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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 929 - ver ahora
Transcripción completa

De momento, solo espero que su pupilo cumpla con su palabra

y lleve a cabo la misión a la que se ha comprometido.

De lo contrario, será severamente castigado.

-"A ver cómo soluciono el 'embolao'"

entre mi primo Jacinto y la Marcelina.

Porque, cuando esa mujer se entere

de que mi primo ya no está disponible,

quizá haga alguna barbaridad, porque ya me lo ha dicho.

-Nos vamos de viaje de novios esta noche.

-¿Os vais tan pronto? -Sí.

-Samuel y Lucía se casan en 10 días.

-¡Rediez! Pero ¡qué prisa!

-Por su gesto, parece que le ha cogido de sorpresa

la noticia del enlace.

¿Qué pasa, que no le parece a usted buena la señorita Lucía?

Debería haberse mantenido alejada del Padre Telmo,

y no lo ha hecho.

Siempre andaba detrás, impropio de una señorita.

Para mí que usted ve fantasmas donde no los hay.

Yo estoy muy atenta a esas cosas.

Cuando maneje el dinero de mi esposa,

voy a hacerle pagar por todas las penurias que me hizo pasar.

Tengo buena memoria para lo bueno, pero mucho mejor para lo malo.

Sepa que yo también tengo buena memoria

y que no voy a olvidar esta conversación.

-"Lucía ya tiene fecha"

para su boda con Samuel Alday.

-Enhorabuena.

-Os deseo una vida muy feliz juntos.

-"Tito es muy despistado".

Le doy indicaciones sobre la guardia y la pegada,

y, al principio, bien,

pero luego se le olvida y boxea de otra forma.

-Eso, aunque despista su contrincante, no es buena cosa.

-No. Tanto olvido explica por qué no es una figura mundial

con esa pegada.

-¿No le ha extrañado la actitud de Lucía?

No parecía muy entusiasmada ni con el vestido ni con la boda.

-Tal vez sea el futuro esposo

el que esté deseoso de que se produzca esa unión.

Al fin y al cabo,

esa boda le va a convertir en un hombre muy rico.

-¿Ya estamos con el dinero? -Hija, el dinero mueve el mundo.

Le juro que alguien hecho narcótico en la bebida, a Lucía y a mí.

Tras quedar inconscientes, nos desnudaron,

para hacer creer a Lucía que yo había abusado de ella.

¿Fue el prior Espineira el responsable de aquella trampa?

Se benefició de ella.

Pero el instigador de tan abyecto montaje

fue Samuel Alday.

Hablas de él como si hablaras del anticristo.

Apenas he empezado a contarle.

Es horrible darse cuenta

de lo perverso que puede ser el prior Espineira.

¿Acaso no sospechaba ya, hermano?

Sí, pero le subestimé.

Nunca le creí capaz de tanta maldad.

Lo cierto es que yo tampoco.

El corazón del hombre puede ser un lugar oscuro.

En este caso, lo es.

El más profundo de los pozos.

También me espanta

lo que me has contado de ese hombre, de don Samuel Alday.

De él sí me lo esperaba.

Es el demonio.

Ese hombre vino a verme fingiendo sincera preocupación por ti.

Le creí.

Tiene dos caras.

Le haría creer lo que él quisiera.

Era bondad en sus ojos.

Qué ingenuo. (SUSPIRA)

Espineira va a tener razón.

No se culpe.

Es un monstruo.

Un hombre cruel al que no le tiembla el pulso

cuando quiere conseguir algo.

Lo que ocurrió en aquella ermita

fue una trampa para alejarme de Lucía.

Para que ella creyera que yo había hecho algo malo.

Luego, llamó a Alicia para darle credibilidad

a su farsa.

Pero, si le soy sincero, no es lo que más me preocupa.

(SUSPIRA)

¿Y qué es lo que más te preocupa?

Me preocupa que Lucía se case con un asesino.

Asesino es una palabra grave.

Sí, lo sé, pero es que Samuel Alday lo es.

Joaquín, el padre de Lucía, murió en extrañas circunstancias.

¿Crees que Samuel lo mató?

No se esclarecieron los hechos, pero sí que se confirmó algo.

Que Samuel Alday estuvo el día de su muerte.

Hay que desenmascarar a ese hombre, demostrar que te tendió una trampa

y que mató al tutor de esa muchacha.

No es tan fácil.

Ese hombre es demasiado listo.

No podemos quedarnos con los brazos cruzados,

no es justo.

Entiendo su frustración, hermano, la he sentido muchas veces.

He estado a punto, en alguna ocasión,

de lograr hacer justicia.

¿Pero?

Pero no se ha demostrado nada.

Tiene que haber algún testigo.

¿Cómo supo don Samuel dónde estabas con Lucía?

Alguien debió llevarle a la ermita.

Gutiérrez.

Así se llamaba el cochero que le llevo hasta allí.

¿Y por qué no hablas con él... y que nos cuente la verdad?

Lo intenté.

Debió contarme toda la verdad.

Dígame quién maneja los hilos.

Lo organizó todo

para que nos descubrieran en la ermita.

Es eso lo que ocurrió,

¿no es cierto?

Fue una trampa bien orquestada.

No se imagina hasta qué punto.

Que los llevará hasta allí no fue lo único que me pidió.

No calle ahora, y cuénteme toda la verdad.

¿Qué más ocurrió?

(Pasos)

Márchese, padre.

No puedo hablar con usted ahora.

Estoy esperando un cliente que llegará en cualquier momento.

Venga aquí mañana y le diré todo lo que quiere saber.

¿Acaso no sospecha quién era el cliente que le esperaba?

¿Don Samuel?

Era evidente que estaba a sus órdenes.

Estuve a punto de hacerle confesar.

Pero Samuel Alday se me adelantó.

¿Qué quieres decir?

¡So, so! ¡Quietos! ¡Quietos!

Quietos. Tranquilos, tranquilos.

Muy bien, tranquilos.

Tranquilos, quietos, quietos.

Quietos, tranquilos.

Es el coche de Gutiérrez.

¿Dónde está el cochero?

¿Gutiérrez?

Gutiérrez.

¡Gutiérrez! ¡No, Gutiérrez!

Samuel Alday es un asesino.

Y créame, hermano,

no sé cómo lo voy a lograr,

pero voy a evitar que Lucía se case con él.

(Sintonía "Acacias 38")

Un relato muy divertido.

Pero cuéntame, Gimeno, ¿a qué ha venido?

Supongo que no ha venido hasta aquí

solo para hacerme reír. Es usted listo.

¿Y bien? Quiero aclarar algo con usted.

No me gusta la superioridad con la que me habló antes.

¿Superioridad?

Ahora que va a casarse,

parece que lo tuviera todo bajo control.

Pero no se equivoque,

aún estamos juntos en esto.

Si yo caigo, caemos los dos.

Yo tengo muchos muertos a mis espaldas,

pero hay uno que comparto con usted.

Habla del cochero.

Ese pobre hombre nunca imaginó que, por ayudarle,

iba a acabar en el camposanto.

¡So!

¿Por qué ha parado?

No sé si debo llevarle.

Déjese de remilgos, le pagaré más.

Más de lo que ha ganado en toda su vida.

¿Cuánto falta?

Estamos cerca. La ermita a la que llevé al cura y a la mujer

no está a más de una legua.

¡Va, eh! ¡Eh!

Ese hombre no murió por ayudarme.

Murió por no saber medir su ambición.

Quien juega con fuego, termina quemándose.

Algo que todo el mundo debería recordar.

¿Me está usted amenazando?

Porque ese juego conmigo es peligroso.

Un juego al que usted empezó a jugar.

¿Quién empezó a amenazar a quién?

En eso tiene razón.

Y mantengo mi amenaza.

No quisiera tener que contar todo lo que sé, don Samuel.

Me alegra haber aclarado las cosas.

Gracias por la copa.

(SUSPIRA)

Don Tito, Servando.

No sé si se acuerda de mí.

No, que le he visto tan solo aquí,

y me he preguntado si necesitaba algo.

¿Qué? ¿Esperando a la novia?

-Estoy esperando a don Íñigo.

Yo no tengo novia. -¡No, no!

¡Y no la tengas jamás! ¡Solamente traen disgustos!

Al menos, la mía.

Por cierto, ¿ha boxeado usted alguna vez con algún cubano?

-Pues ahora mismo no caigo, he boxeado con tanta gente.

-Hombre, sí, un cubano, que hablan así.

(ACENTO) ¡Oye, guapo, vamos a dar un paseo por el Malecón!

-Sí, sé cómo hablan los cubanos.

El Malecón.

-Quiero decir,

¿ha peleado usted con alguien que no sea del todo blanco?

-¡Ya estoy, vamos! -No, pero antes de que se vaya,

respóndame a la pregunta.

-¿Qué pregunta? -Vamos, hemos de entrenar mucho

antes del combate de esta noche con el púgil francés.

-Hasta luego.

Desde luego, este Tito

está de la cabeza peor que mi Paciencia.

¡Que mal rayo la parta!

(SUSPIRA)

Qué ilusión me hace poder enseñarte la cestita y la ropita del bebé,

porque con Ramón no hay manera.

-Pero ¿no hay manera por qué? -No sé.

Se pone nervioso, le entran los siete males.

Todo esto de la criatura le tiene muy muerto de miedo.

-Pero si ya ha tenido dos hijos.

¿Miedo de qué? -Sí, pero es que ya son adultos.

Hace mucho que Ramón no tiene un niño entre los brazos.

Es como si fuera padre primerizo. -¿Y tú cómo estás?

-(SUSPIRA)

No sé, hija, como si estuviera en la jaula de conejos

de mi tía Eurídice.

-¿Qué quiere decir eso?

-Cagadita de arriba abajo.

-Trini, por favor, no seas bruta.

-¿Bruta? ¿Sabes lo que me dijo mi tía

cuando le dije que estaba en cinta?

-No sé, supongo que "enhorabuena", me imagino.

-No. Me dijo: "Niña,

pierde cuidado,

que lo mismo que ha entrado tiene que salir por ahí".

-Trini, por favor.

-Oh, Celia, de verdad,

si es que yo antes no pensaba nada en el parto, pero ahora...

No dejo de pensar en cómo rebuznaban las burras

del establo de mi tía cuando le llegaba la hora.

Yo te voy a decir una cosa, a mí, si me duele,

no voy a disimular, yo grito.

-Claro, mujer, grita.

-Que se vaya preparando el edificio.

Voy a berrear tanto que se me va a oír

hasta en Cabrahigo. -Si es que eso es lo de menos.

Tener un niño es lo mejor que le puede pasar a nadie.

Yo nunca había estado tan nerviosa ni tan feliz en la vida.

-Ni yo. Sobre todo, porque voy a compartir este momento

con mi mejor amiga.

-Ni en sueños me podría haber imaginado

que saliera también.

-Ay.

-Celi, ¿sabes lo que estoy pensando?

-¿Qué? -Hagamos una cosa.

Vayamos a comprarles ropa.

Y les compramos cosas conjuntadas, como si fueran gemelos.

-¡Uy, sí, estupenda idea!

Casilda, ¿vas al mercado? ¿Te vienes?

-No, no, es que estoy esperando a alguien. Adelántese usted.

-¿Ocurre algo, Casilda?

No tienes buena cara.

-Ya, pues sí que ocurre algo.

Verá, es que estoy muy preocupada por la Marcelina.

-¿Y por qué?

-Porque está enamorada perdida de mi primo,

y mi primo no lo está de ella.

-Ya. Y temes que sufra.

-La temo en general, yo no sé cómo va a reaccionar esa mujer

cuando mi primo la rechace.

-¿Cómo sabes que tu primo la va a rechazar?

-Porque se ha echado una novia en el pueblo.

-¿Tu primo?

Conociéndole yo, no le daría importancia a eso.

-¿Qué quiere usted decir?

-Que lo mismo él piensa que es una novia,

y solo le ha mirado y le ha dicho "hola" dos veces.

-¿De verdad lo cree usted?

-No será nada que no pueda deshacerse.

Estoy convencida.

Tú lo que tienes que hacer

es animar a la Marcelina.

A que se ponga guapa y que vaya a por él.

A seducirlo.

Usted no conoce a la Marcelina, "señá" Carmen.

A esa mujer le digo que se ponga guapa

y se pone la mantilla en el pelo.

Si es que tiene lo suyo.

Es más "pará" que una farola.

No, lo que yo tengo que hacer es aclarar las cosas.

Decirle la verdad cuanto antes, a las claras y sin rodeos.

Y que sea lo que Dios quiera.

-Pues suerte con eso, ahí la tienes.

Luego te veo.

-Marcelina, venga acá "pacá".

-A usted la quería yo ver.

-¿Qué le ocurre, Casilda? ¿Ha "pasao" algo?

-Pues sí, ha "pasao" algo. Se trata de mi primo el Jacinto.

-¿Está aquí? -No, no se apure usted.

¿Que qué pasa entonces? Pues yo le voy a decir lo que pasa.

Mi primo, que él parece muy "parao", pero luego no lo es.

Y, cuando le dice a una que no quiere tener novia

y que no quiere saber nada de mujeres,

luego viene y te dice todo lo contrario.

-¿Quiere novia? ¡Ay!

-Sí, sí que quiere novia, y tanto que la quiere tanto que la quiere

que hasta una puede llegar a pensar que ya tiene una novia.

-Cree que debería lanzarme,

antes de que venga alguna y me lo arrebate.

-No, Marcelina, no quería decir eso.

-No, si ya la he "pillao", Casilda.

¿Y sabe qué? Que tiene usted toda la razón.

Hay que ir a por lo que una quiere

y dejar claro lo que una siente. ¡A las claras!

(SUSPIRA)

¿Dónde está ese hombretón, eh?

-Marcelina, yo no quería decirle eso.

-No se apure, yo lo encuentro.

Gracias, Casilda, es usted un primor.

Me alegro mucho de que vayamos a ser familia.

(SUSPIRA)

Con Dios.

-Madre mía, esto va de mal en peor.

Señor.

Lucía.

Luego la veo.

Lucía, tenemos que hablar.

En privado.

La espero en el confesionario. Padre.

Si quiere hablar conmigo, puede hacerlo aquí,

delante de todo el mundo.

O hacerme una visita en mi casa,

porque no tengo por qué esconderme.

Es importante y requiere de privacidad.

Es muy urgente, no hay mucho tiempo.

Entonces, más vale que empiece.

Pues escúcheme y no me interrumpa.

No es la primera vez que le advierto sobre Samuel.

Sin embargo, ha decidido casarse con él.

Sí, padre, así es.

No tengo pruebas de lo que le voy a decir, pero necesito que me crea.

Samuel, aparte de un mentiroso,

es un asesino.

Hay sospechas de su implicación en la muerte de su padrino Joaquín

y también en la del cochero Gutiérrez.

No tengo dudas, Lucía,

Samuel lo mató.

Sí, para evitar que contara que todo fue una trampa.

¿Ha terminado ya?

(SUSPIRA) No.

Con la complicidad de ese hombre, Samuel nos drogó,

nos desnudó y fingió que yo había abusado de usted.

Fue un montaje.

¿Cómo nos encontraron desnudos en esa cama?

¿Y quién le dio la dirección a Samuel de la ermita?

¿Y por qué el cochero que le llevo hasta allí

apareció muerto después?

Explícamelo, por favor. Padre, basta ya.

Yo no tengo por qué explicarle nada.

Mire, de la misma manera que no creí a Samuel

cuando me aseguraba que usted me había hecho esa atrocidad,

ahora no le creo a usted cuando me dice todo esto.

Samuel tiene muchos defectos, sí,

pero jamás mataría a una mosca

ni organizaría esa aberración, padre.

Yo no sé qué sucedió aquel día en la ermita, ni quiero saberlo.

Es que no quiero pensar más en ello.

Y usted debería hacer lo mismo.

Olvídelo de una vez, padre, siga con su vida.

Es... es lo que estoy haciendo yo.

Solo le pido que piense en lo que he dicho.

Se está equivocando.

Y el paso que va a dar es definitivo.

Déjalos por ahí,

que vamos a querer abrirlos y verlos de nuevo.

¿Podrías prepararnos algo fresquito?

¿Querrías una limonada? -Sí.

(SUSPIRA) Estoy agotada, ¿eh?

El paseo bien ha merecido la pena.

-Es muy bonito lo que has comprado.

-Ya puede serlo, me ha costado una fortuna.

-El dinero mejor invertido del mundo.

-Desde luego.

-Uf. -¿Trini?

¿Estás bien?

-No. -Ven.

-Antonia, trae esa limonada.

-(SUSPIRA)

-Deja, que yo la sirvo.

-No, Celia, no quiero nada.

Quiero quedarme un rato aquí quieta.

-¿Seguro que estás bien?

Total, que un desastre.

Al final, he provocado "to" lo contrario

de lo que yo quería.

-¿Eso quiere decir que ahora Marcelina

va a ir a seducir a tu primo?

-Bueno, a su manera, que ya la conoce usted.

Seducir, poquito.

Pero sí, va a ir a por él.

Mis palabras le dieron arrojo y coraje.

¿Azúcar?

-No.

-Y, bueno, cuando mi primo le dé calabazas,

porque le va a dar calabazas, que ya lo sé yo,

esta mujer hará una barbaridad, que ya me lo advirtió también.

-Pero eso no es culpa tuya, Casilda.

-No sé yo, porque aquellas palabras salieron de mi boca.

-Y con buena intención.

Lo único que tú querías es que no se hiciera daño.

-Eso sí.

-Si ella malinterpretó, ¿qué vas a hacer tú?

-No debería haberme metido en este tejemaneje.

-¿Alguien sabe algo de esto?

-¿Qué es?

-Me lo he encontrado en mi mesilla.

Pone mi nombre y algo más, pero yo no sé leerlo.

(LEE) "'Pa' Fabiana y 'pa' todas las demás. De Lolita".

-¿De la Lolita? ¿Nos ha "dejao" una nota?

-Lea, a ver qué dice.

-(LEE) "Hola a 'tos'".

"Quería dejarles unas palabrejas antes de marchar".

"Aunque no lo crean, estoy contenta,

pero también triste

por dejar a "toas" ustedes ahí... y saber...

que ya no voy a venir a este altillo que ha sido mi hogar".

"Por eso quería dejarles un regalo de 'despedía'".

"Dentro 'el' sobre

hay unos reales y unas 'entrás' para el cinematógrafo".

"El dinero

es 'pa' que cojan el tranvía

y se tomen un aguardiente a mi salud".

"Y hasta 'pa' un 'helao' les va a llegar".

"'Pa' que se acuerden siempre de la Lola con alegría".

"Hasta la vuelta, Lola".

-Nunca he ido al cinematógrafo.

-"Ende" luego que no hay más grande que la Lola.

-Desde luego, yo la voy a echar mucho de menos,

era la alegría de esta casa.

-Ay, y yo.

Tengo una pena más grande por dentro.

-Bueno, Casilda, mujer, la vida sigue.

Además, se ha ido por algo bueno, ¿no?

-¡"Pa" chasco que sí!

(SUSPIRA) Bueno, ¿cómo creen que le estará yendo el viaje de novios?

-Esas cosas nunca van mal, mujer.

Por cierto, ¿qué tal la Antonia?

¿Se ha acoplado ya a la casa de doña Celia?

-Sí, eso parece.

Las señoras fueron a comprar ropita de bebé

y yo aproveché para 'echá' un ojo en la casa.

Y estaba todo divinamente.

Vamos, es una criada de los pies a la cabeza.

-Me alegro mucho.

-Desde luego, nadie se da cuenta

de lo importante que es nuestro oficio.

Parece que es todo faenar y servir, y...

Y es mucho más.

-Somos el alma de una casa, Agustina,

aunque los señores no lo vean.

-Y Lolita, más alma que nadie.

Ella era como una más "ahín", en casa de los Álvarez-Hermoso,

y eso no se puede reemplazar.

Y menos...

en estos momentos,

donde la señorita Lucía está a punto de casarse.

-Por cierto, ¿sabe usted algo de eso, Carmen?

-¿Algo de qué?

-He oído en la sastrería

que algunas mujeres del barrio están extrañadas

por el hecho de que doña Lucía y don Samuel

no se casen en la iglesia del barrio,

en una misa oficiada por el padre Telmo.

-No tengo la más mínima idea.

-Pero sí es raro, la verdad.

El cura es muy amigo de los Álvarez-Hermoso,

y de la señorita sobre todo.

-Serán cosas de don Samuel.

Ellos dos nunca se han llevado muy bien.

-¿Y eso?

-Porque no todo el mundo puede llevarse bien, Casilda, mujer.

-¿Se puede?

Buenos días tengan ustedes.

Les presento a don Tito Lazcano.

No sé si le conocerán, es el boxeador

que está llevando don Íñigo.

-¿Quiere usted tomar algo? ¿Un té o una infusión?

-No, gracias, moza.

-Casilda, para servirle a usted.

Y ella es la "señá" Carmen,

la "señá" Agustina y la señá Fabiana.

-Encantado de conocerlas. Leandro me ha pedido que suba

para que le enseñe algún golpe de boxeo. (RÍE)

-Por si entran ladrones al edificio, nunca se sabe.

Y no es Leandro, es Servando.

Servando. Se lo he dicho ya tres veces.

-Es normal que se confunda,

con la de cachiporrazos que se habrá llevado en la sesera.

-(RÍE) Algo de razón tiene, Clotilde,

algo ha de influir.

-Es Casilda. -Ah, perdón.

Casilda, disculpe usted.

Y gracias por el rectificado...

-Agustina.

-Agustina. -Ahí está.

Bueno, ¿va a seguir pelando la pava

o me va a enseñar esos golpes? ¡Venga!

-Sí. -Vamos para allá.

Para acá.

-Vamos allá. -A ver.

-Vale. -Venga, a ver.

No, espera.

Ahora.

-Eso es. Puño. Pum, pum, giro de cadera.

(SOPLA) -Bueno...

-Desde luego,

no sé si será tan divertido el cinematógrafo como esto.

-(RÍEN) -Pum, pum, giro de cadera.

-¿Seguro que no quieres un poco de limonada con azúcar?

Te va a levantar el ánimo. -Quizá más tarde, ahora estoy bien.

Mira qué cosa más pequeñita.

-Y moderno, es muy sofisticado. -Sí, dicen que lo traen de París.

Si llego a descubrir esta tienda antes,

no le encargo a Susana tantas cosas.

-Te lo ha confeccionado casi todo, ¿no?

-Sí.

Quién lo iba a decir, ¿eh?

¿Te acuerdas cuando llegué al barrio?

No quería ni mirarme, ni muchísimo menos hacerme un traje.

-Me acuerdo. Lo que ha llovido.

Susana es la mejor sastra de toda la ciudad.

La calidad de sus tejidos es inmejorable,

pero se está quedando un poco anticuada en sus diseños.

-¿Un poco? Más que el hilo negro.

Ya nadie necesita que la ropa de sus criaturas dure eternamente.

-Con durar unos meses...

-Una quiere que su criatura tenga mucha ropa,

que vaya con colores divertidos y simpático.

-Color no es lo que vas a encontrar en la sastrería Seler.

Pobre Susana, lo está pasando mal con su nieto,

recién nacido y enfermo.

-(SUSPIRA) Qué lástima.

Eso nunca debería pasarle a una criatura tan pequeñita.

-Vamos a dejar de hablar de esto, que me da por imaginar cosas malas.

-Yo solo le pido a Dios que cuide de nuestros hijos.

-¿Y vosotros qué?

Pronto volverán Antoñito y Lolita del viaje de novios.

-Pues sí, y la verdad es que tengo ganas.

Que a mí me gusta estar mucho a solas con mi Ramón,

pero también me gusta tener la casa llena de gente.

-Lolita te va ayudar mucho con el niño, ya verás.

-Bueno, y tú no te pongas celosa, ¿eh?

Cuando Lolita viva con nosotros, haremos cosas las tres juntas.

-Puf, y las dos de Cabrahigo, miedo me dais.

-(RÍE)

Que Dios te pille confesada.

(SUSPIRA)

Oh.

Ay.

Póngame un ramo de hortensias,

para la entrada de casa de mis señores.

Y uno de rosas, para la salita.

Que a la "señá" le gusta que huela muy bien.

Ay, qué bonita que es la vida cuando es bonita.

-¡Epa ya!

(RÍE)

¡Ay! -Hola, Jacinto.

Dichosos los ojos que te ven. -Buenas tardes tenga usted también.

-Lo cierto es que necesito que hagas una cosa por mí.

-Lo que sea que esté en mis manos.

-Quiero dos quesos de los buenos, para mis señores.

-Ah. Luego te los doy.

Pero tengo dos recién curados que...

Se van a chupar los dedicos.

Uy, ¿tienes algo en el ojo? ¿Quieres que te lo quite?

-¡No, no! Si estoy bien, de verdad. -Ah, vale.

Pues nada, me voy yendo. Con Dios.

-Aguarda una miaja.

¿Quieres que quedemos luego, más tarde?

"Pa" lo de los quesos, digo.

-No va a poder ser.

He quedado con Rosina para adecentarle el jardín.

Pero no te apures,

te voy a dar los quesos de alguna forma.

-No lo digo solo por los quesos,

también podríamos quedar luego para dar un paseo más tarde.

-Ah, pues no sé.

Quizá otro día. ¡Hale!

-Aquí tienes.

-Gracias.

Apúnteselo en la cuenta de mis señores.

(SUSPIRA)

Con lo contenta que estaba yo hoy.

Estoy contenta por Íñigo.

Está entusiasmado con lo de la promoción de Tito.

Pero apenas le veo.

-Para lo que hay que ver... -Madre.

-Ay, era broma.

Me lo has puesto en la punta de la lengua.

¿Y dónde está hoy?

-Entrenando con Tito en la Sociedad Gimnástica.

Creo que tienen hoy un combate con un púgil francés.

-Al final te aficionas tú también. -No.

No me gusta nada ese mundo. -Ni a mí.

Pero reconozco que, si Íñigo empieza a ganar dinero con ello,

me gusta un poco más.

-Íñigo se basta y se sobra con La Deliciosa.

A mí no me preocupa eso.

A mí lo que me preocupa

es que dedique tanto tiempo y tanto esfuerzo

a algo que a lo mejor no sale bien.

-Bueno, ya sabes, sarna con gusto...

-En eso tienes razón, toda la razón.

(Campanadas)

-¡Ay, qué tarde!

Se me ha hecho tarde. No sabía que era tan tarde.

Es que vamos al palacete, el primo de Casilda y yo,

para adecentar el jardín.

Vente con nosotros. -No. Tentador, pero no.

¿Te molesto? -Es que ya me iba.

-Es que necesito desahogarme con alguien, Rosina.

-Bueno, tengo media hora.

-(SUSPIRA)

No puedo ni estar detrás del mostrador atendiendo.

Es que no se me quita la cosa del magín.

-Pero ¿qué pasa? ¿Es algo de tu nieto?

-¿Cómo puede una criatura tan pequeña ponerse tan enferma?

-¿Le preparo una tila, doña Susana?

-No, gracias. No me entra nada.

-Pero ¿has sabido algo más?

-He ido al correo postal,

a ver si había alguna noticia nueva de Simón.

Y nada. -Llámales.

-Eso he hecho, pero no he podido comunicar con ellos.

Al parecer, Leandro sí que ha tenido noticias.

-¿Y qué dice?

-Dice que ha recibido varios telegramas de Simón,

diciéndole... que los médicos no dan con la dolencia del niño.

-Virgen santa, ¿y qué van a hacer?

-Pues seguir buscando, supongo.

Y esperar.

-¿Esperar? No puedes hacer eso, debes actuar.

-¿Actuar? Pero ¿cómo? -¡Claro!

Busca a un médico especializado,

aunque sea el más caro, pero que sea el mejor.

¿Necesitas dinero?

-Te lo agradezco, Rosina,

viniendo de ti sé que el ofrecimiento es muy valioso.

-No lo sabe usted bien.

-Pero, al parecer,

el niño está en un hospital muy bueno.

Cuenta con los mejores médicos, está en muy buenas manos.

-Bueno, entonces...

-Pues esa es la cosa, que no nos queda otra más

que esperar y ver cómo evoluciona.

Y, como no evolucione bien, yo no voy a poder soportarlo.

(SUSPIRA)

Lamento interrumpir.

Pero se me ha ocurrido que podríamos merendar juntos.

¿Te apetece?

Les he hecho café y he comprado unos dulces.

Gracias, Carmen.

¿Y bien? ¿Cómo te ha ido el día?

Bien.

¿Solo bien?

Pareces preocupada.

¿Acaso has tenido algún contratiempo?

No.

Entonces ¿qué te ocurre, querida?

Porque está claro que algo te ocurre.

Samuel, me ha vuelto a la cabeza

lo que ocurrió aquel día en la ermita.

¿Y eso?

¿Por qué ahora?

Se acerca nuestra boda

y supongo que necesito aclarar las cosas.

Ya sabes que yo no tengo en cuenta nada de lo que ocurrió.

Nada ni nadie me va a impedir amarte hasta el infinito

como la madre de mis hijos que serás y mi futura esposa.

Samuel, escucha.

Necesito saber que no tuviste nada que ver con ese asunto.

Pensé que eso ya estaba aclarado.

¿Cómo supisteis tú y el prior que estábamos ahí?

¿Quién os dio el aviso si nadie, salvo el cochero,

sabía dónde estábamos?

Lo cierto es que no lo recuerdo muy bien.

Habías desaparecido, todos te estábamos buscando.

Creo que fue un monje quien le dio aviso al prior

de que alguien os vio entrar en esa ermita.

El edificio pertenece a la orden,

siempre hay personas resguardándolo.

Ahora que caigo,

fue una torpeza por parte de Telmo llevarte a ese lugar

si lo que pretendía era cometer tal vileza.

Pero ¿por qué estamos hablando de este asunto tan desagradable?

Estamos a una semana de nuestra boda.

Y yo estoy lleno de ilusión, no de tristeza.

Tenemos que mirar hacia el futuro, Lucía.

¿O es que acaso ha sido Telmo quien está revolviendo todo esto?

Samuel, necesito estar sola.

Pero si íbamos a merendar.

He perdido el apetito.

Yo también. Le diré a Carmen que retire la bandeja.

(RECUERDA) (GUTIÉRREZ) "Aquí les traje".

"El cura me dijo que era una ermita que había permanecido a su orden".

Aquí no hay nadie.

Han dormido aquí, seguro.

Mire.

Se marcharían hace mucho.

Está fresca, hace poco la rellenaron.

Y hay comida.

Si se hubieran marchado, se la habrían llevado.

Entonces estarán cerca, es probable que regresen.

Espérelos escondido.

Cuando beban esto, se quedarán dormidos.

Desnúdelos y acuéstelos, juntos, como si hubieran hecho el amor.

Es su prometida.

¿De verdad quiere que la meta en la cama con otro hombre?

No haga preguntas, obedezca.

¿Y mi dinero?

Cuando acabe, venga a verme.

Entonces, le pagaré y no volveré a saber de usted nunca más.

No trate de engañarme.

Haga lo que le mando y tendrá mucho dinero,

tanto que no necesitará volver a manejar el carruaje.

Si queremos que no nos descubran,

tengo que esconder el carruaje.

Hágalo, pero con cuidado.

¿Dónde están las pertenencias del padre Telmo?

Ahí.

No es equipaje de una señorita.

Vamos.

¡Padre!

Qué bien encontrarle. Queríamos verle.

-Sí, tenemos que hablar con usted. Claro, ¿en qué puedo ayudarles?

-Queríamos pedirle unas misas

por la llegada de nuestras criaturas.

Es la petición más bonita en mucho tiempo.

-Queremos pedir para que vengan sanos

y para que todo salga bien.

Así lo haremos, doña Celia.

Pediremos por eso y por que Dios los proteja.

Para que lleguen bendecidos

y tengan vidas felices y piadosas.

La llegada de un niño es la alegría mayor en una casa.

Estoy seguro de que los vecinos del barrio se unirán a la misa

para darles apoyo. Lo organizaré todo.

Será la misa más bonita en mucho tiempo.

-Muchísimas gracias, padre.

También quería hablar sobre el bautizo.

Dentro de poco saldré de cuentas y quiero dejarlo todo preparado.

Claro, ajustaremos un día

para hablar de todo eso.

Hablé con Úrsula. Gracias, padre.

Hay una cosa que sí que tengo clara,

quiero que sea usted quien le bautice.

Es un santo justo y bondadoso.

Solo soy un hombre.

Y, como todos los hombres, tengo mis defectos.

-No se quite méritos.

Es usted el ser más bondadoso de toda la Iglesia de Dios.

Es usted un hombre muy especial.

-En fin,

iré a hablar con Úrsula.

¿Me acompañas, Celia? -Sí.

Gracias, padre. -Con Dios.

Con Dios.

¿Tiene un minuto, padre?

¿Qué hace aquí?

Quería acercarme para entregarle esto.

La invitación de mi boda con Lucía.

Una para usted y otra para fray Guillermo.

A pesar de todo lo ocurrido,

me gustaría que ese día acudiera a la iglesia

y que en el convite brindará por nosotros.

No me puedo creer que sea tan cínico.

No es cinismo, lo hago por Lucía.

¿Por Lucía? (ASIENTE)

Debería preocuparse por mantener las formas

y procurar que la gente deje de hacerse preguntas en el barrio.

Muchos vecinos empiezan a pegar la hebra.

No entienden por qué no es usted quien nos casa.

¿Quiere que también doña Celia

se pregunte por qué no asiste usted al enlace de su prima

habiendo tenido una relación tan estrecha?

Descuide, padre, tan solo tendrá que hacer el paripé un día.

Luego, ni nos volveremos a ver las caras.

¿Qué quiere decir?

Lucía quiere marcharse lejos de aquí.

Dejarlo todo atrás.

Dejarlo todo menos a mí.

Asistiré a su boda.

Le aseguro que asistiré.

No tenga la menor duda.

El combate es en un rato, y este hombre está tardando.

-No se apure, todavía hay tiempo.

Estará al caer. Sabe que Tito se lo toma con calma y parsimonia.

-Sí, calma y parsimonia lo definen perfectamente.

-Creo que va a tener un buen combate.

Sí, le he visto en la pensión y estaba algo más centrado.

-Hoy tiene que dar lo mejor de sí.

-¿Aún están ustedes aquí?

Yo me voy de camino a la Sociedad Gimnástica,

que he pedido un par de horas

para ver el combate contra el púgil francés.

-Enseguida iremos.

-Yo me adelantó, quiero coger sitio.

Me temo que a estas horas no quede ninguno bueno.

-¿Usted cree? ¿Tan pronto? -Todos están expectantes.

Algunos de los señores han quedado para tomar algo antes de la velada.

Hay muchísima expectación.

-Eso es buena señal.

-Espero que gane Tito,

he aconsejado a algunos que apuesten por él.

-Ganará, Cesáreo. Apostar por Tito es apostar sobre seguro.

-Mucha suerte. Luego nos vemos.

-Con Dios, Cesáreo.

-Liberto, este hombre está tardando demasiado.

(SUSPIRA)

¿Estás bien?

La boda parece imparable. Y no soporto saber

que Lucía se convertirá en la esposa de ese demonio.

Me gustaría salvarla.

Llevármela lejos de aquí, de él.

Lo sé.

La pregunta que debes hacerte es por qué quieres eso.

¿Por qué quieres proteger a Lucía?

¿La sigues amando?

Con toda mi alma.

(SUSPIRA)

Temía escuchar esa respuesta.

Pero en el fondo ya lo sabía.

Es lo que dice tu mirada, es lo que dice todo tu cuerpo,

aunque tus palabras dijeran lo contrario.

La mujer que amo se va a casar con otro.

Y no lo soporto.

Tampoco me soporto a mí mismo... sintiendo lo que estoy sintiendo.

¡Hermano! ¿Cree que no me avergüenzo de esto?

¿Cree que no estoy sufriendo lo indecible por todo este asunto?

Lucho contra mis sentimientos día y noche.

Ayúdeme, por favor.

De nada te sirve tu mala conciencia

ni expiar tus culpas dañándote a ti mismo.

Lo que debes hacer es alejarte de Lucía y olvidarla.

No sé si podré hacer eso.

Pues tendrás que pedir el traslado a otra parroquia.

No.

He de proteger a Lucía de Samuel y del prior Espineira.

He de evitar esa boda. (SUSPIRA)

La situación es peor de lo que yo temía.

Quizá deberías plantearte aclarar tus sentimientos

para salvar tu alma.

Ese es el problema.

Que creo que tengo claro lo que siento.

Pues entonces tendrás que abandonar el sacerdocio

y colgar tus hábitos.

Aunque esa es una decisión que debe sopesarse

y analizarse con calma.

Sal unos días de la ciudad, toma distancia y aclara tus ideas.

¿Y Lucía?

Ya cuidaré yo de ella, también de tu iglesia.

Pero, al final, tendrás que decidir si quieres luchar por ella

o dejar el sacerdocio para siempre.

(Música lenta)

Cuánta paz y tranquilidad

con la casa entera sola para nosotros.

¿Cuánto tiempo hace que no estábamos así?

-La verdad es que ni lo recuerdo.

Total, para lo que nos queda.

Dentro de poco salgo de cuentas.

-Lo sé.

¿Cómo ha podido pasar todo tan rápido?

-¿Rápido?

Uy, pero a mí se me ha hecho larguísimo.

Estoy deseando que esto se desencadene ya.

Ay.

-A ver, dame esos pies para que te dé un masaje.

-Dios te bendiga, Ramón, querido.

(SUSPIRA)

¡Ay!

-¿Qué pasa, qué sucede? -Ven, ven.

-¿Lo notas?

-Te ha dado una patada. -¿Una?

¡Si no para!

Te digo yo que este va a ser jugador de fútbol.

-Que sea lo que quiera ser.

-Ay.

Me lo preguntó tantas veces, ¿qué cara tendrá?

¿Cómo será su carácter?

¿Vivirá con nosotros, estudiará en el extranjero?

¿Será el futuro o futura pregonera de Cabrahigo?

-Pobrecito mío, que Dios no lo quiera.

Trini.

Ver estos días a María Luisa...

ha sido lo más maravilloso que he sentido

desde hace mucho tiempo.

Y te voy a dar las gracias siempre.

La echo de menos cada día,

pero yo solo quiero verla feliz, y la vi muy feliz.

Y ahora...

tú y yo...

vamos a vivir el momento más feliz de nuestras vidas.

Estoy deseando conocer la cara de nuestra criatura,

del fruto de nuestro amor. Algo que es mitad tuya y mitad mío.

No puedo responderte a esas preguntas, ¿no?

No sé si se va a enamorar o no,

a qué se va a dedicar,

o si va a vivir aquí o va a vivir en el extranjero,

pero hay algo de lo que estoy completamente seguro,

que va a ser un niño muy feliz.

Porque vamos a hacer todo lo posible por que así sea.

Y querido,

porque le vamos a querer

por encima de todas las cosas de este mundo.

De acuerdo, tenía usted razón, es muy tarde.

Ya deberíamos estar allí.

-No podemos esperar más. -¿Y qué hacemos?

-Este hombre no puede ser tan irresponsable.

-¿Y si ya está allí?

-¿Usted cree que puede ser tan despistado?

-Tengo una idea. Usted vaya allí, por si por un milagro estuviera.

¿Vale? -Vale, buena idea.

Y, si no está,

trataré de convencerlos para que retrasen el combate.

-Eso es. Voy a la pensión, si está allí, me lo traeré a escape.

Qué bueno verle por aquí, padre. Antes de que siga hablando,

me gustaría decirle algo.

Conozco todas las maldades que ha hecho

para perjudicar al padre Telmo.

¿Yo?

No se haga el tonto, don Samuel,

el padre Telmo me lo ha contado todo.

Me temo que el padre Telmo tiene demasiada imaginación.

No sé cómo, pero algún día conseguiré

que pague por todas estas barbaridades que ha hecho.

El peso de la justicia va a caer sobre usted, no le quepa duda.

Y ese día deberá atenerse a las consecuencias.

¿De verdad cree que me da miedo lo que pueda hacer usted, hermano?

No es más que un fraile, por el amor de Dios.

Sí, lo soy. Y tengo a Dios de mi parte.

Poco podrá hacer Dios por ayudarle.

En breve, me casaré con la señorita Lucía Alvarado.

Y seré uno de los hombres más ricos de este país.

Eso, don Samuel, ya lo veremos.

No pude evitar escuchar lo que habló con Fray Guillermo.

¿Es cierto?

¿Va usted a colgar los hábitos, a abandonar el sacerdocio?

"¿Tito ha dejado KO al gabacho en el primer asalto?".

-No hubo combate.

-A ver, no comprendo.

¿Acaso se ha suspendido?

-Sí, a la fuerza, porque Tito no ha aparecido.

-¿No ha aparecido? ¿Qué le ha pasado?

-¡Pues no lo sé!

Pero me han puesto una multa de aúpa.

Y te puedo asegurar que no va a ser nada

comparado con lo que le va a pasar en cuanto me lo encuentre.

No solo debería preocuparse de los sentimientos de mi sacerdote

hacia su prometida,

también de los de esta por el padre Telmo.

¿Está usted completamente seguro

de que la señorita Lucía saldrá de la iglesia de su brazo?

Si lo piensa bien, tanto usted como yo tenemos el mismo problema.

Nuestro éxito depende de los sentimientos

y las decisiones de terceras personas.

¿Y usted sabe cómo solucionarlo?

Quizás.

Estar lejos de un ser querido siempre es duro.

Pero, si uno de ellos está enfermo

y tú tienes que estar aquí, atado de pies y manos,

sin ni siquiera poder verle, eso es una tortura.

-Pues sí, así es, querido.

-¿Y sabes qué es lo peor de todo?

Que mi tía no haya viajado por placer para ver a sus hijos,

y ahora tenga que hacerlo por necesidad.

Para enterrar a un nieto

que ni siquiera ha llegado a conocer.

Está empujando al padre Telmo a abandonar sus votos.

Está usted confundida, no es cierto.

No trate de negarlo.

Pude escucharle.

¿Acaso quiere quedarse con esta parroquia?

Este es el lugar del padre Telmo, no el suyo.

Debe regresar y ocuparse de sus fieles.

¿Sabéis que el padre Telmo se ha ausentado?

Fray Guillermo hará los oficios del día de hoy.

-Pues no, yo no sabía nada.

-Dicen por ahí que el párroco se ha ido de viaje,

pero no se sabe cuánto tiempo va a estar fuera.

"¿Ha vuelto a buscarle a la pensión?".

-Claro que sí.

Me convendría cogerme una habitación de todo el tiempo que pasó allí.

-¿Sigue sin haber noticias? -Nada.

Le he preguntado a la casera, a la gente de la zona, nada.

-Desde luego, resulta cada vez más extraño.

-"Estamos a unos días de la boda",

y no muestras ninguna ilusión.

Prima, eso no es cierto.

Pero si casi ni has ido a hacerte la prueba del vestido.

No muestras ilusión por el banquete.

Todo te parece bien, es como si nada te importará.

-Estoy deseando volver para hablarle de ti a la Ovidia.

-¿La Ovidia, como tu talla?

-Sí. -¿Es acaso una de tus ovejas?

-(RÍE) ¡Una oveja, dice!

-Sí. -No, no, mira.

La Ovidia

es una moza hecha y derecha. Sí, más buena que el pan.

Andamos "ennoviaos".

Solo me alivia las jaquecas

una infusión de lavanda de Cabrahigo.

Es mano de santo.

No la encuentro en el barrio.

El único sitio en el que puedo comprarlas

es en una botica que está alejadísima.

-Tranquila, Trini, voy yo. Iré yo. -(SUSPIRA)

¿De verdad?

-...el camino correcto para mi discípulo.

(Puerta)

¿Telmo?

¿Estás de vuelta?

¿Qué quiere?

Le he hecho una pregunta.

¡Por todos los santos!

Celia, ¿qué te ocurre? -La caminata no le ha sentado bien.

Me disponía a subirla a casa.

-¿A su casa? Si no hay nadie. Además, está ardiendo.

Es mejor que la llevemos a un hospital.

Llama un coche, Cesáreo.

-Eso no va a ser tan sencillo. Apenas hay coches en la calle.

-¿Cómo que no?

¡Ay, Celia, por Dios! ¡Ay, Celia!

¡Celia! ¡Celia, por Dios! ¡Celia!

Celia, ¿qué te pasa? ¡Háblame, por favor!

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Acacias 38 - Capítulo 929

16 ene 2019

Telmo le cuenta toda la verdad a Fray Guillermo sobre Samuel, incluida la muerte del cochero. Telmo trata de abrirle los ojos a Lucía respecto a Samuel: es un asesino. Samuel se da cuenta de que Lucía duda de él. El Alday recuerda cómo drogó a Lucía y a Telmo en la ermita. Celia y Trini se van de compras, felices con su situación, pero la señora de Palacios sufre una leve indisposición. Liberto e Íñigo se preocupan porque Tito no aparece momentos antes de su combate. Fray Guillermo le pide a Telmo que aclare sus sentimientos y deje los hábitos si es lo que corresponde.

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