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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 805 - ver ahora
Transcripción completa

-En estos documentos queda constancia de la división

de la fortuna Alday.

Yo mismo los he redactado

con mi puño y letra.

-Mira esta jota, por ejemplo,

o la ese.

Son idénticas.

Estaba convencido que Úrsula había falsificado estas cartas.

¿Crees que es posible que estas cartas,

supuestamente de mi padre, las escribía Samuel?

-"Ha llegado el día".

Me lo juego todo en ese juicio.

Toda mi vida se decidirá mañana.

-Y tiene que controlar los nervios.

-Don Arturo

podría sufrir una crisis cardiovascular

producida por el exceso de anestesia,

riesgo que se agrava

dada la edad del paciente

y de ciertos datos que hemos detectado

en las pruebas preoperatorias.

-"Estoy muy nervioso"

y no me dejáis terminar el invento. He dormido una hora.

-Invento, tu invento, el invento, estoy hasta las narices

de tu invento.

-A lo mejor ese es el problema, que deberías apoyarme un poquito más.

-Es que no sé si te lo mereces.

-"¿Qué tal lleva tu madre vuestro noviazgo?".

-Necesita un poco de tiempo para encajarlo,

pero se acostumbrará.

-No le queda otra. -(RÍEN)

-¿Qué ocurre?

-La ha traído un mozo, es para don Diego.

-"No me importa estar en esta celda",

porque aquí he encontrado algo que no tenía fuera.

-¿Qué?

-El amor.

Aquí he pasado los peores momentos de mi vida,

y los he superado porque te tenía a ti.

-"Doctor, ¿cómo ha ido?".

-La operación iba bien, pero... ha surgido una complicación.

-"¿Qué ha descubierto?".

-Quiero que sepan que no les va a gustar oírlo.

-Riera,

hable ya, se lo ruego.

-Se trata de Samuel.

-No puedo imaginar qué tiene que decirnos sobre Samuel.

Confiamos en él.

Usted mismo sabe que lleva tiempo de nuestra parte.

Sin él, no hubiésemos podido derrotar a mi madre.

-Soy consciente de eso.

Lo que dudo es que sus intenciones fueran tan nobles como creían.

-¿No vas a decir nada?

-No me atrevería a hablar así si tuviera alguna duda.

Lo que voy a decirles, Muñiz me lo contó con la confianza

de creerme su amigo. Estoy seguro de que no mentía.

-¿Qué fue lo que le dijo?

-Samuel organizó el asalto al carruaje

cuando trataban de huir de la ciudad.

-Pero ¿ha perdido el oremus?

¿Cómo se atreve a afirmar semejante barbaridad?

-Ese hombre le mintió, tuvo que hacerlo.

-Déjale hablar.

Riera, ¿qué le contó ese tal Muñiz?

(Sintonía de "Acacias 38")

-A ver, doctor, por favor, explíquese, ¿qué ha ido mal?

-¿El señor está bien? -Sí.

Tan solo hemos tenido que interrumpir la cirugía

para evitar correr riesgos.

-¿No ha terminado la operación?

-La anestesia no estaba actuando como debiera.

Si continuábamos operando,

podríamos haber perdido al paciente.

-¿Y dónde está él ahora? -Despertando de la anestesia

en una sala. -¿No lo van a traer a la habitación?

-No, no, es conveniente que pase la noche allí, bajo vigilancia.

Si todo marcha como debe ser, mañana lo trasladaremos a la habitación,

y entonces podrán verle. -Si he entendido bien,

si no ha terminado la operación, no ha podido extraerle las cataratas.

-Lamentablemente, solo he podido hacerlo de una manera parcial.

-Entonces,...

¿Arturo no va a volver a ver?

-Aún es pronto para decirlo.

Con un poco de fortuna, creo que recuperará algo de vista,

especialmente en uno de sus ojos,

donde hemos podido trabajar más tiempo.

-Bueno, lo importante es que él está bien,

fuera de peligro. -Sí.

Permítanme, eso sí, una recomendación.

Cuando le vean, no le digan que la operación

no ha resultado del todo satisfactoria.

La experiencia nos ha mostrado que en estos casos

existe un factor psicológico.

Si el paciente cree que no volverá a ver,

es posible que no lo logre nunca.

-"Riera",

aquí nadie puede escucharnos, hable ya.

-Muñiz me confirmó que desde hace años

desvalijaba los carruajes siguiendo la misma técnica.

Aparecía en mitad de un camino, acompañado por un joven

que fingía ser su hijo o su sobrino y estar herido.

-Y así lograba

que el carruaje se detuviese.

-El coche se paraba para socorrerles, entonces sus compinches

aparecían para desvalijarles.

-Así fue como sucedió.

-Por favor, ayuda.

-¿Qué le ocurre? -Es mi hijo,

ha tenido un accidente en el campo, tiene la pierna rota.

-Se aprovechaban así de la buena voluntad de sus víctimas.

-Yo logré desarmarle...

cuando mostró sus verdaderas intenciones.

-Pero entonces aparecieron otros hombres.

-No.

-Bueno, parece que estamos en igualdad de condiciones.

-Mejor mira hacia atrás.

-Maldito Muñiz.

Lo tenía todo planeado.

-Se equivoca, Diego.

En esta ocasión, no fue Muñiz el que planeó el golpe,

sino uno de los bandidos que le acompañaban.

Uno... que tenía buen cuidado de que el pañuelo

con el que se ocultaba no descubriera su rostro.

-¡Quítale las manos de encima!

-¡No le hagáis daño!

Os lo habéis quedado todo.

-¡No!

¡No, no lo hagáis! No lo hagáis, por favor.

-¿Fue mi hermano?

¿Él me arrojó por el precipicio?

-No iban tras su parné. El robo fue solo una tapadera.

Buscaban su muerte, Diego.

-¿Vamos a por la mujer?

-Yo me encargo de ella.

Podéis quedaros con las joyas y el dinero.

-No puede ser.

No puede ser, Samuel...

nos ha estado engañando todo este tiempo.

-Samuel nos mintió.

Samuel nos dejó que marcháramos para luego seguirnos él.

-Dame mis ropas.

-Encuentre a mi hermano,...

pero no le haga nada.

Deje que sea yo quien se encargue.

Ha ido a visitar a unos clientes de la firma, familia Vásquez,

en la calle del Olmo número tres.

-Descuide, le buscaré allí.

-Márchese, Agustina, yo dormiré aquí.

-¿Por qué no viene a casa conmigo?

Es de suponer que estará cansada y ya ha oído al médico,

hasta mañana no traerán al señor a la habitación.

-¿Y si sucede algún imprevisto?

Yo no me quedo tranquila alejándome del hospital.

-Entonces, deje que sea una servidora la que pasa aquí la noche.

Le daré aviso si sucede algo.

-Se lo agradezco, Agustina,

pero prefiero ser yo la que se quede.

Agustina, aguarde un momento,

me gustaría pedirle algo.

Cuando Arturo esté mañana con nosotras, por favor,

trate de disimular su preocupación por su estado.

-No me será sencillo.

-Lo comprendo.

Ambas deseábamos que la operación hubiera salido mejor,

pero ya ha escuchado lo que ha dicho el doctor.

Si Arturo nota que algo ha ido mal, no se recuperará nunca.

-Le prometo que lo intentaré.

Quiera Dios que ese buen médico tenga razón y el señor vuelva a ver,

aunque solo sea un poco.

No se merece un golpe semejante.

-Con Dios, Agustina, con Dios.

-Mi propio hermano, Blanca.

¿Cómo ha sido capaz?

-¿Carmen? -Eso parece.

¿Por qué no está junto a Moisés? -¡Carmen!

Aguarda.

¿Qué estás haciendo aquí? ¿Y Moisés?

-Descuiden, que el niño está bien acompañado.

Su tío se quedó al cargo y me dijo que podía marcharme.

-No. Ay, Dios mío.

-Eh.

No tan deprisa, hermana, no nos dejes fuera.

-¿No habrás visto por aquí a Diego y a Blanca?

-Nones.

Bueno, ni a ellos ni a prácticamente nadie.

Esta noche apenas he tenido clientes.

Pero ¿no deberían haber estado en la cena con vosotros?

-Sí, sí, así es, pero tuvieron que marcharse de improviso.

Estoy inquieta por ellos.

-Lamento no servirte de más ayuda.

-Flora, ¿por qué no te vas a descansar?

Ya me encargaré yo de limpiar y de recogerlo todo.

-Te lo agradezco, pero prefiero quedarme.

En la pensión no haré más que darle vueltas a la mollera

hasta volverme loca.

-Durante la reunión, pudimos hablar con don Felipe sobre el juicio.

-¿Qué te ha dicho? -Se mostraba

relativamente optimista. Si todo sale como debe,

tiene esperanzas de conseguir la absolución.

-Tú lo has dicho, Leonor, si todo sale como debe.

Pero ¿cuándo hemos tenido fortuna el Peña o yo?

¿Por qué iban a cambiar ahora las cosas?

-No digas eso. -¿Acaso no es cierto?

Mañana, al juez le va a dar igual lo que testifiqué el Peña

o lo que diga el abogado.

Tengo un pálpito de que ya ha escrito su sentencia de muerte.

-Flora, no pierdas la esperanza, mujer.

Yo no te voy a dejar sola. Estaré contigo a tu lado

todo el juicio, cogiéndote la mano.

Que ya ha llegado la hora de que la fortuna te sonría, por fin.

Anda, ven.

-¡Samuel! -¡Moisés!

Moisés.

-Voy a ver los cuartos.

-¡Moisés!

Otra vez no.

¡Otra vez no!

(LLORA)

-¡Maldito Samuel!

Blanca,...

Blanca, no hay rastro de ellos. Mi amor, Samuel se lo ha llevado.

-¿Dónde? -No lo sé.

-¿Adónde se ha llevado a mi hijo? -Ven.

Ven, vamos.

-No puede ser.

No puede ser verdad otra vez.

Nos han robado a nuestro hijo.

Diego, ¿cómo puede ser tan cruel? ¿Cómo?

-Mírame.

Samuel no se saldrá con la suya. Recuperaremos a Moisés,

te lo juro. ¿Sí?

Maldito Samuel.

Maldito Samuel.

¡Maldito Samuel!

(Campanadas)

-Dudoso porvenir tiene La Deliciosa con esos dos hermanos.

Estoy segura que acabarán

arruinando su buen nombre.

Eso si no acaban dando con sus huesos en la cárcel, como el Peña.

-Mujer, tampoco es eso.

-Tú hazme caso, si quieres bien a tu hija,

haz que se separe de Íñigo.

-Es normal que mi hija quiera rehacer su vida, Susana.

Sufrió mucho cuando perdió a Pablo, es joven.

-Tienes razón, pero no ha podido encontrar peor pretendiente.

-Para mí tampoco Íñigo, si es así como debemos llamarle,

es santo de mi devoción, pero ya conoces a mi hija,

basta que yo diga blanco para que ella quiera negro.

-Buenos días tengan mis dos mujeres favoritas.

-Qué dichoso te veo, sobrino.

-Me sobran los motivos.

La periodista que me entrevistó para "El Bazar Ilustrado"

ha contactado conmigo. -¿Y santo de qué,

si puede saberse?

-Al parecer, el reportaje ha sido todo un éxito

y está considerando hacerme una nueva entrevista más en profundidad

con una nueva sesión fotográfica.

Y ahora viene lo mejor de todo,

en esta ocasión, uno de los retratos saldrá en la portada.

-Ah.

-¿Qué pasa, no te alegras, querida? -Sí, claro.

Estoy como unas castañuelas. (RÍE)

-Estoy muy orgullosa de ti.

Tendré que hacerte un espacio más grande en la pared de la sastrería.

-Pues eso parece, sí. Voy a ver a don Felipe

para desearle suerte en el juicio y contárselo a todo el mundo.

-Sí.

-Ándate con ojo, Rosina.

Esa supuesta periodista es una pelandusca.

Está más claro que el agua que quiere guerra con Liberto.

-¿Ha encontrado algo? -Nada.

Nada que nos permita deducir dónde se ha podido marchar mi hermano.

¿Y usted?

Llevamos toda la noche dando tumbos

tras su rastro, desquiciados, y no hemos logrado nada.

-Tan solo sabemos que les mintió. Nunca fue a ver a ese cliente.

-¿Qué ha podido hacer con mi hijo?

Blanca piensa que quizás se ha marchado a la ciudad,

y yo no me atrevo ni a considerarlo.

-No creo que haya sido así, sus ropas están en casa,

no se ha llevado nada.

No debe haberse escondido muy lejos. -Maldito sea.

Ha sabido interpretar su papel

a la perfección ayudándonos a encontrar a Moisés,

enfrentándose a Úrsula hasta encerrarla en ese sanatorio.

-Tan solo trataba de ganarse su confianza y, de paso,

librarse de un molesto contrincante.

-Riera,...

¿en qué momento rompería su relación con Úrsula y pasaron a ser enemigos?

-Es difícil de responder.

En su camino debieron enfrentarse el uno con el otro.

-Sí. Sí, pero...

quizá estuvieran lo suficientemente unidos

como para que Úrsula sepa algo sobre sus planes.

-Es cierto, no lo había pensado.

No perdemos nada con ir a verla al sanatorio y tratar de sonsacarla.

-Aunque así fuera, no creo que a mí me dijese nada.

-Iré yo.

Seguro que se alegra de verme.

-Se lo agradezco.

Riera,... manténgame informado.

¿Dónde te escondes, hermano?

(Se abre una puerta)

¿Quién anda ahí?

Felipe.

-Disculpe, al bajar he visto la puerta abierta.

Como anoche se fueron de la cena sin dar explicaciones,

estaba preocupado. ¿Y Samuel, no está en casa?

-No, aún no ha llegado, ha tenido contratiempos en su viaje.

-Espero que nada grave.

-No, no se inquiete, nada grave.

No se preocupe,

sé que bastante tiene usted con lo suyo.

Sé que va camino de un juicio, le deseo suerte.

-La voy a precisar, el destino de mi cliente parece decidido,

y no es nada halagüeño.

-"Señora, le he traído unas ropas"

por si necesita usted cambiarse.

-No era necesario, Agustina, gracias.

Amor.

Qué ganas tenía de verte.

¿Cómo has pasado la noche?

-Bien, bien, he conseguido descansar,

pero no comprendo por qué continúo con el vendaje en los ojos.

Creo que he notado algún cambio de luz a través del vendaje.

¿Es posible? ¿Te ha dicho algo el doctor?

Porque yo no he hablado con él. -Deje que le acostemos, señor.

Estará más cómodo.

Agradecida.

Ya no le precisamos más. Yo me encargo de don Arturo.

-Silvia, ¿te ha dicho el doctor si ha habido algún contratiempo

en la intervención?

-No, claro que no, amor.

La cirugía se ha llevado a cabo sin percances.

El doctor está más preocupado por la anestesia

que por otra cosa. -¿Por qué sigo con los ojos tapados?

-Por precaución.

-Agustina. -¿Sí, señor?

-Vaya a buscar al doctor Taronjí, quiero hablar con él

en persona.

-Ahora mismo, señor.

-Mira, Antoñito,...

no puedes dejar de lado tu vida, y mucho menos a una servidora,

por el condenado aparatito.

-Por supuesto, lo que tú digas, mi amor.

-Pues es que te lo tenía que decir, porque si te quedas algo así dentro,

va creciendo y de la noche a la mañana, sin darte cuenta,

se te ha llenado el huerto entero y se te ha comido hasta los tomates.

-Claro. Eso es, eso es.

-Pues... me alegro de que lo comprendas.

-Comprender ¿el qué? No, es por mi invento,

que le he dado unos ajustes y yo creo que funciona.

Sí, sí, sí, sí, sí, funciona, ¡funciona!,

¡Lola, funciona! -Uy.

-¿Qué son esos gritos, Antonio, que está pasando aquí?

-Mi invento funciona, doña Trini Yo sabía que lo conseguiría.

-Pues qué bien.

-Me voy corriendo a patentarlo. Esto va a cambiar

la historia de la humanidad.

-Uy, eso sin exagerar ni una miaja, ¿eh?

-Me voy a hacer de oro. No, puedo ir ahora,

o no llegaré al juicio del Peña. Lo patento mañana.

-¿Qué me decías?

-Pues... -Ya mañana me lo dices, ¿vale?

Gracias, gracias por confiar en mí.

-Lolita, una cosa, ¿tú cómo lo aguantas?

-Con mucha paciencia, doña Trini, con mucho esfuerzo,

pero ahora

que el condenado cacharro ya funciona,

a ver si se centra.

-Tranquilo, la suerte está echada.

-Precisamente eso es lo que temo.

-Vamos, Flora, sonríele un poco más para darle ánimos.

-Si es que no puedo, Leonor,

mírale, parece un cordero camino del matadero.

-Vamos a comenzar la vista

contra Íñigo Cervera, acusado del homicidio

del súbdito británico don Naraka Shing.

-Pues ya podía haberse llamado Pepe,

porque es imposible de pronunciar.

-¿Habéis visto la mirada que se ha echado con el del gobierno?

Esto está más que amañado.

-Tiene la palabra el ministerio fiscal.

-Con la venia, señoría.

La causa no puede resultar más sencilla.

El mismo acusado, don Íñigo Cervera,

confesó ante cargos policiales,

con un testimonio firmado por él y, que obra en manos del magistrado,

que arrebató la vida del señor Singh,

apodado "El Indio", con alevosía

cuando este entró en La Deliciosa sita en la calle Acacias.

-Mala publicidad nos están haciendo.

-Como se podrá apreciar, las pruebas son concluyentes,

por lo que el ministerio fiscal no tiene dudas en solicitar

la pena de muerte como sentencia.

-Será malaje, el lechuguino.

-Ánimo, Flora, ya verás como don Felipe le hace tragar sus palabras.

-¡Yo solo trataba de defenderme! -Letrado, haga el favor

de decirle a su cliente

que debe guardar silencio mientras no sea preguntado.

-Disculpe, señoría, no volverá a ocurrir.

(Se abre una puerta)

-Vienes solo.

-En la casa no hemos encontrado ninguna pista

sobre el paradero de Samuel y Moisés.

Riera ha ido al sanatorio, quizás tu madre sepa algo.

-¿No debería ir yo a verla?

-No, Blanca, no creo que sea una buena idea.

Solo lograrías que tu madre se regodeara de tu dolor.

-Eso si es que está consciente.

¿Tanto nos odia Samuel?

-Sus actos así lo demuestran.

-¿Cómo pudo participar

en el asalto? ¿Cómo pudo ser tan frío?

¿Es ese el verdadero Samuel?

¿El que te arrojó por un barranco y te dio por muerto?

-No supimos apreciar en qué monstruo

se había convertido. Hemos tratado de negar

la evidencia.

Cuando vi la similitud de su caligrafía

con las supuestas cartas de mi padre,

yo no podía imaginar lo que eso suponía.

-Pero ahora es evidente que así era.

-Samuel y tu madre

son dos caras de la misma moneda.

Solo ellos saben por qué se han separado sus caminos.

-Moisés.

-Tuvo que ser por nuestro pequeño.

No me cabe duda que, en su enfermiza manera,

mi madre lo amaba,... pero Samuel...

Diego,...

¿y si le hace daño?

¿Y si planea vengarse de nosotros en ese inocente?

-¿Por qué estás buscando a don Samuel? No lo comprendo.

El pequeño de los Alday es hombre de ley.

Gracias a él, el mengue de Úrsula ya no puede hacer daño a nadie.

-Eso sí es cierto.

Úrsula ya es inofensiva. He estado visitándola.

Los médicos no han tardado en aplicarle duros tratamientos.

Apenas se tiene en pie, ni siquiera sabe quién es.

Se ha convertido en un pelele.

-Aunque me parezca cruel, no me da pena de ella.

Sé que hice lo correcto, trató de matarme.

No imaginas cuánto te he añorado.

Me sentía perdida sin ti. Tenía tanto miedo.

-Ya ha pasado todo. No volveré a apartarme de tu lado.

Tan solo me queda un asunto por resolver.

-Samuel.

-Si le ves, no le digas que he vuelto.

Solo dame aviso inmediatamente.

-¿Por qué? ¿Acaso vas a hacerle daño?

-Es mejor que aún no sepas determinadas cosas.

Confía en mí.

(TECLEA)

-¿Podría el acusado describir cómo se produjeron los hechos

durante la noche de autos?

O sea, la noche en la que todo sucedió.

-¿Y por qué no lo ha dicho así?

¿Le cuesta tanto hablar en cristiano?

(Golpe)

-Orden en la sala.

Que el acusado conteste a la pregunta.

(CARRASPEA)

-Eh... Aquella noche, el Indio,

o sea, el señor Singh,

llegó al barrio buscándome

y dio conmigo en La Deliciosa.

Entró amenazándome.

Y entonces apareció Flora.

-Una servidora.

-Si la señorita es incapaz de guardar silencio,

la obligaré a que abandone la sala. -Hazle caso,...

si no quieres acabar compartiendo celda con el Peña.

-Flora entró por casualidad, pero me vino que ni pintado.

La distracción me sirvió para hacerme con mi arma.

Entonces, el Indio

empezó a perseguir a Flora y yo disparé,...

pero no di en el blanco.

Entonces, Flora le propinó un sartenazo

y el hombre cayó al suelo,

inconsciente.

-Como me vuelva a mirar así, ese también se va a llevar un sartenazo

como su compatriota.

-Alarmado por el jaleo, entró en el negocio

Cesáreo, el sereno.

En ese momento, pude ver cómo el Indio se recuperaba

y, temiendo que volviese a intentar hacernos daño,

le golpeé de nuevo.

-Golpe que le arrebató la vida. -Y que mi cliente

tuvo que asestarle para defender su vida.

-¿Qué peligro podría generar un hombre aturdido

y con el sereno presente?

No, no fue un acto de defensa, sino un asesinato a sangre fría.

-Con la venia, su señoría. -Aguarde a su turno, letrado.

-Uy, mira.

Con este cacharro siempre en medio, no hay dios que se apañe.

-Yo se lo aparto, Fabiana.

-Quieta "pará", muchacha.

Que como vea Antoñito que lo tocas, te monta la de Dios es Cristo.

Si lo quiere más que a una hija.

-Que a una hija no sé, Fabiana, pero más que a su prometida,

téngalo por seguro. -Mira, aprovecho

"pa" subir al altillo en un suspiro, ¿eh?

A ver si ha vuelto Agustina y trae nuevas del coronel.

Me vigilas el guiso, ¿no?

-Ay, Lolita, que te han vencido dos palitos.

-Lolita, ¿has visto a Antoñito? -Nones.

Ha ido al juicio del Peña. -Veo que sigue enredado

con el dichoso artilugio. ¿Crees que servirá para algo?

-Sí, don Ramón, "pa" quitarle horas de sueño a su hijo

y "pa" darnos quebraderos de cabeza.

(SUSPIRA)

A ver qué tendrás tú

que no tenga yo.

¿Por qué mi Antoñito cambia rondarme a mí

por pasar las horas muertas

toqueteándote a ti?

A mí no me mires así, ¿eh?

A mí no me mires así, porque tú

no conoces a las de Cabrahígo.

¿Qué? Ahora no eres tan valiente,

¿eh, cacharrito?

Di algo, cacharrito del demonio.

(Ruido de cristales rotos)

Ay, Lolita, ay, Lolita, que la has liado bien gorda.

Antoñito me mata. Antoñito me mata.

-"Señá" Fabiana,...

¿y si ese cañón del demonio nos manda "pal" otro barrio?

-Déjate de esas "tontás", Casilda, que yo no tengo la cabeza ahora

para esas cosas.

¿Agustina ha venido ya del hospital? -Nones.

Al menos que yo sepa.

Pero, "señá" Fabiana, volviendo al asunto del cañón, mire,

que sepa usted que ya cerraron ese campo de tiro porque las balas

se escapaban y mataban a las gallinas de los corrales.

-Descuida, mastuerza, que tú de gallina tienes poco,

a pesar que no dejas de cacarear.

-"Señá" Fabiana, esto es un asunto de mucha enjundia,

no es "pa" toarlo a chanza.

Imagine usted

que una de esas balas se tuerce y cae aquí, en Acacias.

Que eso lo ha dicho el Servando.

-Mira, Casilda, que me estás alarmando con tanta insistencia.

Puede que lo que está haciendo Servando no sea tan "tontá".

-"Pa" chasco que sí.

Y nosotras deberíamos buscar un refugio,

por si las moscas.

(Silbido de proyectil)

-Ay. Escucha, escucha.

A lo lejos, a lo lejos, a lo lejos. -¡Ay, "señá" Fabiana,

que es nuestro fin!

(Golpe)

-¡Cuerpo a tierra!

-(RÍE)

-Buenas.

(RÍE)

-¿Y a usted qué le hace tanta gracia?

-Esa cara de espanto.

(RÍE)

El estruendo

que han escuchado no era un cañón, era este puchero

golpeando la puerta. ¿Qué?

Ahora no se ríen tanto de mi refugio anti cañonazos, ¿no?

(RÍE)

-(RÍE ENFADADA)

-Las ganas de burlas se le van a quitar a usted cuando le haga pagar

el susto que nos ha "dao".

-Ay.

Servando.

Servando, usted tiene que dejar que durmamos en el chiscón con usted.

-No, no, no,

no corras peligro, mastuerza, no corras peligro,

que me he acercado al Cerro de Carboneros a investigar

y, un sargento me ha informado

que van a cerrar el antiguo campo de tiro.

-¿Y el dichoso cañón?

-Ese todavía debe estar desembarcando en La Coruña,

pero no tema, que es muy difícil que se escape una bala

y que llegue a Acacias. Tome, esto es suyo.

-Y dime, Trini, ¿todavía no hay noticias del coronel Valverde?

-Pues no, la verdad es que no he visto ni a Silvia ni a Agustina.

Debe ser que todavía siguen en el hospital con él.

-Yo he considerado acercarme a preguntar por él,

pero no sé si es oportuno.

-Mujer, ¿y por qué no? Una visita siempre se agradece.

-No si hay noticias malas y se prefiere estar solos con la pena.

-Susana, de verdad, ¿eh?, qué pájaro de mal agüero eres a veces.

A ver, ¿qué te hace pensar eso?

-La experiencia que me dan las canas, Trini.

Hoy en día se mira la medicina como si fuera la solución

a todos los problemas. Y la verdad es que muchos

se quedan en la mesa de operaciones.

-Ay, pobre coronel, toquemos madera para que esto no sea su caso.

-Yo solo digo que la cirugía no es la panacea que todos piensan.

Si hasta hace dos días, eso era cosa de barberos.

-Ay, Susana, ¿cómo puedes hablar así de los avances de la ciencia?

¿Qué pasa, que don Germán de la Serna te parecía un simple barbero?

-No, ese hombre era un santo, ya lo sabes.

-No es la primera vez que oigo su nombre.

¿Quién es ese buen médico, que tan buen recuerdo le guardan?

-El mejor amigo y vecino que podíamos tener.

-El Señor no le reservó el final que merecía, ni a él, ni a Manuela.

-Ay.

Ya te irás poniendo al día, querida, que en esta calle

hemos vivido muchas historias.

-Y no todas tuvieron finales felices, algunas fueron muy tristes.

-Bueno, ¿qué le vamos a hacer?

Así es la vida.

A veces amarga, a veces dulce.

A Germán le queríamos mucho.

De hecho, le pusimos una placa en la puerta y todo, conmemorativa.

-Me han traído un paquete y he visto esta carta con tu nombre, Lucía.

-¿Una carta para mí? Qué extraño. -Ay, quizás sea de Celia.

Ábrela, a ver si dice algo de su regreso.

Ay, hija, es que la echo tanto de menos.

-Has perdido la color, hija,

¿son malas noticias?

-No me digas que le ha pasado algo a Celia.

-No, no, descuiden, la carta no es de Celia.

Si me disculpan.

-¿Cómo va la cosa?

No he podido llegar antes. -Fatal.

El fiscal ha destrozado al Peña.

Esperemos que Felipe sea capaz de hacer algo.

-Con la venia de su señoría.

Solicito su permiso para interrogar a mi testigo, don Cesáreo Villar.

-Proceda.

-¿Y este qué hace aquí? ¿Terminar de ponerle

la soga al cuello del Peña?

-Aguarda, a ver qué se propone don Felipe, él sabrá qué hacer.

-¿Cómo lo ha llamado como testigo?

No soy santo de su devoción.

-Don Cesáreo Villar ejerce

como sereno en la calle Acacias.

Su testimonio es vital para saber qué ocurrió aquella noche.

-Me parece a mí que más que conseguir darle la vuelta

a la tortilla, Felipe va a romper todos los huevos

al hacer hablar a Cesáreo.

-Don Cesáreo,

¿puede describirnos el momento en que encontró a don Naraka?

-Claro que sí. Estaba tirado en el suelo

y tieso como la mojama.

-¿Había visto antes a la víctima?

-En diferentes ocasiones, rondando por la calle.

-Muy interesante.

-Interesante... viajar en un mercante.

Con Dios.

-El hombre me tenía intrigado, no quitaba ojo de La Deliciosa

y parecía esconder oscuras intenciones.

Incluso lo comenté así con la quiosquera.

-¿Quién era ese hombre que he visto esta tarde en su quiosco?

-¿Uno con pinta de extranjero?

Pues mire usted, no lo sé.

El hombre tan solo preguntaba por el horario de La Deliciosa.

-Muy bien.

Si vuelve a presentarse, avíseme.

Y ahora me voy a hacer la ronda, que las calles están llenas de peligros.

Ese hombre me dio muy mala espina.

No es más motivo que mi intuición, que nunca me falla.

-Cómo puede comprobar, su señoría, un honrado representante de la ley

no tardó en darse cuenta que don Naraka Singh

era un hombre peligroso. -Protesto. La buena intuición

de un sereno no es prueba de que la víctima tuviese malas intenciones.

-Bueno, mi intuición y el cuchillo que llevaba,

que ni en Albacete los hacen tan afilados.

¿Para qué iba a amenazar con semejante cuchillo

si no tenía malas intenciones?

-Gracias, Cesáreo, eso es todo.

-Tenías razón.

Parece que Felipe sí sabía lo que hacía.

-Lamento que la visita a Úrsula no haya servido de nada.

-Descuide, Riera, ya sospechaba que sería así.

Mi madre ya no es la que era. ¿Qué más podemos hacer?

-Supongo que no tenemos más opción que acudir a la policía.

-¿Está seguro de eso?

Mire que yo no puedo contarles lo que les dije.

Tengo asuntos turbios pendientes, ni siquiera

debo acercarme por comisaría.

-No será menester, Riera.

Tenemos pruebas suficientes que aseguran que Samuel estaba al tanto

de la muerte de nuestro padre.

Con eso bastará para que le pongan en su punto de mira.

-Les deseo la mejor de las suertes.

Yo mientras seguiré investigando por las calles.

-Diego, te acompaño a comisaría.

Voy a por mis cosas.

-Blanca, hubiera preferido no implicar a la policía.

Sé que la vida de Moisés está en juego

y no sabemos cómo puede reaccionar Samuel cuando se entere

que van a por él. -Ya sé que corremos un riesgo,

pero tienes razón, Diego. Esto es lo único que podemos hacer.

-A lo largo de la vista ha quedado demostrado que el súbdito indio,

don Naraka Singh, llegó a este país con una única intención,

acabar con la vida a mi defendido.

-Qué pico de oro tiene este hombre.

-Con tal fin, inspeccionó la zona, como bien ha contado don Cesáreo.

Esperó a la noche,

el cierre de la chocolatería que regentaba mi defendido,

para entrar en él,

armado hasta los dientes, con la única intención de matarlo.

-Al menos Felipe está consiguiendo que el indio británico ese

no parezca tan satisfecho.

-Como queda acreditado en la documentación

que obra en su poder, la religión del fallecido

solo ofrecía una respuesta

a quien robara su ídolo sagrado. El sacrílego debía ser sacrificado.

-Vaya pronto

que tienen estos indios.

-Esa era la misión de don Naraka, vengar con sangre la afrenta.

Mi defendido lo único que hizo fue protegerse,

actuar para salvar la vida.

Y así espero que lo considere usted.

-El juez parece convencido.

-Bueno, yo no sé si tanto, pero las palabras de don Felipe

le están haciendo dudar.

-El juicio queda visto para sentencia.

-No sé si saldré

con bien de esta, pero estoy seguro

de que no podría haber tenido mejor defensa.

-Espere a escuchar el veredicto para darme las gracias.

-Ya estoy lista para marchar a comisaría.

Samuel.

-Supongo que estáis muertos de preocupación.

-¿Y mi hijo? ¿Dónde está Moisés?

-Blanca,...

Moisés no está bien.

-¿Dónde está ese médico?

Agustina ha ido a buscarle hace una eternidad.

-Tienes que tener paciencia, seguramente está operando

y por eso no ha venido aún.

-Espera.

Creo que he notado algo a través de la venda.

¿Me está dando el sol en la cara? Porque noto la luz.

-Eh... Eso es muy buena señal.

-No aguanto más, si ese matasanos no viene,

yo mismo me quitaré la venda.

-Amor, espera, espera, yo misma iré a buscarle.

-Gracias.

-Pero tú prométeme que te estarás quieto.

-Ve tranquila.

Qué demonios.

-Ha llegado la hora de la verdad.

-Uy, está muy serio, igual trae malas noticias.

-Es que tampoco va a entrar en la sala bailando sevillanas.

(Golpe de mazo)

-Que se ponga en pie el acusado.

La deliberación ha sido sencilla,

dado el peso de los testimonios escuchados.

En el caso contra don Íñigo Cervera,

alias "el Peña",

este tribunal ha llegado al siguiente veredicto.

Le declaro...

inocente de todos los cargos.

No queda duda que actuó en legítima defensa.

-Eres libre, mi amor. (RÍE)

-Ha salido todo bien, Leonor.

-Ya te dije que no perdieras la esperanza.

-Cesáreo, enhorabuena, tu testimonio ha sido vital.

-Tan solo cumplo con mi deber.

-Reacciona, que todo ya ha pasado.

Por fin la suerte nos ha sonreído. -No, Flora, no ha sido la suerte,

sino el buen hacer de mi abogado.

-He de reconocer que no me lo había puesto fácil.

-¡Flora!

-Orden en la sala.

-Felipe. -Peña.

Felicidades, me alegro muchísimo. -¡Orden en la sala, señores!

(Golpes de mazo)

-¿Dónde está? -Le están haciendo unas pruebas.

-¿Qué ha ocurrido? -Cuando estabais con don Felipe,

Moisés enfermó.

Noté que estaba ardiendo y no lo dudé un instante.

-Le trajiste al hospital.

-Pensé que el tiempo apremiaba y debía verlo un médico.

-¿Por qué no nos avisaste? -No he podido hasta ahora,

no quería separarme de su lado. El niño no paraba de vomitar

y la fiebre no remitía.

-Moisés.

Moisés.

¿Puedo cogerlo?

Mi amor.

Mi amor.

Hola.

-Haga el favor de dar aviso al doctor Guillén.

Ya están aquí sus padres, querrán oír sus explicaciones.

-Blanca,...

será mejor que no le digamos nada a Samuel de lo que sabemos.

Todavía no.

-Hombre.

-Ay, de buena te has librado, perillán.

-Si es que hay que ver, ¿eh?, bicho malo nunca muere.

-Arrea, Casilda, eso no lo hubiera dicho tan bien ni el juez.

-No es a mí a quien hay que felicitar, sino a mi abogado,

don Felipe Álvarez-Hermoso.

Sin él y su ilustración, ahora mismo sería carne de presidio.

Tenías que haber escuchado a don Felipe.

Mi Cicerón, pura oratoria de la buena.

El Peña ha tenido mucha suerte de contar con él.

-Espero no necesitar yo a don Felipe "pa" mi defensa.

-Recuérdame que le diga a Fabiana que no hace falta

que tape mi limpia lunas, está diseñado

para soportar la intemperie,

los elementos y todo tipo de agresiones.

-¿Y también "pa" los olores de la olla?

No querrás presentarlo

con tufo a albóndigas. Que lo he cubierto "pa"...

los olores de los humos. -"Don Felipe",

buscándole estaba.

Tenemos nuevas de Blanca y Diego.

Están en el hospital.

-¿Y eso?

-Don Samuel me ha enviado una nota para tranquilizarme.

Moisés, la criatura, ha enfermado repentinamente

y requiere cuidados. -Van a posponer

el viaje que tenían previsto.

-¿Es grave? -"No puedo aventurar"

cuándo tendrá un próximo acceso de hipertermia,

pero si le sobreviniera estando en su domicilio,

tendrían que traerlo inmediatamente

y el tiempo del trayecto

sería irrecuperable.

-Señora, se lo pido por favor, la salud de su hijo

es mi responsabilidad. -Y la mía también.

-Blanca.

Blanca, todos deseamos que Moisés vuelva a casa lo antes posible,

pero para eso creo que debemos hacer caso al doctor.

-¿Eso ha sido un beso?

-Y más que tengo guardados "pa" ti si quieres usarlos.

-¿Cómo, cómo, como? ¿No... no me fallan los oídos?

-Tú ves a la habitación, a ver si es verdad que te fallan o no

esas orejitas.

Tira.

-¿Necesita ayuda?

-No, gracias.

Antoñito, para, para. ¡Ay!

Antoñito, para. ¡Ay!

¡Para, no!

¡No!

(RÍE)

Para, no me hagas chillar que las chicas, si nos pillan,

nos van a poner de vuelta y media, y la Fabiana

te va a correr a escobazos. -¿Sí?

-Sí. -Pues entonces me bajo a mi casa

y sigo con el invento y así me olvido de tus carnes, ¿no?

-No me habría importado la muerte ni la trena de no haberte visto allí,

sufriendo por mí.

En un vilo. -Olvidemos eso y empecemos de cero.

-¿Empezar de cero? Ni loco.

Eso sería como olvidar lo mucho que te adoro.

Flora,... bebo los vientos por ti.

Nunca había querido así.

(FELIPE CARRASPEA)

-Felipe.

-¿No te das cuenta de que nos están vigilando todo el rato?

-¿Esos enfermeros? -Exacto.

No nos dejan ni a sol ni a sombra,

ni se alejan de Moisés. Hemos de andar con pies de plomo.

-¿Y qué hacemos?

-Mostrarnos abatidos, indefensos como quiere Samuel.

Que se crea que nos hemos tragado el sapo.

Que confíe en nosotros, que esté seguro.

-Pero ¿hasta cuándo?

-Hasta que baje la guardia,

entonces arrancaremos a Moisés de las garras de Samuel

y nos iremos los tres de aquí.

-Mientras Samuel piense que los tiene en la inopia,

no orquestará nuevas intrigas.

-Entonces encontraremos el hueco para llevarnos a Moisés,

sí, Riera, lo sé.

Lo sé.

Le aseguro que la furia no me traicionará.

-Le creo.

Lo contrario sería fatal.

Si su hermano de usted pensara por un momento que lo han descubierto,

quién sabe de lo que sería capaz.

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Acacias 38 - Capítulo 805

16 jul 2018

Riera confiesa a Diego y a Blanca que Samuel estuvo al frente de los asaltantes de su carruaje. La pareja descubre que Samuel se ha llevado a su hijo y comienza a buscarlo. Silvia decide callar ante Arturo el resultado incierto de la operación de cataratas. Lolita intenta reconciliarse con Antoñito, pero es inútil, él solo vive para su invento. La criada rompe sin querer el prototipo. Comienza el juicio de El Peña. La condena parece ineludible, pero gracias al trabajo de Felipe y al testimonio de Cesáreo, el juez declara a El Peña inocente. Reencuentro amoroso entre Riera y Carmen. Riera calla todo lo que sabe referente a Samuel. La búsqueda de Diego y Blanca da sus frutos, Samuel está con el niño. Pero Moisés está muy enfermo en el hospital.

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