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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 908 - ver ahora
Transcripción completa

Si descubre que está apostando, está usted... No sé ni cómo decirlo.

-Fastidiado. -No, muerto.

A partir de ahora no me cuente nada de sus tejemanejes,

no quiero tener que volver a mentir a Leonor.

Si no sé nada, no faltaré a la verdad.

-Deberíamos sacar al padre Telmo de esa casa.

¿Por qué dice usted eso? Quizá el riesgo que esté corriendo

sea estéril. Si la medicina no da resultados,

el que él siga en esa casa solo logrará enfermarlo a él también.

Podemos tener tres muertes en vez de dos.

-Que no me voy a casar contigo por darte un beso

cuando no llevaba ni enaguas.

-Tú has de llegar a la iglesia, de mi brazo y "pa" darme el "sí".

Que uno quiere ser "desgraciao" "to" lo que le queda de vida, Lolita.

Y eso es lo que seremos si no cumplimos.

-"Desgraciá" me estás haciendo tú con la matraca.

Apenas queda resquicio para la esperanza.

Lamento escuchar eso.

Entonces, ¿no hay nada que pueda hacerse?

Bueno, ha pedido que el padre Telmo duplique la dosis

de la medicación experimental.

Y no se conocen los riesgos de esa decisión,

pero si no hacen nada,

mis primos morirán irremediablemente y en breve.

-Celia fue advertida por Felipe de que era muy peligroso

cuidar a esos enfermos. Y, a la postre, mira.

-Celia actuó con buen corazón, como es ella.

-Como el padre Telmo ahora.

Me sabe de natural optimista, doña Trini, pero el padre Telmo

no se ha retrasado ni una vez en darnos noticias,

algo ha debido pasarles. Nuestros rezos

y los específicos que están tomando los sanarán, ya lo verá.

Señores, señoras, presten oídos.

Habla ya, nos tienes a todos en ascuas.

Me temo que ya no hay por qué.

¿Qué, qué quiere decir, Úrsula?

Del piso de los señores Álvarez-Hermoso

solo sale un silencio sepulcral.

-Té y valeriana. -Pues perfecto,

porque además de calentar los cuerpos de los presentes,

debemos calmar algunos nervios. -Sí.

Ay.

Vamos a llevar miel a parte del azúcar, a ver si el dulce

ayuda a pasar tanto acíbar.

Leonor,...

ya sé que no es el momento con todo este drama,

pero tengo que contarte algo. -¿Tú?

Estás bien, ¿verdad? -Sí, sí, no te preocupes.

Ya no tengo síntomas y me encuentro bien, a ver,

desazonada por la preocupación y la vigilia, pero como todos.

-Entonces, ¿qué? -Verás,

se trata de Íñigo.

Resulta que sin decirle nada me salió con el tema del dinero

y me sacó la cajita que encontré repleta de billetes.

-¿De dónde los había sacado? -Pues me contó

que lo había estado ahorrando como una hormiguita de su sueldo

y que era para su futuro contigo.

-Vaya. -No, vaya no, que es un cuentista.

También me dijo que así podría darme un capricho cuando lo meritase.

-¿Darte un regalo? -Darme un disgusto.

Que no me creo ni una palabra.

-Yo sí me lo creo, no es tan raro lo que dijo tu hermano.

-¿Y sacarme el tema, así porque sí? -Pues sí, Flora,

yo quiero pensar bien de tu hermano,

y tú deberías creerle.

No hay por qué dudar de su palabra, y yo no voy a desconfiar de él.

-Bueno,

pues escucha más, después de soltarme la trola

se ha buscado una triquiñuela para librarse de mí

y me ha venido con que mañana seguramente quede con un proveedor

y que me quede a cargo de La Deliciosa.

-¿Y? -Pues que quería librarse de mí.

Eso me suena a camelo, así que tendríamos que hacer

lo que cualquier mujer haría. -Olvidarlo.

-Seguirle. -No, no, no, Flora, ni por asomo.

Yo no soy de esas locas que van persiguiendo a sus parejas

como si fueran perros de presa para ver si les pillan en un renuncio.

-Pues yo sí. -Pues irás sola,

porque yo tengo mi dignidad.

Y si Íñigo me engaña, es su problema.

-Precioso discurso, pero no me digas que no te pica la curiosidad.

-¿Picarme?

Picarme me pica. -Lo sabía, o sea,

que te vienes conmigo.

-Voy a llevar estas valerianas a los vecinos.

-¿Y mañana? -Mañana...

Mañana ya lo veremos.

Señores, miren lo que he encontrado. Estaba en el rellano

de los Álvarez-Hermoso y "pa" mí que es del padre Telmo.

-Cifuentes, hágame un favor, vaya a detener a Samuel.

Antes de hablar con Quiles debe de escuchar qué dice la nota.

Yo he de quedarme al lado de mi esposa.

-Señora, ande, léalo usted que yo estoy muy nerviosa "pa" leer, bueno,

y que mayormente tampoco sé leer.

(Sintonía de "Acacias 38")

Dice el bueno de don Telmo que el pulso de doña Celia

es cada vez más estable.

Y que el de don Felipe es casi normal.

A los dos les ha bajado la fiebre. Dice también que el medicamento

está empezando a hacer su efecto.

-Ay, Señor, hemos asistido a un milagro, ¡a un milagro!

-¡Viva la madre que los pa...! -Niña.

-¡Viva la madre, la madre de Dios, viva!

-Viva la ciencia farmacéutica.

-Querido, ¿tal vez eso quiere decir que la gente de El Hoyo

también se va a curar? -Eso espero, amor, eso espero.

-Gracias, Señor, por escuchar nuestras súplicas, gracias.

Gracias, Señor, sabía que no iba a dejar morir

a tres personas buenas.

Perdone, Señor,

mis momentos de flaqueza, pero nunca perdí la esperanza. Gracias.

Bueno, esto habrá que celebrarlo, ¿no? Pero no con infusiones.

¿Nos animamos a freír unos churritos o qué, Flora?

-Ay, cállese, siempre pidiendo, que su boca parece la de un fraile.

-Pero es que uno no sabe celebrar con el estómago vacío.

-Bueno, yo ahora le preparo una sopa de ajo para que recene,

que no todos los días se salvan tres almas. (RÍE)

-Un momento, por favor, les pido solo un momento.

Yo estoy tan contento como todos ustedes,

y Dios sabe que no me gusta fungir de aguafiestas,

pero creo que deberíamos mantener un poco la prudencia

hasta que el doctor confirme las impresiones de don Telmo.

-A ver, a ver, a ver, yo no digo que las palabras de mi esposo

no sean sensatas, que lo son, pero qué quieren que les diga,

yo estoy de acuerdo con Lucía, que yo creo que de esta salen.

(RÍEN DE ALEGRÍA)

-Lolita, tus señores, Lolita.

-Espere, espere, ahora hablaremos de ellos.

Antes me gustaría saber cómo ha pasado usted la noche.

Bien, pero ¿qué importancia podría tener?

Mucha.

Anoche, su estado de ánimo parecía un carrusel, tan pronto reía

como lloraba, confieso que llegó a preocuparme usted.

Bueno, han sido unos días muy angustiosos.

Pero ¿cree que mis primos y el padre Telmo están fuera de peligro?

Anoche tuve que ser comedido porque no las tenía todas conmigo,

pero hoy...

¿Dónde las habré metido?

Aquí están. Esta es la nota que el padre Telmo ha escrito esta mañana.

Pulso dentro de valores normales, sin fiebre ni otros síntomas.

Yo diría que son dos motivos para la esperanza.

Gracias, doctor.

No hay por qué, tan solo estoy emitiendo un diagnóstico.

Bueno, no solo se ha limitado al diagnóstico.

Doctor, gracias por acudir esta noche y volver esta mañana

y, sobre todo, gracias por su arrojo y valentía

al recetarles un medicamento en fase de experimentación.

Hemos tenido suerte, eso es todo. Una suerte

que se resistía a aparecer si usted no la hubiera empujado.

No muchos médicos

se hubieran atrevido a duplicar la dosis.

Estábamos en una situación desesperada,

no teníamos mucho que perder, la verdad.

Y usted es el que más ha arriesgado.

Si algo hubiera salido mal... No piense más en ello, señorita.

Hemos triunfado sobre la enfermedad,

no importa cómo. Que vivan es mi recompensa.

¿Y cuándo podré verles?

No corra tanto, jovencita, qué prisas.

¿No puedo subir ya?

No, todavía no, antes tengo que enviar

una cuadrilla especialista en desinfección.

¿Y cuándo entonces? En unas horas,

quizá al caer la tarde, tenga paciencia.

Y, si me lo permite, aproveche para descansar,

como dijo: "Han sido unos días de órdago".

-Pase, pase, don Ramón.

Es un poco temprano para visitas, ¿no?

-Verás, tengo cierta urgencia. -¿Qué ha pasado?

Mi madre y Liberto no están. -Sosiégate,

no es para asustarse. -Pero, y los Álvarez-Hermoso

y el cura, ¿están bien? -Sí, que yo sepa van mejorando, sí.

-Bueno, tome asiento.

¿Quiere tomar un café? -No, gracias,

no voy a quedarme mucho tiempo.

Tan solo quiero hablar un rato contigo.

-¿Conmigo?

Eso me asusta más si cabe. ¿Qué desea?

-Que me ayudes.

-¿Yo a usted? ¿En qué?

-Verás, se trata de mi hijo Antoñito.

Sabes que su noviazgo no está pasando

por el mejor de los momentos, ¿verdad?

-Sí, algo he oído.

Íñigo me contó que casi llega a las manos con un mozo.

-Quien, por culpa de una tradición, digamos, añeja

quiere casarse con Lolita.

-Ya. Ayer le vi sentado frente a la chocolatería,

parece pertinaz. -No lo sabes tú bien.

Pero vamos, ese pueblo produce cabezones,

ya lo conozco yo muy bien.

-Íñigo está muy encrespado con él, le asusta la clientela.

-Razón de más para que me ayudes.

-Usted dirá.

-Hasta ahora,

y con la enfermedad de los Álvarez-Hermoso

y la posibilidad de contagio, no había podido encarar el asunto,

pero creo que ha llegado el momento de que coja la sartén por el mango.

-Sí, pero ¿qué pinto yo en esta historia?

-Lo sabrás cuando te lo explique.

Ceferino, que es así como se llama este mozo,

cree que tiene el derecho de casarse con Lolita

porque ambos se besaron cuando eran niños.

-Pero ¿qué estupidez es esa?

-Yo también lo creo,

pero no lo digas muy en alto, no vaya a ser que nos esté escuchando

alguien de Cabrahígo. -Pero es que nadie, de Cabrahígo

o no, debe ser forzado a casarse por culpa de un beso de juventud.

-Ellos creen que sí,

porque se besaron una noche de cuarto menguante

al poco tiempo de caer una granizada y, además,

fue el primer beso de los dos.

Te pueden esgrimir cualquier clase de leches, pero en el fondo

estas son sus razones. -Pero ¿Lolita

cree en estas supercherías? -Pues...

no, no lo lleva bien, claro, porque ella quiere a mi Antoñito,

pero se considera incapaz de saltarse a la torera

las costumbres de su pueblo.

-Pero esto es un atropello a la razón

y al propio amor. Pero ¿qué barbaridad es esa, don Ramón?

Que estamos en el siglo XX, es el siglo del progreso,

y del voto femenino.

Ni de forma individual ni de forma colectiva

deberíamos permitir que rancias tradiciones y costumbres

determinen y limiten

la voluntad de la mujer, su libertad de decidir

con quién se va a casar y con quién no, su vocación o su vida.

-Muy bien, muy bien. Excelente,

¿lo ves como me puedes ayudar?

-Pero ¿yo, cómo?

-Con esa elocuencia que Dios te ha dado,

pero si serías capaz de convencer hasta al diablo

para que diera limosna.

¿Me vas a ayudar?

-Don Antoñito.

-Sí, sí, ya le pago, Flora.

-No, no era eso. -Me tengo que marchar,

hasta más ver.

-A las buenas.

Menudo semblante llevaba Antoñito.

Tú no habrás discutido con él, ¿no?, que tú eres capaz.

-Quía, ha entrado así, se ha tomado su café sin decir palabra.

Hola y adiós es lo único que le he escuchado.

-Mal de amores. El sol sale para todos,

pero a algunos les calienta más que a otros.

Y, a diferencia del señorito Palacios,

la señorita Lucía está fuera y es todo sonrisas.

-Con el médico. Les he atendido yo.

Parece que el cura y los Álvarez-Hermoso

están bien.

-Al fin el barrio recobrará su pulso.

-O no.

-¿Y eso? -Que su mal es contagioso,

bien claro ha quedado. Yo podría estar infectada.

Aunque no te lo creas, todavía sigo teniendo síntomas.

Me duelen los huesos que es un no vivir.

-Flora, a lo mejor habría que darte a ti también

el medicamento experimental, ¿no?

-Pues no estaría de más, no. -Pues te ha venido Dios a ver.

-¿Qué es eso?

-Chist, no hables muy alto, que el doctor no quiere que se sepa

que me ha proporcionado esto.

-¿No será el específico? -Sí, sí, experimental,

eso es precisamente lo que es.

-¿Y me lo vas a administrar? -En este mismo momento.

Te lo voy a poner en esta cuchara.

-Eres un sol de hermano. -Anda,...

abre esa boquita de piñón. Que no se caiga ni una gota.

-Sabe a chocolate.

-Es que, es un compuesto tan fuerte y tan amargo,

que es imprescindible edulcorarlo,

a veces chocolate, a veces esencia de fresa.

-Pues me parece muy atinado.

-¿Y qué, te sientes mejor?

-Pues, aunque no te lo creas, sí, creo que ya me está haciendo efecto.

Hasta me dan ganas de trabajar. Me voy a la cocina.

-Ay, Señor.

Don Manuel,

la de cosas que tiene que hacer uno

para mantener el negocio contra viento y marea.

Ay.

-¿Se puede?

-¿Qué hace en el gallinero?

-Me han dicho que todavía no habías bajado

y me parecía un buen momento para que tú y yo charláramos.

-Usted echando un ratito conmigo.

-Pues sí, ya ves tú.

¿Cómo estás?

-Pues podría estar peor,

por ejemplo, si me mandaran a pelar higos chumbos.

-¿Puedo sentarme?

-Está usted en su casa.

-Al final todo ha sido un susto, ¿eh?

Ya me han dicho que lo pasaste fatal con lo de tus señores.

-"Pos" sí, no la voy a engañar, que pensé que los sacábamos

con los pies por delante y en pijama de madera.

-Ya.

¿Y por lo demás?

-¿Por lo demás? "Na".

-Venga, vamos, Lolita,

que ya sé que tienes un problemón con el mozo ese de Cabrahígo

que ha venido a buscarte. -El Cefe.

Sí. ¿Y cómo se ha "enterao" usted?

-Porque lo sabe todo el barrio y mi novio no para de quejarse.

-"Pos" normal, a nadie le gusta tener un palomino

"pegao" al negocio "to" el día. -¿Palomino?

-Sí, un zopenco, un "alelao", un ganso.

-Pues entonces no le quieres.

-¿Yo he de quererle?

Pero si no le veo desde el año catapún.

-Pero estás dispuesta a casarte con él.

-Eso es otra cosa, doña Leonor.

Que... le di un beso... -Que ya lo sé,

una noche de luna menguante después de una tormenta de granizo.

Pero esa tradición no se corresponde

con los tiempos actuales.

-En Cabrahígo sí. -Mira, Lolita,

en Cabrahígo pueden seguir rigiéndose

por costumbres ancestrales, porque tienen libertad de hacerlo.

-Allí se lo creen a pies juntillas.

-Pero tú vives en otro mundo, tú vives en este mundo,

en el mismo que yo, y ya corre un nuevo siglo.

Las mujeres ya no tenemos por qué seguir agachando la cabeza

y decir que sí a todo lo que nos propongan.

Somos libres de casarnos con quien nos dé la real gana,

digan lo que digan las costumbres, los padres o los curas.

-¿Y la maldición que le cae a una si no cumple con las tradiciones?

-Lolita, por favor, eso son cuentos de vieja.

Tú tienes una vida para vivir del modo que a ti te apetezca.

¿En qué cabeza cabe que alguien o algo pueda castigarte

por serle fiel al amor?

El castigo...

sería que tuvieras que dejar a Antoñito

porque es él el hombre que tú amas.

-No va usted mal "encaminá", no.

-Pues claro.

Tienes que armarte de valor y aprender a decir que no.

Después de todo lo que habéis pasado Antoñito y tú,

os merecéis este matrimonio.

-Tiene usted más razón que un santo, doña Leonor.

El Cefe se va a enterar cuando me lo eche a los ojos.

Se va a volver a Cabrahígo con sus eras,

con su luna y con sus granizos.

Gracias. -Faltaría más.

Bonita ofrenda.

Para agradecer a Nuestro Señor los bienes que nos depara.

La salud de sus primos, ¿verdad?

Yo también estaba dando las gracias,

principalmente,...

y perdóneme, por el padre Telmo.

Sí, yo tampoco he dejado de incluirle en mis oraciones.

Su valentía y desprendimiento han salvado a Celia y a Felipe.

Es una bellísima persona. No hay otro como él.

Sí, sí que lo es, Úrsula, y no lo he descubierto ahora.

¿Sabe?

Jamás he conocido a alguien

tan generoso como él,

tan entregado, tan de dar sin recibir.

Y sin alzarse sobre los demás.

No conoce la altivez.

No le verá usted

ni un mal gesto.

Es todo amor.

Ese amor...

es el que ha salvado a sus primos.

Perdone, Úrsula,

tengo que hacer un recado. Ah, vaya con Dios,

vaya.

Puede que sea mi ánimo, pero me da a mí que el tiempo ha mejorado.

Doña Susana, ¿tiene... papel y pluma?

Dentro.

"Querido Tano, aunque no me conoces,

te escribo esta carta para hablarte de tus padres,

de lo mucho que se quieren y de los valientes que son".

"No sé si habrás tenido noticias de la desgracia que asoló

el barrio de El Hoyo donde viviste tus primeros años".

"El barrio de Acacias, encabezados por Celia,

acogió a los afectados sin importarles el peligro

que implicaba para su vida".

"Afortunadamente, todo ha acabado bien, por eso, Tano,

he querido que conocieras mi admiración por ellos".

"Eres un chico con suerte".

"Tus padres guardan tanto amor,

que el que se tienen entre sí te alcanza y te rodea".

"Tuya para siempre, Lucía".

¿Necesitas un sobre? No, tengo.

Dame,

ya tiro yo los papeles a la papelera.

Voy a enviar la carta.

No pierdas tiempo.

Cesáreo. Mande usted.

Hágame el favor de llevar esta carta a correos,

servicio urgente. A la orden, señorita.

Gracias.

Menuda velada.

-Si es que ya nos lo dijo Jordi Baró,

es el combate más esperado por todos los aficionados.

-El artículo dice que los púgiles están tan igualados,

que vamos a ver una pelea por consunción.

-Increíble. -¿Eso qué significa?

-Pues, hombre, don Íñigo, que vamos a ver golpes para todos los gustos:

ganchos, directos, jabs.

Vamos, que los púgiles van a tener que lucir todo su repertorio.

-¿Y creen que terminará en KO?

-Pues el articulista no se moja, pero yo creo que sí.

Pero no va a ser un KO de los tempranos, ¿eh?

Se van a zurrar de lo lindo antes de pasar a mayores.

Me encantaría poder asistir.

-¿Cómo, es que no vamos a ir?

Oiga, dijimos que si nuestros vecinos se recuperaban,

acudiríamos. -Lo sé.

Ya, pero no quiero dejar sola a mi esposa,

todavía no ha recuperado el temple.

-Pero si no la va a dejar usted sola, estará con Leonor.

Además, que serán solo unas pocas horas.

-No sé, no sé,

no me decido. Vamos a dejar correr el día y ya le daré una respuesta.

-Así se habla, don Liberto, mire, mientras usted resuelve,

yo iré buscando a Jordi Baró para que me aconseje por quién apostar.

-No, eso sí que no.

Usted haga lo que quiera, pero a mí me mantiene al margen

de las apuestas, ¿estamos? -Sí, chitón.

Usted céntrese en los directos, los jabs, los ganchos, pero vayamos.

Si usted no me lo explica, yo no entendería el combate.

-¿Era una discusión lo que oía?

-¿Qué discusión, qué tontería? -En fin, yo marcho ya,

tengo que ir a un pueblo y no volveré hasta la tarde.

Con Dios. -Vaya con Dios.

A mí no me la das. Si no discutíais, algo os traéis entre manos.

-Flora, tú oyes campanas y no sabes dónde.

Oye, ¿tú estás mejor de salud?

-Puede, ¿y tú?

-Yo... ando... algo nerviosillo, no te lo niego.

Es que la cita que tengo esta tarde

con Teodoro Silvestre es vital para nuestro negocio y, eso me...

ciertamente, me altera.

-¿Por qué es tan importante esa cita?

-¿A ti qué te parece?

Pues porque nuestras futuras ganancias

dependen de la contraoferta

que yo le haga a Teodoro Silvestre por sus productos, vamos,

que tengo que lograr que acepte.

Bueno, me voy a ver a Leonor.

No tardo.

-Sí, buenos días, póngame con Teodoro Silvestre, por favor.

-A ver, Lolita,... zagala, que te estás jugando lo venidero,

el porvenir, como quien dice.

Mira, Cefe, yo no es que reniegue de Cabrahígo,

que bien dentro que lo llevo, pero...

¿Cómo era lo que decía doña Leonor?

Ah. Hoy en día, las mujeres somos libres

"pa" casarnos con quien nos dé la real gana, eso es,

digan lo que digan las costumbres, los curas o los padres, eso.

Hoy en día, las mujeres somos libres "pa" casarnos

con quien nos dé la real gana, digan lo que digan las costumbres,

los curas o los padres. Eso. Hoy en día, las mujeres somos...

Será zopenco, el animal.

Cefe, venga, ya te estás largando de aquí,

que te van a terminar llamando el hombre farola.

¿No te da vergüenza? Que hasta en Cabrahígo

van a saber el papelón que estás haciendo aquí.

-En Cabrahígo se sentirán muy ufanos de que sus oriundos

sigamos respetando las tradiciones.

-Te dije que no te volvieras a sentar aquí como un pasmarote.

-Y yo te dije que volvería.

Y yo soy un cabrahíguense de palabra, no como otras,

que mucho presumir del pueblo, mucho presumir del pueblo y luego,

a la hora de la verdad, si te he visto no me acuerdo, paisano.

-Serénate, Lolita,... y no le abras la cabeza

con un canto. De eso quería hablarte, zagal,

de las tradiciones.

-"Pa" saltártelas.

-Pero no "pa" despreciarlas. Que...

hoy en día, las mujeres... "pos"... somos libres "pa"...

No me sale. Que no voy a hacer una barbaridad

por darte un beso cuando era una cría.

-Y qué beso. -¿A que te doy una "guantá"?

-Esa es mi Dolores.

-Que ni Dolores ni gaitas, Ceferino, y menos tuya.

"Pa" que tú lo entiendas,...

las mujeres, hoy en día,... -Sí, vale,

eso ya lo he oído antes. -Pues eso, hala, arreando.

-¿Tan poco quieres a tu señorito?

-¿A mi Antonio? Más que a mí misma.

-Poco se nota.

-Pero... ¿tú qué sabrás, cebollino?

-Si tanto le quisieras, no le pondrías en manos de la fatalidad.

-¿Qué fatalidad?

-Ah, ¿que no sabes que, de no cumplir la tradición,

el que saldría perdiendo es el tercero?

-Que mi Antoñito no es ningún tercero, es el primero.

-Pobre zagal.

-¿Qué le "pue" pasar?

-Si tú y yo rompemos con "to" lo que nos han "enseñao",

el destino se va a cebar en nosotros, eso dalo por hecho,

pero no es "na" "comparao" con lo que le "pue" pasar

al que impida que nos casemos.

-¿Se "pue" quedar lelo? -Peor.

¿No te dije que mi novia la espichó? Por meterse entre tú y yo.

(Golpean la puerta insistentemente)

-¡Que ya voy, ya voy! Un momento.

-Nos la está dando con queso, nos ha metido unas trolas

que no hay quien se las trague. -La señorita Flora.

-Sosiégate, Flora, y siéntate, por favor.

Casilda, tráele una tila.

-Le voy a traer un barreño, que le va a hacer falta.

Madre mía cómo está el patio, vecina.

-Que es un embustero, un cuentista. -A ver,...

¿puedes hacer el favor de sentarte y contarme

qué le ha pasado a tu hermano?

¿Qué ha hecho? -A ver.

Te acuerdas que te dije que esta tarde me iba a dejar sola

porque tenía una cita, ¿verdad? -Sí, algo así.

-Pues hoy me lo ha reiterado. Está más que raro, rarísimo.

-¿Y le has preguntado de qué se trata?

-Sí, ha sido muy explicativo.

Va a ver a don Teodoro Silvestre para renegociar

el precio de sus productos. -¿Y?

-Pues que he conseguido, después de mucho, hablar con Teodoro

y, me ha dicho que Íñigo ha suspendido la reunión.

-¿Por qué? -Pues eso es lo más sospechoso,

tiene que ir a la sociedad gimnástica.

El hombre está que trina. ¿Tú te crees que se puede plantar

a un proveedor porque te vas de pingo?

-Mujer, de pingo, pingo, tampoco, ¿eh?

Pero sí, es raro, porque Íñigo nunca ha sido tan propenso al deporte.

-Pues eso he dicho yo.

Además, el único deporte que hacía era encenderse un puro.

(Pasos)

-Mi padre.

(Se cae la bandeja)

-¿Usted también lo ha visto? A mí me ha "parecío" oírle roncar.

-¡Casilda, cállate y déjame pensar!

-¿Qué tiene que ver tu padre en esto?

-Pues no sé, es un presentimiento. -Pues dímelo.

-No sería justo, no quiero acusarle por una corazonada.

-¿Y qué hacemos? -Pues...

sonsacarle a Liberto, él sabrá algo.

-¿Y no es mejor seguirle allá donde vaya y salir de dudas?

-Que no, que ya sabes que no me gustan estas cosas.

-Pues aquí "tie" sus papeles, señor. -Gracias, Fabiana.

-Señor,...

¿"pueo" hablar una miaja con usted? -¿Es algo urgente?

-Sí, "pa" el Servando.

-¿Qué le pasa ahora a ese zoquete?

-Pues se le han "ablandao" los sesos, señor, "na" menos.

-¿Quieres decir que ha perdido la cabeza?

-Y no la encuentra.

Aunque, la verdad, eso no es fácil.

Sabía usted que quería marchar "pa" Cuba, ¿verdad?

-Sí, claro, yo mismo le di permiso.

-Pues resulta que le ha dicho la Paciencia que no vaya,

que está mejor aquí.

-Muy bien, ¿y qué tengo yo que ver en todo eso?

-Espere, espere.

Como a pesar de que la Paciencia le había dicho que nones,

él se había "empeñao" en viajar,

y la mujer no ha "tenío" más remedio que decirle que se ha "rejuntao"

con uno de allí.

-¿Con uno de allí?

Bueno, pues...

ya lo siento, porque Servando

seguía queriéndola, pero no sé qué pinto yo...

-Espere, espere, que ahí no acaba la cosa.

Al hombre le ha "debío" dar tal arreo la noticia,

que ahora anda diciendo por ahí que espera a su Paciencia

de un momento a otro. Dígame usted

si eso no es una chifladura o no.

-No parece muy sano, no. -Más loco que un Nicanor

con su tambor está.

¿Usted no podía echar una "parrafá" con él

a ver si entra en razón?

-Créeme, Fabiana, que me duele, no lo dudes,

pero yo ya tengo mis propios locos.

-Discúlpeme, señor, pero no sea usted así.

Que a usted siempre le ha tenido mucha ley el Servando.

¿"Pos" no ve usted lo "alelao" que está?

-Servando.

Servando.

-¿Dónde está el medicamento? -¿No te encuentras bien?

-No, no del todo, creo que se me ha pasado el efecto.

-Verás, Flora, es que ese medicamento...

-Sí, sí, ya lo sé, es muy fuerte y todavía

no se conocen las consecuencias de tomarlo,

pero déjate de monsergas.

-Pero es que lo que no sabes es que...

Me vas a decir que hace muy poco que me tomé la primera dosis,

pero a Celia, a don Felipe y al cura

fue una dosis doble lo que les salvó. ¿Me lo vas a dar?

-Toma.

Vaya, doña Susana,

qué calegría verla, como no es habitual que entre en esta casa.

-Me conformo con la terraza, pero hoy no vengo a pegar la hebra

con las señoras, sino a hablar con usted, como el chocolatero que es.

-Pues mande por esa boca.

-Quiero encargarle una merienda en homenaje al padre Telmo.

-¿Para cuándo? -Para cuando ese santo salga de casa

de los Álvarez-Hermoso. Ya sabe, chocolate, dulces, licores,

que no falte de nada, y no se suba a la parra con las pesetas,

que yo soy viuda. -Descuide que seremos

todo lo económicos que podamos, y sin perder el buen gusto.

-Ay.

Mano de santo, oye. -Eso mismito

le estaba diciendo yo a su hermano.

No habrá otro igual que él en cien parroquias.

Lo más parecido a un apóstol.

-Verás, es que doña Susana, como buena católica, apostólica y romana,

quiere que echemos una mano en dar un homenaje al padre Telmo.

-Por su arrojo, por su entereza, por su amor al prójimo.

Por supuesto, están ustedes invitados.

-¿Para cuándo? -Pues esta misma tarde,

en cuanto el médico termine de revisar a don Telmo.

-¿Asistirá usted?

-(TOSE)

-¿Necesita un vaso de agua?

-No, no, si es por el jarabe que me he tomado,

ya se me pasa. -Te dije que era muy fuerte.

-Sí, vaya si lo es.

-Entonces, ¿dejarán trabajar a sus camareras para sentarse

en torno al padre Telmo?

-Lo siento, señora,

ya me gustaría, pero esta tarde tengo una reunión

a la que no puedo faltar,

eso sí, le dejaré todo preparado para que usted no tenga queja.

-Eso espero, quiero que salga todo a pedir de boca.

-Yo ya le diré luego.

(TOSE)

-Bueno, adiós.

-(TOSE)

-Servando,...

a todos nos pone a prueba la vida, a todos.

A unos por una cosa, a otros por otra,

pero nadie se libra, ¿me entiendes?

-Claro, ¿no he de entenderle? Ni que estuviera ido.

-Por eso,...

cuando nos cae encima la desgracia,

lo único que se puede hacer es apretar los dientes

y sobreponerse.

Que tu esposa dice que no quiere que vayas a verla,

pues nada, hombre,

se echa un poco de coraje y pelillos a la mar.

Ya sabes que puedes contar para todo con tus compañeras y,...

¿por qué no decirlo?, también conmigo

y con alguno de los señores.

Aquí nos vas a tener a todos como un solo hombre,

pero lo más importante, Servando,

es que no dejes volar tu imaginación,

no te refugies en ti mismo. Apechuga, Servando,

apechuga. Paciencia no va a volver.

-¿Ha "terminao" ya, don Ramón?

-Sí, sí, claro que he terminado ya, sí, sí.

-¿Puedo volver a mi escoba?

-Sí, claro, naturalmente.

No parece que se lo haya tomado muy mal, ¿no?

-Lo que hay que saber es si se lo ha "tomao" o no.

-Ay, yo no creía lo que veían estos dos ojos

que se han de comer los gusanos, Agustina.

Servando diciendo que sí a todo y sin chistar, y don Ramón y yo

mirándolo sin entender "na" de "na". -¿Cree usted que Servando

ya no espera que su mujer vuelva de Cuba?

-Ay, no se me alcanza a saber lo que cree o deja de creer.

Ahora, que cada día está más "p'allá", eso no me lo quita

a mí de la cabeza ni Rita la cantaora.

-Felicítenme, paisanas, la proeza está hecha.

-¿Qué proeza?

-Una digna de Miguel Strogoff en "El correo del zar".

-¿Y ese quién es?

-Uno de un libro.

-Usted no lea, que tontea. -Pasmadas se van a quedar

cuando les cuente. -Pues si no queda otro remedio...

-Resulta que la señorita Lucía me ha encomendado la misión

de echar una carta.

-Menuda proeza.

-Espere, que cuando llego al despacho,

las sacas ya habían salido

y yo, ni corto ni perezoso, le pido al cartero prestada su bicicleta,

y allá que me lanzo, tras el furgón de las cartas.

-Y lo alcanzó, claro, si no, no estaría aquí dándose humos.

-Lo alcancé, claro, lo notorio es cómo.

-¿Ah, sí, cómo, comiendo?

-Volaba yo con esa bicicleta

como el viento.

Si hasta parecía que tenía alas el cacharro.

Tengo una mina en mis pantorrillas.

No me extrañaría que me llamaran

para una de esas carreras de bicicletas que están de moda

entre los gabachos.

-¿Ha terminado usted... de presumir?

-Lo bueno, si breve,... El caso es que la señorita Lucía

ha visto cumplido su encargo, por eso puse el alma en el asunto,

porque se notaba que la señorita había puesto su corazón en la carta.

-¿Qué le parece, Fabiana?

¿Convidamos aquí al ciclista a una merienda?

-¿Fabiana?

-¿Qué tiene usted?

¿Qué le pasa?

-"Na", déjelo, Agustina, déjelo,... -Pero, mujer,

si es por mi arrogancia...

-No, que usted no "tie" "na" que ver.

-Pero, mujer, por algo llorará usted.

-Pues lloro por todo y lloro por nada.

Que han "sío" días más duros que el pedernal,

por eso "namás".

Pero lo que no sé es por qué se me ha "arrancao" el llanto a mí ahora.

-Vale, pues llore, llore usted,

no se va a acabar el mundo por eso. -"Demasiao" tiempo

llevo aguantándome las ganas.

Atendiendo a doña Trini, a Lolita, consolándolas, y ahora...

eso, ya ven ustedes, pues se ha roto una.

¿Seré tonta? Dios mío, qué tonta, qué tonta.

Y también, doña Celia y...

me ha puesto el alma en un puño,

porque ella es una mujer de ley, y su esposo, y el cura,

que aunque una no es de sotana, pues también le cae en gracia,

así que ya lo ven.

Lloro por todo y por nada.

-¿Seguro que no está su Antoñito? -Cálmate, estamos solos.

Pasa.

Mi hijo está visitando a unos clientes y Trini ha bajado

a dar un paseo terapéutico. ¿Qué sucede?

-¿Le importa si nos sentamos?

-Claro, mujer, siéntate, faltaría más.

-Sepa que no le molestaría si no fuera un asunto de enjundia.

-¿Han tenido una recaída tus señores?

-No, no, no, por Dios.

El médico dice que es posible que hoy puedan ir a visitarle

sus amistades.

-Cuánto me alegra oír eso, porque yo voy a ser el primero

que vaya a saludarles. -Y yo con usted, don Ramón,

que me priva el ansia de darle un abrazo a doña Celia.

Bueno, y a don Felipe también,

aunque me dé más apuro. -Bueno, eso es comprensible,...

pero si no quieres hablarme de ello, ¿de qué me quieres hablar?

-"Pos"...

del otro, del Cefe,

que no da su brazo a torcer ni así se lo retuerzan.

-Tienes que hablar con él muy seriamente.

-¿Y qué se cree que he hecho? Que he ido a cantarle las cuarenta

en bastos, pero se me ha "revolicao".

-¿Qué te ha dicho? -Lo peor.

-¿Qué es lo peor en Cabrahígo?

-La maldición "pa" el que no cumple con la tradición.

-Maldita sea la maldición y las supersticiones.

Vamos a ver,

¿con qué te ha amenazado? Porque te ha amenazado con algo.

A ver,

¿qué desgracia te va a caer?

-Eso es lo peor, don Ramón, que...

que no me cae a mí la calamidad.

-¿Y a quién si no? Porque eres tú la que no se quiere casar

con él. -"Pos"...

el infortunio cae sobre... sobre el tercero.

-¿Qué tercero?

-Su hijo, rediez, su Antoñito.

Que la peor maldición cae sobre el que se mete por el matrimonio,

el que lo atasca.

La Pilarín, la "enamorá" del Ceferino, la diñó.

-Pero por el amor de Dios, Lolita, ¿cómo puedes creer en esas patrañas?

-Lo importante no es que yo lo crea o no,

que lo importante es que se cumple.

Que siempre se cumple.

-Vamos a ver, Lolita, venga, cálmate, vamos a ver, mira,

ya no estás en tu pueblo, esa época ya pasó,

ahora estás aquí, entre nosotros, gente del siglo

que no para mientes en hechicerías y supersticiones.

-Que no lo entiende, don Ramón, que no me puedo casar con su hijo,

que eso sería como atarle la soga al cuello,

y mi gozo en un pozo.

Que de lo hecho, "na". Que... o me caso con Ceferino,

o la maldición cae sobre nuestras cabezas.

-Flora, ¿alguna novedad? -Ninguna, Íñigo está ahí dentro

arreglándose para su supuesta reunión.

¿Tú has hablado con Liberto para averiguar qué se traen entre manos?

-No. Está fuera, de negocios, no volverá hasta más tarde.

¿Y tú, qué es este despliegue de dulces?

-Doña Susana da una merienda en honor al cura.

Quiero dejarlo todo preparado para que así la camarera

solo tenga que servir el chocolate. -¿Y tú dónde estarás?

-Anda, mírala, ¿cómo que dónde? Pues en mi sitio, detrás de Íñigo,

donde deberías estar tú también.

-Que no, Flora, la confianza es el pilar donde se asienta

toda relación que se precie.

-Sí, fíate de la Virgen y no corras.

-Que sería deshonroso, para mí y para él.

-Vamos, que he notado la duda en tus ojos más de una vez.

-Sí, no lo voy a negar.

La verdad es que me rechinó que me regalara un libro tan caro.

Y también tuve una corazonada que no me presagiaba nada bueno,

pero yo soy un ser racional y no me dejo llevar

por esas emociones. Confío en él y confiaré en él

mientras le quiera.

-¿Aunque haya ahorrado tanto dinero como el que me enseñó en la caja?

-Aun así, Flora. Creo en tu hermano y le quiero,

y si necesito alguna explicación se la pediré y me la dará,

eso es el amor.

-¿Aunque haya quedado con un proveedor y ese proveedor

diga que ha cancelado la reunión? -Flora,

recuerda que doña Susana... Leonor, ¿qué haces aquí?

Oye, mejor, así me puedo despedir de ti.

Sí.

Oye, que ya os comento cómo ha ido la reunión.

Es que ese tal Teodoro Silvestre

es... duro de pelar, así que deseadme suerte.

-Muy dandi te veo yo para una reunión de negocios.

-Bueno, es que el aspecto, Flora, es fundamental en los negocios.

Abur. -Abur.

-Vamos tras él. -Antes muerta.

-Pues ahí te quedas.

-Flora. Flora, espera.

(Griterío)

¡Dale! ¡A la esquina!

-¡La cabeza!

-¡Dale fuerte!

Dale más fuerte. A la esquina, a la esquina.

Dale, dale.

Más fuerte, en la cabeza, donde te dije.

Vamos, dale, dale.

-Escápate. -Ese juego de piernas.

-Bueno, ¿qué, tú le ves? -No, pero entrar, ha entrado.

-¿No te estás confundiendo? Porque yo...

veo a todos los hombres vestidos igual, con sus mejores galas.

-Que ha entrado aquí, y punto.

Mi hermano no se me despinta. Míralo, míralo,

allí está. -En la cabeza, en la cabeza.

(Suena la campana)

(Vítores)

-El combate que viene ahora no tiene nada que ver.

He estado hablando con los preparadores y ambos están

en plenitud de su fuerza, no me atrevería a dar un pronóstico,

será un combate muy reñido.

-Pero alguno deberá ganar, ¿no?

-Sí, amigo, en eso está la emoción, en lo imprevisto del desenlace.

Fíjese, todos estos hombres tienen lo mismo en la cabeza:

"¿Quién ganará? ¿A quién apuesto?".

-Madre mía, no puedo esperar a que empiece.

-No ha apostado todavía, ¿verdad? -No, el corredor

me ha dicho que ahora vendría a hablar conmigo.

-No se preocupe.

Estos momentos de espera, incluso de angustia,

son los que te acaban atrapando.

-¿Y están ustedes seguras de que también nos han invitado a nosotras

a esa merienda de don Telmo?

-Claro que sí, me lo ha dicho la propia doña Susana.

-Al menos, "pa" los aplausos seguro. "Pa" los dulces, ya veremos.

-No me ha terminado usted de contar lo de Servando.

-¿Sigue esperando a su esposa?

-Eso es lo raro.

Le pedí a don Ramón que se lo quitara de la cabeza,

pero el portero se ha "callao", no ha dicho ni mu,

como si hubiera "sanao" de repente.

-Esperemos que le dure el sentido común.

-No las tengo yo todas conmigo, porque el encuentro fue raro.

-Mira qué bien, que están aquí todas juntitas y en compañía.

-Si viene buscando puchero, lo lleva claro, nosotras tenemos prisa.

-No, si no tengo bazuza. -Si dice usted eso

una vez más, doña Susana se lo apunta como milagro a don Telmo.

-¿Qué quiere usted, Servando?

-¿Alguna de ustedes sabe cómo se cuidan los rododendros?

-En mi casa teníamos, sí.

-Mira, buena noticia es esa. -¿"Pa" quién?

-Para servidor, que le han abierto los ojos.

No, no, no me miren así,

vamos a ver, que no estoy chiflado.

Que don Ramón me ha abierto los ojos.

Como él dice, no me tengo que refugiar dentro de mí,

tengo que apechugar.

Y... la realidad es que

la Paciencia no va a venir.

-Ya era hora, Servando, de que pusiera usted los pinreles

en el "losao", hombre.

-Sí, y como Paciencia no va a venir,

yo voy a hacer lo mismo que hizo Mahoma con la montaña,

o sea, con Cuba. Voy a ir a ella,

por más mulatos que allí haya,

por eso necesito a alguien que me cuide el rododendro

que tengo en el patio.

-Mírenlos, ahí están.

(Aplausos)

-Flora, vámonos, ya hemos visto bastante.

-¿Ahora? Pero si todavía no hemos averiguado nada.

-Pues por eso, ya está, me ha mentido, Íñigo nos ha mentido,

pero tampoco está matando a nadie. Por lo que sea,

ha preferido ocultarnos que venía a la sociedad gimnástica.

-Espera, solo un minuto más. -¿No te das cuenta

de que nos estamos poniendo en evidencia?

Este es un club de caballeros, fíjate.

Si es que no hay ni una mujer entre el público.

-Casi mejor, fíjate tú. ¿Ves a esos dos que van en calzones?

Están de muy buen ver, ¿no crees? -Vaya,

tú estás muy dispuesta para apenas haber sanado de tus fiebres.

-Quizá he cambiado unas fiebres por otras.

-Flora, yo me voy, quédate tú si quieres.

-Espera, espera, espera, que no es broma.

-¿Ese es...?

-Es un corredor de apuestas, más claro que el agua.

-Y yo que no quería creer en mi pálpito.

Mira, yo me voy.

-¿Y no podemos quedarnos a ver cómo esos dos Apolos se lían a mamporros?

-Que he dicho que no, Flora, vámonos.

(Aplausos)

-¿Aún no ha llegado el padre Telmo?

-Todavía no, pero dicen que ya ha salido de la casa de Celia

y llegará enseguida. Mira.

-Ay, Lucía, hija, qué alegría estar celebrando que han mejorado.

A las buenas, don Samuel. Buenas.

-Uh.

-Trini, no hemos venido aquí a probar los dulces,

sino a homenajear a nuestro cura.

-Ramón, hemos venido a todo, a lo que toque.

¿Se encuentra usted bien, Lucía? Parece un poco acalorada.

Ya viene.

(Aplausos)

Bienvenido, padre.

Queridos vecinos, no puede ser pecado de orgullo

sentirse tan gozosa como me siento al reencontrarme con el padre Telmo.

Trini. -Ay, Susana.

Bienvenido, padre, gracias por salvar a mi familia.

Ahórrese las ironías.

Sé que hay gente

que habría preferido que nadie saliese con vida de esa casa.

No lo diga por mí, aprecio en el alma a don Felipe y a doña Celia.

-"¿Qué haces aquí, sucede algo?".

-¡Mentiroso!

Eres un canalla.

-¿Te has vuelto loca? -¡No quiero saber nada más de ti!

Tengo contradicciones, soy capaz de lo mejor y de lo peor.

También soy capaz del mayor de los heroísmos,

y de la más abyecta de las mezquindades.

-Eran unas apuestas pequeñas sin mala intención, mero divertimento.

-Me diste plantón en casa de mi madre por seguir apostando,

¿y es solo divertimento? Entonces ¿yo qué soy?

¿Un pasatiempo? -"Me voy a ir a América".

Estoy cansado de Lolita, del tío Genaro y de cualquier cosa

que se les pase por la cabeza.

Yo regreso a América y así no vuelvo a saber nada de ellos.

"Prima, lleva en la cama"

entre la vida y la muerte casi dos semanas.

No puede ser.

¿No fue antes de ayer la petición de mano?

¿Le ha comentado al doctor que ha perdido la noción del tiempo?

-"No estoy enviciado".

-¿Ah, no? ¿Está seguro de eso?

Porque darle plantón a ella para ir a apostar, no me parece

el mejor de los síntomas de salud. -Está bien.

Tiene razón. Me avisó, y no supe ver que el asunto era tan serio.

-Y siendo grave, hay algo todavía peor para ella, que la mintiera.

-Estoy pensando en importar nuestro propio café, desde Colombia.

Lo traeríamos, lo moleríamos aquí, lo tostaríamos y aprovecharíamos

la red de distribución de nuestras cafeteras.

-Bueno, es muy buena idea, y "Cafés Palacios" suena bien, pero

no sé,

yo creo que a mí me gustaría más algo como "Cafés Cabrahígo".

-Que voy a cumplir, que me caso contigo.

-¿En serio?

¿En se...? (RÍE)

"M'alegro". Ya sabía yo que podía confiar en ti.

¿Te puedo dar un beso? -Ni lo sueñes, y de criaturas, "na".

Qué hermoso.

En esas manos entrelazadas pude ver el amor verdadero.

Y debo reconocer

que sentí envidia.

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Acacias 38 - Capítulo 908

12 dic 2018

En la nota llegan excelentes noticias: Felipe y Celia muestran los primeros síntomas de recuperación. El doctor confirma que su salvación está prácticamente asegurada. Lucía envía una carta a Tano, pero muy diferente a la que pensaba mandarle hace apenas unos días.

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  1. María

    Lo de Lolita es ridículo, qué pesada y analfabeta!! A ver si Antoñito se harta y la deja de una vez.

    15 dic 2018