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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 824 - ver ahora
Transcripción completa

-Señor, ¿qué está buscando? Menudo desbarajuste.

-La lata de especias, Carmen, ¿dónde la has puesto?

-Estuve de limpieza y la tiré. Estaba vieja y oxidada

y no servía más que para coger polvo.

-¡¿Que la has tirado?!

¡Pero ¿cómo se te ocurre cometer semejante dislate, estúpida?!

-Puedo comprender perfectamente tus ansias de venganza.

Son las mismas que siento yo ahora mismo.

-¿Qué vas a hacer?

¿Vas a detenerme?

¿Vas a entregarme a la justicia?

-No vas a tener tanta suerte.

-Todo tiene solución en esta vida. -Todo menos la muerte.

(Disparo)

-Esta es la idea que tengo para las futuras "Galerías Alday".

Mi idea es que las grandes familias

del país acudan a las galerías para comprar los objetos más lujosos.

-Los ingleses no vinieron a comprar mi invento, padre.

-Entonces, ¿por qué han hecho un viaje tan largo?

-Para dejarme muy claro que no puedo comercializar mi limpia lunas,

porque ya está inventado y patentado por alguien de su compañía.

-He hecho lo que me ha pedido, he cogido esta carta

sin que lo supiera Servando y, tal y como predijo,

su hermano le escribió a don Felipe.

-Muchas gracias, Cesáreo.

-Señor. -"Querido Felipe,

le escribo para contarle toda la verdad sobre mi hermano".

-Nadie sabrá nada.

-"Silvia ha decidido dejar Acacias para siempre".

-¿Por qué ha hecho tal cosa?

-La muerte de Arturo le pesa como una losa,

necesita alejarse para aprender a vivir sin él.

-Nos pide que cuidemos de la criada en la medida de lo posible.

-Me alegraría muchísimo estar involucrada en su proyecto, Samuel.

-Y yo estoy encantado de que lo haga.

-Sé que es tarde, pero vengo a hablar de Lucía.

-¿Qué noticias me trae?

-Por lo que he averiguado,

no resultará difícil conseguir lo que el señor prior

me ha encomendado. Eso sí, voy a precisar de su ayuda

para poder estrechar más el cerco sobre la joven.

-Puede pedirme lo que quiera con tal de que logre su objetivo.

-Muchas gracias.

Claro que es verdad, claro que es verdad.

Sí, sí, muchas gracias. Está bien.

Sí, pero no se me apelotonen,

que hay para todos, hay para todos. -Pero ¿qué es lo que pasa hoy?

-¿Usted no se ha enterado, Servando? Tenga, tenga y lea, lea.

-Se le olvida que no sé leer.

-Toma, ni yo tampoco, rediez, pero no le va a hacer falta.

En cuanto vea la fotografía se va a dar cuenta.

¿Ha visto?

(Sintonía de "Acacias 38")

-Gracias, Carmen.

-Sale en todos los periódicos.

-"Acudirán políticos e importantes personalidades al que será sin duda

el evento más comentado de la ciudad".

-Arrea, ¿tan importante es el evento?

-Es un acontecimiento como pocos recuerdo yo por estos lares.

Yo, sin duda, no pienso perdérmelo, y tú tampoco deberías.

-Trini.

Trini, ¿dónde estás?

Vaya, vaya, vaya.

-Hay que ver la expectación que ha creado la noticia, todo el mundo

anda loco con el asunto. -No lo sabe usted bien,

se me han "terminao" todos los periódicos.

-Espero que hayas tenido el detalle de guardarme un ejemplar.

-Claro que sí, señora, fue lo primero que hice

nada más llegar aquí de amanecida. Le traigo su ejemplar.

-Por su ejemplar no tenga miedo, doña Celia, que desde esta mañana

está encima de su taquillón,

junto con el ejemplar de doña Trini.

Me he levantado temprano para que fueran las primeras en leerlo.

-Bueno, a mí me gusta leerlo en la chocolatería,

así lo comento con mis amigas, pero gracias.

-De nada, a mandar, doña Trini.

-¿Vamos a la chocolatería? Leeremos el tuyo.

-No sé si nos vamos a poder sentar aquí, está todo de bote en bote.

-Está aquí Leonor. Leonor, ¿te molesta

si nos sentamos aquí contigo? -En absoluto,

hagan el favor de sentarse. Estaba comentando con Flora

la portada de El Adelantado. ¿La han visto?

-Sí, a eso veníamos, a verla. Flora, querida,

ponme un chocolatito caliente, ah, y vosotras ¿queréis algo?

-Que sean tres, y acompáñalos de tres suizos, invito yo.

Hay que celebrar las buenas noticias.

-¿No creéis que le estamos dando demasiado bombo al asunto?

-A mí me vale, que llevo desde amanecida sirviendo mesas.

Ha bajado todo el mundo a comentar. -Y no es para menos,

no todos los días sale en los periódicos un vecino de Acacias.

-Y en la portada y a toda página, que no es poca cosa.

-Se va a convertir en el caballero más insigne de todo el país.

-Se ha convertido, querida.

-Uy,

pues sí que sale guapo don Samuel, ¿no?

Está hecho un galán.

¿Qué más dice, Leonor?

-Dice: "Con la apertura de las galerías más exclusivas

de la ciudad, Samuel Alday ha llevado el apellido de su padre,

reputado joyero,

a la estratosfera". -Y tanto.

Parece que nada tienen que envidiarle a las galerías

de Londres y París.

-Ya era hora que nuestra ciudad contara con algo lujoso y exclusivo.

Todo el mundo va a querer ir a comprar allí.

-Bueno, en todo el mundo nos incluimos nosotras.

-Todo el mundo de posibles, que comprar obras de arte

no es una bicoca. ¿Qué más dice?

-Dice: "La galería

es el proyecto urbano de carácter privado más ambicioso

que se haya concretado en los últimos años".

"Samuel Alday, su promotor, es comparado

con los famosos hermanos constructores

de las galerías Lafayette de París".

-Pues ya le hemos hecho sombra a los hermanos Lafayette.

-Ay, a ver si con un poco de suerte, a mi hijo y a mi nieto

les da por regresar,

ahora que esta ciudad no tiene nada que envidiar a París.

Y, con ellos, Juliana y María Luisa.

-Ay, Susana, Dios te oiga,

Dios te oiga.

-"Por eso quería agradecerle el gesto de haberle dedicado la portada

de su periódico, El Adelantado, a la noticia de la inauguración

de las Galerías Alday".

"Deseo verle mañana en el evento de apertura".

"Atentamente, Samuel Alday".

¿Y bien, qué le parece?

-La prosa es perfecta, cercana y elegante.

El tono, el adecuado, y las palabras escogidas,

exquisitas. Yo no lo habría escrito mejor.

-Es usted muy amable, Samuel.

-Sincero, diría yo. -Bueno, si está de acuerdo,

firme aquí.

Haré llegar hoy mismo la carta al director de El Adelantado.

-¿Cree que acudirá?

-No podrá rechazar una invitación personal.

Esto es una manera de obligarle a venir.

-Lucía,...

no sé cómo podré agradecerle todo lo que ha hecho por mí.

-No hace falta que me agradezca nada.

-No, sin su ayuda y su trabajo, las Galerías Alday

no estarían viendo la luz.

-Yo he ganado mucho más que usted con todo esto.

-Ya me dirá el qué. -Diversión y entretenimiento,

por no mencionar lo que he aprendido a su lado

y lo que me ha gustado trabajar con usted.

-Eso ha sido mutuo.

Y he decirle que yo jamás habría escogido obras de arte

mejor que usted, tiene usted un gusto refinado y exquisito, Lucía.

-Las Galerías Alday bien lo merecen, es un lugar

demasiado elitista y exclusivo como para colgar cualquier baratija

en sus paneles.

-En eso le doy la razón.

-Galerías Alday es un lugar

para la belleza y una belleza de lugar.

-Me gusta eso que ha dicho.

Si no le importa, se lo robaré,

me gustaría utilizarlo en el discurso de inauguración.

-No hace falta que me lo robe, se lo regalo con gusto.

Ardo en deseos por ver cómo ha quedado el edificio

con los nuevos retoques y las obras colgadas en las paredes.

-No será preciso que espere usted hasta mañana.

En agradecimiento a todo el trabajo y a la dedicación

que ha puesto, quiero que sea usted la primera en conocer las galerías.

-¿De verdad?

-Haz el favor, Fabiana, deja la caja ahí y prepárame una tisana,

que tengo el cuerpo como "cortao". -Enseguida, señora.

-Trini.

Trini.

Al fin llegas, querida.

-Yo pensaba que ya te habías ido a trabajar.

-Estaba saliendo, pero quiero preguntarte algo.

¿Sabes cuándo llegan Antoñito y Lolita?

-Pues... deben estar a punto, porque las últimas noticias

que me han llegado de Cabrahigo es que la tata Concha está recuperada

del todo, así que en camino deben estar.

-Me gustaría que llegaran a tiempo para asistir a la celebración.

Bueno, ahora me voy a trabajar.

-Adiós, querido.

¿Tú crees que el señor ha visto algo?

-Ni de refilón, señora.

-Abre la caja, que quiero verlo otra vez.

Quiero que el vestido para la inauguración de las Galerías Alday

sea una sorpresa para mi Ramón.

Ay, es que es divino.

El color es sutil y discreto, y el diseño, sobrio y elegante.

-Es que tiene usted muy buen gusto.

-Bueno, ha sido todo mérito de Susana.

-¿La ha dejado escoger a ella?

-Claro, Fabiana,

¿quién mejor que la sastre para decidir cuál es el atuendo

que tiene que llevar una señora a un evento?

-Bueno, viendo el resultado, ha hecho usted muy bien.

-Ay, es que Susana es una experta, y yo no quiero decepcionar a Ramón.

Bueno, hasta el tocado lo he dejado en sus manos.

Ya lo verás. -Ya, ya, ya, pero la calidad

viene de su bolsillo, y se nota que no ha escatimado.

Esta tela es de muy buena calidad, señora.

-Trini.

Trini. -¿Te has olvidado algo, querido?

-Estaba bajando por las escaleras y se me ha ocurrido una cosa.

¿Crees que podríamos hacer algo para darle la bienvenida a los muchachos?

-¿Algo como qué? -No sé, algo que les guste.

-¿Una tarta de higos, por ejemplo?

-Mujer, viniendo de Cabrahigo, creo que ya están un poco saturados.

-Ya.

Pues mira, mejor lo vamos a dejar en manos de Fabiana. ¿Eh?

Al final ella es la que entiende y, he aprendido

que hay que opinar lo justo y que hablen los expertos.

-¿Que lo has aprendido? ¿Y eso por qué?

-Cosas mías, Ramón. Bueno, ¿algo más?

-Bueno, hasta más tarde.

-Hasta más tarde.

-¿Se ha arrugado, señora?

-Una miajilla, pero no importa, lo solucionamos con plancha.

-Señora, va a ser usted el blanco de todas las miradas, mucho más

que el mismísimo señor Alday.

Este vestido va a dar que hablar.

-Ay, sí.

(CANTURREA)

-¿Y ese canturreo?

-Ay, es que... "na", que hoy tiene una mucha contentura, señor.

-Ah, ¿y eso a qué se debe?

-Que hoy viene la Lola de Cabrahigo y no se puede imaginar

lo que la he "echao" de menos. -Pues me alegro mucho

que por fin esté de regreso.

-Sí, han "sío" muchas semanas, "demasiás", diría yo.

Tengo tantas ganas de contarle "to" lo que ha "sucedío" en su ausencia.

-Uh, pues vas a necesitar toda la tarde.

-Si me apura, toda una semana.

-No puedo con mi alma.

-Pero ¿otra vez quejicosa, cariño? ¿Qué te ocurre a ti últimamente?

-Nada,

cosas mías. -No, cosas de ambos.

Si casé contigo es para compartir penurias,

y, últimamente son muchas y no atino a saber por qué.

-Sin atinar estás la mar de bien, tú a tu periódico y yo a lo mío.

-Señor,

¿quiere usted saber lo que está pasando aquí?

-¿Es que tú lo sabes? -Tú chitón.

-Todo empezó cuando lo de la portada para la revista

de El Bazar Ilustrado.

La señora se vio en el retrato y no se gustó.

-¿Cómo que no se gustó? -¿Te quieres callar?

-Se vio gorda, vieja y fea también.

-¿Quieres que te despida y verte mendigando en la calle?

-Y "ende" ese día se puso a dieta.

-Ay, Casilda.

-En un momento "dao", don Íñigo la convenció, y le quitó la "chalaura",

pero "na", "aluego" volvió a las andadas.

-Se acabó, fuera. -¡Señora! "Ende" entonces

pasa más hambre que el perro de un ciego, come "na" y menos.

-¿De veras estás haciendo eso? -No, no, no.

-Que sí, que sí lo está haciendo. Y "aluego" a la tarde,

cuando del hambre las tripas se le pegan a la espalda,

se hincha a comer "to" tipo de dulces y lo que pille.

Claro, de ahí la debilidad que tiene,

lo "abatía" que se la ve, de lo mal que se alimenta.

-¡Se acabó, estás despedida! ¡Venga! -¿Sí, señora?

Entonces, ¿quién le va a preparar a usted esos comistrajos sin sal?

¿Usted misma?

-Ah, por eso lo haces, para vengarte, porque no quieres cocinar

por dos, ¿ves?

-¿De verdad, señora? ¿Se cree que lo hago por eso?

-Por supuesto que no, Casilda, nadie piensa eso.

-Yo lo pienso. -Yo lo digo

porque usted me preocupa una barbaridad

y no quiero yo que caiga enferma.

-Acude a un médico

y que te haga una revisión

y te ponga una de esas dietas para estilizar tu figura,

pero porque tú quieres, ¿eh?

Porque para mí, una mujer como Dios manda ha de tener curvas.

-¿Curvas?

-¿Me estás diciendo que estoy gorda?

-Jamás se me ocurriría, ¿crees que quiero morir?

-Si te he oído, me has llamado oronda, carnosa.

-Para nada, Rosina, es más,

estás muy delgada, ¡y a los hombres eso no nos gusta,

a nosotros nos gustan las...! -¡Cállate! ¡Que no te gusto, ¿no?!

¡Mira, mira, mira!

-Carmen, ¿cómo lleva usted la pena?

-La llevo,

que ya es bastante.

-Se acuerda mucho de Riera, ¿verdad?

-Todos los días de mi vida, Fabiana.

Era un hombre difícil de olvidar.

-Sí que era singular, sí, las cosas como son.

-Pero lo cierto es que ya ha empezado a cerrar las heridas.

-Me alegro.

-La vida sigue, supongo, y cada día que pasa,

las penas duelen un poco menos.

-Es ley de vida y usted ha de reponerse.

-Dudo que pueda olvidarle algún día, Fabiana,

pero tampoco olvido a mi esposo.

-No lo olvida usted porque le teme, y piensa que puede aparecer

por la puerta cualquier día de estos.

-Sí, aunque desde que marchó Úrsula, que fue la que amenazaba

con alertarle, le temo un poco menos.

-La cosa es no descansar de sufrir nunca.

-Ay, sí. A Dios gracias

que ahora tengo más faena que nunca y eso, no me deja pensar.

-Ahora está usted ayudando en casa de doña Celia, ¿no?

-Sí.

Cuando marchó Lolita, don Samuel me lo pidió.

Ya sabe usted que él y la buena de la señorita Lucía

se llevan estupendamente.

-Lo sé yo y "to" el barrio. -Ya, es que...

tampoco es que anden ocultándose.

-Carmen, yo no es que quiera ser indiscreta,

pero me muero de la curiosidad.

¿Ellos son...? -No.

No.

Por raro que parezca, no son enamorados,

si es eso lo que se pregunta.

-Es que pasan "to" el día juntos. -Ya.

-Pero es que la señorita Lucía se ha entregado en cuerpo y alma

a los proyectos de la galería, y es evidente

que bebe los vientos por él.

-Ya, ya, ya, pero ¿y él? -Él se deja querer,

porque la señorita Lucía le cae bien, pero tampoco

es que le dé muchas alas.

-Uy, uy, uy, pues eso es más raro que un perro verde.

-Por lo pronto, solo son amigos.

Es más, me da a mí que don Samuel todavía siente algo por doña Blanca

que, de hecho, es su esposa aún.

-¿De verdad cree usted que todavía siente algo por ella,

después de tanto tiempo?

-Como yo con Riera.

Que dicen que los amores de verdad nunca mueren, Fabiana.

¿Usted cree que doña Blanca y don Diego estarán bien?

-Qué bonito día se ha quedado. -Pues sí, tiene razón.

Mire,

justo hablábamos de don Diego y doña Blanca.

¿Usted cree que andarán bien?

-Pues yo quiero pensar que sí, Fabiana.

Me los imagino en algún pueblo de la costa mediterránea,

con Moisés, viviendo

por fin felices y juntos. Sin que nadie les moleste.

-Como debe ser, señora, como debe ser.

-¿Has oído a doña Trini? Estaba encantada con el vestido

que le he confeccionado.

No, así no, que se ve el punto, ¿lo ves?

Escóndelo.

Muy bien, Agustina.

Eres una alumna excelente.

-Siempre se me ha dado bien obedecer.

-No me extraña que don Arturo, que en paz descanse,

estuviera orgulloso de tenerte.

Si sigues haciéndolo tan bien, el puesto de planchadora

se te va a quedar pequeño, vales para un roto y para un descosido.

-Válgame la redundancia.

¿Seguro que no quiere

que le vaya a buscar algo, algo caliente?

Ayer se tomó usted esa tisana que le traje y después me lo agradeció.

-No, he desayunado tarde

y no me entra ni el agua.

-Fortuna la mía de encontrarla aquí, tía.

-¿Te ocurre algo, Liberto? -Lo de siempre.

-¿Tu esposa?

-Voy a terminar de planchar

el vestido de doña Matilde.

-Pues no deja de quejarse

de que se encuentra mal,

que se siente muy débil,

que le duele el cuerpo.

¿Sabe que ahora le ha dado otra vez por hacer una dieta?

-Es que te casaste con la más loca, ya lo sabías tú.

-¿Qué voy a hacer con ella, tía?

-No sé, déjalo en mis manos.

-¿Qué va a hacer? -La llevaré a mi médico,

es un doctor tradicional, con muy buenas formas

y con mucha educación.

Él sabrá cómo tratarla, y ya verás como tu esposa

se queda encantada con él. -Pues no sabe cómo se lo agradezco.

No sé qué haría sin usted.

-Nada bueno.

-Quede usted con Dios. -Con Dios.

Agustina.

¿Puedes hacerte cargo de la sastrería un rato?

Tengo que salir. -Por supuesto, doña Susana.

-Si viene alguna clienta, dile que regrese por la tarde,

y si vienen por tocados o pañuelos, ¿se los enseñas tú?

-Será un honor. -Pero sin atosigar,

se los muestras y luego dejas que ellas pregunten.

¿De acuerdo?

-De acuerdísimo. -Si lo haces bien,

te pondré uniforme.

Los clientes tienen que verte hecha un pincel.

-Agradecidísima, doña Susana.

-Ya deberían estar aquí, es la hora de comer, ya es muy tarde.

-Bueno, el trayecto es largo, es normal que no sean puntuales.

-¿Y si les ha pasado algo?

-Que no, hombre, que no, Ramón, que se habrán demorado por el camino.

Mira, ¿sabes qué podemos hacer?

Le voy a decir a Fabiana que guarde todos estos manjares para la cena,

y ahora preparo algo ligerito para ti y para mí.

(Se cierra una puerta)

-Ya están aquí, ya han llegado.

-¿Y Lolita?

-Hijo,

qué mala cara traes, ¿ha pasado algo?

-Todo iba tan bien.

La tata Concha estaba mejorando, pero justo

cuando emprendíamos el viaje de vuelta, pum, todo cambió.

-¿Cómo que cambió?

-Sí, la tata Concha empezó a empeorar de repente.

-¿Otra vez? Ay, pobre mujer.

-Yo le dije a Lolita que quería quedarme con ella, para acompañarla,

pero me dijo que volviera y me ocupara del negocio.

Y sí, yo creo que tiene razón.

-Hay que ver,

qué responsable es esa chiquilla. -Y tú también,

hijo mío.

Tengo que reconocer que te veo muy centrado en el negocio familiar.

-El palo del limpia lunas

te ha tenido que quitar las ganas de inventos.

-No se haga ilusiones que no es para tanto.

Yo sigo dándole vueltas y creo que voy a volver a inventar algo grande.

Sí, sí, sigo cogiendo notas y dándole al magín

para ver qué hace falta que todavía no se haya inventado.

Se va a quedar de pasta de boniato, pero bueno, de momento

me sigo ocupando del negocio, que es lo que nos da de comer.

-Qué orgulloso estoy de ti, hijo mío.

Bueno,

¿no me vas a dar un abrazo?

-Venga, y ahora sentaros a comer que, con la tripa llena,

las penas son menos penas.

-Bueno,...

¿qué novedades hay de la inauguración de las Galerías Alday?

-De eso mismo quería yo hablarte.

-¿Sí, a mí? -Sí.

Ya sé que vendrás muy cansado del viaje, pero necesito

que me acompañes a la inauguración de las galerías,

que luzcas con tus mejores galas

y que esboces tu mejor sonrisa.

Es bueno para el negocio y para la familia.

-Después de esa sentencia, uno no puede negarse.

Sí, cuente conmigo.

-Esperadme, ¿no?

-Es verdad. -De verdad, qué hombres.

-¡Ese es un cantamañanas, hombre!

-Eso sí que no te lo consiento.

-Pero ¿cómo quieres que le llame si no?

-Pues por lo menos no le insultes, y ya si te callas y no gritas,

pues te aplaudiría y todo.

-¡Nadie va a callarme hoy!

Y después menos de lo que me ha dicho ese... ¡abrazafarolas!

-Rosina... -¡Que sí, que es un abrazafarolas,

un botarate, no tiene ni idea, es un cegato!

¡Es que ese no es médico ni es nada! -Es médico

y de los buenos. Lleva muchos años tratándome.

-¡Estafándote, querrás decir! Me ha dicho una sarta de tonterías.

Me ha dicho que mis achaques se deben a la edad.

-Porque posiblemente lo sean. -¡Eso te dice a ti

y a todos los vejestorios que le visitan, y os lo creéis,

pero yo no soy ninguna vieja! -¿Y yo sí?

-Mejor me callo.

-O sea, que le insultas a él y ahora me insultas a mí.

Eres una desagradecida, Rosina. -¿Yo, una desagradecida?

-Sí, he dejado la sastrería cerrada para ir a acompañarte

y ahora resulta que así me lo pagas, llamándome vieja.

-¡¿Quién te ha pedido ayuda?!

-¿Qué son esos gritos?

¡¿Quiere recibir también o qué?"

-Lo que quiero es que deje de dar voces y de alterar el barrio.

-¡Mire, Cesáreo, no me caliente que no está el horno para bollos!

Yo llevo mucho tiempo en el barrio, ¡¿quién manda más, usted o yo?!

-Usted no puede estar por encima de la autoridad, por muy doña que sea.

-¡No solo puedo, sino que lo voy a hacer!

-O baja la voz o tendrá problemas conmigo, es mi último aviso.

-¿Me está amenazando? Este no sabe a quién se está enfrentando.

¡Este ha desatado las plagas de Roma!

-¡De Egipto! -¡De lo que me sale del moño!

¡Sereno,

sereno!

¡Sereno!

-¿Por qué no? -Ya sabes por qué.

No puedo ir contigo a la pensión, Peña.

-Te lo he pedido un montón de veces y siempre me dices que no.

-Porque soy una chica decente.

-¿No somos un poco mayorcitos para esas cosas?

-No. A mí me encanta el romanticismo.

¿Sabes lo que hicimos el otro día, Leonor?

-No, ¿el qué?

-Fuimos a pasear a la ribera del río.

Cogidos de la mano bajo la luz de la luna,

fue tan romántico. -Todavía recuerdo

aquella sorpresa que me hizo tu hermano a orillas del río.

-Y con comida en el campo incluida. -Si es que cuando se pone,

mi querido hermano, se pone.

-Oye, la próxima vez que vayáis, avisadme y os acompañamos.

-Temo que eso no va a poder ser. -¿Por qué?

-Porque ahora hemos de turnarnos. Cuando unos se van a pasear,

los otros nos tenemos que quedar al cuidado de La Deliciosa,

como hemos de hacer mañana. -¿Qué pasa mañana?

-Que vosotros vais a la inauguración de las Galerías Alday

y nosotros nos tenemos que quedar.

Qué rabia me da.

-Pues que no te dé rabia.

Yo me quedo al cargo, vete a la inauguración.

-No, no pienso dejarte solo.

-No me puedo creer el genio de esta mujer.

-¿De quién hablas? -De tu madre.

-¿Perdón?

-De la calle vengo. ¿Sabes cuál ha sido la última que ha hecho?

-Miedo me da preguntarte.

-Me la he encontrado a voces con el sereno.

-¿A voces?

¿Por qué? -Yo creo que ni ella lo sabe,

pero Cesáreo estaba a punto de llamar a los guardias.

Suerte que le he convencido para que no lo hiciera.

-¿Y ella está bien? -Sí, ella sí,

pero yo casi salgo escaldado,

que lo mío me ha caído sin comerlo ni beberlo.

-No me digas que te ha vuelto a insultar.

-¿Lo dudas?

-No se lo tengas en cuenta, por favor.

-Eso trato de hacer, Leonor,

pero es que ya empiezo a estar harto de sus desprecios.

-Bueno, tú no seas duro con ella que mi madre tiene sus cosas,

pero es buena persona y, yo creo que hasta te quiere.

-Me quiere, pero lejos. Mira, mi vida, yo...

te amo y te adoro, pero a veces no soporto el carácter

de la mujer que te ha traído al mundo.

Y todo el mundo tiene su límite. Ella es tu madre,

y yo soy tu novio, y ya llevamos unos meses,

también me merezco un respeto.

-¿Cómo es que tiene usted tiempo para reunirse con nosotros?

¿No le tiene la inauguración completamente ocupado?

-Así es.

Mañana, en la inauguración, acudirán aristócratas, políticos, artistas,

grandes de España, pero he creído importante reunirme con ustedes

para brindar antes de toda la vorágine.

Señores,

mañana posiblemente será el día más feliz de toda mi vida.

Inauguraremos las galerías más grandes que se han visto,

las Galerías Alday.

Y sin ustedes no habría sido posible cumplir este sueño.

Usted, don Felipe,

me ha ayudado en todo lo legal,

consiguiéndome todos los permisos. Usted, don Ramón,

intercediendo ante los bancos para que me concedieran

los préstamos necesarios para un proyecto de tal envergadura.

Y usted, don Liberto, apoyándome

y confiando en mí en cada momento.

Sin ustedes, este proyecto no estaría viendo la luz.

Por ustedes, caballeros.

-Fruslerías, don Samuel, usted se basta y se sobra solo.

Sin nuestra ayuda hubiera conseguido sacar el proyecto adelante,

es muy valiente y corajudo.

-Estoy de acuerdo.

Ha rehabilitado el edificio en un tiempo récord.

-Para hacer lo que usted ha hecho, se necesita mucho empuje.

Yo, que soy un hombre de negocios, no hubiera arriesgado tanto.

-Y no solo tiene mérito la gran inversión que ha hecho de dinero,

sino también de energía y tiempo. Le felicito, don Samuel.

-He de reconocer que todo esto da un poco de vértigo.

Los préstamos son millonarios.

Espero tener éxito o en breve me verán suplicarles una limosna.

-Estoy seguro de que eso no será necesario.

Todo va a ir bien. -Estoy convencido de ello.

Las Galerías Alday serán todo un éxito.

-Dios así lo quiera. -Mejor que lo quieran

las gentes, que son los que han de ir a gastarse los reales.

-(RÍEN)

-Propongo un nuevo brindis.

Por el verdadero merecedor de todos los aplausos.

Por don Samuel Alday.

-(TODOS) Por don Samuel Alday.

(SUSPIRA)

-Ya está bien. -Ay...

-A ver. -Ay.

Ay...

-Está usted espléndida, señora. -Fabiana,

el color es precioso, y la confección es fina y elegante.

-Es que, vamos, parece usted la mismísima Reina de Saba.

-(RÍE)

-Con la boca cerrada puedo parecer una reina,

pero cuando la abro, me sale Cabrahigo.

Estoy orgullosa, ¿eh?

-Y eso es lo que la hace a usted tan, tan especial.

-Yo no sé si soy especial,

lo que sé es que soy más de pueblo que las amapolas.

Anda, venga, ciérrame, que quiero verme entera.

-A ver.

-¿Qué pasa, Fabiana? -Señora,

doña Susana se ha equivocado tomando las medidas porque esto no cierra.

-¿Cómo que no cierra?

-Lo que oye usted, señora, que no cierra.

-Pero que no, Fabiana, que eso es imposible.

Que Susana conoce mis medidas a la perfección.

-O se ha equivocado, o se ha "confundio"

o ha ganado en hechura.

-Esto va a ser cosa mía, que llevo días ya notándome la ropa estrecha.

Y esto tiene que ser una epidemia, porque Rosina está igual,

que lleva chupando un berro para el almuerzo desde no sé cuándo.

-A ver, ¿quiere usted que lleve el vestido a la sastrería

para que doña Susana se lo ajuste? -¿Cómo? Ni loca,

que se van a enterar todos de que he engordado.

Y Susana tiene la lengua más larga que las serpientes.

No le va a dar tiempo.

Fabiana, que no me puedo poner este vestido,

que tengo que buscar otro.

-Ay, pero señora, que este vestido es muy especial

y usted quería darle una sorpresa a su esposo.

-Fabiana, quería, pero no puedo hacer nada, si esto es lo que hay.

Mira, me voy a ir a la habitación a ver si encuentro otro vestido

que me quepa.

-Madre, madre, ¿podemos hablar?

-¿Qué quieres, hija? -Para empezar,

que se detenga y me escuche.

-Si es importante, espera a que lleguemos a casa,

no quiero tener otra regañina y que el sereno me dé la turra.

-Es importante, pero no pienso esperar a llegar a casa,

me va a escuchar ahora, madre.

Acompáñeme a La Deliciosa y pida disculpas a Íñigo.

-¿Qué? -Me ha escuchado perfectamente.

-¿Has perdido el oremus?

-Madre, es que últimamente está insoportable.

-Porque tengo dolores, no estoy bien, y eso me hace estar irritable.

Pero nada más. -¿Qué ocurre?

-No sé, dile tú algo, Liberto.

Le digo que me acompañe a que le pida disculpas a Íñigo

porque le ha insultado y porque sí, está arruinando mi relación con él.

-Yo no le he insultado, y menos porque sí.

-Madre. -Será mejor que no insistas ahora.

-¿Cómo? Liberto, ¿no me has escuchado o qué?

-Sí, pero creo que ahora no es el momento,

tu madre no se encuentra bien.

-No, yo me encuentro perfectamente.

-El malestar y los dolores le hacen estar algo irritable.

-Eso es un embuste. -Pero si acaba de confesármelo.

¡El caso es meterse conmigo!

-¿Tú entiendes algo?

-Lo que tiene tu madre son años, Leonor.

Los cuerpos, a partir de los 40, se resienten, ya se sabe,

pero tu madre no lo acepta.

Ha ido al médico, pero ha sido peor.

Aunque...

-¿Qué?

-Creo que se me ha ocurrido una idea.

-¿Una idea?

-Algo que terminará de una vez por todas con todos nuestros problemas.

-Pues a ver qué obra tal milagro.

-No hacía falta que Lolita se molestara.

-Quería agradecerle el detalle de dejarla pasar más días en Cabrahigo.

-Lo importante es que la tata Concha se recupere,

hay cosas mucho más importantes que el trabajo.

-Además de que nos estamos apañando muy bien con Carmen.

Samuel ha tenido el detalle de prestarnos a su criada.

-Y que a mí no se me van a caer los anillos

si he de hacer cualquier tarea.

-Maravilloso. Pues le escribiré contándole lo amable

de sus palabras, la verdad es que eso le va a tranquilizar.

-Hágalo, se lo ruego.

No me gustaría que Lolita se agobiara por el trabajo.

Dígale que puede disponer de todo el tiempo que necesite.

-Muchas gracias, estoy deseando contárselo.

-¿Le veremos mañana en la inauguración de las galerías?

Estoy ayudando a don Samuel en la ceremonia de apertura.

-No, no lo sabía, enhorabuena,

la verdad es que no se habla de otra cosa en todo el barrio.

Y ahora, sabiendo que usted va a participar, haré un esfuerzo

e intentaré acudir.

-Le acompaño.

-¿Sabe ya lo que llevará, prima?

-Un vestido divino que me ha confeccionado Susana.

Y un collar que me regaló Felipe de la colección Jaime Alday.

-Yo también luciré joyas de los Alday.

La ocasión bien lo merece. -Es que parece

que es lo más apropiado. Y esa cruz, ¿te la quitarás?

-La verdad es que no me apetece mucho,

es lo único que conservo de mi madre y me gusta llevarla

cerca del corazón,...

pero sí, haré una excepción.

-Me alegra oírte decir eso.

-No creo que se alegre tanto cuando escuche lo que le voy a decir.

Mañana, en la inauguración,

iré de la mano de Samuel.

-Lucía, no me gusta esa amistad.

-Lo sé, pero lo cierto es que no comprendo por qué,

no hay nada amoroso entre nosotros.

-Pese a todo.

Ya lo entenderás,

parece que poco puedo hacer por evitarlo yo.

¿Has hablado con el tío Joaquín sobre tu asignación?

-No.

-Pero sigues gastándotela en causas benéficas.

-Creo que es la mejor manera de invertir mi dinero,

ayudando a los que menos tienen.

-Sí, Lucía, y lo respeto,

pero parece que lo haces porque te quema ese dinero en las manos.

-Lo hago porque me place ayudar a los demás.

Es más, había pensado

en renunciar a ese dinero,

lo cierto es que yo nunca tuve nada que ver con esos aristócratas

que me dan la asignación,

los Válmez. -¿Y de qué vas a vivir?

-Podría trabajar en las Galerías Alday.

-Fabiana.

-¿Qué ocurre, señora?

-Creo que ya he encontrado un vestido para la inauguración.

¿Tú te acuerdas del que me puse en la boda del primo de Ramón?

-Olvídese de ese, señora, que mañana acompañará usted a don Ramón

con su vestido nuevo.

-¿Cómo? -Verá,

he hablado con la Agustina, que lleva un tiempo ya ayudando

a doña Susana y, me ha dicho que me va a ayudar a hacer los ajustes

del vestido para que le quede a usted como un guante.

-¿Estás de chanza?

-Nada de eso, señora, verá, esta noche vamos a descoser

el vestido "enterico" y, luego lo vamos a volver a coser

dándole la holgura que necesita.

Yo sola no me atrevía a hacerlo porque la tela es de mucha calidad,

pero haciéndolo con ella quedará perfecto.

Y otra cosa, lo mejor es que nadie se va a enterar

porque Agustina es una tumba.

-Uy, Fabiana, no me lo puedo creer, no sabes la alegría que me das.

-Créaselo usted, señora, mañana entrará usted

de la mano de su esposo hecha toda una princesa

como que me llamo Fabiana Aguado.

-Fabiana, me va a faltar vida para agradecértelo.

Tú me conoces, y yo no soy una mujer frívola, es más,

nunca me ha importado demasiado el qué dirán.

-No, señora, eso lo sé yo muy bien. Más bien todo lo contrario.

-Pero esta vez es distinto.

Quiero llegar a la inauguración de las galerías de la mano de mi Ramón

y que todo el mundo se gire y pueda admirar nuestra elegancia.

¿Sabes por qué?

-No, señora.

¿Por qué?

-Ay, Fabiana, es que para mi Ramón es muy importante.

Entonces, para mí también.

-¿Trini?

Trini. -Guárdalo, guárdalo.

¡Ramón!

-Ah, estabas en la cocina. -Querido.

Pero marido.

Pero ¿cómo eres tan pimpollo? Madre mía,

me alegro de verte.

-Pero qué ardores, Trini. Yo también te adoro, vida mía.

Fabiana, ¿qué te ocurre?

-"Naíta", señor, "naíta" de "na".

-Ramón, no agobies a Fabiana, ¿no ves que se queda cohibida?

¿Y a ti,

qué te ocurre, a qué esa cara?

-Pues que tengo una reunión mañana a la misma hora

que se celebra la inauguración de las galerías.

-¿Eso quiere decir que no vamos a ir?

-Pues tendrás que ir con Antoñito, yo iré en cuanto pueda.

-No, no, Ramón, no.

-No, ¿qué? -Pues que yo quiero ir de tu mano

a esa inauguración, es más, he de ir de tu mano.

-Pero yo no puedo faltar a esa reunión, Trini, compréndelo.

-Fabiana,...

tampoco es tan grave, ¿qué ocurre?

-Ay, señor, yo creo que hay algo que usted debería saber.

-Oh, Señor, bonico, misericordioso y "to" poderoso,

haz que se ponga "buenica". Y cúrale esos males que le acechan.

-¿Te quieres callar ya?

-¿Habla usted conmigo? -No, con el papa de Roma.

No reces más por mi salud, que yo no soy ninguna enferma.

-Pero que no, que yo no estaba rezando por la salud de usted,

que rezaba por la de la tata Concha.

-¿Por la salud de quién?

-De la tata Concha,

la tata de la Lolita.

La mujer andaba hecha carbón, y justo cuando la Lolita

se iba a volver, ha recaído, así que la Lola no ha podido regresar.

-No lo sabía, pobre Lolita.

Lo siento, Casilda. -Y yo también que lo siento.

Y no solo por la tata Concha,

que me cae de guinda, sino también por la Lola,

que la echo mucho de menos.

-Mira lo que te traigo, Rosina. -¿Qué es?

-La solución a todos tus problemas y, como consecuencia,

también a los míos. -¿No será otra de tus tontunas?

-Júzgalo tú misma.

-¿Esto qué es, una máquina de tortura?

-Es una faja eléctrica.

La anuncian en todos los periódicos, aseguran que es milagrosa.

-A ver.

-Los científicos dicen que es la solución final

para el sistema circulatorio, cerebral y muscular. Escucha.

"Mejora la circulación,

elimina los dolores y sorprende

por su capacidad revitalizadora".

-Paparruchas.

-Ah, y encima adelgaza.

-Ah, ¿adelgaza también la papada?

-¿La papada, señora?

¿Cómo va a adelgazar la papada eso si se pone en el culo?

-Tú calla, Casilda.

Por supuesto que también la papada, y eso se debe a que,

al mejorar la circulación, mejora todo en cadena,

hasta la tensión de la piel.

-Ah, ¿tú crees?

-Pruébalo y verás.

-Va a quedar todo realmente increíble.

Este lugar es maravilloso, Samuel.

-Y, en parte, es gracias a usted. -No insista.

-Es la verdad. Por favor.

Todas estas obras de arte son de un gusto exquisito.

No me extrañaría en absoluto que se vendieran todas mañana mismo.

-Lo cierto es que empecé con esto del arte por ayudarle,

pero he descubierto que me resulta la mar de entretenido.

¿Pueden colocar eso ahí, por favor?

-Y, a parte, se le da estupendamente.

-No sé si tanto, pero me divierte, ¿a qué engañarnos?

-Lucía, no solo tiene usted talento para el arte, también ha demostrado

tenerlo para el mobiliario, la iluminación, los vestidos.

-Usted me ha inspirado, Samuel.

Y que depositara tanta confianza en mí, me ha dado fuerza.

-¿Qué le sucede?

-Lo cierto es que quería pedirle algo.

-Lo que quiera. -Tengo especial interés

en ver un retrato que se exhibirá mañana.

-¿Qué retrato?

-El de los marqueses de Válmez.

-¿A qué ese interés?

No es un retrato de los más bonitos,

ni tan siquiera de los más valiosos de la colección.

-Es algo personal y privado,

mi padrino Joaquín tenía una relación especial

con esos aristócratas y tenía curiosidad.

-Me temo que ese cuadro no será expuesto hasta mañana.

Supongo que habrá de esperar usted.

-Esperaré, pues. ¿Seguimos con el paseo?

-Por supuesto.

-Mira, Fabiana, de verdad que agradezco mucho el trabajo

que habéis hecho Agustina y tú por tener el vestido preparado a tiempo,

pero,...

pero es que no me apetece ir. Es más, no voy a ir

y punto redondo.

-Pero señora,... -Nada de eso.

Por supuesto que vas a acudir

a la inauguración de las galerías. ¿Y sabes qué?

Que vas a entrar allí cogida de mi brazo.

-¿De verdad, Ramón?

¿Y el notario? -El notario,

que espere, tengo cuitas de mucha más enjundia que atender.

-Lucía, está usted preciosa.

-Es usted muy amable.

-No, solo soy sincero.

-"Mira, Fabiana, vamos a hacer una cosa".

Vas a decirle a Ramón que no puedo ir, que me encuentro indispuesta.

-¿Cómo? ¿Ha perdido usted el oremus?

-Fabiana, te aseguro que nunca he estado más cuerda.

Lamento mucho el esfuerzo que habéis hecho por tener el vestido.

-Por eso no se preocupe, pero es una pena

que se quede sin ponérselo.

-Lucía, permítame presentarle al marqués de Moralena.

Marqués, permítame presentarle a la señorita Lucía.

-Un placer.

-Tu prima está radiante.

Samuel la tiene en alta estima.

-Sí, Lucía ha cambiado mucho en este breve tiempo que lleva en Acacias.

-Ha hecho un gran trabajo ayudando a Samuel a organizarlo todo.

-Sí. -"¿Y cómo funciona el invento?".

-Al parecer, está compuesta de baterías de corriente galvánica

que produce pequeñas descargas eléctricas.

-¿Descargas eléctricas, dices? -Sí, pero

que aquí dice que son débiles, ligero cosquilleo,

nada más.

-(ROSINA GRITA)

-¿Un cosquilleo, Liberto?

-Madre. -Ay, Liberto, pero ¿qué...?

(GRITA) ¿Qué pretendías, electrocutarme?

(GRITA)

Por poco me sientas en la silla eléctrica para que recobre...

...mi figura. (GRITA)

-¡Corre, corre, quítamelo! (GRITA)

-Tampoco es para tanto. -¡Liberto!

-Estimados invitados, disculpen un momento.

Quería agradecerles en persona que hayan acudido hoy a acompañarnos

en la inauguración de las galerías.

Citando a una estimada amiga colaboradora,

sin la que hoy no estaríamos aquí, Galerías Alday

es un lugar para la belleza y una belleza de lugar,

así que espero que así lo aprecien todos y que disfruten.

-Espero que no hayan empezado sin mí.

-Temple usted, que le estábamos esperando a usted

y a Casilda. -A Casilda no hace falta esperarla,

que hubiera estado más lista. -¡Quieto "parao"!

A Casilda se le espera y punto redondo.

-¿Qué es eso que lleva Servando?

-¡Caramba! Con el hambre que tengo,

se me había olvidado darles un notición,

que se van a quedar "pasmás".

-A ver qué "tontá" es.

-De eso nada, he obtenido una maravilla

de la tecnología, un milagro

fruto del progreso. -¿Una faja?

-Es una faja... eléctrica.

-Samuel, le agradará saber que algunos de los invitados

están realizando importantes compras.

En unas horas apenas quedará nada que vender.

-Gracias.

-Ay, con que apenas se notaba.

Me llega a doler y me quedo en el sitio.

¿Qué hace aquí, señora?

La hacía en la inauguración. -De allí vengo.

No quería dejar el negocio desatendido.

-Haberse quedado, yo ya me encargaba de todo.

Es una pena que no haya podido disfrutar más de la fiesta.

-La verdad es que me lo estaba pasando muy bien.

El evento ha resultado ser una maravilla.

Se va a recordar durante mucho tiempo en la ciudad.

-En tal caso, no sea tonta y vuelva de inmediato.

No se apure, yo me encargaré de la sastrería.

Además, tenga en consideración que dudo mucho

que hoy tengamos clientela.

-No puede ser.

  • Capítulo 824

Acacias 38 - Capítulo 824

10 ago 2018

Todos los vecinos de Acacias reciben con alegría la noticia de la inauguración de La Galería Alday, el proyecto que Samuel y Lucía han sacado adelante con tanto esfuerzo. Hay mucha cercanía entre ambos jóvenes, pero mantienen su relación como simple amistad. Antoñito regresa solo de Cabrahigo, Lolita se ha tenido que quedar por la mala salud de la tata Concha. Por su parte, Agustina se ha quedado en el barrio gracias a un trabajo en la sastrería. Rosina se encuentra mal y Susana y Liberto la convencen para que vaya al médico, pero la señora monta en cólera cuando el médico afirma que son achaques propios de su edad. Liberto intenta poner paz en su casa y regala a su mujer una faja eléctrica. Trini estaba ilusionada con su vestido nuevo, a la última moda, para que Ramón estuviera orgulloso de ella; pero ha engordado y es incapaz de ponérselo. Lucía habla con Celia de su intención de donar la asignación de los marqueses de Válmez.

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  1. Gonza

    Renovación casi total de plantel, muertos,desaparecidos,viajeros que no se sabe nada de ellos o si volverán,.-.- En definitiva cambian muchos personajes pero los guiones siguen siendo lamentables... Una de las viajeras que sospecho NO va a volver es Lolita

    pasado domingo
  2. Clara Perez Maldonado

    Uy si, ya se vuelven cansones con el cuento de que los malos hacen todo lo habido y por haver de maldad, y parte sin novedad. Calletana mato a todos lo que le dio la gana y nadie la decubrio y cuando lo hacian nadie decia nada, Ursula igual ala familia de Pablo la acabo si que nadie se diera cuenta, en fin tanta falta de imaginacion para hacer un buen guión basandose en la realidad. Ya no anima a ver la serie, puea se pasan de verdad con tanta maldad , y cursilería ¿¿¿¿¿¿¿¿

    pasado domingo
  3. Maraibel

    También estoy completamente de acuerdo con Lolita y Emilio. Lo cierto es que toda la serie en si, es cada día más, un absurdidad. Hasta las personas buenas acaban cometiendo crímenes, como Blanca y Silvia. Por no habllar de los continuos robos, atracos, y ladrones de patentes, estafadores, muertos desde el balcón a la vista de todos, pero nadie ve nada, solo el pobre invidente Arturo para más inri. En fin... a veces me pregunto si mientras escriben los guiones se parten de risa pensando en los telespectadores, vamos que nos toman el pelo y se quedan tan anchos.

    pasado domingo
  4. Techy Quintana

    He dejado de verla después que llevo no perdiendome un solo capítulo.....no me agrada tanta maldad y que sigan impunes los crímenes de Samuel ..Cayetana...Ursula ...ya pasó de ella....a ver si vuelven a entusiasmarme.

    pasado sábado
  5. Emilio

    Totalmente de acuerdo con el comentario de Lolita. Sandra es una actríz extraordinaria, pero los guionistas, últimamente, están estropeando bastante a Rosina que siempre fue una mujer muy vital y alegre y la han ido convirtiendo en un personaje grotesco y ordinario y, de forma sutil, alejándola cada día un poco más de Liberto, las pocas veces que aparecen juntos suelen estar enfadados (casi siempre debido a ella) y el que su hija viva con la pareja tampoco ayuda. Esperemos que los guionistas se den cuenta que una de sus mejores actrices no debería seguir desperdiciada. Me encanta Sandra.

    pasado sábado
  6. Lolita

    La escena de Rosina gritando ha sido excesiva. Qué gritos más estridentes! Tan desagradables que he tenido que quitar el sonido. Qué pena la sobreactuación y el papel tan insípido en el que la han convertido. De ser un personaje simpático y espontáneo ha pasado a ser ridículo y esperpéntico. Qué desperdicio de actriz, con lo buena que es!!

    pasado sábado
  7. Susana

    Ya esta aburrida.

    pasado viernes
  8. Marilu

    Hay un cuento que en mi país se le llama " el cuento de la buena pipa " NUNCA ACABA y es por ello de lo mas aburrido, algo parecido me sucede con esta serie, pareciera que no quieren darle un final y ¡¡ a otra cosa !! ya no dá para más.- Y los nuevos " cabeza de reparto " no me simpatizan, así que ...¿ adivinen ?

    pasado viernes
  9. Alfonso

    Genial esos cambios en el intro Lucia (Alba Gutiérrez) sale linda al inicio,todo indica Que harán un culebrón de Lucía y Samuel

    pasado viernes