Dirigido por: Antonio Perezgrueso

Este espacio emite documentales sobre alpinismo, escalada y otros deportes de riesgo al aire libre. El equipo del programa ha logrado hazañas destacables, como filmar en el prohibido reino himalayo de Mustang y en Bhután.

‘Al filo de lo imposible’ es una serie documental en la que predomina la emoción, los deportes de aventuras y el riesgo. Está dirigido por Antonio Perezgrueso, y cuenta con realización de Manuel Rojo, producción de Esteban Vélez y Fátima Ramas, y los cámaras Fernando Martín y Luis Miguel Pavón.

La web del programa amplía información sobre cada aventura, con reflexiones de los miembros del equipo que las han vivido. También incluye fotografías de las expediciones y permite volver a ver todos los programas de esta y otras temporadas.

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Para todos los públicos Al filo de lo imposible - Bajo la mirada de las aves. El valle de Aspe - Ver ahor
Transcripción completa

(Música cabecera)

El valle de Aspe es un bello rincón francés de unos 40 km de longitud,

situado en la región de Aquitania, Pirineos atlánticos.

La agricultura y la ganadería, omnipresentes en estas tierras,

ayudan a componer un paisaje idílico

donde hombre y naturaleza se funden en perfecta comunión.

Lescun, ubicado a 900 m de altitud,

conserva la entrañable arquitectura montañesa típica de la zona

bajo la que discurre un sendero, el GR-10,

apto para todas las edades.

Contrastando con la vertiente española,

la francesa es tremendamente húmeda.

Y es frecuente ver cómo las nieblas adornan el frondoso paisaje

del que emergen con gallardía

fascinantes agujas y montañas.

Conocidas como las dolomitas del Pirineo,

estas agujas de roca caliza son nuestro objetivo.

Víctor Esteller y José María Esquirol,

formando cordada,

escalarán el spígolo de la Petite Aiguille d'Ansabère.

José Isidro Gordito contemplará el valle a vista de pájaro.

Una vez que lleguemos a Pont Lamary, al puente,

aparcamos el coche y es donde empezáis vosotros la aproximación.

Y ahí nos separamos y ahí es donde comienza la aproximación

y yo me cambiaré de valle. -Hay que ir a otro valle, ¿no?

-O, bueno, me gusta ir caminando. -Para volar, mejor...

-Sí, es un poco más propicio.

Estos son valles muy encajados

y prefiero una zona que no es de grandes vuelos,

pero es una zona alucinante.

Sobre todo lo vuestro.

Mi vuelo no va a ser nada comparado con esa escalada.

Víctor, vas a alucinar. Es tres estrellas o cinco.

Increíble, de verdad. Una escalada increíble.

-Tengo unas ganas de llegar a la pared ya.

Que no sabes.

Llegamos a Pont Lamary.

Desde este lugar tomamos caminos diferentes.

Víctor está ansioso por medirse con la pared

en una jornada que se muestra meteorológicamente perfecta.

Víctor, disfruta, por favor, disfruta.

Hasta luego, chicos. -Venga, máquina.

José Isidro, Josito, es un alpinista

conocido sobre todo por sus escaladas en hielo,

pero es además un consumado piloto de parapente

que ha encadenado vuelos de centenares de kilómetros.

Aficionado al vuelo vivac,

siente admiración por los periplos como el X-Alps y el X-Pyr,

que combinan los recorridos a pie y en parapente

para atravesar cadenas montañosas.

Mi inicio en el mundo de la montaña fue con mis padres,

que me llevaron a esquiar.

Y después,

lo que es el inicio de la escalada fue un poco por casualidad,

porque el bar al que iba habitualmente

lo cogió un señor que escalaba

y me empezó a llevar a Montserrat a gorros

y a partir de ahí ya empecé a buscar un poco faenas

para ir sacando dinero para ir comprando material

e ir investigando los diferentes campos que tiene la escalada.

La escalada en roca, artificial, grandes paredes,

escalada en hielo, alpinismo...

-Yo me inicié en un rocódromo,

porque era lo que tenía más cerca de casa y no necesitaba a nadie

ni casi material.

Tenía unos pies de gato y una bolsa de magnesio y me iba a escalar.

En cuanto conocí a gente

que me enseñaron a manejar las cuerdas

y lo que era realmente el monte, he intentado combinar.

Pero es verdad que me he centrado mucho en la competición

y para rendir es muy importante seguir una rutina en rocódromo

y entrenar básicamente.

Parece que ha salido un día bueno.

-Pues, sí.

Y a ver también si hace un poco de aire

y Josito triunfa con su vuelo.

-Seguro que sí.

Se lo va a pasar en grande.

Por cierto, la vía esta. ¿Has estado ya aquí?

-Sí, yo está la escalé hace ocho años.

Y buenísima, de verdad.

Es de las que no te puede perder del Pirineo.

Y lo bueno es la historia de la vía.

La abrieron hace años, en el 67.

Imagínate la currada de meter tantos buriles.

Después, en el 84, la hicieron en libre.

Y al cabo de poco de hacerla libre,

un pájaro la hace sin cuerda, un francés.

-¿Sin cuerda? -Tela.

Aquí en la cabañita del pastor le metemos un trago de agua.

Y tartera a pie de pared y a escalar.

El spígolo sur es el sueño que nos ha traído hasta aquí.

Se trata de una de las rutas de dificultad más conocidas

y míticas de los Pirineos.

Su artífice, Raymond Despiau, se acompañó en 1967

de Patrice Bellefon, Antoine Boysson y Jean-Claude Luquet

para trazar un magnífico itinerario de escalada,

predominantemente artificial en la cara sur de la aguja.

El parapente es una aeronave lenta que requiere,

para su evolución con seguridad, de unas condiciones concretas.

Un estudio de la meteorología y aerología de las áreas a recorrer

supondrán un mayor aprovechamiento de las condiciones

e incluso la posibilidad de realizar largos viajes,

muchos kilómetros más allá del punto de despegue.

Y todo ello sin usar motor.

La preparación del equipo debe ser metódica y precisa.

Y el uso de casco y vestimenta de protección son imprescindibles

en esta actividad de despegue y aterrizaje comprometidos.

La posición relativamente semiestática del piloto

agradece además el apoyo de una buena capa térmica.

Los aparatos electrónicos ayudan a registrar el vuelo

y dan información sobre la dirección del viento y otros parámetros.

El ritual se completa sin dejar nada al azar.

Una última comprobación

y nos vamos.

Ya en el aire,

protegidos por el carenado del arnés

que mejora la dinámica del conjunto y brinda algo de protección térmica,

hay que buscar esas áreas invisibles

donde se encuentran las mejores ascendencias,

esas que nos llevan hacia arriba imitando a las aves

y nos hacen contemplar las montañas con sus ojos

aunque sea por un instante.

Realizar vuelos de montaña hoy

es retornar a los orígenes de la actividad

siguiendo una filosofía limpia y sin impacto en el medio ambiente

que ya pusieron en práctica alpinistas pioneros

como Jean Marc Boivin en la década de los 80.

La zona de vuelo de Accous

está situada sobre el pueblecito del mismo nombre.

Desde este hermoso valle que sobrevolamos,

podemos contemplar en el horizonte las agujas del Ansabère

hacia donde se dirigen nuestros amigos Víctor y Tato.

Hemos cogido altura rápidamente

y ya nos encontramos por encima del resto de parapentes.

El día es luminoso, espectacular.

Los buitres ayudan a marcar nuestro camino.

Y tras ellos nos dirigimos con nuestro planeador flexible.

Una minivela destinada a su empleo en montaña

que a pesar de su tamaño y forma inusual,

sorprende por su buen rendimiento.

Giramos dentro de las ascendencias térmicas

para evitar salirnos, aprovechando así sus áreas más vigorosas.

Cuanto más arriba,

más posibilidades tendremos de desplazarnos

prolongando nuestro planeo

del mismo modo que lo hacen las aves.

Tras una buena caminata,

alcanzamos la base del spígolo de Ansabère.

Este es un lugar que aún conserva gran pureza

y un notable grado de compromiso.

Cambiamos ropa húmeda por seca.

Nos ponemos las gafas para la radiación solar.

Y situamos ordenadamente nuestro material.

La gorrita que no falte, que si no... -¿Qué hacemos? ¿Nos llevamos esto?

-Ahora ya secos...

Es momento de los últimos retoques.

La siempre básica hidratación,

el repaso de la estrategia a seguir en pared

y también el silencio que precede a toda escalada

con los miembros de la cordada concentrados para la batalla.

Mientras nos acercamos al principio de la ruta,

no dejamos de mirar esta estructura vertical que desafía el vacío.

Un afilado cuchillo de 350 m de alto

que visto desde el valle, surge como un entramado de agujas,

cuya morfología se asemeja a las pinzas de un cangrejo.

A primera vista se ve que está muy predispuesto

y se adapta mucho a lo que hay

y que va con muchas ganas para escalar.

Después, físicamente, solo hay que verlo.

Entre que no pesa nada y que está fuerte.

Pues todo bien.

Después, escalando tiene cabeza.

Para escalar no va como cortado a ver si se cae,

sino que va a por todas, que es un poco lo que hace falta

en estas paredes para intentar encadenar un largo difícil.

Si no vas un poco a por todas, ya no hace falta que te metas.

Va bastante lanzado a la vía,

llevando la mentalidad de la deportiva,

que vas un poco más valiente siempre que en pared.

Y yo le voy marcando un poquillo,

porque hay alguna zona en la que has de vigilar un poco,

con la roca especialmente y con el tipo de escalada

para que todo vaya bien. Aunque es un buen escalador y tal,

está empezando ahora en el mundo de la gran pared

y se está metiendo en vías de una cierta envergadura

como la que es la del spígolo de Ansabère.

Viendo cómo va, yo creo que todo va a salir perfectamente

y vamos a pasarlo genial, que al final es lo que buscas

cuando vas a escalar una vía, sea fácil o difícil o la que sea,

si no, no iríamos.

-Lo bueno de venir con Tato es la tranquilidad que te da.

No se pone nervioso por nada.

Al encontrarte cualquier problema que te pueda salir ahí arriba

te da una tranquilidad.

Es una persona con mucha experiencia en este tipo de paredes.

Pues eso, es más que nada la tranquilidad

de saber que si pasa algo, vamos a solucionarlo.

La experiencia de Tato,

todo un especialista de las grandes paredes,

se complementa con la calidad de Víctor,

quien ha disputado un buen número de competiciones

y ganado alguna edición de la Copa de España de Escalada.

El asegurador espera pacientemente en la reunión

cuidando de su compañero.

El equipamiento fijo se alterna

con seguros móviles emplazados en fisuras.

Aérea, atlética,

la escalada exige suavidad y creatividad en los movimientos

para superar algunos de los desplomados pasajes

que jalonan la pared.

Verticalidad, vacío,

el valle a nuestros pies.

Las nieblas reposan en los hayedos

que se extienden cientos de metros por debajo,

justo hasta los agostaderos de Ansabère,

donde se produce en pequeñas cantidades

un queso de sabor sublime

con potente gusto a flores de montaña.

Víctor progresa con rapidez a pesar de la dificultad.

Su instinto para encontrar el mejor camino,

unido a los consejos de Tato, le hacen devorar metros sin pausa.

¡Reunión!

Es momento de montar un nuevo relevo.

El compañero partirá para acercar una cima que aún se muestra lejana.

El escalador que progresa en posición de segundo

recupera el material.

Así, con tan solo un par de madejas de cuerda de 60 metros,

mosquetones, cintas y seguros móviles,

además del material fijo que ya se encuentra emplazado,

podemos ir recorriendo desde su base hasta la cima

toda la extensión de esta mítica pared.

El orden en la reunión es fundamental.

Perder poco tiempo es la clave cuando se acometen vías largas.

Tato es ahora quien encabeza la cordada.

Conoce la ruta y pone su experiencia como alpinista y escalador

de artificial extremo al servicio del equipo.

Pero también actúa en cierta medida como mentor del joven Víctor,

cuyo potencial para resolver largas vías de escalada extrema

está más que acreditado.

El viento transporta los sonidos del valle

y llegan nítidos los balidos de ovejas y carneros.

Estamos en el sexto largo.

Justo uno por debajo del pasaje clave.

Hasta ahora no hemos tenido problemas

y vamos escalando en libre con mucha fluidez.

Los seguros fijos que vamos encontrando

espolean nuestra propulsión

y añaden seguridad y tranquilidad psicológica,

a pesar de las pequeñas presas.

A nuestra derecha,

la pared desploma recordando la proa de un barco.

Víctor economiza mientras escala.

Sabe que la próxima tirada constituirá una dura prueba.

Dar prioridad al trabajo de pies ayuda a relajar sus antebrazos.

En la inmensidad de la pared

somos solo dos puntitos que añaden una gota de color.

Preparados para dar lo mejor de nosotros,

comenzamos el séptimo largo de cuerda.

La concentración es máxima.

El asegurador, muy atento,

observa para retener una posible caída.

Ahí hay un lance.

De eso, ahí a la derecha.

El escalador visualiza y prepara su estrategia.

Movimientos delicados en este grandioso muro de roca

que los rayos del sol convierten en un juego de luces y sombras.

Desplazamientos dinámicos

para consumir los metros que nos separan

del pasaje clave donde cuesta imaginar a François Carrafrancq,

el ascensionista solitario de 1984,

sin cuerda, a cientos de metros del suelo.

Hoy, las presas blanqueadas con magnesio

ayudan a encontrar el mejor camino,

pero el spígolo sur exige todo nuestro compromiso y buen hacer.

Debemos encontrar la llave para abrir este cerrojo invisible

que aún nos separa de la lejana cumbre.

Un duro paso de 7B al que el joven Víctor está a punto de llegar.

Bajo sus pies se abre un abismo.

¡Al loro, Tato!

A su lado, y frente a él, todo un universo de duro calcáreo.

El paso se resiste.

El sueño del encadenamiento en libre se esfuma.

¡Vale, voy para arriba!

Pero la fuerza de la juventud es obstinada

y por otro lado debemos completar la escalada.

Al segundo intento Esteller resuelve el paso sin esfuerzo.

Casi como si la caída del primero fuese el tributo

que cobra la esbelta aguja a quienes osan cabalgar su cumbre.

Bien.

La ruta gira en travesía para dar la espalda

al collado de Petrechema y la frontera con el valle de Ansó.

Desde el collado y a simple vista

es difícil distinguir a los escaladores

que ya se encuentran en el tercio superior de la inmensa pared.

Víctor aguarda a su compañero en una exigua repisa.

Tato recupera el material del largo.

Aún está convaleciente de un accidente de moto,

pero su experiencia, fortaleza física y determinación

le permiten progresar sin aparentes problemas.

Vuelvo donde me caí.

Hace relativamente poco tiempo

trazaba una ruta en la cara oeste del Petite Dru,

la bella aguja de los Alpes, que suma a su largo historial

de conquistas de alta dificultad y gran compromiso.

Precisamente el compromiso es uno de los atractivos

que nos ha traído hasta el spígolo,

junto a la posibilidad de poner a prueba nuestra pericia

con el vuelo en parapente.

Josito se lo estará pasando...

-Pues sí, ¿no? Iba a volar al valle de al lado.

-Sí, a hacer un poco el águila.

-Nosotros de subida y él de bajada.

-Al revés, cada uno con lo suyo. -Cada uno con su rollo.

El entorno donde desarrollamos estas actividades tiene en común

una naturaleza salvaje, en la que las aves,

desde las chovas piquigualdas a los buitres leonados,

observan un vertiginoso mundo vertical.

El sonido del variómetro delata que seguimos subiendo.

Y lo hacemos hasta la misma base de las nubes.

(Variómetro)

Alcanzada la máxima altura,

llega el momento de iniciar una transición.

Escogemos atravesar el húmedo valle.

Las condiciones son suaves y el vuelo muy placentero.

(Variómetro)

Al fondo Lescun y Ansabère,

donde nuestros compañeros se baten en duelo con la pared.

Nuestro planeador avanza, pero va perdiendo altura.

(Variómetro)

Es necesario volver a ganarla en otra ascendencia

que queda claramente indicada por la formación de una nube.

Algunos parapentes parten hacia el aterrizaje.

Solo queda en el cielo José Isidro

quien respira una paz profunda colgado del cielo azul

sobre una inmensa alfombra verde que comparte con los milanos reales.

El estudio del croquis con el trazado de la vía

permite no perderse

y evita que un pequeño error dé al traste con nuestro sueño.

En grandes paredes, la combinación de dificultad y exposición

forma un cóctel explosivo que no garantiza la resolución

de una ruta exclusivamente con nuestras capacidades físicas.

El cerebro es el músculo más importante

y la capacidad de sufrimiento del escalador,

el único arma que puede subirnos a la cinta transportadora

que conduce a la cumbre.

Bueno, vamos para allá.

¿Qué ha traído a dos escaladores tan heterogéneos a esta pared?

Indudablemente la magia del spígolo

y ese espíritu de camaradería que une a los que están atrapados

por la montaña.

Pero también la humildad que reúne a alpinistas con mucha experiencia

y escaladores deportivos del máximo nivel

quienes comparten sus secretos y se hacen más fuertes

en esta actividad de aprendizaje infinito.

Tato muestra todos sus secretos.

Esos que le han hecho ser el alpinista completo que es,

capaz de resolver cualquier contratiempo que surja en una pared.

(Música)

Víctor se empapa de ellos mientras le observa atento,

suspendido en la reunión,

y su compañero se aleja hasta el lugar del próximo relevo.

El largo de 6B+ es rápido.

Esteller es un alumno aventajado

y este nivel de dificultad lo domina a la perfección.

Estamos a muy pocos metros de la cumbre.

La vista en picado es vertiginosa.

Aquí la pared presenta mayores debilidades

que facilitan la progresión.

Los escaladores vuelven a reunirse e intercambian posiciones.

El olor a cumbre pone alas en los pies.

La roca natural es un escenario muy diferente

de la resina en la que Víctor entrena.

Pero gracias a ese entrenamiento,

sus movimientos son fluidos y seguros.

Otro anclaje fijo incrementa nuestra seguridad.

El miedo a la caída se disipa

y así podemos concentrarnos en el placer del gesto.

Atravesamos hacia la derecha buscando la salida directa,

un poco más difícil, pero de una gran estética.

El trazado es atlético,

pero también intuitivo, evidente y muy bien asegurado.

Estamos a un paso del final.

Nos iluminan los últimos rayos de la tarde.

La luz es bellísima.

Pero lo más probable es que nos toque bajar de noche.

Aquí la vía gira aún más a la derecha,

justo al filo por el que discurre la moderna Borrokan Aske,

que con su dificultad de 8A, es la más dura de la pared,

una línea obra de Ekaitz Maiz y Asier Luke.

Nuestra clásica tampoco es un paseo,

a pesar de que la fluidez de movimientos de Víctor

pueda sugerir lo contrario.

Estoy un poco reventadico ya.

Chapamos un nuevo seguro con la técnica de la cuerda doble.

Su paso alternativo aporta una menor fricción

y hace que casi no sintamos los metros que transportamos.

A la vez, el elemento de seguridad trabaja en toda su extensión

en caso de caída.

El impacto es mucho más leve tanto para el escalador

como para el asegurador.

Ya vemos la reunión.

Es el último lugar en que nos detendremos en pared

antes de ganar la cima.

Nuestra progresión es observada por la cámara.

De camino al aterrizaje encontramos nuevas ascendencias

que abandonamos pronto, pues nuestra intención es descender.

Pegados a la ladera, nos servimos únicamente

de las ascendencias dinámicas que se producen sobre el bosque

para avanzar en paralelo con las aves,

a las que intentamos imitar torpemente

con nuestro trapito con cuerdas.

No obstante, la intensidad del viento

en este valle tan encajonado está subiendo

y se hace recomendable aterrizar.

Las fuertes brisas que se comprimen y aceleran

han provocado revolcones de los pilotos

que nos precedían en la maniobra y no queremos tomar tierra

de una forma cuanto menos poco elegante.

Aterrizamos con suavidad enfrentados al viento

sabiendo que debemos permanecer vigilantes y correr hacia la vela

si no queremos ser arrastrados por la fuerte brisa.

Anulamos el parapente para que ofrezca menos resistencia al viento.

El vuelo ha acabado.

Regresa la rutina del orden para conseguir que todo el equipo

pueda introducirse en una pequeña mochila.

Estamos muy felices.

El espectáculo ha alimentado nuestra alma.

En la pared apuramos un poco más la jornada.

La roca pasa del gris a un intenso color ocre

mientras cubrimos los últimos metros.

No podemos perder ni un segundo

si queremos descender con visibilidad y sin contratiempos.

Treinta metros nos separan de un balcón privilegiado

desde el que dominaremos una gran porción del Pirineo

del mismo modo en que lo hacen las aves.

Nos separamos para acercarnos en la cima,

donde sentiremos el placer de la amistad,

del trabajo en equipo de dos generaciones

conectadas por la escalada

en el ambiente puro y mágico de la alta montaña.

(Música)

La pared pierde inclinación como rindiéndose

ante nuestra determinación.

Estamos en el punto más alto.

Caminamos por la cresta cimera

para bañarnos con los últimos rayos del sol.

Hemos robado a las aves su mirada para contemplar el universo.

Ahora solo queda que extendamos nuestras alas.

(Música créditos)

Al filo de lo imposible - Bajo la mirada de las aves. El valle de Aspe

27:24 26 dic 2015

Una imponente pared de más de trescientos metros de altura por la que discurren algunas de las vías de escalada más difíciles del Pirineo. Víctor Esteller y José María Esquirol 'Tato', escalan una de ellas. Al tiempo José Isidro Gordito a los mandos de su parapente les observa desde el aíre.

Una imponente pared de más de trescientos metros de altura por la que discurren algunas de las vías de escalada más difíciles del Pirineo. Víctor Esteller y José María Esquirol 'Tato', escalan una de ellas. Al tiempo José Isidro Gordito a los mandos de su parapente les observa desde el aíre.

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