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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 973 - ver ahora
Transcripción completa

Lucía se casó embarazada,...

pero de don Eduardo.

El señor y ella tuvieron sus más y sus menos

antes de pasar por el altar.

Ese es el único secreto... que doña Lucía guarda.

Has de tener más de cuidado.

Lo sé, y te prometo que lo tendré de ahora en adelante.

Siento haberme precipitado enviando ese dinero

sin tomar las precauciones necesarias.

-¿Arreglará las cosas con Lolita?

Sí, lo haré,

pero con una condición:

que sea ella la que viene primero a pedirme perdón.

-Ay. Iré, iré y le pediré perdón

y le bailaré una jota si hace falta a esa mujer.

-Muchas gracias, Liberto.

-Gracias ¿por qué?

-Por el apoyo que me está prestando,

es muy importante para mí en estos momentos.

-¿Usted en casa de doña Genoveva tomando un refrigerio?

-Como lo oye. -A lo mejor nos equivocamos con ella

y no es tan vulgar y chabacana como pensábamos.

No quiero verle cerca de su familia. Estoy en un lugar público,

no hago mal a nadie. Me molesta a mí.

Quizás... volvamos a coincidir otra vez.

-Ojalá.

Soy su padre, ¿verdad?

¿Cómo puedes decir semejante disparate?

Tengo más que razones para pensar que es cierto.

No puedes preguntarme algo así. No tienes derecho.

Yo creo que sí,

te ruego que me digas la verdad.

¿Seguro que quieres conocerla? No ansío otra cosa.

La verdad es que hace mucho tiempo que separamos nuestros caminos

y reencontrarnos solo nos puede traer sufrimiento.

No contestas a mi pregunta.

Tengo que pedirte con todo el dolor de mi alma que te marches lejos,

y que dejes de una vez Acacias. Lucía....

No hagas esto más doloroso para mí.

No, no puedo irme sin más.

¿Mateo es mi hijo?

No, no lo es, te lo juro que no lo es.

Espero que no lo hagas en vano. No dudes de mi palabra.

Ahora, márchate, Telmo.

¿Cuántas veces he de pedírtelo? Ya no es tiempo para nosotros,

no podemos recuperarlo.

Por mucho que me digas que él no es mi hijo

o que has dejado de quererme,

sé que no es cierto.

Tus ojos no pueden mentirme por mucho que lo intentes.

(Puerta)

Dime la verdad.

(Pasos)

¿Qué hace este tipejo en mi casa? Nada, ya se marchaba.

¡¿Cómo se atreve a molestar a una familia decente?!

¿Cuántas veces he de decírselo?

¿Se atreve a entrar en mi casa sin mi presencia?

Pensé que estaba, lo siento. Telmo, te lo ruego, márchate.

No tengo inconveniente en usar la fuerza con alguien como usted.

Puedo ser un enfermo, pero no me faltan arrestos.

No hace falta, no se altere.

Le pido disculpas por mi atrevimiento.

Adiós, Lucía.

¡¿Por qué has dejado entrar a ese hombre en nuestra casa?!

Yo no lo he permitido, ha sido la criada.

No comprendo cómo puedes ser tan estúpida.

¡¿Qué demonios quería ese renegado?!

Ha traído eso para Mateo, un regalo.

(TOSE)

(Sintonía de "Acacias 38")

Pase, don Ramón.

-Le agradezco mucho que me permita visitarle.

-No tiene importancia, usted siempre será bienvenido en esta casa.

-Liberto, me voy.

-Don Ramón, usted aquí.

-Espero que mi presencia no le resulte incómoda.

-No, de ninguna manera, pero he de dejarle, me esperan.

-Por mí no se preocupe.

Me alegro de verla, doña Rosina.

-Y yo también.

-Disculpe a mi esposa,

ya sabe lo atolondrada que es en algunas ocasiones.

Siéntese. -Gracias.

-¿Desea tomar algo? -No, muchas gracias.

-Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

-Quería comentarle el último encuentro que he tenido con Felipe.

-¿Han vuelto a discutir? -No, no, en absoluto, él no me vio.

Le vi por la calle incapaz de poner un pie delante de otro.

Se me rompió el alma cuando le vi en el suelo llorando a su esposa.

-Ya sabe cómo han sido los últimos años para nuestro amigo.

-Lo comprendo,

pero verle en ese estado, resultó un golpe para mí.

-Y no es para menos.

Por desgracia, últimamente, ese es su estado cotidiano.

-Está al límite del sufrimiento. -Así es,

ha abandonado toda esperanza.

-Le va a parecer extraño, pero me gustaría poder ayudarle.

-La verdad, sí que me parece extraño, sí,

usted es la última persona de la que él esperaría socorro.

-Espero que no piense que mi interés es morboso.

-Jamás lo haría.

A pesar de todo lo que ha sucedido, me consta su buena intención.

-No me preocupa el pasado, Liberto, lo que me duele es el presente.

Sé que esto es chocante, pero...

¿no podría usted ayudar a Felipe?

-Llevo años procurándolo, don Ramón.

Felipe se ha empeñado en destruir su vida,

y lo que hemos intentado las personas que le estimamos,

ha sido inútil. -Lo entiendo, pero

no podemos dejarle así, abandonado a su propia destrucción.

Habrá que ayudarle.

-Intentaré hablar con él,

pero no creo que resulte.

-Se lo agradezco en el alma.

Cada vez, mi deuda es mayor con usted.

-No diga eso, este es un tema que nos afecta a todos.

-Si... yo pudiera acercarme a él,

si consiguiera hablarle,... quizá yo podría ayudarle.

-No se lo aconsejo, es más, le recomiendo que trate de evitarlo.

Ahora mismo no puede decirle nada que le alivie

y de ese encuentro no saldría nada bueno.

Deje eso de mi cuenta.

-Muchas gracias, Liberto. -No hay de qué.

Susana, buenos días. -Buenos días, Rosina.

Espérame en la terraza, que voy a hablar con la mantequera.

Me ha dicho mi sobrino que quieres hablarme.

-Así es, doña Susana.

-Aquí me tienes,

pero date prisa, que no puedo perder toda la mañana contigo.

-Quería pedirle perdón

por lo que pasó la última vez que nos vimos.

-Has de saber que fue una discusión muy desagradable para mí.

Nunca había visto a nadie sacar los pies del tiesto como a ti.

-Lo sé,

y por eso le pido perdón.

-Tienes suerte, no soy una mujer rencorosa.

Y como soy buena cristiana,

olvidaré lo que pasó entre nosotras y compraré en tu tienda.

-Pues aquí nos tiene "pa" lo que necesite.

-De momento, nada, estoy muy bien surtida.

He quedado con las otras señoras, marcho.

-Espero verla pronto.

Con Dios.

Mal rayo la parta, beatona.

-¿Cómo ha ido la conversación con la mantequera?

-Bien,

ha vuelto al redil y con las orejas agachadas.

-Parece que se ha disculpado de firme.

-Hace días que debería haberlo hecho.

Tiene suerte,

soy muy generosa.

Voy a decirle al resto de las señoras

que ya pueden comprar en la mantequería.

-Tienes un corazón que no te cabe en el pecho.

-¿Acaso lo dudas, Rosina?

Gracias que al jarrón no le ha dado por darse un bureo

por la habitación.

-Cuánto ha "madrugao" la señora, ¿no ha dormido bien?

-¿No puedes avisar cuando vas a entrar?

-Pues no suelo.

-Esos zapatos tuyos no hacen ruido ninguno.

Si quiere me pongo cascabeles para que sepa por dónde ando.

-Pues mira, no, sé,

pero en lugar de una criada, iba a parecer que vienen unas mulillas.

Aunque me ahorrarías muchos sobresaltos.

-Mm.

Por Dios, señora, ¿qué mira tanto?

Ni que la persiguiera El Sacamantecas.

-No me extrañaría, aquí puede pasar de todo.

-En "guachisná" me tiene esta casa, que ni duermo,

ni reposo de los nervios.

-Vamos a ver, ¿usted ha visto

algún fantasma o algo fuera de lo normal?

-Quita, el pelo blanco se me pondría

si me encuentro a la difunta paseando por la habitación.

-¿Y no será que no la ha visto, porque no hay ánima ninguna?

-Tampoco he visto un toro con un solo cuerno

y dicen que en África hay muchos de ellos.

Qué raras tienen que ser las corridas de toros

por esos lares, ¿verdad? -Señora, eso es muy distinto,

los que estamos en esta casa somos de carne y hueso,

y todo lo demás que se le ocurra son cuentos para no dormir.

-Porque los vascuences sois muy secos para todo, hasta para intuir.

Convencida estoy de que las paredes están llenas de ojos

que nos observan.

No me extrañaría

que empezaran a desaparecer cosas.

-En esta casa, lo único que desaparece es el jamón,

que en una semana, la pata está ya en el hueso.

Con su permiso me voy al mercado, que tenemos la despensa tiritando.

Ahí tiene el desayuno. -Jesús, María y José.

-¿Cómo estás, reina mora?

Te veo tranquila, como mi campo de Níjar en una tarde de agosto.

-Será que la procesión va por dentro.

-Tranquila, que estando tu rey moro no va a pasarte nada.

Enseguida vuelvo. Tengo que enviar unos documentos.

-¡De ninguna de las maneras! -Lo esperan en el teatro.

-Ya los mandarás, yo aquí no me quedo sola con los espíritus.

Arantxa se va al mercado y la niña a la "bibliothèque".

-Sosiégate y deja de pensar en almas en pena,

y piensa en mejorar tu francés, amor mío.

-No creo que sea posible; no lo del francés,

sino... que noto yo aquí una presencia en todo momento.

-Como que estoy delante, Mari Belli. -Digo además de ti, guasón.

-Mira, ya hemos decidido no vender la casa,

así que haz un poder y déjate de aprensiones.

-Vale, dejaré de pensar en aparecidos,

no quiero que pienses que soy una boba.

-Ea, pues me voy con viento fresco.

-Espera, que me voy contigo

a hacer ese recado y a donde haga falta.

Necesito... hacer sport.

-¿Sport? Pero si no has desayunado.

-Bueno, ya me tomo un café en la calle.

Espero que Genoveva no se retrase,

luego no nos da tiempo a comprar nada.

-Mejor, más barata nos sale la mañana.

Buenos días, señoras. -Buenos días.

Disculpen, ¿tienen ustedes una cita con Genoveva?

-Eso parece.

No hace tanto la condenaban, y hoy se van de compras con ella.

-Supongo que rectificar es de sabios.

Si se piensa bien, no parece tan mala la mujer de Samuel.

-Alguien que te invita a caviar ruso, merece cierta consideración.

-(RÍEN)

Veo que le ha conquistado por el estómago.

-Me alegra que hayan dejado atrás esas tiranteces que se gastaban.

-Ya tenemos bastantes conflictos, como para ir buscando más.

-Dígamelo a mí, temblando estoy de que don Felipe

aparezca por este negocio.

Su última visita fue muy desagradable.

Tratar con don Felipe,

últimamente no es plato de buen gusto para nadie,

pero tampoco lo es convivir con el asesino de la esposa de uno.

-No le falta nada de razón. Ahí viene Genoveva.

Yo prefiero hacer mutis.

No soy de las que cambia de opinión tan a la ligera.

-Sí, sí, con Dios.

-Buenos días, señoras. ¿Listas para las compras?

-Sí. Unas compras y, luego, a casa de Bellita, que ayer nos invitó.

-¿Sabe que ha decidido no vender la casa?

-Eso es que han entrado en razón.

-Era todo un disparate. -Para disparate

lo que me han dicho de una señora del numero 40.

-¿Del 40? Es muy mala finca. Cuente, cuente.

-Ya lo hablamos mientras caminamos hacia la calle del Rey,

que tiene miga.

Adiós, Felicia. -Adiós.

(Llaman a la puerta)

¿Don Ramón, qué hace aquí?

-He venido a hablar contigo, necesito que me hagas un favor.

-Si está en mi mano, cuente con ello.

Pase. -Gracias.

Sé que tienes buena relación con Agustina,

preciso que me mantengas al tanto de cómo va Felipe.

Si su situación empeora, quiero saberlo.

-Intentaré averiguar lo que sea.

-Sé que es una petición un tanto peculiar,

te agradezco mucho tu comprensión.

-No hay que ser una lumbrera para darse cuenta

lo mucho que le importa don Felipe.

-Sí, me gustaría poder ayudarle.

-¿Y no sería mejor ignorarle

y seguir cada uno su camino? -Ya.

-Perdone si me meto donde no me llaman.

Yo voy a intentar cumplir su encargo.

-Y yo te lo agradezco.

-¿Y usted cómo se encuentra?

-Bueno, haciendo grandes esfuerzos por integrarme en el barrio,

aunque no sé si lo lograré. -Lo terminará consiguiendo,

ya lo verá, las gentes de por aquí no son malas.

-Ya lo sé.

No sé si lo conseguiré, si fuera por mí, ya habría desistido.

-Es usted un hombre muy dispuesto, no debería amilanarse.

Zamora no se tomó en una hora.

-Tiene razón,

una cosa tan gorda no se pasa de un día para otro,

debo ser perseverante,

se lo debo a mi hijo y a su esposa.

-Ellos le darán todo su apoyo. -Lo son todo para mí.

Estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por ellos.

-No hay nada de más valor que la familia.

-Tiene razón.

Perdona, Carmen, soy un descastado,

ni siquiera te he agradecido estos ratos

que estás compartiendo conmigo.

-No hay de qué,

puede contar conmigo para lo que sea menester.

-¿Cómo sigue tu hijo? ¿Sigue recibiendo catas suyas?

-Me escribe casi cada mes.

Hace unos días he recibido carta de él.

Le marcha muy bien por el norte.

-Es de suponer que le echas mucho de menos.

-Muchísimo.

Me dice que me vaya a vivir con él, pero yo no quiero ser una carga.

Siempre me he sacado yo sola las castañas del fuego.

-Salta a la vista que eres una mujer fuerte y valiente,

más dura que el pedernal, ya me voy dando cuenta.

-Bueno, lo normal.

Cuando la vida no te es fácil,

o aprendes a nadar o te lleva la corriente.

-Carmen, tengo que marcharme, gracias por tu atención.

-Ya le contaré si es que se algo.

-Gracias.

No consigo entender como don Telmo tuvo la desfachatez

de venir a casa.

Estuvo a punto de suceder una desgracia cuando llegó Eduardo.

¿Qué pretendía con esa visita?

No es difícil saber lo que pasaba por su mente en ese momento.

¿No estará perdiendo el oremus?

Uno no se presenta así en una casa en la que no es bienvenido.

No sé que tiene, pero espero que no se le ocurra repetir algo así.

Ruego a Dios que así sea.

Don Eduardo está cada día más nervioso e irritable.

Y tanto,

ni siquiera puedo ir al boticario yo sola,

ha dispuesto que me acompañe a todas partes.

Ojalá sirva de algo el remedio que le hemos comprado.

Su enfermedad ha empeorando los últimos días, tanto como su humor.

Le voy a preparar una tisana relajante, a ver si se tranquiliza.

Eso espero, por su salud y por la paz y la armonía

de nuestra casa.

Vamos al restaurante, que quiero hablar con Felicia.

Buenos días.

Buenos días. ¿Les apetece un refrigerio?

La verdad es que sí,

pero debemos regresar a casa enseguida.

Quería decirle que me he enterado de lo que sucedió con Felipe

y tengo que presentarle mis excusas.

Fue muy desagradable,

pero por consideración a su marido

y a usted, no vamos a tenerlo en cuenta.

Se lo agradezco, estamos muy avergonzados por su causa.

No quiero meterme en camisa de once varas,

pero si no hacen algo con don Felipe, acabará muy mal.

Ese hombre está cavando su propia fosa.

Le agradezco su interés.

Tomo buena nota de lo que me dice.

Con Dios. Con Dios.

No sé qué vamos a hacer con él. Cada día está peor.

No se apure, no hay nada que puedan hacer.

Si don Felipe quiera acabar mal,

lo terminará haciendo por mucho que traten de impedirlo.

Es posible, pero sigue siendo pariente nuestro.

Hágame caso,

tiene usted otros problemas, y le diría que de mayor enjundia.

Vamos.

Espero que Rosina haya llegado bien,

no sé cómo podía andar con tanto paquete.

-Le gustan tanto las compras como hablar, no para un segundo.

Quiero que me diga qué le parece un vestido

que he visto en una revista francesa.

-No soy yo quién para enmendarle la plana a los modistas franceses.

-No me diga, no creo que esos le vayan a enseñar nada a usted.

Me interesa mucho su opinión.

¿Qué le parece? ¿Haría usted algo así?

-Ni loca, esto es un batiburrillo sin sentido.

-¿Usted cree? Es de la mejor firma de París.

-Quién lo diría,

esos pliegues y eso bordados son de pésimo gusto,

no se lo pondría ni una criada del altillo para vestirse.

-Y yo que pensaba pedir uno igual... ¿Sabe que cuesta un potosí?

-Ni se le ocurra, además de tirar el dinero,

iría usted hecha un adefesio.

-Menos mal que le he preguntado,

como se nota que es usted una modista de primera.

-Está mal que yo lo diga,

pero empecé en el oficio siendo casi una niña

y, eso, por fuerza, se tiene que notar.

-No cabe duda de que sabe de lo que habla.

Vamos, ya no me compro ni un pañuelo sin consultarle.

-Me halaga, pero tiene razón,

siempre es mejor confiar en un experto.

-Voy a por un vestido que quiero que me arregle, enseguida vuelvo.

Carmen, atiende a la señora.

-Qué ordinariez,

el gusto por la ropa se pierde cuando pasas los Pirineos.

-¿Desea tomar algo, señora?

-No, gracias, no voy a estar mucho tiempo.

-Como guste, iré a avisar.

-No hace falta, ella regresará enseguida.

Ay, Carmen,

qué sorpresas da la vida.

Empiezo a pensar que me equivoqué con tu señora,

mis primeras impresiones fueron de lo más desacertadas.

Es mucho más sensata de lo que parecía.

-Cuánta razón tiene.

(TOSE)

Trata de sosegarte y tómate este remedio que te he traído.

(TOSE)

¿Acaso crees que toso por gusto?

Esto te hará bien.

¿Ya te marchas?

¿No puedes esperar ni un segundo conmigo?

Tengo tareas pendientes.

No te creo, siempre tienes una mentira en la boca.

No me tienes el menor cariño.

Nunca me has querido.

Soy tu esposa...

con todo lo que ello implica. Mi esposa. ¿Hasta cuándo?

¿Qué va a pasar ahora que ese hombre ronda mi casa?

¿Me va a arrebatar a mi familia? No,

eso no pasará, te lo aseguro. Entonces, ¿por qué le recibes?

¿De qué hablasteis? De nada.

Le hice ver que estaba de más y le pedí que se marchara.

Te juro que yo no le he dado pie para que trate de hablarme.

Me gustaría creerte,...

pero sé que ocultas algo.

Como te he contado, sé bien de mi compromiso contigo.

Parece que se te está olvidando lo que hice por ti.

Descuida, eso lo tendré presente el resto de mi vida.

Si no, ya me encargaré de recordártelo.

Estoy convencida de ello.

Pase lo que pase, mantendré mi palabra,

espero que tú hagas lo mismo,

aunque lo dudo,

las mujeres sois tan inconstantes.

Nada va a cambiar la situación entre nosotros, tienes mi palabra.

Haré lo que sea por evitar a Telmo. Eso espero.

No quiero que salgas de casa

ni que dejes salir a Mateo. Haré lo que me pidas.

(TOSE)

Úrsula,

venga inmediatamente.

Don Eduardo.

¿Sabe de qué hablaba mi esposa con ese malnacido de Telmo?

No, señor.

Está bien.

Manténgase alerta y, recuerde,

no pierda de vista a mi esposa ni un momento.

Y sobre todo,

no deje entrar a ese hombre en esta casa.

¿De acuerdo?

Sí, señor.

Márchese.

(TOSE)

Virgen del Carmen, como vea a la difunta,

salto por la ventana, estás avisada.

-A ver,

¿está más sosegada la señora?

-Algo, al menos con el cascabel, no me sobresaltas cuando entras.

-Entonces, voy a salir para seguir con las compras.

Los cascabeles los dejo en casa, no me vayan a confundir con un minino.

-Pero aquí los tienes que llevar, para que te distinga de las almas.

-Señora, el único fantasma de todo el vecindario

es el sereno, que tiende a fardar en exceso.

-Yo también tengo que salir, voy a la barbería.

-Qué manía os ha entrado de dejarme sola.

¿No os podéis turnar? -¿No ha vuelto la niña?

-No, sigue en la "bibliothèque" con sus estudios.

-Se va quemar las pestañas de tanto leer, no me gusta que se exceda.

-Ni a mí,

figúrate que se estropea la vista y se tiene que poner gafas,

a ver quién la casa con esa tara.

-Está bien que se esfuerce en aprender,

así tendrá conversación de sobra,

pero no quiero que sea una esclava de los libros.

-Lo poco gusta, pero lo mucho cansa.

Tampoco es de buen gusto

que una chica fina sea redicha.

-Bueno, he de irme. ¿Te podrás quedar sola?

-Trataré de conformarme.

-¿Ya no temes a las almas en pena?

-Digamos que me he buscado un remedio.

(Llaman a la puerta)

-Voy.

-Buenas tardes. -Buenas tardes.

-Sean bienvenidas a mi casa,

pueden quedarse todo el tiempo que les plazca.

¿No le importará que haya invitado a doña Genoveva?

-Qué va a importarme, cuantas más, mejor.

-Es usted muy amable.

Me honra poder participar en sus reuniones.

-Muchas gracias. Por favor, pasen al comedor,

que tenemos muchas cosas de las que hablar y mucho tiempo para hacerlo.

-Les dejo solas. Que ustedes lo pasen bien.

-Bellita, ¿no tendrá algo de caviar?, para ir haciendo boca.

-Ni pizca,

pero ahora les preparo unos chocos para chuparse los dedos.

Mi criada tiene que marcharse, pero que no falte de nada.

-Con Dios.

Buenas tardes, Carmen. -Buenas, Agustina.

-A ver si soy capaz de recomponer este jarrón.

-¿Lo ha roto limpiando?

-No, mi señor lo ha tirado en un tropiezo.

De seguir de esta guisa, acaba destrozando la casa.

-Mal arreglo tiene ese jarrón, Agustina, mejor haría tirándolo.

-Ya lo sé,

pero me da pena, me consta que era uno de los favoritos de la señora.

-Por lo que cuenta, su señor no mejora ni una pizca.

-Ni de lejos. Cada día se me hace más duro trabajar en esa casa.

Don Felipe se ha vuelto muy "revirao".

-Con lo correcto que ha sido siempre.

-Ahora, cuando una menos se lo espera,

empieza a dar voces por un quítame allá esas pajas.

-Me figuro que eso es un sinvivir.

-¿Y qué me dice del miedo que me da si le pasa algo

cuando estoy sola con él en casa? -Ya, menudo compromiso.

-No sé cómo me las iba a arreglar.

-Tendrá que hacer lo que pueda, y que sea lo que Dios quiera.

-Es una pena vivir así.

No me deja ni limpiar la casa.

Por más que trato de ordenarlo, parece que todo está abandonado.

-Me da una pena tremenda ese hombre.

-Y lo peor es que muy poco se puede hacer por él.

-A las buenas. -¿Qué haces aquí a estas horas?

-"Na", venía a por una toquilla.

A mi señora se le ha "antojao" comer caviar

y quiere que salga a la calle y compre una lata, y a buen precio.

-Complicado lo veo. -"Pa" chasco que sí,

que esas huevas "to" negras son la mar de caras.

-Qué gustos más raros que tienen los ricos.

-Por cierto, "señá" Carmen,

la vi hablando con don Ramón Palacios.

No quise interrumpirles.

-Sí. Ese hombre agradece cualquier atención que se tenga con él.

-No es para menos, tiene a la mitad del barrio en su contra.

-La verdad es que "pa" mí siempre fue "to" un señor.

Si en verdad hizo lo que hizo,

fue porque se volvió loco. ¿No les parece?

-La verdad es que yo, no sé que opinar.

Bellita, estos chocos no serán caviar,

pero a mí me saben igual de buenos

y, son una pitanza mucho más de la tierra.

-En confianza les diré, que siempre se me ha dado muy bien la cocina.

Otro día les preparo unas gambas rojas, que se van a orinar de gusto.

Les van a parecer exquisitas.

-Yo no me esperaba

que toda una diva se pusiera a cocinar con sus propias manos.

-Es usted muy original. -Es un tanto extravagante,

el sitio de una señora no es la cocina, para eso tiene al servicio.

Ni doña Felicia,

que es restauradora, se pone el mandil y pela patatas.

Tiene a sus cocineras, y punto.

-No seas antigua, Susana, los tiempos cambian,

¿verdad, Genoveva?

-Sí, sí, claro, a toda velocidad.

-Ayer vi a don Ramón en su terraza.

-Así es.

Es un asunto de lo más delicado,

no veo como evitarle sin contrariar a Antoñito.

-Usted no hace nada malo al hablar con él.

-¿Eso lo dices porque ha estado en tu casa con Liberto?

-Pues sí, Susana.

Mi esposo ha intentado normalizar la situación.

Si el señor Palacios ha decidido instalarse aquí, ¿qué vamos a hacer?

-Mi sobrino peca de bueno.

Para mí es un criminal

convicto y confeso, y lo demás son zarandajas.

-El tiempo va pasando, no es bueno guardar rencores.

-¿No recuerdas cómo fue lo de Celia,

que cayó por la ventana y se estrelló contra la acera?

-Ay, Jesús,

no conocía yo esos detalles tan escabrosos.

-Según cuentan, fue algo terrible.

-Lo peor que ha pasado en Acacias,

y hemos tenido muchas desgracias.

-¿Han sucedido más crímenes por aquí?

-Uy, si yo le contara,...

se le iban a poner todos los pelos de punta.

-No, déjelo, no me cuente.

-Bueno,

me van a perdonar, pero se me ha hecho tarde.

-Para usted y para todas.

-Gracias por su hospitalidad.

Nos vemos más tarde.

-No se despidan, me pongo el abrigo y las acompaño a sus casas.

Es una costumbre de Argentina acompañar a los invitados

a sus domicilios...

para... que no se pierdan, como aquello es tan grande...

-Pues con lo grande que es la Pampa, eso es una faena, ¿eh?

-Vámonos.

Madre.

He estado echando unas cuentas.

Si cambiamos de proveedor de vinos,

podemos ahorramos bastante dinero a lo largo del año.

Haremos lo que dices, me fío de tus conocimientos

en estos asuntos. -Perfecto.

Por cierto, ¿cómo ha ido la reunión en casa de Bellita?

-Bien.

Picamos algo y charlamos un rato.

-¿Camino cómo estuvo?

-Estuvo bien,

tranquila y atenta a la conversación.

-¿Cree que es buena idea llevarla a estos eventos?

-No veo por qué iba a ser malo para ella.

No ganamos nada con que esté en una reunión

en la que no puede relacionarse.

-No quiero que mi hija se convierta en una ermitaña.

No sería bueno para ella.

-Disculpe, no quería disgustarla, madre.

Los dos queremos lo mejor para ella.

No puedo dejar de pensar en que hubo un tiempo

en que Camino era tan feliz...

La alegría de esta casa.

-Lo seguiría siendo si no hubiera pasado...

-No tienes que recordármelo,

sé muy bien cuando y por qué ocurrieron las cosas.

Mi único afán es que mi hija lleve la vida más plena posible...

dentro de sus circunstancias. ¡¿Tan difícil es de entender?!

-(SOLLOZA)

(SOLLOZA)

-No ha pasado nada, mi amor, no te asustes.

-Sosiégate, estamos aquí contigo.

-Templa, mi niña, no vamos a permitir que nadie te haga daño.

Vamos dentro, vamos.

Cinta, ¿eres tú, hija? -Sí.

¿Dónde has estado? Me has dejado todo el día sola.

-¿No dice que en esta casa siempre hay compañía?

-Lagarto, lagarto, no digas eso ni en broma.

Me he tenido que traer a todas las vecinas

y hasta cocinar para ellas.

-Entonces, ha estado entretenida.

-Todas me han preguntado que qué hacías que no estabas en casa.

-Ya lo sabe, he estado estudiando.

Tengo mucha materia que memorizar

y la "bibliothèque" es el lugar ideal.

-Me da igual dónde estudies,

pero tendréis que hacer turnos para no dejarme sola aquí.

-Está bien, haré lo posible para que no pase.

No quiero discutir más sobre los espectros.

-De acuerdo.

Voy al salón, a ver si el jarrón ha cambiado de sitio.

-Avíseme si se ha fugado, para denunciarlo.

-Qué graciosa está la niña.

(Cascabeles)

¿Ahora tenemos gato? -Mira,

menos chanzas,

que me tiene tu madre frita con este soniquete.

Y lo peor de todo es, que ha sido idea mía.

Bueno, ¿dónde has estado tú todo el día fuera?

-Estudiando. -Muy bien.

Estudiar es lo que tienes que hacer.

Te había guardado unos boquerones para hacértelos fritos,

como te gustan. -Se me ha pasado la hora,

no tenía nada de hambre.

-No es bueno saltarse las comidas.

¿Te estás volviendo una desordenada?

-Espero que no.

Bueno, prepárame ese pescadito,

que de pensarlo me ha entrado apetito.

-En cinco minutos lo tienes preparado.

Me da algo de pena verte vestida como una señorona del siglo pasado.

A la fuerza ahorcan... y con este corsé más,

me ha faltado el aliento.

Espero que el sacrificio resultara efectivo.

Ya lo creo,

esa mojigata de Susana se ha tragado el anzuelo como si fuera un bacalao.

(RÍE)

La muy obtusa dice que va a ser mi guía espiritual,

me quiere inculcar todas esas reglas tan rancias que ella maneja.

Miedo me da que te cambie mucho,

no me gustaría verte convertida en una beata.

Muchas Susanas harían falta para conseguir eso.

Me consta que eres un hueso duro de roer.

No me ha sido fácil.

Tenías que haber visto como me aconsejaban sobre vestimenta

y buenas costumbres.

En más de una ocasión he estado a punto de echarme a reír.

Tú tienes tablas para eso y para mucho más.

Esta guerra ya la he ganado.

A partir de ahora, todos pensarán

que soy una dócil señora de buena familia.

Es menester que las engañes, pero vas a aburrirte mucho.

Eso será en la calle,

de puertas para fuera vestiré como una monja

y me comportaré como una meapilas.

Pero en casa,...

en casa será muy distinto,

voy a hacer lo que me venga en gana.

Me parece una gran idea,

cuenta conmigo para lo que desees.

¿"Para lo que desee"?

Ahora me han entrado ganas...

de bailar.

Bailemos pues.

(Suena música francesa)

¿Te he dicho alguna vez

que eres una mujer extraordinaria?

Parece que has tardado en darte cuenta.

No, desde el principio supe que eras distinta a las demás.

(Se oye la música desde la calle)

¿Qué es ese escándalo?

-Música de esa extranjera tan sincopada.

-Sale del piso de los Alday. -Sí, de allí viene.

Parece que estén celebrando algo. -No sé el qué.

-Deberían bajar la música, se escucha por toda la calle.

-Qué barbaridad.

Menudo espectáculo están dando.

Qué vergüenza.

Y yo que pensaba que esa pelandusca se había corregido.

-Pues a juzgar por lo que se adivina desde aquí, me parece que no.

Esa es la misma desvergonzada que llegó al barrio,

y no ha cambiado ni una pizca.

Pero,... pero si va medio en cueros.

-No me esperaba algo así de ella,

con lo modosita que ha estado últimamente.

Vámonos de aquí, no puedo seguir viendo esta aberración.

Prepáreme una tila.

Qué asco.

Arantxa, ¿ya vas a acostarte?

Sí, si no le importa, llevo en pie desde las seis.

-Yo también estoy agotada,

esto del fantasma me tiene todo el día con los nervios de punta.

-Sosiéguese, mujer, no hay nada que temer.

Y déjeme que me quite estos cascabeles,

porque ando loca de escucharlos todo el día.

-Claro, mujer, te lo puedes quitar siempre que no estés en la casa.

¿La niña se ha acostado ya? -(ASIENTE)

Dice que quiere ser la primera cuando abran la biblioteca.

No sé yo si debería decirla algo,

porque tanta lectura,... va a acabar más ciega que un topo.

-Tienes razón, algo habrá que decirle.

Lo que es la vida, yo apenas me he leído el menú de un restaurante

y la niña me ha salido rata de biblioteca.

-Fíjese. Bueno, pues hasta mañana.

-Si Dios quiere, Arantxa. Buenas noches.

(Se cierra y se abre una puerta)

(Ruido)

-Maldita sea. -¿José?

¿Lo has escuchado? ¿Qué ha sido eso?

Mira, lo has tenido que oír.

Todos los tragos se han puesto en pie.

-No exageres,

ha sido el crujir de un mueble. -Qué crujir, ni que crujir.

Ha sonado un golpe

como si se cerraran las puertas del mismísimo infierno.

-Si ya las han cerrado, no tienes nada que temer,

no te van a dejar entrar. -Mira, no te burles,

José Miguel Domínguez, que me conozco.

Esto es muy gordo, los espectros nos están dando un aviso.

-¿Aviso? Ni que fueran el cobrador del carbón.

-¿Cómo puedes estar tan tranquilo?,

si hasta han movido los muebles de sitio.

-Yo los veo como siempre.

-Mira,

han tirado el cascabel de Arantxa al suelo, como venganza.

-Se habrá caído solo.

Ya miraremos todo esto mañana con más tiempo.

Y templa,

que vas a despertar a la niña.

-Digas lo que digas, esta casa está maldita

y cuanto antes nos marchemos, mucho mejor.

Está claro que la difunta no nos quiere.

-Pues va a tener que aguantarse,

que hemos pagado unos buenos duros por esta casa.

Vamos a la habitación y tratemos de dormir.

-Yo no voy a pegar ojo, que lo sepas.

-Con que estés menos inquieta, me basta.

-Vale, pero tenemos que atrancar la puerta.

-¿Y de qué te va a servir eso?

Los fantasmas atraviesan puertas, paredes, todo.

-Entonces estamos perdidos.

-Mira, ya está,

si vienen a por nosotros, que nos pillen acostados.

Aquí parados y en paños menores vamos a pillar una pulmonía.

-Pero no me dejes sola.

(TOSE)

-Buenas noches, don Felipe. ¿Me permite su chaqueta?

-¿Qué haces aquí?

-Me he quedado esperándole por si necesitaba algo.

-No, no me hace falta nada,

vete al altillo, aquí estorbas.

-¿No quiere nada de cenar?

Un caldo caliente le vendría bien

para entonarse.

-Te he dicho que no quiero nada, no seas latosa.

¿Qué estás mirando, endriago?

-Señor,... que me da mucha pena

verle de esa guisa.

Déjeme que le cuide una pizca.

Lo que menos necesito... es la compasión de una criada.

¡Fuera de mi casa!

(Ruido)

Señor. ¡Señor!

Oh, que la Virgen de los Milagros me asista.

¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Socorro!

(SUSURRANDO) Cinta.

-Qué susto.

Por un momento he pensado que mi madre tenía razón y había fantasmas.

-No me vengas con chanzas, que la cosa es muy seria.

-¿No te habías ido a dormir? ¿Qué haces aquí?

-Tú a tus padres les podrás engañar, pero yo no me chupo el dedo.

Estoy cansada de ver las cosas raras que pasan aquí,

y no son precisamente de difuntos.

¿Qué está pasando aquí? ¿Adónde vas con esas pintas?

¿Se encuentra usted bien?

Sí, sí,...

solo que, me cuesta un poco dormir.

Pero vaya tranquila a su habitación.

No antes de que me cuente qué le sucede.

(RESOPLA) Me siento perdida.

No sé cómo seguir adelante, qué camino tomar.

Es de suponer que todo esto es por la visita de Telmo.

Sí, así es. ¿Qué ocurrió?

Siéntese, por favor.

Telmo sospecha que Mateo es hijo suyo,

y por eso no deja de rondar la casa.

Me lo temía.

He de confesarle que durante todos estos años,

yo he tenido esa duda.

Ya se encaró conmigo por este asunto cuando anuncié mi embarazo.

Y usted lo negó,

ni siquiera me permitió

que hablásemos de Telmo.

Úrsula, había tomado una decisión,

y mi matrimonio invalidaba

cualquier posibilidad de acercamiento entre nosotros.

Ya.

Además, odiándole como le odiaba,

nunca reconocería que ese niño es hijo de él.

Yo no pude insistir más.

Y yo se lo agradecí.

Para todos era mejor olvidarlo

y seguir con nuestras vidas.

Lucía,

llevo a su servicio muchos años y siempre le he sido fiel,

hasta me convencí

de que don Eduardo era el padre del pequeño,

pero ahora viéndola,

me vuelven todas las dudas.

Creo que merezco saber la verdad.

¿Es Mateo hijo de Telmo?

(ASIENTE)

Sí, sí que lo es.

Solo hay una posibilidad.

¿Cuál?

Conseguir que Telmo se marche de Acacias para siempre.

Dime adónde vas, o te vuelves a tu cuarto.

-Me voy a ver a mi novio. -¡¿Qué?!

-Chist. -¿Te has vuelto loca?

"Por la Virgen te digo,

pero ¿crees que voy a dejar que mi niña se vaya con un hombre

para que me vuelve preñada?".

-Casi nos hace creer que es una mujer decente.

-Qué descaro.

No me extraña que su marido le coma la mano,

es lo que les gusta a los hombres.

-Al marido hay que tenerle siempre con el deseo a flor de piel.

-Y... a lo mejor habría sido buena idea

que cerraran ustedes las cortinas.

-¿Dónde está mi esposa?

En casa de don Felipe.

Di orden de que no saliera de casa.

Úrsula,

no estará con ese Telmo, ¿no?

No van a oler, si son de Tolosa. -Ay.

Con Dios. -Hala.

Hasta luego.

¿Qué es esa carta que has cogido?

-Nada.

-¿Crees que soy tonta?

-Somos nosotros los que tenemos que ayudarle.

-¿Cómo?

-Dándole un nieto con el que jugar.

-Sé que ayer cometí un error al dejar las cortinas abiertas.

-Usted lo ha dicho, "imperdonable".

-Les propongo que demos un paseo.

-Yo no paseo con fulanas.

-No entiendo su actitud.

-No quiero seguir hablando, así que fuera de mi casa.

¡Le he dicho que fuera! -Tranquilo.

¡Esta es mi casa y nadie me dice qué hacer y no hacer!

Son unos billetes de barco a La Palma.

¿Por qué dos billetes?

Si a usted le parece bien,

yo iré con usted.

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Acacias 38 - Capítulo 973

19 mar 2019

Lucia niega que Mateo sea hijo de Telmo. Eduardo les encuentra y echa a Telmo.
Ramón pide a Carmen, con la que sigue intimando, que le tenga informado de la evolución de Felipe. El abogado tiene un accidente en casa.
Lolita se disculpa con Susana.
Bellita no se quiere quedar sola en casa por si todavía hay fantasmas e invita a las señoras. Cinta llega a casa con un misterioso paquete en el que oculta un colorido chal. Al intentar salir de noche a escondidas, la muchacha hace ruido y sus padres la toman por el fantasma. Arantxa la pilla in fraganti.
Camino sufre una pequeña crisis en el restaurante. La familia Pasamar se preocupa.
Genoveva celebra su triunfo con las señoras montando una juerga con Samuel en casa y Rosina y Susana le vuelven a poner la cruz.
Lucía confiesa a Úrsula que Mateo es hijo de Telmo.

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