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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 776 - ver ahora
Transcripción completa

Esto no se va a terminar hasta que confiese de una vez.

-"Blanca podría estar en peligro. Ayúdales a encontrarla".

Te lo ruego.

No lo hagas solo por don Diego.

Hazlo por mí.

-"Nunca podría perdonarme"

no haberte dado un beso de adiós.

-No es un adiós, Arturo.

-No, claro que no.

"Pero es que, esta tarde, cuando te marches, no bajaré,

odio las despedidas".

-"No soy Íñigo".

Ni Flora es mi esposa. Ella es mi hermana.

Jamás he estado más cuerdo.

El verdadero Íñigo Cervera

es aquel al que llevamos un tiempo llamando...

El Peña.

-"Era consciente de que otros eran los planes,"

pero no aguantaba.

Dice que va a recuperar a su hijo.

-Tal y como temíamos,

es un plan desesperado.

-Sí, Diego, Blanca quiere arrancarle la verdad a Úrsula.

-"Solo necesita saber"

que puedo serles útil.

Mi oficio consiste en localizar

a quien no quiere ser encontrado.

¿Dónde vieron a Blanca

por última vez?

-Un poco más.

¡Venga, vamos!

-"¿Dónde estás, Blanca?".

¿Dónde te has escondido?

-¡No!

-¡Ah!

¡Ah! -¿Dónde está Moisés?

-¡Socorro! -¿Dónde?

-¡Samuel!

-¡La odio! -¡No, no, Blanca!

-¡Ah!

¡La odio! -¡No, no, Blanca!

¡Quieta, Blanca, quieta, por el amor de Dios!

-¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡Merece morir!

-Tú no eres juez. No arruines tu vida.

-¡Estúpido! -Quizá, pero así es mejor.

Ya terminó.

-¡Has querido matar a tu propia madre!...

-Cállese. Vámonos. -No, ni me voy yo

ni se va ella.

¡Tiene que decirme la verdad, tiene que decirme dónde está Moisés!

¡Dígamelo! ¿Dónde está, endriago?

¡Samuel, déjame!

-¡Eres una fiera, un maldito demonio!

-¡Devuélveme a Moisés! -¡Blanca!

Usted aléjese.

¡Vamos! -Honrarás a tus padres,

dice el Señor. Tú has querido matar

a tu madre.

-¡No le hagas caso!

Yo iré contigo. -¡Suéltame!

-Nos vamos los dos. Diego te espera fuera.

-¡No me voy!

¡Ella lo sabe todo, puedo recuperar

a mi hijo! ¡Suéltame! ¡Suéltame!

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Dónde está mi hermano?

-Quizá haya ido a buscarnos.

-No creo.

-Ahí lo tiene.

Y no viene solo.

-Vamos.

-¡Blanca!

¿Estás bien, mi amor?

¿Y Úrsula?

-Perdóname.

Me he comportado como una demente.

Peor, me he comportado como una estúpida

creyendo que podría arrancarle la verdad a Satanás.

-Deja de torturarte.

Lo importante es que estás bien.

Su maldad me ha poseído.

He estado a punto de arruinar mi vida para siempre.

-Afortunadamente, no has cometido

nada irreparable.

-Jamás vamos a recuperar a nuestro hijo.

Esa mujer prefiere perder la vida

que conducirnos hasta Moisés. -Lo recuperaremos.

Recuperaremos a lo que más queremos en este mundo.

-¡Maldita sea!

¡Maldita sea Úrsula!

¡Maldita sea para siempre! -Vámonos de aquí cuanto antes.

No tiene sentido que sigas negando quién eres.

Habrá sido una impresión, y de las gordas, enterarse así,

pero tómatelo bien, hombre.

-Es que no me cabe en la mollera.

De algo me acordaría,

¿no? ¿Cómo iba yo a olvidar

que soy hijo de un reconocido explorador

y aventurero? -Pues lo eres,

y vaya si lo eres.

-¿Y se supone que viví con mi padre?

En ese caso, hablaría idiomas,

sabría geografía...

No sería

un mozo iletrado.

-Lo vas a entender en cuanto pueda hablar yo.

-Si ustedes no son los Cervera y el Cervera es el camarero,

¿de quién es el negocio de mi familia?

-Que sí son los Cervera, señora,

no se aturulle.

¡Si hasta el propio Íñigo, mi jefe,

ayudó a escribir la biografía de su padre!

¿Es así o no es así, doña Leonor?

-Señora, no hable, que solo quiere enredar.

Si tienen un poco de paciencia,

les contaré cómo se gestó el enredo.

¿Y Blanca?

No la habrás dejado marchar.

¡Ah!... Date prisa.

No podemos perderla.

-Olvídelo todo.

-¡Tienen que prenderla los guardias! Tengo que denunciarla.

Tiene que pagar. -No vamos a prenderla.

Nadie va a perseguirla.

-¡Es nuestra oportunidad de alejarla de nosotros, de hundirla!

¡De certificar su demencia y encerrarla para siempre!

-Sería su palabra contra la de Blanca.

¿Eres necio? ¡Tú eres testigo!

Has visto que me secuestró,

que quiso matarme.

-Las dos vinieron al cementerio.

Porque se asustaran o por alguna otra razón,

se escondieron en el panteón. Eso es todo lo que yo sé.

-¿Vas a traicionarme?

¿Eso es lo que testificarías?

-No le quepa duda.

Es la verdad.

-"Sí, señoras y señores,"

no me siento orgulloso de ello, ¿cómo podría?

Pero mi confesión ha de ser íntegra y cabal.

Fue el contrabando la actividad

con la que pude sacar adelante,

al menos durante un tiempo, a mis padres,

a mi hermana aquí presente y a mi hermano,...

que apenas cumplía diez años...

-¡Era precioso, como un angelito,

con sus bucles rubios,

sus mofletes rosados,

sus ojos de cielo!

-A perro flaco todo se le vuelven pulgas.

Y a los pobres, la esperanza,

desesperación.

-Dios aprieta, pero no ahoga, señor mío.

-Es muy posible, aunque yo sentí que me faltaba la respiración

cuando todos en mi familia

menos nosotros dos fueron presa del cólera.

Con la enfermedad,

ni siquiera el contrabando daba lo suficiente.

Flora y yo apenas comíamos para que no les faltara nada.

Ni aun así alcanzaba. Robamos para comprar medicinas.

-No podíamos soportar ver a nuestro hermanito consumirse.

Cada día más flaco, con la cabeza más ida por el hambre...

-Primero murió nuestra madre,

pronto la siguió nuestro padre

y, por último, el Señor

se llevó al benjamín.

-Les acompañamos en el sentimiento.

-Para colmo de males,

vine a saber que unos contrabandistas

con los que había tenido trato me buscaban

porque terminé debiéndoles dinero.

-Era cuestión de vida o muerte.

En cuanto enterramos a la familia, pusimos pies en polvorosa.

-Y en el camino, en la huida,

fue cuando topamos con don Íñigo Cervera,

conocido ahora por ustedes

como El Peña.

Poseíamos un viejo carromato

con el que cruzábamos la frontera de Francia acarreando alijos

y nos echamos a esos caminos.

Cierto día, un hombre muy elegante y una bella mujer

nos pidieron que los transportáramos a la ciudad.

Accedimos.

Eran don Íñigo Cervera y su esposa.

Dijeron que habían adquirido una chocolatería

y que viajaban hacia ella.

Aquella fue la primera vez

en mi vida que escuché nombrar

la calle Acacias y la chocolatería La Deliciosa.

Pero no podíamos imaginar que llegaríamos a conocerles...

No se alejen mucho. Y vayan con cuidado.

-¿Qué pasa, hay osos?

Tuvimos la mala fortuna de que los contrabandistas que me buscaban

dieran con nuestra pista.

(Disparos)

-¿Qué ha sido eso? -Disparos.

Ni siquiera pretendieron hablar ni negociar.

No. Dispararon,

no preguntaron nada.

No quiero que ese relato sea algo lacrimógeno.

Cuando los vimos,

los cuerpos de los Cervera yacían en posturas

que afirmaban su muerte.

Poco podíamos hacer. Suerte tendríamos

si la Guardia Civil no nos acusaba de los asesinatos.

Están muertos, no podemos hacer nada.

Se nos ocurrió suplantarlos, una idea que surgió de la nada.

Podíamos llegar

a la ciudad

como el matrimonio Cervera.

No hacíamos daño a nadie y dejábamos

aquella vida

que para nosotros significaba calamidades,

penurias y privaciones.

¿Quién nos diría a nosotros

que en Acacias

encontraríamos buena gente y amigos de verdad?

Sinceramente,...

habíamos conocido el amor y el calor de la familia,

pero jamás habíamos disfrutado

de la amistad.

-Era como si Dios nos hubiera dado una nueva oportunidad

para vivir con decencia y con el calor

que ustedes nos brindaban.

Perdone mi atrevimiento, señor.

Pero quizá debería aprovechar la ausencia de la señorita.

-No sé de qué modo.

-Tratando de recuperarse, acudiendo a un médico.

Esforzándose por sanar.

-Voy a hacer como que no he escuchado.

-No me voy a callar. Salga usted al menos.

-Anímese, no se acaba el mundo.

-Depende del lado desde el que se mire.

Hágame un favor, Agustina,

tómese el día libre. Salga.

-Si piensa usted que le voy a dejar abandonado, se equivoca.

No voy a quedarme quieta

viendo cómo se desmorona. -Agustina,

no es de su incumbencia.

Es una criada, una asalariada.

Con cobrar su sueldo tiene suficiente.

-Quizá antes sí, pero ya no.

Usted mismo ha querido que le ayudara,

que me comprometiera contándome que no era

una ceguera temporal, mintiéndome.

-¿Qué más da? -¡Da, claro que da!

No es temporal, señor, no me lo niegue.

Está usted... prácticamente ciego.

-¡No diga majaderías!

-¿Majaderías? El otro día me pidió que cerrara las cortinas

y, cuando le obedecí, ni siquiera lo notó.

Estaba deslumbrado, eso es todo. -¡Ja!

A otro perro con ese hueso. -¡Sus modales!

-Estamos juntos en esto, señor,

estoy con usted.

-"Menudo novelón".

No me digas que no te parece apasionante

la historia de los Cervera.

-Sí, madre, pasmosa.

-No lo entiendo. ¿Quién es el dueño de La Deliciosa?

-Pues el verdadero Íñigo Cervera, El Peña.

El camarero ha vuelto a rehacer su vida.

-Y los hermanos, pero para peor.

Venga, vamos.

Se resuelva el entuerto como se resuelva,

lo que no tiene perdón de Dios

es que estos canapés se queden revenidos.

¡Están de aúpa! -¡Diga usted que sí! ¡Coma, coma,

que algún día se acabará el mundo! -No, si ya...

-Nunca había probado esto.

No me hace mucha gracia. Sabe a fogata.

-Lo mismo dije yo la primera vez. Es salmón ahumado.

Una de las mercancías con las que pasaba la frontera.

Pero este es legal, ¿eh?

-Pues, hale, Paquito, coma,

que luego la noche es larga y fría.

-No, gracias, debo marcharme.

-¿Saben ustedes por qué Paquito

parece tan molesto?

-Ni que lo diga,

ni que le hubieran robado el chuzo.

-A lo peor es el único que se atreve a demostrar

lo que piensa de nosotros. No culpo a ninguno de ustedes,

bien merecido

nos lo tendremos.

-Me marcho.

-¡Míralo, qué humos!

Desde que es amo de la chocolatería,

ya no quiere cuentas con los de abajo.

-Aguarde que le felicitemos. No se pasa de mozo a señor

y a empresario todos los días. -No es verdad, no puedo serlo.

Me acordaría.

-Vas a tener que perdonarme, pero intenté quitarte ese anillo.

No hubo manera. Pero sí me fijé en el sello.

Es de los Cervera.

-Puedo mostrarte un libro en el que aparece.

Eres el único heredero de tu estirpe.

Cuando recuerdes, llevarás tu apellido con orgullo.

-Y en el entretanto, ve disfrutando de tu propiedad.

-¿Qué? -Mañana lo dispondremos todo

para que te puedas hacer cargo de la chocolatería.

No es un gran negocio,

pero da para vivir.

-¡Ah, no, no me van a meter en ese lío!

¡Yo soy camarero y puede que ni eso!

¡No soy Cervera ni Íñigo, ni propietario ni heredero!

¡Soy El Peña!

¿Qué te ha parecido el traje?

-Serás el caballero más apuesto de toda la coronación.

-Noto cierto pitorreo en tus palabras.

Acudir a ese evento es muy importante para mí.

Estará toda la nobleza del país

y lo mejor de cada una de las familias significativas.

-Te harás notar, no lo dudo.

-Lo dices, pero no lo piensas.

Tienes razón. Sigo pensando en lo de los Cervera

o como se llamen. Ahora entiendo sus rarezas.

No parecían un matrimonio porque no lo eran.

-No ha debido resultarles fácil mantener la mascarada.

-Leonor, qué bien nos vienes.

Tú que eres tan amiga de los Cervera,

¿sabías algo de su embrollo?

-Ni la más remota idea. Es más, en cierta medida,

su identidad supone un varapalo para mí y mi obra.

Íñigo o Ignacio,

sea cual sea su nombre,

era una de mis fuentes para la biografía.

-Los críticos atacarán tu libro. -Dígalo claramente.

Podrían sacarme los colores.

Pero tengo una buena defensa.

Nunca dejé de cotejar los relatos con fuentes documentales.

Y me abstuve de utilizar datos que no coincidieran.

-Muy previsora.

Siempre he dicho que tienes mucho ingenio.

-Gracias, doña Celia.

Don Felipe, ¿puedo hacerle una pregunta?

-Claro.

-¿Tiene alguna novedad sobre Blanca?

-Ninguna.

Lo siento.

-Quizá su madre podría responderos.

Doña Úrsula, ¿sabe algo de Blanca?

-Está con Diego.

Parece que ha tomado una decisión.

-¿Todo en orden? No tiene muy buen aspecto.

-Estábamos muy preocupados

por Blanca. Y por usted, claro.

¿Dónde se habían metido?

-Estamos bien, gracias. No hay nada de qué preocuparse.

Ahora, si me permiten,

necesito llegar a casa y reposar.

-Naturalmente.

-¿Qué tendría que decirles a los guardias?

-"Que no, Rosina".

Hay un punto oscuro en este asunto, gato encerrado.

Al mozo este, al Peña,

aunque le descuadre, le dan una buena noticia: es propietario.

¿Y qué hace en lugar de alegrarse? Lo niega.

-Pues sí, de contento, nones, en cuantico se marcharon,

se puso a dar berridos al saber

que tenía que regentar la chocolatería.

Le voy a guardar los bombones, que luego se arrepiente en la cena.

-Claro, llévatelos... si quieres que te despida.

-Como usted quiera.

-¡Mira, marisabidilla!

A ver si lo sabes todo.

¿Dónde está Jacinto?

-Pues eso no lo sé.

Ni que yo fuera su niñera.

¿Me vas a negar que te has enterado de que Servando

vende hierbas de mi jardín y te has callado?

-¡Arrea! -Rosina,

no seas tan vehemente.

Casilda entiende palabras amables. -¡Me hierve la sangre

al saber que hacen negocio a mi costa!

-Casilda,...

con la cena, prepárale a la señora una infusión

que le temple los nervios.

-Bueno, como el señor quiera.

-Y me preparas

una taza también a mí, que siento algo de desasosiego.

-¡No tan aprisa, liebre de campo!

La infusión,

bien endulzada, no escatimes.

-Sí, señora.

Como usted desee.

¿En qué lances has andado? ¡La señora ha vuelto a casa sola!

¿Blanca está bien?

-Al menos entera.

Triste, pero se sostiene.

-¿Ha corrido peligro?

-El peligro de arruinar su existencia.

-¿Dónde se encuentra?

-Con Diego en la mansión Alday. -¿Seguro?

-Vengo de hablar con él.

-¿Qué ha hecho? ¿Por qué dices lo de arruinar su existencia?

-Se llevó a Úrsula por la fuerza

con el empeño de hacerle confesar dónde esconde a su criatura.

-Ha llegado a lo más profundo de la desesperación

para intentar algo así. -Y me temo

que esa desesperación haya dado al traste

con las pocas posibilidades de encontrar a su hijo.

La arpía se enrocará y será arduo obtener indicios.

-No puedes juzgarla por eso.

Quizá cualquier madre con unos pocos arrestos haría lo mismo.

-No la juzgo.

Pero dar con ese crío no es mi guerra.

Solo era un paso en mi propósito de terminar con Úrsula.

No puedo permitirme el sentimentalismo.

-¿Y qué vas a hacer?

-Seguir buscando a ese crío.

No te quepa duda.

Pero por mis razones.

Si lo encontramos,

la justicia tendrá motivos suficientes para enchironar a Úrsula

o, incluso, darle matarile.

-¿Cómo puedo ayudar?

-Te lo diré si te necesito.

Por el momento, ambos, tú y yo,

debemos seguir aparentando estar al margen.

Por mucho que te asquee, debes seguir sirviendo a Úrsula

como si nada hubiera pasado.

-¿Conseguiremos librarnos de ella alguna vez?

-No lo dudes.

No, no, no, no, no,

eso no.

Por más errores que hayamos cometido,

no abandonaremos. Jamás.

No nos rendiremos.

-Es tan fría,...

tan cruel,..

tan poderosa...

-No más que nosotros si nos lo proponemos.

Recuperaremos a Moisés y acabaremos con tu madre.

-¡Ahora será más difícil que nunca!

-Lo conseguiremos.

-¿Cómo he podido ser tan estúpida,

tan ingenua,...

tan irracional?

-Mi amor... Mi amor, ven.

Eres madre

y te ha despojado de tu hijo.

Eh, eh... ¿Crees que yo no había pensado

hacer algo así o incluso peor?

-"Al mal que sufro le llaman cataratas".

-¿Y eso qué es lo que es?

-Una especie de opacidad en la transparencia de los ojos.

-No se le nota. -Se acabará notando.

Tampoco le mentí mucho.

Al principio solo era una visión borrosa.

Pero avanza rápido, al menos en mi caso.

-¿Tiene cura?

-La mayoría de los ciegos que ve por la calle sufren de lo mismo.

-¡Ay, Virgen bendita, qué desgracia!

-No hay que rasgarse las vestiduras.

El hombre está expuesto a la enfermedad.

Si quiere llorar, hágalo en su cuarto.

-Pero, señor, ¿qué dice el médico?

Algo se podrá hacer aunque no sane, no sé,

retrasar la enfermedad,

curas y enjuagues en un balneario,

yo qué sé, algo.

-Es el médico quien, con acierto, ha desterrado de mí toda esperanza.

A no mucho tardar, me quedaré irremisiblemente ciego.

Agustina.

No parece que lleve la jornada con alegría.

-Eso no abunda en el alma de los pobres

y menos cuando están en un tris de quedarse en la calle.

-¿Y eso?

-Mi boca está sellada.

Don Arturo me ha prohibido hablar del tema.

Es su secreto.

-Malo, malo lo veo.

Está usted entre la espada y la pared.

Si habla, malo, y si no habla,

hasta podría verse en la rúa.

-Con lo que me ha costado que me aceptara a su servicio...

Y lo peor no ha sido aprender a leer y escribir,

que también me dio faena.

Lo peor ha sido hacerme a los gustos del coronel

después de toda una santa vida con los Antequera-Emperador.

¿Qué será de mí?

-Poco puede una contarle si no me dice

el intríngulis.

(Golpes metálicos)

-No puedo,

no tengo fuerza para empezar otra vez.

-Yo también tendría canguelo.

Todas lo tenemos.

Las de nuestra condición tienen que hacerse a vivir con susto.

-Muchos de esos pedigüeños

han sido como nosotras, criados, campesinos, obreros...

Y yo misma les he dado alguna vez limosna

gracias al jornal que me daba don Arturo.

-Tiene usted que evitar a toda costa que la eche.

A nuestra edad no es fácil que nos cojan.

-Don Arturo no me echaría nunca.

Es otra cosa.

-Siga, siga usted guardando ese secreto.

Es de admirar su lealtad.

Pero sepa que a las pobres

no nos están permitidos ciertos lujos.

No se lo guarde hasta el punto de pasar hambre por ello.

¡Hombre, Leonor! ¿Qué?

¿Informándote

sobre la inminente coronación?

-¡A ver qué remedio, si no escriben de otra cosa!

-¿Acaso no te parece normal?

No todos los días se corona a un rey.

-¡Faltaría más!

Con lo que se van a gastar en la coronación y los convites,

podría alimentarse a media población.

-¡Qué exagerada! -No, exagerada no soy.

Soy librepensadora. La monarquía es una institución medieval.

¡Estamos en el siglo XX!

-¿Acaso un presidente de la república nos saldría más barato?

Sea quien sea el jefe del estado,

tiene que estar rodeado de pompa y boato.

Es así, representa a la nación.

-No pienso seguir discutiendo con un carcunda.

-Está bien, como quieras.

Leonor, dime la verdad. Tú sabías que Íñigo Cervera

era Ignacio Barbosa cuando le besaste, ¿verdad?

A mí no puedes engañarme.

Mantuviste una relación clandestina con él.

-Liberto, el beso que tuviste la desfachatez de ver

fue un desliz, un resbalón.

Como el tuyo con Flora.

No mantengo ninguna relación, ni clandestina ni diáfana.

-Ay...

¿Quién me acompaña a pasear por lo regado?

-No puedo, madre. Voy a ver a Blanca.

-Dicen que ha vuelto a la mansión Alday.

-He dicho que tengo prisa.

-Pero, bueno, qué humos se gasta.

Menos mal que me ha pillado de buen humor.

¿A ti qué te pasa? He dormido

a pierna suelta diez horas.

Preguntaré a Casilda qué infusión era.

-No tienes que preguntarle.

Coló la infusión con las hierbas que yo le di.

-¿Qué hierbas? ¿Por qué no me has dicho nada?

Las que dejó Jacinto sobre la mesa.

-¿Has hecho que, con engaño, beba

ese alpiste apestoso que cultiva el pastor?

-Mano de santo, ¿eh, señora? Pero no tienes

por qué repetir.

Esta noche ese bebedizo será para mí solo.

-De eso nada, odio tu lado egoísta.

¡Las hierbas son de los dos!

¡De los dos!

Pues muy bien.

Ya está calculado tu jornal.

-Muchas gracias.

Les... echaré mucho de menos.

-No te dejes abatir, que esto no es como un despido.

El nuevo propietario reabrirá

y te llamará de nuevo.

-Ojalá sea pronto.

-Bien, los asuntos de dinero, liquidados.

Solo falta darle una limpieza al local,... ¡anda!,

y actualizar el inventario.

Las mantelerías están listas, ¿verdad?

-Quién me iba a decir que le cogería tanto cariño a estas paredes

y a la vida que hemos llevado aquí.

-Con suerte, no nos iremos muy lejos.

-Ojalá. Mentiste ayer mucho en el discurso.

-No mentí, adorné.

-No hubo ni hermanito muerto ni padre enfermo,

pero hay algo en lo que diste en el clavo:

quiero a la gente

de este barrio,

los siento como la única y verdadera familia que hemos tenido.

No me quiero marchar.

-Y no tenemos que hacerlo.

Ya no tenemos nada que esconder,

somos libres, podremos vivir donde queramos.

-Tú lo ves todo muy fácil.

No nos van a felicitar por haberles tenido engañados

ni por confesar que somos unos malhechores.

-Felicitarnos quizá no, pero tampoco expulsarnos.

Nuestra historia les conmovió.

No nos echarán.

De haberlo querido, nos habrían largado ayer.

-Hay personas que jamás nos perdonarán el embuste.

-¿Doña Susana?

-Doña Susana se puede ir por peteneras, no hablo de ella.

Paquito, el sereno, sí se fue bufando

como gato escaldado.

Le busqué para hablar y convencerle, pero me evita.

Y le entiendo.

-Paquito no me quita el sueño.

Creo que te aprecia como un abuelo a su nieta.

Pero podrían denunciarnos por estafa y hacernos pasar por otros.

-Y si lo hace alguno, ¿qué?

-Ya subiremos ese monte cuando lleguemos.

Ahora me conformo con que nos hayamos librado del Indio.

-¿De verdad nos hemos librado?

-Leonor se encargará de que la prensa

publique una fotografía del Peña.

Don Íñigo Cervera, propietario de La Deliciosa.

Y si el Indio le busca, ya sabes dónde encontrarle.

De modo que, si no he entendido mal,

el mozo que atiende por El Peña es en realidad Íñigo Cervera,

y el antes mencionado Íñigo Cervera

es Ignacio Barbosa y es de la raya de los Pirineos.

Y su esposa es su hermana, ¡ay, qué lío!

¿Y se llamará Flora?

-Durante la impostura mantuvo su nombre

porque la verdadera esposa de Íñigo,

que sí falleció, era extranjera.

-A mí me es indiferente cómo se llamen o se dejen de llamar.

Lo que me preocupa es que La Deliciosa se vaya a pique.

-Lo de los nombres no es baladí. Y ya me los he aprendido.

Creo que seguiré llamándoles como siempre, ellos se lo han buscado.

-En un principio me indignó la farsa,

el que nos tomaran por idiotas,

pero reconozco el mal trato que les ha dado la vida.

Me dan lástima, la verdad.

-¿Lástima? No sé yo.

Hay que ser muy avezado en el engaño para sostenerlo tanto tiempo.

Rosina, que no te puedo medir.

-El traje de mi marido te ha quedado que ni pintado.

-Como me quedarían todos si me dierais tiempo para el corte.

Felipe será el más gallardo de los invitados a la coronación.

Cómo me gustaría que Leandro viera cómo me han quedado los ojales...

-Echas de menos a tus hijos.

A mí también me falta Tano.

¿Sabéis que la señorita Reyes aceptó llevarle el paquete a Simón?

-¿Sí?

Si tiene tiempo para visitas,

no volverá tan pronto como esperaba.

-No seas traviesa, Rosina.

-Silvia está deseando regresar.

-¿Sabéis algo de lo que le pasa al coronel?

Trata de aparentar normalidad,

pero ese, desde hace tiempo, no está en su ser.

-A la vista está. Ni pisa la calle.

-Más indica que no asistan a la coronación, que invitados están

en su calidad de héroes nacionales y salvadores de nuestro rey.

-Ese noviazgo no dura ni un pastel en la puerta de un colegio.

Por no hablar de lo apetecible que es

ese muchacho, Esteban. -¡Rosina, qué sinvergüencería!

El Señor te tendrá en cuenta esa querencia a los hombres jóvenes.

-Esteban no significa nada para Silvia. Adora al coronel.

Muchas gracias, ya me encuentro mejor.

-Nos informó Diego ayer. Pero queríamos verla.

A fuerza de resultar pesados. -No, en absoluto.

¿Cómo se le ocurre eso? -¿Vinieron ayer?

En cuanto nos enteramos

de que Úrsula había regresado, pero descansabas.

-Buena falta le hacía.

-No era tanto agotamiento

como algo más íntimo.

Toda yo temblaba y en buena parte de impotencia.

-Y con razón.

Como letrado, no voy a defender

que tratara de tomarse la justicia por su mano,

pero como amigo comprendo

que no hay peor crimen que arrebatarle un hijo a una madre.

-Úrsula ya sabe de lo que eres capaz.

-Y sabe que no nos rendiremos sin hallar a nuestro hijo.

-Ahora mi madre extremará las precauciones

y no suele cometer muchos errores,

por no decir ninguno.

Y no podemos contar con la ayuda de Samuel.

-Se ha posicionado por nosotros abiertamente.

-Lo conseguiréis, Blanca, lo presiento.

-Y nuestra justicia,

por no hablar de la de Dios, está de vuestro lado.

-Se lo he jurado. Veremos crecer a Moisés.

(Llaman a la puerta)

-Digan lo que digan las leyes,

ha sido usted muy valiente.

-Y muy ingenua.

-Gracias. Puede retirarse.

-¿Hay alguna novedad?

-Nada que nos interese, un tiro al aire que no ha acertado.

-¿Té? -Sí, por favor.

No tenéis que amilanaros por estar a cielo raso.

Si las ovejas lo aguantan sin miedo, vosotras también.

-¿Hablas solo, primo? -Chis.

Pero, bueno, si os aprieta el pasmo,

aquí está el tío Jacinto para meteros bajo techo.

-Más vale que os larguéis antes de que llegue doña Rosina.

Se acabó el tinglado.

Se ha enterado de que el Servando anda mercando con tus hierbas

y está que trina. -Mi enhorabuena, Jacinto,

no solo juegas al naipe como un tahúr de Baden-Baden,

sino que tus plantas hacen descansar a un nazareno.

-Gracias, señor.

-¡Vaya, vaya, vaya,

mira a quién tenemos aquí quitándole espacio al mismísimo Alfonso XIII!

-¿Quién es, señor?

Déjalo todo en algún rincón.

Hoy mismo enviaré un propio para que lo envíe a mi nuevo domicilio.

-Señor...

Si no es indiscreción,

¿qué ha pasado?

-¿No te ha dicho nada la señora?

-Ni una palabra. Se le notaba algo furiosa, o quizá apenada, no lo sé,

pero no se ha dignado a contarlo.

-Puede que sea mejor así.

En cualquier caso, nada debe

preocuparte. -Me preocupa, señor,

¿cómo no habría de hacerlo? Siento cariño por doña Blanca

y respeto mucho a ambas.

-Gracias, Carmen, por tu lealtad.

Te tranquilizaré: Blanca está bien

y permanece al cuidado de Diego. -No sabe lo que me alivia.

Doña Blanca ha sufrido tanto que no estaba segura

de que saliese con salud de un atolladero más.

-Descuide.

-Vaya, vaya,...

por un momento pensé que no te atreverías a aparecer por aquí.

-Felicidades, pues, al rutilante

nuevo propietario de la afamada chocolatería

La Deliciosa.

-¡Menuda potra!

¡De la noche a la mañana, dueño y señor!

¿Usted cree que seguirá planchando la oreja en el altillo

o se irá a un piso de postín?

-Venía a daros la noticia,

pero veo que estáis en ello, aunque tengo novedades:

El Peña no se ha hecho cargo

de la chocolatería.

¿Qué son todas esas plantas?

-Doña Rosina, es que les da canguelo el dormir a la intemperie.

-¡Mis pobres plantitas,

que se me ha olvidado daros de comer!

-¡Esta peste en casa no, Jacinto! No, espera, espera,

que tenemos unas palabras pendientes.

-¿Buenas o malas? Con usted yo no me aclaro.

-De todo hay.

Reconozco que,

por más infectas y apestosas que sean tus plantas,

proporcionan alivio terapéutico a los insomnes.

-¿Ya no le molesta el "lurco"?

-Lucro.

-Jacinto, se dice lucro.

-"Lurco".

-Lucro.

-"Lurco". -¡Lucro!

¡Bueno, beneficio!

-Y ya no le molesta el lucro.

-No, siempre que sea yo la lucrada.

Así que, venga, a hacer crecer ese forraje.

Deprisa, como alma que lleva el diablo.

Quiero kilos. Y las venderé yo.

No quiero que Servando se lleve ni una brizna.

¡La puerta!

(Música)

(Fin del disco)

No tengo por qué retrasarlo más.

¿Por qué no te unes a mí y te tomas unas hierbas de Jacinto?

He preparado una tetera y Leonor insiste en no probarlas.

Te calmará los nervios.

-Diga que sí, madre,

con sus nervios nadie creerá que estas hierbas funcionen.

Con Dios.

¿Ha visto? Sale usted

en los papeles. Digo yo que esto

habrá que celebrarlo

con unos chocolates y unos churros como se merece.

-No puede ser. -Sí. Ahí lo tiene.

Hay hasta una nota con su historia.

Es usted toda una celebridad.

-"Yo solo quiero que esté satisfecha"

con mi persona y mi trabajo.

-Cada día lo estoy más.

Veo que al fin has comprendido lo que te conviene.

Puedes retirarte.

-"Le estaba buscando".

-Vaya, hoy es mi día de suerte.

-Descuide, no le entretendré mucho.

Esto es suyo. -¿Qué es?

-Escrituras y llaves de La Deliciosa.

Si te vienes, te hago entrega del inventario.

-¡No quiero inventario ni escrituras,

ni llaves ni ocho cuartos!

Usted y su hermana me la han jugado bien jugada.

-¿Cómo puedes pensar tal cosa?

Lo único que pretendíamos era devolverte lo que es tuyo.

-"Me he estado informado"

sobre el doctor Pallero. Escribí una nota

a unos joyeros conocidos de los Alday que trabajan

en el pueblo del médico.

Según me han escrito, el doctor Pallero les compró

un anillo de compromiso

hace unos tres meses. Y no han vuelto a saber de él.

-No es mucho.

-Me han dado un dato que puede ayudarnos en nuestras pesquisas.

El nombre de la prometida.

-"¿No quieres a tu hijo,"

no quieres a Moisés?

-Daría la vida por él. -Entonces, ¿por qué dejar

perder la oportunidad de criarlo, cuidarlo, disfrutarlo para siempre?

Si cuentas la verdad de lo que pasó, que me secuestró,

me torturó, quiso asesinarme,

no habrá tribunal que no la encierre de por vida en un manicomio.

-Tan solo tiene que darme algo a cambio.

-¿El qué? -Algo muy sencillo,

decirme dónde está mi hijo.

-"Se ha quedado usted pálida como un muerto"

al oír que su señor prepara su herencia.

¿Acaso está enfermo don Arturo?

¿Por eso arregla sus cuitas?

-Así es, pero nunca creí que fuese tan grave.

Temo por él.

Cada vez está más nervioso, más inquieto.

Y se niega a buscar ayuda.

¿Y si teme entregar la pelleja?

Un arma sin cargar es tan inútil como un anciano impedido.

Vamos allá.

Agustina,

¿qué hace a estas horas? ¿Necesita ayuda?

-No vengo a verte a ti, Lolita, sino a tu señor, don Felipe.

-"Blanca".

He entendido tu dolor.

Te traigo a tu niño.

-¡Mi amor!

¡Moisés!

  • Capítulo 776

Acacias 38 - Capítulo 776

05 jun 2018

Samuel saca a Blanca del panteón. Úrsula pide que llame a los guardias: su hija ha perdido la razón. Blanca se culpa de lo sucedido, pero Diego la tranquiliza y le pide paciencia y confianza. El Peña niega ser el verdadero Cervera. Ante la incredulidad general, Íñigo pasa a relatar "la verdad". Flora e Íñigo dejan La Deliciosa en manos de El Peña y un periodista fotografía al nuevo propietario. Rosina prueba las hierbas de Jacinto y decide comercializar con ellas. Samuel deja claro a Úrsula que ha cambiado de bando. Agustina duda si contar la ceguera de Arturo. El coronel, hundido, coge un revólver...

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  1. M ª del Pilar

    Señores guionistas, se están cargando la serie con extender como un chicle la historia de Ursula que no llega a ningún sitio. Repiten las historias una y otra vez pero con diferentes personajes. Cambien de guionistas o la serie se hundirá sin remedio.

    06 jun 2018
  2. Robert Daza

    Los he seguido por más de dos años con esta telenovela , me parece muy interesante dado que me encanta España y me imagino que en esa época el modo de vida fue así . Me encanta u espero que produzcan más novelas de esa época . Es posible que para entendidos no tengan mayor significancia, sin embargo quienes nos dejamos llevar por soñadores es maravillosa

    06 jun 2018
  3. Celina

    La verdad es que nunca había visto una de estas estás series por tener cosas más importantes que hacer, pero cosas de la edad de repente me puse a ver estas sandeces, pero gracias a Dios voy recuperando la salud y mejorando mi estado de ánimo y he pensado dejar de ver esta historieta verdadermente enrevesada y propia de mentes enfermas. Así que me despido de esta satírica historia donde los únicos que a pesar de su pobreza son felices y los ricos se pasan la vida sufriendo llorando o criticando. Pero debo dar las gracias por haber podido saber como son estas series eternas para volver a coger un buen libro y leer algo de provecho. O al menos de cultura que me sirve de algo en la vida.

    06 jun 2018
  4. Pilarin

    Por favor que acaben ya con Ursula y desaparezca de la serie y a otra cosa. No se puede aguantar y como Cayetana, fuera ya.

    06 jun 2018
  5. Marce

    Oh hasta cuando tendremos que lidiar con ese cuento macabro de Ursula? Por favor señores guionistas respétense y escriban una serie que se pueda apreciar. Con contenido sano, interesante y acogedor, edificante,. Algo que llegue al corazón y deje un buen sabor y un deseo de seguir mirando. No ese cuento tan turbio y malevolente. Sin sentido ni fondo!!

    05 jun 2018