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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 827 - ver ahora
Transcripción completa

El hospital está desbordado.

-Esperemos que el doctor que le han asignado a Trini

sea un hombre templado y que también tenga paciencia

para poder informar a mi padre. -¿Y Trini, está grave?

-En principio solo tenía un corte en el brazo,

pero ha perdido mucha sangre en el traslado hasta aquí.

-Rosina, quiero irme a casa.

-Su casa seguirá en el mismo sitio un poco después.

-Eso es posible, pero también es cierto que estoy ocupando la cama

que otros muchos necesitan.

¿No decíais que estaba el hospital a rebosar?

-Así es, hasta los topes. -Sí, no cabe ni un alma más.

-Ay, no se me quitó la congoja hasta que no te vi entre la gente,

entre los evacuados. -Me sacó un hombre.

Un desconocido. -No le vi.

-Yo perdí el conocimiento y tampoco pude agradecerle su valor

y su disposición.

¿La policía tiene algún indicio? -Tienden a pensar

que los anarquistas atentaron precisamente

contra don Alejo Linares,

como alto cargo de los cuerpos de seguridad,

pero solo son suposiciones.

-Necesitará la ayuda de una amiga cuando se le eche el mundo encima.

-No me refiero solo a esa clase de ayuda.

Estoy dispuesta a contribuir económicamente.

-¿Te refieres a la asignación que recibes?

-Sí. La pondré a su disposición.

-¿Sabe cuánto dinero había invertido Alday?

-Ni lo sé ni será fácil su cálculo, pero una auténtica fortuna.

Para Samuel ha sido una catástrofe, un cataclismo financiero.

-El fin de otra familia de pro.

-Mediodía y no la han traído todavía, eso no es buena señal.

-¿Ya la ha visto? -Sí, pero apenas unos instantes

y debido a mi insistencia, me puse tan latoso que el celador

no tuvo más remedio que dejármela ver unos momentos.

-¿Le comunicaron ya el diagnóstico?

-No, creo que los doctores no tienen idea y solo tratan de ganar tiempo.

-¿Estás bien? -Si yo me encuentro perfectamente,

es verdad que un poco cansado. -Vamos.

¿Qué tienes ahí?

-"Vamos, Samuel,"

nunca es el final,

reaccione, por Dios. -Déjeme solo.

Y tú también, Carmen.

(Explosión)

-Lucía.

-¿Sí?

-¿Dónde estás? Porque aquí, en Acacias, no es.

-Estaba distraída. -No hace falta que lo asegures.

No te quedes en albis en plena calle que hay muchos descuideros.

¿Algo que te preocupaba?

-Pensaba en la explosión, como todos en el barrio, supongo.

Por ahí viene Susana.

-Vamos a preguntarle si hay novedades sobre Liberto.

Susana, ¿qué vienes, de rezar el rosario?

-Con más fe que nunca. He rezado por Liberto

y por los heridos.

-¿Hay novedades sobre tu sobrino? -No, que yo sepa. ¿Y Trini?

-Todo bien, gracias a Dios. Al parecer,

Ramón fue a verla al hospital y ya ha salido de observación,

así que en breve la tendremos por el barrio.

-Espero que pillen a ese malnacido que ha causado tanto mal.

-Qué desgracia, yo no sé por qué Acacias ha sufrido tanto

el azote de los radicales.

-Porque somos gente de bien, ¿por qué va a ser?

¿Y esa cruz?

-Es el único recuerdo que guardo de mi madre.

-Es muy bonita, cuídala.

-Usted que es tan religiosa, ¿sabe lo que pueden significar

los grabados que tiene?

-No creo que nada especial, quizá son solo adornos.

Hay artesanos que trabajan muy bien la madera.

Algunos hacen verdaderas obras de arte.

-Lo importante es que es un recuerdo, no sé si los grabados

tienen algún significado, pero no hay mayor que ese.

-Así es.

Os dejo, que ha sido un día muy largo y tengo que descansar.

-Hasta mañana, Susana, ve con Dios. -Con Dios.

-Con Dios.

-¿A qué viene tan repentino interés por la cruz?

-Por nada.

Imagino que por el impacto que el atentado ha causado en mí.

A punto he estado de reunirme con mi madre, donde quiera que esté.

-Lucía, por favor, no digas eso. Venga, ¿subes conmigo a casa?

-Prefiero dar un paseo.

-¿Vas a ver a Samuel?

-Tal vez me pase por su casa cuando vuelva.

¿Sabes si don Felipe ha vuelto a hablar con él?

-No, ha preferido darle tiempo para aceptar la nueva situación

y pensar en lo que va a hacer.

Al parecer, Samuel se ha quedado destrozado cuando se ha enterado

de que lo que quedaba del palacete deberá ser demolido.

-Es tan injusto que haya pasado todo esto.

-Sí.

Si le ves, dale ánimos de parte de toda la familia.

-Así lo haré.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Ay, mucho mejor.

Ay, sí, muchas gracias.

Ay.

Elisa, digo yo, si tú podrías hablar con el médico y preguntarle

si me va a traer algo de cenar o no,

es que tengo un hambre canina. Por favor.

Gracias. Ay, Ramón.

-Ay, Trini.

-Ay, querido, cuidado, cuidado, cuidado. Ay, cuidado.

Tengo una herida en el brazo y veo las estrellas.

-Perdóname, amor, es la emoción. -Cuánto nos alegramos

de ver que está tan bien. -¿Sí?

Pues no lo ha parecido.

Estaba más sola que la una cuando he salido de la zona de observación.

-Trini, hemos pasado aquí casi un día entero.

-Ni un alma había esperándome.

Yo esto no me lo podía imaginar en la sala de curas, ¿eh?

-Le aseguro que a mi padre no había quién le moviera de aquí,

pero doña Celia insistió para que se fuera a casa a descansar un rato.

-Bueno, está bien, te creeré.

Antoñito, hazme un favor.

Busca a alguien y pregúntale si me van a dar de cenar,

que yo no sé cuántas horas hace que no como.

-Voy.

-No te habrás enfadado de verdad, ¿no?

-Claro que no, bobo.

-¿Te duele mucho?

-Algo, pero lo soporto.

-Estaba fatal, no me dejaban entrar a verte.

-Bueno, Ramón, pues mejor, porque te habrías enfadado.

-Enfadado, ¿por qué?

-Cuando me han traído, me han arrancado las ropas,

me han dejado más de dos horas en cueros.

-¿Delante de todo el mundo?

-Sí.

Fila india hacían para observarme. Algunos han pasado hasta dos veces.

Ni un trapo me han dejado para tapar mis vergüenzas.

-Eso es inadmisible,

voy a llevar una queja al director. -Ramón.

(RÍE) Que es mentira, que estoy de chanza.

-Yo no sé cómo puedes tener ese ánimo para chanzas

después de todo lo que has pasado.

-Porque las risas hay que inventárselas,

que las lágrimas ya vienen solas.

-La cena, casi tengo que arrancársela al celador.

-Ramón, ¿te importaría dármela tú? Es que me duele el brazo horrores.

-Claro.

Así.

A ver.

-Lo sabía, sabía que esto iba a pasar. (RÍE)

¿Cierra ya?

-Es la hora.

Pero si tiene algún antojo, se lo puedo servir dentro.

-No, antojo de nada.

Solo buscaba la compañía de alguna vecina.

No me apetece meterme en casa

y darle vueltas y más vueltas a lo que vivimos ayer.

-No me extraña.

Qué barbaridad, no sé cómo alguien puede tener un corazón tan sucio.

-Y que lo diga.

Inocentes muertos y heridos, pérdidas, arte destruido,

¿acaso con eso van a conseguir algo para sus fines?

-Llamar la atención, darse a conocer, eso es lo que procuran.

-Don Íñigo, perdóneme usted que le interrumpa,

me manda doña Leonor.

-Dime, Casilda.

-Que no va a venir a pasear con usted porque tiene que ir

al hospital con don Liberto. -¿Qué le ha pasado?

-Pues una desgracia muy grande, señorita.

Primero ha empezado a decir "tontás", y luego le ha empezado

a salir sangre de la oreja,

pero como de por dentro, de... -Del oído.

-Eso es, del oído,

que no me salía la palabra por el nervio.

Voy a avisar a doña Susana.

-Se ha ido a casa, la he visto salir antes de la iglesia.

Dijo que estaba cansada. -Ay, pues "na", para allá que voy.

Poco va a descansar la mujer.

Por cierto, también hay que avisar a don Samuel,

que son muy amigos. -Yo me encargo,

ve tú a por Susana, Casilda. -Agradecida.

Con Dios. -Con Dios.

-Y esto está todavía sin recoger.

Voy a buscar a Flora para que se encargue y yo voy al hospital.

Lucía, no sé si le importa quedarse aquí hasta que ella llegue.

-No, vaya tranquilo.

-Muchas gracias.

Ah, y recuerdo que le haga una tarta de fresas con nata en cuanto pueda.

-Se lo recordaré, corra.

-Gracias.

(RESOPLA)

Pero ¿por qué nos hacen pasar a una habitación

y luego no viene nadie a atenderte?

Como sea algo grave, voy a utilizar todas las influencias de Maximiliano

para que se arrepientan del mal trato que te están dando.

Hombre.

Claro que sí, Maximiliano fue subsecretario

del Ministerio de Gobernación.

Les sabré manejar a los lazaretos estos.

-¿Quién es Maximiliano?

-Maximiliano, querido, ¿quién va a ser?, mi marido.

-Pero ¿tu marido no soy yo?

-Por favor, que venga un médico ya.

Sí.

Claro que eres mi marido, claro, claro, pero Maximiliano

fue mi marido antes,

hace años, pero murió,

¿no te acuerdas?

-Entonces,... ¿no estás casada con los dos?

-No, solo contigo.

¿Qué?

¿Qué pasa? Liberto, ¿qué haces?

¿Qué haces?

-¿Dónde están mis zapatos? -Tranquilo, tranquilo, tus zapatos

te los quitaron para traerte a la habitación, pero nos los darán.

-Pero eso no puede ser, hay que ir por ellos, son muy valiosos.

-Si tienes muchos pares de zapatos,

seguro que no te los roban y, si fuera así, yo te mando hacer unos.

-La moneda. -¿Qué moneda?

-La moneda. -¿Qué moneda?

¿Qué moneda?

-La moneda. -Tranquilo.

-Una moneda valiosa.

-Sí. -Antigua, romana,

un denario de Máximo, lo guardaba dentro del zapato.

-Bueno, pero no pasa nada, ya verás como te devuelven la moneda.

-Nada, el hospital está lleno. Están atendiendo

a los heridos.

Los pocos médicos que no se han ido a dormir están en los quirófanos.

-¿Y quién va a atender a Liberto?

-Vendrán cuando terminen las urgencias.

-Pero ¿cómo saben que él no está grave si nadie le ha visto, nadie?

-Ya lo sé, madre, por favor, usted tranquila.

-Por favor. ¿Y si pagamos para que lo pongan el primero de la lista?

-Lo he intentado, pero no es cuestión de dinero,

sino de salvar la vida de los que están en más peligro.

-Por favor.

No, no, no, no, no, no, Liberto, ¿qué haces?, tranquilo.

Liberto, Liberto.

-Tengo que encontrar mis zapatos antes que me quiten mi denario.

-¿Qué es eso del denario? -Ha perdido la cabeza.

-Mi denario. -Liberto, haz el favor

de volver a la cama.

Yo te busco los zapatos. ¿Dónde...?

-¡Dios mío, Liberto! -¡Aquí, por favor!

-Liberto, ¡Liberto! -Madre.

-Por favor.

-Venga aquí.

-Buenos días.

-Va a costar levantarlos después de tantas malas noticias.

-¿Tiene alguna novedad sobre Liberto?

-Ninguna.

Doña Susana se fue anoche y se quedó en el hospital

a hacer compañía a doña Rosina.

-Maldita sea el que puso la bomba, y le digo más, malditos sean

todos los que ponen bombas.

Es que no hay derecho, hombre. -Y que lo diga.

Le dejo. Voy a tener que abrir la sastrería.

Doña Susana hoy no viene. -¿Y le deja a usted sola?

-Es la primera vez, espero que no tenga queja.

-Si necesita ayuda,

ya sabe usted que yo soy un lince para los negocios.

-No, deje, deje, que ya me apaño yo sola. A más ver.

-Con Dios.

De verdad, qué lástima

no haber tenido un capitalito para empezar,

bueno, y que me casara tan pronto con la Paciencia.

A estas alturas hubiera formado un imperio,

sería todo un magnate.

-¿Está hablando solo?

-No, qué va, solamente estaba pensando en voz alta.

Qué cosa curiosa esa de la vocación, ¿eh?

-¿No me diga que le ha entrado la vocación de ser cura?

-No, qué cura ni qué ocho cuartos, nada de eso,

mi vocación es mucho más mundana, mis vocaciones son ser sereno,

millonario,... -Y ha elegido millonario,

eso está a la vista. -Chist.

Con todos mis respetos a la dama, qué belleza.

-Y tanto.

Permítame que le ayude, señorita.

No solo le adorna una gran belleza, su sonrisa

es una de las puertas del paraíso.

Me he visto obligado a decírselo. -Ya. ¿Y no se habrá molestado?

-Al contrario, yo sé muy bien cómo decirle estas cosas a las damas.

-¿Cree que no lo sé?

-Usted está más ocupado en sus vocaciones de portero,

millonario,...

-Vamos a ver, yo soy un hombre casado, no como usted,

que de lo único que se ocupa es de presumir

de acompañantes femeninas, como la tal Salomé esa.

-Presumo porque puedo. -Oiga, oiga,

si yo quisiera, en menos de una semana estaba dándome un paseo

por los Jardines del Príncipe con una fémina enganchada al brazo.

-Demuéstrelo, una semana.

Y, para darle emoción, vamos a hacer una apuesta.

¿Cinco pesetas?

-Sean.

Un duro.

-Creo que te has precipitado,

tendrías que haberte quedado un día más.

-¿Redada de enfermos?

De eso nada, que yo me deprimo.

Me quedo en mi casa, con todos desviviéndose por mí,

que es lo que me gusta.

Mira, me voy a instalar aquí, en este sillón, como si fuera mi trono,

yo la reina y vosotros, todos mis súbditos.

-No abuses, no abuses. -Ay, Ramón, mi brazo, mi brazo.

Ramón.

-Eres pérfida, lo sabes, ¿no?

-Uy, pérfida, siempre he querido que me llamen pérfida,

suena muy seductor.

-Doña Trini, pero si le han dejado salir.

-Bueno, en realidad me han echado, que ya no me soportaban.

(RÍE)

-Pero con reparos, que en cuanto tenga mareos

o dolor de cabeza, tenemos que volver a toda prisa.

-La vamos a tratar como oro en paño. Por cierto, he hablado con Lolita,

dice que mañana viene de Cabrahigo, que quiere estar con usted.

-De eso nada.

Dile que se quede con la tata Concha, que la necesita más que yo.

-Yo lo intento, pero no creo que me haga caso.

Por cierto, ¿qué se sabe de Liberto?

-He ido a ver a doña Rosina mientras Trini terminaba de arreglarse

para venir y no saben nada de su estado.

Están esperando que llegue un médico, a ver si les dice algo.

-Bueno, esperemos que vaya bien. Voy a hablar con Lolita.

-Bienvenida, señora. No he parado de rezar por usted.

-Te lo agradezco mucho, pero ahora me tienes que hacer un favor.

Te bajas a La Deliciosa

y compras pastas, que espero que venga el barrio a visitarme.

-De eso nada.

Las visitas, contadas, y de una en una.

El médico te ha ordenado tranquilidad.

-Sí. Tú ni caso, Fabiana,

bajas a La Deliciosa y compras pastas y chocolate bien calentito,

y compra pasteles, y suizos,

que si tengo que recibir que sea por todo lo alto.

-Lo que usted diga. Don Ramón, le he dejado

el periódico en el despacho, que o se lo guardo yo o se queda sin él.

-¿Y eso?

-¿No sabe lo que viene en la portada?

-Por una vez, la policía ha sido eficaz.

-Tanto que cuesta creerlo.

Unos terroristas detenidos en un solo día.

-Sí.

¿Sospecha que puedan no ser ellos? -No,

en absoluto, solo que ha sido todo muy precipitado.

Supongo que si han anunciado con tanto boato la detención,

es que deben de estar seguros.

También creo que ha habido chivatazos.

-Aun así podemos congratularnos, ellos están tras las rejas,

donde deben.

-Los periódicos dicen que los anarquistas

se infiltraron entre los obreros que estaban poniendo a punto

las galerías Alday.

-Por mucha razón que tengan esos demandas,

la pierden con estos actos.

-Buenos días. -Buenos días, don Ramón.

No he escuchado la puerta. Tome asiento.

-Me encontré con Celia y ella me ha abierto.

Ya veo que están viendo las noticias del diario.

-Terroristas detenidos, gracias a Dios.

-Una buena noticia, lo que no nos puede quitar el dolor,

por los heridos y los muertos.

-¿Cuándo volverá a casa Trini?

-Si ya está, ya está en casa, instalada en el salón tan ricamente.

-Enhorabuena. Le mandaré una bandeja de pasteles para celebrarlo.

-No va a hacer falta, Íñigo,

Trini le ha pedido a Fabiana que compre de todo

por si acaso vienen visitas, así que no le van a quedar a usted

existencias. -Algo sobrará, don Ramón, no tema.

-¿Y bien?

¿Sabemos algo de Liberto?

-No, no mucho, la verdad.

Venía a por unos documentos que me tenía que dar don Felipe.

Ya los tengo, así que...

vuelvo al hospital. -Manténganos informados

de su evolución. -Así haré.

Les dejo. Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

¿Quién nos iba a decir que este muchacho

acabaría con Leonor?

-El amor es una de las cosas más extrañas que existe en el mundo.

-Y que usted lo diga, inexplicable,...

pero la vida sigue.

¿Sabe cómo queda la situación

de Samuel Alday después de todo esto?

-Solo puedo definirla de una manera, desesperada.

-Su familia tenía una fortuna.

-¿Alcanzó a ver las galerías antes de la explosión?

Ese palacio es uno de los más lujosos que he visto nunca.

Joyas, obras de arte, muebles de primera categoría,

incluso las cortinas eran importadas.

-Sí, ya me di cuenta.

-O Samuel se adelanta a las consecuencias

antes que los acreedores empiecen a exigirle los pagos

o no podrá levantar cabeza.

-¿Va a quedarse usted a comer?

-No, solo he venido a informar a Samuel sobre el estado de Liberto.

-Ya.

Bueno, yo, por si acaso, pondré otro servicio, que para quitarlo

siempre hay tiempo.

-¿Le has visto hoy?

-Apenas.

Ha estado todo el día encerrado en su habitación.

O en el despacho.

No es lo habitual en él.

La bomba de las galerías le está haciendo pasar por un mal momento.

-Quizá el peor de su vida.

-Lucía, no le esperaba, ¿se queda a almorzar conmigo?

-Si soy bienvenida. -Siempre.

Carmen, pon un servicio en la mesa a nuestra invitada.

-Le veo animado.

-Una simple bomba no es suficiente para acabar conmigo.

Ha sido un tropezón importante, pero saldré de esta, no lo dude.

-Me alegra oírle decir eso, cuente con mi ayuda.

-Me vendrá bien, llevo toda la mañana pensando en qué pasos dar

para eludir a los bancos.

-¿Todavía quedan rescoldos en lo que fueron las galerías

y han empezado a acosarle ya sin esperar?

-Todavía no, pero lo harán antes de lo que nadie piensa

y debo estar preparado.

Además, aunque todo el mundo cree que estoy arruinado, no es así.

El patrimonio familiar será suficiente para soportar este golpe.

Lo importante es que estemos bien de salud.

-¿Sabe lo de Liberto?

-Ya ha salido del hospital, ¿no es así?

-Quedé en venir a contárselo ayer, pero luego pensé

que su estado de ánimo no era el mejor, así que me fui a casa

sin venir a informarle.

Le han vuelto a ingresar. Sufrió mareos y un sangrado de oído.

-¿Qué han dicho los médicos?

-De momento nada.

-No puedo ir al hospital, pero le enviaré una nota a la familia.

-Se lo agradecerán.

-Carmen, termina de servir, yo voy a escribir la nota

para que Carmen pueda llevarla. Me ausentaré solo unos segundos.

-Tranquilo.

Vaya cambio en un solo día.

-¿No le parece excesivo?

-¿A qué se refiere?

-Pues que no parece muy consciente de la realidad.

-Tres horas hace ya que se lo llevaron y no sabemos nada,

esto es una tortura.

-Le están haciendo pruebas.

-Y contentas tenemos que estar, que al menos tiene habitación.

He visto una barbaridad de pacientes en los pasillos sin camilla.

-Que otros estén peor que él no me consuela, es mi marido.

-Enfadarse no va a hacer que lo traigan antes, Rosina.

¿Quieres que recemos? -No, quiero que me traigan

a Liberto, saber que está bien, poderme ir con él a mi casa.

-Bueno, pues se lo pediremos al Señor.

-Reza tú si quieres, Susana, yo no estoy con ánimos.

-A los buenos días.

¿Siguen sin venir, los médicos?

-No, no sabemos nada.

Acompáñame, a ver si nos enteramos de algo.

-Vamos.

(Pasos)

-¿Viene a informarnos? -¿Cuál es el paciente?

-Liberto Méndez Aspe. Díganos algo, nadie nos dice nada.

No sabemos qué pensar.

-Hay doctores que llevan 48 horas sin salir del hospital,

estamos desbordados.

-Yo también llevo mucho, se trata de mi esposo.

Mi esposo y mi hija son lo único que tengo.

-¿Qué doctor le trataba? -Se lo llevó el doctor Hurtado.

-El doctor Hurtado es un magnífico galeno,

seguro que le da el mejor de los cuidados.

-¿Puede enterarse?

-Lo intentaré. ¿Liberto Méndez, me ha dicho?

-Yo soy su tía. ¿Y usted es?

-Doctor Baeza. En cuanto sepa algo, les digo.

-Gracias, doctor, gracias, es usted un ángel, doctor Baeza.

-Bueno, pues aquí está la exageración

que me ha "mandao" a comprar mi señora.

Como lo coman todo, cogen un cólico, ya lo verán.

-Ni que lo digas, Fabiana.

-Si casi tiene usted más surtido aquí que nosotros en La Deliciosa.

-Sabía que iba a tener visitas.

¿Queréis un chocolate?

Lo ha subido Fabiana.

-Pues sí, que abajo ni lo pruebo. -Sí, yo también.

-Pues lo caliento y lo traigo.

-Qué pena que Leonor, Susana y Rosina no estén aquí,

porque haríamos una tertulia de las buenas.

-Sí, pero buenas somos las que estamos.

Echo de menos a Lucía, hace días que no le veo el pelo.

-Pues si no para en casa.

Es que se ha quedado dando apoyo a Samuel, que está muy afectado.

-No me extraña. A mí, que también llevo un negocio,

me horroriza pensar que pudiera pasarme lo que a él,

quedarme sin nada en un minuto. -¿De verdad se ha quedado sin nada?

-Sin nada no, pero dice Felipe que en una situación muy dramática.

-¿Y por qué no le pide ayuda a su hermano Diego?

-Pero si de Diego no se sabe nada desde que partió.

(Se cierra una puerta)

-Buenas tardes, señoras.

Ya han visto a la imprudente de mi mujer,

se ha negado a seguir en el hospital ni un día más.

-Está estupenda, Ramón.

-Pero hay que hacerle caso a los médicos.

Mira Liberto, una tarde en casa y unas horas después en el hospital.

-Esperemos que solo sea un susto. -Esperemos.

Íñigo se ha ido al hospital, pero yo no sé nada.

-Estás muy pesado con eso de que debería quedarme en el hospital.

Al final voy a pensar que tienes una amante y quieres estar con ella.

-Ya ven, señoras, los médicos dicen que solo se ha herido en el brazo,

pero yo pienso que ha quedado mal de la cabeza.

-Si hay un esposo por el que pondría la mano en el fuego, es por usted.

-Uy, quita, quita, Celia, que los calladitos son los peores.

-Pero qué cosas dicen.

Me encantaría quedarme más rato escuchándolas,

pero tengo que volver. ¿Quiere que le mande algo?

-No, Flora, muchas gracias, creo que estamos servidas.

Si recibes alguna noticia de Liberto, nos mandes recado.

-Yo le acompaño, Flora,

así compro el diario y veo si sale alguna noticia del atentado.

Enseguida vuelvo.

-Ramón, si quieres dar un paseo, hazlo,

así me quedo de charla con Celia.

-No quiero dejarte sola, ahora vengo.

-Adiós. -A más ver.

-Ay, mi esposo no me deja ni a sol ni a sombra, ¿eh?

-Pero eso es porque te quiere.

-Ay, eso sí.

Coge, coge. -No, gracias.

-Está buenísimo.

-A última hora de la mañana, mi madre y doña Susana

han estado hablando con un médico, se llama Higinio Baeza,

y les ha prometido ayudarlas, pero cuando yo salí del hospital

todavía no les había dicho nada.

-Me imagino la angustia que debe estar sintiendo doña Rosina.

-Ya. Ella es dada a los dramas,

pero en esta ocasión tiene toda la razón.

Tantas horas sin saber de Liberto.

-El hospital está abarrotado de pacientes.

-Ya. Y la sensación que tengo es como si le hubieran secuestrado.

Por eso he venido,

a ver si don Felipe nos puede ayudar.

-No sé dónde está, quizá mi prima Celia lo sepa,

ha ido a visitar a doña Trini.

-Pues iré ahí a buscarla.

Lucía, si regresara don Felipe, por favor, mándame llamar.

-Descuida, eso haré. -Gracias.

-Leonor, qué sorpresa.

-Ahora mismo iba a buscarla, doña Celia.

¿Sabe dónde encontrar a su esposo? -Pues no tengo ni idea.

Sé que tenía muchas gestiones que hacer esta tarde.

¿Le necesitas con urgencia?

-Es que no sé si él me puede ayudar.

Bueno, intentaré hablar con don Ramón.

-Ha ido a dar una vuelta y comprar el periódico, pero no tardará

porque no quería dejar sola a Trini.

-A ver si hay suerte entonces, con Dios.

-Con Dios.

-Están muy preocupados por Liberto.

-No me extraña.

El primer marido de Rosina, don Maximiliano,

murió en un atentado anarquista.

Y ahora, Liberto, ingresado por otro.

-Parece que tienen un imán para las bombas.

-Sí, eso parece.

¿Has hablado con tu padrino?

Seguro que ha leído la noticia del atentado en la prensa

y está preocupado. -Ni se me había ocurrido.

Bueno, esta tarde lo haré.

-Yo también le escribiré.

seguro que en Salamanca se está hablando mucho de este asunto.

Se ha perdido el cuadro de los marqueses de Válmez.

¿Tú llegaste a verlo?

-¡No, no! ¡Tengo que encontrar la cruz!

¡Tengo que encontrarla!

-¿Ha perdido el juicio? -¡No!

-¡Vamos! -¡Déjeme!

Tengo que encontrar un trozo de pintura.

-¡Vamos! -¡No, suélteme!

¡Suélteme, por favor! -¡El techo, el techo se va a caer!

¡Hay que salir de aquí!

¡Hay que salir de aquí!

-Lucía, ¿estás bien?

-Sí, sí, solo recordé el momento de la explosión.

-Lucía, si te encuentras mal,

tenemos que ir al médico, mira lo que le ha pasado a Liberto.

-No, no, tranquila, estoy perfectamente.

¿Irá esta tarde a la iglesia?

-Sí. Me pasaré, si puedo.

-Le acompañaré.

Quiero encender una vela por los heridos y muertos.

-Ay, quién fuera reloj "pa" ser dueño de tu tiempo.

Servando Gallo, para servirle a usted y a Dios.

Que si me llamara Cristóbal Colón diría:

"Santa María, qué pinta tiene esta niña".

La Pinta, la Niña y la Santa María,...

-¿Qué, se resisten las mozas?

-Qué sandeces dice, ¿qué se cree, que estaba yo intentando seducirla?

-Hay un duro en juego, cinco pesetas contantes y sonantes,

¿o se ha arrepentido ya? -Que recuerde, tengo una semana

para hacerlo, y para ese asunto utilizaré el último día.

Por cierto, y "pa" que lo sepa, en Naveros del Río yo tenía la fama

del tirón que tenía con las mozas.

-Ya, de aquello hace ya muchos años, suponiendo que sea verdad.

-¿Duda de mi palabra?

-Soy como santo Tomás, si no lo veo, no lo creo.

Tiene una semana, y el tiempo corre.

Tic tac, tic tac, tic tac.

-¿Servando? -Eh.

-A las buenas. ¿Adónde iba, a hablar con esa moza?

-¿Yo? Perdón, Casilda, que soy un hombre matrimoniado.

Simplemente estoy "preocupao" por mis vecinos.

¿Cómo está don Liberto? -Ahora iba yo al hospital

a llevarle comida a doña Rosina.

Seguro que a ella le han dicho lo que sea.

-Cuando sepas algo, me lo cuentas. -Sí, yo "aluego" le cuento.

Por cierto, que la criada esa se llama Rosalía, por si le interesa.

-¿A mí, a mí qué me va a interesar? -Ya.

Bueno, con Dios. -Con Dios.

-Rosalía, ¿se te pasó el dolor de cabeza con las hierbas que te di?

Son unas hierbas

que cogí hace dos semanas del monte, hierbas medicinales,

van muy bien para la cabeza,

para el dolor de las mujeres y también para los huesos.

-Me he encontrado con Leonor en la escalera y, me ha dicho

que están teniendo problemas con la estancia de Liberto en el hospital.

-Sí.

Pasó antes a saludar y me contó que no les informan.

Ramón, ¿no puedes hacer algo?

-Apenas nada.

He mandado una nota a un miembro de la junta del Ateneo,

es un capitoste de Gobernación.

-¿Y qué tiene que ver Gobernación?

-Llevamos mucho tiempo pidiendo que se cree un Ministerio de Sanidad,

pero mientras tanto, los hospitales dependen de Gobernación.

-¿Como la policía? Pero qué sinsentido.

¿Qué tendrán que ver los médicos con los guardias?

En fin. ¿Y qué piensas pedirle a ese político?

-Un trato preferente para Liberto,

no en la atención, que en eso merecemos ser tratados todos igual,

pero sí en que informen a los familiares.

-¿No sería mejor hacerles una visita y no enviarles un mensaje?

-Sí, pero yo no te puedo dejar a ti a solas tal como estás.

-Ramón, querido, por favor, que estoy bien, tranquilo.

Además, está Fabiana para lo que sea.

-¿Te estorbo cerca?

-Pues claro que no. Pero me siento culpable,

tengo la sensación de que no puedes continuar con tu vida.

-Es que mi vida eres tú.

-Y yo te lo agradezco, pero Ramón, hay cosas que no pueden esperar.

Ve a hablar con ese político, intenta ayudar a Liberto y a Rosina.

-¿De verdad no te importa que me vaya?

-De verdad.

Querido, hazme un favor,

antes de salir dile a Fabiana que me traiga algo de merendar.

-Eso es buena señal. Si tienes hambre, es que no estás enferma.

-Que sí, querido, que estoy bien.

-He escrito al director del hospital.

Poco más puedo hacer.

-¿No es raro lo de Liberto?

-Sí,

pero es que todo es muy raro en el hospital en los últimos días.

¿Te imaginas el caos que debe ser aquello?

-Sí. Yo pienso en Rosina y me da angustia.

No me deja de venir a la cabeza el pobre de don Maximiliano.

-Solo espero que no se repita el mismo caso y que Liberto

esté pronto entre nosotros.

-Ojalá.

Lucía ha ido a la iglesia a encender una vela.

-¿No la has acompañado? -No.

He preferido quedarme para hablar contigo.

Estoy preocupada por Lucía. -Yo la veo integrada en el barrio.

-Sí, sí, si no es eso.

Es que antes he estado hablando con ella y estaba como ida y, no sé,

con lo de Liberto me he asustado. -¿Le pediste que fuera al médico?

-Sí, me ha dicho que estaba bien. Como está tan unida a Samuel...

Mira que la hemos advertido para que no se encariñara con ese hombre.

-Bueno, en las cosas del corazón, no manda la cabeza.

-¿Crees que está enamorada de él?

-No sé. Pero de estas cosas os dais cuenta antes las mujeres.

Yo tengo la sensibilidad de un cardo.

-Mientes. Di lo que piensas.

-Lucía es una joven ingenua, idealista, que busca afecto.

-Y ha ido a encontrarlo en Samuel, ¿no?

-Quizá. Pero Samuel, además de que todavía es un hombre casado,

está pasando por un mal momento.

Solo espero que no se la lleve por delante.

-No lo hará, si yo puedo evitarlo.

-Ave María purísima.

-Sin pecado concebida.

-Padre, me siento atormentada. -Ha venido al buen lugar.

Aquí intentaremos calmar su conciencia con el perdón de Dios.

¿Qué es lo que la inquieta? -Cuando la explosión

en las galerías, yo estaba allí.

-Como tantos otros en esta ciudad.

-Debería estar dedicándome en cuerpo y alma a los heridos,

pero ni siquiera puedo pensar en ellos.

-¿Por qué?

-Hay otros asuntos que ocupan mi cabeza y mi corazón.

-Ha venido a confesarse. Dios le escucha.

-Aquí tiene, don Ramón, vea si es lo que quería.

-Perfecto.

Entre la carta que le he enviado a un político conocido mío del Ateneo

y esta a la dirección del hospital, podremos hacer fuerza

para ayudar a doña Rosina.

-Eso espero. Aunque mi relación con ese hombre tampoco es tan estrecha,

no es el director, tan solo un miembro de la junta.

-Menos es nada.

-Don Ramón, si me acepta un café, necesito consultar algo con usted.

-Encantado.

(TOCA LA CAMPANA)

-Carmen, ¿serías tan amable de servirnos café a don Ramón y a mí?

-Ahora mismo, señor.

-Lo cierto es que no sé cómo plantearle esto.

-Coja el toro por los cuernos, como se suele decir.

-Como podrá imaginar, el atentado ha supuesto grandes pérdidas económicas

para mí.

-Por supuesto.

Pocos hombres de negocios lograrían levantarse.

Yo, desde luego, no sería uno de ellos.

-Yo espero hacerlo, claro.

-Celebro su optimismo.

Yo hace un tiempo también lo perdí todo y tuve que volver a empezar

desde cero y, mi ánimo no era tan fuerte como el suyo.

-Por eso, precisamente por eso busco su consejo.

-Cada caso es distinto y yo apenas conozco el suyo,

así que no puedo ofrecerle soluciones mágicas.

Lo único que puedo hacer es recomendarle que se enfrente

a los problemas que lleguen diariamente sin miedo.

-¿Desean algo más? -Tan solo que nos dejes solos,

Carmen. -Sí, señor.

-Hay un buen motivo para mostrarme así de optimista.

El prestigio de mi familia.

-Tenga usted cuidado que el prestigio de una familia

se convierte en mala fama en un abrir y cerrar de ojos.

-No creo que ese sea nuestro caso.

-Bien.

Veo que no necesita usted un consejo y que ya lo tiene claro.

¿Le puedo ayudar en algo más concreto?

-Me gustaría que me consiguiera una cita con los banqueros

que le ayudaron a usted a salir del pozo.

-Lo intentaré, pero no puedo prometerle nada.

-Con eso me basta.

-Bien.

Y ahora, si me disculpa, quiero entregar esta carta hoy mismo.

Con su permiso. -Muchas gracias, don Ramón.

-Con Dios. -Con Dios.

(RESOPLA)

-¡Señora!

Señora, ¿qué le ha "pasao"? -Nada, Fabiana, un traspiés,

estoy bien.

Estoy bien. -Si es que no tenía

por qué haberse "levantao". Si usted quiere algo, me lo pide

y yo se lo traigo. -Que no, que estoy bien.

-Siéntese.

-Ay, ay. -Señora, usted está muy "nublá".

A la cama, tiene que irse a la cama. Hágame caso.

-Cuidado con el brazo.

Estoy bien, estoy bien.

Vamos. -Por aquí, por aquí.

Despacito, despacito.

-Don Ramón ha escrito...

y no sé si ha llegado a visitar a un político

que conoce del Ateneo, uno que se encarga de la gestión

de los hospitales de la región. -¿Y qué le ha dicho?

-No lo sé, porque he venido al hospital antes de saberlo.

También sé que Samuel Alday se ha puesto en contacto con un conocido

que se encarga de la junta de este hospital,

pero que no me puede prometer nada. Ni siquiera sabe

si su amigo se acordará de él.

-Estamos listas. ¿Y Felipe?

-No lo sé, él dice que pensará en la forma de ayudarnos.

-La verdad es que... es de él de quien más me fío de todos.

De él y de don Ramón. -Son verdaderos amigos

de la familia, siempre han estado ahí.

Esperemos que sus gestiones den resultado.

-Ay, hija, es que yo...

no pensé que nos viéramos nunca en una situación así, es desolador.

Tú y yo solas,

absolutamente solas, esperando a que alguien

tenga a bien ayudarnos. -Bueno, no, porque hoy doña Susana

e Íñigo han estado con nosotros, y Antoñito ha pasado a preguntar.

Y el resto del mundo, madre, tiene sus preocupaciones.

Doña Trini está guardando reposo en casa, y don Ramón

no se quiere separar de ella ni un solo segundo.

Samuel, en la ruina y don Felipe, como siempre,

arreglando los problemas de toda la gente del barrio.

-¿Y nosotras qué? Mientras, tú y yo solas.

-Así es la vida, madre.

Cada uno debe aprender a lamerse sus propias heridas.

-Pues no debería ser así.

Si nosotras estamos desesperadas teniendo dinero,

imagínate la gente que no tiene posibles.

-Perdonen el retraso, ya tengo noticias de don Liberto Méndez.

-Díganos, doctor, díganos.

-Si no fueron los muertos, los heridos y la destrucción,

¿qué es lo que tanto la impresionó?

-Un cuadro.

-¿Tan bello era? -No

fue por su belleza,

fue por las personas que estaban en él, los marqueses de Válmez.

-¿Le unía algo a ellos?

-No lo sé, en los últimos tiempos gravitan por mi vida.

Todos los meses, desde su muerte, recibo una asignación económica

que el marqués me dejó en su testamento.

-No parece que la quieran mal.

-No, no, en absoluto, pero en el cuadro,

la marquesa portaba una cruz de madera.

-Bueno, una mujer piadosa y religiosa.

-Esa cruz...

es la misma que yo tengo desde niña.

-¿Una igual? -Creo que es la misma,

pero el cuadro ha sido destruido y no las puedo comparar.

-¿Cómo llegó esa cruz a sus manos?

-Me contaron que mi madre me la dejó cuando me abandonó.

Mi padrino me ha educado desde entonces.

-Quizá él pueda decirle de dónde salió esa cruz y quién era su madre.

-¿Lo sabrá? ¿Me diría la verdad?

Siempre he pensado que mi vida era un error,

que nunca he ocupado el lugar que debería en el mundo.

Si todo hubiera acabado con la bomba, sería más fácil.

-¿A qué se refiere?

-Un hombre tiró de mí

y me sacó de las galerías antes de que el techo se desplomara.

-¿Preferiría que no lo hubiera hecho?

-No lo sé.

Amo la vida, pero cada vez me resulta más complicada.

-Dejarse morir es un acto contra Dios, y una cobardía.

El hombre que la salvó hizo lo que debía.

-Su esposo tiene que ser operado.

-Ay, Dios mío.

-Pero puede esperar a que los cirujanos terminen

con los que están en situación de vida o muerte.

-¿Eso quiere decir que no es grave? -Lo es,

todas las operaciones lo son, pero la situación no es dramática,

puede esperar a que un quirófano quede libre.

-¿Puede esperar aquí, con nosotras?

-Debe estar siendo observado cada minuto,

no queremos que empeore, en ese caso se le operaría de urgencia.

-¿Y de qué se le va a operar?

-En la explosión, Liberto sufrió un golpe en la cabeza.

Ha tenido un edema cerebral.

Es como cuando uno se hace un moratón tras un golpe,

se rompen algunas venas y se pierde algo de sangre.

Al estar en el cerebro,

hay que liberarla, es una operación delicada.

-Por favor, doctor,

haga todo lo posible por salvar a mi esposo.

-Lo hacemos por todos los pacientes. -Yo ya perdí

a mi primer marido hace años, al padre de mi hija.

Pensaba que nunca más volvería a ser feliz,

que la vida no me daría una segunda oportunidad

y, entonces apareció Liberto.

-Haremos todo lo posible.

Tengo que marcharme, que hay muchos pacientes que me necesitan,

¿de acuerdo?

-Gracias.

-Puedo ponerle penitencia

por haber deseado que todo acabara en la explosión.

La vida es lo más preciado que nos ha dado Dios,

y el peor pecado que existe es despreciarla.

-Todo habría sido más fácil, no sé por qué ese hombre se fijó en mí.

-Ese hombre no podía hacer otra cosa, habría puesto su propia vida

en juego por salvarla.

-¿Cómo lo sabe?

-No tendrá penitencia,

solo levántese y espere a que yo salga del confesionario.

Lo sé porque era yo.

-Buenas tardes. -Venía a ver a doña Susana.

-Pase.

Es don Íñigo, señora. -Buenas tardes, doña Susana.

-Buenas tardes. ¿Qué le trae por aquí?

-Pues venía a interesarme por su sobrino, ¿tienen noticias sobre él?

-Sí, y no son buenas.

-"Fabiana,"

¿a qué vienen esas miradas?

-Disculpe, pero no me parece de recibo que mienta a don Ramón.

-Fabiana, que lo último que necesito ahora es una regañina.

-Dios me libre de criticar a la señora, pero...

-No hay peros que valgan, Fabiana, si no me quieres criticar,

no digas ni chus ni mus, que yo sé bien lo que me hago.

-¿Qué les parece el nuevo cura que nos han enviado?

-¿Qué nos ha de parecer? A nosotros solo nos corresponde

esperar que sea un santo varón, como el anterior.

-Hemos salido ganando con el cambio.

A parte de ser un hombre encantador, es joven y guapo.

-No sea frívola, está usted hablando de un sacerdote.

-Me gustaría que se encargara de preparar unas flores

para una ofrenda.

-Claro que sí, cuente usted con ellas.

Le va a quedar un templo que se va a parecer al mismísimo paraíso.

-Con que esté un poco alegre, me sobra y me basta.

Espero verles a todos en la iglesia, con estos tiempos que corren,

es importante estar en paz con Dios. -Ay, sí, allí estaremos,

todos los días en misa, como un clavo.

-Con Dios. -"Qué suerte".

Yo creo que sin vosotras hubiera perdido el oremus con tanto dolor.

Sois todo lo que tengo en la vida.

-No desfallezcas, Rosina,

no desfallezcas.

-Madre.

Le juro

que Liberto saldrá adelante. Él no puede morir.

-Dile al señor que estoy buscando la limosnera, que tardaré un rato.

-Señora, hágame caso de una vez, que se lo digo de corazón.

-Fabiana, por favor, para ya con esas insolencias,

haz lo que se te manda y ni se te ocurra decirle una palabra al señor.

-Haré lo que se me ordene. -Eso.

Uf.

-He convencido al doctor para que dé prioridad a su caso.

No me ha sido nada fácil, pero a base de insistir,

la operación será mañana.

Es lo antes que podemos hacerla. -No sabe cuánto se lo agradezco,

de verdad. Es usted oro molido.

-Iré a ver a su madre a informarle.

-Gracias.

-"La señora no está bien".

-"¿No se ha recuperado bien de la explosión?".

-Parecía que sí, pero es solo "fachá".

Está floja como un niño chico, y cada vez que se descuida

le dan unos vértigos que acabará rompiéndose la cabeza.

-¿Tan mal está?

-Créame lo que le digo,

que lo he visto yo con estos ojos que se han de comer los gusanos.

-"¿Qué sabe usted de Samuel?". -Nada.

Y me preocupa su actitud.

No sale de su despacho intentando cuantificar las pérdidas.

-Esperemos que sea capaz de soportar el golpe que se le viene encima.

-Veremos a ver si lo encaja.

Yo estoy tratando de retrasar todo lo que puedo la reunión

con el banco. -Hace bien, necesita tiempo

para tragar una píldora tan amarga.

-He conseguido un quirófano para mañana,

es lo más pronto que podemos pensar en operarle.

-¿Le va a operar usted? -Sí. ¿No le parece bien?

-No, es que, mi madre piensa que el doctor Hurtado es una eminencia,

y quizá cree que es mejor que le opere él.

-Como quieran, pero eso va a suponer posponer la operación,

y no andamos muy sobrados de tiempo.

-Disculpe, señor, pero es la señorita Lucía, que quiere verle.

-No estoy para recibir visitas,

vuelva en otro momento. -Lo comprendo,

lo último que quiero es molestarle.

-Usted no puede molestar nunca.

-Lamento recibirla así,

pero es de vital importancia que sepa cuáles han sido mis gastos.

-Mi intención era ayudarle.

Le recuerdo que yo participé con usted

en la elección de las obras.

Podría repasar con usted la inversión que se hizo.

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  • Capítulo 827

Acacias 38 - Capítulo 827

16 ago 2018

Lucía oculta a Celia su preocupación por lo que vio en el cuadro de la Galería Alday. Celia está preocupada por su prima. Ramón se reencuentra con Trini en el hospital, ya recuperada. Ambos regresan a casa. Las vecinas se interesan por su amiga. Ella les hace ver que está bien, pero sufre un vahído Liberto es ingresado de nuevo, pero el caos del hospital impide que le atiendan con premura. El doctor Higinio Baeza se ofrece para ayudar a que Liberto sea atendido con prioridad. Higinio informa de que Liberto debe ser operado.

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