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No recomendado para menores de 12 años Carlos, Rey Emperador - Capítulo 1
Transcripción completa

Los reinos que vuestro abuelo gobernó 44 años,

dándoles paz y sosiego,

han quedado en gran tristeza y sentimiento tras su muerte.

La justa y santa intención de su gobernación aparece en su testamento,

pues dejó a vuestra alteza como sucesor.

Y, aunque yo, el reverendísimo cardenal de España,

gobierno estos reinos al servicio de vuestra alteza,

os suplico vengáis lo más presto que podáis.

Pues son notorios los provechos que, de vuestra presencia, se seguirían,

pero también los grandes daños que, de lo contrario, sucederían.

Vuestra alteza debe venir a tomar aquel yugo que el católico rey,

vuestro abuelo os dejó, con que tantos bravos y soberbios se domaron.

Y en la otra mano, las flechas de aquella reina sin par,

vuestra abuela, doña Isabel, con que puso a los moros tan lejos.

¡Que vienen los turcos!

¡Que vienen los turcos!

¡Venga! ¡Vamos! ¡Vamos, vamos!

¡Venga! ¡Esconded a los niños! ¡Venga! ¡Vamos!

(ALDEANO) ¡Ahora!

Relincho

(ALDEANOS) ¡Vamos! ¡No paréis! ¡Muerte al turco!

(AMBOS SE ESFUERZAN)

(ALDEANOS) ¡No paréis! ¡Muerte al turco! ¡Muerte al infiel!

¡Alto! ¡Deteneos!

¿Acaso queréis matar al rey de Castilla y Aragón?

(CHIÈVRES) ¿Sois traidores al rey?

Rendid a vuestro rey el homenaje que merece.

Música solemne

¿Imaginabais Castilla tan verde como Flandes?

Sólo en eso veo algún parecido. Y aun pequeño.

¿Y vos, señor de Chièvres?

Nunca vi montañas tan asombrosas.

Disfrutad contemplándolas, alteza. Ahora, os pertenecen.

Los aldeanos suplican misericordia. Nos confundieron con piratas turcos.

¡Necios!

Han pedido mil veces perdón.

Alegan que no les había llegado la noticia de la muerte de su señora,

la reina doña Juana.

¿Los habéis sacado de su error?

Es mi voluntad que nadie sea castigado.

Espero que seamos mejor recibidos en la corte.

(MENSAJERO) Entregádsela a su reverendísima el cardenal de Utrecht.

Repique de campanas en el exterior

(CONSAGRA EN LATÍN)

(TODOS) Amén.

Alteza, el cuerpo de Cristo.

Alteza, el cuerpo de Cristo.

El cuerpo de Cristo.

¡El rey está en Castilla!

¡Un año aguardando su llegada!

Y, ahora, se burla de quienes envié a su encuentro

desembarcando en otro sitio.

Reverencia, el mar y las tempestades no obedecen a rey alguno.

He comprometido mi palabra por él.

¿Hasta dónde piensa que puedo sujetar el ánimo de sus vasallos?

Primero, se proclama rey... ¡en Bruselas!

Y estando la reina en vida.

¿Y cuántos cargos ha repartido antes de poner un pie en Castilla?

¿Acaso ha tenido la deferencia de consultarme? ¡Yo soy el regente!

- Su alteza cuenta con vos. - ¡No lo hace!

Sabe que jamás habría permitido que se declarara vasallo del francés.

Sólo pretendía asegurar la seguridad de sus dominios en Flandes.

¿Y era preciso humillársele?

No. Ha comprometido el futuro de todo por lo que luchó el difunto Fernando.

Si levantara la cabeza...

Me parece

estar conteniendo yo solo, con mis manos,

una presa de barro que se resquebraja por todas partes.

Calmaos, reverencia.

Habéis cumplido con holgura la misión que se os encomendó.

Vos fuisteis su preceptor. ¿Por qué ha actuado de este modo?

Confiad en su alteza. No os decepcionará.

Ya lo ha hecho.

Si no muestra respeto por las leyes de Castilla y Aragón,

le auguro...

un reinado más breve que el de su padre.

Hace un año, vos ibais a heredar las Coronas de estos reinos.

Pero mi abuelo cambió el testamento.

Vos erais su preferido.

¿Pensáis que refleja su verdadera voluntad?

- No se dejaba coaccionar. - No. Bien sabemos que no.

En vida de Isabel, ambos acordaron que Carlos heredara Castilla.

Si todo estaba decidido de antemano,

¿por qué os educó mi esposo para ser rey?

¿Insinuáis que el testamento fue manipulado?

¡Mi abuelo cambió de opinión! ¡Sus motivos tendría!

¡Quizá! Pero muchos sólo ven en vuestro hermano un extranjero

que ha usurpado vuestros derechos y los de vuestra pobre madre.

La presencia de Cisneros garantiza que todo se haga según lo convenido.

Cisneros, querido mío,

ya ha empezado a darse cuenta de que lo convenido, quizá,

no sea lo que conviene.

No os abruméis, Leonor.

Seguro que, en la corte, encontramos las comodidades que echamos de menos.

No me servirá de consuelo.

Hermana, cualquiera diría que os arrastré hasta aquí a la fuerza.

¿Acaso no fue así?

- No olvidasteis a vuestro conde. - Pienso sólo en regresar junto a él.

Por muy alto que sea su linaje, un conde no es digno de una princesa.

Chièvres habla por vuestra boca.

Teneros junto a mí en estos momentos es un gran alivio.

Y os lo agradezco de corazón.

Todo se hablará a su debido tiempo.

Nada me importa más que la familia. ¿No lo sabéis?

Ahora, me parece estar oyendo a nuestra tía Margarita.

¿Acaso no deseáis conocer a nuestros hermanos que aquí nacieron?

¿Volver a ver a madre?

Os confieso que me da miedo.

¿A vos no?

Es nuestra madre.

¿Y no os parece ya tan extraña como los reinos en que nos hallamos?

Aprovechad. Pronto, serán extranjeros quienes disfruten de nuestros cotos.

- Habrá bastantes piezas para todos. - Quizá ellos decidan lo contrario.

Quienes acompañaron a vuestro padre no tenían ánimo de compartir nada.

¿Y habremos de permitirlo, Padilla? ¿Acaso no aprendimos la lección?

- Aguardemos a los acontecimientos. - En Castilla no se espera, se actúa.

¡Basta!

Todos debemos acatar la voluntad de mi abuelo, el rey Fernando.

- Él sabía lo que hacía. - Tenéis razón, mi señor.

Y hay algo que nadie os podrá arrebatar nunca.

Su deseo de que vos...

portarais esto.

El sello real. No lo envió a Flandes.

Guardadlo; pues nada más os queda.

Y recordad que esto y mucho más quiso para vos.

Permitidme honrarlo una vez más.

(FERNANDO DE ALBA) Vos nacisteis aquí.

Vos deberíais suceder a vuestra madre cuando muera. No un extranjero.

- Habláis de mi hermano. - (GERMANA) No, mi señor.

Habla del sentir de Castilla.

No hagáis como si no existiese.

- No pretendía tal cosa, reverencia. - Todos lo hacen.

Pero eso no evita que esté al tanto de lo que ocurre en la corte.

Vos decidme: ¿de qué ha de cuidarse su alteza?

- De quien tan mal le aconseja. - ¿Habrá quien discuta la sucesión?

En estas tierras, no hay sucesión sin sobresaltos.

¿Acaso no se respeta la ley en Castilla?

El rey fue el primero en incumplirla. Hizo mal proclamándose por su cuenta.

El descontento existe, pero no habrá tiempo para que lo ceben y engorde.

En pocas jornadas, el rey estará en la corte.

¿Compartís la irritación de Cisneros, pero no su preocupación?

(SUSPIRA) Madre... ¿Qué puede ser tan urgente?

Vuestra hija no puede ser bautizada sin vos, alteza.

La princesa Luisa de Francia.

Mi hija.

(EL OBISPO HACE LA SEÑAL DE LA CRUZ EN LATÍN)

- (TODOS) Amén. - (EL OBISPO INICIA LA MISA EN LATÍN)

(TODOS RESPONDEN)

(EL OBISPO CONTINÚA)

- ¿Quién es la dama? - ¿Cuál, señor?

¿Acaso puedo referirme a otra, estando ella presente?

La condesa de Châteaubriant, Francisca de Foix.

Hermana de vuestro amigo Lautrec, mujer casada y muy virtuosa.

Os lo aseguro.

Murmullo de voces animadas

(FRANCISCO RÍE A CARCAJADAS)

Oíd, oíd al condestable de Francia.

(SARCÁSTICO) Ahora, debo temer a Carlos de Habsburgo, mi vasallo.

No, sire. Pero no os confiéis.

El señor de Flandes se ha convertido en el rey de Castilla y de Aragón.

Ha heredado reinos convulsos. Aún habrá de hacerlos suyos.

Lo logrará. Y, cuando ello suceda,

¿no va a reclamar la Borgoña que perdió su abuelo?

O el Ducado de Milán, que yo gobierno para vos.

Procurad hacerlo con tino.

Desde mi conquista, el Milanesado es tan francés como la Villa de París.

Y ambos defenderé con mi vida.

Señor duque...

Vos acudís a la corte luciendo más joyas y sedas que vuestro rey.

¿Acaso debo recelar de tan magnífico vasallo?

Carlos es tan vasallo mío como vos.

Cuanto mayor sea su rango, más grande me hará.

Cuidaos de un vasallo poderoso, alteza.

Pues tiende a pensar que merece lo que su señor posee.

(FRANCISCO SUSPIRA) ¡La envidia! El más miserable de los pecados.

Pero haré caso a mi madre y me cuidaré de Carlos.

Tanto como de vos, señor duque.

No será necesario, alteza. ¿Cómo envidiaros

si vuestros antepasados fueron fieles escuderos de los míos?

No es envidia lo que siento por vos, mi señor.

Sino devoción, lealtad y amor.

¿Qué otra cosa puede sentir el mejor galgo de mi jauría?

Somos familia.

(LUISA DE SABOYA) Sólo puede haber nobles sentimientos entre nosotros.

¿Cómo se encuentra vuestra esposa, mi querida prima?

Es una flor delicada. Sólo hemos de cuidarla bien.

Traedla. Traedla a la corte.

En mi jardín, nunca hay flores suficientes de las que disfrutar.

La reina acaba de acostarse, alteza.

No es a ella a quien busco. Bien lo sabéis.

En todo el día, sólo he tenido ojos para vos, condesa.

Permitid que lo ponga en duda.

Pues no faltaban "flores" que admirar en vuestro salón.

Apenas malas hierbas, comparadas con vos.

- Estoy casada, sire. - ¿Acaso no lo estoy yo también?

Pero yo no soy ni hombre

ni rey.

Mi señor, el cardenal Cisneros desea entrevistarse con vos mañana.

- Antes de celebrar la misa. - Descuidad. Acudiré a su despacho.

No. Os aguardará en el salón del trono.

También os ruega que no abandonéis la corte en los próximos días.

¿Qué puede querer de vos el regente

que con el recado envía al noble más leal a vuestro abuelo?

Cisneros es un hombre recto y os aprecia como a un hijo.

Mostraos respetuoso con la ley, pero haced valer vuestros derechos.

Sed fiel a la memoria de mi esposo. Os lo ruego.

No dejéis pasar la ocasión que se os presenta.

Y recordad que no estáis solo.

Música solemne

¡Dejadme!

- El regente ha recapacitado. - ¿Tan seguro estáis?

¿De qué otra cosa querría despachar con el infante?

No he de recordaros el estrecho vínculo que siempre nos ha unido.

Reverencia,

vos veláis por mí y obedeceros es una bendición.

Así me lo enseñó mi abuelo.

No se equivocó confiando en vos.

Conocéis la amenaza que se cierne sobre nuestro reino.

Más que nunca, debemos actuar con determinación y unir fuerzas.

Cuento con vos para conjurar cualquier oposición

a que vuestro hermano ciña la corona que sólo a él corresponde.

Debéis respetar la voluntad de vuestro abuelo.

Su voluntad fue otra durante años. Sólo la cambió en el último momento.

Pero lo hizo. Carlos es vuestro hermano mayor y el legítimo heredero.

Así lo decidió la reina Isabel. Y vuestro abuelo supo ser leal.

Le costó, pero lo fue.

Igual que yo. Haced vos lo mismo.

- ¡Dijisteis que yo reinaría! - ¡Olvidadlo!

Y alejaos de quien sólo os quiere utilizar en beneficio propio.

¿Preferís que ocupe mi lugar un extraño que ni os respeta a vos

ni a la ley de Castilla?

Me habéis engañado.

Vos y mi abuelo.

Toda mi vida ha sido un engaño.

Alteza...

Decidme que puedo seguir contando con vuestra lealtad.

Alteza, no me obliguéis a encerraros en una torre.

Hacedlo,

y mis partidarios se multiplicarán por miles.

No soy un ingenuo. Vos y mi abuelo fuisteis mis mejores maestros.

¿Y he de veros sometido?

¡Jamás me pidáis que olvide y me eche a un lado!

¡No contéis con ello!

Grave ha de ser el asunto que os trae.

En todos mis años en estos reinos, es la primera vez que me visitáis.

Alejaos del infante.

¿Cómo podéis pedirme algo así?

Desde niño, ha estado conmigo, al lado de mi esposo.

Si no cejáis en vuestras intrigas, habréis de abandonar la corte.

¿Qué otra cosa podría esperar de vos?

Nunca me habéis perdonado que ocupase el lugar de la reina Isabel.

Como tantos otros.

Ni mi salud ni mi edad ni vuestra condición me impedirán deteneros.

Soy la viuda de un rey al que no pude dar hijos.

En un reino siempre hostil a mí. ¿Creéis que no lucharé por mi futuro?

Nadie envidiará vuestro futuro

si ni siquiera respetáis la memoria de vuestro esposo.

Él quería que Fernando reinara. Lo sabéis tan bien como yo.

¡Vos le impusisteis la voluntad de Isabel!

He vivido siempre bajo la sombra de esa mujer, que ningún mal me hizo.

Pero su tiempo, como el vuestro,

ha cumplido.

El mío está aún por empezar.

Y no pienso renunciar a nada.

- ¿Pero qué pretendéis? - He de partir de inmediato.

Si el rey no viene a mí, tendré que ir yo a su encuentro.

Sois la máxima autoridad de Castilla. No podéis abandonar la corte.

- Y, menos, en vuestro estado. - Quizá estalle una guerra civil.

Evitarla es mi obligación. ¿Vais a impedir que lo haga?

- Iré con vos. - ¡No!

Permaneced en la corte. Vigilad a la jauría que nos acecha

y dadme cumplida cuenta de lo que ocurra.

Música solemne

El gobernador de Cuba ha tenido noticia de unas tierras

de riquezas incomparables con lo conocido hasta ahora.

- ¿En la isla? - No. Más al oeste. En tierra firme.

Otros, antes que él, han referido quimeras. ¿Confiáis en su criterio?

Dice tener en su poder algo más que indicios.

Quizá la Corona debiera autorizar una expedición.

Demasiadas preocupaciones acechan ya al regente.

Dejad que lo decida el rey cuando llegue.

¿Y que le conceda la licencia a algún flamenco con quien estéis en deuda?

- Allí hay hombres capaces... - Me tomáis por quien no soy, señor.

Adriano de Utrecht no está en deuda con nadie.

Sencillamente, ahora, hay asuntos más urgentes a este lado del océano.

¿No lo creéis así?

Canto de un gallo

Estos fardos tienen que embarcar antes del anochecer. Avivad el paso.

¡Vamos!

Llevadme dentro.

Mi inexperiencia os habrá decepcionado.

Nunca supe de doncella que se entregara con tal pasión.

Y, menos aún, siendo castellana.

- ¿Osáis compararme con otras? - No.

Es sólo para haceros saber que nunca conocí a mujer tan dulce

y ardiente a la vez.

¿Qué habría de reservarme, si ya es como si fuésemos esposos?

(VELÁZQUEZ) ¡Abrid las puertas!

¡Abrid! ¡Rápido!

¿Vais a impedir la entrada al gobernador?

¡Cortés! ¡Cortés!

¿Está doña Catalina Juárez en esta casa? ¿Sí o no?

Somos caballeros. No hablemos de una dama en su ausencia.

Me vais a obligar a registrar cada estancia.

Gobernador, mi casa es vuestra,

pero, hoy, no habréis de pasar de esta sala.

Deteneos, excelencia.

Su madre me la confió junto a sus hermanas.

- Esto lo vais a pagar muy caro. - De nada ha de responder, don Diego.

Pues, desde hoy, podéis considerarme la esposa de don Hernán Cortés.

Quienes la han traído de tierra firme

hablan de indios que construyen en piedra y se adornan con oro.

Sin duda no son como los que, hasta ahora, hemos conocido.

Enviad una expedición. Hay que evitar que se adelanten.

- Y ponedme al mando. No os fallaré. - Lo sé y me pesa que no sea posible.

- Desposaréis a una dama nuestra. - La boda no será impedimento.

Habréis de permanecer en la isla cuidando de vuestra familia.

Lo arreglaré.

Querido amigo, hay caminos que, emprendidos, no es posible deshacer.

- ¿Qué es el Yucatán? - Tierras sin explorar de las Indias.

¿Y al almirante de Flandes le complacerá este nombramiento?

Él mismo lo solicitó, alteza.

¡Mi buen preceptor! Mucho os he echado de menos en este tiempo.

Y yo a vos, alteza.

Más feliz estaría de veros, si no fuese por lo que hemos de tratar.

- (CHIÈVRES) ¿Qué debemos temer? - Todo. Pues los errores que cometéis

pesan como piedras atadas a los pies de un náufrago.

Urge que acudáis a la corte. ¿Qué os frena para no haberlo hecho ya?

¿A qué tanto apremio?

Un partido en torno a vuestro hermano crece alentado por la reina Germana.

¿Piensan oponerse a una sucesión legítima?

La proclamación en Bruselas ha mermado tal legitimidad.

- Cisneros la aprobó. - ¿Qué otra cosa podía hacer?

¿Alentar a los descontentos? Pero temo que ceda a la presión.

- ¿Ya no cuento con su lealtad? - Demostrad que puede confiar en vos.

- Os apoyará. Id a verlo. - (CHIÈVRES) ¡No!

Cisneros es un obstáculo a menos que uno bese por donde pisa.

Alteza,

obtendré para vos una bendición más valiosa que la de su reverencia.

La de la reina Juana.

Señor de Chièvres.

Los fantasmas no envejecen. Así pues, vos sois real.

¿Venís a darme una mala noticia sobre mis hijos?

Alteza, es vuestro heredero, don Carlos,

quien me ordena postrarme a vuestros pies y solicitaros que lo recibáis.

- ¿Mi hijo está en Castilla? - Así es, mi señora.

Y lo acompaña la infanta doña Leonor.

Tantas veces me han dicho cosas que no son.

¿Cómo podría mentiros, alteza?

¿Por qué habría Carlos de solicitar audiencia para ver a su madre?

Si lo hace, será porque desea ser recibido por la reina.

Sois la propietaria del reino.

En vuestra mano está su salvaguarda y la de vuestros hijos.

Durante años, nadie ha acudido a mí con palabras semejantes.

¿Qué ocurre, señor mío?

Algunos, por interés,

empujan a vuestro hijo Fernando a reclamar derechos

- que asisten a su hermano Carlos. - ¿Algunos?

¿Quiénes?

- La reina Germana. - Ésa...

Sólo vos podéis conjurar estos males

y evitar que vuestros hijos revivan la historia de Caín y Abel.

Alteza, ¿ratificáis a Carlos como vuestro heredero?

Traedlo aquí.

Soberbia joya. Digna de una reina.

Vuestra esposa será la envidia de la corte.

¿De verdad pensáis que Claudia es su destinataria?

Su brillo no es comparable al vuestro.

Pero, juntas, deslumbrareis.

La salamandra es vuestro emblema, majestad.

¿Permitís que os lo prenda?

¿Acaso pensáis que soy una yegua de la caballeriza real?

¿He de aparecer ante todos marcada como tal?

¿Rechazáis mi presente?

No hay oro en el mundo que pueda comprar lo que no está en venta.

Condesa...

Un rey no compra; coge lo que desea.

Si bien sabe atender a ruegos y razones.

Atended, pues, el mío.

Antes moriría que convertirme en otra fugaz conquista vuestra.

Perded cuidado.

Si algo puedo prometeros

es que nada entre nosotros será fugaz.

Aceptadla

como muestra del respeto que siento por vos.

(HOMBRE) ¡Rápido!

¿Que no podemos casarnos? ¿Cómo podéis ultrajarme de este modo?

No os he burlado, Catalina. A mi regreso, cumpliré mi palabra.

¿Y si no regresáis?

¿Cómo me devolveréis entonces la honra que me habéis arrebatado?

Sólo Dios sabe si no llevo ya un hijo vuestro en mis entrañas.

Rezad, entonces, para que mi viaje sea breve y provechoso.

Siempre habéis dicho que mis hermanas y yo somos como unas hijas para vos.

- Yo os he demostrado que así es. - ¿Y vais a permitir esta afrenta?

Ese Cortés no os merece.

Tres fanegas.

¿Traéis algún recado del gobernador? Comportaos y guardad la espada.

Si el gobernador quiere hablar conmigo, no tiene más que pedirlo.

¿Desde cuándo habéis de arrestarme para hablar conmigo?

¿He de trataros como hombre de honor cuando eludís vuestros compromisos?

¿O acaso vais a cumplir la palabra que disteis a Catalina Juárez?

Habéis cometido una infamia y, negándoos al matrimonio, un delito.

De ser así, no habría cárceles en el mundo para tanto malhechor.

Os recuerdo, señor Cortés, que, en la colonia,

todas las damas españolas están al cuidado de la Corona.

¿Y cuántas seguirán a las pocas que aquí vinieron

si se las puede embaucar y abandonar como si de una indígena se tratara?

Y si no sufrís castigo alguno,

- ¿qué impedirá que otro haga igual? - Castigadme, si lo merezco.

No seáis necio. ¡Debéis casaros y debéis hacerlo ya!

¿Y renunciar a la expedición?

Olvidaos de ella.

Porque o estáis cuidando a vuestra nueva esposa

o estaréis purgando vuestra felonía en prisión.

Sabéis que esas mujeres son como mis hijas.

Ningún padre haría con una hija lo que vos con la hermana de Catalina.

Marchad. Lo que no paguéis por el delito de honor

lo pagaréis por vuestra insolencia.

Reverencia...

¿está el rey con vos?

Partía a su encuentro, pero mi salud

me ha dejado varado en este convento.

He de hablar con él. Es crucial.

El rey se dirige a Tordesillas para ver a doña Juana.

Entonces, no pasará por aquí.

- Dios no me da fuerza para seguirlo. - Tranquilizaos.

La paz de Castilla está en juego. ¿Cómo voy a tranquilizarme?

Rogadle que venga a verme.

¿Puede contar su alteza con vuestra lealtad?

Yo soy leal a Castilla.

A la obra de doña Isabel y don Fernando. Y sólo deseo...

transmitirle el poder que me dieron las Cortes y morir...

sabiendo...

que el reino queda en paz.

Le llevaré vuestro mensaje.

Estoy seguro de que os atenderá, pues mucho sabe lo que os debe.

Estos reinos nunca aceptarán a un extranjero como rey.

No debe cometer el error de su padre.

Debe apoyarse en gentes nacidas en ellos.

Y yo...

Yo puedo decirle en quien confiar.

Yo...

No os dije la verdad.

Yo sí recuerdo a madre.

Sus besos,

su dignidad,

sus gritos...

¡Salid!

¿Os atrevéis a esconderos en presencia del rey?

Acercaos.

¿Cómo os llamáis?

- Catalina es mi nombre. - (RÍE)

Nada habéis de temer de vuestros hermanos.

¿Ninguna dama os acompaña?

¿Nadie juega con vos?

La reina es mi compañía.

Y yo soy la suya.

¿Y éstas son las ropas que soléis vestir?

No. Pues son las más nuevas de que dispongo.

Alteza, la reina os espera.

¿Habéis venido a sacarnos de aquí?

Alteza,

recibid a vuestros hijos,

en ellos, tenéis a vuestros más humildes vasallos.

Alzaos... Alzaos.

¡Mis hijos!

Mis hijos queridos.

¡Cuánto habéis crecido!

Ya habrá tiempo de hablar.

Ahora, dejadme.

Ha sido un largo viaje y debéis descansar.

Yo también necesito descansar.

Y díjole también el marido: Disfrutad también vos la fruta madura

porque no se puede guardar su frescura con el tiempo ni pensar

que otros no aprovecharán lo vuestro que, neciamente, os negáis a tomar.

(TODOS RÍEN)

¿Son esos consejos dignos de un soberano?

Temo haber sido demasiado permisiva con vos.

(FRANCISCO) Claudia...

Gracias, esposo, por este obsequio.

Que a todos da noticia de la alegría que vuestra hija representa para vos.

Mi césar...

Ni la modestia ni la virtud hacen rechazar honores a una mujer.

Sino la ambición.

Quizá.

- Pero no es el caso de la condesa. - Es una mujer inteligente.

Sabe que, al rechazar una joya, aumenta su valía

y acabará recibiendo dos.

Nunca os habéis inmiscuido en mis devaneos. ¿Por qué ahora?

Porque tras Francisca hay un linaje presto a medrar a costa de la Corona.

¿Y quién no lo pretende en Francia?

(SUSPIRA) Descuidad, madre.

Tanta autoridad poseo para dar como para quitar.

El duque de Borbón está al corriente de vuestro interés por esa dama.

- (ASIENTE CON DESGANA) - Al parecer, conoce sus apetitos,

pues anda jactándose de haberla saciado antes que vos.

¿Enviaríais fuerzas a tomar una plaza desdeñada por tan digno vasallo?

¿Qué soberano lo haría?

Caballeros...

Os haré partícipes de una decisión que os atañe de particular manera.

Señor duque de Borbón, a partir de hoy,

mi buen amigo Lautrec ocupará vuestro puesto como gobernador de Milán.

Pero, majestad, ¿en qué os he defraudado?

En nada, amigo mío.

He apreciado mucho el tesón con que habéis cumplido mi mandato.

¿Y disponéis mi relevo por un hombre sin experiencia y nuevo en todo?

Sí. Así lo he decidido.

¡Sire, exijo una explicación!

El rey de Francia sólo se explica ante Dios.

¿Alguien ha ofendido al condestable de Francia?

Así es, señora. El único que puede hacerlo.

El humor de mi hijo es mudable. Lo que sea mañana se habrá olvidado.

Hoy, he dejado de ser gobernador de Milán.

Mañana, Lautrec ya habrá partido hacia allí. ¿Cómo olvidarlo?

Un cretino, cuyo único mérito es tener una hermana al gusto del rey.

Su majestad decide. Nosotros obedecemos.

No, señora mía. Un buen rey no se deja gobernar por sus pasiones.

Francia merece el mejor, no un tirano.

(CHIÈVRES) Alteza,

debe ser gran consuelo para vos

que vuestro hijo os libere del peso del gobierno de vuestros reinos.

Entre madre e hijo, sobran los papeles.

No es otro mi deseo que aprender a gobernar siguiendo vuestro consejo.

Me necesitaréis en la corte, pues.

Como gustéis.

No obstante,

he de cumplir el mandato de vuestro padre y velar por vuestro bienestar.

Estoy segura de que os emplearéis con idéntico celo.

He crecido apartado de vos, madre.

Pues así lo dispusieron otros, sin considerar el dolor que causaban.

Ahora, teniéndoos tan cerca,

las obligaciones de nuestro rango volverán a separarnos.

Atended la súplica de vuestro hijo que os ama.

Pues nada hay en ella de rencor o malquerencia.

Si Dios hubiese atendido mi ruego y me hubiese llevado con mi esposo,

os habría allanado el camino. Pero no ha sido ésa su voluntad.

Y aún soy, por su designio, la reina de Castilla.

Arrodillaos ante vuestra reina.

Es mi conformidad, pues yo soy la única que tiene tal potestad,

que gobernéis en mi nombre estos reinos que también os pertenecen.

Nunca olvidéis quien sois

y qué es lo que se espera de vos.

¡Alteza!

Llegáis a tiempo.

Ojalá las gestiones con el regente hayan ido tan bien como las nuestras.

El cardenal Cisneros sigue de vuestro lado, alteza.

Desea traspasaros los poderes que le dieron las Cortes, antes de morir.

- ¿Tan pronta siente su hora? - Y creo que no se equivoca.

Lo siento por su reverencia.

Trataremos de buscarle un digno sucesor.

Nadie, como él, conoce estos reinos.

Está seguro de que sus consejos os ayudarán.

(CHIÈVRES) Partiremos en cuanto ordenéis.

Mi hermana Catalina nos acompañará.

Pensadlo bien, alteza. A la reina...

El cautiverio de mi pobre hermana ha concluido.

Ahí vienen.

- ¿Vamos a dejar aquí a madre? - Es por su bien.

Vos, mejor que nadie, lo sabéis.

La corte de Castilla nos espera.

¿No vamos al encuentro de Cisneros?

¿Y arriesgarnos a que su alteza escuche lo que no le conviene?

Será lo que no os conviene a vos.

¿Lo evitaréis incluso en su instante postrero? El rey le debe mucho.

Nada puede hacer por él que no haya hecho ya.

¡Dejemos que la naturaleza siga su curso!

- ¿Juana se ha doblegado al usurpador? - ¡Castilla no puede tener dos reyes!

Nos ha faltado audacia. ¡Tendríamos que haber ido a verla nosotros!

- ¿Todo está, pues, decidido? - No.

Vuestra madre sólo puede dejar de ser reina cuando muera.

Pero la Corona de Aragón aún puede ser vuestra.

Yo di un varón a mi esposo. Aunque apenas vivió unas horas,

invalidó el juramento de Juana como heredera.

(GERMANA) Sólo las Cortes pueden decidir a quién corresponde el trono.

¿Pretendéis separar ambos reinos?

¿Acaso no lo pretendía vuestro abuelo procurando que yo le diera hijos?

Siendo rey de Aragón, podríais presentaros en Castilla

como valedor de los derechos de la reina

y reclamar una regencia en su nombre.

Con Carlos como usurpador extranjero, el reino estará a vuestro a favor.

- ¿Cómo saber cuántos me apoyarían? - Mendozas y Pachecos son mi familia

- y estarían con vos. - ¿Y los Alba?

Los Alba, siempre con Castilla. Dejadme hablar con mi abuelo.

El regente de Aragón también nos prestará oídos.

Contad con las ciudades importantes. Puedo garantizaros Toledo.

Con su ejemplo, pronto seguirán Burgos y Segovia.

Sumad las "lanzas", alteza. Convenceos de que si dais el paso,

vuestros derechos no serán atropellados.

- ¿Pero os habéis vuelto loco? - Sois el único grande de Castilla

que se mantuvo fiel al rey Fernando cuando todos le dieron la espalda.

Y bien que me enorgullezco. Los Alba somos leales a nuestro señor.

Pero Carlos no es nuestro señor. ¿Qué Cortes le han proclamado?

¿Qué le espera a Castilla si cae en sus manos?

¡Ser violentada por los extranjeros! Mejor que yo lo sabéis.

¡Basta ya! Ahora, sólo cabe ser leal o traidor a la voluntad de los reyes.

¿Por qué respetar un testamento que tanto nos perjudica

cuando todos sabemos que el destino de Fernando era coronarse?

¡Porque ésa es la ley!

¡Ninguna ley está por encima del bien de Castilla!

Habrá guerra.

Y la derrota señalará a los traidores,

pero siempre habrá un Alba entre ellos.

Porque vos y yo

nos encontraremos en bandos enfrentados.

(JUANA) ¡Catalina! ¡Catalina!

(JUANA) ¡Catalina!

(JUANA) ¡Catalina!

(RESPIRA AGITADA) ¿Catalina? ¿Dónde está mi hija?

¿Qué habéis hecho con mi hija? ¡Perros!

¡Devolvédmela!

¡Devolvédmela! Me dejaré morir.

Me dejaré morir.

¿Quién soy? ¿Quién soy?

Hemos de regresar, alteza. La reina está fuera de sí.

La falta de la infanta Catalina la ha postrado.

No come ni bebe ni permite que la aseen.

Dice estar dispuesta a morir si no recupera a su hija.

Os arriesgáis a perder el favor de la reina.

¿Teméis que entregue la corona a mi hermano?

- No lo hará. - ¿Y si muere?

- Sería ése el fin de los problemas. - La reina no puede morir.

Antes, Castilla tiene que olvidarla.

Dios me perdone...

¡Catalina!

Debéis volver a Tordesillas.

¿No tenéis corazón?

Un día, volveré para llevaros conmigo.

Ahora, hablemos de lo que conviene contar a nuestra madre.

(EL SACERDOTE HACE LA SEÑAL DE LA CRUZ EN LATÍN)

- (SACERDOTE) Amén. - (CORTÉS Y CATALINA) Amén.

(EN LATÍN, EL SACERDOTE LOS DECLARA MATRIMONIO)

¿Qué hacéis, mi señor?

¿No podéis dormir?

Estaba pensando en lo generoso que ha sido el gobernador.

Una encomienda más amplia,

- mayor reparto de indios. - Tenemos más de lo que nunca soñé.

Al oeste, a pocas jornadas de navegación,

hay tierras y gentes de las que nada sabemos.

Y siento que la riqueza, la verdadera riqueza, nos espera allí.

¿Arriesgaríais la vida por ello?

- ¿Qué sería de mí si...? - (LA MANDA CALLAR)

Sois mi esposa.

Nada os habría de faltar si algo malo me ocurriera.

(CORTÉS LA BESA)

Merecíais escarmiento, pero no sois hombre del que se pueda prescindir.

- Iréis a la expedición al Yucatán. - No os arrepentiréis.

Vayamos y cojamos lo que podamos. ¿Quién sabe si durará esta aventura?

De nosotros depende que no tenga final.

Por desgracia, en este caso, no lo decidiremos ni vos ni yo.

Ya hay un dueño. Carlos ha regalado el Yucatán a un noble flamenco.

¿Vamos a explorar unas tierras para que otro se quede sus tesoros?

¿Y, encima, un flamenco? El derecho asiste a los castellanos.

- Me gusta tan poco como a vos. - ¡Escribid al rey por tal atropello!

Lo haréis vos también.

Unid vuestro escrito al mío. Que vean que toda la colonia está afrentada,

- no sólo su administrador. - Contad con ello.

Alteza... Os lo ruego...

¿Qué pensáis hacer?

Apartad.

¡Maestro! ¡Leonardo, subid!

(FRANCISCO) Mirad.

Vuestro hijo es rey por haberse casado conmigo. ¡Yo le di el trono!

Querida mía, ¿queréis acabar como Juana de Castilla?

De vos, sólo se espera una cosa.

Que deis herederos al reino. No es desdeñable la misión.

Cumplid con ella y dejad que la vida sea generosa con vos.

¿Cómo?

¿Cerrando los ojos?

Vos le disteis un reino.

Él os dará un imperio.

- Son palabras llenas de coraje. - Y justicia. Igual que las vuestras.

Cuando salgáis, decid al secretario que entre.

Este despacho del señor Cortés debe llegar a manos rey lo antes posible.

No vendrá.

No puedo mentiros en este trance.

Abrid el cajón de arriba, a la izquierda.

Es mi testamento. Llevádselo a su alteza.

Le ayudará a no errar en el gobierno.

Decid a su alteza

que muero rogando por él

y por estos reinos.

Señora, cesad en vuestro duelo.

Pues os he traído a mi hermana Catalina.

Los señores de Flandes, compungidos por la vida que llevaba la infanta,

pensando en su bien y sin reparar en sus deseos ni en los vuestros,

decidieron llevarla con nos y darle la vida de princesa que merece.

¿Cuándo entenderán esos señores de Flandes

que en Castilla no nos gusta que enreden en nuestras cosas?

Tranquilizaos, madre. Os suplican vuestro perdón.

¿Está aquí Catalina? (RESPIRA AGITADA)

(SOLLOZA)

¡Madre! Sólo a la fuerza pudieron separarme de vos.

(SUSPIRA)

Nadie puede soportar perderlo todo.

Ni siquiera una reina.

Yo haré que este gesto vuestro tenga su recompensa.

Alteza...

Siento presentarme ante vos de esta guisa.

El rey siempre tendrá oídos para el duque de Alba y se alegra de veros.

Mi señor, no demoréis más vuestra llegada a la corte.

Castilla es un polvorín y la mecha ya está encendida.

- ¿Tan grave es la situación? - El reino está dividido.

Incluso en las mejores familias, se forman partidos.

¿Por qué la presencia de su alteza habría de calmar los ánimos?

¿Acaso no convendría más atajar el problema de raíz?

Vuestro hermano es un buen castellano. Es difícil no amarlo.

Pero vos no os dejáis conocer.

¿Con quién están los grandes del reino?

Sólo por mí puedo responder.

Tenemos la legitimidad y la fuerza.

Dios está con su alteza. Si quieren guerra,

- la tendrán. - No, no.

No he venido a estos reinos para hacer la guerra.

¿Qué sugerís?

Sólo el cardenal Cisneros puede traspasaros el poder. Id a verlo.

Su reverencia ha muerto.

Por desgracia, ya nada podrá hacer por vos.

Acudid a la corte cuanto antes. Pero con suficientes hombres armados.

Mi señor, si vuestro hermano no es leal, debéis ordenar su arresto.

Y el de doña Germana.

Sólo conozco un modo de comprobar si Fernando está conmigo o contra mí.

Mandadle un mensaje para hablar con él, donde y cuando él diga.

¡Es una locura! ¿Pensáis poneros al alcance de vuestros enemigos?

¡Mi familia es mi fuerza!

Haced lo que os digo.

Alteza...

Éste es el testamento del cardenal Cisneros.

Él mismo me encomendó, en su lecho de muerte, que os lo entregase.

Vos sabréis mejor que yo cómo despachar este asunto.

Malas lenguas me atormentan hablando de malquerencias con Carlos.

Ambos sois sangre de mi sangre y sé que tal infamia es imposible.

Ninguna duda albergo de que seréis fiel al vínculo que nos une.

Pues, aunque joven, vuestro honor y el amor por los vuestros

jamás permitirán querella alguna ni contra él

ni contra vuestra madre.

¿Qué noticias son ésas que tanto os alteran, señor?

¿La reina?

¿Qué interés pueden tener las palabras de quien carece de juicio?

¡Leed!

Y decidme, después, si son de loca.

¿Por esto?

¿Por esto, vais a renunciar a la Corona?

Vuestra madre vive alejada del sentir del reino.

¡Decidid

si queréis ser recordado como buen hijo o como buen rey!

¡Alteza! Vuestro hermano desea entrevistarse con vos.

Todo va a ir bien, María.

Bonjour.

Señora.

Tan buen caballero como fue mi abuelo

no pudo elegir mejor reina.

Buenos días, hermano.

¡Hermano!

Nunca pude usar esa palabra.

Espero tenerla ya siempre en mis labios

y demostraros así el afecto y lealtad que a vos me une.

Aceptad el toisón de oro, muestra de los dones para vos en mi reinado.

Somos una familia.

Así han de verlo todos.

- (CHIÈVRES) ¡Viva el rey! - (TODOS) ¡Viva!

Fernando no nos apoya. Poco podemos hacer contra Carlos sin su rebeldía.

Mi propuesta: rodear el Yucatán. Yo sólo os pido permiso para zarpar.

No sabía que al renunciar a la Corona

también perdería vuestro favor.

¡Pero de nada os sirvo ya!

La esposa del condestable ha fallecido.

Desde ahora, me tendréis al corriente de cada cosa que haga.

O pagaréis por haber arriesgado la vida del rey.

Arrebatádselo todo, mi césar. ¡Todo!

Castilla es una contra él. Ha sido jurado,

pero ningún castellano lo siente rey. Rebelaos y todos os seguirán.

¿Vuestro sobrino, arzobispo de Toledo?

Es un puesto clave en las Españas y hemos de mantenerlo bajo control.

Jamás dispondréis del patrimonio de los Borbones.

Bien sabéis que tengo derecho sobre su herencia.

Pronto, se celebrarán las Cortes. Allí, nos haremos oír.

No tendrán otra opción que arrepentirse de sus desmanes.

- ¡Todos me odian por ser extranjero! - (LUISA) Casémonos, Carlos.

¿Cómo entregar una expedición a quien ha amonestado su majestad?

- ¿Amonestado? - Obedecedme y nada os faltará.

- ¿A cambio? - (SE SANTIGUA EN LATÍN)

Os amparáis en una traición que no ha existido para traicionarme vos.

(PADILLA) Ratificad el compromiso con la infanta Isabel de Portugal.

No hace falta que me améis para quedaros.

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Carlos, Rey Emperador - Capítulo 1

07 sep 2015

Carlos desembarca en el norte de la Península, donde lo esperan desde hace largo tiempo. Pero el hecho de haberse proclamado rey en Bruselas en vida de Juana, su madre, no ha hecho sino alimentar la inquina de aquellos que prefieren a su hermano Fernando en el trono. Contra ellos habrán de lidiar los cardenales Cisneros y Adriano de Utrecht, en un intento desesperado por que se cumpla el testamento de los Reyes Católicos. En este ambiente hostil, el porvenir del joven recién llegado no es el más halagüeño. Así lo entienden en Francia, donde su futuro rival lo menosprecia: el rey Francisco ejerce el gobierno con la autoridad de la que Carlos aún carece, tanto en los despachos como en las alcobas.

En Cuba, Hernán Cortés sueña con encabezar una expedición a las costas del actual Méjico, todavía inexplorado. Para ello, habrá de sortear los impedimentos que le pone su principal competidor, el gobernador Velázquez.

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