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Curro Jiménez - La gran batalla de Andalucía - ver ahora reproducir video 55.02 min
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El pequeño pueblo de Villamansa,

enclavado en el corazón de Andalucía,

nunca tuvo nada de extraordinario,

como no fuera su extraordinaria insignificancia.

Nunca figuró en las crónicas ni en los libros de historia.

No tenía importancia estratégica ni monumentos memorables.

Sus gentes eran pacíficas y pobres, muy pobres.

Su vida era dura y rutinaria.

Los hombres labraban una tierra que no era suya

y bebían en la taberna.

Las mujeres labraban una tierra que no era suya

y lavaban la ropa.

Había un alcalde,

un cura...

y un alfarero: don Paco,

que es el protagonista de nuestra historia.

Como todos los pueblos de la región,

Villamansa está sometido a un régimen feudal.

Y como todos ellos, tiene que rendir anualmente

unos fuertes tributos a la nobleza propietaria de las tierras.

Los franceses han invadido España

y la nobleza española se ha trasladado a Bayona,

donde intenta congraciarse con el monarca francés.

El señor alcalde está muy preocupado.

Este año la cosecha ha sido mala.

El pueblo es más pobre que nunca.

Ha llegado el temido momento de la recaudación de los tributos.

Por este motivo, se espera con aprensión

la llegada desde Bayona

de los señores Marqueses de Montedeoro,

en cuyos dominios está enclavado Villamansa

y bajo cuya tutela feudal sus gentes viven,

trabajan y pasan hambre.

(ARREAN A LOS CABALLOS)

-¡Alto! ¡Alto! -Quietos.

Vamos, baje. Venga.

Vamos. -¡El dinero!

-La pulsera también.

¡Manos arriba, bribones! ¡Tirad las armas!

¡Tú, tira el trabuco!

Devolved las joyas y el dinero u os levanto la tapa de los sesos.

¡Y ahora a la carrera! ¡Y rápido!

-Me ha salvado usted, señor.

Don Britos de Rivadeneira.

-¿Estamos cruzando sus tierras? No, señora. Soy indiano.

Permítame que la escolte con mi criado.

Nunca se está libre de salteadores.

¡Vamos, adelante! (ARREA AL CABALLO)

¿De modo que viene usted de la corte?

-Nos hemos instalado provisionalmente en Bayona.

Pero todos los años visitamos nuestras tierras

en esta querida Andalucía.

Venimos a ver a nuestras gentes. Somos un poco sus padres.

Un poco... Un poco... sus dueños.

-Digamos, sus padres.

Esto expresa mejor nuestros sentimientos.

Pero el marqués esta vez no ha podido venir.

Tiene mucho que hacer en la corte.

Y aquí estoy. Sola. Por fortuna.

Para mí, que he podido prestarle mis servicios.

-No será la última vez.

Así lo espero.

-No está mal este vino, ¿eh? -Prefiero el burdeos.

Me he acostumbrado en Bayona. -¿Y qué hace tu señora en Bayona?

-Hemos arrendado un palacio. Damos grandes saraos.

A veces tenemos que sobornar a algún funcionario y ministro.

La vida en la corte cuesta una fortuna.

-Y venís a Andalucía a buscarla.

-Claro. Como todos los años.

¿De qué crees que vivimos en Madrid y de qué crees

que seguiremos viviendo en Bayona? -Ajá.

-Desde niña siempre me gustó comer la fruta de esta manera.

Yo nunca la comí de otra.

-Feliz de usted, don Britos. La corte es tan aburrida...

Tan llena de etiquetas y formalismos...

Cuando uno se lleva la fruta a la boca con tanto tenedor

y tanto cuchillo, no se le saca jugo.

-Me voy a acostar.

No se le ocurra golpear a mi puerta dentro de una hora.

Ni siquiera muy suavemente. Una hora.

-Muy suavemente.

Pero no lo haga usted. Tengo el sueño muy liviano.

-Han llegado tres escopetanos a la cocina.

Y el teniente y todos los bigotes. ¡Vámonos!

Espera. No nos han visto. Partiremos al amanecer.

-¿Estás loco? Ese hombre es un perdiguero.

Reconocerá tu caballo en la cuadra y tus ronquidos.

No pienso dormir. -Curro...

Está bien. ¿Qué has averiguado? -Lo que pensábamos.

La marquesa ha venido a recaudar el dinero

para llevárselo a Francia. ¿Y tú?

Que le gusta comer la fruta a mordiscones.

Llaman a la puerta.

-Señora marquesa, perdón por interrumpir su descanso,

pero me veo obligado a comunicarle

que el caballero con el que ha cenado esta noche...

-¡Dios mío! ¿Qué ha ocurrido? -A él nada.

Pero no es un caballero, sino Curro Jiménez,

el forajido más peligroso de la comarca.

Ya ve, señora marquesa, que es a usted

a quien le podía haber ocurrido algo muy serio.

-No lo dudo, teniente.

¿Pero qué está usted diciendo?

No puedo dar crédito a mis oídos.

¿Ha dicho usted realmente que no me asegura

la recaudación de los tributos? ¡Es inaudito!

-Inaudito, señora marquesa, inaudito.

Comprenda. Las cosechas han sido pésimas.

La gente está sin dinero. -¿Por qué he de ser yo la víctima?

-Las víctimas son sus arrendatarios, señora.

-No me venga con historias.

Yo nunca he dejado de cobrar puntualmente.

Y este año no será una excepción.

No estoy dispuesta a tolerar estas innovaciones

que usted le parecen muy naturales por lo que veo.

¡Es inconcebible¡ Nosotros confiamos en usted.

Le sostenemos en su cargo de alcalde

y nos paga permitiendo semejante... ¡Pero si esto es una revolución!

-Señora marquesa, no diga esas palabras.

-Las cosas por su nombre.

¡Ah! Ya comprendo. La proximidad de los franceses.

Me extraña no haber encontrado en la plaza una guillotina.

¿Será usted quien la haga caer sobre mi cuello, don Manuel?

-¡Por Dios y la Virgen, señora marquesa!

¡Qué horrores está diciendo!

Serénese usted. -Está bien. Me sereno.

Pero escúcheme bien.

No estoy dispuesta a volver a Bayona sin el dinero.

No puedo quedarme eternamente aquí, en el culo del mundo.

Puede írselo comunicando a todos.

Ustedes saben cuánto les quiero y...

y por eso mismo detesto esta clase de... de problemas.

-Veré lo que puedo hacer, señora marquesa.

-Véalo, don Manuel.

Pero es muy simple.

Una sola cosa: ¡Cobrar!

-Cálmate, hombre, que todo tiene arreglo.

-Esto no lo tiene.

Si complazco a la marquesa,

que además está en su santo derecho,

tengo que acogotar a todo el mundo.

Dejarles sin pan que llevarse a la boca por el resto del año.

Y si defiendo a esa pobre gente, que también está

en su santo derecho a no morir de hambre...

-¿Cómo puede haber tantos derechos?

¿Y todos tan santos y tan opuestos?

-Y por si fuera poco, los franceses.

Tenía la esperanza de que no llegaran aquí.

Somos tan poco importantes...

¿Por qué diablos nos habrán puesto en el mapa?

(NARRADOR) Hacia el pueblo de Villamansa

se dirige el general Florit,

hombre sumamente culto e inteligente.

En la pasada campaña de Polonia, la dureza de su represión

contra los resistentes a las banderas napoleónicas

le valió el sobrenombre de Chacal de Polonia

y también el ascenso a general.

Para lavarse su fama de sanguinario

el general Florit está dispuesto a no emplear

la violencia en España.

No quiere aparecer como un invasor,

sino como un portavoz de la revolución francesa,

de las ideas liberales y democráticas

que ayudarán a España a salir

del injusto sistema feudal en el que vive.

Le acompaña Posadas, periodista sudamericano liberal,

cuyo objetivo es estudiar

las tácticas de la guerrilla española

para poder aplicarlas en su país e independizarle

del opresor imperialismo español.

-Queridos vecinos, como acaba de decirnos el señor cura:

"Dios, al crearnos, no nos dotó a todos por igual".

Dio a unos más... A otros menos...

En una diversidad admirable

y en un mundo de pobres y de ricos.

Más de pobres que de ricos, en mi opinión.

Pero ya seremos todos ricos en el paraíso.

Por lo tanto, el señor cura dice que es vuestra obligación moral

pagar los tributos, como se ha hecho toda la vida.

Yo dudo de que la llegada del general Florit,

como esperáis alguno de vosotros,

pueda cambiar la determinación de la señora marquesa.

Para el señor cura, los franceses son unos herejes.

Para el señor boticario,

los paladines de la ilustración y del progreso.

Para muchos, una esperanza.

Pero para mí... un problema.

-Una vez más le dije:

El ejército francés no ha venido a España a traer la guerra,

sino la libertad y la paz.

-Una paz que ya le ha costado a usted algunas batallas.

-Verás, no todos comprenden nuestras intenciones.

Pero ustedes, los americanos, han sufrido en carne propia

los rigores del absolutismo español.

-Como alcalde de Villamansa, me dirijo a los vecinos

en nombre del general Florit,

de las tropas francesas de ocupación,

y les digo que enterado de que la paz

y del orden reinan en nuestro pueblo,

no se propone alterarlos, sino al contrario,

respaldará a las autoridades constituidas.

Se limitará a dejar aquí una pequeña guarnición

con orden expresa de respetar vida y hacienda de los moradores.

Y estudiará la forma de que su pueblo colabore

con el nuestro en el propósito de fomentar nuestra industria

y alcanzar las más altas cotas de progreso y libertad.

Y ahora, en nombre de todos vosotros,

doy la bienvenida al general Florit y a toda su escolta.

¡Viva el rey José!

¡Viva la alianza de España y Francia!

(TODOS) ¡Viva!

¡So!

Caballero, ¿sabe dónde está la posada?

-Atravesando la plaza. ¿Es forastero?

Indiano. -Qué casualidad. Yo también.

¿De dónde es usted? De La Habana.

-Yo de Valparaíso. Estamos algo lejos,

pero somos hermanos. Lo que son las casualidades.

-¿Le acompaño? No, gracias. Ya nos veremos.

(CANTAN "LA MARSELLESA")

-Un momento, un momento. No cogéis bien la melodía.

Vamos, cantad conmigo.

(CANTAN "LA MARSELLESA")

-Señora marquesa, ¿qué quiere decir "contre nous"?

-Pues... más o menos esto:

"Contra nosotros la tiranía levantó su bandera ensangrentada"

-¿Y quién es la tiranía?

-Qué preguntas haces.

Cantemos primero y dejemos las explicaciones para más tarde.

Vamos.

(CANTAN "LA MARSELLESA")

(DEJAN DE CANTAR)

-Bonjour, monsieur le lieutenant.

Dígale al teniente que tendré sumo placer

en recibir esta noche al señor general.

Vamos. Vamos, niños. (CANTAN "LA MARSELLESA")

-Comprenda usted, general, que quiera volver

a Bayona cuanto antes. El marqués solo allí...

con tanta francesa guapa...

-¿Tan poca memoria tiene el marqués

como para olvidar en pocos días

que tiene la mujer más fascinante de Europa?

-Me voy a ruborizar con tanto halago.

Como si fueran ustedes quienes van a pedirme algo...

y no yo a usted, general. Interceda usted por mí.

Ejerza su influencia sobre el alcalde.

Quizás con la ayuda de sus soldados pudiera hacerse

la recaudación de mis impuestos...

con más eficacia y más velocidad.

-No puedo ocupar a mis soldados en ciertos menesteres, madame.

Lo siento.

Además, usted lo sabe.

Las ideas del gobierno francés no concuerdan

con ciertas situaciones.

¿Verdad, Posadas?

-La verdad es que en España sigue imperando

el feudalismo, señora marquesa.

Aunque tenga un rostro tan seductor como el suyo.

-Ah, ya sé de lo que estáis hablando.

De ideas. Pero, general, tengo amigos en Francia

que también viven de la renta de sus propiedades.

-Sí. Todo no ha podido corregirse todavía.

-Oh, no crea usted que no entiendo de eso que llaman igualdad

y todas esas cosas.

Pero he tenido mis discusiones con el propio rey José.

-¿Conocéis al Rey personalmente?

-Ha venido varias veces a nuestros bailes.

Juega al chaquete con el marqués.

Y he tenido el honor de recibir

este pendentif de sus propias manos.

De un lado Napoleón. Del otro Isabel la Católica.

-Hermosísimo. Qué curioso.

-¿Ve usted, general?

Nuestra más grande reina y vuestro emperador.

Siempre es posible entenderse entre grandes.

¿Verdad que me ayudará, general?

-Es difícil decirle a usted que no.

-Muchas gracias.

A propósito, ¿os apetece unos cigarros de las colonias?

-Encantado. -Perdón.

Disculpad, vuelvo enseguida.

-Si yo fuera la marquesa,

estaría muy inquieto. -¿Por qué?

-Porque ya se sabe lo que han hecho

los generales franceses en toda Europa.

Aquí mismo, en Andalucía,

su excelentísimo mariscal Soult, por ejemplo.

-¿Y qué han hecho? -Saquear iglesias y palacios.

Y llevárselo todo a París.

-Qué mala fama estamos adquiriendo.

No se puede negar que algunos de mis colegas

la pasión por el arte les ha llevado demasiado lejos.

Pero yo no me llevaría jamás esos cuadros,

mi querido Posadas,

porque son imitaciones

y no muy hábiles.

-Ajá.

-En cambio, este retrato de la marquesa es extraordinario.

Está sin firmar.

-El general está muy impresionado con su retrato, señora marquesa.

-¿Habla usted en serio? -Ajá.

Completamente en serio.

Es, sin duda, de un gran artista.

Podría estar pintado por Goya.

Pero revela un grado superior de madurez.

¿Quién lo pintó?

-Figúrese usted.

Don Paco, el alfarero del pueblo.

Yo le acepté este retrato por hacerle un favor.

Me lo ofreció a cambio de su arrendamiento.

Pero como me pareció bonito...

-Manuel. Manuel.

¿Sabes lo que se dice en la plaza?

Que el general y la marquesa están de visita,

en casa del alfarero. -¡Virgen santa!

Estamos perdidos. -¿Qué pasa?

-¿No sabes que ese viejo chiflado ha pintado

los horrores de la guerra y que en sus cuadros

pone a los franceses como unos asesinos?

-Suprême.

Fantastique.

En mi opinión, su pintura es...

políticamente tendenciosa.

Los franceses no hemos cometido estas atrocidades en su tierra.

-Quizás a usted y a mí, señor,

nos han llegado historias diferentes.

-Puede ser.

Ha sido una objeción superficial, monsieur...

-Paco. Paco.

Monsieur Paco.

Me refiero solo al tema del cuadro. Al fondo.

En cambio, la luz, el color, la técnica,

la forma... son admirables.

-En eso estamos de acuerdo. -Menos mal.

Y para que empiece usted a comprender

un poco a los franceses... -Los comprendo muy bien.

-Y vea que los valores del espíritu están por encima de todo,

yo... voy a comprarle a usted este cuadro

y a colgarlo en mi casa de París.

-Como un documento a la invasión. -No, monsieur.

Como una obra de arte.

El arte no tiene fronteras.

-El mío sí.

Mis cuadros no están a la venta.

En cambio, puede usted comprar el cacharro que quiera.

Yo vivo de esto.

Toñín, sirve vino a estos señores.

-Don Paco, ¿quién es el caballero del retrato?

-Un indiano que está de paso. -¿En el pueblo?

-Sí, le conocí la otra tarde.

Viene de La Habana. -Sí, eso me dijo. De La Habana.

-Ajá.

Excelente retrato.

-¿Conoce usted al modelo? -Sí.

Creo haberle encontrado en uno de mis viajes.

-Este retrato me ha dado una idea, monsieur...

-Paco.

-Monsieur Paco.

Sí, sí. Haga usted mi retrato.

Es una idea formidable.

Pienso hacer famoso en la propia corte napoleónica

a un antifrancés recalcitrante.

Un enemigo de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Un hombre de ideas contrarias a las nuestras.

Pero un hombre de genio.

Qué gran ejemplo para el mundo.

La liberalidad de Francia.

La universalidad de su cultura en su más noble expresión.

-¿Y yo qué gano con esto?

-¿Cómo? Pienso pagarle espléndidamente.

Cien veces más de lo que le pagará ese indiano.

-No necesito tanto dinero.

-¿Pero... y la fama?

-Gracias, soy ya demasiado viejo.

-Demostraré al mundo que escondido en un rincón de Andalucía

hay un pintor que puede competir con David y con Goya.

-No me interesa que demuestre nada.

Aunque yo sea mejor que ellos.

-Este hombre habla en broma.

-Además, tengo la vista cansada

y ahora solo quedan dos horas de buena luz

y quiero trabajar.

-Bueno, creo que debemos marcharnos.

-Monsieur.

-Adiós, don Paco.

No te entiendo. El franchute pierde la cabeza

y tú lo aprovechas para esquilmarlo.

Estos cuadros nunca te han dado dinero.

-Espera. Espera.

Ponte aquí. Quédate quieto.

Quiero pintar.

Bueno, bueno. Pero no te entiendo.

-Yo tengo mis secretos, como tú tienes los tuyos.

Te pregunto qué has venido a hacer al pueblo,

pues no será para que yo te pinte.

No te lo digo porque no quiero comprometerte

en mis asuntos. Eres un hombre honrado.

-Perdón, don Paco. He olvidado...

Oh, don Britos. Siento interrumpir.

Olvidé mi abanico.

Marquesa, pensaba visitarla en cualquier momento.

Le debo mis excusas...

por no haber dado aquellos golpes suaves.

Pero tuve que partir de improviso. -No sé si debería perdonarle.

Pero no quiero aburrirme.

Venga mañana a cenar conmigo.

Sin falta. ¿Cómo debo golpear esta vez?

-De cualquier modo.

Pero, por favor, golpee.

Cacareos.

-Podría tomar su negativa como un... agravio, monsieur...

-Paco. -Monsieur Paco.

Comprendo que sienta usted recelo ante un francés,

un liberal.

Me ve como portador de ideas peligrosas.

Usted, enemigo de la Revolución francesa.

Defensor, sin duda, de ideas tradicionales...

y feudales.

Y, si me permite decirlo, reaccionarias.

-Siento desengañarle, general.

Le voy a decir algo que muchos no saben en este pueblo.

Yo viví en París ocho años, hace mucho.

Fueron los años de la revolución, los buenos tiempos.

¿Sabe usted cómo nació mi vocación por la pintura?

El día en que se abrieron para el pueblo de París

las puertas del Louvre.

Si hubiera usted visto aquello...

Era una fiesta. Toda la gente ilusionada.

Y yo mezclado con ellos.

-Entonces, ¿usted no es enemigo de la libertad?

-Yo estuve con Marat, con "El amigo del pueblo".

-Marat... -Moniteur, general.

(HABLA EN FRANCÉS) -Déjeme terminar.

Han pasado muchos años.

Yo soy ya muy viejo

y la revolución en Francia también.

A usted no le veo como un revolucionario.

Le veo como lo que es. Como un general del imperio.

Usted dice defender la libertad

y ha venido a España a oprimirla.

Usted lo que defiende es el régimen absolutista.

Y con su ayuda la señora marquesa está recaudando los impuestos.

Ustedes quieren mucha libertad para Francia

y muy poca para los países conquistados.

Yo soy un liberal, como lo son los hombres de Cádiz

que están resistiéndose a los franceses.

Usted quiere utilizar el retrato como un símbolo político.

Usted es un general del imperio

y yo no pinto un retrato

a un general del imperio de Napoleón.

-Entonces, no hay más que hablar.

-Creo que no.

-Habló de resistencia, de conspiración.

Y amenaza con reprimirla con mano enérgica.

Se ha ido al demonio toda la concordia.

Los soldados franceses han empezado a armar escándalos

en las tabernas y con las muchachas.

Todo por su negativa, don Paco.

Se lo ruego. Reconsidere su decisión.

Si accede a retratar al general, todo volverá a ser como antes.

Por el momento, no es más que una rabieta.

Pero si la rabieta crece, puede convertirse en furia.

Por favor, don Paco, ¿no querrá usted

por un capricho... por un principio, lo reconozco,

poner en peligro la suerte de Villamansa?

-Ay, don Paco... Don Paquito.

Qué orgullo admirable el suyo.

De los que ya no se dan en España.

Pero y ese sentido práctico y esa astucia...

Pinte usted ese retrato.

Contente usted a ese tonto redomado que se ha puesto en sus manos.

Píntele con cara de imbécil, por ejemplo.

O de ave de rapiña.

Y tendrá más dinero del que nunca ha visto.

El propio Goya está retratando a un general francés tras otro.

Y no deja por eso de ser Goya.

(SUSPIRA) La corte española está en Bayona.

¿No querrá usted ser más realista que el Rey?

Tendrás tus razones. Allá tú con ellas.

Pero temo por ti, viejo empecinado.

Ese periodista americano me ha dicho

que el general está furioso, que está dispuesto a todo.

Ha hecho de ese retrato una cuestión de honor.

¿Te defenderás con la paleta y los pinceles?

¿Cómo lo enfrentarás?

¿Arrojando botijos contra los fusiles de los soldados?

Tú nunca has tenido una pistola en las manos.

Nunca has montado un caballo. No puedes echarte al monte.

Un alfarero nunca puede retar a duelo a un general.

Aunque tenga por amigo

a un bandolero dispuesto a jugarse la vida por él.

Vamos, viejo del Diablo.

Mide tus fuerzas y pinta ese retrato.

-¿Me comprendes, chato? -No.

(NARRADOR) Mientras tanto, en Cádiz,

sitiada por los franceses,

donde están las cortes españolas

y donde luchan contra el imperialismo de Napoleón,

aunque defienden una constitución liberal

inspirada en la Revolución francesa,

se recibe una crónica de Posadas, enviada clandestinamente

desde el pueblecito de Villamansa,

en la que se relata el enfrentamiento

entre don Paco, el alfarero, y el general Florit.

Un periódico publica la noticia.

La titula: "La gran batalla de Andalucía".

"Un alfarero de pueblo se enfrenta al más temible

de los generales franceses.

Un gran ejemplo para la lucha contra la opresión".

La noticia y el ejemplo se difunden rápidamente por toda España.

El general Florit recibe un despacho urgente

de su superior, el mariscal Soult, del ejército de ocupación.

El mariscal Soult está indignado.

Considera el enfrentamiento entre el general Florit

y el alfarero como un asunto estúpido, de vanidad personal.

Pero ahora la resistencia de don Paco a pintar el retrato

la conoce toda España.

Se utiliza como ejemplo para avivar la resistencia

en los países ocupados. Se ha llegado a saber en París.

Ahora están en juego el honor y el prestigio

del ejército de Napoleón.

Ese enfrentamiento se ha convertido

en una batalla política muy importante.

El mariscal Soult ordena al general Florit,

bajo amenaza de destitución y degradación,

que consiga ese retrato como sea.

En caso contrario, exige que el alfarero

reciba un castigo ejemplar.

Una carta urgente del señor marqués de Montedeoro desde Bayona.

El nombre de don Paco se ha hecho famoso

y hasta en París se comenta que es un genio de la pintura.

Esos cuadros ignorados y despreciados hasta hace poco

valen ahora una fortuna.

Su cotización sube vertiginosamente.

El señor marqués encarga a la señora marquesa

que se apropie de los cuadros por el medio que sea.

-¡Basta ya! ¿Me cree usted tan débil?

¿Tan estúpido?

¿Cree que puede desafiar impunemente a un general francés?

¡Le demostraré quién manda aquí!

-¿En España? -¡En su taller!

O hace usted ese retrato, o vaya preparándose para lo peor.

Ahora es una orden.

O la cumple usted, o destruyo en un instante

la obra de toda su vida. La mando quemar en la plaza.

A la vista de todo el pueblo.

Yo le saqué a usted de la nada y le di la fama.

Si destruyo su obra, es como si usted no hubiese existido.

Usted me obliga...

a un escarmiento.

¿Cuál es su respuesta? -No.

-Por orden del general Florit quedan confiscados

todos los cuadros que se hallan en esta casa.

-No va a quemar los cuadros.

No es un bárbaro ni un idiota.

Pero seguramente piensa llevárselos con él a Sevilla

y después a París.

Yo no puedo permitirlo, Britos.

Y tú debes impedir que lo haga.

Ayudarme.

¿Me estás proponiendo que robe los cuadros?

-¿Tienes miedo?

Don Britos de Rivadeneira no conoce el miedo.

Pero respeta la propiedad privada.

-No le estoy proponiendo que robe a don Britos de Rivadeneira.

Se lo estoy proponiendo a Curro Jiménez.

Sé hace tiempo quién eres.

Siempre sospeché lo que te traías con tu impostura.

Robarme.

Esperar que cobrara el dinero de los tributos.

Y luego caer con toda tu pandilla.

Todo no lo he fingido. -De eso doy fe.

En este terreno has jugado limpio.

Buena moneda.

-La mejor.

Bien. Me estás proponiendo una alianza:

que yo robe los cuadros. ¿Qué gano con eso?

-Te daré un dinero para consolarte.

Digamos, el 20% de los tributos.

¿Sellamos la alianza?

Ahora no hay tiempo.

-¡No se lo lleven! ¡No se lo lleven!

-Esta medida no contribuirá a hacer simpáticos a los franceses.

-No se olvide de enviar lo antes posible a Cádiz

la noticia con la primera estafeta.

¡Pórtele!

(HABLA EN FRANCÉS)

Lo lamento, don Britos.

Parte.

-Dios mío, don Britos.

España nos oprime a nosotros y Francia oprime a los españoles.

¿Qué esperanza nos queda? Yo no vivo de esperanzas, Posadas.

-¿De qué vive usted? No quiera usted saberlo.

-¿Quieres que sea absolutamente franco?

No creo que seas de La Habana.

Franqueza por franqueza,... yo tampoco.

Yo tampoco creo que seas lo que pareces.

Te he visto enviar muchas cartas

y de repente se ha puesto toda España a hablar de don Paco.

Es extraño, ¿no?

-¿Me crees un espía?

Digamos, un amigo de los españoles. -Por lo tanto, un amigo tuyo.

Porque eso es lo que tú eres bajo tu disfraz de indiano:

un patriota. ¿O no?

Ahora sabrás quién soy.

Curro Jiménez, bandolero.

-Monsieur Britos,

según información confidencial que he recibido,

usted es Curro Jiménez,

un famoso bandolero buscado por la justicia.

Me imagino de dónde viene esa información confidencial.

-Monsieur...

Ser... digamos, traicionado...

por una mujer bella

no es ningún deshonor.

¿Puedo preguntarle si esa traición ha sido desinteresada?

-Veo que nos entendemos.

Las mujeres bellas e inteligentes,

como nuestra común amiga madame la marquise,

no suelen actuar por amor al arte.

Aunque en este caso, quizás sí.

Le delató a usted a cambio de mi promesa

de que le regalase los cuadros de monsieur Paco.

Es una buena mujer... de negocios.

Ha querido ahorrarse un 20%.

¿Y usted piensa cumplir su promesa? -No puedo, mi querido amigo.

Hasta que no obtenga lo que necesito: mi retrato.

Y en eso ella no puede ayudarme.

A eso yo lo llamaría una traición.

-Llamémoslo: estrategia. Es verdad.

Por lo visto, ser traicionado por un general

no es ningún deshonor.

-Tiene usted ingenio. ¿Y en qué puedo ayudarle yo?

-Monsieur Curro, nada tengo contra usted.

Sus delitos no entran en mi jurisdicción.

Pero quiero que convenza a monsieur Paco

para que pinte mi retrato.

Usted es su amigo y puede hacerlo.

Puede hacerle ver que un hombre viejo como él

sin armas no puede enfrentarse a un general.

Usted es un hombre de acción como yo

y entenderá mis razones.

Las entiendo muy bien. ¿Y qué gano yo a cambio?

-La satisfacción de ayudar a un amigo.

Usted y yo no somos amigos.

-Me refiero a monsieur Paco. Bien. ¿Y qué más?

-Le ofrezco los cuadros.

En este momento, tienen mucho valor.

Así estamos todos contentos.

Madame la marquise tiene sus tributos.

Usted los cuadros. Y yo mi retrato.

¿Y don Paco?

-Monsieur Paco tiene la fama.

El franchute me ha pedido que te convenza

para que pintes su retrato.

-Esta vez he demostrado demasiado. ¿Qué dices?

-Estoy lleno de dudas.

Quería luchar por una idea, por un principio.

Pero llevas razón.

Soy un viejo empecinado, terco, dominado por el orgullo.

Un cacharrero de pueblo se atreve a desafiar

al más temible de los generales franceses.

¿Para qué vale eso? No sirve para nada.

Solo para perjudicar a este pueblo. Estás loco, viejo.

Tú sabes que al principio yo no entendía,...

no digo el valor de tus cuadros, que sigo sin entenderlo,

sino el valor de tus negativas a pintar al francés.

Pero eso ha corrido como un reguero de pólvora por toda Andalucía

y la gente en este pueblo tiene otra cara,

dice otras cosas, mira de otro modo a los franceses.

Para muchos españoles, los franceses son

menos temibles, menos intocables.

Todo porque un pobre cacharrero de pueblo

se ha atrevido a enfrentarse con un general

sin soldados, sin armas, sin cañones,

solamente con su valor.

Ese es el precio del retrato, ¿no?

Ese es el precio que tú le pusiste, viejo terco.

-Eso soy: un viejo terco.

Eres un viejo terco, pero no seas un viejo cobarde.

-Cómo ha cambiado Curro Jiménez.

Tú me has hecho cambiar. Escucha.

Yo soy un forajido.

Algún día moriré en la horca o en el patíbulo,

como todos los forajidos.

Pero ahora puedo servir para algo.

Para convencerte de que sigas resistiendo,

que no cedas, que no pintes el retrato.

Y eso tienes que hacerlo tú solo.

Tú solo. ¿Entiendes?

Porque si yo te ayudo con mis armas,

entonces ya no tendría el mismo valor.

Tú tienes que tener "reaños" para resistir

y yo para no ayudarte. -Puedes ayudarme en algo más.

Roba los cuadros. Eso no puedo hacerlo.

Si lo hago, el franchute tomará represalias con tu pellejo.

-Prefiero mis cuadros a mi pellejo.

¡Róbalos! No.

-Eres un mal bandolero. Escucha. Sí.

Soy un mal bandolero,

pero un buen amigo, viejo terco.

-Redactará usted un bando condenando a monsieur Paco

por delito de subversión.

Y castigándole a la quema de todos sus cuadros

en la plaza pública.

-Creí que los franceses estaban en contra de la Inquisición.

-No puedo redactar ese bando. -¿Me desobedece usted?

-Haga usted lo que quiera conmigo.

Pero no puedo hacerme cómplice de semejante maldad.

-Tengo que hacer un escarmiento.

Usted es el alcalde.

-Precisamente. Don Paco es un buen vecino.

(TOCAN LOS TAMBORES)

Tambores.

Tambores.

-¿Ha visto, monsieur Paco, que no hablo en vano?

Le doy la última oportunidad.

¿Me retrata usted?

-¿Cómo quiere pasar a la historia, general?

¿Como el hombre que ha cometido semejante infamia?

-Asumo ese riesgo.

Por última vez, ¿me retrata usted?

-No.

-Será fusilado al amanecer.

¡Alto! ¡Alto he dicho! ¡Quieto!

Venga. Vamos, abajo.

Ahí.

Eso es. Quietos.

-No puedes hacerme esto.

Después de lo que ha habido entre nosotros...

Un juego, marquesa. Nada más que un juego.

En la última jugada usted le mostró las cartas al general.

Ahora la última baza es mía.

-Ya no me tuteas.

Un bandido nunca tutea a la señora que desvalija.

Sería una incorrección.

-Pierdes el tiempo robándome en lugar de defender a un amigo.

¿Qué quieres decir? -Vuelve al pueblo y lo verás.

Redoble de tambores.

(HABLA EN FRANCÉS)

¡Alto!

-Sublevación.

Posadas, ¿la palabra sublevación es la correcta?

-Ponga... Ponga emancipación. -Eso, eso.

-Emancipación.

Ha llegado el momento de la emancipación.

Vamos a luchar como podamos. -Esa es la palabra.

-¡No nos vencerán!

-Vamos a luchar como podamos...

pero nunca seremos un pueblo vencido.

-Eso es. Eso es.

-Pero nunca seremos un pueblo vencido.

Hemos decidido que este oro es para el pueblo de Villamansa.

-Pero esto pertenece a la marquesa.

Pertenece al pueblo. -Basta ya de escrúpulos, Manuel.

-¿Pero no estamos hablando de emancipación?

-Eso. Emancipación. -Bien.

(REDOBLE DE TAMBORES)

-Vecinos de Villamansa,

hasta ahora os había pedido sumisión y respeto

para con los franceses.

Nos habían prometido colaboración y ayuda

para fomentar nuestra industria y alcanzar

las más altas cotas de progreso y libertad.

Pero nos han engañado.

Han respondido con la crueldad del invasor.

Nos han avasallado. ¡Nos han pisoteado!

Por último, han pretendido acabar con la vida

de uno de nuestros mejores vecinos.

Por eso, pueblo de Villamansa,

ha llegado el momento de nuestra emancipación.

Vamos a luchar como podamos.

¡Con las armas que sean!

Pero yo os juro que no seremos un pueblo vencido.

Redoble de tambores.

(NARRADOR) El general se entera de que el pueblo de Villamansa

se ha alzado en armas y ha arrasado la pequeña guarnición francesa.

Sucesivamente, lo han hecho los demás pueblos de la comarca.

Y aquella región, tan pacífica,

que había sido tan fácil dominar,

es ahora uno de los mayores focos de rebelión en España.

Para algunos historiadores futuros,

aquella pequeña batalla,

que empezó con un pobre alfarero viejo,

negándose a pintar un retrato a un general francés

y que terminó con una región entera en pie de guerra,

tuvo una importancia más decisiva

para la victoria de los españoles por la independencia,

que la famosa batalla de los Arapiles.

El general Florit nunca pudo entenderlo.

En los años que le quedaron de vida

nunca llegó a explicarse aquella derrota,

la más importante de su carrera.

Don Paco continuó trabajando de alfarero.

En los meses que le quedaron de vida, no volvió a pintar.

Toda su obra fue destruida por Florit.

Excepto su retrato de la marquesa de Montedeoro,

que actualmente se conserva, atribuido a Goya,

en el Museo de Arte de la ciudad de Chicago,

Estados Unidos de América.

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Curro Jiménez - La gran batalla de Andalucía

02 ago 2016

Curro Jiménez, haciéndose pasar por un indiano, trata de apoderarse de los tributos que una bella marquesa recauda para un general francés.

Histórico de emisiones:
30/08/2013

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