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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 831 - ver ahora
Transcripción completa

¿Qué razón puede haber para que la marquesa tuviera colgada

en el cuello la misma cruz que mi madre me dejó como único recuerdo?

-Es imposible saberlo con seguridad,

pero no debe turbarse por ello.

Lo más natural es que su tutor le contara la verdad

sobre sus orígenes.

-Quizá tenga razón

y estoy haciendo una montaña de un granito de arena.

¿Cómo está don Liberto? -Sí, ¿y mi padre?

-Tu padre está en la escalera hablando con Felipe y Celia.

-Diga algo, señora, que nos tiene en ascuas.

-Es que no sabemos nada, Fabiana.

Cuando nos hemos vuelto, Liberto todavía no había salido.

La medicina ya ha hecho su trabajo,

ahora debemos esperar a que don Liberto reaccione debidamente.

No voy a engañarla, las próximas horas resultarán cruciales.

-Ay, Dios mío, mi sobrino.

-"Si quiere,"

podemos sentarnos juntos para revisar esos cálculos,

ver si hay algún error y, en su caso,

encontrar una posible solución. -Se lo agradezco,

pero no será menester centrarse en tal tarea.

Ya le dije que he revisado cuidadosamente mis cálculos.

¿O es que acaso no me cree capaz de hacer bien tal acto?

No hace falta que conteste, el rubor de sus mejillas

ya lo ha hecho por usted. Lucía,

sea cauta.

Aplaque ese sentimiento imposible ahora que está a tiempo.

-Empezaré pagando las obras de arte y más adelante

nos reuniremos para afrontar el resto.

-Parece un buen trato,

debería usted mostrarse más satisfecho.

-Lo estoy.

-Pues lo disimula muy bien.

-¿Nos oculta algo?

-En absoluto.

-El doctor me ha dicho...

-Diantres, señora, ¿qué le ha dicho?

-Que estoy en estado. -¿Qué, qué?

¡Lo sabía!

Ay, yo lo sabía, yo lo sabía, yo lo sabía.

-Ay, Dios mío.

¡Oigan, mi marido está despertando!

Liberto.

-Samuel...

Creía que no vendrías.

-Pero ¿qué hace usted aquí?

-Esperarte.

-¿Cómo ha podido salir de la casa de reposo?

-Me han curado.

-Imposible.

-Ahí lo dice.

-Paparruchas.

No hay más que verla.

-Estoy bien.

En paz.

-La única paz que usted conoce es la de los muertos.

¿A qué ha venido aquí?

-Quiero ver a mi hija.

-¡Miente! Su hija y todos solo somos instrumentos para usted.

¿A qué ha venido, a regodearse con la ruina de mi negocio, no?

-No sé a qué te refieres. -¿Ah, no?

Ni siquiera me extrañaría que usted hubiera estado detrás

de la bomba que arrasó mi negocio.

-De verdad, Samuel, que no te entiendo.

La necesidad de ver a Blanca y a mi nieto

es lo que ha guiado mis pasos hasta aquí.

Perdóname por el mal que te he hecho.

Perdóname si puedes, pero no evites

que pueda ver a mi familia.

-¿Su familia?

Pero ¿qué familia? ¿La que Blanca y yo forjamos y usted destrozó?

¿La familia Alday que usted minó desde dentro?

No está.

No están. Blanca se ha marchado y se ha llevado a Moisés con ella,

así que lárguese por donde ha venido.

-Ten compasión, Samuel,

caridad. -No la merece,

y no la creo.

No me creo su falso arrepentimiento.

¡Así que lárguese! Ha venido fingiendo

para quedarse con todo y no hay nada.

-No tengo dónde ir, no tengo dinero.

Si me echas, me envías a la miseria.

-Me es indiferente su destino, ¡así que lárguese y no vuelva jamás!

-No, por favor, no.

No. No, por favor, Samuel, no.

En la calle... no sobreviviré.

Moriré de hambre.

-¡Tiene lo que se ha buscado!

¡A mí me es indiferente si vive o muere!

(Sintonía de "Acacias 38")

-Hoy es tu día de suerte y, por si fuera poco, el médico te ha dicho

que mañana podrás librarte del vendaje.

-Ay, sí, apenas me duele ya, ¿eh? -Los críos son una bendición,

incluso antes de venir. Apañan a las madres

y le quitan todas las penas.

-Ya, eso dicen, Fabiana, pero...

¿por qué tengo un comecome yo aquí?

-Aprensión, pero verá como enseguida está usted lozana

como una jovenzuela. -Fabiana lleva razón,

los embarazos hacen a las mujeres más exuberantes.

Tú lo que tienes que hacer es cuidarte.

-Y comer mucho. -Ah, no, no, eso sí que no,

que ya me voy a poner como un tonel.

-Como "tié" que ser, y que el bombo sea grande,

que eso quiere decir

que es varón y fuerte.

-Ay. Todavía ni me lo creo, ¿eh?

A ver, yo había pensado muchas veces

en darle una criatura a mi Ramón, pero había perdido la esperanza.

-¿Ve usted como no se puede decir

"de esta agua no beberé"?

-Y aun así, lo seguíais intentando.

-Uy, calla.

Veréis, yo quiero a mi Luisi y a mi Antoñito como si fueran mis hijos.

Vamos, no es como si no tuviéramos una familia.

-Los conociste ya criados.

No es lo mismo que ahora Ramón y tú criéis y veáis crecer

a uno que es de los dos.

-Ay, ¿tú crees?

-¿Acaso lo duda usted, señora?

-Ay.

Fabiana, los hombres no son como nosotras.

A ellos solo les importa que su apellido perdure,

y Ramón, con Antoñito, eso lo tiene garantizado.

-Sabes que a Ramón le hará tanta ilusión como a ti.

-Siempre ha sido un padrazo. -Por eso.

Me da miedo que esté hasta el moño

de serlo.

-Tonterías, Trini. Ramón no solo es una buena persona,

es un buen padre y te quiere, con locura, diría yo.

Y un hijo es el mejor

y el más tierno fruto del amor.

Ramón se desvivirá por ti

y por la criatura en cuanto lo sepa.

-Sí.

Y también tendrá que...

aguantar mis mareos y mis caprichos durante nueve meses,

y las de Cabrahígo no nos conformamos

con que nos bajen la Luna.

-Ya, eso se pasa, señora.

Y al señor se le caerá

la baba en cuanto vea a la criatura.

-A los dos se os olvidará en cuanto tengáis al niño.

Tiene que ser tan bonito dar a luz...

(Llaman a la puerta)

-Celi,...

es una bendición que tengas a Tano.

-Sí, lo sé.

(Pasos)

-Señora, un mozo ha traído esto "pa" usted.

-Es de Leonor.

Ay, que dice que Liberto ha vuelto en sí.

Que parece que se recupera

sin contratiempos.

-Vamos al hospital.

-Rosina debe estar como loca de contenta.

-Bueno, señoras, si aguardan un momento en el quiosco,

les preparo un ramo de flores.

-Perfecto, Fabiana. -Gracias.

-Ay, cuidado, cuidado, a ver si te vas a marear.

-Por el amor de Dios, que solo quiero sentarme en la cama.

-Déjale hacer, se ha despertado hace un rato ya

y no se ha mareado ni una sola vez. -Es un cabezón.

-Cariño, mi amor, me encuentro bien, no te preocupes.

-Estás bien, entre otras cosas, porque no he parado

de mandar plegarias al cielo

por tu recuperación.

Gracias, Dios mío, por tu compasión y tu ayuda.

-No te arrogues todo el mérito,

yo también he rezado mucho,

y con fervor. -Bueno, pero yo tuve la iniciativa

de organizar un rosario.

A Dios le placen mucho esas cosas,

que los rosarios en común son muy sanadores.

-Y menudo rosario, ahí es "na". Daba gusto de verlo.

No se lo va a creer, don Liberto,

pero estábamos "toas" rezando como almas en pena

por usted. Parecía eso

un tedeum "obispicio".

-Cardenalicio, Casilda.

(RÍEN)

-Se agradece. A ver si puedes convencer a mi esposa

de que estoy bien. Que lo que ha hecho Dios

no lo puede deshacer el hombre.

-Menos humos, sobrino,

que también el diablo anda rondando siempre por ahí

como para hacer bromas.

-Ay, doña Susana, no sea agorera.

Yo no digo que rezar sea malo, pero es que el doctor

y la providencia están de acuerdo.

Liberto sanará. -Y que me entere yo si no lo hace.

-Buenas. Me alegra encontrarles a todos de tan buen talante.

¿Cómo está el paciente? -Estupendamente.

Ah, el doctor Baeza, ya le conocen todos, ¿verdad?

La eminencia que te ha salvado.

-No es mío el mérito,

de la ciencia sí y de la fuerte constitución de Liberto, también.

-Eminencia y modesto.

-Como los buenos cristianos.

-Bueno, más que cristiano,

santo. Al menos ha tenido manos de santo para salvar a mi Liberto.

-Y, díganos, doctor, ¿cuándo cree que podrá volver a casa Liberto?

-Pues déjeme que mire

un segundo. Vamos a ver.

No ha dicho usted palabra, Liberto.

-Pero si es que mi mujer

no me deja decir palabra. La verdad,

doctor, me encuentro bien, estoy fuerte.

-Ah, y con un apetito. Hasta nos ha pedido

hace un rato un potaje.

Se lo hemos negado, claro está,

hasta que dé su permiso.

-Perfecto.

Pasará la noche y, si va bien, mañana podrá irse.

-Ay. -Y hasta comer potaje.

(RÍEN) -Pero bueno, don Liberto,

eso está fetén.

Si sale usted pronto de esta, le invito a un desayuno

en La Deliciosa. -Doctor, ¿está seguro de eso,

no será eso precipitado?

-En absoluto, volver a casa le irá bien, sobre todo si usted le cuida

como sé que hará. De todos modos,

el hospital no está estos días sobrado de camas.

Si no tienen inconveniente,

yo mismo iré a visitarle a diario.

-Inconveniente ninguno. A cualquier hora

será usted bien recibido, ¿no os había dicho que es un santo?

-¿Y cuánto tiempo debo llevar esta venda, doctor?

-Eso lo vamos a determinar

según vaya evolucionando la sutura.

-Miren si es "presumío" el señorito.

-Ay, Casilda. -No regañes a Casilda, Rosina,

que lo conozco bien y estoy de acuerdo.

Mira si lo conozco bien

que he puesto solución a su problema.

-Cuidado, cuidado, cuidado. -Mira.

¿Estás mejor, cariño?

-¿Sí?

Gracias, tieta.

-Si vieras el alivio que ha sido para todos saber que Liberto

podía salir del hospital. -El Señor ha recompensado

sus plegarias, señora. -Naturalmente.

Y una, agradecida, ha empleado el trayecto de vuelta

para rezar bien quedo 12 Padre Nuestros y una Salve.

-Bien hecho, que más vale que sobre que no que falte.

Me alegro mucho por don Liberto, y por usted, claro.

Mañana, y siempre que usted quiera, puedo quedarme en la tienda

para que vaya usted a hacer compañía a su sobrino.

-Te lo agradezco mucho, pero tampoco quiero pasarme allí todo el día.

Todas sabemos cómo es Rosina, podría ponerse celosona.

No es posible.

-¿Qué, señora?

-Úrsula.

Por los clavos de Cristo,

Úrsula, ¿qué haces aquí?

-Buscar a mi hija.

He salido... y he venido a buscar a mi hija.

-No te me acerques.

-Doña Susana, necesito auxilio.

-Todos necesitamos la ayuda de Dios,

tú más que nadie, lo sé,

pero lo que se me escapa es por qué has pensado

que aquí encontrarías

ese amparo.

-No le entiendo.

-Estuviste a punto de robar al pequeño Moisés,

por el amor de Dios,

¿te crees que eso se olvida?

-Me han contado las cosas espantosas que hice,

pero yo quiero pedir perdón.

No entiendo

cómo pude hacer tanto mal.

-Porque en tu alma está el íncubo.

Ve a la iglesia a por tu perdón,

en nosotros

no lo encontrarás.

-Apiádese, doña Susana, apiádese. -¡Suelta!

-Necesito aliviar mi alma.

-Suelta.

-No tengo dónde ir. -En la Beneficencia

se arreglan casos como el tuyo.

Desde luego, aquí nadie te dará cobijo.

-Piedad.

Caridad cristiana.

-No quiero ayudar

al diablo.

Acompáñame a casa, me tiemblan las piernas como si hubiera visto

al mismísimo Satanás.

Y es que lo he visto. -Descuide usted,

que no la dejaré hasta ver que esté a resguardo.

-No, a casa no.

Me quedo más tranquila, me siento más segura, si los vecinos

saben de esta aparición, vamos.

-Celia le ha visitado en el hospital

y está de buen humor.

-Doña Rosina debe estar loca de contenta.

-Cuando no es Pascua.

-No me haga usted reír, que no estoy para bromas.

-¿Qué te pasa? -Ya se lo puede imaginar.

Le he dado vueltas a la conversación que tuvimos con Samuel

cuando volvía del banco.

-No deberías preocuparte tanto, ya nos dijo que le fue bien,

además, tiene un plan de pago a acreedores,

es lo que pretendía.

-Vamos, Felipe, no me trate como si fuera una niña.

Ni usted, ni don Ramón ni yo nos creemos nada

de lo que dijo Samuel.

-Lo que quiero decir es que no es un tema

para que tu cabeza se alborote.

-¿Porque soy una mujer?

¿Porque soy joven? ¿Por qué?

-Las relaciones con los bancos son complejas

y solo quien ha estado metido en las negociaciones sabe

por dónde van los tiros. -A otro perro con ese hueso.

Usted tiene una idea cabal de lo que está sucediendo.

Niéguemelo.

Ande, niéguelo.

-Sí. Algo sé.

-Cuéntemelo, por lo que más quiera.

-Después de analizar el estado de ánimo con el que regresó Samuel,

don Ramón decidió hablar con el director.

-Y no le confirmó la versión de Samuel, ¿verdad?

-Al parecer, el plan de pagos que ha presentado

ha resultado ser insuficiente.

-¿Qué alternativas le propusieron?

-La deuda es tan grande que solo se contentarán si Samuel

pone encima de la mesa su patrimonio.

-¿Todo? Pero ¿se han vuelto locos?

-Se han vuelto desconfiados y no aceptan otra cosa.

-Por el amor de Dios, no podrá sobrevivir, le dejarán en la calle.

-Así son los asuntos de dinero y finanzas.

Hay mucho que ganar y mucho, mucho que perder.

Samuel lo ha perdido todo y los bancos no tendrán piedad de él.

-Es injusto.

Abusivo. Él no tuvo la culpa

de que unos anarquistas hicieran de las suyas.

-Llevas razón, pero tampoco los acreedores.

La consigna es que cada palo aguante su vela.

-¿Y el gobierno?

El gobierno debe garantizar la seguridad de todos.

Si las fuerzas del orden no fueron capaces de evitar una bomba,

el gobierno debe asumir su descuido y ayudar a Samuel.

Bueno, a Samuel

y al resto de damnificados.

-Así es, pero los políticos también se lavan las manos.

-¿No ve usted ninguna salida?

-Al contrario.

Y discúlpame que sea tan sincero, pero a Samuel se le pueden cerrar

cada vez más puertas.

Y si cunde el pánico entre los acreedores,

caerán sobre él como una plaga.

-Ayúdele, por favor,

algo podrá hacer usted, no en vano es considerado

uno de los mejores letrados.

Ayúdele, se lo ruego. -Bien que me gustaría,

pero la deuda es firme.

(Puerta cerrándose)

(Pasos)

-Felipe. -¿Qué pasa?

-Úrsula está en el barrio. -¿Cómo?

-Estábamos en casa de Trini y Susana nos ha dicho que la ha interpelado

en plena calle. -Pero ¿cómo es posible?

Debería estar en la clínica por imperativo legal.

-Quizá haya escapado.

-Es una opción. Daré parte ahora mismo a las autoridades.

Mandaré una nota a comisaría.

-¿Y si la han soltado?

Bueno, no lo sé, porque ha dicho que no parecía en sus cabales,

que estaba perdida y mendicante.

Eh, pero ¿qué hace, qué se ha creído?

Oiga, ¿es que no me oye?

-Solo como las sobras, no... hago ningún mal.

-Si es malo o no lo tendré que decir yo, que para eso soy la propietaria.

¡Doña Úrsula! ¿Es usted?

-La misma, señorita.

No he llenado el estómago desde...

Desde...

Ni siquiera me acuerdo.

No le quito nada a nadie.

-Está bien, coma.

-Eh, eh, eh, quieta ahí.

Lárguese, vieja del diablo.

-Es Úrsula, hermano. -Por eso, largo.

-Solo quiere algo de comer.

No hace daño a nadie ni nos causa ningún perjuicio.

-He dicho que se vaya y se irá, ¿o no?

-No les causaré ningún inconveniente.

Se lo prometo. No molestaré a los clientes,

ni siquiera me verán, pero...

por favor, denme algo de comer.

-No molestará.

Permítame que me ría.

Solo con su visión ofende a mi clientela.

Lárguese, que aquí no hay nada para usted.

¡Y deje eso ahí! ¡Venga, largo!

-No... -¡Que se vaya

de una santa vez!

¡Largo!

-Íñigo,

dar de comer al hambriento.

-Déjate de monsergas, Flora.

-La caridad no es una monserga, hemos conocido tiempos duros.

-Esa mujer cosecha lo que sembró, Leonor me ha contado

de su crueldad y su codicia, de su dureza para con los débiles.

-Es que... parece tan mísera ahora...

-Olvídala.

Debería estar en un manicomio encerrada

de por vida. Cuanto más lejos, mejor.

Esa mujer es veneno puro.

Y si vuelve por aquí,

échala sin contemplaciones.

¿Me has oído?

-Rosina está encantada con la operación que le practicó

el cirujano a Liberto. Según dice Trini,

tiene manos de santo. -No creo que ningún santo

haya practicado jamás una operación para drenar

un edema. -Calla, hijo, no seas irreverente.

-Si no es irreverencia, es pura razón.

La gente le quita el mérito a la ciencia

para otorgárselo a los santos. -Calle, señorito,

que por menos se han condenado algunos.

-¿Le pasa algo, Fabiana?

-Toma, no, como "pa" no pasarme, señor.

¿Se han enterado ya de que Úrsula

ha vuelto al barrio?

-Sí, me lo dijo Trini. La vio doña Susana, ¿verdad?

-Como lo estoy viendo yo a usted aquí ahora "mismico".

Al parecer, ha vuelto

hecha una pordiosera.

-Su indigencia me extraña tanto como su presencia.

¿No será que doña Susana se ha equivocado y no vio a Úrsula?

La imaginación, y más de noche, suele jugarnos extrañas pasadas.

Bueno, la imaginación y el miedo.

-Agustina me contó que la sastre estaba segura.

La mismísima Úrsula se le agarró a las faldas.

-La presencia de Úrsula en libertad sería una desgracia para el barrio.

-Y que usted lo diga, señor. -Esperemos acontecimientos.

Quizá se haya escapado.

¿La señora no se ha levantado aún? -Quía, señor,

todavía sigue durmiendo.

-Qué raro, por las mañanas es como una escopeta.

-Déjela descansar, señor. Igual está

muy "cansá".

Ay, que se me olvidaba.

Servando ya ha traído el correo.

Me dijo que había algo para usted, señorito.

-¡Es de Lolita!

-Vaya, ¿qué se cuenta tu prometida?

-Que vuelve. Regresa porque la tata Concha

ya ha sanado,

así que ya está recogiendo

sus bártulos. -Te come la impaciencia, ¿eh?

-Como "tié" que ser.

-Es que la echo de menos cada minuto.

-Como "tié" que ser.

-Sí que es extraña la recuperación

de su tía.

Hace cuatro días que estaba con un pie en el otro barrio y ahora, sana.

-No han sido cuatro días, padre, han sido unas semanas.

-Sin olvidar que es de Cabrahígo.

-Es verdad, en mi vida he visto mujeres más duras

que las de ese pueblo.

-Duras, pero con un corazón tan grande como la catedral de Burgos.

En fin, señores, si me necesitan, estaré en la cocina.

-Qué buen ojo

hemos tenido cosechando en Cabrahígo, ¿eh, padre?

-Tengan, que han traído al enfermo la mar de requetebién.

No se lo gasten en vino.

Ay, querido, ponte el cojín en los riñones, que estarás más cómodo.

Y cuidadito.

Ay, quita.

Y uno debajo de los pies, que los tengas en alto

para la circulación, muy bien.

Ay, querido, cuánto trabajo das y cuánto mimo necesitas.

Voy a traerte un caldito, que eso siempre entona.

-Rosina, no necesito entonarme.

-Eso lo dirás tú.

Como mi madre decía, un caldo reaviva a los muertos.

-Cariño, cariño. -¿Qué?

-Ven.

Ven, anda.

Ya desayuné antes de salir del hospital.

-Ya, pero... -¿No te acuerdas?

No necesito nada.

Agradezco tu amabilidad

y admiro tu capacidad de sacrificio, pero no necesito nada.

Lo único que quiero es

que estemos en paz,

en familia, como si fuera

un día plácido.

-Bueno, Liberto, a mí,

en estas cosas que dices,

tampoco me metas mucho,

que es cosa vuestra.

No me quiero arrepentir, como cuando tuvimos que correr al hospital.

-Gracias, hija.

¿Lo ves? Sé bueno y déjate cuidar.

Nadie mejor que yo sabe lo que necesitas.

Voy a traerte el caldo.

Hay que ver, ¿eh?, ojalá yo estuviera convaleciente

para que me mimaran así. -Madre.

¿Va a traerme uno a mí también?

-Sí, gordita.

-¿Gordita?

Y tú, Liberto, más vale que te recuperes

si no quieres que mi madre te encierre en una jaulita

y te haga cantar.

Ay.

-Carmen.

Si vienes del mercado es porque Samuel

ha recuperado el apetito.

-No, señorita, no eche usted las campanas al vuelo,

que es para el altillo. Hoy me tocaba a mí comprar.

-Entonces ¿Samuel sigue igual?

-¿Es que no ha ido usted a verle?

-He llamado, pero nadie me ha abierto

la puerta.

-Tampoco a mí me ha abierto cuando he bajado a prepararle el desayuno.

Aunque me ha hablado. Me ha dicho

que prefería estar solo.

-Carmen, ¿crees que, como le pasó a tu marido,

Samuel está perdiendo los nervios,

por decirlo así?

-Por el momento no me atrevería yo a ir tan lejos, señorita.

El señor es un hombre más templado que mi marido.

-Su situación, por lo que sé,

es desesperada. La económica, digo.

Y eso es algo que debe afectar a cualquiera.

-No podemos hacer otra cosa que esperar.

-Podemos insistir.

Tú vuelve a llamar cuando dejes la compra en el altillo

y veremos por dónde respira.

Carmen, sea como sea, no podemos dejarle solo en un momento

tan aciago como este.

-Está bien, señorita, lo haré como usted dice.

-Gracias, Carmen.

-No hay de qué.

Con Dios. -Con Dios.

-Buenos días.

-Buenos días, padre.

-No diría que son tan buenos para usted.

Dígame, ¿sigue pensando en esos extraños signos

de su cruz? -No.

Quiero decir sí,

sí, pero no son esas cuitas

las que me abruman hoy.

-Pues si quiere confesarse, podemos ir

a la iglesia. -No, mis pecados

no me abruman. -Y también puedo ser de su ayuda

en cuitas que no tienen nada que ver

con la salud del alma. ¿Qué le aflige?

-Es Samuel, padre. Desde que volvió de intentar arreglar

la situación con los acreedores,

no ha salido de casa ni tampoco se ha dejado ver.

Temo que esta situación se le vaya de las manos.

-¿Quiere que intente hablar con él?

-Más bien me gustaría saber cómo le puedo ayudar yo.

O, al menos, confortarle.

-Vamos a ver,

lo primero y más importante es no dejarse abatir.

No flaquee usted, señorita.

Cuanto más alto decline él, más alto debe alzarse.

Paciencia y perseverancia.

Solo le será útil a su amigo si siente la fuerza de Dios

en su interior.

-Gracias, padre.

-Con Dios.

-Con Dios.

-Aquí tiene su infusión, doña Natividad.

Entonces Úrsula no ha vuelto por aquí,

¿verdad? -No la he visto.

-Si viniera a mendigar,

no se te ocurra darle una sola migaja.

Esa mujer es de la piel del diablo.

Leonor me ha contado que, cuando estaba a solas con ella,

sentía escalofríos.

-Sí, yo también oí de doña Úrsula cuando vivía en el altillo.

Las chicas decían que era inhumana, sin un ápice de compasión.

-Haremos que aprenda que quien siembra vientos

recoge tempestades.

-Y quien siembra en buena tierra cosecha mejores frutos.

Habrás echado un vistazo a las cuentas.

-Viento en popa, sí.

Pronto el dinero no será un problema

para nosotros. -Uy, un problema,

será una bendición.

-No alardeéis tanto que todavía no nos sobra.

-Ya llegó la aguafiestas. -¿Aguafiestas?

Al contrario, tengo una idea que nos hará ganar ese dinero

que necesitamos para vivir tranquilos.

-Si es ampliar el horario, olvídalo, que ya no nos da el día.

-Un hombre estaba repartiendo

estos volantes en el mercado.

Se trata de una fábrica o una compañía, lo que sea,

de bebidas tonificantes.

Están buscando a hombres apuestos, como vosotros,

para que salgan en los retratos.

-Sí, aquí lo dice: "Se buscan hombres

de entre 20 y 50 años de agradable y salutífera presencia".

-Ah, quieren que parezca que toman la bebida

y por eso pintan tan bien.

Los quieren pintones.

-Como vosotros, lo que estaba diciendo.

-Los interesados deben presentarse en las señas indicadas aquí abajo.

-Escogerán a uno, al más galán y atractivo, para los carteles.

Como si fuera un actor del teatro,

del cinematógrafo.

-¿Y qué?

-¿Cómo que y qué? -Sí, ¿y qué?

-Los dos hombres más gallardos

de toda la ciudad y se quedan aquí, como dos pasmarotes.

Pues que tenéis que presentaros.

-(AMBOS) ¿Yo?

-Sí, vosotros. -Conmigo que no cuenten.

-Como si no tuviéramos aquí trabajo de sobra.

-A otra cosa, mariposa.

-Venga, preséntate, por favor.

-Ay, Flora.

-La verdad es que la cosa tiene su gracia.

-Te escogerían a ti. -Eso ya no lo sé,

pero valdría la pena ver cómo funcionan

estos entuertos. Un montón de hombres allí

y alguien viendo

quién es el más guapo. Sí que tiene su gracia.

-No tendrían que mirar mucho en cuanto te vieran.

Eres lo más bonito y "resalao" que camina

por esta ciudad.

-Ay, Flora, no sé, me da como apuro. -¿Apuro?

Venga, preséntate, anda, el no ya lo tienes.

-No sé, si tanta ilusión te hace, tampoco tengo nada

que perder.

-Si es que...

Así hablan los hombres valientes.

Ya te estoy viendo en todos los muros.

Mi novio. Llevándose las miradas

de la población y colmado de flores.

Trini, ¿ha visto a Fabiana?

Necesito que me cosa un botón.

-Pues ha salido y no va a volver, le he dado

un par de horas libres. -¿Horas libres?

¿A media mañana?

¿Y sin ser domingo?

-Ay, Antoñito, mira que eres metomentodo.

-¿Por qué se quiere quedar usted a solas?

-¿A solas, yo? Antoñito, por favor.

Bueno, sí, no sé, quería un ratito con tu padre, nada más.

¿A ti no te gusta pelar la pava con Lolita?

-Sí, sí, sí, es lo que más me gusta.

Y no queda mucho

para volver a hacerlo. -Y bien contenta que va a venir.

Claro, la tata Concha se ha recuperado del todo.

-Vaya, ya estás aquí. Esta mañana se te han pegado las sábanas,

¿eh? -Sí, es que anoche me costó

coger el sueño con lo de la llegada de Úrsula y...

-Por cierto, ¿se sabe algo nuevo?

¿Y alguien ha podido hablar con Samuel después del trance?

-Felipe lo ha intentado, pero se ha encontrado la puerta cerrada.

Supongo que volverá a intentarlo otra vez esta tarde.

Y saber también si esa mujer se ha escapado del manicomio.

-Calla, calla, que se me ponen los pelos de punta.

Ramón,

¿por qué no te sientas

un rato conmigo? ¿Eh? -Sí, sí, sí,

siéntese, padre,

que yo voy a mi habitación a darle vueltas al magín.

-Miedo me da cuando le escucho decir que va a darle vueltas

al magín. -Uy.

Tranquilo, que me parece a mí que no va a inventar.

Va a fantasear con la llegada de Lolita.

-Siento mucho no poderme quedar contigo, mi amor,

pero tengo una reunión de negocios.

-Pero ¿es muy importante? -Trascendental.

-Bueno, ¿ni un minutito tienes para mí?

-No, de hecho, ya llego tarde.

-Ayer dijiste que hoy tenías libre.

-Bueno, mujer, eso fue ayer, pero esta mañana

un cliente me ha mandado una nota convocándome a una reunión urgente

y los negocios son los negocios.

Ya estaremos tú y yo a solas.

-Claro. -Adiós, mi amor.

-Es usted un hombre fuerte, don Liberto. Su organismo reacciona

perfectamente. -Un cabezón es lo que es.

¿Se cree que se ha negado a tomarse un caldito

que yo misma le he preparado?

-Rosina, cuéntaselo todo.

Me he negado al tercer caldito,

y no me apetecía ni el primero,

y no me lo has preparado tú, sino Casilda.

-La herida de mi intervención evoluciona favorablemente.

Se está cerrando

con frescura, sin infección. -Estupendo.

¿Y cuándo cree usted que podré hacer vida normal?

-Y dale con la vida normal. Eso es muy vulgar.

-Lo iremos viendo, las prisas no son buenas consejeras.

-Pero al menos podré leer

o salir a dar un paseo de vez en cuando.

-Pequeños paseos, sí que le recomendaría, pero leer...

Dejemos los esfuerzos mentales para más adelante,

su cerebro ha sufrido, dele tiempo.

-Mi esposa le diría que no lo he utilizado jamás,

así que no se preocupe. -¿Ha visto qué mal paciente es?

-No, al contrario, es obediente y nada egoísta.

-Usted sí que es generoso, doctor,

gracias por la visita. Supongo que habrá sido difícil

escabullirse del hospital, su presencia allí

debe ser más que imprescindible. -Estas visitas las hago gustoso.

No dejaré de venir hasta que su marido esté restablecido.

-Bueno, pero al menos podrá decirme cuándo me quitará la venda,

aunque sea a groso modo.

-A la vista de la cicatriz,

yo diría una semana, a lo sumo diez días.

Si no necesita nada más, tengo que volver al quirófano.

-Ay, antes de irse, una última cosa. -Dígame.

-Un detallito.

-¿Esto qué es?

-Ábralo.

Son unos gemelos de oro macizo, de mi yacimiento.

Bonitos, ¿verdad?

Y costosos, aunque esté feo

decirlo. -Lo siento, señora,

pero no puedo aceptarlo.

-Usted merece esto y mucho más.

-La satisfacción de haber salvado la vida de mi paciente

para mí es recompensa.

Me he limitado a cumplir con mi juramento.

-Vamos, doctor, no me haga quedar mal.

-Rosina, cariño,

que el doctor ha sido nítido.

-Pero si ha podido hacer una excepción viniendo,

también puede hacer otra aceptando nuestra gratitud.

Hágalo por mí, doctor.

-Bueno, usted gana, pero que conste que acepto por no ser descortés

con una dama de su tronío. -Me hace muy feliz. Mejor dicho,

nos hace muy felices aceptando. -Bueno, pues felices les dejo.

Con Dios. -Con Dios, doctor.

-Muchas gracias, doctor. -A usted, a usted.

-Tú aquí,

que voy a traerte otro caldito.

-¿Otra vez con el caldito, Rosina?

Caray con el amor de monjita.

Flora, ¿sabes si va a volver pronto el Peña?

-Uy, átele un hilo a la pata.

-Es que... me apetecía hablar con él.

-Hable conmigo, que él y yo somos como uno como quien dice.

-No, era simplemente para decirle que mis días de soledad

están a punto de terminar.

-Ay, qué bonito. Siga, siga.

-La tía de Lolita parece que mejora,

así que pronto va a volver aquí, a Acacias.

No sé, no quepo en mí del gozo.

La verdad, la espero

como un campesino espera la lluvia o un condenado, el indulto.

-Es usted tan romántico.

-Sí, un poco sí.

-Buenas.

-Pero ¿dónde te metes, Peña? -Ah, ¿no se lo has contado?

-Eh, no, le he estado dando largas.

Es que no sabía si querías

que se hiciera público.

-Genial, pues gracias, sea cual sea el secreto.

-No, no es secreto, es extraño.

Vengo de informarme sobre un reclamo de una empresa de bebidas...

medicinales y tonificantes. -Buscan a un hombre apuesto

que les sirva para mostrar lo saludable

que son sus compuestos. -Saludables y divertidos.

-¿Divertidos por qué?

-Es que resulta que la bebida

que quieren anunciar es milagrosa para...

Para...

-¿Para qué?

-Para la virilidad. Tónico El Coloso,

lo llaman,

y dicen que levanta a un muerto. -Yo espero no necesitarlo nunca.

-Te vas a presentar, ¿verdad?

Te escogerían a ti. Nadie podría dar más estampa

de virilidad que tú,

mejorando lo presente, claro.

-No sé, no lo tengo claro todavía. -Que sí, preséntate, Peña,

no seas gallina. Nos presentamos los dos. ¿Pagan?

-Y no mal. -Razón de más.

Pasamos un rato divertido

y de paso ganamos un dinerito. Y la fama.

Sí, que yo no la conseguí al final como inventor,

pero yo creo que como modelo de tónico El Coloso

no se me va a escapar.

-Oye, pues yo no me lo pienso más.

-Eso es,

tú imagínate la cara de Lolita vuelve

y ve que toda la ciudad está empapelada con mi cara.

-Y anunciando lo que anuncian. -Siento ser yo

la que eche el jarro

de agua fría, pero va a ser mi novio el elegido.

-Bueno, ya veremos quién se lleva el gato al agua.

-Pues el que sea el más machote.

(CARRASPEA)

-Vaya dos.

-Imagino que sabe que han permitido que Liberto regrese a su casa.

-Sí, y por lo visto, se recupera con un vigor inusitado.

-Eso es para que doña Rosina no le agobie con sus cuidados.

-Muy buenas, señores, disculpen el retraso,

una reunión con un cliente exigente. ¿Han empezado ya sin mí?

-No se nos ocurriría. Adelante.

Sentaré los antecedentes.

Ayer doña Susana y esta mañana Íñigo se han topado con doña Úrsula.

Cuéntele al amigo Ramón.

-Verá, mi hermana

la sorprendió robando comida de los platos, famélica,

y además ha perdido ese aire

de gran señora que la acompañaba.

-Está hecha unos zorros. Anda libre,

un tanto ajada, pero con necesidad de ayuda.

-La que ella nunca prestó a nadie.

¿Cómo es posible que haya salido de la casa de salud?

-A eso vamos. Ayer avisé a la policía.

Esta mañana me pasé por el hospital y me han confirmado

su sanación. -O no se ha escapado,

ha salido libre y con todas las bendiciones.

-Según el director del psiquiátrico,

la sometieron a un tratamiento de choque que fue bien.

Las evaluaciones no dejan lugar a dudas, está cuerda.

-Nunca estuvo loca.

Estuvo aquejada de perversidad extrema.

Y, dígame, Íñigo,

¿la encontró usted templada, pacífica?

-No soy quién para dar ese diagnóstico,

pero no me pareció que estuviera enajenada.

Quizá lenta de palabras,

asustada, necesitada, pero loca no.

-¿Y qué le dijo usted?

-Apenas nada, como les digo, la sorprendimos cogiendo comida

de las mesas, se lo prohibí.

Ella me rogó y me suplicó. En fin, está en la calle.

-Lo mismo que dijo

doña Susana. -Lo cierto es que no es muy propio

de ella el mendigar, el rogar.

-Ni el mostrarse poco dueña de sí misma.

Quizá el tratamiento le ha mermado facultades.

-O quizá... aún peor: esté fingiendo.

¿Cree usted que volverá?

¿La encontró empecinada?

-Yo le dije que no quería volver a verla

y no rechistó.

No porfío mucho, no, y tendría que ser demasiado optimista

para creer que alguien le va a ayudar en Acacias.

-Esperemos que no regrese.

¿Saben ustedes si Samuel Alday está al tanto de este asunto?

-Me temo que no, nadie ha vuelto a verlo desde que regresó de negociar.

-¿Ha encontrado usted ya la manera de poder ayudarle?

-Lo cierto es que algo he pergeñado.

-¿El qué?

-Creo que he dado con la solución.

-"¿Traes noticias?".

-Traer, traigo, pero no sé si serán muy reconfortantes.

-¿Y eso? ¿Qué ha ocurrido?

-Felipe dice que Úrsula está en la calle legalmente.

-Así que los loqueros

la consideran cuerda. -Sí, lo que no sabemos es

si estaba loca antes y ha cambiado o si la maldad perdura en ella.

-Yo no me creo que sea un corderito,

nones. -Ni yo.

¿Estará fingiendo?

Me da miedo salir a la calle y encontrármela

como le pasó a Susana.

-Pues yo te acompaño.

Si ha sanado, no se va a atrever a meterse con una de Cabrahígo.

-Te noto de buen humor.

¿Se lo has contado a Ramón?

-Quía, hija. Lo intenté, ¿eh?,

pero se me escurrió como una lagartija.

Y mira que yo lo tenía todo pensado,

hasta había pensado en cómo responderle si le veía un mal gesto.

-Pero ¿qué mal gesto, Trini?

¿No estarás pensando que reaccionará mal?

-Mujer, tanto como miedo, no.

-Entonces, coge el toro por los cuernos, Trini,

en cuanto regrese se lo cuentas

y en paz.

-Ay, Celi, no sé.

-¿Qué no sabes?

-Pues que no sé, no quiero soltárselo así de sopetón,

quiero hacer algo especial.

Quiero que, si todo va bien,

lo recordemos el resto de nuestras vidas.

-No digas "si todo va bien" que me da rabia. ¿Qué piensas?

-Es que no sé, Celi, de ahí mi ansiedad.

-Trini,

no le busques tres pies al gato.

Se lo digas como se lo digas, no lo olvidará.

Le llenará de alegría, ya verás.

-A las buenas. Pues sí, perturbada no parecía,

ni lo aparentaba ni es lo que los doctores le han dicho a don Felipe.

De la cabeza está bien.

-¿Y dices que tenía una actitud sumisa?

-Avejentada, parecía una pordiosera.

-No es su carácter.

Algo podría estar tramando.

-A veces, la vida no te da una segunda oportunidad.

Ella está sola sin medios, sin dinero, poco puede tramar,

y es muy probable que ni siquiera vuelva nunca.

Yo se lo he dejado muy claro. -¿Sabes lo único que me tranquiliza?

Que Blanca y el niño ya no están a su alcance.

-Eso sí que es cierto. -Ay, mira.

-Es el doctor Baeza, ¿no? -¡Doctor!

-Buenas. Encantado de saludarles.

¿Cómo se encuentra don Liberto?

-Sin novedades, muy bien, gracias a usted.

-Gracias a la ciencia, señorita. -No.

-Me alegro de que la situación haya mejorado en el hospital,

o no estaría usted paseando por aquí.

-Lo peor ha pasado ya, acabo de terminar mi turno

y me apetecía dar un paseo y aprovechar para echar un vistazo

al barrio, me parece un excelente lugar para vivir.

-¿Para vivir?

Yo pensé que su presencia

en el hospital era interina, que era un refuerzo.

-Y no estaba usted equivocada, pero esta misma tarde,

me han confirmado en el puesto.

-Ah, pues esa es muy buena noticia, doctor.

-Así es. Me trasladan aquí.

Es por eso que ando buscando un piso donde vivir.

-¿En alquiler? -Sí, claro.

Me he estado apañando en una pensión,

pero si la estadía se alarga, querría encontrar algo

que considerara más mío, más propio. -Claro,

hace usted muy bien, doctor. Y la pregunta

que le ha hecho mi novio no era mera curiosidad,

es que resulta que mi madre

alquila una vivienda justo aquí, en el 38,

y se acaba de quedar sin inquilinos.

-No puede ser. ¿De verdad?

-Una vivienda digna de usted, créame,

de las mejores de este barrio. -Sí, yo me crié en esa casa.

Si usted quiere, hablo con mi madre,

no creo que tenga inconveniente sabiendo la opinión

que tiene de usted. -Pero es que precisamente por eso

no querría ponerla en un compromiso.

Se vería obligada a aceptarme

como arrendatario y... -No, no, no, no.

Ella habla, pero no se casa con nadie. Si le dice que sí

es porque realmente está encantada. -Siendo así...

-Le voy a mandar recado.

Se va a llevar una alegría, no se crea.

-Y no se encuentran inquilinos formales

y confiables en estos días.

Ella también saldrá ganando.

-Iré a visitar el inmueble, ninguno tenemos nada

que perder.

-¿Le apetece un café? -Por supuesto.

-Yo mando recado y me uno con ustedes.

-"¿Cómo pretende que me deshaga también de mi casa,

dónde voy a vivir?".

"Le he dado todas mis pertenencias,

las joyas, las tierras y la mansión,

¿qué más puede querer, cómo que no es suficiente?".

"Yo no tuve la culpa de que pusieran una bomba,

jamás podré pagar esa cantidad y usted lo sabe".

"Me obligará a vivir en la calle como un perro,

le exijo un poco de misericordia".

-¿Qué sabor tiene la derrota,

hijo?

¿Amargo, verdad?

-Le dije que no volviera.

-Nunca fuiste capaz de imponer tu voluntad

sobre nadie. ¿Por qué deberías

impresionarme a mí?

Has hecho hasta lo más innoble

para intentar demostrar que eras mejor que tu padre,

mejor que tu hermano.

(RÍE BURLONAMENTE)

Qué estúpido.

¿Cuándo vas a darte cuenta

de que no das la talla, de que no eres más

que un mediocre sin remisión?

El fracaso es tu divisa.

-¡Cállese! -¿O qué?

No tienes nada, Samuel.

Primero perdiste a tu esposa,

luego a tu familia más cercana,

hasta a Moisés, en quien habías puesto

todas tus esperanzas,

ahora has perdido tu patrimonio. Guárdate tus amenazas.

-No necesito ni familia ni patrimonio para terminar

con usted.

¡La mataré con mis propias manos!

Me estoy volviendo loco.

Me estoy volviendo loco.

(GRITA)

(LLORA)

-"Ni siquiera tienes valor para acabar con todo".

(ÚRSULA, RÍE BURLONAMENTE)

-Bueno, ¿y qué, doctor, no tendrá dudas, no?

¿Se lo queda o no? -Pues...

el único inconveniente que le veo es el precio

del anterior inquilino. -Ah, bueno, por ser usted,

no le vamos a subir ni un real.

-Y yo se lo agradezco, pero es que aun así no puedo pagarlo.

-Todo el mundo tiene derecho a arrepentirse de sus pecados.

Hasta esa mujer. -No conoces a Úrsula,

no la he conocido más mala en mi vida.

Aun ahora, viéndola como una indigente, no me fío de ella.

-Pues yo qué quiere que le diga,

pero me dio mucha lástima cuando la vi acercarse. Le aseguro

que nada queda de su altivez de otros tiempos.

-Me gustaría preparar una velada,

¿se le ocurre algo?

No sé, ir al teatro, un café cantante o bailar hasta el amanecer.

-Oiga, y ¿por qué no vamos los cuatro?

Ustedes dos, Flora y yo. Podría ser la noche del año.

-Sí, sí, me parece muy buena idea, apunte lo que se le ocurra.

-Doña Úrsula,

menudos andrajos que me lleva.

Ande y aséese.

-Ni para jabón tengo.

¿Cómo estás?

-Harta de saber que no deja de rondar por aquí.

-Tengo hambre.

¿Puedes ayudarme con algo, aunque sea con un mendrugo de pan?

-"Eso me dijo,"

has visto el contrato, ¿no?

-Sí, pero creo que hay un error

en el precio.

-No hay ningún error, le he bajado un poco el alquiler.

-¿Un poco? Cariño, se lo has dejado a la mitad.

-Bueno, piensa que está muy bien tener a un médico en el barrio.

No, sí, sí, sí,

además, me dijo que no podía

pagar tanto.

¿Adónde se supone que vas vestido así y haciendo esas estupideces?

-"El exceso de comodidades"

te hace ser más débil. Por ejemplo,

la asignación que me dejaron los marqueses.

Siento que me está lastrando,

me está imposibilitando

levantar el vuelo y alcanzar mi propio camino.

-¿Estaría usted dispuesta a renunciar a ese dinero?

-"Por cierto, ¿querrá usted"

que le encuentre una criada? -No, tengo una, María.

En cuanto esté instalado, la mandaré llamar.

-¿Y lleva mucho tiempo con usted?

-Toda la vida.

Mi criada y tú

os vais a llevar a la perfección.

-Este negocio no es como otro cualquiera,

requiere de herramientas y de materia prima.

Oro, plata, rubíes, diamantes,

y estos materiales no son baratos.

No es una profesión para pobres.

-¿Y si le digo que le puedo poner en contacto con una persona

que posiblemente le adelantaría un dinero para gastos?

-¿Quién?

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Acacias 38 - Capítulo 831

22 ago 2018

Samuel echa de su casa a una suplicante Úrsula. De nada sirve su arrepentimiento y sus muestras de cambio; el joven no muestra la más mínima compasión y la echa a la calle. El rechazo de los vecinos a la vuelta de Úrsula es unánime: nadie quiere hacerse cargo de ella. Liberto regresa a casa.

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  1. Lolita

    En cuanto a la aparición de Úrsula, es muy inverosímil que suelten de un psiquiátrico así por las buenas a una paciente sola y con un papelito sin contactar al menos con el familiar que la ha ingresado. También es inaudito que den el alta a Liberto a las 24 horas de haberse despertado de semejante intervención. Y con la excusa de que "andamos mal de camas". ¡Pir favor! ¿Podrían atenerse, señores guionistas, a un mínimo de verosimilitud y a un poco de respeto a la audiencia?

    23 ago 2018
  2. Mabi

    Párrafo aparte para Montse... Ursula de mala, malisima o pordiosera... Chapou!!!! ( me saco el sombrero) felicitaciones!!!!

    23 ago 2018
  3. Mabi

    Soffia ¡ gracias a Dios! LIBERTO se recuperó pronto, si no como ha ocurrido con otras enfermedades u operaciones en Acacias, podrían haber durado unos 20 capítulos sin saber si sobreviviria!!!!! Y si hoy les diéramos a los convalecientes esos caldos bien caseros y portentosos como pocos hoy hacen otro gallo cantaría!!!! Saludos cordiales

    23 ago 2018
  4. soffia

    por lo que veo los Doctores de antes eran mejores,Edilberto con esa operacion es para que tuviera REPOSO es una opracion peligrosa hoy hay estan riendo y comiendo,,,,,,

    22 ago 2018