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Curro Jiménez - Los desalmados - ver ahora reproducir video 57.53 min
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Subtitulado por Teletexto-iRTVE.

-Es muy desagradable, pero no queda otro remedio.

Un título que ha pertenecido a nuestra familia

desde hace cinco siglos

no puede estar en manos de... de un asesino.

-Sí, es triste, sin duda, pero le asiste a usted el derecho

de... -Es menos una cuestión de derechos,

señor notario, que de dignidad y sentimientos.

-Alto.

Adelante.

-Es aquel. -¿Aquel?

-¿Y por qué no está trabajando, como los demás?

-A pesar de todo, mi hermano es un noble.

No lo olvide.

-Antes, el dinero.

-Su título, señor marqués.

-Cuando tire el cigarro.

-¡Oye, tú!

¡Uh!

-Ah...

Disparo. -¡Ah!

Disparo. -Uh...

Disparo. -¡Ah!

-¡Eh!

¡Uno se escapa!

-Ah... -Oh...

-Vámonos deprisa, pronto llegará el relevo.

-Tú, ven aquí.

Quedamos en que descargarías todas las pistolas menos una.

-Y así ha sido. -Dámela.

-No. ¿Qué vais a hacer? ¡Dejadme! ¡No, no, yo os he ayudado!

¿Qué vais a hacer conmigo? ¡No!

-Comprueba si está cargada. No me gustan los traidores.

-¡No, no me matéis, por favor! ¡No, dejadme, yo os he ayudado!

Disparo.

-Nuestro camino será este.

¿Te unes a nosotros? -No sé.

Habíamos escapado de escapar a Francia, y ahora...

-No, esa idea la abandoné hace mucho tiempo.

Vamos a América. Son países vírgenes

donde aún quedan muchas cosas por conquistar.

Seremos una nueva clase de conquistadores.

Pero no al servicio de España, a mi servicio.

-Pero atravesar estas serranías no es nada fácil.

-Lo sé, pero son tus tierras, y conoces los caminos

y los atajos para llegar sin problemas.

-También son las tierras de Curro Jiménez. No me atrevo.

-Ah, ya, ya recuerdo. Fue él quien te hizo ese dibujo,

¿verdad?

¿Tanto miedo le tienes?

No me digas que no es por él y no por la justicia

por lo que te escondes aquí.

No te preocupes, irás conmigo.

En marcha.

-Tú... tú no conoces a ese hombre.

-Y él no me conoce a mí.

Escucha, ahora soy yo el jefe.

No debes seguir tuteándome.

Los otros me llaman excelencia.

¿Qué más quieres? Pondrás un océano

entre ese Curro Jiménez y tu estropeado pellejo.

Vamos. -¿Hacia el sur?

-Hacia el sur, mañana. Hoy tengo que hacer una visita

de despedida.

Llaman a la puerta. ¿Brindamos, señor marqués?

-Tú... ¿Cómo has podido...? -Por dos mil reales

tú compraste mi título y yo compré mi libertad.

Al fin y al cabo, somos hermanos. Los dos sabemos comprar barato.

Siempre fuiste un tacaño, Álvaro. No debiste aprovecharte

de que estaba en presidio. -¿Vienes a reclamar el título?

Has firmado. -No, no es por mí.

¿De qué sirve un título?

Yo tengo otros planes y de nada sirven los blasones.

Pero tengo un hijo, hermano. Debo pensar en su futuro.

No debiste despojarle por dos mil reales.

Dos mil reales... -No hables de tu hijo.

Si no hubiera sido por mí, no sé qué hubiera sido del chico.

-Cerdo hipócrita... -¿Qué diría el pobre

si se enterara de que asesinaste a su madre?

-¿Tú vas a decírselo? -No.

No soy tan canalla como tú.

-Bueno, vamos al grano. He venido a hablar de negocios.

-¿Cuánto quieres? -Diez mil reales.

Quiero largarme a América y eso cuesta dinero.

-Imposible, no tengo esa cantidad.

-¡Mientes! -Uh...

¡No me pongas las manos encima! -Descuida,

que yo no te las pondré.

¡Antonio, Zurdo!

¡El dinero! -No lo tengo.

Te lo juro.

-Voy a cambiarme de ropa.

Te dejo en manos de estos amigos.

Quizá ellos te convenzan para que lo saques

de donde lo tienes escondido. -Ah...

-¿Qué hacemos con él? -La vida es muy triste, Antonio.

Tanto si entrega el dinero como si no,

no merece la pena que la siga viviendo.

-Ah, ah, ah...

¡No, no! ¡Soltadme!

¡Soltadme! ¿Qué vais a hacer? ¡No, no!

¡No, no, no!

-¿La alcaldía, buen hombre? -Por allí, a la izquierda.

-Falta la contribución de Eulogio y Atanasio González.

-Olvídate, no tienen dinero. No podemos obligarles

a que entreguen lo que no tienen.

Llaman a la puerta. Adelante.

-¿Es usted el señor alcalde? -Ajá.

-Vengo a plantearle un problema. -Usted dirá, señor...

-No importa mi nombre. Necesito dinero.

Sé que en esa caja hay dinero. Están terminando de cobrar

las contribuciones. Podría llevármelo todo si quisiera,

pero no quiero. Sólo me llevaré lo que necesito.

Y usted me lo dará. -Está loco si cree...

-Mis hombres y yo estamos de viaje y tenemos gastos.

Con dos mil reales será suficiente.

Los hay que creían que con dos mil reales se podía comprar

hasta un título. -No, ese dinero es del pueblo.

-¡Suéltale! -Uh...

-Ah... -¿Qué has hacho, imbécil?

¿Ahora quién nos dará el dinero? -Está ahí, no hay más que cogerlo.

-¿Qué dices? Me gusta hacer las cosas

legalmente, aunque haya sido víctima de la ley.

Como sabes, no soy rencoroso.

Déjale.

Le nombro a usted nuevo alcalde.

Siéntese aquí y dispóngase a extender

un documento de donación a mi nombre.

Yo, alcalde interino de esta villa,

por mi propia voluntad

y sin presión de ninguna especie,

hago donación a don Guzmán de Montesa...

¿Aquí empieza el imperio de Curro Jiménez?

-Podríamos dar un rodeo.

-Yo nunca doy rodeos.

-Según Euclides, la distancia más corta

entre dos puntos es la línea recta.

-Se ve que ese tío no conoce a Curro Jiménez.

Excelencia... -Quítame eso de encima.

Conoces bien este terreno, ¿no? -Sí.

-Necesitamos provisiones. -A cuatro horas en el bosque

hay una venta. Supongo que allí... -Hum.

-Puede pasar, excelencia.

-Siéntese, excelencia.

-Atiende al caballero.

Necesitamos víveres para el camino. Veré lo que tienes

en la despensa.

-¡Eh! ¿Adónde vas? -Atiende al caballero.

-Unas lonchas de ese jamón y el mejor vino que tengas.

-Sí, sí, señor.

Nunca pensé que te atreverías a volver.

-¿Y por qué no iba a hacerlo? A mí no me asusta nadie.

¿Qué ha sido de la Macarena?

Se casó, me dijeron. -Eso creo.

-¿Con quién?

-Con un forastero. -¿Y dónde viven?

-No lo sé. -Estás mintiendo.

La buscaré, y si está en el pueblo

volveré para matarte. -Excelencia, hay para llevarse

un buen cargamento. (RÍE)

-Deja eso ahora y vámonos, es peligroso estar por aquí.

-Buah. -Antonio...

-Hum...

-Escúchame, imbécil, ¿cuándo te darás cuenta

de que mientras estés conmigo no tienes nada que temer

de ese bandolero del tres al cuarto?

-Sí, Guzmán. Quiero decir, excelencia.

Un gallo canta.

-¿Qué te pasa, Macarena? -Nada. ¿Por qué?

Estás temblando.

-Estoy un poco cansada.

-Anda, vamos dentro.

-Dos libras de tocino

y un pan.

¿Quieres algo más? -Ojalá pudiera.

-Ah...

Toma, llévate esto también.

En tu casa hará falta.

Y no te preocupes, te lo apuntaré a tu cuenta.

Te lo apunto todo. -Gracias.

-Tiene usted clientes, don Anselmo.

-A sus órdenes. -¿Es usted el dueño de la tienda?

Me han dicho que aquí podría encontrar al alcalde.

-También soy el alcalde. -Ah, muy bien.

Eso facilita las cosas.

-Pero ¿por qué tardan tanto?

-Me pide usted algo imposible. -No me gusta esa palabra.

-Ese dinero les cuesta el sudor y la sangre a los vecinos

de este ayuntamiento. Yo no puedo...

-Vamos, señor alcalde, ese dinero se lo lleva una duquesa

a quien sus sacrificados vasallos no conocen ni de vista.

¿Qué diferencia hay en que me lo lleve yo?

-Quieto, ¿adónde vas? -Ah...

Ah, ah... -Juan...

-Ah...

-Convoque a los vecinos, necesito hablarles.

Ha sido un deplorable accidente que no debe repetirse.

Ese infeliz muchacho provocó desaprensivamente

a uno de mis hombres y este, en perfecto y justo derecho

de defensa propia, no tuvo otro remedio

que actuar como lo hizo. Nosotros hemos llegado

a este pueblo como pacíficos viajeros,

¿por qué entonces se nos ha recibido

tan agresivamente? ¿No justifica vuestra actitud

que endurezcamos nuestra postura?

¿Podrá alguien reprocharnos luego que reprimamos violentamente

vuestra hostilidad? -¡Juan! ¡Juan!

(JADEA)

¡Juan! Ah, ah...

Juan... (LLORA)

¿Quién ha sido? ¿Dónde está el asesino de mi Juan?

(LLORA)

Juan...

Dios mío, Dios mío...

(LLORA)

Juan... ¡Me lo han matado y no hay justicia en este pueblo!

¡Juan! ¡Vivíamos en un pueblo de cobardes y no lo sabíamos!

¡¡¡Juan!!!

¡¡¡Juan!!! (LLORA)

-El dolor nos vuelve injustos.

Yo no creo que seáis cobardes,

pero estoy seguro de que amáis vuestro pueblo,

vuestra hacienda, vuestros hijos.

Las 12 de mañana es el plazo que os acuerdo.

Si vosotros no cumplís ponéis en peligro

este hermoso pueblo,

las labranzas...

¿Quién sabe?

¡Ahí yace un ser humano! ¡Respeto para los muertos!

¡Arrodillaos! ¡Arrodillaos todos!

¡¡¡Arrodillaos!!!

-Pero ¿qué somos? ¿Gallinas?

Toda una vida trabajando para que nos esquilme

el primer canalla que se presenta en el pueblo.

¡Pues no pago! -Matías...

-¡Que no pago!

Además, usted sabe, señor alcalde,

que yo pago siempre. Que impuestos, que diezmos,

que tributos. A la hacienda pública,

al corregidor, a la señora duquesa,

a su santo obispo.

Pero esto no, me niego.

Ja, se presenta un loco, nos pone la pistola en el pecho

y el pueblo entero a pagar. ¡Yo no!

Si resistimos morirán muchos inocentes,

como el pobre Juan. Paguemos lo que sea

y que se vaya.

-Mire, padre. Y usted, Anselmo. Si se decidieran y convocaran

al pueblo entero, todos juntos, todos,

estoy seguro que daríamos una lección a esos forajidos.

-¿Una lección? Pero ¿a qué precio?

-Mejor es pagar un alto precio una sola vez

que estar pagando humillaciones la vida entera, digo yo.

-La vida entera... No exageres, Matías.

Además, el castigo de esos hombres está en las manos del Señor,

no en las tuyas.

-Vete.

No te acerques.

-Está bien, está bien.

Dime, ¿tu marido sabes lo que has sido?

-¡Sí lo sabe! Ah...

-Que te hayas casado no cambia nada.

Sigues siendo mía. -¡Suéltame!

Ah, ah... -Si de verdad quieres a tu marido

mañana te vendrás conmigo a Cádiz. -¿Qué dices?

-A Cádiz, y de allí a América.

El jefe nos asegura que allí seremos ricos y poderosos.

Y hasta pasaremos por hombres honrados.

-Ah... -Y tú conmigo, preciosa.

A vivir como una reina, y no en este infierno de fragua.

-¡Ni lo sueñes, nunca dejaré a Matías!

-Está bien.

Entonces ya sabes lo que pasará.

Él te dejará a ti. Me conoces bien

y sabes que no me quedo en amenazas.

Qué guapa estás.

Es una pena que me espere mi jefe,

que si no aquí recordaríamos los buenos momentos

que pasamos juntos. -¡Vete!

-Sí, me voy.

Pero volveré mañana para llevarte conmigo.

(LLORA)

-¡Perdido! -Hum...

-Yo no soy el alcalde que necesitáis en un momento así.

Sirvo para procuraros el género y fiároslos,

y para hacer zalemas a la duquesa para que no exija demasiado.

Pero soy un cobarde.

Tiene razón la mujer de Juan, nunca pensé que...

Ahí viene.

-Han pasado ya ocho horas, un tercio del plazo.

Cuando os veo así, de plática,

es que ya os habéis asegurado las recaudaciones.

-Hemos hecho números entre todos.

En el pueblo hay muchos indigentes.

Unos tienen muy poco y no alcanzan a reunir

los doscientos reales.

Otros tienen más y ponen por ellos y por los otros.

-Resuma usted, señor cura.

-Entre todos podemos reunir como mucho la mitad de la suma

que usted exige. -¡Ha dicho usted muy bien,

le exijo, y no me iré de aquí sin ella!

De otro modo, ya lo saben, el pueblo arderá

como una tea gigantesca.

Será un espectáculo muy bello, pero triste.

Cuando hoy os vi en la plaza arrodillados

creí que podía llegar a amaros,

a consideraros a todos como mis súbditos,

como mi pueblo.

Pero tengo otras obligaciones

que me reclaman.

El dinero, el dinero...

El dinero, ¿comprendéis?

No podemos seguir adelante sin provisiones,

sin caballos de refresco, sin reservas.

Sí, no tengo más remedio que exigiros.

Exigiros y cobrar

o exterminar el pueblo.

-Está loco, sin duda, pero eso no facilita las cosas.

Padre, mañana saldremos al amanecer a recorrer la comarca.

Quizá Leopoldo Rivera pueda socorrernos.

-Sí, seguro. -Pero nos lo prestaría con usura.

Ese está loco, pero todos ustedes lo están también.

Perdone, señor cura.

Pero, bueno, ¿es que vamos a tener que pasar hambre todo el año

por no arriesgar el pellejo? -Cada uno es dueño

de su propio pellejo, Matías. No todos tenemos tu coraje.

Ni yo como alcalde puedo exigírselo a mi gente.

No estamos preparados para esto.

No tenemos armas, somos hombres de paz.

-Sí, demasiado. -¿Puedo decir algo?

¿Por qué en lugar de pedir socorro a Leopoldo Rivera

no pedírselo a alguien que nos dará protección,

fuerza, coraje? -Nos quedan doce horas,

no hay tiempo para ir a Sevilla. -No hablo del corregidor,

que, además, tardará un mes en mandarnos cuatro soldados

hambrientos. -¿Y de quién entonces?

-Está hablando de Curro Jiménez. -Ah, no, no, no, no, no,

como alcalde me opongo. Yo soy la autoridad.

Una cosa ha sido pasar por alto tu amistad con ese bandolero,

Remigio, y hacer la vista gorda cuando pasa por el pueblo

y se entretiene con alguno de vosotros en la taberna,

y otra muy distinta recurrir a él.

-Sería convertir al pueblo en un campo de batalla.

No se puede remediar un mal con otro.

Además, ¿qué interés podría tener un bandolero para ayudarnos?

-Si el alcalde y el cura están de acuerdo, yo también.

-A buscar el dinero. No será el primer año

que pasamos hambre, diantre. -Oye, Remigio...

-Yo conozco una razón que haría venir a Curro Jiménez.

-Está decidido, el señor cura y yo saldremos al alba

a recorrer la comarca. Seguro que recaudaremos

lo necesario y estaremos aquí antes de que acabe el plazo.

Maldito sea...

-Me voy.

-Matías, no me dejes sola esta noche.

-Mujer, no te preocupes.

Todo irá bien.

-¿Lo harás, aun a pesar de la opinión de Anselmo

y del señor Cura? -Ellos están equivocados.

Nuestra única solución es Curro Jiménez.

Dime de una vez cuál es esa razón que puede hacerle venir aquí

y dónde puedo encontrarle.

Ve y dile que Antonio el Granaíno ha vuelto.

-Así me gusta, señor alcalde, madrugar es sano.

Le quedan seis horas para traerme el dinero.

Estas hogueras las estamos preparando para el caso

de que tengan la funesta idea de hacerme una mala pasada

y aparezcan de vuelta con soldados o cualquier

otra ayuda. En cuanto aparezca algo extraño

por el horizonte, todo el pueblo arderá como leña seca.

-Alto.

-Necesito ver a Curro Jiménez. Me envía Remigio,

el de la venta del molino. -¡Déjale pasar!

-Pasa.

Hasta pronto, y gracias por todo. -Adiós, Curro, adiós.

Aquí estamos, Remigio.

-Ah, ah...

Ah, ah...

Ah, ah...

Ah, ah...

Ah, ah...

¿Estás seguro que es él, Antonio el Granaíno?

-Sin duda.

Ese traidor...

Y se ha atrevido a volver. Debe sentirse muy seguro.

-No lo creas, está muy nervioso.

Tiene miedo.

No podemos dejar que se nos escape.

Vamos.

-Espera.

¿Esperar qué? -Es que hay algo más.

Perdona que haya usado el nombre de Antonio para hacerte venir,

pero, verás, ayer por la mañana llegaron al pueblo

unos hombres que... -Déjame.

Ah, ah..

Ah... -Estate quieta, perra.

Sé que te gusta. -Ah...

-¡Suéltala! -¡Ah!

-Uh...

(LLORA) -Ah, ah...

-¡Ah!

(LLORA)

-¡Cuidado! -Ah...

-¡Ah!

(LLORA)

-¡Ah!

Ah...

-¡Ah!

-¡Cuidado, Matías!

-¡Ah!

-¡Ah!

-¡Levántate!

-Ah...

-¡Ah, ah!

Ah...

Ah, ah...

¡Ah!

Ah... ¡Ah!

-No te puedo matar, rata asquerosa,

porque no soy un asesino.

Has tenido suerte.

Vete de aquí.

-Ah, ah...

-No vuelvas a dejarme sola.

-No te preocupes, vendrás conmigo.

-Te dejaré en la posada de Remigio. Allí estarás segura.

-Antes voy a curarte.

-Ah, ah...

(SUSPIRA)

(SUSPIRA)

¿Entonces piensas que no debemos acercarnos

al pueblo? -Por el momento, no.

Han amenazado con quemarlo todo si alguien se acerca.

Es preferible esperar. Si Anselmo y el cura

traen el dinero, puede que todo se arregle

y se marchen en paz. ¿Tú te lo crees?

-No.

¿Y vais a dejar que se marche con vuestro dinero?

-Ya no lo sé, por eso te hice llamar,

por si a pesar del dinero ese loco lo incendia todo.

Sería mejor esperarle a la salida del pueblo.

Si es que sale. ¿Qué quieres decir?

No estamos seguros de nada con un tipo de esa calaña.

Ha dicho que se iría, pero ¿quién nos asegura

que lo haga? -¿Quién te ha puesto así?

¿Quién ha sido?

-Matías Pérez,

el herrero.

Me robó las armas y...

-Imbécil. Seguramente le has provocado.

Pero de todos modos eres uno de mis hombres.

Muchachos, os estabais aburriendo, ¿verdad?

Pues ahora tendréis diversión. Traedme a ese hombre.

Lo quiero vivo, la muerte sería un escarmiento

demasiado rápido.

Tú, entra y lávate.

¡Vamos!

-Hazme caso, de verdad. No vayas, Curro,

puede ser el fin del pueblo. Ya hemos esperado demasiado.

Y aquí no arreglamos nada. Cada cosa en su sitio, Remigio.

El ajo está en el pueblo.

No podemos correr el riesgo de que se largue el Antonio.

No se largará.

-Ah... -¡Ah! Ah, ah...

-¡Quieto! -¡Suelta, suéltame, cobarde!

¡Matías! -Este hombre ha osado

poner la mano sobre uno de mis hombres.

-Ah, ah...

-En este pueblo yo soy el señor

y mis hombres representan el orden que yo impongo.

Por lo tanto, son sagrados.

Así que haremos un escarmiento y quiero que lo presenciéis.

-¡Atrás, fuera todos, atrás!

-¡Ah, no, no! (LLORA)

-¡Llévatela! -De aquí no podrás escapar.

No hay más que una puerta. Pero podrás presenciarlo

detrás de la reja. -Ah, ah...

-Ah...

(GRITA)

(LLORA)

-Ah...

Ah... -¡Asesinos!

¡Cobardes!

(LLORA)

Disparo.

¡Basta!

(LLORA)

(LLORA)

¡Matías! ¡Cobardes!

(LLORA) -Ah...

Ah...

-¡¡¡Soltadle!!!

(LLORA)

(LLORA)

-Ah, ah...

(LLORA)

(LLORA)

-Ah...

-Van a dar las 12 y comenzará la fiesta.

-¡Arre, arre! ¡Arre!

-¡Quietos!

El dinero, traigo el dinero.

-No hay nada más bello que el fuego, ¿verdad?

-Pero, el dinero. -No, así no.

Me extenderá usted un documento. Yo no soy un salteador de caminos.

-Vayamos... vayamos a mi tienda.

-Imposible, en este momento está ocupada por uno

de mis hombres. -Deje a ese hombre.

-Necesita socorro. -¿Para qué, si pronto le daremos

otro paseíto?

-Ese hombre está muy mal. -Los leños se consumen,

los hombres se desangran.

La destrucción tiene también su propia belleza,

¿verdad, señor cura? -Pero si he traído el dinero.

-Ah, sí, sí, sí, sí, el dinero;

pero ya le he dicho que yo no soy un salteador.

¡Porras, zurdo, traed la mesa!

Aquí lo tenemos todo preparado.

¿Vamos, señora alcalde?

Siéntese.

Y escriba.

Por la presente, yo,

alcalde de Arcos de la Sierra,

Anselmo Crespo,

por mi propia voluntad,

libre de toda coacción o amenaza,

hago donación a su excelencia,

don Guzmán de Montesa,

la cantidad de cuatro mil reales

como contribución de este pueblo

al proyecto de crear en América

la ciudad de Montesa.

No, espere.

Ponga mejor "del reino".

Eso es,

del reino de Montesa.

¡Vamos, firme! ¡Rápido!

Y, ahora, que empiece la fiesta.

-No, por Dios, ya le hemos entregado lo que pidió.

-¿Y qué? Mis hombres quieren divertirse.

¡Adelante! -Van a quemar el pueblo.

Debimos hacer caso a los que querían avisar

a Curro Jiménez.

Trote.

Disparo. -Ah...

Disparo.

-¡Ah!

-Curro Jiménez.

Disparo. ¡Ah!

-Ah, ah...

Ah...

Disparo. -¡Ay!

(RELINCHA)

-Ah, ah...

Ah...

-Ah...

Ah, ah...

Ah, aaah...

Ah...

(RELINCHA)

-Aaah...

(RELINCHA) Ah...

Uh, uh...

-Ah...

¡Ah!

-Mi dinero.

-Ah, ah... -Mi dinero.

¡Suéltale! -Ah...

-Ah...

Aaah...

-Hay una sola puerta, y detrás de ella

está Curro Jiménez. -No podrás escapar.

-Maldita perra...

Disparo. -Ah...

No debiste volver. Te dije que te mataría.

-Estoy desarmado, Curro.

-Ah, ah...

Ah, ah...

-Ah, ah...

(SOLLOZA)

Ah...

¡Matías!

(LLORA)

-Gracias.

-Curro...

Curro,

esto no podremos olvidarlo.

Yo tampoco.

-Y he de confesarte que, contra la opinión de algunos,

yo no te quería avisar. Al fin y al cabo,

eres un fuera de la ley. Recuerde, señor alcalde,

que el pueblo siempre tiene razón.

El único problema es que sepa elegir a quién llamar

en cada momento. -Pues en esta ocasión

el pueblo ha acertado.

Vamos.

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Curro Jiménez - Los desalmados

15 ago 2016

Un peligroso delincuente, fugado de la prisión con otro forajido, implanta el terror en la sierra y se enfrenta con Curro Jiménez y sus hombres.

Histórico de emisiones:
02/08/2012
31/07/2013

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