'Carlos, Rey Emperador', una cuidada producción protagonizada por Álvaro Cervantes y Blanca Suárez que narra la historia de uno de los hombres más poderosos que ha conocido Europa, gobernador de un imperio de proporciones tan extraordinarias como su diversidad.

Los espectadores descubrirán a través del relato de la vida de Carlos de Habsburgo desde su llegada a España, de qué modo el heredero del Imperio Germánico, de Borgoña, de los Países Bajos, del Franco Condado, Artois, Nevers y Rethel, de los territorios de la Corona de Aragón y sus posesiones italianas vinculadas y de los castellanos, norteafricanos y americanos de la Monarquía Católica crece cómo estadista, cómo se fortalece al reaccionar a las amenazas que le rodean con los aciertos y errores de sus consejeros

'Carlos, Rey Emperador' está dirigida por Oriol Ferrer, uno de los directores de 'Isabel', y contará con Salvador García y Jorge Torregrosa como directores capitulares. Su guionista es José Luis Martín, coordinador de guión de la segunda y tercera temporada de la ficción sobre los Reyes Católicos.

Álvaro Cervantes se mete en la piel de Carlos V, un joven cuya fuerza de voluntad, tesón y determinación lo convertirán en el hombre más poderoso de Europa, a pesar de la hostilidad que lo rodea y de la gran talla de sus rivales. A su lado Blanca Suárez como Isabel de Portugal, único amor verdadero del emperador: una mujer culta, hermosa e inteligente que supo gobernar con acierto y criterio propio en ausencia de su esposo.

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No recomendado para menores de 12 años Carlos, Rey Emperador - Capítulo 17 - Ver ahora
Transcripción completa

Mi hermana Leonor desea ir a Portugal a vivir con su hija sus últimos años.

Justo afán.

La Corona de Portugal protege vuestra orden.

Vos habéis tenido ocasión de conocer bien su corte.

¿Se avendrá el rey Juan a cumplir el deseo de Leonor?

Majestad,

la Corona portuguesa entendió como una ofensa muy grave

la ruptura del compromiso de vuestro hijo con la infanta.

Lo sé. Mi hermana también.

Por ello, apela a mi autoridad para mediar en este asunto.

Los reyes quieren a la infanta como a una hija.

Mostrarán resistencia, pero no se opondrán.

Esperemos que así sea.

Leonor se ha ganado ver cumplida esta última aspiración.

¿Cuándo esperamos la visita de mi nieto?

La próxima semana, majestad.

Será mejor que escriba esa carta cuanto antes. (SE ESFUERZA)

Dios permite abdicar de un imperio, pero no de nuestros familiares.

En esta guerra con el rey de Francia, todos lo tienen por ganador.

Oíd:

El rey es pusilánime e inexperto,

pues nunca ha entrado en batalla ni parece capaz de ello.

Su herencia es dispersa y sus estados sumidos en continuos conflictos.

Empujando una de sus piezas, todas las demás se derrumbarán.

Comadreos propios de los embajadores venecianos. Ya os acostumbraréis.

Cuando os enfrentéis a vuestro enemigo en el campo de batalla,

todos habrán de cerrar la boca.

Bien es cierto que esta guerra ha de asentar vuestro reinado.

Lo que hagáis en ella decidirá cómo se os verá en los años venideros.

Mi madre, la emperatriz,

pensaba que un buen rey no ha de ir a la batalla para demostrar grandeza.

Aunque no hubo mejor que ella,

mujer era al fin y al cabo.

Sin duda, ahora he de ir a la batalla y he de salir victorioso.

Pues sé que me juego mi prestigio ante mis enemigos.

Y ante mis amigos.

Majestad.

- ¿Deseabais verme? - Acercaos.

No atacaremos lo que Enrique ha conquistado.

Vamos a invadir la Francia misma.

Por el norte. Por el sur, habría que salvar los Pirineos y, desde Milán,

deberíamos recuperar antes la Saboya para entrar en Francia.

Hemos de elegir bien dónde golpear.

Necesitamos una ciudad lo bastante importante para que su derrota

nos procure el prestigio que necesitamos.

Y que su caída corte el avance francés hacia Flandes,

facilitando el nuestro hacia París.

Por tanto,

solo puede ser Péronne

o San Quintín.

¿Estáis de acuerdo con mi parecer?

Nadie habría calculado mejor la estrategia a seguir.

¿Péronne o San Quintín?

San Quintín obliga a tomar plazas más pequeñas para asegurar la posición,

pero sus defensas son más vulnerables.

- (FELIPE) San Quintín, pues. - ¿Nos apoyará vuestra esposa?

Con ello, tendríamos media guerra ganada.

Señor duque,

el rey de Inglaterra soy yo.

Música solemne

Nobles de Inglaterra,

Dios ha devuelto al hogar al rey, nuestro señor.

Habéis sido tan...

cordial con mis nobles que pensé que jamás quedaríamos a solas.

Para ellos, solo soy

el marido de la reina.

He de ganarme su confianza.

¿Os imagináis

que ese fuera vuestro único cometido?

Ser el marido de la reina.

Esa sería la más hermosa de las tareas.

Pero Dios ha querido cargar mi espalda con penosas obligaciones.

Y de ellas he de tratar con vos.

Démonos unos minutos.

Es asunto de gran importancia.

¿Acaso hay alguno más importante que la sucesión?

Majestad.

Carlos,

mi nieto y heredero.

Por fin, aquí.

Majestad,

¿por qué escogisteis un lugar tan apartado para vivir?

De todas las mercedes que Dios me ha concedido,

esta morada es la que más le agradezco.

En todo seré como vos.

Menos en el final de mis días.

Es obligación de un soberano superar a su antecesor.

Vos seréis mejor que vuestro padre y, así, también mejor que yo.

En verdad, superaré a ambos.

¿Planeáis la campaña contra el francés?

Esa es ahora labor de vuestro padre, el rey.

¿Qué hacéis ahí? ¡Dejadnos a solas!

(APREMIA CON DOS PALMADAS) ¡Vamos!

Dura manera de tratar a quien nada hizo sino servirnos.

Solo como un servidor lo he tratado.

Aceptad este presente.

(CARRASPEA)

Leed a César.

Y aprended que no es lo mismo jugar a una guerra que hacerla.

¡Pero huisteis!

(NIETO) ¡Huisteis de los luteranos!

¡Nunca huiré! ¡Nunca, nunca, nunca!

Yo hubiera vencido o hubiera muerto.

Se ha hecho tarde.

Su alteza ha de regresar.

Pese a todo, mi mayor deseo sigue siendo ser como vos.

¿Sabíais vos del carácter de mi nieto?

Hechos como el que presenciasteis no son nuevos.

Aunque, según dicen, cada vez son menos frecuentes.

¿En qué nos hemos equivocado?

Vuestro nieto ha vivido sin su madre y lejos de su padre.

La vuelta del rey pondrá orden. Mi nieto necesita tenerlo cerca.

Yo también estuve largo tiempo ausente,

pero la emperatriz siempre estuvo junto a nuestros hijos.

Traedme el estuche.

De la campaña alemana, todos recuerdan la victoria de Mühlberg.

Pero allí sufrí una grave derrota que muy pocos conocen.

Si tan grave fue, ¿cómo habéis podido mantenerla en secreto?

Porque solo afecta a mi persona y a mi alma.

¿Deseáis confesión? Dios ya conoce mi pecado.

No acudo a vos como sacerdote, sino como hombre.

Y como amigo.

Pero os ordeno que mantengáis el secreto.

En aquellos días, me dejé arrastrar por una mujer,

de cuyo encuentro me dio un hijo.

No me miréis con esa cara, ¡por Dios!

No soy el primero que peca.

Tampoco sería la primera vez. Sabéis de mi hija Margarita.

Pero fue antes de vuestro matrimonio. ¡Por supuesto!

¡Siempre le fui fiel!

Al menos, en vida.

¿Acaso Dios no tiene nada que perdonaros?

No hay pecado que Dios no pueda perdonar en su infinita misericordia.

Lo hará con los vuestros.

Y espero que también lo haga con los míos.

Quiero conocerlo.

Vive en la aldea de Cuacos con mi mayordomo Quijada y su esposa.

¿Hasta aquí lo habéis traído? Iréis a buscarlo.

Pero guardad vuestra lengua bajo siete candados.

No sabe que soy su padre.

Y quiero conocerlo sin que sepa que está hablando con el emperador.

He comprado dos buenos sabuesos.

No hay mejor perro para la caza que el inglés.

Mi señor,

mis lores se oponen a la guerra contra Francia.

¿Qué los lleva a desasistir a su rey en momento de tanta necesidad?

Alegan acuerdos nupciales que vos mismo firmasteis.

Que Inglaterra no lucharía en las guerras del emperador.

¿El emperador?

Vos y yo somos los dueños de los territorios que Francia ambiciona.

- ¡Es nuestra guerra! - Inglaterra quiere la paz.

¿Acaso yo se la niego? Derrotemos a Francia y la paz se impondrá sola.

Alteza,

entre quien os aconseja alguien desea nuestro reino en manos del francés.

La prudencia puede conducir a error.

- No ha de confundirse con traición. - Decid:

¿y os aconsejan que no reconozcáis como sucesora a vuestra hermana?

- ¡Hermanastra! - Hermanastra.

Esos felones prefieren que os suceda la reina de Escocia.

¡María Estuardo vive en Francia a la espera de desposar al delfín!

Permitid si os place que los reyes de Francia lo sean de Inglaterra.

¿Dais por seguro que no os daré hijos?

¿Dónde están nuestros hijos? ¿Dónde están?

¿Cómo engendrar de un marido ausente?

¡Dios!

¿Qué maldición arrastramos las reinas de Inglaterra?

Sé que tenéis razón.

Sé que nombrar a Isabel mi sucesora alejaría el peligro.

¿Pero cómo olvidar 24 años de sufrimiento?

La Bolena causó vuestra desgracia.

- Ya pagó con su cabeza ese mal. - ¿Y yo he de legitimar

su matrimonio con mi padre nombrando heredera a mi hermanastra?

- Alteza... - No sabéis lo que ha sido mi vida.

La repugnancia que me causa traicionar la memoria de mi madre.

(SUSPIRA)

Estoy de vuestro lado.

Velaré por vos.

Siempre.

Haré lo que sea necesario para conseguiros el apoyo de mis lores.

¡Pero de Isabel...!

De Isabel hablaremos más adelante.

Y quiera Dios

que, antes de la boda de María Estuardo con el delfín francés,

vos y yo engendremos al próximo rey de Inglaterra.

Campanas

¡Jerónimo!

Pues por tal se os conoce.

¿No es cierto? Majestad.

Veo que ya os han dicho quién soy. Nada me dijeron, señor.

¿Entonces?

Todos vivimos en la aldea al servicio de vuestra majestad.

Y a todos he visto alguna vez.

¿Os gustan los relojes?

No los necesito. Voy a ser soldado.

Como todos.

Soldado puede ser cualquiera.

Para comandar un ejército, no basta jugar con una espada de madera.

¿Os gusta leer?

En casa, leemos cosas de santos.

También de ellos se aprende.

Pero leed a César.

Él fue uno de mis maestros del arte de la guerra.

(SE ESFUERZA)

Ahora, marchad.

Pero... ¿por qué me habéis llamado?

Porque me recordáis a mi hijo.

¿Al rey?

Quisiera estar junto a él, venciendo a los franceses.

Paciencia... Hasta donde yo sé,

siempre habrá una guerra que vencer contra Francia.

Estad preparado.

Yo diría que, más pronto que tarde, el emperador deseará volver a veros.

- Pero... me ha despedido. - Bueno.

Hoy, su majestad ha pasado un mal día.

La gota es una enfermedad muy latosa.

¿Qué opináis vos?

Es comprensible que una madre quiera vivir cerca de su hija.

¿Por qué os preocupa?

¿Tanto os pesa la ruptura del compromiso?

Me inquieta Leonor.

No me malinterpretéis.

No pretendo remover el pasado, hallándome al final de mi vida.

Solo deseo que vuestra paz y vuestro sentimiento no se vean perturbados.

Os lo agradezco.

Permitid, pues, que nuestra María se reúna con su madre.

Pues es vuestro deber de buen cristiano.

Solo he de haceros una petición.

Que Leonor no venga a vivir a Portugal.

No puede haber dos reinas en la corte.

Y menos si ambas son hermanas.

Se hará como dispongáis.

Yo misma daré tan grata nueva a la infanta.

Ni siquiera recuerdo a mi madre.

Solo era una niña cuando marchó.

En eso, su infancia no fue distinta a la vuestra.

Solo la obediencia al emperador la apartó de vos.

Siempre os ha escrito.

Y yo he seguido sus consejos.

Sé de su preocupación por mí.

Y la tengo presente en mis oraciones.

Siendo así, esto es una bendición para vos.

¿Así lo creéis?

Mejor dejemos las cosas como Dios ha dispuesto.

- ¿Os negáis a satisfacer su deseo? - ¡Entendedme!

- Somos dos desconocidas. - Pero es vuestra madre.

No.

Mi madre habéis sido vos.

Es de la corte portuguesa.

Vuestra hermana no podrá vivir con su hija tal y como era su deseo.

El rey Juan se niega a olvidar la ofensa...

Solo Dios sabe si mi hermana Catalina hizo lo que debía por convencerlo.

Majestad,

es la propia infanta María quien se niega.

Altezas.

¿Os dispensa buen trato Castilla?

De nada podemos quejarnos.

¿Tenéis noticias de Portugal?

La corte de Lisboa rechaza que os reunáis con vuestra hija.

Que Felipe rompiera su compromiso es una afrenta que no van a olvidar.

¿Eso es todo lo que habéis hecho por mí?

Siempre habéis impuesto vuestra voluntad.

¡Por vos tuve que separarme de María!

¡Imponeos una vez más! Cumplí vuestro requerimiento.

Más no puedo. ¡Sois el emperador!

Vuestra hija es princesa en Portugal.

Es su rey quien... ¡No!

¡Solo vuestro desinterés me la arrebata!

¡Os he dado mi vida y, ahora, me condenáis a morir sola!

¡Como vos! Pero vos lo habéis elegido.

¡Tenéis un corazón de piedra! ¡Nunca os perdonaré!

Puerta

Temo que esta desilusión empeore la maltrecha salud de Leonor.

(SE ESFUERZA)

Antes de que ambas partamos, permitidme que trate de convencer

a los reyes de Portugal.

Nada vais a lograr.

Es nuestra sobrina la que rehúsa atender la petición de su madre.

Pero vos habéis dicho... ¿No es más fácil

aceptar el desengaño de un hermano que el de una hija?

Por el bien de Leonor, os pido que guardéis el secreto.

Os lo ruego.

Iré igualmente a Portugal. Deseo conocer a nuestra hermana Catalina.

¿Pensáis que esa infanta testaruda os hará más caso que a mí?

Escuchará a Catalina. Ella la crio.

Haré que nuestra hermana haga suya la petición de Leonor.

Hijos y padres deben estar cerca cuando se necesitan.

No existe mayor verdad.

¡Señor! Dejadme a solas con el rey.

El consejo ha entendido que la guerra contra Francia también es la nuestra.

¿Puedo entonces contar con el apoyo de Inglaterra?

Mi armada cubrirá el Canal.

7000 hombres pasarán a Francia y se sumarán a vuestro ejército.

Algunos de mis lores os acompañarán en vuestro regreso al continente.

Pero...

algo debéis cumplir.

Si esta es también la guerra de Inglaterra,

la victoria habrá de ser igualmente nuestra.

Mis huestes participarán en la batalla decisiva

- o los lores no nos lo perdonarían. - Podéis contar con ello.

Os doy mi palabra.

Y todo mi agradecimiento.

¿Cuándo partiréis?

Lo antes posible.

Son muchos los trabajos pendientes.

No cabría otra respuesta.

Lo sé.

Lo sé...

Sois virtuosa en demasía.

¿Virtuosa?

¡No, mi señor!

No existe virtud en este mundo que mi amor por vos no venciera.

¡Es miedo a mostrar lo que os pueda desagradar!

¿Por qué decís tal cosa?

¿Qué pecado he cometido para que Dios me castigue de tan cruel modo?

Me juré... Me juré desde muy niña no padecer los tormentos del amor.

Y ahora me hallo junto a un esposo joven y vigoroso

y yo sin cabeza ni voluntad.

Jamás...

Jamás

quiera Dios que améis a quien no os pueda corresponder.

¿Ya lo habéis leído? Sí, majestad.

¿Y qué es lo que más os ha gustado?

Cuando César anima a los suyos para ir a la batalla.

Entonces, habéis aprendido algo importante.

Un general es el alma de su ejército.

Si sus hombres creen en él y él cree en la victoria,

nada los detendrá.

Recibid, pues, la segunda lección del arte de la guerra.

No se puede ganar siempre.

Siempre es más difícil retirarse que luchar.

Pero el general que se ve obligado a ello

muestra más valor que el que incumple su deber y pone todo en peligro

porque su honor no quede en entredicho.

Pero... el honor lo es todo.

¿Creéis que no puede quedar honor, ya no tras una retirada sino incluso

tras una huida?

¿Acaso es posible? Esa será la tercera lección.

¿Me permitís?

Aceptad este presente.

Os los iré dando según los vayáis leyendo.

¿Vos habéis escrito sobre vuestras campañas?

Empecé un libro hace años.

Pues ese es el que querría yo leer.

Procuró su majestad apaciguar su dolor emprendiendo viajes continuos,

batallando sin descanso contra sus rivales.

Pero ni las victorias ni el poder sobre tantas criaturas de Dios

aliviaron la agonía en la que vivió tras la muerte de la emperatriz.

Considerando su majestad que, por las dificultades dichas, no...

Quiso su majestad pasar sus últimos días en Yuste,

donde batallas de otro orden se presentaron día sí día no.

Allí trajo a su presencia a un joven que atendía al nombre de Jerónimo.

(EL SACERDOTE ORA EN LATÍN)

(JUAN) ¡Basta!

Hasta aquí ha querido Dios que llegase.

¡Marchad! (RESPIRA CON DIFICULTAD)

- ¡María, acercaos! - No os fatiguéis.

Acercaos, digo.

(SUSPIRA) Me muero.

Quiero pediros que vayáis con vuestra madre.

Se lo debo.

Solo partiré tranquilo si ella queda feliz.

¿Lo haréis?

¿Lo haréis?

Lo haré.

Abracémonos al fin como hermanas.

(SUSPIRA)

Si la regencia no me obligase, con gusto iría con vos

y me reuniría, por fin, con nuestros hermanos.

¡Cómo añoré vuestra cercanía cuando era niña!

Y yo os envidiaba por estar junto a madre.

Fue muy duro

y doloroso.

Lo sé.

Por eso, me duele el sufrimiento de Leonor

por no poder reunirse con su hija.

Se halla enferma.

Creo que no vivirá mucho.

Perded cuidado.

¿La infanta cumplirá su deseo?

Lo hará, pues así se lo dijo a mi esposo en su lecho de muerte.

Puerta

Puerta

¡Alteza! Un gran contingente francés se acerca a San Quintín

para romper nuestro asedio.

- ¿Y los refuerzos ingleses? - Ya han desembarcado,

pero necesitan descanso y transporte. No llegarán hasta dentro de dos días.

- Esperaremos. - ¡Es hora de actuar!

¡Vuestro ejército solo aguarda vuestra llegada para el asalto!

- Si partís ahora, tendremos... - ¿Acaso no me habéis oído?

La suerte de los ingleses es la mía, para que no nos den la espalda.

- Partid y sujetad a Alba. - Señor,

perded esta batalla, y lo habréis perdido todo.

Sé que debo entrar en combate. Pero id y aguardad hasta el límite.

¿Qué locura es esta? Ya se divisan los estandartes franceses. ¿Y el rey?

El rey ha de esperar a los ingleses y vos habéis de esperar al rey.

Monseñor, aquí no estamos para hacer política. ¡Esto es la guerra!

O vamos al encuentro del condestable o nos veremos entre dos fuegos.

- Es ahora o nunca. - ¡Ya me habéis oído!

- Debéis esperar. - Esperar es ser vencidos.

- Hemos de llegar al límite. - Ya lo hemos dejado atrás.

Sabed que la derrota solo será vuestra,

pero la victoria será del rey.

(MARÍA DE HUNGRÍA) Aquí estoy en familia.

Y el entendimiento natural que nos ha unido

ha hecho posible que vuestro justo deseo se haga realidad.

La infanta me acompañará a mi regreso y, pasando la frontera,

podréis, por fin, abrazar a vuestra hija.

(SUSPIRA)

Duque.

La victoria sobre Francia es rotunda y completa.

La batalla de San Quintín se recordará con la de Pavía o Mühlberg.

Como el gran triunfo de la monarquía hispánica.

En las tres estuve igual de ausente.

Majestad.

Esta victoria es vuestra,

pues vos dispusisteis todo para que fuera posible.

El triunfo es tan grande que nada más importa.

Todos os aclamarán por ello.

Aún tenemos que entrar en la ciudad y vencer otras resistencias.

La batalla continúa y vos estaréis en ella.

Más de 5000 franceses han muerto en la batalla.

Entre los nuestros, apenas contamos con 300 bajas.

Y muchos solo sufren heridas.

- (CARRASPEA) - Los prisioneros aguardan.

No hay linaje que se precie en Francia que no esté aquí sometido.

Esta es la victoria que Dios ha querido.

Y, sin duda, ha sido una gran victoria.

Señor, los estandartes del ejército de Francia están a vuestros pies.

Pues vuestra victoria ha sido justa y noble.

Alzaos, condestable.

El valor que habéis demostrado en la batalla

no hará sino acrecentar vuestra fama.

Permitidme que os presente a vuestros prisioneros.

Duque de Montpensier.

Duque de Longueville.

Príncipe de Mantua.

Vuestro hijo, el rey, ha obtenido una gran victoria en San Quintín.

El ejército francés ha sido completamente derrotado.

¿Comandó el rey a sus hombres?

Lo ignoro, señor. Hubo de hacerlo.

Era su deber. Sí, claro.

Pero, por suerte, pronto regresará. No lo quiera Dios.

El rey de Francia aún conserva su ejército de Italia.

No dudéis de que tratará de recobrar lo perdido.

O resarcirse tomando alguna plaza que restaure su prestigio.

¡El rey ha de ir a París! Y ha de hacerlo ya.

Solo así la victoria será definitiva.

Majestad, ¿no termináis de comer? He de escribir a mi hijo.

No ha de cometer el mismo error que yo.

- Debemos avanzar hacia París. - ¿Por qué correr riesgos?

No. Es justo lo que quiero evitar.

La derrota del francés ha sido indiscutible.

Lo será cuando entre en París al frente de los míos.

Tenéis razón, mi señor.

Pero no sabemos las fuerzas que protegen la capital.

Si avanzamos, el rey Enrique ordenará a las tropas de Italia que le asistan

y podríamos vernos entre dos fuegos.

Ni flamencos ni ingleses os apoyarán. Hemos vencido.

No arriesgarán más vidas y dineros.

¿Acaso pensáis anexionar Francia? Sabéis que eso es del todo imposible.

Nada más vais a obtener de la guerra que lo que ya habéis conseguido.

¿Vos pensáis de igual modo?

Mi corazón está con vos, majestad.

Pero la razón está de parte de monseñor.

Venid aquí, hijo mío.

Juntos hemos de hacer frente a la adversidad.

Privados como estamos de nuestros mejores hombres.

Hoy sois el heredero de un reino vencido.

Quiera Dios que mi vergüenza no sea también la vuestra.

¿Tan grande ha sido la derrota?

Si el español emprende el camino hacia París,

- todo estará perdido. - ¿Pensáis rendiros?

¡Jamás! Pero habéis de saber

que solo la providencia y un golpe audaz podrían salvarnos.

Y ambas cosas rara vez suceden al mismo tiempo.

Dios hará su parte. ¿Qué hemos de hacer nosotros?

Nuestro ejército regresa de Italia. Si Felipe retrasa su avance,

aún podremos defender la capital.

Pero ¿a qué audacia os referíais? ¿Reconquistar San Quintín?

Si salvamos París,

ese es el golpe que se esperan.

Y será el que no daremos.

Tomaremos...

- Calais. - ¿Calais?

Padre, es una locura.

Provocaréis que Inglaterra se vuelque en apoyo de Felipe.

No. Al contrario.

Con el recelo que esta guerra ha causado entre los ingleses,

lo harán responsable de su pérdida

y se volverán contra él.

¿Confiáis en mí?

¡Por Francia! ¡Por la victoria!

Pasos

¿Y la infanta?

No busquéis. Nadie me acompaña.

Pero vuestra carta... Todo se mantuvo tal y como os conté

hasta el momento de la partida.

(SOLLOZA) ¡No!

¡Se llaman hermanos y no son capaces de aliviar mi desgracia!

¡Hacen pagar a mi hija sus mutuos agravios!

No ofendáis a Dios con esas palabras. ¿Aún los defendéis?

Es vuestra hija quien se niega a vivir con vos.

He intentado que cambiara de parecer, pero ha sido en vano.

Ni siquiera ha respetado la palabra dada al rey en su lecho de muerte.

Carlos os lo ocultó porque quería evitaros tan amargo trance.

Que me perdone Dios, pero esta es la verdad.

(LLORA DESESPERADA)

(GRITA DESESPERADA)

¿Sabéis qué me aconseja el emperador?

¡Marchar sobre París!

Imposible. El ejército que Enrique tenía en Italia ya está en Francia.

¡Así es! Ahora nada se puede. Pero, en su momento, se pudo. ¡Y mucho!

Tan válidas son hoy las razones que se esgrimieron entonces.

De haber desoído vuestros consejos, París sería mío.

Y en vez de decepcionar al emperador, le habría demostrado

¡que soy capaz de gobernar sin sus consejos!

¿Qué victoria es esta que he conseguido?

París. Debió tomar París.

Tal vez esté a tiempo.

Calculo que el ejército del Piamonte ya se hallará por aquí.

Con la amenaza de esos refuerzos, sería locura aventurarse.

¿Qué frenó al rey?

Los dineros.

O pensar que, tras la gran victoria, la guerra ya estaba resuelta.

A veces, no podemos tomar la decisión acertada.

Vos lo hicisteis.

Escapando.

¿Entonces escapar no priva de honor a un general?

Mal general y peor emperador hubierais sido

de haberos dejado atrapar.

¿A quién preguntasteis sobre lo que ocurrió?

¿A vuestro padre?

Yo no tengo padre.

Pero Quijada cuida de vos como tal. Lo sé.

Y todos piensan que soy su hijo. Pero yo sé que no es así.

¡Señor! ¡Despertad!

Francia ha tomado Calais.

- ¡Que Dios asista a la reina! - Pedid también por nos.

Pues Inglaterra nos acusará de haber causado tan grave perjuicio.

Cuando muera,

el nombre de Calais aparecerá grabado en mi corazón.

Leonor...

Tomad, al menos, un sorbo.

Hacedlo por mí.

De nuestra madre aprendí

a no ponerle trabas a lo inevitable.

Luchad. ¡Luchad!

Os lo suplico.

No me abandonéis.

María...

La única felicidad que me queda

es morir.

Reina de Portugal y de Francia.

¿Cuántas mujeres me habrán envidiado por ser quien fui?

Y por cualquiera de ellas me habría cambiado con gusto.

No dará la historia reinas tan desgraciadas

como las de nuestra familia.

Mosca

Fui el hombre más poderoso

y me he visto incapaz de colmar el deseo de una mujer atormentada.

Poco se consigue cuando nuestra vida se acerca a su fin.

Mas, si hacéis balance de todo lo que habéis logrado,

habréis de estar satisfecho.

Hay mucha distancia entre lo que me propuse y lo que logré.

Eso solo tiene un nombre: fracaso.

Carlos, hoy, la melancolía habla por vos.

Ni acabé con la herejía

ni sometí al infiel

ni conseguí unir a la Cristiandad en una monarquía universal.

Quizá fueron demasiado altas las metas que os propusisteis.

Debí matar a Lutero.

Dios no me perdonará que la herejía haya arraigado en el Imperio.

¿Qué quedará de tanto empeño?

Mi hijo desoye mi consejo.

Y mi nieto...

No sé qué pensar de él. Felipe mantendrá el Imperio

con mano firme y segura.

No permitirá que su hijo la desmande.

Vejez...

Nada toca desear ya, pues.

Como a Leonor, todo se nos negará.

¿Qué más queréis pedirle a esta hora al Señor?

Os halláis aquí, donde quisisteis estar.

Y habéis reunido a vuestro hijo con vos.

Ese niño que habéis visto me colma.

Pues no hay nada de él que no me plazca.

Sin embargo...

no es hijo de ella. Pero es hijo vuestro.

Legitimadlo si os ha demostrado que es digno de vos.

¿Creéis que no lo he pensado?

Pero sería ir contra la memoria de Isabel.

¿Qué diría Felipe, además? Felipe acataría vuestra voluntad.

Jerónimo es hijo del pecado.

Y yo no he venido aquí a satisfacer mis deseos,

sino a prepararme para partir.

(SUSPIRA)

¿Esa es la penitencia que os habéis impuesto?

¿Negaros el deseo de que ese niño os vea como padre?

Mejor recibido seríais en el cielo si pensarais en él antes que en vos.

Y, si eso no os basta, pensad como emperador

antes que como hombre.

Ese niño que tanto valoráis, puede ser muy valioso para nuestra familia.

¡Qué gran emperatriz hubierais sido!

Me voy.

Y os llevo en el corazón.

Y pensad, hermano, que,

si Dios no hubiese querido que tuvieseis ese hijo,

no os lo habría dado.

¡Majestad!

¿Qué os sucede?

Un golpe de calor.

Vamos dentro.

Majestad.

No, no... No os levantéis.

Han de sajaros para que baje la calentura.

¿Entonces no se trata de un golpe de calor?

(RESOPLA)

(SUSPIRA)

He de pediros que dispongáis algo.

Y ha de hacerse sin dilación.

Quiero contemplar mi propio funeral.

(EL SACERDOTE CELEBRA EN LATÍN)

Música solemne

César arrebató el escudo a un soldado y se puso al frente.

Nombrando a los centuriones por su nombre

y exhortando a los demás, mandó avanzar.

Con su presencia, recobraron los soldados nuevos bríos,

deseoso cada cual de hacer los últimos esfuerzos

a vista del general en medio de su mayor peligro.

Música solemne

¿Qué os dice cuando sale de aquí? Cuando regresábamos,

me ha insistido en que os sirva tuétano para cenar.

Una vez estuvo enfermo. Piensa que eso fue lo que lo salvó.

¡Pobre hijo mío!

El que más tendría que reprocharme es el que permanece ahora a mi lado.

Vuestros otros hijos son príncipes y llevan los negocios de estos reinos.

No atendáis mis palabras.

Son murmuraciones de un hombre que ve llegada su hora.

Majestad... No me fatiguéis.

Sabéis tanto como yo que ya está todo hecho.

Atended, pues, lo que he de deciros.

Reviste de la mayor importancia y necesito de vos.

Os serviré en todo lo que pidáis.

Voy a añadir un codicilo a mi testamento.

En él, reconoceré a mi hijo Jerónimo.

Dios se alegrará mucho con vuestra decisión, majestad.

Deseo darle nuestro apellido

y también que reciba un nombre de príncipe de la familia.

Juan.

En recuerdo a mi madre.

El nombre que ella quiso que yo llevase.

¿Y qué deseáis de mí?

No voy a hacerlo en vida.

Por eso os pido que veléis por que mi hijo cumpla mi voluntad.

Majestad,

¿vais a morir

sin escuchar como este hijo, que ya amáis, os llama padre?

Cumplid mi mandato.

(GRITA DESESPERADO)

(GRITA ATERRORIZADO)

(SE SOBRESALTA Y RESPIRA AGITADO)

¿Qué os leo hoy, majestad?

Ya no queda tiempo para lecturas.

No lloréis.

El mejor soldado del rey no debe llorar.

Tampoco el emperador ha de rendirse.

Acercaos.

Os he hecho llamar

porque he de deciros algo importante.

(JERÓNIMO HIPA)

Estoy muy orgulloso de vos.

También quiero

pediros perdón.

¿Qué debo perdonaros?

Adiós, hijo mío.

(JERÓNIMO LLORA)

Adiós, majestad.

Mañana vendré y os leeré el final.

Sí...

Mañana conoceremos el final.

Las tropas están preparadas. Hay que mandar estas nuevas al emperador.

Quiera Dios que ello restituya su fe en mí.

Señor, esa carta no va a llegar a tiempo.

Debéis prepararos.

El emperador se muere.

El crucifijo de la emperatriz.

(RESPIRA CON DIFICULTAD)

Me aferro a la cruz

que os acompañó en vuestro último aliento.

Dios permita que nos reencontremos pronto.

Llegó mi hora.

Este es el momento.

(INSPIRA) ¡Ay, Jesús!

(EXPIRA)

Puerta

(LLORA ANGUSTIADA)

(HIPA Y LLORA)

(SOLLOZA)

Música solemne

Música solemne

(HACE LA SEÑAL DE LA CRUZ EN LATÍN)

Música solemne

Música solemne

Música solemne

Música solemne

Carlos, Rey Emperador - Capítulo 17

25 ene 2016

Los últimos 153 programas de Carlos, Rey Emperador

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