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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 840 - ver ahora
Transcripción completa

¿Obras de arte?

Una importante colección de arte religioso que el marqués

debería haber donado a la Orden del Cristo Yacente.

Y decidió donársela a Lucía.

La iglesia debe asegurarse que su legado quede bajo su protección.

"Lo mejor" es olvidarse de mi asignación.

¿Y qué hará con ella?

Lo donaré a una congregación religiosa.

¿Podría usted estudiar la posibilidad

de donarla a mi congregación?

No hay nada que estudiar, así lo haré.

"Le informo"

que esos arbustos también sirven de parapeto

para que vengan las parejas por la noche,

a besarse y a hacer sinvergonzonerías.

Y usted debería evitarlo y mantener el orden y la decencia

en este barrio. -Eso hago.

-"Llevo toda la vida"

trabajando para ellos. -Y lo mantuvo en secreto.

-Hasta que me fue imposible.

Hace cuatro años, cuando su abogado falleció, los marqueses

hicieron pública nuestra relación.

-¿Tiene pruebas de ello?

-Si es para contentar a mis clientes, podría reunirlas.

-"Tengo una cuenta pendiente con María".

-¿Con una criada?

Soluciónalo,

eres una señora y todo el mundo se va a poner de tu lado,

sea lo que sea.

-No, por favor, Susana, nadie puede enterarse,

esto no se lo puedes decir a nadie.

Por favor. -"Señores,"

en nombre de la decencia, ¿qué está pasando aquí?

-Un momento.

¿Está llamando indecente a mi novia?

-Peña, déjalo, venga. -No, Flora, espera.

Pídale perdón a mi novia.

-Es usted quien ha de pedirme perdón a mí.

¿Llamo a los guardias?

-He ido al hospital.

-¿Al hospital? -Me ha pasado algo muy curioso.

Al no encontrarle, he preguntado por usted a doctores y enfermeras

y parece ser que nadie le conocía.

"¿Algún problema?". -Sí.

Uno.

Esto es una inmundicia.

¿Cómo?

No está a la altura de su padre.

Podría, podría rectificar, -Lo que podría hacer

es dedicarse a otra cosa.

¿Cómo dice? Eso no es posible.

Como parece no haberme entendido a la primera,

tendré que repetírselo.

No pienso comprar ninguna de estas joyas.

Si es que merecen tal nombre. -Marquesa, tal vez,

si observara con más detenimiento alguna de las joyas o...

No es preciso.

Ya he perdido bastante tiempo con ellas.

Si me disculpa, marquesa, creo que está siendo injusta conmigo.

He realizado un trabajo excelente.

-Si así lo cree, lúzcalas usted mismo.

Sobre todo contando con la rapidez con la que han sido elaboradas.

-Creo que acabamos de llegar al quid de la cuestión.

Así que las ha tallado en poco tiempo.

Así es, ningún joyero habría tardado menos.

Usted es el hijo de don Jaime Alday, no cualquier joyero.

Y yo nunca le he requerido tamaña urgencia.

Yo le pedí belleza. Cada joya que poseo

es una pieza esmeradamente diseñada y tallada.

Algo que su padre me brindaba con cada uno de sus diseños.

Estas piezas siguen su estilo.

No, querido,

tan solo lo imitan de forma apresurada.

Sin gracia.

La confección y tallado de estas piezas refleja eso:

rapidez. No la comprendo.

Ese es el problema.

Que con su padre no hubiese precisado explicarme.

Él también comprendía que no me estaba vendiendo

un simple adorno, sino la eternidad.

Una belleza que formaría parte de mí, terminaría siendo mi legado.

Mire.

La cara de esta ninfa, sin ir más lejos.

Tiene una imperfección en su rostro.

Es un trabajo burdo,

impropio de su apellido.

Y todo esto, sin hablar de la forma en la que se ha dirigido a mí,

cómo ha tratado de colocarme sus baratijas.

¿Es que también la ha molestado a usted la forma

en la que le he tratado? Permítame que le dé un consejo,

si no quiere dilapidar el buen nombre de su padre,

usted...

debe hacer sentir especial a su clienta,

hacerle comprender que le está haciendo un favor

poniendo esas piezas a su disposición.

Y así ha sido. He tratado de hacerle ver la valía de esas joyas.

No. Lo que ha hecho es suplicarme desesperadamente

con sus gestos y su actitud que las compre.

Como toda la ciudad, estoy al tanto de su situación.

Ha dilapidado el patrimonio que su padre labró

con el esfuerzo de muchos años.

Yo no tuve culpa de lo que ocurrió en las galerías.

Fue un atentado.

Solo los mediocres se escudan en la mala suerte.

¿Qué era lo que pretendía?

¿Que viniera en su rescate pagando a precio de oro esas baratijas?

Lo lamento mucho

por la memoria de don Jaime Alday,

pero yo no soy la casa de la caridad.

Bueno, ya está bien. Pero ¿quién se ha creído usted?

No es más que una inculta que trata

de tapar sus carencias con su fortuna

y encima me da lecciones.

No merece mis joyas. Cuide sus palabras.

No voy a tolerar tal trato.

El único que se merece.

Lárguese de mi casa. ¡Carmen!

Haga desaparecer inmediatamente de mi vista a esta señora.

No es preciso que me acompañe, ya sé dónde está la puerta.

Qué bochorno.

Por fortuna, su padre no puede verlo.

Está usted acabado, señor Alday.

(Sintonía de "Acacias 38")

Todavía sigo esperando una respuesta.

¿Cómo es posible que nadie le conozca en el hospital donde ejerce?

-No me extraña que nadie le haya podido dar razones sobre mí.

-Será el único al que le parece algo normal.

-La explicación es muy sencilla.

Al estar en el consejo rector del sanatorio,

salvo contadas excepciones, apenas atiendo a pacientes.

-Aun así, el personal sanitario tendría que saber de usted.

-Bien sabe usted que mi traslado a este hospital ha sido muy reciente.

Es por eso que las enfermeras y los celadores no me conocen.

-Ya. Sí, será eso. -No le dé mayor importancia,

no la tiene. Por cierto,

me alegro de habernos encontrado.

Quería hablarle de su esposa.

-Ah, usted dirá. -He pensado que...

será mejor que no tome más el reconstituyente.

Hay casos aislados en los que puede provocar efectos secundarios.

-Y el de mi esposa es uno de esos casos.

Precisamente quería comentárselo.

-Iré a hacerle un reconocimiento y buscaremos otras opciones.

Ahora, marcho a casa,

ha sido un día largo y estoy fatigado.

-Con Dios. -Con Dios.

-Don Liberto.

¿Le ha sucedido algo con el doctor?

Antes le he visto discutir con su criada en mitad de la calle.

Y ahora me ha parecido apreciar que su conversación con usted

era tensa.

-Bueno, más que tensa ha sido un poco extraña, la verdad.

¿A usted no le parece raro que nadie le conozca en el hospital?

-¿Cómo dice?

-Pues que esta tarde estuve preguntando por él y,

nadie supo darme razón del doctor Baeza,

es como si no hubieran escuchado ese nombre.

Y él me ha dicho que ha sido porque siempre ha estado trabajando

en el consejo y lleva poco tiempo ejerciendo allí,

pero no termina de convencerme.

-Entremos en la chocolatería que le invito a un café,

así puede contármelo con más detalle.

-Fabiana, ponme una cucharadita más. Por favor.

Es que este guiso te sale fetén, ¿eh?

-"Agradecía". Ya veo cómo le gusta.

Apenas ha "dejao" "na" "pa" el señor.

-Tú descuida, que mi Ramón come como un pajarito.

-Espero por su bien que así sea, que apenas le ha "dejao" pan.

-¿Sabes lo que podrías hacer? Prepara unos huevos,

con patatas. -¿Para el señor?

-Para mí, que me he quedado con hambre.

Mejor con chorizo, que se quedan sosos.

-Pero ¿cómo, mi amor, no me has esperado a cenar?

-Ay, lo siento, querido, pero estaba que me moría de hambre.

-¿Y tú sola te has cenado todo esto? -Al parecer, era el aperitivo.

Ahora iba a freírle un par de huevos.

-Pero con chorizo. -No, no, eso no puede ser.

-Tienes razón, solo con chorizo no,

también con tocino, que si no parece que sepa a poco.

-Aguarda un momento, Fabiana.

Trini, no puedes seguir alimentándote así.

-Señor, no estará usted diciendo

que una no es una buena cocinera.

-No, no se trata de eso, pero precisamente estoy leyendo

en mi libro cuál es la alimentación más adecuada para las preñadas.

-¿Y qué dice, que tengo que comer por dos, no?

-Eso es un mito,

de eso nada, lo que tienes que hacer es comer bien, y variado, y sano.

-Pero ¿qué hay más sano que unos huevos con tocino y chorizo?

-Tienes que evitar los guisos fuertes,

los fritos, los dulces.

-Según tu librito, ¿de qué me tengo que alimentar, del aire?

-No, de verduras y alimentos con poca grasa.

-La que me ha caído con el dichoso libro.

Ya podrías leer el diario.

-Señor, disculpe si una servidora se atreve a contradecirle,

pero de toda la vida de Dios las "preñás"

se han "alimentao" como yo alimento a la señora

y los niños han "salío" que daba gloria verlos.

-Hay que dejarse orientar por la ciencia, Fabiana.

Y no se trata de la salud de la criatura, no, sino de la de Trini.

-Pero ¿qué salud? Si tú pretendes matarme de hambre.

-Si le parece bien al señor,

Lolita ha traído unos cardillos de Cabrahigo.

Le prepararé a la señora una tortilla de un huevo.

-Bueno, de dos.

-Eso me parece bien. Hazle esa tortillita, sí.

-Muchas gracias por el convite, María.

-La agradecida soy yo por haberme traído las sobras

de este guiso tan bueno. -Pues he "podío" venir de milagro,

porque mi señora no me deja en paz ni a sol ni a sombra.

Es igualito que lo que dicen los niños chicos.

No es que me dé pena porque se pusiera enferma, me da pena

por lo tonta que se quedó "aluego".

-Si quieres contentarla gánatela por el estómago, ¿no es muy glotona?

-"Pa" chasco que sí.

Le gusta más llenarse el buche, que a un tonto una piruleta.

-Pues lo tienes muy sencillo.

Te voy a enseñar un par de recetas.

La vas a tener tan satisfecha, que te dejará en paz.

-Arrea, ¿haría usted eso por mí?

-Claro, te debo una por enseñarme a manejarme en esta cocina.

Tú tráete los ingredientes aquí

y luego ya yo te diré.

Haremos un par de pruebas y podrás repetirlo en casa.

-Pues eso sería fetén, sí.

Lo único que no sé yo si me podré escapar otra vez

de casa de mi señora. -Pero te ahogas en un vaso de agua.

Tú no te olvides de preguntarle por los síntomas, por el aspecto,

comentándole siempre que tiene muy mala cara, sea verdad o no.

-Y con eso ¿qué gano yo, María? -Ay, verde y con asas.

Pues que se vaya a reposar, o a buscar al médico

y, así te quedes tranquila.

-Pero eso no está "na" bien.

Vamos a ver, pobrecica mi señora, menudo susto,

con lo asustadiza que es ella.

-Ay, y sí está bien que te amargue la vida, ¿no?

-Pues ahora que lo dices... -Ah.

-Con tanto palique se me va el santo al cielo.

Me tengo que marchar ya que se me hace tarde.

Quiero subir al altillo a ver a mis comadres.

¿Se viene usted conmigo? -No, no, aún tengo que recoger esto.

-Pues...

¿Lo...?

-No, no, no, vete, vete.

-Ah, bueno, pues hasta mañana, María.

-Con Dios.

Hombre, te has dignado a aparecer.

¿Y cómo te ha ido con el entrometido de Liberto?

-Pues creo haberle convencido de que no había nada extraño en el hecho

de que no me conocieran en el hospital,

pero he pasado un mal rato.

-Ah, menos de lo que mereces. Vas a causarnos la ruina.

-Te estoy diciendo que he salido airoso.

-Habrá sido suerte, todos terminarán por descubrir que eres un caradura.

-Tengamos la fiesta en paz, ¿eh? No me gusta que me insultes.

-No es insulto. ¿Cómo quieres que te llame?

-Pues simplemente un hombre con mala suerte.

Pero no será por mucho más tiempo, las cosas van a cambiar muy pronto.

-Me gustaría estar tan segura.

No cambiará tu suerte si vuelves a las andadas.

Y como vuelva a aparecer Melquiades por aquí,

yo sí que le voy a poner solución al problema.

Lo que dudo es que sea de tu agrado.

(RÍEN)

-Lo hemos "pasao" fetén en el café teatro este.

-Sí, pero hubiese sido mejor si a estos dos lechuguinos

no les hubiesen entrado las prisas en volver.

-Tenemos que volver. -Eso, eso.

Prometednos que nos llevareis otra noche.

-Sí, ¿para qué?

¿Para pasarnos toda la noche espantando a los moscones

que querían bailar con vosotras?

-Tarea que no hemos llevado a cabo con demasiado éxito, debo decir.

Habéis bailado con todos menos con nosotros.

-Arrea, pues con vuestro permiso, que si no,

ni se nos hubiera ocurrido.

-Nuestro permiso era para un baile, no para cientos.

Desde luego, se os da la mano y cogéis hasta el codo.

-Si por mí hubiera sido, ni un baile hubierais echado.

Antoñito me convenció de que en Nueva York es normal.

-Avanzados que son los americanos. -En demasía.

Que a mí, eso de que la novia de uno baile con cualquiera,

me parece una barbaridad. Vamos, un desdoro.

-Sí, sí, yo también empiezo a pensar un poco así,

no creo que nos vuelvan a ver por allí.

-Va, no me seáis siesos. -Eso.

Orgullos tendríais que estar de tener unas novias de bandera.

-Ya lo sabíamos,

no necesitábamos más demostraciones. -Pero mira que sois exagerados.

Han sido dos bailes, el resto de la noche

os hemos tenido en palmitas.

-Bueno, sí, eso es cierto.

Ya veremos si volvemos al café teatro.

-Pues yo me muero de ganas de seguir bailando.

-Calla, mujer, que para eso no hace falta esperar

a que nos lleven al café teatro.

# La de los claveles dobles,

# la del ramito de rosas,

# la que iría a la verbena

# cogidita de mi brazo. #

Uy.

-¿Qué te pasa? -Uy.

Pues un retortijón.

Será que me ha entrado hambre de tanto baile.

# Eres tú,

# porque te quiero, chula

# de mi corazón, chiquirriquirrí. #

(CANTURREA)

-Estoy hasta el moño de patear las calles

buscando esos dichosos carteles. -Pues ya somos dos, Agustina,

pero bueno, ya no deben quedar muchos más,

que yo ya he "recogío" unos cuantos. En fin,

todo sea porque Servando no se vea. -Es mucha faena para las dos.

Lolita debería haber bajado a ayudar.

-Es que la pobre no podía ni con su alma,

que ha amanecido indispuesta.

-No se encontraría tan mal anoche cuando se fue de parranda.

-Seguramente que algo le cayó mal.

-Sí, el trasnoche, ¿no te amuela?

-Si es que los tiempos están cambiando que es una barbaridad,

Agustina.

¿Se imagina usted que en nuestra época nos hubiéramos ido nosotras

de baile con el novio y de noche? -Ande, calle.

Me acuerdo de un pretendiente que tuve cuando era moza,

el Fulgencio, se llamaba. Era bien plantado y mejor bailarín.

Pero ni siquiera...

en una boda, mi padre le permitió que me sacara a bailar.

-Entonces se quedó usted con la miel en la boca y sin bailar con él.

-No del todo.

Por las noches soñaba que bailaba con Fulgencio.

Siempre era el mismo sueño.

¿Qué habrá sido de él?

Se alistó en la milicia y nunca más supe de él.

-Ay, Agustina, si es que a nuestras edades no se pueden contar

con los dedos de una mano aquellos a los que la vida nos ha ido alejando,

pero en fin, todavía tenemos mucha faena por delante

y no nos podemos poner mohínas. Sigamos, sigamos

con los dichosos cartelitos. -Tiene más razón que un santo.

Uy, mire,

ahí veo uno. -Vamos.

Por ahí viene Servando.

-Entreténgalo, que no lo vea.

-Servando, Servando, ¿sabe usted que Lolita está enferma?

-No me diga, pues no sabía. -Pues ya lo sabe usted,

ya lo sabe usted. ¿Por qué no sube?

Le dará mucha alegría. -Sí, pero ahora, cuando...

-No sabe usted lo contenta que se va a poner.

-Bueno, ya voy. -Vaya, vaya.

(RESPIRA ALIVIADA)

Muy bien.

-Estás tan bonita cuando duermes.

Y cuando despiertas, ya no te puedes ni imaginar.

Me muero de ganas por casarme contigo y despertar a tu lado

cada mañana.

-Qué cosas más bonicas me dices, "resalao".

-¿Qué haces, no estabas durmiendo? -Nones.

Tan solo descansaba una miaja. -Bueno,

pues habérmelo dicho.

-¿Y detener tus requiebros? De ninguna manera.

-Ya me han dicho que estás enferma.

-No te apures, ya se me ha "pasao" al verte.

-Yo creo que enfermaste al bailar con tanto lechuguino.

-No te pongas celoso, ¿eh?, que ya sabes

que bebo los vientos por ti.

Uy.

-¿Qué?

-Espera, espera.

Mi tripa. -¿Sí?

Yo creo que voy a avisar a un médico.

-Nones, nones, que solo tengo que descansar una miaja.

Esta tarde seguro que estoy bien. -Yo, por si acaso, me quedo aquí,

cuidándote.

Túmbate.

-Uy, mi tripa. ¡Uf!

-Venga, túmbate, yo me quedo aquí contigo hasta que venga Fabiana.

-Uy. -Vamos.

Ahí, tranquila.

-Uf. -¿Qué le ha pasado a esto?

-¡Uy!

Deja, deja. -¿Sí?

-Sí.

(Pasos)

-Señor.

Señor, ¿por qué no se acuesta a reposar un poco?

No ha pegado usted ojo en toda la noche.

Ni siquiera ha comido ni ha bebido nada.

¿Quiere que le cocine algo? No tengo hambre.

Pues entonces,... deje que le llene la bañera,

ya verá como después de un buen baño lo ve todo de otro talante.

(Llaman a la puerta)

Voy a ver quién es.

(Se cierra una puerta)

¿Quién era?

Nada urgente, señor,

simplemente traían una carta.

¿Una carta, de quién?

Es del banco. Pero ¿por qué no se espera a otro momento

para leerla? Seguro que no se trata de nada de enjundia.

¿Quién te has creído para decidir lo que es importante y lo que no?

Me exigen el cobro de un recibo.

¿Y con qué dinero pretenden que les pague?

¿Con el obtenido de la venta de las joyas?

Señor, ¿qué es lo que va a hacer? ¿Por qué no se tranquiliza? Señor.

Señor, pare,... ¡Señor!

Señor, pare, las está destrozando.

¿Y qué? La marquesa tenía razón.

Es un trabajo hosco, la obra de un principiante.

No diga usted eso, es usted un gran artista.

No, Carmen. Mi talento huyó por la ventana igual que mi hermano,

igual que mi fortuna, igual que mi esposa, ¡lo he perdido todo!

No me queda nada.

Ni siquiera puedo revender el material

después de haberlo trabajado.

Soy como una de estas joyas, sin valor.

Ni siquiera sé por qué me esfuerzo en seguir adelante.

¡Ni siquiera sé por qué sigo vivo!

(GRITA)

¿Querían verme?

Lucía, siéntate.

Sé que lo que te vamos a contar te va a causar una impresión.

En tal caso, le ruego que no dé más rodeos

y me lo cuente ya.

Nuestras sospechas no eran infundadas.

Tu padrino Joaquín lleva toda la vida trabajando al servicio

de los marqueses de Válmez. No comprendo.

Entonces, ¿por qué me lo ha estado ocultando durante todo este tiempo?

-Le pidieron que no lo hiciera público para no incomodar

al otro abogado. Una cosa es no hacerlo público

y otra muy distinta es no decírmelo a mí.

Él sabe perfectamente que no terminaba de comprender

mi asignación en la herencia.

Lucía, temo que esto no disipe tus dudas.

No, al contrario.

Si él era su secretario personal

y trataba sus asuntos más privados, ¿por qué me dieron

la asignación a mí y no a él? No puedo darte respuesta de eso.

Quizás los marqueses tuvieran alguna relación contigo durante tu infancia

y se encariñaron de ti. Y si fuera así,

¿por qué no recuerdo esos encuentros?

¿Por qué mi padrino me mantuvo al margen

de la casa Válmez aun estando siempre a su servicio?

Felipe no tiene respuestas para eso.

-Solo hay una persona que está al tanto de todo esto,

tu padrino Joaquín,...

pero evita hablar del tema.

(Llaman a la puerta)

-Voy a abrir, Lolita sigue indispuesta.

Carmen, ¿qué pasa? -Señora,

necesito hablar con don Felipe. -Pasa, está en el despacho.

-Don Felipe, se lo ruego, venga a casa, con urgencia,

corra. Carmen, ¿qué pasa?

Es don Samuel. Ha perdido la cabeza.

-Ramón, querido, te vas a aprender el condenado libraco de memoria.

-Si este es otro, el de ayer ya lo terminé.

-Pero ¿cuántos libros se han escrito sobre el tema?

-Al menos tres, y cuando termine este, me pongo con el otro.

-A ver, Ramón, las mujeres llevan años trayendo criaturas al mundo

y no necesitan tantas instrucciones.

-Mujer, ningún mal te van a hacer sus consejos.

-Pues mira, de momento están cerca de matarme de hambre.

A ver, querido,

Rosina lleva varios días encerrada en casa

y había pensado que estaría bien que fuera dando un paseo

a hacerle una visita.

¿Qué pone en tu libro, puedo o no puedo dar paseos?

-Sí, dice que en tu estado es conveniente que hagas paseos, sí.

-Fenomenal, pues si cuento con tu bendición, había pensado también

en llevarle unos suizos, ¿o ya es pasarse?

-Trini, no te conviene tomar

mucho dulce.

-Anda que...

si lo llego a saber, no te aviso de mi estado

hasta el bautizo de la criatura. ¡Ay!

-Arrea.

¿Tan pronto da patadas?

-No, que me duele muchísimo el estómago,

que es horrible. ¡Ah! -Siéntate.

-No puedo, no puedo. -Trini, me estás asustando.

-¡Ah! -¿Qué sucede!

-Vete a por un vaso de agua, que Trini no se encuentra bien.

-Ramón, que me duele mucho.

-Trini, respira, respira.

(GRITA)

-Ay, ay, ay, ay.

-Ay, la pobre, no levanta cabeza. -No sé, quizá debería

prepararle un emplaste para el estómago.

-Lo que tendríamos que hacer es avisar a un buen médico.

-Nones, que no quiero causarle gastos a Antoñito.

Seguro que a la tarde estoy como una rosa.

-Sí, como una rosa "marchitá".

-No voy a poder ir a faenar, ¿eh?

-Descuida por eso, mastuerza, que ya le pido yo permiso a mis señores

y te hago toda la tarea en casa de los Álvarez-Hermoso.

-Ay, ¿qué tendré? Si yo nunca me pongo mala.

-Dinos, Lolita, ¿dijeron algo los médicos de tu tata?

¿Si podías contagiarte?

-No.

"Na" dijeron.

-Fabiana, tienes que bajar corriendo a casa,

Trini de repente se ha puesto malísima

y mi padre quiere que bajes. -Ahora mismo, señorito.

Que no le pase "na" malo a mi señora ni a la criatura, por Dios.

-Antoñito, dinos qué tiene doña Trini.

No lo sé, pero se parece a lo tuyo. Le duele el estómago.

-Ay, Dios mío.

-¿Qué?

-¿Qué, qué pasa?

-Uf.

¿Cómo está Samuel?

Parece que gracias al baño y a la tila está mejor.

Eso espero.

En cierto modo, me siento responsable.

Fui yo quien le dio la idea de reunirse con la marquesa de Urrutia.

Al final ha sido peor el remedio que la enfermedad.

No se culpe, Felipe, usted solo intentaba ayudarle, como todos.

Samuel, ¿cómo se encuentra? Ya mejor.

Le agradezco la preocupación

y disculpe las molestias, sé que es hombre ocupado.

Ante todo, debo ocuparme de mis vecinos y amigos.

Tal dedicación le honra, pero marche a sus quehaceres

y pierda cuidado, ya estoy bien. Márchese,

yo me quedaré acompañando a Samuel.

Si usted lo quiere así,

por supuesto. Por supuesto,

su compañía me reconfortará.

De acuerdo, estaré en mi despacho preparando una reunión.

Si necesitáis cualquier cosa, no dudes en avisarme.

Con Dios. -(AMBOS) Con Dios.

Lucía,...

le agradezco su apoyo, y siento haberles alarmado.

Me he comportado como un estúpido.

Mis actos solo han conseguido hundirme aún más en la miseria.

¿Sus finanzas siguen siendo alarmantes?

Lucía, hace tiempo que superaron ese estado.

Estoy en un terrible aprieto.

Ni siquiera voy a poder hacer frente al primer pago

de la deuda.

Van a quitarme esta casa por ni siquiera poder pagarles

2000 miserables pesetas.

Descuide, le aseguro que eso no va a suceder.

Aguárdeme unos minutos, debo ir a mi casa, enseguida vuelvo.

Qué suerte tienen en este barrio al tenerme como sereno.

-Cesáreo, se me gasta usted unos aires que enfrían.

Se ve que no "tié" usted abuela. -¿Acaso miento?

En lo que llevo de día,

ya he espantado a tres parejas que estaban pegando la hebra.

-Déjelos, hombre, que no hacen mal a nadie.

-De ninguna manera, doña Susana va a tener que tragarse sus palabras.

De hecho, voy a ahora mismo a la sastrería a hablar con ella.

-Vaya, vaya, por mí no se quede con las ganas. Ande.

-Ay, a usted la estaba buscando, Fabiana.

¿Cómo está su señora?

-Pues mire usted, Servando, ya está más tranquilita.

Aunque la pobre sigue con los dolores.

Ahora, en cuanto recoja esto, subo a verla.

-No se entretenga que a mí todo esto me está dando muy mal...

¿Qué, dónde va con esos periódicos viejos?

-A tirarlos.

-Deje, ya me ocupo yo de ellos.

-Pero Servando, nones, ¡no!,

que los tiro yo. -Pero ¿por qué tira?

Que no molesta y además me viene fetén para encender la lumbre.

¿Qué diantres es esto?

¿Y qué pone en estos letrajos?

-Arrea, Servando, pues si usted sabe que una no sabe de letras tampoco.

-Algo sabrá.

O me dice qué pone en estos letrajos o busco a alguien que me lo lea.

-Quieto, no se lleve usted un disgusto.

Que Lolita me lo ha leído

y no le va a gustar a "usté" ni una miaja.

-Bueno, ¿y?

-A ver si me acuerdo.

"Si no quiere ser un tipo enclenque y alicaído,

tómese el tónico El Coloso

y se convertirá en un verdadero hombretón".

-Pues casi hubiera preferido que no me lo hubiera dicho.

-Por eso mismo no quería que lo viera.

-Claro.

Y ha estado quitando los carteles de la calle, por eso no hay ninguno.

-Yo y el resto de las comadres.

Servando, no haga caso a esas "tontás",

eso no tiene importancia alguna. -¿Cómo que no tiene importancia?

-No.

-Por eso ha estado quitando estos carteles.

-Nada,

doña Susana no estaba,

tendré que ponerle los puntos sobre las íes en otra.

(RÍE)

Pero ¿qué es esto?

Si es nuestro coloso. Fabiana, acaba de alegrarme el día.

Ahora mismo voy a recochinearme del portero.

-Quieto "parao".

¿O es que no sabe usted o no le han dicho nunca

que no se debe hacer leña del árbol caído?

-Del árbol caído no lo sé, pero de Servando, ahora mismo.

-Mire que ahora mismo Servando es eso, un viejo roble caído

y bien caído, y yo no voy a permitir que le haga más daño.

Aire.

-Lucía, ¿qué haces con esa fortuna en las manos?

¿De dónde la has sacado?

Es parte de mi asignación.

No tengo por qué darle más explicaciones.

Pero ¿cómo te atreves? ¿Crees que esa es forma de tratarme?

Tan solo le pago con la misma moneda.

Así como usted ha decidido ocultármelo todo

durante toda mi vida, yo ahora tengo derecho

a no responderle a sus preguntas. -Eres una desagradecida.

Yo tan solo he tratado de cuidar de tus intereses.

-¿Qué está pasando? Nos pareció oírles discutir.

-Lucía, ¿adónde vas?

-A ninguna parte sin que antes se explique.

¿Qué vas a hacer con ese dinero?

Te he hecho una pregunta.

Ya le he dicho que no pienso contestarla.

(TARAREA)

Ayer lo pasé fetén en el café teatro.

-Me alegra escucharte. -Te agradezco

que distrajeras a mi hermano. -Descuida,

tampoco resultó una tarea muy ingrata,

nosotros también pasamos una velada muy bonita.

Además, así tuve la oportunidad

de escaparme un poco de casa. -¿Tu madre sigue igual?

-Sí, sí, encerrada en casa. Está rarísima.

Ay, Flora, yo estoy muy preocupada.

-Tampoco deberías.

A ver, no te lo tomes a mal, pero tu madre muy normal

no es que haya sido nunca.

-Leonor, precisamente te iba a ir a ver.

-Pues le has ahorrado un paseo.

Os dejo. Voy a ver si han salido los suizos.

-Te noto inquieto, ¿qué sucede? -A ver, aún no estoy seguro,

pero hay algo que me ronda la mollera desde hace un tiempo ya.

-Anoche

no me comentaste nada.

-Es que no quería estropear la cena.

Desconfío de vuestro amigo, el doctor.

-¿Otra vez con esas? -Mira, Leonor, es que además

de sus dotes para el sableo, me he enterado que Liberto

ha estado en el hospital preguntando por él

y nadie le conocía.

-¿Tú estás seguro de eso? -El mismo Liberto me lo ha contado.

Y ese tal Higinio se ha justificado, pero de una forma poco convincente.

-Pues sí que resulta extraño.

Vamos a tener que ir ojo avizor con él, además,

que es inquilino de nuestra casa.

-Aquí está perdiendo el tiempo, fuera.

¿Puedo hablar con su hermana?

Le he dicho que no la queremos en este negocio.

¿Es que tan difícil resulta de comprender?

Venga, largo, si no quiere que le eche yo mismo a palos.

Samuel.

¿Qué es esto, Lucía?

Es el dinero que precisa

para salir momentáneamente del atolladero.

Con lo que hay en este sobre, podrá hacer frente

al requerimiento del banco. Sé que no es mucho, pero al menos

servirá para ganar tiempo.

¿De dónde ha sacado tal cantidad?

Eso ahora no importa.

Lucía,... no sé ni cómo ni cuándo voy a poder devolvérselo.

Descuide, Samuel, no se trata de un préstamo, ese dinero es suyo,

usted lo necesita mucho más que yo.

No lo olvidaré. Es usted muy generosa.

Posiblemente, una de las mejores

personas que he conocido en mi vida.

Muchas gracias, Lucía.

Flora.

Flora. Flora, por favor.

¿Tiene un momento?

Solo quería hablar un poco con usted.

Saber por qué ahora me evita.

Déjeme en paz, Úrsula, ya escuchó a mi hermano.

No se vuelva a acercar por la chocolatería nunca más.

Ni a mí tampoco.

¿Está usted bien, Úrsula?

Parece afligida.

En mala hora me trajeron mis pies de vuelta a Acacias.

Es obvio que aquí no soy bien querida.

Veo que han vuelto a despreciarla.

Deles tiempo y terminarán por perdonarla.

No estoy tan segura.

Si pudiera resarcirles de todo el mal que dicen que les he hecho,

pero... ni siquiera recuerdo bien qué es lo que hice.

No se preocupe por eso ahora, será mejor que marchemos a casa.

Por fin apareces, tú y yo tenemos que hablar.

¿Dónde te crees que vas?

¿Crees que puedes dejarme con la palabra en la boca?

-Tío, cálmese, se lo ruego.

¿Qué más le da lo que haga con mi vida si no le he importado?

-Pero ¿cómo te atreves? ¿Pretende negarlo?

Jamás me ha prestado atención,

nunca me abrazó cuando estuve enferma,

ni me dio consuelo cuando estaba triste.

Ni siquiera me dejaba cenar en la misma mesa.

Siempre fui un estorbo para usted.

¿Así me pagas todo lo que he hecho por ti?

Otra vez se muestra dispuesto a echarme en cara

pagar por mis vestidos, pagar por mis cuidados,

pagar por mi educación, pagar, pagar y pagar.

-Qué poco, ¿no?

Si alguna vez me hubiera considerado su hija, no un estorbo

o una extraña, pero claro, yo para usted nunca fui su hija.

Por eso no me permitía llamarle padre.

-Lucía, déjalo ya. No.

Ya es hora de poner las cartas sobre la mesa.

¿Por qué se encargó de mí si no me quería?

¿Acaso era una obligación? -Lucía, cariño, cálmate,

esto es muy doloroso para ti.

Prima, se equivoca.

En realidad, es una liberación

poder decirle a mi padrino lo que siento.

Y, sobre todo, lo que me faltó por sentir a su lado.

No pienso derramar una sola lágrima más por esto.

No sufriré nunca más sus desprecios. Nunca.

(SUSPIRA)

-Uy. Ay, demasiado caliente.

-Pero señora, si según usted, antes estaba frío.

¿Cómo lo quiere?

-A la temperatura indicada, y no me seas impertinente.

-Usted perdone, ahora "mismico" se lo enfrío.

-Susana, no te esperaba.

-Casilda, déjanos solas. Vete a dar un paseo.

-¿A qué has venido, Susana? Aparte de a dar tiempo libre

a mi servicio, claro está.

-Rosina,... no puedes seguir escondiéndote eternamente,

encerrada en estas cuatro paredes.

-Pues esa es precisamente mi intención.

-Debes enfrentarte a la verdad, sea cual sea esta.

Nada ganas con no enfrentarte al pasado.

-En eso llevas razón.

Debo alejar a esa mujer de estas calles y que no vuelva.

-Rosina,...

yo voy a ayudarte en lo que precises,

pero para eso primero tengo que saber qué ocurre.

¿Es que no confías en mí?

Dime,... ¿quién es en realidad

esa criada que tanto pavor te causa?

-María fue criada,

hace muchos años, de mis suegros.

Entró a su servicio siendo una cría...

y cuando fue mocita...

mi Maximiliano se encaprichó de ella.

Fue solo el capricho de un señorito, un desahogo

y, por lo que luego supe, ella no albergaba más estima por él.

Tan solo trataba de sacar beneficio.

-¿La llegaste a conocer entonces?

-Sí, para mí desgracia, pero que quede claro,

cuando nos comprometimos,

Maximiliano ya había roto sus relaciones con ella.

-Pero la criada no tuvo bastante.

-Pues sí.

Me trataba con descaro, me aseguraba

que lo recuperaría con un simple chascar de dedos y yo la creí,

porque nuestro matrimonio fue un acuerdo, ya lo sabes.

Y Maximiliano había... estado carnalmente con ella,

me sentía tan...

Me sentía tan... dolida, tan...

humillada, celosa.

Ella disfrutaba con su posición de fuerza.

Si la vieras, siempre temí que volviera a nuestras vidas

y se encamaran de nuevo.

Pero, por mi fortuna no, ¿eh?

Desapareció de nuestras vidas.

Al poco tiempo de casarnos, a los meses.

-Y ahora

ha vuelto.

-Sí.

Yo es que casi la había olvidado al morir Maximiliano,

pero aquí está de nuevo para mi desgracia.

De verdad,

tenerla cerca me sigue doliendo en el alma.

Susana, estoy segura

que alberga

oscuras intenciones.

-"No son más que chiquillerías"

propias de una muchacha malcriada. -Tío,

no lo veo así. -¿Cómo?

¿Vas a tener en cuenta sus acusaciones?

-Y no es la única. -Me ha decepcionado.

Yo pensé que era un buen hombre, que cuidaba de una niña abandonada.

-Y así fue. -Pero sin cariño.

-¿Por qué se encargó de ella si la trataba así?

-Yo no he venido a esta casa para ser juzgado con semejante desdén.

-Pues tendrá que marcharse.

-Y olvide el negocio que le ofrecí.

-Yo no pedí cuidar a una niña,

ni siquiera sabía cómo tratarla. -Entonces, ¿por qué la adoptó?

-Me la impusieron.

¿Quién?

Lucía, ¿cuánto tiempo llevas ahí?

El tiempo suficiente para escucharle.

Por favor, déjenme a solas con él.

Contésteme ya quién le impuso que se quedara conmigo.

(LA GENTE RÍE)

-La madre que me pa... Pero ¿quién ha podido hacer esto?

-"Quería pedirle su colaboración para un cometido"

que también redundaría en la moralidad del barrio.

Por supuesto, ese cometido estaría

debidamente retribuido. -No tiene más que explicarse.

-También precisa de discreción.

¿Es usted capaz de guardar un secreto?

-Soy una tumba. -"Sintiéndolo mucho,"

si quiere usted permanecer en mi piso,

debe cumplir una condición

insoslayable. -¿Una condición?

No creo haber cometido falta alguna,

ni moral ni material. ¿De qué condición se trata?

-Lamentándolo mucho, debo pedirle a usted que...

despida a su criada.

-"Te he notado afectada desde que hablaste con tu padrino".

¿Qué te contó que te tiene tan agitada?

Prefiero no hablar del tema.

No pasa nada si no quieres contarme ahora.

Felipe le ha pedido que se marche.

"Mis ojos"

no me engañan, ¿qué hace usted aquí?

Le he hecho una pregunta.

Dicen que...

me he curado.

¿Curada de qué? Nadie puede curar al diablo.

"Padrino, espere, por favor".

¿Qué más quieres de mí, Lucía?

Necesito algunas aclaraciones más.

-Aclaraciones que yo no tengo por qué darte.

Padrino, me lo debe.

Después de tantos años juntos,

al menos debería darme una explicación sobre mis orígenes.

Sé que usted nunca me quiso,

pero si alguna vez llegó a apreciarme

un poco,... -¿Qué más detalles deseas conocer?

Todos, quiero saberlo todo.

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  • Capítulo 840

Acacias 38 - Capítulo 840

04 sep 2018

Samuel encaja mal las críticas de la marquesa y la echa de su casa a gritos. El Alday desespera cuando recibe un nuevo aviso del banco: necesita el dinero cuanto antes. Samuel se sincera con Lucía y le confiesa su quiebra. La muchacha le regala el dinero de su asignación. Las explicaciones de Higinio de por qué nadie le conoce en el hospital no convencen a Liberto, quien comparte sus sospechas con Íñigo. María prohíbe a Higinio volver a salir con Melquiades.

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  1. Maria

    Por favor la señorita lucia, le falta mas garbo, tener mas vidilla, que le de caña a D. Samuel jeje.

    06 sep 2018
  2. Maria

    Por favor a la señorita lucia, le falta un poco mas de picardia, de vidilla, tiene un pesimo papel. Para mi gusto, y con todo mi respeto.¿¿

    06 sep 2018
  3. Vicente Pizarro

    Algo totalmente inverosimil es que un vulgar sereno, que la única tarea era la de trabajar desde las 10 de la noche hasta las 6 de la mañana y abrir las puertas del sector en el que trabajaba a las personas que se olvidaron de la llave de sus portales y marcharse a su casa a descansar, pues su tarea había terminado, es incomprensible que siga trabajando por el día y encima asumir las tareas de justicia, cuando él no tenía ni voz ni voto, la verdad que no comprendo como no se han dado cuenta de esa estupidez.

    06 sep 2018
  4. Mabi

    Será posible que enfermen a Lolita y a Trini????? Basta!!!!!! De desgracias!!!! Dejen a la gente buena de Acacias ser felices!!!!! Que lo de Lolita y Trini solo sean atracones....

    05 sep 2018