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No recomendado para menores de 12 años
Transcripción completa

-Alguien puso una aguja al caballo para que se encabritara.

Acabas de darme la única razón

por la que merece la pena seguir vivo.

-A esta noche la llaman la noche de las preñadas.

No tengo yo cuerpo para bailes.

-Soy Fernando de Medina, el nuevo comisario de la Villa.

-Mañana es la fiesta de la cosecha.

Y se celebra junto al bosque.

-Este enlace matrimonial asegura la continuidad

de la casa de Austria.

-Será mejor que asumas que yo también trabajo en esta casa.

-Será mejor que te vayas de aquí cuanto antes.

-Hemos buscado en cada rincón de palacio y la infanta no está.

Ha desaparecido.

-El miedo no es necesario si se reparte justicia.

Le deseo suerte, pensando así la va a necesitar.

-Mi parte del trato está cumplida.

-No podíamos consentir ese peligroso matrimonio.

-A estas horas debe haberse encontrado con vuestro hombre.

-¿Te has perdido? -No.

-Es muy peligroso ir por este bosque si no lo conoces.

Quiero que reúnas a todos los mozos de la cuadra

para encontrar y matar al que me dejó así.

-¡Ah, ah! -¡Vámonos, vámonos!

-Si mañana mi hija no ha aparecido

seré yo misma quien lo haga público,

aunque tu imperio se hunda con ello.

-Sé quién está devorando a la gente.

La pantera.

Negra como un tizón.

Es del nuevo comisario.

Esto es un insulto.

¿Qué se ha creído ese hombre que soy yo?

-Por la gloria eterna de Luis XIV.

-La infanta no está muerta.

-Pues aprisa que como aparezca el bicho...

-¡Aaaaah!

Sátur, tenías razón, hay una pantera.

-Está en una cueva del bosque.

Sólo me dijo que era noble y que la iban a casar con un viejo

y que por eso se escapó.

-Acabo de llegar de Salamanca. ¿Hay cura?

-Si la intervención sale mal

podría quedar impedido de por vida.

-Si te he ofendido lo siento.

Quería que supiera que yo no soy ese tipo de mujer.

Ni siquiera tuviste el valor de decirme que habías sido tú.

Vivirás en la oscuridad como voy a vivir yo.

¡No, Hernán!

Tiene que parar la fiesta. -¿Por qué?

Hay una fiera en el bosque, es una pantera.

-La infanta Margarita Teresa de Austria,

hija de su majestad el rey,

se encuentra en paradero desconocido.

-Majestad, encontré a su hija en el bosque y...

-¿Cuál es tu nombre?

-Alonso de Montalvo.

-¿Eres el hijo de Gonzalo?

¿Dónde está la infanta? -En el bosque, en una cueva.

-La devolvemos a palacio, su padre la espera.

-¡Proteged a la infanta!

-¡Ah!

-¡Ah!

-La tiene.

¡Ah!

Tenías una oportunidad con esa operación.

¿Qué operación?

-No hay nada raro aquí.

Al parecer la pantera vino junto a un cargamento de esclavos

y se escapó, lo demás ya lo sabes.

Si me quedo inválido prométeme que me matarás.

-Si es que en cuanto se arranca

usted a hablar en público tiene un pico...

Con decirle que el platero con lo agarrado que es

ha donado un plato de comida.

Toda ayuda va a ser poca.

El fuego ha arrasado con el pueblo entero.

Esa gente lo ha perdido todo.

-Pero ropa no le va a faltar, amo, mire.

¿Y eso?

-Mis calzones de la suerte.

Anda que no habrán conocido hembras.

Lo que pasa que últimamente no...

Tira eso que no está en condiciones de regalársela a nadie.

-Pues a ver, si de toda la vida de Dios se ha dicho

que a los necesitados hay que darle lo que uno no quiere,

lo que uno no necesita.

A ver qué ha metido el chiquillo en su saco.

No le digo, pues no ha metido una copa, y nueva, el ladroncillo.

Deja eso en el saco, Sátur.

-Como no saca usted el tema voy a hablarle de lo de su hermano.

Que si se ha enterado de lo que dicen por ahí.

Que se va a operar.

Lo sé.

-Que puede que no salga con vida.

También lo sé.

-¿Y si pasa eso a usted le daría igual?

¡Eh!

¡So!

-La madre que me parió...

¡Sátur!

Grito de dolor.

-¡Ah!

Duele.

¡Ah!

¡Gabi!

¿Estás bien?

-Pe... pero, hijo mío.

¿Estás bien?

-Vamos, que le he dado una pedrada. -Dios.

¿Se puede saber qué hacíais aquí?

-Sólo estábamos cazando pájaros.

-¡La Virgen, cazando pájaros con la que está cayendo, muchacho!

Sátur, hay que limpiar la herida, trae agua.

-Sí. Vamos, siéntate ahí.

-A ver quién me manda a mí...

Y ahora no hay agua.

¿Te duele?

-A ver.

-No queda ni gota de agua.

Vete a llenar esto, corre.

¿Te he hecho daño, hijo?

Si es que...

-¡Venga, ese agua, que es para hoy, vamos!

-¡Ah, ah!

¡Ah, ah!

-¡Hermano!

Está muerto.

-No.

¡No!

¡Hermano! (LLORA)

¡Venga!

¡No!

¡Vamos, vamos!

-Si tocamos cualquier nervio del cerebro

podemos dejarle inválido.

O morir, estoy dispuesto a asumir el riesgo, doctor.

Empecemos cuanto antes.

-Antes debe firmar la autorización.

-Aquí.

-Y ahora bébete esto, te calmará.

No creo que ningún preparado pueda relajarme.

-La trepanación es una intervención extremadamente dolorosa.

Aguanto bien el dolor, doctor.

-Anda, anda, te vamos a perforar el cráneo.

Y después sacaremos el coágulo con una cánula.

Vas a agradecer tomarte esto.

Vamos, tómalo.

Vamos.

Bien.

No perdamos más tiempo.

No es necesario que me aten,

no pienso escapar durante la intervención.

-Quieras o no te vas a mover.

-Y si lo hace durante la trepanación...

podríamos reventarle el cerebro.

-Empecemos.

-Deberíamos haber ido con él.

Ya te lo he dicho, Nuño,

nosotros no podemos hacer nada, está en manos de los médicos.

-¿Y si saliera mal?

Entonces tampoco podríamos acompañarle.

De este mundo nos vamos tan solos como llegamos.

¿Hay noticias, sabemos algo nuevo?

-No, señora, del comisario no.

Pero la condesa de Narbona acaba de llegar.

Espera que la hospede.

¿Cómo?

No estoy en condiciones de alojar a nadie.

-Pero, señora, no podemos negarle asilo.

Sería una falta de decoro y de protocolo.

Es una de las fortunas más grandes de Europa.

No tengo el ánimo para aguantar

las tristezas de nadie menos las suyas.

La última vez que la vi no paró de relatarme

una y otra vez cómo encontró a su marido muerto en la cama.

-Debe ser muy triste verse sola a su edad, señora.

-¡Lucrecia, querida!

¡Condesa de Narbona!

La veo estupenda, mejor que nunca.

-Siento presentarme así en tu palacio,

pero hace tanto calor que me han insistido

que debería parar a descansar.

Ahora mismo comentaba con mi hijo el honor que es tenerla en palacio.

-He dicho que los lacayos pasen por la puerta de servicio.

-Yo no soy un lacayo. -Es mi esposo.

¿Su esposo?

-Nos conocimos en Italia y ya ve, volvemos de la luna de miel.

-No, si porte no le falta.

Pero que quién lo iba a decir.

Me alegro mucho de que haya superado...

Catalina, a nadie le interesa si te alegras o no. Discúlpenla.

-No hay nada que sentir.

Marquesa de Santillana, ¿verdad? Sí.

-Soy Javier Uceda, un placer.

-Lucrecia, ¿sabe ya algo de mi esposo?

Padre Javier...

-Cago en mi vida.

¿Ha visto usted el panorama que hemos dejado en esa casa?

¿Y cómo lloraba mi Gabi histérico?

¿Y al padre, al padre lo ha visto usted?

Sátur, lo he visto.

Y puedo imaginarme lo que tienes que sentir

cuando abres la puerta y...

te traen a tu hijo muerto.

-Maldita puñetera vida que siempre se ceba con los mismos.

¿Por qué los golpes de calor no van para los nobles, eh?

Ese chico no ha muerto de un golpe de calor.

-Cómo que...

No empecemos con los pensamientos paralelos, que esto está muy claro.

Que se habían pasado horas al sol.

Estaba perfectamente.

Fue beber, empezar a gritar y se desplomó.

-Perdóneme, pero tiene usted una afición a los misterios que...

Sátur, nadie grita así por un golpe de calor.

Además, tenía un poco de espuma en la boca.

-¡Venga ese agua, que es para hoy!

-¡Ah!

-¡Hermano!

-¡Ah!

-Ha muerto.

Los síntomas corresponden al efecto de un veneno.

-El grial está hecho de un material que envenena

cualquier líquido que se vierta en su interior.

La copa...

-¿La copa, qué copa? ¿Qué dice?

La copa, Sátur.

Puerta abriéndose.

-Padre, ¿es verdad lo que dicen del hermano de Gabi?

Sí, hijo.

No pudimos hacer nada por él.

-Ahora más que nunca

tienes que estar a su lado, Alonsillo.

-Sí.

Anda, ve con él.

Alonso.

La copa de madera que metiste en el saco...

-¿Eso qué más da ahora, padre? Es importante.

¿De dónde la sacaste?

-Me la encontré en el suelo.

¿Qué pasa?

Nada, anda, ve con Gabi.

Te necesita, ¿eh?

-¿Se puede saber qué carajo le ha dado a usted

con esa dichosa copa?

Creo que es el Santo Grial.

-¿Señor, desea algo?

-Quería hablar con la cocinera.

-Ahora mismo no se encuentra, pero si me dice lo que quiere.

-Verá, mi esposa padece una enfermedad

que la hace extremadamente sensible a los piñones.

Una simple traza en la salsa podría acabar con su vida.

-Pues nada, quédese tranquilo,

le diré a la cocinera que nos los ponga en el guiso.

-Se lo agradezco.

Ah, otra cosa.

Cuando puedan suban un poco de agua a la condesa.

-Sí, señor.

Enseguida se la subimos.

-Anda, hazme el favor y súbeles tú el agua,

que yo pensar en esa alcoba y se me revuelve el estómago.

Por lo menos podrían dormir en camas separadas.

No, ahí todo mezclado, el hábito el vicio...

¿Pero dónde quieres que duerma si es un matrimonio?

-Qué matrimonio, pero si ese hombre hasta hace dos días era cura.

Pues parece ser que algo le hizo perder su vocación.

-El que es cura es cura para siempre.

Además, dónde se ha visto una relación donde la mujer

le dobla la edad al marido, si podría ser su nieto...

Pues sí, ¿pero y lo alegre que estará la condesa?

-Eso está contra natura.

Los hombres se tienen que casar con mujeres más jóvenes.

mira al rey, eso es un matrimonio ejemplar.

Pero si el rey está casado con su sobrina.

-Bueno, pero eso es porque

hay muy poca gente con sangre azul.

Si ya es difícil encontrar pareja pues imagínate ellos.

Además que eso no tiene ni pies ni cabeza.

¿Qué hijo le va a dar la condesa?

Hombre, no creo yo que estén pensando en hijos.

-Pues eso mismo, un matrimonio sin críos

eso ni es matrimonio ni es nada, eso está sin sellar.

Claro que sí. -Catalina, la señora Inés

se ha vuelto loca, está quemando la "Biblia".

-Ay, Virgen santa...

Quita.

-Amo, ¿está usted seguro que no hay una forma más sencilla

de averiguar si la copa es el Santo Grial?

En lugar de tener que venir aquí hasta Guadalajara.

Todo lo que se ha escrito sobre el cáliz sagrado

no son más que conjeturas y leyendas.

-¿Por qué cree usted que esa gente nos iba a poder ayudar?

¿Ves ese hombre de ahí?

Trabaja para el rey.

-Ah...

¿Y si no es mucho preguntar, ya que ese hombre es tan importante

qué hace ahí trasteando entre piedras viejas?

El rey le ha mandado reconstruir este monasterio.

Dicen que Santa María de Bonaval fue uno de los primeros

monasterios cistercienses de las Españas.

-¿Que esto antes era un circo?

Circense no, cisterciense,

de la Orden del Císter.

-Del Císter, sí, del Císter...

Yo como de costumbre ya a estas alturas me he perdido.

Digo yo qué tendrá que ver la orden esa con el rey

y con el Santo Grial.

Bonito.

Usted si eso algún día

pues ya me avisa antes de dejarme con la palabra en la boca.

No grite, no grite, no voy a hacerle daño.

Sólo necesito su ayuda, ¿de acuerdo?

Sé que es usted un experto en tallas de madera.

Necesito saber la antigüedad de un objeto.

¿Puede ayudarme? -Yo sólo trabajo para el rey.

Se trata de esto.

-Es una pieza muy antigua.

Podría tener más de 1500 años.

¿De dónde la has sacado?

Eso es lo de menos.

Es una copa vieja, ¿no?

-Usted sabe tan bien como yo que no lo es.

Ha muerto mucha gente

por intentar averiguar dónde se escondía.

Es el Santo Grial.

-¡Ah!

¡Padre, lo siento!

-Vengo aquí todas las mañanas.

No me podía ir sin darme un último baño.

-¿Es que se va?

-Mañana, he pedido que me trasladen.

-¿Es que no está bien aquí?

-No.

-Yo podría hablar con sus superiores

y decirles que hablen... -Es por ti.

¿Si abandonara mi vocación sacerdotal...

¿te vendrías conmigo?

¿Eso es un sí?

-¿Cómo lo haremos?

-Espérame aquí mismo mañana a esta misma hora.

Te sacaré del convento y nos iremos lejos.

Confía en mí.

-¡Señora, por Dios!

¡Madre mía, pero si ha quemado hasta el San Pancracio!

Por menos de esto la Santa Inquisición

se ha llevado por delante a muchos.

Estaría bonico viniendo de la sobrina del cardenal.

Menudo escándalo.

-Déjame, Catalina.

-Yo sé que Javier era el cura de su convento

y entiendo lo decepcionada que tiene que sentirse.

-No tienes ni idea.

-Si yo soy la primera que lo ve mal.

Pero porque ese hombre se haya salido de cura

usted no tiene que dudar de su fe.

Lávese la cara, que vamos a comprar una "Biblia" nueva.

-¡No, ya está, se acabó!

-¿Pero, señorita, qué hace?

-¡Ah!

¡Quémalos!

¡Quémalos!

-¿Pero qué dice? ¿Cómo voy a hacer eso?

No debería usted...

-¡No me diga qué es lo que debería hacer y lo que no!

¡Estoy harta de hacer siempre lo que ha querido tío,

lo que ha querido mi marido!

¡A partir de ahora voy a tomar yo mis propias decisiones!

-Sí, señora.

-Quémalos he dicho.

Vamos.

-Pero, amo, que teníamos el Santo Grial en casa

y no teníamos ni idea, que cualquiera de nosotros

podía haber muerto. ¡Chis, Sátur!

Nadie debe saber esto.

-Sí, amo, sí.

Ahora que también le digo una cosa,

los templados esos tienen una mala leche.

Una cosa es proteger

y otra cosa es aniquilar a todo cristo.

-Gabi, sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, ¿no?

-Sí, ya.

Alonso, ¿me acompañas a mi casa?

-Sí, claro.

¿Por qué, estás bien?

¿Estás bien, Gabi?

-¡Gabi, Gabi!

¡Gabi!

¡Gabi, eh!

¡Ayuda, por favor!

¡Llamar a alguien, pedid ayuda!

¡Gabi!

-¿Qué pasa ahí?

No sé.

-¡Llamad a alguien, por favor, pedid ayuda!

¡Despierta!

¡Sátur! -¡Gabi!

Gabi, Gabi, hijo mío, ¿qué pasa?

Alonso, ¿qué ha pasado?

-No lo sé, se ha caído así de repente.

-Está muy caliente, amo.

-Toma, dale agua.

-Toma, Gabi, bebe. -¡No!

-Te sentará bien. -¡No!

¡No, que no!

-¡Gabi, Gabi! -¡No!

-Tranquilo, Gabi.

Gabi, hijo, toma. -¡No!

-¿Qué vamos a hacer, amo?

Que es acercarle un poco de agua a mi hijo y se muere de miedo.

Es que se me parte el alma de verle así.

No te preocupes, beberá.

Gabi está afectado por la muerte de su hermano,

es lógico que piense que el agua tuvo la culpa.

-¿Ah, sí, y también es lógico que se muera de sed?

A saber cuánto tiempo lleva sin probar ningún líquido.

Le haré ver que el agua no estaba envenenada.

-No sé, amo, no sé, no sé...

¿Y si no conseguimos que beba?

¿Cuánto tiempo puede aguantar un humano sin beber agua?

Sátur, beberá antes.

-¿Qué va a hacer?

Guardarlo.

-¿Cómo guardarlo?

¿Aquí nadie lo encontrará?

-¡Tampoco nadie iba a encontrar

debajo del puente de donde se lo llevaron!

Tiene que destruirlo ya, amo.

Mi hijo está como está por culpa de esa cosa.

Sátur, no podemos destruirlo.

-¿Cuánta gente tiene que morir?

Ha muerto el hermano de Gabi

y casi se lleva por delante a su cuñado,

¿o es que eso no le importa? ¡Claro que me importa!

-¿Entonces?

Destrúyalo ya, amo.

Como cristiano sé que es una cosa muy grave

cargarse el cáliz de la última cena,

pero es que no tenemos otra solución.

Sátur, no puedo.

El grial está relacionado con mi madre.

-Amo, ya encontrará una manera de dar con su madre

y aclarar su pasado.

Pero el sentido común me dice que esa copa es un peligro,

que tenemos que acabar con ella.

Hágame caso.

Voy a ver cómo está Gabi.

-No nos equivocábamos,

tenía un coágulo.

El pulso sigue débil.

-Ahora lo más importante

es evitar cualquier infección.

-¿Cree que existe la posibilidad de que recupere la vista?

-Es pronto para saberlo.

Tendremos que ver cómo evoluciona.

-Se le ha parado el corazón.

¿Cómo está?

-He intentado que beba, pero lo echa todo.

Gabi,

tú sabes que yo nunca te mentiría, ¿verdad?

Es normal que creas que el agua tuvo algo que ver

con lo que le pasó a tu hermano, pero no es así.

-Pero, padre, murió nada más beber,

¿cómo sabes que no estaba envenenada?

Tenéis que confiar en mí.

-Está ardiendo.

Tienes que beber, hijo.

-¿Cómo está?

¿Ha bebido?

No.

-Dejadnos solos, por favor.

¿Qué vas a hacer?

No puedes obligarle a que beba.

-Amo, es mi hijo.

¿O es que también me va a decir qué tengo que hacer con él?

No.

-Hijo mío, tienes que beber, si no te vas a poner muy enfermo.

-No me quiero morir.

-Es que no te vas a morir.

-No voy a beber.

-El agua no está envenenada.

-Tu hermano murió por culpa de esto.

-Es mentira.

Lo dices para que beba.

-No, hijo mío.

Mira, hasta hace poco no sabía que existías,

pero soy tu padre y nunca voy a dejar que te pase nada malo.

Es el Santo Grial.

Quien bebe de él...

muere.

Esto es un secreto entre nosotros dos.

Nadie más puede saberlo, ¿vale?

-El agua está buena.

¿Ves?

No pasa nada.

Bebe, hijo.

Confía en mí, venga, venga.

-Tienes que dejarme ir a verle.

Ya te he dicho que no, que no quiere que estemos allí.

Tienes que respetar sus deseos.

-Ya, pero no hay noticias y podría estar mal.

Por eso no quiero que vayas.

Si le ha pasado algo no quiero que tú estés allí.

Prefiero que le recuerdes como era.

-Madre, sé perfectamente lo que puedo encontrarme.

No tienes ni idea de lo cruel que puede ser la vida, hijo.

-A lo mejor ya es hora de que lo descubra, ¿no?

¡Nuño, Nuño!

-Regresaré esta misma noche.

-¿Tu hijo no come con nosotros?

Tiene otros planes, ya sabéis cómo son los jóvenes.

Tomad asiento, por favor.

-Señora.

-Señora.

-No deberías beber vino, querida,

los médicos dijeron que no te conviene.

-¿Has visto, Lucrecia?

Además de un marido tengo un custodio.

Formáis una pareja encantadora.

Catalina, qué estáis esperando, servid ya el primer plato.

-Perdón, llego tarde.

-Señora, ¿no quiere que le traiga un chal?

A ver si va a coger un poco de frío.

-Estoy bien, no te preocupes.

-¿Podría acercarme el pan, padre Jav..?

Perdón, Javier.

-¡Ah!

¡Ah, ah!

¿Qué pasa? -Querida, ¿estás bien?

¡Avisad al médico, Catalina, rápido!

Respire, respire.

-¡Ah!

-Lo siento mucho, Señor, pero esto...

tiene que desaparecer de la circulación.

Por su culpa ha muerto mucha gente.

-Y pensar que lo tuviste entre tus propias manos.

-Es que es casi como tocar a Dios.

-Tomad y comed todos de él

porque este es mi cuerpo.

Bebed todos de ella porque esta es mi sangre,

sangre de la alianza que es derramada por muchos

para el perdón de los pecados.

Desde ahora...

no beberé más de este fruto de la vid

hasta aquel día en que lo haga con vosotros

en el Reino de mi padre.

-Joder.

Que no puedo, no, no, no puedo quemarlo.

(RESOPLA)

-Señor, espero que sepas entenderlo.

Sólo tú sabes que está aquí.

-¡Aaaaah!

¡Dios!

¡Ah!

¡Ah, Dios, ah!

Tu ineptitud casi mata a la condesa de Narbona.

-Señora, por Dios, le juro...

Se te advirtió que no usases piñones.

¿Y si hubiera muerto? ¿Cómo me hubiera dejado eso a mí?

Es una buena cocinera, señora,

nunca hasta ahora había cometido un error.

Cogedla.

-Señora, si la quiere castigar despídala.

¿Y permitir que haga algo parecido en otra casa?

No puedo ser tan irresponsable.

Catalina, coge ese mazo.

-Señora, por Dios.

¿Me vas a hacer que vaya yo a cogerlo?

Rompedle las manos.

-¡No, no, no!

¡No, no, no!

¡No, no, no!

(CHILLA)

Grito de dolor.

-Sus pupilas no reaccionan.

-El pulso sigue estable.

Doctor.

¿Cree que se va a recuperar?

-Está en manos de Dios.

Tal vez nunca despierte.

Era uno de los riesgos de la operación.

-¿Qué coño pasa? Aquí no puedes estar.

-Juan, déjame entrar que quiero verle.

-Nuño, así no vas a ayudar a nadie.

-Juan, por favor, déjame verle.

Por favor.

-¿Está muerto?

-No.

-¿Se va a poner bien?

-No lo sé.

-Juan, por favor, dime la verdad.

-Puede que no se despierte nunca.

Ahora lo importante es que Gabi sepa

que estás con él, que eres su amigo.

-Ya.

Espera un momento, ¿vale?

-Pero mire, toque, esto es seda llegada de Oriente, señora.

La reina ha hecho un pedido

para configurar la ropa de cama del heredero.

-Una de las sayas del infante

abandonará el palacio real la próxima primavera.

Sus majestades los reyes

buscarán una sustituta a partir de entonces.

-Se sentirá como una reina.

-No, es muy cara.

-Es su color.

Es su color...

-Ladrones.

¡Ladrones!

¡Ladrones!

¡Ladrones!

Anda, vamos, hijo.

El hermano de Gabi estará bien allá donde esté.

-No estoy rezando por eso, estoy rezando por mí,

porque yo le maté.

Eh, escucha, tú no lo mataste.

El hermano de Gabi se envenenó. -Ya, pero fue por mi culpa, padre.

Porque yo llevé esa copa a casa y era el Santo Grial, padre.

¿Cómo sabes que es el Santo Grial?

-Se lo dijo Sátur a Gabi.

Sátur.

Escucha, yo tengo que irme.

Es muy importante que no hables con nadie de esto, ¿de acuerdo?

Podría ser peligroso.

Venga.

-¿No deberías estar con tu mujer?

-No esperaba encontrarte aquí.

En realidad no esperaba volver a verte nunca más.

-A mí también me sorprende verte.

Me sorprende verte casado.

Pensé que amabas a Dios.

Eso es lo que me dijiste, ¿verdad?

Ah, no, que ni siquiera tuviste el valor para decírmelo.

-Lo siento, no tuve más remedio que seguir mi vocación.

-Ya, tu vocación son las ancianas.

Te estuve esperando horas junto al lago.

-No puede ir, pero no había nada que deseara más.

-¿Has acabado ya con tus excusas?

Si no te importa tengo mucho que hacer.

-No tuviste valor.

-Me perdiste.

-Y de acuerdo que la marquesa se pasó con el castigo,

pero es que son cosas muy importantes,

no se pueden olvidar.

Marta se lo dijo a la cocinera.

Porque avisaste a la cocinera, ¿no?

Que tú te pones a pensar en mozos y se te va el santo al cielo.

-Lo hice, Catalina.

Me dijo que no me preocupara, que era imposible que los usara.

Pobre, yo no sé cómo se va a apañar para darle de comer a los suyos,

viuda y con tres hijos.

-Esperemos que se recupere pronto.

Marta, con lo que le han hecho en las manos

no va a volver a trabajar en mucho tiempo.

-Da gracias a que la condesa no se ha muerto,

que si no sus hijos estaban colgados

en la plaza de la Justicia.

Buenas. -Buenas.

-Muy bien, Miguel, espero que las judías

no estén tan chuchurridas como las de la vez pasada.

-Las judías estaban divinamente.

Pero esta semana tampoco he podido traer piñones.

-¿Cómo que esta semana tampoco has podido traer piñones?

-Sí, la semana pasada ya no os quedaba ninguno

y no pude traer más.

Y esta semana igual.

¿Pero quieres decir que llevamos dos semanas sin piñones en palacio?

-Así son las recolectas,

no atienden a nuestras necesidades sino al sol y la lluvia.

A más ver.

-¿Pero entonces si no había piñones...

quién lo puso en el guiso?

-Vamos, estará escondido.

-¿Qué buscáis?

-¿Dónde está el Santo Grial?

¡Eh, basta!

¿Qué pasa?

-Buscan el Santo Grial, Gonzalo.

-¡Ah!

-¡Ah!

¡Suéltala, suéltala!

¡Suéltala!

-¿Dónde guardas el cáliz?

No sé de qué me estás hablando.

Suéltala, por favor.

-Tu hijo sí que lo sabe.

¿Mi hijo?

¿Qué le has hecho a mi hijo?

-Danos el grial.

Te digo que no sé de qué me estás hablando.

Por favor, ¿dónde está mi hijo?

-Si mañana a mediodía no nos llevas el grial

al Bosque del Centeno tu hijo morirá.

-Señora condesa, aquí está lo que solicitó.

Si no necesita nada más la dejamos descansar.

-No, por favor, esta nota es importante,

quedaos hasta que la termine.

-Sí, señora.

-Hoy debería estar reunida con el procurador.

Pero mi marido insistió en descansar debido al calor.

-Pues hizo muy bien, porque con este bochorno.

-Voy a donar gran parte de mi fortuna

al Hospicio de San Miguel.

Enviadla cuanto antes.

-Sí, señora.

Con permiso.

-Voy a asearme.

-Señora.

-Margarita...

¿Qué te pasa?

-No quiero ni pensarlo, pero...

Qué te pasa, que me estás asustando.

-Que quiere matarla.

¿Cómo que quiere matarla? ¿Quién?

-Su marido, don Javier.

Vaya por Dios, los piñones te han sentado mal a ti también.

-No quiere perder el dinero de esa donación.

Por eso quiso parar a descansar aquí.

Si hubieran llegado al procurador no lo hubiera podido evitar.

Por eso estaba entre los fogones.

-¿Señor, desea algo?

-Estaba con la mano en el puchero.

No nos dio tiempo a verlo,

pero él fue quien puso los piñones allí.

Estás desvariando, el calor se te ha subido a la cabeza.

-¿Qué calor? ¿De qué si no un joven como él

iba a estar con una anciana? ¡Por el dinero!

Don Javier es un buen hombre.

-Sí, como todos los de este mundo.

Tengo que avisar a la marquesa.

Catalina, espera, ha salido a montar a caballo.

No lo hagas, Catalina, que es una acusación muy grave.

¿Tú sabes en el lío que te puedes meter?

¡Sátur!

¡Sátur!

¡Sátur!

¡Vamos!

¿Está muerto?

-He venido montando yo mismo lo antes que he podido.

Dime, dime, hijo.

Nuño, contéstame, ¿está vivo?

Nuño, contéstame.

¿Está vivo? ¿Está vivo?

Nuño, contéstame.

-Como si no lo estuviera.

-Señora, yo venía a comentarle algo.

Marcho ahora mismo de viaje.

-¡Ah!

¡Ah!

¡Ayuda, por favor!

Cago en los furtivos y en la madre que los parió...

Aullidos.

Aullidos.

(RESOPLA)

Pasos acercándose.

-Ten cuidado con la quemadura.

Ten cuidado.

Llaman a la puerta.

-¿Cómo te atreves?

¿No te han dicho que estoy ocupado?

-Disculpe, eminencia,

pero la razón es de máxima importancia.

-Está bien.

Esperadme en mi alcoba.

-Hemos localizado el Santo Grial.

Lo tenía un maestro.

-¿Un maestro?

Espero que estéis hablando en serio.

-Jamás bromearía con algo así.

-Dámelo.

-Lo siento, eminencia, fuimos a casa del maestro

pero no hallamos rastro del grial.

-¿Acaso no sabes lo que hay que hacer con un hombre

para obligarlo a hablar? -Por supuesto que sí, eminencia.

Tenemos a su hijo.

Mañana a mediodía nos entregará el Santo Grial.

-Por tu bien confío en que sea así.

-No ha sido fácil, eminencia.

-Espero que sepa agradecérmelo cuando llegue a Roma.

-Te lo agradeceré cuando tenga el Grial en mi poder.

Retírate.

-¿Ocurre algo?

-No, nada, señor.

-Voy a retirarme, avise al servicio de que no queremos ser importunados

bajo ningún concepto. -Sí, señor, que descanse.

Catalina, que pensaba que te habías ido ya.

-¡Margarita! ¿Qué?

-Don Javier va a entrar en la alcoba de la condesa.

Claro, es que es su alcoba.

-Se ha llevado el abrecartas.

Dime tú a mí quién necesita el abrecartas a esta horas.

¿Sigues con la misma, eh?

Pues tendrá que abrir cartas, yo qué sé, Catalina.

-Vamos a ver, ¿es que no te das cuenta?

Ya está bien, déjalo. Desde que ese hombre ha puesto

un pie en esta casa lo tienes crucificado.

-Pero, Margarita, que lo va a hacer esta noche.

Es su última oportunidad antes de la donación.

Vamos a ver, Catalina, que ese hombre haya dejado

de ser cura no lo convierte en un asesino,

así que déjalo estar.

-¡Madre, madre!

-Murillo, hijo, ¿pero qué haces aquí, cómo has venido?

-Me ha traído Cipri, está abajo en el carro.

-¿Qué ha pasado? -Han secuestrado a Alonso.

-Venga, mujer, tómate la tila que te va a tranquilizar.

Cómo me voy a tranquilizar con unas hierbas, Catalina.

Que son las tantas de la madrugada,

que si Sátur no vuelve esta noche Alonso no...

-Sátur tiene que estar al llegar.

Además, Gonzalo lleva horas buscándolo, ¿no?

-Si no es sólo que lo encuentre, Cipri,

es que además tienen que traer la copa.

-Cago en la leche, es que no lo entiendo.

¿A santo de qué tiene que llevársela?

Como le pase algo a Alonso yo me muero, Catalina.

-Yo me voy a buscar a Sátur.

Aquí no hacemos nada.

¿Ha vuelto?

-No.

¡Gonzalo!

¡Gonzalo, espera!

Somos muchos, yo creo que entre todos podemos encontrar a Sátur.

A estas horas ya no sirve de nada.

Sátur ha cogido la copa para destruirla.

¿Sabes lo fácil que es destruir una copa de madera?

Sátur es creyente, a lo mejor no lo ha hecho.

Si aparezco sin esa copa

matarán a Alonso sin que pueda hacer nada.

Debo seguir buscándolo.

No pienso parar hasta que lo encuentre.

Deja que te acompañe.

No, iré solo.

-Intenté dejar los hábitos,

pero alguien me impidió que lo hiciera.

-Si de verdad hubieras querido

no habrías dejado que nadie te detuviera.

-Sí si ese alguien es uno de los cardenales

más influyentes de la Iglesia,

además de tu tío.

-Yo también soy hombre

y puedo entender el poder de atracción de algunas mujeres.

Pero no deberías consentir

que una insignificancia como esa perturbe tu vocación, hijo mío.

Puedes tomarla a tu servicio

y hacer uso de ella cuando te plazca.

-Se trata de su sobrina, eminencia.

-Tengo otros planes para Irene.

Y no voy a consentir que un cura como tú me los eche a perder.

-Pero soy un hombre culto, estudiado.

Puedo ofrecerle un futuro. -Basta.

No volverás a verla.

Partirás de inmediato

para el monasterio de San Martín en Sicilia.

-¿Y si me negara?

-Por supuesto que puedes hacerlo.

Pero deberías de pensar en tu familia

en vez de abandonarla a su suerte.

El fuego no prende sólo en el infierno.

-Mi tío no sería capaz de hacer eso.

-Es lo que pasó.

No tendría por qué mentirte.

-¡Espera!

-¿Se sabe algo del sobrino de Margarita?

-No, hija.

-¿Cómo es que tenían el santo cáliz en casa?

(GRITA)

¡Ayuda, por favor!

-Sabía que lo iba a hacer, lo sabía.

-Amo.

Amo, que casi no lo cuento.

No llega a ser por un leñador... ¿Qué has hecho con el Grial?

-Ya sé lo importante... Sátur, ¿qué has hecho con él?

¡Sátur, dónde está el Grial!

-No lo tengo.

No lo tengo.

No sabes lo que has hecho.

Has condenado a Alonso.

-¿Por qué dice eso?

Lo has condenado.

Han secuestrado a Alonso, Sátur.

-¿Cómo que han secuestrado a Alonso?

Y piden el grial a cambio.

¿Pero por qué te lo llevaste?

¿Por qué lo has destruido?

-Está enterrado.

¿Qué le habéis hecho?

-Lucrecia. Entró aquí por su propio pie

y ahora es un vegetal, ¿qué le habéis hecho?

-No es definitivo, tenemos que esperar.

¿Esperar? Viniste a mi casa para convencerme

de que con esta operación tenía posibilidades. Míralo.

Tú eres el responsable de esto.

-Te juro que hemos hecho todo lo posible.

Pues no ha sido mucho.

-Señora marquesa, el comisario conocía

los riesgos de la operación.

No voy a descansar hasta que paguéis por esto.

Yo misma me encargaré de que os corten las manos

para que no volváis a asesinar a nadie.

-No está muerto.

Explícame la diferencia, Juan.

-¡Yo no lo he hecho, no la he matado!

-Tú eres el único que se beneficia con su muerte.

-¡Soltadme!

¡Soltadme! -¡Vamos!

-¿Qué pasa, por qué se lo llevan? -Señora, señora.

-No se acerque a él, es un asesino.

-¿Qué dices, Catalina?

-Que ha matado a su mujer.

-No puede ser. -Sí, señora.

Anoche lo vimos entrar en la alcoba de la condesa con un abrecartas.

Ha debido hacerlo durante la noche,

el médico dice que lleva varias horas muerta.

-Eso es imposible.

-Sé que es muy difícil de creer, pero hay gente capaz

de cualquier cosa por dinero, y la condesa tenía mucho.

-Que no, Catalina, estoy segura de que Javier no ha sido.

Hemos estado juntos toda la noche.

Has dicho que estaba aquí.

¿Dónde?

-Seguí el camino y luego me metí en el bosque

y caminé durante media hora.

¡Trata de hacer memoria, no tenemos tiempo!

-No sé dónde lo he enterrado.

Todo parece igual, podría estar en cualquier sitio.

¿Pero por qué tuviste que cogerlo?

-Lo siento mucho, tiene usted toda la razón.

Es que no aprendo.

No aprendo, amo.

Como le pase algo a su hijo yo es que me mato, ¡me mato!

Sátur, perdona.

Por favor, trata de hacer memoria.

-Amo, que daría los cinco dedos de esta mano por saber dónde está

pero lo he enterrado para no encontrarlo,

pero ni yo ni nadie.

Fluir de agua.

-Espere.

¿Qué?

-Detrás de esos árboles, ¿no oye?

Sí, es un río.

-Tenemos que cruzarlo, que está al otro lado.

¡Vamos, vamos!

-Amo, es aquí.

-Tiene que estar por aquí.

Estoy seguro que tiene que estar por aquí cerca.

Golpe metálico.

-Piénselo bien, señora, aún puede volverse atrás.

-Está decidido, voy a decir la verdad.

-¿Pero usted sabe lo que le pueden hacer

si cuenta lo que pasó?

-Es un hombre inocente, no pienso permitirlo.

-Señora, yo no le discuto que sea inocente,

pero usted no puede ni imaginarse

el futuro de una mujer acusada de adulterio.

Cuando su marido sepa que pasó la noche con otro hombre

lo menos que va a hacer va a ser repudiarla.

-Me da igual lo que piense la gente.

-Señora, no me ha entendido.

Si su marido quisiera la ley le permite matarla.

-Haré frente a lo que venga.

¿Dónde estará Javier?

-No sé, señora.

-¡Ah! -¡Suéltala, desgraciado!

¡Suéltala, suelta! -¡Ah!

-¡Suéltala!

¿Qué hacen aquí?

Esto no es lugar para ustedes.

-Necesito hablar con el lugarteniente.

-Está ocupado con un detenido.

-Esperaremos.

-Para mí tampoco es plato de buen gusto,

pero alguien lo tiene que hacer. Suéltala de ahí.

La pobre condesa, que en paz descanse.

Hay que ser desalmado para matarla así

en el mismo lecho de matrimonio.

Anda, vamos, coge esas almohadas.

A ver cómo nos las apañamos ahora, con lo mal que sale la sangre.

-No puede ser...

-Deberías descansar un poco.

Sal a tomar el aire, te va a venir bien.

No pienso moverme de aquí.

-Tienes que comer algo.

Al menos beber un poco.

Déjame sola, por favor.

¡Estás despierto!

¿Puedes hablar?

¿Me ves? ¿Me ves?

¿Quién eres?

Yo, Lucrecia,

la madre de tu hijo, ¿no me reconoces?

Descansa.

Descansa.

Te odio, te odio.

-No entiendo, Catalina, ¿qué están haciendo?

-No sé, señora, pero en este lugar...

Gritos.

-¡Javier!

-¿Qué haces aquí?

-Voy a decir que anoche estuviste conmigo.

-Destrozarán tu vida.

-Me da igual.

-Señora.

¿Tenía algo que decirme?

-Sí.

-No lo hagas, por favor.

-Cállate.

-Yo... -¡No fue él!

¡Catalina, no fue él!

¡Catalina, no fue él!

-¿Marta?

-Lo encontré en su cama.

Se suicidó.

-Es una confesión de la condesa.

¡Soltadle!

-¿Ha sido por mí?

Antes de ir a verte hablé con ella y le dije que la iba a dejar.

Por eso lo ha hecho.

-He estado a punto de enviar a un hombre a la muerte.

Y todo por ver donde no había.

Pero es que estaba todo tan claro, el abrecartas, los piñones...

-Pobre, fingía esos ataques para que Javier la cuidara.

-¿Ibas a sacrificarte por mí?

-Señora, me acaban de informar de que su marido...

se ha recuperado totalmente.

-Gracias.

-Señora.

-¿Y el chiquillo, amo, dónde está el chiquillo?

Ahora lo averiguaremos.

-Usted no les dé eso hasta que no tengamos al niño.

¿Dónde está mi hijo?

-¡Padre!

-Alonsillo.

Tranquilo, hijo.

-Amo, amo, yo voy con usted, no vaya a ser

que después de dárselo intenten matarles.

No, Sátur, tú quédate aquí.

Si lo intentan coges a Alonso y te lo llevas.

-Pero, amo, amo...

Escúchame, olvídate de mí y salva a Alonso.

-Eh...

¿Estás bien, hijo?

-Sí.

-Alonsillo.

-Si no es el verdadero grial sabremos dónde encontraros.

-Vámonos que esta gente no parece que estén muy bien de la azotea.

So. -¡So!

Sátur, sigue tú con Alonso a casa.

Yo aprovecharé para ir a recoger un libro aquí cerca.

-¿Cómo a recoger a un libro?

Amo, que no es momento de recaditos.

Déjelo, mañana ya voy yo.

Sátur es importante, tengo que ir ahora.

-Bueno, usted es el amo, usted manda.

Pero que no lo comparto.

Alonso, enseguida estoy en casa, no te preocupes.

-La ventolera que le ha dado a este hombre con los libros.

¿Para qué querrá tanta sapiencia?

Que no le entra en la mollera.

-¡A él, vamos!

¡Cogedle, a él!

¡Matadle!

Gritos. -¡Ah!

-¡Ah!

¡Ah!

Dile a quien te paga

que el Águila Roja custodia ahora el Santo Grial.

-Buenas noches.

¿Te vas?

-Sí, me voy fuera de la villa.

-Margarita.

-No concibo mi vida

sin envejecer a tu lado.

Déjalo, Juan.

-No, escúchame, escúchame.

Escúchame.

Ven conmigo.

Ven conmigo.

Por favor, ven conmigo.

Buenas noches.

Se va de la villa.

¿Cenamos?

Sí, claro.

(LEE) "He iniciado los trámites para concertar tu matrimonio

con la heredera del marquesado de Uriarte.

Aumentaréis vuestro patrimonio

y perpetuaréis vuestros nobles apellidos.

Yo, el rey Felipe IV."

-Amo, por Dios, váyase a dormir que no son horas.

Que además, ¿cómo puede usted seguir pensando?

Mire, le voy a decir una cosa,

a mí las mejores ideas se me han ocurrido durmiendo.

Claro que a la mañana siguiente al despertarme no las recordaba.

Tengo que saber cómo se relacionan mi madre y el Santo Grial.

-No se me ofenda, pero...

Sátur.

-¿Se puede saber qué hace esto aquí?

Ah, claro, claro, usted no ha ido a buscar el libro.

Usted ha ido a recuperar el grial.

Si es que cómo no se me ha ocurrido antes.

Mira que estoy espeso, Saturno.

No sé qué tengo que hacer ahora, Sátur, no lo sé.

-Pues con todos mis respetos yo sí sé qué hay que hacer,

esconderlo en el sitio más profundo y oscuro que se nos ocurra.

Mire, en el culo de un faraón de esos de las pirámides.

(RÍE) Sátur.

-¿Y esa sangre? No es nada, Sátur.

-Déjeme ver, cómo que no es nada.

¿Qué? -¡Amo!

Amo, que igual cree usted que estoy desvariando,

pero creo que el Grial está intentando decirnos algo.

(LEE) "Balneum fides."

El baño de la fe.

-¿Pero qué significa eso?

¿Pero no se supone que el grial

es el punto final de nuestra búsqueda?

Era una leyenda.

No.

No puede ser verdad.

-¿Qué es lo que no puede ser verdad?

No se me ensimisme, que cuando se reconcentra tanto

yo no me entero de nada.

La leyenda dice que el grial es la clave para encontrar

el tesoro de los templarios.

-¿Un tesoro?

Los templarios acumulaban grandes riquezas

con la intención de fundar una nueva Iglesia.

-Entonces somos ricos.

No, el tesoro es lo de menos.

Sólo me importa encontrar a mi madre.

-Perfecto, amo, perfecto.

Trato hecho, usted se queda con su madre

y yo me quedo con el tesoro.

-Somos ricos.

Mira, me pilló por sorpresa y ya está.

-Qué sorpresa, que yo a usted le he visto esquivando balas.

¡Ah! -Virgen santa.

Esto es repugnante.

-Han robado un diamante a los ingleses.

Pero resulta ser el diamante en bruto más grande jamás hallado.

Y lo ha robado un español.

¡Mis manos, ah!

-¿Sabe dónde está el tesoro?

El Baño de la Fe eran unas viejas termas romanas

del siglo III después de Cristo.

-Pero si es la marquesa.

-Tu presencia ya no es grata en palacio.

-No me toques.

Tú y yo no somos nada,

así que no tienes ninguna obligación de cuidar de mí.

Si estas paredes hablaran.

-Pues nos contarían qué pasó con el tesoro.

-¡Dime dónde está!

Águila Roja - T5 - Capítulo 52

06 may 2013

Águila Roja y Sátur intentan averiguar de qué manera está relacionada la familia de Laura de Montignac con la custodia del Santo Grial, y harán un descubrimiento que les llevará a un nuevo misterio. 

Mientras, los hombres del Cardenal Mendoza descubren que el Santo Grial está en casa de Gonzalo de Montalvo. Harán todo lo posible para hacerse con él, poniendo en peligro la vida de Alonso. 

Por otro lado, una mujer es asesinada en el palacio de la Marquesa de Santillana. Esta vez, Lucrecia no podrá contar con la ayuda del Comisario, ya que se ha sometido a una arriesgada operación, de la que quizás no salga con vida.

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