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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 789 - ver ahora
Transcripción completa

El hombre que me disparó

sería el que mató al doctor Pallero.

-Tiene lógica, mi madre quiere borrar

cualquier pista que pueda involucrarla.

Ese hombre no actuó solo.

Iba acompañado de un pollo bien conocido

en la comarca. -¿De quién se trata?

-De un tal Muñiz al que apodan El Viejo.

¿Y esos dineros?

¿Por qué le está pagando a esta mujer?

-Le estaba dando la vuelta de su consumición.

-Pues le ha dado

un buen puñado de pesetas.

-Soy inocente. Úrsula ha enredado todo esto.

-¡Deja de mentir! Las pruebas te incriminan.

Había cosas de padre en tu equipaje

y yo vi el pisapapeles con tu sangre junto a su cuerpo.

Desde que llegó esa tal Eva

al barrio, mi hija está tensa.

¿Cómo puede enredarse con un casado y con un niño?

-Por ese entonces no sabía nada del niño.

-¿Cómo que entonces? ¿Qué sabes tú?

-Nada. ¿Qué voy a saber yo?

-Muy desalentado debe de estar.

-Tratándose de Silvia no voy a andarme con melindres,

todo es poco.

El barrio al completo se está volcando con ella.

-Me alegro, es lo que Silvia merece.

-Rezaré para que tengas un viaje sin incidentes.

-Será mejor que me vaya deprisa,

las misas y las despedidas, mejor si son cortas.

-Estate tranquila, todo va a ir bien.

-Si no me entiendo con mi padrino, me vuelvo.

-Conservo la llave de La Deliciosa.

Espere a la noche,

pero tenga cuidado,

el sereno anda tras su pista.

-Su ayuda me resulta de mucha utilidad.

Deme la llave.

Eres más cándida que un ruiseñor.

-Pero le he preguntado y me ha dicho que era

una especie de ceremonia y poco más.

-A saber cómo son por esos andurriales.

He de pedirte perdón por esta decisión,

pero tengo que separarme de ti.

-Eso no lo ha escrito ella.

-"Las pertenencias de padre,"

que aparecieron en mis maletas,

el pisapapeles junto a su cuerpo...

Ni siquiera he pisado ese pueblo,

se lo puedo jurar, Liberto,

no tengo la menor idea de cómo pudo acabar allí el cuerpo...

ni el pisapapeles.

-"Déjele, salvaje, me dijo"

que no iba a hacerle daño.

-¡No, no, Flora!

-Suélteme, por favor.

-¡Suéltala!

He dicho que la suelte.

-No te ha hecho ni caso. ¡Haz algo! -¿Y qué quiere?

-No sé, dispárele.

-Si dejara usted de moverse...

-¿A qué espera?

-No soy buen tirador, ¿y si le vuelo

los sesos a usted?

-Quita, mejor no hagas nada.

¡Para tu madre, bicho!

-¡Déjala en paz!

-¿No vas a ayudarme?

¡Dispare! -¡Agáchese!

(Disparo)

¡No, no!

¡Maldita... cosa!

(HABLA EN HINDI)

-¿Y este qué dice?

-No creo que me llame bonito.

-¡Guardias!

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Qué quiere decir? No le entiendo.

-Lo que quiero decir

es que usted puede evitar que acabe en el garrote.

-¿Cómo?

-Necesito su ayuda, Liberto.

-¿Qué puedo hacer yo?

-Toda la acusación contra mí se basa en una mentira.

-¿Una mentira?

-El pisapapeles junto al cadáver,

la supuesta arma homicida. -¿Por qué dice supuesta?

-Puedo demostrar que no lo es.

Alguien la colocó allí para incriminarme.

-No entiendo una palabra de lo que dice,

pero ha conseguido despertar mi curiosidad.

-Los análisis de los médicos indican

que mi padre lleva meses fallecido.

Desde que lo creíamos en Suiza.

-¿Y?

-Ese pisapapeles estaba en casa de Úrsula después.

-¿Cómo puede demostrarlo?

-Gracias a una casualidad. -Explíquese.

-Hay una fotografía.

Cuando Cristina Novoa estuvo en el barrio,

Blanca y yo nos hicimos un retrato.

Ese pisapapeles aparece en ella.

-¿Está usted seguro de eso?

-Ha de entrar en casa

de Úrsula y hacerse con esa fotografía.

-Lo dice usted como si fuera algo fácil.

-No lo es, los dos sabemos cómo se las gasta esa mujer.

-Y si, como usted dice, Úrsula está detrás, no va a permitir

que me lleve nada de esa casa.

-Yo le allanaré el camino.

-¿Usted? ¿Cómo?

-Déjelo en mis manos.

¿Qué ha sucedido aquí? ¡Explíquense!

-Verá, este hombre es un...

Verá, lo que ha pasado...

Este hombre ha entrado y... Bueno, yo...

-Estoy esperando.

-Ese hombre entró a robar en La Deliciosa

y me amenazó con un arma. -¿Qué arma?

(AMBOS) Esa arma.

-Quería llevarse una docena de suizos

sin pagar.

Yo me resistí,

le arrebaté el arma y, entonces, Flora le dio con la sartén.

-Con esta sartén.

-Sí, con esa.

Fue poco. Seguro que se recupera enseguida.

-No lo creo.

Sufre un fuerte impacto en el cráneo.

-¿Está muerto? -Poco le queda,

su pulso es muy débil.

Menuda golpe le ha dado usted, señorita.

-Es que tengo mucha fuerza.

Desde chica que me pasa.

-Ni que lo diga. Este hombre está más

en el otro barrio que en este.

Aquí la señorita ha dejado grogui al interfecto

tras tratar de hurtar unos bollos de rondón.

-¿A qué viene esa cara?

¿Por qué vienen a por mí?

¡Si ha sido en legítima defensa!

-¿Qué van a hacer con ella? -Se la llevan a comisaría.

Le harán unas preguntas.

-No creo que sea necesario.

-No es a usted a quien la atañe decidir eso.

Ruego colaboren con la ley.

¡Y pida una ambulancia o este se le va a morir

en mitad de la chocolatería! ¡Vamos!

Percibía en usted un extraño comportamiento,

pero nunca hubiera dicho que era esto.

¿Doña Silvia no notó nada? -Me esmeré en que no lo percibiera.

Disimulé delante de ella.

Ensayé y practiqué solo para que no se diera cuenta.

-Dudo que lo consiguiera,

ella es una mujer lista.

-Lo sé, y no sé si lo logré.

No lo llegué a saber nunca.

-¿Por qué se lo ocultó?

¿Por qué no le contó la verdad?

-Miedo.

Orgullo quizá.

No soportaría que me viera como un estorbo,

que tuviera que cargar conmigo como si fuera un lastre.

-Entiendo. -Dada la situación,

y con la perspectiva del tiempo, todo me parece absurdo ahora.

Estoy quedándome ciego, pero estábamos juntos y éramos felices.

La noche en la que me había citado

con Silvia iba a contarle toda la verdad.

Fueron precisamente sus palabras

las que me hicieron ver que debía hacerlo.

Ella me quería

y yo estaba destruyendo nuestro amor

con mi actitud.

Jamás se presentó a la cita.

Y ahora quizá sea tarde y ya no se pueda

hacer nada. -No diga eso.

En todo caso, no se arrepienta,

su postura era encomiable.

-¿Usted cree? -Lo creo.

Pensó en ella por encima de pensar en usted.

Ahora entiendo que estuviera irascible,

cargaba mucho peso y eso le generó nervios.

-No sé qué decirle, no me porté bien,

tuve que apoyarme en ella, buscar su ayuda...

Quizá me equivoqué en todo.

Ahora veo las cosas de forma muy distinta.

-En todo caso, tendrá oportunidad de pedirle perdón,

de contarle la verdad. -Dios le oiga, Esteban,

porque le juro que daría mi vida

por tenerla. -No hará falta. La encontraremos.

-Le ha pasado algo grave, aunque la policía no lo crea.

Ella no se marcharía dejando una estúpida carta,

la conozco.

Me diría las cosas a la cara.

-La vamos a buscar hasta que aparezca,

le doy mi palabra.

¡No me hagan corrillo, señores, dispérsense!

¡Y ustedes dos!

¡Que corra el aire, no quiero

comportamientos ilícitos! ¡Este es un barrio decente!

(Carcajadas)

¡Silencio y respeten

el descanso vecinal!

-¡Eh, usted,

sereno! -Dígame, doña Susana.

La Deliciosa está cerrada. -Lo sé.

-Y oí que anoche hubo un altercado.

-Así es, pero nos estamos ocupando.

-Pues me cuenta lo que ocurrió.

Y rapidito que no tengo todo el día. -He de ser discreto

con los asuntos del barrio. -¿Sabe con quién está hablando?

Es un recién llegado y quizá no lo sepa.

-Doña Susana, usted es... -La que seguirá aquí

cuando usted marche, soy la que lleva aquí más años que las farolas

y soy alguien a quien no se le ocultan los secretos.

¿Me ha entendido? Ese lugar es algo más que una chocolatería.

Es como mi casa,

y quiero saber lo que ocurre en mi casa,

así que no se lo repetiré. ¿Qué ocurrió anoche ahí dentro?

-Ocurrió que un hombre de aspecto extraño intentó robar.

Sin éxito gracias a Doña Flora.

-¿A Doña Flora?

-Le arreó un sartenazo. Está en el hospital, medio muerto.

-Qué poco me gusta lo que me cuenta.

-¿No está contenta de que se abortara el hurto?

-No estoy contenta de salir en la sección

de sucesos, y menos para nombrar La Deliciosa.

¡Ay! ¿Se sabe algo de Doña Silvia?

-Nada, de momento, señora.

-Lo que me temía.

Marcho, me he citado con las vecinas para ayudar en su búsqueda.

Viendo el poco resultado que la autoridad competente consigue,

más vale que se nos dé mejor a nosotras.

Si hay novedades, hágamelo saber.

-No se haga mala sangre

con doña Susana,

tiene lengua viperina, pero es buena como el pan de oro.

-¿En qué momento le he dado a entender que somos amigos?

-Hemos de llevarnos bien,

estamos en el mismo barco,

que usted es sereno y yo portero.

-Pues eso. Portero y sereno,

como comparar los orines con el champagne francés.

-¿Me ha llamado pis?

Estoy seguro que no está inventado, pero sería carísimo.

He encontrado un sitio, la mano de obra...

(MURMURA)

-¿Qué haces ahí hablando solo?

-Pero ¡bueno!

¿Dónde va usted tan bonita?

-Calla, zalamero.

He quedado con las vecinas para buscar a doña Silvia por la ciudad.

-Ah. Ojalá la encuentren.

-Gracias. -No tiene nada que ver.

A ver cómo se lo explico. Es muy sencillo.

Entristecimiento no, enristramiento, don Ramón.

Repita conmigo:

Con esto de las fiesta estamos "tos" más dichosos que un gorrino

en su cochiquera,

"to argamasao con su enristramiento".

-Que te digo que yo no lo digo. -Si no lo dice, quedará usted

como un estirado.

-¿Estirado por hablar

castellano correctamente?

-Parece que se haya tragado un diccionario.

Y los de mi pueblo se lo van a meter

por donde le amargan los pepinos.

-Lo que quiere decir Lolita es que

es mejor que le hagas caso

antes de que se ponga como el rosario de la Aurora.

-A ver, sigamos, ¿qué más pone en su papel?

¿Cómo lo diría usted?

-Me alegra enormemente.

-Se me hace el culo agua limón.

-Estar hoy aquí entre ustedes.

-Menear el rabo entre "to" este gentío.

-Y es un motivo de orgullo

para mí...

-Y me pone el pecho palomo...

-¡Toma ya!

-¡No digo yo estas sandeces!

¡A mí no me sale!

-Lolita sabe cómo hacerle triunfar con ese discurso.

Y déjese llevar.

Aunque sea por un día.

-Pero ¿tú lo estás oyendo, hijo?

Se me hace el culo agua limón, menear el rabo

entre "to" este gentío, se me pone el pecho palomo...

¿Cómo quieres que diga todo eso en público?

-Lo ha dicho usted muy bien.

Si lo dijera con un poquitillo más de soltura

y gracejo... -¿Soltura y gracejo?

-No sé, póngase un palillo en la boca.

O rásquese

donde ya sabe... -Ay, sí, eso.

-No pienso rascarme los...

¡Ya está bien! Necesito descansar.

-No debería,

tiene mucho aún que pulir, que le veo muy verde.

-Ramón, no te apures.

Lo estás haciendo bien.

-Maldita la hora en la que acepté.

-Será divertido, ya lo verás.

-No sé yo, Trini, no sé yo.

¡Ahí va, se me había olvidado! -¿El qué?

-¡La huevada!

Hay que enseñarle la canción para que la cante.

-¿Qué cosa?

-Tras el pregón

hay un pasacalle.

Es una tradición. -Ancestral.

Los vecinos

tiran huevos al pregonero.

-¿No será verdad?

-"Pos" claro, se hace

"ende" que mi tatarabuela era chica.

En honor a la gallina Visitación,

que en tiempos de hambruna puso en una semana

72 docenas de huevos

y alimentó sola a todo el pueblo.

-No te apures, puedes ponerte

un impermeable.

-Me quedo

mucho más tranquilo.

# Toma huevo.

# Toma. Toma.

# Que no falten nunca más. -¡Nunca más!

# Que se entere todo el mundo. -¡Todo el mundo!

# Nunca está de más.

# Toma huevo. Toma. Toma.

# Que no falten nunca más.

# La huevada es lo más grande

# de la fiesta patronal. #

¿Crees tú que vivirá para contarlo?

-Yo no le he visto tan mal.

Cierto es que tenía una buena contusión en la cabeza.

-Como una casa.

-Y muy buen color tampoco tenía.

-Y para ser indio, menos aún.

-Pero tú no te preocupes, que seguro que sobrevive.

-Eso espero, porque no quiero ser responsable de una muerte.

-Mira que te dije que el Peña no era de fiar.

-Pero si él fue quien me ayudó,

que no me delató.

-¿Y qué va a decir encima que le salvas el pescuezo?

Y en la comisaría, después de declarar, ¿te creyeron?

-Yo declaré, si me creyeron o no, eso ya no lo sé.

-Tendrías que haberte alejado del Peña,

mira que te lo dije.

-Bueno, no me regañes más. Ya sé que hago todo mal.

-No es eso, hermana, pero es que a veces tienes demasiado buen corazón.

¿Y si nos fuéramos y ya está?

-¿Irnos, adónde?

-A cualquier sitio, como hemos hecho siempre.

Desaparecemos del mapa y que nos busquen.

-No puedo moverme de la ciudad

hasta que el Indio ese despierte y se aclare todo.

-¿Van a perseguirte por el mundo?

-¿Y vivir el resto de nuestras vidas como prófugos?

-Lo dices como si fuera malo.

-Es malo, bien lo sabes.

Además, no soportaría que por mi culpa tuvieras que separarte

de Leonor, convertirte en un delincuente

obligado a vivir huyendo. No,

nos quedamos y que sea lo que Dios quiera.

La verdad saldrá a la luz.

Y cuando eso pase,

nos iremos.

-Ven aquí, anda.

¿Qué tienes, Carmen?

-Señora, me preguntaba si...

había pensado en deshacer el equipaje que le hice.

Para airear la ropa e incluso darle un planchado.

-No será necesario.

(Llaman a la puerta)

Pobre Samuel.

Es don Felipe, señora.

-Buenos días. -Buenos días.

Ya que es amigo usted de Diego,

¿sabría cuándo es el sepelio de mi esposo?

Mañana. Va a ser en el panteón familiar.

Diego no me tiene muy informada sobre el asunto.

Pero supongo que es normal.

No soy santo de su devoción.

-Supongo que negarlo a estas alturas sería de hipócritas.

-Sí, la verdad es que sí.

Por eso he dejado que él se encargara de todo

y lo hiciera a su gusto.

Yo he preferido retirarme.

Aunque la muerte de un ser querido

es algo que debería estar por encima de rencillas personales.

-Ya, supongo que usted lo está pasando tan mal como él.

-Peor,

no sé cómo voy a hacer

para despedirme para siempre de mi esposo.

Será muy doloroso.

Espero que la policía no dé permiso a Samuel

para asistir a la ceremonia.

Sería insultante.

Disculpe, ¿en qué puedo ayudarle?

-Precisamente venía a hablarle de Samuel.

Quiere que le haga una visita.

Le gustaría verla.

-No tengo nada que decirle.

Samuel me ha arrebatado a lo que yo más quería

y ahora mismo no soy capaz

ni de mirarle a los ojos.

-Solo soy el recadero.

Y ahora, si me disculpa.

Buenos días.

-Buenos días.

Lo lamento de verdad, Diego. Lamento por todo

lo que está pasando.

-Gracias, Leonor.

Son momentos duros.

-Todos os acompañamos en el sentimiento,

estamos aquí para lo que necesitéis.

-¿Cómo estás tú?

Tampoco estás pasando días muy alegres.

-¿Por lo de Íñigo, dices?

Lo mío no tiene importancia,

¿qué es un desengaño amoroso

al lado de la pérdida de un padre?

Yo precisamente sé mejor que nadie lo mucho que duele.

-También sabemos lo que duelen los desengaños.

-Ya vendrán tiempos mejores.

Se me hace tarde.

-¿Vas a Acacias? -Sí. ¿Por qué?

-Si ves a Carmen, dile que venga.

Necesito hablar con ella.

-Por supuesto.

-Gracias.

-¿Por qué quieres ver a Carmen?

-Por nada importante, un recado para mi madre.

-¿Qué recado?

-¿A qué el interrogatorio? -Te conozco, sé que

me estás ocultando algo.

-No quise decirte nada para no preocuparte.

No es momento ahora de distraerte

con cosas ajenas al fallecimiento de tu padre.

-No soy ningún niño,

no me dejes al margen.

-Riera descubrió

quién se llevó a Moisés.

-¿Es eso verdad?

-Se trata de un hombre conocido como Muñiz, El Viejo.

-Nunca había oído ese nombre.

-Su nombre no, pero sí sus hazañas.

Suele asaltar carruajes en los caminos,

se hace acompañar por un muchacho.

Por favor.

¡Ayuda!

Por eso quieres ver a Carmen.

Para ver qué dice Riera. ¿Lo ha localizado?

-Fue a buscarlo, pero no sé nada.

Por eso quiero ver a Carmen,

por si ella ha tenido noticias.

-Confío en Riera,

ya verás como regresa y nos da

una alegría. -Ojalá sea así

y estemos cerca de abrazar a Moisés.

-Sí.

¿Cómo qué se llevaron a Flora detenida? ¿Por qué?

-Le dio el sartenazo al ladronzuelo

que intentó robar en La Deliciosa

y casi lo mata. -¿Tan fuerte le dio?

-Está debatiéndose entre la vida o la muerte.

-Menudo derechazo tiene Flora.

¿Ya la han liberado?

-¿No preguntas tú mucho por Flora?

-Porque me da pena la muchacha. -Que una tiene memoria.

-Dicen que hasta se oyeron disparos.

-¿Y el sereno qué hizo?

Él llamó a los guardias. ¿Qué opináis de ese hombre?

-A mí no me gusta ni un pelo, es un estirado.

-Y un prepotente.

-Se cree soldado de la Guardia Real.

-El jefe de los soldados.

-Habrá que darle una oportunidad.

-¡Ya llego, no se me impacienten!

¡Limonada fresquita! -¡Que Dios te bendiga, Lolita,

lo que necesitaba algo fresquito

que me refresque el gaznate!

-Yo necesito algo para mis piernas cansadas,

no puedo ni moverlas de tanto buscar a Silvia.

-Hemos andado dos kilómetros,

ni que te hayas hecho una carrera. -Para mi edad,

demasiado.

¿Y todo para qué?

Me da que doña Silvia ha puesto

pies en polvorosa

y se ha alejado del coronel por voluntad propia.

-No puede ser.

-¿Es cierto que mandó una carta?

¿Y qué decía?

-Pues se despedía, pero el coronel

no la da por cierta.

-El coronel

está agarrándose a un clavo ardiendo

y debería aceptar la realidad,

que le ha plantado y se ha ido para siempre.

Se me hace el culo agua limón,

estar con el trasero aquí plantado hoy

y me pone el pecho palomo...

Qué vergüenza. ¡Maldita sea!

# Toma huevo.

# Toma, toma.

# Que no falte nunca más.

# Que se entere

# todo el mundo que aquí el hambre está de más. #

-Encima no me hagas chanza.

-No se queje, padre.

Es un honor ser pregonero de Cabrahígo.

Me da hasta envidia.

-Hijo, si tan mal te sabe, te cedo mi puesto con gusto.

-Jamás osaría quitarle ese protagonismo.

Pasará usted a los anales de la historia

y llevará el apellido Palacios a lo más alto.

-¿Y quién mejor que tú para cumplir con esa tarea?

Antoñito Palacios, el heredero de la saga familiar.

-No cuela, padre.

-¿Y si te suplico?

-Tampoco, yo ahora tengo la cabeza en otra parte.

-¿Qué otra parte? -Estoy haciendo estudios

de ingeniería y batiendo el mercado en busca

de algún artilugio que se necesite.

-¿Y crees que eso es más importante

que dar el pregón en el pueblo de tu futura esposa?

-¿Es una pregunta trampa?

Bueno, me voy a la chocolatería,

quiero ver cómo está El Peña después del altercado.

Lo siento. -Hijo...

-No, padre, lo siento, adiós.

-Ramón, querido, ¿cómo llevas el pregón?

¿Te lo sabes ya?

-De eso quería hablarte. -¿De qué?

-¿Y si renunciara? -Estarás de chanza.

-¿No? -¿No?

-No. -Pero esto es ridículo,

yo no sé decir todas esas tonterías y no quiero que me tiren huevos.

-¿Tú sabes lo que pasaría si renunciaras?

-¿Que sería un hombre feliz?

-Que ni Lolita ni yo podríamos regresar al pueblo.

Sería un varapalo terrible. Una humillación.

Entraríamos en la lista de las indeseables.

Y no es un decir, que hay una lista

que cuelga en el salón municipal.

-¿De verdad me lo estás diciendo? -Y tan de verdad.

La cosa no termina ahí.

¿Sabes que nadie, y cuando digo nadie

es nadie, nunca jamás ha rechazado

ser pregonero? Ramón, por favor.

Se dan de gorrazos en la plaza del pueblo con tal de serlo.

Nos señalarían con el dedo, se reirían de nosotras.

Por no decir lo mucho que me entristecería

a mí y lo tremendamente decepcionada

que estaría contigo.

-¿O sea que no tengo escapatoria?

-Ni una muy estrecha por la que escurrir el bulto,...

Ramón.

-Se me hace el culo agua limón.

¡Leonor!

¿Has hablado con Flora o con Íñigo? -No, ni quiero.

¿Por? -¿No te has enterado de lo ocurrido?

-¿Qué ha ocurrido?

-Flora dejó a un ladronzuelo malherido.

-¿Malherido? -Será un milagro

si no estira la pata.

Solo espero que no tenga consecuencias legales.

-Flora siempre se mete en líos.

Y la verdad, aunque no quiera reconocerlo,

Íñigo también, debe ser cosa de familia.

A las buenas.

-El entierro de Jaime se celebrará mañana,

pero Diego ha preferido que sea una ceremonia íntima.

¿No, Leonor? -Solo los más allegados.

-Natural, Jaime Alday era una persona pública,

si no lo hicieran así, el cementerio se les llenaría de desconocidos.

-El apellido Alday es conocido en todo el país.

Puede que sus joyas se revaloricen.

¿Cuántas joyas Alday

tenéis? -¿De qué cosas hablas, Rosina?

-No me digas que no lo has pensado. -Claro que no.

¿A quién quiere engañar con ese velo?

-A mí no.

-Se la ve muy afligida.

-Se la ve,

pero no me creo nada.

-Sabe Dios que yo tampoco. -Si me disculpan,

he de hacer un recados.

Buenas.

-Hola.

-¿Hoy no se trabaja?

-Sabía que el barrio iba a estar asustado por el intento de robo

y no me he molestado ni en abrir.

-No quiero ni pensar lo que habría pasado si esa bala

les hubiera alcanzado a usted o a doña Flora.

Pensando en cómo está el mundo,

¿no sería fabuloso si hubiera un artilugio que protegiera el cuerpo

de los impactos?

Lo llevaría la gente

en situaciones peligrosas y de alto riesgo.

Podría llamarse...

chaleco antiproyectiles.

¿Qué le parece?

O armazón

contra las balas.

Aún hay que darle al magín,

pero...

También podría ser...

(Llaman a la puerta)

Don Liberto, la señora no está. -Lo sé,

y por eso he venido.

-¿Perdón?

-He visitado a Samuel en prisión

y me ha pedido que le venga a buscar un abrigo.

Está pasando frío en ese lugar húmedo.

-Pobre don Samuel. Debe ser un lugar horrible.

-No lo sabes bien.

Y conociendo a tu señora,

he esperado a que se fuera. -Entiendo.

-¿Te importaría si...?

-Por favor, disculpe, adelante.

Con cualquiera bastará, solo quiere

guarecerse del frío.

-Iré a buscarlo.

Por favor, siéntese. -Gracias, Carmen.

-"¡Flora,"

aguarde!

-¿Qué quieres?

-¿Cómo fue en comisaría?

No sé cómo terminó todo.

Aunque al verla aquí,

intuyo que fue bien.

-De momento.

Me han pedido que me quede hasta que se aclaren los hechos.

-Gracias por lo que hizo por mí,

si no le hubiera dado ese sartenazo,

yo estaría muerto.

Fue usted muy valiente. -De lo que me ha servido.

-A mí, de mucho.

Por eso quería ofrecerle mi ayuda económica

para contratar al mejor abogado

y que la saque del embrollo legal.

Flora...

Usted es muy importante para mí,

y, a juzgar por cómo actuó con ese Indio,

me da que yo para usted también.

-¿Qué es lo que ha dicho?

-¿Me va a negar que me quiere un poco,

aunque solo sea un poquito?

-¿Quererte?

-Yo la quiero un potosí.

-¿Cómo tiene usted la desfachatez

de hablarme de amor? -¿Qué dice?

-¿De qué sirve si de nosotros solo salen cosas malas?

-Eso no es cierto. -Sí lo es.

¡Le has arruinado la vida a mi hermano!

¿Cómo pudiste ser tan miserable para traer a Eva?

¿Cómo separas a dos que se quieren

como Leonor y mi hermano?

-No quería que se fuera.

-Pues enhorabuena, porque lo has logrado.

Me quedaré en Acacias, pero te juro

que me quedaré odiándote.

¿Querías verme?

-¿Le importaría dejarnos a solas?

(Timbre)

¡Ay, por favor! ¡Oiga!

¡No se preocupe, que estoy bien!

Anda que... lo que me faltaba ya.

-Trini, ¿estás bien?

-Sí, hija, la gente no mira por dónde va.

Acabo de cruzarme con Esteban y el pobre estaba agotado.

Llevado todo el día buscando a Silvia.

-Ese hombre está haciendo lo indecible.

No como el coronel... -¿Qué dices?

-¿Tú le has visto en algún momento?

-Ha estado pegado al teléfono, aguardando en casa

por si alguien llama.

-Mientras nosotras nos desollamos los pies.

-Está terriblemente preocupado,

y hace de todo por hallar alguna pista.

-La cosa empieza a caer por su peso.

No tiene ningún sentido que la busquemos.

-Silvia no se ha ido por voluntad propia.

-Sí, lo sé.

Pero no soluciona nada recorrernos las calles.

-Yo marcho.

Mañana os veo

en el entierro. -Hasta mañana, Susana.

Vamos.

-¿Cómo lleva tu esposo los preparativos del pregón?

-Uh, ni me hables, un horror.

¡Eh, eh, eh!

¿Dónde vas? ¿De dónde ha sacado

este sombrero? Es el de Silvia.

Será mejor que me contestes antes de que llame a los guardias.

¡Dímelo!

¿Qué vas a hacer conmigo?

¿Vas a matarme?

Será mejor que lo hagas porque no voy a desaprovechar

la oportunidad de escapar de aquí.

¿Para quién trabajas?

¿No vas a contestarme?

¡Espera!

¡Blasco!

¿Qué es lo que quiere de mí?

-¿Qué ha sido del orgulloso Samuel Alday?

-No puedo pasar el resto de mi vida en prisión.

-Parece que eso es justo lo que va a suceder.

-Haré lo que sea.

-Lo dices como si yo pudiera evitarlo.

-Ha de sacarme de aquí,

por favor.

-Ojalá pudiera, pero son los jueces quien decidirán

sobre tu futuro.

-Los dos sabemos que esto podría ser de otra manera

si usted quisiera. -Me sobrevaloras.

-Sabría devolverle el favor.

-Ya es tarde para eso.

Ya te dije una vez que cometías un terrible error

escogiendo el otro bando.

Asume las consecuencias de tus actos.

-Tiene que ayudarme, por favor.

-Lo lamento, pero nada puedo hacer.

Tendrás que pudrirte en la cárcel,

y solo.

Ya no te queda nadie.

Ni tu hermano ni Blanca,

ni tu hijo. Estás solo.

Completamente solo.

Sé fuerte, porque tu fortaleza es lo único que tienes

para enfrentarte a la condena

por haber matado

a tu padre.

Después de todo,... se va a hacer justicia.

-Ya lo creo que se va a hacer justicia.

No me falle, Liberto.

No me falle.

Solo quiero que todo termine cuanto antes.

Enterrar a mi padre

para que su cuerpo pueda descansar en paz.

-Ya queda muy poco.

-Mañana a las 10.

En el panteón familiar.

-Recuerdo ese lugar.

-Sí, yo también.

-Allí casi termino con la vida de mi madre.

Creo que ese día todo empezó a ir mal.

-No.

No, Blanca.

Todo empezó a ir mal mucho antes. Cuando empezamos a confiar

en quien no debíamos.

-Diego...

¿Crees que mi madre irá al sepelio?

-Muy a mi pesar, me temo que sí.

Ojalá pudiera impedirlo.

No sé si podré soportar verla allí.

Esa mujer ha destruido a mi familia.

Desde que llegó a mi vida, no ha hecho más que esparcir maldad.

-También a la mía.

Temo que eso lo hace allá donde va y con todo

el que se cruza en su camino.

-Mi padre no querría que estuviera en su entierro

y yo debería hacer por cumplir sus deseos,

pero no sé cómo evitarlo.

-Cariño...

No te hagas mala sangre, es un esfuerzo inútil.

Siento que tengas que pasar por todo esto.

No todo está perdido, ¿a que no?

Riera podría encontrar al tal Muñiz,

¿eso podría pasar? -Sí, claro que sí, podría pasar.

-Y quizá Moisés esté con él.

-Créeme que es lo que más deseo en el mundo.

-No puedo evitar sentir escalofríos

al pensar en mi hijo, al no saber dónde está, cómo,

quién lo estará cuidando...

Diego, ¿y si...?

¿Y si cuando lo encuentren está...? -¡No!

No, Blanca, no.

Moisés está bien,

tiene que estar bien.

(LLORA)

Discúlpenme. Venía a preguntar

si había novedades sobre Silvia.

-Ya ha podido comprobar que, por desgracia, sí las hay.

La policía se niega a ayudarnos. -No creen

que haya desaparecido.

-¿Y esos sabuesos de pacotilla qué explicación dan

a que una pordiosera tuviera su tocado?

-Según Méndez, pudo perderlo o dejárselo olvidado.

No demuestra nada.

-Pero ¡está retenida!

¿O es que no les dijo la pordiosera que encontró

el tocado en el callejón?

-Coronel, yo no opino como el comisario,

pero se aferra a que Silvia escribió una nota.

Serán ineptos, esa mujer puede estar en peligro.

-Felipe iba a tratar de hacer entrar en razón al comisario.

-Esperemos que lo consiga.

-¿Qué le habrá sucedido a esa mujer?

-Algo muy grave.

Teníais que haber visto la ilusión con que me compró el tocado.

No lo iba a dejar tirado

así como así.

-Al menos, tenemos la esperanza

de que Silvia sabe defenderse.

-Es posible, pero ¿cuánto tiempo?

Hace ya días que no sabemos nada de ella.

-Aquí tiene su vestido, ya preparado.

Señora, debería cambiarse ya sin más tardanza.

-No voy a ponérmelo.

Vuelve a dejarlo en el armario.

-¿No le agrada este vestido?

-Ni este ni ninguno. No voy A acudir al cementerio.

-No la entiendo. ¿Cómo no va a acudir al entierro de su esposo?

-No es asunto de tu incumbencia. -Pero...

-No me repliques. -"¿Qué pasó anoche?".

¿Quién era ese mal hombre y por qué vino?

-Poco más hay que decir,

entró a robar. -¿Armado hasta los dientes?

Mira, Peña,

que no me he caído de un guindo. ¿Una pistola para robar unos suizos?

-No parecía estar en su cabales. Y quizás también quería

la caja registradora.

-¿Y por qué llevaba usted un arma?

Deberían haberme informado.

-Creí preferible mantenerle al margen.

-Era la única manera de que me pudiera colar sin ser descubierto.

-¿Y así hacerse con el retrato con Cristina Novoa?

-Efectivamente, es la única prueba de la inocencia de Samuel.

-Liberto se lo entregó al comisario. -Sí, Méndez me ha informado.

Están comprobando que el pisapapeles

que aparece en ese retrato es el mismo que se halló.

-Las fechas en las que Cristina

visitó Acacias son posteriores a la fecha de la muerte de Jaime

que han dictaminado. -No cabe duda.

-¿Por qué sigo aquí encerrado?

Debían ponerme en libertad.

Vengo por si se sabe algo,

por si hay novedades sobre ese desdichado que trató de robarle.

-Aún no, pero espero que pronto se aclare todo.

Ni Flora ni yo hicimos nada malo.

-Solo Flora me preocupa, no usted.

-No es del atraco de lo que quería hablarle.

Hoy me han dado un buen consejo que pienso seguir a rajatabla.

-Usted dirá.

-Ha llegado el momento de que ponga las cartas sobre la mesa.

Se acabaron engaños y trampas.

¿Qué está tratando de decirme?

¿Qué hace

esta mujer en mi casa... de nuevo?

-Hay algo que debe confesarles.

No les haga esperar, Eva.

-Les he mentido, ruego que me perdonen.

-¿Qué significa esto? ¿De qué está hablando?

-"Acabo de reunirme"

con el coronel y todo sigue igual.

Sigue tratando de movilizar a la policía

sin éxito.

-Me alegro de que no sea nada malo.

Aunque he de decir que me está sorprendiendo su sangre fría.

-¿Por qué dices eso? Está deshecho.

-¿Ah, sí?

Lo disimula muy bien.

No sé cómo no se ha lanzado a la calle a buscar a Silvia,

es lo que haría cualquiera.

-No le juzgues tan severamente.

Quizás considere más oportuno permanecer

en su casa, coordinándolo todo

y haciendo llamadas.

Iré yo mismo en su busca.

¡Maldita sea!

¿A quién quiero engañar? No llegaría lejos.

-¡Señor!

¿Está bien? -Sí, todo bien.

-¿Se encuentra usted bien?

-Sí, Esteban, no es este viejo inútil el que debería preocuparnos.

Retírese, Agustina. -Sí, señor.

-¿Alguna novedad sobre Silvia?

-Así es. Creo haber descubierto una pista.

-"¡Es una locura!".

-Ya le hemos encontrado.

Podrás decírselo en persona.

-¿Qué son esos gritos? ¿Qué está sucediendo?

Tu hermano

ya se ha metido en otro embrollo. -Marchaos. No lo permitiré.

-¿Qué sucede?

-El Indio ha muerto hace unas horas.

Pensión Castro de la Sal.

Mi niño, muy pronto estaremos juntos.

(Campanadas)

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Acacias 38 - Capítulo 789

22 jun 2018

Novoa que le indicó Samuel. El Indio va a matar al Peña, pero, gracias al Flora, logran detenerlo. El Indio acaba herido de gravedad. Arturo confiesa su ceguera a Esteban. Descubrimos que Silvia ha sido secuestrada por un antiguo conocido suyo: Blasco. Ramón intenta anular el pregón de Cabrahigo. Diego y Blanca temen por el estado de Moisés. El bebé llora en una habitación.

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