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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 772 - ver ahora
Transcripción completa

¿Dónde está? Quiero ver a mi hijo.

-No lo sabemos. -"¿De verdad"

estás enamorado de mí?

-Como un loco. ¿Por qué se cree que la dibujo?

¿Que la miro con arrobo?

Al ver a doña Silvia abrazada a ese señor, a don Esteban,

en plena calle, interpreté que no había nada entre ustedes.

Que habían suspendido su boda.

-"Dijimos que servía"

para que, cuando uno estuviese en peligro, llamase a los demás.

-Eso es lo que ha hecho Moisés.

-"Le seguiremos la corriente,"

debes ser amable con el Peña.

Dale esperanzas, que se confíe.

Y que te desvele sus planes. -¿Y Paquito?

-No lo sé, si le despiden,

encontrará otro empleo.

¿A qué viene que le abraces en plena calle?

-Acababa de enterarse de la muerte de su amigo.

¿Qué quieres que haga?

-Aún eres mi prometida. No arrastres mi nombre por el barro.

-¿Te preocupa tu nombre?

A lo mejor no eres quien yo esperaba.

No eres el hombre que yo esperaba.

-El hombre que tú esperas no existe.

¿De verdad me pedís que siga fingiendo ante mi madre?

¿A pesar de saber que mantiene oculto a mi hijo?

-Amor,...

es la única opción, que todo siga igual.

-"Estoy muy enfermo".

Cada noche pienso que será la última.

No regresaré a nuestro país. No lo lamentes, yo no lo deseo.

No vamos a abandonar a esos hombres. -"Esta mañana he ido a ver"

a los Vinaroz y no recordaban

que estuvierais ayer por la noche.

¿Qué tal si me contáis la verdad?

-Blanca, será mejor que te vayas

a tu habitación.

Acompaña a mi hija a su alcoba.

-Úrsula,

preferiría no tener que contarle

lo que le voy a contar.

¿Qué preferirías no contarme?

-Se trata de cuestiones íntimas.

-No tienes elección, Samuel.

¿O acaso no quieres volver a ver a tu hijo?

-Por él soporto lo que soporto.

-No fuisteis a casa de los Vinaroz. ¿Dónde habéis estado?

-Nos alojamos en un hotel.

Fue una decisión repentina. Hemos dormido ahí.

-¿Por qué? -Es mi esposa.

-¿Hicisteis uso del matrimonio?

-Eso es lo que no quiero compartir con usted.

Es usted su madre

y son detalles... privados.

-En el mejor de los casos,

tu incontinencia sicalíptica lo embrollará todo.

Y en el peor, habrás conseguido que pierda su afán

por ingresar en esa clínica.

-Pierda cuidado, ingresará en esa clínica.

Quizá con más querencia que antes.

-No me lo esperaba de ti, Samuel.

Hemos planeado todos nuestros movimientos, Samuel,

con meticulosidad, con detalle,

y ahora lo arriesgas todo por tu ansia de hombre.

-No hay riesgo alguno.

-¿Puedo confiar en ti cuando no tienes empacho

de dejarte llevar por tus instintos?

-Por supuesto, seguimos en el mismo bando.

Pero no me amenace con arrebatarme a Moisés,

no lo toleraré.

(Sintonía de "Acacias 38")

Ese pastel de verduras tiene una pinta estupenda.

-Si bien parece, mejor sabrá.

(Llaman a la puerta)

Su prometida viene a visitarle.

-Siento interrumpir tu cena.

-Aún no había empezado. Siéntate y la compartimos.

-Gracias. Está bien.

He estado hablando con Esteban.

Se nos ha ocurrido una idea para traer a los soldados de vuelta.

-Creía que Esteban pensaba abandonar.

-Así es, pero ha recibido una carta póstuma de Luis Checa.

En ella le pone al tanto y lo anima a seguir en ello.

La verdad es que ha resultado milagroso.

Es como si Esteban hubiese duplicado sus fuerzas.

-Un joven con suerte.

¿Y qué es eso que habéis estado maquinando?

-Arturo, no hables como si estuviésemos confabulando

a tus espaldas.

Simplemente se nos ha ocurrido una forma de avanzar.

-Soy todo oídos.

-Tengo un armador que transporta a los presos a un precio asumible.

-Una excelente gestión. Te felicito.

Contratadlo. Sigo sin saber qué puedo hacer yo.

Viaja conmigo a Italia y negocia el contrato.

Es una naviera italiana.

Podríamos aprovechar el viaje para estar juntos

y alejarnos de aquí.

-Silvia, no creo que merezca la pena desplazarnos dos personas.

Tú negociarás igual o mejor que yo.

-Arturo, no me pienso rendir, y no hablo solo del viaje.

No permitiré que nuestra relación se enfríe

por tus celos o tus dudas.

-No son celos.

-Bueno, sea lo que sea,

ese viaje es una oportunidad para acercarnos.

Para hablar, para aclararnos,

para confiar el uno en el otro.

-Supongo que me tildarás de carcamal,

pero no voy a comprometer tu reputación viajando por esos mundos

como si fuéramos marido y mujer.

-No te voy a tildar de nada porque sé

lo mucho que significan para ti las formas.

Pero haz una excepción,

viajemos juntos,

dormiremos en camarotes separados si es necesario.

Por favor, nos jugamos mucho, Arturo.

Nos jugamos nuestra felicidad.

-Lo siento.

-Hay albóndigas de segundo, señorita.

-Gracias, Agustina,

pero he perdido el apetito.

Esas hierbas humean peor que los pinceles de un peón caminero.

-Cuando quiere, tiene usted chispa.

En Cabrahigo, al que más le cantaban los tachines era al Teodoro.

No lo dejábamos descalzarse ni en el río.

-También estás tú hoy dicharachera.

¿Qué pasa?

¿Que ya no echas tanto en falta al Antoñito de tus entretelas?

-Más que la trucha al trucho.

Pero una se hace a todo. Eso sí, estoy tachando en el almanaque

los días que me quedan para tenerle de vuelta.

-Un día más.

-O menos, según se mire.

¿Quiere que le prepare algo caliente?

Nosotras ya hemos cenado. -Yo también.

El señor y la señora se han dejado el segundo plato entero.

-Pues mejor para usted, que así se ha llenado.

-Me voy a acostar, que estoy molida.

-Ahora voy yo.

Ay, me voy, que ya me están hablando los huesos.

¿Tú no te vienes, Lolita?

-Es que están calientes los hierbajos y cuesta metérselos.

Los acabo y voy para allá.

A ver si sueño con los angelitos

o con mi Antoñito en paños menores.

-¡Niña, estás tú buena!

¡Uy, uy, uy!

¡Ay!

¡Maldita caja inútil!

-¿Por qué le da coscorrones? -¡Alto!

¿Quién vive? Santo y seña.

-Déjese de santos, Servando, que ya tengo yo unos cuantos.

-Yo no soy Servando, yo soy Napoleón.

¿O acaso no se me nota?

¿No ves las condecoraciones?

Tú sí que vas disfrazada de lata.

-Yo soy la mismísima Juana de Arco.

Gracias a mí, Carlos de Francia pudo ser coronado rey.

-Caramba. Entonces los dos somos gabachos.

-Del norte.

¿Y por qué? ¿Será porque Antoñito está en París?

-Cabe la posibilidad. No se te va de la mollera ni en sueños.

No es lo único que tengo, que tengo santos y santas que me susurran.

Me mandaron ponerme al frente del ejército.

¿Ha oído eso?

-Yo lo único que oigo es a mi Paciencia a lo lejos

gritarme que no me manche con la grasa de la morcilla.

-A mí me están hablando aquí, en la azotea.

¿Qué dicen ustedes?

Dos años. -¿Dos?

-¿Es usted santa Catalina?

Ah, no, que es santa Margarita.

Pues santa Catalina también está por ahí.

-¿Ha visto eso?

-Estoy ocupada.

-¡La caja!

¡Mira la caja!

-¡Ahí va!

¡Somos nosotros!

Pase.

Pase, siéntese.

¿Tiene noticias? ¿Ha averiguado algo nuevo?

-Sosiego, amigo.

Estamos en el buen camino.

-La inquietud puede conmigo cuando me quedo solo.

¿Qué ha averiguado?

-Fui a ver a la señorita Alberola.

Casandra, una novicia que no tomó los votos.

-Exacto.

Una muchacha de buena familia educada en la honestidad.

-¿Le respondió a sus preguntas? -A las que pudo.

Por ella sabemos ahora que sor Petra no es trigo limpio.

-Sabía que ocultaba algo.

¿Le proporcionó algún dato concreto?

-Sor Petra comercia con las criaturas que le llegan al hospicio.

Si alguien paga, no tiene dificultades en hacerse con un crío.

-¿Vendió a Moisés?

-Nuestra testigo ya no estaba cuando su hijo fue vendido,

cedido o como quieras llamarle.

-¡Maldita sea!

-Pero sí estaba allí cuando Moisés fue depositado

en el convento.

-¿La señorita Alberola vio a quien lo llevó?

-Una mujer cuyo nombre no recuerda.

Pero que, por su descripción,

muy bien podría tratarse de doña Úrsula.

-¡Lo sabía!

¡Sabía que podríamos demostrar que esa miserable robó a mi niño!

-¿Demostrar?

No tenemos pruebas, ni siquiera la certeza.

-Yo sí, fue Úrsula.

¿Preguntó la fecha en la que lo llevaron?

-Coinciden.

No mucho después del parto de doña Blanca.

La señorita Alberola recordaba

las efemérides del día 24 del mes pasado,

día de María Auxiliadora, san Rogaciano y san Donaciano.

-La certeza, Riera.

Es Moisés, no puede usted dudarlo.

-No podemos acudir a las autoridades con una acusación sin más.

-La señorita Alberola podría identificar a Úrsula

si la policía las convoca.

-No es fácil que lo hiciera

con pruebas tan endebles como una fecha cuando no hay caso.

Su hija falleció, como consta en el certificado de defunción.

-Es cierto.

Tendremos que ser... más sutiles.

-Le he dicho que se sosegara

cuando he llegado.

No debemos andar con prisas.

Y hay algo que no hace conveniente que denunciemos a Úrsula.

-Sí, ya, ya lo he comprendido.

Si acudimos a la policía, haremos públicas nuestras sospechas.

Y Úrsula podría llevarse a Moisés o algo peor.

-Exacto.

Mientras Úrsula tenga al niño,

no puede sospechar o se esfumará.

-Tendremos que seguir buscando a Moisés sin que se percate.

-Y luego, eso sí,

cuando tenga al niño en sus brazos,

haremos caer sobre la secuestradora todo el peso de la ley.

De modo que ármese de paciencia.

-No es mi paciencia la que pongo en duda, es por Blanca.

No sé si seguirá con esta pantomima

sabiendo que esa harpía tiene a nuestro hijo.

-Debe aquietarla y mitigar su legítima ansia

de madre. -Lo intentaré.

¿Ha localizado usted al doctor del convento?

El que atiende a los huérfanos.

El doctor Pallero. Será mi siguiente tranco.

Esa mujer no tiene corazón.

Se empeñó en que Paquito azotara al niño,

una criaturita de diez años.

-Que se había llevado su bolso.

-¿Defiendes a doña Úrsula?

Y con Paquito no se mostró agradecida,

al contrario, como el pordioserillo se le escapó,

le recordó que sus tiempos en el barrio tocaban a su fin.

Tú no seas insensata y olvídate ya de ese asunto.

Si doña Úrsula se entera

de que le pagaste para robarle,

podría denunciarte por complicidad.

-No seas exagerado. -Tú fíate de la Virgen y no corras.

Esa mujer no tiene corazón.

Bastantes problemas tenemos con el Peña.

Así que quietecita estás mejor.

-No te pongas así con Flora.

Tan solo trata que una persona humilde conserve su trabajo.

-Que no digo yo que su voluntad no sea buena.

Pero ahora es mucho más acuciante el problema del Peña.

Debemos saber por qué enviaba

una carta sobre mí. -No sé cómo lo vamos a averiguar.

¿Se lo preguntamos? -No digas sandeces.

-Es una broma. -Tú sigue.

Con bromas como esta

saldremos adelante. -¿Y qué planteas?

-No nos queda otra que volver

a su habitación y buscar a ver qué se trae entre manos.

-Yo no. Casi me pilla.

Me escapé por los pelos de... un lío muy serio.

-No te preocupes, tú sigue metiendo la pata.

Al altillo ya voy yo.

-Que no, que es muy arriesgado.

Podrían descubrirte y denunciarte a la policía.

Y podríamos terminar como el rosario

de la aurora.

-Descuida, cariño, que no es muy arriesgado.

Aquí la lianta de mi hermana se encargará de que el Peña no suba

a su covacha.

-¿Yo? ¿Cómo?

-Muy sencillo, ¿no dices que está enamorado de ti?

Te lo camelas para dejarme vía libre.

Esta noche le propones una cita. Lo enredas

hasta las tantas. -Qué bonito, para ti es muy fácil.

¿Por qué siempre me toca bailar con la más fea?

-(SILBANDO) ¡Buenos días! Jefe, jefa

y compañía que cae en copla.

Ahora mismo me arremango,

me pongo el mandil y a laborar como está mandado.

-Aplícate,

que de tus artes amatorias

depende nuestro futuro.

-Te juro que un día de estos te mato.

-"Esteban vino a verla".

Pero al saber que estaba visitando a Arturo, prefirió no molestarla.

-Para lo que sirvió la visita...

No lo dudó ni un instante. Se negó en redondo a acompañarme.

-Conociendo a Arturo,

es raro que no quisiera negociar él mismo con el armador.

-Él es raro, pero yo soy una boba.

Pensé que ese viaje arreglaría nuestra situación.

Sea lo que sea lo que le atormenta,

no cree que yo pueda.

-Lo siento, no quería interrumpir.

-Hablábamos de que el coronel sigue frío

y distante. -Lo sé.

Anoche hablé con Silvia sobre su conversación.

-¿Que hablamos?

Diga mejor usted que se dedicó a cubrirle culpando a Cristina Novoa.

-Con todos mi respetos,

se equivoca, yo no trato de encubrir a nadie.

Tan solo digo la verdad.

Hay algo que atormenta a don Arturo y no sé qué es.

Y sí, creo que esa supuesta santa

está detrás de su amargura. -De la que usted

desconoce su origen. ¿No es eso? -Así es.

Por mucho que le cueste creerlo.

Aunque don Arturo me hubiera confesado algo,

tampoco se lo diría.

Le considero mi amigo. -Si fuera su amigo,

no se conformaría con excusas falsas. Y haría algo

por remediar su aflicción.

Con permiso.

-Todo un carácter la señorita Reyes.

-No se lo tengas en cuenta.

Está sufriendo mucho viendo cómo el coronel se aleja.

-Me gustaría ayudarla,

pero don Arturo no se ha abierto lo suficiente conmigo.

-Pues es que las cosas han ido a peor.

Se ha negado a acompañarla a Italia.

(SILBA)

Pero ¿sigue usted

disgustada conmigo?

Se me fue la lengua con lo de Paquito, perdone.

Es que no sabía que por un simple beso alguien pudiese echarlo.

-Los dos metimos la pata.

Yo por besarle y tú por bocazas.

Y el pobre Paquito

se va a quedar sin faena, con una mano delante y otra detrás.

-No te fías de Flora, ¿no?

-No se atreve a enredar a ese entrometido.

Voy a tener que darle un empujoncito.

Flora,

se me había olvidado decirte que esta noche deberás cerrar

con el Peña.

Los dos... solos.

Es que yo tengo una reunión

con un proveedor.

-Vete tranquilo, ya nos apañaremos.

-Eso haré.

-¿Y tú que miras?

-No, nada, es que estaba pensando

que, esta noche, después de recoger,

usted y yo podríamos ir a dar un garbeo.

-No nos vendrá mal un poco de diversión.

-¿Quiere decir que acepta?

-¿Por qué no? Pero preferiría

que, en vez de irnos por ahí,

nos quedáramos aquí tan ricamente.

-¿A puerta cerrada?

Usted no se preocupe de nada,

que ya está aquí el Peña para satisfacer sus caprichos.

Yo me encargo de que tengamos una velada inolvidable.

-Hecho. Esta noche,

visitaré la habitación del Peña. -Ten cuidado, por favor.

-No me pillará.

Flora hará bien su trabajo.

¿Te sucede algo?

-Blanca.

También me preocupa ella.

¡Ay, Lola, hombre!

¿Por qué me tienes que hacer subir cargada como una mula?

-Lo que te tengo que relatar

es un secreto, que tu primo se la juega.

-¿El Jacinto? Pero si mi primo es más claro que el cristal.

¿En qué lío se ha metido?

¿O en qué lío

le habéis metido vosotros?

-Culpa ha habido por las dos partes, como diría Salomón,

un antiguo vecino de Cabrahigo.

Jacinto me dio esas hierbas para dormir.

Y van como un tiro.

Pero cuando yo me las tomé... -¡Sinvergüenza!

Así me he quedado yo con la mitad de la ración,

porque te ha dado a ti las benditas hierbas.

¡Ese Judas se va a enterar! -Servando,

déjese usted de amenazas.

-No pienso quedarme sin esas hierbas.

Es usted un egoísta.

Anda, bien callado se tenía

lo provechosas que son.

-¿Provechosas?

¿Es que, aparte de hacerte dormir,

has notado algún otro efecto?

-Los sueños.

Que he soñado

una cosa muy rara.

Pero muy carnosa, como si fuera de verdad. Yo era

una guerrera o una santa.

O las dos cosas.

Era francesa. -Juana de Arco.

-Y usted, Napoleón.

-También lo he soñado yo. -¿Qué?

¿Y en su sueño... había una caja

con una de las partes

de cristal?

-Sí.

Y, en esa pared de cristal,

salíamos nosotros reflejados.

Era así como lo del cinematógrafo,

pero a lo canijo. -Como el cinematógrafo, no.

Porque usted y servidora

estábamos dentro de esa caja. -Sí, es verdad.

Esto tiene que significar algo. -Sí.

-¿Qué va a significar eso?

Pues nada bueno puede salir

de un forraje adobado con cagarrutas de oveja.

Como sigáis diciendo tontadas,

vais a meter a mi primo en un buen lío y no lo voy a tolerar.

¡Oh!... ¿Dónde está todo el mundo?

¡Carmen!

¡Carmen!

-Ya vamos, señora.

Lo siento, señora.

-Estábamos hablando en mi dormitorio,

no hay nada de qué disculparse.

-La hora de la comida es uno de los pocos referentes

que nos quedan en esta casa.

Procuremos respetarlo.

¿Dónde está Samuel?

-Traeré la sopa y veré si el señor está en su cuarto.

-¿Has puesto al corriente a Blanca? -Sí, señor.

-Lamento llegar tarde.

-Os eché de menos anoche en la cena.

¿Has rezado hoy, hija?

No es pecado.

-¿A qué se refiere?

-He hablado con Samuel, me lo ha contado todo.

-Entonces no sé por qué trata

de que se lo cuente yo también.

-¿Dónde estuvisteis?

-En un hotel, no recuerdo el nombre.

Y tampoco es de su incumbencia.

-Es una buena noticia para vuestro matrimonio.

-¿Te sientes mejor ahora?

Querías recuperar a tu marido y ya lo has conseguido.

¡Abre los ojos!

¡Empuja!

¡Da a luz

a mi nieto!

En la clínica,

no te faltará de nada.

Podrás seguir rezando a Dios

y preparándote para ingresar

en el convento si es tu deseo.

-No tuve fuerzas para traerle a este mundo, madre.

No la cuidé para que saliera adelante y siguiera con vida.

-Le diste la espalda,... la abandonaste.

-Ni siquiera lloré por ella.

-No me has contestado.

¿Te sientes mejor ahora?

Me alegro.

Come, hija, la sopa se enfría.

Carmen tiene muchos defectos.

Pero la sopa no es uno de ellos.

-Yo también me he sentido hoy mucho mejor.

He pergeñado unos bocetos para una pulsera de zafiros.

-Para los Vinaroz,

supongo. -Efectivamente.

Tendré que acudir a esa cita que quedó pendiente.

-En esta ocasión, deja a Blanca conmigo.

Necesitamos tiempo

para hablar.

Di lo que quieras, hija,

pero a mí me parece que no te encuentras muy bien.

Gracias por venir.

¿Hay novedades con la harpía? -Ninguna.

Sigue alterada por la carta de su familia.

Pero no lo suficiente para desviarla o hacerla perder el norte.

No sé cómo ni por qué, pero sospecha que Samuel protege a Blanca.

-Ahora sabemos con seguridad que Moisés está vivo.

Y Diego Alday ha puesto a Blanca al corriente.

-Tenía razón la pobre.

-Úrsula se las arregló para cambiarlo tras el parto

y criarlo ella.

-¿Qué pensáis hacer?

-Callar como muertos.

No diremos una palabra.

He llegado a un acuerdo con Diego.

Yo le ayudaré a buscar a su hijo

y él terminará con Úrsula.

-No hay nadie que la odie más que don Diego.

-Mataremos dos pájaros de un tiro.

También tú te librarás de ella.

-Ojalá.

Os deseo mucha suerte.

Y espero que todo termine bien.

Si el niño sigue vivo, Blanca y Diego

tienen esperanzas de una vida feliz.

¿Tú crees

que ese niño estaba en el convento?

-Así debió ser, pero Úrsula fue rápida y lo sacó.

Por eso debo volver a despedirme de ti.

Serán un par de días,

pero debo investigar para dar con el crío.

-Te echaré de menos.

-Yo también contaré los minutos.

¿Puedo pedirte un favor durante mi ausencia?

No te comprometerá y será un clavo más en el ataúd

de Úrsula. -Dime.

(TARAREAN)

¡Ay, Peña!

¿Eso es para nosotras?

-Enterita. -¿Y qué celebramos?

-Eso, porque en Cabrahigo solo hay tartas así

cuando es el santo patrón. -Celebramos su buen fondo,

que hicieron del altillo mi casa.

Y tan importante o más,

no me echaron de aquí saldadas mis deudas.

-Pues, para serte clara, al principio nos resultaste

un poco cargante. Pero has sabido ganarte

tu sitio aquí,

entre nosotras.

-¿Puedo catarla?

-Espera al resto de la familia.

-Parece mentira que alguien tan joven

haya adquirido tal maña repostera.

(Campana)

Bajo, que mi señor me llama.

-Ya decía yo que olía a pecado.

¿No pensarán comerse ustedes solos esta delicia sin invitar

al portero? ¿Qué se celebra? -Es un detalle del Peña

por nuestro asilo y amparo.

-¿Seguro? Algo querrá a cambio.

-Es más desconfiado que el cabo

de la benemérita. -No va Servando

tan desencaminado. Quería hablarles.

-Acabáramos.

-Pero no es por mí, se trata del sereno.

Doña Úrsula se niega a retirar la denuncia.

Mi jefa está muy triste porque lo ve

de patitas en la calle. -En la calle está.

Es su oficio. -Por el amor Dios,

un poco de caridad.

¿A usted qué se le ha ocurrido?

-Deberíamos de ir todos juntos, como una piña,

a hablar con doña Úrsula. -¡Uh!

Si esa es más mala que un dolor.

-Lolita tiene razón. Es la piel del diablo.

Esa no moverá ni un dedo por pura maldad.

-Y la tomará

con nosotros. -Pero Paquito no se lo merece.

-No. -¿Y nos van a echar a todos

y quedarse sin servicio? ¡Quía!

A mí el Peña me ha convencido. Yo me la echo a la cara.

-¡Así se habla!

¿Alguien más?

-Pues mira, yo también.

-¿Y usted qué?

-¿Qué de qué? -¿Que si se viene con nosotros

a encarar a Úrsula? -Bueno, bueno.

Esas cosas hay que meditarlas.

Y no se puede meditar sin tener el cerebro alimentado.

Para tomar una decisión, primero vamos a dar buena fe de este pastel.

¿Me ha llamado el señor?

-Sí. Tenga.

Léame los sueltos que hacen referencia

a la coronación de don Alfonso.

-La nación

contiene la respiración.

Por curiosidad

o por simple tradición,

cada español

se afana en recabar noticias

sobre la futura coronación

del decimotercer Alfonso

que se calza la corona.

¿De verdad le interesa a usted este asunto?

-Es el porvenir de la patria. -Un porvenir por el que usted

ya lo ha dado todo.

¿No sería mejor que se esforzase usted

en dirigir su propia vida?

-Eso es lo que trato de hacer. -No, señor.

Con el debido respeto, usted no dirige nada, se ha echado a un lado.

¿Por qué no viaja usted con doña Silvia?

Le agradezco su sinceridad, yo también le seré sincero.

Ese viaje dejaría traslucir mi debilidad.

-Yo podría acompañarle. Lo hemos hecho muy bien.

Nadie ha notado nada.

-Silvia es muy inteligente.

Si permanece ajena es porque ya no vive en esta casa.

-Sea valiente, señor.

Viajar podría suponer...

-¿Qué, Agustina? ¡Basta ya!

Pan para hoy y hambre para mañana, eso supondría. ¿Qué pensará Silvia

cuando sepa que me estoy quedando ciego?

-¿Ciego?

¿No me dijo usted que era una dolencia temporal?

-Agustina, vuelva a sus quehaceres.

-"Ibas a usar ese cuchillo".

Pretendías clavárselo, no me digas que no.

-¿Lo he negado?

-¿Cómo has pensado tal barbaridad? ¿En qué mundo andabas?

-En uno en el que la justicia está por encima.

-No, por encima, no.

No por encima de Moisés, por ejemplo.

-Me cegó la repugnancia que me provoca.

La furia que siento al verla,

al escucharla.

Tiene a mi hijo, Samuel. ¡Me lo ha robado!

Nos lo ha robado a los dos... A todos, Blanca.

De haberla matado, tan solo herido,

no quiero ni pensar qué habría pasado.

Puede que hubieras hecho justicia,

pero jamás habríamos vuelto a saber del pequeño.

Blanca,...

lo recuperaremos. -¿Cuándo?

¿Cuándo, Samuel?

No nos lo va a decir.

No se va a dejar engañar.

¿Y si le obligáramos a confesar?

-No hablará, la conoces.

Lo sabes.

-Puedo ser muy persuasiva.

Lo aprendí de ella.

-No somos como ella, Blanca.

Si estás pensando en obligarla, no somos como ella.

Pero lo conseguiremos. Si somos prudentes,

si permanecemos calmos para razonar,

encontraremos a Moisés.

-Lo necesito.

Lo necesito, Samuel.

Necesito acunarlo, tenerlo entre mis brazos, a mis pechos.

Necesito verlo.

-Muy pronto lo tendrás contigo, Blanca.

Tu madre no debe sospechar.

Si se entera que sabes que lo esconde, podría hacerte daño.

-No, eso no.

¡Eso no!... -Blanca, mírame.

Mírame y dime que dominarás tu furia.

Que ocultarás tu asco.

Que aparentarás mansedumbre y no te dejarás guiar por la pena.

(Puerta abriéndose)

Ahí viene.

Demuéstramelo.

-Ah, no os lo vais a creer.

Esos insolentes criados se han atrevido a pararme por la calle

para pedirme que retire la denuncia contra el sereno.

Como si yo tuviera que atenderles o escucharles siquiera.

-Madre, ahora que ha llegado usted para acompañar a Samuel,

me voy a retirar a rezar.

-Te irá bien, hija.

¿Qué le sucede? -Yo no he notado nada.

Está calmada, sumisa incluso, como ha venido siendo últimamente.

-No.

Te equivocas.

Tiene una mirada, diría, turbia.

Incluso algo más.

Poco honesta.

En todo caso, distinta a la que tenía

antes de que pasarais la noche fuera.

-Deje ese asunto para nosotros.

Más le valdría ocuparse de Carmen. ¿Puede fiarse de su lealtad?

-Carmen nos dará más sinsabores. Ya tuvo

una advertencia. No osará

volver a traicionarnos.

-Eso espero.

-Nos vemos en la cena. -No vayas a ver a Blanca.

La noto muy alterada.

No quiero que la descompongas, luego iré yo a hablar con ella.

(Música)

Silvia, por favor, yo ya me iba a dormir.

-He visto subir a Agustina, seré breve.

Arturo, no podemos abandonar a esos soldados

solo porque tú des pábulo a tus fantasmas.

-Bueno, tú... Vosotros podéis arreglaros sin mí.

-Sí, quizá podríamos.

Pero yo no quiero, así que te lo voy a pedir.

Vamos juntos a Italia, por favor.

-Ya conoces mi respuesta.

-La conozco perfectamente.

Llevas negándote a mis ruegos desde hace mucho tiempo.

Ruegos cuya única finalidad

es la de unirnos, la de volvernos a hacer sentir

lo que éramos, lo que somos. Ven, por favor.

-No sabes aceptar una negativa. Demasiado orgullosa para eso.

-Estás enajenado. -No voy a discutir, Silvia.

-Muy bien, no discutamos entonces.

Me voy.

Y no te pido permiso, solo quiero tu acuse de recibo.

-No te vas sola. -No.

-Ya.

Muy bien, pues mis felicitaciones al joven y ardoroso científico.

(Llama a la puerta)

¿Has oído hablar de la grabación

que dejó Cristina Novoa antes de marcharse?

Quiero comentarla contigo para que no te hagas una idea equivocada.

Has sabido de ella.

Por eso estás tan arisca conmigo.

Hasta las santas pierden la fe en algunas ocasiones.

Tal vez Cristina fuera solo una impostora.

Desde un principio, lo único que quería era desprestigiarme.

Pero hemos aprendido la lección.

Solo la familia es digna de confianza.

¿No vas a decir nada?

-Sí, madre.

La familia es nuestro único apoyo.

-Eso está mucho mejor.

Sabes que en mí, en tu madre, siempre tendrás un hombro

en el que llorar y un pecho

que te ama. -No se me olvida.

Siempre puedo contar con su refugio.

-Comprendo que, a veces,

no quieras apoyarte en nadie.

Ni siquiera en mí.

Y te comprendo porque yo también

he perdido a una hija.

Sé que, cuando se sufre

como solo una madre puede sufrir,

crees que nada podrá consolarte jamás.

-Yo hallo consuelo en la oración.

-Y eso está muy bien.

Pero Cristina nos ha defraudado.

Tu mal es también físico.

Una especie de enfermedad.

Con cura, pero una enfermedad.

Los doctores de esa clínica saben cómo hacer

para que puedas olvidar a tu criatura y volver a ser feliz.

Has de partir cuanto antes.

-"¿Cómo puedes decirme tan tranquila"

que vas a viajar con ese petimetre?

-Porque no me dejas otra opción.

-Ya, entiendo.

Es lo que querías, que yo me negara a viajar para poder irte con él.

¿Vais a negociar o ese viaje es algo más especial?

-Esa felonía es impropia de ti.

-He sido un ingenuo. Ya corren rumores por el barrio

sobre la simpatía que muestras por ese hombre.

-¡El dichoso abrazo!

¡Arturo, por favor!

Tus celos son ridículos. -No puedes negar la evidencia.

-¿Qué evidencia?

Solo viajo con Esteban porque tú te niegas a acompañarme.

Mi prometida no puede abandonar el barrio con otro.

-Arturo, deja de disparatar. Por supuesto que soy tu prometida.

Soy una mujer madura.

No soy ninguna novicia inocente.

Esteban es un muchacho, tiene 20 años menos que yo.

Lo único que nos une es amistad. ¿Por quién me tomas?

-¿Qué pensarías si yo me fuera con una joven atractiva?

-Confiaría en tu palabra. -Pamplinas.

Pensarías lo mismo. -Las mujeres pensamos distinto.

No nos dejamos llevar por un rostro joven y un cuerpo bien moldeado.

Me duele que pienses de mí así. No soy ninguna frívola.

-Pero eres humana y vas a estar expuesta.

-Arturo, yo te amo de verdad.

Mi único deseo es estar contigo a los 50,

a los 60, a los 80 seguiría contigo.

Pero me parece muy injusto el trato que recibo de ti.

-¿Porque él me molesta? -Porque no vienes conmigo.

Porque te niegas a contarme qué es lo que te sucede.

Sincérate conmigo, por favor.

Cuéntame tus cuitas sean lo que sean.

-Llegados a este punto, solo puedo decir

que no quiero que hagas ese viaje.

-Lo siento, pero no puedo contentarte.

Voy a seguir adelante con mis planes contigo o sin ti.

-¿No sirve de nada que vayas a ser mi esposa?

-¿Qué esperabas?

Conoces mi pasado.

No soy mujer que se doblega

ante los caprichos de un esposo controlador.

-Pensé que cambiarías al prometerte.

-Pues ya ves que no es así.

¡Ay!...

La pérdida de esa criatura es una gran pena.

Pero, a la postre,

terminarás superándolo.

Es voluntad de Dios llamar tan pronto a esos angelitos del cielo.

¿Qué tienes?

¿Por qué no dices nada?

Es de entender que estés muy afectada.

Yo te comprendo.

-Por eso debes confiar en mí

y dejarme que te ayude,

para poder superar este momento.

-¿De verdad cree que me comprende?

-Pues claro que sí.

Yo he pasado

por adversidades terribles.

He sido criada

y he tenido que luchar contra una señora, doña Cayetana,

para ser lo que soy ahora.

-Sé lo que tuvo que pasar para ser señora,

lo que ha tenido que hacer

para lograrlo.

-Poco importan los medios cuando tienes claro lo que quieres.

Toda mi vida me ha endurecido como el pedernal.

-"Si somos prudentes, encontraremos a Moisés".

"Si se entera que sabes que lo esconde, podría hacerle daño".

-Estás extraña.

¿Qué escondes en tu espalda?

¿Pretendías atacarme?

¿A mí, a tu propia madre?

-No.

No, madre, no es eso.

-Entonces ¿qué haces con un cuchillo en la mano?

-Quería quitarme la vida.

-¿Cómo puedes pensar en cometer

el peor de los pecados?

-Es por la noche que pasé

con Samuel en el hotel.

-Sé que hicisteis uso

del matrimonio.

-¡No sentí repugnancia

de estar junto a él, madre! -¡Oh!

-No he sabido ser ni una buena madre ni una buena esposa.

-Aborrezco a marido y no supe darle vida a mi hijo.

No me merecía vivir.

-Es terrible por todo lo que has pasado.

Pero rendirse no es una opción, tienes que ser fuerte, como yo.

-Madre, llévame a la clínica. Cuanto antes.

Es menester que mi curación empiece lo antes posible.

-Pierde cuidado, hija mía.

Te prometo que voy a acelerar los trámites todo lo que me sea posible.

¡Flora! -"A veces pienso"

que quiere forzar la ruptura.

-No lo creo.

El coronel la adora.

-Sí, yo también pensaba igual.

Pero tengo mis dudas.

Quizá no encuentre el valor para decirme

qué es lo que siente.

-"¿No le importa ese viaje?".

-Confío plenamente en ella.

Y los objetivos de la comisión son lo primero.

-No dudo de la honestidad de Silvia.

Pero no le creo, sé que le escuece ese viaje.

Pienso vivir esos días con toda la intensidad que pueda.

-¿Qué quiere decir? -No pienso robarle la mujer a nadie.

Pero no voy a andarme con remilgos.

-"¡No podemos seguir fingiendo!".

¿Es que no veis que hay que actuar?

-Mi amor, si por mí fuera,...

esa bruja pagaría por sus maldades hoy mismo.

Pero esperar es nuestra única opción.

-No sabemos dónde está el niño ni lo que pretende hacer Úrsula.

Si nos descubre, perderemos a su hijo para siempre.

-"Lo mejor será salir para la clínica".

-Celebro que pienses así.

-Lo único que me gustaría hacer antes de partir

es visitar la tumba de mi hija.

-Será una lástima retrasar tu partida por ese motivo.

Voy a arreglarme.

  • Capítulo 772

Acacias 38 - Capítulo 772

29 may 2018

Samuel miente a Úrsula para que no sepa que Blanca y él estuvieron con Diego. Silvia le propone un viaje a Italia a Arturo para cerrar el acuerdo con un armador, pero él rechaza ir. Silvia decide que irá con Esteban. Las hierbas de Jacinto provocan unos extraños efectos en los sueños de Lolita y Servando. Agustina se da cuenta de que Arturo le mintió y que se está quedando ciego. Íñigo pide a Flora que cite al Peña para colarse en el altillo e investigar más sobre él. El Peña se hace ilusiones románticas. En su cita, Flora va sucumbiendo a los encantos del Peña mientras Íñigo se cuela en la habitación del altillo. Una vez allí, Íñigo descubre que el Peña no está amnésico.

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