Dirigido por: Matías Montero

Programa de producción propia de los Servicios Informativos de TVE dedicado a presentar en profundidad temas sociales o culturales de interés en España. ''Crónicas'' aborda los temas de forma monográfica. Su director es Matías Montero.

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Para todos los públicos Crónicas - Torrejón 15 15 - Ver ahora
Transcripción completa

Lugar Salto de Torrejón el Rubio.

Mi edad era de los 9 a los 14 años.

Esos años fueron maravillosos.

El poblado estaba formado

por familias de todas las partes de España,

por eso, cuando la obra terminó, todos emigramos a diferentes lugares.

Hoy, han pasado más de 50 años y sigo tapando grietas,

para que mis recuerdos, como el humo, no se escapen.

¿Por dónde andáis amigos?

Demetrio, Pajares, Barroso, Luis Sánchez Rosa y tantos otros.

Empezó siendo una mañana muy clara, con un poco de niebla,

que estaba en la copa de los árboles, y el sol penetraba.

Hacía una claridad preciosa.

El 22 de octubre siempre está ahí presente.

Ese día le quitaríamos del calendario.

No íbamos a conseguir nada, pero ahí está.

Ya hacía días que sentía a los padres

que estaban haciendo la limpieza del río,

y estaban reteniendo agua en la presa, y la presa estaba a tope.

Allí se comentaba, era general,

y no abre la presa, y no abre la compuerta, mira cómo sube el agua,

que algún día la tenemos, y desgraciadamente acertó, la tuvimos.

Pasaban corriendo por la pista del taller, toda llena de hombres,

diciendo el muro, el muro se ha ido, y nos fuimos sierra arriba.

Aquella mañana tan maravillosa que yo tenía en el recuerdo

se convirtió en una noche oscura, en una noche trágica, algo tremendo,

que nos ha marcado toda la vida.

El año 65 es algo que no olvidaré.

Para mí el Salto dejó de ser la fantasía que había vivido.

(Prosigue el Tajo hacia el Suroeste,

aquí se le une el Tiétar rodeado de montes junto al Puente Cardenal.

En la zona comprendida entre Tajo y Tiétar se proyecta poner en regadío

más de ciento cincuenta mil hectáreas).

En el año 1956 el Ministerio de Obras Públicas

aprobó a Hidroeléctrica Española e Hidroeléctrica del Tajo

la concesión del aprovechamiento hidroeléctrico de la Cuenca del Tajo,

desde Talavera de la Reina hasta la frontera con Portugal.

En ese trayecto se construyó el pantano de Gabriel y Galán,

el embalse de Valdecañas, el Salto de Torrejón

y embalse de Alcántara

que en su momento fue de los mayores de Europa.

Los fines fundamentales de estos pantanos eran dos:

obtener energía eléctrica y conseguir tierras de regadío.

No hay que olvidar que Extremadura tenía grandes extensiones de secano

que eran menos productivas.

(Podemos aquí apreciar el trabajo de los obreros,

que van colocando las piezas necesarias

para las conducciones de agua

que darán vida al suelo antes seco y yermo).

Eran grandes extensiones de terreno

que estaban en manos de muy pocas personas;

aristocracia y alta burguesía

y en la provincia de Cáceres,

el 60% de la tierra eran latifundios estaba en muy pocas manos.

Yo he conoció trabajar en un grado de semiesclavitud.

Yo me he criado concretamente en un chozo,

donde vivíamos las personas, se hacía la lumbre, dormías,

se tendían las ropas.

Mi padre se dedicaba al ganado, era pastor,

porque ganadero era el que tenía el ganado,

se trabajaba de sol a sol

y de esa vida es de la que mucha gente nos vinimos huyendo

y vinimos a obras como esta,

sino seguiríamos trabajando en el campo con el amo.

-A pesar de los riesgos, siempre era mejor que la otra vida.

-Siempre, porque aquella vida no tenía futuro ninguno.

En aquellos años en Extremadura todos los pueblos eran muy tristes,

se estaban quedando vacios, y se oía hablar de los Saltos de Torrejón.

Todo el que iba allí hablaba maravillas porque se ganaba dinero,

y mi padre fue a trabajar a ese salto.

También fue un salto para mi madre, porque tenía siete hijos

y se pasaba el día lavando en el arroyo

y le teníamos que llevar a mi hermano pequeño a que le diera el pecho,

se puede uno imaginar el cambio que tendría esta mujer

con agua corriente en casa

y para mí, que en el pueblo, cuando hubiera cumplido diez años,

me hubiera tocado guardar guarros.

Llegué allí y me encontré con un mundo maravilloso.

El paraíso estaba en Monfragüe,

en un enclave donde los ríos Tajo y Tiétar casi se tocan.

Allí, Hidroeléctrica Española

proyectó construir los Saltos de Torrejón:

dos presas, una en cada río,

que comparten la misma central subterránea

bajo el farallón que las separa.

Durante los años que duró la obra, miles de trabajadores y sus familias

vivieron en los poblados que se levantaron junto al pantano;

asentamientos efímeros, sin pasado ni futuro,

en un entorno que al comienzo de los años sesenta

era todavía virgen y salvaje.

Lo que veo es toda mi infancia.

Desde que nací hasta los siete años viví en este poblado.

Mis padres se conocieron causalmente en plena obra de la presa

y los recuerdos, muchísimos.

Lo entrañable de la escuela,

la relación con los niños del salto...

Todos nos llevábamos muy bien, la vida era en familia,

todos nos conocíamos, era una familia, la verdad.

La mayor parte de la gente venía del ámbito rural,

el hecho de vivir a un poblado donde las casas eran distintas,

tenían su agua corriente, su calefacción...

todas las comodidades habidas y por haber supuso un cambio drástico.

La confortabilidad era enorme.

El poblado estaba distribuido en tres filas, la de abajo,

lo que nosotros llamábamos la calle del río,

que es lo que estaba pegando prácticamente

a la cuenca del río.

Luego la calle de en medio y la calle del monte, de la montaña.

Las escuelas, por ejemplo, estaban en la parte de la calle de en medio.

Los cines estaban más acá de los árboles que se ven.

Allí pasábamos los domingos,

lo sábados por la noche hacían su verbena los mayores.

La verdad es que era una vida muy bonita,

nadie puede hablar mal de cómo se vivía en el Salto de Torrejón.

El río sí que nos marcó muchísimo,

porque lo teníamos tan cerca cogía un sedal,

se lo cogía a mis padre, un anzuelo, y con pan, y me iba a pescar.

En las encinas hacíamos con los cartones,

porque mi padre bajaba tablas de la obra, hacíamos un fuerte de indios.

Era fabuloso, porque entonces el Tajo como el Tiétar,

le quedaban arenales, y era un lugar de juego impresionante,

es que se nos hacía de noche jugando, qué bonito, que bonito.

Nosotros, entre el colegio, la naturaleza que teníamos allí

y el campo libre éramos los reyes del mundo,

pero nuestros padres pasaron penalidades.

Ten en cuenta que no todo el mundo tenía derecho a tener una casa.

Solamente tenían acceso a la casa

los que tenían categoría a partir de oficial, los que eran peones,

esos no tenían derecho a las casas,

que esos eran los que venían de otros pueblos en autobuses

y accedían a los barracones,

y otros muchos vivían en los chozos o en las casas de adobe.

Mi padre junto con otros compañeros,

cuando terminaban de trabajar por la tarde,

a las seis o las siete, se hicieron las casas ellos mismos.

Cómo estaba en lo alto de la colina,

desde allí veías todo el regato, todo el arroyo

y veíamos cómo los hombres iban construyendo el pantano.

El archivo de TV conserva estas imágenes de la visita de Jorge Vigón

ministro de Obras Públicas, a los trabajos del Salto.

Era una de las apuestas de Hidroeléctrica Española

y un proyecto muy singular para la época.

Su autor, el ingeniero Manuel Castillo,

explica al ministro

las posibilidades de un conjunto hidroeléctrico

formado por dos presas, una en el Tajo, y otra en el Tiétar,

que estarían comunicadas por un canal a través del cual

se podría trasvasar el agua de un embalse a otro.

Llegué en el 64, con 18 años y mi cometido era el mantenimiento,

con otros compañeros, de las instalaciones eléctricas.

Cuando llegué yo se estaba terminando el Canal.

Fue aquella una obra grandiosa, por supuesto.

Era un túnel muy grande que comunicaba el Tajo con el Tiétar

para alimentar las turbinas.

Se cruzaban dos camiones de obra dentro de él,

con eso se puede hacer una idea de las dimensiones que podía tener.

Como la boca del metro de Madrid o un poco más ancho.

La central está a un nivel inferior porque claro,

el agua tiene que caer por su peso para mover las turbinas,

está a un nivel inferior de lo que es la presa, claro.

Empecé a trabajar en esta obra con 14 años,

faltaban dos meses para quince,

mi vida de juventud y demás no fue mi vida,

pasé directamente a una vida de adulto.

Aquí está toda la familia Martos, aquí estoy con mi hermano,

este soy yo, esta es una tía, esta es Paquita, este es Maxi,

y éste es mi hermano Julián.

A nosotros nada más llegar nos asignaron una casa,

en la que estuvimos todo el tiempo que duró la obra.

Se levantaron varios poblados el de la parte de abajo,

en el que estaban oficiales, capataces y encargados,

y el de arriba,

donde estaban técnicos y personal de plantilla de Hidroeléctrica Española.

Aparte, un poco más arriba del poblado donde nosotros vivíamos,

se levantó el poblado de Agromán para la construcción de la presa.

Los trabajadores de Agromán estábamos ubicados allí,

tanto los trabajadores que tenían aquí a su propia familia,

como los que no la tenían y vivíamos en barracones.

Yo empecé a vivir en un barracón en el que estábamos 60 personas.

El único niño era yo.

Era un niño porque tenía catorce años.

El material con el que se construían estos barracones,

facilitaba que se criaran parásitos

que luego se multiplicaban por millones.

-¿Chinches?

-Sí, no te sacaban a hombros como a los toreros de milagro.

Dormíamos en literas,

y me acuerdo que en la cabecera de mi cama había dos filas,

una que subía y una que bajaba,

y yo me dormía contando y mirando los chinches.

Y sin embargo, a pesar de los riesgos

y de las condiciones de vida que teníamos,

que no eran las mejores ni mucho menos,

vivías con la idea de que poco a poco te ibas labrando un futuro.

Allí se entraba de peón normalmente, a no ser gente ya especializada,

y se iban subiendo categorías, a oficial, jefe de equipo.

La formación en esa época y en esa obra fue muy importante.

Ellos iban de pantano en pantano,

acabar el pantano era una alegría si iban a otro y a otro.

Ahí vamos a la palabra arraigo,

no podían crear una identidad en ningún sitio y allí,

dentro de la construcción de pantanos de Extremadura,

fue donde estuvieron más tiempo.

Allí sí pudieron crear ellos una identidad

y considerarlo que era su hogar.

Fue la primera vez que un hombre empezaba a tener un sueldo diario,

que estaban dados de alta en la Seguridad Social,

poder comer cada día con dignidad,

que no faltara calzado a los hijos, lo básico.

Incluso se podía ahorra un poquito, la gente era muy feliz allí.

Cualquier cosa que sucediera toda la gente te echaba la mano

y ese compañerismo yo he vivido en más obras

y no le he vuelto a ver, de ahí el gran recuerdo

que tenemos los niños del Salto de Torrejón.

La escuela era la que unificaba estaba la hija del administrador,

plantillas, obreros,

allí no había diferencia de ningún tipo.

Tuve opción a una beca de bachiller, estudie en un colegio privado,

algo jamás soñado.

Allí encontramos un dinamismo increíble,

porque teníamos un profesor, don Miguel Molina Cabrera,

que era una persona que estaba a la vanguardia de todo, muy activa.

El colegio tenía muchos medios debido a don Miguel,

porque exigía a todos esos medios;

tenías tu gimnasio, con tu material de gimnasia, tu pista de baloncesto,

que todo aquello, en esa época,

en muchos pueblos de Extremadura no existía.

No es lo mismo como se vive en un poblado de trabajadores

que están construyendo un pantano desde el punto de vista de los niños,

que desde el punto de vista de los adultos.

Eran poblados para trabajar, no nos olvidemos nunca,

allí se iba a trabajar.

No eran poblados para vivir, poblados para trabajar.

Mis padres vivían en el Salto, también en el poblado de abajo,

mi padre trabajaba en la ferralla y un hermano, el mediano

y mi madre trabajaba en las oficinas de Andrés, limpiando,

y estuvieron allí hasta que se acabó el Salto.

Yo cuando me casé, que me quedé allí, tuve a mi hija,

estaba con mis padres, y la verdad es que fueron años muy bonitos.

Yo trabajaba de administrativo en la oficina,

era el que hacía las nóminas

y los seguros sociales de todo el personal que teníamos allí.

Traía el dinero de Plasencia de los bancos, que eran sesenta,

setenta millones, y si se hacía de noche,

me llevaba las maletas a casa con el dinero hasta el día siguiente

que empezaba a pagar.

Éramos tan honrados que no metíamos la mano en nada.

No se ganaba mucho, unas 1800 pesetas, por ahí,

no llegaba a dos mil.

El que llegaba a dos mil ya era a base de horas

y de trabajar de noche, con la nocturnidad,

que era un 20 por ciento, pero vamos,

los sueldos no eran para tirar cohetes.

Había muchos días que si había trabajo,

estábamos hasta las once o las doce de la noche, y al día siguiente,

a las ocho de la mañana allí otra vez.

El único día que no se trabajaba era cuando la fiesta,

que era el 1 de mayo.

Ese día no trabajaba allí ni el tato.

Esto son las fiestas del 1 de mayo.

Eran unas fiestas que se paraba toda la obra durante un par de días

era una fiesta para todos iguales.

Era un desahogo de unas personas que trabajaban doce horas diarias

en turnos de noche o de día, cambiando cada semana,

y no había vacaciones, con lo cual era trabajar casi 365 días al año,

con trabajos muy estresantes, y aparte,

eran trabajos muy peligrosos.

El año 65 lo empezamos el 14 de enero con un accidente muy grave.

Ahí fallece Julio Morales,

pero es el trabajo que le correspondía hacer a mi padre.

Hacían horarios de doce horas, uno trabajaba de día y otro de noche,

en un mes de enero de frio y lluvia, mi madre estaba a punto de dar a luz

y Julio Morales dijo a mi padre, quédate en casa por las noches,

si se pone de parto Cecilia, que estés en casa.

Esta gran generosidad le costó la vida.

Hubo una niña de ellos, Mari Asun, que estaba tan embelesada con Julio,

como yo con mi padre.

Yo veía como esa niña, cada día, ansiaba ver a los padres llegar,

se quedaba esperando hasta que pasaba el último hombre

y su padre no llegaba.

Entonces su madre tenía que ir a buscar a esa niña cada día,

un día tras otro, eso podía haber sido mi casa, lo mismo.

(En tierras cacereñas de Navalmoral de la Mata

la empresa Hidroeléctrica española

ha construido el importantísimo Salto de Valdecañas.

El jefe del Estado y su esposa

inauguran la presa y la central de bombeo,

la primera de este tipo en España).

Valdecañas formaba parte de un sistema en cascada

proyectado para trasvasar agua de unos embalses a otros.

Río abajo, le seguían la presa de Torrejón y la de Alcántara.

La concepción era totalmente novedosa,

porque permitía bombear agua de un embalse inferior a otro

situado en una cota más alta para volverla a utilizar.

Ocho de Julio de 1965.

Hidroeléctrica española manifestó a los organismos competentes

la necesidad de embalsar agua en Torrejón

para poder trabajar en el cauce del río.

Septiembre.

Empezaron a cerrar el embalse para acometer esas obras y,

a la vez, hacer pruebas de bombeo en Valdecañas.

Esta maniobra exigía que el agua, en Torrejón,

estuviera entre las cotas 240,00 y 242,50, el máximo de embalse normal.

Primeros días de octubre.

Torrejón se fue llenando, entre otras aportaciones,

con el agua que lentamente iba soltando Valdecañas.

Aquel otoño fue muy lluvioso.

De estos días como hoy hubo muchos días, y claro,

el río cogió mucha agua.

Las compuertas estaban cerradas, y el agua se fue almacenando.

El canal que comunica las dos presas seguía en obras

y la compuerta de la toma del Tajo para impedir el paso del agua

no se había instalado.

Esa función la cumplía, como es frecuente en este tipo de obras,

una ataguía de 14 metros 62 cm de alto.

Estaba formada por diez elementos superpuestos

que corrían por unos raíles empotrados

en el hormigón de las paredes del túnel, de 16 metros de ancho.

Cada uno de los elementos tenía una parte metálica lisa

y en lado opuesto, una estructura resistente.

Cada cosa que se montara allí, compuertas o lo que fuera,

estaba supervisado por los ingenieros,

y se miraba cuarenta veces antes de ponerlo.

15 de octubre de 1965.

Inspección de la Comisaria de Aguas del Tajo a la presa de Torrejón.

Aprecian que tanto la ataguía, como las compuertas de los aliviaderos

y de los desagües de fondo

están en perfectas condiciones mecánicas y estancas.

La ataguía no presentaba flecha o deformación alguna

a la cota 239, 47.

A la vista de este informe,

HE tiene autorización para llegar al nivel máximo de embalsado normal:

cota 242,50.

17 de octubre. Comienzan las pruebas de bombeo en Valdecañas.

Nosotros llevábamos mucho tiempo que el río, por la parte de arriba,

estaba muy lleno,

estaban diciendo que el día que den larga para que baje el agua

va a estar muy bonito, mucha espuma blanca y fenomenal.

22 de octubre de 1965. Ocho de la mañana.

El embalse está en la cota 241,67.

A sólo 83 centímetros del máximo autorizado en condiciones normales.

Fue la primera vez que se llenó y llamaba la atención

porque jamás habíamos visto un nivel de agua tan alto.

Llegaban, la van a abrir mañana, la van a abrir mañana

pues no, pasado mañana, pues tampoco,

ya no se abrió, se abrió sola.

Oigo un ruido muy grande, un estruendo,

me vuelvo y veo una nube muy grande, como niebla,

que sería la presión del agua, una nube grande.

La visión hacia la presa era corta debido a la niebla,

pero sí vimos que el agua salía por el lateral, con lo cual

no era un problema de rotura de la presa,

sino de la rotura de la compuerta del canal de suministro de agua

hacia la central hidroeléctrica.

Ya cuando ya el canal empezó a rebosar por cerca del muro,

donde está aquella baranda,

por ahí empezó a salir un chorro de agua enorme,

mucha agua, a borbotones y un ruido atronador.

El agua salía con una fuerza impresionante,

y allí había muchos metros cúbicos de palos para aguantar los encofrados,

y eso se lo llevó todo, y eso es lo que iba machacando todo a su paso,

personas y todos lo que pillaba.

Lo primero que se me vino a la cabeza,

cuántos se nos habrán quedado en la galería,

cuántos se habrán quedado en la galería!

Cuántos pobrecitos habrá ahí metidos.

Muy duro, muy duro, aquello fue tremendo.

Ya éramos conscientes de la tragedia.

Enseguida empezaron a pedir cuerdas

desde los pozos de las cámaras de equilibrio,

que están por debajo de la oficina.

Recuerdo una persona que estábamos intentando sacar,

entonces, yo no sabía quién era,

pero esa persona se rompió la cuerda

y lamentablemente era un chaval de 18 años,

familiar de un íntimo amigo mío,

que apareció a la semana con la cuerda en la mano.

Estábamos acostados, empezaron los coches a pitar enormemente.

Todo el mundo fuera, todo el mundo fuera

que se ha ido la compuerta que os salgáis,

y con el camisón, salía todo el mundo con pijamas, con camisón

y todos nos fuimos a la sierra.

Mirábamos hacia atrás a ver qué es lo que pasaba, ¿no?

claro, decían que venía una riada,

y pensábamos que nos podía llevar el cualquier momento.

Desde allí arriba lo que se veía eran los camiones por el agua,

nadando por el agua,

iban chaquetas, cascos, todo rio abajo.

Entre las chaquetas iban cuerpos,

desde arriba desde el monte no se veía.

Pero sí que iban...

se quedaron cuerpos enganchados en el río, también.

-Subimos al monte había habido una niebla tremenda,

y de la humedad de las jaras, al pasar con la ropas,

nos quedamos calados.

Un frio...

aquellas horas de desesperación,

empezaron a llorar las mujeres

y todos esperando que llegara cada uno a su casa.

Yo recuerdo que algunos abrazaban a sus familias,

y nosotros siempre expectantes a ver si venía nuestro padre,

y se hacía eterna la espera ¿no?

-Dejó de salir tanta agua y nos fuimos a la otra parte del río

que es donde estaban las casas de dirección

y allí estuvimos toda la noche,

mi madre esperando que viniera mi padre

porque venían camiones y camiones de gente, de hombres,

y no venía, y mi madre cada vez estaba más nerviosa, y cada vez peor.

Vinieron mis tíos, también vinieron mis abuelos,

pero después de una semana allí no había esperanza ninguna.

-Ellos fueron los que fueron a reconocer un cadáver

que había aparecido cuatro o cinco km abajo del río,

y lo reconocieron por unas llaves, que el jefe que tenía mi padre

reconoció que se las había dado,

entonces la escena fue terrible,

como dice mi hermano, mi madre aquél día no se murió

pero quedó marcada para toda la vida.

-Te das cuenta de lo que pasó,

de lo injusto que fue todo,

de que fue un fallo que se podía haber evitado

y... que al final las víctimas siempre las mismas,

que son los obreros que están trabajando y...

los responsables, al final, pues

tampoco se sabe muy bien quienes fueron, pero...

nadie tomó cartas en el asunto

para ver qué pasó y buscar responsabilidades.

En el diario Arriba, el 23 de octubre,

aparece en portada pero... en una esquinita;

Pone "grave accidente en Torrejón el Rubio"

Una tromba de agua cae sobre los obreros al ceder una compuerta.

El 24 ya aparecen fotos...

esto sería el túnel de trasvase lo que se inundó,

y esto sería el cauce y esta la presa.

Aparecen bastantes fotos.

Las aguas desatadas del Tajo,

las familias en lo alto del poblado

y luego ya el 24 de octubre,

30 desaparecidos en siniestro de la presa de Torrejón.

La mayor parte de los artículos mencionan a los muertos, sí,

pero, hacen referencia a la gran obra de ingeniería

y hablaban también de la capacidad de sufrimiento de la raza extremeña.

Muchas páginas de diferentes diarios, de diferentes periódicos,

hacen mención a José Martín Malmierca,

era un gruista que trabajaba en labores de dragado del cauce

y salvó muchísima gente.

Su obsesión era sacar la grúa

porque la grúa esa valía muchos millones.

Él estaba donde la subestación, sí que oyó toda la catástrofe,

que se estaba originando allí

y lo que más le costó,

que al parecer el agua en la cabina le cubría el pecho,

entonces marcha atrás la consiguieron sacar entre él y el compañero,

la subieron,

entonces él lo que hizo fue echar el gancho

y la primera persona que sacó,

la sacó totalmente desnuda, agarrada al gancho.

A mi padre le dieron la medalla de oro al mérito al trabajo,

y a su compañero la de plata.

Parece que estuvieron de día y de noche evacuando gente,

intentado sacar,

intentando taponar todas las vías de agua.

Yo realmente a mi padre no le vi hasta el tercer día

y él nunca ha querido hablar.

Solo me dijo en una ocasión con catorce o quince años;

"Hijo que no tengas nunca la desgracia de ver lo que yo vi".

El día de de la catástrofe, 22 de octubre de 1965,

comenzó la investigación judicial.

El sumario 75/1965

ha permanecido casi cincuenta años

en este Juzgado de Instrucción número 1 de Navalmoral de la Mata.

Guarda, entre otros documentos,

las fotos que ordenó tomar el juez

el día de la tragedia.

Es la misma imagen que no han conseguido olvidar los trabajadores:

el agua inundando el canal,

arrasando cuánto encontraba a su paso

y desbordándose por una boca lateral hasta el lecho del río.

También se ve que habían comenzado a hormigonar

y a quitar parte de los encofrados del túnel.

Tres días después, el juez, acompañado por dos peritos,

hizo una inspección ocular que está en el sumario,

junto al croquis que dibujó.

La fuerza del agua al entrar por el canal

había sacado de su sitio los cuatro elementos inferiores de la ataguía.

Uno de ellos no llegó a desprenderse del todo,

y estaba en el suelo caído y de canto.

Otros tres elementos habían sido desplazados a cien metros

del lugar que ocupaban.

Los cuatro, presentaban su parte metálica plana bombeada

por la fuerza del agua,

dando lugar a esa forma de óvalo que aparece en el croquis.

El juez ordenó tomar las muestras

que los peritos consideraran oportunas,

y las mandó analizar para que pudieran emitir un informe

sobre las causas del accidente.

Esta inspección ocular se pudo hacer cuando el canal ya estaba sin agua.

También entonces pudieron empezar las tareas de rescate.

La obra quedó vacía y hasta los tres días no llamaron a los obreros,

como no había trabajo, porque había quedado todo destrozado,

pues nos fueron llamando a oficinas

y allí, formamos las tres brigadas de rescate,

pero el que tuviese valor, o quisiera o tuviera capacidad,

no obligaban a nadie.

Normalmente rescatábamos los cadáveres,

pero no los buscábamos,

nos los buscaban los obreros.

¡Aquí hay uno!

Y es cuando entrábamos nosotros.

Envolvíamos en una manta o dos,

lo atábamos y los montábamos en la camilla,

a veces teníamos que llamar a una grúa

para que sacara la camilla

porque a lo mejor era la boca de un pozo.

Yo rescaté 18.

Amo, mi brigada me da pánico decirlo,

hubo que serrar madera para sacar los cadáveres,

porque estaban aprensados

donde hizo el tapón, allí había muchos;

de allí sacamos la mayoría.

El accidente, según las notas que facilitó Hidroeléctrica Española,

sucedió a las nueve y veinte de la mañana.

En ese momento,

había cerca de cuatrocientos obreros trabajando en el túnel,

la central y el cauce del río.

Entre ellos, los hermanos Emiliano y Juan José Ávila.

Los cogió a los dos.

Mi tío tuvo la mano de mi padre agarrada

y mi padre le decía que le soltara,

que le soltara porque si no se iban los dos.

Mucho forcejeo, pero no le pudo sacar.

Mi padre se llamaba Juan José Ávila Sánchez,

natural de Torrejón

y con 38 años falleció allí

dejando viuda,

dos hijos

y otro en camino..., que soy yo.

Aquí la noticia llegó como la pólvora,

no se sabía quién había caído.

¿Mi madre?

me imagino yo que se enteraría de las primeras,

pues mi tía estaba trabajando en la centralita,

pero hasta no encontrarlo no había nada cierto.

Mi padre apareció a los nueve días.

Según dicen se le reconocía bien,

luego también se le habría reconocido

porque tenía en el fémur una cicatriz muy grande

de otro accidente de tráfico,

y aparte, llevaba una camisetita que le había bordado mi madre

con las iniciales JA, y cuando apareció la llevaba puesta.

Aquí en Torrejón le quería mucho todo el mundo,

porque siempre tenía, mira, como aquí,

una sonrisa en la cara, muy dicharachero,

con muchas ganas de broma...

y yo, sin poderle conocer.

Mis amigas me decían,

me ha echado una bronca mi padre porque no he aprobado...

A mí nunca me la echa mi madre, sí,

pero no me la ha echado nunca mi padre,

ni me ha castigado mi padre sin salir.

Sí, las envidiaba y mucho.

Yo esa espina la tengo muy dentro,

esa espina está ahí.

Estuvieron tocando todo el tiempo las campanas, todo el tiempo...

Eso era una impotencia impresionante, impresionante...

te entraban ganas de llorar a ti solo,

Así que te entraba un ahogo una cosa de pena.

En la Iglesia, ponían unas mesas para poner los alimentos allí

mientras el cura les cantaba el entierro

y quedaron charcos en el suelo.

Y en la Iglesia, de que les dieron la misa

luego cogieron camino del cementerio,

todo a hombros,

entonces no existían los coches fúnebres.

-Todo recto al cementerio es la calle de los muertos.

Una caja detrás de otra, se te ponían los pelos de punta.

-Habíamos muchos trabajando y se sintió bastante,

del pueblo todo el mundo fue al entierro, con más razón

y todo el mundo a acompañar a las familias.

Éste de las coronas y las cintas es el más joven.

Entonces era la cosa que a los más jóvenes les ponían corona y palmas,

a los mayores no.

El más joven se llamaba Ángel Martín Canelo,

21 años, encofrador.

Dos días antes del entierro,

cuando todavía se le daba por desaparecido,

un periodista visitó su casa.

"Es el hogar, escribió, donde se respira la mayor tragedia".

Mira...el pregonero, y su hermano Gregorio,

tíos de Angelete.

-Entonces los familiares dolientes no iban;

la madre, hermanas, cosas así no iban...

son tíos, primos, cosas así.

Los cronistas también fueron a casa de Teodoro Chivo,

peón de montaje,

padre de cinco hijos.

Ese es el Chivo tres o cuatro hermanos.

-Y esos pequeños son los hijos

-Los mayores, viven todavía.

-El gobernador Civil de Cáceres,

y el que está detrás el alcalde.

-Don Valentín Paredes.

-Ese alto que está con el abrigo dando la mano.

Aquel día, también recibieron sepultura Lucrecio Fernández

y Marcos Martín Canelo.

La cifra final fue 46 muertos,

cuatro trabajadores desaparecidos

y cuatro más sin identificar.

En total, 54 víctimas.

Yo lo único que sé es que del primer golpe

trajeron 70 ataúdes...

y no hubo bastantes,

hubo que pedir otros cinco más

como yo estaba en la brigada de rescate,

vi que los primeros 70 se gastaron.

-Había gente de Asturias, de Galicia, carrilanos que llaman,

y no sé si de esa gente murió alguno,

de hecho morirían, pero no sé si los reclamaron.

Yo estoy seguro que murió más gente de la que se dijo.

La morgue la instalaron en la explanada donde estamos,

que era donde estaban las oficinas,

me llamaron y subí dos o tres veces para ver si reconocía los cadáveres,

era imposible reconocerlo, por los días que habían pasado,

y luego me negué... me negué a subir más.

-Yo he llegado a contar hasta 27 cadáveres arriba,

tenía que reconocerlos pues claro que los conocía,

pues todavía no estaban desfigurados,

estaban normal como eran,

y estaba allí el forense

y el secretario que tomaba eso, fulano de tal y tal...

El diagnóstico era el mismo; muerte asfixia por inmersión.

Y se le mandaba con su familia a su pueblo normalmente.

Algunos que no los reclamaban,

por la noche se enterraban en el Toril

como consecuencia de las condiciones en que estaba el cadáver ya,

había que quitarlo de en medio cuánto antes.

Es muy duro, muy duro.

De hecho, me tiré una semana, no de baja,

pero una cosa así, que no tenía apetito,

ni ganas de nada, de nada, de nada,

no me daban ganas ni de salir de casa.

-La mayoría estaban trabajando en la central.

Al irse la luz... se me ponen los pelos de punta

cada vez que me acuerdo

y mira que hace cincuenta años,

pero no se me olvida... no.

-Los padres tuvieron que volver al trabajo.

Yo lo digo por mi padre,

que tuvo que volver a entrar al túnel otra vez

y los tablones que estaban para el encofrado

estaban por todos sitios con las personas que se habían quedado allí,

a mi padre le afectó bastante

cada vez estaba más nervioso, cada vez estaba peor,

y mis tíos le dijeron: pues vente; y nos fuimos a Bilbao.

No sé si después de un bombardeo en una ciudad plena guerra

se puede ver una cosa parecida,

porque se veían cascos, ropa, botas,

se encontraban cuarenta mil cosas por todas partes.

-Empezaron a aparecer fallecidos,

empezó a bajar el río,

en el remanso que había por debajo de casa

empezaron a aparecer ropas.

La gente empezó a desaparecer,

a pedir la cuenta,

a marcharse...

El silencio era infinito,

era un silencio de esos silencios que hacen daño.

En 1967 los peritos que investigaron la causa del accidente,

concluyeron su informe.

Dijeron que la seguridad de la ataguía era insuficiente

para soportar la carga de agua prevista.

Y que esa falta de seguridad estaba latente

en la debilidad de la unión de los montantes a la viga resistente.

Esta unión se había realizado a través de una pletina

demasiado deformable

que se combó por la presión del agua.

Las soldaduras, que además eran defectuosas,

se rompieron,

y la ataguía falló.

Cuatro años después de la tragedia,

el sumario se remitió a la Audiencia Provincial de Cáceres

Y el 23 de febrero de 1970, se sobreseyó

por no aparecer justificada la perpetración del delito.

Al final, no hubo juicio ni se encontraron responsables.

Cuando los familiares de los fallecidos cobraron la indemnización

que fue de veinte mil pesetas de la época,

que tampoco era mucho,

cuando firmaron esa indemnización

abajo había una clausula

que renunciaban a cualquier tipo de reclamación legal.

-Se dieron indemnizaciones,

pero por mucha indemnización que le dieran,

una mujer sola con tres niños,

y hubo otras muchas mujeres como mi madre...

ha trabajado hasta dejarse el pellejo.

Mi hermano hubiera sido el cabeza de familia,

y se ha tenido que buscar la vida para ayudar a mi madre.

En mi casa ¿qué hemos visto de pequeños?

Tristeza, pena, a una mujer siempre vestida de negro.

Yo me conozco desde pequeñita yendo al cementerio con ella.

Una tristeza enorme.

El silencio más absoluto se apoderó de aquel terrible suceso.

El caso estaba cerrado

y no se hicieron más preguntas de las necesarias.

Pero en aquellos días, algunos trabajadores oyeron y vieron cosas

que les han llevado a formular sus propias hipótesis.

El instituto Eduardo Torroja dio una peritación

diciendo que esa compuerta estaba mal hecha en su soldadura

y que ese había sido el motivo.

Nosotros, los que estábamos a pie de obra, pensamos que no fue ese,

sino que la curvatura de la compuerta estaba colocada al revés

en el canal que la estaba sujetando.

Dirección General del Agua.

Archivo de Cajas Rojas.

Conserva los informes de seguridad emitidos durante años

por el Servicio de Vigilancia de Presas.

Está perfectamente catalogado.

Cada presa tiene su fichero.

Buscamos el resultado de las inspecciones

que hicieron los técnicos en el Salto de Torrejón.

Aquella catástrofe tuvo que generar más de un informe.

Pero si los hubo, ya no están allí.

Caja Torrejón... 1515

Es la única que conserva algún documento sobre el accidente.

Son fotos fechadas en octubre de 1965

Por primera vez, vemos la ataguía tal y como quedó

después de la tragedia.

Como dijo el juez, en la inspección ocular,

las chapas metálicas de los seis elementos

que permanecieron en su sitio

tenían toda la superficie plana.

Estaban superpuestos, y no llegaban al suelo

porque se lo impedía un panel

que se quedó enganchado en el raíl.

También comprobó, que la fuerza del agua

había arrastrado tres elementos de la ataguía

a una distancia de cien metros.

En las fotos, los vemos aguas abajo en el canal,

totalmente destrozados, y con las soldaduras rotas.

Están en la misma posición y tienen la misma forma

que en el croquis del sumario.

Parte de su curvatura responde a la forma de la estructura,

pero la otra, hasta formar un óvalo,

es la chapa metálica lisa que se bombeó por la presión del agua.

La perspectiva cenital aporta todavía más información;

nos enseña como estaba colocada la ataguía.

La parta plana miraba hacia el interior del túnel

y era la estructura resistente la que estaba en contacto con el agua.

Es lo mismo que se intuye en la foto del sumario

que se tomó el día del accidente,

cuando el agua todavía entraba por el canal.

Los peritos examinaron la compuerta en numerosas ocasiones,

y comprobaron, que su disposición coincidía con el plano de MACOSA,

la empresa que la fabricó.

También dijeron que la forma de la estructura era totalmente correcta.

Sin embargo, la mayor parte de los expertos en presas

y en hidráulica que hemos consultado,

opinan que es inusual colocar de esa forma una ataguía,

porque trabaja mecánicamente mejor cuando es la parte plana

la que está en contacto con el agua.

La ataguía que falló estaba en la posición contraria.

Si se había diseñado expresamente así,

el hecho es que no resistió la carga de agua

de un embalse lleno hasta el límite, y se rompió.

Mi padre se llamaba José Pérez López,

era de un pueblo de Jaén, de Villanueva del Arzobispo,

y su profesión cuando murió era la de ferrallista.

Era un tío muy majo, muy salao,

todo el mundo le tenía mucho cariño,

era un buen trabajador,

no le importaba trabajar en el sitio más peligroso porque lo hacía bien.

-Mi padre cuando se despedía de nosotros nos daba un beso,

iba a nuestra habitación, nos daba un beso a cada uno,

un beso a mi madre, y se iba...

pero aquel día se despidió dos veces

y aquello para mi madre fue un presagio como diciendo...

-Ella cuenta que cuando se iba a ir por la puerta volvió otra vez

a despedirse de nosotros...

-Y a partir de entonces cambió nuestra vida totalmente.

Nosotros pasamos de ser unos chavales que estábamos en la calle,

nos divertíamos con nuestros amigos,

a ser despistados,

que no sabíamos qué hacer con mi madre,

que era el único apoyo que teníamos nosotros,

y mi madre estaba en unas circunstancias muy trágicas

porque fue fatal, fatal.

-Algo tremendo que nos ha marcado toda la vida.

-Yo siempre tengo un lema,

y digo siempre digo por aquellos hombres...

porque yo quedé fascinada

de lo que fueron capaces aquéllos hombres de hacer

y allí perdieron su vida.

Este año se cumplen cincuenta años del gran accidente,

yo creo que es hora de que podamos de una manera u otra

poner una placa en un sitio digno

donde quede constancia,

porque esto para mí es la memoria histórica del salto de Torrejón.

-Siempre me preguntaba

aquellos chavales con los que jugaba ¿dónde estarán?

qué habrá sido de su vida...

si serán felices,

cuántos años tendrán,

cuántos hijos tendrá...

todas estas preguntas que yo me hacía me dieron pie, a que yo,

siempre lo añorara,

y un día me puse delante del ordenador

y lancé un mensaje

para ver si yo podía volver a vivir ese momento otra vez.

No puede ser que porque ese lugar esté debajo de agua y no exista

no podamos hacerlo nosotros virtualmente.

Nosotros lo hemos levantado,

ese está flotando ahora porque hay un foro

donde ese pueblo existe.

Crónicas - Torrejón 15 15

58:00 26 mar 2015

El 22 de octubre de 1965 es una fecha que muchas personas no olvidarán. Todavía le llaman ""el día de la catástrofe"". Un terrible accidente en la presa del Salto de Torrejón, en Cáceres, costó la vida al menos a cincuenta y cuatro trabajadores. Pero testigos presenciales y empleados de la obra en aquel momento, estiman que el número de víctimas mortales fue bastante más elevado.

El departamento  de Documentación de los Servicios Informativos ha  localizado las imágenes que hace cincuenta años filmó TVE en el lugar de la tragedia. Este documento  gráfico, hasta ahora descatalogado,  ha ayudado a reconstruir unos hechos que han permanecido silenciados durante medio siglo, pero que siguen grabados a fuego en la memoria de  aquellos trabajadores y sus familias. Ellos, los protagonistas de esta historia, han contado los años felices que vivieron en  el poblado obrero que Hidroeléctrica Española levantó junto a la presa. Y cómo, en una fracción de segundo, aquel paraíso se convirtió en un infierno.

El 22 de octubre de 1965 es una fecha que muchas personas no olvidarán. Todavía le llaman ""el día de la catástrofe"". Un terrible accidente en la presa del Salto de Torrejón, en Cáceres, costó la vida al menos a cincuenta y cuatro trabajadores. Pero testigos presenciales y empleados de la obra en aquel momento, estiman que el número de víctimas mortales fue bastante más elevado.

El departamento  de Documentación de los Servicios Informativos ha  localizado las imágenes que hace cincuenta años filmó TVE en el lugar de la tragedia. Este documento  gráfico, hasta ahora descatalogado,  ha ayudado a reconstruir unos hechos que han permanecido silenciados durante medio siglo, pero que siguen grabados a fuego en la memoria de  aquellos trabajadores y sus familias. Ellos, los protagonistas de esta historia, han contado los años felices que vivieron en  el poblado obrero que Hidroeléctrica Española levantó junto a la presa. Y cómo, en una fracción de segundo, aquel paraíso se convirtió en un infierno.

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