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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 822 - ver ahora
Transcripción completa

¡Ah! -"Ten paciencia,

que volveré pronto".

"En cuanto la tata no me necesite, salgo de Cabrahigo

a escape".

"No puedo vivir sin ti".

-Ayúdame. -Dios.

¡Ah!

-Espero que no esté muerto.

Tiene pulso. Vive, gracias a Dios.

Carmen, llama a un médico. -"Diego no está".

-Nada, ni un alma en toda la casa.

-¿Faltaba ropa u otros enseres de valor?

-No lo parece.

-Me alivia saberlo. Tenía mis dudas.

-Me temo que se ha marchado.

-No quiero obligar a Lucía a salir de esta casa.

Ni pienso hacerlo.

-Bueno, estando don Samuel a un paso de la muerte,

nadie barruntará nada indecente.

-Pensarán que se está volcando en su cuidado, cuando no son nada

el uno del otro.

¿Me ayudarás?

-Descuide, señora.

-Con Welles o sin Welles, la vida sigue.

Y...

nosotros somos muy afortunados de tener un negocio,

y funciona bastante bien.

-Eso es hablar

con cordura y ponderación.

-"También ha estado aquí don Javier".

-"Las llaves"

de los Álvarez-Hermoso. Hoy estarán fuera.

-"Ya quedaré con Celia cuando se lo tenga que entregar".

-(SE QUEJA)

-¿Samuel?

¡Samuel, Samuel!

Samuel. Ay, Dios mío.

(LLORANDO) Samuel, Samuel.

Samuel.

-Señorita.

-Carmen, ayúdame. -¿Qué pasa?

-Ha perdido el sentido.

-¿Está muerto? -No, no, no.

Respira y tiene pulso.

Dame un vaso de agua.

-No puede beber, ¿no lo ve?

-Dámelo.

-¿Qué ha pasado, qué hago en la cocina?

-No lo sé. Me dormí y me desperté cuando oí el golpe.

Se había caído.

-Ayúdame a levantarme. -Sí.

-(SE QUEJA)

-Siéntese.

-Me desperté, tenía sed

y la vi a usted durmiendo.

No quise despertarla, por eso vine solo a la cocina.

-Para eso estoy,

para atender todo lo que necesite. Me tendría que haber despertado.

Me hace sentir culpable.

-Señor, estoy aquí a su disposición para lo que haga falta.

-Ya me encuentro mejor. Gracias por los cuidados.

-Déjame ver el vendaje.

No está manchado de sangre.

-Gracias a Dios.

-La herida no está abierta.

Don Samuel Alday,

que sea la última vez

que me da un susto así.

-Prometido.

Aunque empiezo a cogerle el gusto a que me salve usted la vida.

-No se acostumbre, no pienso salvársela ni una vez más.

-No crea que no sé que fue usted a quien vi en mi agonía.

-Pues sí. Carmen y yo le encontramos en el suelo.

Menudo susto.

Por un momento pensé

que usted...

-Perdonen,

tengo que recoger esto. -Carmen, Carmen,

ya recogerás luego.

Ayúdenme a ir al salón, no quiero pasarme la tarde en la cocina.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿No estará mejor en la cama?

-La cama es para los enfermos y, yo estoy divinamente.

-Sí, por eso se ha desmayado usted en la cocina.

-Eso era para que las dos me cuidaran.

(Llaman a la puerta)

-Está usted la mar de mimoso. Quién lo hubiera dicho.

-Eso es porque tengo cerca un ángel de la guarda.

-¿Sentado en el salón? No esperábamos encontrarle tan bien.

-Tomen asiento.

Carmen, sirva a estos caballeros un café o un té.

-Ya nos lo ha ofrecido. Tampoco queremos eternizarnos,

simplemente queremos saber cómo se encuentra.

-Carmen, qué baratos nos salen estos señores, que no quieren nada.

-Sí, muy baratos, señor.

Con su permiso iré a adecentar la cocina.

Llámenme si cambian de opinión.

-Veo que está de buen humor. -Nunca he estado tan bien atendido.

Voy a tener que agradecerle al atracador su visita.

-¿Fue un atracador?

-Así es.

Me pilló solo en casa.

Abrí la puerta confiado y...

me dio un golpe que me dejó casi vencido.

Luego llegó Carmen y, le impedí la entrada sin alarmarla.

No quería ponerla en peligro.

-Debería haberle pedido ayuda.

-Bastante que solo uno sufriera los daños.

-¿Reconoció al atracador? -No, tenía el rostro tapado.

Me obligó a darle las joyas y el dinero y, después me apuñaló.

-Era alguien que debía saber que el edificio estaba medio vacío

por la boda del coronel.

-Qué desgracia...

La muerte del coronel, el atraco en casa de Samuel...

Todo son desdichas. -¿Tenían mucho valor las joyas?

-Los Alday no trabajamos con joyas de baja calidad.

Todas nuestras alhajas tienen mucho valor.

Pero la vida es más valiosa, esa la conservé.

-Gracias a Dios.

-¿Han sabido algo de Blanca y Diego?

-No, no hemos tenido noticias de ellos.

-Lo lógico es que hayan partido a Huelva,

él debía incorporarse en el trabajo de la empresa minera.

Si se pusiera en contacto con ustedes,

no le digan nada de mi estado.

-¿No quiere que se enteren del ataque que ha sufrido?

-No merece la pena alarmar a mi hermano.

Solo se han perdido unas joyas.

Lo material puede sustituirse, vida solo hay una.

¡Ah!

-Samuel está débil y nos acaba de dar un susto,

no creo que deba recibir visitas.

-Tiene toda la razón.

Somos la típica visita pesada que no termina de irse.

-Claro. Volveremos mañana a ver cómo evoluciona.

-Muchas gracias.

-Les acompaño.

Te voy a hacer una pregunta de manera directa.

¿No le parece que hay algo raro en lo que nos ha contado Samuel?

-Y yo le voy a contestar sin rodeos, no termino de verlo claro.

Se supone que entraron en su casa, le amenazaron, quizá torturado,

se llevaron joyas muy valiosas y le apuñalaron,

y él lo cuenta como si fuera un lance sin importancia.

-Eso mismo me pareció a mí, pese a mi amistad con él.

Pero ignoro qué puede querer ocultar.

-No sé cómo unir las dos cosas,

pero nos ha preguntado por Blanca y Diego, ha dado por hecho

que se habían marchado a Huelva. -Correcto.

-Pero se supone que Blanca y Diego estaban separados.

-Cierto. Él hablaba como si fuera sabedor

de que habían vuelto a estar juntos.

¿En algún momento sabremos la verdad?

-Sí, uno siempre acaba enterándose.

Es mejor no hacer elucubraciones.

-Tiene razón.

Voy a La Deliciosa a comprar unos bollos para merendar con Rosina,

si gusta...

-Me encantaría, pero tengo asuntos pendientes.

Salude a su esposa. -De su parte.

-Con Dios. -Con Dios.

Silvia.

-Felipe, no le había visto.

Vengo ensimismada

pensando en mis cosas. La casa se me cae encima.

-Lo entiendo.

-Vengo del Centro Instructivo y Protector de Ciegos.

-De allí era Javier, el profesor de don Arturo, ¿no?

-Allí le conocí, me abordó en la puerta.

Pero en el centro no saben quién es.

¿Cómo que no saben quién es?

-Mejor nos sentamos y me lo cuenta con calma.

A ver, dice que a Javier no le conocen en el centro.

-Le conocen, lo que no saben es su nombre verdadero.

Por lo visto, no es la primera vez que lo hace.

Se gana la confianza de gente que va al centro a buscar ayuda

y lo meten en su casa.

Aprovecha para robar.

O quién sabe si con peores intenciones.

Qué canalla.

-Y yo fui tan inocente, que caí en la trampa.

¿Se da cuenta de que quizá metí al asesino de Arturo en casa?

-A un timador sí, pero ¿a un asesino?

-Nadie le vio en la boda.

Sabe que alguien quería matarme.

Dispararon desde su casa, donde probablemente entraron

con las llaves que me habían entregado.

-¿Sospecha que trabajara a las órdenes de Blasco?

Si es así,

lo mejor es que lo deje en manos de Méndez.

Puede ser muy peligroso.

-Lo menos que puedo hacer es descubrir quién mató a Arturo.

No sé dónde se pueden haber metido Blanca y Diego.

-¿No me dijiste que querían irse a Huelva?

-Es lo que me ha dicho Íñigo para tranquilizarme.

Pero lo de Huelva era antes de que discutieran.

-Harían las paces.

Menuda novedad en esos dos.

-Fui a la mansión Alday con Íñigo,

allí no había nadie, ni Blanca ni Diego, ni el niño.

No sé. Si alguien habla de ellos en La Deliciosa,

Íñigo me lo dirá.

-Íñigo por aquí, Íñigo por allí. No sé qué le ves a Íñigo.

-¿Estáis merendando ya?

Traigo suizos de La Deliciosa.

-A buenas horas.

-Gracias, Liberto.

-Liberto, ¿te has pasado por el quiosco

a ver si ha llegado la revista?

-Se me ha olvidado, mañana por la mañana iré.

Vengo de casa de Samuel.

-Ay, menudo susto. No vamos a poder vivir

tranquilos en nuestras casas en este barrio.

-¿Cómo está?

-Bien, dentro de lo que cabe.

Dice que fue un atracador el que entró en su casa.

-Al final vamos a tener que contratar guardias:

lo del coronel, esto...

-Pobre Silvia.

-¿Se va a quedar a vivir Silvia en el piso del coronel?

Tendrá que pagarnos ella el alquiler.

-No sé cómo puede pensar esto ahora mismo.

-Pues haciéndolo. ¿Cómo te crees que te hemos dado de comer,

te hemos vestido...?

Pensando en el metal.

-También podríamos respetar su duelo

y dejar pasar unos días antes de plantear ese asunto.

-Ya está el generoso.

Sí, pero nuestro piso tendrá que pagarnos el alquiler.

-No te digo que no.

-Como en esta casa todos viven

de la sopa boba... Que se preocupe Rosina.

-¿Cómo dices?

-Se está excediendo usted.

-Qué piel más fina tiene la gente que vive en esta casa, ¿no?

-Yo tengo muchas cosas que hacer y no me apetece seguir aquí.

-Menuda ha armado usted, madre.

-Uy.

(Llaman a la puerta)

Señora, ha venido doña Susana.

-Doña Susana.

-No sabía si sería buen momento para venir a visitarla.

-Siempre es bienvenida.

-Quería mostrarle la carta que le he escrito a Elvira.

-No es necesario.

Seguro que le ha explicado la muerte de su padre con exquisito cuidado.

-Lo he intentado al menos.

Pero hay un párrafo para el que quiero que me dé el visto bueno.

Tiene que ver...

con Elvira y con don Arturo.

Pero también con usted.

Y con Agustina.

Las dos mujeres que le cambiaron en los últimos meses.

-Estoy deseando escuchar ese párrafo.

Tome asiento. Agustina, siéntese, por favor.

-Mi señora, por Dios, me quedo en pie.

-Empiezo saludándole, y...

deseando que su hijo,

mi nieto, nazca con salud.

Luego, le cuento las circunstancias de la muerte de su padre.

Ahora llego al párrafo que le digo.

"Elvira,...

te habría sorprendido ver a tu padre,...

observar el importante cambio que dio estos últimos meses".

"Aquel hombre duro e intransigente

se convirtió en alguien humano

y cariñoso".

"Siempre con una buena palabra

y un gesto de perdón".

"Dos mujeres le cambiaron, Silvia, su esposa,

la mujer que él escogió para pasar su vida y, Agustina,

su criada".

"Quizá, la persona que más le cuidó

y le admiró".

"Te pido que les reconozcas

a las dos el haber hecho que tu padre

se haya marchado de este mundo como una

de las personas más queridas

de la calle Acacias".

-No lo merezco. -Claro que sí,

Agustina. Claro que sí.

Muchas gracias por haber escrito eso, doña Susana.

Usted también es una persona a la que cuesta conocer,

pero a la que solo se le puede querer.

-Silvia. -La recordaré siempre

con mucho cariño.

-Ni que se fuera a ir del barrio.

-Nunca se sabe lo que puede ocurrir.

La muerte de mi esposo así me lo ha confirmado.

-Es cierto.

(Campanadas)

Ay... Ya las seis.

Perdonen una visita tan rápida, pero tengo que ir a rezar el rosario.

-Claro.

Vaya con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

-No hace falta que me acompañe.

-Doña Silvia, perdone que me meta

donde no me llaman...

-No te metas y no te lo tendré que perdonar.

-Creo que es mi obligación por don Arturo...

No sé qué quiere hacer

con esa pistola.

-No es una pistola, es un revólver.

Y no es asunto tuyo ni tu obligación.

-Por favor, señora...

-No se trata de quién es la señora y de quién es la criada,

pero hay cosas en la vida que es mejor no saberlas. Ya lo entenderás.

-¿Se está usted despidiendo?

Pensé que sabrías algo de Blanca, eres su amiga.

-Me gustaría contestarte, pero nada, no sé dónde está.

Solo espero que esté bien. -Ya.

¿Están en huelga?

-Ya no sé qué pensar.

Quién sabe.

-Carmen. -Buenas tardes, señoras.

Llevo prisa. Quiero entregar esta ropa en la parroquia

antes de que cierren. -Carmen, tienes tiempo.

El sacristán se queda hasta que terminan los rezos.

-No te entretendremos. ¿Sabes algo de Blanca?

-Nada.

-Es que es todo tan raro.

-Lo único que le oí decir a don Samuel cuando vino a visitarle

su marido de usted,

era que tal vez estaban en Huelva. -Eso le pareció raro.

-Y veo que tú también crees que hay algo raro, Carmen.

-No, Dios me libre.

-No nos lo ocultes. ¿Qué piensas?

-Yo no he oído nada, de verdad.

Pero creo que don Samuel sabe más de lo que dice.

Pero vamos, que no es más que un presentimiento.

-Pues habrá que comprobar si es cierto.

-A mí no me inmiscuyan, por favor,

que bastantes problemas he tenido ya.

-No te preocupes. Nada diremos de ti.

Ve a la sacristía, anda.

-Sí, señora. Con Dios.

-Gracias.

¿Qué vas a hacer?

-Voy a ver a Samuel, a ver qué me cuenta.

-Buenas.

Uy, uy, uy, vaya cara.

¿Algún problema?

-No. Estoy de mal humor, nada más.

-Ya.

Me apuesto lo que sea a que tiene que ver con doña Rosina.

-(RESOPLA)

¿Alguna vez Lolita se comporta de manera ilógica?

Se lo pregunto porque con mi esposa soy especialista en eso,

en analizar comportamientos ilógicos.

-Lolita es de Cabrahigo,

nunca se comporta de una forma lógica.

Tengo un doctorado en esas lides.

-Sí, pero mi Rosina no es de Cabrahigo,

y no hay mucha diferencia.

A ver, que yo adoro a mi esposa, pero hay días que no puedo con ella.

-Paciencia, Liberto, es lo mejor que puedo recomendarte.

¿Un chocolate?

-Pues mira, sí, mejor endulzar este asunto.

-Peña, dos chocolates.

Y dos ensaimadas, que hoy vamos a merendar por todo lo alto.

-Marchando.

-Por cierto,

vengo del Ateneo.

Gracias por darme el contacto de sus amigos de la junta.

-No hay de qué. Mis amigos son sus amigos.

¿Ha avanzado en ese asunto?

-Sí, la verdad es que sí, por eso estoy tan contento.

Me han dejado alquilar la sala.

Y para hoy. -¿Para hoy?

Rediez, corre usted que se las pela.

-Chocolates...

y ensaimadas.

He traído tres. Si no les importa, me siento, que no he merendado.

-Por favor.

-He oído que alquila la Sala de Columnas.

-Sí. -¿Para qué?

-Quiero hacer una presentación

de mi limpia lunas para "crème de la crème" de los empresarios.

-Eso será todo un éxito, sin duda.

-Eso espero.

Pero, pero para ello

necesitaría un piscolabis

de La Deliciosa.

Quiero impresionarles,

a ver si alguien compra mi invento.

-De eso nos encargamos. -Caviar,...

salmón, champán francés... -Y tortilla de patata.

No se olvide nunca del toque español.

-¿Y la factura para don Ramón?

-No, no, no, la factura a mi nombre, es mi negocio, yo me encargo.

Están invitados.

Es... para hoy el piscolabis.

-Para hoy.

En ese caso, será mejor que me ponga en marcha.

Y la próxima vez, avíseme con un poco más de tiempo.

No puedo ni una cucharada más.

-¿Va a obligarme a dárselo como a los niños?

-Me gustaría ver eso.

-¿No me cree capaz?

-Empiezo a tener dudas.

-Esta...

por el rey de España.

-¿El rey de España?

No he tomado una cucharada de caldo

en mi vida por el rey de España.

-Alguna será la primera.

Esta...

por el general Valeriano Weyler.

-Lo siento, pero eso sí que no.

No me voy a tomar una cucharada de caldo por el general Weyler.

-Fue uno de los héroes de Cuba. -Me da igual.

Búsquese otro beneficiario de mi cucharada.

-Está bien.

Esta por... -Por usted.

Tomaré otra por usted.

-Por mí.

(Se cierra una puerta)

-¿Cómo se encuentra el herido?

Ponme un café en la terraza, por favor.

-Buenas tardes.

¿Qué hace por aquí tan solo?

-Hasta hace un momento estuve dentro con Peña y Antoñito.

Pero Antoñito se ha marchado y el Peña está muy ocupado esta tarde

y, decidí salir a que me diera el aire.

-¿Y doña Rosina?

-A saber.

Piénselo bien antes de comprometerse con Leonor.

Rosina viene de suegra en el paquete.

-No me parece tan mala suegra.

-Eso lo dice porque no la conoce. -Pues viene por ahí.

Buenas tardes. ¿Quiere que le traiga algo?

-No, gracias. Vengo a ver a mi marido.

-Pues yo les dejo entonces.

-¿Vienes a montar otro espectáculo

o ya has tenido bastante con el de esta tarde?

-Vengo porque... mira lo que te he comprado.

Es un columnario de ocho reales,

de Felipe V. Acuñado en 1741, ¿lo conoces?

-Sí.

Ha tenido que costar caro.

Nada es lo bastante caro

para que tú estés contento.

-Sin duda es una moneda valiosa.

Pero mi perdón no está en venta.

Has sido muy desagradable.

-Ya lo sé, Liberto, pero por favor,

no seas rencoroso. Te pido disculpas.

-Las cosas hay que pensarlas antes de decirlas, Rosina.

Lo estaba hablando con Antoñito y el Peña y, me han dado la razón.

-¿Aireabas nuestros problemas para que todos se enteren?

-Hablaba con ellos de algo que me preocupa.

-No tienes derecho.

-¿Eres tú la que tiene que darme permiso para que haga

lo que me venga en gana, tú,

la que no para de hablar, de cotillear

y airear mis intimidades con sus amigas?

-Pero eso es distinto, no compares.

Escúchame bien, Rosina, y que te quede claro,

si quiero hablar, hablo, y si quiero callar, callo.

-Eso será si yo te lo consiento.

Don Íñigo, cóbrese y quédese con la vuelta.

No quiero seguir al lado de esta señora.

-"¿A Huelva?".

Si he telefoneado a la empresa

y me han dicho que Diego no se ha incorporado.

-Eso no se lo puedo asegurar, no sé si tenía unos días de margen

antes de incorporarse. O incluso, si ha desistido.

-No, no, a Diego le hacía mucha ilusión trabajar con los ingleses.

-Leonor,

nuestro padre nos dejó una posición inmejorable con la herencia.

Diego no necesitará trabajar en lo que le queda de vida.

Quizá, incluso Moisés no esté obligado a ganar nunca dinero.

Tiene suficiente para él y para sus hijos.

Quizá Diego no quiera trabajar más.

-Pero entonces, ¿se han ido a Huelva o no?

-A lo mejor han parado en Sevilla o han decidido desviarse a Lisboa.

Ya sabe que mi relación con ellos

no fue todo lo fluida que a todos nos hubiera gustado

y, no me informaron.

Pero mi intervención fue fundamental para que limaran asperezas.

-Ellos acababan de romper.

Y lo hicieron delante de todo el barrio.

-¿Ha visto en su vida alguna pareja que se ame más que Diego y Blanca?

-Pocas hay así,

la verdad. -Cierto.

Pero son testarudos y temperamentales,

una chispa les provocaba un gran incendio.

-Así es.

Se aman como locos.

Pero al mismo tiempo discuten. -Yo traté de decírselo.

Abrirles los ojos y decirles:

si os separáis, vais a echar de menos hasta las broncas

que os echáis el uno al otro.

Incluso vuestros enfados son una muestra de amor para vosotros.

-Pero ¿por qué?

¿Por qué discutieron?

-Moisés empeoró y Blanca quiso sacarle del hospital.

Si tenía que morir, que lo hiciera en casa.

No dejaba de ser una madre que exageraba por amor, claro.

Diego intentó hacérselo ver, que recapacitara,

entrar en razón, pero Blanca estaba cerrada.

-¿Tan grave estaba su hijo?

-Estaba grave, sí, pero no tanto como ella creía.

Cuando Moisés se recuperó,

aproveché para decirles que se fueran.

Que se fueran y comenzaran una nueva vida.

-Hizo bien.

-Obré con el corazón.

No puedo olvidar que él es mi hermano.

Ni tampoco lo que un día sentí por ella.

¿Y tú qué hiciste?

-Qué iba a hacer, cobrarle

y poner cara de que no me había enterado de nada.

-Liberto tenía razón, ella puede ser muy manipuladora.

-Sí. Pero ella es... o mejor dicho, ella va a ser mi suegra.

Solo me faltaba que me cogiera ojeriza.

Menos mal que se levantaron y se fueron,

podían haber ahuyentado a los otros clientes.

-¿Se fueron juntos?

-No.

Liberto dijo: "No quiero estar con esta señora".

Fíjate si estaban enfadados,

que Rosina tampoco se quedó a ver si veía a alguna vecina

para tener tertulia.

-Seguro que a estas horas ya han hecho las paces.

Liberto bebe los vientos por Rosina. -Eso espero.

Porque no quiero marejada en su casa.

-Buenas tardes. -¿Un café?

-Por favor. Me sentaré aquí.

-Marchando.

-Buenas, don Felipe. -Don Ramón.

Las mujeres están ahí fuera de charla,

así que esté es el único lugar tranquilo del local.

¿Estorbo? -Siéntese, usted nunca lo hace.

Ya me he enterado de lo de Antoñito.

-¿Lo de Antoñito? No sé si asustarme.

-Pensé que lo sabía. Me lo ha contado un cliente.

-¿Es algo malo?

-No, qué va. Demuestra una gran iniciativa.

Ha organizado una demostración de su invento

para los empresarios más importantes de España.

-¿Aquí, en La Deliciosa?

-No, por todo lo alto. En el Salón de Columnas

del Ateneo.

Y será esta misma tarde.

-¿Hoy? Pero eso es una locura.

-Eso es coger el toro por los cuernos.

Antes de que se olvide el revuelo que causó el premio que le dieron.

-Alquilar ese salón vale una fortuna.

-Eso es dinero bien invertido.

Creo que la comida y la bebida será de La Deliciosa.

-Su café, don Felipe.

¿Desea algo, don ramón? -Sí, gracias.

Perdone que le pregunte,

¿mi hijo ha encargado un cóctel para su presentación?

-Así es.

Un ágape. Lo mejor de lo mejor:

caviar, salmón, quesos, buen champán, buenos canapés...

Ha sido todo tan precipitado, que hemos doblado el personal de cocina.

-Y todo eso lo pagaré yo.

-A nosotros nos ha pedido que le pasemos la factura a él.

-Don Ramón, tiene una llamada.

-¿Para mí?

-Si no hay otro don Ramón Palacios,

sí, usted.

¿No viene tu madre, Leonor? -No lo sé.

Mejor que no lo haga.

¿Sabéis esos días que mi madre tiene complicados?

-¿Rosina días complicados? No caigo...

(RÍEN)

-Doña Rosina ha sido muy agradable conmigo.

-Ya te tocará uno de sus días atravesados.

Hoy no puede ser peor. Cuanta menos gente se cruce, mejor.

¿Y Trini?

-Andaba liada con algo,

con los dobladillos de una cortina que quería coser.

-Le he preguntado a don Ramón, que ha entrado en la chocolatería,

y no me ha sabido decir. -Ya aparecerá.

Le encantan estas tertulias vespertinas.

-Chocolate y picatostes a tutiplén. -Gracias, Flora.

Las desgracias son más ligeras con el estómago lleno.

-¿No hay melindres? -Deberían haber salido ya.

Con lo del ágape de Antoñito, tenemos la cocina manga por hombro.

-¿Ágape de Antoñito? Primera noticia.

Ha alquilado el Salón de Columnas del Ateneo.

-Nada menos... ¿Y para qué?

-Para presentar su limpia lunas.

Creo que ha invitado a los industriales

más importantes.

-La historia de nunca acabar va a ser ese invento.

-Al final lo venderá y se hará rico. -Ojalá.

Aquí les dejo todo. Si quieren algo más, es solo pedirlo.

Y no tarden en comer, que los picatostes están recientes.

-Gracias.

-Bueno, contadnos lo de Samuel, que nos tenéis en ascuas.

-Samuel le dijo a Felipe

que había entrado un atracador en su casa

y que le había asestado una puñalada.

-Eso nos contó el mismo Samuel, se llevaron algunas joyas.

Menos mal que Samuel tuvo la gallardía

de evitar que pudieran atacar a su criada.

-¿Estaba delante Carmen?

-No, estaba él solo, pero ella llegó y él la hizo marchar

sin abrirle la puerta, para que el atracador

no se pudiera ensañar también con ella.

-Yo soy como santo Tomás, si no lo veo no lo creo.

-Me pasa igual.

A veces, con los Alday, pienso que son todo medias verdades.

-Yo fui a preguntarle por Blanca y Diego.

Me dijo que se fueron juntos. -¿A Huelva?

-He de suponer que sí, pero bueno, ya nada es seguro.

-Mientras estén juntos y con el niño en la cuna...

Blanca necesitaba paz y, aquí no la había encontrado.

-Gracias a que Samuel les convenció

de que era lo mejor que podían hacer.

-¿Dónde va ese hombre tan corriendo?

-Espero que no haya pasado nada.

-Con lo correcto que es siempre, es muy raro que no haya saludado.

-Carmen está con Samuel,

necesitará un descanso, mejor voy a cuidar de él.

-Ni que fueras su enfermera.

-Lo hago como buena vecina,

que no me mueve otra intención. Las veo más tarde.

-Sí, sí, como buena vecina...

(Se cierra una puerta)

¿Y Antoñito? -No lo sé, no está en casa.

¿Has visto a las mujeres del barrio en La Deliciosa?

-Sí, pero ni me he parado.

-Me he liado a coser esto y se me ha ido el santo al cielo.

¿Para qué buscas a Antoñito?

-No sé qué he hecho para tener un hijo así.

Tiene que ser un castigo del Señor, pero no sé por qué.

-A ver, ¿qué ha hecho ahora?

-Ponerme en evidencia, como siempre.

Me han llamado del Círculo de Empresarios

para protestar porque ha usado las listas

de miembros para invitarlos a un acto.

-¿Y eso es grave?

-Lo grave es que haga todo sin pedir permiso ni opinión,

que use esa lista sin ser miembro de la Asociación,

que no pida autorización para invitar a los socios,

que alquile el Salón de Columnas del Ateneo, que va a costar un dineral,

sin pedir un presupuesto, que encargue un ágape

que lleva hasta caviar... ¿Sigo?

-Ramón, no sé, a mí no me parece como para quejarse tanto.

-A ver, Trini,

si él quiere presentar su invento, perfecto,

para eso están las exposiciones, las patrocina el ayuntamiento

y se reparten gastos. -Eso está muy bien.

-Sí. Pero Antoñito no piensa.

Lo organiza él y lo paga todo él.

Bueno, él, ¿qué te apuestas a que al final acabo pagándolo yo todo?

-No rezongues.

-¿Te crees que lo ha organizado todo bien y con tiempo suficiente?

-¿Sabes cuándo empieza el acto? -¿Cuándo?

-Pues exactamente, dentro de 35 minutos.

-Date prisa, que no vas a llegar.

-No pienso ir.

-A lo mejor es él. -Se va a enterar, se va a enterar.

-Buenas tardes, don Ramón,... -Liberto.

...y compañía.

Quería hablar conmigo. -Sí.

¿Es verdad que ha avalado el alquiler

del Salón de Columnas del Ateneo para mi hijo?

-Ya sabe que es necesaria la firma de un socio.

Me lo pidió y hablé con un amigo de la junta.

¿He hecho mal?

-Claro que sí.

¿No se da cuenta de que a Antoñito

no se le puede dejar hacer nada solo?

-Por favor, no exageres, Ramón. -¿Qué es lo que ha hecho mal?

-A mí me parece muy buena idea que presente su producto.

-¿Cuántas veces lo ha visto hacer?

-En ferias sí, pero un solo producto es un dispendio.

-Ninguna, nunca he visto que un producto se presente solo,

por eso me pareció una buena idea.

-Si toda la vida se han hecho las cosas de una forma,

será porque es la que funciona.

-Usted envió a su hijo al extranjero para que volviera con ideas nuevas.

Si hubiera querido que hiciera lo que se ha hecho toda la vida,

podría haberlo dejado aquí, ¿no le parece?

-Liberto tiene razón.

Y si a los del Círculo les pica, que se rasquen.

Yo creo que Antoñito va por delante,

y en pocos años hará lo que pretende:

empresas que presentan

sus productos en el mercado, como si se tratara de un acontecimiento.

-Ramón, a lo mejor tú deberías hacer lo mismo.

En vez de vender cafeteras local por local,

haces una fiesta a lo grande.

-Me estáis convenciendo, quizá no sea tan mala idea.

-Mire,

yo voy camino del Ateneo. ¿Por qué no me acompaña?

Con Dios.

-A más ver.

¿Lleva mucho tiempo despierto?

-Apenas nada,

pero me gustaba observarla.

No hay nada más bello que una mujer leyendo.

-Gracias.

-¿Qué leía?

-Poesía.

-He cogido el libro de su biblioteca.

Le digo de quién es el libro con una adivinanza:

Claudio Bastida.

¿Me leería su poema favorito

si adivino quién es ese Claudio Bastida?

-Hecho.

-Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida,

más conocido como Gustavo Adolfo Bécquer.

-Ha ganado. ¿Cómo lo sabía?

-De joven me encantaban sus poemas.

La pena es que hace tiempo

que no leo poesía.

Ha quedado en leerme uno.

-El que estaba leyendo ahora.

"Los suspiros son aire

y van al aire, las lágrimas son agua y van al mar".

"Dime, mujer,

cuando el amor se olvida, ¿sabes tú adónde va?".

-Rima 38, si no me equivoco.

-No, efectivamente.

No le imaginaba tan conocedor.

Hubo un tiempo en mi vida en que leía poemas

para tratar de comprender el mundo y lo que sentía.

¿Adónde cree usted que va el amor cuando se olvida?

-¿Se olvida?

-No lo sé, o sí.

Si el amor es de verdad, no se olvida.

-¿Ni cuando aparece otro?

¿Cree que no se puede amar a alguien

cuando ya has amado antes a otra persona?

-Se puede amar a alguien nuevo,

pero el amor antiguo no desaparece, quizá se transforme.

-¿En qué?

-¿En qué puede transformarse el amor?

-¿En odio?

-Esperemos que no solo en odio, también en cariño,

en indiferencia, en recuerdo...

-¿Y el amor no correspondido?

-En desgarro.

-Quizá,...

pero hay que luchar por que sea correspondido.

Yo le he leído mi rima favorita, ¿cuál es la suya?

-Déjeme el libro.

"Serpiente del amor,

risa traidora,

verdugo del ensueño y de la luz,

perfumado puñal, beso enconado,...

eso eres tú".

-Bellísimo.

-Habla de traición: serpiente,

beso enconado, verdugo de la luz...

¿Quién perfumaría un puñal?

Un puñal solo sirve para matar.

-Tiene razón.

Todos son términos que no deberían de ir unidos.

-Pero solo es poesía, la vida es otra cosa.

Quién sabe, quizá llegue un día en el que no haya traiciones

y todos los amores sean correspondidos.

-Quizá.

(Se cierra una puerta)

Buenas noches, Trini.

¿Llegamos a tiempo para cenar? -Sí. Os estaba esperando.

Buenas noches, Liberto. -Buenas noches.

-Yo no tengo hambre.

-Yo me comería un caballo.

Como he estado tan ocupado en la recepción que ha ofrecido mi hijo.

-Padre, pare ya.

-Si ha sido todo un éxito. ¡Clamoroso!

Y si ha sido un éxito, ¿a qué viene esa cara?

-Ha sido la ruina.

-¿En qué quedamos?

-Seguro que mi padre se lo explica, yo voy a ponerme más cómodo.

-Si vieras, Trini,

el Salón de Columnas estaba a reventar.

Que te lo diga Liberto.

-Sí, lo cierto es que estaba a rebosar.

No cabía ni un alma.

Todos los industriales se han dado cita allí.

-Y el cóctel

que ha servido La Deliciosa estaba francamente bueno,

de los mejores que he visto, hasta caviar.

Todo el mundo coincidía en elogiarlo.

-¿Entonces?

-Antoñito no ha recibido ninguna oferta por su limpia lunas.

-¿y cómo puedes decir que ha sido un éxito?

¿No dijiste que tenía que organizar un acto así

para vender mis cafeteras? Bien,

pues he vendido cerca de 40.

A un empresario de la región de Valencia

y Murcia, un hombre muy campechano.

Me decía: "Don Ramón, yo soy de Busot".

-Ay, Busot. Bueno, pues enhorabuena.

A lo mejor deberías pagar tú los gastos.

-No. ¿No estaba tan seguro mi hijo? Pues que pague él.

-Antoñito, hijo,

anímate. ¿Qué te pasa?

-El problema es que en España casi no hay fábricas de coches.

-Eso es cierto, solo hay una,

Automóviles La Cuadra. Y ni eso, porque ha cerrado.

Dicen que van a abrir una nueva

con unos suizos muy importantes, pero tardarán un par de años.

-Bueno, tu invento puede esperar.

Y mientras, a vender cafeteras.

De todos modos, habla con ellos antes de que abran la fábrica.

Mejor ser uno de los primeros proveedores.

-Haz caso a Liberto, que más vale llegar a tiempo, que rondar un año.

¿Se queda a cenar, Liberto?

Gracias, pero me voy a casa, tengo que lidiar con la fiera.

-No lo dirá usted por Rosina, ¿no?

-Yo sé lo que me digo.

-Estese tranquilo, que no es tan fiero el león como lo pintan.

Le acompaño a la puerta.

-Ay...

¡Javier!

-Doña Silvia. -Tengo algo que es suyo.

-¿Algo mío? -Sí.

Una pluma estilográfica que se dejó en mi casa.

-Era de muy poco valor,

no merece la pena. -Espere que la encuentre.

Si no la encuentro,

me va a obligar a ir al Centro Instructivo a llevársela.

-Ya le digo que no merece la pena.

-Vaya, no la encuentro.

Quizá me la haya dejado en casa. ¿Quiere subir?

-Voy con algo de prisa...

-Ya. ¿Sabe qué ocurre?,

que me va a resultar difícil llevársela al centro,

porque allí nadie sabe quién es usted.

-¿Qué?

-Lo que oye, que allí dicen que es usted un impostor.

-No sé de qué me habla.

-Ya. Bueno,

quizá tuve mala suerte y pregunté a alguien nuevo que no le conocía.

-Sí, tuvo que ser eso.

Buenas noches.

-Javier,...

ya le devolveré la pluma.

-Cuando quiera.

Buenas noches.

-Buenas noches.

Llévate esto. -¿No va a comer nada más, señor?

¿No se va a tomar los calmantes? -No.

-Si estuviera doña Lucía,

le haría comer la mitad de ese plato.

-Pero no está y, no quiero que la llames.

Llévatelo esto y ve a por Cesáreo, el sereno.

-¿Ahora, señor? Es muy tarde.

-Es un sereno,

precisamente de noche es cuando debe estar a disposición

de los vecinos. -Sí, señor.

-Y corre. Quiero acostarme.

(SE QUEJA)

-"Aún tenemos que terminar de aclarar nuestra situación".

-¿Por qué? Pensé que estaba todo dicho.

-No es así.

Deseo que aceptes mi presencia aquí,

a tu lado,

con todo lo que eso significa.

Quiero que me trates como lo que soy,

tu legítima esposa.

¿Ya no sientes lo mismo por mí?

-Malnacida.

Si lo que querías era humillarme, no lo vas a lograr.

No has conseguido matarme. No vas a hundirme, Blanca Dicenta.

Me levantaré.

Ningún Alday podrá compararse conmigo.

Ni mi hermano ni mi padre, ni tu hijo.

Viviré para vengarme de ti.

La vida es larga, pero no habrá ni un momento de descanso...

hasta que acabe contigo.

¿Dónde anda el marido de usted?

-Ni lo sé ni me importa. Se ha levantado temprano.

-Sí, la verdad es que se ha "marchao" temprano.

Vamos, casi antes de que apagaran los faroles.

Creo que se iba a la revista del Bazar Ilustrado.

-¿Te dijo por qué se iba temprano?

-"Pa" hablar con la periodista.

-Ay, Leonor, que se ha ido con la periodista.

-Antoñito tiene que viajar al extranjero,

buscar todos los fabricantes que pueda y ofrecerles

su invento.

Hijo, tu producto es bueno, solo necesitas encontrar

a los compradores adecuados. -Sí, puede que no sea mala idea.

¿Dónde están las joyas, quién las ha cogido?

-Mirad qué reportaje nos han hecho a mi marido y a mí.

-Por Dios, Rosina, qué porte.

Si pareces a Sara Verna.

-A ver, a ver, a ver.

Bueno, la verdad es que estáis muy pintureros.

-Estoy planteándome darle un giro a la actividad de la empresa.

Hacer algo completamente distinto. -¿Y en qué ha pensado exactamente?

-En abrir una galería de arte en la ciudad.

(SILVIA CARGA EL ARMA)

-Oh.

Qué bonita sorpresa.

Por fin estamos frente a frente.

Estaba deseando volver a verte para darte tu merecido.

-Aquí acaban tus advertencias.

Nadie sabrá nada.

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Acacias 38 - Capítulo 822

08 ago 2018

La debilidad de Samuel permite a Lucía estar siempre cerca de él y cuidarle. Mientras, él afirma no saber el paradero de Blanca y Diego. Una salida de tono de Rosina provoca que discuta con Liberto y éste se marcha de su casa. Agustina se asusta cuando Silvia se despide de ella, y parece que es un adiós para siempre. La exespía sigue los pasos de Javier; está convencida de su relación con Blasco. Antoñito se salta las normas del Círculo de Empresarios y alquila el Ateneo para presentar el limpia-lunas. Ramón ya no sabe qué hacer con su hijo. La presentación se celebra y resulta ser todo un éxito para Ramón, que ha conseguido varios contratos para sus cafeteras.

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  1. Victoria

    15 de Julio 2016 capítulo 322; 8 de Agosto 2018 capítulo 822. Hoy se cumplen 500 capítulos en los que Jorge Pobes nos ha deleitado con su personaje de Liberto. Gracias Jorge por un trabajo tan extraordinario, has logrado hacer una creación tan genial de Liberto que se ha hecho imprescindible en la serie. ¡Enhorabuena! ... solo espero que podamos seguir disfrutando de tu personaje mucho tiempo más.

    08 ago 2018