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Transcripción completa

Dejad que el ejército imperial campe al otro lado del río.

Con los puentes destruidos, ¡jamás podrán atravesarlo!

- ¡Jamás! - (TODOS JALEAN)

Ya veremos quién ríe el último al final de esta jornada.

Por el emperador.

- ¡Por el emperador! - (TODOS GRITAN)

¡Replegaos! ¡Replegaos!

- Hacedlo rápido. - No mataré a un enemigo desarmado.

Y menos aún a uno tan valioso como vos.

Llevadlo ante el emperador. Y decidle

que Mühlberg verá esta noche la derrota de los protestantes.

Los imperiales han hecho prisionero a Federico.

Debería denunciar vuestro trato antes de que el príncipe lo haga.

Me presentaré ante mi tío. Callad, insensato. No haréis tal.

Vos de nada tenéis culpa. ¡Sois mi hijo!

Mi destino está ligado al vuestro. ¡Salvo a la hora de sucederos!

Ved a qué encrucijada hemos llegado por no frenar vuestra ambición.

¿Llamáis ambición a defender mis derechos?

¡Los reivindicaré ante el emperador, pero nada obtendréis con la traición!

Ahora, he de sellar la boca a Federico.

Solo se me ocurre un modo.

¿A tanto estáis dispuesto?

Haré lo imposible por salvarnos.

Espero que sepáis corresponderme.

Amanecía. Los españoles cruzaron el río por un vado,

con las espadas entre los dientes y los arcabuces en alto.

Yo los seguí poco después, lanzándome a caballo junto a mi hermano

en persecución del enemigo.

Ese será el momento que inmortalizaré.

Vos sobre vuestro caballo.

¿Solo?

¿No es así como gobernáis el Imperio?

Hermano.

Continuaremos mañana.

Federico de Sajonia ha solicitado audiencia.

Aseguraos de que llega a la corte sano y salvo.

Que nadie diga que no escuché a un condenado antes de ejecutarlo.

(SE QUEJA) ¡Cristales molidos! Es lo que parece haber en mi pie.

Hemos triunfado. Ahora podréis descansar.

Por fin un imperio en paz. Unido.

Y lo hemos logrado de la mano.

Así es.

Por ello, os ruego que pensemos en asegurar el porvenir.

Pues me preocupa más que el presente.

Somos hermanos. A pesar de las tensiones, hemos vivido en armonía.

¿Sabrán hacerlo nuestros hijos?

Quizá los años me hayan vuelto cauto en exceso.

Pero pensad en los estragos que causa la ambición en la juventud

si no se lleva por buen cauce. Maximiliano...

Soñaba con verse duque del Milanesado.

¿Acaso erró haciéndolo,

cuando ni siquiera va a heredar los dominios que gobierna su padre?

No es bueno que un joven con aspiraciones permanezca ocioso.

No lo es.

Pensaré en lo que decís.

Un matrimonio

reforzará la concordia entre nuestras familias.

Maximiliano casará con mi hija María.

¡Maldita gota!

¿Pensáis recibir al de Sajonia de esta guisa?

No os conviene presentaros así ante el enemigo.

Aunque lo hayáis derrotado.

Pospondré la audiencia.

Más tiempo para rumiar su culpa. Permitid que yo hable con él.

Que no corra el rumor de que el emperador está enfermo.

Estáis en lo cierto.

Id y averiguad qué pretende.

¡Cuánta deferencia muestra conmigo el emperador

enviando a su hermano para darme muerte!

Justa sentencia para un traidor.

Dicen que el miedo afloja la lengua de los condenados en el patíbulo.

¿También yo perderé la templanza y gritaré lo que no debería ser oído?

No os he traído aquí para ejecutar vuestra sentencia, sino para hablar.

¡Salid todos!

Vos también.

Podría mataros aquí mismo,

pero no lo haré.

Pues siempre me he conducido con honor.

¿Qué queréis de mí, entonces? Negociar.

Intercederé ante el emperador para que os perdone la vida

a cambio de vuestro silencio.

¿Nada más?

¿Os parece poco?

Si hablo, mi vida no será la única que se pierda.

¿Qué hará el emperador al descubrir que su sobrino conspira contra él

y vos lo estáis encubriendo?

Matadme... Matadme.

Y luego cortad una a una las lenguas que pueden acusaros.

¿Acaso pensáis que soy el único que conoce el cuento?

Yo también soy hombre de honor.

Lograd que se revoque mi sentencia de muerte y os juro

que ni yo ni ninguno de los míos revelará vuestro secreto.

No os aflijáis.

Dios me castiga

por lo mucho que he pecado.

Pero acepto mi destino.

Solo vuestro perdón me falta

para presentarme en paz ante el Altísimo.

Hace tiempo que os lo concedí.

Marchad libre de culpa.

Hijo,

acercaos.

Sobre vos descansa ahora mi legado.

Juradme

que haréis frente al poder del emperador.

Por Francia, jurádmelo.

Lo juro. Perded cuidado.

(SE ESFUERZA)

(RESPIRA CON DIFICULTAD)

(EXPIRA)

Que Francia lo llore tantos días como años duró su glorioso reinado.

El rey ha muerto.

¡Viva el rey!

¡Viva el rey!

¿Que el emperador perdone la vida a quien encabezó el alzamiento?

La ejecución de Federico de Sajonia se interpretaría

como una venganza contra los protestantes

La clemencia... ¡Si no los escarmentáis,

volverán a alzarse contra vos!

¿Por qué mostráis tanto empeño en salvarlo?

¿Qué os dijo para poneros de su parte?

No es en él en quien pienso, sino en terminar esta guerra

de terribles consecuencias para el Imperio!

La rebelión está sofocada. La muerte del príncipe la reavivaría.

He sido magnánimo con quienes se han rendido.

Si lo hago con quien no acata mi autoridad,

¿qué mensaje envío a mis enemigos?

El de la reconciliación. (ALBA RÍE CON IRONÍA)

Pues la lealtad impuesta por la fuerza no existe.

Queréis un imperio en paz y unido bajo una misma cabeza.

¡Es lo único que guía mis pasos! Entonces, ¡atended mis ruegos!

¡Solo si Alemania entera cree en vos lograréis vuestro propósito!

¡Basta!

¡Ya he oído suficiente!

Traed a Federico de Sajonia a mi presencia.

He tolerado vuestra inquina durante años por el bien del Imperio.

Pero habéis agotado mi paciencia.

¡Habéis desafiado mi autoridad!

¡Os habéis alzado en armas contra el Imperio!

Y recibiréis el castigo que merecéis.

Sin embargo, no os convertiré en mártir de vuestra causa.

Perderéis vuestra dignidad electoral.

¡Y todas y cada una de vuestras posesiones del ducado de Sajonia!

Sin ejército ni rentas para armaros, ya no podréis volver a amenazarme.

¿Pretendéis arrebatarme lo que, en justicia, pertenece a mi familia?

¡Es el precio por vuestra traición!

Dad gracias por conservar la vida.

A partir de ahora, mi único anhelo será alcanzar la paz.

En ello pondré todo mi empeño.

¡Marchad!

Majestad,

el rey de Francia ha muerto.

A su alteza, el rey cristianísimo, Enrique.

Grande es mi pena al conocer la muerte de vuestro padre, mi hermano.

Mucho fue lo que batallamos el uno contra el otro.

Pero también grande el respeto que nos profesamos.

Mas olvidemos los errores del pasado.

Al igual que hoy comienza vuestro reinado,

es mi deseo que Francia inicie una nueva era de prosperidad

alentada por la concordia entre nosotros.

Quiera Dios que el poder que ha otorgado al nuevo rey

sane también a Francia de sus heridas.

El rey te toca.

Dios te cura.

No deis pábulo a la memoria en demasía.

Tenéis la oportunidad de gobernar como siempre habéis soñado.

Difícil tarea cuando el enemigo rodea Francia

y con ello marchita nuestro esplendor de antaño.

Aún puede reverdecer.

Sé de la misiva que mi hermano os ha enviado.

Su voluntad de cimentar la paz es sincera.

Aunque ya no sea reina, os ayudaré a lograr vuestro entendimiento.

Agradezco vuestro apoyo.

No hallaréis mejor defensora de los intereses de Francia

que quien goza del afecto del emperador.

Y él, del vuestro.

Por eso, no me perdonaría reteneros a mi lado

cuando vuestro corazón ansía estar en otro lugar.

Mi sitio está junto a vos.

Siempre os he tratado con el cariño de una madre.

Y no os abandonaré cuando más necesitáis mi consejo.

No dudo de vuestra estima hacia mí.

Pero sí de vuestra lealtad al rey de Francia.

Por eso debemos despedirnos.

Hermana, ¡cuánto he anhelado nuestro reencuentro!

Por fin estáis aquí.

Perdonadme.

Os he fallado. A vos y al Imperio.

Levantaos, ¡por Dios!

Si alguien erró, fui yo, confiándoos al rey de Francia.

Bien caro os ha costado ser mi hermana.

Albergaba la esperanza de influir sobre Enrique.

Debéis cuidaros, pues seguirá el camino marcado por su padre.

Así lo juró en su lecho de muerte.

Vuestras palabras confirman lo que ya sospechaba.

¿Creéis que romperá la paz que firmasteis?

Espero que sea más sensato que su padre.

Aunque lo que haya de ser será.

Mas vos ya habéis cumplido.

Ahora os toca vivir en paz.

Quedaos, entonces, conmigo. Y recuperemos el tiempo perdido.

¿Casarme con mi prima?

¿Esta es la merced que mi tío está dispuesto a concederme?

¿Acaso no veis cuán afortunado habéis sido?

Pensad en las ventajas de ese matrimonio. Os acerca al emperador.

Tal vez sea el preludio de otros favores.

Mientras no tengan el sello imperial y la firma de vuestro hermano...

¡Parecido aspecto tienen las sentencias a muerte!

¿En tan poco estimáis el riesgo que corro por vos?

Si no me obedecéis, no contéis más con mi amparo.

Partiréis hacia España.

Es deseo de su majestad que os reunáis allí con vuestra esposa.

Doy gracias a Dios por veros erguido de nuevo.

La vuelta de Leonor y vuestra compañía

han sido mejor que cualquier remedio.

Si vuestra mejoría progresa, podréis acudir a la boda de vuestra hija.

No será posible.

¿Iréis a su encuentro cuando venga con su marido?

Maximiliano no regresará.

Pues he decidido concederle la regencia de las Españas.

(TITUBEA) Vuestro sobrino agradecerá el gesto.

¿Mas no se disgustará vuestro hijo al verse destituido?

Felipe y Maximiliano son todavía muy jóvenes.

No temáis. Lo que tengo pensado contentará a todos.

Me permitirá teneros más cerca para gozar de vuestro consejo.

Así que es cierto.

Habéis tomado los hábitos de la Compañía de Jesús.

Libre de ataduras terrenales, atendí una llamada que siempre sentí dentro.

Emprendéis un arduo viaje.

Quiera Dios que no os crucéis con hombres tan desalmados

como los que yo he encontrado.

Supe de vuestra renuncia al obispado de Chiapas.

Allí ya no es posible defender unos derechos

que todos ignoran y desprecian.

Lo hacen con el beneplácito de su majestad.

O esos tiranos que quieren ser reyes burlan su autoridad.

Habéis vuelto en busca de respuestas.

Y solo el emperador puede dármelas.

Su majestad partió hace tiempo.

Sus obligaciones en el Imperio reclaman su presencia.

No temáis.

Os conseguiré audiencia con su hijo.

Quiera Dios que atienda vuestras demandas.

Por el bien de todos, espero que lo haga.

El domingo de Pascua, los hermanos dominicos celebramos la última misa

antes de partir de Chiapas,

donde los encomenderos hasta el trigo para alimentarnos nos negaban.

No justificaré el maltrato,

pero he sabido que los llamasteis

gentes de poco respeto y corazón obstinado en el mal.

Con palabras suaves, no se encamina una conducta errada, majestad.

Tampoco otras más duras convencen.

Majestad, no hay obediencia en esas tierras a las leyes de la Corona.

Y solo vos podéis imponerla.

En nada nos beneficia que se alcen contra nos nuestros vasallos.

La Corona restauró las encomiendas mirando por la paz y el equilibrio.

Y de vos, fray Bartolomé,

esperamos que, además de velar por la justicia,

- lo hagáis también por la paz. - ¿Paz? ¿Qué paz?

Deberíais ver con vuestros propios ojos los desmanes

y atrocidades que allí se cometen.

Tal es la crueldad de los españoles que, para huir de ella,

maridos y mujeres se ahorcan y con ellos, también a sus hijos.

- Disculpad su vehemencia, majestad. - Hay que frenar esa violencia.

Si no, acabará cayendo sobre aquellos que promulgamos la fe.

¿En qué os basáis para hacer tal vaticinio?

Antes de partir, el obispo de Nicaragua me confió

que había recibido amenazas.

- Teme por su vida. - Si algo le llegara a suceder,

los agresores responderían ante la Corona. Podéis estar seguro.

¿Y no merecen el mismo amparo los indios,

que también son vuestros vasallos?

Cuanto habéis referido será puesto en conocimiento de su majestad.

- Podéis estar seguro. - Aguardaré.

Pero mi voz no cesará de denunciar los desmanes a estas pobres almas.

La Corona teme más el poder de los encomenderos que el juicio de Dios.

El emperador promulgó unas leyes y yo lo obligaré a cumplirlas.

Hay algo que debí haberos dicho.

Un texto que rebate uno a uno vuestros argumentos

espera la licencia del Consejo de Indias para ser impreso.

¿Un texto? ¿Quién es el autor?

Un sacerdote. Juan Ginés de Sepúlveda, cronista del rey.

Cronista del rey... ¿Lo habéis leído?

Sé que defiende las encomiendas.

Y sostiene que la guerra contra los indios es justa,

puesto que se trata de bárbaros y caníbales.

¿Tiene el emperador conocimiento de esto?

Creo que la Corona no desea restaurar las Leyes Nuevas

y pretende justificar la suspensión con argumentos de derecho.

Eso solo hará que redoble mis esfuerzos.

Sed bienvenido.

Anhelábamos vuestra llegada, primo.

Largo se ha hecho el camino para conocer a la que ha de ser mi esposa.

Permitid que os la presente.

La infanta María.

He sabido que sois un gran amante de la orfebrería.

Espero que este presente resulte de vuestro agrado.

Os lo agradezco.

Por mi parte, espero que os satisfaga ser reina de Bohemia,

pues mi padre nos ha concedido el título.

El emperador os entrega su tesoro más valioso.

Corresponded a tan grande honor, cuidándolo como merece.

No veréis en Austria cielos como estos.

Pero tenemos montañas desde las que el cielo se alcanza con la mano.

Disfrutemos este momento de calma.

El día de hoy será largo. Y los festejos de los siguientes.

No quisiera que mis bodas se prolongaran en demasía.

Deseo asumir la regencia lo antes posible.

No hay prisa.

Permitid que discrepe. Cuanto antes conozca los negocios del reino,

- mejor para la Corona. - Sosegaos.

No deberéis tomar decisión alguna. El consejo se encargará de todo.

Y, si es necesario, pedirá instrucciones a su majestad.

¿Acaso no habéis gobernado vos siendo regente?

Por supuesto. Os sugiero que confiéis en monseñor Granvela.

Yo partiré enseguida hacia los Países Bajos.

He de conocer esas tierras antes de gobernarlas.

¿Vais a ocupar el lugar de nuestra tía?

Así lo ha dispuesto mi padre. Sí.

De modo que, mientras vos os preparáis para gobernar,

¡yo nada tengo que hacer en España!

Cada uno presta su servicio en su momento y en su lugar.

Haceos a la idea.

(CELEBRA EL MATRIMONIO EN LATÍN)

(TODOS) Amén.

(RÍE Y RESPIRA AGITADA)

Deseaba que terminara el día para veros a solas.

Estabais tan hermosa...

- (SOPLA) - (SUSPIRA)

Pronto partiréis.

Y mis jornadas quedarán vacías.

Ni vos ni yo sabemos cuándo volveremos a vernos.

No estaremos tan lejos el uno del otro.

¿Acaso no me lleváis en el corazón?

Vos sabéis que sí.

Pero nunca he soñado un imposible.

- Y, algún día, os volveréis a casar. - Quiero que me acompañéis.

(SUSPIRA)

No sabéis lo que decís.

Estaréis conmigo pase lo que pase.

Sea cual sea el rumbo que tome mi existencia.

Os amo.

Os amo.

¿Qué sucede, esposo mío?

¿Es que no soy de vuestro gusto?

He sido burlado.

¿Qué decís? ¿Por qué?

La regencia solo tiene un fin.

Alejarme de donde se decide todo.

Así lo ha planeado su majestad.

Veis intrigas donde no las hay.

Debéis aprovechar esta oportunidad para ganaros su confianza.

Es vuestro padre y lo idolatráis. No espero que...

La devoción y el respeto que siento hacia él

nunca me cegarían tanto.

No quisiera pasar mi noche de bodas

hablando de mi padre.

(MAXIMILIANO) Padre, amarga sorpresa aguardaba en España.

Vuestro empeño por ganarme el favor del emperador

solo me ha traído una nueva humillación.

Su majestad se burla de mis aspiraciones.

¿Así esperabais contentar a todos?

Fernando ha recibido las quejas de Maximiliano

y yo, las de nuestro hermano, que no comprende que ninguneéis a su hijo.

¿Por qué le dais la regencia si no tenéis intención de que gobierne?

Sé lo que hago. Os lo aseguro.

¿Debo adivinar vuestros propósitos?

Me pedís consejo, pero no compartís vuestros pensamientos conmigo.

Felipe se reunirá conmigo pronto.

Entonces, trataremos los asuntos que os preocupan.

Cuanto más tardéis, mayor el recelo. ¡Basta ya!

Todo será aclarado y no quedará duda alguna.

Sed paciente y confiad en mí.

Cuando salgáis de Génova, os dirigiréis a Trento.

Esta será vuestra última etapa antes de partir hacia Múnich.

Repasaremos todo esto más tarde.

- El viaje a Flandes va a ser largo. - Mi padre desea que se me conozca.

Y que yo tome la medida a aquellos con quienes habré de tratar.

Vais a presentaros a media Europa.

No os conviene mostrar vuestras debilidades.

No debo acompañaros.

- ¿Qué pensarán al verme junto a vos? - Poco me importa.

Yo os lo diré.

He ahí la puta del rey.

Arrancaré la lengua a quien diga tal vileza.

Os amo tanto...

como vos a mí.

Pero mi lugar no está a vuestro lado.

Y lo sabéis.

Solo espero que volváis a mis brazos cuando os sea posible.

Siempre.

Siempre os llevaré en mi corazón. Siempre.

Sorprenden tantos honores. Diría que esperamos al emperador en persona.

Nuestro sobrino nos visita por vez primera.

Nunca antes había abandonado España.

¿Se ha recibido en Venecia o Bolonia con arcos de triunfo como al césar?

Fernando, no aticéis vuestros agravios y recibámoslo con gentileza.

Pronto vuestras dudas serán despejadas.

¡Mis queridas tías!

Fernando.

¿Y mi padre?

¿No está para recibirme?

No esperaba encontraros en tal estado.

Mis dolencias son más tenaces que mis enemigos.

Pero también las venceré.

¿Acaso no derroté a los protestantes a pesar de que vos me negarais

los caudales que os pedí?

Y no me arrepiento, padre.

Vos esperáis que me convierta en un buen soberano.

Entenderéis, por tanto, que no me guíen mis afectos,

sino el interés de mis reinos.

La respuesta es correcta.

Lo admito.

Me alegra teneros junto a mí.

Debéis saber que la victoria sobre los príncipes

no ha resuelto nuestros problemas.

¿Habéis visto ya a vuestro tío Fernando?

Está aquí para tratar del futuro de nuestra familia.

Antes de abordarlo, es necesario que vos y yo estemos de acuerdo.

Nada importa más

que asegurar la continuidad de los Habsburgo al frente del Imperio.

Pero los tiempos cambian con celeridad.

Necesitamos miradas nuevas para conservarlo en nuestras manos.

Como sabéis,

deseo adiestrar a mi hijo Felipe en la gobernanza de tierras dispares.

Por ello acudo a vos.

¿Cómo puedo ayudaros?

Renunciando de buen grado, pues he decidido nombrarlo Rey de Romanos.

(MARÍA) Hermano, cometéis dos errores.

El primero, depositar en tan jóvenes hombros una carga tan excesiva.

¿Acaso no me consideráis capaz? Felipe.

El segundo y más grave aún,

enseñar a vuestro sucesor que nada valen la lealtad y el sacrificio.

Pues solo cuenta vuestra voluntad.

Me entristece que lo interpretéis de esta guisa.

Jamás soberano alguno ha reunido dominios tan extensos y diversos.

Solo si a mi muerte descansan sobre una única cabeza,

quedará garantizada su unidad.

¿Por ello es preciso humillarme, arrebatándome el título en vida?

Mi momento ha llegado. Os ruego que me cedáis el paso.

Ahora lo veo.

Todo estaba acordado de antemano. María está en lo cierto.

Amarga lección le habéis enseñado a vuestro hijo.

Vos y yo hemos de servir al emperador con idéntica voluntad.

Solo espero teneros a mi lado, aconsejándome en todo momento.

Ofendéis a Maximiliano alejándolo de mí para convertirlo en un títere.

¿Y pretendéis que sea el mentor de vuestro hijo?

¡Todos hemos hecho sacrificios!

De vos y de Maximiliano reclamo sensatez y paciencia.

Dios, que está sobre todos nosotros, juzgará vuestros actos.

Ante Él habréis de responder.

¡Fernando, esperad! Os lo ruego.

¿Vos sabíais algo de esto?

No.

Os pido que no os marchéis.

Ayudadme a hacer entrar en razón a Carlos.

¿Acaso no habéis escuchado? Todo está decidido, acordado e impuesto.

¡No ha pensado su majestad en las consecuencias!

¿Qué queréis decir?

No compliquéis más las cosas.

Por favor.

Rogad a Dios por que no haya de arrepentirse.

Nada habéis de temer.

Pronto comprobaréis que cada pincelada ha hecho el cuadro.

Os lo aseguro.

Vos, que tanto veláis por el porvenir,

imaginad que hoy os llamara el Señor a su lado.

No lo quiera Dios.

¿Es este el legado que os gustaría dejar?

Una familia abocada a la ruptura.

Mi misión en este mundo es una. No puedo pensar en hermanos o...

¡Es lo primero que deberíais pensar! ¡Ojalá pudiera!

Siento que mis fuerzas merman de día en día.

Y, por cuanto todos somos mortales, ¡debo dejar mis asuntos

atados y bien atados! Nadie lo duda,

majestad.

Pero no quiera Dios que, por vuestra terquedad,

acabemos los Habsburgo en armas unos contra otros.

Mi muy amado hijo,

el emperador os ha puesto a prueba al encomendaros la regencia.

(SE QUEJA)

No penséis que vuestra presencia en las Españas es inútil.

Os brinda la ocasión de mostrar a vuestro tío y a todos cuánto valéis.

No pocos han protestado por ello...

Os suplico que no os dejéis llevar por ansias y pasiones.

Sed paciente. Que la templanza sea vuestra consejera.

Consagraos a la regencia y alejaos de los enemigos del Imperio.

Os aseguro que vuestros servicios serán correspondidos.

(PROTESTA) Dicen que estos frutos de las Indias calman la gota,

pero a duras penas son comestibles.

Hay un asunto que dejé pendiente en España.

Decid.

De las Casas ha vuelto de las Indias exigiendo

que se erradiquen las encomiendas y la esclavitud de los indios.

Y, gracias a sus influencias en el Consejo de Indias,

ha detenido la publicación del libro de Sepúlveda.

¿Vos creéis en lo que predica?

Si hacemos que esas leyes se apliquen,

los colonos y autoridades indianas se levantarán contra la Corona.

Ya sucedió en Perú.

(SUSPIRA) Esas palabras han conmovido a muchos.

Incluida mi conciencia.

Él, por el contrario, nos ataca sin remordimiento alguno.

En uno de sus últimos escritos, cuestiona la legitimidad

de nuestros derechos de conquista. ¿Cómo?

Ha puesto en duda la validez de la bula del papa Alejandro.

¿Qué pretende? ¿Hacer pasar por ilegítima la conquista?

¡Ha ido demasiado lejos!

Callarlo por la fuerza dejaría en evidencia a la Corona.

No. Ese no es el modo.

Lo dejaremos en manos de los sabios. Convocaré un tribunal de teólogos.

Que escuchen a De las Casas y a Sepúlveda y decidan cuál lleva razón.

Así se hará.

Majestad, habéis mandado llamarme.

Así es.

Mantenedme al corriente de todo.

Os agradezco que hayáis dispuesto el viaje de Felipe

a las provincias meridionales.

Habrá de encontrarse con sus notables si va a gobernar los Países Bajos.

(SE ESFUERZA)

Vuestras palabras me siguen atormentando.

No por severas, sino por ciertas.

Lo he meditado y creo que fui injusto con nuestro hermano.

Salvaguardar la unidad del Imperio me obsesiona.

Tal vez por ello me he excedido.

¿Vais a negociar otra solución?

De buen grado.

He convocado a Maximiliano, pero temo que Fernando no atienda mi petición.

Dejad que yo intente convencerlo.

¿Estáis segura?

No quisiera rencillas entre él y vos.

Sé cómo hablarle.

Permitidme intentarlo.

Os doy mi bendición.

Y ruego a Dios que os escuche.

No. No iré al encuentro de su majestad.

Carlos está arrepentido. No os obstinéis en perpetuar la ofensa.

Ni vos en que la olvide. Si vuestro propio hijo ha aceptado

acudir a la convocatoria con el emperador.

¿Se ha dirigido a él antes que a mí?

¿Qué pretende? Vuestra reconciliación.

¿Qué otra cosa podría ser?

Hermano, hemos luchado durante años contra los franceses, los turcos,

contra el mismo papa.

Pero temo que los desencuentros sean el peor enemigo de los Habsburgo.

María, yo no he provocado esto.

Sé de todas vuestras renuncias.

Pero os pido un último sacrificio.

Impedid que nuestra familia se quiebre.

Ya tengo esbozada mi argumentación.

He consultado textos de Santo Tomás y otros sobre derecho natural.

Leo sin descanso.

Estos son los teólogos que formarán el jurado.

Como veréis, casi todos simpatizan con las tesis de Sepúlveda.

Entonces, el veredicto ya está decidido de antemano.

No... No tendría por qué ser así.

Pero vos cuestionáis la legitimidad de la conquista.

Y la Corona se defiende.

No sé. Carece de sentido que exponga mi causa ante semejante tribunal.

No habléis así.

No os desaniméis.

Quizá en vida de mi señora, la reina, os hubiera ayudado de algún modo.

No nos lamentemos de lo que no puede ser.

Os agradezco que me hayáis evitado un esfuerzo inútil.

Os agradezco que hayáis acudido a mi llamada.

Debo pediros perdón.

No fui justo con vos, cuando os pedí que renunciaseis en favor de mi hijo.

Quiero enmendar mi error.

Seguiréis siendo Rey de Romanos.

Pero es mi deseo formalizar vuestra sucesión.

Como acordamos en su día, a vuestra muerte, Felipe heredará el Imperio.

Vuestro hijo no quedará desamparado.

Sus anhelos se verán satisfechos. No veo cómo.

Si todo será para vuestro hijo: España, los Países Bajos, el Imperio.

Maximiliano sucederá a Felipe.

Las dos ramas de la familia se alternarán en la Corona Imperial.

Ninguna saldrá perjudicada. ¿Qué burla es esta?

Felipe y yo contamos la misma edad. ¿Cuánto calculáis que le sobreviviré?

Solo Dios sabe cuánto tiempo nos concede.

¡Acepto!

Por el bien de nuestro linaje y por la unidad de nuestros dominios.

Rubriquemos, entonces, el acuerdo.

Pero juradme que lo mantendréis en secreto hasta el momento oportuno.

¿Os vais?

¡Todo está decidido! Ya nada me retiene aquí.

¿Regresáis a España?

No, señor mío.

Pues tampoco allí se me necesita.

Como siempre, habéis impuesto vuestra voluntad.

Pero la concordia no se gana con engaños.

¿Tan necio os parezco?

Me hicisteis pensar que podría dejar de ser Rey de Romanos

para imponerme un acuerdo menos humillante.

Y eso no os lo perdono.

Desde hoy, seguid vuestro camino.

Yo seguiré el mío.

¿Dejaréis que marche así?

Se le pasará.

Sabe tan bien como nosotros que la familia está por encima de todo.

¡Las alimañas protegen más a sus crías que vos a vuestro hijo!

No había elección. Era ceder o romper la familia en dos.

¡Habéis labrado mi ruina! ¡Os he salvado de algo mucho peor!

Siempre habéis sido el sacrificado, el postergado.

Se os ensalzará por haberos sometido,

¡pero yo nunca aceptaré herencia tan indigna!

He recibido vuestro recado. ¿Hay nuevas del emperador?

No, pero ha llegado esta carta de las Indias.

El obispo de Nicaragua.

Lo encontraron moribundo en la calle. Cuatro cuchilladas lo mataron.

Dios lo acoja en su seno.

- ¿Se sabe quién fue? - No.

Yo os lo diré.

Esos viles encomenderos que no dudan en derramar sangre,

incluso de sus hermanos, para mantener sus privilegios.

Pues entonces, clamad por esa sangre, ¡por el amor de Dios!

Un tribunal os espera.

¿Todavía renunciáis a que os escuche?

Muy ilustres reverendos señores y padres,

el doctor Sepúlveda defiende

que las guerras de los españoles contra los indios fueron justas

y que estos estaban obligados a someterse a los españoles.

Pero, con ello, defiende la perdición y la desgracia de infinitas gentes.

En esta carta, me informan de la muerte a traición

del obispo de Nicaragua, un hombre justo donde los haya.

El motivo, defender a los naturales de aquellas tierras.

Pues en las Indias no se preserva la vida y la honra haciendo el bien,

sino el mal.

La guerra contra los naturales es inicua

y contraria a la cristiana religión.

Y hoy voy a exponer mis argumentos me cueste lo que me cueste.

En verdad el emperador ha sido misericordioso perdonándome la vida.

Sabed que, en el futuro, el hijo del emperador gobernará el Imperio.

- ¡Un extranjero! - ¿Hemos de acatar tal imposición?

¿Consentiréis a los tercios españoles acampar en nuestras ciudades

- y conducirse como nuestros señores? - Jamás. Ni papistas ni españoles.

Demostremos al césar que no aceptamos su tiranía.

- ¡Alcémonos de nuevo contra él! - De buena gana, pero ¿con qué?

No contamos con las fuerzas de antaño.

Acudamos, entonces, a quien tiene las arcas llenas

y arde en deseos de doblegar a nuestro enemigo.

¡Juntos lo lograremos! ¿Quién está conmigo?

(MAXIMILIANO) ¡Yo!

El emperador está solo.

La mayor parte de su ejército ha regresado a sus hogares.

Y el Rey de Romanos no luchará a su lado.

¡Es ahora o nunca!

Unámonos contra el tirano.

Juro que respetaré vuestra independencia del poder de Roma

si me hacéis vuestro soberano.

¿Qué decís?

Os hacía en vuestra alcoba, descansando.

En vuestro estado, deberíais cuidaros más.

Afán inútil, cuando vos me provocáis tanta desazón con vuestra tardanza.

¿Acaso no he de atender a las obligaciones de mi rango?

Me rehuís por un delito contra vos que yo no he cometido.

¿Por qué sois tan injusto?

Dejadme ser vuestro consuelo.

Vuestro dolor es mi dolor.

Jurádmelo.

Aseguradme que si me enfrentara al emperador os pondríais de mi lado.

¿Acaso habéis hecho algo que merezca su reprobación?

¡Hablad! Por Dios, Maximiliano.

Perdonad mi torpeza.

Mis palabras son solo fruto de mi devoción por vos.

Temo perderos por culpa de la brecha abierta entre vuestro padre y yo.

No podría soportarlo. Nada más.

¿Qué puede ofrecerme quien nada tiene?

Comprobadlo. ¿Qué perdéis por escuchar?

Alteza, la pena por la muerte de vuestro padre

es solo comparable a la dicha por veros en el trono.

Espero estar a la altura de su legado. Fue un gran rey.

Y un gran amigo de los príncipes alemanes.

Y así será siempre, aunque él no esté ya.

Pues vos y yo compartimos el dudoso honor

de haber sido prisioneros del emperador.

Entonces, ayudadnos a liberarnos de su yugo

y también compartiremos el honor y la gloria de su derrota.

Algo más habrá de obtener Francia, si queréis que financie esta lucha.

Metz y Verdún, donde antaño ondeó el pendón francés

y ahora pertenecen al Imperio,

serían merecida recompensa.

Muy alto precio para nuestra victoria,

pero justo, para quien no solo arriesga caudales en la contienda,

sino también hombres.

¿Estandartes del rey cristianísimo unidos a los de los protestantes?

Nuestros ejércitos están diezmados. Solos no venceremos a los imperiales.

Ni aun con Maximiliano, el hijo del Rey de Romanos, a nuestro lado.

Aunque persiga acabar con el emperador,

no arriesgaré el poder de la Cristiandad por los herejes.

¿Y por defender la libertad del pueblo alemán?

Sed prudente.

La alianza con el infiel ya trajo complicaciones en el pasado.

Siempre fui contrario a sus intrigas.

¿Pero cómo negarme ahora que puedo lograr lo que tanto ansío?

Nada os asegura el éxito. Nada.

No arriesguéis vuestras buenas relaciones con Roma por una quimera.

¡Asentaos en el trono! ¡Ganad el respeto de vuestro pueblo!

Los problemas del Imperio ocuparán al emperador. Nada habréis de temer.

Tan solo el juicio de la historia, condestable.

Pues jamás me perdonará haber desperdiciado ocasión tan propicia

para acabar con el mayor enemigo de Francia.

Mi padre inauguró su reinado con una victoria

que le granjeó el respeto de toda Europa.

Igual he de hacer yo.

Decid a Federico que Francia acudirá en defensa de sus aliados.

Id en paz.

Os ruego me disculpéis.

Estos hermanos parten hacia Chiapas y buscaban mi bendición.

Yo mismo les he instruido para que continúen mi labor en esas tierras.

Sabed que el tribunal ha solicitado que vuestros tres días de exposición

sean resumidos para su estudio.

De modo que su veredicto se demorará más de lo esperado.

Ya no lo espero.

Me basta con haber dicho lo que creo justo.

- ¿Regresáis entonces a Nueva España? - No.

Por ahora no.

Más puedo hacer por combatir la injusticia cerca de la corte

que allí, a merced de las autoridades indianas.

Que Dios os acompañe en vuestra empresa.

Rezaré por vos.

¿Libertad?

Mühlberg no sirvió como escarmiento. Los protestantes se alzan de nuevo.

Llaman al pueblo a defenderse del extranjero.

¡De mí! ¡De mi hijo!

El manifiesto circula por todo el Imperio.

Quien lo escribió conoce vuestro pacto de sucesión.

Solo mi hermano o mi sobrino han podido revelarlo.

Por enojado que esté conmigo, Fernando siempre me ha sido leal.

Majestad, en el pasado ya fue tentado por el enemigo.

¿Quién os asegura que, esta vez, no ha sucumbido?

Mi corazón.

Sé que no es la garantía que precisa un soberano.

Lo pondré a prueba.

Si sigo contando con su lealtad, combatirá a mi lado.

Cabalgad como alma que lleva el diablo.

La suerte del Imperio depende de que esta carta llegue a su destino.

Majestad, mucho me aflige vuestra situación,

pero la vasija rota ya no puede saciar la sed

y de ello solo vos sois responsable.

Si en algo estimáis mi parecer, negociad con vuestro enemigo.

En eso encontraréis mi ayuda.

Pero, como os advertí, ya no lucharé junto a vos.

He sabido que Maximiliano,

mi sobrino, mi yerno,

se ha unido a los alzados.

El leal nunca encontrará motivo suficiente para la traición.

Quien lleva veneno en la sangre... No confundáis a Fernando con su hijo.

Las palabras de Fernando son fruto del rencor, no de la traición.

Se niega a acudir a mi llamada. Evita enfrentarse a su propio hijo.

Prueba de ello es que se ofrece para mediar con los príncipes.

¿Y qué he de hacer ahora?

¿Dejar viuda a mi hija?

¿Arrebatarle un hijo a mi hermano? Reflexionad, Carlos, reflexionad.

¡Reflexionad primero sobre vuestros actos!

O en vuestro afán por mantener al Imperio unido,

vais a destruir nuestra familia.

Majestad,

Francia ha invadido Lorena.

Poco ha tardado el rey Enrique en seguir los pasos de su padre

aliándose con nuestros enemigos. ¡Hideputa!

¡Leonor tenía razón!

Vana ilusión la de la paz.

Nos atacan por dos flancos, obligándonos a dividir fuerzas.

Necesitamos refuerzos o seremos derrotados.

¿Los príncipes católicos aún no han respondido a mis cartas?

El llamamiento contra el extranjero también ha calado en sus corazones.

Todos me han abandonado.

Pero, si hemos de luchar solos, lo haremos.

¡Lo haremos!

¡Disponedlo todo!

¿Qué vais a hacer con Maximiliano?

Si lo mandáis prender, Fernando no permanecerá impasible.

Unirá sus fuerzas a las de los príncipes por defenderlo.

¿Vais a enfrentaros a vuestro propio hermano

en el campo de batalla?

Al regente de las Españas: hijo mío,

solo y traicionado por los míos, acudo a vos en estos días aciagos,

pues mi único consuelo es saberos lejos del peligro.

El tiempo apremia, el enemigo acecha y no puedo confiar en nadie más.

Mandad refuerzos, por el amor de Dios, o el Imperio se perderá.

¡Reunid a cuanto hombre pueda partir ya en auxilio del emperador!

¡Aprovisionad para una campaña larga!

Bendito oro del Perú, pero no basta. ¿De dónde sacaremos el resto?

Acudid a préstamos de cancillerías, monasterios. ¡De quien quiera ayudar!

Esta vez, España no fallará al emperador.

¡Y menos su regente! Yo mismo iré a combatir junto a él.

- ¡No lo hagáis, alteza! - ¡Es mi padre!

Es el emperador quien celebra saber lejos de peligro a su heredero.

- ¿Y he de quedarme impasible? - ¡Pues prestadle ayuda!

Pero no liguéis vuestra suerte a la suya en una hora tan incierta.

Vos sois el futuro.

¡Empeñad hasta el alma para armar a ese ejército!

La vida del emperador está en juego.

Los príncipes alemanes reclaman que nuestras tropas avancen deprisa.

¿Acaso piensan que el rey de Francia está a sus órdenes?

No, pero temen ser derrotados de nuevo.

El emperador ya no está solo. De España han partido refuerzos.

El sueño de Federico está a punto de convertirse en su pesadilla.

Os lo advertí, alteza.

Si no accedéis a sus pretensiones, incumpliréis vuestro compromiso

y los condenaréis a una derrota segura.

Largo tiempo vi cómo mi padre era humillado por el emperador

a causa de la imprudencia y del exceso de confianza.

No cometeré el mismo error.

¿Qué he de contestar, pues, a los príncipes?

Acudiremos según lo pactado,

pero al ritmo que aconseje la prudencia.

Que el tiempo decida si Francia ha de continuar en la lucha

o no.

¿Qué esperan los franceses para avanzar?

Más parece que quieran asegurar sus posiciones

que comprometerse con nuestra causa.

¡Los españoles han enviado 5.000 hombres en auxilio del emperador!

Si no damos el golpe definitivo antes de que lleguen, nos aplastarán.

No podemos acabar con el ejército imperial.

Pero sí con el hombre por quien lucha.

- ¿Proponéis matar al emperador? - Si no acepta nuestras propuestas.

Atrapémoslo antes de que se una al grueso de sus fuerzas

y la contienda habrá terminado antes de dar comienzo.

¡Es nuestra única oportunidad!

Aún hay una posibilidad.

Dejadnos solos.

Transitáis por una senda muy peligrosa.

Rezo por no tener que llorar vuestra muerte.

¡Uníos a nosotros! Siempre os protegeré,

pero nunca levantaré ni un dedo contra mi hermano.

Con vos de nuestro lado, seremos más fuertes.

Los príncipes alemanes, católicos o protestantes, nos apoyarán.

¡Poneos al frente y la corona será vuestra!

¡No quiero la corona! ¡Quiero que mi hijo viva!

El emperador no tendrá piedad con vos.

¡Me obligáis a hacer una locura! También sobre vos recaerá la culpa.

¿De qué habláis?

¿Qué estáis tramando?

¡Contestad!

Pronto nos reuniremos con nuestro ejército en un lugar seguro, señor.

(ESPOLEA AL CABALLO) ¡Vamos!

Varios jinetes se dirigen a nosotros. ¡Proteged al emperador!

Regresad.

Vais hacia una emboscada.

Los príncipes han cortado el camino a Innsbruck.

No prestéis oídos, mi señor. Pretende llevaros a una celada.

¡Debéis creerme!

Os superan en número. Si seguís, vais hacia una muerte segura.

Enviaré una patrulla de reconocimiento.

Veremos cuánto hay de verdad en sus palabras.

¡No hay tiempo! La patrulla no volverá.

Cuando os deis cuenta, tendréis a Federico encima.

Huid por los pasos alpinos. ¿Por qué habría de confiar en vos?

Me habéis abandonado a mi suerte.

Mi destino y el vuestro ya no van de la mano,

pero no dejaré que os maten. ¡Sois mi hermano, Carlos!

Solo espero que seáis tan generoso con mi hijo

como yo lo he sido con vos salvándoos la vida.

Por favor.

(ALBA ESPOLEA AL CABALLO) ¡Vamos!

(FELIPE) Padre, deseo casarme de nuevo.

Aprended de los errores de vuestro antecesor, alteza.

Amarga liberación para Francia si la arruináis para conseguirla.

En mis manos, sus dominios no conocerían el fracaso.

No sumaré más deshonras a las que ya he sufrido.

Aquí tenéis su espada.

Alteza.

La última vez que la vi era una criatura.

¿Os asusta volver a verla?

¿Cómo osáis presentaros en esta corte?

¿Ese es el futuro que queréis para vuestro hijo?

¡Me mentisteis! Habéis pagado sobradamente

por vuestros errores.

Mis planes eran otros, padre. Vuestros planes son los míos.

Mi padre jamás fue infiel a su esposa y pretendo ser en todo mejor que él.

(GRANVELA) Majestad, el rey de Inglaterra ha fallecido.

Vuestra madre. Tenéis que gobernar Castilla hasta que fallezca.

Es mi voluntad que el rey de Inglaterra

goce de los privilegios y derechos que por su título merece.

Hacedlo.

Disponedlo todo. Partimos.

¡Maldita sea!

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Carlos, Rey Emperador - Capítulo 15

18 ene 2016

La derrota de los protestantes en Mühlberg no termina con el problema. Fernando hace lo imposible por que no salgan a la luz los devaneos de su hijo Maximiliano con los enemigos del Imperio. Pero las decisiones de Carlos no harán sino acrecentar el descontento de esta rama de los Habsburgo, que ve en ellas un continuo desprecio a sus aspiraciones.

Francisco I de Francia muere y con él desaparece el rival que ha marcado la vida de Carlos. Mientras sus grandes adversarios fallecen, el emperador parece obsesionado con dejar atado y bien atado el porvenir, que pasa por que sus dominios permanezcan unidos bajo una misma corona: la que porte su hijo Felipe. Pero ello amenaza con provocar el cisma en la familia.

Bartolomé de las Casas reacciona ante la suspensión de algunos artículos de las “Leyes Nuevas”, debido a la presión de los encomenderos. Amenaza con publicar un relato de la conquista que niega su legitimidad. La Corona decide poner el asunto en manos de un jurado de expertos, convenientemente escogidos para que fallen a favor de sus intereses y contra el criterio del dominico.

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