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No recomendado para menores de 12 años Carlos, Rey Emperador - Capítulo 3
Transcripción completa

Nos os hacemos nuestro rey y señor siempre que guardéis

- nuestros fueros y libertades. - Juro.

No sabía que renunciando a la Corona también perdería vuestro favor.

¡Pero de nada os sirvo ya!

Deberéis poner fin a vuestros devaneos.

- ¿Y si me niego? - Lo lamentaréis.

(CORTÉS) Esta es mi propuesta: rodear el Yucatán.

¿Cómo poner al frente de una expedición a quien ha sido

- amonestado por su majestad? - ¿Amonestado?

Ese cualquiera de Grijalva ocupará mi puesto sirviéndose de mis cálculos.

Si el gobernador actúa así, es porque os teme.

¡Y más habrá de hacerlo!

La esposa del condestable ha fallecido.

- Casémonos, Carlos. - ¿Cómo creeros, cuando,

con ese casamiento, mis bienes y yo quedaríamos a merced del rey?

Ordeno, así,

que la parte de la herencia demandada por doña Luisa de Saboya

pase de inmediato y sin remisión a su propiedad.

- ¿Con qué derecho me expoliáis? - ¿Vuestro sobrino, arzobispo?

Es un puesto clave en las Españas y hemos de mantenerlo bajo control.

Pronto se celebrarán las Cortes. Allí, nos haremos oír.

No tendrán otra opción que arrepentirse de sus desmanes.

Pedimos que el infante Fernando

permanezca en el reino hasta que el rey tenga sucesor.

¡Exigimos que sean anulados todos los nombramientos a extranjeros!

- ¡Me odian por ser extranjero! - Deshaceos de Chièvres.

Es su avaricia y su soberbia la que os ensucia.

¡Y se os tiene por su títere!

El rey planea desterrar al infante.

Sin él, ¿qué harán los nobles con su rabia, sino tragársela?

Os ordeno que seáis leal a vuestro legítimo rey: mi hermano Carlos.

Tengo un cometido para vos.

En Flandes.

Música

Puerta

Esperad.

¿Os ocurre algo?

Nada grave.

Espero un hijo vuestro, alteza.

No os inquietéis, mi señor.

No espero nada de vos.

Sé a qué debo atenerme.

- Lo dais todo por hecho, señora. - Tan solo os digo

que aceptaré sin queja vuestra decisión, sea cual fuere.

Si llega a oídos de las Cortes, no tardarán en abrumaros con consejos.

Algunos maliciosos, pero también los habrá sensatos.

Escuchadlos.

¿Acaso no cuenta mi parecer?

- He de hablar con vos. - No es buen momento, Leonor.

¿He de pedir audiencia a mi propio hermano?

Decid.

¿Qué puede hacer vuestro rey por vos?

¿Cuándo me permitiréis volver a Flandes, alteza?

¿Tanto echáis de menos a vuestro enamorado?

Yo he cumplido. Os he acompañado.

He acatado vuestras decisiones. Ahora, ¡cumplid vos!

Permitidme volver a Flandes. Os lo ruego.

Venid conmigo a Aragón, Leonor.

- Aún os necesito junto a mí. - No podéis hacerme esto.

En Barcelona, os embarcaréis para Flandes.

Os lo prometo.

Hemos conseguido cuanto queríamos en Castilla, pero, ahora, toca Aragón.

Y temo que sus gentes no os acojan como merecéis.

¿Nos recibirán peor que en Castilla?

Si mis informantes no mienten, así será.

Alteza, la salud de vuestro abuelo Maximiliano empeora por momentos.

Dicen que viaja siempre con su ataúd.

Sois el candidato natural para suceder al emperador.

Habéis de estar preparado.

Necesitaréis fondos para vuestra elección.

Y, en Aragón, nos jugamos mucho, alteza. Sobre todo, dinero.

En verdad, conviene actuar con prudencia.

Germana está embarazada.

- ¿De quién? - ¡Dios sabe que os advertí!

¿De vos? ¿La viuda de vuestro abuelo?

(CHIÈVRES) Debéis alejarla inmediatamente de la corte.

Si esto llegara a saberse, ¡podría costaros la Corona!

¿A mis vasallos les importa más

lo que ocurre en mi cámara que vuestra codicia?

- ¡Sois injusto con vuestros leales! - Templad vuestro ánimo, os lo ruego.

Ahora, más que nunca, debemos estar unidos.

Alteza...

Debéis tomar una decisión sobre esa mujer.

- Y ha de ser la correcta. - Mi decisión está tomada.

No dejaré a Germana.

De todas las damas a su disposición, ¡tenía que preñar a su abuela!

No solo nos jugamos nuestra fortuna, ¡nos estamos jugando el cuello!

- Su alteza parece no comprenderlo. - Reverencia, el rey no me escucha.

Solo me culpa de sus males. Haced vos que entre en razón.

Ardua tarea me encomendáis. ¿Qué puedo decirle que no haya oído?

¡Amenazadlo con las penas del infierno si es necesario!

Cardenal Wolsey.

El papa desea que reine una paz duradera entre cristianos.

Pues, solo así, podremos combatir al turco como un solo hombre, alteza.

¿Qué príncipe cristiano podría rechazar

un tratado como el que me proponéis?

Decidle al papa que Francia firmará de buen grado.

Tenía ganas de conoceros, cardenal. Las malas lenguas dicen que sois

el otro rey de Inglaterra. Las peores, que sois el único.

Acudo a vos como legado del papa, no en nombre del rey Enrique.

¿Habéis hecho un viaje tan largo solo para invitarme a respaldar

un acuerdo lleno de buenas intenciones?

Hacéis honor a vuestra fama, alteza.

¿Qué queréis de mí, reverencia?

Sois sagaz. Habréis adivinado cuál es mi máxima aspiración.

El trono de Inglaterra se me antoja inalcanzable

para el hijo de un carnicero.

Supongo que aspiráis a ocupar la Santa Sede.

Culminar con éxito la misión que me ha encomendado el sumo pontífice

me colocaría en una posición inmejorable para sucederlo.

¿Y qué obtendría Francia y su rey por apoyaros?

Como sin duda sabéis, Maximiliano

se encuentra gravemente enfermo.

La elección de un nuevo emperador es una cuestión de tiempo.

¿Acaso no presentaréis vuestra candidatura, alteza?

Apoyadme

y os garantizo el apoyo de Inglaterra,

además de toda mi influencia en Roma y entre los príncipes electores.

¿Está el rey de Inglaterra al corriente de vuestra propuesta

o se trata de una iniciativa personal?

Enrique seguirá mi consejo. Como siempre.

Wolsey no carece de olfato.

Ha acudido hasta vos porque ya os ve convertido en emperador.

(FRANCISCO) ¿Acaso es el único?

Vos, hijo mío, siempre seréis mi césar.

Pero, cuando Maximiliano repose por fin en su dichoso féretro,

- competiréis con su nieto Carlos. - ¿Carlos? ¿Mi vasallo?

Madre, por favor... Dudo mucho que pueda presentarse a la elección.

Desde la cuna y por su sangre, es el candidato natural.

Su padre nunca tuvo otra cosa en mente.

Ser elegido emperador cuesta una fortuna.

¿No sabéis que aún anda mendigando dinero por esos reinos españoles?

- Jamás lo conseguirá. - Recordad que no está solo.

Tiene una jauría de perros a su servicio.

- Son ambiciosos y sin escrúpulos. - Wolsey no les va a la zaga.

Su reverencia no es más que una palanca para mover voluntades.

Y yo no me fiaría de él.

Vuestra astucia labrará vuestro futuro. No la del inglés.

No os quepa la menor duda.

Sosegaos, madre. Carlos no será un problema.

Disculpadme, pero no acostumbro a recibir visitas a hora tan temprana.

¿En qué puedo ayudaros?

Ha llegado a mis oídos que estáis preparando

una expedición para socorrer a Grijalva.

Habéis oído bien. Hace mucho que no tenemos noticias de él.

Mucho me temo que esté en apuros. Suponiendo que siga vivo.

Señor,

quiero comandar esa expedición.

¿Sabréis que no sois el único que aspira al puesto?

Tanto como sé de las dudas del gobernador

respecto a la lealtad de alguno de los aspirantes.

No faltan correveidiles en esta ciudad.

Dadme una buena razón para confiaros el puesto.

Nadie os ha dado mayores pruebas de lealtad que yo.

Renuncié a una expedición para casarme con Catalina.

- No sin resistiros. - Pero lo hice.

Y he aceptado una amonestación real injusta sin queja alguna.

Es hora de que me compenséis por ello.

Sea.

Pero recordad que se trata de una expedición de auxilio.

No estáis autorizado a colonizar nuevos territorios.

Tomaréis posesión de los mismos en nombre del rey.

¿Está claro?

Claro como el agua de la mar océana, señor.

Muchos de vosotros ya me conocéis. Tengo a gala hablar a las claras.

Y vive Dios que lo voy a hacer.

El viaje será peligroso.

Es probable que no volvamos.

Que no veamos a nuestras familias nunca más.

Pero también existe la posibilidad de que descubramos tierras

que ningún cristiano ha pisado nunca.

Con la ayuda de Dios, puede que, un día, regresemos a esta ciudad.

Y una cosa os puedo asegurar.

No regresaremos con las manos vacías.

Amigos míos,

¡uníos a mí!

- ¡La gloria y el oro nos esperan! - (TODOS JALEAN)

Vuestra propuesta de paz recibió una excelente acogida en Francia.

Su alteza se mostró muy dispuesto a unirse contra el turco.

Espléndido.

También Maximiliano y su nieto Carlos han sido invitados a sumarse.

Nadie duda de que lo suscribirán con entusiasmo.

Habéis hecho un buen trabajo.

Solo soy vuestro humilde servidor, santidad.

¿Algo más, Wolsey?

No me resisto a compartir con vos

la magnífica impresión que el rey de Francia me ha causado.

¿Magnífica en general?

¿O vais a ser más concreto?

Santidad, si Dios no lo remedia,

pronto habrá que elegir al sucesor de Maximiliano.

En mi opinión, Francisco sería un candidato excelente.

Temo no compartir vuestro fervor.

¿Puedo preguntar a qué se deben vuestras reservas, santidad?

¿Ha mostrado impaciencia para combatir al turco

como corresponde a todo buen cristiano?

Quizá todavía no se ha presentado la ocasión.

Y, sin embargo, no carece de ardor guerrero:

no dudó en conquistar el Milanesado.

Roma tiene en Francia un poderoso vecino.

Además de fiel aliado, no lo olvidéis.

Consideraré vuestra opinión. Os tengo por hombre juicioso.

Pero no os precipitéis en cobrar vuestra recompensa.

Maximiliano aún no ha muerto.

Y yo tampoco.

¿Qué os parece la carta de mi sobrino?

Por lo que cuenta su alteza, Fernando es un dechado de virtudes.

Eso parece, Gattinara. Pero hay algo que me inquieta.

Si tan virtuoso lo considera, ¿por qué nos lo ha enviado?

Quizá por eso.

Veamos con qué actitud viene al destierro,

pues no es otra su realidad.

(PAJE) ¡La princesa doña Margarita, archiduquesa de Austria!

No...

¡Pero si sois el vivo retrato de Felipe!

Música cortesana

¿En verdad os recuerdo a mi padre?

- ¿Cómo era? - Un príncipe bello como el alba.

Ni tan malo como os habrán contado ni tan bueno como lo recuerdo yo.

Tiempo habrá de hablar largo y tendido.

Os he traído un obsequio.

Es el laúd con el que os recibió vuestro esposo en Castilla.

Querida tía,

aceptadlo como prueba de mi avenencia a este destierro dorado.

Prometí lealtad a mi hermano y cumpliré con mi palabra.

Alteza, en el pasado, os inculqué que un rey debe soñar

y porfiar por hacer realidad sus anhelos.

De lo contrario, quizá sea recordado más por su pobreza de espíritu

que por la grandeza que su destino le exige.

¿A dónde queréis ir a parar?

Soñar es propio de reyes, alteza, mas la fantasía os está vedada.

Vos os aferráis a la fantasía de mantener a Germana a vuestro lado.

Cosa imposible, pues vuestro rango os impide tal desvarío.

Y bien lo sabéis.

En ciertos asuntos, poco importa lo que uno sepa.

Aprovechad nuestra marcha a Aragón para alejaros de ella.

A nadie sorprenderá, si se guarda la debida discreción.

Conozco a doña Germana. ¿Pensáis que no comprenderá vuestras razones?

Mis razones me incitan a permanecer junto a ella.

No sois el primer hombre en encapricharse de la dama equivocada.

No os equivoquéis vos, reverencia.

No solo los placeres de la carne me unen a Germana.

Junto a ella, no me siento un rey en ciernes, sino un hombre.

Alejarla de mí sería arrancarme el alma.

Alteza...

Castilla espera que cumpláis vuestro compromiso con Isabel de Portugal.

No lo he olvidado. Os lo aseguro.

¿Qué ocurrirá si esa relación trasciende?

La boda resolvería vuestros problemas de un solo golpe.

Y recordad que, sin el apoyo portugués...

No me casaré con Isabel.

Hacédselo saber al rey.

Retiraos.

(LEE) Fui y soy amigo de amar y me conviene el mal de amores.

Muchos vi de gran pesar, pero este suma todos los dolores.

Mi señor Ribeiro...

Vuestros amores no correspondidos

os inspiran escritos que nos deleitan y nos conmueven.

Mas haríais bien en encontrar otros temas

o nos obligaréis a alimentar vuestra desdicha.

- Padre. - Fuera. He de hablar con mi hija.

Rehúsa desposaros. ¿Cómo se atreve? ¡Al infierno con Castilla!

Si no sois la adecuada para su rey, tampoco lo será nuestro oro.

Por insultado que os sintáis, no debéis romper las relaciones.

Hija, esos bestias entienden mejor las amenazas que los halagos.

Aunque la espera es amarga, sus frutos son dulces.

Así me lo ha enseñado mi preceptor.

¿A vos no os ofende el rechazo?

Sé que Carlos me aceptará como esposa.

Ya encontraréis vos el modo de convencerlo.

Con la ayuda de Dios, se cumplirá el sueño de mis abuelos,

los Reyes Católicos:

la unión de todos los reinos de la península.

Algún día, seréis una magnífica reina.

Haréis llegar al rey de Castilla este mensaje:

Si quiere el oro de Portugal, deberá cumplir sus compromisos.

De lo contrario, habrá consecuencias.

(ADRIANO) Mi muy querida y respetada archiduquesa,

os escribo para haceros partícipe

de mi enorme preocupación por lo que sucede en esta corte.

Temo que solo vuestra intervención pueda devolver las aguas a su cauce.

Como vos sabréis, Germana de Foix, viuda de Fernando de Aragón,

no muestra intención de abandonar estos reinos que de su esposo fueron.

Menos aún, ahora que su alteza, el rey Carlos,

no solo se ha amancebado con ella, sino que la ha dejado embarazada

y persiste en su deseo de prolongar tan arriesgada amistad.

Preparaos, señora. Vendréis conmigo a Aragón.

(ADRIANO) Señora, haced entrar en razón a vuestro sobrino. Os lo ruego.

Debéis lograrlo de inmediato,

pues el escándalo podría resultar fatal para su reinado.

Ya estoy al corriente de que doña Germana viajará con nosotros.

Se trata de algo peor.

El rey de Portugal amenaza con exigir el reintegro de la deuda castellana

si Carlos no accede a casarse con su hija.

Castilla no podría satisfacer el pago. Y, sin dinero...

Ni regresaremos a Flandes ni Carlos se convertirá en emperador.

Hay otro asunto.

El cardenal Wolsey ha invitado a su alteza

para que se sume a un tratado de paz entre reinos cristianos.

Una iniciativa de Roma.

Su santidad pretende que hagamos frente al turco

en lugar de guerrear entre nosotros.

Noble objetivo.

Conozco a Wolsey. Debe haber algo más.

Franceses e ingleses deben de estar intrigando

para ocupar la vacante de Maximiliano.

Discutiremos el asunto en Aragón, con su alteza.

(ENRIQUE RÍE) ¿Emperador? ¿El francés?

¿Os habéis vuelto loco, Wolsey?

Señor, no encontraréis candidato más favorable para suceder a Maximiliano.

Mi porquero sería mejor.

Francisco, además cuenta con el apoyo de Roma.

Os sugiero que lo tengáis en cuenta.

¿Por qué no apoyar a Carlos?

¿Acaso no sería más ventajoso para Inglaterra?

A fin de cuentas, somos familia.

Precisamente, mi señor.

Vuestro sobrino nunca se alzaría contra vos.

En cambio, Francia...

Explicaos.

Señor, vos sabéis tan bien como yo que el tratado de paz universal

solo perdurará hasta que a uno de sus firmantes le convenga traicionarlo.

Palabrería bendecida por el papa. Bien lo sé.

Francisco, sin embargo, se mostró muy interesado por llegar a un acuerdo

de mutua defensa y colaboración entre Francia e Inglaterra.

Él mismo sugirió sellarlo casando al delfín con vuestra hija María.

- ¿A cambio de nuestro apoyo? - Señor,

llegado el momento,

os sugiero que brindéis vuestro respaldo al rey de Francia.

Os aseguraréis un reinado en paz y tendréis a un poderoso aliado.

Decidle a Francisco que aceptamos el trato.

Contará con el apoyo de la Corona de Inglaterra.

Señor, arriesgáis todo vuestro patrimonio.

- ¿Habéis perdido el seso? - Tengo más hombres que barcos.

Necesito más navíos. Tal ha sido el éxito de reclutamiento.

Si sale mal, nos arruinaremos.

Cierto. Será nada o todo.

Volveré y os cubriré de oro.

Tenemos que aprovechar la ocasión. Confiad en mí.

Os he convocado para que despejéis mis dudas.

- Si está en mi mano... - Lo está.

Dicen que os habéis endeudado para financiar la expedición, ¿es cierto?

- Así es. - ¿Arriesgáis vuestro patrimonio

para servir a la Corona?

Encomiable, sin duda.

No concibo mayor honor que serviros a vos y al rey.

Tengo buena memoria. Y, cuando me falla, consulto con mi secretario.

Y los dos recordamos

haberos advertido de que se trata de una expedición de socorro a Grijalva.

No es otro su fin.

Pero es difícil reclutar hombres sin promesas de gloria y riquezas.

Admito que el entusiasmo ha desbordado mis previsiones.

Vais a suspender la expedición.

Imposible.

No habéis respetado los términos del acuerdo.

Destituidme si os place. Es vuestro privilegio.

Pero os ruego que deis vos, en persona, la noticia a mis hombres.

No quiero ser responsable de las algaradas

que se produzcan cuando vean frustrados sus deseos.

¡Maldito seáis mil veces, Hernán Cortés!

Está bien. Seguid adelante.

Pero mi secretario supervisará cada detalle de la expedición.

- Si intentáis sacar provecho... - Quedo a vuestra disposición.

Os aconsejo que recéis para que aparezca Grijalva.

Lo hago cada día, señor.

¿11 barcos y más de 300 hombres para una expedición de rescate?

Ya os lo advertí. He tenido que rechazar hombres muy valiosos

- por falta de barcos. - El gobernador estaba en lo cierto.

Debo informarle de inmediato.

Aún no he terminado con vos.

Sois primo del gobernador, ¿me equivoco?

Sin embargo, no ha sido generoso con vos.

Sé que don Diego se negó a concederos unas encomiendas.

¿A dónde queréis llegar?

Esta expedición ya no puede pararla nadie.

Ni el gobernador ni el rey...

Ni yo mismo podría. Si lo intentara,

mis hombres reducirían esta ciudad a cenizas. Os lo aseguro.

Y yo lo entendería. Porque habría burlado su lealtad.

Pero, ¿qué obediencia debe un caballero a quien le menosprecia?

Uníos a mí

y os concederé el mando de uno de mis barcos.

¿Cómo os atrevéis?

Más un quinto del oro que me corresponde como capitán.

¿Habéis dicho un tercio?

Eso he dicho.

A cambio, vos debéis informarme de inmediato

de cada paso que dé el gobernador.

- ¿Cuándo partimos? - Tan pronto como estemos listos...

capitán.

Vuestro sobrino se ha adaptado

extraordinariamente bien a la vida de la corte.

Me consta que varias damas se disputan sus favores.

Y él se muestra generoso en el reparto. Eso cuentan las afortunadas.

¿Malas noticias?

Reuníos conmigo. Y traed a Fernando con vos.

¿Amancebarse con Germana? ¡Hay que ser majadero!

Lo más inquietante es que sus consejeros

se reconozcan incapaces de atajar el problema.

¿No se da cuenta de lo que se juega?

No es Germana quien pone en peligro el reinado de Carlos.

Es la rapiña a que se han entregado Chièvres y su camarilla.

El asunto es conocido en toda Castilla.

Y ya habrá llegado a oídos de los aragoneses. No lo dudéis

(DA UN RESPINGO) Es peor de lo que pensaba.

El destino de Carlos es suceder a mi padre.

Si pierde los reinos españoles,

no tendrá la menor posibilidad de convertirse en emperador.

¡Imaginad el Imperio en manos del francés!

(SUSPIRA) ¡Esa hiena codiciosa de Chièvres!

¡Malditos aragoneses!

Dijisteis que las Cortes nos escucharían con buena disposición.

Y lo han hecho, alteza. Pero tienen derecho a poner sus condiciones.

Tendréis que aceptarlas si queréis ser nuestro rey.

Condiciones que van mucho más allá de lo que se me exigió en Castilla.

Dadme un puñado de hombres,

¡y os traeré por los pelos a esos aragoneses, señor!

Son duros de mollera, pero se avendrán a razones.

- Las mías serán de acero. - Aquí tenéis uno para probarlas.

Pero os advierto. Yo también tengo las mías.

Vais a necesitar más que plegarias para discutir conmigo.

¡Basta!

Os ruego que disculpéis al duque de Alba, eminencia.

Estoy seguro de que no quiso ofenderos.

Así es, alteza.

Bien. Podéis retiraros.

Contened vuestro ímpetu, señor duque,

por tentador que sea pasar a mayores con estas gentes.

Reverencia,

habréis de viajar a Inglaterra para firmar el tratado del papa.

La negociación con las Cortes será larga y difícil.

Hemos de tener paciencia.

Meditemos cuidadosamente cada paso.

Los aragoneses son tozudos.

Hay que saber lidiar con ellos.

No esperaba que las Cortes cuestionaran la decisión del abuelo.

- ¿Acaso olvidaron que era su rey? - (RÍE)

¿He dicho alguna majadería?

¿Qué no hubiera dado vuestro abuelo

para que la gobernanza de Aragón se asemejara más a la de Castilla?

No sabéis cuánto hubo de sufrir.

Lo imagino.

Hace un momento, he mediado entre el arzobispo y el duque de Alba.

Poco ha faltado para que acabaran a cuchilladas.

Celebro vuestra cordura.

No voy a ganarme el afecto de los aragoneses por las armas.

Apoyaos en su eminencia.

El arzobispo de Zaragoza es casi tan hábil como su padre.

Si se lo propusiera,

convencería a las Cortes para que coronasen al diablo en persona.

Negociad con él

y reinaréis en Aragón.

No me equivocaba al traeros conmigo.

He estado pensando.

Hemos de aprovechar el tropiezo de mi sobrino con doña Germana.

Viajaréis a España con una misiva para Carlos.

En ella, le afeo lo sucedido

y le recomiendo que os designe como nuevo canciller.

Estoy a vuestro servicio. ¿Qué esperáis de mí, señora?

Serviréis de contrapunto a Chièvres.

Debéis mermar su influencia sobre Carlos.

Pero hay algo más. Mi sobrino debe entender

que es vital que mantenga la herencia de sus padres.

Nada debe interponerse en su camino al trono imperial.

Mi señora, me encomendáis una misión a la que ya me sentía destinado.

Por eso os he elegido. Y en cuanto a Germana...

No os preocupéis. Se resolverá con la discreción necesaria.

Aquí tenéis. La carta para Carlos. Y no lo olvidéis:

nunca volváis la espalda al señor de Chièvres.

¿No os parece que el palacio de Whitehall será majestuoso?

Tiene que serlo, ya que vos mismo habéis trazado sus planos.

El próximo emperador será francés,

pero Inglaterra dejará para la posteridad

obras que la harán brillar con luz propia.

¿Por qué habría de ser francés el sucesor de Maximiliano?

- Porque contará con nuestro apoyo. - ¿Qué decís?

Hemos llegado a un acuerdo con Francisco.

Nos conviene estar en buenos términos con él.

¿Por qué habéis hecho tal cosa? ¡El título corresponde a mi sobrino!

Estáis hablando de un muchacho inexperto.

- No hay mejor aliado que Francisco. - ¿El rey de Francia, nuestro aliado?

¿Acaso no ha sido siempre nuestro enemigo?

Bien padecieron por ello mis abuelos.

¿Francia y el Imperio al servicio de la ambición de Francisco?

¿Vais a otorgarle tamaño poder?

¿Cuánto tardará en lanzarse sobre Inglaterra?

¡No sois mi primer ministro, sois mi esposa!

Cumplid con vuestra única obligación.

Confiad en que el fruto que lleváis en vuestro vientre

sea por fin un hijo varón.

Cuidaos de Enrique y de sus secretas alianzas.

Pues amenazan con ser un difícil escollo

para vuestras aspiraciones al trono imperial.

Recibid la bendición de vuestra tía Catalina.

Aseguraos de que sale en el primer correo.

(SE QUEJA DE DOLOR) No es nada. Podéis retiraros.

(GRITA DE DOLOR)

(RESPIRA AGITADA) ¡Llamad a la partera!

¡Rápido! (RESPIRA RÁPIDO)

(GRITA DE DOLOR)

(LLORA DESESPERADA)

Protestas en el exterior

Cristales rotos

- ¿Dónde está el rey? - Debemos abandonar la ciudad.

La turba ha tomado las calles y amenaza el palacio.

- ¿A dónde pensáis llevarme? - Hacia Castilla, a poneros a salvo.

Antes, quiero ver al rey.

Es voluntad de su alteza que velemos por vuestra seguridad.

No pienso moverme de aquí

hasta que no escuche de sus propios labios que debo partir.

Pensad en lo que lleváis en vuestras entrañas: ¡es el hijo del rey!

¿Vais a ponerlo en peligro? No lo permitiremos. Lleváosla.

Las calles de Zaragoza se han teñido de sangre.

Leed este pasquín, que cuelga de nuestras iglesias.

Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir

que tan noble reino sea gobernado por extranjeros que no te tienen amor.

Mientras aquí nos contentamos con escritos, los aragoneses han tenido

el valor de echarse a las calles para demostrar su malestar.

No sobrestiméis el valor, mi señora.

La impaciencia lleva a los juiciosos

a cometer los errores de los necios.

Don Carlos ha faltado a todos sus compromisos,

pero bien llena se ha llevado la bolsa.

No es el rey que merece Castilla. ¿Qué más hemos de esperar?

Sé bien lo que pensáis y no es muy distinto de mi propio pensamiento,

pero ¿de qué ha servido la revuelta en Zaragoza?

Nada se ha conseguido. Yo digo que hay que actuar, sí.

Pero midiendo nuestros pasos y por el camino adecuado.

Y ese camino no es el de las armas.

Ojalá estéis en lo cierto.

Aunque me temo

que, antes o después, serán las armas las que hablen por nosotros.

Mi señor,

lamento que el embarazo de la reina no haya llegado a buen término.

¿Qué hay en el vientre de mi esposa

que toda semilla se malogra?

Solo Dios lo sabe. Vos habéis hecho lo imposible. No os culpéis.

¡Es su única obligación, por san Jorge!

Y, encima, pretende entrometerse en asuntos de gobierno.

¿A qué os referís, señor?

Está obstinada en que debo retirar mi apoyo a Francisco,

pues solo su sobrino Carlos debe ser emperador.

(TITUBEA) Mi señor, ya nos hemos comprometido con Francia.

En todo caso, no estoy seguro de que me hayáis asesorado bien.

Mi único deseo es serviros a vos y a Inglaterra, alteza.

Ya hemos asegurado la paz con Francia.

¿Por qué he de permitir que su rey acumule tanto poder?

No sé... Tal vez, vuestra esposa no mira por los intereses de Inglaterra

cuando os aconseja de ese modo. Creo que no deberíais prestar...

¡Es vuestro rey quien os habla!

No ella.

Entiendo.

A pesar de todo, no comparto vuestras dudas.

¿Cuál sería la decisión adecuada para vos?

De momento, retirar nuestro apoyo a Francisco.

Si ha de convertirse en emperador, no será a mi costa.

Vos siempre tendréis la última palabra, alteza.

¿Podéis explicarme, señor mío,

quién os dio la orden de alejar a doña Germana de la corte?

La prudencia, mi señor.

¿Desde cuándo la prudencia gobierna vuestras decisiones?

Considero mi deber mirar más allá de lo que las obligaciones os permiten.

Si vuestros enemigos le hubieran causado daño alguno

os lo habrían causado a vos.

Más aún, en su actual estado.

Por ello, no dudé en actuar.

En efecto, nada me disgustaría más que que sufriera algún daño.

Rogad a Dios para que eso no suceda. Porque lo pagaréis.

Retiraos.

Y no os presentéis ante mí hasta que yo lo requiera.

Como ordenéis, alteza.

- Mi tía os tiene en alta estima. - La archiduquesa es muy generosa.

- Yo no merezco sus halagos. - Vos sois prudente.

Pero mi tía suele conceder a cada hombre su justo valor.

Y, al parecer, confía en que sabréis aconsejarme bien.

Mi señora solo desea que cumpláis con vuestro destino.

¿Y, para ello, debo alejar a doña Germana de mi lado?

Esa es la misión que os ha asignado.

Convencerme.

Sois perspicaz, alteza.

Por eso, me sorprende que no veáis lo mucho que os jugáis con esa relación.

No sois el primero que me lo dice.

Y os responderé como a todos los demás: no dejaré a Germana.

¿Estáis dispuesto a perder la corona imperial por ella?

Porque, de no ser así, pronto tendréis que tomar una decisión.

Por costosa que sea.

¿Es para su alteza?

Cuidaos de Enrique y de sus secretas alianzas.

Pues amenazan con ser un difícil escollo

para vuestras aspiraciones al trono imperial.

Mas culpad menos a mi esposo de maniobrar contra vos

que a aquellos a los que presta oídos,

gentes capaces de cualquier infamia con tal de procurarse un beneficio.

Permaneced alerta y no cometáis errores semejantes.

Pues nunca habéis de olvidar de quienes sois hijo y nieto.

Recibid la bendición de vuestra tía Catalina.

¿Cómo os ha ido el viaje?

Doña Germana se encuentra a buen recaudo, como ordenasteis.

Y así habrá de ser por ahora.

- ¿Cuándo partís hacia Inglaterra? - Hoy mismo debo dirigirme a Laredo.

¿Alguna nueva instrucción de su alteza?

No lo he visto desde que dejasteis Zaragoza.

Pero no podrá permanecer mucho más tiempo sin mi consejo. Os lo aseguro.

Los desafíos a los que nos someten nuestros reinos

no son desdeñables, como bien sabéis.

Tampoco los que nos aguardan en el futuro.

Por ello, he decidido que Mercurino Gattinara sea mi nuevo canciller.

Alteza.

Démosle la bienvenida.

¿Vos sabíais algo de esto?

Me temo que es un regalo de la archiduquesa.

Señor de Chièvres, acercaos.

Su eminencia, el arzobispo Alfonso, debe ser traído a mi presencia.

Enseguida mandaré en su busca.

Alteza, hay importantes asuntos pendientes que debemos tratar.

Los trataré con el canciller Gattinara.

¿Qué podemos esperar de Gattinara?

Reverencia, no sois vos quien debe viajar a Londres,

- sino yo. - No fue esa la orden del rey.

Sabéis que no cuento con su confianza en momentos tan difíciles.

- Necesita consejeros leales. - Aparte del canciller.

La incógnita que abre su presencia

hace aún más conveniente que vos permanezcáis en Aragón.

No sé... Todo esto me parece muy precipitado.

Tal vez, debería consultarlo con su alteza.

Dejemos que se concentre en lo importante

y ocupémonos nosotros de los detalles.

- Bien. Si así lo juzgáis. - Sin duda.

Yo solo velo por el bienestar de mi señor.

Solo la voluntad de entendimiento inspira mis actos. Os lo aseguro.

Así me consta, eminencia.

Mi nuevo canciller os explicará por qué os hemos convocado.

Convendréis conmigo que su alteza, el legítimo heredero de la Corona,

solo desea llegar a ese mismo entendimiento que vos procuráis.

- Nadie lo pone en duda. - Sin embargo,

hace semanas que intentamos negociar con las Cortes sin llegar a acuerdo.

¿Acaso Aragón desea romper su unidad con Castilla?

No lo permita Dios.

Hablemos claro, eminencia.

Sin vuestra ayuda, nada lograremos.

Me suponéis más poder del que tengo.

De vuestro poder deseo hablaros.

Convenced a las Cortes de que nos otorguen su respaldo

y os aseguro que nada cambiará para vos.

No solo miro por mis intereses, sino también por el futuro de la Corona.

¿Qué os preocupa?

Vuestra sucesión.

Si cuando vos fallezcáis no habéis tenido un heredero,

vuestro hermano Fernando habrá de ocupar el trono de Aragón.

Me parece justo. Tenéis mi palabra.

Pues, en ese caso, podéis contar con mi apoyo y con mi fidelidad.

Nos veremos en las Cortes, eminencia.

¿Malas noticias?

Doña Germana me ha dado una hija.

¡Ha llegado carta del rey!

Nos reclama reclama en la corte. Dejadme a mi hija.

Tenedlo todo preparado para partir mañana.

- Isabel. - (EL BEBÉ LLORA)

Muy pronto, vas a conocer a tu padre.

Golpes en la puerta

Puerta

¿Qué es eso que no puede esperar a que un buen cristiano almuerce?

Se trata de Grijalva, señor. Ha arribado a un puerto en el sur.

¿Estáis seguro de lo que decís?

Tan seguro como de que os tengo ante mí.

Escuchadme bien. Esta noticia no puede llegar a oídos del gobernador.

No hasta que yo lo ordene.

Pero decidle que mi esposa lo invita a cenar en mi casa esta misma noche.

Si no actuamos con astucia, podemos dar por perdida nuestra expedición.

Confío en vos.

Estáis muy hermosa.

Calmaos. El gobernador no debe sospechar nada.

Perdonadme. Estoy asustada.

Os necesito serena y despierta.

Si hacéis lo que os he explicado, todo irá a nuestro favor.

Y no olvidéis una cosa: esta noche, nos jugamos la hacienda.

(CORTÉS) Os agradezco que aceptarais nuestra invitación.

No podría haberla rechazado, viniendo de vuestra encantadora esposa.

Y vos me honráis al visitar mi casa. Mi esposa tiene razón.

Nuestras diferencias no deben ser obstáculo para compartir una cena.

Sentaos.

Este vino ha llegado de Extremadura, mi tierra. Espero que os guste.

Cristales

Perdonadme. ¡Qué torpeza!

¡Ay!

Si me disculpáis... Iré a curar la herida.

¡No! Permitidme.

Vos y yo tenemos que llegar a un entendimiento.

Nuestros intereses son parejos.

Ello lo hace más difícil todavía.

Y más aún, si insistís en poner en duda mi autoridad.

Es difícil no soñar con empresas fabulosas viviendo en esta isla.

Ruego achaquéis mis faltas más al entusiasmo que a la rebeldía.

¡No! Es suficiente.

Lo vais a necesitar para pasar el asado.

Espero que os plazca. Ha sido cocinado para vos.

Puerta

¿Qué sucede?

Uno de mis caballos se ha escapado de los establos partiéndose una pata.

¿Y vais a dejarlo así toda la noche?

¿No pretenderéis que desaire así a nuestro invitado?

El animal tiene que ser sacrificado. No es decente dejarlo sufrir.

- ¿No estáis de acuerdo, señor? - Por supuesto. Id.

Id y acabad con su sufrimiento.

Si así lo ordenáis... Volveré a la mayor brevedad.

Y vos, esposa mía, atended al gobernador como se merece.

No temáis. No le faltará de nada.

El proveedor de carne aprovisionará nuestros barcos, como pedisteis.

Que cargue toda la que tenga.

Es necesario tener satisfecha a la tripulación.

El almacén está en un lugar muy conveniente, cerca del puerto.

No seáis parco en el pago. Por las molestias.

Antes de que despunte el sol, los hombres deben estar en el puerto,

listos para embarcar.

- Yo iré en el último barco. - Hay una cosa más.

Se trata de Velázquez.

Trasmitidle a vuestro señor nuestro agradecimiento y del sumo pontífice

por apoyar este tratado tan beneficioso para la Cristiandad.

- Así lo haré. - ¿Partís hoy?

Sí. He de regresar a Aragón,

donde haré un relato preciso de lo acaecido aquí.

He sabido que mi señor ya ha sido jurado rey de Aragón.

Esto facilitará su elección para suceder a su abuelo el emperador.

Aunque tengo entendido que preferís a Francisco en el trono imperial.

Veo que estáis bien informado.

En política, es preciso tener mil ojos y oídos. Amén de buen juicio.

Por ello, me sorprende vuestro error.

¿Y cuál es, señor mío?

Nosotros estaríamos dispuestos a pagar mejor.

¿Y si yo os dijera que no he pedido recompensa alguna por mi apoyo?

Pensaría que habéis perdido una excelente oportunidad.

Y no os tengo por hombre que las deje pasar.

La compensación que espero no cabe en bolsa alguna.

No desdeñaría el oro, pero...

¿podéis garantizarme el papado?

Mi señor acudirá a Roma para recibir vuestra bendición. Os lo garantizo.

En ese caso, contad vos con la mía.

Ronquidos

Puerta y pasos

(JUAN DE VELÁZQUEZ) ¿Señor?

¡Señor! ¡Señor, despertad!

- ¡Señor! - ¿Qué sucede?

- Se trata de Grijalva. - ¿Grijalva?

Sí, señor. Ha llegado a Santiago. Y traigo otro mensaje.

Don Hernán Cortés se despide de vos hasta su regreso.

(RESPIRA AGITADAMENTE)

¡Deprisa! ¡Avisad a la guardia!

¿Qué esperáis?

Disculpadme, pero no me es posible.

Debo apresurarme a alcanzar los barcos de Cortés.

Pues yo mismo he de hacerme cargo de uno.

(RESPIRA FURIOSO)

(DA UN RESPINGO DE RABIA)

Alteza.

Os presento a vuestra hija.

La he llamado Isabel.

Si a vos os parece bien.

Por supuesto.

Lamenté que no pudierais estar en su bautizo.

Os ruego que me disculpéis. Me fue imposible.

Os he pedido que vinierais porque tengo algo que anunciaros.

Vuestra boda.

¿Me casáis?

Con un caballero de las más altas cualidades y virtudes.

De grandes propiedades y títulos.

No podría ser de otra manera para ser digno de vos.

Se trata del marqués de Brandeburgo.

Hermano de uno de los príncipes electores.

(GERMANA) Muy conveniente.

No solo para mí.

Sois digno nieto de vuestro abuelo Fernando.

Imagino que esto es todo, alteza.

Permitidme, pues, que me retire.

He de prepararme para mi boda.

(PAPA) Me satisface mucho saber que tenemos el apoyo de vuestro señor,

el rey, para este acuerdo de paz.

(CHIÈVRES) No tiene otro empeño que la defensa de la fe, santidad.

Y mejor servirá a la Iglesia cuando sea emperador.

Ya veo.

¿Para eso habéis venido hasta aquí? ¿Para allanarle el camino?

Solo deseo recordaros que Carlos es digno nieto de los Reyes Católicos,

que siempre fueron fieles aliados de la Iglesia de Roma.

Además de rey de Nápoles, hijo mío. ¿Lo habéis olvidado?

Por lo tanto, vecino de la Santa Sede.

Y, ahora, también pretende ser emperador.

Demasiado poder para un solo hombre.

Nada habéis de temer si ese hombre está a vuestro servicio.

Todos los candidatos serán príncipes cristianos. No lo olvidéis.

De todos podré esperar lealtad.

¿Acaso la lealtad se cuenta entre las virtudes del rey de Francia?

¿Pensáis que Francisco me parece mejor opción?

Cuando llegue el momento, tendré que elegir entre dos males.

Ya conoceréis entonces cuál es mi decisión.

- Debo hablaros. - Ya conozco la buena nueva.

Las Cortes se doblegaron ante vos. Es el momento de volver a Flandes.

¡No! Vos no regresaréis.

Partiréis hacia Portugal para desposar al rey Manuel.

¿Manuel?

- ¡Pero si es un anciano! - Pensad en el interés del reino.

- ¡Vos me prometisteis...! - ¡Somos hijos de reyes!

Estamos destinados a perpetuar nuestra estirpe.

Si ello conlleva sacrificios, los aceptamos sin vacilación alguna.

¿No os bastaba con lo que le habéis hecho a Fernando y Catalina?

¿También tenéis que traicionarme a mí? ¡Pero no iré a Portugal!

- ¿Me escucháis? ¡No iré! - ¡Basta!

Iréis y os casaréis, porque os lo ordena el rey.

¡Os odio! No tenéis corazón.

Hija...

Bien sabéis que hubiera preferido acompañaros al altar.

Al aceptar la propuesta de Carlos, pienso en lo mejor para Portugal.

Todos dicen que vuestra prometida es hermosa e inteligente.

Será buena esposa y buena reina.

No debéis apenaros por mí, padre.

Si sois feliz, yo lo soy.

Encontraremos un buen esposo para vos, Isabel.

No, padre.

Yo solo me casaré con Carlos.

Esperaré cuanto sea necesario.

O César o nada.

(GATTINARA) Habéis hecho lo correcto, alteza.

El señor de Chièvres aguarda.

Únicamente os recibo para deciros que ya no estáis a mi servicio.

Partiréis hacia Flandes hoy mismo.

Alteza, ¿no vais a darme la oportunidad de defenderme?

He sido demasiado paciente con vos. No voy a permitir más desacatos.

No dejé la corte por desobediencia, sino para rendiros un servicio.

Vuestra insolencia es intolerable.

El canciller de Inglaterra tenía un plan contra vos

que he conseguido desbaratar.

Wolsey había sellado un pacto secreto con el rey de Francia

que le garantizaba el trono imperial. Pero he conseguido romperlo.

Inglaterra apoyará vuestra candidatura, mi señor.

- ¿Cómo habéis logrado tal cosa? - Proponiendo un trato más ventajoso.

Y él ha aceptado gustosamente.

Habéis ido a verlo como quien va al mercado.

No se obtiene lo que se anhela sin mancharse las manos, alteza.

Si esta maniobra os repugna, os sugiero

que contéis siempre a vuestro lado con un hombre que carezca remilgos.

Señor de Chièvres, permaneceréis en mi consejo.

Pero no os daré otra oportunidad de contrariarme.

Recordadlo.

Música religiosa

Música religiosa

¿Qué ocurre?

Alteza...

El emperador ha muerto.

¿Os encontráis bien, alteza?

Sí... Sí.

Es solo que...

la tarea que veo por delante me parece colosal.

Seríais un incauto si pensarais otra cosa.

Pero ese es vuestro destino:

ser tan grande como Carlomagno.

Lograr unir a todos los reinos cristianos bajo un solo gobierno.

Un rey que será, además, el guardián de la fe.

Fiet unum ovile et unus pastor.

Será un rebaño y un pastor.

¿Y si no consigo cumplir con tan alta misión?

No estaréis solo, alteza.

Vuestra tía Margarita y yo mismo estaremos junto a vos. Confiad

y las fronteras de vuestro imperio no tendrán fin.

Yo, Carlos,

rey de las Españas, archiduque de Austria,

conde de Flandes y duque de Borgoña,

todavía con la pérdida de mi abuelo, el emperador,

en la memoria y en el corazón,

declaro mi firme voluntad

de sucederlo en el trono que, por rango y linaje, me pertenece.

Quiera Dios inclinar a los príncipes electores a mi favor.

Pues solo la defensa de la paz y de la fe me guía.

Maximiliano murió sin ser coronado por el papa

por tanto, sin derecho a nombrar un sucesor.

Según la ley del Imperio, os toca elegirlo.

Alteza, vuestro sobrino no va a ser el emperador.

Conseguir el Imperio tiene un precio. El rey necesita ayuda de sus nobles.

- ¿Vais a perseguir a mi esposo? - ¿No estaría en mi derecho?

(LUISA) Los sobornos no bastarán.

No está en mi naturaleza sufrir por un trance que concluirá a mi favor.

No nos llevemos a engaño. Esto es un robo.

Y, si mi tía no consigue el aval, no habrá servido para nada.

¿Yo? ¿Presentarme a emperador?

¡Mataré a esos malditos usureros! ¡Venderé Francia si es preciso!

(SUSPIRA AGITADA)

Me interesa que hagáis llegar a mi tía un mandato inapelable.

He decidido presentar mi candidatura al Imperio.

Os aseguro que no os arrepentiréis.

(SOLLOZA)

No le daremos el dinero que tanto le urge sin recibir nada a cambio.

- ¿Qué reclamaréis esta vez? - Alteza...

Cientos de mercenarios nos rodean.

- ¡Aguilar! - Seréis el próximo emperador.

¡Hasta mi propia familia me da la espalda!

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Carlos, Rey Emperador - Capítulo 3

21 sep 2015

La relación entre Carlos y Germana va a dar un fruto inesperado. El entorno del rey desea aprovechar el embrollo para librarse de la reina viuda, pero Carlos se resiste a cortar la relación y apartarla de la corte. Margarita de Habsburgo, su tía, toma cartas en el asunto. Informada por su sobrino Fernando, que ya se encuentra en Flandes, envía a Carlos a su hombre de confianza con una doble misión: hacer entrar en razón a Carlos y mermar la influencia de Guillermo de Croy, señor de Chièvres, cuya codicia amenaza con despojar al joven rey del trono. El riesgo es verdadero y llega en el peor momento, pues Carlos deberá aspirar a la corona imperial en breve.

No será el único que lo haga: Wolsey, el canciller de Enrique VIII, maniobra con el rey de Francia para convertirlo en emperador, a cambio de su apoyo para ocupar en su día el trono de San Pedro en Roma.

En Cuba, Cortés ve la oportunidad de cumplir su sueño mediante una artimaña: convertir una expedición de rescate en una de exploración y colonización. Para ello empeña toda su fortuna. La llegada de aquel a quien debía rescatar lo obligará a improvisar una solución, pues para él ya no hay marcha atrás.

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  1. César

    y LOS SUBTITULOS?

    20 feb 2019
  2. Cid Campeador

    En España, y también en el resto de Europa, el tratamiento que antaño correspondía y hoy sigue correspondiendo a reyes y emperadores es el de Majestad, no el de Alteza. Recibían y reciben tratamiento de Alteza el príncipe o la princesa de Asturias y los infantes e infantas de España. Por otra parte, también se advierte un error en el tratamiento reservado a los cardenales, que era y sigue siendo el de Eminencia, no el de Reverencia.

    27 ago 2018
  3. Virginia

    Que lamentable que teniendo este material tan increíble tengan este serio problema al no corregirlo, tengo mas de seis meses intentando ver los capítulos y no se puede del tres en adelante, somos tanta gente interesada de muchos lugares en ver la serie y no hagan nada para corregirlo, ojala puedan solucionarlo. México.

    24 mar 2018
  4. JENA

    Porque no se pueden ver los capítulos, escribo desde Chile donde antes se podían ver las series.

    20 sep 2016
  5. Sheila

    Sou do Brasil e infelizmente não consigo ver os capitulos, nem esse nem da Isabel de Castela, lamentável...

    16 may 2016
  6. Ines

    Si Isabel primogénita de los reyes católicos no hubiera muerto Carlos nunca hubiese llegado tan lejos pero gracias a esa muerta España se convirtió en el reina mas poderoso de toda la cristiandad la serie es fantástica y cuenta la historia de los Habsburgo la familia más poderosa de nuestra historia podría salir mas la reina Juana porque su existencia fue mas lamentable de lo que parece pero esta muy bien ojalá hagan mas series de estas podrían hacer una de Juana la loca o de Felipe segundo pero bueno me parece bastante corta la serie comparada con Isabel cuenta mejor su historia

    16 abr 2016
  7. raul antonio abraham

    buenas , porque no se pueden ver los capitulos primeros de carlos, rey emperador ?

    26 mar 2016
  8. Arturo

    Arturo Hola tratando de ver capítulo 3 de Carlos V, desconocemos el problema que tengan, les escribo desde El Paso Texas

    10 mar 2016
  9. rosario

    imposible ver, no carga, solo sale una publicidad

    29 feb 2016
  10. Lorena Landaverde

    por favor arreglen ese problema !! no podemos ver nuestros capitulos consecutivos y en you tube sale desordenado.Saludos desde California

    19 feb 2016