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Curro Jiménez - El fuego encendido - ver ahora reproducir video 01h 00 min
Transcripción completa

Ese tipo nos sigue.

Lleva la misma ruta que nosotros, nada más.

¡Eh, esperad!

Me parece que he perdido una herradura.

No estamos lejos del herrador.

¡So, arriba, arriba! ¡Maldita sea!

¿Y ahora por qué se ha detenido?

Porque es tan desconfiado como tú.

Ayer te sonrió una mujer y creíste que era una trampa.

Ves un delator en cada viandante.

Como esas viejas que husmean la enfermedad en la caras.

(EL CABALLO RESOPLA)

Tranquilo, caballo, tranquilo. ¡So!

Vamos.

¿Qué le pasa?

Me preocupa mucho más cuando está callado que cuando sermonea.

Ese hombre ha desaparecido.

Habrá cambiado de ruta. Tranquilo.

¡Iah!

¡Esperad, que está cojo el caballo!

Golpes.

¿Cómo va? -Bien.

Relinchos.

-Buenos días. -Buenos días.

-¿Tiene para mucho? -No, ahora termino.

Disparo. ¡Cuidado!

¡Gitano, llama a un médico; Estudiante, ven conmigo!

¡Caballo...!

¿Por dónde ha ido? No lo sé.

Busca tú por allí.

Nunca le he visto la cara y ha querido matarme.

¡Un cazador de recompensas, un miserable!

Si al menos me odiara por algo...

Si fuera una venganza, sabría a qué atenerme al morir o al matarlo.

Yo seguiré buscándole. Muévete con el Algarrobo

y esperadme en la higuera seca.

Tened cuidado. Y tú.

(SILBA)

¡Alto!

-¡Ah!

(SILBA)

¿Está vivo? -No, se desnucó.

¿Vio usted la caída? Sí.

¿Le conoce? -No.

No le he visto en mi vida, ¿y usted?

Tampoco. Pero me gustaría saber quién era.

-Habrá que enterrarlo. O llevarlo al pueblo.

-Yo no tengo caballo. ¿Qué hace?

¿Qué hace usted? -Esta es mi tierra, ¿no?

Bien. Entiérrelo.

Nadie vendrá a reclamarlo. -¿Cómo lo sabe usted?

Así terminamos los que corremos los caminos.

(LADRA)

-¡Calla, Sol!

¿Puede darme un poco de agua?

Se me acabó.

Ladridos.

Ladridos.

Ladridos.

-Hay que tener más previsión.

O tener menos sed.

Ladridos.

Ladridos.

-¿Qué pasa, también tiene hambre?

Soy mal cazador. ¿Y usted qué tal cocinera es?

-Pregunte al vecindario.

¿Muerde? -No.

Gemido del perro.

¿Ha bajado su marido al pueblo?

-No tengo marido.

Gemido del perro.

¿Puedo? -Siempre come conmigo.

Está bueno.

-¿Hacia dónde va?

No voy. Vengo...

De ver morir a un hombre en el valle.

-¿Amigo?

No, un desconocido que me atacó por la espalda.

-¿Y usted...? No, no fui yo,

sino la mala fortuna.

Cayó por un barranco.

Pero si le hubiera dado caza, lo hubiera matado.

-¿Qué era, un forajido, para atacar así a la gente?

¿Se dedica usted a eso? ¿A qué?

-A perseguir bandoleros.

En ratos perdidos.

¿Cómo se llama? -¿El perro?

No. El perro ya sé que se llama Sol.

-Yo me llamo María. Yo, Paco.

¿No tiene más compañía que él? -¿Cómo?

¿No ha visto la mula, las gallinas, las cabras?

Hay pájaros que vienen a comer en mi mano todos los días.

No, no estoy sola.

¿Nació usted aquí?

-No. Lejos.

Heredé esta tierra de un pariente.

No conocía ni al pariente ni esto.

Pero vine con el notario y me quedé.

¿A usted le gusta la labranza?

-Es mi vida. Como la suya correr los caminos, ¿no?

Le llenaré la cantimplora.

¿Ganas de conversación?

-Yo también tengo a veces ganas de conversación.

Gracias por todo. También por el agua.

-Si algún día pasa por aquí y tiene sed...

Vaciaré primero la cantimplora.

Adiós.

Trote.

¿Qué hay, Gitano?

¡Uh...! ¡Quieto o vas a ver las estrellas!

Sería menos aburrido que verte a ti.

El barbero le quitó la bala, no fue nada.

Pero lloró como una primeriza. ¡Qué gracioso!

Todavía me duele el brazo del empujón que me diste.

Perdona.

El hombre se puso nervioso y le falló la puntería.

Y si tú no intervienes, el barbero me habría sacado la bala a mí.

Hoy por ti y mañana por mí.

¿Lo encontraste?

Sí.

¿Y qué? Murió.

¿Cómo?

¿Qué quieres, detalles?

El hombre está muerto, bajo tierra, olvidado.

¿Qué importa cómo vivió y cómo murió?

No ha muerto en su cama ni lo ha llorado nadie.

Chillido de un ave.

Era bonito halar de la barca...

y cruzar a los vecinos cuando venían de vender en la feria

o iban en peregrinación.

O simplemente cuando cruzaban sus animales al otro lado del río

porque los pastos eran mejores.

Pero yo solamente pensaba en juntar dinero

y en comprarme un pedazo de tierra.

Eso no es bueno, te ata, te complica la vida.

Sólo te sirve para el final, para tener donde caerte muerto.

Pues, para eso, ¡un carajo!

Nunca he tenido un pedazo de tierra.

Qué dices, Curro, si toda la sierra es tuya.

No.

Tiene razón, tienes toda la que quieres.

¡Menudo terrateniente eres tú! No se trata de eso.

Mira una cosa: ni siquiera basta con comprarla

y tener el título de propiedad.

Esos señores de Sevilla y de Madrid son dueños de media Andalucía

por eso de las leyes y las herencias.

Pero la tierra no es de ellos de verdad.

Solamente la ven una vez por año.

¿Tú crees que la tierra se entrega fácilmente? No.

¡Hay que ararla, dormir sobre ella,

conocerle el olor y los cambios de genio!

Como a una mujer. ¡Eso!

Y poblarla de hijos.

Muchos hijos...

Que se den sus primeros revolcones en ella.

¿Por qué no puedo tener un pedazo de tierra mío?

Relinchos.

Relinchos.

Relincho.

Estudiante, Gitano.

¡Eh, tú, levanta! ¿Qué pasa?

¡Curro se ha ido! ¡Está de guardia, hombre!

¡Se ha marchado! ¡Míralo, no está de guardia! ¡Síguele!

¿Pero por qué voy a seguirle? Algo le debe estar pasando.

Es raro que haya abandonado la guardia. ¡Vamos, síguele!

¡Iah, iah!

¡María!

¡María!

Ladridos.

(LADRA) ¡Hola! ¿Qué hay, Sol?

Ladrido.

-A usted le gusta la tierra. No hay más que ver cómo la mira.

Es que se ve diferente aquí que desde lo alto del caballo.

Las cosas nos empujan.

A veces no elegimos la vida que llevamos.

Usted escogió esto libremente.

Un día llegó aquí y decidió libremente quedarse para siempre.

-Yo también tenía algo que me empujaba.

Necesitaba despertarme y no pensar en mí,

sino mirar por la ventana y adivinar qué día haría...

Y la cabra que iba a tener cría.

Y desbrozar ese trozo de tierra

antes de que llegasen las lluvias.

¿Eso ha sido esto para usted, una cura?

-Al principio sí.

Ahora ya no sabría irme de aquí.

Vivo en paz.

Yo debo seguir mi camino.

-¿Hacia dónde?

¿Quién es él?

Saldremos dentro de un rato,

tenemos ocho horas de viaje hasta allí.

Ocho horas.

Tú entrarás en el pueblo al amanecer.

¿Al amanecer y qué?

Averiguarás... averiguarás cuándo esperan a ese recaudador.

¿Tienes alguna preocupación? ¿Por qué?

No sé, no te veo muy convencido.

¿Qué quieres, que me entusiasme como un niño?

Es nuestro trabajo, yo cumplo. No me pidáis otra cosa.

No te pongas así. Dinos si pasa algo con el asalto,

tampoco nosotros somos unos niños. No, dinos si te pasa algo a ti.

Ladridos. ¿Por qué ha de pasarme algo?

(LADRA)

Ladridos.

¡Mujeres y con casa, las peores!

¡Auh...! Estate quieto o te harás daño

y le darás un pretexto a Curro para dejarnos aquí hasta el verano.

(LADRA)

Ladridos.

Cencerros del rebaño.

Sol fue a buscarme. ¿Ocurre algo?

-No ocurre nada, sargento. Se dejó la navaja.

No se la podía mandar con Sol. (RÍE)

No soy ningún sargento.

-¿No? ¿Y qué es?

Uno que anda por los caminos.

-Uno que se va sin decir adiós.

Uno que vuelve.

-Mi mundo se ha dado vuelta.

El mío también.

Ayer te dije que no era un sargento.

¿No te importa saber quién soy? -No.

Espero tener tiempo para irlo descubriendo yo misma.

¿Y si no te gusta lo que descubres?

El primer día te dije que venía de ver morir a un hombre.

-¿Tú le mataste? No.

-¿Entonces?

Tú pensaste que era un bandolero

y que yo andaba en su persecución.

Un bandolero, en los caminos, no siempre es el perseguido.

También puede ser el perseguidor. -No quiero saber nada más.

Pero yo prefiero que lo sepas.

Me llamo Francisco, es verdad. Pero nadie me dice Paco sino Curro,

Curro Jiménez.

-¡Vete!

María, yo...

(LLORANDO) -¡Vete!

No te sientas tan mal por echarme, soy un bandolero, ¿no?

-¡Eres Curro Jiménez! ¿Eso empeora las cosas?

-¡Sí! ¿Por qué?

(LLORA CON AMARGURA)

¡Mataste a mi marido!

¡Vete!

Quiero saber a quién maté.

-¿Fue el único? No.

He matado a muchos. Pero este muerto me separa de ti.

-Levábamos dos años de casados.

Pasó... hace cinco años.

Teníamos una casa en las afueras del pueblo

con un pequeño huerto. Enrique acababa de comprarse un caballo.

Estaba muy orgulloso de él.

Nos había llevado la economía, pero Enrique soñaba con un caballo.

No para correr los caminos sino para trabajar mejor la tierra.

Quería comprar otra parcela vecina a la nuestra.

Era ambicioso. Teníamos problemas, pero éramos felices.

Hasta que un día, apareció un individuo de aspecto extraño.

Hay un hombre que pregunta por ti.

-¿Quién es? -No lo sé.

-¿Es usted Enrique Rosales?

-¿Qué desea? -Hablar con usted,

es un asunto muy delicado

y de mucho dinero, además.

¿Qué?

¿Qué le parece?

-Está bien, lo pensaré. -Decídase, le espero.

-De acuerdo. -Bien.

-¿Qué quería ese hombre? -Le dijeron que yo podía

venderle grano.

-Pues no tienes aspecto de molinero.

(MARÍA NARRA) Yo supe que me estaba mintiendo,

quizá eso me hizo el sueño más liviano aquella noche.

¿Adónde vas?

-A cazar.

-¿Con el caballo? ¿Desde cuándo?

-Si tengo caballo, ¿por qué no he de usarlo?

-Eso no tendrá que ver con la visita del viejo

de la chistera. -¿Qué eres, una bruja?

-Si no me dices la verdad te remorderá la conciencia.

-Está bien, solo te he mentido a medias...

Voy a cazar, pero no un conejo ni un jabalí,

un hombre. -¿Qué dices?

-Es un bandolero, ofrecen una recompensa.

-¿Te has vuelto loco?

-Tranquilízate, somos seis o siete,

los que tenemos caballos, y el viejo le ha tendido

una trampa. No correremos ningún peligro

y nos repartiremos la recompensa. -¡Yo no quiero ese dinero!

-¡Yo sí! Terminaré de pagar el caballo, y todavía alcanzará

para la primera entrega de las nuevas tierras.

-El caballo no lo compramos para eso.

-Déjame, mujer. ¡Déjame, te digo!

Estaré de vuelta para la cena.

(MARÍA NARRA) Si no hubiéramos tenido caballo...

el viejo aquel no hubiese venido a buscarle.

¿Ese bandolero era yo? -No lo sabía.

No sé si habían hablado de ti en el pueblo,

vivíamos muy apartados.

Yo estuve sola todo aquel día.

Y a la mañana siguiente...

el caballo había vuelto solo.

(RESPIRA ENTRECORTADA)

Corrí al pueblo...

Por favor, déjenme pasar.

¡Déjenme pasar, por favor!

-¿Quién lo mató? -Curro Jiménez,

lo mató Curro Jiménez. (MARÍA LLORA)

¿Cómo se llamaba el pueblo?

-Fuentenueva.

¿El viejo que contrató a tu marido era...?

-¿Sí? Era un hombre vestido

con una levita, y muchos adornos y en la cabeza...

-Una chistera muy alta.

(SOLLOZA)

(LLORA)

Canto de los pájaros.

Risas.

(RÍEN)

(RÍEN)

Risas.

(RÍE)

Risas.

(RÍE)

(ALGARROBO TARAREA)

Murmullo.

Risas. (MURMURA)

Risas.

-¿Has venido solo? -Sí.

-¿Y los otros? -Al final no se atrevieron.

-Tienen miedo de sus mujeres.

-Yo no.

-Anda, vamos.

Acércate y come un poco.

(ALGARROBO TARAREA)

-Buenas tardes.

Buenas.

¿Cazando?

-Sí.

-Cazando mujeres finas.

¿No las hay en la comarca?

-Más finas que las mías... Por cierto que no.

No hablo contigo, viejo.

-Muchas gracias.

No vayas a sacar una espada, ¿no?

Risas.

Echa, echa la baraja, la baraja entera.

Risas.

¿Tienes mujer? -Sí.

¿Y qué has venido a hacer aquí?

-Mi mujer está lejos, cuidando a su padre enfermo

y un hombre no puede estar sin... Sin embargo, no te veo

muy ansioso por... -Hay tiempo.

Nadie me espera.

Ya...

Risas. ¿Y tu campo quién lo labra mañana?

-Voy... de camino.

A buscar a tu mujer.

-No, en ese caso no estaría aquí.

Voy a otro pueblo, donde vive el propietario

de una tierra que quiero comprar junto a la mía.

Risas. ¿Quieres darle esa sorpresa a ella?

-Eso.

-¿A qué has venido? ¿A beberte mi vino?

Yo te pago, viejo.

-Lo que has venido a hacer, hazlo, ¿o has cambiado de idea?

-Sí. Me marcho.

-¡No sin pagarme!

No te preocupes, viejo, yo te pagaré.

-Espera, escucha, es el momento; lo matas y te escapas,

yo retengo a los otros.

-No, ¡no quiero! -Te llevas la mitad

de la recompensa, idiota. -No, no la quiero.

-Toma... -No quiero. Déjame, no...

-Dispara y no lo pienses más, vamos.

¡Cuidado, Curro!

Gritos y disparo.

Está muerto.

-Nosotras lo llevaremos al pueblo.

Si ves a ese maldito; mátalo, te lo agradeceremos.

¡Arre! ¡Arre, mula! ¡Arre!

Fuera, Sol.

¡Fuera!

¡Márchate!

¡Vamos, fuera!

Bufido.

¡Fuera!

Fuera.

Cacareo de gallinas.

Campanadas.

María...

María...

-Vengo a vender las hortalizas y el poco grano que...

¿Y tú, qué haces aquí?

¿Yo?

Ya sabes... paso.

Uno que anda por los caminos...

(MARÍA NARRA) Uno que se va sin decir adiós...

Uno que vuelve... ¿Cómo estás hoy?

¿No viene contigo? -Está guardando la casa.

Te echa de menos.

Y yo a él...

Pero es mejor acostumbrarse.

-Sí.

Adiós.

¿Volverás?

Pasaré...

-¿No puedo ir contigo?

¿Adónde? ¿A correr los caminos?

-Estoy dispuesta.

A ti te gusta la tierra,

tu casa, tus animales...

A mí también... Si tú los abandonas,

yo también los perdería.

Quiero tener un lugar donde acudir a pedir agua.

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Curro Jiménez - El fuego encendido

14 ago 2016

Curro Jiménez es sorprendido en una emboscada en la que el Algarrobo es herido de gravedad. Curro ordena trasladar al herido al campamento y perseguir al agresor que, asediado, se despeña.

Histórico de emisiones:
30/07/2013

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