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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 936 - ver ahora
Transcripción completa

Era la única que tenía acceso a la casa.

Y el arma homicida lo encontraron entre sus cosas.

Sí, pero yo no entiendo cómo la navaja llegó allí.

Alguien tuvo que ponerla a propósito

para incriminarme.

¡No puede haber otra explicación, se lo juro!

Físicamente ya estoy casi recuperada.

¿Y emocionalmente?

No temas.

Estaré bien, ya verás.

Por un asesinato normal y corriente acabas en manos del verdugo,

por matar a un fraile no creo yo que vaya a ser menos.

Ni siquiera pude disfrutar de...,

de la ilusión del embarazo ni...,

ni de cuidar a mi esposa.

Me enteré cuando era tarde.

Pero eso no justifica que pagara con usted mi tristeza.

-Don Felipe, yo creo que lo...,

lo mejor que podemos hacer es olvidarlo.

Hombre, es que...

si la "seña" Fabiana no le comentó al comisario

que la vio discutiendo,

no sería ni por olvido ni por encubrirlo,

sino porque ella está muy segura

de que la Úrsula no lo asesinó.

-¡Es que no lo fue!

-Mucha seguridad muestra en su inocencia, Agustina.

¿Acaso sabe usted algo que nosotras ignoramos?

¿No es la ropa que compramos juntas?

-Sí.

Y quiero que te la quedes tú.

Yo ya no la necesito.

Y así tu niño podrá disfrutarla.

Lo hemos pasado todos muy mal, pero ahora lo más importante es...

darle la bienvenida a tu hijo.

Gracias a la actuación de Tito, ¡hemos conseguido nuevos combates!

No he dejado de pensar en lo mal que debes haberlo pasado.

Es que ni siquiera sé

cómo puedes estar aquí como si nada hubiera sucedido.

-Es la boda de mi prima, este es mi sitio.

¡Te lo voy a decir yo porque tú no te enteras de nada!

¡Que la Marcelina está "enamorá" de ti hasta el seso!

¡Hombre ya...! ¡Es que eres más tonto...!

(SUSPIRA)

Lo siento, Samuel,

no puedo hacerlo.

No puedo casarme contigo.

¿Qué?

Pero ¿qué pasa?

-Lucía, ¿estás segura de lo que haces?

Sí. Sí, muy segura.

Samuel,

lo siento,

pero de verdad,

a la larga será mejor para ambos. ¡Suéltame!

No me toques. Samuel, por favor.

Conténgase.

Váyase al cuerno con sus sermones.

Lo siento, Samuel,

lo siento mucho, de verdad.

Lo siento.

Pero ¿qué vas a sentir tú, furcia?

(TODOS) ¡Oh!

¡No, no, no!

Espere, no le pegue.

-¡Pero, hijo, por Dios!

¡Estás en la casa del Señor!

Samuel, ven, vamos a hablar a otro lugar.

¡Que me sueltes! (GRITAN)

¡No eres digna de mi amor!

¡Eres una fulana, hija del incesto

y del pecado! -¡Samuel, por favor!

Está siendo contemplado por lo mejor de la ciudad.

Vámonos.

De lo contrario, tendremos que lamentar una desgracia.

-¡Piense, piense, Samuel, no cometa ninguna tontería!

El mal está hecho ya,

no lo empeore más.

Hará época.

En los mentideros no se hablará de otra cosa durante meses.

-Si no son años...

Es que tiene bemoles llevarle hasta el altar para decirle que no

en el último momento. -A mí me preocupa Samuel.

Creo que esto puede ser un golpe definitivo para él.

-¿Y tú cómo puedes defenderle?

Ha tenido un comportamiento muy salvaje.

Los salvajes son más considerados.

-A mí me lo dicen y no me lo creo.

Don Samuel Alday

arremetiendo contra una señorita en una iglesia.

-Su padre le hubiera cortado las dos manos.

-Yo no digo que esté bien,

pero ha sido una humillación terrible.

No ha podido controlarse.

-También lo habrá tenido que pasar mal Lucía.

Por no hablar de doña Celia, con lo remirada que es.

Y lo que les queda por pasar.

-Sí, la verdad es que llueve sobre mojado.

Hace poco que tuvo un aborto, y ahora, esto.

No están pasando una buena temporada los Álvarez Hermoso.

-Pues yo lo siento por ellos, de verdad,

pero no me van a amargar.

Yo estoy en racha de la buena.

Y ni una boda trabucada va a impedir

que yo celebre la victoria de mi púgil.

-¿Qué?

¿Dónde está, por cierto? -Ah...

Ahí fuera, de cháchara con Cesáreo.

¡Tito, haga el favor de venir!

-Mande. -Adelante, campeón, pase.

Que digo yo que su enorme combate bien se merece unas burbujas, ¿no?

-Enhorabuena, don Íñigo.

Aquí el Hércules del barrio me contaba la velada.

-Sí. -Bienvenido, Cesáreo.

Y gracias por seguir nuestra fulminante carrera,

pero desde el principio.

-¿Carrera...?

No es que quiera ser aguafiestas,

pero seguro que has escuchado eso de no vender la piel del oso

hasta que no lo cazas. -Pero resulta

que nosotros tenemos al oso bien acorralado.

-¿Qué oso?

-Eh...

Cojan sus copas.

-Ya. Las voy pasando.

-Gracias.

-¿Yo también, don Íñigo?

-Hombre, Tito, usted el primero, que para eso sale al cuadrilátero.

-Por no hacer el feo, pero solo para brindar,

que me estoy cuidando.

-Así es.

Así se habla, hombre.

-Por favor, alcen sus copas...

y brindemos por nuestro triunfador, don Tito Lazcano.

-¡Por Tito Lazcano! (TODOS) ¡Por Tito Lazcano!

-Y ahora, a repartir los beneficios, Tito.

Esto es para usted.

Es el 75 % de las ganancias

de acuerdo a nuestro compromiso.

-Muy... agradecido.

Eh...

Ha dicho 75... ¿qué?

¿Pesetas?

-Más, hombre.

Más. -No.

Él ha dicho que te da el 75 %.

Eso significa que ha hecho cuatro partes de la suma total

y a usted le ha dado tres de ellas. Y él se ha quedado con una.

-Muy generoso. Muchas gracias. -Un trato es un trato, hombre.

Y esta es solo la primera de muchas noches de gloria.

Ahora no puede usted perder la concentración.

Pasado mañana peleamos de nuevo.

-Descuide, que...

estaré preparado. (RÍEN)

-Así se habla.

-Venga, vamos a sentarnos todos juntos en la mesa.

Flora, ayúdame, por favor.

-Buen trabajo.

He de reconocerle

que no confiaba mucho en su púgil,

pero veo que ha conseguido centrarle un poco.

Enhorabuena de nuevo, Íñigo.

-Gracias, don Liberto.

Ya ve que el esfuerzo común ha dado sus frutos.

(RÍE)

¡Por Tito! ¡Tito!

(TODOS) ¡Tito! ¡Tito!

¡Tito! ¡Tito! ¡Tito! ¡Tito!

¡Tito! ¡Tito! (RÍEN)

¡Un bochorno épico!

¡Una vergüenza

de la que tardaremos tiempo en librarnos!

Esto es lo que has hecho, Lucía.

Ponerte en evidencia tú

y nuestra familia. -¡No era su intención!

-¡Es lo que ha conseguido!

¿Hubiera preferido que me casara con un hombre que no me quiere?

No estaría yo tan seguro.

Felipe, viendo su reacción en la capilla,

¿qué más pruebas necesita?

-Sus insultos han sido intolerables, yo también lo creo.

Es una prueba más de que su amor por ella no era tan puro.

-Pero ¿qué queríais?

¿Que aguantara el desplante como un manso cordero?

Ha reaccionado a la humillación.

-No me puedo creer que digas eso.

Quien ama no reacciona con violencia. -No.

A esas personas se les viene el mundo encima

cuando las menosprecian.

Y más en público.

Bueno, puede usted pensar lo que quiera, Felipe,

pero después de verme injuriada

y atropellada en público,

veo muy claro que Samuel

solo quería hacerse dueño de mi dinero.

Tu dinero nunca había salido a relucir.

¿Quién te ha hablado de dinero?

Nadie. ¡Haberlo pensado antes

y no en el altar

y ante todo el que es alguien!

¡De verdad que me parece intolerable!

-Venga, Lucía,

vete a la habitación, anda.

Ya hablaremos. -Sí. Por supuesto que hablaremos.

Nosotros y todo nuestro círculo.

Tendremos de qué hablar... -¡Felipe, por favor!

(LLORA) ¡Lucía, espera!

¿Qué? ¿Ya estás satisfecho?

-¿Satisfecho? Ha sido un acto de niña caprichosa

y nuestra familia no es así. -Deja de hablar de la familia,

que parece que solo te importa el qué dirán.

Si la quisiera, podría haberse enfadado, podría haber pataleado,

podría haberle suplicado, pero no la habría agredido

ni insultado con tanta crueldad.

-No, no ha estado bien,... -No.

-...pero su desplante no ha sido ejemplar.

-Felipe, es mi prima,

es nuestra prima,

y es nuestro deber inexcusable apoyarla

no juzgarla.

-Nuestro deber es que cumpla con las normas sociales y de convivencia.

De buena ley deberíamos obligarla

a que cumpla con el compromiso adquirido

con Samuel Alday. -No cuentes conmigo para eso.

No pienso contribuir a atarla a un hombre que, como bien dice,

no la quiere.

(Puerta cerrándose)

El pobre don Samuel... Si vieran la cara que se le quedó...

Daba pena, de verdad. -Hay que tener muchos redaños

para hacer lo que ha hecho la señorita Lucía.

Ahí es nada.

Decir que no se casa en una ermita

llena de gente de copete y delante de todos.

-A mí me habría "entrao" una llantera.

Ay...

Me habrían "temblao" hasta las canillas.

Pero decir no...

Creo que nunca, jamás habría dicho no.

-¿Te hubieras "emparentao" con un hombre sin quererle?

-O sea, que defiende usted que la señorita

dejase a don Samuel ahí, delante del altar.

-No, vamos a ver,

no es que me haya parecido bien.

Tenía que haber dicho que no mucho antes.

Al matrimonio no hay que ir con dudas. Créanme.

Yo sé de matrimonios más raros.

-Lo que no sé yo, "seña" Carmen,

es por qué defiende tanto al Alday.

Le soy sincera, yo no trago a ese hombre.

Me parece que tiene maneras y cara

de ser una persona "retorcía".

Y también les confieso otra cosa,

no me parece buen "marío"

para la señorita Lucía.

Como tampoco me lo pareció para doña Blanca.

-Vamos a ver, tampoco es santo de mi devoción,

pero hay que reconocer que don Samuel, el hombre,

ha tenido muy mala suerte, como yo, en el amor.

-Afortunado no es, no. -Ahí.

-Que ya le dieron calabazas en sus primeras nupcias.

Por eso me da no sé qué

que vuelvan a despreciarle y a humillarle de nuevo.

-Bueno,

no ha "habío" bodorrio. Hala, a otra cosa, mariposa.

-Ya.

Al menos, el lance ha servido para que todas se compren vestidos.

Y aquí la Agustina

es la que mejor parada ha salido del brete.

-¿Yo?

Mucho trabajo es lo que he tenido. -Sí,

pero la sastra ha sacado sus dinerillos

y así "tie" usted a su jefa contenta.

-Hablando de vestimentas,

se nos ha olvidado un asunto principal.

Don Telmo apareció en la ceremonia vestido de seglar.

-¿Qué es eso?

-Que iba de paisano, como si dijéramos.

-A ver si va a ser verdad que se va a salir de cura.

-¡Arrea...! ¿Y quién dice eso?

-Por lo visto, es lo que discutió Úrsula

con fray Guillermo el día de autos.

Ella decía que el fraile

le estaba aconsejando dejar los hábitos.

-Menudo folletín.

¿Y de ella se sabe algo? De la Úrsula, quiero decir.

-No, no hay noticias, qué va. Le he preguntado a un guardia

que deambula por el barrio y dice que no hay sospechoso.

Pero, claro, si no hay testigos...

-No se fíe nunca de las palabras de un guindilla

que mienten más que hablan.

"Pue" que tengan alguna idea de lo que ha "pasao",

pero no se la van a decir,

y también suelen callarse lo de los testigos.

-¿Y eso por qué?

-Porque cuanto menos sepamos la gente,

más desprevenidos nos cogen con sus averiguaciones.

Nunca cuentan todo lo que saben, nunca.

-No, ahí Fabiana tiene razón, ¿eh?

La cosa pinta muy mal, pero que muy mal.

Y si no van con las pesquisas,

aquí van a remover Roma con Santiago.

-¿Está usted "desganá", Agustina?

¿Le pasa algo?

-No, nada.

Solo pensaba en Úrsula y... su situación.

-Ay...

-¿Quiere usted agua, "seña" Carmen? -Sí, gracias, Casilda.

(MARCELINA SUSPIRA)

(SUSPIRA)

-¿Marcelina?

-(SUSPIRA) -¿Marcelina?

-Marcelina.

Pero, hija, ¿qué es lo que te ha "pasao"

que traes semejante disgusto?

-(LLORA)

-Ay...

Venga, mujer, que no puede haber nada tan malo

como para que una chica en la flor de la vida

se amargue tanto.

-Eso. Eso es muy cierto.

Anímate, Marcelina.

Eh...

Y si quieres, nos lo puedes contar.

Si las penas se las cuentas a las compañeras, se van más rápido.

-Que no, que no.

Que ni hablando ni "callá" tienen mis penas remedio.

-¿Qué?

¿Que tiene que ver con mi primo el Jacinto? ¿A que sí?

-¿Por quién si no?

-Bueno, pues por malo que sea lo que te haya hecho,

acuérdate de "tos" los bofetones que le has "pegao",

que no han "sío" pocos. -Más tendría que haberle "dao".

-Madre mía. -(LLORA)

-Anda, venga, cuenta de una vez.

-Pues "na",

que harta ya de su despiste,

le dije casi casi a las claras

que estaba "enamorá" de él hasta las trancas.

Le di a entender.

¿Y qué hizo él?

Reírse.

¡Reírse de una! (LLORA)

-Yo no es que no la crea, Marcelina, pero no me da a mí

que Jacinto sea de los que hacen leña del árbol caído.

-Pues claro que no, si mi primo es un cacho pan.

-Les digo yo que solo me faltó pedir su mano callosa.

¡Y se hizo el tonto!

-Ah, pues...

Pues si es eso,

lo siento mucho, Marcelina, pero no tienes razón.

Entre cómo te explicas tú

y lo cortito de entendederas que es mi primo,

seguro que no se ha "enterao" de nada.

-¿Cómo lo sabes?

-Hombre, lo sé porque llegó "confundío"

y preguntándome que a qué venía tanto sopapo.

Que aquí "to" hay que decirlo.

Cada vez que puedes le pegas un sopapo.

Así que "na",

que tuve que contarle la verdad.

-Oh... -Que le dije

que estás enamoraíta "perdía" de él.

-¿Le has dicho eso?

¿Así, con todas las letras?

-Pues sí, es que escribirlo no sé mayormente.

-¿Y qué dijo él?

Ay... Salió por peteneras, como si lo viera.

-No, no, por peteneras no salió,

que se quedó "callao" y quieto como un muerto.

-No le hables de muerte, Casilda, que llueve sobre mojado.

-O sea,

que no dijo ni esta boca es mía.

-Ahí no te puedo llevar la contraria.

-(LLORA)

¡Pero qué tonta he "sío"!

¡Qué tonta, madre,

qué tonta!

Más tonta que Abundio.

-Ay, pobrecica.

-Ay...

Ay, Fabiana, mira estos patucos.

¿No son una monería?

-Todo lo que va a tener ese querubín va a ser más que rebonico, señora.

-¿Y los baberos?

¿Dónde están? ¿No hemos encargado baberos?

-"Pachasco" que sí, señora,

que ya me mandó usted a mí a por ellos anteayer.

Y descuide, empapan muy bien, ¿eh?

Así no manchará las prendas buenas. -Ay...

Si es que no puedo dejar de mirar la ropita.

Como si fuera a nacer hoy mismo. (RÍEN)

-Paciencia, señora, que con la ayuda de Dios

será cuestión de días.

-Ay...

Y si la criatura es dormilona,

aquí tiene una cuna que le ha "regalao" su padre,

verbigracia, don Ramón.

-Y bien digna de un palacio que es.

-¿Verdad?

Es preciosísima. -Sí.

(SUSPIRA)

Ya me estoy imaginado yo al niñito con los ojitos "cerraos",

con su espumilla por la boca... Bien limpio,

bien comido y durmiendo como un bendito.

-Ay, Fabiana, yo espero que sea de esos,

de los que duermen y dejan dormir. -No me sea usted agonías.

Usted lo va a querer igual que si llorara.

-Sí, Fabiana, ahí llevas toda la razón, pero...

Pero le tengo un poco de miedo, ¿qué quieres que te diga?

Algunas madres primerizas dicen que los primeros días son un horror.

Y que están agotadas.

-Que están agotadas... ¿Qué agotadas?

¡Sarna con gusto no pica!

-No se crea usted, Fabiana,

que hay algunos rorros que se las traen, ¿eh?

Yo no he tenido hijos, ni mi Paciencia que yo sepa,

pero sí he tenido muchos sobrinos y había uno

que no se dormía ni a tiros.

La madre tenía ojeras de nazareno.

-Desde luego, Servando, que para dar usted ánimo no "tie" precio.

Calle ya de una vez, que no es lo que necesita.

-Solamente les daba la razón. Ahí las dejo con sus cosas.

-Ay...

-Ay...

Lo cierto es que...,

que paciencia a mí no me va a faltar.

Que no sé si podré decir lo mismo de su padre.

Que mi Ramón es de los que no duerme y se pone hecho un basilisco.

-Se le caerá la baba como a todos, señora.

Descuide.

-Sí, Fabiana, pero...

el resto de padres no tienen la edad de mi esposo.

Que no me escuche, pero es la verdad.

-Será un padrazo, ya lo verá usted.

Pero "pa" mayor garantía,

¿quiere que acomode la habitación de invitados para la criatura?

Así podrá atenderla sin molestar al padrazo.

-Ay, Fabiana, es muy buena idea, claro que sí.

Dejaremos la puerta abierta, y si la criatura llora,

pues ya podrá correr yo rápidamente a atenderle.

Uf...

-Señora, ¿"tie" usted algo?

-Fabiana, me mareo.

Me he levantado un poco así, pero es que...

Es que ahora viene más fuerte.

-Pero eso son los nervios, las emociones...

-Que no, Fabiana, que no,

que ya me gustaría.

Ahora es peor.

-¿Se puede quedar un momento sola? -No, Fabiana,

no lo sé. No, no, no, no. -Se lo digo

por llamar al señor. -No te vayas.

Por favor te lo pido. No me dejes sola. Ayúdame.

Ayúdame a sentarme. -Venga, despacito. Huy.

-Venga. -Eh...

-Ay...

-No hay prisa. No hay prisa. No hay prisa.

Ahí. -Ay, gracias.

(RESOPLA) Ah...

No crea que no lo he pensado.

Y más ahora, después del papelón de Lucía,

es prácticamente una necesidad.

-¿Y se irían ustedes muy lejos?

-Pues eso tendrá que decidirlo Celia,

pero cuanto más lejos, mejor.

Tanto ella como yo tenemos que tomar distancia.

-¿Quién dijo que el radicalismo es malo?

-Hay que coger el toro por los cuernos.

La pérdida de la criatura ha sido un duro golpe para nosotros.

Y más después del escándalo de Lucía.

-Eso le iba yo a decir.

¿Y la dejarían a ella aquí sola?

-Hemos pensado que se venga con nosotros.

Así los vecinos, al no vernos, no tendrán tiempo para habladurías.

-Pues si me acepta usted un consejo,

le diré que no me parece mala idea.

Los viajes renuevan el espíritu

y los viajes en familia renuevan el espíritu de la familia.

-A ver si es verdad, don Ramón, que falta nos hace.

-¿Por qué no van ustedes a Inglaterra?

La convivencia con Tano quizá suavizaría la pérdida de su esposa.

-Ya me había hecho yo esas cuentas, don Ramón.

En Navidad lo echamos mucho de menos.

Y quizá sea el momento.

En fin, le dejo.

Tengo que cerrar varios asuntos

y tener tiempo para preparar el periplo.

-Vaya, vaya... Menuda sorpresa que le va a dar usted

a su esposa. ¿Y cuándo se irían?

-Cuanto antes, mejor.

Con Dios. -Con Dios.

-¡Don Ramón!

¡Ay, don Ramón!

Gracias a Dios que lo encuentro tan pronto y de camino.

-¿A qué vienen esas prisas?

-La señora, don Ramón, que parece que está pachucha.

-Pero ¿pachucha de qué?

-¿Qué voy a saber yo, señor?

Pachucha de mareo. -Pues subamos entonces.

-¡No! Bueno, bueno...

Suba, que voy a buscar al médico. -¿Tan grave es, Fabiana?

-¡Corra, señor, corra, a ver qué nos dice el médico!

¡Vaya, vaya!

Mucha hierba veo yo aquí para hacer un guiso.

¿No le van a echar una "tajá" de tocino a las legumbres?

-Hombre de poca fe,

¿cómo nos íbamos a olvidar de su chorizo?

Chorizo y tocino, como manda la santa madre Iglesia.

-No blasfemes, Casilda, te lo pido.

-Yo no blasfemo,

pero cada vez que huelo esto, me dan ganas de darle vivas al cielo.

-Aquí traigo al campeón, que quería pasar a saludarles.

(APLAUDEN)

-Ni que hiciera falta que usted se subiera al altillo.

Esta es su casa, don Tito. -Una casa que huele que alimenta.

(RÍEN) -Pues, mire,

siéntese, enseguidica está.

-Gracias.

-No solo he venido a acompañar a Tito,

también quería hablar con usted.

-¿Conmigo? No sabía yo que teníamos lances pendientes.

-Usted no, pero yo sí.

Hasta ahora no he podido darle el pésame

por el trágico fallecimiento de su esposa.

-Ah, sí, trágico sí ha sido, lo de esposa, menos.

Y se lo agradezco, vamos. No me esperaba de usted este gesto.

-¿Se le ha muerto la costilla?

-Sí, bueno,

pero ya estaba arrancada de antes.

-Sepa usted que lo lamento.

Mi más sentido pésame.

-Ah, muchas gracias,

pero, en fin, vamos, que la vida sigue.

El muerto al hoyo y el vivo al bollo. Y vamos, hombre,

¿cuándo está el guiso?

Don Tito se nos consume de gazuza.

-Mire que es impaciente.

Ya falta menos.

Me han dicho que ayer

libró usted un combate de los que hacen afición.

-Una prueba de precisión y resistencia.

Don Tito está llamado a las más altas cumbres

del noble deporte del boxeo.

-Me alegro.

-¿Se queda usted a comer, don Tito?

Le reservaremos la mejor tajada de tocino

y un chorizo entero.

Que nada le falte a nuestro boxeador.

-Oiga, que los demás también libramos batallas,

de otro ámbito, pero batallas al fin y a la postre.

-No se moleste, señora,

aunque huele que alimenta,

no puedo comer tanta grasa.

Don Íñigo quiere que guarde un régimen muy riguroso.

-Pues no entiendo yo qué de malo hay en comer un poco de tocino.

Mire. Mire, mire. Pruebe, pruebe.

-Y dale, aleje la tentación del hombre. Si no "pue", no "pue".

-A don Íñigo le gustaría más que comiera una de esas zanahorias.

-Usted se lo pierde.

-No es por meterme donde no me llaman,

pero ¿usted cree que un hombre hecho y derecho

pueda alimentarse solo de zanahoria?

-Solamente alimentan a las cabras y a los conejos.

-Cuánta ignorancia... El secreto está

en el equilibrio.

Y eso don Íñigo lo tiene muy estudiado.

-¡Toma, yo como "equilibrao"!

Yo nunca me meto al coleto una "tajá" de tocino. Siempre van de dos.

"Pa" compensar.

-Casilda, estate atenta, que Servando te deja sin chorizo.

-¡Servando, quita las manos de mis "tajás"!

(RÍEN)

¿Qué? ¿Se sabe cómo se ha despertado la novia de la "espantá"?

-Ay, Flora, no hables así.

-Buenas, señoras.

Flora, ¿me traerías ahora un chocolate?

Gracias. -Qué casualidad, Celia,

de vosotros estábamos hablando.

-Otra cosa me hubiera extrañado.

-¿Cómo te has tomado lo de tu primita, la modosa?

-Bueno, pues...

en la ermita quería que me tragara la tierra.

No os voy a engañar.

Pero después reflexionando,

creo que es lo mejor que podía pasar.

-Desde luego, viendo cómo se comportó Samuel,

ese matrimonio hubiera sido un desastre.

-Ese es mi razonamiento.

Un hombre que no es capaz de tener sus manos quietas,

no será un buen marido.

-¿Y cómo está Lucía?

-Dándole muchas vueltas y con muchas dudas,

como es natural.

Solo lo supongo porque se ha encerrado en su habitación

y no quiere visitas.

(SUSPIRAN)

-Señoras, agárrense.

-¡Madre del amor hermoso! Lo había oído,

pero no lo podía creer.

-Pues ya es un hecho.

-Si hasta los curas tienen crisis de fe,

¿cómo vamos a hacer un país de creyentes?

Deberíamos rezar unos cuantos rosarios en desagravio.

-No seas exagerada, Susana, seguro que tiene sus motivos.

Y hasta que sigue creyendo.

-¡Que viene, que viene! -Ay, que ya lo sé,

tengo ojos en la cara. No me metas el dedo en el hígado.

Buenos días, señoras.

Doña Celia,

¿cómo se encuentra Lucía?

-Ya se puede imaginar. Ha tenido días mejores.

Con su permiso, me gustaría pasar a visitarla.

Lo lamento, padre,

don Telmo,

pero como les estaba diciendo a las vecinas,

no quiere visitas.

Tal vez le vendría bien hablar con alguien.

Ya nos dirá ella cuándo está preparada

para enfrentarse a las miradas.

-Sí, comentábamos antes

de que usted llegara, que una "espantá"

es uno de los agravios más llamativos que hay.

Qué razón lleva usted.

Nadie mejor que ella para saber

cuándo es el momento de volver a lo cotidiano.

Señoras...

-Espere un momento, don Telmo.

¿No tiene nada que decirnos?

Ya me extrañaba a mí que no sacaran el asunto a colación.

-Comprenderá que verle vestido de paisano de un día para otro

despierte nuestra curiosidad.

Curiosidad que intentaré satisfacer a la mayor brevedad posible.

Pero para bien o para mal, he dejado el sacerdocio.

-¿Ya?

¿No va a explicarnos las razones

por las cuales ha dado un paso tan rotundo?

Me temo que las razones solo atañen a mí y al Señor.

-¿Y va a haber otro sacerdote? Espero que sí.

Ya he remitido una carta al obispado solicitándolo.

Pues espero que sean diligentes

y ese sacerdote acuda pronto. Una parroquia de esta entidad

no debe estar desatendida. -Y no lo estará.

Es un placer conocerlas, señoras.

Soy el superior de don Telmo, a quien Dios guarde muchos años.

O lo era, claro.

Descansa un rato, mi amor.

Luego vengo a verte.

-Don Ramón...

¿Qué le ha dicho?

He visto al médico, pero no me he atrevido a preguntarle.

-No te angusties, mujer.

-Entonces, no es grave, ¿no? -No,

pero no descarta que pudiera llegar a serlo.

-¿Y eso? Mire, don Ramón, a mí démelo "masticao",

que yo soy muy dura de mollera.

-Al parecer, tiene la tensión alta.

No permanentemente,

pero sí por episodios.

-¿De eso son los mareos? -Sí.

Según parece, es algo que les sucede a algunas mujeres

cuando están en estado.

-Entonces no es peligroso, ¿no?

-Bueno...

En determinados casos sí que puede correr peligro la vida del crío

y de la madre.

-Ave María purísima.

¿Y qué le ha "mandao"?

-Fabiana, que no se ponga nerviosa.

Que coma sano.

Y que se tome este específico

que le ha recetado. -Pues deme el papel,

que me voy a la botica.

-Espera que te dé el dinero, Fabiana.

-Ay... (RESOPLA)

-Además, tengo que hacerte más recomendaciones.

El doctor ha sido muy tajante en esto.

Al menor síntoma,

tiene que tomarse ese específico,

así que es muy importante tener siempre a mano ese medicamento.

-Descuide, don Ramón, que yo me encargo.

-Y hay que vigilarla en todo momento.

Cualquier variación podría ser muy significativa.

-O sea, que hay que avisarle si cambia, ¿no?

-Eso es.

Ya puedes irte a la farmacia.

-Vuelvo en un periquete, señor. -Muy bien.

¿Tan enamorado está de Lucía Alvarado para dar este espectáculo

y colgar los hábitos?

No me provoque.

No es una provocación,

simplemente constato un hecho.

Solo un estúpido enamorado

habría renunciado a la posición que usted ostentaba.

También cualquier hombre

que pusiera por encima de todo la honestidad.

Me ha decepcionado, Telmo.

Hasta el último momento creí que optaría por el servicio a Dios

y a la orden,

pero veo que se ha decantado por el pecado.

También se peca en la orden.

De hecho, ocurre muy a menudo.

Quizás menos ahora

que usted nos ha abandonado. He sido consecuente

y he actuado en conciencia.

El Señor sabe que también puedo servirle como seglar.

Lo lamento, la verdad.

Me hubiera gustado seguir teniéndole entre nosotros,

obedeciendo como se comprometió

con sus votos.

No desespere, prior,

me tendrá muy cerca.

Quizá más que antes.

¿Es una amenaza?

No.

Es una predicción.

No va a librarse de mí.

A pesar de su evidente soberbia,

quiero que sepa que las puertas de nuestra congregación

seguirán abiertas para usted.

Ah...

Muy agradecido.

No hay de qué. Nuestro Señor Jesucristo

nos enseñó cómo tratar a un hijo pródigo.

También las formas en que los pecados se castigan.

¿Se cree tan por encima de los demás como para castigar pecados?

En absoluto.

Soy un hombre corriente, pero con sentido de la justicia

y pronto lo comprobará usted.

Voy a demostrar que Úrsula ha sido cabeza de turco.

El verdadero asesino de fray Guillermo lo pagará.

Nadie estaría más contento que yo si eso fuera así.

Suerte, don Telmo.

Y procure no apartarse más de los mandamientos de nuestro Señor.

Ay...

Es como cuando las borregas

te ponen esos ojillos de pena,

que me entra una zozobra y una congoja

que me quedo "paralizao".

-Claro. Con la diferencia

de que la Marcelina no es una borrega, primo.

-Pero te pone los mismos ojos de pena.

Me sabe mal verla así a la Marcelina y a mis borregas.

Uf... Es como si yo tuviera la culpa.

-Primo, tú no te enteras de "na", de "naíta",

así te lo expliquen con dibujos, ¿eh?

Aunque, bueno, también te diré

que de ahí a sentirse culpable va un trecho.

-No sabía que bebía los vientos por mí.

Las ovejas dan balidos para saber que tienen hambre.

-Bueno, no le des más vueltas al magín, primo.

Si es verdad que "ties" todas la razón.

Ha sido la Marcelina quien ocultó su dolor.

-Es que esa mujer se las trae. Es más rara que un perro verde.

-Es buena moza, ¿eh?

Blandita y sedosa... -Sí, sí,

como tus ovejas. No sea usted "pesao", Jacinto.

-Que me da pena, "na" más.

¿Puedo hacer algo para quitarle la congoja a la zagala?

-No, tú no hagas nada, que empeoras las cosas.

-¡No le digas eso, Casilda!

Que Jacinto es un hombre noble, un caballero, y lo que quiere

es echar una mano, ¿verdad? -Me sabe mal saber que llora, sí.

-Entonces, diga lo que diga la Casilda,

no se quede de brazos "cruzaos". -Ya me dirá qué hago.

-Compóngale una copla.

-¡Ah!

¡Una copla! Pero ¡qué buena idea! ¡Sí!

¡Sí, que...! ¿"Pa" qué? -Para hacerse perdonar.

Para que le disculpe. -Claro.

Una copla para que me perdone, ¿eh?

Sí, pero... Pero...

Yo no sé rimar.

-Bueno, pues alguien sabrá. -¿Quién?

-(CARRASPEA)

Me está mal en decirlo,

pero yo soy el mundialmente conocido compositor

del pasodoble famoso: "La niña de Cabrahígo".

-¿Usted? -El mismo que viste y calza. Sí, sí.

-Esto va a terminar pero que muy mal.

-Écheme una mano entonces. -Sí.

¡Al cuello te la va echar!

-Dígame, al menos, cómo podría titularse.

-Déjame pensar porque...

No es fácil componer, claro.

Pues se podría titular...

Se podría titular...

Ya lo tengo.

Se podría titular la coplilla:

"La tocá del ala". ¿Eh?

-(RESOPLA)

Así.

-¿De verdad no me vas a dejar salir de la cama?

-Esta vez no lo he dicho yo,

lo ha dicho el doctor.

-Ramón, por favor, que no estoy enferma.

Todas las embarazadas se marean a veces.

Ese doctor es un agorero.

-Ese doctor ha dado instrucciones muy precisas

que vamos a seguir religiosamente.

-Vamos a seguir religiosamente,

pero de pie.

-Trini, he dicho que te acuestes. Podrías poner en peligro el embarazo.

-¿Qué?

¿Qué has dicho, Ramón? -Que te acuestes.

-Eso no, lo otro.

¿Está en peligro, Ramón?

-Podría llegar a estarlo.

-Ramón, no me asustes.

-Pues mejor que estés asustadas.

A ver si te acuestas de una vez.

-¿Qué más te ha dicho el médico?

-Que tenemos que tenerte vigilada constantemente,

y que si sientes mareos, dolores de cabeza o ansiedad,

tenemos que suministrarte inmediatamente

una de estas pastillas.

-No parece complicado. -Eso espero yo también.

Tampoco tienes que hacer esfuerzos.

-Está bien.

Y yo que pensaba que lo peor del embarazo era al principio...

-¿Estás bien?

Me ha contado Fabiana y he venido.

-Nada va a suceder si seguimos las instrucciones al pie de la letra.

-¿Lo notas?

-Estoy un poco asustada, Celi.

-No te preocupes, Trini,

no es para tanto.

Y no dudes en llamarme si me necesitas.

Todo va a ir bien.

¿Y sabes lo que me dice?

Que ha remitido una carta al obispado.

¿Qué carta ni qué carta?

La cosa es urgente.

No podemos estar sin párroco,

no en Acacias.

Menos cartitas

y más personarse él mismo

para meter prisa.

-No se lo tome tan a la tremenda, tía,

que no la van a tener mucho sin ayuda espiritual.

-Se nota que no eres muy devoto.

Del padre Telmo hubiera creído cada una de sus palabras,

pero de don Telmo,

un hombre que ha colgado los hábitos,

de la misa a la media.

¿Cómo ha dicho usted, doña Susana?

No me diga que no lo sabía. No.

No tenía ni idea.

-¿Y usted cómo está?

Si le soy sincero, no lo sé.

No termino de hacerme a la idea.

Se suponía que iba a ser el día más feliz de mi vida...

Tía, ¿te importaría dejarnos hablar a solas?

-Hijo, cuánto misterio,

como si no estuviera enterada del fiasco.

Sepa usted, don Samuel, que le compadezco.

Un hombre... -Tía...

Por favor, déjenos.

Será una conversación entre hombres.

Desahóguese, amigo.

No sé usted, pero yo en su lugar lo necesitaría.

¿Sabe usted que ni ella

ni los Álvarez Hermoso

se han dignado a venir a disculparse?

¿Y no se ha parado a pensar

que tal vez ellos se sienten agraviados?

Pues no deberían.

Cierto que yo reaccioné de una forma de la que ahora me arrepiento,

pero yo soy el ultrajado,

el que ha sido humillado de la peor forma posible.

¡El hazmerreír!

Samuel..

Le voy a dar un consejo que espero me agradezca.

Tiene motivos para estar dolido, claro que sí,

pero por el amor de Dios,

la forma que tuvo de comportarse con Lucía es innoble,

poco propia de un caballero. Y me arrepiento.

¿No se lo estoy diciendo?

Entonces, ¿por qué no va usted a disculparse?

Vaya, hable con don Felipe

y demuéstrele su arrepentimiento.

¿Pedir perdón?

¿Me está sugiriendo usted que pida perdón a una mujer

y a una familia que no cumple con sus compromisos?

¿Que no tiene palabra?

Jamás.

¿Usted quiere a Lucía?

Si es así, me temo que no le queda otra opción.

Nunca.

Escúcheme bien.

Puede repetirlo por ahí si lo considera oportuno,

pero nunca voy a pedir perdón.

Al final, lo ha hecho.

Lo he pensado mucho y... Y no tenía otra opción.

Hijo...

Estaba usted hecho

para la Iglesia. Y un hombre de Dios

siempre tiene otra opción. Por Dios lo he hecho.

Para no decepcionarle.

Para no mentirle a él ni a mí mismo.

Ahora solo soy un hombre.

¿Y para qué?

Para nada.

Ella es una mujer casada.

¿De verdad merecía la pena?

No le dio el sí.

¿Cómo?

Le rechazó en el altar

sin saber que yo había renunciado al sacerdocio.

Motu proprio.

Ahora los dos somos libres.

Pero no he venido a hablar de eso, que sé que a usted no le gusta.

¿A qué ha venido entonces?

A decirle que no descansaré hasta sacarla de aquí.

Se lo agradezco, padre...

Don Telmo.

Aunque por el momento no ha podido atenderme,

todavía tengo esperanzas de que don Felipe Álvarez Hermoso

pueda asesorarnos. Con quien sí he hablado

es con el comisario Méndez

y creo que le he convencido de su inocencia.

Pero yo sigo aquí.

Sí, pero necesitamos pruebas

de esa inocencia y no dude

que las encontraré.

Pero mientras tanto, debe ayudarme.

Dígame si recuerda algo,

algún detalle, por poco importante que parezca,

del día en que asesinaron a fray Guillermo.

Lo siento, pero no puedo ayudarle.

No hay nada en mi memoria que haga ese día diferente a otro.

Creo que el prior lo hizo.

¿El prior?

Pero eso es absurdo.

Además, ya le digo que no vi, no recuerdo nada.

Él no sería el autor material,

pero no se preocupe, Úrsula,

terminaré por encontrar un testigo.

¿Por qué sigue ayudándome?

Porque necesita ayuda.

Y yo siempre estaré con los necesitados.

Con alzacuellos o sin él.

Gracias.

Pues ya sabe, doña Susana, algo llamativo.

Quiero que en el combate de mañana

el público vea un púgil rutilante, atractivo...

Los hombres elegantes meten mucho miedo, ¿eh?

-Pues lo tendrá usted,

pero en el futuro procure traer a su pupilo

con más tiempo porque voy a tener que hacer un milagro.

-¿Un milagro? ¿Para qué?

-No se preocupe usted, don Tito,

que me encargo yo de todo, hombre. -¿Voy a tener un traje?

-Bueno, al menos, con la prisa que hay,

un albornoz y unos calzones.

-Pues las medidas del albornoz ya estarían.

-Pues venga, doña Susana, los calzones.

-(RÍE)

(RÍE)

-Hala, ya está.

-¿Es usted santa y monja?

-No, hijo, no,

aunque no me hubiera desagradado.

Lo que llevo es un hábito seglar para evitar

cualquier atisbo de coquetería.

-¿Co... qué?

-Nada, que prometí vestirme así

si el Señor me otorgaba su bondad.

-Oigan, escuchen esto, escuchen esto.

"Selección de púgiles en la Sociedad Gimnástica".

"La Sociedad Gimnástica

enviará mañana a los combates a sus asociados más entendidos

para que seleccionen púgiles para unos combates de exhibición".

-¿Y?

-¡Pues que es nuestra oportunidad, Tito,

que le van a seleccionar a usted!

Que todo empieza a ir viento en popa

y el futuro es nuestro, Tito, el futuro es nuestro.

Siempre que pelee usted bien, ¿eh?

-Pelearé bien, don Íñigo, pelearé bien.

-Claro que sí, hombre,

va a pelear usted como los ángeles.

-Mejor diga como los demonios.

-Sí.

¿Qué se dice de mí en la calle?

Cene usted, señor, que a mediodía apenas probó bocado.

Te he hecho una pregunta.

Lo que se podía esperar.

La gente lamenta lo ocurrido.

Dime la verdad, Carmen.

Algunos creen

que así ha sido mejor para la señorita Lucía.

¿Quiénes?

No sé, señor.

Lo escuché a una criada en la fuente,

pero no le di importancia.

No trates de dorarme la píldora.

No, señor, le digo la verdad.

No sé, no me acuerdo.

(Puerta)

Iré a abrir.

El señor Batán, señor.

-Que aproveche, don Samuel.

Carmen, ponle un cubierto a nuestro invitado.

No te molestes, ya he cenado.

Mi visita será breve.

Déjanos solos, Carmen, por favor,

vete al altillo. -Sí, señor.

-Como puede usted imaginar,

las noticias vuelan.

Dígame algo que no sepa.

Que es usted un estúpido.

¿Cómo...

pudo perder los nervios de esa manera?

¿Qué pretende hacer usted?

Le machacaré la mano,

la otra, esta vez no tendrá que pedírmelo.

Ea, pues ya está casi todo aquí, señora.

Se lo ponemos a mano por si se aburre.

-No te preocupes, no creo que se aburra.

He traído labor para las dos.

Y también un libro de poesía. Te lo puedo leer.

-¿Y la medicina?

-Aquí está.

-Iba usted para enfermera.

Ay, bueno, voy a por lo que falta.

Las dejo solas.

-Ay, Celi...

No sé cómo voy a agradecerte la compañía.

Y las molestias.

-Yo sí.

Dando a luz a la criatura más bonita que haya visto el mundo.

-Gracias.

-Fabiana, trae el ungüento

para las friegas.

Tanto tiempo tumbada no puede ser bueno.

Tu hijo y tú necesitáis de una circulación energética.

-Ay, Celi...

Es increíble.

Tu bondad es más grande si cabe después del...

-Chist. Trini.

Ni hablar del pasado.

Tú concéntrate en dar a luz a este niño.

Con eso me doy por satisfecha.

Sea sensato, Jimeno,

dejarme impedido no le aportará ningún beneficio.

Seguimos siendo socios.

Le pagaré.

¡Ah!

No.

No se seque.

Que le sirva de recordatorio.

Las próximas gotas que salpicarán su rostro

serán las de su propia sangre.

No lo dé todo por perdido todavía. Ni una palabra más.

Quiero su casa,

las joyas de su padre que conserve,

y si todo eso no le alcanza,

quiero que venda su alma.

Y lo quiero ya.

¿No comprende que presionándome no conseguirá nada?

Necesito tiempo para reponerme.

Pagaré mi deuda. Claro que la pagará.

De lo contrario,

contaré todo lo que sé de usted.

El olor a putrefacción le precederá en sus visitas

si es que alguien le recibe todavía

cuando haya terminado con usted.

Me van a dar una miseria, menos de la mitad.

¡Me da igual!

Necesito el dinero para un viaje

y también que me traigas información de los barcos que partan estos días.

¿Hacia dónde?

Me da lo mismo, lo más lejos de aquí.

¿Cómo se encuentra su prima?

¿Podré visitarla en breve?

Ya nos dirá ella cuándo se encuentre en condiciones.

Con su permiso.

-¿Para qué quiere visitarla? Ya no es su feligresa.

¿Va a ir usted o no?

Si no quiere, se lo digo a otra.

-Tranquila, mujer, que sí se lo llevo.

Ni que la Úrsula estuviera en la cárcel por su culpa.

-Aquí se lo dejo.

Pero ¿qué te ha "pasao"?

-¡Que no quiero saber "na" más de ti en todos los días de mi vida!

¿Por qué habrá colgado los hábitos?

-Hay gente que dice que entre Telmo y Lucía

había una relación muy estrecha,

más de la que debería entre un párroco y una feligresa.

-Ay, Jesús, María y José.

-Imposible, Lucía estaba a punto de casarse con Samuel.

-Pero no lo hizo.

Toma.

-¿Qué es?

-Unos billetes de barco para ir a Inglaterra a visitar a Tano.

He comprado tres.

Así Lucía podrá venir con nosotros.

Supongo que no querrás dejarla sola.

-Pero son para ahora.

-Claro, mi vida.

¡Ramón!

¡Ramón!

Carmen...

Solo quiero pedirte una última cosa.

Lo que usted diga, señor.

No le digas a nadie que me he marchado.

Por lo menos hasta que esté muy lejos de Acacias.

¿Cómo lo ve, Liberto? -Demasiado confiado.

-Que me da a mí que perdemos, ¿eh?

-Bueno, tenga confianza.

¡Pero si es que sigue dejando que el otro le machaque!

-¡Que vamos a perder los calzones hoy!

¿Sabe dónde podemos encontrar a un hombre llamado Tito Lazcano?

-¿A Tito? Claro. Aquí, en La Deliciosa.

La frecuenta mucho.

Lo que pasa es que ahora no está.

-¿Y sabe dónde está? -Está peleando.

En la Sociedad Gimnástica.

Había una velada de boxeo y él participaba.

No voy a poner paños calientes, Trini.

Malas noticias.

-¿He perdido a mi niño?

-No.

Pero no descarta que pudiera ocurrir.

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  • Capítulo 936

Acacias 38 - Capítulo 936

25 ene 2019

Samuel, agrede públicamente a Lucía, ante la mirada atónita de los invitados y de Telmo que está a punto de intervenir. En la chocolatería se celebra el triunfo de Tito que vuelve a gozar de popularidad en el barrio; Iñigo reparte las ganancias obtenidas del combate, el futuro se presenta alentador para todos. Trini se siente mal repentinamente, el medico diagnostica que tiene un grave problema con la tensión, hay que mantenerla vigilada en todo momento. Celia se ofrece para ayudar a Trini que se compromete a cuidarla hasta que tenga a su niño.

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