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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 826 - ver ahora
Transcripción completa

Quedan inauguradas las galerías Alday.

Aquí tiene,

lo convenido por la faja.

-"Ni siquiera he tenido tiempo"

para ir a ver el cuadro de los marqueses.

-Es su oportunidad, está en la sala contigua.

Lo han traído hoy mismo.

-Justo a tiempo. -Sí, por un momento,

creí que no podría exhibirlo.

-"¿Qué hace aquí, señora? La hacía en la inauguración

de don Samuel. -De allí vengo.

No quería dejar el negocio. -Haberse quedado.

Yo ya me encargaba de todo.

Es una pena que no haya podido disfrutar más.

-La verdad es que me lo estaba pasando muy bien.

El evento ha resultado ser una maravilla.

Se va a recordar durante mucho tiempo en la ciudad.

¿Cómo...? ¿Cómo tiene la marquesa la misma cruz que mi madre?

(Explosión)

-¡Ayuda!

¡Liberto, tranquilo!

¡Auxilio! -¡Ah!

¡Ramón! -Ya estamos fuera.

-¿Qué ha pasado?

¡Ah, mi brazo!

-Samuel, ¿qué ha pasado?

-¡Por todos los demonios!

-¡Hay que salir de aquí!

¡Hay que salir de aquí!

Pero ¿dónde van? ¡Oigan!

¡Oigan!

-¿Sigue igual? -¿Has conseguido hablar

con algún médico?

-No, no he conseguido que se detuvieran a atenderme.

Todo el hospital es un caos.

El personal está desbordado y hay pacientes fuera sin camilla tirados.

-Dicen que hay además un brote de fiebres.

-Sí, algo he oído. -¿Y qué?

¿Nos esperamos a que mi marido muera?

-Lo intentaré dentro de un rato.

-Ese rato puede ser fatal. ¡Por Dios!

Solo pido que algún médico lo examine

por algo más del minuto que le han dedicado.

Liberto.

¿Me oyes, Liberto?

Están con heridos graves,

dicen.

¿Más grave que él? Se está muriendo.

Se está muriendo, ¿cómo no pueden verlo?

-Madre, cálmese.

-No puedo, no puedo.

-Escúcheme.

Sé por lo que está pasando porque yo también pasé por ello.

Los pasillos son una locura, madre.

-Lo sé.

(Sintonía de "Acacias 38")

El hospital está desbordado.

-Esperemos que el doctor

que le han asignado a Trini sea un hombre templado.

Y que también tenga paciencia

para informar a mi padre. -¿Está grave?

-En principio solo tenía un corte en el brazo, pero...

ha perdido mucha sangre en el traslado.

Estaba muy mareada

a consecuencia de la hemorragia.

-Esperemos que sea solo el brazo.

¿Se sabe algo de nuestros vecinos y amigos?

-No sé, Felipe, es que todo pasó en un abrir y cerrar de ojos.

Liberto sí que estaba muy grave.

De hecho, yo pensé que estaba muerto cuando le vi en el suelo.

-¿Se sabe algo de él?

"Le dije que nos marcháramos".

Te dije que nos marcháramos, ¿te acuerdas?,

porque tenía un mal presentimiento.

Y tú te reíste de mi presentimiento, de mis tripas.

Había comido algo en mal estado.

Mira, mira, mis tripas tenían razón.

Tenían el don del vaticinio, la profecía.

-Madre, no es juicioso que hable en esos términos.

Liberto solo quería disfrutar un rato más del acontecimiento.

-Menudo acontecimiento. Maldita la hora en que Samuel nos invitó.

Tampoco le puede echar la culpa a Samuel.

Él es una víctima más. -¿Víctima?

Ha salido de la galería por su propio pie.

Pero mira mi marido, a lo mejor no sale de esta.

-Doña Rosina, sí que saldrá, no lo dude usted.

Si hubieran apreciado riesgo de deceso,

le habrían atendido con urgencia.

-En este manicomio nadie sabe lo que es urgente y lo que no.

Aunque también tendremos que dar gracias a Dios

por que Antoñito llegara justo a tiempo.

-Cierto. Tenemos que agradecerle a Antoñito lo que ha hecho

por nosotros. Le ha salvado.

-Salvado estaría si despertara,

si lograra sobrevivir.

-Madre, madre.

No se deje llevar por la desesperación.

Vamos.

-Déjame que llore.

Así sabrá,

mis lágrimas le dirán en lo más íntimo

que siempre voy a estar a su lado.

Siempre.

¡Ah, ay, Liberto!

¿Me oyes?

Liberto.

Liberto.

Liberto...

Qué despropósito, qué desbarajuste de hospital.

-¿Le han informado?

-He hablado con el doctor, pero no me han permitido verla.

-¿Qué dice el médico? -No tienen idea de su diagnóstico.

Ni siquiera sabía de qué paciente le estaba hablando.

-Eso no es buena señal.

Trini no pasa desapercibida.

-Son unos ineptos, unos ineptos y unos negligentes.

-Palabras muy duras.

-Es una situación de emergencia.

-Siempre lo es cuando se necesita un médico.

Para eso les pagamos.

-Calma, padre, van a tener que atenderle a usted.

-Por eso precisamente

quería que me dejaran verla.

Para calmarme, para verla

con mis propios ojos. -¿Le han dado razones?

-Dicen que le están haciendo pruebas.

-Es buena señal, está atendida. Paciencia.

-Paciencia y entereza. -¿Entereza, Felipe?

¿Sería capaz de tener entereza si su esposa se viera así

y ni siquiera tuvieran la delicadeza de informarle?

-Felipe solo intenta quitarle hierro al asunto.

No tiene la culpa.

-Tienes razón. Don Felipe, no tenía intención de ofenderle.

-Lo sé. Y para colmo tienen razón. No me mostraría tan comprensivo

si fuera Celia la que estuviera por estos pasillos.

Voy a ofrecer mi ayuda.

A las buenas, qué bien me viene que estén por aquí.

"Señá" Fabiana, ¿"ande" están las hierbas

para la friegas en las canillas? -No sé, Casilda,

por ahí estarán. -Por favor, écheme una mano,

que doña Rosina pone el grito en el cielo por los dolores.

-Tontadas de ricachonas, que siempre tienen que tener algo para quejarse.

-¿Y esas caras de funeral que me traen? ¿Qué ha pasado?

¿Tan peliaguda es la cosa?

-Doña Celia le dio la noticia a Servando, Casilda.

Y sí, sí es peliaguda.

-Pues entonces, por favor, suéltenlo de una vez,

que una no tiene el corazón para trotes.

-Verás, hija,

escucha.

Tu patrón está en una cama, hija, y dicen que algo más que pachucho.

-¡Don Liberto! Pero ¿qué ha pasado?

-Nada.

Una deflagración, verbigracia, una bomba que...

ha sembrado el caos en la Galería Alday.

-¡Madre del amor hermoso! ¡Ay, Dios mío!

Pero qué manía que tiene este país con jugar con explosivos.

¿Cómo está de grave mi señor?

Voy a correr a escape a enterarme.

Cómo va a estar doña Rosina,

que ella aparenta brío, pero luego se me viene abajo.

-Espera, Casilda.

Espera, que yo voy contigo, que quiero saber cómo está doña Trini.

-No, doña Rosina va a necesitar algo más que unas friegas.

-Bueno, sí, anda, ve.

Ay...

Ay, Casilda.

Ella quiere a sus señores como si fueran de su familia.

-Así debería ser siempre,

que pasamos bajo su techo más horas que en nuestra cama.

-Que no tengamos que lamentar ninguna desgracia.

Casilda perdió a su Martín y se le fue la cabeza. Como pierda

a doña Rosina, yo no sé la pobre.

-Se han enterado ustedes, ¿no?

-¿Tu señor también ha caído? -No, gracias a Dios.

Acaba de volver del hospital. Pero está bien.

Solo se ha demorado para ayudar. -¿Y qué cuenta?

-Nada. Que aquello es una algazara. -Diga más bien un follón.

Que es lo que ha oído una.

-¿Don Samuel barrunta

quién ha prendido la mecha? -La policía investiga,

pero no ha dicho nada. -Pues mejor ni preguntarle

el motivo sobre el atentado. -Bueno...

Tampoco está muy hablador que digamos. Vamos, nada.

No ha querido ni cambiarse de ropa ni comer.

-Eso no es buena señal.

El pobre hombre, tanto dinero y tanto esfuerzo para que se lo vuelen

de un bombazo el primer día.

-Bueno, marcho.

Qué susto me has dado.

Pensaba que no me reconocías o que me habías olvidado.

-Pero ¿cómo iba a olvidarte, mi amor?

¿Acaso haya alguien que lo haga?

-Tengamos la fiesta en paz.

No voy a discutir en presencia de mi renacido marido.

-¿Cómo que renacido?

Solo tengo un par de cardenales y dos coscorrones.

-Eso será mejor que lo confirme el médico.

-Yo me conozco mejor que un matasanos.

Quiero irme

a casa.

-Su casa seguirá en el mismo sitio después.

-Eso es posible.

Pero también estoy ocupando la cama que otros muchos necesitan.

¿No estaba el hospital a rebosar?

-Así es, hasta los topes. -No cabe un alma más.

-Entonces que atiendan a quien lo necesite.

-Tú de aquí no te vas hasta que te revisen de la cabeza a los pies.

Y no hay más que hablar. Tranquilo.

-¿Ha perdido el juicio?

¡Vamos! -No, déjeme.

-¡Vamos! -¡Suélteme!

¡Suélteme, por favor! -¡El techo se va a caer!

¡Hay que salir!

¡Hay que salir!

Lucía, Lucía.

Ya está. Era una pesadilla.

Necesitabas descansar y con razón.

-Ni durmiendo se me va a olvidar es condenada explosión.

-Ni a ti ni a ninguno de los que estuvimos bajo ese techo.

-Techo...

Techo...

-Estuvimos buscándote, pero no te encontrábamos.

Que Dios me perdone, pero llegué a pensar

que esa bomba te había hecho trizas.

-No sé dónde fue la detonación.

Yo solo sentí

como si se me cayera el mundo encima.

-Nosotros queríamos seguir buscándote,

pero no nos lo permitieron.

Nos dijeron que el riesgo de derrumbe era muy alto.

No se me quitó la congoja hasta que no te vi entre la gente,

entre los evacuados.

-Me sacó un hombre,

un desconocido, no le vi.

Yo perdí el conocimiento y tampoco

pude agradecerle su valor y su disposición.

¿Cómo están nuestros amigos?

¿Hay alguno herido?

-Parece que no,

pero no se pueden echar las campanas al vuelo.

El hospital nos ha pasado una lista de heridos.

-¿Alguno que usted sepa?

-Pues Liberto, que parecía que era el que estaba peor

y ahora está fuera de peligro.

Pero la que más me preocupa es Trini.

No dejan de hacerle pruebas y no emiten ningún diagnóstico.

-Esperemos que no sea nada.

¿Ha sabido algo

de Samuel mientras yo descansaba?

-Parece ser que llegó agotado ayer

de estar ayudando en el hospital. -Eso ya lo sé.

Fui a verle antes. Estaba tan conmocionado como yo

o más.

¿Cree usted que debería ir a acompañarle?

-Lucía, déjale, no le agobies.

Felipe está ahora con él. Ya nos contará en la cena.

-Las galerías fueron su proyecto.

Casi diría su vida.

¿Qué haría ahora si...? -Ya tendrás tiempo de consolarle.

Ahora poco puedes hacer.

Venga, voy a prepararte

la cena. -Yo la ayudo.

-No, Lucía. Lo haré yo sola.

Tú necesitas descansar.

Venga.

¿Cómo...? ¿Cómo tiene la marquesa la misma cruz que me dejó mi madre?

Tómese esta copa.

Le compondrá el ánimo.

Debería asearse y cambiarse de ropa.

Le ayuda a uno a sentirse mejor.

-Curaré sus raspones, señor.

A ver si usted puede convencerle.

-Carmen tiene razón.

-Aunque sean superficiales, con el polvo de la explosión

se le podrían infectar.

-Samuel, está hecho un eccehomo.

(Gritos)

¿Está bien? ¿Está bien?

¿Ha resultado alguien muerto?

-Dos personas.

Una camarera y un invitado.

Don Alejo Linares, secretario del Ministerio de Gobernación.

-¿La policía tiene algún indicio?

-Tienden a pensar que los anarquistas atentaron...

precisamente contra don Alejo Linares

como alto cargo de los cuerpos de seguridad.

Pero solo son suposiciones.

Samuel...

Reaccione, por Dios.

Sé que está conmocionado.

Pero de nada sirve dejarse.

Lo digo por experiencia.

Reaccione.

Aunque sea maldiciendo.

Vamos.

Tómese esa copa.

Mañana analizaremos lo sucedido.

-¿Se marcha usted?

-Sí, mi presencia aquí terminaría por alterarle.

Échele un ojo de vez en cuando aunque se lo tome a mal.

Podría salir por donde menos espera uno.

Avíseme si ocurre algo.

Descuide, así lo haré. Le acompaño a la puerta.

A la paz de Dios. -Buenos días, Servando.

¿Se sabe algo de doña Trini?

-Quía, don Ramón ha pasado toda la noche en el hospital.

No ha venido ni a cambiarse.

Y don Antoñito no ha traído nuevas.

¿Y a usted qué le pasa, que todavía no me ha pedido una sopa?

-Estoy muy afligido.

Esa maldita bomba me trae mal fario.

¿Y se sabe algo de don Liberto?

-Al parecer ya está fuera de peligro.

Se ha despertado y habla, que no es poco.

-Algo es algo, dijo un calvo. -Ande.

Le prepararé algo, que mal ha de estar para mostrarse

tan sensiblero. -Si se empeña...

-La que no las tiene todas consigo es doña Rosina.

Siente un pálpito y no se fía de los médicos.

-Dicen que han sido los anarquistas.

¿No hay otra manera de conseguir las cosas que no sea matando?

-Coma, que, con el estómago lleno, se ve la cosa bien distinta.

-Ya.

-Esto es todo muy parecido

a cuando reventaron a mi antiguo señor, que en paz descanse.

¿No lo creen así?

-Malditas bombas, que no cejan.

Pobrecica doña Rosina.

A su primer marido se lo lleva un atentado.

Y al segundo también.

Si no es una desgracia, que baje Dios y lo vea.

-Déjalo, vas a terminar llorando. -Pues no se crea

que no es por falta de ganas, "señá" Fabiana.

Pobre doña Rosina.

Yo sé que ella tiene sus cosas,

pero es muy bonachona y no quiero que se quede viuda.

-No creo que eso pase.

A don Maximiliano le tenía mucha devoción,

con su porte de funcionario.

Pero estaba el hombre un poco cascao. No, no.

Don Liberto está lleno de vitalidad, es todo juventud

y vigor.

-Y usted tiene que estar también en un ay,

que su señora es pan candeal. -Pues sí.

Que no se me cae de la mollera.

Pero poca cosa puede hacer una sino es rezar,

que es lo que llevo haciendo desde anoche.

-¿Quiere usted que recemos por su señora y por don Liberto?

-Sí.

En cuanto Servando termine de ensoparse y arree.

-Yo también me quedo.

Ya sabe usted que no soy muy de letanías, Fabiana,

pero no sé por qué hoy necesito pensar

que hay alguien que nos cuida ahí arriba.

¿No va a ir ni a dormir? -Mi madre es así.

No se va a separar de la cama de Liberto.

-Vayan al hospital sin apuro. Flora y yo sacaremos esto adelante.

-No va a ser fácil, Peña.

No quedará ni un alma que no se acerque a comentar el suceso.

-En peores garitas he hecho guardia.

-Agradecido. -Gracias, Peña.

-¿Vais al hospital? -Sí, a ver a Liberto.

Y a intentar que mi madre descanse. -Ay, la juventud.

Todavía piensan que descansar está en manos de una.

Ante la imposibilidad de dormir,

me he pasado la noche rezando por mi sobrino y por Trini.

Os acompaño al sanatorio.

-Ha salido una edición especial de última hora.

Según la policía, el atentado es de origen anarquista.

-Asesinos, van a conseguir que España

se desangre con las heridas que provocan.

-¿Quién ha sido el objetivo?

-Se supone que el secretario de Gobernación, Olivares.

-¿Y para eso han tenido que asesinar

a una camarera?

-Para no hablar de los daños materiales.

-Y todo el patrimonio cultural.

Los cuadros, las esculturas, las joyas.

Todo echado a perder. Hasta el mismísimo edificio.

-¿Se podrá reconstruir?

-Tendrá que determinarlo un perito.

Aunque la estructura estaba muy dañada.

Se puede decir que se ha perdido todo.

-¿Sabe cuánto dinero había invertido el Alday?

-Ni lo sé ni será fácil su cálculo.

Pero una auténtica fortuna.

Para Samuel ha sido un cataclismo financiero.

-El fin

de otra familia de pro.

Pase usted, señorita.

Siéntese, enseguida le digo que está aquí.

-Carmen, ¿cómo ha pasado la noche?

-Anoche quiso estar a solas y hoy todavía no ha salido.

-¿Estaba muy afectado?

-Sí, conmovido, ausente, no permitió ni que le curase

las magulladuras el rostro. -Debería haber bajado

a echarte una mano. -No, no estaba el señor

en disposición de dejarse ayudar.

Quizás haya sido mejor que pasase su mal rato a solas.

(Pasos)

-¿Qué andáis cuchicheando?

-Vaya, señor,

parece usted otro, está muy apuesto.

¿Quiere que le sirva el desayuno?

-No, no tengo tiempo, voy a ir a las galerías.

Quiero evaluar yo mismo el desastre. Tráeme el sombrero.

¿Cómo está usted, Lucía?

-He tenido días mejores, pero me alegra que haya recuperado el brío

y que se enfrente a los hechos.

-A la fuerza ahorcan. Ahora, si me permite.

-Espere. ¿Ha pensado usted...

lo que va a encontrarse allí?

-Créame, no pienso en otra cosa.

-No me refiero a las instalaciones.

Me refiero a... Créame,

los bomberos y los operarios estarán todavía despejando el lugar.

Quizá no le permitan la entrada.

-Muchos harían falta para detenerme. -No es momento

de interferir en trabajos de desescombro.

¿Por qué no aguardamos un poco para esa visita de inspección?

-Lucía, iré se ponga usted como se ponga.

No quiero enterarme por los periódicos

de cómo está mi industria.

Es del resto de mi vida de lo que hablamos.

-¿Cree que yo no he puesto todo mi empeño y hasta mis esperanzas allí?

-Y no lo dudo,

pero he arriesgando mi posición financiera

por no hablar de mis sueños.

-Le veo decidido.

Así que iré con usted.

-Preferiría que no lo hiciera. -¿Por qué?

Hemos...

trabajado juntos. Hemos perdido horas de sueño juntos.

-Prefiero estar solo.

Buenos días.

(Puerta cerrándose)

-No se lo tenga en cuenta, todavía tiene que hacerse a la idea

de cómo remontar el desastre. -Lo sé.

Yo solo quería hacerle más llevadero el trance.

Pero tienes razón.

Que lo interiorice.

-Eso es. -Pero...

deberemos de estar atentas.

Puede venirse abajo en cualquier momento.

Aun con esa suficiencia.

Al menos ha conseguido conciliar

el sueño. -Y ha tenido la presencia de ánimo

de asearse y cambiarse.

-No sé si deberíamos despertarlo.

Quizás acabe de cerrar los ojos.

-Vámonos, volvamos luego.

-Discúlpenme, me había quedado traspuesto.

Doña Celia, Felipe,

¿qué hora es? -Pues...

rondamos el mediodía.

-Mediodía y no la han traído. No es una buena señal.

-¿La ha visto? -Sí, pero apenas unos instantes.

Me puse tan latoso que el celador no tuvo más remedio que dejarme verla.

-¿Le comunicaron el diagnóstico? -No,

creo que los doctores no tienen idea y tratan de ganar tiempo.

-No se ponga en lo peor. -Tampoco me dan esperanza.

Y tengo una mala sensación.

-Eso son nervios y fatiga.

-Ojalá. ¿Qué saben de Liberto?

-Hemos estado con él y está animado.

-Pronto volverá a casa. -Me alegro.

Ojalá fueran esas las circunstancias de Trini.

Daría un brazo por ser yo el que yaciera en la cama.

-No diga esas cosas. Ya verá como pronto están los dos en casa.

-Dios la oiga, Celia.

La chocolatería es una bendición. -¿Ahora te das cuenta?

Claro que lo es.

Nos ha sacado de los caminos y nos permite estar juntos.

-No lo digo solo por eso, que también.

Lo digo porque, de no habernos visto obligados

a atender a nuestros clientes,

habríamos acudido a la inauguración.

-Ay, Virgen santa, que ni lo había pensado.

-No solo le debemos a la chocolatería nuestra felicidad,

también nuestra vida.

Seguir de una pieza, vamos.

-Se me pone la piel de gallina con solo imaginármelo.

-A mí se me descomponen las tripas.

Si te hubiera pasado algo,

yo creo que me hubiera vuelto loco.

-Nos habría pasado a los dos porque hubiéramos estado juntos.

-Si te hubiera pasado a ti sola,...

no creo que pudiera seguir viviendo.

Te quiero tanto,

amor mío. -Yo sí que te quiero

a ti.

-A veces me da miedo

lo que siento.

-Pues no te lo guardes dentro.

-Parece que no necesitan

que les desee los buenos días.

No, pero sigan. Por mí no se molesten.

-Deje de hacer sangre, que ha sido solo un arrebato.

-Suele pasar. -Solo veníamos a interesarnos

por doña Trini y a ofrecernos para cualquier cosa que pueda necesitar.

-Se lo agradezco en el alma.

Mi padre ha dormido en el hospital y,...

no sé, la verdad, me he sentido bastante solo, casi desamparado.

-¿Y doña Trini cómo se encuentra?

Cuando nos ha abierto Fabiana, no tenía noticias.

-Vengo del hospital, de llevarle ropa limpia a mi padre, y nada.

Los médicos no terminan de decir lo que saben.

Yo me temo que eso augura malas expectativas.

-Lamento oír eso.

-Siempre nos ha ayudado, siempre ha estado de nuestra parte.

Dios quiera que se recupere pronto. -Sí, esperemos.

Muchas gracias por sus palabras.

Estamos todos en un sinvivir.

-¿Les apetece un chocolate para encarar mejor el día?

-Corre a cuenta

de la casa. -Me encantaría, pero tengo

una gestión pendiente. Lolita sigue ajena a todo esto.

-Y quiere usted informarla, claro. -Eso es.

Quiero ir a ponerle un telegrama en la central de Correos.

La verdad, me duele en el alma tener que preocuparla,

pero, si no le digo nada, es capaz de matarme.

-Y con razón.

Ustedes, los hombres, se piensan que es mejor protegernos.

Pero en verdad son ustedes los que necesitan más mimos.

-Flora, no empecemos.

Antoñito, yo le acompañaré. -Sí. Mejor,

así seguimos con la conversación y yo mantengo la cabeza ocupada.

Luego volveré al hospital a ver si consigo animar a mi padre.

-Que no se hable más. A Correos y Telégrafos.

Pase usted, señor. Y tenga mucho cuidado.

No se me vaya a escurrir, que he fregado el suelo.

-Bienvenido a casa, Liberto.

Menudo susto nos has dado. -Involuntariamente.

No me cansaré de repetirlo.

-No te hagas el gracioso, que tienes que reponerte. Ayúdame.

-No te resistas, Liberto, que sabemos muy bien lo que te conviene.

-Pero si no me resisto, pero no estoy para el arrastre.

-¡Ay, siéntate!

Oh... -Señor,

¿quiere usted que le prepare un caldito de arroz con aceite crudo?

En mi casa, cuando nos poníamos pachuchos,

era lo que nos endilgaban.

-Casilda, me he dado un coscorrón.

No tiene nada que ver con el estado de mis tripas.

-Tráele un consomé, le abrirá el apetito.

-Vuelvo en un periquete.

-¿Veis lo que tiene que aguantar una esposa abnegada?

Como si no hubiera aguantando a esos malditos doctores,

que parecían más atentos a cualquiera menos a ti.

-Tenían que atender casos más urgentes.

-Eso querían dar a entender.

Ineptos. Cualquiera con dos ojos se habría dado cuenta

de la gravedad de Liberto, por favor.

-Madre, no sea exagerada.

Si puede volver, es que está bien.

-Susana, ¿te crees que ni siquiera le miraron

un poquito el chichón?

Lo facturaron como a un paquete y, cuanto más lejos, mejor.

-En cuanto haya comido y recuperado fuerzas,

te traeré a mi médico de cabecera.

Es una eminencia.

Porque los hospitales son como gallineros, un sindiós.

-¿Ese? Por favor, no sé ni cómo no le estampé un bofetón.

Me dijo que mis enfermedades eran achaques

de la edad. Ese hombre está ciego. Una eminencia, será guasona.

-Estás muy alterada por el disgusto

y no voy a tener en cuenta tus palabras.

Pero te recuerdo que si tú eres la esposa, yo soy su tía

y tengo todo el derecho a preocuparme por su salud.

-Tía, que estoy bien.

-¿Tú qué vas a saber si estás bien

o no estás bien? Ay, perdona.

En una cosa tiene razón tu tía: tienen que examinarte

de arriba a abajo.

-Me niego en redondo.

Lo único que tengo es dolor de cabeza, nada más.

El médico se va a pensar

que soy un hipocondríaco. -Mire, señora, el caldito.

-Y por si se anima,

una tortilla a lo franchute

y unos chorizos que huelen a matanza.

-Eso, no hay nada como la grasa para hacer

a un hombre fuerte y feliz.

-¿Me queréis dejar en paz de una santa vez?

Ni quiero comer ni necesito fortalecerme ni nada.

-Calma. -No, calma, no.

Ya está bien.

Lo único que necesito es un poco de sosiego y silencio.

Sobre todo, silencio. -Si el silencio alimentara,

las ánimas del purgatorio

no estarían tan delgadas.

-Basta ya, basta ya. Doña Susana, por el amor de Dios.

Yo me siento agobiada.

-Tú tienes la piel muy fina.

-Déjenle respirar las tres.

Lo único que pide Liberto es sosiego.

-Y yo pido un landó con seis caballos, faltaría más.

¿Una no puede preocuparse por su esposo?

Casilda, deja el caldo y llévate lo demás. Venga.

No, no.

Liberto, no tienes por qué tomártelo.

-Debería porque a un hombre... -Doña Susana,

¿puede parar de hablar de los hombres como si fueran monigotes?

Liberto es Liberto,

su sobrino, el esposo de mi madre,

mi amigo y mi padrastro.

Y él tiene que decidir lo que quiere hacer.

-Déjalo, Susana, un consejo.

Mi hija siempre ha de salirse con la suya.

-No me puedo creer que tenga...

-El caldito sí, ¿no?

-Ahí, muy bien.

¿Hay alguien en casa?

-Cariño, estaba revisando expedientes.

No he podido trabajar mucho estos días.

-¿Ha llegado ahora del hospital?

-Sí, me he quedado acompañando a don Ramón.

El pobre necesitaba consuelo. -¿Está de mejor ánimo?

Pues no te la vas a creer, pero he conseguido

que volviera para descansar.

-Estarán más tranquilos

con respecto a doña Trini.

-No nos dicen ni una palabra sobre su estado.

-Y no os han dejado pasar a la sala de observación,

como si lo viera. -No.

Dicen que no haríamos más

que dificultar las tareas de médicos y enfermeros.

Estamos como estábamos. Ramón está desolado.

A veces se le descubre una mirada,

no sé, como ido, ausente.

-No es para menos.

Si fueras tú la que yacieras en esa sala...

-No diga barbaridades. -Quizás soy

un poco excesivo.

Pero es lo que siento.

Cuando explotó la bomba y Celia no estaba conmigo,

no pensaba en salvarme.

Ni siquiera en ayudar a los demás.

Solo quería encontrarla,

reunirme con ella.

-Les admiro tanto a ustedes dos.

Son un modelo para mí.

Como una meta a la que llegar.

Ojalá yo encontrara algún día un hombre que me quisiera tanto.

Me siento muy afortunada, puede que la más afortunada que conozco.

Pero eso no significa

que no haya otras que puedan tener la misma fortuna que yo.

Encontrarás a ese hombre que anhelas, Lucía.

-Claro que sí.

Pocas conozco que se lo merezcan tanto.

Por cierto, ¿habéis visitado a Samuel?

-Sí, esta mañana.

-¿Está muy abatido?

-Estaba abatido. Sí.

Pero más que nada, tenso,

alerta, como si fuera a saltar sobre una presa.

-Lo entiendo. Por supuesto que lo entiendo.

-¿Que lo entiendes?

¿Saltar sobre quién?

¿No estará planeando vengarse del que puso la bomba?

-No dé usted ideas.

-No, no va por ahí la cosa.

Es un hombre suficientemente inteligente

para dejar ese trabajo en manos de la policía.

Bastante tienen en no perder el arrojo

para encarar su nueva vida. -¿Qué nueva vida?

-La que tienen que afrontar quienes han jugado todo a un naipe

y lo han perdido todo. -¿Se ha quedado

muy desposeído?

-Supongo que sí.

La inversión de las galerías no es "peccata minuta".

Tendrá que rogar a los bancos, a los acreedores.

En fin, un calvario.

-Necesitará toda mi ayuda, ¿verdad?

-Sí.

Necesitará la ayuda de una amiga cuando se le eche el mundo encima.

-No me refiero solo

a esa clase de ayuda.

Estoy dispuesta a contribuir económicamente.

-¿Te refieres a la asignación que recibes?

-Sí.

La pondré a su disposición.

El marqués de Válmez será

una bendición. -Lucía,

no es buena idea darle tu dinero a una persona con la que solo...

Con la que no tienes una relación.

-¿Cómo puede decir eso, Celia? Somos amigos.

-A ver, Lucía, tu gesto demuestra

tu generosidad y desinterés,

pero no va a solucionar el brete de Samuel.

Es una cantidad muy alta la que ha invertido en su sueño.

No me digas más lo que tengo que hacer.

-Alguien tendrá que hacerlo, padre, que está descentrado.

-Pocas veces en mi vida ha estado más seguro

de lo que tengo que hacer. -¿No se puede quedar

e intentar descansar aunque sea en un sillón?

-Haga caso al señorito.

No se me enrosque como una pescadilla.

-No seas impertinente, Fabiana.

-Fabiana tiene toda la razón, que está usted obstinado.

-¿Soy un obstinado por querer estar junto a mi amada esposa?

-No, señor, eso es normal... siempre que le permitan estar con ella.

-Me permitan lo que me permitan, allí estaré.

Y cuando tengan a bien dejarme entrar,

tendrá su ropa limpia y una mano. -Muy bien.

Y si llega el momento y usted cae enfermo de agotamiento, ¿qué?

-Eso, ni brazo ni nada.

-Si cayera enfermo de agotamiento, no merecería ser su esposo.

¿Os imagináis cómo se sentiría si se encuentra allí sola?

Eso sí que no.

-Muy bien, muy bien, haga usted lo que prefiera.

-Me alegro de ver que todos vamos entrando en razón.

-Yo no, señor.

-Pero...

nadie ha pensado en mi hermana.

-Cielo santo, es cierto. ¿Tú crees que la noticia del atentado

habrá llegado hasta la prensa francesa?

-Seguro.

Esos plumillas franceses están atentos a todo

y muy pendientes de las fronteras. Vaya que sí están pendientes

de las fronteras.

-En ese caso no estaría de más escribirle una carta

a María Luisa para tranquilizarla.

-Sería muy buena idea padre, sí, mire.

Siéntese, siéntese tranquilamente y escríbala.

Pero tampoco dé muchos detalles, que no queremos alarmarla.

-¿Tú has informado a Lolita? -En cuanto he podido.

-Le escribiré a tu hermana diciéndole que...

ninguno de nuestros allegados y amigos

ha sufrido daños importantes

y que espero darle buenas noticias pronto.

-Y no la estaría usted mintiendo. -Dios quiera que todo esto

pase cuanto antes y lo recordemos como una desagradable pesadilla.

-Eso es, afloje, afloje los músculos,

que se la va a romper una cuerda.

Ya verá como al final todo se soluciona.

(Llaman a la puerta)

No, voy yo.

Seguro que es una visita de cortesía por lo sucedido.

-Si no es algo

de extrema urgencia, no estoy para nadie.

-Van a tener que pasar

por encima de mi cadáver para molestarle hoy.

-Fabiana, haz el favor de preparar un maletín con la ropa de la señora.

-¿De verdad que no quiere que le prepare un baño?

-Haz lo que te digo o tendré que recordarte cuál es tu sitio.

-Sí, señor.

Padre, era un mozo. Es una carta del hospital.

-¿Qué dice, hijo?

-Que Trini está bien, ha salido de observación

y está preguntando por usted.

Qué abandonada que está la casa.

Y tiene más mierda que el palo de un gallinero.

-Y más polvo que una momia de los egipcios esos.

-Ande, señor,

siéntese aquí. -(TOSE)

-Casilda, para. Ya, querido.

Abre las ventanas.

Huele a rancio.

No tendrías que haber venido. Te dije que te quedaras en casa.

-Tan solo quería tomar un poco el aire, Rosina, nada más.

-No te asomes a la ventana.

Solo falta que te vea tu tía, pone el grito en el cielo.

Ya sabes que ahí tiene influencias.

-Ya cargaré con las culpas.

Si he venido ha sido para demostrar que estoy bien

y que no se preocupen.

-¿Qué hacemos con el piso?

¿Lo ofrecemos en alquiler o nos mudamos nosotros?

-Ay, señora, no me diga que está pensando en volvernos aquí.

Ay, Dios mío, que yo volvería al altillo a dormir con mis compañeras.

-Tú no tienes arte ni parte, qué pesadita.

Bien, querido, ¿qué dices tú?

-Yo ya sabes que estoy siempre de acuerdo con Casilda,

pero ayer funcionó todo mucho mejor.

Porque volver, volver,

pues volver como las oscuras golondrinas vuelven,

supongo.

-Y menudas que son.

Ustedes porque no lo ven, pero se cagan en el alféizar.

Lo que pasa es que luego yo lo limpio.

-¿Te quieres callar, Casilda?

¿Qué decías?

-Pues que se ha quedado muy buen día para asistir a mi funeral.

Pero vamos a llegar tarde como siempre si no terminas.

-¿Estás bien? -¿Quién?

-Vamos al hospital.

-¿Se puede saber qué te ha dado para querer volver?

-A ti, no estás bien. -¿A mí?

Pero si yo me encuentro perfectamente.

Es verdad que un poco cansado.

-Vamos... ¿Qué tienes ahí?

¡Te sale sangre del oído!

-¡Arrea!

-Ay, vamos.

Don Felipe quiere verle, señor.

-¿Cómo se encuentra, amigo?

-Los peritos afirman que hay que demoler el edificio completo.

Los cimientos están afectados.

Es imposible salvar la estructura.

-No quiero que me tache de entrometido,

pero me gustaría ayudar en los aspectos legales.

¿Podría informarme del estado

de sus finanzas?

"Grosso modo" si lo prefiere.

-Bancarrota, amigo.

Todo mi patrimonio invertido.

Préstamos bancarios para pagar el palacete.

Y los que tendré que pedir para pagar las obras de arte destruidas.

-Vamos, Samuel.

Si algo he aprendido en esta vida, es que...

es mejor coger el toro por los cuernos.

-No se ofenda.

Pero cállese, se lo ruego. -La situación

requiere de su diligencia y prontitud.

-La situación no podría ir a peor.

He tocado fondo.

Hasta ahora tenía la esperanza de poder vender el palacete.

Pero ya ni siquiera eso, es el final.

-Vamos, Samuel, nunca es el final.

¡Reaccione, por Dios!

Déjeme solo, y tú también,

Carmen.

Para empezar yo soy un hombre casado, no como usted,

que solo se ocupa de presumir

de acompañantes femeninas como la tal Salomé esa.

-Yo presumo porque puedo. -Oiga, oiga,

que si yo quisiera, en menos de una semana,

estaba dándome un paseo por los Jardines del Príncipe

con una fémina enganchada al brazo.

-Demuéstrelo, una semana,

y para darle emoción vamos a hacer una apuesta.

Cinco pesetas.

-Sean.

Un duro.

-"¿Y esa cruz?".

-Es el único recuerdo que guardo de mi madre.

-Es muy bonita. Cuídala.

-Usted, que es tan religiosa,

¿sabe lo que pueden significar los grabados que tiene?

-"Cuando me han traído,"

me han arrancado las ropas y me han dejado más de dos horas en cueros.

-¿Delante de todo el mundo?

-Delante de todos. Fila india hacían para observarme.

Algunos han pasado dos veces.

Ni un simple trapo para taparme. -Eso es inadmisible.

-Don Íñigo, perdone que le interrumpa.

Es que me manda doña Leonor.

-Dime, Casilda. -Que no va a poder ir

a pasear porque ha de ir al hospital con don Liberto.

-¿Qué le ha pasado?

-Pues una desgracia, señorita Lucía.

Primero ha empezado a decir tontadas.

Y "a luego", le ha empezado a salir sangre de la oreja.

Pero como de por dentro, del...

-Del oído. -Eso es.

Del oído, que no me salía la palabra por el nervio.

-¿Quién es Maximiliano?

-Maximiliano, querido, quién va a ser, mi marido.

-Pero ¿tu marido no soy yo?

-¡Ay, por favor, venga!

Que venga un médico ya.

Sí.

Claro que eres mi marido. Claro, claro.

Pero Maximiliano fue mi marido antes.

Hace años, pero murió.

¿No te acuerdas?

-¿Sabe cómo queda la situación de Samuel Alday después de todo esto?

-Solo puedo definirla de una manera: desesperada.

-Su familia tenía una gran fortuna. -¿Alcanzó a ver las galerías

antes de la explosión?

Ese palacio es uno de los más lujosos que he visto nunca.

Joyas, obras de arte, muebles de primera categoría.

Incluso las cortinas eran importadas.

-Sí, ya me di cuenta.

-O Samuel se adelanta a las consecuencias

antes de que los acreedores exijan pagos

o no podrá levantar cabeza.

-"¿Has hablado con tu padrino?".

Seguro que ha leído la noticia del atentado y está preocupado.

-Ni se me había ocurrido. Bueno, esta tarde lo haré.

-Yo también escribiré tranquilizándole.

Seguro que en Salamanca se está hablando de esto.

Se ha perdido el cuadro de los marqueses.

¿Tú llegaste a verlo?

-"¿Qué doctor le trataba? -Se lo llevó"

el doctor Hurtado. -No se preocupe,

el doctor Hurtado es un magnífico galeno.

Le dará el mejor de los cuidados.

-¿Usted puede enterarse?

-Lo intentaré, ¿Liberto Méndez? -Méndez Aspe.

Yo soy su tía, ¿y usted es?

-Doctor Higinio Baeza. En cuanto sepa, le digo.

-Gracias, doctor. Es usted un ángel.

Como podrá imaginar,

el atentado ha supuesto grandes pérdidas económicas para mí.

-Por supuesto.

Pocos hombres de negocios lograrían levantarse.

Yo, desde luego, no sería uno de ellos.

-Espero hacerlo, claro que sí.

-Celebro su optimismo.

Lo único que puedo hacer es recomendarle

que se enfrente a los problemas que lleguen diariamente sin miedo.

Perdonen el retraso.

Ya tengo noticias de don Liberto Méndez.

-Pues díganos, doctor.

Ave María purísima.

-Sin pecado concebida.

-Padre, me siento atormentada.

-Ha venido a confesarse.

Dios le escucha.

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Acacias 38 - Capítulo 826

14 ago 2018

La explosión conmociona a todo el barrio. Los periódicos confirman que se trata de un atentado anarquista. Liberto y Trini son los peores parados tras la explosión. La señora de Palacios está en observación, mientras que Liberto despierta desubicado en el hospital. Poco a poco se va recuperando, ya en casa, pero Rosina se da cuenta de que su marido sangra por el oído.

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