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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 861 - ver ahora
Transcripción completa

¿Cómo está tan seguro de que mi feligrés no tiene intención

de quitarse la vida y de que nunca volverá al buen redil?

Siga mi consejo

y no malgaste sus fuerzas en ese hombre.

No sienta pena por él.

Le aseguro que no la merece.

-"Dejadme que os proponga una solución".

Ambas, las dos,

tendréis un personaje en la obra.

Tú, Carmen, puedes ser la protagonista y tú, Lolita,

la directora del colegio donde trabajan.

-"Sé que te has dado cuenta"

de que Rosina está intentando ganarse tu aprecio a toda costa.

-Pero, señor, eso no hace falta,

yo si es menester, me como todas las tartas que me traiga,

así reviente y "to".

-No, eso no va a ser necesario.

Pero, creo que sí que hay algo que puedes hacer.

-Lo que sea.

-Intentar quedar con tu madre lejos de esta casa.

-"Quería mostrarle todo mi apoyo"

con lo que ha sucedido.

En mi primer matrimonio, yo también fui testigo de la facilidad

con que la gente te juzga por supuestas faltas que no son tales.

Esta sociedad todavía

tiene muchísimo por aprender.

-A mí me apetecía participar en la obra, pero si no quieres,

me quedaré con las ganas.

Tú sabrás si en mi estado

es bueno que no se cumplan mis antojos, vamos, que espero

que no sea nada malo para nuestro hijo.

-¿Me prometes que esa representación no va a salir del altillo?

-¿No es normal que quiera recuperar "to" el tiempo "perdío"?

-Yo te entiendo, Casilda, pero has de comprender

que también es muy "complicao" para doña Rosina hacerse a un "lao".

-"Pos" tendrá que hacer un poder y comprenderlo.

Lo que no voy a hacer es perder

a mi madre otra vez. "No sé si habrá notado"

que en todo este tiempo ha brotado un sentimiento

que va más lejos de la amistad.

Creí que tenía el corazón muerto y usted lo ha hecho revivir.

Me ha devuelto la facultad de amar,

porque eso es lo que siento por usted,

un profundo y sincero amor.

"Fue el mismo Samuel"

quien me pidió que le rompiéramos los dedos.

No comprendo. ¿Por qué motivo?

Para dar lástima a una ingenua muchacha

a la que quiere esquilmar hasta el último céntimo de su fortuna.

Lucía.

Me he comportado como un morlaco, ¿verdad?

Agachando la testuz e invistiendo.

No hace falta que diga usted nada. Necesario no es,

pero llevaba tanto tiempo

necesitando confesar lo que me bulle por dentro.

Disculpe por el mal trago. No, no ha sido un mal trago.

No estoy disgustada, ni siquiera estoy molesta.

Es,... solo que...

me ha sorprendido, desconcertado.

Soy un iluso.

No es que pensaba que fuera a arrojarse a mis brazos,

ni siquiera que me aceptara,...

pero a veces...

he tenido la sensación de que

usted había mirado dentro de mí

y lo esperaba. ¿Cómo iba a esperarlo?

Siempre he pensado que solo su esposa tenía sitio en su corazón.

Y así ha sido durante mucho tiempo,

pero nadie ha amado como yo lo he hecho,

incluso acepté que ella quisiera a mi hermano,

que se fuera con él,

y aun así no dejé de amarla.

Eso dice mucho a su favor. No dice nada,

aun con su traición, no pude rechazarla.

Era un amor imposible, pero yo la adoraba.

¿Y cómo sabe que eso ya no es así?

Ha sucedido casi sin darme cuenta.

La trataba a usted, trabajábamos juntos y eso era todo.

Blanca seguía en mi cabeza, pero un buen día,

al terminar la jornada

y hacer repaso, advertí que pensaba en usted,

que la jornada había transcurrido con usted en mis pensamientos.

Samuel,...

ha sufrido mucho en estos últimos tiempos,

y yo era la que estaba a su lado, nada hay de extraño

que empezara a cogerme cariño, pero...

de ahí a pensar que... Dígalo,

que la quiero. Así es,

no es una falsa apreciación por lo mucho que me ha ayudado usted,

la quiero, no albergo ninguna duda.

Que esto pueda convertirse

en un amor no correspondido, probablemente.

No me gusta verle sufrir.

Estoy muy hecho a ello.

Es igual. No diga nada,

olvídelo.

¿De verdad cree que se puede olvidar algo así?

Pues guárdelo en su memoria,

en algún rincón remoto.

Tiene usted cosas mucho más importantes en las que pensar.

Tal vez, precisamente,

su sinceridad consiga que vea esas cuitas como menos trascendentes.

Me estaba obsesionando con ellas.

Su declaración me ha hecho recordar que hay que mirar hacia delante.

(Se abre una puerta)

Un placer saludarla, doña Celia.

Ahora que está usted aquí, puedo marcharme

sin dejar sola a la señorita.

No olvide su escrito. Esperemos que El Adelantado

lo publique mañana.

Buenas noches, señoras.

Estoy agotada,

me voy a descansar.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Sus chocolates por aquí...

y unos suizos, recién hechos.

-Es que fue como si les hubiera pedido que se besaran

con el mismísimo Pedro Botero.

Se negaron, y prácticamente me acusaron de escándalo público.

-¿Te sorprende que dos mujeres

no se quieran besar frente a la gente?

-Otro, que es una obra de teatro.

Me hablas como si les hubiera pedido que se besaran en una esquina.

No, Íñigo, es una historia de amor.

Ahí mismo, en la calle, mi amiga María Luisa

y la hija del coronel se besaron.

-¿Perdón? -Eran carnavales,

y una iba vestida de hombre y la otra, de mujer, pero se besaron.

-Este barrio me da más miedo que el arrabal.

Hasta mi hermana se ha ofendido con el dichoso beso de marras.

-Pero Carmen y Flora querían ser actrices,

y las actrices tienen que hacer lo que está escrito.

Pero ya no es ni la mojigatería lo que me preocupa.

Ojalá fuera solo eso. Es que el montaje en sí

es un auténtico despropósito. -No hables así, Leonor.

-Sí. -Apenas acabáis de empezar.

-Ya deberíamos estar cerrando el tinglado.

Es que, con Servando, con el elenco y con todo,

yo no voy a poder averiguar si el texto funciona o no.

Aunque fuera una obra maestra, pasaría desapercibida.

-Mujer, tú ya sabías que ibas a trabajar con aficionados.

-Ya, pero es que quizá la aficionada sea yo y, he escrito un desastre.

De verdad que ya no sé qué pensar.

Me parece que voy a terminar con esta farsa.

-Vaya. ¿Qué ha hecho tu madre ahora?

-Nada. -En esta ocasión no es doña Rosina

la fuente de sus preocupaciones, sino el montaje de la función.

-El montaje de la función, por llamarlo de alguna forma,

que es un desastre sin paliativos.

-Leonor,

por favor, espera, Leonor.

-Lo que me faltaba, perder como aliada a la única persona

que en casa mantiene la cabeza sobre los hombros

con los líos de Casilda y su madre.

-Yo solo espero que recupere su talante.

-Pues... me da que con el aire que llevaba no le va a resultar a usted

nada sencillo.

-Pues...

creo que sé cómo hacerlo.

-"Jamás se me hubiera pasado por la cabeza que el mismísimo"

don Ramón Palacios consintiera que su esposa actuara en una obra tan...

digamos de escasa ejemplaridad. -Un absoluto disparate,

ya lo ve usted, pero no le podía negar ese capricho a mi Trini.

En su estado, cualquier disgusto podría tener fatales consecuencias.

-Un engañabobos, créame, la gente ya no sabe qué inventar

para llamar la atención. -¿Un engañabobos?

Precisamente aquí lo dice:

"El invento que pilla a los embusteros".

-Una mentira como una catedral. ¿Cómo va a saber una máquina

cuándo un hombre miente o dice la verdad?

Eso solo lo sabe Dios y un buen jugador de mus.

-Qué cabezón es usted.

Mire, vamos a preguntarle a los señores, ya verá como es cierto.

Don Ramón, don Felipe, solo les robaremos un instante,

pero aquí el sin seso del sereno, que es un cateto de tomo y lomo.

Dennos su opinión. -¿Cuál es la cuita?

-El Peña, que es muy cándido,

se cree todo lo que dicen los papeles.

-¿A que es verdad que han inventado una máquina

que te la enganchan al cuerpo y te dice si estás mintiendo o no?

-Algo he leído, sí, por lo visto ha sido un escocés, un tal Mackenzie.

Es un aparato que mide la presión arterial

y el pulso en la yugular y si algo te intranquiliza,

pues la presión y el pulso suben.

-Efectivamente, polígrafo, le llaman al chisme este.

-Aparatos, aparatos. Para saber si un hombre miente,

hay que mirarle a los ojos. -No siempre basta.

La única forma de llegar a la verdad,

es un buen interrogatorio.

-Me fío más del instinto. Anda que no he "agarrao" yo

a rateros que negaban sus fechorías. Experiencia y olfato, vislumbre,

nada de máquinas.

-No quiero desmerecerles a ustedes,

pero todos sabemos que en la cárcel hay muchos presos inocentes.

-Muchos tampoco.

En fin, le digo que es imposible, don Ramón, jamás una máquina

podrá conocer el alma humana, jamás.

-Pero si funcionara, y yo creo que funciona,

ya no harían falta ni los jueces ni los abogados,

igual es lo que teme, don Felipe.

-Nadie más que yo desearía una justicia perfecta y sin tacha,

pero es difícil alcanzarla y mucho menos mediante la técnica.

-No sea usted tan tajante, hombre, hoy las ciencias adelantan

que es una barbaridad.

Verbena de la Paloma.

-Pero no en cuestiones tan íntimas. El ser humano es la única criatura

de Dios que hace de la mentira un arte.

Escúchenme bien, el día que una sentencia se dicte

por lo que dice un cachivache, ese día la justicia habrá desaparecido.

-No exagere usted, don Felipe, un poco de confianza

en el progreso. -Si un hombre crea o inventa

un artilugio, siempre habrá otro que pueda manipularlo.

-Así se habla.

¿Se da usted cuenta, mentecato?

-Diversidad de opiniones, aquí no se ha aclarado nada.

Voy a llevarle la noticia a Antoñito, que como inventor

tendrá interés y criterio. -Calla, calla, no le digas nada

no vaya a ser que vuelva a las andadas.

Déjame que yo vea en el periódico

la noticia. -Todo suyo, caballero.

-Con Dios. -Con Dios.

-Hay un artículo de Samuel Alday.

-No sabía que tenía ínfulas literarias. ¿Sobre qué escribe?

-Parece que le da vueltas al escándalo

de los marqueses de Válmez.

-Anda que tienen a la autora más desmoralizada que Segismundo,

el de Calderón de la Barca. -No, si ahora será nuestra culpa.

Es su obra la que va demasiado lejos.

Si hiciéramos todo tal y como pone el libreto, acabamos en la trena.

-¿Se puede saber a qué viene tanto escándalo?

¿No fuiste la que quería un papel? -Sí, y sigo queriendo,

siempre que no me pidan desatinos.

-¿Qué clase de desatinos?

-Nada, disparates. -Mujer, cuánto secretismo.

Bueno, como quieras.

Aquí le dejo lo del café.

-Don Liberto, ¿qué tal van las cosas por casa?

-Pues ahí voy, llevándolo con mucha mano izquierda.

-Parece que Casilda ya se va haciendo a la idea

de su nueva posición.

-Así es, pero con sus más y sus menos.

Pero va entendiendo que es una Hidalgo

y tiene que comportarse como tal. -Es lista y muy cariñosa.

El otro día vino a verme para interesarse por su madre.

Temía por su situación laboral. Yo la tranquilicé.

María me ha sido fiel durante muchos años

y yo soy un hombre muy agradecido. -No esperaba menos de usted,

pero considero que Casilda debería interesarse menos

por el trabajo de su madre y sí por lo que hace fuera de él.

-¿Qué quiere decir usted?

No le comprendo.

-María se presenta a menudo en casa.

Y los roces con mi esposa están a la orden del día.

Y digo roces por no decir choque de trenes.

-Vaya,

me preocupa usted. Si María va a su casa,

estoy seguro que no es para enfrentarse a su esposa,

sino para ver a su hija, a lo que tiene derecho.

-Quizá sería así en otras circunstancias, no le digo que no,

pero habiendo tenido una hija con el difunto esposo

de mi señora, no sé, el hecho que se presente

en casa cada dos por tres, puede ser una provocación, ¿no le parece?

-No hay maldad en ello. María no es una persona rencorosa.

-No lo pongo en duda, tal vez simplemente

se trate de falta de tacto.

-No ha recibido educación, lo que sin duda es un eximente.

Descuide, hablaré con ella

para que espacie o, incluso, termine con las visitas a su casa.

-Y yo se lo agradezco, doctor, porque, de lo contrario,

de seguir así, iban a estallar las calderas.

-Déjemelo a mí. -Gracias de nuevo.

Ya me dirá usted.

-Con Dios, don Liberto. -Con Dios.

-¿Desea tomar algo? -No.

Es de agradecer el esfuerzo que ha hecho Samuel

para proteger tu reputación con este artículo.

Yo no le pedí que lo hiciera. Yo no he dicho eso.

Se nota que habla con convicción, no por un encargo.

Parece casi un tratado moral.

Espero que nuestras amistades lo lean y les haga recapacitar.

No es lo que piensen o dejen de pensar de mí lo que me preocupa.

Siempre viene bien que alguien de la categoría de los Alday

saque una lanza a tu favor.

¿Ha pensado usted lo que puede suponer para él

enfrentarse a la opinión general y a los dictados de la iglesia?

-¿Eso es lo que te tiene tan mustia, que acaben haciéndole el vacío?

No tenía por qué significarse tanto.

Lo ha hecho por mí, para protegerme y consolarme.

¿Era de este artículo de lo que hablabais anoche?

(Pasos)

-(GOLPEA LA PUERTA)

-Buenos días, doña Celia.

Disculpe las molestias a una hora tan temprana.

-Buenos días, Carmen.

-Don Samuel me ha pedido que le trajera este presente a la señorita.

-¿De qué se trata? -Son unos bombones, señora.

Don Samuel ha tenido que salir de la ciudad por una cuestión de negocios

y, como no ha podido despedirse en persona,

lo ha querido hacer de este modo.

Gracias, Carmen. No hay de qué, señorita.

Y ahora, con su permiso, marcho.

-¿No lo vas a abrir?

Luego, que estamos desayunando.

Aunque, si quiere usted,... No, no, no, gracias.

¿Tampoco vas a decir nada, supongo?

Poco hay que decir.

No estoy yo muy segura de eso. Anoche vi lo que vi, Lucía.

Nada. Tratásteis de ocultar

cierta intimidad, ¿no es cierto?

Somos amigos, nunca lo he negado. ¿Amigos, solo amigos?

¿De verdad? Prima, nunca he negado

que prácticamente desde el primer

día he sentido simpatía por Samuel

y, creía que eso era lo que él también sentía.

¿Simpatía?

Pero... anoche, sin esperarlo,

me declaró su amor. Madre del amor hermoso, Lucía.

Pero si es un hombre casado, ¿no tiene decoro?

Lo hizo sin esperar nada.

Y tú no se lo darás, espero. No.

Pero no puedo negar que me halagó.

¿Solo por coquetería?

No solo, prima.

Ay, Dios.

Llevo mucho tiempo obsesionada con mi pasado,

sufriendo primero por saber quiénes eran mis padres

y luego por su pecado.

Necesito sentirme una mujer normal,

necesito vivir. Pero vivir no significa pecar.

¿Es que amar es pecar?

Prima, necesito amor.

Necesito amar, como cualquier otra mujer. Como usted.

Y también necesito un futuro que no sea la soledad.

¿Y crees que en Samuel está ese futuro?

No lo sé. Puede ser, ¿no?

-Muy valiente, don Samuel.

-¿Verdad? Ya lo hemos comentado nosotros.

-Es muy contundente.

Viene a decir que todas las familias guardan cadáveres en el armario.

-Hasta las mejores, si lo sabré yo.

-Bueno, y todos,

pero hay que tener agallas para decirlo así a las claras.

-Le puede traer consecuencias nefastas,

y no está el hombre para enfrentarse con nadie,

no con su situación económica. -Y ya se lo advertí,

pero ha antepuesto la reputación de Lucía

por encima de sus propios intereses.

-Lo que no deja de ser sorprendente.

Al contrario que otros miembros de su familia, el pequeño Alday

nunca se ha caracterizado por su altruismo,

todo lo contrario,

siempre piensa en sus cosas, con poco interés hacia los demás.

-No se queje usted,

al fin y al cabo está defendiendo a su pariente.

-No me quejo,

al contrario, se lo agradezco.

Celia y yo siempre nos hemos comprometido a proteger a Lucía.

El artículo de Samuel

nos ha echado un capote, pero sigue siendo extraño.

-¿No querrá usted decir que Samuel

tiene pretensiones con la protegida de ustedes?

-Liberto, no quiero pensar en eso. -Pues debería hacerlo,

a ninguno de nosotros se nos escapa lo cercano que han estado

entre ellos desde el mismo momento en que Lucía pisó Acacias.

A la paz de Dios, señores. ¿Me permiten que me siente?

Padre, siéntese.

Supongo que ha leído el artículo firmado por Samuel Alday.

Efectivamente,

lo he leído. Es más, estoy de acuerdo con él.

Ninguna generación es responsable de los pecados cometidos

por las anteriores. -Me sorprende usted, padre,

pensaba que la iglesia era mucho más severa con según qué pecados.

No he dicho que la iglesia lo viera igual que yo.

He hablado por mí, no como eclesiástico.

-Estará de acuerdo con que Lucía acepte la herencia

y no renuncie a ella. También.

Renunciar a esa herencia sería como reconocerse pecadora.

Don Felipe, dígaselo a ella.

Dígale que cuenta con todo mi apoyo.

Lo haré. Tanto ella como yo le agradecemos su honestidad,

que va mucho más allá de sus obligaciones.

¿Honestidad? ¿Y le sorprende?

Es la misma honestidad que muestra el señor Alday.

-Bueno, sobre eso creo que podríamos hablar un poco más.

Precisamente estábamos preguntándonos

si la actitud de Samuel no lleva intereses ocultos.

¿De veras? ¿Y qué tipo de interés podría mostrar ese caballero?

¿Romántico, tal vez?

-Es usted demasiado bueno,

padre. Incluso algo ingenuo en estas lides.

Sí, claro.

-Padre, no se achique usted, es normal que no piense en estas cosas.

Solo estaba pensando. Créanme que si ese

fuera el caso, que Samuel Alday

tuviera alguna intención de ese tipo, no duden en que lo condenaría

con todas mis fuerzas.

El matrimonio es un sacramento, no una pantomima,

y él está casado.

-"Con permiso, Íñigo,"

pero la novia de usted exagera,

verbigracia, hincha y desorbita, vamos, que no creo yo

que los ensayos sean como ella los pinta.

-Vamos, Servando, por el amor de Dios, si aquello parecía la casa

de "Tócame Roque". -Bueno, un poco.

Quizá, no sé, a ella le haya desanimado

la interpretación que ha hecho usted de mí mismo,

es que no había quien se la tragara.

-Tampoco ayudó que Flora cantara su texto.

-Vamos a ver, que yo no estoy buscando culpables,

en cierto modo todos lo somos, solo trato de que Leonor recobre el ánimo

y que no guarde la obra en un cajón. -Que eso mismo es lo que pasará

si se empeña en que dos mujeres se besen.

La obra se guardará en un cajón y a nosotros nos guardarán los guardias

en el cuartelillo.

-Ahí tienes razón.

Lo siento, Íñigo, pero es así.

-Bueno, eso ya se verá.

Que no es que yo sea partidario, pero eso se verá.

Lo que no puede ser es que nosotros mismos, con nuestros egoísmos

y nuestras veleidades artísticas,

terminemos con la función antes de estrenarla.

-¿Y qué es lo que propone?

-Mostrarle a Leonor que estamos con ella,

que se nos va en esa obra nuestro prestigio,

igual que se le va a ella. -Con todos mis respetos,

ella es la autora, y nosotros para ella somos simples comparsas.

-Como simples comparsas. Y lo dice usted, que es el protagonista.

-No, el protagonista es usted.

-Se refiere a su personaje, el auténtico Servando.

-Vamos a ver,

¿cree usted que sería justo que España entera

se quedara sin saber qué clase de héroe

es Servando Gallo?

-No, no, justo no sería,

porque al igual que las escuelas enseñan quién fue el Cid Campeador,

España debería aprender quién fue Servando Gallo,

vencedor en mil batallas.

-Esa es la actitud, Servando.

-Desde luego, qué pena que el ejército español

se haya perdido un general como yo,

y todo porque me tiró más la portería, fíjense ustedes.

-Entonces, ¿ha comprendido usted lo que tiene que hacer?

-Sí, claro,

que yo soy largo de entendederas. Aquí, de lo que se trata,

es de que las actrices se vuelquen en la obra, que no discutan, vamos.

-Ni yo lo habría dicho mejor.

-En lo que ustedes no han caído

es que si yo consigo eso del elenco, que eso está hecho,

de nada va a servir si la autora sigue enfurruñada.

-Bueno, usted cumpla con lo suyo,

Servando, que de la autora ya nos encargamos el Peña y yo.

-¿Yo?

Pero si es tu novia, ¿qué diablos pinto yo?

-Te estaba esperando. -Hágalo en casa, todavía

me quedan recados que hacer. -Ven.

-¿Qué quieres? -Ven.

¿Por qué no me habías dicho nada de que habías discutido con Rosina?

-Discutir, a cualquier cosa le llaman discutir.

-Liberto me lo ha contado todo, y Rosina está que trina.

-¿Y a mí qué me importará? -Te importa, claro que te importa.

Por eso has callado.

¿Es tan difícil entender que no podemos ponernos a mal

precisamente con doña Rosina, que es la que maneja los cuartos?

-Pero ¿qué más da lo que piense Rosina?

Es Casilda la que debe ejercer de hijastra entregada.

-Insensata, Casilda te quiere

y se enfrenta a Rosina en tu defensa.

-Pues eso dice mucho de mi hija, ¿verdad?

Sí me quiere. He escuchado cómo se lo decía a Fabiana.

-Lo cual nos viene muy bien para nuestros propósitos.

No te dejes llevar por los sentimientos.

¿Cuántas veces te lo he repetido?

-Pero yo no puedo olvidarme de mis sentimientos de madre,

no es natural, es sangre de mi sangre.

-¿Te has vuelto majara? ¿Olvidas lo que nos ha traído hasta aquí?

Debes conseguir que Rosina quiera a Casilda

como si fuera su hija, ella es la que debe fungir de madre, no tú.

-Tienes razón, perdona.

-Menos perdona y más poner de tu parte.

Si consigues que se lleven mal, adiós a nuestro dinero.

¿No se te puede meter en la cabeza? -Soy una sentimental, lo reconozco.

-Pues cercena ya tus sentimientos.

-¿Y los que tengo por ti también? -Quita, déjame,

no está el horno para bollos.

-"Y de este modo, con el polígrafo,

un dispositivo eléctrico que detecta

hasta la más mínima variación temporal

en el pulso yugular y la medida simultánea de la presión arterial,

el doctor Mackenzie asegura que puede percibir y evaluar

alteraciones en la inquietud del sujeto de estudio,

y emitir un juicio sobre la verosimilitud de sus afirmaciones".

Es que es un genio, el tal Mackenzie este.

Un auténtico genio.

¿No os dais cuenta? -¿De qué?

-De lo que ha inventado este hombre.

-¿Eso de lo que estás hablando es un invento?

-Yo, al escucharte,

pensaba que se trataba del juego este de los disparates.

¿Qué han "inventao"? -Una máquina que va a hacer

más sencilla nuestra vida, incluso más segura.

Han inventado la máquina de la verdad.

-O sea, quieres decir con esto, ¿que te la aplican

y todo lo que dices va a misa?

-No, no exactamente.

Uno contesta a las preguntas que le hacen

y la máquina detecta si estás diciendo o no la verdad.

-Arrea, como el aguardiente de Cabrahígo.

Cuando el tendero se tomaba 10 "vasicos",

te contaba lo que te había "birlao" en la báscula.

-Pero ¿no os dais cuenta de las aplicaciones que tiene este invento?

-(AMBAS) No.

-Podría servir, por ejemplo, para...

detectar a un delincuente.

¿Ha cometido usted un robo?

Él dice que no y la máquina dice: "Eso es mentira".

-A chirona con él. -Eso es, eso es.

pero yo creo que tendría más utilidades,

lo que pasa es que no caigo en ellas.

Doña Trini, ¿para qué utilizaría usted

un detector de la verdad?

-No sé.

A ver, déjame cavilar.

Ah, mira, ya está, ya lo tengo. Yo pondría el cachivache ese

en la entrada del barrio y así, todo el que quisiera ser vecino,

se lo aplicaría. -Arrea, qué buena idea.

Sí, anda que no nos han "metío" aquí mentiras bien "doblás".

Como el Peña. -Bueno, o Íñigo y Flora,

que esos tienen de chocolateros lo que yo de obispo.

-Y tú, Lolita, ¿para qué utilizarías la máquina?

-Yo se la pondría al Servando. Que ese hombre no dice la verdad

ni cuando te dice la hora.

-Fabiana, han inventado la máquina que detecta si estás diciendo o no

la verdad, ¿tú le encontrarías algún uso?

-Uy, pues claro que sí. "Pa" empezar,

se la encasquetaría a la María, que "pa" mí que no es trigo limpio.

-Anda ya, Fabiana, no seas celosona. A ti lo que te pasa es que siempre

has querido a Casilda como una hija y, ahora siente lo que siente

por su madre. -Señora, nones.

-Entonces, ¿qué, qué "pué" esconder?

-Algo, seguro, pero si lo supiera, no necesitaría el aparatejo.

-(RÍE)

-¿Molesto? -No, madre, usted nunca molesta.

-Estaba echándole un ojo al jardín. No sé,

como que no luce como antes.

-Es que antes teníamos jardinero, es de cajón.

-Sí, eso mismo estaba pensando yo. Ese Jacinto tiene buena mano

para las plantas, hace que crezcan hasta debajo de las piedras.

Me he planteado llamarle

y que venga

una temporada con nosotros, una visita botánica.

-A las buenas.

-Anda, Casilda, ven, dame un abrazo.

-Casilda, no te veo desde ayer.

Me asustaba la posibilidad de que te hubieras vuelto a ir.

-No me faltaban ganas.

-No fue para tanto, ¿no?

-Le dijo a mi madre que se fuera de esta casa.

-Cosas que se dicen por el sofoco. Pelillos a la mar.

-Ya, sí,

yo tampoco quiero enfadarme.

-¿Lo ves? Hablando se entiende la gente.

Esto que te voy a decir te va a alegrar.

Le estaba comentando a Leonor que...

estaría bien que se acercara Jacinto para abonar las plantas

o lo que quiera que haga con ellas.

Es que es mano de santo. -Pues... escríbale usted.

-Bueno, sí, sí, ahora mismo lo escribo.

Porque con uno de esos gritos borregueros no bastaría, ¿no?

Ay, hijas, qué pavisosas.

-Yo creo que me voy a echar un rato, porque...

llevo más de dos horas intentando leer la misma página

y no hay manera.

-Leonor.

¿Puedo largar un "ratico" contigo?

-¡No, no y no! ¡No admitiré ni una excusa más!

Desde luego, me habéis defraudado todas, ¿eh?

-¿Yo también, Servando?

-Esto no va con usted, no se meta,

esta arenga va destinada a las afortunadas que han decidido

entregar su talento al noble arte de Talía.

-¿Y quién era Talía? -Una a la que le gustaba el teatro,

no como a vosotras. -Bueno, yo si el portero

sigue con estos humos, cojo el portante y me las piro.

¡Me lo iba a agradecer mi Ramón!

-Bueno, no nos pongamos excesivos, y vamos a pensar

antes de hablar. No se lo tengo en cuenta

porque supongo que estos son los nervios antes del estreno.

-Si fuéramos a estrenar, no estaríamos tan nerviosas.

-Bueno, rebajaré mis exigencias, vamos a ver,

solamente quiero que comprendáis

que todos tenemos que dar

el 110 por 100, que si no se nos va a ir la función al garete.

Lo diré de otra manera.

Quien no esté dispuesta a entregarse,

la que quiera seguir discutiendo por naderías, la que quiera destacar

más que la otra,

ya puede retirarse, no se lo tendremos en cuenta.

-¿Quién es este botarate para hablarnos de este modo?

-Servando, que se le va de las manos la arenga.

-El que se va a ir es él, pero con viento fresco.

-Bueno, quizá... esté estimulando mucho al elenco, vamos a ver,

solo quiero que aquí os comprometáis, delante de las demás,

a que no vais a poner más de los nervios a la autora,

a la susodicha doña Leonor.

-Entonces ha llegado la hora de hablar clarito.

Yo no voy a besar a Flora, vamos,

ni aunque se vista de príncipe azul.

-Me lo ha quitado usted de la boca, Carmen.

Yo no besaré a nadie que no me haya pedido matrimonio.

-Ay, Flora, por favor.

Bueno, ¿entonces qué,

esto qué quiere decir, que abandonáis la función?

-Yo me apeo, sí. -¿Le he dicho ya que el asunto

se le iba de las manos, Servando? -A ver, a ver, sensatez.

-Bueno, Servando, sensato "tié" que ser usted,

que nos está poniendo a "toas" a caldo y "namás" pretende que movamos

la cabeza "parriba" y "pabajo" como las ovejas.

-Si os empeñáis, hablaré de lo del beso

con la autora. -Hablar está hablado.

Se trata de que lo suprima.

-Bueno, hecho, hecho, lo del beso, suprimido.

-Ah, no, no, no, si se suprime el beso, que es lo fundamental,

tendrías que hablar con la autora para que le dé un poco más

de alegría al texto de mi personaje,

porque está más seco que los Monegros.

-Bueno, está bien,

hablaré con la autora para que le ponga chistes

y sea más adorable su personaje.

-Pues entonces, como quien no llora no mama, a mí me gustaría

que mi personaje dijera

que es de Cabrahígo, porque lo mismo me ponen una plaza en el pueblo.

-Pues muy bien, también, meteremos lo de Cabrahígo,

aunque sea como morcilla.

-¿Puedo hablar de las morcillas? -Mucho barrer al principio,

pero le han sacado a usted todo lo que han querido, Servando.

Hasta los higadillos le han sacado. -¿A mí?

Si yo soy el director más duro de la farándula de este país,

¡y no quiero ni una queja más y ni una petición más, ¿eh?!

-¡Ja!

¿Y usted de qué se ríe? Un poquito de respeto.

Y vosotras,

¿os comprometéis en cuerpo y alma en entregaros a esta función

que se llama, y con mucha razón, "La gran aventura de Servando"?

-Que sí, Servando, que sí. -Sí, sí.

-"No, hermana,"

tu madre no va a entrar en razón,

es más terca que una mula "preñá" y... perdóname la expresión.

-Tienes que darle más tiempo, ella también se tiene que acostumbrar.

-No.

Por más que una quiera, no se puede dividir más.

Y ya estoy más que "dividía", estoy "partía" a la mitad.

Y su madre tira de un "lao"

y mi madre tira del otro.

-Casilda, hablando claro,

tu papel, aunque te pese, es templar gaitas.

O sea, darle a Dios lo que es de Dios,

y al césar lo que es del césar.

-Que me aspen si he "entendío"

un solo palabro.

No "pué" ser tan "enrevesao".

Si yo lo único que quiero es,...

como dice la "señá" Fabiana, encontrar mi lugar en el mundo.

-Pero, Casilda, tu lugar en el mundo ya lo has encontrado.

Por fin lo has encontrado, y es de justicia que lo disfrutes.

Tu lugar es este,

aquí, junto a mí.

-¿Y mi madre qué?

-Tu madre es el mayor regalo que te ha dado la vida.

-No, si eso ya lo sabe servidora, pero ¿cómo voy a poder disfrutar

de mi madre, si doña Rosina la trata a patadas?

Y, además, todo por celos. -Unos celos que,

sin tener en cuenta las incomodidades, deberían llenarte

de orgullo. Porque mi madre te quiere.

Pero así sea, hablaré con ella para que tenga más paciencia

con María.

-No ha de servir de "na".

No la vas a convencer, hermana.

Si yo conozco a la señora y, por más que le diga, más cabezona se pone.

Solo faltaría que encima se cabreara contigo.

-A ver, Casilda, dime la verdad,

¿por qué estás teniendo esta conversación conmigo?

¿Qué es lo que quieres?

-Pues yo... estaba pensando que...

He "pensao" que, sin molestar a "naide" y sin que apenas se note,

marcharme una "temporá".

-Pero ¿adónde?

-No lo sé, ya se verá.

-Casilda, yo no me voy a oponer, no podría.

Voy a respetar tu voluntad aunque me duela,

pero igual que tú has encontrado una madre,

yo he encontrado una hermana, y quiero disfrutarla.

-Y aunque yo me marche,

siempre estaré "pa" ti, hermana.

No sé cuánto tardaré en venir, pero...

estaré.

Sí, doña Susana, claro que sí, claro que me he percatado

que se aproxima la festividad de la Virgen de los Milagros.

Esas cosas son mi oficio. Entonces también sabrá

que es costumbre inveterada que la imagen de Nuestra Señora

pernocte en los días de fiesta en casa de una vecina,

habitualmente la más destacada en moral y buenas costumbres.

Sí, otras feligresas me han puesto al día.

Y el día de la fiesta mayor, la imagen sale de casa de la agraciada

y es llevada en procesión. No se diferencia mucho

de otras costumbres de otros lugares.

No sé qué es lo que tanto le preocupa a usted.

Pues está muy claro, me preocupan dos cosas.

Por desgracia, en los últimos años no hemos tenido suerte

con las feligresas que albergaban la imagen.

¿Suerte, en qué sentido?

Tanto doña Cayetana, a la que usted no conoció, como Úrsula,

a la que tampoco conoce, aunque diga lo contrario,

salieron de la cáscara amarga. Vamos, que no se lo merecían.

Estoy seguro que usted tiene algún nombre que de verdad lo merece.

Naturalmente, yo soy la más piadosa del barrio, pero no hablaba de mí.

Tal vez este año podría salir de casa de doña Rosina,

o doña Trini.

Ambas podrían cumplir su cometido con creces.

Hablaré con las demás feligresas y llegaremos a un acuerdo,

téngalo por seguro.

Y me ha dicho usted que le preocupaba otra cosa. ¿Qué es?

El estado de la imagen. Es verla y se me salen las lágrimas.

Es lastimoso ver el arreglo que se le hizo tras el terremoto,

la falta de cuidado y de cariño.

Hablaremos también de eso.

Dios nos va a ayudar a que las fiestas sean virtuosas

y vistosas, no deje de pasar a verme.

Con Dios.

¿Qué ha querido decir con que no deje de pasar a verle?

Si confieso a diario.

-¿Se encuentra la señorita Lucía? -Se encuentra, pero en la calle.

-Estoy agotada, pero al fin he terminado de despachar

toda la correspondencia.

Los tintes dan cada día más trabajo. -Sí,

también he tenido un día ajetreado. -Pero ¿podremos hablar?

-Siempre, cariño,

siempre.

-¿Quieren que les traiga el vinito de las burbujas?

Parece que el ambiente se caldea.

-No, gracias, Lolita, déjanos a solas, por favor.

Sentémonos, estoy con el alma en vilo.

-Lucía.

-Sí.

Me ha confesado que Samuel la está cortejando.

Y lo peor es que ella no le ha rechazado,

aunque tampoco le ha dicho que sí. -Hasta se habla en la calle.

Los señores lo han comentado en la tertulia.

Don Telmo casi pone el grito en el cielo,

la iglesia no vería con buenos ojos esta relación.

-Lo suponía.

-Se puede correr un velo sobre el incesto

de los marqueses, pero no ante el amancebamiento con un hombre casado.

-¿Aunque no sea un matrimonio?

-No sería un buen proceder.

Supondría que Lucía, al igual que hizo Blanca,

tendría que marcharse con Samuel lejos de aquí.

-Dios no lo quiera, lo que faltaba para la reputación de mi prima.

-Debemos impedirlo.

-Además, hay algo que sigo sin ver claro en Samuel.

Es un hombre oscuro. No siempre se ha portado bien

con Blanca y, según él,

la amaba por encima de todo.

-¿Temes que pueda dañar a Lucía incluso sin casarse?

No lo vamos a consentir, pero no le digas lo que piensas de él.

Lo único que ganarías intentando desprestigiarle

es que se aferre más a él.

-Insistiremos en su condición

de casado. -Eso es.

Serías tan buena abogado como yo.

Ven. "Claro que lo he leído,"

y le estoy muy agradecida al señor Alday

por defenderme públicamente y por escrito de forma tan gallarda

y desinteresada.

Gallarda puede ser, pero afirmar

que ese proceder es desinteresado, quizá no sea del todo exacto.

Le aprecio a usted, padre, pero preferiría

que no siguiera desconfiando

de quien considero un buen amigo.

Con todo lo que yo mismo le he dicho a usted,

¿no alberga ninguna duda sobre esa supuesta amistad?

Ninguna.

Hace mal.

Samuel Alday no es un hombre de una sola cara, y usted lo sabe.

¿Por qué, por lo que me ha dicho usted de él?

Solo he dicho lo que realmente pienso.

Se equivoca, padre, ni Samuel tuvo que ver con el asesinato

de mi padrino,

que ya lo ha dicho la policía, ni busca mi dinero,

y no quiero volver a escuchárselo a usted.

Cuando quiera hacerlo, será tarde.

No me obligará a desconfiar de nadie más,

no quiero seguir desconfiando.

Solo quiero tener una vida como la de los demás, alegre,

simple y dichosa. No es usted como los demás.

Quiero serlo.

Padre, si me pongo en mi papel

de heredera temerosa por su dinero, ¿no debería desconfiar

también de usted?

Al fin y al cabo, usted pertenece a la Orden del Cristo Yacente,

que siempre ha perseguido la fortuna de mis padres.

Yo no soy la orden,

yo soy un simple párroco.

No ansío ni riquezas ni honores.

En cambio, Samuel Alday... ¿Samuel qué?

Dígalo, padre, suelte de una vez si es que tiene alguna prueba de algo.

Suéltelo o calle.

"Fue el mismo Samuel quien me pidió que le rompiéramos los dedos".

No comprendo. ¿Por qué motivo?

Para dar lástima a una ingenua muchacha

a la que quiere esquilmar hasta el último céntimo de su fortuna.

Lucía.

Padre, es usted un buen sacerdote,...

aléjese de ese hombre,

no merece su ayuda.

Y recuerde que lo que le he contado ha sido bajo secreto de confesión.

Calla usted.

No tiene prueba alguna, ¿verdad? Solo aprensión.

Déjeme ir, padre,

y le pido que no ponga más en duda la buena voluntad de Samuel.

Descuide.

¿Está usted tan enfadada como para no echarme una mano?

¿Qué quiere?

Un favor.

Piense que podría hacer mucho bien a la parroquia.

Hace dos días gozaba sabiendo que tenía una hermana

y preparando mi función.

Y ahora me parece que he perdido las dos.

-Yo no puedo opinar sobre lo que hará finalmente Casilda, no lo sé,

pero sí creo que te gustará

cómo vamos avanzando en los ensayos.

-¿Que vais avanzando, qué avances?

-Ven.

Corre.

-Pero...

¿qué es esto?

-Son los figurines

de nuestros vestidos. Vamos a estar divinas.

-Y... los decorados.

¿Te gustan?

-Son preciosos.

Un sueño, son preciosos.

Lástima que no se vaya a estrenar.

-¿Nnos vas a dejar con la miel en los labios?

¿Vas a malgastar el esfuerzo del Peña?

-No por mi voluntad, pero, Flora, a veces las cosas son así.

Además, tú dijiste que no querías continuar si había beso.

-Esto...

hemos llegado a un acuerdo,

y no habrá beso. -¿Qué habéis llegado a un acuerdo?

Yo soy la única que decide la conducta de mis personajes.

Y el beso es la esencia de la obra,

y del amor. -Sí, sí,

y lo habrá, pero ahora no,

cuando la obra la representen actrices profesionales

se besarán. -Siempre que las autoridades

lo permitan.

-Piénsalo. Solo hacemos la función para que pruebes tu texto.

¿Qué más da el beso?

-De acuerdo. -¡Bravo!

-Y, para celebrarlo, voy a abrir esta botella de champán.

-Eh...

¿no crees que antes deberíamos comentar el resto de cambios

que hemos hablado con Servando? -¿Qué cambios?

-Si no es nada, mujer, es algo superficial.

¿Champán?

Desde el terremoto que sufrimos, la Virgen necesitaba una restauración.

Así lo entendí yo también cuando el padre Telmo me la mostró.

Por eso accedí a restaurarla,...

en la medida de mis posibilidades, claro.

No sabes la de recuerdos que me trae esa Virgen.

Unos buenos y otros no tanto. Cuénteme algunos de ellos.

Amigos que ya no están:

Cayetana, Teresa,

Blanca, a la que conociste.

He oído hablar de todas ellas.

El amor las hizo desgraciadas, por lo que cuenta la gente.

No mienten. Unas, por un tiempo y otras,

para siempre.

¿Es que las mujeres no podemos amar sin sufrir?

Habrá alguna que lo consiga, pero yo, desde luego, no me he librado

de alguna temporada con profundo dolor.

Yo también he tenido mi ración de sufrimiento.

Ya sabe usted que con Samuel no todo ha sido un jardín de rosas.

Le he visto caer herido,

casi muerto, he visto cómo

sus galerías, su obra entera

estallaba en un segundo. Lucía,

no hables de Samuel como si fuera tu amor eterno.

Deberías alejarte de él,

si no, no solo padecerás de una forma romántica,

como puede parecerte ahora,

sufrirás hasta la desesperación.

Él es diferente, prima, lo veo en cómo me trata,

en cómo me mira.

Él es diferente, prima, lo sé.

Diferente... y casado.

Ni Dios ni los hombres te perdonarán jamás.

-(LLAMA A LA PUERTA)

Permiso.

Buenas noches, señoras.

Lolita me dijo que las encontraría aquí.

-¿Ocurre algo?

-No, señora, solo avisarle que don Samuel Alday

le espera en su casa, doña Celia.

¿A ella?

Sí, quiere hablar con usted y con su marido.

Don Felipe ya está allí y le ruega que no tarde mucho.

-"En todos los años que he 'estao' faenando 'pa' ella,"

la hubiera "estrangulao" una y mil veces.

Pero "ende" que llegó usted, madre,...

me quiere.

Lo noto. Siento que me quiere a su "lao",

y de verdad de la buena.

-Tómate esto, anda, estás como un flan.

-Toma, "pa" no estarlo,

resulta que "ende" que me quedé viuda,

me sentía más sola que la una.

Y ahora es casi como si tuviera dos madres.

-Eres muy buena, Casilda, y bien que me alegro,

tu abuela supo criarte. No te atormentes,

es normal que le tengas cariño a doña Rosina,

y deberías cuidar esa amistad,

o como ella le llame. -Arrea, no sabía que a usted

le cayera bien doña Rosina.

-Es una buena mujer, Casilda, y además

es la madre de tu hermana. No creo que sea buena idea

marcharte, podrías perder a Leonor...

y con los años te arrepentirías más y más.

-Ya.

Si a mí me gustaría estar con mi hermana Leonor,

pero también con usted, madre, y a la vista está

que no "pué" ser.

-A mí no me tengas en cuenta,

es a doña Rosina y a Leonor a las que tienes que frecuentar,

yo... -No, no, no siga usted por ahí.

Madre, ¿qué le pasa?

-Cosas mías, hija.

Mira, tengo una idea, podríamos irnos al pueblo tú y yo juntas.

-Al pueblo.

Pero... ¿una "temporá"? -O para siempre,

¿quién sabe? Podríamos cultivar la tierra,

tendríamos vacas, gallinas, y hasta podría venir Leonor

a pasar una temporada con nosotras. -¿Usted cree?

-Nada es imposible.

-Bueno, déjeme que me lo piense.

(Se cierra una puerta)

-¿Se puede saber a qué viene esta llamada sin previo aviso?

-No lo sé, cariño, Samuel no ha querido soltar prenda

hasta que no estuvieras presente. ¿Desea tomar algo, doña Celia?

No, gracias.

Gracias, Carmen. Déjanos solos, haz el favor.

-Desde luego, señor.

En este barrio no se puede tener secretos,

eso lo saben ustedes mejor que yo,...

por eso he querido

que lo escuchen de mi propia boca. -¿Va a hablarnos de Lucía?

Sí.

He querido dirigirme a ustedes como si fueran sus padres,

que así es como la han tratado y por lo que yo estoy muy agradecido.

-Disculpe mi brusquedad, pero por favor, vaya al grano.

Siempre tan directo y tan profesional, don Felipe.

Está bien, al grano.

Quiero a Lucía.

Ave María purísima.

Señorita, por favor,...

no le cuente a nadie que yo le digo nada.

No te preocupes, Carmen. De algo me enteré.

Pues dime.

Don Samuel ha pedido la nulidad matrimonial con doña Blanca.

-"¿Casilda acepta" abandonar Acacias contigo?

-A ver, va despacio, pero va bien. Casilda es una muchacha

muy sentimental, está pegada a los Hidalgo, al resto de los criados

y hasta al resto de los señores de la casa.

-La esclavizan y lo agradece. -No muerde la mano

de quien le dio de comer tantos años.

-Pues no sé si podremos aguantar mucho más.

Tienes que presionarla.

¿A casa de quién va?

Pues puedo tenerla yo, por mí y por Lucía, que la está restaurando.

-No sé si esa muchacha es buena cristiana.

-Ya hemos quedado en que sí, Susana, no empieces otra vez.

-Pero si no lo digo por lo de sus padres, Rosina,

lo digo por su relación con Samuel Alday.

-No tienes que preocuparte,

Samuel ha pedido la nulidad. Lucía es

una joven bella, sensible, cariñosa,

a la que apetece proteger. No, si...

sobrada muestra dio de sus benéficos intereses hacia ella con la carta

que envió al periódico defendiéndola.

No podía permitir que se siguiera poniendo en duda su honorabilidad

sin mover un dedo.

Podría arreglar esos pequeños detalles en un par de horas.

-Nos referimos a una colaboración un poco más profunda:

que confeccione usted esas prendas.

-¿Prendas para la obra de teatro?

-Así es. -Ni hablar.

La sastrería Séler no confecciona ropa para cómicos,

ni para titiriteros ni saltimbanquis.

-No exagere, que los papeles de la obra

van a estar representados por vecinos y criados del barrio.

-Es algo hecho por aficionados.

-Bravo, bravo, bravo. -¿Lo hemos hecho bien?

-No.

-¿Y los aplausos y vítores?

-Porque lo habéis hecho un poco mejor que el último ensayo

y al menos os sabéis el texto, pero hay que seguir ensayando.

-¿Lo pasamos otra vez?

-Yo había pensado unas frases para mi personaje.

-No, doña Trini, no es el momento. ¿Es usted escritora?

-"'Ende' luego que mejor me iría"

si me fuera al campo, allí, a cuidar de mi granja.

-¿De tu granja? Vaya, esa es nueva.

-Sí, es que me lo ha propuesto mi madre.

-Explícame eso.

-En el pueblo,

me ha dicho que por qué no nos vamos las dos "junticas",

que allí viviríamos tranquilas y recuperaríamos

"to" el tiempo perdido.

-"Qué bonitos. ¿Qué son?".

-Es el vestuario para la obra que están preparando en el altillo.

-¿No me diga que el Peña no es un artista?

-Más valdría que empleara su arte en cuestiones más decentes.

-¿A qué se refiere?

No veo que estos figurines

sean indecentes. -¿No sabe el tema de la obra?

"Tenga cuidado,"

¿ha pensado que su interés puede que sea más material que romántico?

¿De verdad cree que nadie se puede enamorar de mí,

que mi única virtud es el dinero?

No, no, por favor, en ningún momento he querido decir eso.

Usted tiene miles de virtudes, es bella, inteligente,

su piel es hermosa.

Basta. Basta ya, padre.

Discúlpeme.

No hay nada que disculpar.

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  • Capítulo 861

Acacias 38 - Capítulo 861

03 oct 2018

Telmo se entera del interés romántico de Samuel hacia Lucía va a hablar con ella, pero no se decide a contarle lo que le confesó Jimeno Batán. Por su parte Felipe y Celia se proponen impedir la relación entre Samuel y su prima porque está casado. Samuel les anuncia que ha pedido la nulidad matrimonial. Leonor está muy decepcionada con el primer día de ensayos. Iñigo se propone echarle una mano y para ello pide la colaboración de Servando para que motivar a los intérpretes. Higinio se entera que María y Rosina han discutido. Fabiana los observa. Casilda quiere alejarse por un tiempo de la casa de los Álvarez Hermoso y su madre le propone irse juntas.

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    Capítulo 883 06 nov 2018 Samuel amenaza a Cesáreo para que no se vaya de la lengua con la muerte del cochero. Telmo descubre que el sereno no ha ido a hablar con las autoridades; tiene miedo de Samuel. El Adonis llega para exigirl...
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  • Capítulo 873 Completo 54:44 84% 22 oct 2018
    Capítulo 873 22 oct 2018 Lucía declara en contra de Telmo al recordar el testimonio de Alicia y de cómo el cura se aprovechó de ella. Alicia le agradece su valentía, pero Lucía duda si ha hecho lo corre...
  • Capítulo 872 Completo 50:04 89% 19 oct 2018
    Capítulo 872 19 oct 2018 Alicia cuenta su historia con Telmo a Lucía y la muchacha parece creerla. Felipe curiosea quién es Alicia, pero Samuel le miente ¿con qué intención? Rosina sigue intentando desc...

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  1. Mar

    ¿Por qué Felipe dice que el pequeño de los Alday nunca se caracterizó por ser generoso?, si Blanca se enamoró de él, que lo hizo antes que de Diego, fue porque era bondadoso y generoso, cómo se pasan con los enredos... Lo que sí me hace gracia por el momento es que Casilda haga reproches a la criada, está muy graciosa por el momento, pero espero que no siga así y también giren ese personaje al polo opuesto total, eso no sucede en la vida real ¬¬ además que el de Casilda es un personaje muy bonito como para que nos lo mancillen volviéndola cruel o insensible.

    05 oct 2018
  2. Pilar Méndez

    Emotiva la escena entre Casilda y Leonor:" Igual que tú has encontrado una madre yo he encontrado una hermana y quiero disfrutarla."

    04 oct 2018
  3. Mabi

    Casilda si se va de la casa, será de la de la familia Hidalgo, no Álvarez Hermoso como redactó el responsable de escribir la reseña del capítulo...

    04 oct 2018
  4. Saro

    Me encantó el diálogo entre Susana (fantástica como siempre) y el padre Telmo (me gusta mucho) echándole un ojillo a Lucía al mismo tiempo. Lucía, si no cambia, va a sufrir muchísimo con Samuel como le pasó a Blanca. A la que estoy deseando ver en acción es a Ursula, porque no sé si creerme su cambio (que me gusta mucho) o volverá a las andadas; es tan buena actríz que tanto de mala como de buena es genial siempre. Rosina es la que creo que va a llevarse más de un disgusto aún, no sólo si Casilda decide marcharse al fin sino, cuando se descubra el plan de Higinio y María. Las tramas están interesantes y los actores como siempre bordando su papel, aunque unos me gustan más y otros menos, como es lógico.

    04 oct 2018