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Transcripción completa

Consolaos, señor mío.

Dios le ha dado paz.

El mal que la tomó le causaba ya mucho sufrimiento.

Sostenedme. Pierdo pie.

Las aves no son presa de reyes.

No las caza. Las toma para cuidar de ellas.

Lo contempláis en demasía.

Quien sufre una pérdida teme seguir haciéndolo.

Bastante desgracia ha sido.

No añadáis el castigo de vivir con miedo.

Vos no hubisteis de enterrar a un hijo.

No penséis que por ello no lo sufrí.

Cuando es mucha la distancia, nuestras tragedias no os golpean.

Lo mismo ocurre con lo que amenaza a estos reinos.

Argel...

Si no arrasáis ese avispero de infieles,

nuestras costas serán suyas antes o después.

Evitaré que ocurra como en Viena. Cuando haya caudales para ello.

Que haya, al menos, voluntad.

¿Quién dice que no la hay?

España se sacrifica siempre por el Imperio.

Pero también tiene sus demonios y habéis de ahuyentarlos.

Gobierno estos reinos,

pero también Flandes, Nápoles, las Indias, ¡un imperio!

Un césar no puede juzgar cada apuro como lo haría un hombre.

Ahora que es mía la corona de Carlomagno, su ejemplo me guía.

¿Hacia dónde? ¡A igualar su grandeza!

A que mi valentía y fortaleza crezcan hasta hacerme digno de su legado.

La posteridad me juzgará, Isabel. El presente también lo hace.

Que no se os olvide.

Volvamos. No, aún no.

Permitidme huir de tanto reproche.

¡Carlos!

¡Paso al rey! El rey está herido.

¡Que vengan los galenos! ¡Rápido!

- ¿Vivirá? - No hay certeza.

- El daño ha sido terrible. - ¡Dios mío!

Hay que proteger al heredero.

- De morir el rey... - Así será.

Salvemos, al menos, el futuro de las Españas.

La orfandad es desgracia, pero también lección.

Es la vida diciéndonos que ya nos valemos solos.

Nunca pude complacerla.

Me quiso césar y tan solo soy un rey sin brillo.

Y Milán fue una promesa de gloria que no he sabido cumplir.

El tiempo se ha acabado para vuestra madre, mas no para vos.

Alejáis mis penas como nadie lo hace. Y eso me consuela.

Sois más sabia que yo.

Mi señor...

Lo que ha muerto no puede revivir.

El príncipe Felipe está ya en lugar seguro.

Gracias a Dios. Poco podemos hacer por guardar el resto de dominios.

Quiera el Señor guardar al emperador y, con él, a su legado.

¿Y qué sucederá si no escucha nuestras súplicas?

Fernando se hará con el Imperio y tiene varón. Querrá cedérselo.

Habrá de respetar su promesa.

¿Creéis que cederá el Imperio a un niño de tan pocos arrestos?

¡Callad!

Y rezad por el emperador.

Así no podréis ofender a quien debéis respeto.

ni lanzar malos augurios.

Porque mi esposo vive.

- ¡Aún vive! - Y vivirá.

Ha vuelto en sí.

(SUSPIRA) Dios os ha salvado.

(SUSPIRA) Si vos se lo habéis pedido,

no habrá encontrado manera de llevaros la contraria.

Quiero dar sosiego a la corte. Y que me vean. (SE QUEJA)

(LO MANDA CALLAR) Debéis guardar reposo.

Mis manos...

Apenas tengo fuerza en mis manos.

(SUSPIRA)

¿Cuándo la recobraré?

(SE QUEJA) Pasará.

(SUSPIRA) Pasará.

Solo necesitáis descanso.

Tened fe.

Vuestra madre era la sal de la tierra.

El mundo es hoy más oscuro sin su agudeza.

Agradezco vuestras palabras.

Y lamento que hayáis hecho un viaje tan largo y no esté yo para compañía.

Lamento que mi angustia no me permita las cortesías.

Mi vida corre peligro, alteza.

Y es mi señor quien la amenaza.

Enrique.

El único enemigo que restaba por crearos.

La anulación de su matrimonio es el único de sus mandatos

que no he sabido corresponder.

¿Es culpa mía que Roma no se avenga a su voluntad?

¡Su capricho lo ciega!

Ahora, pretende casarse con la ramera de Ana Bolena sin la dispensa papal.

¿Sabéis lo que eso significa? Excomunión.

Pero... si no le importa ofender a Dios, aún menos a mí.

Quiere llevarme al cadalso.

¡A mí!, que le he dedicado media vida.

Os lo ruego, alteza. Dadme amparo.

¿Qué razón tendría para ello?

La amistad, la piedad...

Ninguna ha guiado jamás mis decisiones.

No voy a empañar mi relación con Inglaterra

acogiendo al apestado del reino.

Pondré a vuestro servicio mi saber y astucia sin que me compenséis.

Permitid que dude de vuestro talento

cuando a quien se lo habéis entregado os condena.

Volved a Inglaterra y morid con la dignidad que os faltó en vida.

Pronto será Dios quien os acoja.

Con este anillo, yo te tomo por esposa.

Te adoro con todo mi cuerpo

y te hago dueña de todos mis bienes.

In nomine Patris,

et Filii,

et Spiritus Sanctii,

Amen.

(BENDICE LA UNIÓN EN LATÍN)

Amén.

Mi señora, os ordeno que os levantéis.

Si os he hecho venir es para que sepáis que,

desde hoy, la reina de Inglaterra es lady Ana Bolena.

Ved cuán terca es la viuda de mi hermano, querido Cromwell.

- Pues ya es lo único que sois. - María, nuestra hija,

- es la única... - Una bastarda...

a la que tengo afecto. Cuidadla.

Mi esposa pronto me va a dar un hijo.

No habrá más heredero que él.

Abandonad el lugar que ya no os corresponde.

Señora, despediros con la templanza que siempre se admiró en vos.

¡En Inglaterra no hay más reina que yo!

Miradme a los ojos...

y llamadme bastarda.

Rezaré por vos.

Acompañad a vuestra madre.

¡María!

Nada aliviará en vuestra alma la bajeza de haberme abandonado,

padre.

¿Veis cuanto nos rodea?

Es mío. Yo lo construí.

Y, algún día, nuestro hijo heredará todo. Esto y mucho más.

Llevaos a Martín dentro, Juana. Haced el favor.

¡Señor marqués!

(JUAN RÍE)

- Esperaba veros a mi vuelta. - Me ha ocupado tarea lejos de aquí.

He sabido que, aparte de título,

habéis traído esposa de Castilla y os ha dado fruto.

Me gusta tener de nuevo a quien cuidar.

No es poco el provecho que estáis sacando del marquesado.

Mucho menos del que desearía.

Para poder sembrar el grano y vivir de él,

necesito los caudales que el gobernador me niega aun siendo míos.

De los privilegios que me concedió el rey, no me han dado ni un cuarto.

Espero que el papa sea más generoso.

- ¿El papa? - Sí. He solicitado a Roma

cobrar el diezmo en mis tierras.

Aliviaría mis apuros y me permitirá invertir y beneficiarme del cultivo.

Me dais una lección, mi señor.

El rey os niega el gobierno y vos, en lugar de rabiar y persistir,

aceptáis vuestro destino y lo aprovecháis.

Yo no soy de tan buen conformar.

Añoro el ímpetu que daba la aventura. El afán de gloria.

Que el presente pareciera una sombra a su lado.

Pero mirad:

¿a qué más puede un hombre aspirar?

Puerta

Adelante.

Majestad.

¿Ya en pie? ¡Qué dicha saber que os recobráis!

La corte está gozosa y venimos a que lo sepáis.

Deberíais guardar cama hasta recuperar fuerzas.

¡Fuerzas tengo, necio!

Mis manos no responden.

Disculpadme.

Mi señor, tenéis más motivos para la dicha que para el enojo.

Os habéis recuperado de un trance fatal.

Y ahora sé cuán frágil es el hilo que me une a la vida.

Si al menos sintiese orgullo por lo que he hecho hasta ahora...

(BORJA) Majestad,

vuestra gloria es mayor que la de ningún hombre de nuestro tiempo.

Pero ridícula frente a otras del pasado en las que me miro.

¿Qué hazaña he logrado?

Me he defendido de un francés y poco más.

Ahora que sé cuál es mi destino, no puedo alcanzarlo.

¡Os repondréis! Encargaos de Felipe.

Endurecedlo y no escatiméis severidad.

Que la desgracia no caiga también sobre mis dominios.

Retiraos.

Tormenta

Trueno

(CARRASPEA)

Rezo día y noche para que esta lluvia cese.

Siento que hayáis de sumar a ese otro ruego.

Las algaradas de Bruselas son ya revueltas de miles.

El ejército debe sofocarlas.

¿De qué serviría?

Se rebelan porque hay hambre. Solo el pan los calmaría, no apresarlos.

Si Dinamarca no hubiera cerrado los mares, podríais traer grano de fuera.

Negociad con ellos. Ya lo he intentado.

Pero mi firma no vale como la de Carlos. No ven autoridad en mí.

Paliad la hambruna con gasto. No hay caudales.

Se entregó todo para defender a Viena del turco.

La lluvia no dejará de caer.

Las cosechas se perderán todas... María...

El hambre será plaga. Y las rebeliones...

(RESPIRA AGITADA) Mis dominios...

Mis dominios agonizarán ante mis ojos sin que pueda hacer nada.

María... (SOLLOZA)

María...

Tranquilizaos.

Hemos de hablar de Felipe. Ha vuelto enfadado

de su entrenamiento con el duque.

Traía heridas. No quiere volver.

Es muy niño para que lo adiestren con tanto rigor.

¿No creéis?

¿Qué os ocurre?

No noto mejoría alguna.

Habla la melancolía,

no vos.

Sé de algo para lo que no necesitaréis mucho brío.

¿No os quejáis siempre de que no tenéis un retrato en condiciones?

¿Retrato? ¿En este estado?

¿Cómo se encuentra?

Habría de darle cuenta de un asunto. Si no es grave,

yo misma puedo encargarme. Se trata de Hernán Cortés.

El santo padre le ha concedido el cobro de un diezmo por sus tierras.

¿Un diezmo? Ese privilegio queda solo para la Corona.

No ha lugar. Presentará queja.

Pedirá que la Corona le pague lo prometido. Y no hay dinero.

Habrá otra forma de contentarlo.

Para hombres como él, la riqueza es el bien menor.

¿Pensáis restituirle el cargo de gobernador?

Con prometerlo bastará.

Pero que sea en un lugar donde no pueda causarnos problema.

Dudo que exista ese lugar. Con buscarlo será suficiente.

¿Por qué rechazáis las lecciones del duque?

Me hirió. No veo herida.

Ni amor propio. Son ejercicios de salvajes, padre.

Además, cuando haya guerra, mandaré tropas, como hacéis vos.

¿Creéis que no habréis de luchar antes o después?

¡La victoria os la darán los soldados!

La gloria, ser su caudillo. Morir con ellos si ha de ser.

Prefiero mi contento a la gloria.

Estos pajaritos que cuidáis... Su destino es vuestro estómago.

Dios los creó para morir y serviros de alimento.

Y a vos, para el valor y el triunfo.

Da igual lo que queráis de esta vida.

Lo que importa es lo que la vida quiere de vos.

¿Me detestáis por decíroslo?

¡Hablad! ¡Demostrad carácter!

Madre nunca me pide ser el que no soy.

La fe es el mejor consuelo.

Es bálsamo, pero no cura.

¿De qué me sirve estar en paz con Dios si no lo estoy con mi madre?

Solo honrándola con triunfos podré encontrar sosiego.

Alteza, ahora, no podemos financiar campaña alguna.

Arrastramos deudas de guerras pasadas

- y también las que ella os legó. - No me servís

para recordarme mis apuros, sino para decirme cómo vencerlos.

Podéis incrementar los impuestos, vender bienes de la Corona,

recuperar préstamos.

Incluso, si pretendéis agilizar la ganancia,

reparad los excesos a que vuestra generosidad os condujo en el pasado.

¡Soy el rey de Francia, maldita sea!

¿Pretendéis que murmuren sobre mí como hacen con Enrique?

Jamás lo harán, alteza.

Pero con algunos fuisteis espléndido en demasía,

especialmente con la condesa. Todas aquellas joyas...

¿Sugerís que me devuelva los regalos que le hice?

Aun enojada con mi madre, se presentó aquí para honrarla y consolarme.

Quizás también para saldar deudas lo antes posible.

Su esposo reclama los préstamos hechos a la Corona.

Alteza, si su afecto por vos fuera tan puro,

¿se habría resignado tan fácilmente a perderos?

Solo se ha dado prisa en volver cuando ha visto un beneficio en ello.

Pasáis por alto que, aun arruinado,

poseo dos valiosos tesoros y puedo hacer uso de ellos.

Mis hijos.

Francia desea formalizar el matrimonio

entre su sobrina Catalina y Enrique, el hijo de mi señor.

¿Qué razones hay para tanta urgencia?

Cuando faltan razones para posponer un bien, la prisa es acierto.

¡Son casi niños!

Tendrán así una larga vida para aprender a quererse.

¿Y qué pide el rey de Francia a cambio?

El duque de Milán va a fallecer sin herederos.

Cuando eso ocurra, mi señor pugnará por esa plaza.

Si se hace público nuestro acuerdo,

habré faltado a mi promesa de neutralidad con el emperador.

No es sino neutralidad lo que os pedimos.

Cuando Milán se dispute, no os decantéis.

¿No es eso permanecer fiel a vuestro compromiso?

Os pretendéis imparcial,

mas procuráis complacer a quien saqueó Roma y os hizo su cautivo.

Mi rencor ante el emperador es infinito.

Pero no basta para arriesgarme a ser de nuevo su rehén.

Nada habéis de temer.

Con una firma, entroncaréis con la Corona de Francia.

El mundo sabrá que no hay tirano que someta al santo padre.

Majestad,

me siento honrado de que me hayáis solicitado.

Vuestro talento os ha traído hasta aquí, maestro Tiziano,

no mi capricho.

¿Dónde están vuestros útiles? De nada sirven mis pinceles,

si antes no conozco a quien retratan.

¿Quién sois?

Un hombre que no habla en demasía. Quizá, porque vuestros deberes

os incitan a la prudencia.

¿Os abruma lo que sois?

No me educaron para ser menos. ¿Os abruma?

Siento que el que soy y el que debo ser

son dos hombres muy distintos. ¿Y cómo es el hombre

que deberíais ser?

Enérgico,

con un ánimo al que nada afecte,

tenaz, sin pausa. Superior al resto.

No alguien sin brío,

que se siente viejo sin serlo y que...

a veces, preferiría ser nadie y vivir tranquilo.

No hay hombre en el que no aniden demonios, majestad.

Alguien como yo debería saber vencerlos. Y no lo hago.

¡No lo hago!

(MARÍA DE AUSTRIA) Querido hermano y señor,

durante días, he tratado de evitaros leer estas líneas.

He luchado contra mis flaquezas, pero estas, para mi vergüenza,

al fin me han vencido.

Os ruego que encomendéis a otro el gobierno de Flandes.

Tan alto deber no puede quedar en manos de alguien tan quebradizo.

No hayo en mi alma ánimo alguno para la gobernanza.

La melancolía y el miedo se han apoderado de mí.

Temo, majestad, hermano mío,

que el mal que anuló a nuestra madre corra por mis venas.

¿Qué os ocurre?

Vuestros pichones están donde han de estar.

Y vos, pronto, también.

Hoy mismo abandonaréis la corte.

Gozaréis de los mejores tutores,

que harán de vos el heredero que ansío tener.

¿Qué estáis haciendo? Asegurar el futuro de mis dominios.

¿Y es esta la manera? ¿Apartando a nuestro hijo de los suyos?

Los suyos lo han hecho pobre de espíritu.

Su destino no va a tener piedad con él, si no se corrige.

Es un niño.

Hay mucho tiempo para ello. Quizá no.

La melancolía se ha adueñado de mi hermana.

Sus palabras hablan de mí.

Y el ánimo de los dos, de nuestra madre.

Si estoy condenado a apagarme, hemos de estar preparados.

El príncipe el que más. Mandáis sobre quien os ha de suceder.

Mas decidme: ¿os ha hecho mejor vivir alejado de vuestros padres?

Me enseñó que la vida es amarga.

Y solo toma la espada quien en algún momento lo perdió todo y resistió.

¿Y por qué habría de tomar la espada? Porque es su destino.

¡En el futuro, se gobernará desde la corte!

Con sabiduría, con diplomacia, ¡con alma!

Y, para eso,

el amor fortalece tanto como el rigor.

Acatad mi decisión y hacedlo en silencio.

¡Largaos!

Majestad.

¿Ya me conocéis lo bastante para empezar vuestra labor?

Tan solo es un boceto.

Espera vuestro juicio.

Sin duda, el retrato será de mayor tamaño.

Aprenderéis mucho a su lado.

Cuando volvamos a vernos, no habrá príncipe más sabio y fuerte que vos.

Prometedme que vos no cambiareis.

Os lo prometo.

Id.

La emperatriz me ha concedido licencia

para explorar y conquistar nuevas tierras.

¿Quién quiere caudales cuando puede descubrir otros mundos?

- ¿Y el diezmo? - No hay gracia sin renuncia.

Ya, pero vuestros cultivos necesitan dinero para prosperar y que rindan.

- No aventuras. - No hay mayor riqueza

que la que sigue a una conquista. Cada villa valdrá por mil tributos.

¿Cuánto os concede la Corona para tal empresa?

¿Habréis de financiarla vos?

(RESOPLA) La gracia real más bien parece un castigo.

Soy el creador de Nueva España.

No faltarán valedores. Entre los dos pronto recaudaremos lo necesario.

¿Y a qué debo el honor de compartir con vos tan ingrata tarea?

¿Acaso no añorabais el ímpetu de aventura?

Seréis mi mano derecha. Cargaréis con las tareas más duras.

Soportasteis mis flaquezas y también mis victorias.

Nadie lo merece más que vos, amigo mío.

No contaba con echarme a la mar de nuevo, a fuer de sinceridad.

Los años me han vuelto prudente. Y vos, con vuestra familia ahora...

Confiaremos la expedición a otros.

Y, cuando hallen nuevas tierras, iremos a ellas.

Pero ya como señores.

Puerta

Mi señora.

Celebro veros de mejor ánimo.

Y que hayáis comenzado a tomar decisiones de provecho.

Os felicito por la boda de vuestro hijo Enrique.

Un lazo inquebrantable con Roma es...

descanso para hoy y ganancia para mañana.

La nostalgia es inútil. No nos ayuda a avanzar con brío.

He de amar mi vida tal y como es hoy y a los que en ella están ahora.

Es admirable vuestra sensatez.

Os traerá sosiego y felicidad en lo venidero.

Desearía

recuperar las joyas que, en su momento, os regalé.

Quiero guardar el secreto de las palabras de amor grabadas en ellas,

pues son el reflejo de que sentí por vos

lo que nunca podré sentir por dama alguna.

Entendedme, os lo ruego.

Mis nuevos romances nacerían muertos, porque envidiarían al nuestro.

Y, cuando me preguntasen por vos, mi corazón latería con tal fuerza

que podrían oírlo.

No hay tiempo que borre la mayor pasión de un hombre.

Como gustéis.

No quisiera ser una sombra para las que vendrán.

Siempre lo seréis.

Solo intento engañarlas y engañarme.

Puerta

(MONTMORENCY) Alteza.

(MONTMORENCY) Un asunto ineludible.

No olvidéis ni una alhaja.

(FRANCISCO) Os lo advierto:

no tengo ánimo para más desdichas.

Entonces confiad en que el matrimonio de vuestro hijo sea dichoso.

Porque otro efecto no va a tener.

Roma no os apoyará para recuperar Milán. El papa Clemente ha muerto.

¡Maldita sea!

¿Por qué Dios decide llevarse ahora a ese bastardo?

Que el honor os dure largo tiempo.

Y que, mientras, me dejéis serviros con celo.

Os lo agradezco.

Más que nunca, hacen falta los buenos reyes cristianos.

Con el de Inglaterra ya no contamos.

Roma se ha visto obligada a excomulgarlo.

Una tragedia para toda la Cristiandad.

Y un alivio vuestra firmeza con él.

Nos hace justicia a los devotos que fulminéis a quienes no lo son.

El emperador y vos habréis de compensar su ausencia.

La amenaza del turco es mayor que nunca.

Y defendernos juntos, nuestro deber primero.

Santidad, me rebela que me equiparéis

con quien saqueó sin piedad esta santa ciudad.

- Triste episodio, en verdad. - Yo soy vuestro más fiel aliado.

Vuestro antecesor, en premio a mi lealtad,

se comprometió a mantenerse neutral cuando el ducado de Milán se dispute.

Mantener su palabra honraría su memoria.

¿Con el turco a las puertas y porfiáis por un ducado?

La indiferencia que mostráis hacia el infiel

me lleva a entender que osarais aliaros con él.

En este lugar, se fraguó esa alianza.

El papa Clemente necesitaba refuerzos en contra del emperador.

Y yo sacrifiqué mis principios para ayudarlo.

Ambos perdisteis la honra en ello.

No me ha temblado el pulso a la hora de excomulgar a Enrique.

Cristianos sin mancha o proscritos.

¿Excomulgado?

El divorcio me ha liberado de dos yugos.

¿No reclamareis el perdón?

¿Y esclavizarme de nuevo?

Querido Cromwell, se acabaron los pagos a Roma y sus chantajes.

Condenándome, me han bendecido.

Inglaterra tendrá su propia Iglesia y yo la gobernaré.

Mi señor, donde vos veis libertad, otros verán desamparo.

Muchos de los clérigos no querrán salir de la obediencia al papa.

- Se rebelarán. - Que se atrevan y serán castigados.

- Aun así... - ¡Que el castigo sea la muerte!

Un reino aislado debe ser fuerte y eso pide rigor.

Por el bien de Inglaterra, quien disienta

será traidor.

¿Qué mayor desacato que decirse reina cuando yo niego que lo sea?

Mi señor, Catalina no necesitará de vuestros verdugos.

Ha caído enferma y sin remedio.

Dios hará el trabajo por vos.

Sea.

No me sería grato ajusticiarla.

Le guardo cierto afecto.

Tan optimista he tenido que mostrarme para convencer a los fiadores

que, al final, he terminado por serlo yo.

El hombre común es agorero. Así marchita su ambición.

Nosotros, los osados, movemos el mundo.

¡Qué bien hice al encomendaros esta misión!

Para vencer los miedos de los prestamistas, que eran muchos,

tan solo he tenido que hacer lo que vos me recomendasteis.

Darles mil datos que refrendan el éxito de esta empresa.

Por eso he de reconoceros el mérito. No abunda el talento

para hacer que las ilusiones parezcan hechos.

¿Cómo ilusiones? Vos disponéis de mapas, habéis hecho cálculos.

Parte de verdad hay, Juan.

¿La suficiente como para saber que habrá con qué devolver los préstamos?

Si supiéramos donde van a ir a parar nuestros navíos,

sería porque otros han llegado antes, ¿no?

¿Y dónde quedaría la gloria entonces?

Si en nada os sirve el papa, tampoco habréis de servirle vos.

- Habríais de sentiros más ligero. - No quiero una Iglesia de Francia

- como la de Enrique. - ¿Por qué no?

Porque él no quiere saber nada del mundo y yo quiero conquistarlo.

Eso exige aliados cuando las arcas están vacías.

En Roma, al parecer, no los vais a encontrar.

Quizá debierais buscarlos en otra parte.

¿Entre los partidarios de la reforma?

Puedo compartir algunas de sus propuestas,

pero no simpatizo con ellos, como vos.

Ya son un problema en Alemania.

Con el apoyo de Francia, el Imperio podría dividirse.

El poder del papa también menguaría.

No tuvisteis escrúpulo para contar con el turco.

¿Lo tenéis con quien es cristiano como vos?

El otomano en su herejía me es tan ajeno que no me extraña.

De quien es tan próximo, no entiendo su desviación.

Solo es una nueva forma de ver a Dios.

Sé que habéis leído a Lutero, ¿no os seduce?

¿Hablamos de teología o de política?

Ahora más que nunca, lo uno está unido a lo otro.

¿Ha de ser Francia fiel a la doctrina de Roma

cuando el papa nos da la espalda?

Hermanita, de momento, he de atraerme a Enrique,

ahora que sus lazos con el Imperio están deshechos.

Dais voz a los consejos de madre que tanto añoro.

Y lo hacéis con talento. Os lo agradezco.

Ya podéis empezar.

(SE ESFUERZA)

Querida hermana, porque soy uno con vos en vuestra aflicción,

he decidido que sigáis al frente del gobierno de Flandes en mis ausencias.

No os falta instrucción ni ingenio para hacerlo.

El ánimo volverá a cada obstáculo que superéis.

Nunca os sentiréis inquebrantable.

El mérito es vivir y ambicionar por encima de vuestras fuerzas.

Y, de ese orgullo, extraerlas.

Yo, el rey.

Tan inesperadas han sido para mí las palabras del papa como para vos.

Habrá que esperar a ver si lo cumple. ¿Será de fiar Pablo III?

¿Qué asuntos nos ocupan?

Dos milagros:

el nuevo pontífice os ha escrito para declararos su amistad y su fervor.

¿Roma de nuestro lado?

Nada me hace más falta frente a los protestantes, el turco y el francés.

Responderé de inmediato y me pondré a su servicio.

Seguid alegrándome. ¿Recordáis a Francisco Pizarro?

Del Perú ha llegado tanto oro que el de Cortés es limosna a su lado.

¿Una nueva mina? Inagotable.

¿Qué mejor mecenas que la gracia de Dios?

Si ya no dependemos del oro de Nueva España,

ha llegado el momento de dejarse de finuras con Cortés.

Lo someteremos.

Guante de seda para Pizarro.

Que esta nueva fortuna no sirva solo para enterrar el pasado.

¿Emprenderéis una nueva empresa ahora que podéis?

No lo dudéis.

Echaba en falta esa sonrisa.

Yo quiero ver la vuestra.

Voy a dar orden de atacar Argel.

En cuanto he sabido del oro arribado, he pensado en cumplir vuestro sueño.

Estos reinos lo agradecerán.

Vivirán sin miedo, al fin.

Decido siempre lo que creo mejor,

no lo que me pide el corazón, que lo tengo.

El dolor persiste,

pero, poco a poco, el vigor vuelve.

Quizá sea insensato malgastarlo.

¿En vos?

No veo gasto mejor.

¡Hernán!

Tenemos un nuevo gobernador venido de Castilla.

- ¿Otro? - Y, esta vez, no es un cualquiera.

Dice ser virrey.

Marqués,

- ansiaba conoceros. - ¡Esto ha de ser una chanza!

¡Demostradme que el rey ha hecho de Nueva España un virreinato

y de vos, un virrey!

¡Yo gané este imperio para la Corona! ¡Con un puñado de hombres!

¡Ante millones de enemigos! ¿No os da vergüenza?

Jamás obtuve mayor poder que la gobernación

¡y hace tiempo que ni eso tengo!

¿Qué clase de caballero aceptaría un honor injusto?

¿Lo habríais rechazado vos?

Vuestro éxito fue más duro de alcanzar que el mío,

pero ¿cómo habría de compadeceros?

¿Cómo os puede ofender un título?

Yo soy virrey; vos, leyenda.

No, señor mío. Jamás estaré a vuestra altura.

Por duras que sean las dificultades que ahora os acosan,

las deudas, los impagos a la Corona...

¿Cuánto os haría bien? Os lo donaría sin exigencias y con presteza.

Devolvédmelo solo si hay grandes beneficios; no me acucia.

¡Jamás!

Vuestra fortuna fue un regalo;

la mía, una conquista, señor.

Puerta

Pasad.

- ¿El inglés? - No, aún no.

Confío en que no lo acompañe esa tal Bolena.

Hace tiempo sirvió a la pobre Claudia y, ahora, la hace reina.

¿Es que no distingue el amor del matrimonio?

Precisamente, mi señor.

La condesa os ha evitado la molestia de fundir sus joyas.

(FRANCISCA DE FOIX) Alteza, tomad en lingotes

lo que generosamente me entregasteis y ahora reclamáis,

pues las inscripciones las conservo impresas y a resguardo en mi mente

y no soportaría que nadie, salvo yo misma,

disfrutara de ellas.

Devolvédselo. ¡Todo!

- Mi señor... - Devolvédselo, he dicho.

Sois valiente y un gran amigo.

De otros soberanos solo he recibido repudio o, lo que es peor, silencio.

Enrique, libre sois de gobernar vuestro reino como gustéis.

Y no os niego que esta independencia vuestra me da cierta envidia.

Me siento como un preso que ve al fin la luz.

No hay decisión que se me escape ni responso que me someta.

Y el oro de Inglaterra en Inglaterra queda.

Alguna desventaja habrá de tener...

El miedo a imitarme. ¿Por qué asumir el poder de Roma, así, sin más?

Sigo en pie y con más autoridad que nunca.

Y yo estaría dispuesto a hacer lo mismo que vos, mas le veo una falla.

Ambos quedaríamos al margen.

Nos convendría sumar nuevas fuerzas,

para no ser presa fácil de una alianza entre el emperador y el papa.

Y, para ello, me he encargado de estrechar lazos

con los partidarios de la reforma.

Me he alejado de Roma, mas ni un ápice del dogma.

Aquel de mi rebaño que lo ponga en duda pagará con la muerte.

Mi querido Enrique, la estrategia no entiende de credos.

Vos mismo nos lo habéis enseñado.

¡El rey de Inglaterra no pacta con herejes! Los quema en la hoguera.

¡Jamás lo olvidéis!

Barbarroja ha tomado Túnez para Solimán.

¿Ahora Túnez? ¡El infiel no termina de saciarse!

¿Quién os da cuenta? Su santidad.

Reclama el auxilio que le prometí.

Ahora que vamos a ir contra Argel...

Roma puede sentirse amenazada, pero ¿cuánto separa a Túnez

de vuestros reinos de Nápoles y Sicilia?

Un trecho de mar que, con voluntad de conquista, no sirve de defensa.

¿Le prestarán ayuda otros reinos?

Ni ha perdido el tiempo en solicitársela.

Enrique brindará por cada revés de Roma.

Francisco brama contra el turco, mas nunca lo combate.

Si Dios me deja solo ante el infiel,

es que me señala para esta lucha.

¿Y el Argel?

Majestad, el oro de Pizarro da para una empresa, pero no para dos.

He recibido unas líneas de Felipe.

Hay lamento, pero su letra es firme.

Y dice apreciar a sus tutores.

Argel habrá de esperar.

Los otomanos han ganado Túnez.

He de liberarla o mis dominios italianos

estarán condenados a su perdición.

Como pueden estarlo los que ahora pisáis

y desamparáis de nuevo. Me lo ruega el santo padre.

Como os lo he rogado yo desde hace ya demasiado tiempo.

No es un hombre quien me lo pide; es Roma.

Que, al fin, nos tiende la mano.

No me basto contra los luteranos en mi Imperio.

Ni contra Francia, que atacará de nuevo si el papa no la frena.

Este sacrificio rentará.

Os lo aseguro.

Nada puedo replicar a vuestros mandatos,

mas acataría mejor vuestra voluntad si vos atendieseis la mía.

Quedaos en estas tierras por largo tiempo. Vividlas.

Sufrid sus peligros.

Entonces, sabríais cuánto urge defenderlas

y mis quejas estarían de más.

Así lo haré.

¡Dios mío!

¿Qué os ha ocurrido?

Antes o después, había de saberse que nuestra empresa es un engaño.

¿Quién os ha hecho esto? ¿Los fiadores? ¡Dadme nombres!

A vos no os dejarían con aliento.

Negociaré. Que no hayan regresado no significa que hayan fracasado.

Quizás que no vuelvan sea porque es mucho lo conseguido.

¿Dónde quedó vuestra cordura?

Miradme...

La osadía trae gloria, mas solo si la acompaña la fortuna.

Y a vos ya no os acompaña.

Admitidlo.

Negociad si queréis, sí.

Pero que sea para reparar el daño o vendrán a por vos.

Solo un necio arriesgaría por un espejismo

lo que en verdad le pertenece.

(JUAN TOSE)

En poco tiempo, recuperaréis el favor del inglés.

No, he de bastarme solo.

¡Cada día que pasa sin que crezca mi grandeza es una tortura!

¡Tiene que haber algún mérito que esté a mi alcance!

Nuestras arcas son elocuentes, alteza. No cabe empresa...

¡Me empeñaré si hace falta!

¡Antes la ruina que aceptar mi medianía!

La ruina os haría vasallo de los fiadores y nada os menguaría más.

- Padre... ¡Padre, mi hermano! - ¿Qué ocurre?

Entrenábamos y se ha derrumbado sin razón.

¿Dónde está?

Desearía saber,

mi señor,

si aún puedo aceptar vuestra generosidad.

Mis barcos no regresan

y fueron muchos los que me fiaron para que zarpasen.

Justo sería que se lo cobrasen con mi vida, mas no con la de mi familia.

- Os ruego... - Callad.

Vuestros apuros ya no lo son.

Solo teníais que pedirlo.

Dad cuenta a mi tesorero de cada deudor.

¿Cuál será el precio?

Os dije que no lo habría.

Un fracaso no ha de empañar tanta gloria.

Los castellanos os debemos mucho. Dejad que pague mi parte.

Muchas gracias.

Las tropas y los navíos están arribando ya

en Barcelona para partir hacia Túnez.

¿Con cuántas contamos? Casi 300.

De Italia partirán también las galeras del papa

y las tropas alemanas se están acercando ya a nuestras costas.

Y no ha faltado el apoyo del rey de Portugal. Mucho mayor del esperado.

Isabel...

Nuestras fuerzas son tantas que Solimán ya atisba la derrota

y está excusando su ausencia de la batalla.

Su disculpa es risible.

¿Cuál es?

Dice no querer ir al frente para no bregar contra soldados como en Viena.

Batalla sin caudillos deshonra y...

no merece ser luchada.

Me acusa de evitar el combate. Solo busca quitar mérito

a vuestra victoria. ¿Y carece de motivos?

Defendí el Imperio desde un palacio.

Cuando hube de enfrentarme a Francisco en Valenciennes, huí.

¿Acaso no hay cobardía en ello? Hay sensatez, mi señor.

La lucha es un riesgo que no os podéis permitir ahora.

Y menos, por contestar una ofensa.

Vuestro heredero es aún niño; los dominios que gobernáis, infinitos.

Sería absurdo exponeros a tal peligro.

Y más cuando aún os estáis recuperando de vuestro percance.

¿No será cierto?

Dicen en la corte que albergáis la idea

de poneros al frente de vuestros ejércitos.

Les he dicho que no es cierto.

Que jamás seríais tan insensato como para arriesgar vuestra vida,

cuando habéis estado a punto de perderla.

Que no partiríais porque sabéis que aquí hacéis falta a estos reinos,

que os quieren al mando, y a mí,

a quien no condenaríais a temer por vos.

¿Cómo va a marchar?, les digo,

¿ahora que se me ha apartado de mi hijo

y cuando no he acabado de llorar al que perdí?

No, es imposible.

Me ha dado su palabra de permanecer a mi lado.

Y no hay orgullo ni ambición en este mundo

que lo llevasen a faltar a ella.

Es un infundio.

Os creo.

Sé que es poco para la generosidad que habéis tenido conmigo,

pero perteneció al último emperador azteca.

¿A Moctezuma?

Tengo debilidad por lo que me es extraño.

Quizá porque crecí entre moriscos

y aprendí que unos no somos más que otros.

¿Cómo era él?

Muchos lo tacharon de cobarde.

Mas, quizá, no haya mayor valentía

que aceptar que nuestro tiempo ha pasado.

¿Asisto, entonces, a vuestro declive?

Vuestra expedición fracasó, porque no os llevaba al frente.

Sois imprescindible, amigo mío.

Invertiría una buena fortuna en una empresa si la encabezaseis vos.

De hecho...

- ¿Queréis que así sea? - Mis apuros se han solucionado.

No necesito que os sigáis apiadando de mí.

Con vos al frente, solo caben beneficios.

No soy sino egoísta al ofrecéroslo.

¿Qué habría de hacer para convenceros de que os lancéis a la aventura?

Llevo toda la vida convencido.

¿Qué fue?

Los galenos dicen haber examinado a vuestro hijo

sin encontrar causa alguna, alteza.

¿Cómo puede no haberla?

La muerte de nuestra madre agostó mi alma.

La de mi hijo, me la ha arrancado.

Dios no se lo ha llevado por capricho.

Me castiga por mis pecados.

Y yo no sé cómo redimirme ante Él.

Él os mostrará el camino.

Confiad en su infinita misericordia.

Quiero oír a vuestros protegidos.

A quienes dicen hablar de otra forma con Dios.

Vuestro sentir es el de muchos.

Roma ha alejado a Dios de los hombres.

Nos damos cuenta cuando de veras le necesitamos

y nos cuesta llegar a Él.

Si me acercan a Dios, me uniré a ellos.

- Reunid para mí a los que conocéis. - Por supuesto...

Sed discreta, no solo para guardar mi fama.

Se les tiene por herejes y muchos los persiguen.

Que el encuentro sea en un castillo apartado.

Quizás ahí esté la grandeza que buscabais.

En hacer de Francia el primer reino donde el cristiano pueda serlo libre.

Quizá.

Me extraña que rechacéis uniros a esta nueva expedición.

Apenas puedo levantarme del lecho sin blasfemar de dolor.

En esa empresa,

tan solo sería una carga.

No os avergoncéis. La amistad no resiste a cualquier precio.

Sin duda, la vida os ofrecerá nuevos lazos.

Que la nostalgia no os haga desdeñarlos.

¡Madre!

Tanto me ha hecho Enrique

odiar mi vientre

que ha acabado vengándose

con justicia.

¡Quiero irme con vos!

Lamentaos,

pero, cuando nos despidamos

y salgáis de esta alcoba,

asumid con valentía

lo que os tiene reservado la providencia.

Me reserva destierro y soledad.

Solo os tengo a vos.

Tenéis a Dios.

Dándole hija y no varón a Enrique,

ha demostrado que está de nuestro lado.

Os llamarán bastarda.

Y, cuando lo hagan,

miradlos como lo que sois:

la hija de la reina de Inglaterra

y la que, en un futuro,

lo será.

(SUSPIRA)

¡Madre!

(CATALINA) Mi muy querido señor, rey y esposo,

acercándose la hora de mi muerte, el amor que os profeso

me obliga a recordaros que la salvación de vuestra alma

debe estar por encima de las cuestiones del mundo y de la carne.

Por mi parte, os perdono.

Y ruego a Dios que igualmente os perdone.

Os suplico que seáis un buen padre para nuestra hija María,

como siempre fue mi anhelo.

Juro que mis ojos os desean por encima de todas las cosas.

Catalina,

reina.

Os entiendo.

Si censuré vuestra idea de ir a la lucha

es porque soy vuestro consejero

y digo lo que debo pensar, no lo que pienso.

No sé cuánto tiempo voy a tener para dejar mi impronta.

¡Miraos! Os habéis recuperado de algo que parecía fatal.

Os auguro una larga vida.

El vigor se pierde mucho antes de morir.

Y, a veces, también la moral.

Si no me pruebo siquiera una vez, la vergüenza irá conmigo.

Si ese es vuestro sentir,

adelante.

Pero no os pediré que os guardéis;

yo mismo lo haré. Acompañándoos.

No es mi deseo lo que me atormenta.

Es saber que, si lo sigo, haré daño a quien más me importa.

Os amo.

Y yo.

Más que a mi vida.

¡Dios mío!

¡Hermano!

¡Hermano!

¡Asesino! ¡Me pedisteis que los reuniera

para poder matarlos a vuestro antojo!

- ¿Pero qué clase de monstruo sois? - Os he salvado.

Dios nos había señalado por aliarnos con los herejes.

Si no, ¿por qué se llevó a madre y a mi hijo sin razón alguna?

¡No habéis cometido esta masacre para reconciliaros con Dios!

¡Sino con Inglaterra, con Roma!

Si sirve a Dios tanto como a mí,

significa que la medida era necesaria.

Puedo vivir con mi vileza,

pero no con mi fracaso.

Quizás Dios os perdone.

Mas yo no lo haré.

¡Me arrodillaré si es necesario para que os quedéis a mi lado!

He perdido a mi madre, a mi hijo...

Todo lo que daba sentido a mi existencia.

Ayudadme a querer vivir.

Os lo ruego.

Disculpadnos.

Acercaos, hijo.

Seguiréis entrenando.

Pero lo haréis en la corte.

No os lo toméis como un descanso.

Volveréis porque es vuestro deber.

El heredero ha de estar allí en ausencia del rey.

¿Partís? Ya os dije

que la batalla llega antes o después.

Ambos somos capaces de sacrificios. Eso ha de enorgullecernos.

Recordad que la grandeza no reside en el título,

sino en estar a su altura.

Dad calor a vuestra madre.

Temo que vaya a necesitarlo.

No habrá mejor consuelo para ella que estar junto a quien tanto ama.

Cumpliréis... con todo.

Volved.

Yo no nací sino para quereros.

Mi alma os ha cortado a su medida.

Por hábito del alma misma os quiero.

Cuanto tengo confieso yo deberos.

¡Hijo mío!

¡No os recordaba tan apuesto!

¡Ni tan hombre!

¿Por qué habéis vuelto?

¿Os ha dado permiso vuestro padre? Así es, madre.

Os haré compañía en su ausencia.

Va camino de Barcelona.

Desde allí, embarcará hacia África.

¿Cómo ha podido mirarme a los ojos y mentirme?

Esta traición no se la perdonaré jamás.

  • Capítulo 12

Carlos, Rey Emperador - Capítulo 12

23 nov 2015

Carlos regresa a España convencido de que su misión como emperador ha de tener más altas miras que nunca. Sin embargo, un grave accidente le recuerda la realidad: su paso por la Historia corre el riesgo de ser más efímero de lo que pensaba y muchos de los ideales que persigue podrían no ser alcanzados. Frustrado y preocupado por la sucesión, Carlos tomará la decisión de apartar a su hijo Felipe de la influencia materna, con vistas a convertirlo en el heredero que desea para sus reinos.

En Francia, la muerte de Luisa de Saboya deja desnortado a Francisco. Este necesita un éxito en su lucha contra el emperador que lo redima, en memoria de su difunta madre. La alianza con los protestantes podría facilitarla, ahora que Roma parece apoyar sin fisuras al emperador.

En Nuevas España, Cortés ha regresado desposeído de la gobernanza, pero con el título de marqués y una nueva esposa castellana que ya le ha dado un hijo. A pesar de que los tiempos han cambiado, dará prioridad al ansia de renovar su gloria como conquistador. Ello lo hará vulnerable a los manejos del representante de la Corona, el virrey Mendoza, quien ahora ostenta el poder en la colonia.

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