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Curro Jiménez - Una larga ausencia - ver ahora reproducir video 52.25 min
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(LEE CON DIFICULTAD) Título...

de crédito que...

el banco...

¿Qué tal?

Oye, te he dicho qué tal.

Muy bien, muy bien, continúa.

Muchas gracias por enseñarme a leer.

Mi... Mira cómo leo este renglón, por si no pone lo que digo.

(LEE CON DIFICULTAD) Que...

el banco... Ese ya lo has leído.

Ahora no se me escapa.

Que el Banco Real...

"otroga"...

¿Lo he leído mal?

Léelo otra vez.

O... "Otroga".

¿Vuelvo a leerlo? Naturalmente.

¡"Otroga"!

"La letra, con sangre entra".

Aunque te rompas la mano, aquí pone... o... ¡"otroga"!

Una O, una T, otra O y una R, ¿cómo se lee?

Si no me dices las letras más despacio, se me olvida.

Anda, léelo tú mismo, animal.

O...

O...

"Otroga".

¡Otorga, animal!

Otorga a don Marcelino Buendía Andrade,

por valor de la deuda pública contraída por dicha cantidad

y cuya cuantía se especifica al margen. Así se lee.

¿Tan deprisa? Sí.

Qué letra tan pequeña.

Pa... Parecen hormigas en una procesión.

Y los renglones,

se cruzan unos con otros.

¿Qué pasa?

¿Adónde vas? A hablar con Curro.

Si vas a decirle que soy muy bruto, no pierdas el tiempo, ya lo sabe.

Titu...

El banco...

¡"Otroga"!

Arriba.

(EL CABALLO RELINCHA)

Oh...

Oh...

¡Ah!

¡Ah!

¡Ja!

Ja. Curro.

Oh...

(EL CABALLO RELINCHA) Entre los papeles de la valija

he encontrado esta orden, que trae noticias interesantes.

¿Han aumentado el precio por nuestras cabezas?

Todo lo contrario. Han anulado la orden

de busca y captura contra uno de los nuestros.

¿De quién? Juan de Dios.

¿Dicen a qué se debe?

No responsable de los cargos que se le imputaron.

Parece que han detenido al verdadero culpable.

(RÍE)

Tienen a un hombre dos años encerrado en el monte y luego,

escriben en un papel que se han equivocado.

Lo gracioso es que si no asaltamos el correo,

no nos enteramos y Juan de Dios se hubiera podrido aquí.

¿Eso cómo se llama? ¿Indulto o amnistía?

Equivocación. Ya.

¿Vas a decírselo? Naturalmente.

Tiene derecho a volver con los suyos.

Si le reconocen, pueden encerrarle por el tiempo que ha estado aquí.

Fallos humanos.

Ya.

La justicia la imparten los hombres y cuando los hombres se equivocan,

se convierte en injusticia.

Te tienen un montón de años encerrado

o perseguido como una alimaña. Y un buen día, te abren la jaula

y te dicen: "Nos hemos equivocado".

Te devuelven los cuatro cuartos que llevabas cuando te encerraron

y se quedan con los años que dejaste dentro.

Porque esos, nadie te los devuelve.

Fallos humanos.

Si se equivoca un muerto de hambre, no se permiten fallos.

Claro que los pobres, no somos seres humanos.

Cuánta mierda.

Tienes razón.

A Juan de Dios le ha llegado el pecado después de la penitencia.

Voy a hablar con él.

Ah, caballo.

¡Muy bien, Gitano!

Tu alumno va más deprisa que el mío. (RÍE)

Todo llega en esta vida.

La orden que ha encontrado el Estudiante te convierte

en ave de paso por aquí. -Las aves de paso van y vienen.

En la sierra vivimos los que no podemos vivir

en otra parte. Y ese, ya no es tu caso, Juan.

-No sé.

Esa orden llega demasiado tarde. Hace dos años que me eché al monte

y eso, para la justicia, también cuenta.

Sí.

Pero eso, aparte de tu familia, ¿quién lo sabe?

-Yo.

Cuando salí huyendo, era un hombre inocente

perseguido por la justicia. Ahora, soy un culpable libre.

Cuando la justicia te destroza la vida,

te la destroza para siempre.

Pero no viene después a arreglártela.

No todos tenemos la misma suerte que tú.

Algunos de nosotros, aunque recibiéramos el indulto,

no tendríamos dónde ir. -¿A qué le llamas tú suerte?

Aquí vives con un arma en la mano, duermes con un ojo abierto

y eso, te parece normal. Allí abajo, para mí, será lo mismo:

Siempre esperando el acecho de una sorpresa.

Esa es mi suerte, Curro.

Ese papel me obliga a marchar.

Pero quizá, hubiera sido mejor no haberlo encontrado nunca.

Te vas con los tuyos.

Tienes un sitio ahí abajo.

Es necesario que te vayas

pero si, algún día, nos necesitas, aquí quedamos.

-Lo tendré en cuenta.

(MELODÍA)

Toma.

No tienes más que hacerlo llegar

al manco de la venta que está cerca de tu cortijo.

Tan pronto como él lo reciba, nos avisará.

Lo dicho;

y que haya suerte. -La habrá para todos.

-Máximo.

-¡Juan de Dios!

¡Es Juan de Dios, madre!

-¡Hop! (JUAN DE DIOS RÍE)

So.

-¿Vienes perseguido?

-No.

-¿Qué te trae por aquí, después de tanto tiempo?

-Vengo a mi casa.

-No te esperábamos.

-¿Tú tampoco dices nada, Máximo?

-¿Qué quieres que te diga?

¿Que vienen bien dos manos más para la siega?

-Pues, aquí están. Abajo, Secundino.

Por lo menos, tú te alegras de verme.

¿Dónde está mi mujer?

-Está en la majada, con las cabras.

-No voy a consentir que venga él, con sus manos limpias,

a llevarse el fruto de mi trabajo. -No te precipites.

Vete a ver al abogado.

Él sabrá mejor lo que hay que hacer.

-Cuando él se fue, estas tierras

no valían ni la mitad de lo que van a empezar a valer ahora.

Yo sembré la cosecha en los altos, ganando palmo a palmo al monte.

¿Y dónde estaba él?

Yo me empeñé hasta el cuello para comprar las primeras cabras

y construí la majada.

En dos años, este cortijo no es el mismo que era antes.

-Las tierras son suyas.

Se las dejó su padre. -¿Y yo he pasado las de Caín

todo este tiempo para que él venga a disfrutarlo?

¿También heredó eso de su padre?

-Los dos sois hijos míos

y no quiero veros enfrentados.

-Intentaré arreglarlo.

-¿Cómo?

-No lo sé.

Había empezado a encariñarme con estas tierras.

Por primera vez, veía que mi trabajo

era bueno para algo más que para recibir órdenes.

Había empezado a olvidarme de muchas cosas.

Pero tuvo que volver él.

El amo.

Madre,

¿todo esto es suyo porque lo diga un papel?

¿También es dueño de mi trabajo, de mi esfuerzo?

(LAS CABRAS BALAN)

-¿Mucho trabajo?

Esquilas.

-Juan de Dios...

-El mismo.

Balidos.

Esquilas.

¿No te alegras de verme?

No soy un aparecido.

¿Me sigues queriendo?

Te he hecho una pregunta.

-Ni yo misma lo sé.

Han pasado tantas cosas, Juan de Dios.

Tanto tiempo... -Solo Dios sabe

lo que te he echado de menos.

Pero todo volverá a ser como antes.

Ya lo verás.

Balidos.

Buen rebaño.

-Lo juntó Máximo.

Ha trabajado mucho durante estos años.

-Un rebaño así vale dinero. ¿Cómo lo sacó?

-Lo pidió prestado y lo va pagando poco a poco.

Tenía razón.

Este sitio es bueno para pasto y...

no se aprovechaba.

Esquilas.

-¿Se puede?

-Pasa, Máximo.

No te había vuelto a ver desde el último pago.

-¿Es que hay algún motivo para visitas?

-Me han dicho que tu hermanastro ha regresado.

¿Es cierto?

-Sí. Es cierto.

-¿Qué piensas hacer? -¿Es que tengo que hacer algo?

-Mira, muchacho. Los préstamos que yo te he hecho

tienen como garantía el cortijo y el cortijo, es de tu hermano.

¿Está él conforme?

¿Va a respetar lo que acordamos?

-Todavía no se lo he preguntado.

Pero usted seguirá recibiendo el dinero en los plazos convenidos.

-¿Y si él dice que lo suyo es suyo y no quiere saber

más de todo esto? -¿Tiene derecho para ello?

-Todos.

Si los ejerce,

¿qué podrás hacer para devolverme el dinero que me debes?

-Yo he venido pagándole puntualmente.

-Tengo un documento de reconocimiento de deuda

que, si lo mando ejecutar, vas a la cárcel.

Es mucho dinero, Máximo, y yo vivo de esto. No lo olvides.

-Es usted un usurero. -También por eso,

puedo denunciarte.

-¿Qué puedo hacer?

-Que tu hermano respete tu trabajo y comparta la propiedad

de las tierras contigo; solo así, tendrás garantías.

No lo olvides.

-Cuánto tiempo lejos de ti.

-Y ese tiempo

lo hemos perdido para siempre. -Eso creo.

Todo está tan cambiado...

Incluso tú.

¿Sientes que haya vuelto?

-Ojalá todo pudiera volver a ser como antes.

-Pon algo de tu parte.

Vamos a intentarlo.

¿Te acuerdas de la primera noche?

Tú estabas azarada, y feliz.

Ahora estás lejos.

Como ausente.

Y yo me siento responsable.

Pero voy a luchar por nuestra felicidad;

porque mi cariño sigue siendo el mismo de antes.

(MELODÍA DEL RELOJ)

-Dame tiempo para acostumbrarme, de nuevo, a ti.

Necesito tranquilidad y...

y ordenar mis ideas.

-Comprendo.

Es difícil olvidar la noche de mi huida,

dejándote aquí sola, en esta cama.

-Es difícil olvidar esa noche.

Y todas las que siguieron.

-¡Se te han pegado las sábanas esta primera noche, eh!

Relincho.

Relincho.

¿Reconoces el sitio?

¿A que no se parece en nada al que tú dejaste?

-Yo no pedí tu trabajo. Tú lo pusiste y has vivido de él.

-¿Podré seguir haciéndolo?

-¿Por qué no?

-Va a ser difícil para mí volver a aceptar tus órdenes.

Tú lo llevabas de una manera; yo, de otra.

-¿Qué esperas? ¿Que acepte yo las tuyas?

-No sé qué habrá sido tu vida fuera de aquí;

pero no hay duda de que has hecho un buen negocio.

¿Has hablado con tu mujer?

-¿Qué tenía que hablar con mi mujer?

-Podía haberte hablado de mi lucha,

de mi esfuerzo.

Y de otras cosas.

-¿De otras cosas?

Háblame claro.

-No hay nada que aclarar.

Cuando una mujer lleva mucho tiempo sola, puede ocurrirle de todo.

O no.

-¿Qué estás insinuando?

-Nada.

Nada en absoluto.

Relincho.

Balidos.

-¿Qué te trae por aquí?

-No tengo tranquilidad para trabajar.

-¿Te pasa algo? -Nada importante.

No sabría decirte qué es.

Me siento un extraño entre mi familia.

Todos parece que lamentáis mi regreso.

-Estás en casa.

Yo me siento feliz de tenerte aquí, de nuevo.

-Entonces, ¿qué ocurre?

¿Qué me andáis ocultando? -¿Por qué tendría yo

que ocultarte nada?

-No lo sé.

Tienes razón.

¿Has respetado mi ausencia?

-Me estás acusando sin razón.

¿Dónde estabas tú para defenderme?

Yo no soy culpable de nada.

Al contrario.

Si alguien ha sufrido, he sido yo.

¿Por qué vienes ahora pidiéndome cuentas que no puedo darte?

Soy yo quien debería pedírtelas.

Y no lo hago.

-Sebastián.

Ven un momento.

¿Quieres hacer un trabajo?

-¿Sucio?

-Bien pagado.

-¿Solo?

-Conviene que te ayuden, por si acaso.

¡Eh, ventero!

-¿Qué vais a tomar?

-Tráenos una jarra de vino.

-¿Dónde está Máximo? -Ha bajado al pueblo.

-¿A divertirse? -Y si así fuera, ¿qué?

Se lo ha ganado, ¿no te parece?

-Para usted, él siempre lo ha merecido todo.

Empieza a cansarme esta historia.

-Las hay peores.

-¿A cuál se refiere? -A la tuya, por ejemplo.

-Me parece que ya va siendo hora, de una vez para siempre,

de que hablemos con claridad. ¿Qué tiene contra mí?

-Contra ti, nada.

Quizá, tu presencia me recuerde

cosas que he intentado, inútilmente, olvidar.

Cada vez te pareces más a tu padre.

Y esa es una imagen que no he logrado nunca

dejar de odiar. -¿Entonces, por qué se casó con él?

-Casarme, dices.

Creo que tienes razón.

Va siendo hora de que tú lo sepas.

El hombre que te dio su apellido y te hizo su heredero

solo era un indeseable veinte años mayor que yo,

que me violentó cuando yo era apenas una adolescente.

-Ni siendo así, me siento responsable.

¿He sido un mal hijo para usted?

¿Me he portado peor que lo han hecho Máximo o Secundino?

-Ellos son hijos de un hombre con el que compartí feliz...

una parte tristemente pequeña de mi vida.

Tú eres hijo de la violencia y de la fuerza de un hombre

al que odié más que a nadie en el mundo.

¿Qué quieres?

-Ah...

Ahora, nada.

Quizá, de niño, me hicieron falta muchas cosas.

Quisiera entenderla, madre.

Y disculparla.

Pero su cariño me hubiese hecho falta en momentos muy difíciles.

-Tienes razón.

Muchas veces, he intentado olvidarlo todo.

Pero tan pronto como te veía,

era como volver a verle.

Y él representaba la parte más amarga de mi vida.

Compréndeme.

Si de algo soy responsable,

es de no haber podido dominar mis propios sentimientos.

Ah...

(MELODÍA)

-Toma.

-¿Por qué me lo das? -Si, algún día, me ocurriera algo,

o necesitaras a alguien de confianza,

lleva este reloj a Mariano el de la venta.

Lo abres y él te dirá lo que tienes que hacer.

(MELODÍA)

Gallo.

-Quiero hablar contigo, Máximo.

-¿A estas horas? -Sí.

-Está bien. Ahora voy.

Ladridos.

Sabes que no me gustan las medias palabras

y ayer, me has hablado así.

-¿Por qué lo dices, por lo de Sara? -Sí.

-Bueno...

ya sabes cómo es la gente.

Tampoco hay que hacer caso de lo que digan o dejen de decir.

-Sara es mi mujer y no me gusta que ande de boca en boca.

Y además, tienes la obligación de decirme todo lo que sea.

-No quería habértelo dicho.

Pero puede que tengas razón.

Verás...

No es fácil hablar de esto con un hermano.

-Pues habla de hombre a hombre.

-Hay por ahí un farsante que va presumiendo de consolar a viudas.

Y a otras que no lo son.

Eso es lo que dicen.

-¿Quién es?

-Yo no le he visto nunca. -Algo sabrás.

-Poca cosa.

Es un feriante que lleva camisa de hábito.

-¿Cómo se llama?

-Sebastián Heredia.

-¿Y dónde vive?

-Va de feria en feria.

Dicen que vive en la casucha que está camino de Ayora.

-Sé cuál es.

-Juan de Dios.

Deja estar este asunto.

Yo estaba aquí y no vi nada. -Ni yo lo creo.

Iré a ver a ese Heredia.

-Como quieras.

Pero ten cuidado.

Ya conoces a esa gente.

Relincho.

Gallo.

Gallo.

(EL CABALLO RELINCHA)

-¿Sebastián Heredia?

-Ahí le tienes.

-¿Qué quieres?

-Saber algo de una mujer.

-¿De una mujer?

(RÍE)

Una mujer.

Hay tantas...

¿Cómo se llama?

-Sara.

-No la conozco.

-¡Espera!

Me lo vas a decir, de una manera o de otra.

(DISPARA) -¡Ah! ¡Ah!

-Enterradle.

Nadie va a pedirnos cuentas.

Realmente, este hombre, hace mucho tiempo que no existía.

-¡Sara! ¡Sara!

¡Tres hombres han matado a Juan de Dios!

¡Tres hombres han matado a Juan de Dios, Sara!

(LLORAN)

-Tres hombres han matado a Juan de Dios, Sara.

(LLORAN)

Ladridos.

-¿Qué haces aquí?

¿Dónde has dejado el rebaño?

-El rebaño está en la majada.

Pero no pienso volver.

¡No pienso volver nunca más!

-Nunca me habías hablado así.

¿Tanto te ha hecho cambiar la presencia de Juan de Dios?

-Secundino ha sido testigo de cómo le mataban.

-¿Juan de Dios muerto?

-Asesinado.

-¿Pero por quién, por qué?

-No lo sé.

Pero esta vez, voy a enterarme de todo.

-Dios mío.

-Terminó el tiempo de lamentarse.

A mí, no va usted a engañarme.

Es usted tan culpable de la muerte de su hijo

como quien le haya matado.

-Estás loca.

-Sí.

¡Pero de rabia!

No cuenten con que van a echarme, como la otra vez.

Lo acepté porque no tenía dónde ir.

Pero ahora, voy a luchar por lo que es mío, Juliana.

Y no descansaré hasta conseguirlo.

Me han humillado cuanto han querido.

La misma noche que Juan huyó,

usted fue testigo de cómo Máximo derribó la puerta de mi alcoba.

¿Y qué hizo usted?

¿Qué hizo todas las noches que siguieron?

¡Callar y consentir!

-¿Por qué tenía que saber yo lo que pasaba entre Máximo y tú?

-Porque él no se preocupó

de ocultarlo. -Ya.

¿Y tú, qué hacías?

-Tiene razón.

Entonces es cuando debí hacer lo que estoy haciendo ahora.

-Ah...

-Pero no van a volver a jugar conmigo, no.

No.

Métanse esto en la cabeza, usted

y Máximo.

Se abre la puerta.

-Es muy tarde, madre.

Debe irse a dormir.

-¿Han encontrado ya su cuerpo?

¿Se sabe algo de quién pudo hacerlo?

-No.

-¿Tú tampoco lo sabes?

-Yo, tampoco.

Mañana iré a ver al abogado. Él dirá qué debemos hacer.

Ahora, márchese a descansar, madre.

-Presiento que ya, nunca habrá descanso para nosotros, Máximo.

-¿Por qué dice eso, madre? -Esta vez,

la justicia dará con el culpable.

-No sé qué quiere decir.

-Si es así,

mejor para todos.

Aullido.

-¡Lárgate de aquí, chaval!

(MELODÍA)

¿Qué ha pasado? -El muchacho que lo trajo dijo

que habían matado a su hermano, Juan de Dios.

¿Tú le conoces? -Bah, de vista. Vienen poco.

¿El chico lo vio?

-Eso me dijo.

Según parece, son tres feriantes que estarán ahora en Pozoblanco.

¿Dónde puedo encontrar al muchacho? -Vive en un cortijo cerca de aquí.

Pero lo encontrarás en la majada, que es donde suele estar.

Ladridos. -Vamos, muerde. Muérdelo.

Muerde.

-Esos perros parecen hambrientos.

-¡Lo están! -¿Por qué?

-¡Les estoy enseñando a defenderme! ¡Paso aquí mucho tiempo sola!

Ladridos.

Súbete allí.

Ahora verás.

Vamos, ataca. ¡Ataca!

(LADRA)

(GRUÑE)

-¡Quieto!

Balido.

Esquilas.

¿Conocéis esto?

(MELODÍA DEL RELOJ)

-Tú eres Curro Jiménez.

¿Alguien tenía motivos para matarle?

-Había tantos.

No puedo creer que Juan de Dios tuviera enemigos.

Le conocía bien.

-Este puede ser uno.

El campo, el ganado.

En ausencia de Juan de Dios.

Máximo pidió dinero prestado. ¿A quién?

-A un abogado.

Iré a verle.

-Voy contigo.

Yo te llevaré a su casa.

-No acostumbro a recibir fuera de las horas de visita

pero tratándose de un colega...

Bachiller en leyes por la universidad de Sevilla.

Y hasta allí llega su merecida fama en cuestiones de arrendamiento,

títulos de propiedad y perfecta interpretación testamentaria.

-Son mis fuertes, desde luego.

Pues de Sevilla vengo, con estos amigos.

Aunque se han acogido a mí más por amistad que por ciencia,

he querido que sometan su pleito al salomón de nuestra Constitución.

Escúcheme usted, señor abogado.

Yo me fui, con mis tías, para las Américas,

cuando murió mi santa madre,

y cerré la casa,

que para eso tiene su puerta. -Natural y lógico.

Pero un campo, ¿usted ve natural y lógico

que se pueda cerrar un campo? -No.

No, ¿verdad? Pues, aquí, el paisano llegó y se metió en él.

¡Natural! ¡Estaba abierto y vacío!

¿Lo oye? Se le ha metido eso en la cabeza

y no hay quien se lo quite.

Dice que algún derecho debe tener y este es el pleito.

-¿Cuánto tiempo hace que embarcó?

La primera parte embarcó para las Américas

hace, exactamente, veinticuatro años. Era un niño.

-Ah... Ya.

Oh, no, no. Eso dice él.

Veinticuatro años y tres meses hará por San Mateo

que vengo trabajando yo esas tierras y nunca oí decir

que fueran de nadie ni nadie me dijo nada.

Verá, señoría.

Colega.

Se trata de llevar al ánimo de la segunda parte para...

que se retracte de motu proprio ante la primera parte;

así, la primera parte quedará satisfecha

y abonará el importe de la minuta,

la parte proporcional al importe total de la operación.

Digamos, un...

quince por ciento, del que yo devengaría un cinco.

-Ajá.

Qué bien habla usted, señor abogado, qué bien.

Gracias. -Comprendido.

"Iustus est iustus", que decía Justiniano.

Ahí está.

-Por favor, acérquese.

Supongo que no tendrá usted título de propiedad

debidamente registrado de la finca en litigio.

Tendrá, al menos, la autorización municipal.

No, señor.

-¿Y los recibos de pago de la contribución rústica?

No.

-¿Qué tiene usted?

Los mejores pepinos de la vega. ¡Debería usted verlos!

Son unos pepinos como... ¿cómo le diría?

¡Como mi cabeza!

-¡Basta!

Me refiero a si tiene usted algún documento que le acredite

como propietario, usufructuario o arrendatario;

como algo.

No. Papeles, no. De eso, no da la tierra.

-¿Y qué pretende usted? Seguir como hasta ahora:

arando, segando, recogiendo.

No, no sé hacer otra cosa. (EL ABOGADO RÍE)

¿Se da cuenta

de la ignorancia?

¿Me da el título de propiedad, por favor?

Bueno... El título de propiedad lo trajo ya

su tío, antes de partir para América.

¿No se acuerda? -¡Ah...! Sí, sí, sí.

Lo tengo por aquí. Hace ya tantos años...

Ahora bien, colega.

Eso equivale, digamos a un...

veinticinco por ciento,

sin contar el cinco suyo, claro está.

De acuerdo, colega.

(RÍE) Qué memoria.

Aquí,

aquí tengo la vida de media provincia

y mi vida entera. Como para acordarme.

En nuestra profesión, el archivo es nuestra memoria.

Ajá. -No lo olvide.

Ahí tiene razón.

-En fin, necesitaré

algunos datos

para preparar la documentación.

Por lo visto, con esto no hace falta echarse al monte.

Porque, sencillamente, con esto, se hace la ley. ¿Eh?

Toma, Algarrobo.

Nos la vamos a llevar.

Es mucho mejor que esto.

-Colega.

¿Qué significa esto?

Esto, según el código de Hammurabi, no tiene nombre.

Ahí va. Aquí hay muchos asuntos como el mío.

Por eso huele tan mal en este cuarto.

¿Qué hacen en tu pueblo con la basura?

Se le echa a los cerdos.

¿Y cuándo no la quieren los cerdos?

(RÍE) ¡Se quema!

(LOS TRES BANDOLEROS RÍEN)

-No. ¡No!

Ah... No, no. Por favor, deje eso.

¡Deje eso!

Ah... Esto es un atropello.

¿Qué hacen?

¿Qué hacen?

No. No. No, por favor, no lo hagan.

Yo les daré todo el dinero que pidan pero no...

no me quemen el archivo. ¿No ven que es mi vida?

¡Yo vivo de esto!

Un amigo mío murió por esto.

-Si ya está muerto,

¿qué adelantan con quemar toda mi vida?

No. Apaguen eso. ¡Fuera!

-Por favor. ¡Apaguen ese fuego! ¡Apaguen ese fuego!

No. No. No, no, no me lo quemen, por favor.

¡No!

No. ¡No, no me quemen el archivo!

¡No!

¡No!

Balido.

Relincho.

Relincho.

-Ahí hay uno.

Ahí hay uno de ellos. Vamos a hablar con él.

Tú, síguele luego.

¿Podemos hablar un momento? -¿Por qué no?

A solas. -Sí.

Relincho.

Relincho.

Sabemos que has matado a un hombre.

-Déjese usted de bromas.

Se llamaba Juan de Dios. -Yo no lo hice.

Presencié una pelea.

¿Son de la justicia?

No.

Somos feriantes pero queremos una parte por tener la boca cerrada.

-¿Cuánto?

Bastante.

Tendrán que echarte una mano tus compañeros.

Nos veremos aquí esta misma tarde.

¿De acuerdo?

-Sí.

No faltes.

Mugido.

Relincho.

Mugido.

-Dos hombres andan detrás de mí.

Avisa a los demás y esperadme en el cortijo.

Yo les llevaré hasta allí.

Relincho.

(UN CABALLO RELINCHA)

Relincho.

Relincho.

Al agua.

(RÍEN)

Lo vas a ahogar.

Así se le refresca la memoria.

(JADEA) Os daré el dinero.

Por supuesto.

Y algo más.

El nombre del que mató a Juan de Dios.

-No.

(JADEA) Lo mató un feriante.

Se llama Sebastián Heredia.

(LOS CABALLOS RESOPLAN)

Esperadme aquí. ¡Tú!

Ve delante.

-¡No dispares! (DISPARA)

(EL CABALLO RELINCHA)

(DISPARA)

Da la vuelta.

(DISPARA)

Relincho.

Disparos.

(AMBOS DISPARAN) -¡Ay!

-¡Ay!

(EL CABALLO RELINCHA)

(DISPARA) -¡Ay!

Disparo.

-¡Ay!

¡Ah!

¡Oh! ¡Oh!

¡Oh! ¡Oh!

(RELINCHAN) ¡Oh, caballo!

Relinchos.

¡Oh!

-¡Ay!

-No me matéis. Os diré lo que queráis.

¿Quién fue? -Un feriante,

que se llama Sebastián Heredia.

¿Dónde está? -No lo sé.

Tarde o temprano, irá a la casa donde tiene la mujer.

No pasa mucho tiempo sin que la visite.

Llévanos a esa casa.

¿Quién te pagó?

Contesta. -Su propio hermano.

No me mientas.

¿Cómo se llama?

-Máximo.

Esquilas. -Uh... ¡Eh!

(BALAN) ¡Eh!

Adiós.

(SOLLOZA)

-Ah...

(LLORA)

(BALAN)

-¡Eh!

(LLORA)

(LLORA)

Balidos.

Esquilas.

-¡Márchate, Máximo!

No te acerques.

¡No te acerques!

¡Te lo digo por última vez!

¡Te he dicho que no te muevas!

No va a volver a ocurrir lo que ocurrió.

¡Te mataré antes!

Esquilas.

¡Sultán!

¡Mora!

¡Atacadle!

¡Atacadle!

(LADRA)

(LADRAN)

-¡Ay!

(LOS PERROS GRUÑEN)

-¡Ay!

(MÁXIMO SE QUEJA)

¡Ah!

(LOS PERROS GRUÑEN) (SE QUEJA)

¡Ah! ¡Ah!

(SE QUEJA)

¡Ah!

-¡Ah!

(SARA GRITA)

(LLORA)

(LLORA)

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Curro Jiménez - Una larga ausencia

16 ago 2016

Un hombre perseguido por la justicia es indultado por haber capturado al verdadero delincuente. Tras dos años de ausencia llega a su casa, donde se encuentra con que su hermanastro se ha apoderado de su finca y de su legítima esposa.

Histórico de emisiones:
09/08/2012
05/08/2013

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