e poi duormo e dopo voy al convento.

-Muy bien, señora duquesa.

Como usted ordene, señora duquesa.

Por favor, siéntese, señora duquesa.

Dígame, ¿qué le gustaría beber,

que le gustaría comer, señora duquesa?

-Tutto.

Un caballero distinguido no anda por ahí manoseando a las criadas.

Habrá que... Chis.

Tienes que ir al dentista, ¿eh? Bah, déjame.

-¿Mi permete? -¿Eh?

(HABLA EN ITALIANO)

(HABLA EN ITALIANO) -¿Qué?

-No capisce el italiano.

¿Si tú eres sacerdote?

-No, no, seminarista.

-Qué lástima.

-¿Por qué?

(RÍE)

Vaya, vaya.

Y ahora, guapita dinos qué tienes para comer.

-Pues hay un rabo de toro que está buenísimo.

Pobrecito. -Una tortilla de sacromonte

que es de chuparse los dedos. Ah, tortilla.

-Y unas naranjas que echan chispas de gozo.

Eso está clarísimo...

(RÍE)

Anda, corre, trae de todo, corre.

¿No dijiste que un caballero..?

Chis, que te pueden oír.

Echa vino, echa.

(SUSPIRA)

(LA DUQUESA CHARLA)

-Io sono molto religiosa.

Vengo de Roma.

Sono la duquesa di Tramonto,

prima carnale del pontífice,

del santo padre.

Molto religiosa.

¿Conoce a la Vergina del Santo Pasmo?

-¿Nuestra Señora del Santo Pasmo?

-Ecco.

-Hay mucha devoción en estas tierras.

-¿Vero? -¿Se habla de ella en Roma?

-Ah, claro, non se parla de otra cosa.

Io vengo especialmente para questo.

E para portar estas cosas,

mis joyas, ¿sai?

Molto religiosa.

Es la misma que nos cruzamos en el camino.

(LA DUQUESA CHARLA)

(SUSURRA)

Pero tú... Chis.

Bueno.

-Saturnino, despierta.

Despierta, hombre, que ya tocan las diez.

Anda, hombre, espabila, espabílate,

que hay que poner la casa en orden.

Anda, hombre, espabílate.

-¿Qué pasa?

-¿Qué pasa?, que esto huele a tabaco, a aguardiente y a sudor.

-Me he quedado dormido haciendo números.

-Y qué contabas, las trampas que te haces tú solo.

Anda a lavarte y a cambiarte la camisa, que apestas.

-Por Dios, ¿por qué tanto alboroto?

-Ya es viernes, Saturnino, mañana es la boda de tu hija.

Hemos invitado al novio y a su madre,

esa bruja que todo lo husmea.

-Mientras no husmee en tu pasado, Petra.

-Y hazme un favor, no le propongas ninguno de tus negocios.

-Madre, madre, ¿me ayudas con el corpiño?

-Misterios, te he dicho que no te presentes así

delante de tu padre, desvergonzada.

-Vamos, madre, no exageremos.

Primero porque ni tú estás segura de que este sea mi padre.

-Vaya, hombre. -Y segundo porque...

-Calla, que las paredes oyen.

Y si no es tu padre,

que honestamente no lo puedo afirmar, peor todavía,

es mi marido y te ha dado su nombre, ingrata.

-Ya bastante fingimos en la plaza y en la iglesia.

-Gracias a eso he cogido al mejor novio de la comarca.

-Al más rico. -¿Y no es lo mismo?

-Remigio Platero y sus molinos de aceite.

¿Y cómo lo hemos cogido? A golpes de pecho y jaculatorias.

Y decoro, hija, mucho decoro.

-Y con la plata del Algarrobo. -Calla, no me lo nombres.

-Y cómo no, si todo lo que tenemos se lo debemos a él.

-¿Pero es que crees que yo no le guardo gratitud a mi hermano?

Pero se llama Pedro, y tú le llamas tío Pedro y santas pascuas.

-A veces me dan ganas de echarlo todo a rodar.

-Tú estás loca.

-Es que tú no sabes cómo es Remigio.

-Me lo imagino, hija, me lo imagino.

Algo conozco a los hombres, pero tú no te apures, hija mía,

lo que cuentan son los molinos de aceite.

Y después ya tendrás tiempo de pensar en otras cosas.

-¿Qué quieres decir, en otros hombres?

-Anda, vístete deprisa y no hagas preguntas impropias.

Ay, Virgencita, debe costar menos trabajo ser honrada

que parecerlo.

-Qué guapo estás, tío Pedro.

-Nadie podrá decir en el pueblo que hemos exagerado.

Mujer, ni que tú no eres una verdadera señora, Petra.

-Lo soy, hermano, lo soy.

-Por lo menos desde que nos mudamos a este pueblo.

Y lo que ha crecido esta niña.

Qué fineza, ¿a quién habrá salido?

No parece de nuestra familia.

¿Sabes por qué se llama Misterios?

Porque mi hermana nunca estuvo segura de quién era el padre.

-Dios nos asista si vienes en ese plan,

adiós molino de aceite. Mujer...

-Remigio.

Remigio, ¿en qué piensas?

-En la boda, hermano, tengo mucho miedo.

-¿Por qué te casas?

-¿Y quién le dice que no a nuestra madre?

-Uf.

-¿Has rezado, Remigio? -Sí, madre.

-¿Qué será de tu vida piadosa

cuando ya no esté yo para vigilarte?

Por tu hermano no me preocupo,

para algo le he consagrado al servicio de Dios.

Pero tú, Remigio, te casas mañana y no ha nada aparte más

de una vida piadosa que el casamiento.

Esa fue mi lucha de toda la vida con tu padre.

No escuches, Angelillo,

eres demasiado puro para oír estas cosas.

Tu padre tenía el Demonio en el cuerpo, Remigio.

Es bueno que lo sepas.

Y yo me las vi me las deseé

para hacer de nuestra casa un santuario,

de nuestro lecho conyugal un altar

y de nuestra vida marital un perfecto sacrificio.

Remigio, la señal de la cruz.

-Sí, madre.

Remigio, ¿no tendrás tú el Demonio en el cuerpo?

-No lo siento, madre.

-Dios quiera que así sea, que bendición para tu futura mujer.

-¿Di Tramonto?

-Di Tramonto, sí. Subastará su colección de joyas

y lo que saque lo donará íntegramente

al convento de las monjas del Santo Pasmo donde quiere profesar.

-La providencia la puso en tu camino, hijo.

¿Qué impresión te dio? La de un santa, claro,

una mujer que abandona las pompas del mundo

para entregar su vida a Dios.

Qué ejemplo extraordinario de piedad.

¡Remigio, Remigio!

-¿Eh?

-Sería bonito invitarla a la boda, ¿verdad, Remigio?

-¿A quién?

-A la duquesa di Tramonto.

-¿Di Tramonto? -Sí, Di Tramonto.

-¿Una duquesa?

-Sí, una duquesa.

Hijo, no veo qué tiene de particular.

Ella tendrá sus títulos, sus joyas y será la prima del papa,

pero nosotros no tenemos de qué avergonzarnos.

Somos la viuda e hijos de Sofronio Platero, ¿no?

El mejor aceite de la región.

Campanadas. -El Ángelus.

La señal de la cruz.

-Ya estamos cerca del pueblo.

Mañana a estas horas estarás casado, Remigio.

-¡Ay, que ya están ahí, que ya están ahí!

Ay, que ya están ahí, hija mía!

¡Tu novio y sus padres! -El as de espadas.

Espadas, espadas, espadas... -¡Deprisa!

El siete, esta es para mí.

-Y yo me lo llevo con el dos. ¿Cómo que te lo llevas?

-¡Anda, levántate, hombre! Mujer, déjame.

-Venga, mete el brazo. -Esta es para mí.

No robes que yo me he llevado la carta.

Es que no he cogido las cartas. -Déjate, déjate.

No se puede jugar así. El cinco de...

-Doña Urraca, la estábamos esperando.

-Sí. -Adelante, adelante.

Les presento a mi cuñado, Pedro, que ha venido de Las Indias.

-Ah, encantada. Soy su secretario, él es mudo,

si quiere hablar con él a través mía puede.

-Hola, Remigio. Siéntate, hombre.

-Estás muy guapa, hija.

-Entonces aquellos feroces indígenas

le seccionaron las cuerdas vocales. ¡Ras!

Me lo ha contado el señor secretario,

y con gran lujo de detalles.

-No son hombres, son fieras.

¿Y cómo no han sido exterminados?

Debo preguntárselo al obispo.

Le habrá usted ofrecido su silencio a Dios.

-Ay, con la voz de ángel que tenía el pobrecito.

(GRUÑE) Y la elocuencia, y el donaire.

Su tío, señorita Misterios, tenía el don de la palabra.

Felizmente siempre es posible entenderse por gestos.

-No me lo diga usted,

tuve una compañera de juegos sordomuda.

¿Y se entendía usted con ella?

-La mar de bien.

Me lo puedo imaginar.

(SUSPIRA)

-Estoy cansado de los negocios,

pero este es tan tentador...

Podría ser una inversión ventajosísima,

triplicar el capital en pocos meses y...

-Deja, Saturnino, déjalo para después.

No aburras a doña Urraca con tus negocios.

¿No ves que está platicando con Pedro?

-¿Cómo se puede platicar con un mudo?

-Dios también es mudo, don Saturnino,

y estoy acostumbrada a hablar con él.

Qué horror, qué martirio.

-De modo que las cuerdas vocales... ¡zas!

Consuélese, recuerde a Santa Olaya,

a ella le cortaron... los pechos,

¡zas, zas!

Y a San Rupertino de Praga...

Dios Santo, qué horror,

imposible nombrar lo que le cortaron al pobrecillo, ¡zas!

-Es usted un elegido de Dios.

-Eh...

(GIME)

A la paz de Dios.

-A la paz de Dios. -Buenas.

Eh, eh.

Permítanme que les presente a don Francisco de Rivadeneyra.

Vino con nosotros de Las Indias.

De Las Indias y desde el fin del Mundo

hubiera venido a cumplimentar a la familia de mi directo amigo.

Y traerle a su sobrina y ahijada este modesto presente.

-¡Oh! -¡Qué preciosidad!

Qué maravilla.

Gracias, muchas gracias.

-Bellísima la sortija, don Francisco.

Y de un gusto exquisito.

A propósito, ¿se ha enterado de la subasta de las joyas

de la duquesa di Tramonto?

Algo de eso he oído.

Es esta tarde, ¿no? -Sí,

en el convento del Santo Pasmo, a las seis en punto.

Así lo han anunciado las monjitas.

Oh, es una historia extraordinaria.

Cuéntemela. -Oh.

Me interesa.

-Pues verá usted, la Virgen empezó a hacer sus primeras apariciones

al tonto del pueblo hace unos 21 ó 22 años.

De la Virgen lo sé todo.

¿Cree que no ha llegado a América el eco de sus milagros?

En cambio de la duquesa no.

-Ha venido desde Roma con su célebre colección de joyas

y las vende al mejor postor.

Esa será su dote, porque esa santa mujer

está dispuesta a enterrarse...

digo, a entrar en el convento del Santo Pasmo.

Es la providencia, doña Urraca,

es la providencia.

Soy tan amante de las joyas antiguas

como de las vírgenes milagrosas.

-Ustedes veneran a la Virgen negra de Guadalupe.

¿No le parecería oportuno que fuéramos todos

en peregrinación al convento?

-Estaba segura de que iba a proponérmelo.

Aprovecharemos para invitar a la duquesa a la boda.

Mataremos dos pájaros de un tiro.

Bueno, yo no le llamaría pájaro a la duquesa, doña Urraca.

-¡Ay!

-¿Eh, pero, hija, qué te pasa?

Qué anda, di. -No, nada.

(SATURNINO ESTORNUDA)

Campanadas.

-Qui la collana di verde.

Qui... le parure di topazio.

Qui le orecchini.

Sor Felicità, ¿esta segura de que vendrá la gente?

-Esté tranquila, señora duquesa, la propia madre superiora

pidió permiso al obispo para romper la clausura

y se trasladó personalmente a todos los cortijos de la comarca

para anunciar la subasta.

Toda la gente distinguida ha prometido acudir.

No se atreverían a faltarle a Nuestra Señora del Santo Pasmo,

ni a la señora duquesa.

También el obispo en su homilía del domingo...

-Bene, bene.

Aspetiamo, aunque avicinate.

Vediamo, vediamo, queste brazalete, ¿dove li metiamo?

-¿Aquí?

-Huy, madre. -Ay...

-¡Hey!

(RÍE)

-Ay, Misterios...

-Ay, Remigio.

Remigio. -¿Eh?

Ay, Misterios...

-Ay, Remigio.

-Ay, qué sueño.

-Sí, duerme, anda, duerme.

(BOSTEZA)

-¿No cree que Remigio haya tenido algo que ver

con el sofoco de Misterios?

-Francamente, no lo creo.

-De todos modos, ¿será prudente dejarlos solos en casa?

-No se quedan solos, está mi marido.

Y además Misterios sabe defenderse sola,

si es que hay algo de qué defenderse.

-Ojalá no lo haya, doña Petra, pero nunca se sabe.

Sofronio parecía tan manso,

y a solas se convertía en un potro salvaje.

¿Nunca se lo he contado?

-Pues verá, ¿sabe lo que hacía cuando llegaba de noche?

-¡Ah! -Sí.

No te preocupes, tú no tendrás que hacer nada.

He arreglado las cosas de modo que no se estropee la boda

de tu sobrina con ese cretino.

Pero, Curro,... Chis, el cura.

No hay duda, el obispo y la marquesa son falsos,

los he visto juntos, están conchabados.

Me lo suponía.

-¡Pitas, pitas, pitas!

-Ha venido por esas joyas y tú lo sabías.

Te van a oír.

-Eres un canalla además de un bruto.

Petra, por nuestra santa madre. -No jures.

Nuestra madre tenía de santa lo que tú de listo,

y si no lo sabías ya lo sabes. Tienes que impedirlo.

Se descubre quiénes sois y se va al demonio la boda.

Cálmate, mujer, hablaré con Curro.

-¿Cómo, no viene a visitar a la Virgen el señor secretario?

No deseaba otra cosa, pero ha recordado repentinamente

que tiene que hacer el testamento de don Pedro.

Bueno, la Virgen sabrá perdonarlo,

lo que cuentan son las buenas intenciones.

¿Verdad, don Pedro? Eh, ah.

-Me alegro.

También se queda en casa el secretario.

-¿Quiere que le diga una cosa?

Yo también me alegro por Misterios.

-Entonces usted piensa que Remigio...

-No quiera saber lo que pienso de Remigio.

De todos modos los casamos mañana, ¿no?

-¿Ma che fa?

-Perdóneme, señora duquesa,

ha sido una tentación repentina.

¿Está usted enfadada conmigo?

Debe haber sido el Diablo.

¡Nuestra Señora del Santo Pasmo!

-¿Ma che Diàvolo?

La mía cara sono sobre tutto humana.

Non preocuparti, la Virgine ti perdona.

-Gracias, muchas gracias, señora duquesa.

-Lasciala a il suo posto.

-¿Su hermano es soltero?

-Viudo.

-Oh, qué coincidencia.

-Sí, coincidió el quedarse viudo con la muerte de su mujer.

-¿Y no ha pensado en volver a casarse?

-No lo creo.

No querrá usted su desgracia.

-Oh, no veo el inconveniente.

Un marido mudo es tan bueno como cualquier otro, ¿no?

O tan malo.

En confianza, doña Petra,

¿cree que su hermano tenga el Demonio en el cuerpo?

-No lo sé, eso le sería más fácil

averiguarlo a usted que a mí, doña Urraca.

-Usted sí que lo tiene en la lengua.

-¿El qué? -El Demonio.

-Bueno...

-¿Y qué hace usted en Las Indias, don Francisco?

Ya te lo he dicho, muchacho, cultivar algodón y café.

-Y esmeraldas.

Las esmeraldas no se cultivan.

-Ya lo sé, lo he leído, se cogen en bruto.

Usted las prefiere ya talladas y engarzadas, ¿no?

Y si es posible del cuello de una mujer.

-Para quitárselas. Bueno, eso depende de la mujer.

También es bonito regalárselas a la Virgen.

-No me hable como si fuera un cura.

¿Quién, tú o yo? -Los dos.

Tú ya lo eres un poco, ¿no?

-Un poco, pero muy poco.

Debe ser maravilloso viajar, ¿eh?

Ya te he dicho que los rancheros no viajamos,

estamos dedicados a nuestros cultivos.

Y si he cruzado esta vez el Océano ha sido por mis negocios.

-¿Qué tipo de negocios?

Para vender mi tabaco y mi algodón.

-¿No dijo usted café? También café.

-¿Y cuándo vuelve usted a América?

La próxima primavera.

-¿No me llevaría a América?

¿Para qué?, allí ya tenemos demasiados curas.

-Pero yo trabajaría para usted, buscaría esmeraldas.

Pero dime una cosa, ¿tú eres duro de entendederas o qué?

Nada, nada...

-Mire, viene gente, peregrinos.

-Compradores, espero.

-Buon jorno, signore.

-¿Le ayudo, doña Petra? -Gracias, muchas gracias.

-Aguarda che si vede la ansia de Dio.

Buon jorno, signore.

Los primeros en llegar.

Risa de la duquesa.

-Han pasado muchos años y está vieja y gorda,

pero esa italiana estuvo conmigo en Cádiz, estoy segura.

En "Casa de la Colorá".

Se daba unos aires...

Claro, le decíamos "La Duquesa".

Un día le robó el reloj a un marinero.

Fue a dar a la cárcel.

Se lo diré a Curro.

-Chis.

(TOSE DISIMULANDO)

¿Y no teme, señora duquesa, viajar con estos tesoros?

¿No sabe que aquí en Andalucía abundan los salteadores de caminos?

-¿Qué quiere decir, i bandoleri, como el tale Curro Jiménez?

Sí, precisamente sí.

-No, non paura, la Virgine me protege.

Ah. -Hoy, cuando la subasta será finita

me veré liberata de los bienes de este mundo.

Sí, liberata, come con alas.

Alas para volar. -Para volar.

Mire, mire, señor de Las Indias.

¿Conseguiste la lupa? No.

Pues échale un diente.

Esta piedra no mola gachí.

¿Ah, no?

Te dije que le echaras un diente, no que te lo comieras.

Esto no vale "pa ná".

-¿Cuándo haces los votos, Lola? -Dentro de dos años.

¿Y tú, Angelillo?

-Si puedo, nunca.

-¿Qué dices?

-Que todo fue idea de mi madre, tenía 8 años y no podía oponerme.

Pero ahora tengo otros planes.

-¿Cuáles?

Como el obispo todo esto también es falso, Curro.

Y la duquesa también.

-Oh, la pulsera, la pulsera y el broche.

-Ah, claro. (LA DUQUESA RÍE)

-Misterios. -¿Dónde vas, hijo?

Buscas a Misterios, ¿verdad?

Creo que se fue a la iglesia.

-Yo creía que... -Tú no crees en nada.

A propósito, ya que mañana vas a convertirte en hijo mío

quiero hablarte de un negocio, mira...

-Ese viejo pícaro me deja sin molinos.

Ya tendrás toda tu vida para pensar en molinos.

-Senti, Petra, no mi descubras, no te conviene.

Si tú arruinas il mío negocio

yo arruino el casamento de la tua filia.

-Silencio por silencio, está bien.

No nos ha ido tan mal, duquesa, desde nuestros tiempos en Cádiz.

Nos conocimos hace muchos años en Cádiz.

-En casa de una nobile dama que recibía a los caballeros

y viajantes más distinguidos de la ciudad.

¿Verdad, Petra?

-Qué tiempos, duquesa. ¿Recuerda el curioso episodio

del almirante y el reloj desaparecido?

-Huy, no parlare di questo que me viene la nostalgia.

Olvidemos, olvidemos las dos.

-Olvidemos.

-Mi scusi, va a comenzare la subasta.

-Nunca me había usted contado que la conociera.

-Oh, no me gusta presumir. -Oh.

-Además, comprenda, doña Urraca, que yo la verdad

estoy muy acostumbrada a tratarme con marquesas.

-Vuestra presencia aquí, señores, es una muestra de piedad cristiana

que Nuestro Señor no echará en saco roto

y que bien se merecen las hermanitas del Santo Pasmo

y una dama cuya incomparable caridad cristiana

ha exigido que yo callara su nombre.

¿Pero quién ignora que estas sublimes obras de arte

de la incomparable orfebrería italiana pertenecieron

durante siglos a la ilustre casa de Tramonto?

Célebre por sus guerreros, por sus mecenas,

por sus pontífices, por sus mujeres...

Por la incomparable virtud de sus mujeres.

Vuestro indudable sentido del gusto

os habrá sin duda ya ayudado a hacer una elección difícil.

Perlas que son lágrimas de Nuestra Señora,...

Tu puja, puja mucho, yo también lo haré.

Hay que subir los precios.

(PROTESTA) Con el dedo.

Levanta la mano, no necesitas hablar.

Nos llevaremos todo el dinero de la duquesa.

Y de una forma que no ponga en peligro la boda de Misterios.

-Señoras y señores, el pago es al contado

y debe agregársele un cinco por ciento

para los pobres del obispado.

El número uno.

Magnífica diadema de brillantes, señores.

Un sueño en la cabeza de cualquiera de vuestras esposas.

Tiene una base de salida de cinco mil reales.

Cinco mil reales por la diadema.

Señores, apelo a vuestra caridad cristiana.

Cinco mil reales da el caballero indiano.

¿Quién da más? -Seis mil.

-Seis mil reales don Ezequiel.

¿Qué dice ahora el caballero indiano?

(PROTESTA) -¡Bravo, diez mil reales!

Perdón, caballero, ¿no había dicho diez mil?

-Chis, chis, ilustrísima. -¿Sí?

-No habla, no...

-Oh, perdón, caballero, señale con los dedos.

¿Tres, pero cómo tres si ya estábamos en seis?

Si me permite, señor obispo, yo haré de intérprete.

-Sí. Trece mil.

-Trece mil, ¿quién da más?

-Quince mil.

-¡Quince mil! ¡Dieciocho!

-Dieciocho mil el caballero indiano.

¿Quién da más?

¿Hermanos?

¿Ya está bien por usted, don Ezequiel?

Esta diadema por dieciocho mil reales es un regalo, don Ezequiel.

¿Hay quien dé más?

¿Ya?

Dieciocho a la una,

dieciocho a las dos...

-Veinte.

¡Veinte dice don Ezequiel!

¿Qué dice ahora el caballero indiano?

Dice que le parece muy bien

que don Ezequiel se lleve la diadema.

-¿Ha dicho todo eso? Sí.

-Veinte a la una, veinte a las dos...

¡Veinte! -¡Oooh!

-La diadema para don Ezequiel. Enhorabuena.

-La próxima es una joya muy interesante.

Perteneció a una ilustre familia española afincada en Italia,

los Borgia, concretamente.

Hermana, la joya número dos.

Precioso collar de perlas que perteneció a Lucrecia Borgia.

Tiene una base de salida de quince mil reales.

Veinte mil. -Veinte mil dice

el caballero indiano en una muestra de caridad cristiana.

-Veinticinco mil. -Veinticinco mil el caballero.

Veintiséis mil dice el otro caballero indiano.

¿Quién da más? -Treinta mil.

-Treinta mil, treinta mil ha ofrecido doña Urraca.

¿Quién da más, por ahí quizá?

-Treinta y una mil. -Treinta y dos mil.

-Treinta y dos mil doña Urraca

por este magnífico collar que perteneció a Lucrecia Borgia.

¿Quién da más, la joven pareja quizá?

-Treinta y tres mil.

-¿Cuánto? -Treinta y tres mil.

-Treinta y tres mil ofrecen por esta maravillosa obra de arte

de la artesanía italiana. ¿Quién da más?

-Yo no puedo llegar a eso. -¿Quién se anima?

-Treinta y cuatro mil. -Treinta y cuatro dice el señor.

¿Quién da más? Anímense, el caballero quizás.

-Treinta y cinco mil.

-Treinta y cinco mil ofrecen, doña Urraca.

-Cuarenta mil. -Cuarenta mil.

-Cuarenta y cinco mil el caballero indiano.

-¡Cincuenta! -Cincuenta mil ofrece doña Urraca.

¿Quién da más por esta maravillosa joya?

-¡Ciento cincuenta mil!

-Ciento cincuenta mil a la una, ciento cincuenta mil a las dos,

ciento cincuenta mil a las tres.

¡Adjudicado! -Oh, qué angustias he pasado.

-No olvide, doña Urraca, el 5% para los pobres del obispado

que están tan necesitados. El Señor se lo pagará.

-Déjame, que yo sé lo que hago.

-En Madrid se la quitan de la mano por el doble.

¡Alto!

-So.

-Guarda, el gentile caballero de Las Indias.

Tante grazie por haber dado tante vita a la subasta.

El dinero.

-¡Oh!

El dinero, señora duquesa.

-¡Oh, Dios mío, Virgine santa!

El dinero.

-Lo ha portato con se el señor obispo.

Puede registrar el coche, los caballos, el cochero

y a mí misma.

También puede registrarme, señor Jiménez.

Incluso me daría un grande piacere.

Pero no pienso dárselo, duquesa.

-¿Ah, no?

Avanti, signore cochero, avanti.

-Arre, caballo, arre.

Arre.

¡Caballo,

arre, arre!

¿Volvemos al convento?

No, una cosa es robarle a una duquesa

y otra a las monjitas del Santo Pasmo,

que son lo único auténtico de toda esta farsa.

Pero si ese falso obispo tampoco se robó el dinero

aquí tiene que haber otro cómplice.

Vamos.

-¡Jia!

So.

-Señora duquesa, su dinero.

-Ángelo di Dio, si no fuera per te

i bandoleri si robaban el dinero de las monjitas.

¿Cómo puedo premiarte?

-Dándome una limosna para mis pobres, señora duquesa.

(RÍE CON COMPLICIDAD)

-Bene, bene.

¿Une?

¿Due?

-¿Tre?

-Va bene, va bene. -¿Cuatro?

-Va basto, ¿eh? Tieni, prendi.

Caro mío...

Andiamo.

Addio, cherubino.

-Addio, señora duquesa.

-Arre. -Andiamo, presto.

-¡Arre!

¿Qué haces tú aquí?

-El dinero de la subasta.

¿Por qué has hecho esto?

-Porque quiero irme con vosotros a cultivar algodón a la sierra,

Curro Jiménez.

¿Eh?

Algodón... o café.

O esmeraldas. -O lo que sea.

Ya.

-¡Oh, oh!

¡Canalla di miseria!

¡Oh, desgraciado, maledetto, maledetto, desgraciado!

Llanto de la duquesa.

-Esta me la llevo yo.

Y esta también.

-Estate quieto, quieto ahí.

¿Qué haces aquí a estas horas?

-Don Saturnino me invitó a echar una partidita.

-Sí, me ha ganado durante toda la noche.

Si no estudiara para cura pensaría que hace trampa.

-¿Trampa, don Saturnino, entre personas de bien?

¿Eh? (ASIENTE)

-¿Otra?

-No, no, me voy a acostar un rato.

Dentro de cuatro horas se casa Misterios

con ese, bueno, si yo hablara...

Desgraciado, imbécil.

Estate quieto, mono, estate quieto que te encierro.

He estado pensando en lo que me dijiste ayer, muchacho.

Harías mal negocio.

La vida de un cura es mucho más excitante

que la de un bandolero, figúrate.

Nosotros siempre en la sierra, escondidos o metidos en cuevas,

como monjes, como ermitaños.

En cambio vosotros en el centro de todo,

participando de todo,

de fiesta o corrida, de bodas, de bautizos, de entierros.

También los velatorios suelen ser divertidos, ¿verdad?

Nosotros sin saber nada de lo que ocurre en el mundo,

y vosotros con eso de la confesión os enteráis de todo.

Nosotros sin otro futuro que la horca.

Vosotros con el gorro de obispo ahí al alcance de la mano.

Nosotros, y esto es lo más aburrido de todo,

soñando siempre con una vida honrada.

Vosotros soñando con la aventura, el desenfreno, el crimen...

y sin correr ningún riesgo.

¿Sabes lo que eso vale, muchacho?

Además, no te quiero en la banda,

eres demasiado tramposo.

Raro, pero tramposo.

-¿Quién, yo?

Tú.

Campanadas.

-¡Vivan los novios! -¡Viva!

Vítores y alboroto.

Vítores y alboroto.

-Valiente alegría para todos.

-Sí, para todos, es maravilloso.

(CONVERSAN CONTENTOS)

-Acuérdate, de mis consejos, hija mía.

-Buen viaje, hijos, buen viaje.

(PETRA LLORA EMOCIONADA) -Bueno, bueno...

Marcharos, marcharos. -Cuidaros mucho.

-¡Ay, qué felicidad! -Mírales.

-Qué guapísima está.

-No, eso no, mi niño, por Dios.

-Adiós, adiós. -Acuérdate de tu madre, acuérdate.

-Adiós, buen viaje, cuidaros mucho.

-Porque mi hija es una joya.

-Anda, trae. -Aquí estaré siempre.

-Sí, madre, sí.

-Nene, no te vayas a frotar...

-Volved pronto. -¡Arre!

¡Adiós, adiós a todos, adiós!

(SE DESPIDEN)

Adiós. -¡Adiós, adiós!

¿Y ese caballo y ese traje?

-Con el dinero de la duquesa.

O este crío se vuelve al seminario o se lo digo a su madre.

-Sí, díselo, todavía está a tiempo de anular la boda.

Cretino. Tú a callar.

-Me lleváis con vosotros o armo un escándalo.

Tú además de tramposo eres un chantajista.

¿Qué hacemos?

Pero no...

Bien, al fin y al cabo hace tiempo

que necesitamos estar a bien con Dios.

Vente con nosotros.

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Curro Jiménez - Los piadosos y los pícaros

22 ago 2016

La sobrina de El Algarrobo va a casarse con un joven rico, por lo que hay que montar una comedia para la familia del novio. El Algarrobo se convierte en un tío indiano, El Estudiante enamora a la novia y Curro aprovecha la farsa para robar en una subasta de joyas.

Histórico de emisiones:
15/08/2013

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