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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 828 - ver ahora
Transcripción completa

-Creo que te has precipitado,

tendrías que haberte quedado en el hospital un día más.

-¿Rodeada de enfermos?

De eso nada, Ramón, que yo me deprimo.

Yo me quedo aquí en mi casa, con todos desviviéndoos por mí,

que es lo que me gusta.

-"Además, aunque todo el mundo"

cree que estoy arruinado, no es así.

El patrimonio familiar será suficiente para soportar este golpe.

Lo importante es que estemos bien de salud.

-¿Sabe lo de Liberto?

-Ya ha salido del hospital, ¿no es así?

-Le han vuelto a ingresar. Sufrió mareos y un sangrado de oído.

-"Por una vez,"

la policía ha sido eficaz. -Tanto que cuesta creerlo.

-¿Sospecha que puedan no ser ellos? -No,

no, en absoluto, solo que ha sido todo muy precipitado.

-Esa cruz...

es la misma que yo tengo desde niña. -¿Cómo llegó esa cruz a sus manos?

-Me contaron

que mi madre me la dejó cuando me abandonó.

Mi padrino me ha educado desde entonces.

-Quizá él pueda decirle de dónde salió esa cruz

y quién era su madre. -"Me gustaría que..."

me consiguiera una cita con los banqueros

que le ayudaron a salir del pozo.

-Lo intentaré, pero no puedo prometerle nada.

-Con eso me basta.

-¡Señora!

Señora, ¿qué le ha "pasao"? -Nada, Fabiana, un traspiés,

estoy bien, tranquila. Estoy bien.

-Si es que no tenía por qué haberse "levantao".

Si quiere algo, me lo pide y yo se lo traigo.

-Que no, que estoy bien, Fabiana. -Siéntese.

-Su esposo, don Liberto, tiene que ser operado.

-Ay, Dios mío. -Durante la explosión,

don Liberto sufrió un fuerte golpe. Ha tenido un edema cerebral.

-Todo habría sido más fácil, no sé por qué ese hombre se fijó en mí.

-No tendrá penitencia,

solo levántese y espere a que yo salga del confesionario.

Lo sé porque era yo.

Lamento haberle incomodado, pero piense que el sacramento

de confesión es el mismo, sea cual sea el sacerdote.

-Lo sé, pero no esperaba volver a verle,

y menos en estas circunstancias.

Usted me sacó de aquel edificio.

No sé qué decir. -No tiene por qué decir nada,

tan solo traté de ayudar a mi prójimo,

como hubiera hecho cualquier buen cristiano.

-Sea como sea, tengo que agradecérselo.

Disculpe mis modales,

pero la sorpresa de encontrarle aquí me tiene algo perpleja.

-Lo normal es que no esperara

encontrarme dentro de un confesionario.

Me parece que le debo una explicación.

Soy el nuevo párroco de Acacias.

-No sabía nada de ese cambio en la parroquia.

-Ha sido un tanto repentino.

-¿Y cómo fue que estaba en el momento de la explosión?

-Mi antecesor estaba invitado al evento y creí oportuno

ocupar su lugar.

-Ha sido una suerte que lo haya hecho.

-Me hubiera gustado presentarme antes a los vecinos,

así le hubiera ahorrado la sorpresa.

-Tengo que reconocerle que está siendo bastante desconcertante.

-Una vez pasado ese momento, le ruego confíe en mí.

Estoy aquí para socorrerla espiritualmente.

Entiendo las dudas que le atormentan,

pero si me lo permite, prometo ayudarla a poner orden en ellas.

-Le agradezco su interés en mí, pero es mejor que sigamos

con la confesión en otro momento.

-Lo entiendo. Estoy aquí a su servicio,

y al de todos los feligreses.

-Lo tendré en cuenta. Ahora me siento algo confusa.

-No se preocupe, no tiene por qué excusarse.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Apúrate con lo que queda de plancha,

que no vamos a estar todo el día con esto.

-Como quiera,

pero no tenemos que entregar estas prendas hasta mañana.

Me he quemado dos veces por ir con tanta prisa.

-Ya, pero nadie sabe lo que puede ocurrir.

Cuanto más trabajo tengamos adelantado, mejor.

(Se abre la puerta)

Ay, alguien ha entrado, ¿puedes mirar a ver quién es?

(Se cierra la puerta)

-Buenas tardes. -Venía a ver a doña Susana.

-Pase.

Es don Íñigo, señora. -Buenas tardes, doña Susana.

-Buenas tardes. ¿Qué le trae por aquí?

-Pues venía a interesarme por su sobrino, ¿tienen noticias sobre él?

-Sí, y no son buenas.

-¿Qué le han dicho?

-Pues, según me ha contado Rosina, Liberto tiene un problema bien serio

en la cabeza.

La explosión

le ha afectado al cerebro.

-Eso... es terrible.

¿Pueden hacer algo por él? -Pues van a operarle cuando

encuentren el momento oportuno.

¿Quién sabe lo que puede pasar? Tocando una zona tan delicada...

-La señora dice que no son muchas

las esperanzas que nos quedan.

-No es justo, no es justo, mi niño.

-Sosiéguese, y confíe en la divina providencia.

Nuestro Señor no va a dar de lado

a una persona tan noble y tan buena

como su sobrino. -Lamento

lo que está padeciendo.

No debí haber venido a preguntarle, no he hecho más que entristecerla

y revolverle los nervios.

-No, es natural

que quiera preguntar por él. Es más, le agradezco su interés.

-Y si puedo ayudarles en algo, no dejen de pedírmelo.

-Ya muy poco podemos hacer, solo rezar y esperar noticias

del hospital.

-Cualquier cosa que suceda, les agradecería

que me mantuvieran informado. -Yo misma iré

a la chocolatería si tenemos novedades del hospital.

-Está bien, les dejo entonces. Supongo que todos

debemos volver a nuestras obligaciones.

-Ay. -¿Se encuentra mal?

-No es nada, solo un sofoco.

-¿No sería mejor que dejara de trabajar?

A este paso le va a dar un tabardillo.

-Imposible.

No puedo desatender los encargos que tenía pendientes.

Aunque tenga la cabeza en el hospital,

tenemos que adelantar la tarea. -Márchese sin demora, confíe en mí.

Aquí no hace nada más que retrasar el trabajo.

Lleva media hora cosiendo ese mismo botón.

-Es que no tengo la cabeza para nada.

-Es menester que se marche, confíe en mí,

yo me encargo de la confección de los encargos urgentes.

No va a quedar ni un pañuelo sin entregar.

-No, es mucho trabajo.

-Echaré el tiempo que sea necesario, hasta puedo trabajar de noche.

-Está bien,...

pero que nadie se entere que las prendas están en sus manos,

ya sabe lo tiquismiquis que son las clientas.

Quieren que les atienda yo.

-No sufra, yo no he de decirles nada.

Una no busca laureles, solo que el trabajo salga bien

y usted no esté de esta guisa por no acudir al hospital.

-Gracias.

Tendré en cuenta ese detalle.

-No lo hago para que lo tenga en cuenta,

sino para que se marche tranquila, que ya está tardando.

-Gracias, Agustina, gracias.

(Se abre y cierra una puerta)

-¿Cómo te encuentras, mi amor?

-¿Cómo me voy a encontrar, querido? Bien,

menudas somos las de Cabrahigo, de pedernal parece que estemos hechas.

¿Qué tal tus asuntos?

-Los he resuelto todos satisfactoriamente.

-Mira qué bien, eso me alegra sobremanera.

-Lo más importante en mi vida es que tú estés bien.

-Claro que sí, querido, estoy como una rosa,

que mejoro a pasos agigantados.

-Yo aún te veo algo pálida.

-Anda qué... galante es eso. ¿Qué pasa, que ya no me quieres?

-Más que mi propia vida, gitana mía.

-Entonces deja de preocuparte,

que me encuentro más lozana que una "mocica".

-No sabes cómo me alegro de que estés casi como siempre.

Eres la sal de mi vida.

Voy a ponerme cómodo para cenar.

-Fabiana,

¿a qué vienen esas miradas?

-Disculpe la señora,

pero no me parece de recibo que le mienta a don Ramón.

-Fabiana, lo último que necesito ahora es una regañina.

-Dios me libre de criticar a la señora, pero...

-No hay peros que valgan, Fabiana, si no me quieres criticar,

no digas nada, que yo sé bien lo que me hago.

-Pues a mí no me lo parece.

¿A qué viene lo de engañar a don Ramón?

¿Por qué no le cuenta que se ha "dao" un mamporrazo

de los de órdago -Fabiana, no exageres,

que tan solo se me ha ido la cabeza un segundo,

y no quiero preocupar a mi marido con melindres.

-Los médicos le dijeron que si le daba un torozón,

acudiera al hospital. -No voy a salir de casa.

-Señora, entre en razón, se lo ruego.

-Fabiana, por favor, no seas cargante.

Llevo mucho tiempo reposando en casa, es normal

que al levantarme de repente, me altere.

-¿Que se altere, que se altere, dice?

Pero si la tuve que recoger del suelo y estaba pálida.

-Fabiana, chitón,

no quiero preocupar a los médicos,

que bastante lleno está el hospital, entre ellos, Liberto.

-Bueno, pues ya estoy preparado para disfrutar de una buena cena

en compañía de la mejor de las esposas,

y una de las más sanas.

-Ya voy, querido.

Fabiana, haz el favor, sírvenos la cena, que estamos hambrientos, ¿eh?

-Como ordene la señora.

-Come algo, Susana, a ver si te recuperas.

-No tengo hambre. Después de toda la noche en el hospital,

tengo el cuerpo roto.

-¿Han decidido ya si operan a Liberto?

-Aún no. Allí he dejado a Rosina, muerta de la ansiedad por su esposo.

-Leonor, querida, ¿vas hacia el hospital?

-Sí, he estado unas horas descansando en casa y ahora vuelvo.

-No te vayas sin desayunar, que luego allí las horas son eternas.

-No, gracias, no me apetece.

-Bueno, pues cualquier cosa, algo liviano.

Peña. Trae dos chocolates y una docena de porras.

-Marchando. Me siento a acompañarte.

-Eso, eso, siéntese,

que está usted en su casa, nunca mejor dicho.

-¿Qué les parece el nuevo cura que nos han enviado?

-¿Qué nos ha de parecer? A nosotros solo nos corresponde

esperar que sea un santo varón,

como el anterior.

-Hemos salido ganando con el cambio.

A parte de ser un hombre encantador, es joven y guapo.

-No sea frívola, le recuerdo que está usted hablando de un sacerdote.

-Venga ya, Susana, que a nadie amarga un dulce.

Es mejor que el cura de nuestro barrio sea elegante y pinturero,

¿no? -Eso es baladí, Trini,

lo importante es que sea una persona pía y bondadosa.

-Sí, sí, lo es. El otro día se presentó en el hospital

para interesarse por Liberto.

Y se comprometió a rezar por él hasta que se recuperara.

-Es todo un detalle por su parte que desde el principio

se ocupe de sus feligreses.

-Y eso no es todo, también se puso a nuestra disposición

para ofrecernos consuelo espiritual. -Ya me gustaría a mí también

que se pusiera a mi disposición. -Uy.

-Que sepa usted que ese tipo de bromas no son de nuestro gusto,

así que ya puede tener cuidado de ahora en adelante, ¿entendido?

-Yo lo que quería decir es que ahora va a ser más grato ir a misa.

-Aquí tienen.

Los chocolates...

y las porras.

-Anda, será mejor que demos buena cuenta de estas viandas

y dejemos los asuntos de la iglesia para otros.

-Sí, será mejor.

-¿Han visto al nuevo cura,

qué ocupado está nadecentando los altares?

Yo es la primera vez que veo a uno de estos de negro

trabajando tan laboriosamente. -No sea blasfemo, Servando,

que por ser un sacerdote se merece un respeto, hombre.

-Si no lo niego, pero no es común ver a un clérigo doblar el espinazo.

-Usted tampoco lo dobla mucho,

y eso que es portero.

-A mí me parece que tiene porte de obispo.

Menuda planta que se gasta. -Y elegancia no le falta.

-A pocos hombres les queda bien una sotana.

-Si no fuera porque es "pecao",

diría hasta que es muy guapo, pero, claro,

eso ni se mienta. -Ya veo

que le han pasado una revista

que ni a los granaderos del rey. -No diga "tontás".

Lo que cuenta, es que sea bueno con los feligreses,

que en esta parroquia, aunque no lo parezca, muchos no comen

más que un poquito de agua y un trocito de pan duro.

-Y, a parte, es que está de muy buen ver.

-Del montón, hombre.

A mí me ponen unos ropajes decentes y tengo mucha mejor presencia,

lo que pasa es que a ustedes les obnubilan las novedades.

-Es que siempre se agradece que traigan a alguien nuevo.

Puede traer al barrio aire fresco. -Y falta que nos hace,

que no ganamos para desgracias. -"Pa" chasco que sí,

yo estoy que no me llega la camisa al cuerpo,

estoy muy "preocupá" por mis señores.

-No es para menos, tienen que estar en un ay, las pobres.

-Yo he "comprao"

medio mercado para hacerles guisos, que no quiero que me enfermen.

-Buenos días les dé Dios. -Buenos y santos sean, padre.

-A las órdenes de Su Ilustrísima Reverencia, señor cura,

aquí nos tiene para servirle a usted y a nuestro Señor Jesucristo.

-Le agradezco su ímpetu, pero con un "buenos días" es suficiente.

Ni uno tiene esos títulos ni es muy amigo de utilizarlos.

-¿Y en qué podemos ayudarle? -Aquí nos tiene

"pa" lo que sea menester, porque en este barrio somos "mu" religiosas.

-Me gustaría que se encargara de preparar unas flores

para una ofrenda que quiero hacer a la Virgen.

-Cuente usted con ellas.

Le va a quedar un templo, que se va a parecer

al mismísimo paraíso. -Con que esté

alegre, me sobra y me basta.

Espero verles a todos en la iglesia, con estos tiempos que corren,

es importante estar en paz con Dios. -Allí estaremos,

todos los días en misa, como un clavo.

-Con Dios. -Con Dios.

De verdad, parece mentira, ¿eh?

Es que, hasta les ha sacado los colores, el patri.

Y la Casilda... ¡eh!, ¿esa risita tonta que te ha entrado?

-Ay, no, no sé, se me ha "escapao", es eso.

-La única que ha estado digna es la Agustina.

Y ha estado digna porque no ha abierto la boca.

-Deme las revistas de doña Susana,

que una tiene demasiado trabajo, como para estar escuchando sandeces.

-Sí, sandeces.

Una se ha "quedao" muda y la otra se ha "comportao" como una colegiala

por un chisgarabís.

-Que comparado con usted, es un adonis.

-De verdad, es que no está hecha la miel para la boca del asno.

Vamos a ver, aquí no hay nadie con mejor galanura que un servidor.

-Necesito saber cuáles han sido todas mis pérdidas

antes de hablar con el director del banco.

(Se cierra una puerta)

-Lleva aquí metido desde antes del amanecer.

-Carmen, no me molestes,

ya te he dicho que estoy demasiado ocupado para desayunar.

-Disculpe, señor, pero es la señorita Lucía, que quiere verle.

-No estoy para recibir visitas,

vuelva en otro momento. -Lo comprendo,

lo último que quiero es molestarle.

-Usted no puede molestar nunca.

-Lamento recibirla así, pero en este momento es de vital importancia

que sepa cuáles han sido todos mis gastos.

-Mi intención era ayudarle.

Le recuerdo que yo participé con usted

en la elección de las obras.

Podría repasar con usted la inversión que se hizo.

-Está bien. Siéntese.

Toda la ayuda que pueda recibir me vendrá bien.

-Me supera, la espera.

¿Cuándo nos darán novedades de Liberto?

-No sé, hija.

Solo podemos esperar a que nos digan qué pasos debemos dar.

-Madre,...

quiero pedirle perdón.

-Ven.

¿Qué motivos tienes para pedirme perdón?

-Lamento haberle dado poca importancia

a lo que le pasó a Liberto.

Yo pensaba que era algo baladí.

-No te aflijas, nadie tiene la culpa de lo sucedido.

Bueno, sí, los malnacidos que pusieron la bomba.

-Pero es que, si hubiéramos actuado antes, quizá ahora

no nos veríamos de esta guisa. -Bueno, bueno.

Tampoco

Casilda y yo debimos permitirle salir de casa.

-Parecía estar tan bien.

-Ay, hija.

Quiera Dios que mi Liberto salga con bien de esta.

Yo no sé si podría superar una pérdida así

otra vez. -No, madre, no diga esto.

Ha de ver cómo salimos adelante.

-Dios te oiga.

-Me he encontrado en el pasillo al médico de Liberto.

-¿Y qué novedad te ha dado? -Ninguna, todo sigue igual.

-Siéntate, Susana.

-Tu compañía me alivia un poco.

No sé qué haría sin vosotras, ¿eh?

-Si pudiéramos hacer algo más. -Hacéis mucho acompañándome,

os agradezco mucho vuestro apoyo.

A las dos. Y a Casilda.

-La pobre está muy pendiente de usted.

-Sí, no hace más que traernos comida,

yo creo que se cree que cebándonos nos hace más llevadero el trance.

-Será por aquello que dicen que las penas con pan son menos.

-Ven a mi lado tú también, hija.

Qué suerte.

Yo creo que sin vosotras hubiera perdido el oremus con tanto dolor.

Sois todo lo que tengo en la vida.

-No desfallezcas, Rosina,

no desfallezcas.

-Madre. Le juro

que Liberto saldrá adelante. Él no puede morir.

-Recemos juntas,

eso nos dará sosiego mientras llega el doctor con noticias.

Ave María.

-(TODAS) Dios te salve, María,

llena eres de gracia.

(REZAN)

-(TODAS) Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores,

ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.

-¿Le puedo hacer una observación? -Claro, las que crea precisas.

-Según mi criterio,

no está siendo realista con las cifras.

-¿Por qué dice eso?

-Está marcando como dañadas obras que han quedado

totalmente destruidas, como el cuadro de los marqueses de Válmez.

Y está tasando algunas obras muy por debajo de su precio real.

-¿Es que ahora va a conocer usted mejor que yo

cuáles han sido mis inversiones? -No, pero la realidad

es la que manda y en algunos casos la está ignorando.

-Pamplinas. Como mujer, no entiende de números y cuentas.

-Sea razonable, Samuel,

esos cálculos que está haciendo son una fantasía.

-¿Qué es lo que ocurre? ¿Acaso don Ramón o Felipe

le han enviado para fiscalizarme? -No sé cómo puede pensar eso,

yo solo trato de ayudarle.

-Lo he pensado mejor y no necesito de su asistencia.

-Creo que se equivoca, está usted metido en un buen berenjenal.

-No se apure, sabré salir de esta situación, solo.

-Como quiera.

-Hola.

-Ande, Servando, que si le pusieran la portería en el altillo,

no dejaría su puesto de trabajo ni un solo momento.

-No seas "descará", que todo trabajador tiene derecho a almorzar.

-Lástima que eso no cuente "pa" nosotras,

que Casilda y yo no hemos "parao".

-Igual que una, que si hoy me está cundiendo es,

porque mi señor no ha salido del despacho.

-Menos mal que he encontrado mis tijeras.

-¿Doña Susana sigue en el hospital?

-No creo que vuelva hasta que le den noticias de don Liberto.

-Ay, Dios mío, quiera Dios que se recupere pronto.

-"Pos" sí, ojalá que ocurra como con doña Trini,

que ya está hecha un pimpollo.

-Pues claro que sí, pronto veremos a don Liberto pasear con su porte

por Acacias. Ese sí que es un hombretón

y no como los últimos que han venido ahora.

-Servando, no dirá eso porque sigue escocido

por lo que dijimos del cura.

-¿Yo? Vamos, ni pizca. Que "pa" gustos, los colores,

pero a mi parecer, don Liberto es todo un seductor,

y si está casado con doña Rosina es porque él ha querido,

que mozas a un tipo así no le faltan.

-Pero vaya,

ni que doña Rosina fuese un adefesio.

-No, pero los 40 no los cumple, y él podía elegir pollita.

-Ay, Servando,

la juventud se pasa con los años.

Lo que ha de buscar Liberto es algo más que una cara tersa.

Es el amor verdadero. -Y una mina de oro

que tiene la señora. -Pues no sé, se habrá enamorado

por la alegría y las ganas de vivir que tiene doña Rosina.

-Es mucho más importante lo de dentro.

Un pollo puede ser más bonito que un san Luis, pero si es un sieso,

con una que no cuente.

-Los hay que son feos , pero tienen una labia...

-Ya. -¿Ah, sí?

¿Y les gusta a ustedes la labia, creen que es importante?

¿Les gusta que les hablen de poesía y de flores?

-No, hombre, no.

Eso está bien para las mozuelas, a nosotras ya

hay que hablarnos de asuntos de más enjundia, ¿verdad?

-No estamos ya como para perder el tiempo con melindres.

-Aunque a una siempre le gusta que le calienten la oreja

diciéndole lo estupenda que es. -Yo no soy mucho de halagos, no.

-Entonces, ¿les gusta que les hablen o que no?

-Depende del caso.

-Ya. ¿Y usted, Fabiana, qué piensa?

-Mire, pienso que a mí ya se me ha "pasao" el arroz y que muy poco

me interesan esos asuntos.

(Campanilla)

Y no me haga más preguntas, que me llaman mis señores.

Hala, me voy.

-Espéreme, que yo también bajo.

-Y yo, que tengo una buena pila de ropa que coser.

-Ya, ya, pero... esperen, que tengo más preguntas.

-Mire, Servando, si quiere usted aprender, mejor vaya a la escuela.

-Y a ti, Casilda, ¿a ti qué te hace tilín?

-Bueno, es que... yo, después de lo de mi Martín,

estoy "pa" pocas bromas.

-Ya, pero en un caso hipotético. ¿A ti qué te gusta?

-No sé. Bueno, que el gachó no sea

muy "relamío", pero tampoco muy bruto,

que me trate con atención,

con cariño, que me esté escuchando "tó" lo que yo digo, ah, sí,

y que también me suelte

algún piropo "resalao".

Y que me sepa dar un beso

de esos que te deshacen cuando sea menester.

Pero bueno, me callo ya que le estoy dando muchas pistas.

-Pero ¿qué pistas ni qué pistas? Yo solamente pretendo conocer mejor

al ser humano.

Por lo menos a la otra mitad. -(SUSPIRA)

(Campanilla)

-Ramón, querido, no me mires tan fijamente y con tanta insistencia,

que me pones nerviosa.

-no hace falta que te atuses tanto para bajar a La Deliciosa.

-Claro que sí, que no quiero que piensen que te has casado

con una desharrapada. -Pero ¿cómo van a pensar eso,

si eres la más bonita del barrio?

-Ay, qué gusto da tener un marido tan atento.

Y cómo me gustan a mí tus requiebros.

-Cuánto me alegra verte tan recuperada.

Te va a sentar de perlas dar un paseo y tomar el aire.

-Ay, sí. Si por mí fuera,

estaría todo el día en la calle. -Si te encuentras con ganas,

podríamos ir a visitar a Liberto al hospital.

-Ramón, querido, no sé si para tanto, pero lo vamos viendo.

-Disculpen,

¿me llamaban los señores?

-Sí, Fabiana, solo para decirte que vamos a salir un rato.

-Fabiana, prepáranos un buen bacalao a la vizcaína, que tengo yo antojo

de ese pescado, pero bien de pimiento morrón y cebolla.

Pero ¿qué te pasa, mujer? Se te ha quedado la cara blanca,

no me estabas prestando ninguna atención.

-Claro que sí, señor, que yo a usted le hago más caso

que si hablara el propio rey, pero fíjese que me he "dao" cuenta

de que la señora va a salir a la calle con el tocado mal puesto.

-Sí, Fabiana, qué tonta, me he dado cuenta yo también.

Ay, gracias.

Mira, querido,

vamos a hacer una cosa, adelántate tú

y ahora me coloca bien Fabiana el tocado.

-Bueno, pues póntelo de nuevo, yo te espero en La Deliciosa,

y no me tardes, mi amor.

-Señora,

¿ya le ha dado otro vahído? ¿Cuándo se lo va a decir al señor?

Mire que está usted jugando con fuego y terminará quemándose.

-Fabiana, por favor, te lo pido, no me vengas con esa murga, estoy bien.

-Pues "pa" mí que tiene usted algo malo y los médicos no lo han visto.

Mire usted don Liberto, echando el cerebelo por las orejas.

Vaya usted al hospital, que mañana puede ser tarde.

-Anda ya, Fabiana, ¿vas a saber tú mejor lo que me pasa a mí que yo?

Solo tengo que reposar cinco minutos y estaré más fresca que una lechuga.

Mira, si me quieres ayudar, hazme un favor: baja y dile al señor

que estoy buscando la limosnera, que tardaré un rato.

-Señora, hágame caso de una vez, que se lo digo de corazón.

-Fabiana, por favor, ¡para ya con esas insolencias!

¡Haz lo que se te manda y ni se te ocurra decirle una palabra al señor!

-Descuide, señora,

que haré lo que se me ordene. -Eso.

Uf.

-"Encantado de tenerle entre nosotros,"

tengo tantos casos entre manos, que no doy abasto.

Agradezco su colaboración.

-No dude en pedirme lo que precise, estoy aquí para colaborar.

-Bienvenido.

-Doctor. Andaba buscándole.

¿Alguna novedad? Mi madre va a desfallecer.

-Es mucha la presión que está soportando.

-Insiste en que quiere hablar con el doctor Hurtado, pero yo no quiero.

Mi madre es muy impulsiva, y temo lo que pueda decir.

-¿No está contenta

con el trato que recibe? -No.

Empieza a pensar que no le están prestando la atención que precisa.

-He estado aquí charlando con el doctor Hurtado, ¿no lo ha visto?

-No, no me he fijado. -Hemos estado un rato

hablando del caso de Liberto, tengo una buena noticia.

-¿Sí? Cuéntemela, por favor. -He convencido al doctor

para que dé prioridad a su caso.

No me ha sido nada fácil, pero a base de insistir,

la operación va a ser mañana.

Es lo antes que podemos hacerla. -No sabe cuánto se lo agradezco,

de verdad. Es usted oro molido.

-Iré en un rato a ver a su madre, a informarle de todos los detalles.

-Gracias.

-Deberían tener mucho más cuidados los Jardines del Príncipe.

El otro día se cayó una rama e hirió a un muchacho que pasaba.

El mismo caso que si oyeras llover.

Lucía.

¿Qué te tiene tan ensimismada?

-Nada.

Simplemente se me ha ido el santo al cielo por un instante.

-Al cielo y al infinito, que hablar contigo

es como hacerlo con una pared.

(Se abre una puerta)

¿Hay algo que te desasosiegue? -No se apure,

está todo bien.

(Pasos)

-¿Se puede?

-Fabiana, claro, pasa.

¿Qué tienes, qué te trae por aquí?

-Un asunto muy particular que me gustaría contarle.

-Soy toda oídos.

-Verá, señora, es cosa muy privada.

-Voy a ordenar un poco mi armario, que según está no encuentro nada.

-Gracias, Lucía.

Cuéntame, ya estamos solas.

-No es por mí, señora, es por doña Trini.

La señora no está bien.

-¿No se ha recuperado bien de la explosión?

-Parecía que sí, pero es solo "fachá".

Está floja como un niño chico, y cada vez que se descuida,

le dan unos vértigos, que acabará rompiéndose la cabeza.

-¿Tan mal está?

-Créame, que lo he visto con estos ojos

que se han de comer los gusanos.

-¿Y qué opina don Ramón de esto? -Ni chus ni mus,

doña Trini no le dice nada y, me ha prohibido a mí que abra la boca,

pero yo no puedo mantener esto por más tiempo en secreto.

-Has hecho bien en venir a contármelo, Fabiana.

-Señora, no sabe usted el peso que me quita de encima.

-Pero no deja de extrañarme.

Si los médicos la hubieran visto mal, no la habrían dejado salir.

-Pues lo mismo se han "equivocao" y no está tan fetén

como parece.

-Sí, eso pasó con Liberto y ahora el pobre parece que está peor.

-¿Por qué no le dice usted que vaya a que la vean?

Se lo ruego, seguro que a usted le hace más caso que a mí.

-¿Y no sería mejor hablar con tu señor?

-No. Yo le prometí a doña Trini que a él no le diría nada.

Y si usted lo hace, vamos a tener un disgusto

y de los gordos.

Señora,... ¿hablará usted con ella?

-Tienen que echar un "candao" en la puerta de la iglesia

porque se están escapando todos los querubines de ella.

Pero, fíjate, morena, si hasta el agua sale con más alegría

al ver ante ella

una belleza así.

Digo yo que no se ven mujeres

tan principales por este barrio. ¿De dónde ha salido tan linda flor?

-No puede ser que ese gañán de Servando

le esté dando carrete a esa moza y no haya salido corriendo.

Mírala, si hasta se ríe.

Mal tiene que estar este mundo para que no le hayan cruzado la cara

por sinvergüenza.

Ya se marcha la zagala,

tampoco es que le haya durado mucho.

¿Qué? Parece que ha salido despavorida, la moza.

-¿Usted cree? Yo creo que le he caído en gracia.

-Será porque le recuerda a su abuelo.

-O a su padre, sereno.

-Un respeto, que soy la autoridad.

-Se cree que por llevar una gorra y un chuzo

es un mariscal con mando en plaza, vaya.

-Tanto usted como yo estamos al servicio de la corona,

lo que pasa es que viene revenido porque le ha dado calabazas

esa moza. -Me parece a mí que usted

anda algo errado de equivocado y errado

de jamelgo. -No se engañe,

que si le ha escuchado un momento,

habrá sido más por caridad cristiana.

-Quizá por eso ha quedado conmigo

para dar una vuelta por los Jardines del Príncipe.

-No me lo creo, me está usted tomando el pelo.

¿Qué le habrá dicho a esa pobre muchacha para engañarla?

-Un maestro nunca cuenta sus secretos que, por cierto,

vaya preparando las cinco pesetas. Con Dios.

-Para haberme dicho mi mujer que solo iba a tardar un momento,

me está dando plantón.

-Para una mujer, cuando se está arreglando,

un segundo equivale a una hora, y un momento, ¿quién lo sabe?

-Pueden ser años.

Y hablando de desaparecidos, ¿qué sabe usted de Samuel?

-Nada. Y me preocupa su actitud.

No sale de su despacho intentando cuantificar las pérdidas.

-Esperemos que sea capaz de soportar el golpe que se le viene encima.

-Veremos a ver si lo encaja.

Yo estoy tratando de retrasar todo lo que puedo la reunión

con el director del banco. -Hace usted bien, necesita tiempo

para tragar una píldora tan amarga.

-A la paz de Dios, caballeros. Me gustaría presentarme:

soy Telmo, el nuevo párroco.

-Yo soy Ramón Palacios, y él es el abogado Felipe Álvarez-Hermoso.

-Encantado, y bienvenido.

Ya verá como Acacias es una calle de lo más acogedora.

-No me cabe duda de ello. -Aunque también tenemos

nuestras particularidades, no vaya usted a creer.

-Lamento haber llegado en momentos tan adversos, me hubiera gustado

hacer una presentación más formal.

-La tragedia se ha cebado otra vez con nosotros.

De no ser por el atentado y los heridos,

estaría en un barrio completamente distinto.

-Quizá Nuestro Señor haya querido que llegue ahora

para que pueda dar apoyo a los que están sufriendo.

-No le va a faltar a usted trabajo. -Por eso me he acercado a ustedes,

me consta que son los dos vecinos más notables e influyentes

y, quiero pedirles su opinión.

-Puede contar con nosotros, ¿verdad?

-Por supuesto.

-He pensado en celebrar una ofrenda floral que sirva de plegaria

por los heridos del atentado y poder reunir así a todos los feligreses.

¿Qué les parece?

-¿Qué nos va a parecer? Una gran idea.

-En estos momentos de zozobra es importante estar unidos

y dispuestos a prestarnos socorro los unos a los otros.

-No le falta razón, aquí estamos nosotros listos

para ayudar en cualquier cosa con la organización del evento.

-Sepan que también me tienen a su disposición

para lo que precisen.

-Disculpe.

Tome y no escatime con las flores para nuestra señora.

-Es usted muy generoso.

Me barrunto que se van a poder hacer muchas cosas en esta parroquia.

Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

-Me ha caído en gracia el nuevo cura.

-Ya lo he visto, ya. Le ha sacado una buena cantidad,

y de la forma más sutil. -Nunca viene mal

ayudar a la iglesia, no sea usted descreído.

Lo que siento es que Trini no le haya conocido,

estoy seguro que le iban a gustar las nuevas maneras que trae.

-Sí. Si sigue así, va a contar con muchos adeptos.

-Pero ¿qué estará haciendo esta mujer, es que no piensa bajar nunca?

-"Señora, usted me ha dicho que chitón con don Ramón,"

pero de doña Celia y del resto de los prójimos, ni mu.

-Que no me digas lo que te he dicho o te he dejado de decir, Fabiana,

que eres una tramposa. -Trini, templa.

Fabiana no tiene la culpa.

Ha hecho bien en venir a contármelo.

-Sí, pero no ha hecho lo que yo le pedí.

Le ha faltado tiempo para ir a tu casa.

-Y buena angustia que lleva la mujer por eso.

Trini, le tendrías que estar agradecida.

-Señora, no ha sido plato de buen gusto para mí desobedecerla.

-Si lo ha hecho, es por el cariño que te tiene.

-Pero si lo sé y lo entiendo, pero vosotras tenéis que entender

que estáis haciendo una montaña de un grano de arena.

Han sido dos mareítos de nada.

-Eso significa que la explosión te ha afectado más de lo que piensas.

-Que no, que yo ya me mareaba antes del atentado.

¿Que quién no se marea de vez en cuando?

-Pues cualquiera que esté sano, Trini.

-Mira, os pido que no os alarméis con esto

y no me alarméis a Ramón, que se pone muy pesado.

-Me da un coraje que no tomes medidas para proteger tu salud.

-Me marcho, que Ramón debe estar ya negro porque no llego.

-¿Qué piensa la señora de todo este embrollo?

-Pues no lo sé, pero no me ha gustado eso que ha dicho

de que ya tenía mareos antes de la explosión.

-Yo no me había dado cuenta de "na". Lo mismo lo ha dicho para despistar.

-O porque le pasa algo. -Ay, Dios no lo quiera.

¿Qué vamos a hacer? Hay que buscar una solución a todo esto.

-Entiendo que no quiera preocupar a Ramón, así que tendremos que actuar

sin que él se entere. Al menos de momento.

-"He conseguido hacerme con las riendas de la situación".

El doctor Hurtado me ha cedido el caso de su marido.

-Le agradecemos el interés que se está tomando.

-Lo importante es que saquemos a su esposo adelante.

He conseguido un quirófano para mañana,

es lo más pronto que podemos pensar en operarle.

-¿Le va a operar usted? -Sí. ¿No le parece bien?

-No, es que, mi madre piensa que el doctor Hurtado es una eminencia,

y quizá cree que es mejor que le opere él.

-Pero eso va a suponer posponer la operación,

y no andamos sobrados de tiempo.

-No le estamos desmereciendo.

-No se preocupe, yo también soy conocedor de la fama del doctor.

-Es que eso es indiscutible. -No lo niego,

pero tenga en cuenta que en estos momentos, el cansancio

y la saturación por el número de enfermos a los que atiende

pueden haber hecho mella en su precisión.

A mí me han llamado como refuerzo, yo...

no trabajo normalmente en este hospital, pero si estoy aquí ahora

es, precisamente para hacerme cargo de urgencias como la de su marido.

-¿Los médicos de refuerzo están preparados

para una operación así?

-Por supuesto que sí.

-Madre, los médicos más acreditados están desbordados,

necesitan ayuda.

-Yo lo único que quiero es lo mejor para mi marido, Leonor.

-Créame, eso es lo que buscamos todos.

-Y el tiempo va pasando.

-Cuando me he ofrecido al doctor Hurtado para realizar la operación,

le ha parecido bien. Si él confía en mí,

¿no lo va a hacer usted?

-Pues la verdad que usted me inspira más confianza.

-Me alegra escuchar eso.

-No es que quiera darle coba, pero el doctor Hurtado

apenas ha cruzado un par de palabras con nosotras.

Sin embargo, usted lo explica todo tan... claro,

tan sin prisas.

-Ya verá como su esposo está en buenas manos.

-Desde este momento,

confío plenamente en usted.

-Por eso no quiero engañarla.

La operación que voy a realizar es complicada

y existe un porcentaje alto de posibilidades de que...

no salga bien.

-¿Nos está diciendo que es posible que Liberto

no salga de esta?

-Le voy a hablar con mucha franqueza.

Es posible que muera.

-Tenemos que ser muy fuertes, madre.

-Llevas todo el día muy taciturna.

Me gustaría que te abrieras un poco conmigo,

sobre todo cuando sé que te preocupa algo.

-Le agradezco la confianza que me da, y la verdad

es que estuve en casa de don Samuel y no salí muy contenta

del encuentro. -¿Qué sucedió?

-Yo solo quería ayudarle, pero él se portó de lo más grosero conmigo.

-Es posible que le esté superando esta situación.

No es fácil enfrentarse a una desgracia así.

-Por supuesto que no lo es,

pero no tiene sentido negar la realidad como él lo está haciendo.

-Lucía, podrías aprovechar para coger un poco de distancia con él.

Me preocupa que puedas salir escaldada de todo este asunto.

-No me parece muy leal darle la espalda

en estos momentos. Samuel necesita a alguien a su lado.

-Me alegro de verlas.

Estoy avisando a los vecinos de una ofrenda

que estoy preparando. Cuento con ustedes.

-Me parece una gran iniciativa.

En estos momentos no nos vendrá mal un poco de ayuda

de la madre de Dios.

-Siga usted, prima,

enseguida voy. -Con Dios.

-Con Dios.

-¿Le ocurre algo? La veo de lo más melancólica.

-Mis problemas no son de mucha enjundia

comparados con lo que está pasando.

-Entiendo que con todo el dolor que ha generado el atentado

considere que son minucias, pero yo no sería un buen párroco

si no me interesara por los problemas de mis feligreses,

Ya sean grandes o pequeños.

Mis cuitas tienen poca solución.

-He estado dándole al magín sobre lo que me contó de la cruz

y ese vínculo que tiene con los marqueses.

-¿Y ha llegado a alguna conclusión?

-No, no por el momento,

pero además de la formación que adquirí,

he dedicado unos años al estudio del arte sacro

y, se trata de una pieza curiosa.

¿No la tendrá consigo, usted?

-Sí, siempre trato de llevarla encima.

-Me gustaría investigar sobre ella, si no le importa, claro.

-Por supuesto,

todo lo que averigüe sobre ella es información sobre mi pasado.

-Bien, entonces, continuemos con esas pesquisas.

Eso sí, de forma discreta, no me gustaría que la gente del barrio

viera que ando algo distraído con todo lo que hay que hacer.

-Descuide, este asunto lo trataré solo con usted.

Será nuestro pequeño secreto. Ahora he de irme,

seguiremos hablando.

-Marche con Dios.

-Con Dios.

-Nos reunimos hoy aquí

para homenajear a las víctimas de un terrible atentado

que ha asolado al barrio.

Soy nuevo en este lugar y muchos aún no me conocen,

pero he de decir que sé reconocer a las personas buenas,

generosas y solidarias, y con buen corazón.

Sé que todos ustedes lo son,

por cómo se han volcado en ayudar a aquellas personas

que lo han pasado mal, por cómo han tratado de darles cariño y apoyo.

Eso es ahora lo único importante.

-"¿Qué opinas del estado de don Samuel?".

-Le reconozco que estoy algo preocupada.

Creo que no termina de darse cuenta de cuál es la gravedad

de su situación.

-Me alegra no ser la única que piensa así.

Creo que don Samuel ha querido llevar el apellido de su padre

más lejos de lo que él mismo hubiera podido

y se ha encontrado con una terrible tragedia.

Y temo que su orgullo le impida encajar tal desgracia,

pese a que nada de lo que ha ocurrido sea culpa suya.

-¿Y bien?, usted dirá.

-Le he mandado venir

porque he estado hablando con el director del banco

que le concedió los créditos.

-¿Y?

-Está dispuesto a reunirse con usted para encontrar una solución

beneficiosa para todos.

Se ha mostrado benevolente con la situación

y quiere elaborar un plan de pagos

para cubrir la deuda.

-Por fin buenas noticias. -Tampoco le quiero engañar.

Me ha dejado muy clara su preocupación

por lo elevado de la deuda, es una fortuna.

-Una fortuna salvaje, sí.

-¿No está usted preocupado?

-He estado revisando concienzudamente mis cuentas

y sé cómo saldar las deudas.

-Es por aquí.

Ella es doña Trini, la paciente.

Cuéntale, Trini, cuéntale qué es lo que te ocurre.

-A las buenas, doctor, verá, yo en realidad estoy como un roble,

pero es cierto que a veces...

-¡Señora! -¿Qué pasa, Fabiana?

-Que viene. -¿Que viene quién?

-Don Ramón, que viene a buscarla.

-A las buenas. El correo.

-¿"Pa" quién? -"Pa" ti, de Lolita.

-Por favor, "señá" Agustina, ¿me lo lee?

-Sí.

(LEE) "Casildica,

que soy la Lola, que sigo aquí,

en el pueblo".

"Por aquí

‘to’ bien, salvo porque la tata Concha

no termina de alzar la cabeza".

-"Me sorprende lo unidos que están todos aquí".

Cuando a uno le pasa algo, van todos a apoyarle.

-Como debe ser, padre.

-Los Palacios, los Álvarez-Hermoso, incluso Lucía,

la prima de doña Celia, a mi entender recién llegada,

todos se han volcado en ayudar.

-A menuda ha ido usted a nombrar, padre.

Doña Lucía es un pedazo de cielo.

-"Se le ve con buen ánimo".

-Tanto es así, que estoy pensando en abrir una galería más adelante.

-¿De verdad? -Así es.

Quería contar con su ayuda.

-¿Con mi ayuda? -No sé si es mucho pedir.

-Es pedir muy poco

para lo feliz que me hace ayudarle.

-"¿Su prima se encuentra mejor?".

-¿Lucía?

-Me pareció verla algo afligida en la ofrenda.

¿Es por don Liberto?

-No, si apenas se conocen.

Pero me imagino que estará sintiendo mucha pena por él

y por Rosina, claro.

-Parecía algo personal.

-Sí, bueno, es que ella...

-Soy sacerdote, doña Celia, lo que me cuente,

aunque no estemos en la iglesia, puede considerarlo

secreto de confesión. No saldrá de aquí.

-"Liberto, que ya te operan, ¿me oyes?".

Tú puedes escucharme, ¿verdad, Liberto?

Liberto,... tienes que encontrar la manera de volver a mí.

¿Me oyes? Tienes que hacerlo.

Por favor, Liberto, mira,...

tienes que... No me dejes sola,

tienes que volver a mi lado, ¿me oyes, Liberto?

Yo sé que vas a encontrar la manera.

Doctor, ¿cómo ha ido? Doctor.

-Ha sido... una operación muy complicada,

no se lo voy a negar.

-"¿Quiere que vuelva en otro momento?".

Quizá se lo ha olvidado en su casa. -No, para nada. Deme un minuto.

Dentro de mi desorden siempre suelo encontrarlo todo.

Aquí, son dos libros de simbología cristiana.

-¿Dónde los encontró? -En la biblioteca del obispado.

Creo que nos serán útiles

para descifrar los dibujos que hay en su cruz de madera.

-No sabe lo mucho que me gustaría que eso fuera así.

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  • Capítulo 828

Acacias 38 - Capítulo 828

17 ago 2018

Telmo promete ayudar a Lucía; la convence de no hablar de la cruz y tratar ese asunto con él. Telmo se presenta a los señores y anuncia una plegaria por el atentado. Trini oculta a Ramón que se ha mareado y convierte a Fabiana en cómplice de su silencio. Pero al ver que su señora sufre un nuevo mareo, Fabiana pide ayuda a Celia. Trini quita importancia a sus malestares delante de su amiga.

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