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Curro Jiménez - El destino de Antonio Navajo - ver ahora reproducir video 50.47 min
Transcripción completa

-Hay otro cargamento a finales de mes, ya te avisaré.

-De acuerdo, pero te repito lo que te dije la última vez.

-Mientras tú no te niegues a cooperar.

-Yo no me niego, yo trabajo y tú me pagas.

Pero no sabemos qué hará el nuevo farero.

-Para eso hay tiempo. -No mucho, estoy seguro.

Por eso te lo advierto.

-Los cachalotes tienen vida larga.

-Pero un día se mueren y se van al fondo del mar.

-Estás muy fúnebre esta noche. A tu salud.

-Quiero decirte otra cosa: Mariana, la chica.

-Sí, ¿qué hay con ella?

-No quiero que se quede abandonada. -Estate tranquilo.

Ya me preocuparé de ella en su momento.

-No me comprendes, quiero que la lleves contigo.

Prefiero estar solo cuando llegue el momento.

-¿Que la lleve conmigo? ¿Y qué voy a hacer con la Roja?

-Lo que hacen los hombres con las mujeres.

-¡Pero yo soy muy viejo para ella! -¿Y yo qué soy?

La Roja, como tú la llamas, no ha conocido hombres jóvenes,

nunca ha salido del faro.

A mi lado, tú eres un chaval.

-Pero no puedes disponer de ella de esa manera.

-Eh, Navajo, Navajo...

Eres muy despierto para los negocios

pero muy atontado para las mujeres.

Mariana está chalada por ti.

La conozco como la palma de la mano.

Como este mar que nos rodea.

Conque ya lo sabes.

-Sólo falta que le animes a beber. El cargamento ya está en el carro.

-Me voy, ya es tarde. Quiero llegar al pueblo antes de amanezca.

Pensaré en lo que me has dicho.

Adiós. -Adiós.

¿Cuándo será la próxima? -A fines de mes, pero vendré antes.

-A traerle más aguardiente. -¿Y a ti, qué quieres, Roja?

-Me llamo Mariana.

-La mercancía la entregáis a mi hermano en Sevilla, Calandria.

Primero lo concertáis con él en la taberna del Nuevo Mundo.

La ruta es la que está marcada en el mapa.

Y en caso de duda, confiaos a Curro Jiménez.

-Está todo el género. Buena calidad.

-¿Quién es Curro? -Uno que con muy poco

se lleva casi todas nuestras ganancias.

-Es lo convenido. Curro domina el Aljarafe

y hay que pagarle por su protección.

¿Comprendes, muchacho? -Deja pasar la mercancía.

Y se compromete a escoltarla hasta Sevilla a salvo de riesgos.

Después, cuando volvemos con el dinero, igual.

-Es bueno que lo sepas. Antonio Navajo es amo en la costa

y Curro es amo en la sierra.

Y aunque no nos conocemos, nos entendemos.

-Demasiado pagas tu entendimiento.

-¿Y cuánto hay que pagarle esta vez, si puede saberse?

-¡Sabes que me gustan las cuentas claras,

con él, con Dios y sobre todo con vosotros!

40 000 reales.

-¡Eso no lo gana uno de nosotros en 3 años arriesgando el pellejo!

-Pues si no os conviene trabajar conmigo, ya sabéis qué hacer.

Aquí están los 40 000 reales y esto para los gastos del viaje.

Moñudo, que empiecen a cargar. Tú, vigila.

Conviene que partáis al amanecer.

Ese sargento joven que ha llegado es muy quisquilloso

y no debemos provocarle el celo mientras no lo domemos.

-Ahí van otra vez, ¡con el mayor descaro,

a la vista y paciencia de todos!

-Si estuvieras durmiendo en el cuartel, no te enterarías.

Aquí la ley la dictan ellos, muchacho.

Ellos y los que los protegen.

Que son mucho más poderosos que un pobre sargento como tú.

-¿Qué puedo hacer con tres soldados mal pertrechados

y todo el miedo del pueblo que los protege?

Pero yo no me resigno. -Bien se ve que vienes de fuera.

-Pero ahora estoy aquí, como tú. Y por mucho tiempo.

-No lo des por sentado, yo tampoco me resigno.

-¿A qué? -A quedarme aquí para siempre.

-¿Cuándo vuelvo? -Cuando tengas unas perras.

Ven cuando quieras.

Me gustas. Y a una como yo le interesa

estar en buenos tratos con todo un sargento.

-Ese soldado acaba de salir de aquí.

-Sargento.

-¿No lo niegas? -¿Por qué habría de negarlo?

Tú no me das de comer. -¡Te he dado mucho dinero!

-¿Mucho? ¡No me hagas reír!

Yo lo que quiero es salir de este pueblo inmundo.

-¡Qué más querría yo que sacarte de aquí!

-Pues hazlo.

-Para ti valgo tan poco como cualquier otro.

-Eres injusto. ¡Te prefiero a ti!

¿No te he dado pruebas? Ahora tienes que dármelas tú a mí.

Si consiguieras dinero, mañana podríamos salir de aquí.

¡Yo sería sólo tuya!

-¿Qué quieres decir?

-Has entendido muy bien.

-¿Sabes cómo respondería mi jefe a una traición como esa?

-No te atreves, ¡no eres capaz de nada!

No me quieres como dices.

-¿Te bastarían 40 000 reales?

-¡Sooo!

¡Hola, Portugués! -¿Qué tal, Calandria?

¿Todo bien? -Sí.

¡Vamos! -Lo convenido.

-Estos dos hombres os darán escolta hasta Sevilla y de regreso aquí.

¿De acuerdo? Curro Jiménez no se hace responsable

de vuestra seguridad en Sevilla.

-De acuerdo. -Bueno, vamos a tomarnos una copa.

-¡Que os aproveche, eh! -¡Gracias! ¡Hasta la vista!

-¡Caballo...!

¡Arre!

-¡Adiós!

-Teníais que subir una noche con vuestro jefe a la sierra.

-No es mala idea. Arréglalo tú con Curro y convencemos a Navajo.

Vosotros la comida y nosotros una pipa de Jerez.

-¿Y quién pone las mujeres?

-No le hables de eso a este que acaba de casarse.

Nosotros tenemos las mujeres allá arriba.

-¿Tú no tienes mujer? -Estoy en esas.

-Pues porque te dé el sí.

-Me lo dará esta noche.

Enrique Ruiz.

Te llamaban el Ojitos,

porque no había ojos como los tuyos para adivinar un jinete a lo lejos

o descubrir una liebre en la maleza.

Te viniste conmigo

porque un día fuiste demasiado rápido

en sacar la navaja en defensa de un amigo.

Esta vez no te dieron tiempo.

Te mataron por la espalda.

Descansa en paz.

Paulo Hurtado, te llamaban el Portugués

y nunca supimos por qué.

Porque nunca le contaste a nadie de dónde venías

ni cuál era tu origen y tu historia.

Tampoco nos pudiste contar tu fin.

Te mataron por la espalda.

Descansa en paz.

-¡No descansará en paz

mientras tú no encuentres al asesino,

mientras no tomes venganza por él, por el Portugués,

por Paca, por mí y por todos nosotros!

¡No le enterréis, dejadlo al aire

mientras el asesino no haya pagado su crimen!

(LLORA)

-He hablado con los campesinos, nadie sabe nada.

Tampoco Medina o Curro lo saben.

-Pero tú sabes, Rubio, lo mismo que yo.

El ventero nos dio la clave.

¡Yo debí prevenirlo, es culpa mía!

¡Había que matar al Moñudo y al Mico antes de esa barbaridad!

-¿Matarlos? -¿Qué otro remedio...?

Ahora tendré que hacerlo igual cuando ya no sirva para nada.

-¿Y entonces para qué?

-Para que sepan cómo se paga

la indisciplina y la traición a Antonio Navajo.

-El ejemplo de esos canallas no va a cundir. ¡Esos están locos!

-Y mira dónde nos han llevado con su locura.

Curro Jiménez lo averiguará y no se estará quieto.

Por esto tengo que actuar yo antes.

Si castigo a esos asesinos, quizá detenga la guerra.

-¿La guerra?

-¿Cómo llamarías tú a lo que se está preparando?

Rubio, moviliza a los hombres.

Habla con todos los soplones,

¡quiero saber antes de la noche dónde están el Mico y el Moñudo!

-Nadie los ha visto desde ayer.

-Pero yo sospecho que deben estar cerca.

-¡Quítame las manos de encima! -¿Es que no te gusta la medalla?

-Sí, me gusta. Me gusta y me la quedo, gracias.

Pero no me muevo hasta que no vea el dinero.

-Ya te dicho dónde nos espera el Moñudo, él lo tiene todo.

-Yo aquí sólo tengo un poco. ¡Pero la medalla la traje para ti!

-Si supiera el Moñudo lo que me propones...

-¡Tú no eres la mujer del Moñudo! -Lo seré.

Cuando nos casen en el próximo pueblo.

-Pero todavía no lo eres. ¿Por qué no quieres conmigo?

-¡Porque ahora puedo elegir y tú me das asco!

¡Ni de criado te querría!

¡Huye, diré que no acerté a verte la cara!

-¿Dónde está el Moñudo? -¡Ya no está en el pueblo,

te entregué a este como convinimos!

(NERVIOSA) Vete, viene alguien... ¡Huye por el patio del fondo!

¡Moñudo! ¡Moñudo!

El Navajo ha matado al Mico.

Ha descubierto todo.

-¿Pero cómo ha encontrado al Mico?

-No era de fiar. Desde ahora, ¡el dinero es todo nuestro!

¡Mira, mira qué medalla me regaló el Mico!

Imagínate lo que quería de mí.

Desde ahora seré sólo tuya, sólo seré tu mujer.

-¡Tenemos que escapar de aquí!

-Es peligroso, pueden encontrarte Curro Jiménez o el Navajo.

¡Y yo no quiero perderte!

-¡Tampoco este sitio es muy seguro!

-Tienes que conseguir que alguien mate al Navajo, ¡pero pronto!

-¿Quién? -¡Curro Jiménez!

-¿Estás loca?

-Si logras llegar antes que nadie

y le convences de que el Navajo mató a sus hombres, se liquidarán.

-¿Cómo voy a convencerle? -Mira, una prueba.

El Navajo la puso en mi cuello y tú la arrancaste.

-¡Pero no va a creerme!

¿Por qué iba yo a delatar a Navajo? -¡Porque te engañé con él!

¡Por celos!

Curro,

encontramos a este hombre, dice que quiere hablar contigo.

¿De qué?

-De esos hombres que te mataron cerca de la venta de El Zurdo.

¿Quién los mató?

-Mi jefe, Antonio Navajo.

Pero no creas que por robarles,

sino porque se siente el más fuerte.

Quiere acabar contigo y dominarlo todo.

¿Por qué voy a creerte?

Graznidos.

-¡So, caballo, quieto, quieto... quieto, quieto! ¡Sooo!

-Empezarán a matarse en la plaza del pueblo,

en los caminos, en las iglesias y en las tabernas.

Pero también es mi oportunidad.

Entregadlos a las familias, si es que las tienen.

-¡El Calandria estuvo conmigo 12 años,

el otro era casi un niño...!

¡Maldito sea Curro Jiménez! -Quieto.

-¿Quieto, cuando me han asesinado a dos hombres?

-Era algo que tú temías; él cree que empezaste tú.

-¿Qué base tiene para creerlo? ¿Por qué no se enfrentó conmigo?

¡Eso hubiera hecho un hombre! -Es lo que he estado pensando.

Lo mejor sería hablar con él.

-¿Estás loco? ¿Crees que soy un cobarde,

que voy a enviar embajadores cuando me ha matado a dos hombres?

¡El bueno del Calandria y ese pobre muchacho!

¡No puedo seguir encerrado en este faro,

me voy a volver loco!

Voy en tu caballo, Rubio. -Eh, no estás en condiciones

de moverte, de aquí no sales.

-¿Quién me lo va a impedir? -Yo no, tu herida, hombre.

-Debes seguir escondido aquí, jefe.

El sargento Medina ha recibido al fin refuerzos de Cádiz

y dispondrá un estrecha vigilancia en toda la zona del puerto.

Si le echa mano, lo encierra por la muerte del Mico.

-¿Y desde la cárcel cómo vas a vengarte de Curro Jiménez?

-¿Y dónde crees que estoy ahora? ¡Tu faro es una cárcel!

Curro, esta fiera está resuelta a hablar contigo.

¿Quién eres?

Una potranca sin desbabar.

-¿Tú eres Curro Jiménez?

Aquí quien pregunta soy yo, quién eres.

-La mujer de Antonio Navajo.

Él no te ha hecho nada y tú le has matado dos hombres.

Él empezó matando a dos míos por la espalda.

-¡Eso es una calumnia, jamás haría una cosa así!

Tengo informes, pruebas.

-Te has dejado engañar y desatado una guerra sin sentido.

¡Yo vengo a desafiarte! (RIENDO) ¿A qué?

-A que demuestres tu coraje fuera de esta guarida,

de esta sierra donde eres el rey. Dime tú la forma.

-Viniendo conmigo donde Antonio Navajo está malherido

por haber castigado a uno de los verdaderos asesinos,

aclarando las cosas como hombres, frente a frente.

¿Para qué quieres que vaya?

-Porque no me gusta que corra sangre inútil.

¿La de tu hombre? -Naturalmente, la tuya no.

Y si yo mato a Navajo... -Entonces me importaría tu sangre,

cada gota. Ya te imaginarás para qué.

Yo creía que Navajo era un hombre viejo

pero, a juzgar por la pasión que despierta en una muchacha...

-¿Pero no entiendes lo que es un indulto?

A cambio de tener a los cabecillas,

están dispuestos a perdonar fechorías de segundones.

-¿Me desprecias? -Si así fuera, no me iría contigo.

Pero te veo asustado y eso no me gusta.

¡Anda, decídete!

Con Curro Jiménez y el Navajo ajusticiados, ¡seríamos libres

y además tendríamos la recompensa!

-Primero Navajo, después Curro Jiménez,

¡vivos o muertos! Y tú vendrás con nosotros.

-Si no hay más remedio...

-¿Quieres ganarte la recompensa y el indulto

o sólo te preocupa que te libremos de esos dos?

-¡Estoy arrepentido de mi vida anterior, por eso los entrego!

¡Pero necesito el indulto y también el dinero...

para empezar una vida honrada lejos de aquí!

-¿Seguro que no te vas a arrepentir de lo que estás haciendo?

-Si usted les echa el guante,

estoy seguro.

-No, no has comprendido mi pregunta, pero es igual.

Ese bendito edicto me obliga a cerrar trato contigo.

-Dame las armas. ¿Qué?

-¿No pensarás entrar armado? Navajo está herido.

No perdamos tiempo. ¿Me crees o no me crees?

-¿Curro Jiménez? Sí.

-Ahora podéis hablar. Ninguno de los dos se moverá

de aquí hasta que hayáis aclarado todo.

-Ah.

Te has dejado atrapar por una muchacha.

A lo que parece, tú también. -Por quien os dejasteis atrapar

es por el Moñudo. -Cállate, Roja,

y deja las armas.

Me mataste dos hombres. Sí.

-Yo no he matado a los tuyos. Me engañaron.

-Hay quien dijo que la estupidez es el peor de los pecados.

El que me engañó era un hombre de tu confianza.

¿Cuál de nosotros dos es más estúpido?

-Le estamos dando la razón a ella. Por eso estoy aquí.

Y desarmado.

-Ah...

-Ese es el caballo de Curro Jiménez.

Ha tenido suerte, sargento. Puede matar dos pájaros de un tiro.

No haga tonterías. No se van a rendir.

-No quiero derramar sangre inútil.

Mátenlos antes de que les maten ellos a ustedes.

-Bien.

-El sargento Medina nos ha sitiado. Las armas.

-Parece que quieren parlamentar.

-Si os entregáis sin lucha, os respetará la vida

y seréis juzgados según las leyes.

Si no aceptáis, nos pondrá sitio hasta que nos rindamos.

¿Estás dispuesto a entregarte? -Yo no. ¿Y tú?

Tampoco. Soy demasiado joven para morir

en la horca. -Y yo demasiado viejo

para que me importen unos días más de vida.

-El sargento Medida espera una respuesta.

Hay que ganar tiempo. -Nos conviene que llegue la noche.

Chirrido de grillos.

-Cachalote... -Adiós.

Sabía que un día te irías.

-Está ardiendo de fiebre.

Buscaré la forma de sacaros de aquí.

Lo difícil será llegar a mi guarida.

No te preocupes, volveré.

Chirrido de chicharras.

¿Hay alguien en la casa? -¿Qué buscas?

Caballos. -Tú eres un ladrón.

Tengo dinero para pagarlos. -¿Cuánto dinero?

Esto. (RÍE)

-Eso no vale ni la herradura de uno de mis caballos.

Con esto puedo comprar tu casa y tu hacienda,

y los minutos que te quedan de vida.

-¿Me estás amenazando? Yo no, la de la guadaña.

Ya hueles a muerto. -Mal rayo te parta.

Chirrido de chicharras.

-¿Qué pides por eso? Tres caballos.

-Lo dicho, me quieres robar.

Tú a mí, pero no me importa.

Toma y cómprate un féretro, viejo avaro.

Disparos.

-Ah...

-Medina acaba de recibir informe sobre el camino que van a seguir

el Navajo y los otros. Quiere que yo vaya con él.

-Es lo natural. Tienes que ganarte la recompensa.

-No quiero ir, Lola.

Van a tirar a matar y el primer tiro va a ser para mí.

Chirrido de grillos.

Tengo miedo. -Está bien.

Solo hay un refugio seguro para ti mientras el sargento no acabe

con ellos, la cárcel.

-¿Y tú?

-Yo te esperaré aquí.

-No puedo meterte en la cárcel. El indulto te ha sido concedido

y la justicia no puede volver a abrir causa contra ti.

Eso ha salido ganando -Pero usted tiene la obligación

de proteger a un hombre amenazado por dos asesinos.

-Yo que tú no emplearía tanto la palabra asesino.

El indulto no borra el recuerdo de ciertas cosas.

-No querrá tener sobre la conciencia

la muerte de un hombre. -¿De un hombre dices?

Está bien, no puedo perder más tiempo.

Se me van a escapar esos dos por culpa tuya.

¡Cabo!

Encierra a este hombre en el calabozo.

-Gracias.

-Hola. -Hola, soldaditos.

(TODOS) -Hola. -¿Queréis comprar una gallina?

Pone muchos huevos. -Ah, déjenos en paz.

-A ese. Ese de ahí, ese. -Ah.

A ese le gustan las gallinas. -Venga, te toca a ti.

-Oye, ¿quieres comprarme una gallina?

-Que no, que no quiero nada, que... -¡Toma gallina!

-¡No te muevas! ¡Quietos!

-¡Vamos, contra la pared! -Cabrón...

¡Ah!

Venga.

Para afuera. Vamos.

Vamos, andando.

-¿Te marchabas?

¡Y te llevabas el dinero!

-Te hubiera esperado.

-¿Mientras yo me podría en la cárcel? ¡Traidora!

¿Estás loco?

-Es mejor que se vaya. Coge tus cosas.

-¡Ah!

Gemidos.

-Lola...

Lola...

Perdóname.

-Quítame las manos de encima.

¡Me das asco!

Déjame morir sola.

Falta mucho camino, la parte más difícil,

un día de marcha.

-Siento que no podré hacerlo.

Es un refugio seguro.

-¿Quién?

(GRITA CONTENTA) ¡Curro Jiménez!

(RÍE) ¡Qué susto me has dado,

creí que venía a visitarme algún hombre honrado!

(RÍEN)

Con los años estás perdiendo el olfato pero yo no...

Aquí hay un olor a aguardiente que apesta.

-¿No lo dirás por mi boca,

que huele a claveles? (RÍE)

-¿Qué quieres, probarlo?

Ahora la que me asusta eres tú a mí.

(RÍEN) -¡Curro!

Medina tardará un día en reclutar a su gente

pero hay que precaverse. Buscaré a mis hombres

y montaremos guardia en torno, lo haré mientras él duerme,

así no hay discusiones. -¿Contra todos?

Correrás demasiado peligro. -¡Eso digo yo!

Que te acompañe ella que sabe manejar un arma,

del herido me encargo yo.

Quieres quedarte a solas con un hombre indefenso,

si se despierta y ve una bruja como tú, se asustará.

-Cuidadito con la lengua, ¿eh? ¿Qué decides?

Échate al monte con él.

-¿Cuánto tardaría en ir y volver?

Un día.

-Me quedo.

Cuídamelo, guapa.

-Y tú, cuídate tú.

¡Algarrobo! Rápido, a los caballos.

Mira quién hay ahí.

Hijo de...

Estamos esperando que decidas qué hacemos con él.

A la vuelta.

Que se encarguen las mujeres de vigilarlo. Vámonos.

-Curro Jiménez llegará

de un momento a otro con su partida.

-¿Por qué me lo dices?

-Para que te pongas a salvo, sargento, no podemos llenarle

la casa de cadáveres a esta pobre vieja,

hay que dejar un lugar para el suyo.

-Y tú, ¿qué vas a hacer?

¿Quedarte a esperar a ese bandolero?

Podemos ir juntos hasta la costa.

-No me gustan los gendarmes.

(SONRÍE) -Es una lástima.

Adiós.

Y gracias por el aviso.

-Murió en los brazos de la muchacha, sin una queja,

sonriéndose, ¿quién era?

Un amigo.

-Hemos dictado la sentencia; por cinco votos contra uno

hemos decidido pegarte un tiro por la espalda y,

para que lo sepas, la que votó en contra

quería quemarte vivo. Mujer...

-¿Qué hacemos con él, Curro?

Graznidos.

¡Ya!

-¡Ah!

¡Ah! ¡Ah!

Golpes y quejidos.

-¡Ah!

-Qué seco es el aire de la sierra...

y qué frío.

Ya te irás acostumbrando a él.

-No... Me vuelvo al faro.

No podría vivir lejos del mar.

No vale la pena engañarse...

Tú serás siempre la mujer de Antonio Navajo.

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Curro Jiménez - El destino de Antonio Navajo

03 ago 2016

Antonio Navajo, jefe de contrabandistas de determinada zona de la costa, hace un envío de géneros a Sevilla, a través de la sierra, territorio dominado por Curro Jiménez, que protegerá el transporte a cambio de una cierta cantidad de dinero.

Histórico de emisiones:
11/07/2012
10/07/2013
04/09/2013

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