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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 774 - ver ahora
Transcripción completa

"Sé de su interés en el paradero de Íñigo Cervera y su esposa,

por eso me permito escribirle".

"Sé que tiene cuentas pendientes con Íñigo y que anda tras su rastro".

"Yo puedo facilitarle su localización".

"No tiene usted más que ir a la chocolatería La Deliciosa,

sita en la calle Acacias".

¿Qué pretende ese hombre? ¿Qué pretende El Peña?

He muerto y estoy en el cielo.

Yo pienso que lo mejor quizás sería... quitarnos las máscaras,

ponerla contra las cuerdas y hacerla confesar.

-No, mi amor,...

eso sería correr demasiado riesgo.

Debemos seguir los movimientos de Úrsula.

Antes o después terminará por delatarse.

-Está bien.

Es mi hijo.

Haré lo que sea con tal de... volver a tenerle a mi lado.

-"No pienso robarle la mujer a nadie",

pero si hay ocasión, no me andaré con remilgos.

El propio coronel está empujando a Silvia a mis brazos.

-Esto no va a acabar bien. El coronel no es ningún lila.

-Silvia es libre.

Y el coronel tendrá que aceptar lo que suceda.

-Se quedará solo si sigue así. Sin contar lo que le pasa,

sin pedir ayuda.

-Le ruego que salga de mi casa.

-"Lo mejor será salir para la clínica".

-Celebro que pienses así.

-Lo único que me gustaría hacer antes de partir es,

visitar la tumba de mi hija.

-Yo no tengo inconveniente en acompañarte.

Voy a arreglarme.

¿Qué estás haciendo? -Seguir con el plan.

-Irte no es lo que habíamos acordado.

-No me iré. Solo sigo con la comedia.

He fingido estar destrozada después de tener relaciones contigo.

Que no me importaba nada. Le he hecho creer,

que iba a quitarme la vida,

-No entiendo de qué sirve este engaño.

Esperábamos a su error. -Eso es lo que busco.

Cuanto más confiada esté, más fácil será que baje la guardia.

-Por eso le has propuesto que te acompañe al cementerio.

-Espero que allí, frente a la tumba de la niña me cuente algo.

-Podría funcionar.

Si piensa que ha vencido, quizá se relaje.

Cerca de esa tumba está el panteón de los Alday.

¿Estás segura

de que podrás seguir con el engaño?

-Completamente.

Voy a hacer lo que debo.

-¿Nos vamos ya?

-Por supuesto, madre.

(Sintonía de "Acacias 38")

Cada vez que vengo aquí siento más pena por mi pequeña.

No pude darle la vida que se merecía.

-Cuando te recuperes, podrás tener otros hijos.

-No me veo con fuerzas.

Ni siquiera pude prestar atención al entierro de esta niña.

-Deberíamos haberle dado sepultura en el panteón de los Alday.

Está ahí mismo.

-Ni eso he sabido hacer.

Ahora tendrá que descansar para siempre en esta tumba.

Recuerdo la última vez que me trajo aquí.

Me hizo ver que había despreciado a mi propia hija.

-Mira la lápida, ni siquiera tiene un nombre.

No fuiste capaz de darle uno.

-Ahora ya es tarde.

Ya no puedo reparar el daño que le he hecho.

-Era tu hija

y la ignoraste.

-Ni siquiera lloré por ella.

¿Quién puede perdonarme haberme comportado así?

-Ese perdón no está en manos de los hombres.

Ese perdón, únicamente está en manos de Dios.

Blanca,

estabas destrozada por su pérdida,

pero seguirá siendo tu hija.

-Aquí me dijo que debía empezar un camino de penitencia.

Que para alcanzar la redención, tenía que asumir mi culpa.

-Tu comportamiento egoísta

tuvo que pagarlo esa niña.

-Esa es una carga que... llevaré conmigo para siempre.

Recemos por ella.

-Pobre inocente.

Ni siquiera pudo ser bautizada.

Por esa causa, no podrá ir al cielo y disfrutar de la presencia de Dios.

Sin quererlo, has enviado a tu hija al limbo,

donde pasará toda la eternidad.

Recemos.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Padre nuestro que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad,

en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdona nuestras deudas,

así como nosotros perdonamos a nuestros deudores;

y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal.

Amén. -Amén.

Dios todo poderoso, escucha nuestras súplicas

y acoge en tus brazos

a nuestra madre criatura que nos abandonó nada más nacer.

Apiádate de ella para que pueda salir cuento antes

del limbo de los inocentes, compartir la gloria del padre.

Amén.

Aquí reposan los restos de la madre de Diego

y Samuel.

Mi dolor solo es comparable al que debieron sentir esos niños

cuando la perdieron.

-No te equivoques, Blanca.

Lo que te ha pasado a ti es una fatalidad,

lo de ellos, un acto imprudente.

Fue Diego quien disparó el arma contra su madre,

dejando huérfano a Samuel.

-Tiene razón, madre,

mi hija pertenece a este lugar.

Es una Alday.

-El dolor altera el entendimiento y nos empuja a obrar equivocadamente.

Por eso es necesario que ingreses en ese sanatorio

y que te recuperes.

-Nada deseo más que recuperar la razón.

Debes compensar a Samuel por las afrentas

que ha sufrido.

Su perdón te dignificará ante Dios y los hombres.

Eres muy afortunada

por ser su esposa.

-Samuel es un buen hombre.

Habría que estar ciega

para no verlo. -Ciega y perdida.

Gracias a Samuel y a mí, no estás sola.

Nos hemos preocupado por ti, a pesar de todos los agravios

y todas las humillaciones que hemos recibido

por tu parte. -No pretendía hacerles daño.

Y si alguna vez lo hice fue,

por seguir los impulsos de mi corazón.

-Ya. Los vagos impulsos

son los que nos sumen en el barro del infierno y la perdición.

-Lo siento.

Me temo que Dios no me perdone nunca.

Estoy condenada al infierno.

-Lamentarse no sirve para nada.

Solo a través del arrepentimiento y la penitencia

se puede alcanzar el perdón.

-Esto muros nos recuerdan lo que somos realmente.

-(HABLA EN LATÍN)

(HABLA EN LATÍN)

Polvo eres,

y en polvo te convertirás.

-Debo rezar por la madre de Diego y Samuel.

Me consuela pensar que hay alguien que intercede por mi hija.

¿Me acompaña?

-Rezaré contigo, pero...

creo que tu hija necesita más las plegarias,

que esa mujer.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén.

Padre nuestro que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy.

Perdona nuestras ofensas,

como nosotros también perdonamos a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación, y líbranos...

(GRITA)

¿Quieres quitarte para limpiar?

-¿Quieres parar para que pueda pensar?

-Estoy nerviosa, ¿qué quieres? -Que te estés quieta.

-Esto me ayuda a no pensar.

-Pues a mí no me ayuda nada.

Leonor, ¿qué has averiguado?

-¿Tan malo es?

¡Suéltalo, por el amor de Dios! ¿Has ido a comisaría o no?

-Sí. -¿Preguntaste por ese tal Índio?

¿Le conocían?

Se trata de un peligroso delincuente.

-A delincuente, ¿te refieres a... ladronzuelo?

-A ladrón, sí.

Y asesino.

Ese hombre no es un ratero de medio pelo.

Es realmente peligroso.

-Y ahora viene a por mí.

-No le dejaremos que te haga nada, ¿me oyes?

Le pararemos los pies. -¿Cómo?

-No lo sé,

pero algo se nos ocurrirá.

-El Peña no es el tipo encantador y bondadoso que creíamos.

-Eso no lo sabemos.

-Está claro que el Peña tenía cuentas pendientes con ese Índio

y, aprovecha que me estoy haciendo pasar por él,

para matar dos pájaros de un tiro.

Me quita a mí de en medio ejecutando su venganza

y salda la deuda con ese asesino.

-El Peña no puede haber tenido deudas

con asesinos y maleantes de esa calaña.

Imposible. -Me temo que sí.

Es el plan perfecto.

-No me creo que pueda ser tan cruel como para querer matarte

y querer vengarse. -¿Encuentras otra explicación?

-Pero me cuesta creerlo. -Pues no sé por qué.

Llegó a Acacias robando,

sabíamos que no era una hermanita de la caridad.

-Y le disteis trabajo y un empleo.

-De poco ha servido.

Aparte de un ratero, es un tipo retorcido.

Y ahora busca venganza.

-Lo solucionaremos.

Todo saldrá bien. Ya lo veréis.

-Algo tenemos que hacer o la cara de ese tal Índio

será lo último que vean mis ojos.

Por fin se ha levantado. No sabía si ir a despertarle.

-¿Qué sucede, Carmen?

-Ni Úrsula ni Blanca están en sus alcobas.

-¿Cómo que no están?

-No están, señor. ¿No le parece extraño?

-Sí, es muy temprano,

no suelen salir tan de amanecida. ¿A qué hora regresaron?

Yo volví tarde de mi reunión y me fui a dormir, no las vi.

-La señora me dio la tarde libre antes de partir

hacia el campo santo, así que, tampoco las vi anoche.

-¿No sabes si regresaron ayer? -Eso es lo que trato de decirle.

# Como una rosa que viene a aliviar con su porte pinturero,

# desde marzo hasta febrero.

# Sus ojos, dos luceros... #

-Sí que está contento, Servando.

Se ha "levantao" con buena pezuña.

-Esto es por sus hierbas. Desde que las tomo,

duermo como un niño de leche. Y me levanto de buen humor.

-Me alegro de que le vayan bien.

-Son un regalo del cielo.

Últimamente, hasta sueño. Qué bien que me lo paso.

-¿Y qué sueña?

-Eso es lo raro.

Creo que producen un efecto raro al que se las toma.

-¿Qué quiere decir?

-¿Le ha "pasao" a usted alguna vez que ha soñado lo mismo

que otras personas?

-Yo juraría que mis ovejitas y yo siempre soñamos lo mismo.

-¿Le da usted hierbas a sus ovejas?

-Claro que no, ¿a qué viene esa "tontá"?

-Como hablamos de hierbas...

-Yo hablaba de mis ovejitas. Cuánto las echo de menos.

-Déjese, que se me va por los cerros de Úbeda.

Vamos a lo importante.

¿Me ha traído el saquito de las hierbas?

-Aquí tiene. Chist.

Pero son las últimas, no hay más.

-¿En serio?

Sí.

Don Liberto me vio trapicheando con las hierbas y, yo no quiero líos.

-Si no quieres líos,

las hierbas no me han de faltar.

-Pero ¿no me ha oído? -Sí.

Le da por darle hierbas a cualquiera.

Si me las diera a mí en exclusiva, no le pasaría eso.

Que Dios sabe que soy un hombre discreto.

-No sé. Como se entere doña Rosina de que las planto en su jardín...

-Y ya le digo yo que no se va a enterar.

Eso sí, si el acuerdo es solamente conmigo.

-Bueno,

no sé, podría ser.

-No hay más que hablar. Hale, arreando, que es muy tarde.

-¡Jacinto, aguarda! -No, no, no, Fabiana, no puede,

es que llega tarde.

¿Qué quería?

-Quería pedirle las hierbas que toman todos.

Dicen que son mano de santo. -Lo son.

Luego se las pido.

-Eso va a ser imposible, porque ahora,

de esos menesteres me ocupo yo.

-¿Usted? ¿Y eso por qué?

-Porque he llegado a un acuerdo comercial con Jacinto.

¿Cuántas hierbas quiere que le venda?

-¿Que me venda? ¿Acaso Jacinto no las regala?

-Regalaba,

regalaba, pasado.

Ahora me ocupo yo del verbo. Todo ha cambiado.

-Lo que no cambia es la cara que tiene usted.

-Lo que usted diga.

¿Quiere o no quiere hierbas?

-Maldita sea su estampa. Sí las quiero.

-"Solo digo"

que no entiendo cómo esa mujer se atreve a decirme tan descarada,

que no puede llevar el paquete a Simón.

-Silvia no es descarada.

Viaja a Italia por asuntos de trabajo.

Seguramente quiera ir con premura para regresar con don Arturo pronto.

-Teniendo en cuenta que con quien viaja es con otro hombre,

y bastante apuesto, no me extraña que tenga prisa en volver.

La gente podría darle a la húmeda si se demora mucho.

-¿La gente? ¿O vosotras?

-¿Quieres que estemos en silencio? De algo hay que hablar.

-No quiero hablar de los demás.

-Sabe Dios que no hacemos eso.

Pero piensa mal y acertarás.

-Y hablando del coronel,

¿qué le sucede, que hace días que no se le ve por el barrio?

-Estará atareado.

-Y yo, y no me encierro en casa.

Y ya que lo mencionas, ¿tampoco a Úrsula y a Blanca

se las ha visto en misa de ocho?

-Eso sí es extraño. -Algo sucede en esa casa.

¿No te ha contado nada tu hija? Tan amiga que es de Blanca.

-Ni mu me ha dicho.

Y hablando de todo un poco, la que tampoco aparece es Flora,

que no ha venido a servirnos.

-Estará buscando el champán francés

que te vende bajo mano.

-Desde que tuve gota no le compro, apenas.

-Yo creía que desde que la chocolatería iba bien,

ya no se dedicaban a tales menesteres ilegales.

-Hija, ¿no saludas?

-Buenos días. Es que estaba buscando a Blanca.

¿La han visto ustedes?

Justo estábamos hablando de eso, que no las hemos visto en misa.

Ni a ella ni a doña Úrsula. Y suelen ser asiduas.

¿Sabes algo, Leonor?

-No. Discúlpeme. -Pero hija.

¿Y si le damos a Flora un grito de esos que da Jacinto a ver si sale?

-Ni se te ocurra.

"¿Qué estás dibujando?".

Me has dibujado a mí.

Sé que los dibujos no le hacen justicia,

me gustaría ser mejor dibujante, pero no lo soy.

-"¿Por qué me has dibujado a mí?".

Es un pequeño presente.

Se lo he comprado en la perfumería Aroca.

-Te lo agradezco, Peña.

-Uno no puede quedarse de brazos cruzados cuando...

alguien a quien estima lo está pasando mal.

-"Nos estamos jugando todo".

"Y nunca le he oído" que era un Cervera.

-Es cierto que lo que has averiguado es muy inquietante,

pero a mí me gustaría partir una lanza a favor del Peña.

-Definitivamente, has perdido el oremus.

"Algo tenemos que hacer, o la cara de ese tal Índio

será lo último que vean mis ojos".

-Si es que tiene razón.

Algo habrá que hacer por mucho que no quieras, Flora.

¿Se puede saber qué haces?

Es precioso.

-Preciosa es usted.

Aunque hoy hay algo

que me impide dibujarla con precisión.

-¿A qué te refieres? -Hay algo indefinido en su rostro,

como si algo la inquietara.

-Pues no, nada me inquieta. -Ya lo creo que sí.

La he dibujado varias veces y,

varias veces la he borrado. No sé si está contenta,

triste, asustada,

nerviosa.

¿Qué le ocurre, Flora mía? -Que te he dicho que nada.

-Y yo le digo que conozco ese rostro que tantas veces he dibujado

y, de lo estoy seguro es

de que está preocupada.

Cuéntemelo y quizá pueda ayudarla.

Quiere esconderse,

huir de su problema,

también pone esta cara cuando miente

y oculta información.

Conozco este matiz en su rostro

y esta mirada esquiva.

No se mueva.

Quédese así.

Flora,

adoro sus líneas,

sus volúmenes...

-¿Se puede saber qué ocurre aquí?

-Nada, qué va a ocurrir, cariño.

-No se enfade, señor,

es solo arte.

-Arte.

¿No deberías estar en la cocina haciendo pasteles y bizcochos?

-Sé lo que estás pensando y, no, no es lo que parece.

-Lo que parece es que le bailabas el agua y te contoneabas.

Y nuestras clientas desatendidas se han marchado enfadadas.

-Le seguía la corriente.

¿No querrás que el Peña sepa que sabemos la verdad?

-Espero que estuvieras haciendo eso, o si no, no lo entiendo.

Primero Liberto, luego Paquito, ¿y ahora el Peña?

-Claro que no, ¿por quién me tomas?

¿Les han visto?

-He hablado con las vecinas y dicen que no han ido a misa esta mañana.

-En el barrio no las han visto. -Yo he ido a comisaría,

pero el comisario no sabe nada. -Carmen ha preguntado a los criados

y, no tienen noticias. Ya no sé dónde buscar.

¿Alguien ha informado a Diego de la desaparición de Blanca?

-Si no lo sabe, en un segundo lo sabrá. Ahí viene.

-¿Qué ocurre?

Así son los sueños, Lolita, te imaginas que eres otra.

-Otra sí, pero ¿Juana de Arco?

Pues Cleopatra ya me contarás.

Como si yo hubiera visto alguna vez a una faraona

o supiera qué es eso. -¿Juana de Arco, Cleopatra?

-Tenías que haberle visto la cara al Servando

cuando vio las imágenes de la caja.

-Arrea, eso sí que es curioso, lo de la caja,

¿qué demonios será ese invento?

-Un invento fabuloso.

-¿Qué caja, qué hablan?

-¿Qué hacéis aquí parloteando?

-Ayudaba a la Lola con el rellano.

Menos parlotear y terminad pronto,

que hay que hacer de señores.

Por cierto, ¿a quién le toca hoy servir?

-No sé, pero a mí me gustaría serlo otra vez,

aunque sea "pa" practicar.

-Nones, Lola, tú ya lo fuiste.

-Pero poco. Merezco un ratillo más.

-Pues a la cola, chata.

-¿Qué haces aquí? Casi nos vamos sin ti.

-He venido a cobrarle la renta al coronel. Bajad la voz.

-¿Por?

-Algo están tramando los criados y trato de enterarme

de qué es.

-¿Qué crees que traman?

-Es algo de una caja

con la que sueñan cosas de Juana de Arco,

que sirve a unos faraones, que quieren ser señores.

Pero no se ponen de acuerdo de quién será señor y quién criado.

-¿Has bebido orujo? -Ni una gota.

Aquí hay algo raro.

-Los criados de toda la vida han querido ser señores.

-No veas fantasmas, Rosina. Te digo que aquí huele a humo

y voy a descubrir el fuego.

-Pero vámonos, que se nos hace tarde.

Ya tendrás tiempo de cobrar, vamos.

-Qué mal pensadas.

-A ver si nos haces trabajar más que nuestros señores.

-"¿Por qué querría Blanca"

ir al cementerio con Úrsula?

-Me dijo que lo hacía por seguir la farsa,

para resultar creíble con toda la pantomima.

-¿Crees que quizás podrían no haber regresado desde anoche?

-No lo sé, hermano.

-Solo hay una manera de saberlo. Vamos al cementerio.

-Nos quedaremos aquí por si regresan.

Tenéis que entregar al armador italiano

los dos talones y el efectivo.

Es el adelanto acordado.

Estoy deseando que todo se resuelva y traer a esos soldados de vuelta.

-Estamos a punto de conseguirlo.

-Es una pena que Doña Trini esté en París,

podría ir llamando a los familiares de esos soldados

para mantenerles informados. -Yo puedo ir haciendo esas llamadas.

Además, el viaje es largo, habrá tiempo de organizar todo eso.

-Sí, es un viaje largo.

-Y necesario.

-Estoy nerviosa por traer ese primer barco, solo eso.

Es muy importante para que todo salga bien.

Todo saldrá bien, ya lo verás.

¿Puedes dejarnos unos minutos a solas?

-¿Ocurre algo?

-Solo serán unos minutos.

-Usted dirá.

-¿Podemos hablar de hombre a hombre?

-Por favor.

-Mañana partirá a Italia con mi prometida.

Silvia es una mujer madura y responsable,

y confío plenamente en ella, pero...

-¿Pero?

-Sé que usted está enamorado de ella.

-No. ¿A qué viene esto? -No trate de negarlo,

le he pedido una conversación sincera.

También sé que a pesar de las diferencias que hemos tenido,

es usted un hombre de honor, respetable y de palabra.

-Lo soy.

-Por eso le pido que cuide de ella.

Pongo en sus manos

lo que más quiero.

-Me habían dicho que me volaría usted la tapa de los sesos

por hacer ese viaje con su prometida.

-Quizá el Arturo de antes lo hubiera hecho.

Tiene razón Silvia,

usted ha cambiado.

-Quizá las circunstancias de la vida me hayan obligado.

Cuídela, Esteban.

Cuídela mucho.

¿Han visto a dos mujeres? -No hemos visto a nadie.

-¿Están seguros? -Segurísimos.

-Gracias.

Dicen que no han visto a ninguna mujer ni ayer ni hoy.

-¿Dónde pueden estar?

Si llegaron, ya han marchado.

-Empiezo a estar realmente preocupado.

-Yo también, hermano.

Yo también.

No, no, he dicho que quiero una achicoria, Lolita.

-Templa, Casilda, que no eres señora.

-Ni su señora da tantas voces.

-¡Callaos, que me tenéis la cabeza como una jaula de grillos!

Fabiana,

deme un masaje por aquí. Y luego me lava los oídos.

Lola, hazme las uñas. -¿Qué?

-No lo dirás en serio, ¿no? -Y tan en serio.

-A ver, Casilda, ¿a ti qué te pasa?

Parece que te has "tragao" una culebra,

¿qué nervio te ha "entrao"? -Nervio ninguno.

Estoy muy tranquila "ende" que me tomo las hierbas de mi primo,

duermo como un lirón

y me despierto más fresca que una lechuga.

-Pues a partir de ahora se va a terminar la fortuna.

-¿De qué habla, Servando?

-Si quieres hierbas, habrás de pedírmelas a mí.

-¿Y eso desde cuándo?

-Desde que he cerrado un acuerdo con tu primo.

-¿Qué acuerdo? -¿No te has "enterao"?

Un acuerdo en el que tu primo trabaja y, Servando se hace rico.

-Vamos, lo de siempre.

Lo mismo que le hacía al pobre Martín, que en paz descanse.

-No sé de qué me hablas. -Pues será el único,

porque nosotras le conocemos requetebién.

-Un acuerdo comercial de exclusividad.

-¿Lo ves? ¡Ahí lo tienes!

-Él me suministra las hierbas a mí y solo a mí,

y yo las reparto según mi criterio.

-(RIENDO) ¿Las reparte?

-(ASIENTE) -Las vende, querrá decir.

-Ah, no.

-Yo no pienso pagar un céntimo por las hierbas de mi primo.

-Visto el parentesco, podríamos hablar de un descuento.

-Que no, Servando, que no.

No voy a pagar. "Pa" mí, las hierbas de balde.

-Ni hablar.

-¡Silencio!

¡Alguien viene!

-¡Aire! -¡Escóndanse!

-¡Aire, aire! -¡Corred!

-¡Ay!

-Corred, corred.

-Uy.

-¿Hay alguien?

Casilda, ¿eres tú? He oído tu voz

a través de la puerta.

¡Casilda! -Uy.

-¿Qué haces aquí?

-Ay, madre mía, es que hay mucho polvo,

doña Rosina, mucho polvo. Además,

me ha dicho doña Trini que le pegue un repaso a la casa

mientras ella está fuera.

-¿No me estarás engañando?

-No, no, no.

Que me parta un rayo ahora mismo a la mitad,

si yo miento.

-Esta Trini...

Hay que ver lo que le gusta hacer el ridículo

con estos sombreros estrambóticos.

(RÍE)

Hala,...

la verdad es que me queda bien.

(RÍE) La percha.

Tiene la casa hecha una zarabanda.

Casilda, ponme un té.

No, una achicoria.

Va.

¿Señor, está ahí? Le he preparado el baño.

¿Señor?

¿Dónde se ha metido?

¿Qué hace esto tan a oscuras?

-¿Qué pasa?

¡No veo nada!

¿Qué pasa? -Deje que le ayude, señor.

Solo abrí las cortinas para que entrara algo de luz.

-¡Ciérrelas, no veo nada!

-¿Está mejor?

-Sí, pero cierre las cortinas de una vez.

Qué facciones,

qué rasgos...

Tengo unas líneas de perfección asombrosa.

¿Qué haces, Flora?

Debería odiar a ese hombre por engañaros

y por querer matar a tu hermano.

Pero es que habla tan bien, y me dice cosas tan bonitas.

Y es tan guapo...

-Flora.

-¿Habéis visto la tarde que se ha quedado?

Hace tan bueno, que todo el mundo ha preferido la terraza.

-Hemos de contarte algo. -¿Qué ocurre?

-Vamos a dar una fiesta. -¿Una fiesta? ¿A santo de qué?

-A santo del reciente entendimiento entre los vecinos del barrio

y La Deliciosa, después del boicot. -Qué bien, me encantan las fiestas.

¿Y no es un poco inoportuno

hacer una fiesta con la que tenemos encima?

¿Qué pretendéis exactamente con esa fiesta?

-Ha sido idea de Leonor.

Cuéntale tú.

-Se me ha ocurrido algo que va a solucionar todos nuestros problemas.

-Estoy deseando escucharlo.

-Estamos en una situación límite.

El Índio podría aparecer buscando a Íñigo para terminar con él.

¿Cierto? -Como que la tierra es redonda.

-¿Qué podemos hacer?

¿Huir?

¿Escondernos en el almacén? ¿Avisar a los guardias?

O todo al mismo tiempo por si acaso. -No, no, no.

Haremos algo mejor.

Le daremos al Peña de su propia medicina.

-"Prométame que lo que me está diciendo es cierto".

-Que sí, empiezo a ver algo mejor.

-¿No me está mintiendo?

-No. ¿Por qué no me cree?

-Porque son muchas las veces que me ha mentido con este asunto.

-¿Me llama mentiroso?

¡Qué falta de respeto es esta!

¿Quién se ha creído que es? -¿Que quién soy?

Soy la única persona que sabe lo que le está pasando

y, me siento responsable de lo que pueda ocurrirle.

Así que no vuelva a preguntarme quién soy, o quién me creo,

porque soy la única persona que puede ayudarle.

-De verdad, Agustina, no se preocupe. Estoy...

-No me diga bien, porque bien no está.

-Iba a decir, mejor.

Empiezo a recuperar parte de la visión.

-¿Ve esto?

-Vagamente. Veo algo moverse.

-Eso no es mucho.

-Es más de lo que veía hace un rato.

-Me gustaría llamar al médico para que le vea y quedarnos tranquilos.

-Al médico no. -Señor...

-¡Por favor, no llame al médico ni vuelva a abrir las cortinas!

La luz fuerte me ciega.

Voy a refrescarme un poco.

Puedo yo solo.

Conozco mi casa perfectamente.

Felipe.

¿Han regresado?

-Leonor y yo no hemos dejado de buscarlas.

Nadie parece saber nada. Ya no sé dónde más preguntar.

-Blanca no desaparecería así como así. Algo le habrá pasado.

-No ha sido buena idea que fuera al cementerio con Úrsula.

¿Cómo se lo permitiste?

-Blanca insistió. No creo que hubiera podido detenerla.

-¿Sugieren que Úrsula está detrás de su desaparición?

-Úrsula destroza todo lo que le rodea.

Da igual que sea un niño de leche o su propia hija.

-No nos precipitemos.

Es posible que las dos estén en peligro, no solo Blanca.

-Esa mujer sería capaz de inmolarse

por arrastrar a Blanca a la perdición.

-Dejemos de lucubrar y actuemos.

¿Qué propones, Samuel?

-Ha llegado el momento de avisar a la policía.

Debemos denunciar la desaparición de Blanca.

-No podemos demorarlo más.

-Creo que tenéis razón.

Samuel, como esposo, deberías ir tú.

-Le acompañaré,

tengo amigos que pueden ayudarnos.

-Gracias. Toda ayuda es poca cuando el tiempo corre en nuestra contra.

-Yo seguiré buscándolas.

Aunque si no les ha pasado nada grave,

lo normal es que regresaran aquí.

-Dios lo quiera así. Nos vemos, hermano.

-¿Se puede saber qué hace?

Le dije que nadie debe vernos juntos. Jamás.

-Tengo que hablar con usted.

-Soy un fantasma. No se puede hablar con los fantasmas.

-Es importante.

Ayúdeme.

-¿Qué ha ocurrido?

¿A qué los nervios? -Blanca ha desaparecido.

Nadie la ha visto,

ni a ella ni a Úrsula desde ayer.

Fueron juntas al cementerio.

-¿Y?

¿Por qué me cuenta todo eso?

Es a su hijo a quien tengo que encontrar,

no a su prometida. -Lo sé.

Pero las cosas parece que cada vez se complican más.

-No sabe cuánto lo siento. A mí me ha ocurrido

lo mismo. -¿A qué se refiere?

¿Ha averiguado algo? ¿Algún avance sobre sus pesquisas?

-El doctor Pallero, el médico que atendía a los niños en el convento,

se ha esfumado.

-¿Por arte de magia?

Recibió una importante suma de dinero

y desapareció.

Dejó su casa y el hospital donde trabajaba

y, marchó.

-Demasiadas desapariciones, ¿no cree?

-Estoy acostumbrado.

-¿Va a negarme que esto está relacionado con Úrsula y Moisés?

-Probablemente lo esté.

Por eso voy a seguir buscándole.

Encontrarle, respondería a muchas de nuestras preguntas.

-Ayúdeme a dar con Blanca.

-Lo lamento, pero no puede ser.

-¿Por qué se obstina en negarme su ayuda?

Estoy desesperado. -Soy un hombre de palabra.

No es lo que pactamos.

-Los pactos pueden cambiarse. -No los que se hacen conmigo.

-Escúcheme, señor Riera.

¿Y si todo esto está relacionado con su investigación?

Si a Blanca le sucede algo, Úrsula está detrás.

Todo lo que rodea a esa mujer tiene una motivación maligna.

-Para encontrar a Blanca tendría que salir de las sombras.

Y eso no es conveniente, ni para usted,

ni para mí.

-Asumo el riesgo, no tengo más opciones.

Señor Riera, se lo ruego,

necesito saber que Blanca está bien.

No me cuesta nada mandar a un mozo a avisar al doctor.

Estaría aquí enseguida. Y así, nos quedaríamos tranquilos.

-No lo repita más. Le he dicho 30 veces que no.

-Lo lamento señor,

pero no pienso seguir más con esto. -¿Qué quiere decir?

-Me ha obligado usted a tomar medidas.

-¿De qué habla, Agustina?

-Hablo de que creo que doña Silvia debe saber lo que ocurre.

Y antes de partir de viaje. -¿No será capaz?

-Es lo correcto.

-¡Lo correcto es obedecerme! -No cuando se pone usted en peligro.

-¡Le prohíbo que le cuente nada a Silvia!

-Lo lamento, señor, pero no voy a hacerle caso

esta vez.

-¡Agustina, espere!

-Pero ¿no se da cuenta de que no puede seguir así?

¿No se da cuenta de que necesita ayuda?

-¡Lo que necesito es que se calle

y que haga lo que le pido! ¡No va a llamar a ningún médico!

¡Nadie puede saber nada de esto! ¿Me ha oído?

(Puerta)

-¿Qué sucede?

¿Por qué está todo tan a oscuras?

¿Agustina?

-Eh, yo... -Silvia,

disculpa, pero no es buen momento, tengo que pedirte que te marches.

-¿Qué ocurre, Arturo?

Sé que ocurre algo, así que, te lo ruego, dime qué es.

Muy bien.

Se acabó.

No me moveré de aquí hasta que no me digas qué te pasa.

(GRITA ASUSTADA)

¿Te has vuelto loca?

-¡¿Dónde está Moisés?!

-No lo sé.

-No se lo voy a repetir. ¿Dónde está

mi hijo?

-No sé de qué me hablas.

(LLORA)

Soy tu madre,

¿cómo eres capaz?

-Una madre pésima,

ya que lo menciona.

Si no me dice dónde está mi hijo, no volverá a ver

la luz del día.

-No serás capaz.

-Póngame a prueba.

-Blanca,

tú no eres una asesina. -No.

Soy madre, y una madre hace lo que sea

por volver a tener a su hijo entre sus brazos.

Usted debería saberlo.

-Yo no tengo a tu hijo.

Es más, tu hijo no existe.

Tuviste una niña

y murió.

Yo no merezco esto.

¿Quién te ha arrojado contra mí? ¡¿Qué te he hecho?!

-¡Se llevó a mi hijo!

-¡¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza?!

¡¿Quién ha sido el diablo que te ha envenenado en mi contra?!

-No la voy a escuchar,

no me voy a dejar engañar.

-Yo jamás haría algo así.

Yo quería a esa criatura que llevabas en tu vientre.

-¡Cállese!

-Ojalá esa criatura

aún viviera.

-¡Le he dicho que se calle!

-(LLORA)

-Las dos tenemos todo el tiempo del mundo para perder.

Si no me dice donde está Moisés, no saldrá de aquí.

-¿Has perdido el oremus, hija?

No le daré agua, ni alimento ninguno.

¿Está segura

de que podrá soportarlo?

-Blanca, te lo ruego.

-En algún momento tendrá que hablar,

tendrá que decirme dónde está Moisés

con tal de conseguir una gota de agua.

Usted decide,...

madre.

Te daré las hierbas...

a precio de amigo.

No saco apenas beneficio.

-Pero será "desgraciao".

No le pago "na", que a usted no le han "costao".

-El sudor de mi frente. -El sudor de su cara,

que la tiene "mu" dura. Le digo una cosa,

tengo más derecho a esas hierbas que usted,

que "pa" algo crecen en el jardín de mi señora.

-Tengo motivos para estar como un flan.

Quizá deberíamos dar marcha atrás.

-Sí. Yo cada vez que lo pienso,

me siento culpable por la encerrona al pobre Peña.

-¿Cómo que pobre? ¿Tú te estás escuchando?

-Bueno, por favor, templad esos nervios.

Hoy mismo vamos a terminar con este suplicio.

Todo saldrá bien, no os preocupéis.

-"¿En qué puedo ayudarle",

doña Silvia?

-Es sencillo.

¿Por qué no me cuenta de una vez la verdad?

¿Qué es lo que le sucede a Arturo?

Antes pudo ver cómo volvió a mostrarse hermético conmigo.

Se excusó diciendo que le dolía la cabeza

y que había discutido con usted.

-"Se que a veces no entiendes mi comportamiento,"

pero quiero que sepas que todo lo que hago es porque te quiero.

Y nunca

voy a dejar de hacerlo. -Lo sé y, así lo siento.

¿No vas a besarme?

-Por supuesto.

¿Para qué querías verme a horas

tan intempestivas?

-Úrsula y Blanca han desaparecido.

Ayer se fueron al cementerio y no han dado señales de vida.

Los dos hermanos están en la casa sin saber qué hacer.

Se están planteando volver a salir en su busca.

-"Mira qué he encontrado".

Es una nota de Blanca.

Debió dejarla aquí pensando que la vería.

-Por desgracia no fue así. ¿Qué dice en ella?

-Se disculpa por su comportamiento.

Era consciente que nuestros planes eran otros, pero no aguantaba más.

Tiene que recuperar a su hijo de una vez por todas.

-Tal y como temíamos, todo forma parte de un plan desesperado.

-Blanca está dispuesta a arrancarle la verdad a Úrsula.

-"Deberíamos salir cuanto antes",

por tu bien.

Necesitas ingresar.

Cuanto antes mejor.

Necesitas ayuda.

Terminemos con esta locura.

Terminemos con esta locura, por favor.

-Esto no se va a terminar, hasta que confiese de una vez.

-"¿Es mucho pedir que me expliques quién es?".

-No necesita saber quién soy,

solo que puedo resultarles útil.

Mi oficio consiste en localizar

a personas que no quieren ser encontradas.

¿Dónde vieron a Blanca por última vez?

  • Capítulo 774

Acacias 38 - Capítulo 774

01 jun 2018

Blanca deja inconsciente a su madre en el cementerio. Samuel descubre que Blanca y Úrsula no volvieron la noche pasada a la casa y se desespera. Samuel avisa a Diego y ambos van a buscarlas al cementerio. Leonor confirma gracias a sus contactos en comisaría que el Indio es un tipo peligroso. Íñigo pilla a Flora dejándose dibujar por El Peña y riñe a su hermana. Esteban y Arturo tienen una conversación de hombre a hombre previa al viaje de Esteban y Silvia a Italia. Arturo sigue perdiendo visión.

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