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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 882 - ver ahora
Transcripción completa

Se trata de mi hijo, mi Raúl. -Ah, caramba, pues que sepa,

hasta el momento solo le ha dado disgustos.

-Ya, esperemos que eso sea cosa del pasado.

Creo que ha cambiado.

Verá, se ha puesto a trabajar de mozo en el mercado,

y hasta me ha desempeñado mi chal con las perras que ha ganado.

-"¿Te apetece ganar fama"

de forma muy sencilla?

-Solo tienes que enviar una receta de un postre.

-Pues qué buena idea, aunque como yo no soy muy ducha

con la repostería, me animaría más si Lolita me ayudara.

-"Perdone, madre".

No he podido librarme antes de mis obligaciones y, para compensar,

les he traído unos dulces.

-Gracias, hijo.

Mira, yo ya estaba sufriendo. -"El Peña ya no es ni un recuerdo".

Pensar que iba a atar mi vida a la de ese egoísta.

Estoy más contenta que unas pascuas. -"Susana,"

¿cómo nos vamos a marchar y dejarlo aquí tan fresquito?

-Querrás decir que cómo vamos a quedarnos aquí.

Hale, vámonos.

-Sí, sí, echando virutas, va. -Ha hecho algo inconfesable.

-Y ella lo confiesa todo.

Malo, malo. -"¿No te das cuenta"

de que nuestra ignorancia es nuestro único eximente?

Si te muestras débil y confiesas,

la deshonra y el escarnio

caerán sobre nosotras y probablemente, la cárcel.

-"No, no, madre"

y doña Susana,

ustedes no se van de aquí hasta que no me cuenten qué les inquieta.

Aguante, por favor. Enseguida vendrán a ayudarle.

Míreme.

El doctor ya está en camino.

-"Que descanse en paz".

Sí, desde luego, descanse en paz.

"Ese tal Gutiérrez podía tener relación con don Samuel Alday".

No puedo ir a comisaría con una acusación que solo se fundamenta

en especulaciones. ¿Qué está usted pensando?

Creo que sé de alguien que puede arrojar luz sobre el asunto.

"Voy a garantizar"

que ponga usted sus manos sobre el dinero de la heredera.

Esa boda se celebrará. Nadie podrá impedirlo.

"Hay un hombre muerto, asesinado".

Callar es de cobardes.

Haga lo que debe y no tenga miedo, por favor.

La providencia del Señor cuidará de usted.

No puede vivir siempre con miedo, hay que sobreponerse.

Cumpla con su deber. Sí, pero seré yo quien se enfrente

a las consecuencias. Es muy fácil hablar desde fuera.

Entonces, es eso lo que le impide decir la verdad,

solo el temor.

Reconozco que soy un cobarde.

Me avergüenza, pero no puedo evitarlo.

¿Y si soy yo quien dé la cara y en ningún momento desvelo

el origen de mis informaciones?

Piénselo y hágame caso, sería yo quien se enfrentase

a las consecuencias,

usted obraría con responsabilidad y gallardía

y no tendría nada que temer. No, cada hombre

es responsable de sus actos,

y nadie debe cargar con las consecuencias

de lo que hagan los demás. No puedo consentir que apenque

con las secuelas de mis decisiones.

¿Eso quiere decir que está dispuesto a hablar?

Sí, iré a las autoridades y contaré

lo que sé. Es mejor que usted se mantenga al margen.

No, estaré de su lado.

La obligación de un hombre es ser responsable,

la de un sacerdote es acompañar al que sufre y aligerarle el peso.

Me presentaré en la comisaría y desvelaré lo que sé

sobre la muerte de Gutiérrez.

Mañana mismo lo haré.

¿Y por qué no hoy?

Bueno, debo ordenar mis ideas.

Si habla, ayudará a ese hombre a descansar en paz.

Su paz a cambio de la mía,

dudo que pueda volver a conciliar el sueño durante una temporada.

No tema, al contrario, cumplir con el deber de la justicia,

tanto de la divina como de la humana,

otorga una tranquilidad difícilmente comparable

a otras. Contará siempre con mi apoyo.

Se lo agradezco, padre, sin usted no habría sido capaz

de tomar esta decisión.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Vamos a acabar con esta pantomima de una vez por todas.

De aquí no se va ninguna de las dos hasta que me digan qué ocurre.

-¿Qué va a ocurrir? Nada. -Madre, no me venga con monsergas.

Su actitud no es normal.

-¿Y cuándo lo ha sido, Leonor?

Tu madre siempre ha sido un poco extravagante.

-¿Extravagante? Esto ya pasa de castaño a oscuro.

-Que sí, Rosina, siempre has sido más rara que un perro verde,

eso no quita para que pase nada del otro mundo,

en absoluto.

-A ver, madre, doña Susana tiene algo de razón en sus rarezas,

pero es que incluso ahora, su actitud está siendo inaudita

para usted. -Como me enfadéis, no respondo.

-Ahora mismo me van a decir

las dos qué está pasando en esa academia de arte.

-Pues nada, ¿qué va a pasar?

Es una academia de dibujo, pues se dibuja.

-Ya, ¿y qué más?

-Dibujos especiales.

Quiero decir, dibujos al alcance de pocas mentes privilegiadas.

-¿Qué quiere decir? -Nada

de lo que avergonzarse.

El profesor, don Venancio, ha considerado

que somos sus mejores alumnas

y nos ha ascendido de nivel,

a una clase que solo van profesionales.

-Ah.

¿Y...?

-Pues que tu madre no os lo quiere contar.

-¿No quiero?

-No, Rosina, no quieres,

tú misma me lo has dicho,

¿no te acuerdas de lo del cuento del cántaro y la fuente?

-El cántaro y la fuente, claro.

-Pues...

don Venancio está seguro

de que tenemos futuro como artistas,

ella mucho más.

De mí dice que tengo una técnica muy buena,

pero no tengo la genialidad de Rosina.

-Pero eso es maravilloso. -Pues tu madre

no quiere decíroslo, ni a ti ni a Liberto,

por si os desalentáis,

por si todo queda en nada, que no os llevéis una decepción.

-Y lo del cántaro y la fuente,

que tanto va el cántaro a la fuente, que se rompe.

-Ya, madre, ya conozco el cuento. -El mundo del arte

nos ha avisado don Venancio de que es de una competitividad feroz.

-Sí, lo mismo pasa con el mundo de las letras.

¿Qué me van a decir que no sepa?

-Hay gente que tiene mucho talento y se queda en el camino.

Por eso no queríamos decírtelo,

para no desilusionarte. Sobre todo ella.

-Ay, madre, pero

¿cómo me va a desilusionar usted?

Si es que para mí, lleguen a colgar sus cuadros

en El Prado o no, para mí será la mayor artista

de España. -Ay, gracias, hija.

-Bueno, pues ahora ya lo sabes, pero no se lo digas a Liberto,

que ni tu madre ni yo queremos crearle

falsas esperanzas. -No se inquieten, seré una tumba.

¿Ven como no es tan difícil decir la verdad?

Ay, anda,

vayan, vayan, no vayan a perderse esas clases tan especiales.

Nos vemos luego. -(SONRÍE)

-Susana,

¿de verdad que don Venancio te ha dicho que cree que tengo

mucho porvenir como artista?

-Ay, Rosina, a veces pienso que no tienes entendederas.

-En la primera parte del libro están las recetas de siempre.

La leche frita, el flan, las natillas, el arroz con leche.

-Uy, ya le digo yo que no hay un arroz con leche

mejor que el que yo preparo.

-El que preparo yo.

-Bueno, a lo mejor, que yo eso no se lo discuto,

que las de nuestra época aprendíamos las cosas como Dios manda.

Ay, ojalá tuviéramos hijas para enseñarles todo lo que nosotras

hemos "aprendío".

-Usted tuvo una. -No me imagino yo

a mi Anita con un delantal y entre cazos.

Mi hija no era de esas.

-Algún día me tiene que contar la historia entera.

-Bueno, entera,

entera ni yo misma me la sé.

Se tendría que contar entre todo el barrio

y, aún así quedarían lagunas.

-Hablando de barrio, esta mañana

vi al sereno, al señor Cesáreo, hablando con el padre Telmo.

Me da que está más afectado

por la muerte del cochero que lo que aparenta.

-Algo raro hay ahí, sí. -Me gustaría poderle animar.

-Agustina, eso dice mucho bueno de usted.

Después de todo lo que le ha hecho pasar, se preocupa por él.

-Alguien tiene que perdonar primero, ¿no?

-Entonces, le vamos a hacer el mejor postre

de toda la ciudad, y se lo dejaremos probar al sereno.

Verá como le endulza el carácter.

-Con eso le alegramos la vida a Cesáreo, desde luego.

O con natillas,

de las de galleta encima.

-Sí, endulzaremos al sereno, pero no ganaremos el concurso

de la editorial Nolaste.

¿Sabe lo que hay que hacer, Agustina?

Inventar.

-Pero con cabeza. Que si hay una docena

de postres que han sobrevivido siglos y siglos,

por algo será. -Pues eso, un postre tradicional

de esos que comieron los abuelos de los abuelos,

pero "presentao"

de otra manera. ¿Qué le digo yo?

Por ejemplo, una tarta de arroz con leche.

-Vaya idea buena.

A pensar en eso voy a dedicar la tarde, y ahora me voy,

que tengo que abrir la sastrería. Luego hablamos.

-Luego.

-Qué pinta tiene todo esto, Fabiana, ¿vas a preparar un postre?

-Quía, doña Trini, el señor no me deja "pa" que usted

no se lo coma a dos carrillos.

Pues no, no es eso, estaba buscando

recetas para un concurso que hace la editorial Nolaste,

¿no se ha "enterao"? -Sí, algo he oído,

que la receta que gane aparece en la nueva enciclopedia, ¿no?

-Sí. Con el nombre y el retrato de la ganadora.

-¿Con el retrato?

-Ajá. -Uy, Fabiana,

eso no me lo pierdo yo, vamos.

¿Sabes lo que estoy pensando?

¿Por qué no nos presentamos juntas con un postre de Cabrahígo?

-Señora, a mí me da mucha lástima decirle esto,

pero es que yo ya tengo compañera para el concurso.

La "señá" Agustina.

-Anda, vaya, pues voy a tener que buscar a otra persona,

porque, vamos, mi Cabrahígo

no se queda sin aparecer con sus postres

en esa enciclopedia, vamos, ni hablar.

-Si estuvieran nuestras mujeres presentes,

deberíamos moderar nuestro discurso, pero estamos entre hombres

y debemos hablar sin tapujos.

Me parece muy bien que el gobierno de España quiera pararle los pies

a la Santa Sede. Estoy completamente de acuerdo.

Han sido siglos de abusos de su poder.

-Y yo, no cabe duda, no sé por qué yo tengo que pagar los impuestos

de mi negocio y la Iglesia no tenga que cotizar,

ni a las arcas municipales, por sus propiedades.

-No es tan fácil, señores.

No me va a decir que creer usted que la razón

está de parte del Vaticano.

La soberanía del pueblo español está por encima de todo,

incluida la Iglesia.

-Escuchemos a don Felipe, que seguro que está de acuerdo conmigo

en que agitar el avispero es un error,

y eso es lo que está haciendo el gobierno

con la Iglesia. -Estoy de acuerdo y no, don Ramón.

No digo que no piense igual que ellos,

tan solo digo que arreglarlo, no será tan fácil como proclamar

que lo que se ha hecho hasta ahora no vale,

que hay leyes y concordatos. -En ese caso,

el gobierno debe adoptar una posición, derogar las leyes

y renegociar los concordatos.

Lo que no puede ser es que las órdenes religiosas

no respondan a las mismas leyes que todos los españoles.

-Y si hace falta romper con el Vaticano, se rompe, señores,

no será la primera vez. -No sea usted tan exaltado, Íñigo,

al final vamos a pensar todos que es usted un radical.

Pues yo estoy de acuerdo con Íñigo.

Imaginemos que el padre Telmo, que pertenece a una orden,

la del Cristo Yacente, delinquiera.

¿Acaso no tendría que enfrentarse a un tribunal

como cualquiera de nosotros? Lo haría,

ante un tribunal eclesiástico.

Que están formados por miembros de su orden

y le protegerían. Por Dios, señores,

hablan ustedes como si cada día hubiera un sacerdote delinquiendo.

Más de los que usted cree, don Ramón.

No es el caso del padre Telmo, afortunadamente.

Les garantizo que,

pertenezca o no a una orden, es un ciudadano cabal

y respetuoso con la ley.

-Sus misas no son tan aburridas como otras.

(RÍEN)

Esperemos que no infrinja la ley, porque nadie podría protegernos

de él.

¿Tiene algún conocimiento de que eso esté pasando?

No, en absoluto.

-Espero que el suyo no sea un caso de antipatía personal.

No es santo de mi devoción, pero tampoco tengo nada en su contra.

-Es un hombre bueno, y además es un buen vecino,

por mucho que mi esposa se quejara

de su tardanza en celebrar una misa,

cuando pensaba que nuestro hijo iba a salir pelirrojo.

Qué perra cogió. Pensaba que se le había aparecido

san Dimas en sueños diciéndoselo.

-(RÍEN)

-El caso es que su opinión contraria a él no es la única, Samuel.

El otro día vi al padre Telmo

acercarse a mi esposa y a Lucía en la calle.

Y Lucía prefirió alejarse de él. -Sí, sí,

nunca se sientan juntos en la chocolatería,

y eso que el padre Telmo lo ha intentado alguna vez.

Con la buena relación que entablaron cuando el padre llegó al barrio.

-Quizá sea cosa de mujeres y de su proverbial volubilidad.

-Amén.

-Aquí tiene, el misal. -¿Dónde estaba, que no lo veía?

-Pues se ha caído de la mesilla, con tan mala suerte, que se ha "quedao"

junto a la pared, de pie, por eso no lo veía ni "encuclillándose".

-¿Lucía?

Lucía.

Vamos, que no llegamos a misa.

No pasa nada por no ir un día.

Es que estoy leyendo unos libros de restauración

y no quiero distraerme. Ah.

Si te oyera Susana.

Ir a misa no es distracción, es el punto fundamental del día,

eso te diría. Por encima de los libros.

-Perdone, doña Celia, es que se me ha hecho tarde

y quiero ir al "mercao". ¿Puedo? -Ve, ve tranquila.

¿Qué ocurre, usted tampoco va a misa?

Quiero que me cuentes por qué no vas a misa.

Si es por el padre Telmo. No.

No. No, al contrario,

el párroco me parece un hombre maravilloso.

De hecho, es uno de los pocos que no me hacen dormir con su sermón.

Lucía, no me engañes, antes he visto cómo evitabas hablar con él.

Se equivoca, prima. De verdad, que son imaginaciones suyas.

Aunque no te lo parezca, no me chupo el dedo.

Que no me lo quieras contar, asunto tuyo es,

pero que no ocurre algo no me lo creo.

Bueno, olvídese de eso

y dígame, ¿qué opina de Alicia?

Ah, pues apenas he hablado con ella,

no la conozco. Aunque ya sabes que coincidimos

Felipe y yo en la calle.

Me ha dicho que le ha dejado sus señas.

Sí. ¿Podría dármelas?

Es que quiero hacerle una visita

y consultarle unos asuntos de restauración de arte.

Claro, sí.

Gracias.

-Es muy curioso cómo en las tertulias masculinas

cada uno expresa sus ideas sin censura.

Si hubiera mujeres delante, desde luego, no sería así.

-Lo mismo ocurre entre mujeres,

lo que dicen sin presencia masculina es mucho más sincero.

-Uh, me encantaría escucharlo por un agujero.

-Te escandalizarías, te lo aseguro.

Aunque reconozco que me hubiera gustado estar en la tertulia

vuestra de esta tarde. -Pues en este caso te aburrirías.

Hemos estado hablando de las relaciones entre el gobierno liberal

y la santa sede. -¿Sí?

-Sí.

-Yo creo que España tendría que romper relaciones,

hasta que el Vaticano no someta sus órdenes religiosas,

en este país al menos,

al derecho común. -Eso mismo pienso yo, Leonor,

ni concordatos ni gaitas.

Sin embargo, don Ramón y don Felipe son menos radicales.

-¿Ves? A mí me gusta discutir estos temas

y no las nuevas telas que vienen de París.

(SUSPIRA)

He tenido la mala suerte de nacer mujer en un país de retrógrados.

Menos mal que poco a poco las cosas van cambiando

y ya puedo empezar a acudir a algunas tertulias

de política femenina.

-Y ya sabes que cuentas a tu disposición con este salón

si quieres organizar tertulias.

-¿Aquí? -Sí.

-¿Radicales y sufragistas femeninas? A mi madre le da un síncope.

No, ya buscaré

otras en otras partes de la ciudad.

-A tu madre solo le preocupan sus clases de dibujo.

-He quedado en que guardaría el secreto, pero te lo voy a decir.

Resulta que a mi madre y a doña Susana

las han pasado a las dos a un curso especial,

como un curso para profesionales con gran futuro en el arte.

-Qué bien, ¿no?

Pero ¿por qué no han dicho nada?

-Porque mi madre dice que no quería hacerse ilusiones en vano.

-No, Leonor, no me cuadra ese comportamiento en tu madre.

Ella lo hubiera publicado en el periódico.

-Estoy de acuerdo.

Y mira esto.

Está firmado por Rosina.

Rosina.

¿A ti te parece que este dibujo es de alguien que tiene gran futuro

en el arte? -A ver, no está mal,

pero de ahí a exponerlo en un museo, pues no.

-A mí cuando me lo dijeron, por un momento pensé que el profesor

había visto algo que yo no era capaz, pero que no, Liberto,

que este dibujo no es de alguien que haya nacido

para los pinceles.

(Se abre una puerta)

-Buenas noches. -Buenas noches, mi amor.

¿Qué, cómo han ido esas clases?

-Muy bien, muy bien.

¿Sabéis si Casilda está preparando ya la cena?

-Pero antes, cuéntenos, madre, ¿qué ha tenido que dibujar hoy?

¿Un bodegón,

un paisaje? -Cosas,

dibujamos cosas. Vaya pregunta.

-Pero ¿es que no hacéis nunca un retrato?

-¿Esto qué es, un interrogatorio?

Dibujamos lo que dibujamos, y ya está.

-Lo que yo te digo, está rara,

está muy rara. -Pues sí,

o eso o que ya estás con tu mente fantasiosa

de escritora. -Ya nos enteraremos.

-Pues no, yo tampoco sé lo que le gusta a Cesáreo.

-¿Se da cuenta de que ninguno lo conocemos?

Hace rato hablaba con Fabiana de cómo sacarle una sonrisa

y solo se nos ocurría darle a probar el postre que hagamos

para el concurso.

-Y ahora que saca usted el tema de Cesáreo, tampoco entiendo por qué

hay que hacer nada para animarle. -Está muy afectado.

Yo le veo triste,

y creo que siempre que se pueda ayudar, hay que hacerlo.

-Hala, solitario terminado. Yo creo que en esto

soy el mejor de España, bueno, y del mundo, en esto de hacer solitarios.

-Sí, pero con trampas, Servando, que le he visto.

-¿Trampas? Mucha maledicencia

es lo que hay aquí.

-Servando,... -¿Qué?

-¿Usted sabe lo que le gusta a Cesáreo?

-¿Qué le gustan a las lagartijas? Arrastrarse

por el suelo, pues eso. -No sea usted mala persona.

-Pues le gusta

rebuscar en la basura, reírse de las desgracias ajenas,

hacer mal, ¿quiere usted que siga?

No merece ni un minuto de mi tiempo.

-Lo afectado que está por la muerte de ese cochero,

es señal de que no es tan mala persona como usted cree.

-Bueno,

si está afectado, es porque algo le habrá hecho,

que Cesáreo es lo peorcito

que ha pisado estas calles, incluyendo a Úrsula.

-Úrsula ya no se mete con nadie.

-Bueno, que le den una oportunidad y ya verá usted.

El que nace con mala entraña, es malo para siempre.

-Cesáreo hoy estaba siendo consolado por el padre Telmo en plena calle,

imagine cómo le vería.

-Poco me importa lo que le ocurra a ese.

Además, deberían ustedes pensar en lo que les ha hecho

y sentir lo mismo que yo, desprecio.

-Servando, perdonar es de cristianos.

-Bueno, pues en este caso, si por mí fuera, yo soy infiel, y hala,

marcho,

que no me apetece estar escuchando más oír hablar de esa rata.

Con Dios.

-Hagamos lo que hagamos, no cuente usted con el portero.

-Servando es un pedazo de pan, al final perdonará

y se unirá a nosotras.

Lo que tenemos es que pensar en un plan

para alegrar a Cesáreo.

-Con eso que van a organizar, ¿va a haber merienda?

-Claro.

-Ah, pues entonces igual me quedo, pero a la merienda nada más, ¿eh?

Yo a ese no le alegro nada.

La única alegría que me daría sería mandarlo lejos de este barrio.

Con Dios otra vez.

-"Pa" mí que se nos ha ido la cabeza compra que te compra.

-Pues ya me dirás cómo vamos a hacer un postre

sin materias primas deliciosas. -¿Tanta mermelada, mujer?

Pues mejor un postre

con lo que se ha "usao" "toa" la vida: harina, azúcar,

huevos, algo de fruta y para.

-Y con eso haces un postre con el que te chupas los dedos,

pero no con el que ganas un concurso.

¿Sabes lo que es un napoleón?

-"Pos" "pa" mí que es un emperador, pero no me hagas mucho caso,

que yo en la historia estoy muy pez. -Sí, y también es una moneda de oro,

pero no es ni el emperador ni la moneda lo que me interesa.

Un napoleón es un pastel con varias capas.

-¿Como un milhojas?

-Pero con menos capas, como tres o cuatro. Algo así.

A ver... Primero,...

pones una capa que soporte las cremas.

Después, una capa de crema,

después otra de lo de antes, de galleta o algo así,

otra de crema y, acabas con...

una capa dura con azúcar por encima.

-Ahí va. Y eso es un napoleón.

-Lo que tenemos que pensar es de qué hacemos la capa dura

y la blanda. La capa dura,

de galleta y mantequilla.

Y la capa blanda...

de fresas con nata.

-O placas de hojaldre y confitura de higos.

Sería muy moderno

y muy de Cabrahígo. -Eso es,

lo has captado a la primera. Vamos a ganar.

-¿Y por qué se llamará napoleón? Qué cosas.

Bueno, probamos varias y la que más nos guste...

-Ay, por fin.

Lolita, que te estaba buscando. -Pues ya me ha "encontrao".

Que... ¿Has oído ya lo del concurso de postres?

-¿Y quién no?

-Pues nada, que vamos a inscribir el nombre de Cabrahígo

en ese premio, ¿no?

-Ay.

La cosa es que ya tengo pareja, que me he "apuntao" con Flora.

-¿Qué?

-De haber "sabío" que usted quería apuntarse...

Que ya hemos "echao" la solicitud.

-¿Sabes qué? Que me parece una traición, a mí y a Cabrahígo.

-Uy. -Tampoco se ponga así,

se lo puede preguntar

a alguna señora, a ver si quiere concursar.

-¿A una señora, Flora?

Las señoras no saben hacer pasteles. Además, las señoras de este barrio

no saben ni dónde tienen ubicada la cocina en su casa.

Bueno, no importa, Lolita, por esta vez te voy a perdonar,

porque lo haces por Flora,

para que se anime porque el Peña la ha abandonado.

-Eh, el Peña es agua pasada

que no mueve molino, hoy ni siquiera me he acordado de él en todo el día.

-¿Estás segura de eso? ¿Ya no lloras por las esquinas?

-Que no, que ese hombre para mí ni existe.

Que disfrute del África

y que se quede allí. -Uy, muy radical me parece eso

para que sea cierto.

Pero bueno, tampoco me importa,

que a partir de ahora sois mis enemigas

del concurso y, yo al enemigo, ni agua.

Ah, y otra cosa,

mi postre va a ser mucho mejor que el vuestro.

Con Dios.

-Uh, cómo se ha puesto doña Trini.

Solo espero que no malmeta con mi Antoñito.

-No creo, es todo teatro. En verdad le da igual.

-Que no, que no, que no sabes cómo se pone doña Trini

cuando quiere ganar un concurso, como una hidra.

Bueno, en fin. A ver el chocolate.

(BOSTEZA)

-Casilda, espabila, que se te pegan las sábanas, venga.

-Que sí, que sí.

Ay, es que es injusto tanto madrugar, ¿eh?

La culpa la tienen los gallos,

y esa manía que "tien" de cantar.

Si no fuera por ellos, el mundo sería un lugar mejor.

-Siéntate, que tienes aquí achicoria caliente y una rebanada de pan.

-Y ponle un poco de aceite, verás que el día se ve bien distinto.

Venga.

-Es que hay que jeringarse,

¿qué más le daba a mi señora levantarse

una hora más tarde, si total, no va a hacer "na" en "to" el día?

Ay, y es que ya lleva días así,

con lo feliz que era yo cuando ella amanecía

cuando "to" el barrio estaba ya "cansao" de faenar tanto.

-Ay, Casilda,

si te acostaras a tu hora y no te quedaras mirando las musarañas,

ahora no te costaría tanto.

(Suena una campanilla)

-Pues vaya, esa es la tuya, Casilda.

Ya tienes a doña Rosina dando guerra.

-No me deja ni desayunar esta mujer, ¿eh?

Si es que qué le importa, "pa" no hacer "na",

¿qué más da levantarse a las siete

que no hacer "na" a partir de las ocho?

Que tengan ustedes un buen día. -Ay, lo mismo, hija, lo mismo,

pero espera, no te vayas con la tripa vacía.

Coge la "tostá" y te la comes por las escaleras.

Venga.

-Ay, esta Casilda, siempre tan perezosa por las mañanas.

Aunque últimamente, la pobre, siempre es la primera en salir.

-Hoy no, Carmen,

hoy ha sido su hijo el que ha "salío" bien al alba.

-Sí, ni las burras de la leche habían pasado.

-Hay que ver, ¿quién nos iba a decir

que iba a pegar ese cambio tan grande, verdad?

De tener pereza "pa" "to",

ha "pasao" a ser el primero en marchar.

Es "pa" estar orgullosa,

Carmen. -Ay, Fabiana,

me hubiese gustado darle otra vida,

para que se pudiese levantar

a las tantas, como los señores y, dedicarse a la vida

del ocio y del lujo, pero no era lo previsto para nosotros.

-Ay, el hombre propone y Dios dispone.

-Y hay que dar gracias a todo, te toque lo que te toque.

Pero bueno, cuando se le pase la influencia de su padre,

será más feliz.

-Su padre.

Bien guapo tuvo que ser

"pa" engatusarla a usted, Carmen, que también es bastante lista.

-Lo era, Fabiana, lo era,

por eso le llamaban el Adonis,

pero vamos, todo fachada,

feo por dentro como la traición.

Debería hablar con mi hijo,

para ver si se da cuenta de quién es su padre.

-Y qué mejor momento que ahora que están ustedes de buenas.

-La verdad... es que me da miedo dejar de estarlo.

Para un momento de paz que tenemos, mejor vivirlo y ya está, ¿no cree?

-Yo hablaría, Carmen, pero usted es muy libre de hacerlo

cuando le parezca bien.

(Suena una campanilla)

-Pues esa es la mía, don Samuel.

Que tenga buen día, Fabiana. -Igualmente, Carmen.

(Pasos)

-¿Por qué tienes que levantarte tan temprano?

-Ay, querido, es que ya sabes cómo soy, me va en épocas.

Hay semanas en las que no hay quien me levante,

y otras en las que me caigo en cuanto asoma un rayo de sol.

(RÍE)

-¿No será que te preocupa algo? -Ay, Liberto, no, de verdad,

Leonor y tú todo el santo día igual.

-A las buenas "madrugás", don Liberto

y doña Rosina. -A quien madruga, Dios le ayuda.

¿No lo habías oído nunca?

-Sí, sí, sí, pero también he "escuchao" ese de:

"No por mucho madrugar amanece más temprano".

Y la verdad es que me parece mucho más real.

-A mí también.

-Pero a esta hora del día,

la calle está mucho más bonita. Vamos a la cocina,

a ver qué me apetece desayunar.

Vamos a desayunar tortas de anís. -Qué bien.

Este es tu cuaderno de dibujo, ¿no?

-Sí, sí, pero está mal mirar las cosas de los demás.

-Está vacío.

-Sí, es que es nuevo, lo compré ayer.

-¿Con las páginas arrancadas?

-Sí, es que se las presté a una compañera muy despistada

que se dejó su cuaderno en casa, no tenía papel.

-Rosina, quiero ver tus dibujos. -Cuando considere que valen la pena.

-Hale, aquí están, las tortitas y el chocolate.

Anda, señora,

¿le iba a enseñar al señor los dibujos?

La verdad es que son la mar de procaces,

pero son tan bonitos.

-Ya has dejado el desayuno, muy bien,

a la cocina. Va.

Venga, Liberto, tú y yo a desayunar, tortas de anís, muy ricas,

venga, venga.

¿Sabes qué? Que Casilda me levanta dolor de cabeza, me voy a la cama.

-¿Y la señora?

-Se ha ido a acostar otra vez. -Arrea,

y "pa" eso me hace a mí pegar el madrugón, ¿no?

Hay que ver. Señor,

usted se está ganando el cielo,

el cielo, don Liberto.

Los papeles los vamos a meter en cajas.

Cuando tenga un momento, los miraré y haré una limpieza.

Sí, señor.

Las herramientas puedes guardarlas en el armario.

Lo llevaremos al trastero.

Como usted mande. Y a última hora de la mañana

vendrá un grupo de operarios para llevarse el resto de los muebles.

El despacho debe quedar vacío y limpio, como los chorros del oro.

¿Puedo hacerle una pregunta, señor? Adelante.

¿A qué va a dedicar el espacio del despacho?

Eso es algo que sabrás a su debido tiempo.

Disculpe por ser tan indiscreta.

Ahora mismo limpio y vacío el despacho. Y una cosa más.

Dime. Si a usted no le molesta,

me gustaría ausentarme unas horas.

¿Ha ocurrido algo con tu hijo?

No. Gracias a Dios.

Mi hijo parece más centrado. Es por Cesáreo.

¿Qué ocurre?

El hombre anda alicaído

después de la muerte del cochero.

Yo creo que el hecho de que el asesinato fuese en una de las calles

que él vigila, le ha dejado muy afectado.

No creo que eso sea su responsabilidad.

Ya, pero así lo piensa él. Hasta se ha acercado al padre Telmo

para que le dé consuelo, siendo que no es un hombre muy religioso.

No sabía que el sereno no fuera un hombre de misas.

Bueno, yo tampoco sé si va a misa o no, señor,

pero Agustina vio cómo el padre Telmo le daba consuelo en la calle.

Ya.

¿Y qué pretendéis hacer? Nada, algo sencillo, una merienda,

para que sienta el afecto de sus compañeros.

Por supuesto.

Espero que consigáis

sacarle una sonrisa a ese hombre.

Regresaré tras la merienda, a prepararle su cena.

Ah, no te preocupes, Carmen, si me dejas preparada una cena fría,

me apaño.

Gracias, señor.

Y ahora, a limpiar el despacho. Por supuesto.

-¿Quiere probar la mermelada de naranja,

padre? -¿No tienes de fresa, hijo?

-Pero no sea tradicional,

que la de fresa la puede comer cualquier día.

Hoy tenemos naranja normal, naranja amarga, tenemos pera, melocotón,

manzana

y piña. -¿Mermelada de piña?

¿Esto está rico? -No lo sé.

Bueno, tampoco se pierde nada

si no la prueba.

-A ver, déjame probar la de melocotón.

¿Y se puede saber de dónde ha salido tanta mermelada junta?

-Las compraron Lolita y Flora

para el concurso de postres, pero se han decantado por la de higos.

-Hijo, ese concurso de postres nos va a traer más de un quebradero

de cabeza. Sabes que Trini

quería participar junto con Lolita para hacer un homenaje a su pueblo.

-Ya, si ya me he enterado, pero Lolita se había comprometido ya.

-¿Y no puedes hacer que cambie de idea?

-¿Yo?

¿Y meterme en asuntos femeninos que ni me van ni me vienen?

Ni que hubiera perdido el oremus. -Aunque solo sea por ayudarme, hijo.

-Padre, si yo no me meto y ganan, perfecto,

y si pierden, no tendría culpa.

En cambio, si me meto y pierden, ya todo serían reproches,

que si yo dije esto, lo otro, que no.

Lo mejor es que a uno le llamen andana.

-Antonio, piensa en el hijo que está esperando Trini,

va a ser tu hermano.

Ya sabes lo temperamental que puede llegar a ser mi esposa,

y ella quería participar en este concurso y si no participa,

se va a disgustar,

y si se disgusta, vamos a acabar por pagarlo todos,

empezando por tu hermano. -Bueno, pero ¿no se puede presentar

con Celia o con Rosina? -Ya se lo he dicho,

pero ninguna de las dos sabe cascar un huevo.

-Es que parece mentira que me proponga esto,

sabe que Lolita le ha dado su palabra a Flora y la va a mantener.

Nosotros lo que tenemos que hacer es probar todas las mermeladas

y los postres y punto. Y si no nos gusta, nos aguantamos.

-Hijo,

la vida de tu hermano está en juego,

incluso antes de que nazca.

-Ramón, ya tengo compañera para el concurso.

-¿Ah, sí? Qué bien, ¿y quién es, Celia, Leonor?

-Casilda.

Vamos a ganar.

-Bueno, yo,

evidentemente, voy a apoyar a Lolita,

por muy buenos que estén vuestros postres.

-Lo entiendo. Todavía no sabemos bien

qué vamos a hacer, pero yo ya sé cómo se va a llamar.

"Suspiros de Cabrahígo", ¿eh?

-Hijo, ¿qué haces aquí?

-He tenido unas horas libres y decidido venir aquí a descansar.

-Pero ¿te encuentras mal? -No.

Es solo que el trabajo en el mercado es muy duro.

Y prefiero venir y echarme, que andar de taberna en taberna

como hacen mis compañeros. -Bien hecho.

¿Te importa si hablamos un rato?

-No. Siempre que pueda seguir tumbado.

-Quería hablarte de tu padre.

De los problemas que hubo entre nosotros y...

del motivo por el que me marché de casa.

-No tiene que decirme nada, madre, ni darme explicaciones,

nunca las entenderé.

Prefiero quedarme al margen. -Pero quiero que sepas la verdad.

Yo me casé enamorada de tu padre,

aunque todos me decían que no lo hiciera,

porque sería un mujer infeliz.

Me advirtieron de que era un mujeriego,

que le gustaba el juego, las juergas,

pero yo era tan inocente que,

estaba segura de que eso cambiaría.

-Esa es su versión, madre. -Ya.

Y no me extrañaría que tu padre te hubiese dado otra,

por eso creo que tengo derecho a ofrecerte la mía.

Javier ni siquiera disimuló.

El día después de la boda, se fue de juerga

y no volvió a casa a dormir.

Yo creí que le haría cambiar,

pero no lo logré, está claro.

Apuestas, no dar un palo al agua,...

y entonces me quedé en estado.

Y naciste tú. -¿Va a decirme que es mi culpa

por lo que no se marchó usted entonces?

-No, hijo,

si hay alguien que no es culpable de nada, ese eres tú.

Yo seguí esperanzada

de que crecieras con un padre y una madre que te amasen,

pero... cada día se complicaba más.

Y a veces,...

solo vivíamos de lo que podíamos empeñar.

-Yo no recuerdo eso. -Claro que no,

eras muy pequeño,

y yo te ocultaba que el dinero se iba acabando,

y mi dote también.

-Parece fácil hablar de eso, años después, y sin pruebas.

Fue usted quien le delató.

-No me quedó más remedio. -Era su marido.

Podía fugarse, pero no poner tras sus pasos a sus acreedores.

-Era o él o yo,

o nosotros,

así de fácil,...

pero él logró convencerte

de que yo era la mala, la traidora,

y me arrebató lo que más quería.

A ti.

-No me amaría tanto si me abandonó.

-Te voy a dar una cosa.

¿La recuerdas?

-¿Debería recordarla?

-Te la coloqué el día de tu bautizo,

pero quise llevármela conmigo el día que huí.

Lo he vendido todo para salir adelante.

A veces, hasta he pasado hambre,...

pero nunca me he querido deshacer de esa medalla.

Hijo.

-Muy bien, ahora los marcamos, con una tiza,

para no ensuciar la tela,

y luego se pasa un cepillito y se queda como nueva.

Verás, te muestro cómo.

-Doña Susana,

no es por no venir a trabajar, que sabe que me encanta,

y más cuando me enseña el oficio,

pero es que quería pedirle dos horas libres esta tarde.

-¿Y eso?

¿Nada menos que dos horas?

-Es por Cesáreo, el sereno, que como anda desanimado el hombre,

queremos hacerle una merienda en el altillo.

Yo le recupero las dos horas en otro momento.

-Esas cosas

se hacen el domingo para no tener que pedir horas libres.

Ve, anda, pero no te acostumbres.

¿Has visto...

cómo las estoy marcando?

-¿Se corta ya?

-Sí, cortemos estas dos. Voy a por las tijeras.

Pero mira cómo están marcadas, que el próximo traje lo marcarás tú.

Yo haré los arreglos con las medidas, pero lo marcarás tú.

-Buenos días.

¿Doña Susana, por favor? -Ha entrado en el taller,

¿quiere que la avise? -Por favor.

-Si me permite.

-Agustina.

Dile que no estoy.

-Pero si ya le he dicho que está. -Da igual, invéntate algo,

pero que se vaya. Venga, ves.

-Pues resulta que no está, que ha salido.

-¿Por dónde?

-No lo sé, supongo que por la puerta de atrás, que da al portal.

A veces la usa.

-¿Y no tiene idea de adónde ha podido ir?

-No, no tengo ni idea.

¿Por qué no mira en la chocolatería?

Quizá haya quedado allí con alguna señora a tomar un chocolate.

-Gracias.

Por el amor de Dios, padre Telmo, no hace falta que avise

para venir a mi casa, las puertas están abiertas de par en par

para usted. Se lo agradezco.

¿Quiere beber algo? Me conformo con un vaso de agua,

si no es mucha molestia.

Por supuesto que no, bien barato que me va a salir usted, desde luego.

Es agua fresca, acabada de traer para mí.

Muchas gracias.

Dígame, padre, ¿a qué se debe su visita?

A ver, no hay un motivo acuciante,

es solo que creo que debo estar en contacto con los feligreses

y conocer sus problemas y sus ideas.

He empezado por usted, pero voy a visitar

todas las casas de la parroquia.

Qué gran honor me hace usted. Visitaré a pobres y a ricos,

creo que uno de los deberes más importantes de un párroco es,

es enterarse de las dificultades y ayudar si está en su mano.

Ojalá todos los sacerdotes fueran como usted.

El anterior párroco que teníamos era un hombre mayor y, prácticamente

nos ladraba cuando aparecíamos fuera de las horas de oficio.

Eso me han contado. De ahí estas visitas.

La iglesia está abierta para todos y a todas horas.

Años llevaba esperando oír eso.

En cuanto a problemas, ya se puede imaginar que en esta casa

no los tenemos, problemas económicos, me refiero.

Pero tal vez conozca situaciones difíciles.

Quizá por vergüenza de los que las padecen,

no se comenten en el barrio.

Yo no, pero quien puede ayudarle en esto es mi marido.

Por su trabajo de abogado recibe peticiones de ayuda de todo tipo.

¿Y podría hablar con él? Y, ya de paso, con su prima Lucía.

Lo siento, pero ahora no está ninguno de los dos en casa,

aunque Lucía no creo que tarde en llegar, ha salido a pasear.

¿Le importa que la espere aquí mientras me comenta

lo que ha observado entre las familias del barrio?

Yo encantada, pero voy a prepararle un café,

y así hablamos más tranquilos.

Ya estoy aquí, padre.

-Cesáreo, Cesáreo.

A los buenos días, ¿qué, cómo va? -Apresurado

a resolver un asunto, así que disculpe que no me quede de charla.

-Ay, no, solo le entretendré un momento.

Esta tarde nos reuniremos en el altillo.

-¿Quién? -Los criados.

-Yo no soy criado. -Bueno, los criados

y demás personal, excepto los propietarios.

-¿Y eso para qué?

-"Pa" temas que nos atañen, y contamos con su presencia,

así que no puede faltar. -No sé si podré ir.

-Sí señor, tiene usted que ir, no aceptamos excusas,

trataremos también temas de su incumbencia, ¿eh?

-Vaya, ¿son para mí?

-Para la iglesia más bien, pero si usted quiere una, tenga.

-Mira, la primera vez en mi vida que me han "regalao" una flor.

-¿Y qué va a hacer con ella? -Pues un poquito de aceite,

un poquito de vinagre, un poquito de sal y, quizá,

un poquito de cebollita con un ajo. -No diga barbaridades, Servando.

-No, mujer, que era chanza. No, seguramente

la pondré en un vaso, como hacía mi santa esposa

cada vez que le regalaba un ramo. -No me diga que usted

le regalaba flores a la señora Paciencia.

-Sí, todas sus onomásticas,

sin faltar una,

pero vamos a dejar ese tema, que no quiero meterme en negruras.

¿Qué, le va a pedir al Santísimo algo?

-No, hoy no le pido,

le agradezco por las alegrías que me ha concedido últimamente.

-Déjeme adivinarlo,

por las alegrías de Raúl. -Sí,

por mi Raúl,

cada vez más centrado, más trabajador, más cariñoso.

-Sí, no, no, se le ve que ha puesto la cabeza en su sitio, sí señora.

Bueno, pero vaya,

vaya y póngale al Santísimo las flores, que se lo ha merecido.

-Con Dios, Servando. -Con Dios, y gracias.

"La parroquia debería poder proporcionar alimentos

a todo el que lo necesite,"

incluyendo a los mendigos de la plaza.

Nada me gustaría más,

pero no tenemos medios suficientes para acometer ese dispendio.

¿Y si los vecinos colaboráramos?

Con óbolos o con los alimentos excedentes de nuestras despensas,

cada uno con lo que pueda. Sería maravilloso.

Tendríamos que reunir a las vecinas y proponérselo.

Ya hablaré con ellas.

Voy a convencer a Rosina,

que ya sabe que es de la cofradía del puño cerrado.

(Se abre una puerta)

Ahí está Lucía. Buenos días.

Padre, no sabía que estaba usted aquí.

-(RESOPLA) Ese hombre tiene más paciencia que el santo Job.

¿No piensa irse nunca?

-¿Un café? -No.

-No me lo puedo creer.

Sigue allí tan pancho.

Se ha ido de aquí para irse a la chocolatería.

Al final voy a tener que dormir en el taller.

-Que no nos ponemos de acuerdo.

-Pues vais a tener que hacer un poder,

porque no es bueno que te lleves estos sofocos.

-Ay, que no, querido, no empieces,

que me encuentro bien.

-Pues a mí no me lo parece, Trini,

y si no te calmas, voy a tener que pedirte que abandones este concurso.

-Que no, querido, que no pasa nada, es Casilda, que es muy cabezota.

-Pero ¿qué dice? Si es la mujer de usted,

que no acepta un consejo y nos va a llevar así al desastre.

-"¿Por qué está tan seria?".

-Porque me pregunto cómo ha podido averiguar que vivimos aquí los dos.

-Fui yo, yo le mandé una carta diciendo

que la había encontrado.

-¿Se puede saber cómo se te ha ocurrido hacer semejante disparate?

Pero ¿es que no conoces a tu padre?

Tu padre juró venganza, y te aseguro que así será.

-"Somos víctimas" del mismo hombre

y eso nos marca de una manera muy especial.

Es indudable que esta desgracia nos ha unido.

Tanto que me gustaría pasar unos días con usted.

Me parece una gran idea.

Yo la considero mi amiga.

¿Cree que podríamos pasar más tiempo juntas?

Estoy segura de que sí.

Tus usureros iban a matarme a mí, y a nuestro hijo.

Si no hubieras dedicado tu vida al juego y a la golfería,

nada de esto hubiera pasado.

-Por tu culpa me metieron en la cárcel y vas a pagar por eso,

¿me oyes? Vas a pagar por eso.

Vas a pagar por haberme metido en ese agujero.

-Ni lo sueñes, déjame. ¡Déjame! -Carmen, nunca te había tocado,

nunca, nunca, nunca te he tocado,

pero te juro que ahora no me temblaría el pulso.

-Dios mío, está de vuelta, está de vuelta.

-¿Ya está aquí otra vez?

¿No se iba a quedar en La Deliciosa? -Sí, pensaba, pero me he acordado

de que el chocolate me da gases

y, prefiero no arriesgar. Así que esperaré aquí

pacientemente.

"¿Sabe usted algo del sereno?".

¿El sereno?

Poca cosa.

¿Por qué me lo pregunta?

No, es que estoy al tanto de la muerte del cochero

y tengo entendido que le ha afectado.

Sí, eso mismo he escuchado yo.

¿Sabe si ha vuelto al trabajo con normalidad

o se ha ausentado del servicio?

Yo ya lo he visto por el barrio.

Para mí que se comportaba normal.

Según tengo entendido,

los criados le están preparando una merienda para animarle.

"¿Cuál es la razón de su visita?".

He venido para invitarle a esta tarde a casa.

Pero ¿por qué motivo?

Es que tengo tarea pendiente.

Bueno, tengo una sorpresa preparada para usted.

¿De verdad?

Bueno, pues en ese caso iré encantada.

¿Qué hace usted aquí?

Vaya sorpresa.

He venido a petición de Lucía. Tenía que aclararle algunas dudas.

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  • Capítulo 882

Acacias 38 - Capítulo 882

05 nov 2018

Cesáreo, presionado por Telmo, decide acudir a las autoridades y confesar. Las criadas organizan una merienda al sereno, que no remonta tras la muerte del cochero. Leonor investiga por qué su madre y Susana están tan raras, pero ellas callan la muerte de Alexis. Venancio aparece por Acacias preguntando por Susana y la sastra le esquiva.

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Añadir comentario ↓

  1. Betty

    Cada día tardan mas en subir el capitulo del día a Internet

    06 nov 2018
  2. Viviana

    Hola ha todos yo estoy igual me encanta la serie pero yo creo que le dan demasiada vuelta en lo mismo que ya se enteren quien es Samuel .y lucía que se quede con el cura que está súper bueno jajjaj

    06 nov 2018
  3. Alicia

    Me pregunto yo,¿ puede ser tan tonta Lucía?, que confía en quien no debe?. Me parece que a Samuel no le va a gustar nada que Alicia esté tan cerca de Lucía. Hoy ha sido un capítulo donde no ocurrió nada para destacar. Me tiene tan enganchada la serie qué no puedo esperar a verla por la tele y apenas la suben a internet me pongo a ver el capítulo del día.

    05 nov 2018