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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 979 - ver ahora
Transcripción completa

-Pregunta usted por la señora de Alday,

los... propietarios del principal de Acacias 38.

-No sigas, que yo ya le he contado todo lo que iba preguntando.

-Y he llegado a la conclusión de que lo mejor para los dos

será que nos dejemos de ver.

No puedo llevar sobre mí

la carga de pensar que por mi culpa

puedas estar metiéndote en graves problemas.

-También he traído algo para ti. ¿No vas a cogerlo?

No mientras que te ensañes con Mateo.

¡Es insufrible! No sé por qué sigo aguantando tus desplantes.

A ver si vas a probar tú antes el cinturón que el niño.

-Parece que Felipe apenas pasa por allí.

-Sin un trabajo propio,

ni ingresos, y llevando el nivel de vida que lleva,

no tardará mucho en tener serios problemas económicos.

-No puedo consentir que arruine su vida de este modo.

Nunca le he visto tan afectado con un castigo como hoy.

Hasta ha destrozado el regalo de Eduardo,

es de suponer que es su forma de expresar su rabia

por romperle el barco que le regaló Telmo.

Me he "tirao" la noche en blanco intentando arreglar

la máquina de coser de Camino. -¿Cómo va la cosa?

-Regular.

Tiene más piezas de las que yo creía.

Me está costando un riñón que no me sobren poleas y engranajes.

-Buenas tardes, Servando. -(SONRÍE)

¿Cómo va el encargo? ¿Le falta mucho para terminar el arreglo?

-No, no, bien, bien, ya está casi "apañao", sí.

Quiero cambiar mi situación por la memoria de mi esposa,

y quiero que este sea el primer paso que dé en esa dirección.

Felipe,... le agradezco con toda mi alma el regalo,

llevarlo puesto es como volver a tener cerca de mi prima.

Espero que este gesto sea el inicio de su mejoría.

-Hemos encontrado el candidato perfecto, Cinta, perfecto.

-El embajador de México en Buenos Aires, don Norberto De La Vega.

-El embajador es ferviente admirador de tu madre.

-Anoche, un pollo apareció por el barrio preguntando por su señora.

-Ni idea de quién puede ser.

-Dijo que era un amigo y quería darle una sorpresa,

pero a mí no me dio buena espina el susodicho.

Yo se lo digo a usted por si acaso.

-Ya le diré algo a la señora sobre el asunto.

Ya te echaré el anzuelo.

Telmo, ¿qué haces tú aquí?

¿Esa es la esfera que te regalé?

Sí.

Por mi veintitrés cumpleaños.

Aún te acuerdas.

La has conservado todo este tiempo.

Era lo único que me ligaba aún a ti.

¿Cómo puedes vivir con él?

¿Cómo puedes estar con alguien que no quieres?

¿Cómo puedes seguir negándome que no me amas,

que mi hijo no es mío?

Porque soy una estúpida,

estúpida de estar con Eduardo y no contigo.

Señora,...

ya le he dado los 10 azotes al niño.

Y... don Eduardo me ha dicho que le dé otros 10 a usted.

¿Qué?

¿Otra vez con eso?

Démelo. Le diré a la criada que... No,

no, no. ¡Que no, que no, que no me quitará mis recuerdos!

¡Telmo!

Señora...

Señora.

¡Señora!

Señora. Señora.

Me quedé dormida.

Vístete. Iremos a misa de primera hora,

ya llegamos tarde. ¿Mateo está listo?

Sí, señor. Iré a buscarle.

Creo que... me he quedado un poco traspuesta.

Últimamente me cuesta dormirme, no sé qué me pasa.

A ti no te pasa nada,

al que le pasa algo y grave es a mí,

pero está claro que eso a ti no te importa.

¿No tienes nada que preguntar?

La visita del doctor.

Eduardo, lo lamento, no te oí llegar.

Me dormí pronto porque tenía mucho dolor de cabeza.

Recuerdo cuando nos conocimos en la casa de salud.

¿Te preocupabas tanto por mí?

Eduardo, no...

Eres la única que se preocupaba por mí.

Eso fue lo que me enamoró.

Tu entrega,...

tus cuidados...

Por eso asumí la paternidad de un hijo que no era mío.

Estaba dispuesto a hacerlo todo, todo por seguir a tu lado,

por que siguieses cuidándome...

Cuánto has cambiado.

Ahora ni siquiera te importa cómo me encuentro.

Discúlpame, Eduardo, no volverá a ocurrir.

¿Qué te ha dicho el doctor?

Ya te enterarás en la siguiente revisión,

si no se te vuelve a olvidar, claro.

Vístete,

ya te he dicho que llegamos tarde.

Supongo que querrás confesar,

falta te hace.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Por qué no me lo vas a cobrar? -Porque no me da la gana.

¿No le parece suficiente?

Es mi suegro, aquí no se le va a cobrar mientras esté yo viva.

Guarde esos reales.

-Eres más terca que una mula, hija.

-Pues sí, las cosas como son, nacida de Cabrahígo.

¿Sabe que don Liberto ha venido?

Me ha dicho que doña Rosina ya está mejor del brazo.

-¿Ah, sí?

Pasaré por el restaurante y le preguntaré por Rosina.

-Buenas. Padre, le estaba buscando.

Van a inaugurar una exposición de Ramón Casas.

-¿Ese quién es?

-Un pintor que hace caricaturas de la élite cultural y política.

-¿Vamos juntos?

-Me encantaría, pero tenía pensado hacer otros recados.

-¿Qué recados?

-Quiero ir a una sastrería del centro a hacerme un chaleco.

Con tantos años en la cárcel estoy anticuado

y necesito renovar mi vestuario. -Le acompaño,

hacemos juntos los recados y luego vamos a la exposición.

-Casi mejor lo dejamos para otro día,

que no me gusta ver los cuadros deprisa y corriendo,

y será por días, ¿verdad, hija?

Claro, suegro, que hay más días que chorizos en esta tienda.

-Lo sé, pero no me gusta que esté usted solo,

y menos por el centro, hace mucho que no sale del barrio.

-Algún día tendré que hacerlo, ¿o me vas a vigilar siempre?

-No, cuidando.

-Antonio, que no tengo tres años.

-Que lleva razón, lleva un porrón de días "encerrao" en estas calles.

Del hostal al restaurante y de ahí al hostal.

Suegro, váyase al centro y dese un buen garbeo,

que ya me gustaría a mí.

-No te apures, que no tardaré.

-(SE BURLA DE LOLITA)

-(RÍE)

Tenemos que dejarle más aire, ¿no ves que es mejor para él?

-No sé, Lolita, es que le veo tan solo, que...

-Ya, y más solo que va a querer estar

si estamos todo el día encima de él.

Nosotros también tenemos que empezar a hacer nuestra vida,

¿o no quieres?

-Sí, sí quiero.

-Pues arreando.

Ay. Buenos días.

Buenos días, señora.

¿Qué tal? ¿Lo pasaron bien anoche?

-Ay, nunca me lo había pasado tan bien, Carmen.

-Me alegro de que tuvieran una agradable velada. ¿Dónde fue?

-Primero fuimos a un restaurante muy elegante,

los camareros, la comida, el ambiente, todo perfecto.

Comimos faisán. ¿Lo ha probado alguna vez?

-Sí. -Está delicioso.

Y luego fuimos a la ópera a escuchar a una soprano, Fidela Campiña.

Qué voz, Carmen.

Yo nunca había estado en la ópera y me encantó.

En resumen, fue una noche perfecta.

¿Alguna novedad por aquí?

-Fabiana me contó que un hombre estuvo preguntando por usted.

-¿Un hombre?

-Sí. ¿Ocurre algo? -¿Qué aspecto tenía?

-No sé. No fui yo quien habló con él.

¿Sabe quién es?

No le cuente nada de esto al señor, Carmen.

-Es que no me gusta mentir.

-Se lo ruego. Por favor, ayúdeme en esto.

(Se cierra una puerta)

Buenos días.

Hola.

Traigo el desayuno para la mujer más bella de este barrio.

-¿Un café?

Mejor una manzanilla, Carmen,

anoche me excedí con la cena y tengo el estómago levantisco.

Esta mañana me he despertado de amanecida,

y al verte a mi lado,

supe que no había hombre más afortunado que yo

sobre la faz de la tierra.

¿Qué ocurre? Nada, ¿por?

Conozco esa cara. ¿No estarás así por lo de Rosina?

No lo pienses más, no merece mayor importancia.

Carmen, prepárame una pequeña maleta de viaje.

¿Marchas? (ASIENTE) Será un día más o menos.

Apenas te vas a enterar.

Siempre me entero cuando no estás.

Tan solo será una noche.

Tengo pendiente un negocio de compraventa de alhajas.

¿Qué pasa, por qué estás tan nerviosa?

No estoy nerviosa. Solo que no quiero separarme de ti.

¿Eso es malo?

Sé que te voy a echar mucho de menos,

y no quiero echarte de menos.

Le mandaré un correo al cliente

para solucionar la venta vía postal.

¿Qué quieres hacer hoy?

¿Salimos a dar un paseo y comemos fuera?

¿Y por qué no nos quedamos en casa solos tú y yo?

Pasamos el día sin hacer nada.

¿Qué me dices?

Me parece perfecto.

Está todo fetén, Arantxa. Qué dispendio, qué alegría.

Qué gusa me da de ver tanto alimento.

-No sé yo si es lo más adecuado lo que me ha mandado comprar.

-¿Y eso por qué? -¿Mojama, boquerones en vinagre?

-Y los chochos, que se te han olvidado.

-No,

no me ha salido de la peineta comprarlos.

¿Usted cree que es de recibo servirle al mexicano

algo que se llama chochos, por favor?

-¿Y qué tienen de malo los chochos? -El nombre.

Ea, que no. A ver, transijo con las banderillas,

y con los boquerones, pero altramuces, no.

Altramuces, qué fina. Chochos de toda la vida.

Qué rancia eres.

Oye, ¿habrás traído las aceitunas que vende Lolita

y trae de su pueblo, ¿no?

Son las mejores que he comido en mi vida.

-Sí. Ahí las tiene.

A ver, señora, ese chico, don Norberto, hijo de un Embajador,

¿no deberíamos servirle algo más fino y elegante?

-Anda, tontadas. Si es de buena cuna, tendrá buen paladar,

y lo que hay sobre la mesa es de lo mejorcito del mundo.

Ay, por mi Virgen del Carmen, perpetua patrona de Punta Umbría,

¿qué ven mis ojos?

-Pues es su hija, ¿no se acuerda? -Saboría.

Pero ¿no has tenido mejor vestido que ponerte que ese hábito?

-¿No le gusta, madre?

-Nada, hija, no me gusta ni mijita,

y a don Norberto tampoco le va a gustar si es hombre de mundo.

Anda, ve a cambiarte a escape antes de que llegue,

que pareces una monja, con lo mona que tú eres.

(Llaman a la puerta)

Maldición. Quédate ahí y sonríe...

y pellízcate las mollas

para subirte el color. Por favor, abre.

-Buenos días, doña Bellita del Campo.

-Bienvenido. -Qué ganas tenía de conocerla,

mis papás no dejan de hablar de usted.

Veo que se quedaron muy cortos al describir su belleza.

-Ay, no me requiebre, Norberto. -Verdades como puños, digo.

Y usted debe ser doña Cinta.

Me habían dicho que había heredado la belleza de su madre,

pero no sabía que eran dos gotas de agua.

-Di algo, muchacha.

-Encantada de conocerle.

-Sabe Dios y la Virgen de Guadalupe que el placer es mío.

-El placer es todo nuestro.

Deberá disculpar a mi marido, ha tenido asuntos que atender

y llegará tarde hoy. -Me ha dejado a solas

con dos bellezas y la mesa llena de manjares.

Por esta vez le perdonaré. Antes de nada,

he de pedirle un favor.

Me ha dicho mi mamá que no regrese sin una dedicatoria

de su puño y letra, se muere por tener uno de sus retratos firmados.

-Claro que sí, traiga. -Y ya que está,

dedíqueme uno a mí, deme el gusto, sería todo un honor.

-El honor es todo nuestro de tenerle aquí.

Espero que haya venido con hambre, tomaremos un fino

en lo que Cinta se cambia.

Viene de misa y no pudo adecentarse.

-Ah, pues yo la veo bellísima.

-No tardo nada.

-Si es tan amable, por favor. Tráenos un fino.

-Sí, ¿dulce o seco, señor?

-Órale, empecemos con uno y sigamos con el otro.

-¿Cómo se llamaba su madre?

-Guadalupe, como la Virgen.

-Espere un momento, Fabiana.

Le quería preguntar algo de lo que comentábamos ayer.

-Usted dirá. -¿Cómo era ese hombre?

-¿El que preguntó por su señora de usted?

-No sabría qué decirle, un hombre normal y corriente, ¿por?

-Mi señora me preguntó por su aspecto.

¿Y no le había visto usted por aquí nunca?

-No, que yo sepa, pero vaya usted a saber,

cuanto más vieja me hago, más cosas olvido.

Carmen, ¿le ocurre algo?

-Mi señora, que creo que algo le pasa, pero no sé qué es.

-¿Y qué va a ser, Carmen? Lo de las otras dos.

-¿Qué dos? -Doña Rosina y doña Susana,

que también le podría haber advertido usted

que llevarle la contraria a las dos no era buena idea.

-Ojalá solo fuera eso, Fabiana.

Creo que hay algo más, algo que tiene ahí guardado y que no cuenta.

-¿Algo como qué?

-A los buenos días, Carmen.

-Buenos días, Servando.

Me han contado que arregla usted aparatos, ¿es eso cierto?

-Bueno,...

tan cierto como que estamos hablando usted y yo ahora mismo.

-Entonces quizá le baje una lámpara de la casa

que ha dejado de funcionar. -Cando quiera,

que "pa" eso estamos. -Muy bien. Con Dios.

-Con Dios.

-Ay, ay, ay, ay. ¿"Cuando usted quiera"?

-¿Sí, qué pasa?

-"Na", que quizá debería arreglar primero lo que le han "encargao" ya

antes de aceptar otros encargos.

¿Cuándo piensa acabar lo de Emilio? -Eso está ya casi resuelto.

-Pues ayer no lo tenía.

¿Y por qué se cree que me he "tirao" la noche en blanco? Para terminarlo.

-Sí, pues raro me parece que cuando he "entrao" en su habitación,

el cacharro ya no estaba. En cambio, usted sí que estaba,

y roncando a pierna suelta. -¿No me estará espiando?

-¿Yo?

-¡Que sea la última vez que entra en mi habitación, se lo prohíbo!

-¿Que usted qué? ¡Ande y váyase a tomar viento fresco!

-¡Dios!

-Veo que le gusta la mojama, coma un poquito más.

-Fríjoles, quizá no debería repetir otra vez.

-Ande, tontadas, es usted un mozo alto y fuerte,

ha de estar bien alimentado, y acompáñelo con unas almendritas

que están muy ricas. ¿Más vino?

-Habrá que bajar la mojama de alguna manera, ¿no?

-Ya estoy aquí.

-¿Y bien, qué le ha traído a España?

-Ay, Bellita, ardía en deseos

de conocer la madre patria, de visitar sus ciudades,

sus catedrales, sus museos y su gastronomía, para qué engañarnos.

No hay nada más hermoso que viajar.

-Por supuesto, a mi niña también le gusta mucho, ¿verdad, cariño?

-Claro, todo lo que sea cultura y aprender cosas nuevas me encanta.

-Se sorprendería usted de la de gente que hay por ahí.

Me alegra saber que tenemos aficiones en común.

-A mí también. -¿Puedo serle sincera, don Norberto?

-Por favor. -Dígame,

¿qué planes tiene usted para el futuro?

¿Qué quiere en la vida? -¡Madre!

-No, no la regañe. Me encantan las personas directas.

Me gustaría dedicarme a la carrera de diplomático, como mi padre,

y vivir feliz al lado de una mujer hermosa y buena esposa.

¿Acaso hay algo más que pueda pedir un hombre?

-Entonces, ¿tampoco ha visto usted a Telmo por el barrio?

-Hace días que no le veo, la verdad.

-Dicen que ha desaparecido.

En la pensión tampoco saben nada de él.

¿Su padre no le ha comentado nada? -¿Sobre qué?

-Sobre los motivos de su marcha.

Me consta que en ocasiones les he visto hablar.

-No.

-¿No le parece raro que don Telmo se haya quedado unos días más

después de que el periódico anunciara que era inocente?

¿Qué ha podido hacer todo este tiempo en Acacias?

-Ni lo sé ni creo que deba saberlo, Liberto.

Perdone.

Perdone, pero...

no sé, no creo que deba meterme en los asuntos de los demás.

Ya sufrí en mis propias carnes el juicio de los vecinos

y ahora no quiero hacer lo mismo. -En parte le entiendo.

Este barrio puede resultar muy dañino.

-Ya.

-¿Le ocurre algo, o es que está esperando a alguien?

-Mi padre ha salido temprano a hacer unos recados y no ha vuelto,

estoy bastante inquieto.

-Se habrá entretenido viendo algún escaparate.

-Seguro, pero me gustaría que estuviera aquí para saberlo

a ciencia cierta. -Ya.

Mira. ¿Qué, dónde estaba, padre?

-Pero ¿qué ocurre, tan tarde es?

-No, pero me dijo que no se iba a retrasar mucho.

No ha comprado nada.

-No, al final no, no vi nada de mi gusto.

-Entonces, ¿por qué ha tardado tanto?

-Me entretuve dando un paseo viendo todos los cambios de la ciudad.

Han sido 10 años sin pisar el centro.

-¿Ha visto cómo ha cambiado todo? -Sí, está todo precioso, la verdad.

-No se lo tenga en cuenta, que a usted le hubiera pasado lo mismo.

-Bueno, será mejor que vayamos a comer que ya es hora.

¿Se vienen ustedes? -Por supuesto que sí, ¿por qué no?

-Voy a por mi abrigo.

-¿Seguro que se encuentra bien?

¿No ha tenido ningún problema?

-Claro que no, Liberto, no haga caso, solo son cosas de mi hijo.

(Pasos)

Gracias por venir a verme, Agustina.

Para eso estamos, señora.

Usted me pidió que la mantuviera informada

sobre su primo de usted y eso es lo que hago.

Claro, siéntate.

¿Y bien, cómo está Felipe? ¿Cómo le ves?

Últimamente, mejor. ¿De veras?

No está saliendo tanto de noche ni trasnochando.

Ayer, sin ir más lejos, se quedó en casa y se fue a dormir temprano.

Me alegra oírte decir eso.

Y esta mañana ha amanecido con hambre.

Le he puesto un nutritivo desayuno con huevos,

fiambre y pan recién hecho,

y se lo ha terminado.

Ahí lo he dejado ahora, leyendo la prensa.

Bueno, parece que la cosa va mejor.

Y creo que todo es gracias a usted.

Después de la conversación que tuvieron, don Felipe

parece haber entrado en razón. Pues si es así, bienvenido sea.

Solo espero que se mantenga en el tiempo y no sea flor de un día.

Si me lo permite,...

y ahora que parece que las cosas se calman,

yo también andaba angustiada

con don Felipe.

He tenido que soportar mucho.

Lo sé, Agustina, tú la que más,... y por eso quiero pedirte algo.

Lo que sea.

Que si ves cualquier cosa rara, me informes de inmediato.

Así lo haré, por el bien del señor.

¿Se encuentra usted bien, señora? La noto alicaída.

¿Es por lo que estamos hablando de don Felipe?

No, no es nada. No te preocupes, es solo cansancio.

¿Me avisarás si ves algo raro? Se lo prometo.

Gracias.

Con Dios. Con Dios.

-Qué porte, qué gracejo, qué "salao" era Norberto.

-"Salao" no sé, pero no ha "dejao" ni las sobras.

-Y bien está, que un hombre que no tiene hambre, no es hombre.

Nunca he podido con los flojos y remilgados.

-Ha comido porque usted no ha parado de echarle manduca.

-No hay que escatimar,

así llegará a su casa y le dirá a su padre, el diplomático,

lo generosos que somos los Domínguez.

¿O crees que le debería poner un telegrama igualmente?

-¿Telegrama? ¿A quién, pues?

-Al padre.

Así le cuento lo bien que ha ido la cita entre los jóvenes

y las buenas migas que han hecho. -Señora, no se acelere,

porque no ha sido cita. -Cita, comida, ¿qué más da?

Mejor le pongo una nota y se van haciendo a la idea.

-Mala idea es.

-¿Y eso por qué? -Porque va a oler su desesperación,

pero si no hace ni una hora que se ha ido el muchacho por la puerta.

-¿Hace tanto ya? Tan guapo, tan perfecto,

ese chico es un mirlo blanco,

y esos muchachos no suelen andar solos mucho tiempo.

-Bueno, que a mí ni tan guapo ni tan perfecto me ha parecido.

-¿Estás ciega? -Muy halagador.

-Sincero. -Requebroso.

-Educado. -Cobista.

-¡Qué vasca eres, Arantxa!

¡A vosotros os echan un piropo

y os creéis que os van a robar la limosnera!

-Ahí igual lleva razón, no voy a negarle,

pero hágame el favor, escúcheme y no le mande el telegrama al padre.

-Tienes razón. Se lo mando a él y le invito a merendar.

-¿A merendar, cuándo?

-Cuando se merienda, por la tarde. -¿Esta tarde?

-¡Buena idea!

Hoy mejor que mañana.

José está al caer y así lo conoce. -Seré yo la vasca,

pero a usted a terca no le gana nadie.

-Voy a escribirle.

-Dame una alegría y dime que eso que llevas en el brazo son libros.

-¿Te burlas? -No, me sorprendo.

-Pues no te sorprendas tanto, iba camino de la biblioteca.

-Ah, si eso fuera cierto...

-Bueno, ¿qué, qué te pareció el mostrenco?

-Guapo y simpático.

-¿Eso significa, que vas a dejar tus ambiciones artísticas

y te vas a centrar?

La esposa de un diplomático no puede estar encima de un escenario.

-Bueno, la esposa de un diplomático no, pero...

yo de momento no tengo ni novio,

así que ya veremos qué pasa en un futuro.

-¿Qué va a pasar?

Que te vas a casar con Norberto, seréis felices y comeréis perdices.

¿Qué haces con esos libros?

-Leer, aprender e ilustrarme. -¿Para qué?

Si tu esposo va a ser un señor rico.

-¿Y no cree que debería tener un poco de cultura para no avergonzarle

en las recepciones de la Embajada? -Bien visto, hija, bien visto.

-¿Servando?

Servando, ¿es usted? -Sí, sí, estoy...

estoy aquí, ¿qué ocurre? -Venía a preguntarle por la máquina,

a ver cuándo la podría tener terminada.

Pasé por la pensión y doña Fabiana me ha dicho que está aquí.

-Sí, estaba echando aceite y pasándole un trapo

para podérsela bajar. -¿Ya la ha reparado?

-¿Es que acaso... lo dudaba?

-Está perfecta.

Deseando estoy dársela a mi hermana,

la echaba mucho de menos.

¿Me la baja usted cuando termine?

-Anda, que tendrá usted queja: le soluciono el problema,

le ahorro un dinero y encima servicio a domicilio.

-No me quejo ni un poco, agradecido le estoy.

Y... tomo nota para próximos encargos si me surgen.

-Sí, usted tome, tome, pero traiga.

-Con Dios. -Con Dios, con Dios.

-Servando,...

¿dónde está mi reloj despertador? -No,... eso estoy en ello.

-Ah, está en ello. Eso significa que está ya casi listo

y "reparao", ¿no? -Después de haber reparado

una máquina de coser, lo de tu reloj despertador

es como un paseo militar, muy mal se me tendría que dar

para que no estuviera listo esta tarde.

-Pues a ver si es verdad. -Pues ya lo verás, ya.

-Pues a ver si lo veo. -Pues... eso.

-Pues hala.

-¿Has visto qué buena pareja hacen? -Es la tercera vez

que te digo que sí, pero templa, que apenas le conocemos.

-Es apuesto, simpático, hijo de un diplomático,

¿qué más quieres conocer de él? -No sé.

-¿Acaso no te cae bien? -Sí, la verdad es que sí,

tiene gracia y salero,

se nota que ha volteado por el mundo.

-Me gusta estar informado, sobre todo de las noticias

que puedan venir de mi país. Buenas tardes.

"El Adelantado", por favor. -Claro.

Muchas gracias, caballero. -Las que usted tiene, señora.

-Uy. -Si la quiosquera tiene esa sonrisa,

miedo me da conocer el resto del barrio.

-Qué bien acompañada va su hija, doña Bellita.

No tenemos el honor de conocer a este muchacho tan apuesto.

-Doña Susana, doña Felicia, les presento a Norberto,

hijo del Embajador de México

en Buenos Aires. -Todo un embajador.

-Mi padre, hasta que yo me haga mayor y siga sus pasos.

¿Se ha hecho de noche, que estoy viendo dos estrellas?

-No nos requiebre, don Norberto, que ya tenemos una edad.

-¿Veinte? ¿Veintitrés? -No siga,

que hará que nos sonrojemos.

-¿Esa es su hermana, doña Felicia? -Es mi hija Camino.

Camino, saluda a don Norberto.

Una bella flor para otra bella flor.

-Y, siendo usted hijo de diplomático,

habrá viajado por todo el mundo. -No puedo quejarme.

-¿Cuántos países ha visitado? -Terminaría antes

si le digo los que no.

Italia, Francia, Prusia, Rusia, China, Japón,

Kenia, Túnez, Libia,

Egipto. ¿Han estado alguna vez en Egipto?

El crucero por el Nilo es fascinante.

(Suena el timbre)

(Se abre y cierra una puerta)

Felipe, ¿qué hace aquí?

No le esperaba.

¿Sucede algo? No, no, tranquila.

Le dije a la criada que no me anunciara.

¿Tiene que pasar algo para que haga una visita a mi prima favorita?

Estaba en casa y he pensado en pasar a visitarte, a ver cómo iba todo.

Claro, siéntese.

Lucía, ¿estás bien?

Pareces alicaída. Es... por el niño, supongo.

¿Le ocurre algo a Mateo? No.

Lucía, si no me lo explicas, no voy a poder ayudarte.

Mateo es un niño muy alegre, pero también es revoltoso

y eso a veces disgusta a Eduardo.

En fin, que padre e hijo tienen ciertas tiranteces.

Son fases,

a veces los niños no entienden que se les reprende por su bien.

Sí, pero muchas veces, Eduardo se excede en sus reprimendas.

Yo sé que lo ha hecho todo por mí, pero...

no tiene un trato fácil.

Los enfermos crónicos no suelen ser personas divertidas y sonrientes,

pero él te quiere mucho, Lucía,

lo eres todo para él,

de eso estoy seguro.

¿Y usted cómo está?

Mucho mejor,... gracias a ti.

Tus palabras me hicieron pensar. Temía que le hubiera ofendido.

Lo contrario. Me ayudaron mucho,...

y por eso te estoy muy agradecido.

Me alegro que haya venido a verme,

debería hacerlo más a menudo.

Jacinto, ¿qué ocurre?

Disculpe, la criada me ha dicho que estaba don Felipe aquí.

Solo venía a decirle que le acabo de dejar una nota urgente en su casa.

-¿Urgente?

¿Qué puede ser?

No lo sé, pero voy a averiguarlo.

-Y allí estaba yo, con esa talla de madera

que parecía la cabeza de un muñeco, y pensando que era basura,

la tiré en la hoguera.

-¿Y qué sucedió?

-Que resultó que de muñeco viejo y de basura nada,

era una reliquia sagrada del dios de su poblado.

-¿Y usted qué hizo?

-Correr, doña Susana, ¿qué quería que hiciera?

Correr mientras esos oriundos africanos

me perseguían con lanzas por haber injuriado a sus dioses.

-Qué gracioso es usted, don Norberto.

Lástima que tenga que irme,

estoy encantada de haberle conocido. -El gusto ha sido mío.

Me gustaría pedirles permiso para pasear con Cinta un rato,

si a la mujer más bella le parece bien.

-Pero...

tendrá que ser con Arantxa de carabina.

-Como debe ser.

¿Vamos?

-Qué buena fortuna han tenido ustedes encontrando a un joven

tan apuesto y encantador para su hija.

-Lo cierto es que soy de su misma opinión, ha sido una suerte.

-Ojalá yo encontrara a alguien la mitad de bueno para mi Camino,...

cuando llegue el día, claro está.

-Eso pasará, estoy convencida.

-¿Usted cree?

-(ASIENTE)

-La pobre cada vez está más encerrada en sí misma.

-Es una chica encantadora, doña Felicia,

yo no me preocuparía en absoluto.

-Y todos tenemos nuestra media naranja,

hay que saber buscar para encontrarla.

Yo encontré la mía y su hija también lo hará.

Además, para que llegue más pronto,

hoy mismo le voy a poner dos velas a la Virgen del Carmen

para que tenga usted más suerte. ¿Qué le parece?

-Toda ayuda es poca.

-"Me paso los días enteros sin apenas hablar".

-Como... si alguno de nosotros hubiera ganado el Gordo.

Está usted sonriendo.

-No se me escapa. Han sido muchos años sin sonreír.

-¿Va a quedarse aquí, no regresa a la pensión?

-No, todavía no, me gustaría leer la carta otra vez.

-Entonces, hasta otro día.

Quizás... volvamos a coincidir...

otra vez.

-Ojalá.

-Don Ramón, ha vuelto.

Pensé que me había dicho que no quería verme.

-Lo cierto es que me arrepiento un poco de las palabras que te dije,

así que me he acercado a ver si estabas por aquí.

-Aquí estoy. -Y yo me alegro.

¿Puedo? -Adelante.

-Carmen,...

quizá estuve un poco duro en nuestra última conversación,

pero espero que sepas que lo hice para evitarte problemas.

-Entiendo sus razones,

pero no ha de preocuparse por mí.

Si yo me relaciono con usted, es porque quiero,

no me importa lo que piensen de mí.

-Veo que lo tienes claro. -Sí, la verdad es que sí.

Nadie ha de decirme con quién tengo que andar o no,

ya soy mayorcita para que me den lecciones.

-Carmen,... te agradezco tu claridad y tus palabras,

y he de decirte que...

nuestras conversaciones me daban la vida.

-Yo también lo pasaba muy bien conversando con usted,

por eso me disgusté tanto

cuando me dijo que todo se había terminado.

-¿De verdad lo pasabas bien?

-¿Está usted de chanza?

Es usted muy buen conversador,

y yo no tengo tantas oportunidades a lo largo del día

de hablar con alguien tan ilustrado y cultivado.

-No sé yo si soy todo eso.

-Es mucho más que eso.

-Entonces, no te importará que nos veamos de vez en cuando aquí,

en el banco, para charlar.

-¿Por qué privarse de algo que nos hace bien a los dos?

(TOCA LA GUITARRA)

¿No cena la niña, Arantxa? -Decía que quería descansar.

-Déjala, ha llegado tarde de su paseo con el embajador.

-Hijo, hijo del embajador.

-Pobrecita mía, entre los estudios

y los compromisos sociales, está desmayada.

-¿Un poquito más de vino, señora? -No, estoy ya casi borracha.

-Pero si no has bebido nada. -Ay, de amor, José Miguel,

de amor por la vida. Ay, qué afortunados somos.

La hija se nos va a casar con un diplomático.

-¿Otra vez? Hijo, hijo de un diplomático.

-Y primero tendrán que festejar, ¿no?

-Esa es una mera formalidad,

qué porte, qué hechura, qué carisma tiene.

-Tiene más cara que espalda.

-¿Qué has dicho? -No, que si sirvo ya la cena.

-No, espérate una mijita, que estamos conversando.

¿Es... o no es el candidato perfecto para nuestra Cinta?

-El tiempo lo dirá. -Lo digo yo y ahora mismo.

Ya estoy viendo a nuestros nietos, con su pelito negro tizón

y su piel morenita,

y ese desparpajo que tiene el padre.

-(ESTORNUDA) Arantxa, qué mala jandina tienes,

qué susto me has dado. Quiero tres nietos,

y con acento mexicano, que me encanta.

-Anda, ¿y qué tiene de malo el acento andaluz,

con su gracejo y sus chispas? -En realidad, lo que hablen

me da lo mismo, lo que verdaderamente me importa

es que tu hija se case bien y se olvide de ser artista.

-¿No estás corriendo tú mucho, Bellita de mi vida?

-¿Y a qué esperar? -A ver cómo se tercia la cosa,

que tú eres muy de pronto

y a mí me gusta hacer las cosas desde el reposo.

-Pues no reposes tanto, a ver si lo va a casar otra.

-Habrá que conocer un poquito más al muchacho para opinar,

y saber cómo congenia con Cinta,

dicho sea de paso.

-¿Cómo va a congeniar? Bien, ¿no la has visto?

A la niña le gusta el mozo, ¿a que sí, Arantxa?

-Pichí pichá. -Lo único que queda por concretar

es si la boda se va a hacer en México o en el rocío de Huelva.

-La duda ofende, amorcito lindo. ¿Y tú qué opinas de él?

-¿Yo?

-Sí, estuviste con ellos paseando. ¿Te cae bien?

-¡Claro que le cae bien, a ella y a todo el mundo!

-¿Tengo que decir la verdad? -Sí.

-Pues es un engreído, un chulesco, "avispao" por exceso,

chistoso que se cree él y charlatán, y ya que me lo preguntan,

les tengo que decir que se acercó "demasiao" al oído de la niña

para susurrarle.

-Eso son paparruchas. -Si usted lo dice.

-Claro que lo digo yo, y lo dice todo el mundo que le conoce.

Todo el mundo que le conoce, le encandila,

a la única que no encandila es a ti, que eres una ceniza y una siniestra,

Arantxa Sutorrealta y Urrebaso.

-Que mejor me voy a preparar la cena, ¿no?

-Por favor.

-Pase, Liberto, por favor.

Gracias por venir con tanta premura. -¿Qué ocurre?

-Tome asiento.

-¿Y bien?

-Ante todo, quería disculparme.

No me porté muy bien con usted en nuestra última conversación.

Usted siempre se ha portado muy bien conmigo,

es más, le considero un gran amigo.

-Yo también le considero un buen amigo,

de ahí mi preocupación por usted.

-A veces los amigos son los que te dicen las verdades,

y yo no supe verlo. -Lo está viendo ahora,

con eso me basta.

-Aun así, me gustaría pedirle disculpas.

-Y yo acepto sus disculpas.

-Pero no le he hecho venir solo por eso,

ha ocurrido algo y me gustaría compartirlo con usted.

-Por supuesto que sí, ¿qué ocurre?

-¿Conoce a los Agun?

-Sí, no personalmente, pero sé quiénes son.

-Lo mismo que yo. No tengo ninguna relación con ellos.

Sé que es una familia de León muy bien situada.

-Ajá. Dígame, ¿qué ocurre con ellos?

-Como le digo, no les conozco,

han solicitado mis servicios para llevar un asunto de importaciones.

-Vaya, me alegro por ello, es una grandísima noticia.

-Sí. Sí que lo es.

-¿Y a qué viene esa cara?

¿Qué le inquieta?

-Que no sé por qué han pensado en mí,

y justamente ahora.

-Supongo que alguien le habrá recomendado.

-Sí, sí, pero ¿quién? -¿Eso qué más da ahora?

Al fin y al cabo, es una buenísima recomendación,

es usted uno de los mejores abogados de esta ciudad.

-Ese es el problema.

Lo era,

ahora ya no sé si seré capaz. -No diga tonterías,

eso nunca se olvida, estoy seguro de que lo hará bien.

-¿Usted cree?

Liberto, necesito su consejo más sincero.

-Escuche,... no lo dude ni un segundo, debe y puede hacerlo.

Hágame caso y diga que sí.

Y ahora tengo que marcharme, voy a hacer unos recados.

Espero haberle sido de ayuda. -No sabe usted cuánto.

Espero que no me guarde rencor.

Liberto.

Tuve una conversación con Lucía y...

me hizo abrir los ojos.

Quiero cambiar el rumbo de mi vida, aunque no sé si seré capaz

de superar todo lo que he dejado atrás.

-Quiero que cuente conmigo para lo que necesite,

yo voy a estar siempre a su lado,... como amigo suyo que soy.

-Jacinto,... ¿te importaría ir a la botica a por este remedio?

-Eh... ¿se encuentra usted malamente, doña Genoveva?

-Es para mi esposo, algo le debió sentar mal anoche

y anda mal de la tripa. No quiero mandar a Carmen

por si Samuel necesita algo. -Yo voy,

pero "pa" los dolores de tripa conozco yo un invento

a base de boñigas de cabra que es... mano de santo.

-Seguro, pero mejor lo probamos otro día,

y apúrate, o te van a cerrar. -Con Dios.

-Gracias.

-Estás preciosa, Genoveva.

Sabía que te encontraría.

"Cada vez me cuesta más aguantar las ganas de besarte,

de rodearte con mis brazos".

Yo también siento el mismo deseo.

Dame fuerzas, Señor,...

apiádate de mí, haz que mi corazón sane,

haz que me olvide de Telmo para siempre.

Saca de mí todo el amor que tengo por él

o yo no podré seguir viviendo. Haz que me olvide de sus besos,...

de sus caricias,...

lo mucho que le quise... y lo mucho que le quiero.

Hazlo o me volveré loca,...

porque yo, por mucho que lo intente,

no consigo olvidarme de él.

(Pasos)

Amo a Telmo...

y la llama de mi amor no se apaga nunca.

Telmo.

Telmo... ¿eres tú?

No estás soñando, Lucía,... soy yo.

-Fíjate, hasta podrías ser una señora.

Sería una lástima que todo se fuera al traste, se te ve muy dichosa

con tu nuevo esposo. -Ariza, te lo ruego.

-Tú y yo tenemos que hablar, ¿eh?

porque de lo contrario, toda tu fortuna se va a ir de repente.

¿Te queda claro?

¿Ocurre algo, Fabiana?

Debe usted saber que todo el barrio comenta sobre su regreso.

Tiene a todos pendientes de sus idas y venidas.

Le agradezco el aviso, pero no me importa,

los chismorreos no van a detenerme.

Lo que he venido a hacer es más importante

de lo que piense u opine la gente.

-Me he puesto un poco de rubor... para...

sentirme un poco mejor.

-Pues hace usted muy bien, que está más bonita que un san Luis.

Y ¿se ha "ruborizao" solo "pa" usted o le ha "salío" algún pretendiente?

-Quería atreverme a pedirles algo. -Si es la mano de la niña,

se la puede llevar toda ella. -¿Ha perdido el oremus?

-Que estoy de broma,

porque no es eso lo que quería pedirnos, ¿no?

-La verdad es que no, al menos de momento.

Quería solicitar su permiso para que Cinta me acompañe a un concierto.

¿Qué ha hecho durante su ausencia?

¿Por qué se fue de repente y ha vuelto de igual forma?

-Mire, mire Jose, le presento a mi padre, el antiguo dueño de su piso,

creo que no habían tenido oportunidad de conocerse.

-"Mira el regreso" de don Telmo.

-¿Crees que ha regresado para rondar a Lucía?

-¿Y qué otra explicación puede haber?

Ya viste lo que vivieron juntos, llegaron a comprometerse.

-Pero Lucía es ahora una mujer casada.

-Me temo que eso no va a detenerla.

Qué vergüenza, pobre don Eduardo.

Esto acaba en tragedia, os lo digo yo.

-Disculpe, don Ramón, pero no he podido acudir antes a nuestra cita.

-Descuida, Carmen, lo importante es que al final hayas podido acudir.

"¿Fue a ver a Telmo a la pensión?".

Si la señora quiere respuestas,

tendrá que ir a pedírselas personalmente.

No soporto más esta incertidumbre,

voy a acabar con esto de una vez por todas.

¿Qué piensa hacer, señora?

-"Ya que parece tener tanto interés,"

mi pretendiente, Norberto,

viene a buscarme para llevarme a un concierto.

-Aprecio que le está cogiendo mucha estima a ese tal Norberto.

-Tan solo la que merece. Norberto es todo un caballero.

Es educado, es amable, guapo.

-Lástima que la puntualidad no esté entre tantas virtudes,

o quizá sea que sigue teniendo en el reloj la hora de México.

-Soy yo la que ha bajado con tiempo, para no hacerle esperar.

-Qué considerada. -Este no es tu sitio,...

ni lo será nunca.

-Ariza, ¡basta ya!

Dime de una vez qué quieres de mí.

-¡Cinta!

-No tan rápido.

-Felipe, ¿sucede algo?

-Es lo que trato de averiguar.

Usted y yo vamos a cruzar un par de palabras.

-Usted dirá.

-Tenemos varios asuntos pendientes,

pero este lo vamos a solucionar ahora,

sin tapujos y a las claras.

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Acacias 38 - Capítulo 979

27 mar 2019

Carmen advierte a Genoveva que hay un hombre que la busca; Samuel nota su inquietud y no adivina a qué se debe, ella intenta disimular. Ariza aborda a Genoveva quien la mira con una sonrisa ladina.
Cinta está dispuesta a sabotear la cita del nuevo pretendiente que le ha buscado su madre, pero queda encantada al verlo: Norberto, un joven apuesto y encantador, hijo del embajador mexicano, que se mete a todo el mundo en el bolsillo excepto a Arantxa y Emilio.
Carmen se reencuentra con Ramón en el callejón y añoran los buenos momentos que han pasado charlando, deciden seguir viéndose.
Felipe se disculpa con Lucía y le agradece que le abriera los ojos. Habla con Liberto con el que también se disculpa por su actitud, le manifiesta su intención de dar un nuevo rumbo a su vida, ha recibido una oferta de trabajo, pero duda que pueda dar la talla. Liberto le anima a que la acepte.
Telmo regresa a Acacias y se encuentra con Lucía.

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