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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 790 - ver ahora
Transcripción completa

(HABLA EN HINDI)

-¿Y este qué dice?

-No creo que me llame bonito.

-"Ocurrió que un hombre

de aspecto extraño

intentó robar".

Sin éxito gracias a Doña Flora.

-¿A Doña Flora?

-Le arreó un sartenazo. Está en el hospital, medio muerto.

-"¡Has arruinado a mi hermano!".

¿Cómo pudiste ser tan miserable para traer a Eva?

-No quería que se fuera.

-Pues enhorabuena, porque lo has logrado.

Me quedaré en Acacias, pero te juro

que me quedaré odiándote.

"¿Y este sombrero?".

¡Es el tocado de Silvia!

Será mejor que me contestes antes de que llame a los guardias.

-"Riera descubrió quién se llevó a Moisés".

Se trata de un hombre conocido como Muñiz, El Viejo.

-Nunca había oído ese nombre.

-Su nombre no, pero sí sus hazañas.

Suele asaltar carruajes en los caminos,

se hace acompañar por un muchacho.

-"Los análisis de los médicos indican"

que mi padre lleva meses fallecido.

Desde que lo creíamos en Suiza.

-¿Y?

-Ese pisapapeles estaba en casa de Úrsula después.

-"Explíquese". -"Hay una fotografía".

"Cuando Cristina Novoa estuvo en el barrio,

Blanca y yo nos hicimos un retrato. Ese pisapapeles aparece en ella".

-"Ha de sacarme de aquí, por favor". -"Ya es tarde para eso".

Te dije que cometías un terrible error escogiendo el otro bando.

Asume las consecuencias de tus actos.

-Riera podría encontrar al tal Muñiz,

¿eso podría pasar? -Sí, claro que sí, podría pasar.

-Y quizá Moisés esté con él.

(LLORA)

-Lamento no poder acompañarte

al cementerio. Trataré de llegar a tiempo.

-Descuida, aunque no podamos contar contigo,

notaremos tu cariño.

-En cuanto hable con Flora, acudiré rápido al sepelio.

Diego,...

cuente con mi estima en un día tan duro.

-Se lo agradezco, Leonor.

Dígame, ¿pudo hablar con Carmen?

-Sí,

pero me aseguró que no podía acudir a visitarles.

Dijo que estaba muy atareada atendiendo a su señora.

Les dejo.

Es mejor que marche cuanto antes, a ver si lo soluciono todo.

-No te apures.

Y gracias por tu visita, Leonor.

Seguimos sin noticias de Riera.

¿Estás bien?

(Sintonía de "Acacias 38")

Hice todo lo posible para hacer entrar en razón al comisario,

pero sigue sin creer que haya indicios para su búsqueda.

-¿Cómo puede afirmar tal barbarie?

¿Qué clase de policía nos protege?

Discúlpenme. Venía a preguntar

si había novedades sobre Silvia.

-Ya ha podido comprobar que, por desgracia, sí las hay.

La policía se niega a ayudarnos. -No creen

que haya desaparecido.

-¿Y esos sabuesos de pacotilla qué explicación dan

a que una pordiosera tuviera su tocado?

-Según Méndez, pudo perderlo o dejárselo olvidado.

No demuestra nada.

-Pero ¡está retenida!

¿O es que no les dijo la pordiosera que encontró

el tocado en el callejón?

-Coronel, yo no opino como el comisario,

pero se aferra a la nota de Silvia.

-La obligaron a escribirla.

Jamás se habría marchado así,

por la puerta de atrás.

-Yo tampoco lo creo.

Pero su pasado no ayuda. -Si la policía no quiere

hacer su trabajo,

tendremos que encargarnos.

No dejaremos a Silvia abandonada a su suerte.

-Me gustaría ayudarle,

pero no sé qué más podemos hacer la señoras y yo.

Ya recorrimos toda la ciudad sin éxito.

-Y se los agradezco de corazón. No les puedo pedir más.

-Encargaremos una misa por ella,

estará presente

en nuestras oraciones.

-Debo regresar a comisaría por otros asuntos.

Trataré de hacerles cambiar de opinión.

-¿No va a acudir al entierro

de don Jaime?

Sí, llegaré a tiempo. Le informaré de todo

lo que me diga el comisario. -Gracias, don Felipe.

Tienes los dedos finos.

A ti sí te vale.

Me gustaría que hoy lo llevaras.

-Será un honor.

Es precioso.

Fue el primer anillo que hizo mi padre

para mí.

Hace muchos años, mi madre aún vivía.

Antes de que mi vida empezara a torcerse.

Me lo regaló para mi primera comunión.

De pequeño, no me lo quitaba.

Incluso trataba de seguir poniéndomelo

cuando no... entraba en ninguno de mis dedos.

-Le amabas mucho.

-¿Cómo no iba a hacerlo?

-Fue capaz de sostener a esta familia en ausencia de mi madre,

nunca dejó de brindarnos su amor, su apoyo.

Y hoy me dispongo a enterrarle.

Me quedo sin su cariño y sin su guía.

No podré volver a hablar con él...

demasiado pronto, Blanca.

Demasiado pronto.

Ojala algún día

llegue a ser tan buen padre

como lo fue él. Ojala algún día

llegue a significar lo mismo para nuestro pequeño Moisés.

-Seguro que será así.

(Llaman a la puerta)

Disculpe, Fabiana,

pero está cerrado.

-No vengo a tomar chocolate como si fuese una señora,

sino a saber de ti.

Me ha extrañado no verte por el altillo.

-Me entretuve en la chocolatería arreglando una cuentas

y terminé durmiendo aquí.

-Viendo esas ojeras que te llegan al suelo,

es de suponer que no has pegado ojo.

Se aprecia que te pasa algo,

estás mohíno, preocupado.

-Veo que es adivina. -No es menester serlo.

Y más sabe el diablo por viejo

que por diablo.

¿Qué te pasa, Peña?

¿Es el intento de robo que sufriste lo que te tiene así?

¿Puedo ayudarte? -¿Ayudarme?

No, Fabiana,...

no creo

que nadie pueda.

He intentado hacer las cosas bien, pero, al final,

lo único que he conseguido ha sido estropearlo todo.

-Arrea,

te explicas como un libro, pero un libro cerrado a cal y canto.

Anda,

habla con la Fabiana,

quizás su consejo

te sirva de ayuda.

-No sabría ni por dónde empezar.

-No te amuela, eso es fácil, desde el principio.

O cuéntame qué pasó anoche.

¿Quién era ese mal hombre y por qué vino?

-Poco más hay que decir,

entró a robar. -¿Armado hasta los dientes?

Mira, Peña,

que no me he caído de un guindo. ¿Una pistola para robar unos suizos?

-No parecía estar en su cabales. Y quizás también quería

la caja registradora.

-¿Y por qué llevaba usted

un arma? -Se equivoca,

solo él iba armado. -Sí,

eso le habrás dicho a la policía,

pero los dos sabemos que no es verdad.

Te vi el arma el otro día.

Le he estando dando vueltas a la mollera

y tamaño empeño en permanecer

en el altillo ahora que tienes posibles

solo puede tener una causa.

-¿Cuál?

-Que allí te sientes a salvo.

Tú huyes

porque te ocultas de alguien al que temes.

Será ese supuesto ladrón que vino a verte.

No temas,

tan solo quiero ayudarte en lo que me sea posible.

Déjate de teatros y confía en mí.

¿No me equivoco?

Hagamos una cosa.

Convídame a un chocolate y cuéntame lo que quieras.

Ten por seguro

que, sea lo que sea, no me va a sorprender,

una ya ha vivido lo suyo.

-De eso no esté tan segura.

Prepararé los chocolates. Vamos a tener para un buen rato.

Cómo me gustaría invitaros a Cabrahígo.

-He oído hablar tanto de Cabrahígo

que es como si lo conociera. -Es tu ocasión.

Vienes, lo ves con tus propios ojos y disfrutas del pregón.

-Por desgracia,

tendré que esperar.

Ya tengo billete para ir a ver a Tano.

-Esa es buena excusa.

¿Y tú, Rosina, te apuntas?

-Tampoco puedo. Como no está Jacinto,

tengo que ocuparme del jardín,

no se me vaya a morir lo plantado. ¡Susana!

¿Dónde vas tan seria?

-Vengo de visitar al coronel.

-¿Hay noticias sobre Silvia?

-Sí, pero no son buenas.

Encontré a una pordiosera

que tenía mi tocado.

-Lo habréis llevado a la policía.

-Sí, pero no es prueba suficiente para reactivar su búsqueda.

-Serán ineptos, esa mujer puede estar en peligro.

-Felipe iba a tratar de hacer entrar en razón al comisario.

-Esperemos que lo consiga.

-¿Qué le habrá sucedido a esa mujer?

-Algo muy grave.

Teníais que haber visto la ilusión con que me compró el tocado.

No lo iba a dejar tirado

así como así.

-Al menos, tenemos la esperanza

de que Silvia es especial, sabe defenderse.

-Es posible, pero ¿cuánto tiempo?

Hace ya días que no sabemos nada de ella.

-Tengámosla en cuenta en nuestra oraciones.

Ojalá todo quede en un susto.

-Así lo espero.

Ahora, debo ir a casa a cambiarme para el entierro.

Me da miedo volver sola, estas calles no parecen ya seguras.

-¿Liberto no te ha acompañado a Acacias?

-No, tenía ciertos asuntos, pero no me dijo cuáles.

A más ver. -A más ver.

Necesitaba que Úrsula saliera de casa,

por eso le pedí que la citara.

-Deberían haberme informado de lo que se proponían.

-Creí preferible mantenerle al margen.

-Era la única manera de que me pudiera colar sin ser descubierto.

-¿Y así hacerse con el retrato con Cristina Novoa?

-Efectivamente, es la única prueba de la inocencia de Samuel.

-Liberto se lo entregó al comisario. -Sí, Méndez me ha informado.

Están comprobando que el pisapapeles

que aparece en ese retrato es el mismo que se halló.

-Las fechas en las que Cristina

visitó Acacias son posteriores a la fecha de la muerte de Jaime

que han dictaminado. -No cabe duda.

-¿Por qué sigo aquí encerrado?

Debían ponerme en libertad.

-Sea paciente, estos asuntos van lentos.

-Pero la vida sigue ahí fuera.

Y van a enterrar a mi padre sin mí.

-¿No se puede acelerar su puesta en libertad?

-La policía ha de ser meticulosa en sus comprobaciones.

-No sé qué deben comprobar.

Samuel es inocente del crimen del que se le acusa.

-Y será liberado, tan solo pido paciencia.

-Es difícil tenerla encerrado en estas paredes.

Impotente. -No decaiga ahora, amigo,

el final de esta pesadilla está muy cerca.

-Eso téngalo seguro.

-¿Puedo pedirles otro favor?

-El que sea.

-Me gustaría explicarle todo lo sucedido a Diego en persona.

Les ruego que de momento no le digan nada.

-Así lo haremos si ese es su deseo. Espero

que se recupere la relación

que había entre ustedes.

-Todos le debemos una disculpa,

le juzgamos con extrema dureza

y muy rápido, sin darnos cuenta

del error.

-Descuide, han actuado como debían.

Ahora lo único importante es aclararlo cuanto antes.

-Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

Un armazón contra proyectiles.

¿Acaso no le parece la mejor idea que ha escuchado?

Dígame la verdad, Peña.

-La única verdad es que yo quiero mantenerme lo más lejos posible

de proyectiles y armazones.

Y ahora,

acabo de ver a Leonor y debo hablar con ella.

-Los grandes genios siempre hemos sido unos incomprendidos.

Qué poca visión de futuro tienen algunos.

-Leonor, ¿puedo hablar con usted un suspiro?

-Espero que sea menos.

No me siento a gusto en su presencia.

Vengo por si se sabe algo más de la policía,

por si hay novedades sobre ese desdichado que trató de robarle.

-Aún no, pero espero que pronto se aclare todo.

Ni Flora ni yo hicimos nada malo.

-Solo Flora me preocupa, no usted.

-No es del atraco de lo que quería hablarle.

Hoy me han dado un buen consejo que pienso seguir a rajatabla.

-Usted dirá.

-Ha llegado el momento de que ponga las cartas sobre la mesa.

Se acabaron engaños y trampas.

¿Qué está tratando de decirme?

-Leonor, Íñigo le contó la verdad.

Nacho no es su hijo y, si se casó con Eva,

fue para evitar que la mandaran a un convento.

-¿Me está diciendo que todo fue una comedia?

-Así es.

Yo precisaba retener a los hermanos en estas calles

y sabía que Eva andaba necesitada de parné.

Se juntó el hambre con las ganas de comer.

-Debería cruzarle la cara

de un bofetón. -Es lo que merezco.

Hay algo más que debe saber.

Íñigo es un mentiroso y un tramposo.

Pero también es un hombre enamorado hasta la médula de usted.

No permita que mis malas artes lo estropeen todo.

-Está bien,

le perdonaré el bofetón.

Pero...

a cambio tendrá que hacer algo por mí.

-Lo que sea.

No es por criticar a mi futuro suegro,

pero le veo poco suelto con todo esto del pregón.

-En seguro que don Ramón está acostumbrado a hablar en público.

-Es posible, pero los de Cabrahígo no son fáciles de contentar,

como hable con palabros finos, fijo que termina en el pilón.

-Pobre hombre,

en menudo embrollo se ha metido.

-De embrollo nada, que es un gran honor ser pregonero.

Pero se tendría que esforzar un poco más.

No sabe ni la canción de la huevada.

# Toma huevo. Toma, toma.

# Que no falte nunca más. #

-¿Lo van a poner todo lleno de huevos?

Yo pagaría por ir a Cabrahígo

a verlo.

-¿Qué hacéis riendo a carcajadas?

Se os tendría que caer la cara de vergüenza.

Hoy entierran a uno de los señores y no se debe andar con alegrías.

-Usted perdone,

Fabiana.

-Por cierto, ¿y Carmen? No la he visto en todo el día.

-Es de suponer que estará ayudando a la doliente viuda.

Aunque, conociendo a la Úrsula, de doliente, nada,

que tiene una piedra en lugar de corazón.

-Cuidado, no está bien hablar mal de los familiares del difunto.

-¿Ni siquiera de la demonio de la Úrsula?

-Bueno, quizás de esa... sí se pueda un poco.

-Lo lamento, Agustina,

le aseguro que me he recorrido la ciudad,

pero nada he averiguado de la señorita Silvia.

-Servando,

no se dé pote, que seguro que se ha recorrido

las tabernas.

-Por algún sitio había que comenzar a preguntar.

Y seguro que he hecho más que el nuevo sereno.

Que a ese ya le tengo calado.

-Sí que tiene mala leche, para qué vamos a negarlo.

-Muy tiralevitas

y pelotillero con los señores,

y poco amable con los pobres, verbigracia, los míseros.

-Al final

va a echar de menos al Paquito.

-Ya me encargaré yo de bajarle los humos

al tal Cesáreo.

-No se preocupe, Agustina,

ya verá como al final su señorita aparece.

-Ay, Fabiana, no lo creo.

Cada día que pasa estoy más segura de que le ha pasado algo muy grave.

Ni imaginarme puedo

cómo quedaría el pobre coronel si a su prometida...

-Calle, mujer, no se me ponga en lo peor.

Todo terminará bien, estoy segura.

Señora, se acerca la hora del sepelio del señor.

¿Desea que le ayude a cambiarse?

He planchado y perfumado su vestido

para la ceremonia. -Gracias, Carmen.

Me vestiré más tarde.

Carmen,...

¿sabes si hay

alguna nueva sobre la prometida del coronel Valverde?

-No, señora, ignoro si la han encontrado.

No he salido de casa en todo el día. Ni siquiera he ido al altillo.

-No es menester que estés encerrada aquí todo el día.

Parece que me vigilas.

-No quería dejarla sola.

Sé que hoy es un día muy difícil para usted.

Hoy entierran a su esposo.

Es de suponer que todo el apoyo no es suficiente para mitigar su pena.

-No te equivocas, Carmen.

Te agradezco tu dedicación.

Ve a prepararme el vestido.

Pensión Castro de la Sal.

Mi niño, muy pronto estaremos juntos.

Al final no me has dicho dónde has pasado la mañana.

-No, no lo he hecho.

-¿Y a qué esperas? -No quiero aburrirte.

Tenía unas gestiones en el banco.

Nada importante. En vez de preguntar,

termina de arreglarte. Partimos en un momento.

(Llaman a la puerta)

-Adelante.

-Disculpen, sé que no es un buen momento.

Pero tengo que hablarles.

-Nos estábamos preparando para ir al entierro.

Será solo un momento.

Vayamos al salón.

-¡Ay!

¿Qué hace esta mujer en mi casa de nuevo?

-Hay algo que debe confesarles.

No les haga esperar, Eva.

-Les he mentido, ruego que me perdonen.

-¿Qué significa esto? ¿De qué está hablando?

-Íñigo no es mi verdadero esposo.

Tan solo fingió casarse conmigo para aplacar la ira de mi padre.

-¿Y su pequeño?

-Tampoco es su hijo. Íñigo fue un buen hombre conmigo

y yo le he devuelto el favor

con esta jugarreta.

-Debería avergonzarse. -Descuide, no estoy

orgullosa. Tan solo quería sacar algo de parné

para mi hijo.

-¿No trata de darnos pena para sacarnos dinero?

-No, madre, Eva no quiera nada.

-¿Y a santo de qué se planta aquí

con este cuento que no nos importa? -Le agradezco

que nos haya contado toda la verdad. La acompaño.

-Con Dios.

-Gracias.

-¿A qué viene esto, hija?

¿Por qué tendrían que preocuparnos esto?

-Quería que escuchara con sus propios oídos

que Íñigo es un hombre decente.

Es más que eso:

fue capaz de fingir una boda para ayudar a esa mujer.

Pues me alegro. Pero no entiendo tu obsesión en limpiar su honra.

¿A qué se debe? -¿Es que no se da cuenta?

-¡No! ¡No, no, no!

¿Los rumores son ciertos? ¿Entre Íñigo y tú...?

-Sí. Madre, nos amamos.

Descuide, que me encargaré en persona

de que los rumores dejen de serlo.

Ya no hay motivo para seguir ocultándonos.

Y la dejo.

-Ay...

¿Has oído, Maximiliano?

¿Por qué esta hija nuestra me da tantos disgustos?

Perdone que le diga, pero para mí que don Ramón

no está ilusionado con esto del pregón.

No cala el espíritu de Cabrahígo.

-Que no, Lolita,

mi Ramón

es de natural contenido. Pero está como unas castañuelas.

¿Cómo no iba a estarlo con semejante honor?

-Si usted lo dice. -Claro.

Con un par de ensayos más,

hace el mejor pregón que hayamos oído.

¡Ay, Lola! Vamos a ser la envidia de los puebles vecinos.

¡Ay, qué ilusión!

-Lolita, déjanos a solas.

Debo hablar con mi esposa. -Claro.

-Bueno,

¿a qué viene esa cara de funeral?

Aunque hoy es normal. Pero ¿sucede algo?

-Me temo que sí.

-¡Ay, no!

¿Tiene que ver con la desaparición de Silvia?

¿Qué le ha pasado a esa pobre?

-Templa, que no es eso.

Acabo de reunirme con el coronel y todo sigue igual.

Sigue tratando de movilizar a la policía

sin éxito.

-Me alegro de que no sea nada malo.

Aunque he de decir que me está sorprendiendo su sangre fría.

-¿Por qué dices eso? Está deshecho.

-¿Ah, sí?

Lo disimula muy bien.

No sé cómo no se ha lanzado a la calle a buscar a Silvia,

es lo que haría cualquiera.

-No le juzgues tan severamente.

Quizás considere más oportuno permanecer

en su casa, coordinándolo todo,

y haciendo llamadas.

-Puede ser, pero, si algún día me traga la tierra,

espero que por lo menos te des un paseo.

Bueno, ¿a qué viene esa cara?

-Tengo que hablarte del pregón de Cabrahígo.

-Acabo de decirle a Lolita que con un par de ensayos más

vas a parecer nacido en Cabrahígo.

-Mucho me temo que tendrán que llamar a otro.

Yo no podré acudir a las fiestas.

¿Y eso a santo de qué?

-Ha habido un problema con la empresa

que compra la producción de oro

y debo reunirme de inmediato con ellos.

-¿Y no podría ir Rosina?

-¿Dejar el futuro de nuestro yacimiento en manos de Rosina?

No hablarás en serio.

-Te has comprometido con el ayuntamiento.

-Les escribiré una nota.

Antes está la obligación que la devoción.

-Sobre todo si la obligación...

resulta ser tan oportuna.

-No termino de comprenderte.

-Pues te lo explico en un santiamén.

Me parece muy curioso que el problema surja justo ahora,

y que te impida acudir a esas fiestas,

que tan poco parecían apetecerte.

-Te aseguro que yo no he tenido nada que ver.

-Y yo no me creo de la misa la media.

-Ahora no tenemos tiempo para discutirlo.

Voy a arreglarme para ir al cementerio.

Ya hablaremos.

-Ya lo creo que hablaremos.

-"Apresúrate, Rosina,"

no lleguemos tarde como siempre.

-Descuida, Liberto, seguro que el protagonista nos espera.

-Ya estamos todos.

-¿Y los Palacios? -Trini me han comentado

que saldrán después. ¿Vamos yendo al cementerio?

-Sí, vayamos en busca

del carruaje.

-Dígame, ¿ha tenido noticias de Samuel?

¿Ha tomado la policía alguna decisión?

-Me temo que aún no.

-¡Dios!

Es injusto que por la burocracia no vaya al entierro de su padre.

-Estoy de acuerdo con usted. Es lamentable.

-¿Y Úrsula?

¿La habéis visto salir? -No, la verdad es que no.

-Seguramente se habrá ido la primera hacia el cementerio.

Aquí tiene su vestido, ya preparado.

Señora, debería cambiarse ya sin más tardanza.

-No voy a ponérmelo.

Vuelve a dejarlo en el armario.

-¿No le agrada este vestido?

-Ni este ni ninguno. No voy acudir al cementerio.

-No la entiendo. ¿Cómo no va a acudir al entierro de su esposo?

-No es asunto de tu incumbencia. -Pero...

-No me repliques. No tengo como costumbre

dar explicaciones a las criadas.

He pedido un carruaje.

Baja las maletas

y sin preguntar. -Como desee,

señora.

Piensa aprovechar el entierro para marcharse de Acacias.

Flora,

aquí te encuentro.

-Leonor, ¿qué haces aquí? Te hacía en el cementerio.

-Antes tenía otros asuntos que resolver.

¿Dónde está tu hermano? Llevo todo el día buscándolo.

¡Vaya!

Parecen divertirte mis desvelos. -No, no,

lo que me alegra es que le busques con tanto ahínco.

Algo me dice que has entrado

en razón y le has perdonado.

-El Peña me lo ha confesado todo.

-¿Eso ha hecho?

-Sí, parecía sincero.

-Sea como sea, lo único que importa ahora

es que se ha aclarado todo.

Nunca había visto a mi hermano así, temía que te perdía.

No sabes cuánto te ama. -Y yo a él, Flora.

-¡Es una locura! -Ya le hemos encontrado.

Podrás decírselo en persona.

-¿Qué son esos gritos? ¿Qué está sucediendo?

Tu hermano

ya se ha metido en otro embrollo. -Marchaos. No lo permitiré.

-¿Qué sucede?

-El Indio ha muerto hace unas horas.

-Vas tener que acompañarnos a comisaría.

-¿Estoy detenida? -¿De qué se le acusa?

-De asesinato. -Fue en defensa propia.

-No pasarás ni una noche en el calabozo.

No puedo dejarla sola.

-¿Puedo ir contigo?

Quiero estar a tu lado. -Eso es lo que más necesito ahora.

(Campanadas)

Estamos hoy reunidos para despedir a nuestro hermano

don Jaime Alday, una persona memorable,

gran padre y buen cristiano.

La partida de don Jaime

ha dejado un gran dolor en el corazón

de todos aquellos que le trataron

y disfrutaron de su bondad y sencillez.

-Arrojo, amor mío.

-En estos momentos, recordamos

las palabras de San Agustín.

Aquellos que nos han dejado no están ausentes, sino invisibles.

Tienen sus ojos llenos de gloria, fijos en los nuestros,

llenos de lágrimas Concede, Señor,

a nuestro hermano Jaime, cuyos ojos no verán más la luz de este mundo,

contemplar eternamente Tu belleza

y gozar de Tu presencia

por los siglos de los siglos.

Lleve el equipaje de mi señora al coche.

Ahora bajará ella.

Disculpe un momento. -A su servicio.

-Dígame, ¿ha visto usted a don Felipe, don Ramón o don Liberto?

-Hace ya rato, saliendo rumbo al campo santo.

El entierro de don Jaime ha debido comenzar ya.

¿Algún problema?

¿Está usted bien? -No, no lo estoy.

Nada está bien.

-¿Puedo ayudarla?

-No, usted no puede hacer nada.

No puede ayudarme.

Tendré que arreglarlo yo sola.

Tómese esta infusión, señor, le hará bien.

¿Quiere que le traiga también algún tentempié?

-No puedo comer nada.

-Haga un poder, señor, si sigue en ayunas, va a enfermar.

Lo mejor que podemos hacer

por la señorita es rezar por ella. Su destino está en manos del Señor.

-No me quedaré de brazos cruzados. Le prohíbo hablar así.

-Señor, los vecinos han ayudado en todo lo que han podido,

se han recorrido cada calle

y nadie sabe nada de la señorita Silvia.

(Llaman a la puerta)

Disculpe si le he molestado.

Voy a abrir la puerta.

-Basta ya.

Yo mismo iré en su busca.

¡Maldita sea!

¿A quién quiero engañar? No llegaría lejos.

-¡Señor!

¿Está bien? -Sí, todo bien.

-¿Se encuentra usted bien?

-Sí, Esteban, no es este viejo inútil el que debería preocuparnos.

Retírese, Agustina. -Sí, señor.

-¿Alguna novedad sobre Silvia?

-Así es. Creo haber descubierto una pista.

-Gracias a Dios. Cuéntemelo.

-Ayer estuve preguntando en un taberna.

El dueño me aseguró que le hablaron de Silvia.

Al parecer, vieron su retrato en un diario

que pululaba por la barra.

-Bendita casualidad. -Un cliente

la reconoció. Contó al tabernero que acaba de verla por la calle,

que la subían a un carruaje.

-Debemos hablar con ese hombre de inmediato.

-No será sencillo. Nada más sé de él.

¿No siguió indagando hasta dar con él?

-El tabernero no quiso decirme más.

Y pensé que era mejor ponerlo en conocimiento de la policía.

-Esteban, no podemos contar con ellos.

Se niegan a aceptar la gravedad de la situación. Estamos solos.

Silvia depende de nosotros.

Bueno, de usted, yo no soy más que un estorbo.

-No diga tal cosa, coronel.

-Es la verdad. Apenas puedo manejarme en mi propia casa.

No estoy en condiciones de salir y buscar a ese hombre.

Tiene que localizarlo usted solo.

Pero yo apenas sé manejarme por esos mundos.

-Lo conseguirá. Yo confío en usted.

Sé que hará todo lo que esté en su mano.

-Está bien,

coronel,

encontraré a ese hombre cueste lo que cueste.

Le doy mi palabra.

Puntual como un reloj.

Deje la comida donde le entre en gana y lárguese con viento fresco.

Permítame al menos no sufrir su feo rostro.

-Tan altiva como siempre.

Ni siquiera estos días de encierro

han podido doblegarla.

-Blasco,...

lo suponía.

-Veo

que me recuerda.

Yo tampoco la he olvidado, Silvia.

No parece alegrarse

de verme.

Yo no puedo estar más satisfecho.

No se imagina cuántas noches he soñado

con este momento, Silvia.

Hacia Ti, Señor, que concedes el perdón

y la salvación de los hombres, rogamos que concedas

la bienaventuranza a tu hijo, a quien llamaste de este mundo.

-¿Dónde se habrá metido Úrsula?

-Ni siquiera ha tenido la vergüenza de despedir a su esposo.

Quizás no se encuentre con fuerzas. -¿De verdad crees eso?

¿Cuándo le han faltado las fuerzas

a esa mujer?

-Pobre Jaime, ni su esposa ni su hijo pequeño

han venido a despedirse.

-Al menos uno vendrá pronto a darle sus respetos

y mostrarle su amor. -Sí, Liberto, así es.

-Por Jesucristo, nuestro Señor. (TODOS) Amén.

-Padre,...

no te olvidaremos.

¿Soy libre?

Llegan demasiado tarde.

No podré asistir al entierro de mi padre.

No esperen que les agradezca

que me hayan robado este momento.

Has tardado mucho.

¿Has entregado las maletas al cochero?

¿Sucede algo?

Tu silencio me está poniendo nerviosa.

Apresúrate, debo marcharme ya.

-No, señora,...

usted no va a ninguna parte.

-¿Qué estás diciendo?

¿Has perdido el poco juicio que tenías?

-Nunca he estado más cuerda.

No voy a permitir que se salga con la suya.

-¿Quién te has creído para hablarme de esa forma?

-La única que puede detenerla.

Todos están en el cementerio,

enterrando a su esposo.

Era eso lo que estaba esperando, el momento

para marchar sin que nadie se lo impida.

-¿Qué tontuna estás diciendo?

-Pero ha cometido un error,

en sus diabólicos planes, se ha olvidado de una persona.

De mí.

-Basta ya.

Me estás haciendo perder la paciencia.

Eres tú la que ha olvidado que no tolero la insubordinación.

-No la temo, ya no.

-Eso solo prueba tu estupidez.

¿Tengo que recordarte que sé lo suficiente sobre ti

como para destrozar tu vida?

-No trate de amenazarme.

Soy yo quien va a destruir la suya.

Conozco todos sus crímenes,

sé que robó al hijo de doña Blanca.

¿Qué piensa hacer ahora, huir con él?

-No tengo por qué soportar más tiempo este trato.

Me voy.

Aparta de mi camino.

¿No me has escuchado?

Déjame pasar.

-No, señora, se terminó,

ya no obedezco sus órdenes.

Es usted una mala persona.

Estar día a día a su lado ha sido un infierno.

Ver como manipulaba a criaturas inocentes, como sus propias hijas.

Ver que no le importaba causarles su fin.

-¡Cállate! -No, señora.

No, me va a escuchar todo lo que tengo que decirle.

Se merece el garrote.

Y eso es lo que va obtener.

¿Sabe lo que vamos a hacer? Esperaremos que todos vuelvan.

Hoy se sabrá toda la verdad sobre usted.

¿Me está escuchando?

¿Me escucha?

-Pensabas tenerme en tus manos, ¿eh?

¿Creías

que no había descubierto tu traición?

¿Que no sabía que hace tiempo que ayudabas a mis enemigos,

a Blanca, a Diego y a Samuel?

En realidad, era yo quien te manejaba a mi antojo.

Lástima que hayas dejado de serme útil.

Adiós, Carmen,...

gracias por tus servicios.

Aquí no está. Ni siquiera ha abierto.

O se esconde como la gallina que es.

-La policía también ha venido

buscando al dueño para interrogarle

y no han dado con él.

-Por eso ha desaparecido. No quiere ni siquiera testificar.

Mi hermana tendrá que cargar con el muerto.

-Nunca mejor dicho.

Va a pagar caro, muy caro, lo que me hizo.

Su traición.

A veces, cuando pienso en su castigo, hasta creo que exagero.

Aún así, no renuncio.

Sufrirá lo que no llega ni a sospechar.

-"Gracias a que tenía un distintivo rojo en las puertas he averiguado"

el trayecto que realizó aquel día.

-¿Adónde fue? -Que Silvia esté allí o no

es harina de otro costal, pero han visto al carruaje

en una finca del barrio de Las Cañas.

-Una zona apartada y discreta.

Seguro que es allí donde retienen a Silvia.

-Si está tan convencido,

creo que deberíamos ponerlo en conocimiento de la policía.

-No hay tiempo para eso.

-¿A quién piensa encomendar tarea tan delicada?

-Los policías no irrumpirán en esa casa

sin una orden judicial.

Para cuando la consigan, quizá sea tarde.

Iremos nosotros.

Siento en el alma lo que le ha ocurrido a Carmen.

Pero no me sorprende.

Todo el que se avecina a Úrsula termina lamentándolo de algún modo.

-"¿Me va a decir que no?".

-Quizá Flora merezca mi ayuda legal, no lo dudo,

pero ando ocupado en exceso. Lo siento.

-Sé que le sobran obligaciones,

pero siempre se las ha arreglado para compatibilizarlas

con la ayuda a los vecinos de Acacias.

-Y no sólo por fraternidad.

Considero un deber amparar a mis amigos.

-Flora quizá no sea

una amistad suya, pero yo así me considero.

-"¿Crees que Úrsula está detrás"

de la muerte de padre?

-Así es, no dudes que conseguiremos demostrarlo.

Pero tenemos problemas más acuciantes.

-Tenemos que encontrar a Moisés.

Ea, ea, mi niño, duerme, duerme.

Sí...

-"¿Has conseguido algo?".

-Identificar al cochero que se llevó a Úrsula.

-¿Quién es? ¿Dónde está? -No he podido hablar

con él, pero sus compañeros me han dado las señas de su esposa.

-¿No tendremos la suerte de que te haya dicho algo útil?

-Me lo ha dicho.

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Acacias 38 - Capítulo 790

25 jun 2018

La teoría de que Silvia está retenida contra su voluntad gana fuerza entre sus amigos. Esteban llega con un dato incierto para localizarla. Se celebra la ceremonia de entierro de Jaime Alday. Samuel es puesto en libertad gracias a la fotografía que consiguió Liberto.  El Peña confiesa la verdad sobre Eva a Leonor. Eva también reconoce su mentira. Leonor se reconcilia con Íñigo, pero en ese momento, los guardias detienen a Flora. Ramón anuncia que no podrá ir al pregón de Cabrahigo por negocios. Úrsula se prepara para marcharse de Acacias. Carmen lo descubre e intenta retenerla, pero Úrsula le clava un puñal.

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  1. Ana Serrano

    Suelo verlo porque me divierte apuntar los despropósitos que cometen los guionistas, hay días que alcanzan los 20. Llevamos ya varios entierros en la serie, pero el de hoy ha sido antológico. Jamás, nunca jamás en España, hasta después de muerto Franco, las mujeres asistían a los entierros. Mi madre fue al de su padre en 1962 y fue un auténtico escándalo entre la familia y los amigos. ¿No han visto nunca fotografías de entierros de personajes famosos? ¿No tienen ni siquiera una abuela que les pueda asesorar un poquito? Porque lo de una sola persona de servicio en familias de dinero, cuando lo menos que tenían era 4, es delirante y no sigo porque no sé si indignarme a partirme de risa.

    26 jun 2018
  2. William

    Otro crimen más de Úrsula, que desde luego quedará sin resolver.... ¿cuántos más hay que soportar?

    26 jun 2018