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Curro Jiménez - El péndulo - ver ahora
Transcripción completa

-Hagan juego.

Hagan juego, señores.

No va más.

Quince, impar,

negro.

-¿Carta? No.

-Siete a la banca. La banca gana, pierde el punto.

-Hagan juego, señores.

Hagan juego.

No va más.

-¿Carta? -Veinticuatro, par, negro.

-Nueve a la banca, pierde el punto.

Jo.

-Pedro, un café.

-¿Carta?

Siete a la banca, pierde el punto.

¿Carta?

-Hagan juego.

-Seis a la banca, pierde el punto.

¿Carta?

Nueve a la banca. -No va más.

-¿Carta? -Doble cero libre; gana la casa.

Veinte negro.

-Perdón, señor. Doble cero. ¡Veinte negro!

El señor tiene razón.

-Gana la banca.

Esta vez, he ganado yo. -¿Qué dice, señor?

Veinte negro.

¡Vamos, fuera, arriba! Tú también, a la pared.

¿No han oído? Todos a la pared. Ustedes también, a la pared.

Rápido. Algarrobo, recoge el dinero.

-Son bandoleros; bandoleros, señor.

Arriba.

Vamos, para allá, vamos.

(RÍE)

Señores: por hoy, se acabó el juego.

(EL CABALLO RELINCHA)

Tenemos que separarnos.

Algarrobo, dale la bolsa al Estudiante.

Vete por la montaña.

Nos veremos el jueves en el castillo.

De acuerdo. Allí estaré.

¿Yo, qué hago? Tú, sigue por allí.

(EL CABALLO RELINCHA)

(DISPARAN)

(EL CABALLO RELINCHA)

Ladridos.

(EL CABALLO RESOPLA)

-¡En, don Usted! ¡Levante las manos!

Si viene a robar, no hay nada, somos pobres.

¿Por qué piensas que vengo a robar? -Por la pinta que tienes.

Y porque llevas una pistola en la faja.

También tienes tú una escopeta.

¿Hacemos un trato? -¿De qué?

Nos hacemos amigos.

Yo tiro la pistola y tú tiras la escopeta,

¿qué te parece? -Tira tú primero la pistola.

Gallo.

Y ahora, vamos a casa.

Quiero que te vea mi madre.

Ella entiende mejor a los tipos.

Me has engañado, ¿eh? Te advierto que la pistola

estaba descargada. -Vamos a casa.

Está bien; pero deja de apuntarme.

Ladridos.

-¿Cuántas veces tengo que decirte que no juegues con la escopeta?

-Tengo que defenderte, madre, lo ha dicho el abuelo.

-¿De quién tienes que defenderme, me lo explicas?

Por lo visto, de mí. -¿Qué te ha hecho ese señor?

-No me gusta su cara.

-Anda, deja la escopeta donde estaba.

-Bua...

-Y usted, baje las manos.

Está descargada, es ridículo.

En esa alacena, puede que encuentre algo de comer.

Coja lo que quiera y siga su camino.

¿Pasa algo?

Que no voy por ahí pidiendo limosna, señora.

Necesito dar un descanso a mi caballo,

dormir un rato y comer cualquier cosa.

Le pagaré lo que sea.

-No he querido ofenderle.

No lo ha hecho.

-Ajá.

Mi hijo le dirá dónde está el establo.

Puede dejar ahí su caballo.

Ah...

Ay...

-¿Qué pasa, madre, estás mala?

-Ah... No, hijo, no, no es nada.

¿Triste?

Eso lo arreglo yo en seguida.

(TARAREA)

(TARAREA)

(APLAUDE)

¡Muy bien!

-Ay... Perdón.

¿Cuánto tiempo he dormido? -Ocho horas.

Pues me han parecido un minuto.

Relincho.

Ladridos.

¿Espera usted a alguien?

-Sí.

Ladridos.

-Hola, abuelo, qué tarde vienes. (EL ABUELO RÍE)

-¿Lo has encontrado? Todavía no. Pero caerá.

¿Qué? ¿Todo va bien?

-Sí.

El señor va de paso. Quería comida y habitación.

Dice que lo pagará.

¿Llega?

-Sobra. Yo no cobro la hospitalidad.

Prefiero pagar, si no le importa.

-Guárdese su dinero, por favor.

Bueno. Y ahora, a cenar en paz.

-Abuelo. Este tiene una pistola.

-Hace bien. En este tiempo, los caminos son peligrosos.

Bueno, quiero decir los caminantes.

Esta mañana llegaron al pueblo unos forasteros

que venían siguiendo a alguien.

¿Por qué le buscaban? -Parece ser que asaltaron

una casa de juego. Arramplaron con todo y huyeron.

Uno de ellos traía esta dirección.

Sí que fue una noche desafortunada para los jugadores.

Perdieron todos.

-¿Dónde fue?

Muy lejos de aquí.

-¿Cómo lo sabe?

Las casas de juego son mi debilidad.

-Ah. Conozco dónde están todas.

-Abuelo. ¿Los bandoleros son malos?

-Para los ricos, sí.

-¿Es que los ricos son malos?

-Algunos lo son para los pobres.

-Entonces, yo no trago a los ricos. -Espera.

No sea que lleguemos nosotros a ser ricos alguna vez.

(AMBOS RÍEN) -Es verdad, no me acordaba.

-Dejaos de fantasías.

-¿Cuándo piensa marcharse?

Mañana, si ustedes me permiten pasar aquí la noche.

-Entonces, tengo que buscar algún sitio donde pueda hacerlo.

Gallo.

Muy pronto te has levantado.

¿Has dormido bien? Perfectamente, gracias.

-¿Llevas prisa? No. ¿Por qué lo pregunta?

-Nada, nada. Pura curiosidad.

He de reunirme con unos amigos pero aún faltan unos días.

-Ya.

Espera.

Anoche hablé con mi hija y pensamos...

Bueno, pensamos en la conveniencia de decirte algo.

Le escucho. -Se trata de esos hombres,

de los que ayer llegaron al pueblo. ¿Qué pasa con ellos?

-Por las señas que dieron, al que andan buscando,

se parece a ti. ¿Me está llamando ladrón?

-Algunos alguaciles se han unido a ellos

y están dando una batida por estos alrededores.

Con eso del parecido y el dinero que llevas encima,

podrían confundirte.

Tal vez tenga razón.

Será mejor evitar confusiones.

-Puedes quedarte en mi casa; por aquí, no solemos tener visitas.

Sí, pero con una condición.

Pagaré mi estancia.

-Ya te he dicho que mi casa no es una fonda.

-Ay...

¿Quiere que la ayude?

-Puedo hacerlo sola.

Perdone.

Estoy muy nerviosa, no debí hablarle así.

Ayúdeme, ¿quiere?

Ah...

Le he mentido.

Bueno. En realidad,

llevo muchos años engañándome a mí misma.

La única verdad es que...

es que no puedo hacer nada.

Pronto se pondrá bien.

-Gracias, pero no se esfuerce.

Conozco mis posibilidades.

Están ante mí.

Esta habitación...

y lo que puedo ver a través de esa ventana.

No es mucho, ¿verdad?

¿Cómo fue?

-Me caí de un caballo.

Y...

parece ser que la cadera quedó, definitivamente, mal.

Pero...

dejemos esa historia.

Hablemos de usted.

Mi padre dice... Sí, ya.

Ya sé lo que dice su padre.

Y también lo que piensa.

Cree que yo fui uno de los que asaltaron la sala de juego.

-¿Y qué?

¿Cómo puede hacerme una pregunta así?

-¿Qué?

Es la primera vez que la veo sonreír.

Y le juro que le sienta muy bien.

-Aún no me ha contestado. Señora,

yo soy una persona decente. -Por favor.

¿La verdad?

-La verdad.

Naturalmente que les robé.

(AMBOS RÍEN) Eran una partida de sinvergüenzas.

Seguro que se estaban dejando allí el dinero de las madres,

de los hermanos e incluso,

el dinero de las medicinas para sus pobrecitos hijos.

Fue... un escarmiento. Eso es lo que fue: un escarmiento.

-Y...

¿con qué dinero comprarán ahora

las medicinas para sus pobrecitos hijos?

Tendrán que pensar que lo perdieron todo en un envite.

Un envite ciertamente trágico.

Así, no volverán a jugar.

-¿Por qué lo hace?

¿El qué?

-Robar.

Ah. Pues...

Del todo, no lo sé.

A lo mejor, me divierte.

Eso es: me divierte.

-¿No le preocupa el daño que hace?

Nunca le quité nada a una persona que, realmente, lo necesitaba.

¿Amigos?

-Ajá.

Me llaman el Estudiante.

-A mí, Carmen.

Hola, Carmen.

-Hola,

Estudiante.

(AMBOS RÍEN)

-Hoy hemos encontrado agua en la finca de don Agustín.

Y decían todos que no iba a haber...

¿Verdad, abuelo? -Ajá.

-Trae.

Se habrán puesto muy contentos.

Esa finca, sin agua, no sirve para nada.

¿Cómo lo hacen? -No es muy complicado.

En casi todos los terrenos de esta región hay agua.

Solo se trata de saber el sitio.

Yo sé que hay agua

cuando se me mojan las botas. (AMBOS RÍEN)

-Yo, también la sé buscar.

Se hace con esto.

¿Con eso?

-Claro, este es el péndulo.

-Se trata de una ciencia muy antigua.

Dicen que un abate la practicó en América.

Teniendo condiciones, cualquiera puede hacerlo.

¿Cómo?

-Se puede encontrar todo.

Agua, o lo que sea.

Únicamente, hay que tener un testigo de lo que se busca

en una mano y en la otra, el péndulo.

¿Y con eso basta?

-Con eso basta.

No me lo creo.

-Ve al granero y esconde esto.

Mi padre lo encontrará.

-¿Lo has escondido?

Me parece que ni yo mismo podré encontrarlo.

-El abuelo, sí. Y, a lo mejor, yo también.

-Hija, esta tarde, he visto al doctor.

-Oh...

Papá, por favor.

Olvidemos esa historia. -No voy a olvidar nada.

Te voy a llevar a Madrid como sea.

Luego, si el médico de allí no resuelve nada,

peor para todos.

-He tenido mucha suerte, teniendo un padre como tú.

-Es que nunca he perdido la esperanza

de que pudieras curarte.

No la pierdas tú ahora.

-Papá, por favor.

Hemos hablado muchas veces de esto, es inútil seguir engañándonos.

¿No te das cuenta?

Hace falta mucho dinero para ese viaje.

Y ni tan siquiera tenemos la seguridad

de que ese médico de Madrid pueda curarme.

Papá.

Yo tengo fe en ti.

Pero...

siempre hemos sido pobres y...

me parece difícil...

muy difícil, que dejemos de serlo.

Lo comprendes, ¿verdad?

Oh... Lo siento.

-Tienes razón, siempre he sido un viejo iluso

pero es que tengo el convencimiento de que ese médico podrá curarte.

(RÍE)

-Esto es lo que se llama un testigo, ¿ves?

Si llevo oro, encuentro oro. -¿Qué te decía yo?

Ni aun así, me lo creo. (RÍE) Ya te lo irás creyendo.

¿Me lo deja?

-Cualquiera lo puede hacer. Solo hay que practicar mucho

y, si acaso, tener una especial sensibilidad.

Me gustaría aprender.

-Sirve hasta para saber si tienes enfermedades.

¿Se está burlando de mí? -Prueba tú.

¿Pero cómo se hace? -Extiende la mano izquierda,

con la palma hacia arriba.

Pones el péndulo

sobre ella; cerca, pero sin tocarla.

Esto no se mueve.

¿Estoy enfermo?

(AMBOS RÍEN)

(RÍE)

En unos días, nos darás lecciones.

Gallo.

-Creí que estabas durmiendo. No tengo sueño.

¿Me dejas que te ayude? -Gracias.

Me tiene intrigado el oficio de tu padre.

No acabo de entenderlo. Parece imposible.

-Tienes razón.

Parece imposible.

Es divertido.

-¿Lo encuentras divertido? Parece un juego.

-Pues es un trabajo.

¿Y la gente le paga

por encontrar agua? -Sí.

¿Te parece mal? No, solo que yo buscaría

otras cosas. -¿Como qué, por ejemplo?

Vino. (AMBOS RÍEN)

-No pareces preocupado.

No tengo por qué estarlo.

Aquí soy feliz.

¿Y tú eres feliz?

Perdona que me meta en tus cosas.

Me ha parecido notar que tenéis problemas.

-Ah...

¿Puedo ayudaros?

-La vida nos crea situaciones

que solo nosotros podemos resolver.

Lo triste es que hay casos que no tienen solución.

Todo tiene solución.

-Bueno, claro.

Siempre podemos contarnos mentiras piadosas

que nos den, al menos, la fuerza necesaria

para seguir viviendo.

-La verdad es que el doctor que la vio en Sevilla

no cree posible su recuperación.

Hay otros doctores.

-Estoy tratando de reunir lo necesario para llevarla a Madrid

pero es que es un viaje largo y muy costoso.

Allí hay un especialista que, al decir de muchos, puede curarla.

¿Está ella en condiciones

de soportar ese viaje? -Podrá.

Ella siempre ha sido fuerte y muy valiente.

Todo un carácter.

Poco después del accidente, cuando los médicos de por aquí

perdieron toda la esperanza,

el mundo la abandonó.

Fueron unos días muy difíciles para ella.

Estoy casi seguro de que por su cabeza pasaron...

ideas descabelladas, incluso...

la de acabar con su vida.

Pero había una criatura de por medio y venció.

Venció contra todo.

Y pienso que seguirá venciendo, cada día.

Yo puedo ayudarles.

-Es un viaje absurdo.

Una idea disparatada que, posiblemente, no valga para nada.

Yo gano dinero...

algún dinero, abriendo pozos por estos alrededores.

Y si el diablo se lo tiene que llevar,

pues que sea el mío.

Es usted un tipo muy tozudo, ¿eh?

-Como una mula.

¿Cómo se conocieron?

-¿Quiénes?

Su hija y ese hombre. -Él vino a buscarme,

quería contratar mis servicios; entonces, vivíamos en el pueblo.

Él buscaba algo que yo debía encontrar.

¿Adónde?

-En estas tierras que tienes enfrente.

En la granja que empieza aquí, donde estamos,

y se extiende hasta aquellos árboles.

Fueron días muy felices.

El hombre pagaba bien y trabajábamos con entusiasmo.

Se enamoró de la chica y se casaron.

¿Y encontraron lo que buscaban?

-Solamente encontramos decepciones. Él se desesperó,

se le puso un carácter insoportable

y las relaciones con la chica fueron a peor.

Después, vino lo del accidente.

En fin, en poco tiempo, todo se vino abajo.

Pero usted viene aquí todos los días.

-Solo en los ratos libres.

¿Sigue buscando?

-Esa ilusión me mantiene vivo.

Dígame lo que hay que hacer y le ayudaré.

-Gracias, muchacho, pero no pierdas tu tiempo.

También yo empiezo a pensar que toda esta historia

es una pura fantasía.

El caso es que él parecía muy seguro.

Juraba y perjuraba que alguien a quien él había conocido,

enterró por aquí un cofre repleto de monedas de oro.

¿Por qué no vino, entonces, a buscarlo?

-Parece ser que la muerte le cortó el camino.

Habló de ello, de una manera imprecisa,

poco antes de morir. Los que le acompañaban

consideraron que era imposible encontrar el cofre

en todo este terreno; todos desistieron, menos él.

Había oído hablar de mí por estos alrededores.

Creyó que yo podría encontrarlo y, la verdad,

se equivocó.

Graznidos.

(EL CABALLO RESOPLA)

Relincho.

-Alguien viene.

Relincho.

-Ya.

-No es posible. -Pues alguien viene.

-Échale.

-Mujer, ahora...

A lo mejor, va de paso. -Échale, te digo.

¿Es que no lo comprendes?

-¡Está bien, está bien!

Alarido.

Alarido.

Alarido.

Cadenas.

-¡Uh...!

¡Uh...!

¡Uh...!

Bueno.

-¿Se fue?

-Qué va, sigue ahí.

Ese tío no se asusta. -Vuelve, vuelve y échale.

-Yo, ya, no me muevo.

-Malnacido,

que eres un malnacido.

¿Qué pensarán nuestros hijos? ¿Es así como los defiendes?

Ahí le tenéis, hijos míos. Ese es vuestro padre.

Un egoísta cobarde.

-Pero mujer, ¿no te digo que no se va?

¿Qué quieres, que le rompa la cabeza con las cadenas?

-Quiero

que no llegue al pueblo diciendo que pasó aquí la noche.

¿Es que no lo comprendes?

Esta es nuestra casa;

nuestra última posibilidad de vivir decentemente.

Si en el pueblo pierden el miedo al fantasma,

esto se llenará de gente.

Y lo que es peor:

de gente pobre.

-Anda, olvida tus grandezas, ya estoy harto.

Si viene gente, que venga. Al fin y al cabo,

tienen el mismo derecho que nosotros a estar aquí,

que nos hemos metido también por las buenas.

-Te lo diré por última vez:

Sal y asusta, de una vez, a ese hombre.

-Anda, que salga el niño, que ya ha tenido tiempo

de aprender el oficio. -Yo no voy.

Que a mí, me entra la risa. ¿Verdad, madre?

-Sabes perfectamente que al niño le queda grande la sábana.

-¡Pues la cortas!

Y si no, haces lo que te dé la gana.

Yo no me muevo.

Oh...

¡Oh...! ¡Oh...!

Oh... ¡Oh...!

¡Oh...!

Alaridos.

¡Uh...!

Bueno.

Cadenas.

Cadenas.

¡Uh!

Aquí no hay nada.

-A mí no me dan la posibilidad de abandonar.

¿Y si la historia que le contaron es mentira?

-Levantaré, de todas formas, estos terrenos de punta a punta.

Vaya con su péndulo a la bolsa de un rico; allí encontrará oro.

-Prefiero otros caminos.

Esto no es para mí.

Abuelo, no pierda más su tiempo. Coja a su hija y emprenda ese viaje

cuanto antes; no se preocupe de más.

-No insistas, por favor. Diga lo que está pensando.

Mi dinero no le parece limpio, ¿verdad?

Puede que no esté bien que vacíe las bolsas de los ricachones;

o que aligere del peso de sus alhajas a algunas señoronas;

pero como dice Curro, no hay derecho

que unos tengan tanto y otros, tan poco.

-No me lo tomes a mal.

Nunca podremos agradecerte lo suficiente tu ofrecimiento

pero yo tengo un trabajo que, poco a poco, me va a permitir

ahorrar lo que necesito. Ya. ¿Y no será ya tarde?

Abuelo, si mis cuentas no fallan

lleva usted más de ocho años buscando ese dinero.

¿No le parecen demasiados?

-Son demasiados. ¿Y por qué pierde su tiempo

viniendo aquí, día tras día?

-¿Qué otra cosa puedo hacer?

¿Crees que debo romper

el único lazo que la mantiene viva?

¿Hubiera podido resistir todos estos años

sin la esperanza de que, cualquier día, a mi vuelta a casa,

le llevase la alegría que tanto deseamos?

Su única fuerza es mi propia fuerza

y no pienso permitir que esta me abandone.

¿Lo comprendes ahora?

La verdad es que solamente a medias.

Pero está bien.

Sigamos cavando.

Ia.

¡Ia, caballo, ia!

-Para. So, so.

-Baja tú; yo desengancharé el caballo.

Está bien.

Trinos.

Ladridos.

-Es absurda e increíble esta situación.

Partes de una idea grotesca

y luego, te aferras a ella porque no tienes otra solución.

¿Cómo era él?

-¿A quién te refieres?

A tu marido.

-Prefiero no juzgarle.

¿Para qué?

Yo, entonces, era...

fuerte, alegre.

Me pareció maravilloso;

por eso, me casé con él.

Ahora...

Ahora, todo es distinto.

A la vista está.

¿Tú piensas que es verdad la historia que os contó?

-Entonces, la creí.

Ahora, necesito seguir creyéndola.

¿Por qué se marchó, abandonándolo todo?

-Al principio, tuvo fe ciega

en que mi padre encontraría el dinero.

Después, poco a poco, fue perdiendo la esperanza.

Creo que, incluso, llegó a dudar que hubiese algo enterrado.

Después,

mi accidente desencadenó todo lo demás.

¿Sigues queriéndole?

-El amor es...

un sentimiento que no me está permitido.

No debes decir eso.

Aún puedes rehacer tu vida.

Tienes que intentarlo.

Se arreglará todo, ya lo verás. Si hay un médico capaz de curarte,

lo traeré de donde esté, aunque sea a rastras.

(LLOROSA) No quiero...

No quiero participar de tus ilusiones.

Ya, no podría.

No tengo fuerzas para soportar una decepción más.

Márchate.

Márchate cuanto antes, por favor.

Antes de que la separación se me haga insoportable.

Doña Angustias, para los guisos

tiene usted unas manos de plata. -Pues, no lo entiendo

porque empecé a guisar cuando me casé con ese.

Mi familia era de abolengo. Siempre tuvimos cocinera.

Sin embargo, ahora, ya lo ve.

Ni piano.

¿En el pueblo nadie sospecha que son ustedes los que viven aquí?

-Qué tontería. ¿Cómo van a sospechar eso?

Siguen creyendo que vivimos en el cortijo.

¿Tienen un cortijo?

-Eh... Lo embargaron.

Solo nos dejaron los muebles.

¿Quién planeó todo esto?

-Ella.

Las dos cosas:

lo del castillo y lo del fantasma.

¿Y si viene el dueño?

-Vive fuera.

Había unos guardianes que huyeron, aterrorizados,

el primer día que llegó el el fantasma.

Ahora, nadie se acerca a husmear.

¡Hombre, nadie, nadie...! (RÍE)

Relincho.

Relincho.

Campanadas de reloj.

Campanadas de reloj.

Relincho.

¡Ah...!

¡Uh...!

(RÍE)

¿Qué hay, Algarrobo? ¿Qué haces vestido así?

¿Cómo me has conocido? Nos citamos aquí,

¿qué otro podría ser? Hombre...

Podría ser un fantasma de verdad.

Tienes razón, no me di cuenta de eso.

¿Ha llegado el Estudiante?

Debe estar a punto de hacerlo.

¿Tienes hambre? Toda.

Aquí vive una familia, ¿sabes? Yo trabajo de fantasma por...

por la comida. Si no te importa hacer de fantasma...

Ya verás qué bien se come.

Trinos.

-¿Es usted pariente de ella?

No, doctor.

Soy un amigo de la familia.

-En ese caso, no sé si puedo darle unos informes.

Por favor.

Solo intento ayudarla.

Me dijeron que usted le aconsejó un viaje hasta Madrid

para que la visitara un colega suyo.

-Sí. Algo de eso le dije.

¿Qué posibilidades hay, realmente?

-¿Quiere usted saber la verdad?

Sí.

-Muy pocas.

Entonces...

¿Por qué le hizo concebir esperanzas?

-¿Acaso usted es partidario de que no las tenga?

Las posibilidades son mínimas pero existen.

¿Soportaría ella ese viaje?

-Puede que en ese hueso tenga un tumor.

Le confieso que no lo sé.

¿No puede venir el doctor de Madrid a visitarla aquí?

-Tampoco en eso puedo contestarle. ¡Pagaría lo que pidiese!

-Mire, joven.

Como comprenderá, yo no puedo contestarle en su nombre.

Escríbale.

Yo, con mucho gusto, le daré su dirección.

Lo comprendo, doctor.

Muy agradecido.

Oiga, eso que me dijo del tumor,

¿podría...

podría poner en peligro su vida? -Desgraciadamente, si se confirma,

sí.

(TOCA)

Las manos

de mi cariño

te están bordando

una capa

con emblema

de alhelíes

y con esclavina de agua.

Cuando fuiste

novio mío

por la primavera blanca,

los cascos

de tu caballo

cuatro sollozos de plata.

La luna

es un pozo chico,

las flores

no valen nada.

Lo que vale...

-¿Se ha vuelto loco? ¡Deje eso ahí!

¿Cuánto vale?

-¡Deje eso ahí, no está en venta!

Elige: O te lo pago o me lo llevo sin pagar, así que, tú dirás.

Palmas.

-¡Largo! Me tendrás que echar por la fuerza.

¡Oh!

¡Ah!

-¡Ay!

¡Ay! Ah...

¡Oh!

Ah...

¡Ah!

¡Ah!

-¡Ya está bien!

¿Qué quieres, matarle?

Será mejor que lo guardes.

No vayan a darme a mí las mismas intenciones.

-¡Ia! ¡Ah...!

(GIME)

-¡Ia! ¡Ah!

(GIME)

¡Ay!

(GIME)

Ladridos.

(SE QUEJA)

Ladridos.

Graznidos.

Algo le ha ocurrido.

Si se ha tropezado con una mujer, adiós, dinero.

Ese pierde los estribos. No.

No es el dinero lo que me preocupa.

Si le han detenido, no podremos localizarle.

¿Por qué?

Cuando quieres hacerte el tonto, lo consigues.

Sí, ¿verdad?

Y tan verdad.

Graznidos.

-Nunca te hubiera relacionado con Curro Jiménez.

Yo no soy ni mejor

ni peor que él.

-De él se dicen cosas terribles.

-Ahora, de lo que se trata, es de avisarle.

¿Para qué meternos en más?

Ya debía estar con ellos.

Si se marchan ahora, me costará mucho encontrarles luego.

No quiero que piense que he intentado engañarles.

-Mira, al fin y al cabo,

el que roba a un ladrón... -Padre, por favor.

Déjale.

Esas verdades, ya, no me afectan.

-¿Está muy lejos ese castillo?

No.

Si usted me trae algo con lo que escribir,

le haré un mapa.

Y le pondré unas letras para Curro.

Es preciso que venga él aquí porque yo no puedo ir.

-Perdónale.

Habla más de la cuenta pero...

no tiene intención de herir.

Y a ti, menos que a nadie.

Ya lo sé.

-Hemos sido muy felices en tu compañía.

No vamos a decirnos adiós.

Ni te va a ser fácil separarte de mí.

Al tipo que le pegó voy a verle yo las barbas.

No hay tiempo que perder.

Si alguien le ha reconocido en la taberna,

no le será difícil encontrarle ahora.

A los caballos.

Oh.

El dinero lo tengo escondido

cerca de aquí. Eso, luego.

Ahora, dinos quién te ha puesto así.

Tome.

Buenas noches.

Esto es de parte de un amigo al que ayudó usted la otra noche

y que no puede venir.

-Gracias, su amigo es muy amable pero ¿cómo está?

Mejor.

Muchas gracias a los dos.

¡Ventero!

¡Eh, ventero!

Traiga usted una jarra de buen vino para estos amigos.

Vamos, señores, se va a cerrar. ¡Vamos!

¿Ustedes no han oído? Se va a cerrar.

-Me parece que voy a divertirme.

-A mí no me gustan las broncas.

Pero ese animal necesita un escarmiento.

-¡Oiga usted!

¿Cómo que se va a cerrar?

Sí. -Aquí, no cierra nadie más que yo,

que soy el dueño. Se va a cerrar.

-¡Ay!

¿Qué tal si le volamos la cabeza a este tipo?

Bah, parece fuerte.

¿Tú crees que aguantará tres o cuatro puñetazos?

-¡Ay! Ah...

Ah...

Ah...

(RÍE)

-¡Ah!

(RÍE)

-Ah...

¡Ah!

Ven aquí, pájaro.

(RÍE)

¿Está bien así?

Le falta uno.

-¡Ay! (RÍE)

Relincho.

Perdiz.

-¿Me has llamado? Quiero que me cuentes

cómo ha ido hoy el trabajo.

-El abuelo ha abierto más hoyos pero no hemos encontrado nada.

Quiero hacerte un regalo. -¿Por qué?

Porque creo que para encontrar oro hace falta tener un buen testigo;

el abuelo lo dijo.

-Llevamos los anillos.

Me parece que eso es poco.

Toma esta moneda.

-Vale mucho.

Guárdala y no se lo digas a nadie.

Con ella,

encontraréis el tesoro.

Y además, tengo una corazonada,

y es que eres tú quien lo va a encontrar.

-Seguro.

Mañana, tú y el abuelo buscáis entre los primeros árboles.

¿Lo harás así? -Te lo prometo.

-Y tú, ¿qué vas a hacer?

Tengo que irme de viaje.

Pero no te preocupes.

Volveremos a vernos, ¿eh?

Anda, tráeme esa ropa. Voy a vestirme.

-Yo no tengo ganas de cenar.

Me voy a dormir.

-¿Por qué te has levantado?

Iba a llevarte la cena.

Me encuentro bien.

Cenaré con vosotros.

Podrás montar.

Sí.

Saldremos mañana al amanecer.

-¿Por qué tantas prisas?

Se ha armado demasiado revuelo en el pueblo.

Lo más seguro es que nos anden buscando.

-Es prematuro que monte a caballo.

Podré hacerlo.

Curro tiene razón.

Nuestra presencia aquí os pone en peligro.

Yo seguiría aquí, tranquilo; se come muy bien.

Termina y vamos a dormir un rato. Nos espera una larga caminata.

-Lo que siento es no haberles podido ofrecer mejor alojamiento.

El granero es un buen sitio.

No se preocupe.

Estamos hechos a todo.

-Bueno. Voy a encenderles, entonces, unos candiles.

Buenas noches y gracias.

Buenas noches.

Ladridos.

(SOLLOZA) Es mejor así.

Volveré.

Te juro que volveré.

Todo va a salir como habíamos pensado.

-Sí. Seguro.

La vida no acaba hoy.

(SOLLOZA) Para mí, sí.

-Hay que buscar por aquí con esta moneda.

-¿Quién te la ha dado, hijo? -El Estudiante.

-Mira por ahí.

-Ahí va.

¡Somos ricos!

¡Somos ricos, abuelo!

¡Somos ricos, abuelo!

¡Lo hemos encontrado, el tesoro!

¡Abuelo! (RÍE)

¡Abuelo, hemos encontrado el tesoro!

¡Lo he encontrado yo, abuelo!

¡Abuelo, lo hemos encontrado!

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Curro Jiménez - El péndulo

09 ago 2016

Curro Jiménez y sus hombres asaltan una casa de juego. Les persiguen y separan. "El Estudiante", con el dinero robado, se refugia en una casa pobre, donde es atendido por el dueño, un anciano que se dedica a buscar aguas subterráneas con un péndulo, y que vive con su hija enferma y el hijo de ésta.

Histórico de emisiones:
20/07/2012
13/09/2013

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