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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 811 - ver ahora
Transcripción completa

-He decidido llamar a un reputado colega, el doctor Esteve.

-¿Cómo dice?

-A partir de ahora, el doctor Esteve se encargará del niño.

-"La simple idea de que el niño"

pudiera morir, ha afectado a mi señor en lo más hondo.

-Carmen,...

a veces las cosas no son lo que parecen.

No te fíes ni de tu sombra.

-Eres tú el que parece ocultarme algo.

-Los sabihondos del jurado estaban en La Deliciosa,

así que me he plantado ahí y les he puesto los puntos sobre las íes.

-Pues les habrá caído la del pulpo. -"Pa" chasco que sí,

aún tienen que tener el susto en el cuerpo.

-Pero... ¿qué te han dicho? -Han entendido

el error que han cometido y han admitido tu proyecto al concurso.

-¿Usted cree que Elvira y Simón asistirán a nuestra boda?

-Eso espero. Si les da tiempo a organizar el viaje...

-Les nombraría padrinos si tuviera la certeza de que van a asistir,

pero no puedo esperar su respuesta.

-Era de la mayor enjundia formalizar las cosas.

Porque no es lo mismo ser socios de palabra que socios en escritura.

Hay que dejar las cosas bien claras entre las personas,

y ante los demás.

-Si tú lo dices. -Claro que sí.

Las relaciones deben estar establecidas y formalizadas.

-¿No cree usted que Blasco podría cobrarse la deuda contra usted,

incluso estando dentro de la cárcel? -No entiendo.

-Muy fácil, contratando un esbirro.

-Si en su anterior presidio no se vengó de mí, ahora no lo hará.

-El primer premio de la nueva edición

del invento del futuro es para...

-(IMITA REDOBLE DE TAMBORES) -Déjate de ceremonias y dilo.

-...Antonio Palacios por su proyecto de limpia lunas mecánico.

-(GRITAN)

-Desperécese, la tarde se escapa y aún tenemos muchos ejercicios

que hacer.

-El buen doctor vende opiáceos que obtiene en el hospital.

-Aun así, eso no prueba que esté actuando de mala fe con Moisés.

¿Por qué habría de hacerlo?

-Por el mismo motivo que mueve a tantos canallas, el parné.

-He cometido errores muy graves, pero se terminó.

-Se lo advierto, no permitiré que esto quede así.

-Nada puedo hacer por evitarlo.

-De nuevo se equivoca.

Doctor, no dé ni un paso más. Míreme.

-Serénese, señor Alday.

-Míreme a los ojos.

Piénselo, doctor, no consume su traición.

-El niño está en buenas manos, déjelo al margen.

-Se arrepentirá de esto.

-Buenas noches, señores. -Apúrese, doctor, vaya a descansar.

Y no se olvide de rezar para que el nuevo médico sepa tratar a Moisés

mejor que usted.

-También usted parece necesitar reposo, don Samuel.

Por lo que me han dicho, usted se pasa todo el día en el hospital

y esos sitios agotan. Vaya a descansar,

mañana ya será otro día. -Gracias, buenas noches.

(Sintonía de "Acacias 38")

-¿De verdad? -Que sí, señorita,

¿cómo le iba yo a mentir en algo de tanto fuste?

-Amor, ¿qué sentiste? -No lo sé.

-Distinguió usted que había encendido la luz.

-¿Fue así? -Ojalá pudiera estar seguro.

-¿Qué es lo que percibiste?

-Me da hasta miedo decirlo, pero...

fue una visión de luz, de claridad.

-En el momento en que encendí la luz.

-Agustina, dejemos que sea él quien se explique.

-Fue muy rápido y extraño, ni siquiera estoy seguro

que fueran mis ojos los que vieran. Pudo formar parte del sueño

que tuve antes de despertar.

-No, demasiada coincidencia. -Talmente dice esta servidora.

-O un recuerdo de cuando podía ver. -Pudo ser una percepción real.

-Real como que hay Dios en los cielos.

-Debiste avisarme, Agustina. -¿Para qué?

Ni siquiera sé yo lo que ha pasado. ¿Qué podías haber hecho tú?

-Pues no lo sé, no lo sé,

pero también puede tratarse de la mejoría que dijo el doctor Taronjí

que podía suceder. -El milagro.

-Milagro. Llámalo como quieras,

pero el doctor Taronjí tiene que reconocerte.

-De algo estoy seguro, urgente no es.

Aun en el caso que hubiera reaccionado a la luz,

no ha pasado nada más. Sea lo que sea, será lento.

-Pero el doctor tiene que saberlo. Lentos o rápidos,

esos procesos empiezan siempre por algo, por mucho o por poco.

-Entiendo tu ansia, pero no alborotemos.

-Qué manía con lo de no llamar la atención.

-Pues nada de alborotos, pero mañana mismo iremos a ver al doctor.

Él nos dirá cómo comportarnos y cuánto esperar.

-"Y, desde luego,"

nunca perdí la confianza, ni en mí mismo

ni en el invento, que siempre supe que iba a ser considerado

como lo que es, el invento del siglo.

-Pero ¿qué es lo que hace, limpia cristales?

-Doña Rosina, por favor, lo que hace es salvar vidas.

-Mi más sincera enhorabuena, Antoñito.

-Gracias. Enhorabuena que pronto me dará también el Ateneo.

Y la Academia de las Ciencias. Si me apuran, hasta el monarca,

que es aficionado a los vehículos de motor.

-Las 10 en punto y sereno. -Cesáreo, ven, ven, ven.

¿Sabes ya quién ha ganado el concurso de inventos?

-Algo he oído. -¿Sí? Pues ahora

está en todos los periódicos, de mayor o menor tirada, pero en todos.

He sido yo, Antoñito Palacios, genio y figura y salvador de la humanidad.

Bueno, si me disculpan, ahora enseguida regreso,

pero pueden ojear lo que dice de mí la prensa nacional.

-Está de un pesado últimamente Antoñito.

A ver, que le reconozco que tiene cierto mérito, pero...

-Dime, futura esposa del gran inventor Antoñito Palacios,

¿te has pavoneado lo suficiente delante de tus compañeras?

-He presumido más que don Rodrigo en la horca.

Todas te mandan sus cumplidos.

-Lolita, esposa de un inventor.

Ahí es nada.

Es que lo he conseguido, Lolita. Mi limpia lunas

me va a elevar a los cielos, y eso no es todo,

pronto vamos a tener el coche que viene detrás.

-Bueno, bueno, no nos empingorotemos, pasito a pasito.

-No, a zancadas, porque este invento me va a hacer de oro.

Voy a ganar más que mi padre con su mina, sí,

porque el futuro son los aparatos.

Ni minas, ni tierras cultivables, no, Lolita, los aparatos.

-No digo yo que no, que una poco sabe, pero ¿más que las tierras?

En Cabrahigo, quien no tiene un terreno, no vale "na".

-Cabrahigo está en la edad media.

-Si no tienes tierras, no tienes donde pisar.

-Pero ¿quién quiere tierra? Que vamos a tener dinero

y, no solo eso, las mejores relaciones de todo el mundo.

Aquel que pinte algo en esta sociedad

va a querer codearse con nosotros.

-¿Y no estaríamos mejor tú y yo, en nuestra casita, tan ricamente?

-Imposible. No, porque ser inventor te impulsa a la fama.

Tú imagínate, reyes,

ministros, grandes industriales, todos,

todos querrán invitarnos, incluso adularnos.

-A mí no, ¿eh? A mí que no me ondulen hasta que yo lo pida.

-Adular, Lolita, adular. Y es imposible, porque yo...

voy a estar a la altura de Edison, o los hermanos Lumière

o Hofmann y su aspirina. -Antoñito, prométeme

que si voy a los bailes de salón, no me dejarás sola

y me dirás por lo bajini qué tenedor usar.

-No te preocupes,

y claro que vas a venir, Lolita, mujer,

porque todos reclamarán a la gran esposa y apoyo del inventor

Antoñito Palacios.

-Pues ¿qué quieres que te diga? Que no termino yo de verme

con la barbilla alta y con esa cara que ponen los ricos.

-Buenas noches, tortolitos.

Qué guapa.

¿Os venís a cenar? Me gustaría celebrar tu éxito.

¿Lolita? -Uh, suegro.

-Lo siento, pero yo no voy a poder.

He quedado con el Peña para mojar mi limpia lunas.

-Vaya, me hubiera gustado celebrar en familia la velada, pero en fin,

lo que tú quieras, hijo.

Que os divirtáis. -No me esperen despiertos,

porque esta es la noche que me va a resarcir de tantas noches en vela.

Descansa, Maritornes.

Y usted también, padre.

Esta va a ser mi gran noche. Que tiemble la ciudad,

igual que ha temblado el mundo de la industria con mi invento.

-Espero que sea una euforia natural y pasajera y, no se convierta

en un estado permanente de pavoneo. -Habrá que vigilar

esa "fanfarronitis".

-Yo te bautizo en nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo.

-Amén. -Amén.

-Gracias, padre.

Pensábamos que no llegaría a tiempo.

Le acompaño.

-Ahora no tiene fiebre, parece normal.

¿Qué te ha parecido el nuevo médico? -¿El doctor Esteve?

Parece...

más seguro de sí mismo, más convincente que el doctor Guillén.

Siempre me pareció demasiado alterado o alarmista.

-¿Ha aventurado Esteve algún diagnóstico?

-Se muestra más optimista.

Cree que Moisés se recuperará. -Me alegra oír eso.

¿Os ha dado alguna estimación

sobre la fecha en que podremos volver a casa?

-No.

No, ni siquiera ha hablado de una posible fecha de salida

del hospital.

El doctor se muestra optimista, pero no cree que Moisés

vaya a sanar de inmediato.

Es pronto, Samuel.

-El sacerdote me ha dicho que debemos volver a la parroquia

a ratificar el bautismo de Moisés cuando esté fuera de peligro,

que los bautizos de necesidad lo requieren.

-Esa ratificación quizá no se retrase tanto.

El doctor Esteve confía en que Moisés se recuperará.

¿Verdad que sí, Moisés? ¿Verdad que te pondrás pronto bueno?

-Ojalá tuviéramos la certeza.

Yo, lo único que quiero es volver a casa con mi hijo sano

y poder bautizarle en la parroquia de Acacias.

-Ya están aquí.

¿Qué les ha dicho el doctor?

-Que paciencia, Agustina, ¿qué otra cosa esperaba?

-Algo más nos ha dicho.

-Sí, me ha dado una leve esperanza, como siempre.

-Como siempre tampoco. Antes se basaba en estadísticas

y ahora se basa en un síntoma.

-¿Vio de verdad el señor algo de luz entonces?

-El doctor Taronjí así lo considera.

Dice que se han dado otros casos. -Pero no sabemos si mi caso

es uno de esos casos, ni tampoco hacia dónde evolucionarán mis ojos.

-Entiendo que no quieras ilusionarte,

y está bien ser sensato, pero no puedes negar que el doctor Taronjí,

pese a no dar certezas, sí que ha dicho que la mejoría se puede dar.

-Nada que se pueda prever.

-Prever no, pero hay ocasiones que la mejoría es posible.

-Claro que sí, señora. -No se entusiasme,

que para entusiasta ya tenemos a Silvia.

-Serás cabezón. -Sin echar las campanas al vuelo,

sí que me alegra tener algo por lo que rogar al Señor.

¿El doctor no puede hacer nada, solo esperar?

-Me ha recetado un compuesto. -Un colirio,

que debemos administrárselo cuatro veces al día.

Ya le daré instrucciones. -Descuide,

que lo aprenderé como si fuera el catecismo.

-Sin pensar que es un remedio milagroso, ni tan siquiera eficaz.

Agustina, para que vea mi postura, seguiré practicando

mis ejercicios para ciegos. -Y yo sigo presta a ayudarle,

y con más alegría si cabe. -No, Agustina.

Le agradezco lo mucho que ha secundado mis esfuerzos.

Si no llega a ser por usted, no me sentaría ni en una silla.

-Ha sido con gusto, señor. -Lo sé.

Lo sé, pero he tomado una decisión.

Voy a seguir el consejo de Silvia y voy a contratar

a un profesor para ciegos. Ya lo hablé con el señor Palacios.

Le descargará de obligaciones y le evitará reprimendas.

-Sarna con gusto no pica, señor. -Aun así.

Mi decisión está provocada por la prisa,

quiero mejorar unas habilidades antes de la boda.

-Eso ya es más cabal, señor.

Con perdón.

-Bueno, yo voy a aprovechar ahora, que te veo tan dispuesto,

porque hay un par de asuntos de la boda que me gustaría rematar.

El menú y los vinos. -¿Algo más?

-Sí. Lo más importante.

¿Tú te has dado cuenta que no tenemos padrinos todavía?

-¿Ha leído usted, don Ramón, la noticia del fallecimiento

de Elsa Neumann?

-Lo cierto es que no. -No me extraña, tan solo

han salido unas breves reseñas. Yo la sigo

porque Leonor es una gran admiradora de la científica.

-Ah, ¿era científica? -Sí, de las más destacadas.

Pero nunca se le ha reconocido el mérito, probablemente por ser mujer.

Pero fue la primera en doctorarse por la universidad de Humboldt

y, según cuentan, ha fallecido

en su laboratorio mientras realizaba un experimento.

-Antoñito, hijo,

hubiera jurado que te interesaría la necrológica

de una científica, se podría decir que una colega tuya.

-La doctora Neumann investigaba sobre aviación.

De hecho, llegó a volar en zepelín. -¿Y ese entusiasmo?

-Padre, estoy tan cansado, que no puedo ni mostrar entusiasmo.

-Salió a festejar con el Peña. -A celebrar

el merecido éxito de mi invento.

-Sí, sí, ya pude comprobar lo animado que estabas anoche.

Antoñito, ¿tú de verdad estás seguro del valor comercial de tu invento?

-Mi invento es inefable. En cuanto lo saque al mercado,

lo voy a vender por cientos, miles. Todos los coches del mundo

van a llevarlo.

Y esa cifra no deja de subir. -Menos ínfulas.

-No sea usted modesto, don Ramón.

Con que tenga solo un porcentaje de su talento para los negocios,

triunfará. De casta le viene al galgo.

-No le dé usted alas, Liberto, que va a estallar de arrogancia.

-¿Arrogancia?

Realismo, diría yo. ¿No le dice nada

el premio que me han dado? -Es más,

yo me siento orgulloso, pero no quiero que empañes tu premio

con la soberbia.

-Lo que le molesta es que equivocó su juicio

sobre mi capacidad de inventar y sobre este invento en concreto.

-Y bien que lo reconozco.

Aunque yo solo pretendía que tuvieras los pies en el suelo.

Sea como sea,

la gloria es tuya.

Has demostrado tener más visión de futuro y más capacidad

de ver el negocio que yo mismo. -¿Ve?

Esa ecuanimidad es lo que le da a usted nariz para las iniciativas.

Tiene todavía mucho que ganar.

-Lo que no quita es que,

por pura ley de vida, este siglo sea mucho más incomprensible para mí

que el anterior. -No diga eso, padre,

nuestros campos son distintos, pero usted sigue siendo un hacha

en lo suyo. -Hacha o no hacha,

todavía me puedo permitir el lujo

de darte algunos consejillos.

Antonio, en los negocios se alternan los éxitos y los fracasos

y hay que saber convivir con ellos, no se puede ganar siempre.

-Escúchale, Antoñito, es la voz de la razón y la experiencia.

-Alardear del futuro es mera vanidad.

Sigue, céntrate, esfuérzate y no cejes,

pero tampoco lo evites.

-Descuide, padre, que en esta vida soy de todo menos vanidoso.

-(TOSE)

Se me...

-Damas y caballeros, no voy a decir que mi invento fue una revelación,

porque detrás del limpia lunas mecánico

se esconde muchísimo trabajo y tesón.

Yo puse todo mi cerebro al servicio de una idea, y tengo testigos

que pueden confirmar lo vertiginoso que fue el proceso

hasta alcanzar el diseño. Porque, señores,

las ideas hay que ponerlas en papel, en planos.

Pero yo no estoy aquí solo para hablar de mi invento,

quiero hablar de futuro.

Que mi limpia lunas es un prodigio, sí, pero es tan solo

uno de tantos inventos que bullen en mi mente.

-¿Más? ¿"Cuálos"?

Perdonen, señores, que aquí son ustedes los que curiosean,

que una no es nadie. -No, no, no, no, no, te equivocas,

sí que es alguien. Esta señorita es mi prometida,

y siempre ha estado apoyándome.

-Ya, pero todo el mérito es suyo, que una lo máximo que ha inventado

ha sido echarle anisete a los mantecados de Cabrahigo.

-(RÍEN)

-Es la modestia personificada.

Además, tiene mucho salero y gracejo.

Pero, por favor, cuenta, cuenta cómo fue el accidente

que dio origen a todo. -¿Yo?

-Sí, sí, porque tú estabas allí

y podrás decirles que, incluso en las situaciones cotidianas,

mi mente se dispara.

-Yo iba "adormilá", medio traspuesta, y...

llovía, va que si llovía, va,

más que el día del juicio final. -El diluvio universal, más bien,

yo diría, pero sigue, mujer,

y con detalles, que no te van a morder.

-El caso es que...

llovía y, como se dice en mi pueblo, caían chuzos de punta, y...

Eso, que yo...

Llovía, íbamos en el auto, tacatá, tacatá,

tacatá, tacatá... ¿Van a escribir todo lo que yo diga?

Porque no soy un gobernador o un obispo, que no...

-Sigo yo, cariño, gracias.

El caso es que estaba diluviando y la lluvia dificultaba la visión.

Y es en esos momentos cuando se vislumbra el talento,

porque yo tenía un problema delante y lo convertí en solución.

Mi invento va a salvar más vidas que el arca de Noé, y lo siento,

pero no, no es una exageración. Muchas gracias.

-Buenos días, don Samuel. -Buenos días.

-Tenía ganas de echarle a usted un ojo.

Aunque ya me han dicho que se pasa los días acompañando a su sobrino.

Y eso es de admirar, claro. ¿Cómo se encuentra la criatura?

Aunque algo me dice

que si no sigue usted a su vera, es que mejora, ¿me equivoco?

-Por eso me encuentran ustedes aquí. He venido a dar las gracias.

Aunque los médicos no saben por qué, casi como por milagro

Moisés se está recuperando. -No sabe lo mucho que me alegro.

-Es la mejor noticia

que me podía dar esta mañana.

-Aún no está fuera de peligro, pero el médico

nos da buenas perspectivas. Hemos estado muy apurados.

Un sacerdote le tuvo que administrar un bautismo de necesidad.

-Tengo entendido que entonces tendrán ustedes que bautizarlo

en una parroquia lo antes posible. -Derecho eclesiástico,

la ratificación del sacramento cuando este es oficiado

por motivo de urgencia.

-Ya lo he hablado con nuestro párroco,

si el muchachito sigue con la mejoría, esta misma semana

le llevaremos a la pila.

-¿Harán ustedes convite?

-Lucía, no es el momento.

-No, sí, sí que lo es.

Nos gustaría recibir a amigos y vecinos en casa tras la ceremonia.

-Así podrán celebrar la entrada del nuevo cristiano a la iglesia

y al mismo tiempo su recuperación. Será una fiesta muy bonita y alegre.

-Eso espero. -Que todo haya sido para bien.

Salude a Blanca y Diego de mi parte, aunque trataré de pasarme

por el hospital. -Entonces, su hermano

y su cuñada seguirán cuidando del pequeño,

¿verdad? -Claro,

no hay quien los separe de la cuna, como es lógico y natural.

-Claro que sí. Y necesitará a alguien

que le eche una mano para los preparativos del bautizo.

-Bueno, sí, no lo había pensado. -Pues aquí tiene una ayudante

de protocolo y camarlengo. Aunque esté mal decirlo,

tengo talento para organizar saraos. Cuente conmigo, si quiere.

-Se lo agradezco sinceramente, jamás he dispuesto una recepción.

-Pierda cuidado, saldrá de rechupete.

-Ahora tengo que irme.

Con Dios. -Con Dios.

-Con Dios. -Gracias por acompañarme, Felipe.

Nos vemos en el almuerzo. -Un placer.

-¿Dónde va usted tan solito, caballero?

-Doctor Guillén.

Tengo entendido que en el hospital hacen cábalas sobre su ausencia.

-¿Quién es usted? -Alguien a quien conviene

tratar con cortesía y que le va a hacer unas preguntas.

Y responderá.

Lo que sé de usted me hace confiar en ello.

-Pero ¿qué diantres se cree usted que sabe sobre mí?

-Mucho.

Aunque no todo, lo confieso, por eso debo hacerle unas preguntas,

puede que incómodas.

¿Por qué ha dejado el hospital de la noche a la mañana?

-Tengo quehaceres fuera de la ciudad.

-¿Asuntos de su, digamos, segunda ocupación?

-Mire, no sé a qué se refiere,

pero ya me estoy hartando.

-Procure armarse de paciencia, no se arrepentirá.

Cuando digo "segunda ocupación", me refiero, claro está,

al trasiego de compuestos de opio, ¿se va por eso?

-Usted delira.

-No vuelva a decir algo así.

Usted sabe de sus chanchullos y yo también, ¿quién más?

-¿Y a usted qué le importa?

-Serénese y piense. Tal vez yo no sea

un castigo del cielo,

al menos todavía,

quizá pueda incluso ayudarle. ¿Sabe alguien más que vende usted

derivados del opio?

-No voy a permitir que me calumnie,

pero muchísimo menos que me avasalle.

-Por el momento no voy a denunciarle,

tan solo trato de aclarar algo que me preocupa, tanto como a usted.

-Ni en años, sus preocupaciones coincidirán con las mías.

-Escúcheme, así es como yo lo veo.

Si alguien más está al tanto de su mercadillo, ese alguien

podría obligarle a hacer lo que quiera,

lo que le ordenara, como yo.

-¿De eso se trata, de chantaje?

-Quizá no le vendría mal que aliviara su conciencia

quedándome con su dinero,

pero no,

no ha tenido tanta suerte. -¿Qué es lo que quiere?

Hable de una maldita vez. -Soy una persona cercana

a los padres de Moisés. ¿Se acuerda de él?

Pues bien, sus atribulados padres

sospechan que ha habido algo extraño en su enfermedad.

¿Coincide usted?

-Yo...

Quizá les haya causado una mala impresión como doctor, pero no, no,

no hay nada de extraño en la enfermedad de ese niño.

De origen dudoso, sí, pero muchos niños enferman hoy en día

de infestaciones similares.

-¿Se ha parado a pensar en esos padres,

en su sufrimiento, en su pavor?

-Nada puedo hacer yo por ellos como doctor.

-Por si no ha llegado a conocerles bien, le diré que son buena gente,

honestos,

cabales.

Estoy por asegurarle que si llegaran a conocer la verdad,

ni siquiera le denunciarían a usted por negligencia o algo peor,

¿me entiende?

Su único interés es saber

la verdad, no para culparle a usted, no, para salvar a su hijo.

Le aseguro que no son rencorosos.

-Lo lamento muchísimo por esos padres que están sufriendo,

pero no puedo serles de utilidad.

-Samuel Alday. Puedo sentirlo en la piel.

-Si he llegado antes no ha sido con ánimo de darte una sorpresa.

-Pues lo has conseguido. Muy grata, eso sí.

-No sé si es por las ganas que tenía de verte,

pero la travesía se me ha hecho mucho más corta de lo que esperaba.

En unas pocas horas he podido coger un tren nocturno.

-¿Ganas de verme?

Tú no sabes lo que son verdaderas ganas.

Ansia, apetito, todo lo que he sentido por ti.

-Creo que puedo hacerme una idea.

-¿Y Tano?

-Pues se ha quedado un poco tristón. Se acuerda mucho de ti,

te extraña. Te manda muchos besos y recuerdos.

-Como yo a él.

Quiero que me cuentes todas sus andanzas y progresos, todo.

-Por supuesto. Tengo hasta retratos.

¿Y tú?

¿Te has llevado bien con Lucía? -Sí.

Bien,... pero ya te contaré mejor.

¿Quieres que vayamos a misa?

¿O prefieres ir a casa a echarte un rato?

-¡Doña Celia!

Bienvenida.

-Dichosos los ojos, doña Celia, ahora mismo lo estaba diciendo,

que el barrio no es lo mismo sin usted.

No peor, quizá más triste.

-Servando, por favor, deja la coba. -Lo cierto es que

sí hemos hablado sobre cuándo estaba previsto

su regreso, señora. Bienvenida. -Muchas gracias.

Yo también he echado a faltar estas calles.

-Iré a avisar a mi señor, bueno, a mis señores.

También ellos han preguntado a menudo por usted.

-¿Y qué le voy a decir yo?

Me alegro más de su vuelta, que cuando dan el pregón en Cabrahigo.

-¿Te ha hecho trabajar mucho, el abogado?

-No, que ya he tenido yo mis mañas "pa" tenerlo siempre contento.

-Vaya dos. Lolita, acércate al despacho

del marqués de Viana y disculpa mi retraso.

Se harán cargo.

-Y si no lo hacen ellos, lo hago yo. Doña Celia,

que estoy muy contenta de tenerla de nuevo en casa.

Más feliz que los cerdos en un charco de barro.

-¿Y tú qué, chaval? Venga, hombre,

que apenas son unos tramos de escalera y no es muy empinada.

Te echo una mano, venga.

-La verdad es que me va a costar acostumbrarme a volver

a vivir sin Tano.

Pero me hace feliz estar de nuevo en casa.

-Y yo procuraré que esa felicidad vaya al alza.

-Ahora que hablas de alzas, como si fueras un banquero,

he hecho algunos progresos con los tintes.

Ya te contaré.

-Doña Celia, bienvenida. -Gracias.

-Me he acordado mucho de usted, me alegro mucho de su vuelta.

-Muy amable.

Hablaremos pronto. -Don Felipe, haga un esfuerzo

de no chafarme las novedades, deje que le cuente yo algo a doña Celia.

-Con Dios. -Hasta luego.

-De modo que, a través del tabique de aquella pensión,

oigo que el tipo dice, con toda su pachorra: "Matilde,

que arden las cortinas". -(RÍEN)

Y Matilde sin respuesta. Y otra vez el gachó:

"Las cortinas, Matilde, que arden".

¿Otro anisete, señores?

Total,

que me aspen, si allí no olía a chamusquina.

Y yo, temiendo que fuese un incendio de verdad, salto de la cama

y corro a la habitación de al lado. ¿Y qué ven mis ojos, señores?

Al tipo, tirado en la cama, sin mover un dedo,

viendo cómo arden las cortinas

y zarandeando a su mujer para que se levante y las apague.

Seguro que no había trabajado

en su vida, el pollo.

-(RÍEN)

-Discúlpenme un segundo, caballeros.

¿Te he dicho ya esta mañana que eres lo más bello que ha dado España

y todas las tierras que he recorrido?

-¿Es eso todo lo que tienes que decirme?

Pero ¿tú te has vuelto loco?

-¿No era eso lo que esperabas? -Vamos a ver, alma cándida,

¿crees que con decirme "bonita" me voy a lanzar a tus brazos?

-Bonita, bella, preciosa, mi alma.

-No es eso lo que quiero oír de ti. -Bueno, pues ahora seguimos,

que tengo que atender la terraza. Mi vocabulario no da para mucho más.

-Flora.

Flora.

Uy.

Por tu cara adivino que el Peña no ha dado un paso adelante.

-No, si los pasos adelante sí los da, que hasta ha venido a besarme,

pero de pedir relaciones, nada de nada, como si no fuera costumbre.

Ahora se va a enterar de con quien está tratando.

-No sé lo que es lo que estás tramando, pero ¿tiene algo que ver

con ese pasquín de ahí, que también está fuera,

que pone: "Tarde de novios"? -¿A que es una gran idea?

Es un concurso, las bases están escritas debajo.

Se trata de elegir a la mejor pareja de Acacias.

-Igual consiste en que os escojan a ti y al Peña, ¿no?

-Blanco y en botella. Tal y como lo tengo previsto,

no tendrá más remedio que pedirme que nos inscribamos en el certamen.

Y eso es como pedir relaciones, ¿no?

-No soy yo la que tiene que estar segura.

-Bueno, el caso es que le pondré en el brete de aclararse.

-Ay, Celi, no te puedes ni imaginar lo que te he necesitado

con los últimos acontecimientos que hemos tenido.

Vamos, tiene que ser una sensación parecida como la que tiene Susana

cuando le falta su confesor. -Por Dios, Trini, qué exagerada.

-No, que no exagero ni una miaja.

Tú no sabes lo que es ver cómo se van sucediendo los hechos

y no tenerte para comentarlo.

-Pues si tenías al resto de vecinas para chismorrear.

-Sí, pero no es lo mismo.

-A ver si encuentro el dichoso regalo.

-¿Para mí, me has traído un recuerdo?

-Sí, a ti y a todas.

Pero el tuyo es el que más me gusta. Bueno, eso si lo encuentro.

Aquí está.

Espero que te guste, y que Susana me perdone el intrusismo.

-Oh, muchas gracias, Celi.

(Llaman a la puerta)

¡Un tocado! Me encanta, Celia, es precioso.

Que sepas que se lo pienso restregar por los morros a la sastre.

-Es el último grito en Londres, bueno, y en toda Inglaterra.

Lo eligió Tano. -Ese muchacho es una ricura.

Además de listo, tiene buen gusto.

Si estuviera aquí, le daría un achuchón.

-Agustina ha informado de tu llegada.

Don Arturo y doña Silvia nos invitan a cenar esta noche.

-Pues estoy agotada. Bueno, ver a mis amigos me animará.

Tengo muchas ganas de darle un abrazo a Silvia.

-Cuando te fuiste todavía estaba secuestrada.

-Y buena angustia que llevaba yo,

menos mal que Felipe me informó de su liberación por telegrama.

-Bueno, por lo menos Felipe te ha tenido al tanto de todo.

-De todo lo acontecido no, solo lo referente a Úrsula y los Alday.

-Bueno, y lo del coronel, ¿lo sabes?

Tuvo que ser operado de cataratas.

Fue una odisea, porque salió mal, pero se van a casar.

-Tienen todo el derecho a ser felices.

Espero que el hombre que secuestró a Silvia se pudra en el penal.

-Es lo que merecería. Veremos por lo que se decanta el tribunal.

-Pero ¿es que hay alguna duda de su fechoría?

-No, no es eso exactamente.

El problema es que ha contratado como defensor a Hermógenes Reverte,

un abogado capaz de cualquier cosa. -Don Felipe, me va a perdonar,

pero le veo preocupado con el caso,

cosa que hace que yo también me preocupe.

-Si ese hombre saliera libre, sería un grave peligro para Silvia.

-Trini tiene razón, me desvela el caso.

De hecho, tengo que darle una noticia a Silvia

y no sé si le va a gustar. -¿Es grave?

-No será agradable.

-Hola, Moisés.

Blanca, está precioso.

-Os agradezco mucho que hayáis venido,

me reconforta la visita de los amigos.

-Y, sin embargo, tú no pareces estar muy relajada.

¿Samuel está convencido que nuestro pequeñín se está recuperando bien?

-Sí, el doctor Esteve, que es quien le atiende ahora,

nos ha dado esperanzas. Muchas.

No sé, quizá demasiadas, pero yo prefiero no dejarme llevar,

aún no le han dado un diagnóstico.

-¿Qué pasó con el otro doctor? Guillén se llamaba, ¿no?

-Prefirió inhibirse del caso, como ellos dicen.

-No sé si sabe que anoche le vi hablando con Samuel Alday.

-¿Con Samuel?

Bueno, claro, no es nada extraño, se conocen, quizá hasta se aprecien.

Hemos pasado días enteros con él en el hospital.

-Estaban en el callejón de Acacias.

Y no parecían apreciarse mucho, aunque es solo una impresión.

-¿Y qué impresión es esa?

-Me da que discutían. -¿Discutían?

Pero ¿y qué motivos podían tener?

-Quizá le echaba en cara que hubiera cedido

a otro médico la sanación de Moisés, no lo sé.

Eso sí, Samuel parecía bastante ansioso por el estado del crío.

-¿No escuchó nada concreto?

-Samuel le dijo que rezara

para que el nuevo médico fuera tan competente como él.

-¿Y le... sonó a amenaza?

-No lo sé, perdone,

pero era una conversación privada y yo no quise interferir.

-Ya, hizo bien.

-Íñigo, cariño, ¿por qué no vas a buscar un poco de comida

para Blanca? A la vista está que lo necesita.

-No tardaré.

-Blanca.

Blanca, tú sueles mirarme a los ojos siempre.

¿Estás segura de que no hay nada que quieras contarme?

-No, nada.

En mi cabeza solo cabe la angustia y el ansia por que Moisés sane.

-Don Arturo Valverde, coronel en la reserva.

Arturo, él es don Javier Abascal, profesor recomendado

por el Centro Instructivo y Protector de Ciegos de la ciudad.

-Es un honor conocerle, don Arturo. -Mucho gusto, profesor.

¿Lleva mucho tiempo trabajando en ese centro?

-Claro que sí, Arturo, ya te he dicho

que el profesor tiene una acreditada experiencia

en el adiestramiento de invidentes. -Permítame.

Entiendo perfectamente las dudas y hasta reparos de don Arturo.

No es fácil, y menos en su situación,

ponerse en manos de un desconocido. -Celebro que comprenda mis temores.

-¿Temores? Prudencia, prudencia y lógica.

Solo un necio aceptaría que su calidad de vida dependiera de otro,

por muy profesor que sea, ¿eh? -Pero ¿de verdad cree usted

que la vida aún me guarda algo de bondad?

-No me cabe la menor duda. Mire, yo he trabajado, he ayudado

y he tratado a muchos ciegos. No digo que sea fácil,

pero con un poco de esfuerzo, usted podrá llevar una vida normal

prácticamente en todas las situaciones cotidianas.

-¿Les apetece un café?

-Sí, gracias, Silvia.

-Con permiso. -Siéntese.

-Muchas gracias.

-¿Y qué podría enseñarme para dominar esa cotidianeidad?

-Lo primero que pretendo es que usted confíe en mí,

por eso no voy a pedirle nada de fe, simplemente paciencia.

-Ya tiene toda mi atención y la poca paciencia

que soy capaz de atesorar. -Pues bien, mi certidumbre

en sus progresos está determinada por un dato científico.

Los ciegos totales, y en menor medida los parciales,

desarrollan muy rápidamente el resto de sus sentidos.

-Sí, ya he notado que mi oído se está agudizando.

-Es porque nuestro ser nos exige controlar nuestro entorno

y, si no podemos hacerlo con la vista, lo haremos con el oído,

el gusto, el tacto o el olfato.

-Sí, también, desde hace poco,

distingo inflexiones en la voz de los demás, que me permiten

hacerme una idea sobre su estado de ánimo.

-Eso es, algo que antes confiaba a la vista,

ahora se lo proporciona el sonido. Las inflexiones.

Don Arturo, creo que nos vamos a entender.

-También mis dudas se van disipando.

-Juntos conseguiremos que su oído,

sus manos, su nariz y hasta su lengua

sustituyan a los ojos que ha perdido.

-Por el momento.

El doctor todavía tiene esperanzas en su recuperación.

-Y estaremos atentos por si se produce esa mejoría.

Atentos, pero sin dejar de trabajar, de aprender.

-Dígame con sinceridad y confianza, ¿seré capaz de manejarme

sin ese bastón patético? -Siempre se ha negado a utilizarlo.

-Mal hecho, cuando se haga a él, el bastón llegará a ser

una prolongación de usted. Le permitirá sentirse

mucho más seguro con las distancias y obstáculos.

-Pero sería una condena eterna. -No tiene por qué.

A lo mejor, con un poco de suerte, usted podría llegar a ser tan hábil

como para prescindir del artilugio. Ahora, yo, en los inicios,

lo recomiendo con insistencia. -Mi vecino, el señor Palacios,

no hubiera encontrado un profesor mejor que usted.

Le daré las gracias por ayudarme a buscar a un instructor,

pero le diré que ya tengo al mejor: usted, don Javier Abascal.

-Muchas gracias, coronel.

Será usted un gran alumno. Algo me dice

que progresaremos con rapidez.

-Y, dígame, profesor,

¿conoce usted al doctor Taronjí? -Todo lo que he oído sobre él

es bueno, así que si lo dice él,

tal vez ustedes puedan prescindir de mí antes de lo que esperan.

-Pero... ¿no viene don Javier recomendado por Taronjí?

-Te dije que le preguntaría por alguien que nos ayudara,

pero el destino puso a don Javier en nuestro camino.

-En el Centro Instructivo y Protector de Ciegos.

-Así es, nos conocimos por casualidad, pero enseguida intuí

que era la persona que necesitábamos.

-Bien, casualidad o no, celebro el encuentro.

-Muy bien, don Arturo, ¿cuándo quiere

que nos pongamos manos a la obra? -Lo antes posible, mañana mismo.

-Muy bien.

-Ahí lo tienes, Trini, ni corto ni perezoso,

se reúne en la chocolatería delante de unos periodistas

para camelárselos con su invento. -Templa, querido.

El muchacho es joven, Ramón, y es normal que le guste presumir.

Además, a mí tampoco me parece tan indignante un poco de fanfarroneo.

-Ya, pero si cae o le hacen bajar del pedestal, ¿qué?

-Se llevará un buen revolcón, como nos ha pasado a todos.

-Él no está preparado para un buen revolcón.

No es un hombre de negocios avezado,

pero si ni siquiera es un hombre maduro.

-Ramón, querido, deja al muchacho que disfrute

de su momento de gloria, ya habrá tiempo de sobra

para bajarle del pedestal.

Además, ¿y si el muchacho tiene éxito con el dichoso invento?

-Si tiene éxito con el invento, yo seré el primero en alegrarme, Trini.

Además, estaría dispuesto a financiar su proyecto con fondos,

pero si sale mal ¿qué?

-Si sale mal, se le consuela y a otra cosa, mariposa.

-Tú lo ves todo muy fácil.

Y, mientras tanto, abandona el negocio familiar, y eso sí que no,

porque me prometió que continuaría manteniendo un empleo estable.

-Ramón, querido, eso todavía no ha pasado,

así que no llames a arrebato. -Yo llamo a lo que quiero, Trini.

Antoñito ha pospuesto

una importante reunión de negocios con clientes de las máquinas de café

para ponerse delante de unos plumillas.

-Señor, Cesáreo está aquí.

-Dile que pase, Fabiana.

-Con su permiso.

¿Me había llamado, don Ramón?

-Sí. No te voy a entretener, sé que estás a punto

de empezar tu ronda nocturna.

-Si me necesita, no hay prisa. -Me han comentado

que estuviste presente

en la reunión que tuvo mi hijo delante de unos reporteros

donde fanfarroneaba sobre su invento.

-Estaba en mi tiempo de descanso, nada se me puede achacar.

-Sí, sí, Cesáreo, por favor, no es eso, de nada se te acusa.

-Bueno, permítanme darles mi enhorabuena.

Aunque un poco jactancioso, tiene talento, el muchacho.

Ese limpia lunas dará que hablar,

de eso parece estar seguro.

-¿Comentó algo sobre su dedicación a la producción industrial

de ese artefacto? -¿Algo?

Lo dijo todo. Y cuando un gacetillero

le preguntó si él se iba a encargar de la producción, dijo que claro,

que le dedicaría cuerpo y alma a ese limpia lunas.

-¿Lo ves, Trini, lo ves?

Abandona el negocio familiar, abandona las máquinas de café,

la casa sin barrer. Una vez más, me ha engañado,

y eso que me prometió que seguiría conmigo.

Ya te puedes marchar, Cesáreo. -Gracias.

-Encantados de aceptar, don Arturo, cómo no.

-Agradecido, en nombre de la bella novia y en el mío propio.

Brindemos por ello.

Por los padrinos de la boda. -Por los padrinos.

-Por los padrinos.

-¿Pasamos a la mesa, amigos?

-Me siento muy contenta,

aunque no oculto que me preocupaba usted, don Arturo.

Sin embargo, al ver cómo se desenvuelve, mis temores se disipan

y no puedo hacer otra cosa que felicitarle

por cómo está superando su infortunio.

-Estoy mucho más tranquilo.

Y todo gracias a Silvia y a Agustina.

Sin nuestra criada, no habría aprendido ni a dar un paso,

sería como una criatura de año y medio.

-Y ahora vamos a hacer más metódico el aprendizaje.

Hemos contratado un profesor experto.

-Sí, don Javier Abascal. Me ha causado muy buena impresión.

Dice que en un tiempo podré manejarme tanto en casa como fuera

con total soltura. -No sabe cuánto me alegra.

Lo conseguirá usted, ya lo verá.

-Felipe, le noto serio. ¿Ha ocurrido algo?

-Ser transparente en mi profesión no es muy bueno.

Espero que me pase solo estando entre amigos.

Tengo que decirle algo.

-Blasco. -He hablado con el fiscal.

Quiere que comparezca en el juicio.

Considera imprescindible su testimonio.

-Silvia, no tienes por qué hacerlo. Encontrarán la forma de condenarle

sin que tengas que verte frente a frente.

-Es posible, pero no aseguro esa condena sin su ayuda.

-Acudiré, no lo dude.

No será plato de buen gusto volver a verle el rostro a ese hombre

y revivir los sucesos, pero lo haré con tal de verle encerrado.

¿Cuándo es el juicio?

-Dentro de dos días. -Dígale al fiscal

que cuente conmigo, pero que antes me gustaría hablar con él.

-Seguro que no habrá inconveniente.

(Puerta)

-¿Quién anda ahí?

(Pasos)

Me has dado un susto de muerte,

¿por qué no has avisado que venías?

-No ha habido tiempo, necesito echar un vistazo.

-¿A qué? -Avísame si viniera Samuel.

-Pero ¿qué estás buscando?

-Acabo de hablar con Riera, me ha contado que presionó a Guillén

y que este no soltó palabra,...

pero aun así, Riera cree que oculta algo y que tiene una relación

con Samuel. -No sería de extrañar.

Moisés parece mejorar desde que se fue.

-Blanca, eso no es un motivo. Moisés podría estar recuperándose

por su propia naturaleza, por su fuerza,

por la vida que tiene dentro.

-Hay otro dato, Diego.

(Llaman a la puerta)

Íñigo vio como Samuel se enfrentaba al doctor en el callejón.

¿Qué motivos podría tener para hacerlo a nuestras espaldas?

-Si no nos lo ha contado, es porque son motivos sucios.

(Pasos)

-Señores, tienen visita.

-Doctor Guillén.

-No tienes por qué preocuparte, solo trato de salvar a Moisés.

Mejor que no sepas más por el momento.

Samuel podría tratar de sonsacarte.

No debe saber que he estado en su despacho.

Vamos, ni en su despacho ni en su casa.

-¿Qué temes de don Samuel?

Si estás ayudando a Moisés, también le estás ayudando a él.

-Lo sabía.

(Se abre una puerta)

-Viene alguien, creo que es Samuel.

(Se cierra una puerta)

-Ah, buenas noches, Carmen.

¿Me traes un café al despacho? -Sí, claro, señor.

Aunque creo que... el café se terminó en el desayuno.

-Has tenido todo el día para reponerlo.

Disculpa, Carmen, estoy muy cansado y un poco nervioso.

Creo que esta noche no iré a trabajar.

Necesito asearme.

-Continúe.

-Don Samuel ha estado amenazándome,

ya le digo, pero he decidido enfrentarle.

Quizá no como haría un hombre valiente, cara a cara,

pero sí hacerle frente con la verdad.

-¿Qué verdad? ¿Qué tapan ustedes?

-Samuel provocó la enfermedad de su hijo, señora.

-Dice: "Estimado míster Palacios, stop".

Míster es señor. -Sí, eso lo sé.

-"Me dispongo a viajar a Europa en los próximos días, stop".

"He decidido abrir mi viaje con una visita a España

para negociar la compra de su patente, stop".

"No negocie con nadie más antes de escucharme,

estoy dispuesto a hacerle una generosa oferta".

"Firmado, Jonathan Welles".

-¿Y quién es ese Jonathan Welles? -Uno de los mayores fabricantes

de automóviles.

-Concurso de novios.

-Ya, pero es que solo te puedes presentar tú.

-Ah, bueno,

y una que yo me sé.

-Ande, calle, no diga usted eso.

Que no, que no. Que lo mío no es novio, hombre.

Si a nuestra edad eso ya ni se menciona.

No, amigo y basta.

-Pues piénseselo, porque el primer premio es una tarta de tres kilos.

-Me cambiaré en casa de los Álvarez Hermoso el día de nuestra boda.

Ya sabes que el novio no puede ver el vestido.

-Silvia, no podría verte ni aunque te mirara de frente.

-Eso nunca se sabe, tal vez con el colirio del doctor...

-Tal vez la vea con el vestido.

La buena noticia es que, si no la ve, escuchará su voz,

olerá su perfume, acariciará su rostro.

-Veo que todo va bien.

Será mejor que me marche y les deje seguir con su clase.

-Sí, será mejor. Hablaremos luego, doña Silvia.

-Ay, Dios mío. -¿Qué, qué, te gusta?

-Pero esto es una locura, esto no puede ser "pa" mí.

-No, no, no, es para mi tía.

-¿Es de...? -Sí, sí, oro blanco,

y piedras preciosas, pocas, pero... Yo creo que es ideal

para que te lo pongas esta tarde y me acompañes al Ateneo.

-¿Al Ateneo? ¿Y qué se me ha perdido allí?

-Que han invitado a tu prometido y le gustaría que le acompañaras.

-¿Yo? -No, mi tía.

-El juicio de Blasco, no me deja dormir.

-No me extraña, con lo mal que lo ha pasado por su culpa.

-Ninguna mujer debería estar tranquila

mientras hombres como esos no estén encerrados, y bien lejos,

en un penal de África.

-Mire que me he encontrado con facinerosos de peor calaña

pero este es el que más me perturba.

-Ay, Silvia.

Las responsabilidades de la vida.

-Iremos a importantes eventos, nos codearemos

con lo mejorcito de la sociedad.

-Mira, me voy a poner el mandil y la cofia, que por ahora es lo que toca.

Ten.

-Lolita.

¿Ya de vuelta? -Sí.

Limpio y aireo el vestido de la señorita María Luisa

y se lo devuelvo, doña Trini. -Que no, que el vestido es para ti.

-Es que no sé si voy a tardar un tiempo en vestirme otra vez

de pitiminí. Muchas gracias.

-Antoñito, ella se sintió poco querida.

-¿Eso se lo ha dicho ella?

-No hace falta. Eso se ve.

-La gente venía continuamente a darme la enhorabuena,

no podía estar pendiente de todo.

-Pero es que no tienes que estar pendiente de todo,

tienes que estar pendiente de Lolita.

La muchacha te quiere con locura, no hagas que se arrepienta.

-Esa muchacha siempre saca una estúpida costumbre de Cabrahigo

y lo arruina todo.

-Vaya. Lo dices como si hubieras dejado de quererla.

-"Han sido días muy duros".

Afortunadamente, van quedando atrás.

Ahora lo que todos queremos es acudir a ese bautismo

en la iglesia de Acacias...

rodeados por nuestros vecinos y por nuestros amigos.

-¿Y quiénes van a ser los padrinos?

-El padrino, como todos os podéis imaginar, será mi hermano Samuel,

para eso es el tío del niño.

Blanca ha dado buena muestra de dominio de sí misma.

-Hay que seguir así.

-¿Ha examinado los papeles de Guillén?

-Sí, no he descubierto nada nuevo. Tan solo las pruebas documentales

de que el doctor estaba implicado

en el tráfico de opiáceos.

-Eso es lo que le permitía a mi hermano chantajearlo.

-Ahora está más claro que nunca, pero no debemos fiarnos.

-¿A qué se refiere?

-Guillén ya no está en el hospital,

y Samuel sigue sabiendo todo lo que ocurre.

-Me vengaré de él.

-Diego, no hagas locuras.

-Muchos me lo han advertido, el último, Riera.

Y yo no les hice caso, no me lo podía creer.

Blanca, me...

siento responsable de lo que le podría haber pasado a Moisés.

Voy a impedir que Samuel pueda volver a hacerle daño.

Te lo juro.

-Su té, señorita Lucía. -Gracias, Carmen.

-Carmen,

¿quién ha estado en este despacho?

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Acacias 38 - Capítulo 811

24 jul 2018

Samuel se dispone a matar al doctor Guillen, pero Íñigo le interrumpe. El doctor termina confesando a Diego y Blanca que fue Samuel quien provocó la enfermedad de Moisés. Silvia contrata a Javier, profesor de invidentes para que ayude a Arturo en su adaptación. Felipe llega con malas noticias, parece que Blasco será puesto en libertad, Silvia tendrá que declarar en el juicio. Antoñito ajeno a los consejos de su padre, se pavonea de lo rico y famoso. Ramón se indigna al enterarse de que su hijo ha dejado de lado su trabajo de las cafeteras. Lucía vuelve al barrio.

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