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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 892 - ver ahora
Transcripción completa

-Se buscan reporteros colaboradores.

Lee.

-"A los señores fotógrafos de profesión y a los aficionados

que envíen a la redacción de este periódico fotografías

sobre asuntos de interés y actualidad,

se les abonará un generoso estipendio".

-Me ha llegado una carta pidiéndome 10 000 pesetas nada menos.

Tenemos que pagar, Rosina, eso es preciso.

-¿Pagar, pagar qué? Yo no suelto ni un real, antes muerta.

¿Qué ha pasado? Han intentado desvalijar su casa.

¿Mi casa?

Tengo allí muchas y buenas obras de arte. ¡Carmen!

Temple, hemos llegado a tiempo,

nada ha sido sustraído, aunque quizá haya habido algunos desperfectos.

Acompáñeme para que sea usted quien nos señale

si se han producido cambios.

-Mi Raúl es buen muchacho, cualquiera se lo puede decir.

-Yo, yo, yo lo digo, a veces es algo fanfarrón,

pero es un buen chico, y no es capaz

de hacer nada de esto. -Pero si se ha llevado un balazo.

-De acuerdo.

A falta de pruebas, daré como buena la versión de todos ustedes.

-"Que el señor Alday sospecha de la Carmen".

Cree que ha "tenío" que ver algo con su "marío",

que fue ella quien le abrió.

-No, si al final la pobre terminará en la rúa, o peor.

¿No trabaja usted hoy? No. Me he comprometido a ayudar

a la gente que se aloja en casa del padre Telmo.

Con Dios.

"Si continúan llegando tantos indigentes,"

ni con su bondad ni con todo nuestro trabajo daremos abasto.

No quisiera entrometerme

pero he oído que tiene usted problemas con el marqués de Viana.

No le han informado mal,

he perdido un recurso que la marquesa me pidió que interpusiera.

Nos han informado de que está mandando a esta gente a la iglesia.

Aquí ya no cabían, ni les podíamos atender con eficacia.

Vamos a ver, ¿ha pensado usted en los comerciantes,

en cómo les afecta este trasiego que llena las calles?

No dejaré a nadie en la estacada. "Es una talla de marfil".

La he compradocon la intención de que Lucía la restaure.

Cuando lo haga, será una obra preciosa y digna de la marquesa.

-"Una desgracia. Que ha sido Leonor,"

que ha tenido un percance, que está herida.

No se ría.

Cuando algo me importa de verdad,

jamás abandono,

jamás.

Bueno, basta de hablar, que tenemos mucho trabajo.

Voy a ayudar a Paca.

¿Está rico el caldo?

No sabes lo mucho que me alegro de verte comer.

Si tienes apetito, es que vas mejorando.

Anda, deja que te traiga un poco de pan.

Padre,

traigo malas noticias. No se las calle,

no echaré la culpa a la mensajera.

Hay más gente con los mismos síntomas que Paca.

Las fiebres

pueden ser contagiosas.

Dios mío. ¿Estás segura?

Fiebre, tos, dificultad para respirar.

Son los mismos síntomas que le descubrimos a ella.

¿Epidemia?

Todavía estamos a tiempo de impedir que se propague.

Por lo menos sabemos que se puede curar.

Paca es el ejemplo.

Separar a enfermos de sanos, qué crueldad.

No nos queda más remedio.

He escuchado a Úrsula, hay que evitar

que las fiebres se propaguen. Bien, nos pondremos en marcha.

Cada minuto que pase

puede ser un contagio más.

¿Dónde los meteremos? Los enfermos, aquí;

los sanos, en la iglesia.

Yo me encargaré de cuidar a los afectados.

¿Y quién le cuidará a usted, padre?

El Señor y mi fe.

Vamos, no hay tiempo que perder, hay que separar a enfermos

de saludables. Si dudamos de alguno,

lo tomaremos como contagiado. Más nos vale cortar por lo sano.

(Sintonía de "Acacias 38")

-¡Hija,

hija! -Ay, madre, cálmese,

que le va a dar un síncope con esos gritos.

¿Qué? -¿No habías tenido un accidente?

-Madre, por el amor de Dios, mire mi mano, ¡mire mi mano!

¿Le parece poco? ¿Y la manga, cómo ha quedado?

Casilda, vas a tener trabajo aquí.

Y suerte que he puesto la mano en el suelo,

si no, me doy con la cara en el bordillo.

-Esto no es nada. -¡Ah!

-Pero si es lo que le he intentado decir una docena de veces.

-Voy a por algodón y a por agua "oxigená".

Ya verá usted, se lo voy a limpiar y va a quedar como nueva.

-Gracias, Casilda. Trae gasas limpias también.

-Ahora "mismico".

-Pensé que te iba a encontrar casi en el lecho de muerte.

-Pues ya ve, madre, esta herida no me va a sacar las tripas.

-Podría haber sido peor, que quien te atropelló iba como un loco.

-Sí, sí. -¿Te atropelló un coche a motor?

-Bueno, ya me hubiera gustado un coche a motor.

No, no, madre, una simple bicicleta,

que es como un atropello del siglo pasado.

-Pero ¿te atropelló adrede?

-A la velocidad a la que iba, lo parecía.

-¿Te dijo algo mientras lo hacía? -¿Que si me dijo algo?

Madre, ya empieza con las preguntas raras.

Ahora... Ahora que lo pienso, sí, sí, sí.

-¿Una amenaza?

-No, fue algo... muy raro, me,...

me dijo: "¡Alerta!".

Ay, madre, de verdad,

no sé qué le pasa. Es un simple atropello, como muchos otros.

Y fue culpa mía, crucé sin mirar.

-Sí, lo que nos faltaba, tener que mirar.

Las ciudades son para los peatones,

no para esos locos que van sobre ruedas.

-Tú te ríes, pero en dos días van a tener que poner señales para indicar

cuándo pasan los peatones y cuándo pasan los vehículos.

En Londres ya han puesto alguna. -Ay, dejaros de tonterías.

¿Estás segura de que no te dijo nada, no te amenazó?

-Pues claro que estoy segura, es que no sé a qué viene todo esto.

-Pero ¿seguro que no ha sido alguien que quiere hacerte daño?

-¿A mí? -O a mí.

-Pero ¿es que no doy motivos yo?

-Si le hubieran querido hacer daño a usted,

le habrían atropellado a usted.

-Madre, ¿me va a decir lo que está pensando o no?

-A ver, ¿es tan anormal que una madre se preocupe por su hija?

-Podría haber sido un escritor celoso de tu éxito.

-Pero... es que los escritores no saben ir en bicicleta, madre,

y si hubieran querido atentar contra mí,

me hubieran tirado una enciclopedia

o quemado la obra de Lope de Vega.

Eso sí que me hubiera hecho mucho daño, mucho más.

-Los escritores

son la gente más rencorosa y resentida que hay.

Y los libretistas de teatro, más.

-Disculpen, aquí traigo "pa" limpiar la herida.

¿Me dejan hacerlo a mí?

Es que siempre me hubiera "gustao" ser enfermera.

-Madre,

madre, váyase.

Ahora solo nos falta

que se nos desmaye aquí en medio.

-Sigue tomándotelo todo a broma y verás.

-Oye, Leonor,...

¿y si... de verdad fue un escritor celoso?

-Ay, por el amor de Dios, Íñigo, no empieces tú también.

A mí lo único que me preocupa es la salud mental de mi madre

y no la venganza de un escritor resentido.

Casilda, vamos. -Sí.

Esto le va a escocer un poquito.

-¡Ah!

-¿Queda un poquito más de estofado?

-"Endeluego", Servando, que una noche de estas usted va a explotar.

Nos vamos a levantar por la mañana y vamos a encontrar sus restos

ahí, por las paredes del altillo.

-Mejor que me lo coma yo a tirarlo, ¿no?

-Bueno, pues yo le sirvo lo que queda.

Si esta noche tiene pesadillas, no nos llore.

-Prefiero pesadillas con el buche lleno,

a felices sueños con las tripas gritando por el hambre.

-Usted verá.

-Y un poquito más de vino.

-No, no, no, no, no, eso no,

que ya se ha "tomao" uno, que es lo permitido.

Ahora, agüita de la fuente.

-De vez en cuando me imagino el infierno,

tiene que ser como el altillo, rodeado de mujeres

y todas diciéndote lo que debes y no debes hacer.

-¿Todavía ocupada la mesa?

-Ya conoce usted al Servando, "señá" Agustina.

Se puede pasar horas y horas y horas comiendo,

y menos mal que hoy no había castañas,

que si no, la sobremesa hubiera "durao" hasta la medianoche.

-Digo que si estorbo, me retiro. Yo preciso más el plato que la mesa.

-Me hace un favor.

Voy a cortar esta tela vieja para convertirla en vendas.

Me lo ha pedido el padre Telmo.

-Ay, dice que hay "contagiaos"

de fiebres.

-Ojalá no se convierta en epidemia como hace tres o cuatro años,

¿se acuerda usted, Fabiana?

-Vaya que si me acuerdo, Servando.

Estuve más cerca del otro barrio que de este.

-¿Quiere usted que la ayude?

-Sí, haz el favor.

Coge de ahí...

para cortar

esta tela.

-Pues la verdad es que a mí una de estas vendas me hubiera venido fetén

"pa" la mano de doña Leonor.

"Pobrecica" mía, menos mal que no ha "sío" "na" de enjundia.

Escúchenme, tienen que tener mucho "cuidao"

con los atropellos.

-El progreso.

-Pues si es progreso que acabemos "tos" "atropellaos", menuda gracia.

-Y doña Rosina estaba muy rara.

Ella está segura de que lo que le ha "pasao" a su hija

no ha "sío" un accidente,

no, sino que los anarquistas han "intentao" matarla.

-¿Cuándo no está rara doña Rosina?

Ella y doña Susana, a veces me parece

que se han encontrado con el diablo frente a frente.

-Arrea, "señá" Agustina,

no me diga eso que me tiemblan las canillas.

"Señá" Fabiana, ¿está usted bien?

-"Na", hija, que estaba pensando en Carmen y en su hijo.

-Ya lo dicen por ahí, "quien mal anda, mal acaba".

-Uy. Servando, usted siempre de ayuda, la alegría de la huerta.

-Si en eso al final va a tener razón.

-Ay, yo solo espero que don Samuel no tome represalias contra Carmen.

(Pasos)

-Parece que alguien viene.

-Si has terminado ya con las cuentas, cerramos.

-Esto va de mal en peor, Flora.

Esta semana hemos bajado la facturación un 11 por ciento.

-Desde que te has aprendido eso del por ciento, no hay quien te aguante.

¿Hemos bajado un 11?

Pues la semana que viene subiremos un 12.

-No es tan fácil, todos los líos del barrio son malos para el negocio.

Y con el rumor de las fiebres, peor.

¿Quién va a querer venir a Acacias? -Si es que tienes que hacerme caso,

tenemos que ampliar el negocio, con lo de las fotografías, por ejemplo.

-¿Qué fotografías? Que no me repitas eso, eso es un dislate.

Esto es una chocolatería, no es una corresponsalía de prensa.

Buenas noches. ¿Saben qué es lo que ocurre

en la iglesia?

Estaba tan absorta en lo nuestro, que ni siquiera he mirado.

-Es por las fiebres, se están llevando a los enfermos

a la casa del cura para atenderles.

¿Eso no deberían hacerlo los médicos?

Si hubiera médicos libres, lo harían.

-Al final terminaremos todos contagiándonos, ya lo verán.

Tendrían que llevárselos lejos de Acacias.

Pues esperemos que eso no ocurra en este barrio.

Y si al final sucede,

ya sabemos quién es el culpable.

Padre, yo no estoy segura en el caso de la madre de los mellizos.

Esa mujer tiene fiebre.

¿Y vamos a separarla de sus hijos?

No queda más remedio. Yo me ocupo de los niños.

Yo llevo a la madre. Vamos a decírselo.

-"Al final, la herida"

no era tan grave, han podido sacar la bala

sin que nada quedara afectado y me lo han mandado para casa.

-Me han dicho que en una semana estoy como nuevo.

-Anda que... vaya una suerte que has tenido.

-Pues ahora a dormir, que falta te hará.

-Te voy a preparar la cama como se la preparan a Alfonso XIII.

-¿Y tú cómo sabes cómo se la preparan?

-Ah, pues porque doña Rosina lo leyó en una revista y no paró

hasta que yo aprendí a hacerla así.

-Pues te acompaño, que así aprendo "pa" preparársela a mi Antoñito.

-Muchas gracias, Casilda, y a todos. Me voy a descansar.

Buenas noches, madre. -No, no, si te acompaño.

-No, no es necesario. -Hala.

-Seguro que tiene el cuerpo cortado.

Nada mejor para ello que una manzanilla, que tengo agua hirviendo

y se la preparo en un periquete.

-Pues no le diré que no, Agustina.

-¿Y qué le han dicho los galenos, Carmen?

-Pues que no ha ocurrido nada

nada irremediable de milagro.

Por unos milímetros, la bala no le ha cortado una arteria

y se me ha desangrado.

-Pero alegre esa cara, mujer, si es que acaba de nacer.

-Ya lo sé, Servando, ya, pero me tenía con el corazón en un puño,

ya sabe usted.

Gracias, Agustina. -Aquí tiene.

-Pero ¿sabe qué? Me voy al cuarto a tomarla.

Que... no me apetece ni hablar. -Está bien.

Vaya, vaya usted, y bienvenidos.

-La imito, Carmen,

que la sastra me trae sin resuello.

-Ay, Servando, mejor no le decimos nada de las sospechas de don Samuel.

-No, déjela que descanse, aunque solo sea por una noche.

-Ojalá "to" acabe bien. Madre mía, qué pesadilla.

-Que sí.

-Llego tarde. -No importa, apenas hay nadie.

-¿Qué ha pasado?

-Lo que tenía que pasar.

¿Quién quiere ir a tomarse un chocolate y unos melindres

a un barrio que está lleno de menesterosos y encima con rumores

de epidemia galopante?

-Que esto será un par de días, Íñigo.

-Llevamos así ya más de un par de días.

No sé, temo

que la gente se desacostumbre a venir y que deje de hacerlo

y empiecen a habituarse ya a la chocolatería de la alameda,

la de los tilos, y no hay quien les haga volver.

-Por peores crisis hemos pasado y los clientes siempre han vuelto.

¿Es que prefieres que no se ayude a los afectados

de las inundaciones del Hoyo?

-Flora, ya te dije que me apenan esas personas como el que más,

quiero que les ayuden.

Yo mismo les doy dinero, pero que no me los traigan al barrio.

-Bueno, yo tengo la solución a nuestros males.

¿Sabes por qué he llegado tarde? Porque me he pasado

por el periódico. No te imaginas a cuánto pagan

la fotografía publicada.

¡Diez pesetas, dos duros!

-Flora, me aburres ya con el tema de la fotografía.

Ve a ver si se ha sentado alguien en la terraza.

-Servando. -Sí, "pa" servirle.

-Quería hacerle una pregunta.

-Es que ahora mismo tengo que subir al altillo, que tengo un "recao"

de don Samuel "pa" dárselo a la "señá" Carmen.

-No le demoro más de medio minuto.

Usted, que es un hombre de mundo,

¿sabe dónde puedo hacerme con una cámara?

De las de retratar, ya sabe. -Bueno,...

ha "dao" usted con el más "pintiparao".

Luego... te abono el montante.

Que sepa usted que yo tuve un negocio de fotografía con Víctor,

con el anterior dueño de La Deliciosa.

-Qué suerte. ¿Se ha enterado usted de la iniciativa del periódico?

-No. -Quieren fotógrafos

que les envíen imágenes de cuando pasa algo.

Y no hay lugar en toda la ciudad donde pasen más cosas que aquí.

-No, bueno, ahí tiene más razón usted que un templo.

-¿Y sabe a cuánto pagan la fotografía?

-No. -Diez pesetas.

-Dos duros.

O sea, vamos a ver, o sea,

que si hace 10 fotografías,

le pagan 20 duros, vamos,

una fortuna.

Bueno, eso es una noticia maravillosa.

-Oiga, ¿qué le parece si nos asociamos?

Yo pongo la parte empresarial y usted, la técnica fotográfica.

-¿Dónde hay que firmar? -Me basta con la mano.

Socios. -Socios.

-Buenos días, hijo.

-Buenos días.

¿Es tarde?

-Es hora de despertar, de tomar la medicación del doctor

y de desayunar.

Anda, incorpórate.

Te he traído achicoria y una tostada con mantequilla.

Que la mantequilla la ha hecho la señora Fabiana,

no te imaginas todo lo que hay que batir.

Después le das las gracias, ¿eh? -Sí, madre.

-Tenemos que hablar.

-Ya sé lo que me va a decir.

Tenía que haberle hecho caso, que usted tenía la razón

en todo lo que dijo de mi padre. Lo siento.

-No es necesario que me pidas perdón, eres mi hijo,

nunca te voy a guardar rencor...

y nunca voy a dejar de quererte.

-Gracias, madre. -Solo quiero que me jures

que nunca más vas a volver a caer en las artimañas de tu padre.

-Va a estar muchos años encerrado, no tema.

-Ya, pero algún día saldrá...

¿y sabes lo que hará?

Aprovecharse de tu buen corazón...

para manipularte y conseguir que vuelvas a creer en él.

Júrame que no lo harás.

-Se lo juro, madre.

¿Sabe una cosa?

En el fondo, sabía que me engañaba,

pero me empeñé en creer en él,...

es mi padre. -Lo sé.

-Usted nunca dejó de velar por mí.

-Esa es la obligación de una madre.

-No quiero nunca más que se sienta turbada por mí.

No sé cómo compensárselo.

-Pues no lo lograrás, porque sentirse turbada,

también es la obligación de una madre.

Y... estar tensa, enfadada,

risueña, contenta,

todo eso.

-Buenos días.

Perdonen que les interrumpa, ya veo que te encuentras mejor, ¿eh, zagal?

Carmen, le traigo un recado de don Samuel.

-Dígame.

-Quiere que vaya a su casa a la una, que quería hablar con usted.

-¿Y no le ha dicho de qué?

-No, no me ha dicho nada, no. Bueno, y ahora, si me disculpan,

voy a mis labores. -Con Dios.

(Toses)

-¡Susana!

-¿Has visto eso?

-Dame los buenos días antes, ¿no? -Es que sé que no los van a ser.

He ido a hablar con el padre Telmo para que no nos llene

de menesterosos la iglesia y él, como si oyera llover.

-Es su obligación dar de comer al hambriento, de beber al sediento.

-¿Y a mí qué, que me zurzan?

¿Quién va a entrar en la sastrería a hacerse ropa

teniendo a todos los pordioseros en la puerta?

-Bendito problema, ojalá todo lo que nos preocupara fuera eso.

-¿No te das cuenta

de que con tanto desharrapado vienen los Escalona

y no nos enteramos?

-Es verdad, y tienes razón.

-Piensa en todo lo que ha pasado en el barrio:

el intento de robo en casa de Samuel, el accidente de tu hija.

-Accidente fue, que ella me convenció.

-Pues a mí no.

Qué casualidad que le atropelle una bicicleta justo ahora.

-Ay, por favor, no me metas miedos que ya tengo bastante, Susana.

-No me extraña porque,

diga lo que diga tu hija Leonor,

esto es un aviso de los Escalona, y que no le pase nada a Liberto,

¿eh? -Ay, ¿tú crees?

-Creo no, estoy segura, y me voy para dentro, que la que no sé

si estoy segura aquí en la puerta soy yo.

Hasta más ver. -Ay, por favor.

¡Íñigo!

¿Dónde está mi hija? -Pues ha salido a la biblioteca

a consultar unos libros.

-¿Y no debería estar protegiéndola? ¿Quiere que la vuelvan a atropellar?

-¿Cómo? Doña Rosina, no la entiendo.

-¿Para qué sirve un pretendiente si no es para proteger a su amada?

No debería haberla dejado salir sola de casa.

-Pero doña Rosina,

usted conoce a su hija, si yo la espero a la salida de la biblioteca,

me tira los libros a la cabeza. -Pues se pone un casco.

(GRITA)

-"¿Entre Rosina y Susana?".

-(ASIENTE) Te digo yo que algo ocurre entre esas dos.

Estaban muy tensas.

-¿No habrán discutido?

-No creo.

Llevan 30 años discutiendo a diario y nunca ha llegado la sangre al río.

Ahí hay algo más gordo, digo yo. -Nos enteraremos, si hay alguien

que no sabe guardar un secreto, esa es Rosina.

-Y que lo digas, y si no se le escapa, se la acaba descubriendo.

¿Tú te acuerdas cuando organizamos la fiesta sorpresa

que todo el barrio la descubrió en paños menores con Liberto?

-Como para no acordarme, menudo bochorno.

Buenos días. No pensarás salir tan temprano.

Qué remedio, hay mucho que hacer en la iglesia.

Anoche llegaste tardísimo.

Bueno, ya descansaré cuando todo esto acabe.

¿Me puedo tomar un té con ustedes?

Por supuesto, siéntate, yo te lo sirvo.

Y come algo, que seguro que pensabas salir con el estómago vacío.

-Yo... Yo siento mucho

no poder estar arrimando el hombro,

pero es que mi esposo me lo ha prohibido.

Trini, hace usted bien.

Estando usted en estado, imagínese contagiarse las fiebres.

¿Y si te contagias tú?

No, yo no temo a las fiebres. -Lucía, habrías de tener cuidado,

aún recuerdo la última epidemia del barrio, y muchos como tú

que no temían a las fiebres, terminaron enfermando.

-Haz caso a Trini.

A veces me parece que el padre Telmo está siendo muy osado.

Bueno, hace lo que debe hacer un hombre de Dios.

-Está demostrando ser un gran hombre.

Mi Ramón me ha contado que cuando llevó el dinero para la ayuda

a los refugiados, don Telmo estaba pendiente de todo.

Esta tarde, en la homilía,

hablará de las donaciones.

-Toda ayuda es poca.

El asilo al que iban a trasladar a esa pobre gente

aún no está acondicionado por falta de fondos.

Venga, Lucía, come algo, que si quieres estar fuerte,

necesitas comer.

-Supongo que ya sabréis que don Samuel,

ha llamado a don Felipe, y a mi esposo por el asunto del robo.

-Sí, y ha convocado a Carmen.

Sospecha que ella pudo tener algo que ver.

-Yo espero que eso no sea cierto. -Yo también, a mí ella

me parece una mujer muy cabal. -Y de ser cómplices

se estaría metiendo en un lío.

-Yo espero que sea una sospecha sin fundamento y que no la despida.

Felipe me contó

que Fabiana le había dicho que había discutido con su hijo

por la mala influencia de su padre.

-Uy, el Adonis, que le llamaban.

-Vaya apodo.

-Debió ser apuesto. -De apuesto a delincuente.

Bueno, voy a bajar, no se olviden de la homilía.

Allí estaremos,

a la hora en punto. -Anda con cuidado.

Lo haré.

Por favor.

-Pues si a él le llaman el Adonis,...

a Felipe tendrían que llamarle el Hermoso.

-(RÍE)

-Claro, ¿y a mi Ramón?

A mi Ramón podrían llamarle...

Mira, a mi Ramón mejor que le llamen don Ramón.

-Leonor, ¿cómo estás? -Bien.

He venido a que mi novio me invite a un chocolate.

-Por supuesto.

Merceditas, ponle un chocolate a Leonor,

y también una bandeja de rosquillas con nata, que le encantan.

-No, no, Merceditas, no le hagas caso, de bandeja nada,

con una que me pongas me basta,

pero que sea de nata.

-¿Cómo está tu mano? -Bien, si es que es más aparatoso

el vendaje que la herida en sí.

Fueron solo unos rasguños. Yo creo que hoy ya me lo quitaré.

-Pues tenías que haber visto la regañina que me ha echado tu madre.

Que dice que no te cuido, que la culpa del atropello es mía.

-Pero ¿qué podrías hacer tú si no estabas?

-Pues ese es el problema para ella, que no estaba.

Dice que te debía seguir a sol y a sombra,

que debía ser tu escolta, pero hasta cuando vas a la biblioteca.

-Ni se te ocurra, ¿eh?

-Eso le he dicho yo, que si yo te protegía a ti,

¿quién me protegía a mí de ti?

-De mis besos van a tener que protegerte.

-¿No podéis mantener un poco de decoro?

Todo el día igual. Leonor,

ya puedes ir a confesarte.

-Madre, no exagere.

-Se empieza así y se acaba Dios sabe cómo.

-Además, ¿no deberías estar en casa recuperándote?

-¿De la mano? Madre, estoy recuperada.

-¿Usted no le va a decir nada?

-Amén, yo no me atrevo a decirle nada más.

Oiga, usted deje ya de regañarme.

Buenos días.

Me envía el padre Telmo para decirle

que si tiene bollos atrasados

o cualquier otro alimento, los done a la iglesia.

Por supuesto, que cuente con ello,

pero dígale al padre Telmo que estaríamos más conformes

si enviara a los enfermos a un asilo, donde estén bien cuidados.

-Y que dejara libre el barrio, que está perjudicando a los comercios

y a los vecinos.

-Por no hablar de las fiebres, que ya hemos tenido una epidemia,

que tú casi entregas el alma a Dios.

Esa gente lo necesita. -Y no lo dudamos,

ni nos negamos a ayudar, ni mucho menos, pero como los negocios

sigan así, a quienes van a tener que ayudar es a nosotros.

Deberían ustedes

ir a escuchar la homilía que dará el padre Telmo esta tarde.

Le diré que no quieren ayudar.

Me decepciona especialmente usted, Íñigo.

Le creía diferente.

Con Dios.

Lo que me faltaba por ver, Úrsula, la defensora de los pobres.

-No sé quién se ha creído que es,

más mala que la tiña y ahora va de buena samaritana.

-Pues algo de razón tiene.

Pedimos en la iglesia por los más desfavorecidos

y luego no les ayudamos cuando les tenemos delante.

-Estamos defendiendo lo nuestro, Leonor.

-Íñigo, tú sí que me has dejado atónita.

¿Te molesta que se acoja a los afectados del Hoyo en la iglesia?

-No, no es eso,

solo que, desde que tenemos alojados a los indigentes

en la ciudad, han bajado las ventas de los negocios.

Que yo no me niego a que se les ayude, solo faltaría.

-A mí lo que me parece es que se han olvidado los tres

de cuál es el significado de amar al prójimo.

Que aproveche.

Buenos días, Carmen. -Buenos días.

-Toma asiento.

-Yo, si a ustedes no les importa, preferiría seguir de pie.

Como prefieras, Carmen.

He llamado a don Ramón y a don Felipe como propietarios

de los pisos en este edificio,...

hombres de moral intachable y amigos desinteresados

que me ayudarán a esclarecer las responsabilidades del asalto.

Espero que no te importe. No, señor, como usted mande.

-No lo tomes como una acusación, tan solo como una manera

de saber qué pasó en realidad.

-Si no eres culpable de nada, nada has de temer.

-Gracias, señor.

Bien, Carmen, como entenderás,

hay varios asuntos que no terminamos de comprender.

El asaltante

era tu esposo.

Sí. Hacía años que no le veía,...

hasta hace una semana o así, que se escapó del penal de Huelva.

¿Por qué no lo denunciaste si sabías dónde se encontraba?

Cuando me propuso robar en la casa, yo me negué por completo.

Lo hice por mi hijo.

Me amenazó a mí, pero...

sobre todo amenazó con hacerle daño a Raúl.

Vamos,

que te propuso robarme y tú le diste la llave.

Sí, pero forzada, señor.

Y luego, para que no pudiera robarle a usted,

me fui a denunciarle a comisaría.

Me acompañaron Servando y Fabiana. -Una buena decisión.

-Y que te exime por completo de la responsabilidad.

-El comisario Méndez quiso tenderle una trampa

y yo colaboré en todo lo que pude, señor.

¿Por qué no me informaste?

Para no ponerle a usted en peligro.

Tuve miedo.

Pensé que sería mejor que la policía se entendiera con mi marido.

Señor,...

ese hombre

ha perdido la poca conciencia

que le quedaba.

¿Y tu hijo?

Mi hijo siente la fascinación que sienten los hijos por los padres,

pero ya se ha dado cuenta de quién es.

Entonces colaboró. Su padre le engañó...

y se aprovechó de él. Resultó herido.

En su pecado lleva la penitencia.

-Esperemos que se recupere. -Quiera Dios que así sea.

-Señores, yo...

siempre he asumido mis errores,...

y bien caro que me ha salido eso.

Mi mayor error fue ese hombre,...

me dejó sin posición, sin patrimonio,

hasta sin familia.

Si ustedes me quieren despedir,...

yo lo aceptaré sin queja,...

pero solo les pido unos días,...

hasta que mi Raúl

se recupere de su herida.

Y luego yo marcharé, sin protestar,...

y agradecida

por todo lo bueno que han hecho ustedes por mí en este lugar.

Está bien, Carmen.

Lo pensaremos. Puedes retirarte.

Gracias, señor.

-A mí me ha convencido. -A mí también.

Yo no estoy tan seguro,

su hijo estaba en el asalto y lo hizo por el padre,

Carmen bien podría volver a hacerlo por el hijo.

¿Qué pasa, que hoy no comemos?

-Casilda me ha pedido cinco minutos,

se le ha olvidado comprar el pan y ha bajado a por él.

-Un día se le olvida la cabeza. No sé por qué pagamos a esa chica.

-¿Ya vamos a empezar otra vez? -¿Empezar qué?

-Cada tres meses quieres despedirla y luego no puedes vivir sin ella.

-Viviría mucho mejor sin sus olvidos, mira lo que te digo.

Es más, viviría más tranquila si Casilda conociera a un cubano,

por ejemplo, y se fuera con él a La Habana, tan ricamente.

Qué paz dejaría en España. -No te creo una sola palabra.

Anda, cariño, ven aquí, siéntate.

Siéntate.

Cuéntame, ¿qué es lo que te tiene de tan mal humor?

-Es que, ¿te quieres creer que viene Úrsula a reprendernos,

a reprocharnos a Susana y a mí que no apoyemos a los damnificados

por las inundaciones?

¿Ahora va a ser ella la defensora de los pobres o algo así?

-¿A ti qué más te da lo que diga Úrsula?

-Es que esa mujer es odiosa. -No, es la criada del padre Telmo,

y lo que diga te tiene que entrar por una oreja

y salir por la otra. -No puedo, Liberto, me enerva.

No la hay más mala que ella.

Que sí, Liberto, que tú no sabes la mitad de las cosas que ha hecho.

-Pero ahora está tratando de enmendarse, así que olvídala.

-Y encima el padre Telmo da una homilía esta tarde,

a la que se supone que debemos asistir todos.

Pues si es para reprendernos, me levanto y me vuelvo a casa.

-Sería la primera vez

que un cura da una homilía sin reprender a sus feligreses.

-¿Sabes lo que te digo? Que me hago protestante.

Esos no tienen penitencia, ¿verdad?

-No sé yo si te veo de protestante, cariño, como mucho de protestona.

(RÍEN)

-¿Vas a venir a la homilía?

-Yo prefería ir a la sociedad gimnástica,

pero si es tan importante la homilía, iré.

-Si nos insulta,

sujétame, que no respondo.

-Sí, no te apures, yo te sujeto.

-Uy, ¿no comemos?

-Cuando la señora Casilda lo decida,

porque es ella la que pone los horarios en esta casa, ¿verdad?

-Ha bajado a por el pan, estará a punto de regresar.

-A todo esto, ¿Íñigo te ha acompañado a casa?

-¿Desde La Deliciosa?

No, madre, he venido sola. -Mira que se lo he dicho,

ese bueno para nada se va a enterar. Vamos si se va a enterar.

-Desde luego, Leonor, tu madre está imposible.

-No sé qué le pasa. Ni que estuviéramos en peligro.

¿Pues no quiere que Íñigo me acompañe a todas partes?

-A mí me va a volver loco.

-Pues anda que a mí.

-"Aquí está,"

cortado con leche fría y sin azúcar. -Perfecto.

-No entiendo, con lo dulce que es usted, cómo le gusta sin azúcar.

-Dulce como la miel de caña.

-Pues es lo que dice Lolita.

-Si lo dice Lolita, entonces sí que soy dulce.

Sobre todo con ella, por compensar un poco la acidez

que tienen las de Cabrahígo.

-No diga eso, que Lolita es un sol.

-La verdad es que sí, sí, siempre se está preocupando por todo el mundo.

Ahora mismo deberíamos estar dando un paseo y, en cambio,

se está ocupando de Raúl, el hijo de Carmen.

-¿Qué tal está?

-Mejor, la verdad es que ha tenido bastante suerte.

Por un milímetro no le dio la bala en alguna arteria.

Si no,

en Acacias estaríamos de entierro.

-Gracias a Dios no lo estamos.

-Pues nuestro gozo en un pozo, señorita Flora.

-¿No hay cámaras?

-Sí, sí, pero la alquilan

por 50 pesetas, bueno, eso es el alquiler,

el seguro, la garantía.

-Tendríamos que vender cinco fotografías al mes para pagarla.

Así no es negocio. -Pero

¿qué negocio es ese?

-El de vender fotografías de sucesos en la vía pública.

El periódico paga 10 pesetas por cada foto

-Eso es buen dinero.

No deben rendirse, ya saben cómo es el mundo de los negocios,

sin riesgo no hay victoria.

-Entonces ¿les parece

que podemos pagar 10 duros al mes por el alquiler?

-Sí, sí, sí, el dueño de la cámara gana dinero y ustedes también.

Un negocio es bueno si todo el mundo gana.

Pero también se me ocurre que podría hablar con Eulalio.

Es un retratista que conozco, que podría dejarles una cámara

por una pequeña parte de los beneficios.

-¿Y repartirlo entre tres? No, mal negocio es ese, no.

-No, no, no, pero no sería a partes iguales,

él se llevaría una pequeña cantidad por cada fotografía.

-Diez céntimos. -Igual tiene que ser un poco más.

-A mí no me parece mal. -Veinte céntimos.

-No seas tacaño, Servando.

Lo mejor será que nos reunamos con él, como veo mucho roñoso

en esta sociedad, yo me voy a encargar de negociarlo todo.

-"Es una labor encomiable"

la que está haciendo la iglesia por esa pobre gente.

El padre Telmo está hecho de una pasta muy especial.

-Él y las mujeres del barrio, criadas y señoras.

Me dicen que Lucía y doña Celia están colaborando en todo.

-Sí, así es.

-Yo he tenido que pedirle a Trini que desistiera

de acudir. Quería apuntarse la primera.

Lo último que necesitaría es contagiarse de unas fiebres.

-Esperemos que lo de la epidemia sea simple alarmismo

y que nadie se contagie. Solo nos faltaría eso.

-Y que también se solucione pronto el problema del asilo

y esta pobre gente pueda atenderse como merece.

-Ya sabe cómo es este país, todo se hacer tarde y mal, o nunca.

Hay que esperar a que aparezca un héroe, como el padre Telmo

o las mujeres del barrio.

Buenas tardes.

¿No seguirán hablando de lo de la criada?

Ese es un problema que tiene que solucionar usted solo, Samuel.

Hablamos de los damnificados y de la encomiable tarea

que está llevando a cabo el padre Telmo.

No creo que pueda seguir dando cobijo a toda esta gente

en la iglesia ni en la casa parroquial.

No fueron diseñadas con ese fin. Supongo que los comerciantes

deben de estar que trinan.

Tendrán que esforzarse unos días más, como todos.

Bueno, si me permiten, tengo que ir a buscar a Trini

para asistir a la homilía del padre Telmo.

Me mataría si llegara tarde. -Vaya,

vaya tranquilo. Con Dios.

Yo también tengo que avisar a Celia de que se acerca la hora.

Aguarde un momento, don Felipe, quisiera contarle algo.

Le he enviado

a la marquesa de Viana el Cristo de marfil que Lucía restauraba.

Me he tomado la libertad de hacerlo en su nombre,

quiero colaborar en rebajar las tensiones entre ustedes.

Se lo agradezco. Para eso están los amigos,

para ayudarse.

Samuel, si le puedo ayudar en algo, dígamelo.

Lo cierto es que me preocupa mucho

que Lucía pase tanto tiempo en la casa parroquial

con las fiebres contagiosas que dicen que hay allí.

No crea que a mí me agrada la presencia de Celia.

Quizás si pudiera convencerlas a las dos de que deben cuidarse

y protegerse.

Descuide, haré todo lo que esté en mi mano para alejar a ambas de allí.

Gracias por preocuparse por ellas. Un placer.

-¿Todavía así, Susana? Vamos.

-Ay, qué prisas. Todavía queda un cuarto de hora,

y de aquí a la iglesia solo hay dos minutos.

-Pero si no vamos con tiempo, nos quitan la primera fila.

-¿Y para qué hay que estar en la primera fila?

-Para que Dios nos vea.

-Dios lo ve todo. -Espero que no,

porque si es así, después de lo del modelo nos manda al infierno.

-Lo ve todo y lo oye todo,

no hace falta que lo digas de tanto en tanto.

Pásame la chaqueta.

¿Estás segura que quieres que vayamos tan pronto

y nos vea todo el mundo? -Como siempre.

-¿Como siempre? Como siempre no, Rosina.

Nunca hemos tenido a unos energúmenos

que se llaman Escalona persiguiéndonos.

-Creo que se han olvidado de nosotros.

Desde que nos mandaron el anónimo

ya no hemos vuelto a saber nada de ellos.

-Como que solo hace dos días. -Bueno, dos días es mucho tiempo.

-Y sí que hemos sabido. El accidente de tu hija.

-Creo que el accidente fue eso, simplemente un accidente.

-Sí, claro,

qué oportuno.

Justamente después de llegar la amenaza, no me lo creo.

-De verdad, Susana,

te vas a volver loca y, lo que es peor, me vas a volver loca a mí.

-¿Qué pasa aquí? -¿Qué es ese papel?

-Déjenme pasar, a ver.

Qué vergüenza. -Madre del amor hermoso.

-Doña Susana, un hombre como Dios lo trajo al mundo en su sastrería.

-¡Cállate, Lolita!

Esto no es para que lo vea una moza soltera.

Hale.

¡Hale todos, fuera!

¿Con que los Escalona no nos perseguían, eh?

-No he calentado mucho el agua para que no queme.

-Diga usted que sí, Carmen, que bastante ha sufrido ya

el pobre Raúl.

Ande,... ayúdeme con estos trapos para hacerle la cura.

-Fabiana,...

yo creo que don Samuel me va a despedir.

-A ver, si don Felipe y don Ramón la creyeron a usted,

seguro que le convencen.

-Ya, pero él no me ha creído.

Y no es que se pensara que iba a robar,

ya sabe que yo llamé a la policía,...

pero es por mi hijo, no se ha creído que él fuera inocente.

-Bueno, el muchacho

ya ha aprendido la lección.

-Ya se lo he dicho a don Samuel, y con esas mismas palabras,

pero en el fondo le entiendo, Fabiana.

¿Cómo sabe él que la situación no va a volver a plantearse?

¿Y si ahora es mi hijo, en lugar de su padre, el que me obliga

a abrir la puerta de la casa para robar?

-Tenga, no le dé tantas vueltas, Carmen,

seguro que convencen a don Samuel y aquí ya no pasa nada más, ya verá.

-Ojalá. -Yo, de momento,

esta noche rezaré por eso.

-Más que he rezado yo no va a ser posible.

-Buenas tardes. Pase usted, comisario.

-Gracias. -Buenas tardes, señor comisario.

¿Quiere usted una achicoria o algo? -Nada,

que se siente aquí para que hablemos.

-¿Viene usted como portador de malas noticias?

-Malas para su esposo, en tal caso, no para usted.

-Por el amor de Dios, comisario, hable de una vez

que nos "tie" en ascuas.

-Aquí traigo la orden de ingreso de su marido en el penal

firmada por el juez.

¿Sabe usted leer? -Sí.

Pero ¿cómo no está ya en el penal?

-De momento en calabozos.

Se le traslada luego para que no lo tenga cerca

y para que no pueda influir y llevar por el mal camino a su hijo Raúl.

-Quiera Dios que eso signifique que no debo preocuparme más.

-Estoy seguro de que sí, y durante muchos años.

Eso es todo.

-Pues vigílenle de cerca, que ya se fugó una vez.

-Esté segura de ello, así lo haremos.

Gentuza como él ha de pudrirse en una celda.

-Espere.

Antes de que se marche, quería darle las gracias a nuestro sereno.

Cesáreo, muchas gracias por la ayuda brindada.

-No he hecho nada que no hubiera hecho cualquier otro sereno.

-Si yo le contara...

-Ya está, Carmen, se acabaron los problemas ya.

-Bueno,... casi.

Don Samuel todavía me puede despedir.

-No.

(Campanadas)

-Leonor, ¿has visto a tu madre?

-No, ha salido antes de casa para venir con doña Susana,

pero se habrán liado.

No ha ido a La Deliciosa, ¿no, Íñigo?

-Pero si hoy en la chocolatería no ha entrado nadie.

Qué desastre. Se ha quedado Flora,

pero podríamos haber cerrado.

-Fabiana, ¿has visto a mi esposa

o a mi tía Susana?

-No, no las he visto, señor.

-Gracias.

-¿Pasa algo? -No, preguntaba

por doña Rosina y doña Susana.

¿Usted sabe algo de la sastra?

-No sé. -¿Ha pedido que las busquemos?

-No. Usted tranquilo.

Le llama don Ramón.

-Cesáreo.

-Dígame, don Ramón. -¿Sabe usted

si se va a retrasar mucho tiempo? -No pasa un minuto de la hora,

pero pregunto.

-Vaya, vaya. -Disculpe.

-Mi esposa no puede estar mucho tiempo así.

-Ramón, por el amor de Dios, que estoy esperando una criatura,

que no estoy enferma.

-Los hombres siempre igual, o no nos cuidan nada o no nos dejan vivir.

-Paciencia, don Ramón. Si dice algo, porque lo dice;

si no lo dice, porque no lo dice. Silencio, que sale el padre Telmo.

Los toreros,

por lo menos, llegan a la hora en punto.

-Será muy importante

lo que va a decir, pero el monaguillo parece un cuervo.

-No sea malvada, Fabiana, que la castiga Dios.

-Quía.

Hermanos de Acacias,

buenas tardes.

Me hubiera gustado que esta homilía se pronunciara dentro del templo,

pero nos hemos visto obligados a emplearla en otros menesteres.

Sé que hay vecinos que no lo aprueban, pero es la casa de Dios

y en asuntos de Dios hay que emplearla.

Ya saben que las obras del asilo no han terminado

y que hace falta dinero.

Así que, por favor, cuento con sus generosas aportaciones.

Agradezco a algunos vecinos como la familia Álvarez-Hermoso

o la familia Palacios por su presta disposición,

pero no he venido, como muchos de ustedes creen, a pedirles dinero.

Quiero pedirles comprensión.

Miren a estas personas.

Son personas

como ustedes y como yo,

y no me refiero a que tengan dos pies, dos ojos o dos manos,

me refiero a que tienen sentimientos, sueños,

defectos, virtudes,

miedos,

como cualquiera de nosotros.

Quieren que sus hijos salgan adelante,

quieren poner comida en sus platos cada día,

quieren reírse,

cantar,...

bailar,

pero muchos de nosotros

los consideran una incomodidad.

Claro,...

llegan sin dinero, sin comida y enfermos.

Creemos que nos van a robar y que van a ensuciar nuestras calles,

y que nadie querrá venir a nuestro barrio

y consumir en nuestros comercios.

Pues a esos les voy a decir algo.

Ser cristiano no es ir a misa,

ser cristiano es ayudar al prójimo cuando lo necesita,...

los que se ponen al servicio del que lo necesita con humildad,

y es por eso

que no les voy a pedir que recen por ellos,

les voy a pedir

comprensión y cariño,

que los vean como lo que son,

como hermanos que lo están pasando mal

y a los que vamos a socorrer

con la seguridad de que ellos harían lo mismo por nosotros.

Y aunque les parezca absurdo,

no les voy a pedir que recen un padrenuestro,

no.

Les voy a pedir que les den el aplauso que se merecen

desde nuestro corazón.

(APLAUDE)

(Aplausos)

Es usted un santo, padre.

-¿Eh? ¿Qué le parece la mediación de don Antoñito?

Ha "dao" buen "resultao", ¿eh?

-Es asombroso. Cada día las hacen más pequeñas,

si no tiene ni patas ni nada.

-Si dentro de poco se va a poderlas llevar uno en el bolsillo,

como relojes.

-¿Has escuchado algo en el barrio del asunto de doña Susana?

-¿Se refiere usted a lo del dibujo del hombre en cueros?

-Sí. Buscamos novedades.

-Agustina me ha contado que hoy no abren la sastrería

porque su señora está indispuesta.

-A las puertas de la muerte tendría que estar Susana para hacer eso.

-Esto es más gordo de lo que pensábamos, Celi.

-Espera. Detente, Susana, ¡espera!

Hay algo detrás escrito, mira, mira.

(LEE) -"Tienen cinco días

para reunir el dinero, si no lo hacen,

aténganse a las consecuencias".

-Ay, ay, que sí que era una amenaza.

Que esos malnacidos van en serio.

-"Madre. -Raúl".

¡Agustina! ¡Agustina, ayúdeme!

-¿Qué ocurre, qué le ha pasado? -Que se me cae el chico.

Se ha intentado levantar y casi se me cae.

Siéntelo usted ahí.

-Sosiéguese.

Respira sin dificultad,

tan solo le ha dado un vahído.

-Raúl.

"He averiguado una pista"

que puede llevarnos a conseguir el retablo de San Miguel.

Terminó en manos de una adinerada familia de Toledo

y lo colocó en una capilla en su mansión.

Me parece una gran injusticia que semejante obra de arte

no pueda ser contemplada por casi nadie.

Hace poco que esa familia terminó por arruinarse

y ahora venden todas las obras de arte que poseen.

"¿Se ha pensado ya" qué va a ser de nosotros?

He pensado mucho en lo sucedido...

y la verdad es que no lo tengo nada claro.

Entonces, ¿qué va a pasar?

¿Nos tendremos que ir?

-"Os ruego que no volváis" a trabajar en la casa parroquial.

-Cariño,

no puedes pedirnos eso.

No podemos dejar de prestar nuestra ayuda.

Cada día hay más enfermos

y estarían desbordados sin nosotras.

Sé que no estaréis de acuerdo conmigo,

pero insisto en que no regreséis.

Temo que podáis enfermar.

"Ese cura" ha llenado el barrio de chusma.

Señor Alday,...

venga un momento.

¿Qué le trae por aquí?

No teníamos concretada ninguna reunión.

Traigo malas noticias.

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  • Capítulo 892

Acacias 38 - Capítulo 892

19 nov 2018

Telmo separa a los damnificados entre sanos y enfermos para evitar una epidemia. Retrasan la acogida de los pobres en un albergue por problemas económicos. Leonor solo ha sufrido un atropello, pero Rosina y Susana no creen que haya sido fortuito.

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  1. María

    Claro que había céntimos en el siglo pasado, y reales. Yo tengo 51 y había una monedita con un agujero pequeñito que no recuerdo si era una moneda de real o de céntimo (era muy pequeña), seguro que Rafael me lo sabe decir. Debes ser muy joven y muy atrevida también. Saludos

    25 nov 2018
  2. Felipe

    JAJAJAJA, Don Ramón está de lo mas semejante a uno de los de Stan y Laurel JAJAJAJAJ

    21 nov 2018
  3. Rafael

    Elia, "Cercando" supongo que será Servando ¿no?. Y claro que habían céntimos de peseta. En aquella época la unidad era la peseta y era de plata. No sé qué edad tienes pero pareces muy jóven; yo con 67 años he conocido el chavo (10 cts), la perra (5 cts.), dos reales (50 cts)...

    20 nov 2018
  4. Mabi

    Otra vez la peste acechando Acacias?? Antes se encargó el bueno de Germán y ahora Telmo... Rosina y su avaricia es de no creer y al igual que Susana, mucho santiguarse e ir a misa no las hace buenas cristianas, quedó demostrado en su apatía para con los pobres y enfermos..acaso se olvidó de las antenciones que recibió ella, Susana, cuando la peste le tocó. Y tuvo que ser atendida en el hospital de campaña instalado en plena calle? Como bien dice el refrán: " a cada chancho, le llega su San Martin "...

    20 nov 2018
  5. Elia

    Y lo de Cercando con las fotos, que tiene que pagar 10 o 20 CÉNTIMOS, en el siglo pasado????? Entonces no había céntimos,digo yo...vamos!!!

    20 nov 2018
  6. Betty

    JAJAJAJA, me parece que Don Ramón y Felipe deberían intercambiar sus sombreros; el de Don Ramón le queda "algo chico " en cambio el de Felipe ligeramente grande...- La" historieta" de Susana, Rosina y los parientes de Alexis, YA NO DA PARA MAS, la están prolongando demasiado.- Terminamos con un tonto certamen de repostería y seguimos con la fotografía., entre otras nimiedades y así pasan las horas.- Para mí el argumento está cambiando rumbo y de lo pasado queda poco y nada, solo falta " eliminar " a Samuel para hacer borrón y cuenta nueva

    20 nov 2018
  7. yolanda Mora Cuevas

    Apropósito de lo que estamos viviendo hoy en México con los migrantes,necesitamos un padre Telmo con urgencia

    20 nov 2018