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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 777 - ver ahora
Transcripción completa

¡No, no, Blanca!

¡Quieta, Blanca, quieta, por el amor de Dios!

-¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡Merece morir!

-Tú no eres juez. No arruines tu vida.

-"Me he comportado"

como una demente.

Peor, como una estúpida

creyendo que podría arrancarle la verdad a Satanás.

-Deja de torturarte.

-"¡Es nuestra oportunidad"

de certificar su demencia y encerrarla para siempre!

-Sería su palabra contra la de Blanca.

¿Eres necio? ¡Tú eres testigo!

-Las dos vinieron al cementerio.

Porque se asustaran o por alguna otra razón,

se escondieron en el panteón. Eso es lo que yo sé.

-"Los cuerpos"

yacían en posturas que afirmaban su muerte.

Poco podíamos hacer.

Se nos ocurrió suplantarlos, una idea que surgió de la nada.

-"Está usted..."

prácticamente ciego.

-¡No diga majaderías!

-A otro perro con ese hueso.

-¡Cuide sus modales! -Estamos juntos

en esto, señor.

-"Mañana lo dispondremos todo"

para que te hagas cargo.

-No me van a meter en ese lío.

¡Yo soy camarero y puede que ni eso!

¡No soy Cervera ni Íñigo, ni propietario ni heredero!

¡Soy El Peña!

-¿Hay alguna novedad?

-Nada que nos interese, un tiro al aire que no ha acertado.

Un arma

sin cargar es tan inútil como un anciano impedido.

Arrojo, Arturo.

Vamos allá.

(Puerta abriéndose)

-Disculpe si le he sobresaltado.

Tan solo quería saber si precisaba de algo.

-Sí, Agustina, sí necesito algo.

¡Que me deje en paz!

¿Es mucho pedir que no me importune

a todas horas?

-Lamento haberle molestado. -No quiero disculpas,

solo que se comporte

como es debido.

-Usted no está bien, señor.

No puede seguir así, sufriendo

de tal forma. -Ahora, además, se muestra

impertinente.

-Si no quiere mi ayuda, búsquela en otro sitio.

Pero debe contar lo que le ocurre.

-¿Qué le hace pensar que puede decirme lo que hacer?

-Yo no se lo voy a contar a nadie y usted tampoco,

o se verá de patitas

en la calle.

-Descuide, no volverá a suceder.

-Así lo espero.

Y, ahora, déjeme solo.

-"¿Qué pretende usted? ¿Humillarme?".

-Protegerme. -¿Protegerse de qué?

Son mis cosas, no hay nada ahí que pueda comprometerla.

-No tengo ganas de discutir.

De esta casa no sale ni un alfiler

sin que yo lo revise y dé el visto bueno.

-¡Por Dios, no me llevo nada,

ni siquiera he hecho yo mi equipaje!

Carmen ha recogido mis pertenencias. -Con Carmen ya hablaré luego.

Que sea la última vez que obedeces órdenes

que no provengan de mí.

-Sí, señora. -Retírate.

-Me llevaré esta maleta y un mozo recogerá el resto.

-Suelta esa maleta

o me veré obligada a avisar a la policía.

-No quiere que me vaya, es eso.

-Al contrario. Estoy conforme con tu mudanza.

Sería imposible convivir con un traidor, con un cobarde.

-Como prefiera. Si su miedo decrece viéndome marchar

con las manos vacías, démosle el capricho.

-Lo de cobarde no lo digo solo

porque no seas capaz de defender tu propiedad.

Siempre fuiste pusilánime,

medroso, encogido.

Bien lo sabía tu padre.

-No hable de él.

-Siempre detrás de tu hermano,

sin coraje, sin orgullo.

¡Qué sabrá usted! -Todo, lo sé todo.

Cómo le admirabas y cómo, al tiempo,

te destrozaba las entrañas su valor

y su independencia.

¿Y ahora qué haces? Te vas con él.

¿De carabina?

¿Vas a mirar

por el ojo de la cerradura cómo tu mujer le ama?

-¡Cállese!

-¡Samuel! ¡Samuel!

No solo eres un marido cornudo y apaleado,

sino que también, de alguna manera,

te has comportado como celestina.

¡Celestina de tu propia esposa!

-Me limito a ponerme del lado de la rectitud y la razón.

-Discúlpame.

No mereces el trato que te estoy dando.

Supongo que el desengaño habla por mi boca.

Me enfureció tanto tu comportamiento en el cementerio...

¡La teníamos, Samuel, la tenemos!

-No pienso seguir siendo partícipe de sus manipulaciones.

-¿No quieres a tu hijo,

no quieres a Moisés?

-Daría mi vida por él. -¿Y por qué dejar

perder la oportunidad de criarlo, cuidarlo, disfrutarlo para siempre?

Si cuentas la verdad de lo que pasó, que me secuestró,

me torturó, quiso asesinarme,

no habrá tribunal que no la encierre de por vida en un manicomio.

¿No dices nada?

Con ella ingresada,

disfrutaríamos de Moisés

tú y yo sin obstáculos.

Piénsalo.

Si continúas dándome sostén,

te juro que nada ni nadie impedirá que criemos a tu hijo.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Qué necesitas pensar, Samuel?

Si permaneces a mi lado,

podrás hacerles pagar todas sus faltas

a esos traidores.

Blanca ella sola se ha puesto la soga al cuello.

Está a nuestra merced.

Solo tenemos que informar a la policía de sus actos, ellos harán

el trabajo sucio. -¿Denunciarla?

-Es nuestra obligación como buenos cristianos.

Vendrás conmigo a la comisaría.

Les contarás lo que viste en el cementerio.

Que me retuvo contra mi voluntad,

sin agua ni comida,

y que trató de matarme.

Nadie desaprovecharía esta oportunidad.

Debemos terminar con nuestros enemigos.

-En eso estamos de acuerdo.

Lo que no tengo tan claro es que mi enemiga sea Blanca.

-Olvidas que estamos juntos en este barco.

-Lo estábamos, usted iba a lanzarme por la borda.

Deje de fingir conmigo.

Cuando me escondió a mi hijo, supe que jamás

me permitiría cuidarlo: lo quiere para usted.

Aun así, le doy otra oportunidad.

Tan solo tiene que darme algo a cambio.

-¿El qué? -Algo muy sencillo,

dígame dónde está mi hijo.

¡No, para, para! ¿Estás loco?

Podrían vernos. -Ya no tenemos que escondernos.

Somos libres.

-¿Sabes que se me hace

muy raro llamarte Ignacio?

Es como si te fuera infiel.

-Yo voy a ser Íñigo para todos. No voy a permitir

que un simple nombre se interponga entre nosotros.

-Pero ¿y mi madre?

Me preocupa, no sé cómo contarle lo nuestro.

Y tal y como es ella con los chismes, seguro

que me deshereda.

No sé qué estará pasando en casa de Úrsula,

pero ten seguro que no será nada bueno.

-Querida, pienso igual.

Desaparece con su hija como si se las hubiera tragado la tierra.

-Y vuelve ella sola, porque a Blanca no se le ve el pelo.

-Samuel está con ella, con Úrsula. Antes los vi entrar.

-¿Juntos? -Nones,

cada uno por su lado. Primero Samuel y luego ese mengue.

Los dos traían cara de pocos amigos.

Quizás podrías preguntarle a Leonor.

-Lo he intentado, pero no suelta prenda.

Es una egoísta.

No entiende que nos preocupemos por nuestros vecinos.

Por cierto, ¿se sabe algo del coronel?

¿Ha salido ya de la casa?

-Desde que se marchó Silvia, no ha pisado

la calle.

-Esperemos que no haya enfermado de gravedad.

-Tu preocupación por él te honra. -Lo que me preocupa

es quedarme sin inquilino.

El coronel necesita

descansar por las noches. Un buen descanso es vital para tener

una salud de hierro.

-Si tú lo dices.

Sé de lo que hablo.

En mi jardín cultivo unas hierbas que son mano de santo,

te calman los nervios y duermes como los ángeles.

Pero ángeles con mucho sueño. -Bien.

Déjamelas probar.

-Haré algo mejor, te las venderé a un precio más que ajustado.

¿Vas a por la limosnera?

¡Servando!

¡Servando!

¡Servando! -Señora.

Contigo quería yo hablar.

Tenía ganas de ponerte los puntos sobres las íes.

-¿Yo qué he hecho, doña Rosina?

-Ya lo sabes.

Tratar de beneficiarte de la buena voluntad de Jacinto.

Y de mis empleados solo se beneficia una servidora.

A partir de ahora, solo yo venderé las hierbas.

¿Te queda claro?

Ahora parece ser usted quien necesita tiempo

para pensar mi propuesta.

-Como es costumbre en ti,

te equivocas.

Mi silencio es debido a mi asombro.

¿Cómo te atreves a pensar que puedes imponerme nada?

-Si no acepta mis condiciones, habremos terminado.

-¿Quién te has creído que soy?

¿Aún no te has dado cuenta de que no es tan fácil deshacerse de mí?

-Parece que me necesita más de lo que cree.

¿Por qué sigue reteniéndome? ¿Acaso

me tiene miedo?

-Eres tú quien debería tenerlo.

-Y ahora me amenaza.

-Oh, no. -Dígame dónde está mi hijo.

-No y mil veces no. -Usted lo ha decidido.

-Samuel,...

¿quieres saber por qué me he negado sin dudar ni un segundo?

-¿Porque ha perdido el oremus y prefiere enfrentarse conmigo?

(RÍE)

No, hijo, no,...

Porque, en el fondo,

tienes razón,...

nunca consideré que pudieras cuidar de ese niño.

Jamás permitiría que mi nieto creciera a la sombra

de un hombre tan débil y tan manejable como tú.

En verdad, me hubiera entendido mucho mejor Diego.

Él sí es un hombre de verdad.

Pero ¿tú...

qué ejemplo hubieras sido?

Un medio hombre que ha permitido que su hermano se acueste con su mujer

y que le quite a su hijo igual que le quitó a su madre.

-No siga por ahí, se lo advierto.

-Cómo duele escuchar la verdad.

¿Qué vas a hacer?

¿Matarme como mataste

a tu padre?

¿Pensabas que había olvidado ese espanto? Nunca,

jamás lo haré.

Eres un miserable.

-Algún día se arrepentirá

de sus palabras.

Tal vez,

pero no serás tú quien me las haga pagar.

No eres rival para mí.

-Eso ya lo veremos

Ni siquiera me permitió llevarme mis pertenencias.

Menos mal que aquí guardo ropa.

-Aún me asombra la mezquindad de esa mujer.

-No está acostumbrada a que se la contradiga.

-Samuel, quédate con nosotros.

No vuelvas a ese hotel. -Claro, Samuel.

Esta es la casa de tu padre

y la tuya.

-Os lo agradezco, pero no debo.

Después de todo lo sucedido, precisáis intimidad.

No quiero molestaros. -"¿Te vas con él de carabina?".

¿Vas a mirar por el ojo de la cerradura cómo tu mujer le ama?

-No molestas, Samuel. -No insistas más.

Blanca, perdóname. Aún sigo agitado por mi enfrentamiento con Úrsula.

-Descuida, lo entiendo.

Me indigna que tenga la desfachatez de mentir así.

-Por desgracia, con mi imprudencia

lo he empeorado todo.

Me atormenta pensar que por mi culpa

hayamos perdido a Moisés

para siempre.

Mi amor, venga.

Deja de culparte. -Así es.

Lo importante es que sigamos unidos.

Juntos lograremos dar con él.

-Sí, todo el mundo puede ser derrotado,

incluso Úrsula.

Encontraremos una falla en su historia, una debilidad

y al fin daremos con Moisés.

¿Dónde se ha metido Casilda?

Esa muchacha nunca está cuando la necesitas.

-¿Qué quiere? -Unas friegas en los pies.

Los tengo tan hinchados que me están matando.

-¿No te habrá vuelto la gota? -¡Dios no quiera!

He pasado toda la tarde pateando Acacias, intentando vender

las bolsitas de hierbas sin ningún éxito.

-No puedo creerlo. -Yo tampoco.

Y he insistido en que templan

los nervios y concilian el sueño.

-Lo que me sorprende

es que quieras venderlas.

-Alguien tiene que preocuparse por la economía familiar.

-¿Y no te es suficiente

con el yacimiento de oro?

-Solo genera gastos. Y, mientras, nuestro querido socio,

viviendo la vida padre en París sin ayudar en nada.

Y el coronel lleva unos días sin salir a la calle.

¿Y si lo que le pasa

es que se ha arruinado

y no quiere que se sepa?

¡Ay, seguro que no tiene ni para pagar la renta!

-Usted siempre tan preocupada por los demás,

madre. -¿Por qué no te unes a mí

y te tomas unas hierbas?

He preparado una tetera y Leonor insiste en no probarlas.

Te calmará los nervios.

-Diga que sí, madre,

con sus nervios nadie creerá que esas hierbas funcionen.

Con Dios.

-Y, para animarte, te voy a contar un chismorreo.

¿Has visto la foto de El Peña en el periódico?

¿Dónde lo habré dejado?

-"Seguro que don Liberto no lo echara en falta".

-Si no lo veo, no lo creo.

El Peña retratado en los papeles.

¿A ver? ¡Huy!...

Y el pollo ha salido bien apuesto.

-¿No deberíamos de dejar de llamarle El Peña?

En realidad es Íñigo. -Quita, Lolita,

como el Peña lo conocimos y así se ha de quedar.

Si fuéramos cambiando nombres, esto sería un sindiós.

-Y que este muerto de hambre que tan generosamente acogimos

sea el legítimo dueño de La Deliciosa...

-Lo de acoger no lo dirá por usted.

Usted puso el grito en el cielo.

-Ahora no es momento de andarse con menudencias, Fabiana.

Hay que aprovechar la oportunidad.

Si estamos avispados,

podemos sacar churros de por vida de gorra.

El Peña estará muy contento.

-Yo lo he visto y contento, lo que se dice contento, no parecía.

-¿Ha visto? Sale usted

en los papeles. Digo yo que esto

habrá que celebrarlo

con unos chocolates y unos churros como se merece.

-No puede ser. -Sí. Ahí lo tiene.

Hay hasta una nota con su historia.

Es usted toda una celebridad.

-Pues tenías razón,

no se le ve muy contento.

-A ver si es que se le han subido los humos

y, ahora que es señor, no se habla con los criados.

-Muy nervioso parece.

Ya le vendrían bien unas hierbas.

-Naranjas de la China. Son las últimas que me quedan.

Y gracias que las comparta.

Que doña Rosina me ha dejado bien claro que habrá que pagárselas.

-Yo me voy al catre.

Parece que esto me está haciendo efecto.

-Yo, en un santiamén, me parece que voy a hacer lo mismo.

Estate quieta, mastuerza, no vaya a aparecer Úrsula de nuevo.

-Más respeto, Servando,

que está hablando con Cleopatra.

Y yo soy emperador, gabacho pero emperador,

que digo yo que valdrá más.

-Acuérdese que estamos esperando a Fabiana.

-Es verdad.

Aparta, Casilda, que tú de esto no sabes.

¡Huy! -¡Ah!

¡Arrea!

¡Arrea, es ella!

¡Es la "seña" Fabiana!

¡"Seña" Fabiana, estamos aquí!

-Pero bueno.

¿Se puede saber qué hacéis vestidos como mamarrachos?

-¿Y usted qué hace con esas fachas?

Anda, Lolita, dale de nuevo a ver si la arreglas.

-¿Qué es semejante alboroto?

-Qué extraño artilugio.

¿Qué será eso?

-Esa no es la pregunta, Liberto.

La pregunta es qué hace el servicio vestido de esta guisa.

-Disculpe, pero temo que no se han mirado ante un espejo.

-Ay, Liberto, ¿qué está ocurriendo?

¿Habremos muerto

y estamos en el infierno?

-Pues he de decirle que esos ropajes le sientan bien, pimpollo.

-Oiga, Servando, que estás hablando con una señora.

-Se siente, doña Rosina,

pero es que el Servando es un emperador,

la Lola es una santa

y servidora es... Cleopatra.

Así que

no le debemos ningún rendibú

a una mamarracha como usted. -Liberto,

¿no vas a decir nada?

-Estoy muy impresionado para decir palabra.

(Música circense)

"Con todos ustedes, mi ayudante...

¡la bella...

Pietrina!".

"Cómo acaban de comprobar, no tiene el don del habla

porque yo, su amo

y señor,

harto de escucharla,

le he prohibido

volver a decir ni mu".

Arrope, un sueño en el que doña Rosina no puede hablar,

este sí que es un sueño fetén.

-No me mires así, nada tengo que ver

con esta locura.

"Para aquellos que aún no han disfrutado

de mi arte, permitan que me presente".

"Yo soy Marcelino Orbes, nacido en Jaca para el mundo".

"El mejor payaso que hay

y habrá".

"¡Pietrina, prepárate!".

-¡Ay, ay, ay!

Pobre mujer, no tiene voz ni para gritar.

"Y, ahora, señores y señoras,

el más difícil todavía".

"Lanzaré el resto de cuchillos... con los ojos vendados".

(GRITA)

¿Desea tomar algo? -No, tan solo que avise a su señor

de una santa vez.

No tengo todo el día. -Lo que usted diga.

Enseguida lo busco.

-No es menester, Lolita, os he escuchado hablar.

Déjenos solos.

-Con mucho gusto.

-Don Arturo...

Perdone, me estaba arreglando para acudir a la coronación.

-En tal caso, soy yo el que debe disculparse

por haberle interrumpido. -No, aún tengo tiempo.

Y su visita

siempre es un placer.

¿No va a asistir a la coronación? -No. Al no estar Silvia,

rechacé la invitación. No me apetecía acudir solo.

Podría haber venido con Celia y conmigo.

Para eso somos amigos. Está bien, no insistiré más.

Pero me tiene algo preocupado,

apenas sale de casa.

¿Le ocurre algo?

Se mueve con cierta torpeza,

como si no viera bien.

¿Es eso lo que pasa?

¿Tiene problemas de vista?

-Sí. Así es.

Pero no hay de qué preocuparse.

Un poco de fatiga visual.

Demasiada lectura, ya sabe.

Estoy en tratamiento, pronto se corregirá.

-Seguro que es así.

-El tiempo no perdona.

Ya no soy un joven.

Precisamente por eso he venido a verle.

Me he dado cuenta de que no tengo mis papeles en orden.

Quiero atarlo todo para proteger a mi futura esposa y a mi hija.

Acompáñeme al despacho, allí lo tengo todo.

-Si no le importa, prefiero esperar aquí

a que la traiga.

Estoy un poco cansado. -Como desee.

-"¡Paquito!".

Paquito, aguarde.

Paquito, por favor.

¿Acaso no ha oído que le ando llamando?

Insiste en evitarme. -Y usted en impedírmelo.

-No le dejaré en paz hasta que hablemos.

-Poco tenemos que decirnos. ¿Qué quiere que le diga?

No puedo evitar sentirme muy dolido.

-Si le sirve de consuelo,

no le he mentido solo a usted, sino a todo el barrio.

-Mal de muchos, consuelo de tontos. Creí que me tenía

sincero aprecio. -Y así es.

-Bonita manera de demostrarlo.

Ha traicionado mi confianza.

No sé si podré perdonárselo.

-Crea que lo lamento, pero no tuve otro remedio.

-Mejor lo dejamos así.

Me temo que, diga lo que diga, no va a convencerme,

ya no.

-Aguarde un suspiro, Flora.

Vamos a tener unas palabras. -No es buen momento, doña Susana.

-Seré breve, tan solo tiene que contestarme a una sencilla pregunta,

¿qué hace aún La Deliciosa cerrada?

-Me temo que hay que arreglar ciertas cuitas

antes de abrir. -Pues ya se están apresurando.

Puedo soportar sus mentiras, pero no consentiré

que la perdamos. ¿No ve lo que La Deliciosa significa para Acacias?

-Crea que lo lamento,

pero eso ya no depende de nosotros, sino de su legítimo dueño.

Hemos dejado el local preparado.

Mi hermano está con los papeles. -¿Cuándo estará listo?

-Eso debe preguntárselo al Peña.

-Ay... Ya veo que acuden a la coronación.

Van a ser la sensación vestidos tan elegantes.

-Se lo agradezco, Susana. -No lo hagas,

me alababa a mí misma.

Me he superado.

-Sí, y hasta hoy no había tenido ocasión de estrenarlo.

Me alegro, y lo verá toda la corte. -La próxima vez

tendrá que hacernos descuento por la promoción.

-No cuente con ello, pero sáquenme de dudas

sobre otro asunto.

Dicen que Blanca ha vuelto con Diego.

-Veo que las noticias vuelan en este barrio.

No la han informado mal. Están viviendo en casa de Diego

y Samuel se ha ido a un hotel. -¿Qué ha sucedido?

-Para eso tendrá que esperar a que se diga.

-Para ser tan buen abogado, miente muy mal.

Ya veo que no voy a sacarle más.

Pero lo que está sucediendo en esa casa es un escándalo.

Pero no se puede culpar ni a los hermanos Alday ni a Blanca.

¿Quién podría vivir al lado de un monstruo

como Úrsula?

Serviré el almuerzo a la hora convenida.

¿Desea algo más la señora?

-No, puedes retirarte.

Espera, Carmen.

Sí hay algo más.

-Usted dirá.

-Quiero agradecerte que no hayas preguntado

por la marcha de Samuel y Blanca de esta casa.

Es de suponer que no se trata de falta de curiosidad,

sino de exceso de discreción.

Un atributo que valoro mucho en una criada.

-Se lo agradezco, señora.

Yo solo quiero que esté satisfecha

con mi persona y mi trabajo.

-Cada día lo estoy más.

Veo que al fin has comprendido lo que te conviene.

Puedes retirarte.

Me alegra que haya venido.

Hay algo que deseo enseñarle.

Me he estado informado sobre el doctor Pallero.

Escribí una nota

a unos joyeros conocidos de los Alday que trabajan

en el pueblo del médico.

-Por lo que veo, ha recibido respuesta.

-Según me han escrito, el doctor Pallero les compró

un anillo de compromiso

hace unos tres meses. Y no han vuelto a saber de él.

-No es mucho.

-Sí me han dado un dato que puede ayudarnos en nuestras pesquisas.

El nombre de la prometida.

Una tal Isabel Buenache.

Debemos hablar con ella.

-Ha hecho un buen trabajo.

Pero yo había llegado al mismo punto por otro camino.

-¿Sabía de esa mujer?

-No solo eso. He hablado con ella esta misma mañana.

-¿Qué ha podido averiguar?

-Nada que pueda ayudarnos.

El doctor Pallero la dejó plantada y la mujer no sabe

dónde está ahora el galeno.

-¿Así que hemos fracasado?

Es como si cada paso que diéramos chocáramos contra un muro.

-Terminaremos por derribarlo.

Le prometo que encontraré a ese medico

cueste lo que cueste.

Vaya chozas se gastan estos gabachos.

-Según pone Antoñito en la carta, se trata de Versalles.

-Pobre criada la que tenga que limpiar ese sitio.

-Dígame, Fabiana, ¿usted qué cree,

que Antoñito es dichoso o que me echa

de menos?

-Yo creo que eres más tonta que Abundio

si piensas que puedo adivinar todo eso.

-¿Qué quiere? Estoy que no me tengo.

En la carta, no dice cuándo piensa volver.

-Seguro que ya no tarda mucho.

-Pues eso espero.

Tengo unas ganas de achucharlo.

-Tú céntrate en la faena y el tiempo pasará volando como un pájaro.

-O caminando como una tortuga. Doña Celia poco me da que hacer.

-¿Y tú señor tampoco? -Nones.

No sale del despacho.

Está todo el día arreglando papelejos del Marqués de Viana.

Por cierto, vino su señor.

No sé cómo le aguanta, tiene un humor de perros.

-Oye, ¿tú no te enterarías de por qué

fue a verlo?

-Algo oí de que el coronel quería arreglar su herencia.

-Arrea, Agustina,

a ver si es que le va a dejar a usted parte de su fortuna.

Lolita, ¿por qué no miras en mi cuarto?

Creo que tengo un marco que le va que ni pintado a este retrato.

Si te gusta, te lo regalo. -Voy a ver,

muy agradecía, Fabiana.

-Agustina...

Se ha quedado usted pálida como un muerto

al oír que su señor prepara su herencia.

¿Acaso está enfermo don Arturo?

¿Por eso arregla sus cuitas?

-Así es, pero nunca creí que fuese tan grave.

Temo por él.

Cada vez está más nervioso, más inquieto.

Y se niega a buscar ayuda. -Siempre fue hombre de carácter.

-Quizás esté más delicado de lo que me aseguraba.

¿Y si está arreglando la herencia

porque teme

entregar la pelleja? -Si eso es así,

no puede hacer sino aceptar su destino.

A todos nos llega la hora.

-Discúlpeme, Fabiana.

¿Y dónde va esta mujer ahora?

-No he encontrado el marco ese que me ha dicho.

-Pierde cuidado,

que ya te regalaré otro fetén.

Pero, mientras tanto,

ya sé cómo animarte, mastuerza.

¡Petrina!

¿Qué haces tan amodorrada?

¿No has descansado esta noche?

-No me hables de la pasada noche.

He tenido una pesadilla cuyo recuerdo me atormenta

durante todo el día.

-Cuánto lo siento.

Yo he tenido un sueño

la mar de divertido.

-¿Y tú de qué te ríes? ¿Hemos dicho algo divertido?

-Yo...

No era risa, doña Rosina,

se ha confundido. Es que estoy malita, me he acatarrado.

-Esta muchacha cada vez está más rara.

Cuéntame, Liberto, qué soñaste.

-Pues el caso es que ahora no lo recuerdo.

¿Tú crees que se me daría bien el lanzamiento de puñales?

-No lo sé. ¿Por qué dices eso? ¿Estoy soñando otra vez?

-En fin, cariño,

te dejo descansar.

Voy a dar un paseo.

-Y yo me marcho a beber agua

porque es que tengo una tos muy grande,

doña Rosina.

Muy grande.

-Aquí está pasando algo muy, pero que muy raro.

Lo siento, pero me pilla con algo de prisa.

-Se espera. Llevo intentando verle pasar todo el día.

¿Cuándo va a abrir? -Nunca. No quiero ese negocio.

-Pues no haberlo comprado, Íñigo Cervera.

-Soy Peña. -No dicen eso los papeles.

Su retrato sale en los diarios.

La Deliciosa no puede quedarse desatendida.

-Mire, señora,

me importa un bledo la chocolatería. -¡Uh!

-Si finalmente resulta mía, la venderé y me marcharé de aquí.

-Es lo primero sensato que dice.

Debe vender cuanto antes. Es obvio que es usted un grosero

y un cualquiera. Alguien indigno

de la Deliciosa, pero mucho cuidado a quien se la vende

o se las verá conmigo.

Ya estamos hartos de tantos indeseables

por estas calles.

-Peña, te estaba buscando.

-Vaya, hoy es mi día de suerte.

-Descuida, no te entretendré mucho.

Esto es suyo. -¿Qué es?

-Escrituras y llaves de La Deliciosa.

Si te vienes, te hago entrega del inventario.

-No quiero inventarios ni escrituras,

ni llaves ni ocho cuartos.

Usted y su hermana me la han jugado bien jugada.

-¿Cómo puedes pensar tal cosa?

Lo único que pretendíamos era devolverte lo que es tuyo.

Lolita. -Buenas noches.

-Estoy agotado. No veo el momento de acostarnos.

-Arrea, aguarden un poco y cuénteme de la coronación,

así luego podré fardar de señores de postín

en el altillo.

¿Pusieron "canapeses" como en las fiestas

de La Deliciosa?

-Había algo más que canapés. -Lolita, fue de lo más finolis.

-Seguro que nadie iba tan guapa como usted, señora.

-Muchas gracias, Lolita.

Tráenos una botella de champán para que brindemos por el rey.

No pudimos hacerlo. -¿Y qué fiesta era esa?

-Había tanta gente importante que saludar que no hemos parado.

-Pero no ha podido resultar más provechoso.

Gracias a tu encanto, mañana tenemos un desayuno con la familia Prado

y pasearemos por los jardines de su palacio.

-Entonces les traigo el champán.

Tienen mucho que celebrar.

-Lo tomaremos en el despacho. -Muy bien.

Agustina,

¿qué hace a estas horas? ¿Necesita ayuda?

-No vengo a verte a ti, Lolita, sino a tu señor, don Felipe.

Os agradezco que me hayáis invitado a cenar.

-Deja de repetirlo, los agradecidos somos nosotros

por volver a contar contigo. -Lamentamos

que vayas a ese hotel.

-Descuida, Blanca, es de lo más confortable.

-Aun así. Yo no tendría fuerzas

para llegar hasta allí.

De hecho, no creo que tenga ni para llegar a mi cuarto.

-Vete un rato al sillón

y descansa. -Voy a hacerte caso.

-Venga.

-Gracias por cuidarme tan bien.

-Diego, ¿te importa que vaya a mi antiguo cuarto?

Hay unos retratos familiares que quiero recuperar.

-Por supuesto, pero no tienes ni que pedírmelo.

Si no te importa, te acompañaré. Así charlamos un poco más

y la dejamos descansar.

Blanca,... ahora volvemos.

-"¿Qué le hace pensar que puede decirme lo que debo hacer?".

"Yo no diré nada y usted tampoco

o se verá de patitas en la calle. ¿Queda claro?".

-"Evite que la eche".

A nuestra edad no es fácil que nos cojan.

Aquí tiene a mi señor, Agustina.

¿Cómo, se pensaba marchar a la francesa?

-¿Sucede algo, Agustina?

No, no. Yo...

no debería estar aquí. Lo siento

Si necesita algo, cuente con los Álvarez-Hermoso.

-Así es, ayudaremos en lo que sea preciso.

Agustina,

¿se queda o se va?

-Me quedo, señor,

debo hablar con usted.

(Pasos)

(Puerta abriéndose)

¿Samuel? Diego, ¿sois vosotros?

(Llanto de bebé)

(Llanto de bebé)

No, por favor, otra vez no.

¡No!

¡No!

-Blanca, hija.

He entendido tu dolor.

Te traigo a tu niño.

Es Moisés.

Es tu hijo.

¿No quieres cogerlo?

¿Estrecharlo entre tus brazos?

-¡Moisés, hola!

¡Mi amor, mi vida!

Ya, ya.

Ya.

¡Ya, Moisés!

Moisés, Moisés.

Moisés...

¡Moisés!

¡Moisés! ¡Moisés!

La que me ha venido encima sin comerlo ni beberlo.

-Tampoco te hagas el inocente. Tú te lo has buscado.

-Flora, yo haré lo que usted diga, lo que sea.

-¿Por qué no cierras y te marchas de la ciudad?

-Por usted. -¿Qué dirían Juliana y Víctor?

-No lo sé, pero Flora e Íñigo

son unos pobres desgraciados con los que se ha cebado el destino.

-Qué historia tan triste.

Se me saltan las lágrimas cada vez que lo pienso.

-Sí, todo un drama sin duda, cariño.

Una historia digna de un folletín por entregas.

-"¿Y si nos tomamos esas hierbas?".

-No, mejor no. Ya se está enterando

tanta gente que no vamos a caber en los sueños.

Además le digo,

la caja esa tonta me da mal fario.

-Sí, mejor dejarlo,

que no quiero volver a ver a doña Rosina en paños menores.

-"Ninguno de los tres ha tenido ni pizca de decencia"

en este asunto.

-¿Ese hombre que le persigue qué busca? ¿Matarle?

-Probablemente. Por eso pienso que deberían quedarse a mi lado

para protegerme y permitirme salir bien librado de esta situación.

-"Con esto y un poco"

de paciencia, conseguirás abrir la caja.

-No sé si sabré hacerlo.

-Por lo que me has contado, la caja donde Úrsula guardó la carta

no debe tener un cierre muy complicado. Lo conseguirás.

-Nunca pensé en verme forzando cerraduras.

-No te desasosiegues, solo has de buscar

el momento preciso.

Piensa que soy un pusilánime, pero se equivoca.

Ya no soy el pelele al que ha usado.

-Yo solo he procurado ayudarte.

-No trate de seguir engañándome. Por su culpa lo he perdido todo.

Pero he cambiado, tengo las cosas claras y voy a conseguirlo.

"Los que tomamos"

estas hierbas tenemos el mismo sueño.

-¿Cómo va a ser eso posible?

-No lo sé, cosa del demonio, pero he arrancado las hierbas.

Muerto el perro, se acabó la rabia.

-No es por hacerla de menos, pero lo que ha arrancado es la hierbabuena.

-Pues ¿a qué esperas para arrancar las otras y hacer una hoguera?

-Tardaré en regresar,

pero no te marches

hasta que no compruebe que has hecho bien tu trabajo.

Por una vez no te veré mariposear por toda la parte noble de la casa.

-No se apure, haré el trabajo rápido y bien.

-Más te vale.

¿Abres? -Sí, señora.

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  • Capítulo 777

Acacias 38 - Capítulo 777

06 jun 2018

Agustina llega a tiempo para que Arturo frene su intento de suicidio. La criada no puede más y decide hablar con Felipe sobre la situación de su señor. Úrsula ofrece un pacto a Samuel; él no está dispuesto a aceptar si no ve a su hijo. Úrsula escribe una carta a escondidas. El Peña está agobiado al verse en el periódico. Susana le presiona para reabrir la Deliciosa. Los criados sueñan juntos gracias a las hierbas de Jacinto. Diego propone una última medida para detener a Úrsula: traer a Jaime Alday de vuelta.

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  1. Carmen

    La historia de Blanca "Diego Samuel..aburre muchísimo. ..El personaje de Blanca desde que entró en la serie es muy pesado siempre con problemas llorando una mártir...por dios que le cambien el papel a esa pobre actriz

    13 jun 2018
  2. Maite

    A mí tmb me aburre y ya no la veo, los guionistas no aciertan y ya deberían invertirse algo y finalizar de una vez por todas

    07 jun 2018
  3. marilu

    Bienvenida la posibilitad de enviar nuestros comentarios nuevamente, luego de estar " suspendidos" bastante tiempo.- Lamentablemente debo hacer CRITICA CONSTRUCTIVA a los señores guionistas, que ya PERDIERON EL OREMUS desde hace rato. Siguen con las consabidas maldades de ursula, como eje principal de esta serie, también continúan las escenas que no son tales sino un sueño del protagonista ( recurso muy trillado ya), ahora presenciamos una visión del,FUTURO, ¡¡¡¡¡ televisión en 1902 !!!!, un samuel que no se decide si ir para atrás o para adelante, un Riera que ya podría concretar lo que ya sabe y que puede hacer mella en ursula, en fin, esta serie SIGUE con mas de lo mismo; vaya a saber hasta cuando la piensan estirar...- Muchos me preguntarán ¿ porque la veo? simplemente, lo hago con la esperanza de ver que la historia entra en un cauce mas creíble y ameno ......................por lo mismo los personajes que me resultan detestables los escribo en minúsculas

    07 jun 2018
  4. Teresa

    Estoy complearamente d acuerdo con selva cardoso...yo apenas la veo ya pq no puedo con ciertos personajes, por ejemplo con ursula...creo qm conformare con leer los resumenes dvez en cuando por si un dia vuelve a merecer la pena...es una lastima todo lo q ha perdido...

    07 jun 2018
  5. selva cardozo

    Capítulo 777: creo que ha de ser uno de los capítulos mas patéticos que he visto de esta serie!! Por favor, la discusión deÚrsula y Samuel, ella lo desacredita, él q amaga con irse pero siempre queda con la llamada de Úrsula, ni el escritor cree esa escena!! Entre Cayetana y Úrsula, Cayetana tenía mas clase con sus maldades. Si habilitan este espacio para comentarios hagannos el favor de leerlos y hacer caso a nuestras quejas, ya se pasan de aburridos, escenas tontas, siempre gana la maldad, no hay felicidad en esa calle. Luego el coronel, triste, triste su papel!! como nadie se va a dar cuenta de su situación. La sastra, siempre hablando mal de todos y ella es la menos indicada de hablar sobre la moralidad de otros. Les juro que dejo de ver una semana y cuando la retomo a la siguiente semana, descubro que no pasado nada, nada de relevancia. Leyendo los resúmenes uno sabe lo que pasa cada día. Capaz piensen, "aunque se queje esta muy al tanto de lo que pasa en los capítulos", cierto, porque al principio la veía todos los días, pero ahora, solo cada tanto la veo y como le digo, aun dejando de ver varios capítulos uno entiende muy bien lo que ha pasado. Y les puedo asegurar que han perdido muchos televidentes. Deberían hacer series tipo "EL MINISTERIO DEL TIEMPO", con capitulos divertidos y diferentes cada día.

    07 jun 2018