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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 988 - ver ahora
Transcripción completa

Nosotros no tenemos nada que ver con esa deuda.

¿Y cómo lo demostramos, en un juicio?

No podemos presentarnos ante un juez diciendo que actuamos

en un acto de soborno entre un delincuente y un senador.

No, pero el senador tampoco puede hacerlo, el sobornado es él.

El senador no va a querer solucionarlo por la vía legal.

Sabe que no apruebo lo que están haciendo.

No puede decir eso,

tiene que ayudarme a que nos podamos fugar.

No.

Le quiero como a un hijo, pero no puede pedirme eso.

-¿Lo ha hecho don Telmo? -Sí, y flota.

Vamos a ir con madre a probarlo al mar,

me lo ha prometido. -Al mar, ¿dónde?

-No me acuerdo de cómo se llama el pueblo, pero está en Levante.

-"Me ha contado que las aceitunas" ya están en el almacén.

Falta venderlas.

Ya le puedes pedir ayuda a la Virgen.

-Ay. La Virgen del Carmen no nos va a dejar en la estacada.

Señora, siéntese, por favor.

Siéntese.

Se ha desmayado hace un par de minutos y ahora otra vez.

Por favor, repose un rato.

-Nuestro teatro... se ha incendiado.

-El de Buenos Aires.

-Así que, tenemos que ganarnos la vida de otra forma

y hemos montado una empresa para exportar aceitunas a Buenos Aires.

-"Aceitunas Bella del Campo".

-¿Usted cree que Mateo se merece ver cómo su madre

se comporta como una fulana?

No, claro que no.

¿Sería decente que se lo llevaran lejos de su casa?

No, señor, por supuesto que no.

Por eso me atrevo a pedirle ayuda,

porque sé que piensa lo mismo que yo.

Necesito un préstamo. ¿Es una cantidad muy elevada?

Necesito 3000 pesetas.

Qué fácil sería terminar con mi vida de repente.

Tan solo tengo que dejarlas caer...

y todo habrá terminado:

mis recuerdos,...

mi dolor,...

mi miserable vida.

(Llaman a la puerta)

Déjame en paz, Lucía.

No puedes ayudarme.

(Llaman a la puerta)

¿Es que no entiendes que quiero estar solo?

(Llaman a la puerta)

-¿Qué hace usted aquí?

-Me he tomado la libertad de traerle algo de comida.

Le hará bien.

-No tendría que haberse molestado, no tengo apetito.

-Tiene que comer, aunque no tenga hambre.

-Sé muy bien lo que debo o no debo hacer.

Gracias por su visita. -Haga un poder.

Tiene que cambiar esa actitud,

tiene que salir a la calle y retomar su vida normal.

-Esta es mi vida y no necesito cambiar nada más, así estoy bien.

-No lo creo. Usted necesita ayuda espiritual.

Puede ir a la iglesia, seguro que el párroco lo acoge,

es un hombre muy sabio, y muy pío.

-La ayuda que yo necesito no puede dármela un sacerdote.

-Piénselo bien. No puede caer en el desánimo,...

en la desesperación.

En el fondo, don Felipe, esto no es una actitud de un buen cristiano.

-Le ruego por favor que se marche de mi casa.

-Al menos quédese con la... -¡He dicho que se marche!

-Piénselo bien.

El socorro que precisa se lo puede dar Dios Nuestro Señor.

-¿El Dios que permitió que me arrebataran a mi esposa?

¡Le maldigo!

-Le suplico que mida sus palabras,

eso es una blasfemia muy grave.

-¿Quién se ha creído que es para inmiscuirse en mis cosas?

¡Es usted una cotilla! ¡Lárguese de mi casa!

-¡No tiene por qué faltarme al respeto, he venido a ayudarle!

-¡Pues ahórrese el trabajo, coja su comida y largo!

¡¿Tan difícil de entender es que no necesito a nadie a mi lado?!

-Nunca hubiera esperado un comportamiento tan grosero de usted.

Le hace flaco favor a mi amiga Celia y a su memoria.

-No voy a consentir que la mencione. Lárguese de mi casa.

-Está bien, no hace falta que lo repita más.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Tenga cuidado con el viento,...

que dicen que se lleva a las chicas guapas por delante.

-Sí, he tenido que usar los libros de lastre porque me volaba.

-Me gustan las mujeres con respuesta para todo.

-Pues vuelva a por más. -Han estado sus padres aquí

celebrando que se van a hacer ricos vendiendo aceitunas a medio mundo.

-A medio mundo no sé, pero en Argentina se venderán por quintales.

-Eso le dará a usted buenos argumentos para encontrar marido.

¿Quién sabe si se fijará en sus ojos

el hijo del dueño de una fábrica de pepinillos en vinagre?

O de anchoas.

-Mientras no me casen con el hijo de la dueña de un restaurante.

-Qué crueldad.

-Ya le dije que si quería volver a por más.

-Siempre lo haré, me gustan sus respuestas.

-Tengo para todo. Bueno, me voy, que hace mucho frío.

-Con Dios. Cuidado con el viento,

que ya le he dicho a quiénes se lleva.

-Sí, a las guapas.

Pero ¿adónde vas a estas horas?

-¿Sabes cuando a tus padres les da por celebrar?

No hay ni lomo, ni queso, ni jamón. Donde Lolita voy, a ver qué tiene.

-Pero ¿han invitado a alguien?

-No, ellos solos, no tardará tu padre en coger la guitarra

y tu madre en cantar.

-Me encanta cuando hacen eso. -Yo, cuando hacen eso,

echo mucho de menos mi pueblo.

Me arrepiento tanto de haber "dejao" mi tierra.

Nosotros celebramos diferente, más sano igual.

Recuerdo cuando íbamos en romería hasta Nuestra Señora de Begoña

a ver la imagen de la Amachu, rezar un poco, cortar unos troncos,

comer una carne buena a la brasa, cantar con el orfeón.

Nada de palmas ni bulerías y eso.

-Menos mal que somos del sur, porque tiene una pinta de aburrido.

Lo que no sé es qué celebran. -El negocio de las aceitunas.

-Más bien, lamentar que ardió el teatro.

Me he criado en ese teatro, entre bambalinas.

¿Sabes cuál era mi mayor sueño?

Actuar allí y que la platea me aplaudiera.

-No digas eso, yo pensaba que se te había olvidado

lo de ser artista.

-¿Y eso por qué? -Porque tus padres tienen bastante

con el incendio del teatro. -Pues más motivo para ser artista.

Tengo que hacerme famosa y levantar todo lo que se ha perdido.

Tengo que ayudarlos, sacarlos de esos apuros y retirarlos de una vez.

Por eso me voy a esforzar mucho más en triunfar.

-Qué familia de locos, estáis todos locos.

(HABLA EN EUSKERA) Todos, ¿eh?, todos.

-Veo que te has puesto cómodo, eso es que no vas a salir.

-¿Y adónde quieres que vaya a estas horas?

-No sé, quizá habías quedado con Samuel.

Ya me he enterado por Casilda de que ha estado en casa visitándote.

-Sí, estuvimos charlando un rato. -Ah, ¿y qué quería?

-Te lo acabo de decir, cariño, charlar.

-De algo hablaríais.

Tener una charla sobre la nada, es aburrido y difícil.

-Bueno, no estaba su esposa en casa, se aburría y vino a visitarme

para tratar de cualquier asunto.

-¿Estás seguro de que no vino a por algo de enjundia?

-Completamente seguro, sí.

-Mañana he pensado ir a encargarme un sombrero,

¿podrás a acompañarme?

-No, lo lamento, no voy a poder. Tengo que hacer unas gestiones.

-Ah, ¿y qué gestiones son esas?

-Resolver unos asuntos, qué preguntona estás.

-Tienes conversaciones sobre cualquier cosa, gestiones,

parece que quieres ocultarme algo.

-No sé qué piensas que puedo ocultarte.

-No sé, por eso digo que me lo ocultas.

-Desde luego, menudo galimatías. -Dime de qué se trata,

¿qué tienes en mente?

-¿Por qué tengo que darte explicaciones de todo?

-¿Cómo que por qué? Eres mi esposo.

-Razón de más para que confíes en mí.

-Y razón para que me cuentes todo.

-No sucede nada. -Entonces dime qué quería Samuel,

por qué vino a casa.

-No sé qué te pasa, pero no tengo por qué aguantar esta desconfianza.

-Pero dime qué quería. -¡No pienso hacerlo!

¿Hasta cuándo tengo que rendirte cuentas?

-Mientras estemos casados, y ya oíste al cura:

hasta que la muerte nos separe. -Rosina,

me voy, no quiero discutir. -A estas horas

no se acuestan ni las gallinas. -Problema mío.

Dormido no tendré que rendirte cuentas de todo.

-Liberto. Liberto.

(Campanadas)

-Me alegro de que su señora se encuentre mejor.

¿Podrías sonreír un poco, querida?

Cualquiera que te vea diría que no estás a gusto con tu esposo.

Haré un poder.

Da gusto ver a un matrimonio unido acudir a misa a diario.

-Hay que conservar las buenas costumbres.

-Diga usted que sí.

Se está perdiendo todo, si yo le contara.

Hay cada individuo de los que es mejor ni hablar.

-Nos alegramos mucho de verla otra vez por la calle.

-Hemos estado pendientes de todo lo que acontecía.

-Gracias a Dios ha sido solo un susto.

Está completamente restablecida.

-Lástima que no se pueda decir lo mismo de otros.

-¿A quién se refiere? -A Felipe.

Ayer tuve un encuentro de lo más penoso con el abogado.

Con decirles que me echó de su casa sin contemplaciones.

-Ese hombre cada vez está peor.

-Y eso que yo solo iba a ver cómo se encontraba,

y a subirle un poco de comida.

-Tienen que disculparle,

el pobre de don Felipe cada vez es menos dueño de sus actos.

-¿Y tú no dices nada, querida?

Sí, sí, estamos muy preocupados por él.

Cada día está más reservado y es difícil interesarse por él.

-De eso ya me di perfecta cuenta.

Bueno,... les deseo

que deje de ser un problema para ustedes,

y para el resto de los vecinos.

Con Dios. -Con Dios.

-Con Dios. -Vamos.

¡Mire, allí está Telmo!

Hola, Telmo. ¡Mateo!

Podríamos hacer más barcos. ¿Me enseñas a tallarlos?

Por supuesto que sí,...

pero cuando sea el momento oportuno.

-Mateo.

Ven.

Tenemos que entrar a la iglesia.

Corre. No le hagas esperar. Quiero quedarme contigo.

Él me resulta antipático.

¿No has oído que te llama tu padre?

Vamos.

No. ¡No quiero ir a misa! Quiero quedarme con Telmo.

Basta de réplicas.

Andando.

-Señora, para variar, voy a preparar un plato que no es de su tierra.

-Veremos qué tal me sienta.

Sabes que no soy de hacer experimentos con la comida.

-Poco experimento hay en una fabada asturiana.

-Lo mismo nos quedamos con hambre.

-No, por eso no se preocupe. Si no hay bastante,

le frío unos chicharros que traen del mismísimo puerto del Bermeo.

-Vengo del estudio del fotógrafo, ya tengo los retratos.

-Ay, ¿cómo he salido? -¿Cómo vas a salir, lucero mío?

Como lo que eres:

un rosal en flor.

Mira. Ni el mismísimo Julio Romero te hubiera retratado mejor.

-Me estás tomando el pelo, ¿no? -¿Yo? No me atrevería.

-Ni usted ni nadie. -¿Cómo puedes decir

que salgo bien?

El pintamonas del fotógrafo ese me ha puesto 10 kilos de más

y 15 años encima.

-Señora, poco puede hacer el fotógrafo

para cambiar lo que retrata, lo que sale es lo que hay.

-¡Y un cuerno!

Las fotos están hechas con muy mala baba.

-¿Qué pasa? Ha pasado demasiado tiempo desde que te hicieron

el último retrato y estás desacostumbrada.

-De eso nada. Parezco mi abuela,

mira qué arrugas, mira qué papada.

-¿A ti qué te parece?

-Vamos, yo no les pondría ni un pero. Está usted majestuosa,

como siempre, señora.

Yo diría que está un poquito más pinturera.

Si usted es como el buen vino, que con los años mejora.

-Tus seguidores están deseando ver imágenes nuevas tuyas,

las viejas las tendrán ya gastadas de tanto admirarte.

-Es cierto. Sé que me debo a mis admiradores,

pero no les puedo dar cualquier cosa.

-Por supuesto que no.

Esas fotos son fetén, no vas a defraudarles.

Verás como con tu nombre y retrato en los botes de aceitunas,

los vamos a vender por cajas. -No lo creo.

Con ese retrato no dan ganas de comer aceitunas, doy es pena.

-Chiquilla, no seas exagerada.

Cada día que pasa estás más hermosa, lucero mío.

-Háganos caso, señora, más quisieran algunas estar así a esta edad.

Y, además, acuérdese de cómo estamos.

-Desesperados,

a la espera de la cuarta pregunta. -Pues eso,

necesitan más este negocio que el agua de mayo.

-Está bien, pero ve a hablar con el fotógrafo y que retoque eso,

que me ponga... más joven y más delgada.

-Pero ¿cómo va a hacer eso?

Ni que fuera esto una pintura que se puede retocar a capricho?

-No seas pánfilo. En la fotografía se puede hacer igual.

Se oscurecen los pómulos para que se marquen más,

quitan un poquito las arrugas

y un par de trucos

que tendrá el fotógrafo para que parezca más presentable.

-Está bien, iré otra vez al fotógrafo,

a ver si puede hacer algo rapidito,

porque las etiquetas las vamos a necesitar ya mismo.

-Y tú... vete olvidando de la fabada.

Haces los chicharros y un poquito de lechuga,

que me he visto un poquito hinchada.

-Ya verás como ahora, a cuenta del retrato,

vamos a pasar hambre todos en esta casa, ya te voy a contar.

-¿Qué crees que hará Liberto?

No lo sé,... pero dudo mucho que nos dé el dinero.

Yo también.

Tendría que enfrentarse a su esposa y no lo va a hacer.

Me temo que le tiene más respeto que a un morlaco.

Se me ocurre que podríamos intentar contactar con Marlene.

¿Crees que eso es una buena idea?

Igual que yo ayudé a mis amigas,

quizá ella pueda hacernos ahora este favor.

No creo que Marlene disponga de una cantidad

de dinero tan elevada. Puede conseguirlo.

A Marlene no le van a faltar recursos ni agallas.

¿Y qué va a hacer?

¿Conseguir el dinero de Cristóbal Cabrera?

Es una posibilidad.

Pretendes que Marlene robe el dinero al mafioso

para dárnoslo a nosotros.

¿Has pensado en las consecuencias que podría tener algo así?

Estoy segura de que ella sabría hacerlo sin correr ningún riesgo.

De ninguna manera.

Te prohíbo que vuelvas a ponerte en contacto con esa gente.

No estoy acostumbrada a que me digan qué hacer.

¿A qué viene eso?

Piensa. Por ponerte en contacto con Marlene,

has traído a Ariza hasta nosotros.

Lo sé,...

pero la situación empieza a ser desesperada.

Sosiégate, encontraremos una solución antes o después.

El tiempo se agota.

No pienso permitir que vuelvas a ponerte en peligro.

Para mí no es plato de buen gusto acercarme a esas gentes.

Genoveva,... te prometo que voy a conseguir el dinero.

Tenemos que cerrar este capítulo de tu vida de una vez por todas.

De buenas intenciones está el infierno lleno.

Afronta la verdad, no puedes conseguir esa suma por tus medios.

-Con su permiso, ha llegado esta nota del piso de arriba

para ustedes.

Es de Liberto.

-¿Qué dice?

Se pregunta si estaremos esta tarde en casa.

Quiere verme.

Carmen, sube y dile que estaré encantado de recibirle.

¿Crees que habrá cambiado de opinión?

No lo sé. Habrá que esperar hasta la tarde.

-La "señá" Susana nos ha vuelto a jeringar.

Se ha "plantao" en la clase de tango y no hay quien la saque de ahí.

-Bien vais si al menos os deja bailar.

-¿Les va a dejar? Pero si tiene negros

a doña Rosina y a don Liberto. Con esa mujer ahí delante,

ese baile se vuelve tan soso, que parece una sardana

bailada por una sola persona.

-Esa mujer no está a gusto si no se mete en la vida de alguien.

-No es que sea de mi gusto ese bailecito,

pero es "mu" bueno "pa" que el Jacinto y yo...

Ya saben, "pa" que se anime a venir la cigüeña.

-Con doña Susana en medio, lo único que os va a dar es sueño.

-No desesperes, el Señor,

antes o después, contestará a tus ruegos

con un buen roro, si no son dos.

-Eso, prima, ten paciencia,

ya verás la alegría que te va a dar cuando tengas a unos críos

gritando. -Llevamos tanto tiempo así,

que ya no sé qué pensar. Además, ayer estuve con la Consuelo.

Estuvo "to" el tiempo con un niño en la teta

y con el otro y haciendo "trastás",

y eso tiene que ser "mu" "pesao". -No digas simplezas.

Las mujeres estamos en el mundo para tener hijos y criarlos.

-Tú di lo que te apetezca.

Aquí, la que no se consuela es porque no quiere.

Por cierto, ¿se sabe algo más de don Felipe?

-No. Sigue metido en la casa,

día y noche.

-Pues mejor, así no arma ningún escándalo.

-Ay, qué penita me da.

Era un hombre de lo más principal,

y ahora está más "acabao" que un carterista manco.

-Ya. Lleva así mucho tiempo.

"Ende" que murió doña Celia no levanta cabeza.

-Cuántas veces le habrá tenido que llevar Cesáreo hasta su casa.

Que no se tenía en pie.

¿Cómo le irá en su nuevo barrio al sereno?

-Un día podríamos pasarnos a visitarlo,

y así que nos cuente qué tal está. -A la paz de Dios.

¿Está la Fabiana? Es que tengo abajo un cliente

que quiere toallas limpias y no las encuentro por ningún armario.

-No. De todas formas, usted se va al mar a buscar agua y no la encuentra.

-Si quiere, le prestamos una limpia de las nuestras.

-No, que use las de ayer, que eso tampoco es un hotel de postín.

¿Y qué? ¿Qué se cuentan por aquí?

-Hablábamos de ir de excursión al barrio donde trabaja Cesáreo

para ver cómo anda. -Mujer,

¿cómo va a ir al quinto pino?

Estuve el otro día con él y le vi mejor que un obispo,

además, me dio recuerdos para todas. -Arrea,

¿y por qué no nos dice "na"?

-Se me pasó. ¿Sabes la cantidad de cosas que llevo en la cabeza?

-La gorra, y ahora mismo ni eso. -De todas formas,

que le haya visto usted, no quita para que vayamos a visitarle.

-Que no, mujer, que no es buena idea.

Además, está muy "ocupao" y lo único que harían es distraerles, no.

-¿Distraerle?

Poca distracción va a tener por charlar un rato con nosotras.

No va a dejar de hacer la ronda. -Que no,

que lo veo una temeridad. Está de pruebas,

y si ocurre una desgracia y le pillan de cháchara,

se juega el puesto.

-Muy mala sombra sería que pasara algo así.

-¡¿Cómo hay que decir que cada uno, donde mejor está, es en su casa?!

-Eh, eh, eh, temple, Servando.

No se preocupe, si le escuece, no vamos a ir a verlo.

-No, si pueden hacer lo que quieran, yo solamente lo digo

por el bien de Cesáreo.

Y ahora, me voy a buscar a Fabiana, o las toallas o yo qué sé.

-A saber qué le pasará ahora a este hombre.

-"Mu" normal no anda.

-Ni ahora ni nunca, la verdad.

-Un huésped se dejó olvidado un libro y Fabiana me lo ha regalado.

-¿Te gusta leer? -Mucho,

pero tampoco tengo casi tiempo para hacerlo.

Además,... los libros son demasiado caros.

-Pídeselos a Samuel, seguro que tiene una buena biblioteca.

-No sé. Me da apuro hacerlo,...

y ahora tampoco tengo necesidad, puedo leer mi libro

un poco todas las noches y esperar a que me venza el sueño.

-¿Y qué tipo de novela te gusta leer?

Supongo que las románticas. -No.

Para nada.

Me gustan... los libros de viajes, aventuras.

Me permiten visitar lugares lejanos que de otra forma nunca conocería.

-Nunca lo hubiera dicho.

Mira. Mira qué poesía me ha escrito mi hija Milagros.

-La echará mucho de menos, ¿no? -Sí.

A pesar de que nos carteamos a menudo,

tengo muchas ganas de verlas a las dos, a mis dos niñas.

-¿Está preocupado por ellas?

-No, no es solo por eso. Estoy preocupado por Felipe,

lleva varios días sin salir de casa. -Ya.

Por lo que sé,... nadie consigue hablar con él.

-Sabes que fui yo quien le consiguió ese trabajo, ¿no?

-Ya me lo figuraba.

-De poco le ha servido,

no ha tardado en cometer un error en la gestión

de los asuntos de esos señores.

-Don Felipe está muy mal,...

no puede esperar que se recupere de un día para otro.

-Ya, ya me he dado cuenta, pero por mucho que les he insistido

en que disculparan su error, no han querido escucharme

y han contratado a otro abogado.

-No sufra por no haber podido hacer más.

Usted no tiene la culpa.

-Lo sé,...

pero no puedo evitar sentirme frustrado.

-Sacar a don Felipe de su estado es imposible.

Con el paso de los años ha puesto a su esposa en un pedestal.

-¿Qué quieres decir?

-Pues...

que pienso que lo que le ocurre al abogado

es que tiene a su difunta esposa como una santa,

por una mujer sin tacha, y la verdad es que estaba desquiciada,

y eso fue lo que la llevó a su amargo final.

-Eso es cierto.

-Si don Felipe pudiera ver a doña Celia tal y como era,

tal vez reaccionaría.

-Me pone un trocito de este queso, el que más le gusta a mi esposa.

-Si se espera, Lolita ha ido a recoger un queso

que nos traen de la sierra que está buenísimo.

-¿Cómo no ha ido usted a por ellos?

-Bueno, a ella se le da mejor regatear que a mí.

Cuando va ella, nos sale una peseta más barato.

-Lo que cambian los tiempos.

Las mujeres, haciendo los negocios y los hombres haciendo la compra.

-Sí. Bueno, a mí no se me caen los anillos

por andar con un capazo. De aquí me voy al mercado.

-Yo no me puedo escapar, porque o hago la compra

o hago las habitaciones de la pensión,

pero usted, teniendo criadas "pa" estos menesteres.

-Sí, pero prefiero que se quede en la cocina.

En nuestra casa comemos mejor que en cualquier restaurante.

-¿Se pasó a por los retratos de su esposa?

-Sí, sí, puso algunas pegas, claro, pero nada que no tenga remedio.

Enseguida tendremos las etiquetas. -Nos van haciendo falta.

He pasado a primera hora por el almacén

y el envasado va viento en popa.

-A este paso, podremos embarcar las aceitunas muy prontito.

-Ojalá sean del agrado de los indígenas,

que lo mismo no saben ni lo que son y se las tiran los unos a los otros.

-No sé qué idea tiene usted de Buenos Aires,

pero es una ciudad tan cosmopolita como París.

-Pero ¿no van en taparrabos? ¿Eso no son las Américas?

-Tendría usted que viajar más, el mundo no es como se lo figura.

-Tendremos que sacar dinero del fondo que tenemos,

hay que pagar a los mozos y el alquiler del almacén.

-Ya puede salir bien el negocio.

-¿Y no sería mejor vendérselas a los italianos,

que ya están más hechos a comérselas?

-¿No crees que ya tienen aceitunas suficientes en su tierra?

Nos resultaría difícil vender las nuestras.

-Ni con la foto de Bellita ni con la de ninguna otra cantante.

-¿Quién sabe? Alguien nuevo, una debutante con garra.

He oído que ha aparecido una que es muy buena.

-Ni idea, ¿cómo se llama?

-La dama del misterio.

-Parece más nombre de espía que de cantante.

-Ha salido en los periódicos

y puede llegar a ser una gran figura.

-No he leído nada, y yo me fijo en las noticias de espectáculos.

-Creo que actúa en un cafetín a las afueras y no le va nada mal.

-Habrá que ir a verla. A lo mejor ha nacido una estrella.

-No creo.

Esas cosas suelen ser modas de un día.

A la buena cantante le viene de estirpe,

y yo no he oído hablar de esa individua.

-¿Quién sabe? Eso habrá que verlo, ¿no?

-Bueno, me voy al mercado.

Les esperamos esta tarde en el restaurante

para afinar los detalles y celebrar lo bien que va el negocio.

-Allí estaremos.

-Con Dios. -Con Dios, don Jose.

Hay que ver,...

uno no se acostumbra a ver todo un señor de pelo en pecho

haciendo la compra.

Anda, Antoñito, ponme cuarto y mitad

de queso fresco de ese que tienes por ahí.

-Deja a la criada que recoja esos trastos.

Ven a sentarte a mi lado.

Como quieras.

Me he sentido muy bien esta mañana estando en tu compañía en misa.

Esta tarde iremos a pasear a los Jardines del Príncipe.

¿Te parece bien?

¿Qué ocurre? ¿No quieres pasear con tu marido?

No, no es eso. Simplemente es que me encuentro

algo indispuesta. No te creo.

Ya vuelves con las excusas.

Soy tu marido y tienes que atenderme.

¿No has oído que me siento mal?

Anda, aquí está mi caballito. No lo encontraba por ninguna parte.

-Espera un momento.

Ven aquí.

-¿Qué ocurre, padre?

-¿Te parece bien... dejar tirados los juguetes por todas partes?

Eres un niño muy rebelde.

Voy a tener que enseñarte con azotes.

-No, padre, le prometo que no volverá a ocurrir, no me pegue.

-Demasiado tarde para arrepentimientos.

Vas a probar mi vara. Ya está bien, Eduardo.

No puedes castigar al niño de esa forma.

Sé muy bien cómo educarlo. Te ruego

que no descargues tu ira con él.

(SE QUEJA)

Deja de fingirte enferma.

¿Te crees que puedes manipularme con tretas tan manidas?

¿No eso es lo que llevas haciendo tú durante todos estos años?

No te voy a consentir... -Eres malo, ¡no pegues a mi mamá!

Quieto, Mateo. No le vas a hacer daño.

¿Qué pasa? No se meta en esto.

Vamos.

¿Qué hace?

¿Se puede saber de parte de quién está?

No voy permitiré que le haga daño a la señora.

¿Quién se cree que es, estulta?

Es una criada y va a obedecer mis órdenes.

¡Quítese ahora mismo de mi camino!

-Bueno, pero si aquí no hay nadie. -Natural, Jacinto y Marcelina

han decidido no presentarse a las clases.

-Con tu tía velando por la moral, se duermen hasta las ovejas.

-Y de eso Jacinto sabe un rato.

-¿Y si aprovechamos y damos un paseo?

Será más divertido que esto.

-Me encantaría, pero no puedo, tengo que hacer unas gestiones.

-¿Y de qué se trata?

-Creo que ya hablamos ayer de eso, ¿no te parece?

Deja que me encargue yo de mis asuntos.

-Como quieras, yo sí que iré a dar un paseo.

-Muy bien. ¿Y qué le decimos entonces a mi tía?

-Si nos vamos antes de que llegue, no habrá que decir nada.

-Ah, ¿que ya se marchan?

-Sí, hemos decidido dar por finalizadas las clases.

-¿Tan tarde he "llegao"? -No, no llegas tan tarde,

pero con Susana todo es tan aburrido,

que preferimos dedicarnos a otros menesteres.

-Y que Jacinto y Marcelina ni se han molestado en subir.

-Qué lástima, tenía unos pasos nuevos.

-Pero bueno, ¿de dónde te vienen tantos pasos nuevos?

¿Por ciencia infusa?

-No sé, no sé, habré nacido para ello.

Si no le importa, doña Rosina,

se los enseño.

-Estoy deseando ver qué se te ha ocurrido.

-Con su permiso.

Muy bien, doña Rosina, venga para acá mientras don Liberto

pone la música.

Intente seguirme, yo voy a empezar con el pie derecho para atrás.

Venga.

Uno y abro delante,

uno, dos y tres, y cierro.

Y ahora para el otro lado, muy bien, hacemos lo mismo.

Para atrás, y uno, y abro delante,

y uno, dos y tres y aquí.

-(GRITA)

-¡Pero ¿qué desvergüenza es esta?!

-Me ha "pegao". -¡¿Cómo te atreves a hacer eso

con una señora, y delante de su esposo?!

¿Qué pasa, que cuando desaparece el gato

aprovechan los ratones? -Está sacando los pies del tiesto.

-De eso nada.

¿Cómo se os ocurre tratar de engañarme?

Os he calado desde el principio, y no os voy a pasar ni una.

Venga. A bailar todo el mundo.

-Pero ¿y yo bailo solo, entonces?

-Sí. Así no harás ninguna obscenidad.

(Música)

-Sacar a don Felipe de su estado es imposible.

Con el paso de los años, ha puesto a su esposa en un pedestal.

-¿Qué quieres decir?

-Pues...

que pienso que lo que le ocurre al abogado

es que tiene a su difunta esposa

como una santa, por una mujer sin tacha,

y la verdad es que estaba desquiciada,

y eso fue lo que la llevó a su amargo final.

-Celia, ¿qué hace, dónde se lleva a Milagros?

-La niña me necesita.

-Pero ¿qué dice? Deténgase.

-Si don Felipe pudiera ver a doña Celia tal y como era,

tal vez reaccionaría.

-¡¿Pensó que podía compensarme por la muerte de mi esposa?!

¡No solo es un miserable, sino también un asesino!

No se merece mi furia, tan solo

mi repugnancia. Apártese de mi camino.

Me asquea verle.

(Llaman a la puerta)

-Adelante.

-Le traigo toallas limpias, don Ramón.

-Gracias, Fabiana.

-Me he "enterao" de que el negocio de su hijo y Lolita

va viento en popa.

-Así es, espero que obtengan pingües beneficios.

-Yo seré la primera quien compre aceitunas de la Bellita.

Me va a tener que dedicar un bote.

¿Usted se lo podría decir a su hijo?

-Cuenta con ello. -Gracias.

Me es muy grata su visita, he de reconocer que no esperaba su nota.

Algo tenía que hacer después de nuestra última conversación,

¿no cree?

Samuel,... no me voy a andar con rodeos.

Tenga.

¿Qué es eso? Las 3000 pesetas que me pidió.

Esta misma mañana fui al banco a retirar el efectivo.

La verdad es que no esperaba contar con su ayuda.

No sé cómo agradecerle el gesto.

Es lo menos que podía hacer por un amigo.

Muchísimas gracias. Me ha salvado usted una vez más.

No se arrepentirá, se lo pagaré en cuanto me sea posible.

Eso espero, porque mi esposa no sabe absolutamente nada de esto

y me gustaría que Genoveva tampoco.

Claro, por supuesto, no le diré nada de este asunto.

Y ahora he de marchar.

Cuanto menos tiempo pase fuera de casa,

menos preguntas me hará Rosina.

No hace falta que me acompañe a la puerta.

Muchas gracias, amigo.

¿Te ha dado todo el dinero?

Así es. Hasta el último real.

Vamos a poder olvidarnos por fin de Ojeda y de Ariza.

Voy a buscar al senador para saldar la deuda.

Tú no vas a ninguna parte.

Quiero zanjar este asunto cuanto antes.

Antes tenemos que celebrar.

(Música)

-Tenemos que estar muy contentos por lo bien que pinta el negocio.

-Mucho corren,

que no hemos "vendío" ni un hueso.

-Con mi foto en el bote, nos las van a quitar de las manos.

-Arantxa.

Miren después de tanto cambio, lo bien que ha quedado la etiqueta.

-No terminan de gustarme, las veo un poquito pálidas

y yo tengo un buen color.

-Si es que cada vez quiere verse menos.

-Doña Felicia. Venga, venga.

Mire. ¿Qué le parece cómo han quedado las etiquetas?

-Estupendas.

Está usted muy favorecida y muy imponente, Bellita.

-Un poco ajada,

pero la que tuvo, retuvo. -Está usted guapísima.

En cuanto las tengan, yo quiero una docena

para servirlas a mis clientes. -Si son las mismas que vendo yo.

-Si van en bote son más elegantes.

Mejor que sean dos docenas.

-Delo por hecho. -¿Has visto, cariño?

No hemos pegado las etiquetas y ya hemos vendido una caja.

Podríamos seguir celebrándolo yendo a ver a la cantante nueva

de la que habla todo el mundo.

-¿Qué cantante? -Todo el mundo habla de ella

y de las buenas críticas en los periódicos.

La dama del misterio, la llaman.

Disculpen. -No la he oído nombrar.

-Yo sí. Don Servando me ha hablado de ella.

Me parece buena idea seguir con la celebración yendo a ese espectáculo.

-Yo creo que no es para tanto, canta en un tugurio de mala muerte.

-Esos son los mejores,

¿verdad, Mari Belli?

¿Qué te parece... si vamos a verla?

-Hoy no estoy de ánimos.

Además, si es tan buena como dicen, aguantará un tiempo en el cartel.

Ya iremos a verla otro día.

-Pues yo estoy deseando que llegue el primer cargamento de aceitunas.

Dios quiera que sean bien acogidas.

-No las comerán mejor en "to" el mundo.

Después de esto, Cabrahígo va a ser "conocío".

-Da un poco de vértigo, ¿no? -"Pos" sí,

sobre todo por el parné que hemos "invertío".

-De eso no hay que preocuparse, va a salir de perlas.

Tengo un pálpito. -No temas,

ya verás como en meses estamos celebrando

que hemos vendido todas las aceitunas de tu pueblo

y las del pueblo vecino.

(RÍEN) -Brindo por ello.

¡Por Cabrahígo y sus aceitunas! -Ole.

Con este barco podrás cruzar los siete mares

y descubrir países lejanos como el de los hombres

que tienen pies en lugar de manos.

Y el de los gigantes...

Siga, madre, siga. ¿Qué más cosas puedo ver?

Espera un momento, mi amor.

¿Está enferma?

No. No, pequeño, es solo cansancio.

No te apures por mamá, tú sigue jugando.

Madre, no quiero que se muera,

me da miedo quedarme solo con padre.

No digas eso.

Eso no va a pasar, mamá siempre estará a tu lado.

¿Me lo promete?

Te lo prometo.

Estuve muy triste cuando la llevaron al hospital.

Si le hubiera pasado algo, me hubiera ido de esta casa.

¿Y adónde te irías tú con lo pequeño que eres?

No soy tan pequeño.

Me iría a vivir a Levante, a echar al mar mi barco.

Luego cogería una barca y me iría hasta que no se viera

nada de tierra. Y allí la esperaría

a que viniera a buscarme.

Yo iría montada en un delfín y los dos juntos

saltaríamos las olas.

Es usted muy buena, madre.

No se puede figurar cómo se enfadó padre

cuando le dije que nos íbamos a ir a vivir a Levante.

¿Qué le contaste?

Que Telmo, usted y yo nos íbamos a ir a vivir junto al mar,

para tener muchos barcos.

Se ha puesto blanca, madre.

¿Usted también le tiene miedo a padre?

Anda, ven aquí.

-Ni usted ni nadie va a impedir que yo me lleve a mi hija.

-Aléjese de la cuna.

-No.

-¡Aléjese de mi hija!

(GRITA)

-No puedo seguir así por más tiempo.

-Estoy deseando volver. -Espera,

que me tiene que dar Emilio unas botellas.

-No me llega la camisa al cuerpo,

un poco más y se presentan en el café.

-Es normal que se interesen por La dama del misterio,

se han "pasao" la vida entre bambalinas.

-Un día se presentan en el espectáculo.

-Nos hacen escabeche a las dos.

Mejor sería si te fueses olvidando del asunto.

-De ninguna de las maneras.

Ya se me ocurrirá algo si llega el día.

-Estate inspirada en el momento, por nuestro bien.

-Mi madre está liada con las aceitunas,

e Hipólito me ha dicho que no tiene sitio para mí esta semana.

-Por mí, como si no te llama. -No seas ceniza,

que estoy deseando volver al escenario.

Me ha dicho que me avisará en cuanto tenga un hueco.

-Aquí tiene. -Muchas gracias, muy amable.

Cinta, ¿me puede conceder un momento?

-Subo antes de que tu madre me eche en falta,

que con el atracón, no va a tardar en pedirme bicarbonato.

Qué pronto se le ha "olvidao" que iba a comer menos.

-¿Qué quiere? Mi padre ha pagado la cuenta, ¿eh?

No me tome por una caradura.

-No se me ocurriría, aunque antes la he visto un poco... sospechosa.

-Mire en mi limosnera, que no me he llevado nada.

-No se chancee de mí, no me refiero a eso.

Lo digo por la cara que se le ha puesto cuando han hablado

de La dama del misterio, ¿a qué se debe?

-No sé de qué me habla.

Creo que tiene usted la imaginación demasiado despierta.

-Yo no diría tal cosa. Empiezo a conocerla

y he visto cómo se alteraba cuando hablaban de ese tema.

Bueno, y las miradas con su criada. -¿Empieza a conocerme?

¿Y quién le ha dado a usted permiso para tomarse esas libertades?

-Lo único que he hecho ha sido mirar.

-Pues mire a otro lado, que lo que me ocurre a mí no es asunto suyo.

-Por como se está sofocando, diría que no estoy errando el tiro.

-Váyase a la porra, es usted un pesado.

Y deje de decir disparates sobre mí.

(Llaman a la puerta)

Lucía, ¿eres tú?

Ah, es usted. ¿Qué quiere?

Hay algo que debo tratar con usted.

Está bien, pase.

Le he estado dando muchas vueltas antes de venir y...

mi conciencia no me permite seguir con esto.

Además, he de avisarle...

que don Eduardo está al tanto

de su plan de fuga.

Sospecha de ustedes...

y me ha pedido que sea sus oídos, sus ojos,

que le tenga al corriente de todo lo que hagan.

No entiendo cómo ha podido averiguarlo,

pero eso ahora no es lo más importante.

¿No, entonces qué es importante?

Necesito saber si a partir de ahora está dispuesta a ayudarnos.

Conteste sí o no.

(Llaman a la puerta)

(Llaman a la puerta)

(Llaman insistentemente a la puerta)

(Llaman insistentemente a la puerta)

Otra vez la sastra.

Esta mujer no se cansa nunca.

(Llaman a la puerta)

¿Quién es?

¿Para qué viene aquí a molestar?

-Soy yo, Ramón.

Le ruego que me abra, es menester que hablemos.

-¿Cómo se atreve a presentarse a la puerta de mi casa?

¡¿Ha perdido el oremus?! -Deje por un momento

el enfado a un lado, Felipe.

Lo que tengo que decirle es de suma importancia.

-No quiero escuchar ninguna de sus palabras, están cargadas de ponzoña.

-Felipe, escúcheme, se lo ruego, entre en razón.

Se lo pido por la amistad que tuvimos durante muchos años.

-¡Lárguese de aquí!

No quiero que vuelva nunca más.

-No voy a marcharme, Felipe.

He venido hasta aquí para hablar con usted,

y hasta que no lo haga no me iré.

-Si abro esta puerta, es para matarle.

-Haga lo que tenga que hacer,... yo no voy a irme.

Escúcheme, por favor, tengo que decirle algo de vital importancia.

Escúcheme...

Y, después, prometo no volver a dirigirle la palabra nunca más.

-¡Cállese! ¡Cállese de una vez!

Le juro que si abro esta puerta, será para matarle.

¡Acabaré con usted con mis propias manos y le juro que lo haré!

"Don Eduardo" no es una buena persona.

Sí, lo supe nada más verle. No.

Ahora se ha convertido en un hombre perverso y oscuro y...

no merece la felicidad.

-Teníamos un gran teatro y ahora tenemos un almacén,

¿en qué mundo es eso bueno?

-En nuestro mundo.

Ya verás, me da en la nariz que esto es el inicio de algo grande.

-Que la Virgen de la Cinta te oiga, que hemos invertido

todos nuestros parneses en esto de las aceitunas.

-Llevamos unos días un poco tirantes

y, la verdad, empiezo a estar preocupada.

-Todos los matrimonios discuten, parece mentira que te lo tomes así.

No pasa nada, es normal.

-Normal que discuta yo, no él, que se me está poniendo contestón.

-¿Liberto? -(ASIENTE)

-Don Liberto, por favor.

¿Han vuelto a tener ustedes algún problema con los Alday?

-No. Vamos, no desde el altercado de la botella, claro.

¿Es que ha ocurrido algo?

-No. Simple curiosidad.

-"Recién salido del horno," el primer frasco de la producción.

-Ole,... ole y ole. -¡Es divino del todo!

-Y lo mejor de todo:

ahora mismo está en camino hacia el puerto el primer cargamento.

Dentro de unas horas

estará en la bodega de un barco rumbo a Argentina.

-¡Susana, que no quiero...! -¡Este disco se va conmigo!

-¡Pero, Susana, que es mío! -¡Quita!

-¡Susana! -¡Suelta!

-(GRITA)

Eduardo me da miedo y no quiero que Mateo crezca a su lado.

Quiero a don Telmo como si fuera un hijo.

Solo deseo su felicidad y,...

sé que únicamente podrá ser feliz a su lado

y al lado de Mateo.

Eso no va a ocurrir.

¿Qué está diciendo?

Úrsula, hay algo que no le he contado.

-"¿Han visto ustedes" a don Ramón?

-Salió hace un rato. Si corres, lo pillas donde la Lolita.

-No se han "enterao", ¿no?

-¿No puedes dejar de controlar tanto a la gente?

-¿A la gente o a ti?

-Está bien, a mí, a mí, me controlas demasiado.

-Claro, porque soy tu esposa.

-Tú lo has dicho, eres mi esposa, pero ni mi señora ni mi madre,

y que te quede muy claro que ni soy tu criado ni tu hijo.

-Has venido a hablar de eso, ¿verdad?

No. ¿Y cuál es el motivo de tu visita?

-La semana que viene ha quedado un hueco en el cartel y podrías actuar.

¿Cómo lo ves?

-Que me caigo de culo de la alegría.

-¿Cómo?

-Quiero decir, que será un placer actuar.

-Perfecto, pero esta vez me gustaría hacer carteles

y anunciarte

a bombo y platillo desde ya.

-¿Carteles? -Sí,

con tu cara y tu retrato bien grandes.

Empapelaremos la ciudad.

Esto no me gusta, Samuel. Ese hombre me turba.

Para mí tampoco es plato de gusto tener que pagar una deuda

que no es nuestra, pero hemos de solucionarlo.

-"Los viajes de Marco Polo". Lo leeré encantada.

-Lo cierto es que he venido a decirte algo más.

-Dígame, señor.

Te estás convirtiendo en una persona muy especial para mí.

-¿Por qué no quieres darnos clase?

-Porque no quiero correr más riesgos y que la sastra me dé otra colleja.

-¡Serás cobarde!

-Bueno, a lo mejor merecería la pena correr el riesgo si...

(CARRASPEA) -¿Si qué?

-Si yo ganara algo.

(TOSE)

-Ay, amá, hay que detener ese barco. Hay que detener.

¡Hay que detener ese barco!

-Me gustaría hablar con ustedes sobre un tema.

¿Qué tema?

El pasado de su esposa.

¿Sabes el cruce de caminos que hay en el viejo molino?

Sí.

Pues nos encontraremos allí.

Yo iré en un coche que nos llevará hasta la costa.

Lejos de aquí,... lejos de todo esto.

Por fin juntos, mi vida.

-¿Me vas a pegar? -No.

-Pégame.

¡Pégame! ¡He dicho que me pegues! -No.

-¡He dicho que me pegues, cobarde! -¡Felipe, deténgase!

Si tiene usted que pegar a alguien, pégueme a mí.

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Acacias 38 - Capítulo 988

09 abr 2019

Susana evita que Felipe cometa una locura cuando se acerca a su casa a llevarle viandas.
Eduardo sale a dar un paseo con Lucía y Mateo para provocar a Telmo, que se obliga a agachar la cabeza a pesar de conocer el maltrato al que Eduardo somete a su amada. Telmo busca la alianza con Úrsula para escapar por fin del barrio con Lucía y Mateo.
La situación de Samuel y Genoveva es cada vez más comprometida, pasa el tiempo y no tienen el dinero del senador. Genoveva propone llamar a su amiga Marlén, pero es Liberto quien finalmente les ofrece el dinero.
Ramón cree haber hallado la forma de ayudar a Felipe: Carmen le confiesa que el abogado ha idealizado a su esposa y quizás la mejor manera de ayudarle sea contarle la verdad.
Se acerca el debut de La Dama del Misterio y Bellita se interesa mucho por la nueva cantaora, para gran terror de Cinta y Arantxa.

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