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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 800 - ver ahora
Transcripción completa

-Me estoy... quedando ciego.

-¿Perdone?

-Me han diagnosticado una enfermedad ocular.

Ya prácticamente no veo nada.

-Madre. -"Felicidades, Silvia".

No era fácil dar con un doctor que quisiera y pudiera operarle.

-Esas operaciones son peligrosas, pero hay muchas posibilidades

de éxito.

-Ahora solo falta una cosa. Una tontería.

-Conseguir que Arturo se opere. -"No lo entiendo".

No entiendo por qué pierdes el tiempo

en jugar con el dichoso invento, si ni siquiera sabes si va a funcionar.

-Sí, sí que va a funcionar. -Claro.

Como todos tus últimos inventos, ¿no?

-Eso no es justo. -No.

Lo que no es justo es que mientas a tu padre

después de todo lo que ha hecho por ti.

-"Samuel... fue uno de los asaltantes,"

eso es lo que fui a decirle a comisaría.

Le juro que es verdad.

Tiene que creerme. Oh!

-Ay. -Creo que es verdad,

que no está fingiendo. -Ya es tarde para creerla.

Ya es tarde para que nadie la crea.

-¡Malditos sean! (GRITA)

¡Soltadme! -¡Avisen a un médico, rápido!

-¡Malditos sean! ¡Malditos!

-"Siento mucho por todo lo que está pasando ese hombre".

Pero si ha venido aquí a pedirme que le represente,

he de avanzarme y decirle que no va a poder ser.

-Tiene que ayudarle.

Porque le amo.

Le amo con toda mi alma.

-"Pensaba que teníais que tener a Moisés oculto y a buen recaudo".

-"Sí, así es".

"Pero Felipe me contó que vio a Úrsula"

completamente ida en el hospital.

Está abatida. -¿Y no es igualmente peligroso?

-No, Samuel me aseguró que hoy,

nuestro plan llegaría a su fin "y yo no podía aguantar más,

así que decidí ir a buscarlo".

-Padre.

-¿Qué ocurre, Úrsula?

¿Es que acaso no va a saludar a su padre?

(HABLA EN RUSO)

(HABLA EN RUSO)

-Pensé que no volvería a verte

en lo que me quedaba de vida.

Pero está visto que no cejas en tu empeño de avergonzarme.

-Padre, yo...

-Pero ¿en qué clase de mujer te has convertido?

Samuel me ha contado todo.

Sé lo que has hecho.

Estoy al tanto de todos tus desmanes.

Mírame cuando te hablo.

Fuiste y siempre serás...

una deshonra para mi apellido.

Has manchado la sangre que corre por nuestras venas.

-Padre, yo no... -Y no te atrevas a interrumpirme.

He fallado

a mis antepasados contigo.

Fui débil.

Hace mucho tiempo...

que tú deberías haber muerto.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Blanca.

No te angusties, todo saldrá bien.

Nuestra victoria está cerca.

-Pero a qué alto precio.

-Blanca, tu madre nunca hubiera dudado en hacer algo parecido

si hubiese tenido la oportunidad. -Pero nosotros no somos como ella.

Diego, al menos eso pensaba.

Carmen. Carmen.

Ay, qué alegría verte.

-Tengamos cuidado que nadie repare en nosotros.

-Valdría la pena correr el riesgo.

Ya estaba harta de tener que ocultarme en el altillo.

-Gracias. Carmen, gracias por todo.

-Señora,... no es necesario que me lo agradezca.

-Sí lo es.

Nunca voy a poder pagarte todo lo que has hecho por nosotros.

Por Moisés.

-Si logramos derrotar al fin a su madre,

me daré por bien pagada.

-Si eso sucede, será gracias a usted.

De no ser por lo que nos dijo, nuestros planes

no hubieran llegado a buen puerto.

-Bueno, yo solo hice lo que debía.

Además,...

tenía que protegerme de esa mala mujer.

-Descuida.

Ahora ya estás a salvo.

-Señora, mientras su madre esté libre, nadie está a salvo.

Sé que debí denunciarla, pero...

le temo demasiado.

-No es menester ninguna denuncia.

Úrsula caerá para siempre.

-Su condena está ante nuestros ojos en este preciso instante.

-¿Seguirá ahí? -Sí, señora.

El padre de Úrsula aún se encuentra en la casa.

-Mi abuelo.

-Nunca se comportó como tal. -Ya, Diego,...

pero eso no impide que lo sea.

Saber que está ahí,...

tan cerca.

Me inspira sentimientos encontrados.

Tengo miedo y, a la vez,... curiosidad.

-¿Curiosidad?

-Sí.

Diego, ese temible hombre no deja de ser mi familia.

Pero la verdad es que no sé si quiero conocerle.

No sé si podría mirarle a los ojos.

-Padre,...

recapacite, se lo ruego.

-¿Nada tienes que decirme?

-No tenga en consideración lo que este canalla le haya podido contar.

Son todo una sarta de mentiras.

Este farsante es capaz de acciones deleznables.

(GRITA)

-Te he dicho que no siguieras hablando.

¿Ahora qué?

¿Te atreves a contradecirme?

-No, no, padre, yo lo lamento.

-Nunca cambiarás.

Siempre mancillarás el buen nombre de los Koval.

-Yo...

Solo...

Lo siento.

-Solo puede haber una solución...

para que tus deleznables actos dejen de... afectarnos.

Debo encerrarte.

Debo apartarte de la sociedad para siempre.

Encerrarte bien lejos.

-¿Ha terminado ya la exploración, doctor?

-Sí, así es.

-¿Y bien?

-Lamentablemente, no puedo sino corroborar el diagnóstico del doctor

que le exploró por primera vez.

-Cataratas.

-Sí, y por desgracia están ya muy avanzadas.

Impidiendo en gran parte su visión. -Ese doctor habló

de la posibilidad de una operación.

-Sí. Esa intervención es la única solución que podría haber a su mal.

-Pues no hay nada más de lo que podamos hablar.

Hagamos esa operación, tenemos que intentarlo.

-Señorita,...

hay otras cosas. -Sé que está usted muy ocupado y,

por supuesto, nosotros nos ajustaremos a su agenda.

-Silvia. Me temo que no es eso lo que le preocupa al doctor.

-El coronel no se equivoca.

Les ruego que me escuchen con suma atención

antes de tomar una decisión. -Claro,

pero no creo que nada de lo que nos diga nos cree dudas.

-Eso me lo contestarán después.

Verán, gracias a la operación que hemos planeado,

en el mejor de los casos, el paciente recuperará algo de visión.

Pero... -No volvería a ver como antes.

-Lo lamento, pero no.

El cristalino está ya afectado.

Eso sí, al extraer las cataratas, permitiríamos la entrada de luz

en el ojo, pero precisaría de la ayuda de un monóculo o un anteojo

para arreglarse en su vida corriente.

-Ya es mucho más de lo que teníamos antes.

-No he terminado. No voy a mentir.

La técnica utilizada en la operación es complicada.

Se corren serios riesgos. -¿Riesgos?

-Podría quedar completamente ciego.

-¿Qué porcentaje de éxito tiene esa operación?

-Un 50 por ciento.

Quizás un poco menos.

-No es mucho.

-Pero sí es el suficiente como para correr ese riesgo.

-Señorita,...

¿por qué no se toman unos días para pensarlo?

Es el coronel y no otro

quien debe tomar la decisión.

-Muchas gracias, estamos en paz. Quédate con el cambio.

Disculpa.

Cesáreo. -¿Sí?

-Buenas tardes.

Perdone que le moleste, pero quería preguntarle si usted

tenía alguna noticia nueva de doña Úrsula.

Lo cierto es que nunca la he tenido en alta estima, pero...

¿qué quiere que le diga?, me tiene preocupada.

-Y tiene motivos para estarlo. No me cabe la menor duda

de que doña Úrsula ha perdido por completo el oremus.

-Ay, pobrecilla.

Con la mala uva que ha tenido siempre.

En fin. Muchas gracias, a más ver.

-Doña Trini.

Sepa que don Samuel vino hace ya un buen rato

con un señor de avanzada edad a visitarla

y, llevan encerrados en la casa desde entonces.

-¿Un anciano? ¿Quién era? -Ni la menor idea.

No soy un chismoso. -Ah, no.

-Sepa usted que parecía que se hubiera tragado un palo de escoba

por lo tieso que andaba. No me daba muy buena espina.

-Arrea. ¿Qué será lo que está pasando ahí dentro?

-Nada bueno, se lo aseguro.

-Pobre Blanca, menuda cruz le ha caído con la madre que tiene.

-Ay, doña Trini, ¿podría hablar con usted un suspiro?

-Claro, y dos si tienes ganas.

Disculpe, don Cesáreo. -A mandar.

-¿Qué tienes, muchacha? Pareces alterada.

Ay, no me digas que la has tenido otra vez

con el tarambana de tu prometido. -Pues no,

no he tenido tiempo de cantarle las cuarenta, se trata de otras cuitas.

Pues es doña Flora, que me tiene con el corazón en un puño.

-¿Y eso por qué?

-Resulta que ha estado en casa de mis señores y, le pidió a don Felipe

que hiciera el favor de ayudarle con el Peña.

-Uh, qué raro, no sabía que tuviera ningún interés en su suerte.

-La muchacha está que bebe los vientos por sus huesos.

-¡No me digas!

Ay, pues mira, ahora que lo dices, hacen muy buena pareja.

-Estos se aman de veras.

Una lástima que tengan que verse en estas.

-Hija, pierde cuidado.

Que seguro que salen con bien de todo este embrollo.

-No crea, la pintan bastos.

-Mira que Felipe es muy buen abogado, ¿eh, Lolita?

-"Pa" chasco que sí, pero le aseguró a la Flora

que no podía hacerse cargo de la defensa.

Y para colmo de los males, hay unos extranjeros

que están pidiendo que se celebre el juicio cuanto antes,

metiendo presión, para que se declare culpable.

-Pues sí que lo tiene arduo el Peña, ¿eh?

Lo que no sé muy bien es en qué quieres que ayude.

-Pues, verde y en botella, doña Trini.

Si usted hablara con don Felipe,...

-Lolita, mira que Felipe ha dicho que no puede hacerse cargo.

-Mire, doña Trini, don Felipe es más bueno que el pan.

Pero como todo buen señor, hará más caso a los de su condición.

Y si usted y don Ramón se lo pidieran...

lo mismo se lo pensaba.

-Lolita.

-Perdone que le meta en este aprieto, pero es que una...

también está "enamorá".

Y sé lo mal que lo estará pasando la pobrecilla.

-Vale, que una también está "enamorá".

Ya hablaré yo con Ramón.

-Si es que usted... pasta de ángel. -Ay, Lolita, por favor, Lolita.

(RÍEN)

-Si viera usted el empeño que tiene doña Rosina en ver la revista

donde sale su marido retratado...

Que ya "pue" salir bien pintón, porque me tiene la cabeza loca.

Menos mal que ya me la traen esta tarde.

Y eso que yo pensaba cerrar el quiosco y, ahora lo tendré que abrir

para dársela a ella. -¡Maravilla!

-Arrea, señorito, casi me mata de un susto.

Vaya.

Lo que yo no sabía es que usted también tenía tanto interés

en la revista. -¿Qué revista?

-Anda, pues a la vista está que no me estaba escuchando.

Entonces,...

tamaña alegría ¿a cuento de qué?

-Por mi invento, Fabiana, que estoy a punto de alcanzar la meta.

-¿La meta? Ese cacharro no le va a dar a usted

más que disgustos. Haga caso a la Fabiana.

-Calla, calla y sujeta aquí. Sujeta, que he encontrado la fórmula

de accionar la varilla

moviendo el mecanismo.

-Señorito, a ver si me voy a quedar manca.

Mire usted que estas cosas las mueve el diablo

y a ver quién cocina luego. -¡Eh!

-Ay, Lolita, hija, me vienes que ni "pintá".

Ven, ven, agarra aquí, anda, agarra.

Agarra, que servidora tiene todavía mucha tarea por delante.

-Antoñito, tenemos que hablar. -Sí,

ya lo creo.

Vas a dar gritos de alegría en cuanto te enseñe

lo que he avanzado.

-Pues yo no estaría tan seguro de eso.

Fabiana, ¿le importa dejarnos un segundito a solas?

-Desde luego que no, pierde cuidado.

Y usted, señorito, tenga "cuidao" que para mí que viene brava.

-¿Sucede algo? -"Pa" chasco que sí.

¿Tú crees que todo lo que estás haciendo con el invento es justo?

-Pues sí, sin ninguna duda.

Es algo que tenía que haber hecho hace muchísimo tiempo;

hacerme millonario gracias a mi gran cabeza.

-Si lo que me preocupa no es tu mollera,

es esa carita tan durita que tienes.

Doña Trini está descompuesta contigo.

Y con más razón que un santo. -Ya, pero ya se le pasará.

En cuanto sea testigo de mi logro...

-De lo que va a ser testigo es de la "guantá" que te voy a dar.

¿Quieres dejar de hacer el cojo ya, hombre?

¡Que me he enterado, Antoñito! Que no puedes hacerte el cojo

y, tu padre haciendo toda la faena por ti.

-Pero me queda muy poco, estoy a punto de terminarlo.

Ya verás, sujeta aquí, sujeta aquí y te lo enseño.

-Que no sujeto "na", déjate de chismes.

Ves a hablar con tu padre. -Que sí,

que voy a hablar con mi padre, pero en lo que viene,

sujeta y te lo enseño. Mira.

¿Eh?

De oro.

-Padre,

recapacite,

se lo ruego.

-No hay nada que pensar.

Mi decisión está tomada.

-Tenga compasión. -Basta ya.

Me estás hartando con tus lloriqueos.

-Soy su hija. No lo olvide.

-¿Olvidar?

Desgraciadamente, es imposible.

Vuelves una y otra vez a mi vida.

-Yo... Yo solo he querido construir una vida

para honrarle. -¿Honrarme?

No lo has hecho ni un solo segundo de tu patética existencia.

-Madre... sí me escucharía.

-¿De verdad crees eso?

Tu madre,...

al igual que yo, nunca superó

lo que hiciste.

Jamás volvió a ser la misma.

-¿Lo que hice? -Sí.

-¿Por qué me siguen culpando de aquello?

Yo fui la víctima.

-Ya me duele la cabeza y no quiero hablar nada de eso.

-Pero yo sí. -No.

-Ha llegado el momento

de dejar de callar.

Yo no pedí a aquellos hombres que mancharan y destrozaran mi vida

y la de mi familia.

¡Maldito sea ese día!

Yo solo quería...

que usted y madre...

estuvieran orgullosos de mí. (LLORA)

-Así que, ¿no eres culpable de nada?

¿Tampoco eres responsable de la muerte de tu madre?

(HABLA EN RUSO)

-Hace ya años.

Corroída por la vergüenza.

-No.

-Cómo lamento yo haberte dejado regresar

aquel día...

en que tuviste la desfachatez de regresar a mi casa

con tus bastardas.

Debería haberos dado muerte allí mismo.

A las tres.

(Se cierra una puerta)

-Mamá.

-Aquí traigo al comisario.

-¿Puede confirmarme lo que Samuel acaba de decirme?

¿Es usted el padre de doña Úrsula?

-Así es.

Yo traigo los documentos que lo acreditan.

-Y está decidido a ingresarla en un sanatorio.

-Es por su bien y por los que la rodean.

-No, padre. No lo haga.

-Tú cállate.

¡Cállate!

¿Ve? Ha perdido por completo la razón.

-¡No volveré a avergonzarle!

Nunca más sabrá de mí. Padre.

-Eso tenlo por seguro.

Yo no quiero verte nunca más.

-No puede ser tan cruel.

No.

No voy a acompañarle.

Nadie me sacará de mi casa.

-Se lo ruego, doña Úrsula.

No haga ninguna escena. Al ser viuda,

su bienestar es responsabilidad de su padre.

Él puede decidir por usted qué es lo mejor.

-No, ¡no! No, no, suélteme.

Padre.

Padre, se lo suplico, tenga piedad.

Padre.

-Debe firmarme unos papeles

para sellar el ingreso.

-Será un placer.

-Esta mujer queda a vuestro cargo.

Que no haga ninguna tontería.

-Don Arturo. Silvia.

Qué agradable sorpresa.

Precisamente iba a su casa. -Nos disponíamos a dar un paseo.

-Les acompaño un rato y así me van contando.

¿Cómo ha ido la revisión con el doctor Taronjí?

¿Qué les ha dicho el prestigioso oftalmólogo?

-Nada que no supiéramos.

Que padezco cataratas.

-También nos ha dicho que existe la posibilidad de una intervención

que podría curarle.

-Solo parcialmente, también puedo perder completamente la visión.

-Quizá merece la pena correr ese riesgo.

-Esí considero yo.

El doctor Taronjí es una eminencia y ha costado mucho

que venga a visitarnos.

Tienes la oportunidad de operarte con él.

No lo desaproveches. -Quizá no sea una oportunidad,

sino una condena. ¿Y si me quedo ciego para siempre?

-Arturo,

perdona que te hable con dureza,

pero si no haces nada por evitarlo, es muy probable

que acabes igual,

completamente ciego.

-Dame unos días para pensarlo. Solo te pido eso.

Me aterra la idea de pasar por el quirófano.

-Don Arturo, le comprendo.

En tales circunstancias yo estaría invadido por los temores.

Pero opino como Silvia.

Tiene que enfrentarse a esa operación.

-Mi tiempo en estas calles ha terminado.

Espero no tener que volver a pisarlas de nuevo.

-No albergue dudas sobre lo que acaba de hacer.

Era lo mejor para su hija.

Úrsula necesita tratamiento psiquiátrico.

Yo me encargaré personalmente de pagar el sanatorio.

No le faltará de nada. -¿De verdad cree

que lo que pueda pasarle o no a mi hija

me importa lo más mínimo?

Háganle lo que les plazca.

Yo he cumplido mi parte y ahora espero que usted haga lo mismo.

No deseo perder más el tiempo.

-Aquí tiene el dinero acordado.

-Bien.

-No es preciso que lo cuente, está todo.

-Sí que es preciso.

Sí. Parece que es así.

Bueno,

ha sido un verdadero placer hacer negocios con usted.

-Lo mismo digo,

señor Koval.

Ella es Blanca, su nieta.

-Se equivoca. Yo no tengo ninguna nieta.

-Dichosos los ojos, hermano. Me vienes como anillo al dedo.

-¿Has empezado a limpiar?

-Pues sí.

Y hay más faena de la que pensaba.

"La Deliciosa" lleva varios días cerrada

y el polvo se ha acumulado en las mesas.

Hay mucho que hacer antes de reabrir.

-Pues no perdamos tiempo y pongámonos manos a la obra.

-¿Y Leonor? ¿No te acompaña?

-Ya ves que no.

Tenía la tarde ocupada, iba a hacerle un favor a Blanca.

-En ese caso, no pregunto más.

Cuando se trata de los Alday, de Úrsula y de los secretos de Blanca,

Leonor no dice ni nada.

-Yo ya no le pido explicaciones al respecto.

Tan solo espero que no se meta en un embrollo.

(SUSPIRA)

Estoy deseando abrir de nuevo La Deliciosa.

Es que Acacias necesita de este lugar.

Y nosotros necesitamos parné.

¿Te sucede algo, Flora?

Nunca te he visto hacerle ascos al monís.

-Es que no sé si hacemos bien reabriendo con el Peña en presidio.

-Flora, te comprendo.

Pero la vida sigue.

Tampoco le hacemos ningún bien quedándonos de brazos cruzados,

aguardando.

-Sí, supongo que tienes razón.

Además,...

faenando no le doy tantas vueltas a la mollera.

-Pues tú dale a la escoba.

Tenemos que dejar esto como los chorros del oro.

-Aquí está.

Muchas gracias.

Bueno, aquí tiene, doña Rosina, por fin,

su ejemplar de El Bazar Ilustrado que acaba de llegar.

-Me estaba a punto de dar un síncope.

-Y a mí también, y a mí también, de tanto que me lo ha "pedío".

-A ver si sale la entrevista a mi Liberto.

-A ver.

No pongas esa cara, Rosina, quiero ver lo guapo que sale mi sobrino.

Aquí está.

-¿Dónde? -En esta columna.

-¿Y el retrato de Liberto?

-Al parecer, es ese tan pequeño. Apenas se le ve.

-Anda, no tiren así, que lo van a romper.

-Ay, pero ¿qué dices? Se le ve perfectamente.

Ay, qué guapo es, es todo un galán.

Podría ser estrella del cinematógrafo.

-¿Nos lo deja ver?

-Pues sí que sale pequeño, sí.

-A ver con los anteojos si se le aprecia mejor.

-Déjemelos ahora a mí, hágame el favor.

-Pues ni por estas. Ni se le aprecia bien la cara

ni mucho menos el traje que le confeccioné en el taller.

-Más que un retrato,

parece un sello, parece una estampa, ¿eh?

-Bueno, bueno, bueno, aunque no se ve bien del "to",

está claro como el agua que se trata de don Liberto.

-Como el agua turbia. A mí porque me han dicho

que es don Liberto, que si no pensaría que es el papa de Roma.

-Calla, mastuerza.

Que para todo Acacias es un orgullo que uno de sus vecinos

haya salido en los papeles.

-Gracias, Fabiana. Algo de sensatez.

-Bueno, en eso la "señá" Fabiana tiene razón.

"Pa" una vez que no es en la página de sucesos...

-Qué lástima que don Liberto

ya no viva en Acacias, con lo que iba a presumir yo.

-Aún puedes, Servando. Vivamos donde vivamos,

Liberto y yo siempre seremos acacieros de corazón.

-Hay que ver lo que es la vida, ¿eh? Don Liberto en los papeles.

Mi compañero de tertulias. ¿Quién sabe si algún día

correré yo la misma suerte?

-No se me embale, Servando.

De compañero de tertulias nada, a ver si le voy a tener

que poner en su sitio. -Bueno, callaos,

a ver si me entero de algo de la entrevista.

Todo el mundo se va a dar cuenta de la eminencia que tengo por marido.

-Le agradezco que se haya quedado cuidando a Moisés.

-Descuide, Diego.

La agradecida soy yo porque me lo hayan pedido.

Ha sido un auténtico placer.

Moisés es tan dulce. Y tan bueno.

-Yo también lo pienso. Es un regalo del cielo.

-No puedo comprender cómo hay gente dispuesta a hacerle daño

a un pobre inocente como él.

Arrebatarle de sus padres, tratar de cambiar su destino.

-Solo alguien invadido con la más absoluta maldad

sería capaz de hacerlo.

Úrsula debe estar encerrada.

Lejos de cualquier persona

a quien pueda hacer daño.

-Úrsula es un peligro para todos nosotros.

-Por eso no me arrepiento en absoluto de lo que hemos hecho.

Era la única solución.

-Permítame que aquí muestre ciertas reservas.

Juzgar a otra persona o tomarse un juicio por su mano

es un gesto que jamás podré aplaudir.

-¿Ni siquiera tratándose de Úrsula? -Ni siquiera.

Y eso no quiere decir que no comprenda por qué lo han hecho.

Con los antecedentes que tiene Úrsula, confiar en la justicia

sería tomar un riesgo demasiado alto.

-Exacto.

Un riesgo que ya no podemos correr.

Leonor, no dude de que hemos hecho lo correcto.

Úrsula irá al lugar en el que debe estar.

-¿Una institución mental?

-Considérelo un sitio en el que no podrá hacer daño a nadie.

-Ya es tarde, ¿no?

¿Blanca estará bien?

-Eso espero.

Aunque hace rato ya que debería haber vuelto.

-¿Quiere salir en su búsqueda?

Yo me puedo quedar aquí con el pequeño.

-No, no, no lo sé. Blanca insistió en que quería estar sola.

Aunque ya hemos conseguido lo que nos proponíamos,

es comprensible que hoy para Blanca no es un día fácil.

(Se cierra una puerta)

-Al parecer, ya no va a tener que seguir dudando qué hacer,

Blanca ha decidido por usted.

-Al fin.

Mi amor, estábamos inquietos por ti.

-¡Don Felipe! Aguarde un momento.

¿Tiene un momento para nosotros?

-Para ustedes, siempre, amigos. -Fuimos a su casa a buscarle,

pero no le encontramos. -Llevo todo el día fuera.

¿A qué tanta urgencia? ¿Ha ocurrido algo malo?

-No, gracias a Dios, a nosotros no. -Me alegra escucharlo.

Parece que se ha librado de la mala racha que afecta a todo el barrio.

-Quería preguntarle una cosa porque mi esposa ha insistido.

-Querido, ¿cómo dices eso? -¿Acaso no es la verdad?

-Sí, pero quedamos en que no lo plantearías así.

-Bueno, mujer, Felipe entenderá que es cosa tuya.

Sabe muy bien que estas cuitas no me conciernen en nada.

-¿Cómo que no te conciernen?

¿No te ha dicho a ti la muchacha que está coladita por sus huesos?

Ramón, a veces no tienes corazón. -Disculpen que les interrumpa,

pero no tengo la menor idea de lo que están hablando.

-Tiene usted razón, Felipe,

le pido disculpas.

Tan solo estamos interesados en conocer su opinión

sobre la acusación a la que se enfrenta

ese tal Peña.

-Tómate esta tisana, Blanca,

te asentará el cuerpo.

-Dudo que nada pueda hacerlo.

Si hubierais visto su rostro cuando le confirmaron que era su nieta.

Su mirada dura,...

de desprecio.

No dudó un segundo...

en pasar a mi lado, ignorándome.

-Ese hombre es un demonio.

-Ya lo demostró con sus deleznables actos.

-Me puedo imaginar la infancia de mi madre teniendo semejante padre.

-Blanca,...

todo ese sufrimiento no justifica sus actos posteriores.

-Yo no estoy tan segura.

¿Estaremos haciendo justicia?

¿O estaremos condenando a una mujer a quien sus padres ya despreciaron?

-Tus dudas son lícitas, Blanca.

-Sí.

Pero no deben hacerte olvidar todo lo que tu madre te ha hecho.

-Lo sé.

Lo sé, Diego.

No voy a olvidar sus crímenes, pero...

lo quiera o no, siempre será mi madre.

-Nunca se ha comportado como tal.

-Ahora que por fin la saco de mi vida para siempre,

me siento indefensa y...

sola.

-Lo siento, Blanca, pero yo no te comprendo.

-Pensadlo bien.

Yo nunca conté con unos abuelos,

o con un padre.

Yo me crie bajo la sombra exclusiva de Úrsula.

-Yo creo que sí que te entiendo, Blanca.

-Y la idea de recuperar a mi hermana, me devolvió

temporalmente la alegría.

Pero aquello también terminó en tragedia.

He perdido a mi hermana Olga...

y ahora a mi madre.

He perdido a toda mi familia.

-Mi amor, no puedes estar más equivocada.

Nosotros dos somos tu familia.

Mira a Moisés.

Nuestro hijo.

Blanca,...

te amamos.

Y te cuidaremos el resto de tu vida.

-No paro de darle vueltas a algo, Diego.

No sé si la ansiedad que mostraba mi madre por Moisés sería cierta

o si sería otra de sus tretas.

Pero ya no perdemos nada.

Mi conciencia se va a quedar más tranquila si lo hago.

-Blanca, ¿hacer el qué?

-Pero, Ramón, ¿cómo es eso que no puedes cenar en casa?

-Pues ya te lo expliqué, Trini.

-Pues vuélvemelo a explicar, porque no me he enterado de nada.

-Verás, he quedado a cenar en el Ateneo con uno

de mis mejores clientes de las cafeteras.

Tampoco es un plato de buen gusto para mí.

Me hubiera quedado tan ricamente aquí en casa, pero compréndelo,

no tengo más remedio.

-Pues sí que tienes más remedio.

Que lo haga Antoñito, que es su obligación.

-Trini, ¿cómo puedes ser tan desconsiderada

con el pobre muchacho?, todavía está convaleciente.

La verdad que me tiene muy preocupado el asunto de su lesión,

porque pasan los días y no mejora ni un ápice.

No se me va a quedar cojo el pobre hijo, ¿no?

-Si tiene las piernas tan duras como la cara, no hay nada que temer.

Ramón, creo que es el momento de que te enteres de un par de cositas.

-¡Aguarde!

-¿Sucede algo, Lolita?

-"Pa" chasco que sí. Le tengo que comentar

a doña Trini, pues... un asunto de mayor enjundia.

-¿Qué? -Eh...

¿Qué le digo a Fabiana que prepare de postre?

-Dicho así no parece una cuita vital.

-Bueno, don Ramón,

un mal postre puede estropear la más rica de las cenas.

Perdone, que no voy a tardar una miaja.

Vamos.

¿Ha perdido el oremus? No le puede contar toda la verdad

a don Ramón. -Claro.

Pero puedo dejar que mi marido se deje la vida

haciendo el trabajo que le corresponde a tu prometido.

-Antoñito...

se está esforzando para terminar el invento

y empezar ya a faenar. -¿Eso te ha dicho?

¿Y tú te lo has creído? Lolita,

no te dejes embaucar.

Que ese tiene más cara que espalda.

-Bueno, pues si no lo hace por Antoñito, hágalo por...

don Ramón.

Imagínese el sofoco que le va a dar al pobre cuando se entere de "to".

-Mayor será cuanto más tiempo tarde en contárselo.

Si se lo digo, al menos le ahorro unos sudores.

-¿Me vais a contar de una santa vez lo que pasa?

Porque vosotras no estáis hablando de postres.

-Estamos hablando de Antoñito. -¿Qué sucede, acaso ha empeorado?

-No se puede empeorar cuando no tienes nada.

-No te comprendo.

-Siéntate, querido.

Siéntate que tengo un par de cositas que contarte.

No, Lolita. Antoñito te está engañando.

Finge una cojera para tener más tiempo para su invento.

-(RESOPLA)

-"¡Suéltenme, suéltenme!".

Tú eres el culpable de todo. ¡Maldito asesino!

Me las pagarás.

Les diré a todos

quién eres en realidad.

Terminarán por creerme.

-Ha perdido por completo la razón.

Nadie la creerá, sus palabras caerán en saco roto.

-¡Asesino!

Caridad.

Malnacido, suéltenme, suéltenme. -¿No hay forma de hacerla callar?

Es por su propio bien, no quiero que se exponga así ante los vecinos.

-Has fracasado, Samuel.

Ella nunca te amará.

¡No, no!

(BALBUCEA)

-Están tardando, llévensela de aquí de una santa vez.

(GRITA)

¿Qué haces aquí?

-No tendría que haber salido.

-No puedes quedarte toda la vida sin salir a la calle.

-Es mejor que soportar la compasión con la que me tratan los vecinos.

-Se preocupan por ti. -No digas sandeces.

Se regodean en el dolor ajeno, nada más.

¿O es que acaso tratas de ocultarme lo que realmente están haciendo?

-¿A qué te refieres? -Es obvio.

Se mofan a mis espaldas.

Se acercan a mí

para divertirse con mi desdicha.

Para comprobar hasta qué punto estoy impedido.

-No es cierto, Arturo.

Es la amargura la que habla por ti. -No me equivoco,

pero voy a acabar con su entretenimiento.

No me voy a exponer a sus burlas. No saldré más.

-Bueno, Arturo, basta ya.

¿Piensas volver a encerrarte en casa?

-No me queda otra salida. -No, sí que la tienes,

operarte.

Tienes que mostrar coraje... y afrontar esta enfermedad.

-En eso tienes razón.

Tengo que tomar una decisión tarde o temprano.

-Y mejor que sea temprano. Y con mi ayuda.

¿Te has mareado?

Arturo, ¿estás bien?

-¿Has apagado la luz?

-Arturo, estoy aquí.

-Silvia,... -Arturo.

...no veo nada. -¿No me ves?

Arturo, estoy aquí. -Nada.

Silvia.

Silvia. Silvia.

-¿No podrían quitarle la mordaza? -No, Blanca,

es por su seguridad.

Antes ha tratado de morderse la lengua.

-(NIEGA) (BALBUCEA)

-Esperen un momento.

Blanca, no deberías estar aquí. -Te equivocas, Samuel.

Sé qué es lo que debo hacer.

-No es lo que acordamos.

-Te lo ruego. Respeta mi voluntad.

He venido a despedirme de ella.

Ojalá hubieses sido

la madre que necesitaba.

Pero no tema, no... he venido a reprocharle nada.

Al contrario.

Quiero que sepa que, aunque la he odiado con toda mi alma,

he terminado por comprenderla.

Madre, sé por qué se comportó así conmigo.

Sé por qué a lo largo de mi vida intentó separarme

de todos los que me amaban

y trató de hacerme perfecta.

Pero, como no lo consiguió,

volcó sus esfuerzos

en Moisés.

Sé que todo es fruto de su pasado.

Del desdén y el desprecio con el que ha sido tratada.

Ha sufrido mucho, madre.

Mire a Moisés

por última vez.

Estoy segura que en su insana manera

lo ama.

Como quizá también me amó a mí en algún momento.

No podía negarle la oportunidad de despedirse de él

antes de partir para siempre.

-¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡No, no, no"

(GRITA)

Adiós,... madre.

No volveremos a vernos.

-Me mata la curiosidad, ¿qué estará pasando en casa de Úrsula?

-¿Quién podría saberlo? -Algo me dice

que Felipe y tú tenéis alguna idea.

Se ha corrido la voz

de que un hombre de avanzada edad, un desconocido

estuvo en la casa. -¿Y quién era?

-Lo lamento, no sabemos nada.

-Por tu bien, espero que sea así, si no te vas a enterar.

-Pues no han salido todavía los guripas de casa de doña Úrsula.

-Pues esperemos que cuando lo hagan, sea para llevarse a ese demonio

de aquí "pa" siempre jamás. -Si es que me tenían

que haber informado de lo que pasa, que para eso soy el portero,

el responsable de esta finca. -Mire, ahí vienen más señores.

-Seguro que saben algo. -A ver si nos enteramos.

-Hija, ¿tú sabes algo de lo que está pasando?

-Poco puedo decirles.

-¿Es verdad que Blanca está ahí con un niño?

Y Carmen, ¿qué hace aquí?

-Tengan paciencia,

pronto lo sabrán todo. -Carmen, mujer,

somos de su condición, adelántenos algo.

-Mire.

Ahí tienen la respuesta.

-Quién la ha visto

y quién la ve.

Si es que no somos nadie. -Su tiempo en Acacias ha terminado.

-Blanca.

¿Cómo estás?

-Bien, mi amor. -¿Qué pasa?

Todo esto es gracias a ti, hermano.

-Ya has hablado con don Felipe, te ha dicho que no le puede defender.

Se nos acabaron las opciones. -Y un jamón.

Podemos vender La Deliciosa para sacar un buen parné

para pagarle la defensa.

-Supongamos que lo hacemos.

¿Qué nos garantiza que lo salvaremos?

Al contrario, todo el mundo,

incluido don Felipe, opina que no tiene salvación.

-Piénsalo.

Si decides, como el egoísta que eres, quedarte con La Deliciosa,

muy bien, yo voy a vender mi parte

al primero que la quiera comprar. Y ayudaré a el Peña.

-Estoy bastante inquieto.

Tanto es así,

que he hablado con el doctor Quiles para que te explore

y estudie la posibilidad de operarte.

-¿Operar? No, hombre, no.

Eso yo creo que es algo desproporcionado.

Si ya le digo que es cuestión de días.

Espero que el doctor le haya tranquilizado.

-No, no, no, todo lo contrario. El doctor dice que,

en vista de que no mejoras, lo más prudente sería sajar

y observar el estado del hueso.

-"Ay. -No puedo creer lo que ha pasado".

-Déjame que te lo adivine.

¿A las muchachas se les escapan las miradas a tu paso?

-Caliente, caliente. -¿Cómo que "caliente, caliente"?

¿Puedes ser más explícito?

-Me han pedido un autógrafo. -Ah.

-Uy. -Eran cuatro, pero cuatro señoritas

de lo más coquetas y arregladas, ¿eh?

El caso es que, al cruzarnos, han comenzado a reírse,

y una de ellas se ha envalentonado y me ha venido con el ruego.

-"He hablado mucho con él" cuando usted no estaba, señorita.

Es orgulloso, sí, pero también es fuerte.

Y sabía que este momento podía llegar.

Dominará su angustia.

-Se encerrará

más en sí mismo si cabe.

Se sentará en el sillón mirando al frente y compadeciéndose.

-Vamos.

Usted es la primera que no tiene que dar muestras de su decaimiento.

No está dicha la última palabra.

Aún puede operarse, no es el final. -Lo sé.

Pero no puedo insistir en la cirugía. Necesita tiempo.

Y no solo de la intervención, necesita tiempo de recuperación.

-Podría seguir ocupando mi camastro del altillo,

al menos hasta que él vuelva. -¿Es que piensas marcharte después?

-Tendré que buscar trabajo.

-¿Y qué tienes en contra de quedarte en esta casa?

Yo te necesito.

Tenía pensado instalarme aquí, sí. Quería contar con tu ayuda.

-Nada me gustaría más, señor.

Sé que llevo tiempo queriéndome marchar,

pero solo porque doña Úrsula me obligaba a ser su cómplice.

Pero ahora que puedo elegir... La verdad...

es que le he cogido mucho cariño al barrio.

Y a su gente. -No se hable más entonces.

-"Podríamos dejar esta ciudad".

-¿Y adónde iríamos?

-Tengo contactos en Huelva.

Creo que no me sería muy difícil conseguir un trabajo allí.

¿Qué te parece?

Sería una solución.

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Acacias 38 - Capítulo 800

09 jul 2018

Úrsula aguanta como puede ante su padre e intenta acusar a Samuel de farsante, pero su padre le dice que le avergüenza y la abofetea. El padre de Úrsula ordena que su hija sea llevada a un manicomio. El doctor Taronjí, oftalmólogo, habla a Arturo de la intervención a la que podría someterse.

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  1. Víctor

    Yo solo digo que Cayetana debe volver !!!!

    23 jul 2018
  2. María

    Ya ni recuerdo por qué está tuerto y con parche el señor Hermoso (no recuerdo el nombre). Terminan con Cayetana de esa manera tan ridícula y Úrsula lleva deshaciéndose de la gente sin ninguna impunidad. Quien crea que los guionistas se lo curran es que se podrían quedar viendo el culebrón cincuenta años.

    16 jul 2018
  3. Amparo

    Como se nota las alabanzas de la madre de algun guionista. La serie es hilarante de lo mala que es. Hay dias que mi madre y yo acabamos con dolor de costillas de la risa

    10 jul 2018
  4. Carlos

    Es horrible esta novela.no se como puede alguien decirle os felicita. Yo estoy colgado aunque me parece la peor novela que he visto en mi vida. Esa Úrsula ha matado tanta gente que nadie se cree este cuento. Es tan cursi y ridícula que deberían finalizarla ya por favor ¿¿

    10 jul 2018
  5. Saro

    ¡Felicidades por esos 800 capítulos!. Gracias a todo el magnífico equipazo que, cada día, se esfuerza por hacer ese extraordinario trabajo que después disfrutamos los espectadores cada tarde, espero que cumplan muchísimos capítulos más. Gracias a los que empezaron en este camino y ya no están (pero les recordamos) y a los que continúan en él haciendo grande la serie. He estado fuera y, hasta hoy, no he podido acabar de ver los capítulos; este 800 ha sido otro capitulazo, todas las tramas están interesantes: Montse ha estado soberbia; Manu está espléndido; Sandra y Jorge fantásticos y el "nuevo malísimo" de la serie se me está haciendo "insoportable", señal de que Juan lo está haciendo bien; Elena y Rubén me gustan. Muchas veces he comentado que todos los actores son fantásticos, pero según las tramas, tienen oportunidad de lucirse o no. Gracias a todos.

    10 jul 2018